Headnote
Fecha de recepción:12.9.2021 / Fecha de aceptación: 17.12.2021
RESUMEN
El tema de la violencia hacia el sujeto femenino es una constante en la literatura hispanoamericana de los siglos XIX y XX. El escritor observa su realidad con ojo en crítico y escruta en los factores socioculturales y económicos que afectan a los individuos. El personaje femenino se ve determinado por lo antes mencionado y por circunstancias familiares específicas, por lo regular se plantea la indefensión económica y física. La sociedad patriarcal lo define y lo determina en su hacer, decir y pensar. La belleza, la juventud y la orfandad constituyen los aspectos que lo condenarán a soportar la violencia dentro y fuera de la familia. Algunos deciden comerciar con su cuerpo porque no ven más alternativa y uno más enfrentará las adversidades en medio de la vorágine prerrevolucionaria.
Palabras clave; personaje femenino, literatura, narrativa, violencia, circunstancias socioeconómicas.
ABSTRACT:
The theme of violence towards the female subject is a constant in the Hispanic American literature of the 19th and 20th centuries. The writer observes his reality with a critical eye and scrutinizes the socio-cultural and economic factors that affect individuals. The female character is determined by the aforementioned and by specific family circumstances, economic and physical defenselessness usually arises. Patriarchal society defines it and determines it in its doing, saying and thinking. Beauty, youth and orphanhood are the aspects that will condemn him to endure violence inside and outside the family. Some decide to trade with their body because they see no alternative and one more will face adversity in the midst of the prerevolutionary maelstrom.
Keywords: female character, literature, narrative, violence, socioeconomic circumstances.
EL PERSONAJE EN LA LITERATURA
En la literatura mexicana e hispanoamericana de los siglos XIX y XX, el personaje femenino cobra particular importancia, se habla de ellas, de sus conflictos, de la intención de educarlas para que sean buenas hijas, madres y esposas; se describen los espacios en los que interactúan, se sublima la belleza femenina. En la literatura decimonónica son constantes los personajes antitéticos, los buenos y los malos, a saber, Pudenciana y Pomposa (La educación de las mujeres o La Quijotita y su prima), Clemencia e Isabel (Clemencia), Pilar y Manuela (El Zarco) Carmen y Magdalena (La Calandria) Matilde y Eufrosina (La educación de las mujeres o La Quijotita y su prima) Nieves y Petra (Nieves).
El protagonismo del personaje femenino es discutible, ya que son pocas las voces que asumen la primera voz discursiva, por lo general se identifican voces masculinas, que dicen lo que ellas piensan, lo que les inspiran, sus acciones. En el universo ficcional, el personaje se define como un efecto de sentido, que puede ser de tipo moral o psicológico, logrado mediante estrategias discursivas y de carácter narrativo (Pimentel, 2005). Es el narrador u otros personajes quienes brindan una variedad de elementos que ayudan a los lectores a formarse una imagen física de los personajes. Lo que importa, en términos de significación, es el mundo de acción humana que toda narración proyecta.
El acto de narrar puede inferirse como un «contrato de inteligibilidad» que se pacta con el lector, y puede provocar rechazo o aceptación. Un relato presenta un mundo de acción, donde el personaje y la acción tienen un papel central. En el personaje, puede ocurrir, que opere una transformación del orden de lo físico, de lo moral o de lo psicológico (Pimentel, 2005). Por ejemplo, el personaje Pomposa, en La educación de las mujeres o La Quijotita y su prima..., de quien se menciona en el texto que nació, creció y se desarrolló en un ambiente familiar adverso, corrupto y permisivo, que fomentó su mala crianza y provocó una evolución del personaje en sentido negativo, ya que se degrada a tal punto que ejerce la prostitución. El nombre de un personaje cobra particular importancia, no se piensa al azar, pues se considera un punto de referencia para la individuación y su permanencia. El nombre es el centro de significación de sus atributos o vicios, como en el personaje Pomposa, quien por su nombre ya se pueden interpretar una serie de caracteres que lo inclinan hacia la vanidad, la soberbia, la frivolidad, el gusto por la moda, los paseos, las fiestas y dista del modelo de honestidad, sumisión y abnegación.
El nombre ayuda a reconocer a un personaje en el universo de ficción, a pesar de que presenten una serie de transformaciones, tanto físicas, morales o psicológicas, por ejemplo, en Travesuras de la niña mala, en la que se identifica un personaje camaleónico, que cambia de personalidad, se mueve en distintos espacios, Lima, París, Londres, Tokio; utiliza diferentes nombres: Lily, Arlette, Madame Arnoux, Mrs. Richardson, Kūriko, entre otros. Casi al final de la novela se descubre su nombre y origen: Otilia, hija de una cocinera y un humilde constructor de rompeolas limeño. Se debe considerar que el estatuto de cada personaje depende de sus atributos y circunstancias, tales como su aspecto exterior, sus actos gestuales y de habla. Los personajes, no se duda, son elementos de capital importancia, porque son responsables directos, en buena medida, del poder de fascinación que tiene un libro, como el de Vargas Llosa.
En la narrativa se identifican personajes principales y secundarios, éstos tienen su importancia, ya que actúan en función de los principales y, por lo general, les sirven de complemento, porque con sus réplicas ayudan a conocer mejor al protagonista; sirven para conformar el ambiente que rodea a los personajes destacados (Gómez Redondo). En la novela tradicional los secundarios son abundantes, y forman el telón de fondo en el cual se desenvuelven los principales; por ejemplo, la trilogía de Vicente Riva Palacio conformada por los siguientes títulos: Don Guillen de Lampart, Martín Garatuza y Monja y casada, virgen y mártir, en las que aparecen ejes temáticos semejantes, todas ambientadas en la colonia, interactúan múltiples personajes con relación de parentesco oculto o conocido, amigos, adversarios, cómplices, etc. En ese sentido existe cierta continuidad, una novela es antecedente de y otra es consecuente con, de tal forma que en las tres se conforma un macro universo ficcional que se rige por determinadas reglas, con genealogías familiares como la de los descendientes del último emperador azteca.
No sólo en el siglo XIX se encuentran obras con las características mencionadas, en el siglo XX un texto que destaca por la abundancia de personajes y el complejo universo en el que se mueven es Cien años de soledad, en el que se multiplican los José Arcadio, las Remedios, Aurelianos, Úrsulas y Amarantas, que en su conjunto construyen una novela que trasciende de lo nacional a lo universal, pues "La soledad contra la que se debaten los miembros de una dinastía colombiana es también nuestra propia soledad y su tiempo es nuestro tiempo, CIEN AÑOS DE SOLEDAD es la hermosa creación de una común nostalgia" (Marco, 1985, p. 54).
El objetivo del ensayo consiste en analizar tres personajes femeninos de la literatura hispanoamericana desde el enfoque de la violencia en Santa, Nieves y Juana Lucero; el estudio se centrará en discutir los distintos matices de la violencia en lo físico, verbal, emocional y psicológico. Se demostrará que los personajes son víctimas de la familia, de la sociedad y del sistema patriarcal. Se discutirá si los actantes femeninos que dan título a las distintas obras literarias tienen características comunes. Se analizarán los factores que inciden para que sean receptoras de todo tipo de violencia. Se definirá ésta desde la teoría de Jorge Corsi, Pareja Fernández y Marcela Lagarde; asimismo, se discutirá la teoría del personaje desde las aportaciones de Luz Aurora Pimentel.
En el ensayo se tomará en consideración la lectura dirigida que presta atención a los detalles, fragmentos del texto, lo cual permite destacar lo que pasa desapercibido en un primer acercamiento; también se retomará la lectura comparativa que conlleva confrontar los resultados del análisis de cada obra, es decir, "[...] la comparación de los textos (escritos en la misma o en diferentes lenguas) desde una misma perspectiva de análisis" (Zavala, 2007, p. 12).
VIOLENCIA Y AGRESIÓN EN LA LITERATURA
En ciertas épocas la literatura ha presentado una intención de denuncia social o política. Los escritores del siglo XIX o encabalgados en el XX asumieron la función de ser representantes o portavoces del pueblo, de criticar y denunciar a través de sus escritos. Tanto en México como en otros países de la América hispana predominaban las desigualdades sociales. A pesar de vivir en un régimen constitucional y republicano, la indefensión económica que padecía el grueso de la población era parte de una realidad social compleja en la que los ricos abusaban de su poder y los pobres soportaban y/o se rebelaban contra las injusticias humanas y sociales. Los escritores en sus textos evidenciaron la hipocresía de la sociedad, el maltrato hacia las mujeres, la negligencia y la corrupción de las autoridades, las escasas oportunidades de sobrevivencia de las jóvenes huérfanas y hermosas.
Un común denominador en las obras Hispanoamericanas son los personajes que representan a las hijas nacidas fuera del matrimonio, abandonadas y expuesta a toda clase de vejaciones por la orfandad y la pobreza. En varias obras se muestra la doble cara de la sociedad, por una parte, preocupada por el cultivo de las virtudes, partícipe del culto religioso, observadora de la honestidad individual y familiar, el manejo de las apariencias, de la buena crianza, la vida placentera, etc., pero también la sociedad proclive al vicio, la simulación, en el ejercicio constante de la violencia en todas sus variantes. Felipe Oliver reflexiona sobre el fenómeno de la violencia y aclara que puede ser económica, política y socio-cultural; además, existe una retro-alimentación entre unas y otras: "Y si bien es cierto que la literatura no logra aprehender del todo la complejidad de la violencia, al menos visibiliza sus contornos, efectos y alcances (Oliver, p. 132).
En la literatura se identifica con frecuencia el tema de la violencia, que puede ser física, verbal, psicológica y emocional. En obras como La cautiva, Amalia, Aves sin nido, La rumba, El Zarco, La calandria, La guerra de tres años y Perico, se expone la violencia. El maltrato hacia las mujeres es una constante en la cultura y en la sociedad de carácter patriarcal. Los hombres y algunas mujeres parecen tener el poder y el derecho a ejercerlo y ellas parecen estar determinadas a soportar toda suerte de vejaciones y hasta la privación de la vida. El rigor puede ser afectivo, corporal, psicológico, económico, emocional, etc. La violencia se define como el uso de la fuerza para someter la voluntad del otro, de invalidarlo y producir un daño, entendido como cualquier tipo y grado de menoscabo para la integridad del otro. Hablar de fuerza remite al poder que el victimario ostenta y que pone en práctica para anular al otro.
En las relaciones interpersonales, la conducta violenta se traduce como abuso de poder. Incluso, "cuando alguien amenaza [...] no persigue el objetivo de ocasionarle un daño psíquico, secuela de la situación traumática, sino obtener que el otro haga algo que no haría por propia voluntad" (Corsi, 2008, p. 25). La agresión se entiende como una conducta que busca herir, en lo emocional o físico. La conducta agresiva se interpreta como un trastorno de la personalidad y del comportamiento de quien se complace en lastimar o abusar de otros. El motivo por el que alguien recurre a la agresión es por herir, pero también por demostrar que tiene el poder para hacerlo. José Antonio Pareja Fernández afirma:
Es conveniente, también, diferenciar entre agresividad y violencia. Ha de optarse porque la responsabilidad de la agresividad debe ser compartida, puesto que surge de las necesidades personales de los contendientes; sin embargo, esto no puede atribuírsele a la violencia ya que esta supone un abuso de poder por parte de un sujeto sobre otro siempre más débil o, cuando menos, indefenso (2002, p. 26).
Marcela Lagarde también toca el tema de la violencia, en especial el que padecen las mujeres y el poder que ejerce el varón para someterla, explica que la forma en la que se vinculan los miembros de la sociedad es diversa, puede haber violencia o no en la interacción cotidiana, puede ser ocasional o constante cuando las relaciones son de conflicto; puede generarse en los espacios privados y/o públicos. La autora afirma "La violencia señorea el trato del hombre a la mujer [...] la violencia a las mujeres es una constante en la sociedad y en la cultura patriarcales" (2005, p. 258). En un contexto patriarcal se piensa que la mujer es débil y debe estar bajo el tutelaje, resguardo y protección del hombre, a quien se le atribuye fuerza, poder y agresividad.
En distintos referentes socio-culturales, la violencia está "normalizada" en la interacción entre hombres y mujeres, en prácticamente todos los espacios se generan comportamientos que pueden tipificarse como violentos, no sólo en la familia, en las relaciones conyugales, sino también en las esferas de lo público, organizaciones sociales y políticas donde puede mediar una relación de contrato. La violencia tiene muchas caras y/o distintas maneras de llevarse a la práctica, se reviste de engaño, abandono, infidelidad, imposición; afectiva, corporal, psicológica, intelectual, etc. Sin duda,
Las relaciones entre hombres y mujeres tienen una enorme carga de agresividad que se manifiesta y se expresa de formas diferentes por ambos. Los hombres tienen derecho y permiso de ejercer la violencia contra las mujeres y ellas deben padecerla con obediencia y resignación (Lagarde, 2005, p. 259).
En las obras literarias que se analizarán se identifican rasgos de la sociedad patriarcal que cosifica a la mujer, la convierte en un objeto decorativo y deseado por su belleza, un instrumento de placer de los otros, que bien puede destruirse si se desea. En las tres novelas los personajes masculinos acuden a la fuerza para someter la voluntad de las mujeres, la violencia se manifiesta de distintas maneras, de tal suerte que existen relaciones de conflicto entre víctimas y victimarios, quienes abusan de su posición de privilegio para atemorizar y humillar, para perpetrar el cuerpo femenino. La Literatura refleja una cultura de la opresión de las mujeres, del abuso del poder patriarcal que en algunos casos se llega al extremo de tolerar la violación, que puede interpretarse como el acto de expropiar y apoderarse del cuerpo femenino mediante el uso de la fuerza física.
En cuanto al tratamiento del tema de la violencia en la literatura Maja Zawierzeniec dice:
La literatura, a pesar de no ser una fuente histórica sensu stricto, sí es una herramienta válida para estudiar el acontecer histórico; nos permite conocer la historia en el plano social, o en los contextos más cotidianos, en oposición a la 'historia oficial' que ofrece una presentación de los 'héroes' o 'personajes importantes'. Los acontecimientos socio-políticos están muy presentes en la literatura hispanoamericana. Podríamos argüir que después de la cuestión de la identidad, la temática de la violencia es la más recurrente (2018, p. 844).
La literatura en tanto constructo cultural y sociohistórico refleja el Ser de una época, representa un testimonio del hacer y pensar de quienes produjeron obras que establecieron un diálogo incesante y atemporal con sus lectores al reflejar las preocupaciones del colectivo social a través del arte literario. Gustavo Lespada asegura:
[...] la obra de ficción no es lo opuesto de la verdad sino un trabajo con el lenguaje y el sentido. Las ficciones no sólo se refieren al mundo sino que están en el mundo, forman parte del mundo, interactúan con el mundo, modifican el mundo (2015, p. 36).
La literatura visibiliza la violencia en la sociedad de cierta época, muestra la corrupción del tejido social, la crisis de valores y los diferentes matices de la violencia que se practicaban en la sociedad no sólo mexicana, sino también en contextos como Santiago de Chile.
NIEVES, SANTA, JUANA LUCERO COMO RECEPTORAS DE LA AGRESIÓN Y LA VIOLENCIA
En el contexto literario hispanoamericano se identifica el escritor José López Portillo y Rojas,1 quien desempeñó importantes puestos políticos y en su narrativa demostró conocer la problemática social de su tiempo. En algún momento asumió la postura de denunciar las injusticias sociales, de exponer las causas de un movimiento que surgió en el occidente mexicano, en concreto, en el ámbito rural, y que al paso del tiempo desembocó en la Revolución Mexicana. Otro autor que también evidenció sus convicciones sociales y políticas es Mariano Azuela, autor de Los de abajo y Mala yerba. Uno más es Heriberto Frías, quien publicó Tomóchic en veinticuatro entregas en el periódico El demócrata, en 1892.
En la novela Nieves, publicada en la revista jalisciense La República Literaria en 1887, se identifican diversos personajes femeninos, de los cuales se proporciona el retrato físico y el moral, por ejemplo, de las mujeres se resaltan sus cualidades físicas, su belleza. El personaje visitante asume la voz narrativa, relata la historia, aunque no es su historia, se trata de un narrador testigo de los acontecimientos, quien nunca se identifica con un nombre propio. Él escucha lo que le refiere Don Santos, quien aparte de expresar el orgullo por su hacienda, la cosecha de agave y la riqueza acumulada, presume la belleza de las mujeres de Jalisco, por lo cual invita al narrador a conocer a las jóvenes hermosas, a quienes considera objetos decorativos y parte de sus posesiones.
De las bellezas del lugar, destaca una, la que apodan la Virgen de la Florida, una joven dotada de una hermosura sorprendente. El narrador brinda el retrato físico, a saber,
Blanca, rubia, con ojos azules, toda su fisonomía respiraba modestia y timidez encantadoras. Su boca pequeña y encarnada mostraba dientes blancos; era su nariz bien perfilada, su frente un tanto pequeña, armonizaba graciosamente con el resto de sus facciones, sus cejas tupidas y juntas, daban a su expresión una seriedad que desmentían sus dulces ojos. Era alta y esbelta; se conocía que se hallaba en la edad del crecimiento. Su voz era dulce y vibrante (López Portillo, 1985, p. 155).
El retrato moral corresponde al de una joven de una comunidad rural, sencilla, humilde, honesta, discreta y tímida. El nombre de la protagonista no resulta casual, ya que lleva a la consideración de mujer de notable blancura, de piel nivea y lozana, pero también alude a su condición de pureza, mujer sin mácula, casi etérea, que el cacique del lugar intentará poseerla por la fuerza y con dinero.
La juventud y belleza de Nieves en un medio familiar y social adverso constituyen la causa de su perdición. En la novela se identifican personajes antitéticos: los buenos y los malos, los feos y los guapos, los simpáticos y los antipáticos; no sólo en relación con los personajes femeninos, sino también con los masculinos. Nieves es contraria a su tía Petra, de quien se brinda un retrato físico desagradable, pues, "Era una vieja de pelo rojo, fea y con la cara envuelta en trapos mugrientos" (López Portillo, 1985, p. 154). Además, se perfil moral dista de la mujer decente, puesto que cohabita con su esposo Jesús y con el tuerto Analco, su amante; asimismo, se muestra interesada en lo material y busca comerciar con la hermosura y lozanía de su sobrina.
Nieves es la mujer huérfana, humilde y por eso parece estar condenada por las circunstancias familiares y sociales, enfrenta la violencia masculina, y soporta los asedios de Don Santos. Del hacendado también se brinda el retrato físico y moral, incluso, el nombre es irónico porque se destaca su maldad y lascivia, se menciona que más debería ser llamado Don Diablos porque es intrigante y perverso, odiado por su orgullo, rudeza y carácter dominador. Representa al hacendado omnipotente, abusivo, que compra autoridades, y por eso nadie se atreve a denunciarlo. Su retrato físico es desagradable: viejo, gordo, feo, pelo cano y enredado. Don Santos se contrapone con Juan porque éste es joven, apuesto, fuerte, alto, musculoso, blanco, cabello castaño y rizado, valiente porque no se deja humillar por el hacendado y lo enfrenta.
Nieves parece estar a merced de los designios del amo, quien ve en ella una presa fácil por su indefensión física y económica, en algún momento se preludia que su fin tendrá que ser trágico, porque una mujer como ella no puede sino ser víctima. El narrador sentencia: "[...] ésta es una de aquellas criaturas condenadas por el destino a tener mal fin. Como quiera que sea, Nieves ha de ser desgraciada; nació predestinada para ello" (López Portillo, 1985, p. 158). El narrador es testigo de la brutalidad con la que el cacique trata a sus trabajadores y se conforma con denunciarla, nunca intercede o se involucra para evitarla. Culpa al destino de la tragedia personal del personaje, cuando en realidad es la situación económica, más el poder patriarcal y la cultura machista los factores que determinarán su vida. La violencia se desata en contra de la joven mujer cuando Petra y el tuerto Analco deciden abandonarla, por dinero, a merced de los deseos del amo, quien emplea todo su esfuerzo para someterla y poseerla; sin embargo, ella se defiende y relata: "Seguí forcejeando...Viendo que no podía desprenderme de sus brazos, grité con todos mis pulmones" (López Portillo, 1985, p. 182). Además: "Me defendía como podía, atacando y resistiendo cuanto mis fuerzas me lo permitían" (López Portillo, 1985, p. 184).
Nieves escapa de su agresor, pero continúa ocultándose para intentar evadir la violencia física. Su final es incierto porque en la novela se expone que en México se vivía una época de convulsión social. A la joven no le queda otra alternativa que unirse a la gente del pueblo, que, como ella, se rebela y decide no padecer más los abusos del cacique, Todos conforman la bola y marchan hacia un futuro incierto, de zozobra, de violencia y de muerte. En las últimas líneas de la novela, el narrador expresa no saber qué pasó con Nieves, y cree que su final fue infortunado por las circunstancias que se vivían en el México de finales de siglo. Además,
Nieves, por su edad, por sus inclinaciones y por su natural timidez, parecía haber nacido para desplegar sus gracias en el hogar doméstico, en medio de la tranquilidad y del apartamiento de una dicha ignorada; y los acontecimientos la habían empujado a extremos de que no hubiera sido capaz por naturaleza, como eran los de haber tenido que apelar primeramente a su personal energía para salvarse de la deshonra y lanzarse ahora a las aventuras de una unión ilícita en medio de la revuelta (López Portillo, 1985, p. 193).
Don Santos recibe la embestida del pueblo, pierde parte de su capital porque incendian su propiedad, y decide marcharse a Guadalajara. En el contexto socio-histórico de la novela se expone que el castigo y la persecución es para las víctimas y nunca para los victimarios, porque éstos tienen el poder y la riqueza para comprar a las autoridades.
En la novela del chileno Augusto D' Halmar,2 Juana Lucero, publicada en 1902, se identifican diversos personajes femeninos, el que destaca es el de "la purisimita" o Juana Lucero, de quien también se da el retrato físico y se destaca su belleza singular, pelo rubio, largo y rizado, piel blanca, ojos celestes, juventud y lozanía. El nombre de la protagonista también alude a la virginidad, a la inocencia de la mujer joven que destaca por su luminosidad, por su brillo y candor, mismos que son trastocados por el abuso de poder que ejercen personajes como Loreto, Absalón y la dueña del lupanar.
Al momento de quedar huérfana cuenta sólo con doce años y un futuro incierto. Al igual que en la novela Nieves, se identifica el recurso de la catáfora que anticipa que una joven huérfana, hermosa y humilde no puede sino tener una vida triste y trágica. Ella es hija natural de un hombre rico y poderoso, pero como era común en la sociedad de Santiago, no es reconocida por el padre. Como Nieves, se destaca la indefensión física y económica de Juana Lucero, pero si Nieves cuenta con el amor y protección de un hombre humilde como Juan, "la purisimita" está sola, aunque haya quedado bajo la tutela de la tía Loreto, quien se caracteriza por la actitud tirante y el desafecto hacia su sobrina.
Juana Lucero es víctima de violencia desde que muere su madre, porque en la casa de Loreto soporta agresiones verbales y trabajo en exceso, nunca es tratada con amor y respeto; después la violencia se agudiza cuando llega a la casa de misia Pepa como costurera. En la novela el ambiente social y el espacio determinan al personaje. La hija de una costurera y huérfana no puede aspirar a escalar en la sociedad o que alguien la enamore con fines serios. Absalón aprovecha que es el dueño de la casa y entra a la habitación de Juana Lucero y la viola. Ella intenta defenderse, pero no puede evitar la embestida sexual porque carece de la fuerza física suficiente, no tiene quien la proteja, no es independiente en lo económico, no tiene a dónde ir, por lo que,
Fue una lucha cobarde y breve: el miedo, debilitando las fuerzas de la niña, quebrantó su resistencia; apoderábase de ella una gran laxitud; su gemido moribundo salía de lo más íntimo del alma; luego no pudo forcejear...todo se desvaneció...El triunfador alargaba envanecido el placer siempre nuevo de sentir entre sus brazos una virginidad agonizante. (Thomson, 1902, p. 113).
El narrador extradiegético enfatiza el retrato moral de los personajes y apenas menciona el físico. Por un lado, las víctimas, como Juana Lucero, y los victimarios, como Absalón. Las circunstancias sociales de los personajes y las diferencias son expuestas con claridad. La obra tiene también la intención de denunciar una sociedad en la que importan los privilegios económicos, y los estratos están claramente diferenciados. Juana Lucero y la Filomena son el pasatiempo de los ricos y existe la complacencia de la señora de la casa, quien prefiere que los hombres de su familia se entretengan con las criadas y no busquen mujeres en los lupanares. El narrador critica que la sociedad de Santiago sea en exceso católica y permita el uso físico de las jóvenes dedicadas al servicio doméstico, que existan lugares donde se practican abortos y la clientela femenina sea numerosa o bien abunden espacios en los que se practica el comercio carnal y sean frecuentados por hombres ricos, que presumen honestidad.
Otro indicio de violencia física es cuando Juana Lucero ingresa con engaños a trabajar al burdel y Adalguisa, la dueña, la obliga a abortar al hijo de Absalón. Para la joven se anulan sus deseos de vivir, ser madre es la única y la última ilusión que tiene, sin embargo, una mujer pobre difícilmente puede sobrevivir con un hijo, además, su cuerpo ya no le pertenece, ni puede tomar decisiones de forma libre, sino que la dueña del lupanar se impone. Desesperanzada, sin fe y con la amargura a cuestas expresa cuando está en el templo: "¡Maldito fuese quién abandonándola con sus dolores, extremó su crueldad hasta arrancarle la última ilusión, indudablemente la más loca de todas las ilusiones, pero también la más consoladora!" (Thomson, 1902, p. 230). Refiriéndose quizá a Dios, a Absalón, o los dos. No tiene a su madre, su amor ideal no está, ni puede pensar en él y ha perdido a su hijo. Para Juana la Iglesia no es lugar de fe, de consuelo, sino un lugar vacío, glacial.
En la novela se utiliza de forma frecuente la catáfora que permite al narrador anticipar que el personaje protagónico tendrá un destino adverso, por ejemplo, se menciona que desde que muere Catalina, la madre, su imagen se percibe en un espejo; conforme ocurren ciertos acontecimientos trágicos, el fantasma envejece, su semblante es de suma tristeza y su pelo, antes negro, se encanece. Cuando Juana Lucero sale de la casa de Loreto también se expresa un indicio que preludia que algo ocurrirá, pues, "Al rápido resplandor de los fósforos, ella vio la cara de la aparecida, con una expresión de infinita tristeza" (Thomson, 1902, p. 64) Después su semblante indica reproche, quizá porque Juana Lucero es un personaje que evoluciona en sentido negativo, se corrompe y degrada.
El final de la historia se anticipa trágico porque se infiere el suicidio de la protagonista. Cuando va al cementerio observa una lápida con su nombre, no obstante, desde que muda de nombre se opera en ella un cambio psicológico y asegura que Juana ha muerto y ahora ella es Naná, la prostituta; se ha quedado vacía en lo afectivo y no tiene ninguna esperanza. Al final puede interpretarse un trastorno mental severo, que la lleva a la locura, pues afirma: "¿A quién buscan? ¿A la Purisimita?... Esa murió hace mucho tiempo, y la enterraron y la olvidaron. Yo soy la otra.JChit! ¡No me despierten! Estoy durmiendo en un lecho de flores y tengo un sueño muy bonito...¡No me despierten!...¡No me despierten!..." (Thomson, 1902, p. 286).
Juana Lucero es víctima de Absalón porque violenta su cuerpo y lo usa para satisfacción personal; de la sociedad de Santiago que la condena a ser la empleada doméstica explotada en lo económico y sexual por el patrón. Cuando ingresa al burdel es despreciada, y señalada. Es evidente que para una mujer pobre no hay alternativas, no puede escapar de la casa de citas una vez registrada como prostituta. Las autoridades y la sociedad consienten y protegen los intereses de las que se dedican a obtener beneficios con la venta de los cuerpos de otras.
En la novela Santa, de Federico Gamboa y publicada en 1903, también se identifica un personaje que es víctima de violencia familiar y social. El nombre de la protagonista es irónico, una santa que vende su cuerpo, una mujer deseada y adorada por algunos hombres. Una santa profanada por las manos de sus compradores, no es una mujer etérea sino una mujer terrena, sensual, que pierde la virginidad y a partir de ese momento inicia su corrupción moral. Ni es un alma de dios, ni es sagrada, ni inviolable, ni se dedica a la vida religiosa; por el contrario, se olvida de Dios, disfruta de los placeres carnales y se desgrada hasta morir en la miseria y enferma de cáncer.
Santa representa a la joven mujer que es engañada por un soldado. Es sorprendida mientras aborta, la situación se dramatiza y se conforma un tribunal doméstico, presidido por la madre, de hondas convicciones religiosas y de tipo moral. Agustina enjuicia a su hija y la condena al abandono, no le perdona su deshonestidad al engendrar un hijo sin casarse. Esta situación es de suma violencia porque Santa es una joven desprotegida en todos los sentidos, no tiene a dónde ir, carece de un oficio para subsistir, sólo tiene un cuerpo joven, hermoso y el resentimiento por haber sido rechazada por el alférez. Para la familia ella es la mala hija, la mala hermana, la joven que se apartó de la vida decente y perdió la virginidad.
La novela inicia in media res, se anuncia la llegada de una joven mujer al burdel, de quien se destaca la lozanía de su piel, con apenas diecinueve años enfrenta un futuro incierto, no sabe trabajar, carece de formación académica y no tiene otra alternativa que ofrecer su cuerpo. En la obra se da importancia al retrato físico de la protagonista: alta, maciza de carnes, cabellera larga, abundante y sedosa; una mujer preciosa, de linda cara, piel suave y tersa. Genaro relata a Hipólito que cuando se ríe se le hacen hoyuelos en las mejillas, sus ojos son negros, almendrados, luminosos, de mirada intensa. Cintura pequeña y senos firmes, caderas amplias, piernas torneadas y glúteos prominentes (Gamboa, 1998, p. 138-142).
Del retrato moral se menciona que Santa tiene cierta inclinación hacia la vida libertina, no tardó mucho tiempo en aclimatarse en el lupanar, esto es, a las desveladas, la embriaguez y los placeres de la carne. La degradación moral del personaje femenino protagónico se acelera, desde el momento que pierde la virginidad hasta su "triunfo" como la ramera más solicitada de la ciudad de México. Un acto de violencia es cuando intenta salir del lupanar y Elvira le menciona que no hay marcha atrás, porque ya está registrada, para sanidad y las autoridades es una pieza que le pertenece a la gachupina y puede decidir sobre su cuerpo: "A mí no me tientes la ropa, porque te costará caro...aquí sólo yo mando y a obedecer todo el mundo." (Gamboa, 1998, p. 31).
Un antes y después en la vida de Santa es cuando Marcelino la mancilla, lo que el narrador califica de "catástrofe" porque a partir de eso pierde la condición de hija adorada y protegida de la madre y los hermanos. Así da inicio su degradación física y moral, la pérdida de la virginidad se define como "incurable e infamante herida". Santa es un personaje que vive continuamente la violencia porque cuando se convierte en la prostituta más solicitada, su cuerpo es poseído, magullado, estrujado, y al paso del tiempo marchito, enfermo y olvidado casi por todos. El narrador dice:
[...] y que se conformaran con su cuerpo magnífico, resistente, desnudo de ropas y desnudo de afectos; que en él saciara el público su lascivia inmensa, feroz, inacabable; que unos se lo bendijeran y besaran, y otros se lo magullaran y maldijeran, pero que le dejasen el corazón, las lágrimas, los recuerdos. (Gamboa, 1998, p. 89).
Santa vive la violencia intrafamiliar porque la arrojan a la calle sin importar su destino, ni como solventará sus necesidades más urgentes; también padece la rudeza en el lupanar porque Elvira la obliga a permanecer en su casa, siempre sonriente y dispuesta a complacer a la clientela. Es víctima de la violencia masculina porque muchos codician su cuerpo y a ninguno le importa su salud y felicidad. Es esclava de todos, no se pertenece, ni decide sobre su cuerpo. Además, "[...]como la muchacha tenía que perderse a nadie se le ocurrió intentar siquiera su rescate" (Gamboa, 1998, p. 75). La sociedad también se ensaña en su contra porque cuando fallece la madre acude al templo a orar y a petición de los feligreses, el sacristán la arroja con violencia, la amenaza con acudir a la fuerza pública porque ella es una ramera que no cabe en ningún espacio decente. Santa es condenada casi por todos porque practica las relaciones sexuales fuera del matrimonio y su castigo es la muerte. Desde que Santa se relaciona con el alférez inicia un recorrido vital de pérdidas:
Marcelino la ha privado de su virginidad, del honor de su familia; la prostitución la ha privado no sólo del pudor, de la moralidad, de su familia, de su pueblo, sino incluso -de manera extraña y un poco absurda- del derecho a tener patria (Sandoval, 2013, p. 21).
Santa a pesar de relacionarse con hombres influyentes y ricos como el Jarameño y Rubio, es un personaje marginal, desposeída de cuerpo, abandonada por la familia, sin un fin concreto en la vida que muere víctima de sus excesos carnales. El personaje de la prostituta es un emblema de las transformaciones que afectaron a la ciudad de México a fines del siglo XIX y principios del XX, de las nacientes dinámicas económicas y comerciales que se reflejan no solo en Santa sino también en El evangelista, de Federico Gamboa.3
LOS PERSONAJES FEMENINOS Y LOS ELEMENTOS EN COMÚN
Nieves, Juana Lucero y Santa son obras literarias publicadas en fechas cercanas, las dos últimas ubicadas por los críticos en la corriente naturalista, en la que "la mujer será retratada como un ser de bellísimas potencialidades en el aspecto moral, siempre y cuando éstas no se salgan del papel que tienen asignado dentro de la sociedad del momento" (Prendes, 2003, p. 183). En el caso de las protagonistas de Gamboa y Thomson, las circunstancias en lo individual, familiar y social las llevan a ser mujeres que exploran la sexualidad con engaños o mediante el uso de la violencia. En los tres personajes se puede establecer un diálogo porque presentan elementos en común, por ejemplo, los tres viven la orfandad en algún momento y por eso se exponen a que otros abusen o pretendan hacerlo. Se enfatiza en su retrato físico porque la belleza es el principal factor de degradación o provoca en gran medida que otros intenten corromperlos o mancillarlos. Se menciona también su situación social, los tres personajes son de origen humilde: una es la campesina de un poblado de Jalisco, otra hija de una lavandera de Santiago, y Santa la hermana de dos obreros y oriunda de una población pequeña y cercana a la ciudad de México.
Las tres mujeres en algún momento salen o se ven impelidas a abandonar el hogar, por necesidad, para sobrevivir, para intentar resguardarse. De Santa y Juana Lucero se expresa que también están desnudas de afecto, carecen de la protección masculina. Santa tiene al fiel Hipólito, con quien se desahoga, éste representa al enamorado que vive con la ilusión de poseerla en cuerpo y alma. "La purisimita" sueña con el amor de un joven honesto y guapo al que nunca le confiesa sus sentimientos. Cuando trabaja en el lupanar se da cuenta que es un cliente asiduo de la casa. Juana Lucero encuentra en la locura la única alternativa para evadir la realidad y soportar su sufrimiento y la orfandad. Nieves no se degrada a tal punto de ejercer la prostitución, pero los conflictos en lo personal y en lo social la arrastran hasta formar parte del colectivo que lucha por sus derechos humanos y sociales. En el universo ficcional sus circunstancias siempre son adversas; sus planes de casarse con Juan se truncan por los deseos del viejo cacique y por la pobreza. Su porvenir resulta difuso, se preludia una vida infortunada, quizá la muerte a temprana edad por enfilarse en el movimiento revolucionario o la violación entre el tumulto.
Santa y Juana Lucero pierden la virginidad. Una por amor, convencida que Marcelino le cumplirá, sin sospechar el abandono y las consecuencias de esto; el otro personaje es forzado para satisfacer el deseo sexual de Absalón, cuando nunca había imaginado que algo semejante podría ocurrirle. Ambas padecen las consecuencias de esas acciones y quedan embarazadas, las dos sufren el aborto clandestino. Santa lo padece en su casa y no se sabe si el esfuerzo que hizo al sacar agua del pozo fue intencionado o un accidente; Juana Lucero es obligada porque su trabajo como prostituta le impide dedicarse al cuidado de un hijo. Santa no siente remordimientos por el aborto, pero sí llora profundamente el abandono del alférez; Juana Lucero sí demuestra su dolor por la muerte de un ser que no pudo llegar al mundo, sí se arrepiente y su situación mental se agrava. Santa muere de cáncer, olvidada, marchita. Juana Lucero se exaspera a tal grado que enloquece y posiblemente muere. Respecto a la influencia de la novela Zola en Santa y Juana Lucero, Manuel Prendes (2003) afirma:
[...] la prostituta Nana, que tantas veces se ha querido presentar [...] como modelo para Santa de Gamboa o Juana Lucero de Augusto D'Almar, no guarda mucha relación con las protagonistas de ambas novelas hispanoamericanas desde el mismo momento de su iniciación en el vicio: aquella lo adopta por inclinación natural y sin problemas de conciencia; Juana y Santa lo hacen como único medio de supervivencia tras haber sido seducidas y abandonadas, conservando en lo más hondo un deseo de llevar otro tipo de vida (p. 110).
Nieves evita la deshonra, pero ello no significa la felicidad ni tener mejor fortuna que los otros personajes; vive la angustia de verse perseguida por un hombre poderoso y vengativo que la ve como un objeto que busca poseer. Nieves no tiene familia que la resguarde, su tía también la abandona, vive la pobreza y los maltratos. Los retratos físicos y morales de Petra y Loreto presentan semejanzas, porque son mujeres de apariencia desagradable, interesadas en lo económico, que en algún momento abusan de sus sobrinas y las obligan a trabajar en el servicio doméstico. Incluso, es posible que Loreto haya conocido las intenciones de Absalón y por eso la envió a casa de misia Pepa. Petra de forma evidente hace trato con Don Santos y deja a su sobrina con él para que la mancille, porque no oculta su intención de sacar provecho económico de la belleza y juventud de Nieves.
En las tres novelas se identifican personajes femeninos que violentan de diversas formas a las protagonistas. Loreto maltrata a Juan Lucero, no le tiene aprecio ni consideración, no la ve como un miembro de su familia y la obliga a trabajar en su casa como empleada doméstica, pero sin un sueldo. La joven es violentada por la señora Pepa porque ésta permite el abuso de Absalón, el acoso sexual constante de sus hijos, las burlas maliciosas de los miembros de la familia, incluso, solapa las actitudes despectivas de sus hijas. Nieves no sólo es víctima del poder y abuso de autoridad masculino, sino que la padece al interior de su familia, ya que Petra es una mujer violenta que no vela por su seguridad y bienestar, ve en ella una mercancía que puede vender al patrón y hacerse de recursos monetarios a costa de la honestidad de Nieves. La vida de Petra no representa un buen ejemplo y es muestra de su corrupción moral y la carencia de virtudes. Santa es violentada por varias mujeres, por la madre quien la maldice y la arroja de la casa sin dinero, sin estudios, sin más recurso que su cuerpo joven y hermoso; por la dueña del burdel que no le permite decidir y la retiene porque la provee de clientes que pagan bien por sus servicios sexuales. Por las mujeres que la desprecian y la envidian; la arrojan de la Iglesia porque saben que es la ramera más popular y codiciada.
Los perfiles psicológicos, físicos y morales de los personajes masculinos, en las tres obras literarias, también presentan elementos comunes; se trata de hombres violentos, sin escrúpulos, utilizan su fuerza y poder, en el caso de Absalón y Don Santos, son sujetos de más de cincuenta años y desagradables. Buscan saciar sus apetitos carnales en mujeres que por la edad pueden ser sus hijas: Nieves de dieciséis y Juana Lucero de diecisiete años; no obstante, la juventud no es garantía de amor y respeto, ya que Marcelino a pesar de sus gracias físicas es de actitudes mezquinas. De los tres personajes masculinos se destaca su carencia de virtudes, la intención de abusar en lo físico, su lascivia y tendencia a mentir. La violencia que se expone en las tres obras literarias es de carácter verbal, físico, psicológico y emocional, por ejemplo, cuando Santa a acude a sanidad para que la revisen, soporta que los médicos le dirijan una serie de expresiones burlonas y obscenas en su condición de prostituta joven y hermosa. Juana Lucero padece las burlas, miradas y palabras maliciosas de la familia para la que trabaja; cuando sale con Bibelot de compras, las mujeres decentes evitan pasar cerca de ellas en la calle, las señalan y observan con asco y con desconfianza. Lo cual también son actos de violencia. Santa, por su parte, es agredida verbalmente por los hermanos y evitan tocarla porque la consideran sucia y perversa.
CONCLUSIONES
La violencia es una constante que enlaza los elementos en las tres novelas hispanoamericanas, se trata del uso de la fuerza y el abuso de poder que ejercen los personajes, tanto masculinos como femeninos, Don Santos, Absalón, Marcelino, Loreto, Pepa, Elvira, abusan del poder que tienen y violentan a Nieves, Juana Lucero y Santa, quienes son víctimas dentro y fuera del espacio privado, carecen de los medios suficientes para sobrevivir solas, enfrentan las adversidades, padecen la violencia física, emocional, verbal y psicológica. Nieves, por ejemplo, lucha por conservar su honestidad y se resiste ante los embates del cacique. Don Santos cree que le pertenece sólo porque es rico y poderoso. Santa y Juana Lucero se degradan hasta la prostitución, como única alternativa de subsistencia, por sus carencias económicas; una escapa de su realidad mediante la locura y la otra sufre una muerte dolorosa y el olvido de los que un día fueron sus adoradores. Los tres personajes se mueven en contextos sociales semejantes, ya urbanos o rurales, en los que prima la mentira, la hipocresía, la doble moral, el poder masculino y la violencia hacia las mujeres huérfanas y humildes. Sin duda los autores de los textos analizados cumplen la función de denunciar la violencia que se practicaba contra las mujeres que carecían de medios económicos, las desigualdades y las injusticias que soportaban las jóvenes que se veían en la necesidad de vender su cuerpo o su fuerza de trabajo para sobrevivir. La trata de personas que ya se daba en las sociedades del siglo XIX y principios del XX porque tanto Santa como Juana Lucero son forzadas a continuar con el ejercicio de la prostitución. Una es llevada con engaños y retenida contra su voluntad por la pobreza y porque así lo mandata la dueña de la casa. Santa tampoco puede abandonar el lupanar porque está señalada por la sociedad, registrada por las autoridades de salud y obligada por Elvira. El análisis de las novelas en cuestión nos deja claro que la violencia presenta una diversidad que afecta en todos los sentidos al personaje. La violencia no es un tema nuevo y puesto sobre la mesa de discusión y análisis en las sociedades del siglo XXI, tiene sus antecedentes en siglos pasados y la literatura da cuenta de ello.
Footnote
References
BIBLIOGRAFÍA
Corsi, J. (1994). "Una mirada abarcativa sobre el problema de la violencia familiar". En J. Corsi (Coord..), Violencia familiar. Una mirada interdisciplinaria sobre un grave problema social (pp. 15-63). Buenos Aires, Argentina: Paidós.
Fernández de Lizardi, J. J. (1980). La educación de las mujeres o La Quijotita y su prima. Historia muy cierta con apariencia de novela. Vida y hechos del famoso caballero Don Catrín de la Fachenda. México: UNAM.
Gamboa, F. (2008). Santa, México: Océano.
Lagarde y de los Ríos, M. (2005). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. México: UNAM.
Lespada, G. (2015). "Violencia y literatura/Violencia en la literatura". En Teresa Basile (Coord.), Literatura y violencia en la narrativa latinoamericana reciente (pp. 35-56). Buenos Aires, Argentina: Universidad Nacional de la Plata.
López Portillo y Rojas, J. (1985). "Nieves", en La novela realista, México: Promexa.
Marco, J. (1985). "Gabriel García Márquez y sus Cien años de soledad", en Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Madrid: Espasa-Calpe.
Fuentes, F. O. (2019). "Representaciones literarias de la violencia en Ciudad Juárez". En F. O. Fuentes y A. Jalife (Coords.), La violencia en la literatura mexicana (pp. 117-133). Guanajuato, México: Universidad de Guanajuato.
Pareja Fernández de la Reguera, J. A. (2002). "Aproximación al concepto de agresividad como fenómeno psicológico y social". En F. Trujillo. (Ed.), Violencia doméstica y coeducación. Un enfoque multidisciplinar (pp. 2337). España: Octaedro.
Pimentel, L. A. (2005). El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa, México: UNAM-Siglo XXI.
Prendes, M. (2003). La novela naturalista hispanoamericana. Evolución y direcciones de un proceso narrativo, Madrid: Cátedra.
Sandoval, A. (2013). Una santa no tan santa, México: UNAM.
Thomson, A. (1902). Juana Lucero, Santiago de Chile: Imprenta, Litografía y Encuadernación Turín.
Vargas Llosa, M. (2008). Travesuras de la niña mala, España: Santillana.
Zavala Alvarado, L. (2007). Manual de análisis narrativo. Literario, cinematografía, intertextual, México: Trillas.
Zawierzeniec, M. (2018). Una aproximación al discurso literario de la violencia en México 1915-2015. Monográficos Sinoele. IX Congreso Internacional de la Asociación Asiática de Hispanistas, 1 (17), 844-856. doi: 10.29606/SinoELE