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Abstract
En el capítulo 16 de su libro, Ezequiel redacta la historia de Jerusalén por medio de una metáfora. Jerusalén es simbolizada por una mujer y su historia se convierte en la historia que se lleva a cabo en la vida de dicha mujer. La relación que se desarrolla entre ella y Dios conlleva ciertos niveles de responsabilidad y compromiso de parte de ambos. En el transcurso de la historia, estos niveles llegan a ser olvidados y abandonados por uno o más personajes. El resultado es la paga inevitable por los crímenes ejecutados. Y el final, aunque logrado por métodos dolorosos y vergonzosos, llega a ser un final feliz y más glorioso que su principio. Esta interesante historia, lamentablemente, se convierte en un capítulo controversial y el valor del contenido es muchas veces subestimado. Tanto feministas como machistas lo usan para apoyar teorías extremas y su alto contenido de lenguaje sexual explícito hace que muchos quieran evitar la lectura del capítulo y su uso en las enseñanzas y predicaciones eclesiásticas. Dejando a un lado los extremos prejudiciales se puede llegar a una más amplia interpretación y comprensión de la historia y sus implicaciones. Aunque difícil de comprender, Ez 16 contiene mucho más que una historia interesante. Contiene extensas y profundas realidades sobre las relaciones que sostiene (1) Dios con su pueblo y (2) el pueblo de Dios con el resto de la humanidad. Un estudio del contexto histórico y metafórico del libro de Ezequiel, el capítulo y su contenido definen el propósito y función de la historia. Recuperando así el valor que por mucho tiempo ha perdido a los ojos de sus lectores. El recuento histórico que elabora Ez 16 no es un recuento de la historia del Israel étnico, sino del pueblo de Dios a través de las edades. Desde el Génesis, con sus orígenes, hasta el Apocalipsis, con su profecía de restauración escatológica, Ezequiel le muestra al pueblo la fidelidad, justicia, gracia y misericordia de Dios. Estas cualidades de Dios permanecen vigentes a pesar de la infidelidad, rebeldía y transgresiones que había cometido el pueblo contra Él. Dios, en base a sus promesas historia ha estipulado un momento para la restauración de su pueblo. Por medio de profecías mesiánicas y escatológicas, todos los seres humanos pueden apropiarse de la promesa de restauración del pueblo de Dios. Esta restauración trajo, trae y traerá la oportunidad de integración total al pueblo de Dios a los que aceptan la expiación de Cristo en la cruz. Mientras se espera el cumplimiento final de esta restauración, la iglesia tiene la responsabilidad de mantenerse fiel a él y ser de buen ejemplo para todos los seres humanos.





