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Los diseños preexperimentales son frecuentemente utilizados en la investigación en educación, psicología, y, en general en todas las ciencias sociales. A pesar de esto, muchos investigadores de las áreas mencionadas no los aceptan tan fácilmente como una alternativa válida para diseñar sus proyectos y/o tienden a considerarlos con una actitud desdeñosa y, por tanto, a justificar -casi culposamente- su utilización. Considero que la base que fundamenta estas actitudes tiene que ver con cierto nivel de desconocimiento, con lo que han encontrado en la literatura consultada, así como, con los análisis realizados sobre estos diseños. Discutir estos temas es lo que nos interesa en el presente trabajo.
En la literatura acerca del tema se puede encontrar una variedad de denominaciones y clasificaciones que los autores de textos de metodología (sobre todo experimental) han usado para este concepto. Las denominaciones van desde aquellas que contienen calificativos que pueden generar ideas equivocadas a un lector poco entrenado (por ejemplo «un mal experimento», propuesto por Shgaugnessy, Zechmeister & Zechmeister, 2007; o experimentos «defectuosos», propuesto por Kerlinger & Lee, 2001), hasta las que niegan su valor experimental, u, otras que lo desconocen por completo entre los diseños para investigar (McGuigan, 1983; León & Montero, 2002). Es de señalar, sin embargo, que muchos autores sí reconocen su valor en la investigación aplicada a la educación, la psicología y las ciencias sociales, entre éstos Van Dalen y Meyer (1971); Hernández, Fernández y Baptista (2010); Bernal (2010), y McMillan y Schumacher (2010).
En 1963 Donald F. Campbell y Julián C. Stanley propusieron...





