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Resumen: Desde que, en 1605, Juan Escobar imprimió su Historia del valeroso cavallero el Cid Ruy Díez de Bivar, comenzaron a aparecer numerosos volúmenes que llevaron por título Romancero del Cid. Por supuesto, los romances medievales eran tan populares que se habían incluido antes en pliegos sueltos y cancioneros, pero no fue hasta entonces cuando los impresores vieron el potencial de editarlos monográficamente. La época del Romanticismo supuso el cenit de esta iniciativa, pues el nacionalismo y el amor por el Medievo dieron lugar a las ediciones y traducciones más conocidas -Herder, Gibson, Michaelis, Monti-. Sin embargo, ninguna de estas obras -ni las posteriores- recogen las más de doscientas versiones derivadas en la tradición oral moderna. Desde la Fundación Ramón Menéndez Pidal, trabajamos en la edición integral del Romancero del Cid y nuestra propuesta es dar a conocer este patrimonio mientras recorremos la historia de su transmisión a lo largo de más de cuatro siglos, realizando el estado de la cuestión más exhaustivo hasta el momento.
Palabras clave: Romancero. Rodrigo Díaz de Vivar. El Cid Campeador. Estado de la cuestión. Historia textual.
Abstract: Many books entitled Romancero del Cid have been printed since the publication ofJuan Escobar's Historia del valeroso cavallero el Cid Ruy Díez de Bivar in 1605. Medieval romances were so popular that most of them were included before in pliegos sueltos and cancioneros, but until Escobar's edition printers and editors were not aware of the possibilities that monographic volumes of these ballads could bring. During Romanticism this trend reached its height: the most reknown editions and translations of Cid ballads were published -Herder, Gibson, Michaelis, Monti-, thanks in part to the rise of nationalism and its characteristic love for the Middle Ages. However, none of them -neither those who come after- payed any attention to the modern oral tradition, which has transmitted more than two hundred versions of these ballads. In the Fundación Ramón Menéndez Pidal we are prepearing an integral edition of the Romancero del Cid; this paper aims to describe in depth this cultural heritage and to survey the history of its transmission for over four centuries.
Keywords: Spanish Traditional Ballads. Rodrigo Díaz de Vivar. The Cid. State of the Art. Textual Criticism.
Introducción
Hasta la fecha hay alrededor de una veintena de romanceros dedicados a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar. Si además tenemos en cuenta las compilaciones en obras más amplias sobre poesía tradicional, como antologías o cancioneros regionales y, también, las traducciones, el número superaría el medio centenar. A pesar de ser una cifra elevada, no sorprende demasiado. Siendo el Cid el héroe más relevante de la épica española, es lógico pensar que, al menos, es uno de los más populares del romancero. Desde otra perspectiva, es razonable creer que siendo figura clave para entender la identidad hispánica, no solo los estudiosos sino también un público más general han sentido fuerte interés a lo largo del tiempo por conocer las facetas del héroe y, por tanto, las manifestaciones artísticas que pudieran revelar los sucesos reales o imaginarios que se le atribuyen.
A lo largo de cuatro siglos, muchos y muy diversos han sido los intereses y criterios de quienes han decidido editar esta fascinante parte de la épica europea. Si bien sus esfuerzos por dar a conocer este patrimonio deben ser reconocidos, también se debe prestar atención a los problemas que ha arrastrado la proliferación de tantos y tan diferentes romanceros cidianos. Me refiero principalmente a dos. El primero es la dificultad de delimitar el número y la naturaleza de los romances que conforman el corpus general sobre Rodrigo Díaz de Vivar, pues cada edición no deja de ser una selección de textos que responde a ciertos intereses. El segundo es la confusión respecto a la historia de la transmisión de este corpus, pues en esta maraña de compilaciones es difícil ver con qué criterios, influencias y modelos se han acercado los diferentes editores a la problemática de publicar un patrimonio tan abrupto como imponente.
Con estos problemas en mente y teniendo en cuenta los pocos intentos precisos de arrojar algo de luz sobre este asunto, como el artículo de Jesús Antonio Cid publicado en 2007 en el volumen El Cid: Poesía y teatro -centrado especialmente en la transmisión de estos romances en el Siglo de Oro-, me planteo dos objetivos que están estrechamente ligados. Como primer objetivo, me propongo describir con exhaustividad el basto corpus de romances sobre Rodrigo Díaz de Vivar, señalando el número y las características de todo tipo de composiciones que lo conforman, ya sean romances viejos, juglarescos, cultos o con pervivencia en la tradición oral moderna.1 Al mismo tiempo, como segundo objetivo me propongo recorrer la larga tradición editorial que, durante cuatro siglos, ha compilado partes de este corpus, señalando sus metodologías y modelos para concluir analizando las labores que aun hoy están pendientes.
Los compiladores e impresores del Siglo de Oro
La primera tentativa de difundir mediante la imprenta de forma unificada los romances tradicionales sobre Rodrigo Díaz de Vivar se la debemos a Martín Nucio.2 Este impresor, afincado en Amberes, sacó a la luz entre 1547 y 1549 el Cancionero de Romances, una obra compilada por él mismo que agrupaba más de un centenar de baladas hispánicas de los más diversos temas. Parte de ellas habían sido extraídas de pliegos sueltos que circulaban en aquel momento, pero también un número considerable fue tomado directamente de la tradición oral que el impresor pudo haber escuchado. El caso es que una docena de los romances más populares sobre el Campeador y el Cerco de Zamora, descendientes en última instancia de los cantos de los juglares medievales,3 fueron incluidos en la sección dedicada a las "historias castellanas": "Afuera, afuera Rodrigo", "Cada día que amanece", "Cavalga Diego Laínez", "De concierto están los condes", "Después que Vellido Dolfos", "Doliente estava, doliente", "En Santa Gadea de Burgos", "Helo, helo por do viene", "Morir vos queredes padre", "Por aquel postigo viejo", "Rey don Sancho, rey don Sancho" y "Tres cortes armara el rey". Aunque la selección presenta algunos problemas en cuanto a su unidad, pues hay deslices narratológicos en la ordenación y se intercala algún texto que nada tiene que ver,4 el conjunto es bien representativo de todas las etapas de la leyenda cidiana, pues incluye romances de mocedades, de las disputas zamoranas y del destierro. De hecho, cuando en 1550 Martín Nucio tuvo la oportunidad de reeditar el Cancionero de Romances, quiso dar mayor coherencia e ímpetu a esta selección, reordenando sus textos e incluyendo cuatro baladas tradicionales más: "Apretada está Valencia", "Arias Gonçalo responde", "Día era de los reyes" y "Ya cavalga Diego Ordóñez" -y, curiosamente, eliminando la versión de "Cada día que amanece"-, reuniendo un total de quince romances cidianos. Gracias a estas iniciativas, los lectores del momento disfrutaron por primera vez de un pequeño pero considerable corpus de romances sobre Rodrigo Díaz de Vivar.
Lo cierto es que, desde la publicación del Cancionero de Romances, muchas de las compilaciones poéticas de naturaleza similar impresas durante el Siglo de Oro consideraron parte imprescindible de su repertorio las baladas tradicionales sobre el Campeador. Así lo hizo el impresor zaragozano Esteban de Nájera, quien, seguramente motivado por el éxito editorial de su predecesor, incluyó en 1550 los mismos doce romances cidianos en la sección de "historias españolas" de la Primera parte de la Silva de varios romances. No obstante, meses más tarde, dio a conocer otras seis baladas, que no habían sido impresas salvo en algún pliego suelto, en la Segunda parte de la Silva de varios romances: "Entre dos reyes cristianos", "Junto al muro de Zamora", "Por el val de las estacas", "Rey don Sancho, rey don Sancho / cuando en Castilla reinó", "Rey don Sancho, rey don Sancho, / ya que te apuntan las barbas", "Riberas de Duero arriba" y "Yo me estando en Valencia". La misma dinámica siguió Joan de Timoneda al publicar su Rosa española en Valencia en el año de 1573. Probablemente tomando como base los repertorios de Esteban de Nájera, incluyó doce romances cidianos que ya habían sido publicados anteriormente pero también otros seis inéditos hasta el momento en los cancioneros: "A concilio dentro en Roma", "En Burgos está el buen rey", "En las almenas de Toro", "Esse buen Diego Laínez", "Tristes van los zamoranos" y "Ya se sale Diego Ordóñez". Todos ellos, un total de dieciocho, fueron incluidos bajo los epígrafes de "Los Romances del Rey don Sancho" y "Los Romances del Cid Ruy Díaz, por otro nombre llamado Don Rodrigo de Bivar" (Timoneda 18). El punto final lo pone Juan de Mendaño, quien en 1588 incluyó de nuevo once romances cidianos, todos ellos ya publicados en las obras precedentes, en la Segunda parte de la Silva de varios romances, obra impresa en Granada por Hugo de Mena.
Al mismo tiempo que los romances tradicionales iban quedando registrados en los cancioneros de la época, el cada vez más numeroso corpus de romances cultos, creados por eruditos poetas del Siglo de Oro, seguía un proceso similar. En 1551, el impresor Juan Steelsio dio a conocer en Amberes una compilación titulada Romances nuevamente sacados de historias antiguas de la Crónica de España de Lorenzo de Sepúlveda. Como su título indica, el autor se había inspirado en la lectura de los relatos historiográficos para crear gracias a su ingenio un numeroso corpus de romances, aunque también incluía varias baladas tradicionales reformuladas mediante su propio estilo. En total, incorporó la asombrosa cifra de cuarenta y dos composiciones sobre Rodrigo Díaz de Vivar, la mayor suma impresa hasta el momento, todas ellas bajo el epígrafe específico pero curiosamente erróneo de "SIGVENSE XXXV / Romances del Cid" (Sepúlveda 1967, 192). A pesar de que estos romances se enmarcan dentro de un cancionero destinado a los más diversos temas tanto de la Antigüedad como de la Edad Media, el corpus cidiano, en realidad, ocupa una cuarta parte del total de composiciones (Cid 52). A través de ellos podemos seguir la leyenda completa del Cid, desde su juventud hasta sus hazañas bélicas post mortem, aunque el orden no es estrictamente cronológico y se intercalan ro- manees distintos. La compilación de Sepúlveda fue un éxito, pues se reeditó al menos en diez ocasiones hasta 1584.
En la misma línea, aunque con un enfoque ligeramente distinto, se sitúa el Romancero Historiado de Lucas Rodríguez. Esta obra, publicada en Alcalá por el impresor Querino Gerardo en 1582, compiló de nuevo un amplio y diverso número de romances históricos, abarcando desde el ciclo troyano hasta sucesos más o menos recientes del pasado de España. Entre las distintas secciones que estructuran el repertorio, encontramos una dedicada en exclusiva a la materia del Cerco de Zamora. Bajo el epígrafe "Historia zamorana, desde que Vellido Dolfos mató por traición al rey don Sancho, hasta que Arias Gonçalo llorava la muerte de sus hijos" -sigo la edición de Rodríguez-Moñino (Rodríguez 1967, 28)-, se incluyen diciocho romances sobre este ciclo épico, de los cuales todos salvo uno son de origen culto. En la mayoría de ellos el héroe de Vivar no interviene directamente, más bien queda subordinado a los auténticos protagonistas, Sancho, Alfonso y Urraca, pero no por ello su presencia deja de ser necesaria para el desarrollo de los acontecimientos relatados. No obstante, al margen de su enfoque monográfico sobre el ciclo zamorano, lo cierto es que el Romancero Historiado de Lucas Rodríguez no supuso demasiada novedad, pues todos los romances cidianos, salvo uno, ya habían sido impresos en el cancionero de Sepúlveda.
La verdadera novedad vino con la aparición del Romancero General en 1600. Esta obra, impresa en Madrid por Luis Sánchez, consiguió reunir un vasto compendio de poesía erudita que había ido publicándose en distintas partes en la década anterior. De este modo, el corpus de romances cultos sobre el héroe de Vivar se vio amplificado considerablemente por las cuarenta y cuatro composiciones incluidas en este magno repertorio, de las cuales no tenían noticia los cancioneros que hemos reseñado en los párrafos anteriores. La cifra es desde luego muy significativa, más aún si tenemos en cuenta que "los temas de raigambre épica o histórica están en esta gran compilación en clara minoría frente a los romances pastoriles, moriscos y burlescos" (Cid 53). Pero todavía más significativo es el hecho de que la mayor parte de estas composiciones no suelen ser una mera adaptación poética de los sucesos relatados en las crónicas, como ocurre en los cancioneros de Lucas Rodríguez y Sepúlveda. Más bien, los poetas de las generaciones más recientes incluidos en el Romancero General, entre los que se cuentan Lope de Vega, Quevedo y Góngora, reflejaron los ingredientes básicos de la leyenda cidiana, pero al mismo tiempo no dudaron en seguir los preceptos del romancero nuevo a la hora de imaginar situaciones no- vedosas y ahondar en la caracterización de los personajes, ya fueran principales o secundarios, acercándolos a los modelos de su época (Cid 53).
Recapitulando lo expuesto hasta ahora, podemos observar que los cancioneros del siglo XVI hasta el Romancero General optaron, casi como regla general, por editar tan solo una parte del corpus cidiano, bien de romances tradicionales, bien de romances cultos, pero sin a penas interferencias entre ellos. Así, el Cancionero de Romances de Martín Nucio, las dos partes de la Silva de Esteban de Nájera, la Rosa española de Timoneda y la Silva de Mendaño se decantaron por incluir romances tradicionales, ya fuesen viejos o juglarescos, mientras que la compilación de Romances de Sepúlveda, el Romancero Historiado de Lucas Rodríguez y el Romancero General centraron su atención en los romances cultos, ya fueran estos cronísticos o nuevos. En lo que todos concordaban, no obstante, era en que los romances cidianos formasen parte de un repertorio mucho mayor, de carácter general, que agrupara otras tantas composiciones sobre los más diversos temas. De este modo, el corpus de romances sobre Rodrigo Díaz de Vivar, a pesar de que ya estaba siendo registrado en los caracteres de imprenta, todavía seguía disperso, pues todas las iniciativas que hemos examinado hasta ahora no dejan de ser pequeñas o no tan pequeñas selecciones de los romances que lo conformaban dentro de colecciones globales. Los romances cidianos estaban aun faltos de una unificación general y lo cierto es que esta no tardó en llegar.
En el año de 1605 el impresor Antonio Álvarez publicó en Lisboa la obra más determinante para el corpus de poesía que nos atañe: la Historia del muy noble y valeroso caballero el Cid Ruy Díez de Bivar en romances en lenguaje antiguo de Juan de Escobar. Era la primera vez que salía a imprenta un volumen dedicado exclusivamente a los romances sobre el mayor héroe castellano.5 En concreto, el compilador agrupó un total de noventa y siete composiciones, la mayoría de ellas de origen culto, pero también otras tantas procedentes de la tradición oral de la época. Su intención no era aglutinar el mayor número de romances posible, sino reflejar, según sus palabras, una "historia" verdadera del Campeador; dicho de otro modo, Escobar se proponía hacer una crónica rimada o una biografía poética del Cid recurriendo al abundante patrimonio del romancero. Tal tarea le costó, como él mismo reconoce en el prólogo, "algún trabajo", pues para poner "en concierto", es decir, bien ordenados, todos los romances debía reunir primero testimonios suficientes, extrayéndolos de pliegos sueltos y de los cancioneros más populares, concretamente del Cancionero de Romances de Martín Nucio, de la Rosa española de Timoneda, de los Romances de Sepúlveda, del Romancero Historiado de Lucas Rodríguez y del Romancero General (Escobar 1973, 26).
Su labor editorial, no obstante, fue mucho más allá de reunir tal cantidad de romances y disponerlos de acuerdo al orden narratológico. Escobar estaba obsesionando con que la obra pudiera leerse como un relato lineal que avanzase sin retrocesos (Cid 53). Así, para que los romances no se solaparan ni entrasen en contradicciones históricas, llevó a cabo un auténtico trabajo de selección y rediseño, dejando de lado unas cuantas composiciones que seguro conocía, dividiendo, suprimiendo y amalgamando pasajes de otras tantas y creando transiciones entre muchas de ellas. Además de esto, el compilador sintió la necesidad de crear la mayor unidad de estilo posible, pues se encontraba frente a un corpus de baladas de naturaleza bien distinta que englobaba romances viejos, juglarescos, cronísticos y nuevos, cuyas diferencias formales saltaban a la vista. Para ello no dudó en retocar los romances tradicionales bajo su propio criterio de raigambre erudita, llenándolos de cultismos y arcaismos, cambiando el orden de sintagmas e incluso versos enteros o sustituyendo términos y expresiones a su antojo, entre otros tantos fenómenos. Escobar fue, en definitiva, el verdadero unificador del corpus de romances cidianos, no solo por agrupar el mayor número de composiciones hasta el momento en un único volumen monográfico, sino también por su notable intervención para conseguir una armonía narratológica y formal entre todas ellas.
El resultado tuvo un éxito sin precedentes. Durante el siglo XVII, la Historia del muy noble y valeroso caballero el Cid Ruy Diez de Bivar se reeditó alrededor de veintiséis ocasiones6 en las principales ciudades de la Península: Lisboa (1605, 1610, 1615 y 1650), Córdoba (1610), Alcalá (1612, 1614 y 1661), Za ragoza (1618), Segovia (1621 y 1629), Madrid (1625, 1650, 1661, 1662, 1668, 1685, 1688 y s.a.), Valencia (1629), Sevilla (1639 y 1682), Cádiz (1664), Burgos (s.a.) y Valladolid (s.a.).7 Tal éxito es completamente razonable. En una época en que triunfaban editorialmente los cancioneros que aglutinaban romances de temas muy dispares, Juan de Escobar apostó por ofrecer al público una compilación de un conjunto de romances bien definido y unitario.8 Lo cierto es que solo él pudo lograr que las distintas piezas del corpus de romances cidianos, dispersas hasta el momento en repertorios generales y pliegos sueltos, se convirtieran en un perfecto engranaje poético de la leyenda de Rodrigo Díaz de Vivar. Así, la Historia de Juan de Escobar paso a ser "la versión canónica y vulgata de los hechos del Cid" (Cid 53), siendo considerada, como veremos en el próximo apartado, el auténtico corpus de referencia durante más de dos centurias y marcando el camino para las siguientes generaciones de compiladores.
Como epílogo a este apartado, cabe citar una temprana y fugaz iniciativa que intentó plantar cara a la incipiente hegemonía de Escobar. En 1629, salió a la luz en Barcelona una obra de Francisco de Metge llamada Tesoro escondido de todos los más famosos romances así antiguos como modernos del Cid. El título es ante todo engañoso, pues, como ya observó Jesús Antonio Cid (54), los cuarenta romances que incluye no son antiguos, sino nuevos, escritos por poetas cultos de la segunda mitad del siglo XVI. Es más, todos parecen haber sido extraídos íntegramente del Romancero General, aunque reordenando la secuencia temporal. No es difícil imaginar que el compilador pudo concebir su obra como respuesta a la iniciativa de su predecesor. Ante la amplia mezcla de estilos (viejo, juglaresco, cronístico y nuevo) que confluían en el repertorio de Escobar, Metge quiso presentar un corpus unitario en fondo y forma, reuniendo tan solo aquellas composiciones cidianas que se adaptaran a los parámetros del romancero nuevo. El Tesoro escondido, no obstante, no pudo hacer sombra a la Historia del muy noble y valeroso cavallero el Cid Ruy Díez de Vivar, pues apenas se reeditó y, como veremos en el siguiente apartado, no parece haber sido tenido en cuenta por la cantidad de editores que tiempo después siguieron las huellas de Escobar.
Las ediciones MODERNAS y CONTEMPORÁNEAS: siglos xix-xxi
Las reediciones de la obra de Juan de Escobar llegan, como ya he señalado anteriormente, hasta el primer tercio del siglo XIX de forma sistemática.9 Este hecho implica dos aspectos a tener en cuenta. El primero es que la Historia del muy noble y valeroso caballero el Cid Ruy Diez de Bivar fue el canon de referencia a lo largo de más de doscientos años en los que no hubo competidores relevantes. El segundo aspecto es que dejó de reeditarse justo en el momento en que empezaron a proliferar numerosas y muy diversas ediciones y traducciones del corpus de romances cidianos hechas por estudiosos de diferentes partes de Europa. La larga y consolidada autoridad de Escobar comenzó a perder importancia cuando las mareas del positivismo, del nacionalismo y de otras corrientes críticas de la primera erudición científica se interesaron por el mismo tema, como vamos a ver en las siguientes páginas.
A pesar de la distancia temporal, uno de los primeros en distanciarse del canon impuesto por Juan de Escobar, fue Adalbert Keller. En el año 1840, publicó su Romancero del Cid en Stuttgart mediante la imprenta de Liesching y compañía. En él se incluyeron ciento cincuenta y cuatro romances cidianos, lo cual constituyó un considerable aumento frente a su predecesor del Siglo de Oro. Aunque no hay divisiones por ciclos temáticos, fueron ordenados con bastante minuciosidad siguiendo un criterio más o menos lineal y narrativo. Este hecho, junto a la ausencia de cualquier tipo de prólogo, notas explicativas y detalles sobre las fuentes primarias, sugiere que esta edición estaba destinada principalmente a la venta comercial con afanes divulgativos y lúdicos.
Poco tiempo tardó en surgir la competencia, ya que dos años más tarde, en 1842, la imprenta barcelonesa de Antonio Bergnes y Compañía publicó El Cid, una selección -acompañada de admirables grabados- de noventa y seis romances de temática cidiana extraídos del corpus de baladas preparado por Georg Bernhard Depping en 1817 para el público alemán.10 Desde luego, de bió de ser una idea exitosa, puesto que un par de años más tarde de la iniciativa del impresor barcelonés, la imprenta de Pedro J. Gelabert en Palma sacó a la luz El Cid: romances históricos, un volumen que incluía el mismo corpus más una adenda de un romance casi contemporáneo, titulado "Madrid, castillo famoso" y atribuido a Nicolás Fernández de Moratín. En el prólogo de este librito de reducidas dimensiones, ideal para el tamaño de bolsillo, queda patente su objetivo comercial, pues afirma contener "una rica y económica colección" de los romances "procurando en un todo el mayor esmero y cuidado en los tipos, papel, tinta y demás que contribuya a su realce" para que así "las personas estudiosas con solo una décima parte del precio fijado a la que se ha anunciado últimamente, podrán proporcionarse con facilidad una obrita interesante" (Depping 1844, 6). Por esta razón, salvo diecisiete notas explicativas adjuntadas al final del volumen, Depping quiso presentar el texto totalmente despejado para una lectura más ágil.
Fue el ilustre erudito Agustín Durán quien asentó las bases para acercarse al corpus cidiano con una mayor perspectiva crítica. En el tomo primero de su monumental Romancero General o Colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII, publicado en la Biblioteca de Autores Españoles por primera vez en 1849 en Madrid en la imprenta de M. Rivadeneyra, se agrupaba, junto a otros pocos romances históricos de la época, un total de ciento ochenta y ocho composiciones sobre Rodrigo Díaz de Vivar, la mayor suma conocida hasta el momento. Tan abrupto número fue ordenado de forma igualmente rigurosa como original en seis secciones correspondientes a los reinados en los tiempos del Cid: "Época de Fernando I, el Magno, rey de León y de Castilla, con la primera parte de los romances del Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar" -sigo la reedición de 1859 (Durán 477)-, "Época de don Sancho II de Castilla, llamado El valiente - Segunda parte de los romances del Cid, con el episodio de los del Cerco y Reto de Zamora" (Durán 498), "Episodio del Cerco y Reto de Zamora desde la muerte de don Sancho hasta la coronación de don Alfonso el VI" (Durán 508), "Época de Alfonso VI, con la tercera parte de los romances del Cid Campeador, hasta su muerte y otros posteriores a ella, que se tienen relación con su memoria" (Durán 521), "Continúan los hechos de Alfonso VI y los sucesos acaecidos en su época" (Durán 573) y "Época de doña Urraca hija de Alfonso VI" (Durán 579). El rigor se extiende al ámbito filológico, pues Durán señala, por primera vez, cada una de las fuentes de los textos. Asimismo, titula cada composición recurriendo a antiguas rúbricas cuando es posible y anota pasajes curiosos, todo ello precedido de una completa introducción general que fue uno de los más profundos estudios sobre el romancero en el momento.
Mientras que Keller, Depping y Durán optaron por un criterio acumulativo, aglutinando composiciones de distinta naturaleza, los editores Fernando José Wolf y Conrado Hofmann apostaron por la inigualable calidad de los romances viejos y juglarescos frente a los de origen erudito. Con mayor expresividad poética formula esta idea el prólogo a su Primavera y Flor de Romances o Colección de los más viejos y más populares romances castellanos, publicada en Berlín por A. Asher y Compañía en 1856:
Hemos escogido este título [...] queriendo presentar en nuestra colección a los aficionados un ramillete de flores, recogido no entre las más lozanas del jardín de la poesía artística, sino entre las más genuinas y sencillas de los prados y montes de la popular, nacidas espontáneamente y crecidas sin cultura y arte, sí, pero hijas de la fuerza creadora del sol de verano.11 (Wolf/Hofmann, iv-v)
En total, este primer tomo contiene en la sección de "Romances relativos a la historia y tradiciones de España", bajo el epígrafe "Romances del Cid", treinta y seis versiones de los temas romancísticos tradicionales sobre el héroe castellano de la Edad Media y el Siglo de Oro. Su rigor filológico es, de nuevo, admirable: a la manera de Durán, señalan las fuentes primarias, detallan variantes de otros testimonios, titulan cada romance utilizando antiguas rúbricas, incorporan algunas notas explicativas y presentan todo ello con una introducción general muy completa.
Sin embargo, la apuesta de Wolf y Hofmann no fue doblada por los siguientes editores, sino que estos siguieron la estela de abarcar cuantas más composiciones de cualquier índole. Así lo hizo, por ejemplo, Carlos de Ochoa en 1870, pues su Romancero del Cid o Colección de romances castellanos que tratan de la vida y hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar El Cid Campeador, publicado por la Librería Europea Draumard-Baudry en París, contenía ciento treinta romances, estructurados en torno a las partes principales de Durán, de quien parece tomarlos directamente y sin aviso. Así lo hizo, también, Carolina Mi chaelis en 1871 pero de forma mucho más exhaustiva. Su Romancero del Cid: nueva edición añadida y reformada sobre las antiguas, publicada en Leipzig por F. A. Brockhaus, se convirtió en la recopilación de referencia, pues englobó un total de doscientos cinco romances con gran criterio filológico. En su prólogo afirma que "contiene todos los romances hasta el día conocidos y relativos al más famoso Castellano"12 y, con toda la razón, siguiendo los preceptos de sus predecesores Durán y Wolf/Hofman -a quienes reconoce su labor-, reafirma "que los textos son auténticos y tomados de fuentes legítimas" y "que además del texto copiado del documento más antiguo [...] trae las variantes notables que se encuentran en las ediciones y reimpresiones posteriores" -las tres citas son de Michaelis (v)-. A la manera de Durán y Ochoa, estructura el corpus en torno a cuatro partes relativas a los reinados de Fernando I el Magno, Sancho II el Valiente, el Cerco de Zamora y el reinado de Alfonso VI el Bravo. Muchas de las posteriores ediciones de estudiosos muy distintos en diferentes años tomaron como punto de partida esta compilación, como iremos viendo en los párrafos siguientes.
No obstante, uno de los que se alejaron del modelo de Carolina Michaelis fue Cesáreo Fernández Duro. Este erudito -además de capitán de navío de la Armada Española- quiso hacer una compilación más selecta, más específica y más divulgativa sobre los sucesos del Cerco de Zamora. Su Romancero de Zamora, que fue publicado en 1880 en Madrid por la empresa tipográfica de G. Estrada, contiene ochenta y tres romances sobre este acontecimiento histórico y legendario. No todos ellos son propiamente del Cid, pues el héroe desarrolló un papel secundario pero importante en este hecho, aunque sí aparece en gran parte de ellos. Y en este punto, quizá, radica la principal diferencia con sus predecesores, en especial con Wolf y Hofmann -a quienes admira y sigue en cierta medida-, pues no contento con el corpus zamorano ya recopilado, exploró bibliotecas, manuscritos e impresos para reunir el mayor número de romances sobre el tema, según nos afirma en su prólogo (Fernández Duro 8-9).
Manuel Milá i Fontanals fue uno de los que tomó a Michaelis como punto de partida, aunque valoró también los criterios de Durán y Wolf/Hofmann, entre otros, para poder establecer los suyos propios. Estructurados en cinco partes similares a las de sus precursores, ciento tres romances se incluyen en su Romancero selecto del Cid, publicado en 1881 en Barcelona por Daniel Cortezo y Compañía. Ya el mismo término selecto en el título de esta obra sugiere sus propósitos más divulgativos que filológicos. Y así lo deja patente en el prólogo:
Hemos procurado en especial dar al lector una narración seguida, evitando [...] la repetición de un mismo hecho. Entre dos romances de igual asunto, no siempre hemos preferido el más antiguo, como hubiéramos hecho en una colección de índole científica, sino el más satisfactorio en su género. (Milá i Fontanals, ix)
Adornan esta obra cuidadas rúbricas, ilustraciones de Werner, Foix, Gómez Soler y Xumetra y grabados de Kaeseberg y Gómez Polo, haciendo de ella una de las ediciones más bellas hasta el momento. Aunque hagamos un salto temporal, merece la pena nombrar en este párrafo otra de las ediciones que incluye preciosas ilustraciones, pues en gran medida toma como modelo la de Milá i Fontanals, si bien conoce y estudia los principales romanceros cidianos y sus traducciones en su prólogo. Se trata del Romancero del Cid Ruy Díaz que editó Luis C. Viada y Lluch en la Editorial Ibérica de Barcelona en 1915. Cinco grabados modernistas de Antonio Saló abren cada una de las partes en que se estructuran los ciento cuarenta y ocho romances contenidos y otros tantos, también, aderezan el interior y la portada.
Una verdadera novedad respecto al panorama editorial del corpus supusieron los tres primeros tomos de la célebre Antología de poetas líricos castellanos de Marcelino Menéndez Pelayo dedicados al romancero -de un total de cinco tomos sobre este género, los números del VIII al XII-. El ilustre santanderino reprodujo en estos tomos, publicados en Madrid por la Librería de Hernando y Compañía en 1899 y 1900, la Primavera y Flor de romances de Wolf y Hofmann. No obstante, decidió añadir sobre el corpus original varias versiones o temas romancísticos procedentes de manuscritos, pliegos sueltos o conservados en obras de teatro auriseculares, alcanzando una cifra de alrededor de medio centenar de textos. Sin embargo, Menéndez Pelayo entendió la necesidad de no solo reflejar los romances viejos sino también los conservados por la tradición oral de su época. Así, incorporó, en un intento pionero, al menos tres versiones de romances procedentes de la tradición oral: "El Cid y el conde Lozano", "Jimena pide justicia" y "El rey moro que reta a Valencia", la primera de Andalucía y las dos siguientes de Portugal, concretamente de Algarve y Madeira.
El resto de romanceros publicados en la primera mitad del siglo XX siguen de una forma u otra los cánones de Durán y Wolf/Hofmann y, especialmente, Michaelis. La editorial Lambda de Buenos Aires publicó en 1929, por primera vez en Latinoamérica, un Romancero del Cid con una selección de treinta romances -la mayoría viejos y juglarescos- destinada a estudiantes, como la misma colección de la Biblioteca de Humanidades de la que forma parte. Siguiendo un criterio similar, Rafael Ferreres publicó en 1941 treinta y nueve composiciones en su Romancero del Cid: romances viejos en la imprenta valenciana de Jesús Bernés, basándose en la Primavera y Flor de Romances y, también, en la Flor nueva de romances viejos de Menéndez Pidal, que se había publicado en 1928 en Barcelona por Espasa-Calpe y compilaba treinta y una de estas piezas. De estas mismas fuentes, principalmente, toma sus cuarenta y dos romances la edición de Juan Ruiz de Galarreta de 1944 del Poema de Mio Cid y Romancero del Cid, publicada en La Plata por la Editorial Calomino. También, debemos tener en cuenta la edición de Federico Sainz de Robles, titulada nuevamente como Romancero del Cid y publicada por Aguilar en Madrid en 1944, que contiene ciento cincuenta y dos romances. Sin embargo, no es hasta 1954 cuando se publica la recopilación más completa de romances tradicionales y eruditos, de la mano de Luis de Guarner. Su Romancero del Cid precedido del Cantar de Rodrigo, publicado por Miñón S.A. en Valladolid, reproduce doscientas veintiséis composiciones, teniendo en cuenta, incluso, textos de románticos del XIX y contemporáneos franceses para que su "recopilación de romances sobre el Cid sea la más copiosa de cuantas hasta hoy se han publicado en parte alguna" (Guarner, xlvi).
Respecto a las últimas décadas del siglo XX y lo que llevamos del XXI, el panorama no ha cambiado demasiado. Parece que todas las grandes colecciones de textos literarios españoles de reconocidas editoriales más o menos divulgativas se han interesado por incluir los romances del Cid en su catálogo. Así lo hizo, por ejemplo, Taurus en 1966 con la edición de Felipe C. R. Maldonado del Romancero del Cid en la colección "Ser y tiempo. Temas de España", donde se incorporaron ciento veintiún romances. Con el mismo título, en 1970, el editor madrileño J. Pérez del Hoyo incluyó ciento nueve composiciones dentro de la colección "100 Clásicos Universales". También, Emiliano Escolar publicó en su propia editorial en 1975 una selección de noventa y un romances dentro de El Romancero del Cid y El Romancero de Bernardo del Carpio. En la misma línea se sitúa el reciente Romancero del Cid publicado por Cátedra en 2007. Prácticamente, hay muy pocas novedades verdaderas. Una de ellas es el disco de Romances del Cid de Joaquín Díaz, publicado por Pneuma y Karonte en 1999, donde el cantautor da voz a quince de las más famosas composiciones. Otra es la edición para bibliófilos del Romancero del Cid: una selec- ción de romances sobre la vida del Cid Campeador de la editorial Summa en 2010, que incluye una antología de nueve textos hecha por Alberto Montaner Frutos, acompañada por preciosos aguafuertes de Carmen García Suárez. Sin embargo, la mayor novedad filológica y el mayor logro, a mi juicio, es la edición y el estudio de Paola Laskaris de El Romancero del Cerco de Zamora en la tradición impresa y manuscrita (siglos xv-xvii). Este volumen, publicado como anejo de la revista Analecta Malacitana en 2005, se centra en exclusiva en el ciclo zamorano de romances, pero lo hace con una perspectiva realmente crítica que le ocupa alrededor de quinientas páginas. La editora transcribe más de cien textos tanto de romances como glosas, coteja las variantes de gran cantidad de testimonios, recoge las rúbricas, anota términos imprecisos y realiza un breve comentario de historia textual y de peculiaridades narrativas de la mayoría de ellos. Es, desde luego, un gran esfuerzo filológico, pero es el esfuerzo que merece, a mi modo de ver, un corpus literario tan importante para la cultura europea; y merece, también, ser tenido en cuenta como modelo por las ediciones que vengan en el futuro.
Traducciones y traductores
Volvemos al primer periodo que acabamos de estudiar, donde confluían los cimientos de la filología moderna junto al espíritu del Romanticismo, tan apasionado de la Edad Media como de cualquier tiempo remoto y legendario. Fue entonces cuando proliferaron las traducciones de los romances del Cid a las principales lenguas europeas. Por una parte, esta proliferación se debe al creciente interés romántico por la poesía popular. Por otra, como bien puede interpretarse al consultar la detallada revisión que Galván y Banús hacen sobre la recepción del Poema de Mio Cid en la Europa de esta época, tanto los romances como el Poema u otras manifestaciones literarias sobre el héroe de Vivar estaban en cierta medida entrelazadas, pues a menudo aparecen traducidos y editados de forma conjunta, ya que el interés de los eruditos decimonónicos por la figura del Cid los llevó a tratar toda manifestación artística como las piezas de un corpus mayor que pudiera servir para mostrar una identidad del héroe más compleja, así como un gran número de hazañas. No obstante, a lo largo de los siguientes párrafos, acotaré más que los investigadores anteriores, pues nombraré, no de forma exhaustiva, sino con intención de trazar un panorama representativo, las principales traducciones para comprobar el éxito de las baladas cidianas en Europa.
El país que más admiración desarrolló hacia el romancero fue Alemania. Menéndez Pidal (1968, 251-55) resume muy bien el interés que este género popular despertó en intelectuales de la talla de Grimm, Schlegel, Goethe o Hegel, quienes realizaron traducciones, compilaciones, reediciones o estudios sobre cancioneros y baladas hispánicas. Como no podría ser de otra forma, sintieron fascinación por los hechos reflejados en ellas sobre el mayor héroe hispánico. El filósofo Johann Gottfried Herder tradujo un total de setenta romances que fueron publicados en 1806 en Tübingen bajo el nombre Der Cid. Nach Spanischen Romanzen por la imprenta de J. G. Cotta. Fue un puro impulso romántico lo que le animó a esta empresa, pues en palabras de Menéndez Pidal (1968, 252), "Herder, en su optimista anhelo de una humanidad superior, veía en el Cid del romancero concretarse la personificación del más alto heroísmo". A partir de aquí se sucedieron varias iniciativas similares. Friedrich Diez tradujo una pequeña selección de veinte romances en Altspanische Romanzen besonders vom Cid und Kaiser Karls Paladinen, obra publicada en 1821 en Berlín por Georg Reimer. En 1833 se publicó la obra de Friedrich Martin Duttenhofer titulada Der Cid: ein Romanzen-Kranz, impresa en Stuttgart por F. C. Zöflund und Sohn, donde se tradujeron ciento doce romances. En 1842 se publicó en Stuggart y Tübingen por Cottaa'scher Verlag Das Liederbuch vom Cid: Nach Der Bis Jetzt Vollstandigsten, Keller'schen Ausgabe Verdeutscht, de Johann Gottlob Regis, donde se contenía la traducción de ciento cincuenta y cuatro romances. Un número menor, un total de setenta, pero en su versión española junto a sus traducciones al francés y alemán se incluyeron en Herders Cid: Die Franzoesische und die Spanische Quelle, obra de Anton Salomon lin en Heilbronn por Verlag von Henninger en 1879. Un año más tarde, la imprenta del Bibliographisches Institut de Leipzig publicó Die Romanzen vom Cid de Karl Eitner, donde se agrupaban ciento quince romances traducidos.
La primera traducción de un corpus unitario de romances sobre el héroe de Vivar llegó a las islas británicas de la mano del poeta Robert Southey, amigo de sus contemporáneos Wordsworth y Coleridge. En el tempranísimo año de 1808, los impresores londienses de Paternoster Row, Longman, Hurst, Rees y Orme, sacaron a la luz la obra Chronicle of the Cid. A pesar de su engañoso título, lo cierto es que no es una pura traducción de la Chronica del famoso cavallero Cid Ruy Diez Campeador, impresa en Burgos en 1592 -con primera edición de 1552-, sino que traduce prosificando partes del Poema de Mio Cid y de los romances viejos para añadir más información a pasajes poco descritos u u omitidos de la trama. Una verdadera traducción del corpus de romances fue hecha años más tarde por John Gibson Lockhart. Su obra Ancient Spanish Ballads Historical and Romantic, publicada en 1823 por W. Blackwood en Edimburgo, incluyó ocho de los romances viejos y cultos más conocidos. Más romances, aunque no del todo completos, fueron incluidos en The Cid: A Short Chronicle Founded on the Early Poetry of Spain. Esta obra de George T. Denis, publicada en Londres por Charles Knight & Company en 1845, combinó la remodelación moderna de varias crónicas cidianas medievales y el Poema de Mio Cid con el protagonismo de más de una veintena de romances traducidos y reproducidos en el cuerpo de texto. Sin embargo, la compilación inglesa más destacada y más exhaustiva del corpus romancístico de Rodrigo Díaz de Vivar fue hecha por el ensayista James Young Gibson. Realmente, fue un proyecto que le llevó gran parte de su vida; de hecho, The Cid Ballads and Other Poems and Translations from Spanish and German, publicada en 1887 por Kegan Paul, Trench & Company en Londres es una obra póstuma. Margaret D. Gibson, su viuda, que se encargó de editarla, afirma en el prólogo que estos romances "were his recreation and solace during several years of loneliness and indifferent health, and he never seemed weary of revising and improving them" (Gibson, vii). No exagera: se nota el cuidado del traductor sobre los ochenta y tres romances seleccionados, en su mayoría, de los romanceros de Sepúlveda y Escobar; algunos, me atrevo a afirmar, suenan mucho mejor en inglés que en el estilo erudito del original castellano.
Finalmente, aunque con menor éxito, los romanceros sobre el Cid llegaron a otras tantas lenguas. Italia cuenta con la traducción de Pietro Monti. Su Romancero del Cid o Storia Dei Fatti del Celebre Cid Castigliano, publicada en Milán por la Societa De'Classici Italiani en 1838, cuenta con ciento dos romances traducidos. Por la misma época, en Francia, Eugene Rosseeuw SaintHilaire (23-27) defendía la calidad de este corpus en su tesis doctoral pero no fue hasta 1842 cuando se publicó una compilación de ciento ocho romances en el Romancero du Cid de Antony Rénal. Esta obra, impresa en París por la librería Baudry, contiene la versión prosaica francesa y la original española, acompañadas, además por hermosas litografías a modo de rúbricas. También, en 1866, se publicaron ciento cinco romances traducidos en prosa en el segundo tomo de La Légende du Cid comprenant Le Pöeme du Cid les chroniques et les romances, una obra de Emmanuel de Saint-Albin, publicada en París por los editores Lacroix y Verboeckhoven. Incluso fueron traducidos al checo por Jar Vrchlického. Noventa y un romances se contienen en esta lengua en las pági- nas de Cid v Zrcadle Spanelskych Romanci, publicada en Praga por Bursík y Kohout en 1901. Fue todo un éxito editorial, en resumen, el que obtuvieron los romances del Cid, pues la fama del valeroso caballero castellano no solo ha trascendido siempre las fronteras territoriales sino también las lingüísticas.
La CAJA DE PANDORA DE LA TRADICIÓN ORAL MODERNA
Paralelamente a esta larga y densa trayectoria editorial, el romancero del Cid siguió expandiéndose a través de lo que ha sido el método de difusión más propio de su naturaleza: la oralidad. Desde luego, cuando a principios del siglo XX, Ramón Menéndez Pidal incitó a sus colaboradores a que recorrieran España, el Mediterráneo y América en busca de los romances que aun sobrevivían en la tradición oral, no lo hizo con el objetivo de perseguir el corpus cidiano en exclusiva, sino con el deseo de preservar el mayor número de reliquias de baladas hispánicas posibles. Sin embargo, cuando estos pioneros -entre los que podemos destacar a José Benoliel, Manuel Manrique de Lara, Américo Castro o Tomás Navarro Tomás-, y más tarde los discípulos del Seminario Menéndez Pidal -que luego se convertiría en la Fundación Ramón Menéndez Pidal-, se encontraban un romance sobre Rodrigo Díaz de Vivar, lo celebraban con la alegría que merece y lo enviaban con rapidez al Archivo del Romancero de don Ramón y doña María Goyri. No todos los días se podía encontrar una joya que remontaba su vida a la poesía de los juglares medievales, pues los restos épicos e históricos en la tradición moderna son más bien escasos.
De los treinta y tres romances tradicionales de este corpus, solo doce han dejado huella en la tradición oral moderna. De ellos conservamos un total de doscientas sesenta versiones orales.13 No es, desde luego, un corpus poderosamente amplio como pueden ser las más de quinientas versiones de "La muerte del príncipe don Juan" o las más de seiscientas de "Gerineldo, el paje y la infanta". Es bien sabido que los temas novelescos, amorosos y de adulterios tienen más éxito entre los informantes que las historias épicas, tan llenas de personajes secundarios, batallas y minitramas largas y enredadas de venganzas, iras y traiciones que, en definitiva, provocan mayor confusión en la memorización. Sin embargo, la cifra es muy significativa y, sin duda, ilustra la asimilación y expansión del corpus a través de muy distintas geografías y diversas lenguas a lo largo de los tiempos, pues hallamos versiones de Europa, África y América, cantadas o recitadas en español, portugués, catalán, gallego y judeoespañol.
Como suele suceder en toda asimilación popular de una figura mítica o legendaria, los romances más exitosos en la tradición oral son los que nos muestran a un Cid joven, soberbio e insolente, que poco o nada tiene que ver con la difundida imagen del héroe virtuoso del Poema1 El romance de "Rodriguillo venga a su padre", que cuenta cómo Diego Laínez encarga al pequeño Cid vengarse del conde Lozano, solo tiene existencia oral pero, eso sí, bastante abundante y diversa, ya que tiene un total de dieciocho versiones: ocho son portuguesas, dos asturianas, cuatro catalanas, dos andaluzas y dos canarias. El romance que continúa este suceso, "Jimena pide justicia", donde la hija del conde recién asesinado pide casarse con el Cid como reparación del daño, tiene un total de veinticuatro versiones: veintidós de ellas son sefardíes, una andaluza y otra, más bien contaminación, portuguesa. Diecinueve versiones, de las cuales dieciocho son serfardíes y una andaluza, tiene el romance del primer y bravo "Destierro del Cid".
Uno de los romances iniciales sobre el cerco de Zamora, ciclo donde el Cid, aún joven, participa de forma secundaria, el llamado "Quejas de doña Urraca", en el que la protagonista muestra su preocupación ante la política de herencias del rey Fernando, tiene catorce versiones portuguesas, siete de Zamora y una andaluza, es decir, un total de veintidós. Más versiones, un total de cincuenta, tiene el romance de "Doña Urraca libera su hermano de prisión", de las cuales cuarenta y nueve son sefardíes y una catalana. Veintiséis versiones tiene el viejo romance de "Las almenas de Toro": veintitrés sefardíes y tres portuguesas. Solo una versión portuguesa tiene el romance de "Afuera, Afuera, Rodrigo" mientras que "Riberas de Duero arriba" tiene dos versiones riojanas aprendidas de impresos aunque muy tradicionalizadas. Asimismo, el romance del "Entierro de Fernandarias" tiene ocho versiones sefardíes.
Respecto a los romances del destierro y la madurez del Cid, el llamado "El Cid pide parias al moro" tiene dos excelentes versiones en la tradición ca naria, tres contaminaciones en la tradición gallega y una versión leonesa aprendida de un libro, es decir, un total de seis. Este último caso se repite en "El Cid vuelve a Cardeña", pues sus cinco versiones -una sefardí, una asturiana y tres americanas- provienen de impresos modernos. Sin embargo, en este mismo grupo temático encontramos el romance que más éxito ha tenido en la tradición oral de todo el corpus cidiano. "El rey moro que reta a Valencia" tiene un total de setenta y nueve versiones. De ellas, veintisiete son sefardíes, trece portuguesas, treinta y una del noroeste español, cinco catalanas y tres andaluzas.
En total, podemos observar que de las doscientas sesenta versiones orales de temas cidianos, ciento cuarenta y ocho son sefardíes, cincuenta y nueve de lengua española, cuarenta portuguesas, diez catalanas y tres gallegas. A pesar de la supremacía en número del primer grupo, lo cierto es que el corpus cidiano tiene presencia en todas las tradiciones de las lenguas hispánicas en que se ha transmitido el romancero. Por ello, muchas de estas versiones han aparecido en romanceros regionales y antologías, como -por señalar a unos pocos- Braga (1867 y 1869), Larrea Palacín, Armistead/Silverman (1977, 1981 y 1986), Ferré, Trapero o Fraile Gil. Sin embargo, nunca se han incluido en un romancero dedicado a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar y otras tantas versiones permanecen, de momento, inéditas en el Archivo del Romancero de la Fundación Ramón Menéndez Pidal.
La labor pendiente
A la vista de todo lo expuesto anteriormente, podemos concluir que, si bien el Cid ha despertado tanto interés a lo largo de los siglos como para que las obras donde se reflejan sus hazañas hayan sido reeditadas y traducidas en innumerables ocasiones, la mayoría de ellas siguen una premisa básica: aglutinar cuantos más romances posibles, ya sean viejos, juglarescos o eruditos. Este patrón se ha repetido desde la canónica obra de Juan de Escobar hasta las ediciones más recientes, aunque hay excepciones como la línea que inauguraron Wolf y Hofmann al apostar únicamente por la calidad de los romances viejos. No obstante, lo cierto es que muy pocos han prestado atención al espléndido patrimonio que la tradición oral ha conservado hasta nuestros días. Podemos decir que todas estas ediciones son intentos más o menos exitosos o más o menos logrados de difundir gran parte del patrimonio literario sobre Rodrigo Díaz de Vivar, pero ante todo son iniciativas incompletas.
Cuando don Ramón Menéndez Pidal comenzó a preparar la monumental colección del Romancero Tradicional de las Lenguas Hispánicas, que lleva ya editados catorce volúmenes, consideraba como uno de los números fundamentales la edición integral de los romances del Cid, donde se incluirían todos los testimonios antiguos, sus derivados en la tradición oral moderna y también todas las composiciones cultas. Por diversos motivos, tanto el ilustre hispanista como su discípulo José Caso González, quien estuvo encargado de este proyecto durante varios años, no pudieron llevarlo a cabo. Sin embargo, ahora, gracias al apoyo de instituciones como el Ministerio de Economía y Competitividad de España o la Obra Social La Caixa, desde la Fundación Ramón Menéndez Pidal hemos vuelto a retomar esta línea de trabajo con la ambición de que pueda cerrarse pronto y de forma exitosa.
Nuestra propuesta es realizar la edición más exhaustiva del corpus de romances del Cid, incluyendo todos los testimonios, sean de la naturaleza que sea, que se atesoran en el Archivo del Romancero de la Fundación Ramón Menéndez Pidal y en otras bibliotecas e instituciones. Se trata de una edición crítica, planteada en dos volúmenes. El primero recogerá los romances tradicionales de las mocedades del héroe, del Cerco de Zamora, del destierro y de la madurez del Cid y todos sus derivados en la tradición oral moderna. El segundo, finalmente, incorporará todos los romances nuevos, eruditos y cultos desde el Siglo de Oro hasta la actualidad, además de un anexo de estudios sobre los romances más representativos. Todos los textos irán acompañados de aparatos críticos que recojan las variantes de los diferentes testimonios o las diversas recitaciones de los informantes, además de observaciones sobre términos difíciles o pasajes de verdadero interés, tal y como exige una edición crítica rigurosa.
Esperamos que pronto los volúmenes del Romancero del Cid más completo hasta la fecha puedan ser publicados y así saldar esta deuda pendiente con el patrimonio cultural de España y Europa.
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References
Obras citadas
Fuentes
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