Content area
Préférer la faim dans un bois à l'esclavage dans un palais1.
Sigmund Freud (1856-1939) en su obra "Análisis terminable e interminable"2 calificaba a las profesiones de educador y gobernante como imposibles. Su afir- mación ha dejado huella y desde entonces ha sido muy comentada, pero quizá se pueda decir algo desde la teoría política. La mera idea de que tareas que se ejer- cen a diario por todas partes puedan ser imposibles, como Freud mantenía, resul- ta desconcertante. Y si sus implicaciones políticas quedaron en su momento algo difuminadas, quizá fue porque el propio Freud lo decía de manera figurada y sin tener bien claro a qué se refería exactamente. Quizá le faltaba formación retóri- ca para poder avanzar más en su profunda reflexión. Sea como fuere, desde nues- tra posición en el siglo veintiuno nos admira la intuición de Freud al considerar esas profesiones como trabajos imposibles. Considerarlos así implica admitir indirectamente que esas profesiones han de manejarse a diario con la omnipo- tencia humana. Son actividades, pues, muy importantes para el gobierno y el des- gobierno diarios de nuestras vidas.
Sobre los miedos de estar y el dolor psíquico
Poco hay tan importante para el gobierno -y los desgobiernos- del ciudadano como su relación con la omnipotencia.
Cuando un individuo se encuentra con ella, como cuando los niños se ven las caras en los cuentos infantiles con los gigantes, se desatan miedos. De acuer- do con esto, las personas deberían huir de la omnipotencia como de algo espan- toso. Pero lo cierto resulta ser más bien lo contrario. El ser humano vive con la omnipotencia, se maneja a diario con ella de por medio y no solo no la evade sino que la incorpora a su vida. ¿A qué se debe tal incongruencia?
Permítasenos adelantar algo que con frecuencia pasa desapercibido. Me refiero a que el dolor psíquico es, para muchas personas, más fuerte que el físi- co. De hecho así lo mencionan con frecuencia algunos psiquiatras. En este sen- tido, el acceso a la omnipotencia se produce en muchos casos como un intento de evitar el fastidio de las frustraciones cotidianas. Se intenta de esta manera resolver nuestros problemas mediante un atajo que desplace la lentitud del día a día. No es infrecuente que las personas busquemos evitar todas esas inconve- niencias, a veces severas, mediante la solución mágica o, en otras palabras, con el recurso a la omnipotencia. Es el ansia de volar:
Volar como los pájaros ha sido el sueño del hombre. Volar, si no con alas pro- pias por lo menos con otras mecánicas, el avión, y asemejarse a un dios...tal vez sean estos los dos sueños más antiguos del hombre3.
En la acción omnipotente se tiene la fantasía de que el querer algo lo con- vierte automáticamente en realidad. Si una persona siente un deseo, ello hará que ansie realizarlo y diga la palabra o el conjuro mágico que lo ha de hacer realidad. Con esa exclamación se pretende conseguir lo que se quiere y, de acuerdo con las expectativas del omnipotente, la realidad ha de surgir de inmediato, sin espera alguna. Expresiones como "dámelo", "muérete", "que llueva, que llueva", "sién- tate ahí" o "desaparece de mi vista" ejecutan la vida, mueven mentalmente el mundo ipso facto.
Desvalimiento [varepsilon] impotencia
En la tradición judía queda establecido ex ante que la omnipotencia está fuera de este mundo y que por tanto el hombre no tiene acceso a ella bajo ningún con- cepto. Ningún humano podrá tener esta propiedad. Si lo intentara, caería en la magia y en la idolatría. No ocurre lo mismo para los habitantes de la Atenas clá- sica. Allí se creía que los dioses, semidioses y humanos vivían juntos en la polis. Tampoco en el mundo cristiano, en donde Jesús de Nazareth es hombre y Dios al mismo tiempo.
Claro que, para que aparezca la omnipotencia, se requiere que antes nos sin- tamos desvalidos. El problema con el desvalimiento es que, buscando alivio a sus miedos y por tanto en el curso de sus angustias, el hombre quiere calmar su malestar con procedimientos radicales. Y cuando la angustia se torne insoporta- ble, y la persona empiece a pensar en que ya solo le queda la autodestrucción o el estallido de la cabeza, recurrirá posiblemente a la metonimia del poder: la vida es poder4. El poder como arma que lo puede todo y por tanto también lo cura todo. A partir de este momento, y una vez en el interior de ese mundo metoními- co, el desvalimiento ya no es vivido propiamente como tal sino como impotencia. Así ocurre con la enfermedad, el abandono de los demás, la ruina o la desintegra- ción de la cabeza en pedazos, los quebraderos de cabeza. Cuando la impotencia se enfrenta a un malestar grande o a un conflicto agudo, inmediatamente comen- zará a roer la tierra la serpiente de la desesperación5.
El poder como metonimia
Una vez que se admita la existencia de ese poder como metonimia, podremos imaginar y creer que en este mundo ha de haber objetos que lo acumulen, inclu- so objetos omnipotentes. ? inmediatamente comenzará su búsqueda. Tales obje- tos pueden ser cosas (libros sagrados, riquezas ingentes, dominio, fama, títulos, rituales, salud eterna, fuerza descomunal) o personas (jefes victoriosos, gurúes, sanadores, sabios supremos, superdotados en belleza o inteligencia). Se trata de los magos y de los objetos mágicos o talismanes que pueden transmutar la reali- dad instantáneamente.
El desvalimiento de un ser humano nombra una realidad. Nos permite reco- nocer esos momentos de nuestras vidas en que no nos podemos valer. Desde luego las lenguas son muy precisas a este respecto y útiles. Uno puede sentirse desvalido o desvalgut. Así nos debemos haber sentido todos al menos en nuestra etapa del carricoche. Solo hay que asomarse a la ventana de la ciudad para ver a padres portando en carricoches a sus hijitos o a cuidadores llevando en carrico- ches a los inválidos temporales o permanentes.
La palabra desvalimiento, además de ser sobria, respetuosa con lo que des- cribe sin untarlo con ninguna salsa ni adobo, es tierna y sosegada, sin recursos exhortativos. Es un término que nos habla de una carencia constante. Nos pone en contacto con personas que tienen que estar necesariamente en las manos de otras personas porque no se pueden valer por sí mismas. El desvalimiento se vive como tal y, aunque se atienda y solucione por un tiempo con buen resultado, no cesa. Se vive con él sin poderlo cancelar nunca. A veces se atempera temporal- mente, convirtiéndonos nosotros en cuidadores de otros más débiles o que nos necesitan en un momento dado. Los profesores encuentran en los alumnos a otros que saben menos. Los médicos a quienes se duelen y piden ayuda. Muchos hui- remos de aquellas situaciones en que nuestro desvalimiento se pueda hacer patente. Pero todos vivimos con él porque somos limitados.
Lo que ocurre es que en general esto no es fácilmente soportable. De ahí que algunos intenten solucionarlo mediante remedios temporales. Claro que esto comporta una incomodidad, la de no dar al problema la solución definitiva o de una vez por todas. Definitiva significa aquí, como su etimología nos avisa, solu- ción final. En otras palabras resolver el problema de forma "total y absoluta", y así se suelen expresar los que la usan. Se trata del absolutismo de la voluntad, que ejecuta instantáneamente aquello que desea y además "del todo".
Para abordar el asalto a una solución final, ya hemos visto que es necesario previamente dar el paso de convertir la vida en su metonimia; se toma así una parte, el poder, por el todo, la vida. Nuestra existencia pasará a ser un asunto de poder y nuestras acciones sencillamente un despacho y ejecución de poderes.
En el campo de la ciencia empírica, Harry Eckstein (1924-1999) explicaba en sus clases que, para percibir este enfoque de poder, era necesario un paso pre- vio técnico que convirtiese los misterios de la vida en enigmas. Un misterio admite varias soluciones, muchas incluso. Un enigma encierra una sola clave o llave y, cuando la encontramos, nos permite abrir el enigma y hacer que este entonces se disuelva y desaparezca.
Impotencia
Como ya hemos visto, para sentirse impotentes hay que haberse introducido pre- viamente en el mundo de la vida como poder. Esto convierte el poder en magni- tud escalar e implica que el poder pueda medirse sobre una escala desde - infi- nito a + infinito. Las personas se transforman así en seres con una nueva variable antropométrica. Cada persona tendrá un lugar en la escala del poder y los hom- bres serán siempre más o menos poderosos.
En esta nueva situación humana, se pensará que el dolor puede ser comba- tido radicalmente con el poder. Podrá ser el poder de la voluntad directamente, bien con un deseo mágico y por tanto automático, bien con intervenciones de personas magas o santas. La otra posibilidad será utilizar la ciencia poderosa que, con su análisis, lo abate todo. Una ciencia que contrarresta y derrumba cualquier sufrimiento, la ciencia como poder que tanto aparece en la historia de la teoría política: Scientia potestas est o knowledge is power6.
No es extraño en este sentido que Moisés Maimónides (1135-1204) insis- tiera en varias ocasiones en su Guia de perplejos7 en que el conocimiento no es poder, con la clara intención de avisarnos contra esta metonimia que desemboca en la idolatría8.
Aparición de la idolatría: ídolos y sometidos
Para lograr tales resultados y apagar el dolor, habrá que entregarse a personajes poderosos. Una vía será vaciarnos en ellos de alguna manera mediante la depen- dencia económica extrema. Otra, entregarnos a su consejo decisivo. Por último, siempre cabe cerrar los ojos del conocimiento a la situación real en la que esta- mos y dejarnos arrastrar por los objetos y figuras de poder.
En relación con la omnipotencia, tendremos el problema de que las perso- nas no se ajustan fácilmente al modelo mágico, ya que son de carne y hueso y tienen limitaciones. Por eso, en la relación omnipotente algunos actores del drama son prácticamente muñecos; figuras sin vida real, que se mueven por impulsos del autor o autora de la fantasía. Son muñecos como esas figuras iner- tes con las que se juega desde la infancia:
La muñeca, debido a su deliberado parecido con los seres humanos o los ani- males humanizados, representa, por lo menos en "nuestra cultura", una función importante de su sociopatología. Seres que pueden ser amados y odiados con exce- so, y que no pueden a su vez amar ni defenderse, que pueden ser destruidos sin una queja, en otras palabras, las muñecas son como individuos que han perdido su espontaneidad. Esta vida muerta de la muñeca debería preocupar seriamente a padres y educadores...Los juguetes no pueden defenderse cuando el niño ejerce su fuerza física maltratándolos o destruyéndolos. Esto se opone a los principios mis- mos de la democracia9.
En realidad, cuando la relación entre las personas cae en la omnipotencia, se puede asegurar que alguno de los personajes es ídolo ya. Y que otro es un sometido. Los ídolos tienen la característica de que, al ser inanimados, pueden ser movidos a gusto, seducidos siempre para alivio de la mente desvalida, que imagina, retoca e interpreta a su gusto y necesidad el significado de los aconte- cimientos. Un campo muy abonado para las mentiras fruto del miedo.
Cuando le sobrevenga una decepción, el sometido dará los dictámenes interpretativos de la situación. Se dará para sí la explicación de lo que verdade- ramente está pasando: él no se ha equivocado en nada. No importa que le haya pasado lo mismo varias veces, ya que en este caso alegará que, por ser su com- portamiento especialmente noble, elegante, confiado u honesto, ha sido castiga- do. Como señala Najmánides (1194-1270):
El idólatra está vacío de consejo, no tiene consejo ni entendimiento, sino que sólo camina tras su ídolo10.
En la sociedad vigilante la metonimia del poder en la docencia y el gobier- no es inevitable. En la enseñanza los profesores podemos evitarla temporalmen- te, pero más pronto o más tarde se producirá. Y las personas que afortunadamente cuenten con un maestro o una maestra con los que hasta ahora se habían relacio- nado tanto con vigilancia como con letargía, recaerán eventualmente en una rela- ción idolátrica, preparación del resto que ha de venir.
Un indicador de que la omnipotencia se está ya produciendo puede ser la aparición del apelativo jefe. Aunque aparezca en broma o como para exorcizar su significado, la entrada en escena del concepto revela esta inclinación y cambio. Con el tiempo puede que también aparezca en algunos casos la idea de "ser uno su propio jefe", siempre latente, como desenlace del vínculo. Y naturalmente entrará en escena el miedo. Seguramente será un temor difuso y sin identificar, con lo que la situación antes benigna se carga ahora de la angustia de espera pro- ducida por un miedo del que se desconoce su causa.
El discípulo empieza por primera vez a dudar de si las explicaciones del maestro eran las correctas, ya que, de ser así, al entrar en conflicto las enseñan- zas de su maestro con las de su vida cotidiana, sus seres cercanos empezarían a alejarse. Y eso no lo puede soportar.
Los CASTIGOS INJUSTOS Y LA HUIDA
En tal situación en que el sometido se relaciona ya en una maraña con el ídolo, un mundo ya concreto de dinero e influencia, el problema es que la realidad sigue su marcha. Y los demás también actúan. Ante la extraña conducta de los someti- dos, a veces solo comprensible para ellos, los demás alterarán también su com- portamiento. Esto pronto les expondrá a nuevos peligros, cada vez más descon- certantes.
Como hemos señalado, el problema con los miedos que desata la omnipo- tencia en el idólatra es que no son conscientes. Tales miedos no están identifica- dos. Emergen, se desarrollan y presionan. Anuncian sustos trascendentales y por ello angustian a la persona sin que esta en principio pueda explicárselos.
En algunos casos, los malestares que el subordinado vive en sus tratos con los poderosos serán entendidos como castigos que la sociedad o la vida les envían. Esta conclusión, generalmente paranoica, al menos da una explicación a los hechos oscuros y llenos de presagios. Si, en su versión, los castigos son injustos, la figura del sometido queda incluso heroicamente realzada.
Los individuos, cuando temen, suelen recurrir a varias actitudes básicas frente a los castigos y a la angustia de espera. Parémonos a meditar un momen- to en ellas.
(i) Fuga
Una reacción puede ser huir. Pero si el miedo viene de dentro y además no está identificado, entonces la huida se transformará en movimiento continuo, sin descanso. Es el desasosiego. Probablemente el sujeto se convence de que está teniendo miedo en un punto concreto del escenario corpóreo de la vida y lo que hará es moverse, ir a otra parte, cualquiera que sea. Poner tierra por medio.
No es extraño que, al moverse sin ton ni son, el sujeto vaya a todos lados deprisa, sobre todo si el miedo es suficientemente angustioso, bien porque los objetos estén vecinos, o bien porque los objetos enemigos sean muy poderosos; o por ambas cosas. A pesar del agotamiento que esto supone, la acción le com- pensa porque le calma el miedo.
El movimiento como traslación en el escenario corpóreo de la vida tiene la ventaja de que nos desarraiga la sensibilidad, desequilibra el gobierno de nuestro ejecutivo interno, generalmente un yo muy bien identificado, y eso nos da la impresión psíquica, seguramente con razón, de que estamos ante una oportuni- dad de re-gobernarnos.
(ii) Los viajes incesantes: vidas urgentes
El traslado nos cambia el escenario de nuestra vida. Nos aporta nuevos decorados hasta ahora desconocidos. Aunque en algún caso el viaje pueda lle- varnos de regreso a un sitio que nos es "familiar", hacia personas o paisajes que cuentan con una imagen interna dentro de nosotros. Tales objetos son propieda- des internas nuestras. Retornamos a ellos porque creemos que pueden ayudarnos a un cambio importante en el gobierno de nuestras vidas y librarnos de los ago- bios que nos cortan el paso a la felicidad. Son obstáculos descorazonadores que nos impiden pensar en el futuro con ilusión o, quizá sea la peor amenaza, nos empujan a la depresión negra o al abandono.
Los viajes de este tipo se planean con angustia. Se buscan destinos signifi- cativos para nuestro mundo interno. Los traslados se hacen como si se tuviera prisa, con urgencia; como la urgencia que impone el miedo creciente y sin iden- tificar.
No es raro que tales viajes sean continuos, ya que muchos de ellos fracasan por la premura y banalidad con que se organizan. El efecto del viaje dura poco. Y como el sujeto se siente insatisfecho con ellos, por eso repite. Parece verse en muchos casos que lo importante del viaje es alejarse del origen, del punto grana- te en donde pensamos que brota el aburrimiento o el sentirnos perdidos, la per- dición.
Un problema de esas situaciones se debe a que el sometido se pone en movi- miento un tanto compulsivamente. Sus idas o venidas se hacen sin pararse a pen- sar, aunque pueda disfrazarlos como precisamente lo contrario. Usualmente los sometidos se comportan como dictadores benignos, pero que pueden causar daños importantes. Sus acciones podrán ir acompañadas de "cortar por lo sano", "sacrificio", "ser completamente sinceros", "cariñoso con los suyos" u otras similares.
Los individuos inmersos en estos viajes ajetreados no suelen tener muchas oportunidades para reflexionar sobre lo que les pasa. Y ello les aboca a una situa- ción incomoda en donde no se acaba de tratar la causa del temor, porque puede darse el caso de que el sujeto se la lleve consigo en su interior.
(iii) Inmovilidad
Puede darse muy bien el caso opuesto. Sobre todo en situaciones de depen- dencia severa. Cuando una persona no pueda alejarse de sus ídolos, o de sus visiones rígidas de la vida, se impondrá la sensación para el sujeto de que, si se separa de sus objetos internos buenos, sobrevendrá la catástrofe. Eso lleva a estas personas a impedirles viajar, ya que los que debían ser objetos internos no lo son y se han convertido en metonimias, en personajes indispensables. Sin ellos, esos sujetos no pueden descansar, seguramente no pueden ni dormir, y no logran gobernar su vida cotidianamente. Aquí el insomnio es todo un síntoma. Apare- cen las sensaciones de vacío y de soledad. Simplemente el cambio de escenarios les atemoriza tanto, que no son capaces de mantener un humor normal y corrien- te como hacían antes de salir de su origen o punto cero. También pueden inclu- so enfermar.
La inmovilidad es un síntoma de estas relaciones metonímicas con los ído- los queridos. Estas relaciones no son fáciles de identificar, ya que se juntan sen- timientos controvertidos y situaciones dañinas para la vida que se escenifican como historias nobles. Aparecen las narraciones morales que justifican bien ese "no moverse". La parálisis en estos casos conduce a veces a la desorientación y a la esterilidad.
En situaciones así suelen aparecer planteamientos tales como "tenía que hacerlo", "me debía a mi conciencia", "no podía pasar por esto", "es fácil ser egoísta" o "ellos me necesitan y no puedo negárselo". En realidad el sometido está muy atemorizado porque se da cuenta de que está cayendo en un gobierno dictatorial de sí mismo. Un gobierno muy regimentado, perjudicial o, incluso, nefasto para él. Esto acelera su malestar y le hará revestir sus acciones con un ropaje que disimule su incapacidad. Esta vestimenta debe ser un disfraz - lamentablemente así hay que llamarlo- que no se parezca en lo más mínimo a aquello que trata de ocultar.
(iv) La parálisis de la regresión
En estas situaciones cargadas de angustia y dolor, es frecuente que aparez- ca el dictum recurrente de "no puedo pensar sólo en mí", "se lo debo" o "se lo debo a mis convicciones o a mis ideales". Cuando en realidad lo que está ocu- rriendo es un regreso despavorido al mundo idolátrico. Se hace así porque uno no puede, porque no está en condiciones de pensar con calma, encontrar las ver- daderas causas del miedo; y este se ha ido agigantando hasta hacerse insoporta- ble. Y surge la estampida, bien de huida sin mirar atrás, o bien de regreso a la madriguera; a ciertas dependencias que por un lado nos resultan insoportables, pero por otro nos son necesarias para vivir.
En este caso el sometido renuncia a los objetos buenos y libres con los que cuenta en su interior. Le incomodan. Empieza a sufrir de alguna manera con ellos y tendrá que destruirlos, que inmolarlos11. Hay que tener en cuenta que si un objeto interno es bueno, suele ser libre y asentado a través de la cotidianidad; es un objeto que se ha incorporado tras muchos días y muchas noches de trabajo productivo. Pero esos objetos buenos, no idolátricos, tienen un inconveniente, que son reales y libres. Y no los podremos convertir y transformarlos en ídolos delirantes con dogal o cadenas. Su ayuda nos ha venido siempre muy bien, pero no caben ahora en nuestro teatro. Su contraste con la estrategia dictatorial en la que nos hemos colocado traerá consigo ahora un serio problema. Si los quere- mos conservar, habrá que adaptarlos a nuestro mundo actual o, si no se some- ten, desprestigiarlos. La manera de hacerlo será la misma que se suela utilizar en la ciudad.
Objetos buenos [varepsilon] ídolos
¿Y qué hacemos con los objetos buenos que no tienen sitio en nuestro escenario idolátrico? A este respecto resulta de primera importancia no confundir los obje- tos buenos con aquellos ídolos que toman iniciativas para controlarnos y some- ternos.
Los primeros suelen ser huidizos, poco o nada invasores, y constantes en los beneficios que nos aportan. Tienen aciertos y errores.
Por el contrario los ídolos -y sus sometidos- no tienen errores ni los aceptan en su vida con nosotros. Son fríos, distantes e implacables en el trato. Saben que a ellos no se les quiere por sus virtudes y sus defectos, sino por su fama, brillantez, dominio afectivo sobre nosotros, dinero o poder para solucio- narnos la vida materialmente; se les presta atención porque pueden aliviar nues- tra angustia, que es de lo que se trata cuando estamos impotentes. Como el lec- tor se habrá percatado, ya estamos en un planteamiento muy materialista, con frecuencia registrable en una contabilidad como reflejo de lo que está pasando. En las relaciones idolátricas siempre aparecen al final la tacañería y el abuso, el dinero y el poder.
Las trampas
Hay veces en que los ídolos son personas cercanas que aparentan ser tiernas, cariñosas y sobre todo complacientes. Personajes que parecen bondadosos sim- plemente porque no nos frustran y además halagan nuestra vanidad. Nos descar- gan de nuestras angustias de manera falsa, invitándonos a escapar de ellas mediante delirios benevolentes y sin afrontarlas con veracidad. Nos tapan muchos problemas -en realidad, nos ponen telarañas en los ojos-, aun cuando en realidad nos estén sometiendo de manera encubierta, aparentando ser nuestros valores más sólidos. En este campo se mueve la idolatría familiar, no solo de la familia biológica sino también de las ideológicas y de las fraternidades deporti- vas, políticas o culturales. El ambiente de los partidos políticos y en especial el entorno de los líderes están plagados de este tipo de conductas.
Es importante señalar que, al igual que el ídolo nos es necesario para solu- cionar nuestros problemas e incapacidades, sean estas nuestra pobreza, nuestra falta de equilibrio afectivo o nuestro infantilismo; el ídolo también nos necesita a nosotros. Y aquí es donde el sometido usa lo que cree son sus poderes. Pode- res y facultades bien sórdidos ya que no se mencionan ni se verbalizan. El ídolo nos necesita para tapar su falta de afecto, su infelicidad, su fracaso, su depresión, su decadencia, su necesidad de partidarios para lograr sus objetivos, los grandes huecos de su ser. Los ídolos y los idolillos requieren de la presencia del someti- do para evadir su propia desesperación de estar en una vida falsa y fingida. Una vida llena de rutinas, repeticiones y ocios. Vidas llenas de clichés que, como diría Moreno, viven parasitariamente de la conserva culturalu. Son vidas general- mente caracterizadas por la deslealtad, principalmente a sí mismos. Debajo de todo, late la necesidad de mantener un mundo relativamente estable:
La conserva cultural le rinde al individuo un servicio similar al que rinde como categoría histórica a la cultura en general -continuidad de la herencia- ase- gurando para él la preservación y la continuidad de su yo13.
Como señala Moreno, las conservas culturales y las máquinas han sido dei- ficadas: "El hombre ha creado un mundo de cosas, las conservas culturales, para producir para sí mismo una imagen de Dios"14.
Por eso los sometidos hacen gala de su extrema lealtad. Presumen de ser leales, cuando en realidad en el fondo no lo pueden ser; no lo están siendo con respecto a la vida. Se trata de la deslealtad que muestra el sometido a la vida con tal de calmar sus miedos insufribles.
El maestro y el líder como metonimias
La entrada en una relación metonímica con el maestro o el líder trae consigo decepción y, a la postre, amargura. Quiérase o no, cuando esto se produce el maestro o el líder -ahora jefe celoso de sus alumnos o sus subordinados- ya no tiene vida propia, carece de ingenio espontáneo. El ídolo se mueve y actúa, piensa y desarrolla tareas; pero empieza a carecer de inventio y de espontanei- dad. Así lo verá ahora aquel discípulo o ayudante que lo ha idolatrado y que, en algunos casos, por lo espectacular de su vinculación admirativa al maestro, se creía un discípulo aventajado.
Hay que tener en cuenta que ese proceso de metonimia se dispara a veces a partir de un momento especial de la relación maestro-discípulo, como pueda ser la entrada en escena de otros alumnos de los que siente recelos, o de la separa- ción prematura del maestro. O puede ser un proceso de ida y venida. Esto es apli- cable también al líder político y a sus seguidores.
El proceso de metonimizar al maestro, ver que él se halla en posesión de un ídolo que ansiamos e identificarle con él, es un mecanismo que no tiene por qué ser irreversible.
Ante una decepción abrupta e imprevisible, un desengaño vivido en otra parte o una lección oportuna del maestro -y apresurémonos a decir siempre que esta sea benigna y no lesiva- pueden dar un vuelco a la situación y hacer que la relación maestro-discípulo se humanice de nuevo y se aparte de la dictadura, a veces tiranía, de la omnipotencia. Nunca se puede decir que esté todo perdido o, por el contrario, solucionado. Ni en un sentido ni en otro se puede decir que el proceso sea definitivo. Dado que en el fuero interno no rige el principio de iden- tidad, disponemos siempre de la oportunidad de rehacer las cosas o de volver al punto en donde lo íbamos haciendo bien. Son las oportunidades de la terapia humana.
Negación de la realidad: el gobierno histérico
El discípulo idolátrico se siente sometido por su maestro y, a la vez, quisiera someterle.
En el caso de la histeria es frecuente que una persona intente disociar tro- zos de su vida como si siguiera el principium segregationis. El sujeto histérico, acostumbrado a vivir con intensidad diferentes escenarios, todos ellos con esca- sa conexión, intentará guardar la parte de la realidad que le resulte más desesta- bilizadora -por su omnipotencia- en un pozo propio y sellarlo.
Por esta razón puede ocurrir que en el trato con su maestro y con las perso- nas involucradas en su relación omnipotente, bien sea directa o indirectamente, el sometido empiece a tener amnesias y a ignorar toda esa realidad que ha que- dado sellada en un pozo aparte. En esta situación se manejará como si esa parte de su vida no existiera ni hubiera existido nunca. A efectos de su ejecutivo impe- rante, esa porción está encerrada, desterrada, cancelada. Es un mundo aparte que incluso dispone de su propia voluntad. El problema es que el individuo cuenta ahora con varias instancias ejecutivas, varios gobiernos autocráticos segura- mente bien coordinados y que no se tropiezan entre sí. Ahora bien, en cualquier momento puede llegar una interferencia seria entre esos mundos segregados. Por eso flota en el aire de la histeria la sombra de la guerra civil, lo que in foro inter- no viene a significar esquizofrenia.
El gobierno histérico es por tanto parcial o partisano. Se erige sobre una parte de la vida del individuo y la domina con rudeza, desde ahí manda. Acos- tumbrado este tipo de actuación a las soluciones quirúrgicas y a despachar, es de esperar que tenga soltura en la ejecución de programas o protocolos. El someti- do y el líder histéricos son personas muy ejecutivas, rápidas y sin dilaciones en aquello que les interesa. Para ellos la violencia, sea sádica o masoquista - recuérdese que ambas son una misma cosa-, está siempre al alcance de la mano, con ejecuciones de la noche a la mañana. Ambos odian por especialmente peli- grosas las transiciones, método más propio de la solución obsesiva o administra- tiva, inclinada a la suavidad del trato y a la diplomacia.
Fobias
Los miedos a causas internas mal identificadas, a veces incluso desconocidas, empujan a registrar continuamente los lugares y a cuestionar todo lo foráneo o extraño. Esta obsesión, cuando se manifiesta en la ciudad, puede llevar a la bús- queda de la homodoxia, u opinión común. Para ello es posible que se requiera acudir a un consejo secreto que implante el sophronisterion, lugar donde se crece en sabiduría, y que viene a ser un correccional. Si es necesario, se hará con cate- quización, como hacía la Inquisición española en el siglo dieciséis15.
Al igual que las ansiedades para el Consejo Nocturno de Platón el Atenien- se, los miedos internos no cesan ni en el día ni en la noche, de ahí que la sensa- ción de malestar y los controles que buscan aliviarla sean perpetuos.
Una de las técnicas de búsqueda y registro de las causas desconocidas de esos miedos consiste en pasarse muchas horas frente a pantallas en donde, con el pretexto de estar viendo algo interesante de diversión, estudio o trabajo, el inte- resado intenta cazar reminiscencias de su mundo interno. Su esperanza es que por un instante ese mundo interno pueda descuidarse y se le escape algún ele- mento de esos que están causando su desasosiego. Para los idólatras la necesidad de pantallas se convertirá casi en una obsesión incesante, lo cual por otra parte nos informa de lo poco útiles que le vienen resultando a esa persona en la solu- ción de su angustia.
Otra posibilidad de captura de los elementos insidiosos internos consiste en computar los tiempos y espacios en que nuestro animo se duele. Es el camino de la obsesión. Viendo cómo evoluciona nuestro dolor moral o psíquico en el espa- cio de las coordenadas de tiempo y espacio, podemos establecer algún tipo de curva o de estructura coherente que nos permita encontrar el motivo, la función matemática, de lo que nos tiene desquiciados.
A veces el sujeto intenta ignorar el dolor psíquico convirtiéndolo en un malestar corpóreo. Hemi-craneas (migrañas), jaquecas, dolores de espalda, dolencias digestivas, cólicos, subidas de tensión abruptas, mareos, contracciones musculares o de los vasos sanguíneos, inflamación inopinada de un órgano inter- no, caídas de la salud inmunológica. Todas aquellas reacciones que en la medi- cina se llaman defensas suelen estar cerca de estas idas y venidas para camuflar, ignorar o limitar el dolor interno.
Asimismo una estrategia del sometido puede ser congelar su persona o el escenario. Congelación contagiosa que puede afectar a los acontecimientos y a otros personajes de su drama particular. Un líder de este tipo puede ser particu- larmente negativo para su función porque además guarda mucho su compostura. La procastinación o demora constante, la dosificación intensa de lo que comen, dicen o hacen -de más y de menos-, sus impuntualidades para lo que no le interesa personalmente o la propia narcolepsia son instrumentos frecuentes en este tipo de sometido omnipotente tras el que casi siempre se oculta un líder en la oscuridad. En realidad vive encerrado en una existencia en donde no se acep- ta bien la sorpresa del momento, ya que:
En un universo cerrado a la novedad, la categoría del momento carece de sig- nificado, es solamente una palabra, un "logoide"...no hay crecimiento, espontanei- dad, ni creatividad16.
Una vez que el dolor se asiente en un órgano corpóreo, el asma o los cata- rros por ejemplo, la solución podrá ser claramente ejecutiva: recurrir a una tera- pia medicamentosa. Viene el jarabe o la pastilla. Por no mencionar la aparición en escena de la protección familiar y, seguramente con ello, un retroceso del indi- viduo hacia tiempos de la infancia.
Protección familiar en la sociedad vigilante
Cuando las personas afrontan su relación con una fuente de conocimiento, como son por ejemplo los profesores o los líderes, puede que lo hagan sin idolatría. Esto ocurre cuando se siente el cariño o la consideración profunda hacia el tra- bajo del maestro o del gobernante.
Si afortunadamente ocurriera así, el sujeto no caería en la influencia parali- zante y estéril de la omnipotencia. Pero esto implica a su vez que la persona en ese caso se va a ver más separada y, a la vez, más liberada de sus vínculos infan- tiles.
Tal cosa puede dar problemas, y de hecho los da y muy graves cuando el grupo familiar siente que la persona se le escapa de su control. Con frecuencia las familias ejercen su poder mediante las seguridades de gobierno que ofrecen a sus miembros, sobre todo en relación con (i) la soledad angustiosa y (ii) la debi- lidad económica. Y no será raro que la persona que iba creciendo en autonomía retorne asustada a la dependencia. iHa visto mundo! Los miedos del sometido a las amenazas latentes de los ídolos familiares pueden mutar fácilmente y presen- tarse en tal caso como una actitud heroica de salvación o de sacrificio inmolato- rio, como expresa el oscuro coro en el Macbeth de Giuseppe Verdi (1813-1901):
La patria tradita
Piangendo ne invita!
Fratelli! gli oppressi
Corriamo a salvar11.
Resulta revelador que la Nueva Inquisición española -que se afianza a par- tir del primer cuarto del siglo dieciséis- tuviera una red de espías internos espar- cidos por todos los pueblos y ciudades a los que llamaba "familiares" de la Inqui- sición. Estas personas estaban siempre vigilantes, dispuestas a denunciar al vecino o al hermano, y cumplían su función de forma voluntaria y gratuita.
En sentido opuesto Maimónides avisaba en el siglo doce contra esa socie- dad vigilante: "La persona que vigila a su prójimo transgrede una prohibición"18.
Idolatría en la infancia
La soledad se convierte en algo insoportable cuando previamente en épocas muy tempranas se le ha hecho experimentar a la persona -casi siempre por entonces era personita- lo duro y destructivo, lo enloquecedor que puede ser el abando- no. El bebé aprende que puede sufrir mucho si le falta la atención cuidadosa de sus padres o si recibe su desprecio o ridiculización. Sobre esta experiencia de miedo al enloquecimiento, se asienta la influencia que la familia va a ejercer sobre sus miembros. Les hará ver de cerca el terror del abandono y de los peli- gros que esperan en el exterior. Es más que probable que se genere en el ambien- te la idea de monstruos enemigos que nos acechan para atraparnos y destruirnos. El mayor miedo quizá sea el de que podamos encontrarnos un día perdidos. Que, como le ocurre a Macbeth, experimentemos la perdición:
Oh me perduto!
...Ove son io?19.
Perdición significa no solo no saber dónde estamos, sino también no tener a nadie que nos reconozca, nos haga caso y nos pueda decir de dónde procede- mos. Es estar solo; sin nadie y con las antenas rotas, ciego y sordo; y además con los oídos sin saber a donde dirigir sus pantallas auditivas, para girarlas por últi- mo hacia adentro, a oír los ruidos horrorosos de la desesperación, los chirridos de altísimo volumen de la desorientación y la disolución de nuestra persona. En palabras de Marco Tulio Cicerón (106 a. C.-43 a. C.): "rodeado de enfermedad, exilio y pobreza"20.
En el campo público, la figura del tirano ofrece el modelo perfecto. En la tragedia de Macbeth, el estallido de la venganza contra ese personaje maligno que es el tirano coincide con la crisis del retorno a casa del noble escocés Mac- duff. Este personaje, en la voz de un tenor, lo grita con tonos atlánticos:
Trammi al tiranno infaccial21.
Tal arranque de venganza busca saber por dónde sale el sol, nos orienta. También tener un gran enemigo, ya que nos da un foco de atracción y significa- do.
Paralelamente a estos juegos tiránicos, las familias montan un ambiente interior acogedor, seguro y en apariencia ejemplar; aunque no lo sea para el ojo del experto o del independiente. Esa atmósfera se les hace ver a sus miembros que es equivalente a vida. Si osas perderla, te expones a la muerte psíquica: sole- dad, ruina y quiebra de la mente. El sujeto acosado se sentirá perdido y arranca- rá en ataques de miedo que pueden llegar al llanto crítico, la auto-lesión o la pará- lisis. Seguramente prefiera someterse a todo eso a tener que afrontar la psicosis.
La capacidad de las familias para la vigilancia y el sometimiento es muy grande y, en los países católicos, llega a ser incontestable en muchas ocasiones. Como todos los participantes del drama familiar saben de lo que se está hablan- do, juegan muy bien cada uno su papel, son actores dóciles y aplicados. Algunos de sus miembros ya aceptaron en su día no salir nunca de ese ambiente opresor y molesto. Esos serán piezas firmes en el gobierno local de la tiranía. Habrá otros personajes, los más listos, los más capaces o los más valientes, más propensos a la disensión y sobre ellos se desplegará posiblemente toda una retícula de con- troles muy estrictos. Ligaduras muchas veces no détectables a simple vista.
Desgraciadamente, cuando los sometidos salen de esos núcleos dictatoria- les o tiránicos, lo suelen hacer para fundar otro escenario réplica del que proce- den y que vendrá a ser una metonimia o una metáfora del suyo propio, en pala- bras de Freud: una condensación o un desplazamiento del original. Una realidad en donde a veces cambian los roles, se alteran los decorados o se atribuyen los papeles al revés. Se retuercen los focos o se extreman los recitativos del libretto. Trucos que hacen que la misma situación aparezca como distinta cuando no lo es. Son mundos que siguen pautas, sin tener jamás ese autor "que puede trans- formar el mundo creadoramente". Así:
Para una mente creadora no existiría la distinción entre consciente e incons- ciente. Un creador es como un corredor, para quien, en el acto de correr, la parte del camino que ya ha pasado y la parte que está ante él son cualitativamente una misma cosa.
De modo que la distinción entre consciente e inconsciente no tiene lugar en una psicología del acto creador. En una logificatio post festum22.
Las familias no quieren hablar de tales cosas. Se multiplican así con gran eficiencia y los sujetos reproducen en sus trabajos, amistades y grupos propios todos los mecanismos y conceptos -las conservas culturales- que tienen que defender eternamente como parte de su equilibrio mental. Todo se hará con mucha inconsciencia, con vehemencia unos, con tenacidad inamovible otros; en medio de contradicciones, dobles vidas y con mucha angustia de espera. Es "el culto de la resurrección, no de la creación"23.
Con los años y la vejez todo se crispa de mala manera. Pero siempre se sabe que, si alguien se atreviese a salir del laberinto, se las tendría que ver con la psi- cosis. Y, como avisa la expresión, "ime puedo volver loco!". Por eso la enseñan- za de la teoría política es prácticamente imposible y acaba siendo un sucedáneo. En estas circunstancias de la vida en la sociedad vigilante, la aparición de maestros, líderes o amistades que puedan llevar a un sometido o a un pueblo a apreciar un mundo de aprendizaje y vida sin idolatría, se convertirá en un pro- blema para la familia biológica o política. De alguna manera esas familias envia- rán espías y controlarán las situaciones a veces de manera drástica con traslados y agresiones similares24. Todo se hará con el argumento loable de mantener la protección, asegurar la paz y el bienestar de la ciudad interna de la persona seña- lada como en peligro.
1 [Preferir el hambre en un bosque a la esclavitud en un palacio]. Victor Hugo, L'homme qui rit (1869), Librairie Générale Française, Paris, 2002, p. 51.
2 Freud menciona también la profesión de psicoanalista. Sigmund Freud, "Análisis termina- ble e interminable" (1937), en Obras Completas, Tomo IX, Biblioteca Nueva, Madrid, 1975, p. 3361.
3 Jacob L. Moreno, El Teatro de la Espontaneidad (1923), trad, de Miguel Mascialino (a partir de The Theatre of Spontaneity, 2a ed. ampliada, Beacon House, New York, 1973), Editorial Vancu, Buenos Aires, 1977, p. 146.
4 La metonimia es un fenómeno de cambio semántico que se produce en las lenguas. Median- te él se sustituye un concepto por otro que le es próximo. Se pasa a denominar la parte por el todo, el continente por el contenido, la materia por el objeto o un símbolo convencional por lo que se le atribuye. Viene a ser parecido a lo que Freud llama desplazamiento como mecanismo de expresión de la que se vale para expresarse el no-consciente (unbewusstsein).
5 Sobre esta metáfora y su significación más profunda puede verse Miguel Servet, "Resti- tución del Cristianismo" ("Christianismi Restitutio", 1553), Parte II, Diálogo I, en Obras comple- tas, vol. V, texto bilingüe latín-español, ed. de Ángel Alcalá y trad, de Luis Betés y Ángel Alcalá, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2006, p. 382. Debo esta cita a Laura Adrián.
6 Sobre este punto véase Javier Roiz, Sociedad vigilante y mundo judío en la concepción del Estado, Editorial Complutense, Madrid, 2008, pp. 45ss y 311.
7 Moses Maimónides (Moshe ben Maimón), The Guide of the Perplexed, 2 vols., trad, de Shlomo Pines, con un ensayo introductorio de Leo Strauss, The University of Chicago Press, Chicago, 1963, vol. I, p. 101.
8 Roiz, Sociedad vigilante y mundo judío en la concepción del Estado, p. 47.
9 Jacob L. Moreno, Psicodrama (1946), Ediciones Hormé, Buenos Aires, 1993, pp. 114-115.
10 Roiz, Sociedad vigilante y mundo judío en la concepción del Estado, p. 209.
11 "Quienes se hubieran declarado la guerra a sí mismos, querrían atormentarse de día y tor- turarse de noche" (Qui ipsi sibi bellum indixissent, cruciari dies, nostes torqueri vellent). Marco Tulio Cicerón, De finibus bonorum et malorum (De los fines de los bienes y los males), ed. bilin- güe de Julio Pimentel Alvarez, Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F., 2003, Libro V, X-29, p. 89.
12 Moreno, Psicodrama, pp. 157-158.
13 Ibid., p. 155.
14 Ibid., p. 164.
15 Así se hizo en el caso de Jeroni Conqués (1518-1573), profesor de la Universidad de Valencia. Fue descubierto y procesado por los inquisidores en 1569. Conqués participaba en las reuniones del castillo de Oliva en torno a Don Gaspar de Centelles i Moneada, noble que murió quemado en la hoguera en 1564 acusado de hereje luterano.
16 Moreno, Psicodrama, p. 152.
17 [La patria traicionada/llorando nos invita/ihermanos! corramos/a salvar a los oprimidos]. Giuseppe Verdi, Macbeth (1846), Coro de Tutti. Atto Quarto.
18 Roiz, Sociedad vigilante y mundo judío en la concepción del Estado, p. 42.
19 [iOh!, me he perdido/...¿dónde estoy yo?]. Verdi, Macbeth, Atto Terzo.
20 "Circumventus morbo, exsilio atque inopia". Cicerón, De finibus bonorum et malorum (De los fines de los bienes y los males), Libro IV, XXXIII-63, p. 66.
21 [iTráeme al tirano a la cara!]. Verdi, Macbeth, Atto Terzo.
22 Moreno, Psicodrama, pp. 67-68.
23 Moreno, El Teatro de la Espontaneidad, p. 88.
24 Francisco Javier Roiz, "Un círculo de luteranos en Teruel": Teruel, n.° 53 (1975), pp. 91-104.
JAVIER ROIZ
Director de la revista Foro Interno. Ha sido catedrático de Teoría Política en Saint Louis University y Wesleyan University (Estados Unidos), y en la Universitat Rovira i Virgili. En la actualidad es catedrático en la Universidad Complutense de Madrid. Su última obra es A Vigilant Society (SUNY Press, New York, 2013).
Correo electrónico: [email protected]
Copyright Universidad Complutense de Madrid 2012