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No ha de ser fácil para todos admitirlo. Mas a fin de evitar confusiones germinales, la presentación correcta de Vallejo ha de sostener, de entrada, que este no es un poeta como los demás. Muchos son entre los vates y troveros los que difieren notablemente entre sí. Mas el caso de Vallejo es otro. Vallejo pertenece a una especie poético-literaria aparte. Vida y poesía están en su personalidad tan coentrañadas desde su primera raíz que no cabe ni describirlas ni entenderlas por separado sin desnaturalizarlas gravemente. Y no solo están coentrañadas entre sí, sino que lo están con el significado del siglo que incluye su biografía, al grado de poder sostenerse que, si se prescinde de Vallejo, tampoco cabe en nuestro idioma entender a fondo esta época sin desvalorizarla sustancialmente, sin privarla de una dimensión trascendental que no se encontrará en los demás poetas, por importantes que se estimen en otros aspectos.
El del poeta peruano es un fenómeno probablemente único. Nació aparte, vivió aparte, si bien diluido en la multitud, y murió aparte. Al desaparecer, hacía quince años corridos que no había publicado ningún libro de versos, y durante ese lapso solo había dado a conocer cinco poemas esporádicos e impretenciosos en revistas marginales. Quiere ello decir que el poeta a quien muchos atribuyen hoy importancia excepcional murió, además de aparte, prácticamente desconocido. Porque el encumbramiento que, en virtud de su compenetración con el espíritu de la época, empezó a adquirir más tarde se benefició con las emociones que una mente literaria estricta no vacilaría en calificar de espurias.
Mas he aquí que a partir de su desaparición entró en funciones el organismo circunstancial de nuestro espacio-tiempo. En forma al parecer arbitraria y por lo pronto tímidamente gradual, su prestigio se dio a crecer alimentado por los sentimientos que despertaba su figura. Conforme a la vieja metáfora agricultural, común por lo mismo a varias religiones y en especial a las llamadas de ?misterios?, su cadáver, que tan prominente oficio desempeña en sus composiciones terminales, revelose como una semilla que reclamaba plantarse en tierra. Tras un emocionado homenaje en mimeógrafo distribuido desde París a los dos meses de su tránsito, un año más tarde apareció, en la misma ciudad, la edición limitadísima de sus poemas...





