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Jorge Dezcallar (2015): Valió la pena: Una vida entre diplomáticos y espías Barcelona, Ediciones Península. ISBN: 978-84-9942-449-1, 479 pp.
Jorge Dezcallar (2015): Valió la pena: Una vida entre diplomáticos y espías Barcelona, Ediciones Península. ISBN: 978-84-9942-449-1, 479 pp.
El libro de memorias, o mejor "recuerdos selectivos", o descripción "a modo de flahes de algunos momentos especiales que he vivido" de Jorge Dezcallar, antiguo embajador de España en Marruecos, la Santa Sede y Estados Unidos, director general de África y Oriente Medio, director general de Asuntos Políticos y director del CNI, constituye un libro de notable interés, no solo para los expertos interesados en la política exterior y la política española en general, sino para el público en general.
El libro es un libro ameno y de fácil lectura y consta de once capítulos, un epílogo y un índice onomástico.
El autor señala en el prólogo que no trata de contar la historia diplomática de España de estos años "ni pretendo escribir un aburrido relato sobre negociaciones diplomáticas para uso de historiadores y expertos, aunque no desdeñe esbozar un análisis de las relaciones bilaterales en los países en los que he servido". Esto es lo que no pocos interesados en conocer los procesos decisorios y las razones de la adopción de determinadas decisiones o las cesiones y consecuciones en determinadas negociaciones echarán de menos.
El primer capítulo introductorio con recuerdos selectivos es más bien anecdótico y es a partir del capítulo segundo cuando el relato se concentra empezando por su destino en Montevideo, luego su paso por el departamento de internacional de La Moncloa hasta llegar a la subdirección general de África del norte y luego a la dirección general de Africa y Oriente Medio. Aquí narra esencialmente algunos encuentros con Bourguiba, Gadafi, viajes a Mauritania y la entrada en el ministerio del ministro Fernández Ordóñez, de quien hace un reseña muy elogiosa, quizás excesiva, dado que generalmente no estudiaba o estudiaba poco los dosieres en sus desplazamientos al extranjero, y finaliza con el tema del Magreb, con Marruecos, la firma del tratado de mistad cooperación y buena vecindad, el Frente Polisario y los equilibrios magrebíes para pasar después en el siguiente capítulo a realizar una reflexión sobre Marruecos, de interés sobre todo para los no iniciados, donde analiza los elementos que entorpecen la relación bilateral, calificada de complicada, donde los temas que se tocan a diario " te pueden explotar en la cara en el momento menos pensado". Es interesante el relato sobre la ocupación del islote de Perejil, el papel de Chirac que posteriormente tendría serias consecuencias en la orientación hacia Estados Unidos de José María Aznar, la operación de desalojo, la humillación marroquí y los buenos oficios estadounidenses que permitieron poner por escrito un entendimiento bilateral y su garantía posterior. El autor, que no cita la posición adoptada por el PSOE en estos momentos, y que es crítico con la postura de Aznar en sus relaciones con Marruecos, considera acertada la decisión española y vuelve de nuevo a señalar la importancia de los viejos conflictos bilaterales que no han desaparecido y la necesidad de seguir manteniéndolos encapsulados e incrementar el colchón de intereses compartidos, haciendo cada vez más caras las crisis bilaterales que, considera, continuarán produciéndose. Sobre este colchón de intereses compartidos se echa en falta una mejor explicación de lo realizado desde la dirección general, sobre todo en la década de los noventa, para que el lector pudiera entender mejor los cambios, por ejemplo, sobre la política hacia el Sahara y el Frente Polisario.
Un capítulo singular está dedicado al proceso de maceramiento realizado para que el reconocimiento del Estado de Israel no supusiera una fuerte campaña en contra del mundo árabe. El capítulo no deja de ser llamativo, pasados treinta años, dando a entender la excesiva dependencia diplomática de España con respecto a los Estados árabes -cuya centralidad podía entonces haber sido ya puesta en su justo nivel-, para tener que realizar una operación de esta envergadura. En cualquier caso, las relaciones con Israel se mantuvieron en un nivel bajo durante un tiempo que, aunque no se explicite en el libro, refuerza la idea de los temores e inercias que se mantenían en la política exterior. A este capítulo sigue otro sobre el asesinato del Embajador español en el Líbano, Pedro Manuel de Arístegui y su actuación para la repatriación del cadáver en medio de diversas anécdotas y explicaciones de la situación en este país. Y, finalmente, otro sobre la conferencia de paz de Oriente Medio en Madrid en 1991 cierra lo que podíamos considerar como la primera parte de estos "recuerdos selectivos". Se echa de menos en esta sección, sobre todo, una mejor explicación del diseño realizado para el Magreb y el Mediterráneo, donde el autor tuvo un papel muy destacado y del que ciertamente puede sentirse orgulloso, en su paso por la subdirección y posteriormente dirección general de África y Oriente Medio. Se centra también en exceso en Marruecos. Prácticamente no dice nada sobre su paso y actuación por la dirección general de Asuntos Políticos, de indudable importancia, su relación con Javier Solana, los aprendizajes del ministro y su visión de la política exterior.
La segunda parte del libro se abre con su nombramiento como director del CNI, su paso por el servicio de inteligencia y su dimisión final, parte que ocupa ciento veinte páginas, una cuarta parte del libro, menos de cuatro años de sus servicios al Estado. Es la frase final que cierra estos dos capítulos, el que da el título al libro: "Valió la pena". Uno no puede menos de sospechar que este es el centro del interés del autor, dar su visión de algunos acontecimientos de su paso por el CNI y, en particular, de los atentados del 11 de marzo de 2004 y sus consecuencias políticas. Este apartado es el que deja al lector con el deseo de saber algo más. Deja claro desde el principio, frente a insidias que ciertas "manos amigas" suelen siempre lanzar y, en su caso, me consta, se lanzaron, ligándolo a actos irresponsables sobre anotaciones y diarios, que durante su paso por el CNI no escribió ningún diario. Explica, con mayor o menor profundidad, algunos puntos bien seleccionados: el proceso de modernización y adaptación- no completada- realizado en el CNI, las dificultades endémicas de coordinación con la Policía y la Guardia Civil, la preocupación por ETA, el tema de las armas de destrucción masiva en Iraq, el atentado terrorista de Casablanca, la tragedia del Yakolev-42 y su mala relación con el ministro Trillo, los asesinatos de agentes en Iraq y, finalmente, el atentado terrorista del 14 de marzo. En el relato sobre las armas de destrucción masiva y las discrepancias del CNI con el gobierno da la impresión de que faltan piezas esenciales, pues este asunto se discutió a fondo en la OTAN y entre servicios de inteligencia. ¿Qué credibilidad o consistencia tuvo la posición de los servicios de inteligencia españoles en estos foros? Si jugaron un papel subordinado con respecto a otros informes de inteligencia en el proceso decisorio español ¿hasta dónde llegó la confrontación, si la hubo, por parte del CNI con estos otros servicios? Esto es algo elemental en los estudios de inteligencia. En el caso de los agentes asesinados en Iraq, la cuestión que queda en el aire es ¿estaban ya tan quemados y eran tan conocidos los agentes españoles?
Como parte final de este apartado se describe el atentado de 11 de marzo de 2014. He de reconocer que, después de lo que se ha escrito sobre este atentado y los interrogantes que no se han podido cerrar completamente, el relato de Jorge Dezcallar de lo acontecido resulta ciertamente interesante. La explicación de las dudas, la complejidad evidente de un cambio de posición una vez que se informa de la autoría inicial de ETA- no es fácil hacer girar con rapidez a un gran crucero-, la descoordinación entre servicios, la marginación del CNI, la obtención de réditos políticos y el tratamiento partidista, tanto por el gobierno como por la oposición, la constatación final de que la independencia en este país es un obstáculo en la vida política, donde se exigen lealtades "incombustibles y acríticas" y un largo etcétera de constataciones dan al relato un interés indiscutible. Es también interesante su explicación del atentado, si bien sus elogios poco matizados al libro de Fernando Reinares: "Matadlos", inducen a una cierta perplejidad.
La tercera parte del libro se centra en su paso como embajador ante la Santa Sede y los Estados Unidos. Ambos capítulos son de interés y revelan entresijos suficientemente explicativos de algunos acontecimientos y políticas españolas.
En el caso de la Santa Sede, la narración es muy amena, llena de anécdotas, cenas, encuentros, descripción de interlocutores y miembros de la Curia, cambios en la Obra Pia, la muerte de Juan Pablo II con los preparativos y la delegación española que se describen con gran belleza de detalles que permiten en no pocas ocasiones esbozar una sonrisa, y lo mismo ocurre con la descripción de la delegación y la cena en la embajada, con motivo del inicio del Pontificado de Benedicto XVI tras su elección. Pero el núcleo de este largo capítulo lo constituye la narración y explicación, en apartados salteados, de las políticas instauradas por el gobierno de Rodríguez Zapatero con respecto a temas centrales defendidos o acordados con la Iglesia Católica. La confrontación era inevitable. Y es interesante, a este respecto, cómo explica los intentos de diálogo con la Santa Sede tras la presentación de credenciales a Juan Pablo II y la carta entregada por el Papa, las dificultades, los interlocutores, las visitas de Rodríguez Zapatero y otros miembros del gobierno, la creación y resultados del diálogo estructurado con la conferencia episcopal, el menosprecio de Rodríguez Zapatero por el hecho religioso que estaba en la raíz de muchos problemas, y el buen papel realizado por la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega al asumir la coordinación de las relaciones con la Santa Sede.
El capítulo final narra de forma también interesante su paso por la embajada de España en Washington, cuyo nombramiento, se deduce, fue promovido por el rey. En este capítulo va haciendo un recorrido por diversos acontecimientos: la convención demócrata, la presentación de las cartas credenciales, la elección de Obama, sus fracasos en política exterior y el deterioro de su imagen y, lógicamente, describe también los problemas existentes en las relaciones bilaterales que tenían que recomponerse tras el profundo desencuentro de Rodríguez Zapatero con el presidente Bush, con la abrupta retirada de las tropas de Iraq. España había pasado a ser un aliado no fiable. Por otra parte, España no es para Estados Unidos ni un problema ni una prioridad, a lo que se añadía la escasez de medios para estar presentes en el país y el deterioro de la imagen de España por la crisis económica, que de ser un modelo había pasado a ser un motivo de preocupación. Todo esto hacía complicada la actividad de la embajada, a pesar de la importancia de la impronta cultural de España que se resalta adecuadamente. El autor señala la importancia que significó la entrada de España en el G-20, el éxito de la visita del presidente Rodríguez Zapatero, las dificultades en la consecución de una entrevista de Obama con el rey y su consecución, el pleito y la sentencia favorable sobre el cargamento de oro y plata del barco Nuestra Señora de las Mercedes en contra de Odyssey Maritime Exploration y, de forma especial, la normalización de relaciones y sus problemas, siendo el tema de la defensa lo que le interesa más a Estados Unidos en sus relaciones con España. En este asunto explica con bastante detalle la descoordinación y frivolidad con que se manejó por el gobierno la retirada de las tropas españolas de Kosovo.
El libro contiene un epílogo donde el autor reflexiona sobre la diplomacia, la ilusión por la política exterior y su contribución a la Transición española, pero, al mismo tiempo, Jorge Dezcallar vuelve a recalcar el mal estilo existente en el Ministerio de Asuntos Exteriores donde no se agradecen los servicios prestados, así como las lealtades acríticas que exigen los políticos y hasta su sectarismo.
Pero el problema añadido se produce cuando alguien como Jorge Dezcallar hace una buena parte de su carrera ocupando puestos de notable importancia a la sombra de los gobiernos de Felipe González, aunque no le considerase como uno de sus incondicionales. Esto en España marca y el autor no se debería extrañar tanto de esta falta de finura y de grandeza. Y ¿qué decir de las banderías dentro del cuerpo diplomático y las fidelidades partidistas lineales en toda esta época? ¿no tienen nada que ver con este tipo de situaciones? Todo ello es suficientemente explicativo de estas miserias. Por otra parte, a una parte no desdeñable de los políticos, se les acaba imponiendo, sobre todo cuando hay muy serios intereses de partido o enfrentamientos e animadversión de por medio, el mundo de las apariencias, el dossier, la desinformación, incluso la calumnia o la condena en vida de personas honestas, y de todo esto el autor, como antiguo director del CNI, tiene suficiente conocimiento. Incluso en este contexto, tan lamentable, hace bien en quejarse.
En cualquier caso, en estas memorias o "recuerdos selectivos" queda reflejada la imagen de un diplomático brillante y persona de bien, que es lo queda y lo que cuenta.
El libro merece leerse no solo por lo que aporta, sino por lo que divierte.
Antonio Marquina1
Director de UNISCI
1Antonio Marquina Barrio es Catedrático emérito de Seguridad y Cooperación en las Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, Director de UNISCI. Sus principales líneas de investigación son la seguridad en Europa, el Mediterráneo , Asia-Pacífico, y el control de armamentos.
Dirección: Departamento de Estudios Internacionales, Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, UCM, Campus de Somosaguas, 28223 Madrid, España.
E-mail: [email protected].
DOI: http://dx.doi.org/10.5209/RUNI.54063
Copyright Universidad Complutense de Madrid Oct 2016