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Esta entrevista se inició en Santo Domingo de Heredia, Costa Rica a comienzos del mes de julio, 2003 y se terminó aquí, en los Estados Unidos, a mediados de septiembre 2003 mientras el profesor Quince Duncan trabajaba como profesor visitante en la Purdue University. Quince Duncan es uno de los más reconocidos escritores costarricenses. En el campo de la ficción tiene seis colecciones de cuentos, cinco novelas y una obra de teatro. Su novela, Final del Calle, recientemente reeditada por la Editorial Universidad Estatal a Distancia (EUNED), recibió el premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría en 1979. También ha publicado una gran cantidad de artículos académicos y aportado capítulos a más de veinte libros críticos acerca del tema de lo africano y afrocaribeño en Costa Rica. Algunas de sus obras incluyen: Una canción en la madrugada (1970); Los cuatro espejos (1973); El negro en la literatura costarricense (1975); La rebelión pocomía y otrao relatos (1976); Final de calle (1979); Kimbo (1989); Un señor de chocolate (1996) y A message from Rosa (2004) entre otros.
Manzari: ¿Podría contarnos un poco de su historia personal y cuándo comenzó su carrera como escritor?
Duncan: Soy costarricense, descendiente en una familia de inmigrantes jamaicanos, tercera generación. Me crié en la Provincia de Limón, en la costa caribeña de Costa Rica en una pequeña población rural llamada Estrada. Allí estuve hasta los quince años. Soy padre de cinco hijos. Empecé a escribir de niño, a los catorce años. En realidad comencé a escribir como un juego, como una manera de entretenerme. No tenía en ese momento ni la más remota idea de que yo podía ser un escritor. Simplemente lo hacía.
HJM: ¿A qué atribuiría Ud. su pasión por la literatura y por escribir?
QD: En primer lugar creo que tengo que escribir. Es decir, no me queda otro remedio. No podría no hacerlo. Es una cuestión interna. Imagínese un muchacho rural a los catorce años sin ningún modelo que emular en su entorno y se pone a escribir. Claro que hay influencias, mi abuelo James Duncan que era un lector infatigable y muchas veces sobre su hombro leía el Gleaner de Jamaica, mi madre con su incansable idea de que debíamos estudiar, Miss Rob, una vecina de Estrada...





