El costumbrismo no nace ni muere, se transforma. Los historiadores asociamos este concepto a manifestaciones concretas como el artículo costumbrista al modo de Mesonero Romanos, la novela del mismo signo tan abundante en el siglo XIX o géneros como el sainete, revitalizado en un fin de siglo que dejó abiertas las puertas a un costumbrismo capaz de acomodarse a cualquier época. Esta asociación es tan cierta como restrictiva, pues ha dificultado el análisis de determinadas obras cinematográficas, teatrales y literarias desde una perspectiva que las define y justifica: la costumbrista. A esta circunstancia debemos añadir la prejuiciada utilización de un término que, como el sainete o lo sainetesco, a menudo más que definir valora negativamente la obra a la que es asociado. Ya en Lo sainetesco en el cine español me ocupé de esta cuestión, tan injustificada como recurrente gracias a la carencia de una reflexión crítica. Será necesario insistir en la misma, pues nos encontramos ante un error común que resulta cómodo para quienes creen descalificar una obra al considerarla sainetesca o costumbrista. Con el agravante de que sus autores apenas se atreven a reivindicar conceptos carentes de prestigio. La consecuencia es obvia: los primeros ignoran el significado de palabras que consideran negativas y los segundos, abrumados ante esta obviedad, prefieren presentar sus obras costumbristas con cualquier otra denominación. Todos juntos acaban dificultando la comprensión de creaciones que sólo podemos definir y justificar desde una perspectiva costumbrista, aunque sea compatible con otras.
Descubrir el Mediterráneo resulta gratificante, pero no deja de ser una muestra de ignorancia. Así lo evidencian quienes se sorprenden ante el éxito popular de algunas series televisivas, consideradas como un fenómeno reciente que debe ser explicado sin atender a las raíces de unas creaciones que se hunden en la tradición literaria, ajena al fenómeno televisivo que la revitaliza. Las farmacias de guardia, los ladrones que van a la oficina y la familia Alcántara, por ejemplo, nos remiten a un costumbrismo tradicional en lo fundamental y renovado en sus apariencias. Como tal es permeable a una realidad cambiante, se amolda a medios como el televisivo y consigue unos resultados similares a los de tantas manifestaciones del costumbrismo, una tendencia tan poco prestigiada como rica en lectores y espectadores. Aceptarla como eje de nuestros análisis no impide que captemos y hasta subrayemos los matices diferenciadores de las nuevas obras. La base común aporta seguridad, pero deja un amplio margen donde el creador debe mostrar su capacidad de observación, selección y recreación de una realidad cotidiana observada con humor y suave crítica. Ahí radica el éxito o el fracaso, pero el primero se apoya en una tradición asumida por parte del autor, mientras que el segundo sólo demuestra una vez más que esa tradición no basta cuando se carece de genio creador.
Estas esbozadas reflexiones me han llevado a plantearme cuál sería la continuación del cine sainetesco analizado en mi citado libro. Por razones que convendría desarrollar con más amplitud, dicho concepto debería ser sustituido por el de cine costumbrista para analizar películas como las actuales, donde el referente teatral apenas resulta válido por su disolución en un concepto más amplio y moldeable. Ya entonces señalé la obra de José Luis García Sánchez, realizada en colaboración con Rafael Azcona, como un ejemplo de continuidad. Pero en estos últimos años la más interesante renovación de la corriente que nos ocupa ha venido de la mano de Miguel Albaladejo, un joven director que ha contado con la colaboración en los guiones de Elvira Lindo, verdadero ejemplo de «autora mediática».
La trayectoria cinematográfica de Miguel Albaladejo no se circunscribe a este renovado costumbrismo. Hay otras vertientes en sus películas no menos interesantes, que se han subrayado en su más reciente obra: Rencor (2002). Pero títulos como La primera noche de mi vida (1998), El cielo abierto (2000) y, sobre todo, Manolito Gafotas (1999) nos obligan a plantearnos su relación con una corriente que ha sabido renovar con una aceptable respuesta por parte del público. A la espera de una ocasión para abordar su trayectoria cinematográfica, y en atención al tema común que nos ocupa, me centraré en la última de las películas citadas, un paradigmático ejemplo de lo arriba indicado y de cómo se entienden en la actualidad las relaciones entre la literatura y el cine.
Manolito Gafotas es un fenómeno multimedia. Surgió como personaje en la radio, donde a principios de los noventa Elvira Lindo trabajaba como locutora y guionista. Allí consiguió una identidad propia hasta que, a instancias de Antonio Muñoz Molina, novelista y esposo de la autora, pasó a ser el protagonista de un éxito editorial a partir de la publicación de la primera entrega de la serie en 1994. Desde entonces, han aparecido otras seis entregas con una periodicidad anual en la misma colección Alfaguay de la editorial Alfaguara, que también ha publicado una recopilación titulada Todo Manolito. Volvió a la radio de la mano de la autora en colaboración con Fernando Delgado. Las grabaciones fueron editadas en formato CD, donde también se encuentran a la venta las historias de Manolito Gafotas narradas por su creadora. Finalmente, acabó en el cine con la citada película y otra, rechazada con dureza por Elvira Lindo: Mola ser jefe (2001), dirigida por Joan Potau. También se han sacado a la venta recopilaciones discográficas y tenemos noticias de una serie de dibujos animados. Se completa así un panorama multimedia propio de una época en la que los fenómenos de ventas tienen un origen no circunscrito a lo literario. Las editoriales, integradas en un grupo mediático, lo saben y actúan en consecuencia.
Elvira Lindo ha seguido una trayectoria en este sentido similar a la de su personaje. Como locutora de radio y actriz ha dado su voz a Manolito en unos guiones escritos por ella misma. Esta faceta de guionista la ha desarrollado en colaboración con Miguel Albaladejo y otros directores en varias películas. Ha publicado novelas y obras teatrales. También es colaboradora asidua en la prensa. Una actividad frenética que no siempre se ha visto acompañada por la calidad de sus trabajos, que a veces se resienten de precipitación y reiteración, en especial sus artículos periodísticos. Problemas lógicos si tenemos en cuenta las exigencias de los grupos mediáticos, que apuestan por autores capaces de multiplicar su presencia simultánea en todos los medios: televisión, radio, cine, prensa... Es el precio de un buen lanzamiento, que ya no se concibe como un fenómeno estrictamente editorial.
No obstante, y en lo que se refiere a su personaje estrella, Manolito Gafotas, esta frenética actividad se ha visto acompañada por un nivel más que aceptable en sus creaciones. La clave tal vez sea el acierto en la elección del personaje y el entorno costumbrista que le rodea. Este chaval de Carabanchel (Alto) con una familia compuesta por su madre Catalina, ama de casa, su padre, camionero, su abuelo Nicolás y su hermano pequeño, El Imbécil, se mueve en unas coordenadas identificables en cualquier ámbito urbano de nuestros días. Sus lectores, tanto adultos como infantiles, identifican con facilidad los referentes de una cotidianidad costumbrista que es observada con agudeza y humor por la autora. Al modo de los grandes costumbristas, ha sabido escoger un personaje y un entorno aceptados por todos como verosímiles y cercanos. Una vez establecida esta relación, su capacidad de observación alimenta una creación en donde no se busca la originalidad, la innovación o la brillantez, sino la continuidad. Tanto es así, que no me atrevería a calificar como novela cada una de las entregas de lo que, a todos los efectos, se debe considerar como una serie. Se pueden leer aisladamente, pero como si viéramos un capítulo de una teleserie. Es otra la lectura que se busca, donde destacan los elementos que refuerzan una continuidad y una complicidad basadas en la identificación con el personaje y su entorno, que nos acaban resultando familiares.
La técnica narrativa seguida por Elvira Lindo es tan lógica como eficaz. Tras una primera entrega en la que sienta las bases de la caracterización de Manolito y su entorno, incide en cada nueva obra en aspectos ya apuntados o presentes en las anteriores. Se sirve de la flexibilidad que le proporciona una estructura narrativa carente de línea argumental y dividida en secuencias hasta cierto punto independientes al modo de las series televisivas. A veces es un miembro de la familia o un amigo quien cobra un especial protagonismo. El padre casi siempre ausente puede ser el protagonista de una entrega, el abuelo pasa a un primer plano, la omnipresente madre es vista desde una nueva perspectiva..., siempre hay una relativa novedad sobre una base ya establecida y conocida. Esta última es, fundamentalmente, la perspectiva de Manolito, quien relata desde una falsa primera persona lo acontecido en las diferentes entregas. La considero «falsa» en la medida que en la misma también se percibe la voz de la autora, que enriquece con recursos que van desde la ironía hasta la sátira lo que de otra manera, reducido a la visión de un chaval, sería más elemental y pobre. Un lector adulto percibe la ironía con que son presentados temas como, por ejemplo, la pedagogía escolar, el consumismo o la estética popular. También una sátira de costumbres, tan consustancial con el género donde englobamos la obra como improbable en la visión de un niño, a pesar del agudo sentido del humor que le caracteriza. Es una «falsedad » que, si se percibe, se acepta con agrado, como sucede en tantas obras costumbristas donde el autor es algo más que un observador o un notario que da fe de la cotidianidad.
La perspectiva de Elvira Lindo aporta fundamentalmente humor y optimismo, componentes básicos de un costumbrismo que en su caso también se impregna de melancolía. Manolito es un héroe de la cotidianidad. Sus hazañas poco tienen que ver con galaxias, castillos y otros lugares comunes de la literatura fantástica o de aventuras. Aparte de llevar gafas, es más bien gordito, locuaz-«Hablo con todo el mundo, soy un niño sin vida interior»-y algo cobarde. Pero entusiasta, al menos a la hora de disfrutar de cada momento de una vida cuyas coordenadas son la casa, el colegio, el parque y alguna escapada al supermercado. Aunque pasen los años, Manolito permanece en una misma edad, la de un preadolescente que busca su identidad en relación con un pequeño mundo del que va descubriendo nuevos aspectos en cada entrega. Son descubrimientos sin angustia, asumidos con la naturalidad de una obra costumbrista donde los pequeños o no tan pequeños problemas cotidianos se superan gracias al humor, la tolerancia y una decidida voluntad de comprensión que incluye ternura. Sin idealizaciones y ajena a la habitual ñoñería de la literatura infantil, incluso contraria a lo políticamente correcto de un lenguaje que en estas entregas destaca por su frescura, creatividad y naturalidad. Rasgos propios del mejor costumbrismo que en este caso han permitido renovar, incluso dinamitar, el estrecho círculo de lo que tradicionalmente se ha considerado como propio de un lector infantil.
La clave es que este lector no es el único al que va dirigida la serie. Los niños disfrutan con las peripecias cotidianas del protagonista y los adultos con los numerosos guiños de una autora que recurre a referentes de una cultura popular observada con agudeza. No me atrevo a decir que sea una serie con diferentes lecturas, pues parecería pedante y desproporcionado. Pero es obvio que la «falsa» primera persona-una clave del éxito-que nos relata las peripecias de Manolito no duda a la hora de intentar satisfacer a diferentes segmentos de lectores. Su observación de la realidad costumbrista no es ingenua o neutral. Nunca va en contra de la verosimilitud que permite identificarla con el protagonista, pero tampoco duda a la hora de introducir un humor adulto y crítico propio de una observadora de la cultura popular. Es decir, propio de una creación más cercana al ámbito costumbrista que al infantil, al menos el entendido en sus coordenadas tradicionales.
El elemento moralizador es tan habitual en la literatura costumbrista como el didáctico en la infantil. Ambos están presentes en la serie de Elvira Lindo, pero de manera inteligente y solapada. Manolito aprende a relacionarse con su entorno más inmediato. Y con él, miles de lectores que a través de sus gafas observan una realidad tan cercana e identificable. Es un proceso que apenas se percibe, pero del que se deriva un conocimiento que aporta confianza y optimismo. Al final de cada peripecia, el protagonista ha comprendido algo más de quienes le rodean, siente más confianza a la hora de relacionarse con su pequeño mundo y termina con una muestra de optimismo. Nada subrayada y aleccionadora. Sólo intuida al observarle dormir en calzoncillos, a pierna suelta, sudando y encima de la barriga de su abuelo. Es una imagen, como otras tantas, que denota tranquilidad y optimismo. Se termina siempre con una sonrisa que invita a tener confianza en uno mismo para seguir escudriñando en una realidad que nunca se acaba de comprender. Pero que, como le sucede al protagonista, la hacemos cada vez más nuestra, gracias en buena medida a un humor que resta trascendencia y angustia a cualquier circunstancia. Un humor no sólo agradable y divertido, sino didáctico por mostrarnos una manera de ver la realidad y moralizador porque fortalece una personalidad como la de Manolito, débil de cuerpo pero coriáceo a la hora de enfrentarse a cuantos problemas se dan en «el mundo mundial», es decir, en su barrio.
Elvira Lindo nunca deja de ser una guionista a la hora de escribir las entregas de esta serie costumbrista. También ha demostrado ser novelista en otras creaciones, donde incluso ha planteado un deliberado alejamiento con respecto a una imagen que la puede encasillar hasta imposibilitar su trayectoria literaria. Pero cuando trabaja con Manolito crea al modo de los guionistas, con una «biblia» particular y un entorno de referentes nítidos entre los cuales siempre se introduce alguna novedad, aquella que aporta lo distintivo a cada capítulo o entrega. La diferencia es la independencia de una autora que no está obligada a trabajar en compañía de otros guionistas. Supongo que el espectacular éxito de ventas le condicionará a la hora de mantenerse fiel a las expectativas creadas entre los lectores. Las debe satisfacer mediante una relación similar a la de las series televisivas, pero con un mayor margen de libertad. No todo es tan previsible como en unas series que se agotan en sí mismas, siempre tiene la posibilidad de introducir nuevos matices y hasta en ocasiones se permite libertades propias de una novelista, de una absoluta dominadora de su mundo creativo. Trabaja como guionista, utiliza las técnicas de un oficio que conoce a la perfección, pero tiene el talento de una novelista, lo cual le salva de una rutina que a menudo percibimos en otras creaciones.
La rutina en esta serie siempre sería relativa. Al fin y al cabo, nos habla de la de un chaval de Caranbachel (Alto), que se mueve en un escenario cuyos referentes reales contrastan con los habituales en la literatura infantil. Su curiosidad y su mente un tanto fantasiosa no le llevan a conocer lugares ignotos o remotos, sino un «inmenso mundo» concentrado en su barrio, en unos pocos elementos del mismo. Lo importante es su tratamiento, sometidos a la imaginación de un protagonista-Elvira Lindo ha manifestado que «Manolito soy yo»-siempre dispuesto a hacernos sonreír. Tras sus gafas se esconde la mirada divertida y perpleja de quien capta las contradicciones, limitaciones y ridiculeces de un entorno inmediato e identificable. La mirada de un costumbrista, que también tiene un buen oído para trasladarnos un lenguaje fresco y verosímil donde el elemento humorístico a menudo caracteriza su vertiente más creativa. Y todo con una suave ironía que es propia de la citada corriente. Así, hay niñas que se llaman Melody Martínez o Susana Bragas Sucias, el bar es El tropezón, el camión del padre tiene un hermoso rótulo: Manolito, el parque es «el del ahorcado» por un árbol solitario que recuerda escenas del western... Podríamos seguir con una larga lista donde se da una peculiar y divertida intertextualidad, pues Manolito es un chaval que ve el mundo exterior a través de la televisión y aplica parámetros de la misma a su entorno.
Nada nuevo en definitiva, salvo el acierto de una autora que ha revitalizado las técnicas de un costumbrismo siempre necesitado de observadores que, con humor y suave crítica, recreen un mundo inmediato e identificable. Los personajes de la serie nunca se convierten en tipos, al menos en el sentido estricto. Elvira Lindo los modela en cada entrega y algunos, como el abuelo y el padre, acaban teniendo personalidades en las que incluso hay zonas oscuras y elipsis. Pero el resultado suele ser un arquetipo que sintetiza comportamientos identificables por cualquier lector. Todos recordamos madres atareadas, nerviosas y omnipresentes como Catalina, padres ausentes, abuelos protectores, vecinas entrometidas, maestras autoritarias, chulillos de barrio... y un largo etcétera de secundarios que responden a las técnicas habituales del costumbrismo. Elvira Lindo los cuida, tanto como a sus protagonistas. Sus obras son corales y una de las claves del éxito es contar con personajes identificables, que se incorporan con facilidad al mundo de los lectores. Muchos niños acaban teniendo un Imbécil como hermano, sienten la amenaza de un chulillo como Yihad, juegan con compañeros como el Orejones López y entre sus amigas siempre hay una tan desastrosa como Susana Bragas Sucias. Incluso es probable que su maestra esté tan harta de ellos como la «sita» Asunción. Modelan su mundo a partir de unas lecturas que les enseñan a observar un entorno inmediato. Se da así un camino de ida y vuelta habitual en el costumbrismo, donde el autor observa una realidad que, en cierta medida, se acaba pareciendo a la ficción resultante. Sucedió con el madrileñismo arnichesco y, con otra orientación y menor intensidad, en esta serie que a tantas familias ha enseñado a reírse de ellas mismas.
Elvira Lindo en reiteradas ocasiones ha recalcado la importancia del humor, un componente básico del costumbrismo. Dista mucho de ser una novedad en la literatura infantil, pero sí lo es hasta cierto punto el peculiar sentido del que hace gala una autora que huye de lo ingenuo y lo ñoño. No se trata de un humor blanco, concebido como un paréntesis que deja fuera aspectos de la realidad considerados como inoportunos en obras infantiles. Su humor está basado en una realidad a menudo vulgar, problemática y nada idealizada. La dentadura postiza del abuelo tiene un protagonismo similar al de su próstata, lo escatológico es tan habitual en cada entrega como en las conversaciones y gracias de los chavales, hay padres separados, hermanos en la cárcel, alcoholismo, estrecheces económicas y de cualquier otro tipo... Pocas cosas quedan fuera de una serie con voluntad realista, cuyo humor es fundamental para afrontar problemas, dificultades y carencias de la cotidianidad. Al igual que en cualquier antecedente costumbrista, se elimina lo extremo o marginal. La familia de Manolito es humilde, pero dentro de unos parámetros que permiten una recreación donde nunca asoma el drama de la marginalidad o la desvertebración del entorno familiar. Esa humildad es porosa con un pequeño mundo donde se respira un clima de confraternidad, incluso de cierta solidaridad. Se discute, hay broncas, collejas..., pero como ya nos enseñaran los finales arnichescos siempre acaba imponiéndose la paz. La propiciada por unos per-sonajes optimistas, auténticos supervivientes, que hacen gala de un sentido del humor con el que resulta fácil identificarse.
Lo apuntado en los párrafos anteriores nos indica la dificultad de encuadrar la serie de Manolito Gafotas en la denominada «literatura infantil». La propia Elvira Lindo ha rechazado esta posibilidad, pues prefiere hablar de obras destinadas a distintos tipos de lectores, entre los cuales se encuentran unos niños capaces de compartir lecturas con sus padres. Y aventuras, aunque sean las de la cotidianidad. Según Antonio Muñoz Molina:
Manolito se parece a los niños de la realidad, y se distingue de los niños de la literatura infantil, en que vive mezclado con los adultos y atento a ellos, observándolos y convirtiéndolos en personajes de la fábula que él mismo inventa, del cuento que siempre está hilvanando y contándonos (VV.AA., 2003).
No es una mera pretensión, sino una realidad corroborada por el fenómeno editorial que ha supuesto la serie. Esta circunstancia refuerza la conveniencia de examinarla desde una perspectiva más costumbrista que infantil. La primera no es incompatible con la presencia de niños como protagonistas o lectores, mientras que la segunda apenas permitiría explicar el interés despertado en unos destinatarios adultos. Las editoriales y las productoras cinematográficas apuestan cada vez más por productos capaces de concitar el interés de padres e hijos. La crítica ya habla de «libros de familia». Tal vez Manolito responda a ese ideal tan rentable. Pero si lo hace no es por la línea de ahondar en lo «infantil», sino por demostrar las posibilidades del costumbrismo de cara a un lectorado familiar. O, en otras palabras, por rechazar una especialización genérica y optar por una creación porosa a una realidad, vista desde una perspectiva tan personal como compatible con las técnicas del costumbrismo, tan tradicionales y renovables siempre.
Esta circunstancia es fundamental para comprender la orientación de la versión cinematográfica de Miguel Albaladejo. Supongo que en la misma habría una lógica motivación económica relacionada con el éxito editorial de Manolito Gafotas. Ya había triunfado en la radio y se pretendería completar la explotación en un nuevo medio de acuerdo con unos parámetros tan habituales que no merecen una explicación. Pero en este caso el encargo no sólo se hace a la propia autora como guionista, sino que aparece un director que, además de haber colaborado con Elvira Lindo en anteriores ocasiones, había dado muestras de una orientación compatible con el costumbrismo de Manolito Gafotas. Se puede hablar de una película de encargo, pero que en absoluto violenta la trayectoria creativa de sus responsables. Algo que debiera ser lógico, pero que también es inhabitual en un cine español donde tantos encargos han derivado en elecciones paradójicas, extrañas o inadecuadas.
Miguel Albaladejo y Elvira Lindo no parten de una serie «infantil» y, desde luego, no pretenden hacer una película destinada exclusivamente a los niños. Habría sido algo insólito en el cine español. Su objetivo es buscar un público familiar que ya conoce las entregas radiofónicas y editoriales del popular personaje y que, por esa misma razón, quiere verlo ahora en el cine. Tanto es así que conciben el guión como una nueva entrega de una serie ya iniciada. No sienten la necesidad de presentar al protagonista y caracterizarle en su pequeño mundo. Esta función se limita a unos meros apuntes iniciales. Lo único nuevo es el rostro del muchacho que lo interpreta, David Sánchez del Rey, así como los del resto de personajes que pasan de la imaginación del lector a la concreción de la pantalla. Ahí radica el primer peligro. Las ilustraciones de Emilio Urberuaga en las diferentes entregas editoriales sugieren más que describen. Se centran en Manolito y su hermano; el primero con sus gafas siempre en primer plano, sus formas redondeadas y una actitud curiosa. Pocos pero bien seleccionados rasgos que se corresponden con la caracterización de un personaje «bajo, gordo, gafotas y patoso», que tantas interrogantes se plantea mientras observa. Un gordito simpático, pero nada ingenuo gracias a un mundo interior que comparte con el lector. Era, por lo tanto, difícil la elección del intérprete, aun renunciando a unas posibilidades que sólo un profesional de la interpretación puede satisfacer. Hay excepciones en el cine español. Películas como El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice, La lengua de las mariposas (1999) de José Luis Cuerda o Secretos del corazón (1996) de Montxo Armendariz han disfrutado de geniales intérpretes infantiles, pero en un registro dramático que, paradójicamente, es más viable para un niño que el de la comedia costumbrista protagonizada por un «perdedor». Un personaje como Manolito no se resuelve con la intensidad de la mirada, el susurro de una voz o la palidez perpleja de un rostro. Requiere de todo un cuerpo en acción, al modo de los gesticulantes actores de tantas comedias que suelen alcanzar su cénit con el paso del tiempo. David Sánchez del Rey, el niño seleccionado, se defiende con soltura, hace creíble al personaje gracias a un físico que responde a lo sugerido por la autora y, sin alardes, permite esquivar este primer escollo.
Miguel Albaladejo y Elvira Lindo pronto percibirían que la película debería ser más coral que las entregas editoriales de la serie. En las mismas se da mayor o menor protagonismo a los personajes que rodean a Manolito con la confianza de que la situación cambiará en la siguiente entrega. En unas es el abuelo, en otras el hermanito, la vecina..., quienes comparten con el protagonista experiencias hasta completar un paisaje humano concebido como tal en el conjunto de la serie. La película necesitaba repartir ese protagonismo entre los personajes fundamentales de la serie. Faltan algunos, pero el conjunto satisface las previsibles exigencias de unos espectadores que de otra manera se habrían sentido defraudados. Este requisito se convierte, gracias a una adecuada selección de intérpretes, en un acierto. El resultado es una película coral al modo de las comedias costumbristas de las que se alimenta la filmografía de Miguel Albaladejo, cuyo trabajo de dirección con los actores ha recibido numerosos elogios.
Adriana Ozores, Roberto Álvarez, Antonio Gamero y los niños forman una familia tan creíble, próxima y cercana como la imaginada por Elvira Lindo. La trayectoria de los dos primeros ha sido reconocida por la crítica. Ambos atraviesan un excelente momento artístico y transmiten una gran credibilidad a sus personajes. Pero quisiera llamar la atención sobre la labor de Antonio Gamero, uno de los «secundarios de lujo» que nos quedan. Acostumbrado a interpretar pequeños papeles en tantas películas, aquí disfruta de un protagonismo compartido con el resto de la familia. No desaprovecha la oportunidad de dar cuerpo a un abuelo Nicolás repleto de humanidad, humor y comprensión, sin dejar de ser «prostático, desdentado y pasodoblero». Con su característico tono de voz y una imagen física repleta de pequeños detalles que hacen más creíble su personaje, Antonio Gamero triunfa una vez más en ese paradójico destino de los actores de reparto. Imprescindibles en cualquier obra costumbrista, apenas son recordados de manera singular. Miguel Albaladejo ha demostrado en sus películas sabiduría en el tratamiento de estos personajes y ha contado con unos repartos excelentes, donde incluso hemos descubierto nuevos «secundarios de lujo» como su hermana, Geli Albaladejo. En El cielo abierto demostró, por otra parte, su capacidad para sintetizar en pocos instantes verdaderos tipos. El desfile de los pacientes del psiquiatra interpre-tado por Sergi López es uno de los más brillantes ejercicios que recuerdo de una técnica ya presente en los entremeses del Siglo de Oro. En Manolito Gafotas recurre a un secundario ya habitual y saca de él un excelente rendimiento, gracias al cuidado puesto en la composición de personajes que dan cuerpo y credibilidad a la acción dramática.
El guión de la película supone una inteligente elección que permite orillar algunos problemas. No habría tenido sentido seleccionar una de las entregas de la serie, desprovistas de entidad autónoma y sin trama argumental que facilite su adaptación. La estructura abierta de las mismas propicia la acumulación de unos episodios sin dicha trama, que se reduce a la permanencia de los protagonistas y su entorno. Tras una presentación en la que Manolito reflexiona sobre lo que «dicta» a «la señora que está en la portada» y se dirige al lector para reforzar la complicidad con él, se incluyen varios episodios hasta llegar a una extensión convencional como si se tratara de un capítulo de una serie televisiva. Elvira Lindo y Miguel Albaladejo optan por seleccionar varios momentos de diferentes entregas y, una vez presentados los personajes y su entorno, se centran en una especie de road-movie costumbrista que articula la trama de la película. No obstante, el cuerpo central del argumento se basa en la entrega titulada Manolito on the road, aunque también encontramos escenas sacadas de Pobre Manolito. El padre, casi siempre ausente, cobra protagonismo cuando decide llevarse a Manolito en uno de sus viajes como camionero. Es una aventura para un niño que nunca sale de Carabanchel (Alto). Le permitirá descubrir nuevas experiencias y, al mismo tiempo, madurar en ese aprendizaje compartido con los lectores que se da en la serie. Nada hay completamente original con respecto a la misma, pero ese viaje tan cinematográfico facilita la tarea de unos guionistas que de otra manera se habrían perdido en la maraña costumbrista de los pequeños episodios que pueblan las entregas de Manolito Gafotas.
El viaje deja en un segundo plano la ambientación urbana de un entorno que es familiar para los lectores, pero no la voluntad costumbrista de los guionistas. El camión sustituye al habitual coche y a los sones de una popular canción se adentran en una carretera donde todo es reconocible y próximo: el hostal donde se alojan y comen, los amigos que van encontrando...; incluso los problemas que deben afrontar para solidificar más la relación entre padre e hijo, que supera felizmente la prueba que supone este «viaje iniciático» donde nada es extraordinario. No obstante, hay un componente de aventura en torno a la pérdida de un Manolito que pasa un mal trago. Se añade así la necesaria tensión dramática, enseguida resuelta en un final feliz donde se reencuentra toda la familia en torno a una paella veraniega. Desenlace que, en realidad, es más optimista que feliz, de acuerdo con la orientación ya presente en la serie. Lo importante es la confianza de quienes, después de superar peripecias, discutir, gritar..., acaban bailando. Elvira Lindo siempre termina así unas entregas costumbristas en las que, por ser tales, apenas caben la maldad o los problemas que desborden lo cotidiano. La versión cinematográfica es coherente con esta opción.
La sencillez y la claridad que caracterizan el estilo de las entregas editoriales se trasladan a la versión cinematográfica. Miguel Albaladejo siempre ha confiado en sus historias y sus personajes. Como director se pone a sus órdenes con una puesta en escena que ha ido depurando sin pretender alardes. Tampoco los busca Elvira Lindo en sus entregas de Manolito Gafotas, donde consigue una naturalidad que facilita la identificación y la sonrisa, componentes de un costumbrismo que en su caso no es deliberado o deudor de una escuela determinada. Sin embargo, en la película se rastrean huellas también presentes en otras realizadas por el mismo director con su habitual guionista. Ambos deben haber visto numerosas comedias españolas e italianas de los años cincuenta y sesenta. Su costumbrismo bebe en esas fuentes, compatibles con una renovación que permite una mayor fragmentación y la combinación con otros referentes «cultos». El acierto que en El cielo abierto se consigue al compatibilizar dos mundos diferentes como los encarnados por los personajes interpretados por Sergi López y Mariola Fuentes ejemplifica los diferentes registros que operan en la filmografía de Miguel Albadalejo. En Manolito Gafotas la opción es más sencilla, las fuentes más homogéneas y el resultado es el suave discurrir de una película amable que se ve con una sonrisa.
Cuando hablamos de adaptaciones es inevitable comparar. Conviene hacerlo sin atenerse a la literalidad, a una supuesta fidelidad que por definición es imposible. Prefiero buscar la coherencia con respecto al original (Ríos Carratalá, 2000). En este caso se da de manera nítida. No sólo por la presencia de la autora como guionista, sino también por su estrecha colaboración con el director. Ambos trabajan en una misma dirección y el resultado es tan positivo como poco habitual en el contexto de las a menudo polémicas adaptaciones. Sin embargo, hay pérdidas, algunas inevitables. Así sucede con parte de los guiños entre irónicos y cómplices que la autora introduce a través de la «falsa» perspectiva del protagonista. En la película se nos presentan los mismos hechos, pero no percibimos con similar intensidad el tratamiento que tanto contribuye al interés de la serie de cara al lector adulto. La imprescindible voz en offdel protagonista, que comenta todas las secuencias, nos recuerda lo fundamental de esa perspectiva. Pero el riesgo de abusar de este recurso es evidente y no puede caer en un detallismo similar al de las entregas editoriales. Se opta por respetar la voz del niño. Se consigue una naturalidad que se impone a la claridad de la dicción. Él nos presenta su pequeño mundo y nos transmite sus reflexiones entre ingenuas y divertidas. Subraya y matiza así el significado de las imágenes, fruto de una realidad enriquecida por la mirada fantasiosa de un Manolito tan deudor de su autora. Pero con una relativa mayor independencia en la película, donde echamos de menos los comentarios irónicos, los guiños culturales y la intertextualidad que abundan en las entregas editoriales. No creo que sea un error por parte de Miguel Albaladejo y Elvira Lindo. En cierta medida, esa ironía también se deriva de las imágenes, de una cámara que capta un excelente trabajo de ambientación repleto de pequeños detalles. No contamos con el fantasioso mundo interior de quien los observa a través de las «gafotas», pero disponemos de suficientes elementos para recrear una realidad cuya proximidad a veces nos impide captar lo paradójico, divertido e incongruente.
Las películas de Miguel Albaladejo se caracterizan por el mimo a unos intérpretes con los que ha trabajado en varias ocasiones. La cámara se recrea en el descubrimiento de los detalles que permiten la composición de un personaje en tan sólo unos instantes, los suficientes para unos actores de reparto que a veces dan un salto cualitativo como es el caso de Mariola Fuentes en El cielo abierto. Una Jazmina que podría vivir en Carabanchel (Alto), como tantos otros «colgados» entrañables que también aparecen en La primera noche de mi vida. Utiliza la técnica del mejor Berlanga, el de los inicios de su colaboración con Rafael Azcona, sustituido en su caso por una Elvira Linda con un sentido del humor menos cáustico. Tal vez más melancólico, sin ese apunte trágico que se vislumbra en el trasfondo de las obras del citado guionista para Berlanga y Ferreri. También se han suavizado los tiempos y, no lo olvidemos, en Manolito Gafotas el protagonismo de lo infantil tiende a eliminar unos componentes inadecuados para una película que busca un público familiar.
Este recuerdo de la filmografía de los cincuenta y sesenta se ve favorecido por la música de Lucio Godoy, habitual colaborador de un Miguel Albaladejo que trabaja con un equipo técnico y artístico estable. Siempre he admirado sus bandas sonoras, puestas al servicio de historias tan humanas como la de Los lunes al sol (2002), de Fernando León. En esta ocasión, y al margen de canciones emblemáticas para Manolito Gafotas como Campanera, interpretada por Joselito y que servía como presentación del personaje en sus apariciones radiofónicas, opta por una música que nos evoca las comedias costumbristas españolas e italianas de las citadas décadas. También hay sones de pasodoble y hasta una canción de Azúcar Moreno, utilizada en uno de los momentos más vitales de la película. Pero el tono de la misma lo marca una melodía acorde con la ambientación popular, dichas fuentes y el tratamiento amable, entrañable, incluso optimista, que prevalece en Miguel Albaladejo y Elvira Lindo.
El optimismo propio de una creación en la que se vislumbran no pocos problemas. En el fondo, como meros apuntes, hay delincuencia, dificultades económicas, carencias de recursos educativos... En un plano más cercano, la tensión familiar por la insatisfacción y la rutina, la posibilidad del engaño entre los padres... Pero Miguel Albaladejo y Elvira Lindo consiguen que esas sombrías circunstancias apenas afecten al tono amable de la película, cuyo costumbrismo está a medio camino entre el «neorrealismo rosa» y el humor cáustico de las citadas películas con guión de Rafael Azcona. Una opción ya presente en su filmografía y que en esta ocasión es adecuada para dirigirse a un público familiar. Cargar las tintas habría sido un error. Tampoco parece una posibilidad que les interese, pues optan por historias de perdedores, Manolito lo es, presentadas a través de una combinación de la melancolía de Miguel Albaladejo y el vitalismo de Elvira Lindo.
Tal vez se soslaye la verdadera entidad de los problemas que afectan a familias como la de Manolito. Pero lo mismo podríamos afirmar con respecto a la mayoría de las obras costumbristas, donde la presentación de esos problemas no suele ir acompañada de una actitud crítica o de denuncia. No es necesario. Basta a menudo con un telón de fondo tan identificable como comprensible para el espectador o el lector, al que se le transmite en este caso la mirada de un niño que aprende a vivir. Descubre, conoce, experimenta... a través de unas gafotas que no son lentes de aumento, ni de deformación al modo grotesco, sino de humor suave y amable que invita a un optimismo vital. No el basado en la ingenuidad o la ignorancia al modo de tantas obras destinadas a los niños. En esta ocasión Miguel Albaladejo y Elvira Lindo, al igual que en anteriores películas, nos ofrecen unas historias de perdedores que no se sienten derrotados, gracias a un humor que les ayuda a afrontar los problemas del «mundo mundial», es decir, de una cotidianidad contradictoria, fragmentaria y paradójica.
En definitiva, nos encontramos ante una película cuya coherencia con la fuente literaria es poco habitual. Concurren varias circunstancias excepcionales para justificarla. La trayectoria conjunta de Elvira Lindo y Miguel Albaladejo está en el origen de las mismas, pero también una serie editorial y radiofónica concebida de manera que su paso al cine resultaba sencillo, al menos desde el punto de vista teórico. El práctico fue resuelto con eficacia por el director de la versión. El resultado es una película apreciable, entretenida, que se ve con una sonrisa y nos devuelve un costumbrismo que agradecemos en momentos que la realidad sólo parece ser concebida como espectáculo. Hay otras miradas posibles, basadas en nuestra tradición literaria, teatral y cinematográfica. Conviene recuperarlas y enriquecerlas, sin necesidad de renunciar a una calificación, obra costumbrista, que permite explicar y justificar éxitos populares que nos devuelven algo de alegría en una época donde este concepto se asocia a productos deleznables, como los que copan el prime time de las cadenas televisivas.
Puestos a elegir, me quedo con Manolito y espero que, a diferencia de otros períodos del costumbrismo, la popularidad de la serie no dificulte la aparición de otras voces similares que nos hablen de nuestra cotidianidad con una sonrisa. No la enlatada de tanto monólogo pseudocostumbrista que invade la pequeña pantalla, sino la inteligente de quien con ironía y fantasía nos enseña a descubrir nuestro entorno. Descubrir no es subrayar lo obvio. Ahí radica una diferencia que conviene tener presente para reivindicar el costumbrismo, tan despreciado por unos como devaluado por quienes se refugian en él sin la voluntad de un observador. No es el caso de Elvira Lindo y espero que otros autores sigan la senda de una serie ya agotada desde el punto de vista creativo-la última entrega ha evidenciado un camino sin salida que convendría cortar-, pero que ha demostrado que sus tradicionales recursos pueden ser revitalizados en una época donde todo ha de ser, en apariencia, moderno. No lo es Manolito Gafotas, pero funciona.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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GARCÍA, Luis (2003). «Elvira Lindo». Literaturas.com. Página electrónica: http://www.literaturas.com
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LINDO, Elvira (1994). Manolito Gafotas. Madrid: Alfaguara.
-(1995). Pobre Manolito. Madrid: Alfaguara.
-(1996). ¡Cómo molo! Madrid: Alfaguara.
-(1997). Los trapos sucios. Madrid: Alfaguara.
-(1998). Manolito on the road. Madrid: Alfaguara.
-(1999). Yo y el imbécil. Madrid: Alfaguara.
-(2000). Todo Manolito. Madrid: Alfaguara.
-(2002). Manolito tiene un secreto. Madrid: Alfaguara.
-(2003). «Manolito Gafotas soy yo». Terra, 3-III. Página electrónica: http://www.cultura.terra.es
RICO MARTÍN, Ana Ma (2001). «Manolito Gafotas, una lectura con gancho ». Imaginaria, 51. Página electrónica: http://www.imaginaria.com.ar.
RÍOS CARRATALÁ, Juan A. (1997). Lo sainetesco en el cine español. Alicante: Universidad.
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VV.AA. (2003). Manolito Gafotas. Página electrónica: http://www.alfaguara.com
Juan A. RÍOS CARRATALÁ
Universidad de Alicante
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Copyright Universidad Nacional de Educacion a Distancia (UNED) 2004
Abstract
El camión sustituye al habitual coche y a los sones de una popular canción se adentran en una carretera donde todo es reconocible y próximo: el hostal donde se alojan y comen, los amigos que van encontrando...; incluso los problemas que deben afrontar para solidificar más la relación entre padre e hijo, que supera felizmente la prueba que supone este «viaje iniciático» donde nada es extraordinario. Sin embargo, en la película se rastrean huellas también presentes en otras realizadas por el mismo director con su habitual guionista. No creo que sea un error por parte de Miguel Albaladejo y Elvira Lindo. Conviene recuperarlas y enriquecerlas, sin necesidad de renunciar a una calificación, obra costumbrista, que permite explicar y justificar éxitos populares que nos devuelven algo de alegría en una época donde este concepto se asocia a productos deleznables, como los que copan el prime time de las cadenas televisivas.
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