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González Gullón, José Luis, Escondidos, El Opus Dei en la zona republicana durante la Guerra Civil española (1936-1939), Madrid, Ediciones Rialp, 2018, 468p, ISBN: 9788432149337, 25€ Introducción, Capítulo I, El inicio del conflicto armado (julio-octubre de 1936), Capítulo II, Las cárceles y la clínica psiquiátrica (octubre de 1936-marzo de 1937), Capítulo III, En torno a la legación de Honduras (marzo-julio de 1937), Capítulo IV, La evasión del fundador y de sus acompañantes (julio-diciembre de 1937), Capítulo V, Compás de espera (diciembre de 1937-marzo de 1939), Bibliografía, Indice de personas, Indice general Como afirma el autor en la introducción, en buena medida, «el lector se encuentra ante un trabajo de microhistoria. El análisis de la vida de unas pocas personas -miembros del Opus Dei (que apenas llegaban a veinte: véase gráfico 1, pp.42-3), parientes y amigos- ha hecho posible ofrecer una visión exacta y colorida del modo en que pasaron la guerra civil. Al mismo tiempo, nos hemos planteado algunas de las grandes preguntas de la contienda como, por ejemplo, la situación de la Iglesia, las razones de la represión y las formas de vida en la retaguardia republicana» (pp.16-17). En la introducción se explica también lo que era en aquel momento el Opus Dei, una pequeña institución católica nacida en 1928 y su corta historia hasta 1936, y se detallan las principales fuentes empleadas en la investigación: el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei (AGP), en Roma; la documentación de los archivos militares y del Centro Documental de la Memoria Histórica; información valiosa del Archivo General de la Administración (AGA) y del Archivo General de la Villa de Madrid (AVM); y la ayuda de los archivos de Asuntos Exteriores de El Salvador y Chile, y algunos archivos personales, como el de la familia Sáinz de los Terreros. Sigue la narración de la violencia en el Madrid republicano y los diversos refugios que encontraron en la villa los miembros del Opus Dei y la situación en Levante, Guadalajara y Ciudad Real.
González Gullón, José Luis, Escondidos, El Opus Dei en la zona republicana durante la Guerra Civil española (1936-1939), Madrid, Ediciones Rialp, 2018, 468p, ISBN: 9788432149337, 25€
Introducción, Capítulo I, El inicio del conflicto armado (julio-octubre de 1936), Capítulo II, Las cárceles y la clínica psiquiátrica (octubre de 1936-marzo de 1937), Capítulo III, En torno a la legación de Honduras (marzo-julio de 1937), Capítulo IV, La evasión del fundador y de sus acompañantes (julio-diciembre de 1937), Capítulo V, Compás de espera (diciembre de 1937-marzo de 1939), Bibliografía, Indice de personas, Indice general
Como afirma el autor en la introducción, en buena medida, «el lector se encuentra ante un trabajo de microhistoria. El análisis de la vida de unas pocas personas -miembros del Opus Dei (que apenas llegaban a veinte: véase gráfico 1, pp.42-3), parientes y amigos- ha hecho posible ofrecer una visión exacta y colorida del modo en que pasaron la guerra civil. De hecho, con frecuencia transcribimos textos en los que aparecen las virtudes y los límites de unos hombres que, tantas veces, estuvieron sujetos a una tensión extrema. Al mismo tiempo, nos hemos planteado algunas de las grandes preguntas de la contienda como, por ejemplo, la situación de la Iglesia, las razones de la represión y las formas de vida en la retaguardia republicana» (pp.16-17).
En la introducción se explica también lo que era en aquel momento el Opus Dei, una pequeña institución católica nacida en 1928 y su corta historia hasta 1936, y se detallan las principales fuentes empleadas en la investigación: el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei (AGP), en Roma; la documentación de los archivos militares y del Centro Documental de la Memoria Histórica; información valiosa del Archivo General de la Administración (AGA) y del Archivo General de la Villa de Madrid (AVM); y la ayuda de los archivos de Asuntos Exteriores de El Salvador y Chile, y algunos archivos personales, como el de la familia Sáinz de los Terreros.
Los cinco capítulos se inician con una breve referencia a los principales sucesos ocurridos en España en los años estudiados. En el primero ayudan a entender las cosas un mapa de España a finales de julio de 1936 y un plano de Madrid en el que se sitúan los domicilios en la villa del fundador del Opus Dei, José María Escrivá, y de sus miembros. Tras la sublevación militar, el autor expone el forzado abandono de la Academia-Residencia DYA de Madrid (primera obra corporativa de la institución) y la situación de aquellos miembros de la Obra a quienes la guerra encontró en otras provincias. Sigue la narración de la violencia en el Madrid republicano y los diversos refugios que encontraron en la villa los miembros del Opus Dei y la situación en Levante, Guadalajara y Ciudad Real.
El segundo capítulo se inicia con una breve pero detallada referencia al Comité anarcosindicalista que ocupa DYA (Ferraz 16), para pasar después a explicar en qué prisiones provisionales estuvieron algunos miembros de la Obra, como Manolo Sáinz de los Terreros y Juan Jiménez Vargas (Porlier), José María Hernández Garnica y Álvaro Portillo (San Antón). Se narra a continuación la decisión de José María Escrivá, acompañado por Joaquín Herrero Fontana y más tarde por José María González Barredo y Jiménez Vargas, de ingresar en la Casa de Reposo y Salud dirigida por el Dr. Suils y que estaba bajo la protección del sindicato médico de la UGT de Madrid. A comienzos de 1937 Escrivá, que desde hacía tres meses gozaba de una relativa estabilidad y seguridad en el sanatorio psiquiátrico, se puso a pensar en la marcha de la Obra, para lo que contaba sobre todo con el súbdito argentino Isidoro Zorzano (el que tenía más libertad de acción), y también de Jiménez Vargas, que asumieron el papel de intermediarios entre unos y otros. Pero la cosa no duró mucho más: algunos otros refugiados en la clínica se alarmaron por el número de personas encubiertas y Jiménez Vargas y González Barredo hubieron de abandonarla, hecho que decidió a Don José María a dejarla también.
Por lo demás, están perfectamente descritas en el capítulo las diversas estrategias de Zorzano y otros para ayudar material y espiritualmente a sus compañeros, de los que en Madrid sólo uno, José María Hernández Garnica, estaba en prisión. Se narran también las peripecias por las que pasó la familia de Escrivá -su madre, Dolores Albás y sus hermanos Carmen y Santiago- en el otoño e invierno de 1936-37 y la situación de otros miembros de la Obra en la zona republicana: Ricardo Fernández Vallespín, Francisco Botella, Rafael Calvo Serer y Pedro Casciaro en Levante -a los que se añadió «Chiqui» Hernández Garnica, trasladado a un penal de Valencia en el que le pudo visitar Casciaro-, y Miguel Fisac, voluntariamente «desaparecido» dentro de un pequeño habitáculo en la casa de sus padres en Daimiel (La Mancha).
Entre enero y marzo de 1937 Escrivá se convenció de que «la única opción válida para difundir el mensaje del Opus Dei era que sus miembros pasaran a la zona nacional por el frente de guerra, por la frontera o por vía diplomática. Ahora bien, la huida de un grupo relativamente disperso, como era el de los miembros de la Obra, requería vigorosas energías, como congregar a todos para, a continuación, salir en uno o más grupos; hacerse con la documentación necesaria que incluía carnets de partidos o de sindicatos frentepopulistas, documentos de trabajo y salvoconductos; reunir el dinero suficiente para pagar los traslados, los intermediarios y los guías que pasaban clandestinamente al otro lado; y, en primer lugar, mejorar el contacto y cohesión entre ellos, de modo que pudieran superar con agilidad los imprevistos que se presentarían» (p. 151). Una dificultad añadida fue el reclutamiento forzoso decidido por el Gobierno republicano que, con pocas excepciones, convirtió a los miembros de la Obra en prófugos o desertores.
Era necesario tiempo; y ese tiempo lo pasó Escrivá, junto con sus cuatro acompañantes, en una pequeña habitación de la superpoblada legación de Honduras en Madrid. En el capítulo tercero se describen con mucho detenimiento las condiciones materiales y la vida cotidiana de los refugiados entre marzo y julio de 1937. También en la legación pudo vivir Escrivá la experiencia de la guerra: como escribe el autor, «el fundador y los demás miembros de la Obra que estaban en el lado republicano sólo habían conocido la guerra en esa zona. Habían vivido en sus carnes los efectos de la revolución, tanto de la de origen marxista como la anarquista, a partir de julio de 1936, con repercusiones fatales en la sociedad, como el asesinato masivo de sacerdotes y de fieles católicos, la supresión del culto público o la represión del hecho religioso en la vida social. Las únicas noticias de la zona nacional les llegaban a través de la radio -escuchada siempre de modo clandestino-, y de unas pocas cartas. Eran conscientes de que esas informaciones formaban parte de la propaganda de guerra y que, por tanto, debían ser matizadas. De hecho, no se hacían cargo sobre el peculiar sistema instaurado por el General Franco en el otro bando. Pero, al menos, sabían que la religión católica estaba protegida por aquel régimen, que los obispos y clérigos desarrollaban su actividad pastoral con libertad, y que para muchos la guerra era una defensa militar de la Iglesia, una cruzada frente a la agresión, también militar, del materialismo ateo» (p. 190).
Recoge el autor el testimonio de José Luis Rodríguez-Candela, yerno del cónsul de Honduras: Escrivá «nunca se pronunció con odio ni con rencor enjuiciando a nadie; por el contrario, solía decir: "Esto es una barbaridad: una tragedia"». En concreto, le llamaba la atención que, «cuando los demás celebrábamos victorias, Don José María permanecía callado» (p. 192). Y en una meditación de 8 de agosto de 1937 señalaba: «Ahora parece que una fiebre de locura sacude a todas las naciones. Ciegamente quieren destrozarse unas a otras y nada parece anunciar un periodo de paz, sino, al contrario, nuevas tragedias semejantes a la que está sufriendo España» (p. 191).
En las páginas siguientes (pp. 193-218) se refiere el autor a lo que denomina «las pruebas del Abuelo [Escrivá]. ¿Cómo era su oración? Sabemos que durante unas semanas tuvo un gran sufrimiento interior, una desagradable sensación de estar "en carne viva" (...). Puesto en las manos de Dios, Él orientaría el rumbo de su vida y del Opus Dei: "Mi oración, dicha con todas las energías de mi alma: Jesús, si no voy a ser el instrumento que deseas, cuanto antes llévame en tu gracia. No temo la muerte, a pesar de mi vida pecadora, porque me acuerdo de tu Amor: un tifus, una tuberculosis o una pulmonía. o cuatro tiros, ¡qué más da!". Junto a su inquietud por la posibilidad de no ser fiel al amor de Dios, José María Escrivá sufría por el apartamiento involuntario de sus hijos espirituales (. ), se quejaba de las pocas noticias que recibía: "En ascuas ando, por no saber noticias de mis hijos de fuera". Cada día los nombraba, uno a uno, y leía sus cartas repetidas veces» (pp. 194-196).
Para hacer frente a estas dificultades personales y familiares, Escrivá recurría en primer lugar a la oración, soñaba con la expansión del Opus Dei, pedía a Dios que cuidase de sus hijos; en carta de 6 de abril de 1937 a los miembros de la Obra en Valencia escribía: «Josemaría le ha dicho y le dice todos los días a su amigo [Dios] que se cobre en él, y guarde a sus hijos de los peligros de esta catástrofe» (p. 198). Se pasaba las horas fortaleciendo con sus cartas a sus hijos espirituales,(uno de los cuales, Pepe Isasa, murió en la zona «nacional» en acto de servicio) y redactando textos -meditaciones, octavillas, fichas- para ellos, con constantes referencias al fundamento divino de la Obra, predicando la unidad de todos los que la integraban, diciéndoles que Dios quería revivir el apostolado de los primeros cristianos, recordándoles que la entraña de la Obra llevaba consigo la búsqueda de la santidad en las cosas pequeñas de una jornada cualquiera.
Paso por encima el interesante epígrafe dedicado al gobierno de la Obra, las evacuaciones por vía diplomática o la situación en el exterior de la legación y fuera de Madrid para señalar la decisiva trascendencia de todo lo que se cuenta en el capítulo quinto, dedicado a la evasión del fundador y de sus acompañantes. Es un largo capítulo (pp. 285-367) que, sin embargo, conviene leer de una tirada dada la importancia del viaje de Madrid a Barcelona por Valencia, y el verismo con el que se describe a los protagonistas del paso por los Pirineos, las cinco jornadas que pasaron emboscados y las cinco noches de subidas y bajadas hasta que llegaron a Andorra.
El domingo 28 de noviembre Don José María quería decir Misa. Antonio Dalmases, uno de los expedicionarios, anotó en su diario: «nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un Santo. La Sagrada Comunión es conmovedora; como casi no podemos movernos hay dificultad para administrarla, y eso que estamos todos agrupados en torno al altar. Todos vamos andrajosos, con barba de varios días, despeinados, cansados» (p. 356). «Habían cubierto a pie ochenta y siete kilómetros en cinco noches, marchando siempre hacia el norte, por montañas y trochas paralelas al río Segre. El desnivel acumulado positivo sumaba cinco mil ochocientos metros. Y, a pesar del frío y de algunos bajones físicos [los de Escrivá y Alvira entre ellos] nadie enfermó (...). Sin duda, el 2 de diciembre de 1937 marcaba un hito. Después de un año y medio de guerra civil, el fundador del Opus Dei y siete hijos suyos -los seis del paso de los Pirineos más Fernández Vallespín- habían dejado la zona republicana. Pero nadie se olvidaba de los nueve varones y el puñado de mujeres que habían quedado atrás» (p. 367), concluye el autor.
El último capítulo tiene lugar en un escenario diferente. En Madrid el papel de Zorzano siguió siendo esencial: concentró toda su atención en los miembros de la Obra de la zona republicana, también de los de fuera de Madrid. Desde finales de septiembre de 1937 José María González Barredo y Alvaro Portillo eran los únicos miembros de la Obra refugiados en el consulado general de Honduras (después se les sumó Eduardo Alastrué), en el que pasaron largos meses de asilo. Por su parte, Dolores Albás y sus hijos vivían una odisea oculta en la casa de los González Barredo, en la calle Caracas. Conectados también con Zorzano estaban los tres únicos soldados incorporados al ejército de la república, Rafael Calvo Serer, Enrique Espinós y José María Hernández Garnica. Mientras tanto, Dolores Fisac sufrió una sensación de gran vacío cuando su hermano dejó Daimiel, en octubre de 1937, aunque mandaba paquetes de comida a Madrid y se carteaba con Zorzano. A su vez, Eduardo Alastrué, Álvaro Portillo y José María González Barredo abandonaron la legación de Honduras, fueron reclutados con nombres falsos, junto con Vicente Rodríguez Casado, por el ejército republicano; y el 11 de octubre de 1938 Rodríguez Casado, Portillo y Alastrué se pasaron de una zona a otra por el frente de Guadalajara sin especiales problemas. El reencuentro entre los que no pudieron fugarse (Barredo, Calvo, Hernández y Espinós) que seguían teniendo a Isidoro Zorzano como eje de coordenadas, la familia del fundador y Escrivá -uno de los primeros sacerdotes que aparecieron en Madrid vestidos de sotana- se produjo el 28 de marzo de 1939.
«Ahora bien, la presencia de la mayoría de los miembros del Opus Dei en Madrid no era un punto de llegada. Más allá del umbral de la puerta que dejaba atrás la pesadilla de la guerra, aparecían numerosas tareas que tendrían que afrontar desde el primer instante, desde el contacto con todas las personas de la Obra y amigos hasta la apertura de una residencia universitaria. Confiaban en que, bajo la guía del fundador, José María Escrivá, difundirían el mensaje de la Obra por el mundo. Comenzaba una nueva etapa de la vida del Opus Dei» (p. 442). Con estas palabras concluye el autor su brillante microhistoria del Opus Dei en la zona republicana durante la guerra civil española.
José Luis González Gullón es profesor de historia en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y miembro del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá. Ha publicado El clero en la Segunda República, Madrid, 1931-1936 (2011) y DYA, La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1931-1939) (2016). Es editor, junto con otros autores, del Diccionario de San Josemaría Escrivá de Baiaguer (2013).
Ignacio Olábarri Gortázar
Universidad de Navarra
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