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Al convocar a un número de la Revista Mexicana de Investigación Educativa cuya sección temática se dedicaría exclusivamente al tema Educación y trabajo, la invitación propició una visión muy amplia sobre las relaciones posibles entre esos dos grandes sistemas de la sociedad total; sin duda, cada uno goza de un grado amplio, por lo general poco conocido, de autonomía en sus objetivos, lógicas y dinámicas. También, indudablemente, existen puntos neurálgicos de articulación entre ambos, las interacciones no son mecánicas, ni responden a una simple relación de causa-efecto. Son históricas, cambiantes en el tiempo y en el espacio, mediadas y matizadas por muchos otros factores (De Ibarrola, 1994a).
Hace ya tiempo que los investigadores rebasaron el enfoque de analizar la educación como una variable o factor benévolo causal, capaz de determinar o por lo menos delimitar, a la escala individual, el mejor desempeño del trabajo mismo, de los ingresos percibidos, de las posiciones laborales alcanzadas y, a la escala de lo social, el desarrollo económico de regiones y países. Sin embargo, a gran escala se sostienen los resultados empíricos que siguen demostrando una correlación positiva entre las desigualdades tanto escolares como en las posiciones y condiciones laborales o de ingresos, al grado de que sería posible proponer que en la medida en que exista una desigualdad escolar, se correlacionará con alguna desigualdad laboral (ANUIES, 2003; De Ferranti, 2004; Iñiguez, 2004; Muñoz Izquierdo, 2004; De Ibarrola, 2004). Lo que cambia es la naturaleza y el nivel de las desigualdades tanto escolares como laborales; pero profundizar ambos rubros exige conceptualizaciones y metodologías de análisis que superen plenamente el simplismo de la causalidad deseada. La esperanza puesta en la escolaridad como el factor del cambio social y mejoramiento personal, continuamente reiterada en los discursos políticos y en las expectativas de la población, se apoya en esos resultados.
Existe una posición contraria, que también parte de concebir una relación lineal entre escolaridad y trabajo pero, en este caso, disfuncional: la causa, la escolaridad, no produce el efecto deseado: la mejoría en los ingresos, las posiciones laborales, el mejor desarrollo del país. Apoyan esta segunda concepción las cifras sobre el "desempleo ilustrado" o el subempleo de los más escolarizados, coeficiente restante de las correlaciones positivas encontradas. Esos datos registran las...





