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Raúl Vallejo; Prólogo: Fernando Iwasaki, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador/ Ediciones Doce Calles, S.L., 2012, 114 pp ¿Quién lee hoy el largo poema épico de Olmedo que no sea estudiante de la carrera de Literatura? Cada maestro debe tomar partido sobre puntos medulares de discusión en su torno, que pese al tiempo transcurrido no pueden allanarse a un mismo punto. ¿Fue Olmedo un poeta neoclásico o romántico en su composición? ¿Triunfaron las reglas preceptivas sobre el ímpetu creativo que el vate reconocía en esas musas que vio como "mozas voluntariosas, desobedientes, rebeldes, despóticas (como buenas hembras)", con puntazo a la condición femenina -hábito hasta de los más "serenos" pensadores-? ¿Acertó o se equivocó al introducir la imagen del inca Huaina Cápac como sombra emergente de la más alta trascendencia que le dio unidad al poema pero opacó la figura del héroe Bolívar? Todos sabemos que Bolívar fue el primer crítico de La victoria de Junín y que pese a los reparos que tuvo sobre el plan de construcción, declaró que la musa del guayaquileño era "una deidad mentirosa" porque elevaba a los participantes en la guerra al Olimpo de los grandes.
José Joaquín Olmedo, La victoria de Junín. Canto a Bolívar (1825), Estudio introductorio: Raúl Vallejo; Prólogo: Fernando Iwasaki, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador/ Ediciones Doce Calles, S.L., 2012, 114 pp
¿Quién lee hoy el largo poema épico de Olmedo que no sea estudiante de la carrera de Literatura? Tal vez algún maestro de secundaria sigue exigiendo la memorización de aquellos versos iniciales "El trueno horrendo que en fragor revienta / y sordo retumbando se dilata..." por el efecto sonoro y porque son ejemplo de figuras retóricas llamativas. Lo cierto es que el texto que nos hizo sentir orgullosos de contar con un poeta continental reposa como pieza venerable en el museo de la memoria literaria nacional.
Y esa memoria requiere de combustión que la encienda y caliente, al menos para las fiestas patrias. Para ello contamos con libros nuevos que refrescan nociones viejas. O que las iluminan con renovadas perspectivas. Esto me acaba de ocurrir con la edición emprendida por iniciativas ecuatorianas (Universidad Andina Simón Bolívar) y españolas, dado que el magno poema había carecido de publicación en el país de nuestros ancestros colonizadores.
El libro de escasas 114 páginas resulta un excepcional instrumento de estudio porque contiene muchos elementos para que el lector aprecie que se trata de un puntal literario. Los 906 versos con las mismas notas con que su autor apoyó la lectura, un prólogo del escritor peruano Fernando Iwasaki y una introducción de análisis político y poético de Raúl Vallejo.
Lo he leído con fruición porque el epinicio olmediano es materia anual de mis cursos y frecuente motivo de comentario en voz alta. Cada maestro debe tomar partido sobre puntos medulares de discusión en su torno, que pese al tiempo transcurrido no pueden allanarse a un mismo punto. ¿Fue Olmedo un poeta neoclásico o romántico en su composición? ¿Triunfaron las reglas preceptivas sobre el ímpetu creativo que el vate reconocía en esas musas que vio como "mozas voluntariosas, desobedientes, rebeldes, despóticas (como buenas hembras)", con puntazo a la condición femenina -hábito hasta de los más "serenos" pensadores-? ¿Acertó o se equivocó al introducir la imagen del inca Huaina Cápac como sombra emergente de la más alta trascendencia que le dio unidad al poema pero opacó la figura del héroe Bolívar?
Los dos estudiosos coinciden en identificar a Olmedo como un hombre en permanente conflicto, tironeado por su vocación de servicio político y por una fuerte disposición literaria que tuvo que postergar al aire de los eventos libertarios. Iwasaki lo ve como un "hombre culto, decente y honesto" que fue construyendo durante su vida un concepto de patria que va desde sus más personales afectos hasta asumir los compromisos que lo llevarían a "construir la Patria en mayúsculas". Vallejo abunda en investigaciones sobre las cartas intercambiadas entre el héroe y el poeta al punto de rescatar un lado espontáneo, hasta juguetón de esa correspondencia que trató directamente las características del canto. Todos sabemos que Bolívar fue el primer crítico de La victoria de Junín y que pese a los reparos que tuvo sobre el plan de construcción, declaró que la musa del guayaquileño era "una deidad mentirosa" porque elevaba a los participantes en la guerra al Olimpo de los grandes.
Estos libros, sobre cuyas páginas crece el pensamiento evaluador de nuestra literatura, suelen pasar inadvertidos, no llegan a las manos adecuadas. El tema del conocimiento y de la distribución de las publicaciones nacionales sigue siendo un problema sin atención ni solución.
Cecilia Ansaldo Briones, Universidad Católica Santiago de Guayaquil
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