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Introducción
Pocos meses habían transcurrido desde que una dolorosa pérdida humana nos había dejado una herida abierta incapaz de cicatrización. El padre José del Rey había buscado la altura metafísica perfecta, como siempre lo anunció desde su humildad de hormiga bendita. Se le escuchó decir, instantes previos al postrer aliento, unas últimas palabras: "Hoy es el día de mi resurrección".1 Era 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Como si fuera un niño grande vestido de negro mereció el sitial de aquella inocencia infantil creada por el Herodes desquiciado y aferrado al poder -la tradición despótica es antigua y continúa vigente- que ordenó el exterminio de criaturas de pecho en tiempos de Primera Venida.2 A pesar del desconsuelo inevitable, recurrir a su legado humano y escrito nos recuerda la constante lucha entre el bien y el mal donde él esgrimió un tipo de espada angélica que no hería, mas fjaba los linderos de la integridad profesional, la honestidad de la persona y la fe trinitaria. Homenajes a su memoria se han repetido en el Colegio San Ignacio y en la UCAB donde fotaban su palabra inalterable y su trayectoria humana irrepetible.
Ahora retrocedemos a una etapa anterior para elaborar un recuerdo teñido de semblanza. El padre anduvo siempre sobre una ruta libre de desvíos, a pesar de los vientos tormentosos y las realidades circundantes.
Sin imponernos obligaciones asfxiantes nos dio su palabra justa como un apóstol exclusivo durante seis décadas de cercanía espiritual y profesional, pero sobre todo nos regaló su ejemplo ante los escollos de la vida. Su integridad invariable jamás abandonó el alzacuello al vestirse de color negro sacerdotal; lo llevó hasta sus últimas apariciones públicas, y nos lo mostró desde su silla de ruedas en postreras visitas personales. Valga este vestigio testimonial como muestra de su magisterio inolvidable y su hombría de hierro espiritual. Nuestra deuda roza lo impagable.
Chicos en son de hombres
El año 1965 somos niños con pretensión de adolescencia. Cursamos el quinto grado de primaria cuando notamos el cauto resplandor individual del padre del Rey recién llegado a aquel Colegio San Ignacio adonde habíamos arribado el año políticamente tortuoso de 1958, recién caído un general-dictador expulsado por la nación entera. Diariamente llegamos a clase en autobuses para...





