B.-C. Han, Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia, Madrid, Taurus, 2022, 112 pp.
En la instantánea que podemos obtener de la sociedad actual, resulta impensable realizar una composición de lugar sin tener en cuenta al dato como materia prima, a la información como moneda de cambio y a la metarealidad; allí donde se desenvuelve el individuo, aglutinado por un volumen ingente, voraz y frenético de obtención y de gestión de todo lo medible, categorizable y registrable. En este paradigma de la información el Big Data supone una fuente de datos inagotable que transparenta la privacidad de personas naturales y jurídicas, instituciones y gobiernos casi con total impunidad, en ocasiones amparado por la normativa.
Una de las publicaciones filosóficas que despuntan en el primer tercio del 2022 es la nueva obra del prolífico e incisivo Byung-Chul Han. En esta disertación, focaliza su exégesis del culto al dataísmo e informatización de la sociedad actual hacia el efecto que estos fenómenos producen en los aspectos sociopolíticos y la erosión que genera en los sistemas democráticos y, por ende, en el Estado de Derecho.
La escritura, expositiva y alegórica en ocasiones, comienza con una apostilla sobre el régimen de información y la forma de dominio socioeconómico y político que considera al individuo como el ganado consumidor del que se extraen dinero y datos, los cuales proporcionarán más ingresos al ser transferidos y comerciados con ellos por empresas cuyo propósito es hacer un acopio masivo para emplearlo como valor de comercio. El Big Data se aglutina en un conjunto de información complejo e inefable en la práctica, cuya singularidad radica en la necesidad de herramientas informáticas no convencionales para tratarla y a su vez, en su utilidad como fuente de recursos, donde la psicopolítica, de un modo suave y aparentemente voluntario, extrae los datos precisos para analizar al electorado de forma minuciosa. El algoritmo de obtención y procesamiento del dato se ha convertido en la nueva piedra filosofal, en una suerte de liturgia que está peligrosamente lejos de ser conocido por el ser humano y de ser aprehendido en exclusiva por la inteligencia artificial.
El filósofo nos expone la apremiante necesidad presente en la publicidad y redes sociales respecto de alcanzar una simetría, perfección y pulcritud aséptica en lo físico y en lo somático pero no un equilibrio, tan solo una imagen de fachada en el que se ostenta un patrón de conducta y tendencias. Esta manifestación pública se asocia a la disciplina de sumisión mediante un "estado consciente y prudente de visibilidad" (p. 13). La política de visualización inmersa en la sociedad de la información en la que nos encontramos -según argumenta Han- busca dar una sensación de libertad en la que la transparencia auto-impuesta por medio de una exposición propia no coaccionada permita acceder a todo tipo de información personal. Cuanta más información se libera, más sujeto y condicionado se está a aquello que nos liga a dichos datos en detrimento de la conveniencia y el presunto bienestar. Estos son incentivos empleados como técnicas de poder neoliberales para efectuar un sondeo en tiempo real sobre las tendencias, gustos y deriva social de la población.
Han realiza una interesante interpretación de cómo la conducta de los influencers actúa a modo de un dogma religioso y profético al cuál la gente se adhiere e imita (p. 18) en sus cánones estéticos, conductuales y de consumo. El autor nos brinda una alegoría sobre cómo las redes sociales llegan a ser una "eucaristía digital" (pp. 18-19) en donde los followers se reúnen a modo de iglesia en sus canales o foros, cuya letanía equipara el amén al like, la homilía al 'compartir' y al consumir o imitar una conducta, lo que supondría una redención o expiación que retroalimenta esta conducta consumista de información y bienes hasta el más alto paroxismo.
Este consumo y compartición consentida y masiva de datos mediante una fagocitación de los mismos por medio de algoritmos supone un totalitarismo de la información sin una ideología que lo sustente. Han recurre oportunamente a Schmitt señalando que "soberano es quien manda sobre la información en la red" (p. 23) y que la cultura racional del discurso y del libro se ve relegada por los medios de comunicación electrónicos en una "teatrocracia" (p. 27) vacía de contenido.
¿Es acaso esto un cambio de sentido en el 'mito de la caverna'? Lo pernicioso es considerar al mito como único y exclusivo intérprete de la realidad; el significante no debería adquirir el mismo valor que el significado, el cual se
ve erosionado por una obtención de datos masiva que consume al propio contenido del significado. Los emisores que se encargan de la obtención y procesamiento de datos se encuadran en un sistema rizomático de datos, con amplia autonomía para captar usuarios, omitiendo una estabilidad estructural de la información y empleando el "atractivo de la sorpresa" a corto plazo, buscando la afectación emocional, así como la inmediatez de unos datos que son cognitivamente opuestos al saber, a la experiencia, a la racionalidad, al discurso y al conocimiento. Los dispositivos TIC se han convertido en unos instrumentos idóneos de medición psicosométrica. Esta psicografía, con posteriores usos sociológicos, publicitarios y políticos, es el combustible del Big Data, su elemento de control y de comercio ajustado. Los dark ads y las dark news son ejemplos manifiestos de un tipo de publicidad selectiva que se centra en grupos específicos que pueden ser identificados mediante la segmentación basada en un microtargeting fundamentado en la edad, la segmentación geográfica, la selección por comportamiento y, de forma más específica, mediante la segmentación psicográfica, entre otras. No obstante, los mensajes que ofrecen son contradictorios, diferentes y fragmentados; lo cual erosiona la veracidad y afecta directamente a la democracia.
A la sazón, la red digital estableció estas condiciones estructurales previas para una distorsión infocrática de la democracia. Esta afluencia de información fragmentada e incompleta genera los bots y memes. Siendo los primeros un software destinado a realizar tareas reiterativas con capacidad de respuesta a un estímulo concreto con efecto en las comunicaciones de la red; los segundos son manifestaciones culturales que buscan crear un impacto social, mediático o humorístico -con marcado carácter sardónico- mediante técnicas de mercadotecnia digital.
Este tipo de comunicación carece de comunidad o espacios públicos, se caracteriza así por tener una opinión sin discurso ni contraste y dogmática, lo cual provoca una crisis del escuchar entre interlocutores. Los datos que los logaritmos de predicción y condicionamiento aglutinan tienen como propósito construir un filtro burbuja consumista y adoctrinante mediante la pérdida de empatía personal y una hipertrofia del ego.
El efecto inmediato de esta exclusión informativa desemboca en una tribalización de la red como pretexto de abandono de la opinión y la identidad por lo dogmático, carente de racionalidad comunicativa. Esto provoca que la creencia y la cohesión del conocimiento racional vayan en franca oposición de la hostilidad comunicativa. Han plantea una comunicación prescindiendo del individuo, como argumentan los dataístas; personas que argumentan una eficacia predictiva y benefactora del uso masivo de datos e información que faciliten el omitir la política como factor determinante de la sociedad; por lo que se seccionaría la democracia y sus valores (p. 63) y ocuparía su lugar una infocracia como posdemocracia digital que proporcionaría una presunta estabilidad social mediante la extinción de la desigualdad sistemática por medio del Big Data y de la Inteligencia Artificial.
Han no desecha los argumentos de objetivización estadística de la comunicación de Rousseau desde una voluntad general carente de comunicación y de mensaje, ya que la deforma. En este caso, el argumento dataísta se basaría en una mayor fiabilidad de la voluntad general por medio de un mayor número de datos. En este estudio deductivo de la conducta humana en base al colectivo, el individuo actuando de forma autónoma es ficción. Han expone la necesidad de un sentimiento de pérdida, indignación y rechazo a lo que se pierde; la experiencia interior volcada en los espacios públicos de intercambio de información, lo que supone también un intercambio de datos.
El cambio en formato y sustrato informativo muestra un nihilismo hacia lo fáctico (fake news), lo cual provoca la pérdida del hilo conductor y la veracidad informativa. Han recuerda el argumento de Nietzsche al respecto de que la verdad es el sustrato regulador que hace posible la convivencia humana como una construcción social. El discurso actual se desintegra en información sesgada y en ocasiones, manipulada. El velo entre falacia y veracidad se rasga y se "desfactiza" la realidad.
El autor nos recuerda, apoyándose en los argumentos de Harry G. Frankfurt, el concepto del bullshitting, un discurso destinado a persuadir sin tener en cuenta la verdad. El mentiroso se preocupa por la verdad e intenta ocultarla; no le importa la veracidad de la noticia, solo le importa si el oyente es persuadido. La libertad de expresión degenera en farsa cuando pierde toda la referencia a los hechos y a las verdades fácticas, lo que el New York Times recordó como thruthiness mediante The Colbert Report, "Bringing Out the Absurdity of the News" resulta en la actualidad una impresión subjetiva sin objetividad y solidez factual alguna que desemboca en una nueva realidad donde impera la mentira absoluta, pretendiendo una damnatio memoriae de toda verdad fáctica previa. El ejemplo que Han presenta es la campaña mediática del expresidente Donald Trump, la búsqueda de un régimen informativo sin ideología.
Han nos dice que lo digital es voluble, moldeable, modificable; destruye lo fáctico. La información actual no edifica la realidad, es una sociedad desinformatizante que presenta una ambigüedad estructural básica, parcial y acumulativa en oposición a la narrativa y exclusiva de una información veraz, con sentido y orientación. Al respecto, el autor expone la existencia de una crisis narrativa, las teorías conspiratorias son recursos de identidad y significando que pretenden llenar un vacío narrativo y ser una presunción de lo fáctico ausente.
El punto de inflexión de la obra es la referencia argumentativa al último discurso de Foucault, hacia la necesidad de tener coraje para decir la verdad. Aquellas virtudes constitutivas de la verdadera acción política y democrática por excelencia que expuso Polibio; Han se refiere a la isegoría y a la parrhesia en relación biunivoca con la democracia -y con la politeia-, las cuales, mediante el discurso racional, como acto eminentemente político y requisito de la democracia como receptora de un discurso de la verdad.
Han recuerda que, de acuerdo a Platón, la democracia genera eleutheria - libertad cívica- y la propia parrhesia -como libertad de expresión racional- y todo seria afirmable de acuerdo a una perspectiva personal en detrimento de la verdad. Volviendo al mito de la caverna, ¿Podría la persona que ha contemplado la luz liberar a los prisioneros? ¿Acabarían estos con la vida de aquel? El ruido generado por la falsa información contamina la quietud y la mesura de la verdad y extingue su pathos.
En esta obra de Han se aprecia un pesimismo antropológico profundo, fundamentado en la mala gestión y sometimiento al dato como fuente de ingreso, herramienta y gestión nociva por parte de empresas, gobiernos e individuales sometidos a tendencias estéticas y consumistas exacerbadas. El análisis que el autor realiza resulta un conglomerado consecuente de opiniones y criterios de pensadores previos que vaticinaban una esclavitud a los medios de producción de la riqueza, en este caso el dato materializado.
Bibliografía
Han, Byun-Chul (2014). El enjambre. Barcelona, Herder.
Han, Byun-Chul (2014). Psicopolítica. Barcelona, Herder.
Recibido: 16/07/2022
Aceptado: 18/09/2022
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1 Doctorando en derecho, UNED





