Headnote
Abstract: The Palermitan Giuseppina Torregrossa (1956-) portrays in Il conto delle minne a key figure in her narrative: that of the venerable Agatha, a model of resistance and rebellion against the normative codes of her time. Methodologically, this article takes this work by Torregrossa as a starting point to confirm how, for the most part, Sicilian women have shaped their multifaceted identity in the kitchen, that is, in a cultural and gastronomic space crucial for the well-being and progress of the family. However, by commending herself to the saint and manifesting the discursive power of medical humanities, the author of the text also features the matter of breast cancer within the Sicilian female context: the integrity of breasts, a symbolic identity of femininity, seemed to depend on the dictates of a saint who had to be venerated with idolatry, wisdom and profound respect.
Keywords: Italian literature, Sicilian culture, Sicilian gastronomy, Gender studies, Medical humanities.
Resumen: La palermitana Giuseppina Torregrossa (1956-) retrata en II conto delle minne una figura clave de su narrativa: la de la venerable Águeda1, modelo de resistencia y rebelión contra los códigos normativos de su época. A nivel metodológico, este artículo toma como punto de partida esta obra de Torregrossa para corroborar cómo, en su mayoría, las mujeres siculas han cincelado su poliédrica identidad entre fogones, esto es, en un espacio cultural y gastronómico cardinal para el bienestar y el progreso de la familia. Sin embargo, encomendándose a la santa y manifestando la fuerza discursiva de las humanidades médicas, la autora del texto pone asimismo de relieve la cuestión del cáncer de mama dentro del contexto femenino siciliano: la integridad de los senos, símbolo identitario de la feminidad, parecía depender de los designios de una santa a la que había que venerar con idolatría, con sapiencia y con profundo respeto.
Palabras clave: Literatura italiana, Cultura siciliana, Gastronomía sícula, Estudios de género, Humanidades médicas.
1. Introducción
Admirada por demostrar su fidelidad a Dios y refrendar su férreo compromiso para con el cristianismo, Águeda (Catania, 235-Catania, 251) se convirtió tras su fallecimiento en un ejemplo de superación y de poder para el pueblo sículo. La joven no sucumbió a los dictados de Quinciano, gobernador de Sicilia quien, dedicándose a satisfacer los designios del emperador romano Decio, exigía a los cristianos que abjuraran de su fe si no querían verse salpicados por una atroz persecución confesional. Ante esta situación, Águeda halló en la figura de Quinciano la de un verdugo que, al comprobar cómo no había manera alguna de hacerla responder a sus galanteos, la fustigó e indujo a la muerte de forma inexorable. El profesor de psiquiatría García Andrade, hablando sobre el sexo y sobre su incidencia en el crimen, apunta al respecto cómo "la extirpación de los pezones sería el mito del martirio de santa Ágata [o, lo que es lo mismo, de santa Águeda], despojada de ellos por sendas tenazas según Sebastiano del Piombo, tenazas que tanto nos recuerdan las pinzas con cadena" (García Andrade 2002: 193-194). Este martirio explicaría la simbología de la santa, a quien las sicilianas se encomiendan para ahuyentar las enfermedades de los pechos, para evitar las complicaciones en el parto o incluso para solucionar los problemas de lactancia.
Esta visión iconográfica corrobora las palabras de la filósofa y teóloga Valerio, quien afirma que "las mujeres tuvieron un papel fundamental en el martirio; testimoniando el mismo coraje viril y la misma dignidad que los hombres, fueron objeto de admiración más allá de su condición social y sexual" (Valerio 2017: 49). No sorprende, pues, que la trascendencia del relato hagiográfico de santa Águeda se manifieste aún en el tercer milenio: esta virgen es, a día de hoy, la patrona de Malta, San Marino y Catania (Sicilia)2, región italiana donde la religión y las creencias católicas se erigen como elementos vertebrales, como condicionantes fundamentales de la Weltanschauung de la isla. En lo tocante a este asunto, Serretta subraya:
I festeggiamenti in onore di sant'Agata rappresentano l'evento più importante per la città di Catania. La santa patrona viene venerata probabilmente a partire dalľanno successivo al suo martirio, [...] e si pensa che la festa in suo onore abbia preso il posto di un altro rito di natura pagana, quelle dedicato alla dea egiziana Iside (Serretta 2016: 85).
Como se desprende de lo anterior, la cosmovisión identitaria de la sociedad siciliana sería el resultado del cruce de culturas milenarias, dada su posición geoestratégica en pleno centro del Mediterráneo. La comunidad sicula es, en realidad, una de las más antiguas del Mare Nostrum, aspecto atestiguado por el símbolo oficial que, en clave heráldica, representa este territorio isleño: la Trinacria (Anichini 1958). De ahí que, poblada de mitos y leyendas, Sicilia brinde un lugar privilegiado a su devota Águeda (Peri 1996; Miazzon Camilleri 2000; Scifo 2013; Mustica 2016; Ambra 2021), virgen a la que los cataneses popularmente denominan la santura1. El antropólogo Pitre reconoce que "pochi santi ebbero in Sicilia tanto culto quanto n'ebbe per avventura questa nei secoli passati. Palermo e Catania gareggiarono di zelo per onorarla, e palleggiarono di botte e risposte per riuscire a provare come qualmente ella fosse stata palermitana o catanese" (Pitre 2003: 25).
Esta abnegada veneración por la santa se trasluce con especial vigor en el ámbito literario. Ya a mediados del siglo XVII la poeta italiana Martha Marchina (1662: 76, 90) escribió un epigrama en Musa Posthuma que conmemora el martirio de la virgen. Tras lograr hacerse un hueco en el panorama literario insular con la llegada del siglo XXI, múltiples escritoras (Cristina Cassar Scalia o Carmen Privitera, entre otras) han apelado también a la conciencia y relevancia de Águeda en el entorno sículo con el firme propósito de abrirse un sólido camino. La mayor parte de las autoras sicilianas contemporáneas fija, de hecho, su atención en la función social de las mujeres, procurando reflexionar sobre su papel a lo largo de la historia y, de este modo, reinterpretar su cometido vital desde una perspectiva sincrónica. Señálese que:
las obras de estas autoras sicilianas retratan culturalmente la isla, ampliando y enriqueciendo los límites del concepto de sicilianidad. Gracias al cuidado y al esmero que estas intelectuales han demostrado en la redacción de sus escritos, Sicilia aparece representada y descrita en sus múltiples dimensiones: antropológica, artística, coercitiva, patriarcal, costumbrista, familiar, folclórica, gastronómica, histórica, ideológica, mafiosa, mística, política, psíquica, religiosa y sexual. [...] Por mediación de estas mujeres, Sicilia ya no solo se asocia a calificativos como vetusta, inveterada o ancestral, sino que ha sabido transmutarse sin perder su esencia intema (García Fernández 2020: 128).
Estas declaraciones revelan cómo, en el imaginario colectivo siciliano, las mujeres han sabido conquistar un espacio académico y comunitario acorde a los valores de igualdad, diversidad y respeto mutuo propios de las sociedades avanzadas. Sin embargo, dentro de este contexto, cabe subrayar la responsabilidad asumida por la palermitana Giuseppina Torregrossa (1956-), quien, aparcando su vida profesional como médica para consagrarse de lleno a la escritura, ofrece a sus lectores tramas narrativas en las que la mujer siciliana desempeña un papel preponderante. Especializada en Ginecología y Obstetricia, y doctorada en Perinatología, Torregrossa traslada su bagaje técnico-profesional a la tradición literaria: la autora entreteje historias en las que la sororidad y el análisis de la femineidad constituyen dos armas de grueso calibre (cf. García Fernández, 2019). Por ende, atenta a la fisiología femenina, aunque sin renunciar a su esencia siciliana, la escritora da cuenta de su preocupación por las enfermedades ginecológicas en II conto delle minué, obra capital para el desarrollo de los siguientes apartados4. En esta novela se incide con fuerza en el tradicionalismo y conservadurismo ideológicos firmemente arraigados en Sicilia, donde las mujeres, mentre altrove correvano audaci alla conquista di nuove liberta, in Sicilia si dovettero accontentare di una lenta camminata tra case sgarrupate5 e trazzere sconnesse, accumulando un impressionante ritardo rispetto alia consapevolezza di sé e del proprio ruolo sociale (Torregrossa 2010: 270).
2. Entre mito y superstición: santa Águeda entre fogones
Sicilia se ubica en un enclave de alto valor gastronómico. Cruce de caminos y culturas, este territorio goza de un clima templado que favorece el contacto humano y que aumenta la fertilidad de la tierra volcánica catanesa, la cual, protegida por santa Águeda, ha sabido nutrirse del agua, del viento, del sol y del mar que la rodea. Este legado natural ha condicionado los hábitos de un área insular cuya dieta se ha enriquecido del trigo, de las viñas o de los olivos, así como de otras plantas no autóctonas que supieron adaptarse a las condiciones climáticas mediterráneas. Boemi, atento a toda esta idiosincrasia isleña, no solo plasma en su obra Sul mangiare in Sicilia las características culinarias inherentes a su tierra natal, sino que especifica cómo la gastronomía siciliana è la seconda cucina del mondo per varieta e gusto, seconda solo aliimmensa esperienza gastronomica ciñese, é la storia di Sicilia, ovvero il contributo fornito dai vari popoli con usi alimentari differenti che, sposati a quelli locali, hanno prodotto esiti a dir poco eccezionali (Boemi 2014: 17).
La simbología de los productos agrícolas sículos ha calado hondo -y aún perdura- en el conocimiento esotérico de los isleños, conocedores de las peculiares tradiciones espirituales de la isla. Consciente de esta realidad, la escritora Marinella Fiume reconoce que los cítricos despiertan la fascinación y el éxtasis de los sicilianos, si bien resalta con particular preeminencia cómo il grano é anche frutto del sudore degli uomini, passati dallo stadio di cacciatori a quello di agricoltori. [...] La spiga di grano sara poi ripresa dal simbolismo cristiano e dalla Chiesa (Fiume 2015: 138). En estas líneas se evalúa la significación del trigo para la comunidad siciliana, cereal que se vincularía tanto al mundo agrícola como al ámbito religioso. Con todo, cabe resaltar cómo la granada constituye un símbolo de fertilidad sumamente poderoso para el colectivo insular, aspecto compartido con otras regiones mediterráneas y civilizaciones orientales. Según Blaschke (2001: 142) la granada se erige en símbolo de la fertilidad para múltiples comunidades (entre ellas, los antiguos griegos, los cristianos y los judíos).
Sin embargo, existe otro elemento icónico asociado de forma tradicional a la fecundidad, a la lactancia, al desarrollo de la especie humana: los pechos femeninos. Traducida al español con el título Un dulce par de senos, la obra II conto delle minne se centra en la relevancia histórica de estos atributos femeninos desde un prisma poliédrico. El volumen ha gozado de un mayúsculo éxito editorial dentro y fuera del contexto literario italiano. En este libro, la trascendencia de los pechos femeninos se palpa, además de en el título de la novela, en la receta que se incluye en las dos primeras páginas del texto: las minne (Torregrossa 2010: 7-8). Este tradicional dulce catanes, con forma de senos, se confecciona en honor a santa Águeda (Mazzoni 2005: 81). De enorme relevancia para el imaginario cristiano y gastronómico siciliano, este pastel representa un factor clave en el leitmotiv del relato de Torregrossa: la realización de esta receta preserva un solemne rito femenino que se transmitía, por vía matriarcal, de generación en generación (Freixas Fané 2005). No obstante, conviene advertir que en ocasiones el poder femenino se ha interpretado como:
[u]n matriarcato feroce e tiranno, esercitato soprattutto sui figli maschi che alle madri restavano sottoposti soprattutto per ogni scella relativa al matrimonio, all'educazione dei figli, alle relazioni familiari. Al punto che qualcun altro, forse arditamente, immagino che a questo matriarcato dovesse farsi risalire l'origine psicológica della mafia: un luogo riservato solo agli uomini, costituito in famiglie, con rapport! gerarchici e di affiliazione simili a quelli di sangue, nel quale le decisioni venissero prese solíanlo in un ambito maschile, precluso alie donne (Savatteri 2005: 151-152).
Estas consideraciones ponen de manifiesto cómo ha habido estudiosos que concebirían el matriarcado como el germen del que brotó la mafia, tal vez para aminorar la relevancia del colectivo femenino incluso cuando la hegemonía de las mujeres estaba limitada a esferas sociales tan restrictivas como la doméstica. Esta percepción acerca del papel femenino refleja un claro intento de reducir los ámbitos de actuación de las mujeres (Mafai et al, 1976; Rizzo 1993; Correnti 2001; Aull 2010; Lo Jacono, Zanda 2013). Daba la impresión de que las acciones y las decisiones femeninas maniataban el porvenir de los hombres, quienes, al ver comprometida su propia existencia, habrían buscado en el sectarismo mañoso una alternativa factible donde explotar su potencial y desarrollar sus habilidades. En consecuencia, mientras los hombres se encargaban de sus asuntos lejos del núcleo familiar, las mujeres se ocupaban del cuidado de sus parientes y allegados, hallando en la cocina un espacio de seguridad que pareciera liberarlas de las garras de la injusticia.
En II conto delle minne, la abuela Ágata6 representa ese arquetipo conservador de mujer siciliana: fue ella quien se ocupó de iniciar a su querida nieta, de homónimo nombre, en el inveterado rito de preparar las minne1. Cocinar estos dulces era especialmente afanoso al final de su proceso de elaboración, ya que las mime "dovevano assomigliare a seni veri, altrimenti correvamo il rischio di scontentare la santa che, suscettibile com'era, avrebbe potuto toglierci la sua protezione" (Torregrossa 2010:23). Estas palabras de la autora ponen de relieve cómo la gastronomía sicula encuentra un férreo vínculo con la religiosidad isleña. Aun así, del mismo modo que la elaboración de las minué constituye una experiencia culinaria mística que permite el acercamiento del colectivo femenino a la santuzza, cabe notar cómo la confección de estos dulces se revelaba al mismo tiempo un elemento propulsor de la susceptibilidad de la santa. Resultaba imprescindible llevar a cabo la receta con mimo, esmero y especial cuidado; de lo contrario, se corría el riesgo de disgustar a la venerable Águeda y esta, por ende, podía dejar desprotegidas a todas aquellas mujeres que prepararon estos pasteles con desidia y dejadez.
Estas creencias, entre mito y superstición, brindan a Torregrossa la posibilidad de retratar de un modo preciso cuáles han sido los aspectos esenciales que han determinado el porvenir de toda mujer siciliana: el machismo, la lealtad a Dios y la vinculación al ámbito gastronómico, el cual se considera una esfera primordial para el desarrollo y prosperidad de la familia. La autora subraya cómo, dentro del hogar, los fogones constituían un verdadero espacio de poder para las mujeres, un lugar donde, aunque alejadas de la sociedad civil, e incluso siendo víctimas de la idiosincrasia de llevar una vida intramuros, las sicilianas podían dar órdenes a los miembros de la familia sin ser criticadas por ello. Al hacerse alusión a la abuela Ágata, Torregrossa comenta:
Anche durante le riunioni di famiglia, in ottemperanza alia tradizione che vuole le donne all'oscuro di tutto, lei si teneva in disparte e non partecipava alie conversazioni dei parenti. Se ne stava in cucina, preparava da mangiare, lavava i piatti, tenendosi a debita distanza da ogni discorso [...] Nella sua cucina friggeva carciofi panati, cardi leggeri e croccanti; la sua frittura era considerata la migliore di via Alloro e, con questa scusa, i commensali seduti attomo al tavolo da pranzo la relegavano ai fornelli [...] Nemmeno il giomo dei suo onomástico la nonna tralasciava le pulizie di casa: conzava i letti, passava lesta la scopa sui pavimenti, poi si pettinava i capelli fini e radi, si metteva il vestito della festa e trionfale entrava in cucina. [...] Era Lunico momento in cui le era permesso dare ordini. Si muoveva con gražia tra i fornelli, le mani accarezzavano le stoviglie, le gambe volteggiavano leggere su un pavimento di perlato di Sicilia, sconnesso e crepato in più punti. Le pentole sporche si accumulavano nei lavandino di cemento, l'acqua scorreva dal rubinetto sempře aperto e schizzava intomo in piccole gocce che la luce del sole faceva brillare (Torregrossa 2010: 67-68, 78-79).
Como se deduce del extracto, el poder femenino era en realidad una concesión social ligada a un universo históricamente asociado a las mujeres: el culinario. Quizá por ello, en un intento por renovar una atávica costumbre vinculada a tópicos y prejuicios femeninos, la joven Ágata, una vez que aprendió la receta de su abuela, terminó creando una nueva variante de las minne en la que emplearía crema de limón. Su intento por ofrecer una versión modernizada de estos pasteles dejaba entrever su carácter progresista, si bien sería ella misma quien, ya de adulta, cediendo a los designios de un amante opresor, y obnubilada por el erotismo que en ella despertaba este varón, terminó dejando su empleo como médica para verse confinada entre las paredes de su cocina:
lo sono felice solo quando l'accontento, quindi mi chiudo in casa ad aspettarlo. Sul momento non capisco l'enorme minchiata che sto commetiendo. [...] Compiacere un uomo è una cosa, buhare via una professione - anzi, un'identità - un'altra. Ma Santino Abbasta oramai decide per me (Torregrossa 2010: 236-237).
Esta actitud despertaría el espíritu autocrítico de Ágata, la cual, pese a haberse enfrentado a su madre para estudiar y ejercer su profesión de médica8, tenía la sensación de haberse convertido en una esclava de su amante, en un objeto sexual que pormenorizaba las vejaciones de un hombre despótico. Ágata era sabedora de su error y se cuestionaba por qué, después de haberle costado la relación con su progenitora, no se había erigido en una mujer independiente. Sola, frágil y con mucho tiempo libre, la joven Ágata había conocido, contra todo pronóstico, los patrones de conducta de su otro yo, de esa otra Ágata que nunca se habría imaginado ser y que ahora pareciera apoderarse por completo de su personalidad. Despavorida, intentaba huir de esta realidad opresiva mediante la elaboración de las mime. Pasaba las horas preparando la mística receta que su abuela le había dejado en herencia:
[Q]uando le preparo, non meno di una volta alla settimana, per riprenderci la mano e perfezionare la ricetta, obbligo poi Santino a mangiarle, per devozione, per sentirmi in pace, per nevrosi. Sono consapevole di mischiare pericolosamente sacro e profano, ma cerco solo di ingraziarmi la Santuzza perché mi conservi la salute e l'amore (Torregrossa 2010: 239).
Ágata, para salir adelante, se refugiaba en los pasteles heredados de su abuela9: las minué se convirtieron en lo único imperecedero de su vida, de ahí su esmero por desarrollar y mejorar esta receta para dársela luego a probar a su amante. El resultado no fue sastisfactorio: Ágata resultó damnificada por la preparación de unos dulces que, en cierto modo, son "edible icons of sexual sadomasochism; their sugar glaze highlights rather than cover the perversion they evoke" (Mazzoni 2005: 81). Sobre este punto, en II Gattcpardo se lanzaría la siguiente pregunta: "Come mai il Santo Uffizio, quando lo poteva, non pensó a proibire questi dolci?" (Tomasi di Lampedusa 2012: 228). El autor apela aquí al poder de la Santa Inquisición y se fija en la obscenidad de unos pasteles que la Iglesia debería haber prohibido antes, pues solo así habría conseguido eludir catastróficas consecuencias.
Ante este panorama, no sorprende que las preces del profano mundo no siempre fuesen atentidas: la elaboración de las mime no eximió a Ágata de afrontar un cáncer de mama, enfermedad que durante algún tiempo la disuadió de hacer estos dulces por haber sido incapaces de soslayar el estado anímico en que se hallaba. De todos modos, aparcando su dolor y desconsuelo vitales, Ágata tuvo una idea empresarial que la reconectó con el ámbito laboral. La joven abrió una tienda llamada A minna, un horno dedicado a sus preciados pasteles que la ayudó a llevar una existencia más sosegada: "[p]reparare le minne di sant'Agata ogni giorno dell'anno, scrivere le frasi, i proverbi, i modi di dire della nonna su tanti pizzinŕ0 colorari - rossi per ľ amore, viola per chi cerca saggezza, rosa per chi desidera il gioco - e abbinarne uno a ogni minna è stata la migliore delle intuizioni" (Torregrossa 2010: 292). La conexión de Ágata con su abuela iba mucho más allá de los fogones: este vínculo afectivo se traslucía incluso en los papelitos que la joven colocaba en cada pastel y que contenían expresiones hechas y frases típicas de la abuela. Este nexo gastronómico, místico y lingüístico serenó los ánimos de una mujer cuyo negocio pronto gozó de buena fama, sobre todo, entre el colectivo femenino (cf. Torregrossa 2010: 296-297).
No obstante, pese al éxito de su negocio y de sus dulces, Ágata sintió la necesidad de abandonar su tierra natal y alejarse de la toxicidad de un enclave cuyo machismo la había conducido a una existencia hostil y miserable. Su decisión de irse a Barcelona conllevó el cierre de A mima, pero no su distanciamiento del ámbito culinario. En la capital catalana, Ágata se alojaría en una casa con una gran cocina en la que revirtió la tradición de sus antecesoras: la joven no logró cambiar su espacio de poder (esto es, la cocina) al recibir la receta de las mime como herencia de su abuela. Sin embargo, embarazada de Santino, amante posesivo del que conseguiría desprenderse, Ágata supo transmutar el orden social establecido al enseñarle a su hijo a hacer estos pasteles del mismo modo que su abuela lo había hecho con ella.
Este desenlace engarza con el inicio de la novela, momento en el que se describe la continuidad de esta simbólica costumbre familiar. Ágata, en cualquier caso, ya convertida en madre, deconstruyó hábil y prudentemente los pilares de un estereotipado sistema patriarcal. Tras alumbrar a su hijo, mostraría cómo esta tradición femenina podía aplicarse sin condicionamientos de género. Torregrossa refleja así cómo un hombre tiene las mismas habilidades que una mujer para la cocina, de donde se afirma: "la farina la metti a fontana, poi aggiungi la súgna, le uova e poi mescoli tutto insieme. [...] Bravo, cosí, devi affondarci le dita, quando senti che tutta la tua forza si trasforma in una carezza, allora la pasta é pronta... Ora la mettiamo a dormire dentro a una mappina" e intanto che prepariamo la crema..." (Torregrossa 2010: 312-313).
3. Santa Águeda, el cáncer de mama y su transfiguración divina
La medicina y el cuerpo femenino ocupan un lugar preeminente en la trama narrativa de II conto delle minue. El trasfondo médico y humanístico de la obra entronca de forma directa con el perfil laboral y literario de Giuseppina Torregrossa, quien, antes de dedicarse profesionalmente a la escritura, ejerció de doctora en el Hospital Policlínico Umberto I de la Universidad de Roma. Atentos a esta casuística, se corrobora cómo la autora confiere al marco narrativo de la obra un halo de espiritualidad por el que transitan las vidas de personajes femeninos que habrán de cuidarse para prevenir y curar el cáncer de mama. De esta manera, se pone de manifiesto el valor de las humanidades médicas, las cuales,
abarcan todas las disciplinas que buscan una comprensión estimativa de los hechos más que una mera explicación científica. Se pregunta por el significado y el valor de los hechos. Y pretenden estudiar los valores como tales valores, utilizando la argumentación y el diálogo. Contribuyen, así, al perfeccionamiento y la aplicación práctica de esos valores. De este modo, a la bioética le corresponde estudiar los valores morales, mientras que las otras humanidades médicas estudian los demás valores (Sánchez González 2022: 3).
Dentro de este contexto, lejos de presentar la cotidianidad femenina como un estilo de vida inmutable, Torregrossa advierte a las mujeres sobre la importancia de prevenir y combatir el cáncer de mama. En concreto, desde un prisma médico, Torregrossa muestra en II conto delle minué cuál es su principal punto de interés: desvelar la relevancia de los senos como atributo identitario de la feminidad, símbolo cuya naturaleza ha sido fuente de alegrías y dolores personales que cincelarían el carácter del colectivo femenino. Esta particularidad del texto de Torregrossa entronca directamente con la tradición cristiana de rendir culto a santa Águeda: la trama de la novela describe, de hecho, la ancestral veneración del pueblo siciliano a esta figura sagrada, virgen a la que los cataneses le dedican las fiestas patronales de la ciudad con motivo de la conmemoración de su muerte el 5 de febrero del año 251. Cabe notar, por tanto, "un motivo que acompañará a menudo la figura de la santa: la protección, dispensada a los cataneses desde el día del primer aniversario de su muerte y simbólicamente consignada en el velo de Águeda, contra la amenaza, siempre inminente, del Etna y de su fuego devastador" (Leonardi, Riccardi, Zani 2000: 79).
Según esta línea de pensamiento, llama la atención que el ágata sea concretamente un conjunto de variedades microcristalinas del cuarzo (sílice) cuyo color rojizo recuerda la lava caliente del volcán. Desde este enfoque, sobresale el simbolismo y la magnitud de santa Águeda para el porvenir de la sociedad catanesa, habida cuenta de que el ágata, dura, ígnea y resistente a los reactivos químicos12, se encuentra en rocas volcánicas como la piedra lávica que viste y reviste los exteriores de Catania. En esta ciudad, los muros negros y de estructura solidificada aúnan las propiedades mágicas de una piedra preciosa con la acción protectora de una virgen que vela por la seguridad e integridad de los cataneses. Dotada de especial sensibilidad para el progreso del cristianismo en época romana y cargada de una notoria simbología para un colectivo femenino que siempre se ha aferrado a no perder sus pechos, santa Águeda acabaría así por convertirse, como se ha visto en la sección precedente de este trabajo, en el telón de fondo del tejido narrativo de II conto delle minne. La historia de vida de la joven Ágata y de su abuela paterna, de idéntico nombre, se vería condicionada por los designios de la santuzza. En virtud de ello, al desgranarse las cualidades personales y las cuestiones intimas de estas dos mujeres, Torregrossa nos hace complices de una embriagadora aura de fascinación y misterio femeninos, técnica narrativa que no persigue otro fin que el de cautivar el corazón e imaginación del lector.
La mezcla de lo sagrado y lo profano devienen en una constante de la idiosincrasia siciliana: prueba de ello es Luisa, madre de la abuela Ágata y esposa de Gaetano. Se trata del primer personaje de la obra que se ve afligido por el cancer de mama en un momento histórico -la Sicilia de finales del siglo XIX- en el que aún había un gran desconocimiento sobre esta enfermedad:
Prenditi un cucchiaio di semi di lino la mattina, uno la sera. Poi, quando c'è luna piena, pesta nel mortaio olio, camella, ciuri'3 di zafferano, foglie di menta e unpipareddu'I Mettilo sopra alla minna malata e pure a quella buona, dicci un'Ave Maria a sant'Agata, tempo un mese la minna toma nuova e tuo marito ti dará soddisfazione (Torregrossa 2010: 41).
Estos consejos brindados a Luisa por la comadrona de su pueblo revelan los escasos conocimientos acerca del cáncer de mama, máxime si se tiene en cuenta que a la afectada se le recomienda que aplique un ungüento por el seno infectado y le rece a santa Águeda. Sea como fuere, lo que más sorprende es el modo en el que surge la veneración de Luisa hacia santa Águeda, de quien fue una piadosa devota desde el preciso instante en el que su marido comenzó a martirizar sus pechos. Torregrossa destaca el poder de los senos como arma femenina de seducción al subrayar cómo:
la devozione di Luisa per sant'Agata nacque la nőtte che Gaetano le sbottonô la camicetta e prese a tormentarle il seno per la prima volta. Il piacere fu cosi acuto da rasentare ľestasi. Il senso di benessere che lo seguí le sembró un'opera di Dio, per il tramite della Santuzza che protegge il petto delle feminine'5 (Torregrossa 2010: 38).
Esta confesión pone de manifiesto cómo el erotismo, la religiosidad y la femineidad constituyen un todo indisoluble del que Luisa, pero también su marido, eran partícipes activos16. Sin embargo, aun encomendándose a santa Águeda para que velase por la salud de sus pechos y para que se los mantuviera sanos, tersos, firmes y bonitos durante toda su vida, las plegarias de Luisa no fueron escuchadas: fallecería a consecuencia del cáncer de mama y nada pudo hacerse por su recuperación17. Y si bien este personaje de II conto delle mime no superó la enfermedad, el hálito salutífero de santa Águeda y el empuje de los avances médicos fueron dos factores determinantes a la hora de salvaguardar el bienestar físico de otras mujeres del relato: la joven Ágata, nieta de la abuela de homónimo nombre y bisnieta de Luisa, vence el cáncer de mama, aunque no se libró de padecer los efectos secundarios de una dolencia asociada de manera inexpugnable al sexo femenino. La joven Ágata, a quien se le practicó una mastectomia, mostraría como paciente una conducta autoabyectiva al imputarse a sí misma la culpa de sufrir esta afección: "Si, me la sono cercata questa malattia, mi cogghio'8 il giusto castigo per aver preparato negii ultimi anni minne di sânt'Agata ammalorate, acchiancate'9, bruciate, per aver perduto la ricetta della nonna, prezioso tesoro che non ho saputo preservare" (Torregrossa 2010: 274).
Las afirmaciones de Ágata, quien contaría con el inestimable apoyo de sus tías Nellina y Titina, se relacionan de forma directa con la cuestión abordada en el segundo epígrafe de este artículo: la inquebrantable ligazón que se establece entre la gastronomía sícula y el destino de las mujeres. Desde esta perspectiva, Ágata aparece retratada en el texto como un personaje adscrito a este binomio cultural indisociable: la joven se considera digna de sufrir el cáncer de mama como castigo a su mal hacer; ella misma se declara incapaz de elaborar las minne de la santuzza con primor y según las enseñanzas de su difunta abuela. La espiritualidad y el misticismo sicilianos alcanzan cotas de mordacidad e ironía insospechadas en esta parte de la obra, relato en el que la descripción pormenorizada de las dificultades inherentes al cáncer de mama pone igualmente de relevancia la envergadura de esta enfermedad: las tías de la joven Ágata, Nellina y Titina, se verían asimismo aquejadas por esta patología. Tanto para la una como para la otra los escollos derivados del padecimiento de esta dolencia se hicieron más livianos gracias a la ayuda y a la sororidad de su sobrina, la cual, por dedicarse a la Medicina, pudo salvar a tiempo la vida de ambas mujeres: "Titina ha una malattia delle minne, si chiama cancro. La porto subito in ospedale e dopo pochi giorni le tagliano via ii bozzo, la minna e un pezzo del braccio [...] Non sono passati nemmeno due anni dal cancro della sorella gemella, che anche lei [Nellina] ne ha uno" (Torregrossa 2010: 196).
Desde esta óptica, resulta fascinante comprobar cómo en la trama de II conto delle minne se pone de nuevo el foco en la santuzza cuando se trata de acercar el cáncer de mama a los lectores: Ágata descubre que Titina y Nellina están enfermas el día en el que se conmemora a la virgen, único momento del año en el que Ágata, ya graduada en Medicina, regresaba a Sicilia tras haberse mudado fuera de la isla para ejercer de doctora. El hecho de que este diagnóstico se realizase en una fecha tan señalada para el pueblo siciliano evidencia el poder de la santa, cuya ayuda, encarnada profesionalmente en la figura de Ágata, buscaba solucionar una dolencia para la que, de no detectarse a tiempo, no habría cura posible. Con todo, en sintonía con sus tías y como se ha advertido con anterioridad, Ágata tampoco se libraría de sufrir las secuelas derivadas del cáncer de mama: tras la mastectomia, sus maravillosos pechos, fuente de erotismo y de excitación sexual en su relación con Santino20, pasaron a convertirse en un símbolo del que avergonzarse. Ágata sentía que había perdido el mayor símbolo de su feminidad; es más, creía que la amputación de un pecho solo había contribuido a poner en tela de juicio su esencia de mujer. Así pues, haciendo gala de una actitud supersticiosa, la joven doctora reconoce que "comincio a contare, una, due, tre: tre tette in tre, lu cuntu1' delle minne è risultato dispari, siamo tre mezze femmine. Si dice che le minne sono organi pari e simmetrici... ma non nella mia famiglia" (Torregrossa 2010: 279).
Esta rotunda declaración de Ágata coliga una vez más la tradición culinaria sícula y la experiencia mística siciliana con el porvenir y la prosperidad de las habitantes de la isla. La inveterada tradición insular dicta que los dulces ofrecidos a santa Águeda han de entregarse en cantidades pares con la intención de agradar a la virgen; presentar la ofrenda de modo distinto pondría en peligro la salud de la oferente por causa del enojo de la santuzza. Al respecto, la joven Ágata afirma:
Prima di andaré via le contavo e ricontavo: una, due, tre, dieci, venti, trentadue, erano sempře in numero pari, due per ogni nostra parente che, grazié a loro [i dolci], avrebbe potuto godere della protezione di sant'Agata per tutto l'anno. [...] Le minne di sant'Agata erano ľassicurazione per la mia salute, il dolce amuleto che mi avrebbe accompagnato nella mia vita di donna (Torregrossa 2010: 25, 89).
En el caso de Ágata y de sus tías Nelliņa y Litina, al sumar sus senos daban como resultado una cifra impar: tres entre las tres. Por este motivo, no satisfaciéndose los deseos de la santuzza, la joven doctora termina por hacer un comentario machista al referirse a tres medias mtjeres; este personaje sucumbe así al icono patriarcal de Sicilia, donde, hoy en día, al igual que ocurre en muchos otros enclaves del mundo, la mastectomia parece despojar a las mujeres de femineidad. Dentro de este contexto, la trama de II conto delle minne refleja cómo los problemas de aceptación del propio cuerpo representan un peligro identitario para el colectivo femenino, obstáculo emocional al que se sumaría el tabú de abordar este asunto con sujetos no siempre preparados para afrontar los desafíos de una existencia cambiante, poliédrica y diversa en cada mujer. Ni siquiera Ágata, consagrada a la Medicina, era capaz de aceptar su nuevo yo e imploraba a la santa que le repusiese el pecho extirpado: "Santuzza mia, fammela spuntare questa minna, ti prego, fa' il miracolo, non mi lasciare questo pirtušo1-; in fondo a te san Pietro le ha riappiccicate. Si, lo so che tu sei una santa e io no, ma le tue erano due, nei caso mio si íratta di una minna sola, per favore, fammi la gražia" (Torregrossa 2010: 291). Ágata invocaba así el consuelo divino de la santuzza, a quien se encomendaba para recuperar de nuevo el pecho perdido.
4. Conclusiones
El análisis de II conto delle minne permite concluir cómo Torregrossa hace de esta novela una herramienta textual a la vanguardia, una creación literaria que contribuye al avance en los estudios de género, en las humanidades médicas, en los estudios culturales y de la alimentación. El discurso narrativo de la autora resalta la importancia de los senos como expresión de la feminidad: el bienestar sexual de Ágata y su bisabuela Luisa hallaba su razón de ser en la atracción que Santino y Gaetano, respectivamente, sentían por los pechos de sus mujeres. De todas formas, amén de erigirse en órgano de placer y felicidad para el colectivo femenino, los senos también podían dar prueba de lo contrario: el desconocimiento del poder de los pechos como imán y arma de seducción, la ignorancia del erotismo inherente a esta parte del cuerpo eran causa de una devaluación infundada de estos atributos femeninos. La abuela Ágata, desprovista de las adecuadas enseñanzas de su difunta madre Luisa, personifica esta realidad que reducía el papel sexual de las mujeres a un plano secundario, casi invisible.
Por otro lado, la trama de Lorregrossa se basa en un marco de diagnóstico, evaluación y prevención del cáncer de mama. La escritora saca a la luz, bajo este prisma, las creencias asociadas de manera indisoluble a los mitos sicilianos: las mujeres isleñas, al confeccionar las minué, buscaban aproximarse a santa Águeda aun incluso cuando no se seguían de forma rígida los codificados ritos insulares. Sin embargo, este acercamiento a la santuzza no eximía a las sicilianas de padecer el cáncer de mama: Luisa, bisabuela de Ágata, no lograría superar esta terrible enfermedad; Ágata, en cambio, aun debiendo enfrentarse a esta patología, pudo poner a salvo su vida y la de sus tías Nelliņa y Litina. La sororidad mística, religiosa y familiar se establece en la trama como un pacto entre mujeres cuyos cuidados paliativos son vertebrales para superar el cáncer con éxito.
Las intervenciones quirúrgicas posibilitaron la rápida curación de tres mujeres que no hubieron de recurrir al uso de estériles ungüentos. El hecho de que Ágata hubiese detectado la enfermedad de sus tías durante la festividad de la santuzza (esto es, el 5 de febrero) constata el simbolismo del hilo conductor de II conto delle minne; al amparo de la virgen y gracias a los progresos en investigación, la joven Ágata se sirvió de sus conocimientos médicos para asegurar su propria salud y la de sus allegadas. No obstante, en el padecimiento de esta enfermedad entra también en juego un elemento cultural asociado por tradición a la fecundidad, al amamantamiento y al porvenir de la especie humana: los pechos de las mujeres. Del mismo modo que la granada se ha relacionado de manera significativa con la fertilidad, los senos femeninos están cargados de una fuerte simbología dentro del contexto social sículo: el poder de los pechos femeninos es análogo a la fuerza vivificante del Etna. Al igual que la lava del volcán mece los cimientos tenestres de Sicilia para expandir las lindes geográficas de la isla, los senos de las sicilianas despiertan la fascinación de hombres que acaban desposándose y formando con ellas una familia. Las mujeres alumbran entonces hijos que hallan en la leche materna su alimento natural de subsistencia, fortaleciendo el sistema inmunológico de los futuros pobladores de un territorio lleno de dinamismo.
Desde esta óptica, la trascendencia de las mujeres para la alimentación de los vastagos y para el desarrollo integral del núcleo familiar se torna capital; de ahí que el machismo, la lealtad a Dios y la vinculación del colectivo femenino al ámbito gastronómico hayan sido tres constantes a lo largo de la historia del patriarcado. La transmisión de recetas de mujer a mujer pone de relieve la importancia del matriarcado en la esfera exclusivamente doméstica, un espacio limitado que, sin embargo, fue objeto de crítica al considerarse en ocasiones el embrión del que, con posterioridad, surgiría la mafia (recuérdense, al respecto, las apreciaciones de Savatteri). A fin de dar un giro a esta situación, la joven Ágata enseñó a su hijo la receta de las mime de santa Águeda, pasteles en los que la relación entre el erotismo, la religion y la cocina encuentra su punto álgido y que, de hecho, se critican por su obscenidad en II Gattopardo. Ágata desafía así las contradicciones de una isla anclada en el pasado, si bien ella misma sería rehén de la lógica antitética de Sicilia: por una parte, hace gala de una actitud progresista al enfrentarse a su progenitora para estudiar Medicina; por otra, tras graduarse y haber conseguido ejercer de doctora, accede a los designios de un amante posesivo, Santino, que la relega a los muros del hogar y la reduce a un mero objeto sexual. Gracias a este personaje, Torregrossa establece una conexión entre los dos arquetipos antagónicos de mujer siciliana: la conservadora y la reformista.
Pero, lejos de concluir aquí su descripción y su acercamiento a la compleja realidad femenina siciliana, Torregrossa ahonda asimismo en la embrollada tesitura de hacer frente a las secuelas de la mastectomia: aun habiendo tenido la suerte de superar la enfermedad y dejar atrás el inexorable destino al que estuvieron abocadas mujeres como Luisa, la extirpación de un pecho obligó a Ágata, a Titina y a Nellina a asimilar una nueva realidad corporal que a menudo genera en la psique femenina una gran desconfianza y un enorme problema de autoaceptación. Las mujeres sienten haber perdido uno de los signos que el patriarcado, la medicina y la biología se han encargado de vincular a la feminidad casi de forma coercitiva. En este planteamiento social radica, por tanto, el principal motivo por el que, a día de hoy, en sintonía con los personajes femeninos creados por Torregrossa en II conto delle mime, numerosas mujeres tratan de ocultar los bultos de sus senos o procuran evitar mostrar su cuerpo tras la extirpación de uno de sus pechos.
La hoquedad remanente se convierte así para el colectivo femenino en la representación lacerante de una inseguridad física que trasciende lo puramente biológico y deja al descubierto un vacío psíquico abisal. Reconstruir este espacio vital pasa a ser un obj etivo tan irrenunciable como apremiante para las mujeres, quienes, viéndose obligadas a adaptarse a su nueva vida, se afanan en borrar las cicatrices que la enfermedad ha cincelado en sus cuerpos y suturar el desgarro emocional y moral resultante de una dolencia que el pueblo sículo asocia instintivamente a la valentía y a la gallardía de una mujer, santa Águeda, cuya fe, inquebrantable, y determinación, absoluta, en la profesión del cristianismo la erigieron en un dechado de virtudes, en una figura consubstancial a la más genuina sicilianidad. La santuzza reviste un halo de misterio, erotismo, religiosidad y femineidad que aún hoy impregna la cosmovisión femenina siciliana. Las habitantes de Sicilia son hijas de una tierra cuya identidad cultural está forjada a partir de las enseñanzas de una mártir ejemplar protectora de las mujeres: santa Águeda, Regina Sicilice.
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