RESUMEN:
En el presente trabajo se analizan la violencia en los episodios iniciales de las autobiografías de Alonso de Contreras, Diego Duque de Estrada y Jerónimo de Pasamonte. Estos primeros acontecimientos traumáticos suponen un punto de partida en la narración de los hechos que constituirán cada obra, y servirán a los autobiógrafos a empezar a construir su propia individualidad a partir de unos primeros rasgos ya presentes en su infancia, reconocibles en los episodios de violencia relatados. Asimismo, dichos episodios se supeditan a la propia estructura del texto, así como al sentido determinado que fundamente la razón de ser de cada autobiografía. Tanto Alonso de Contreras como Duque de Estrada y Jerónimo de Pasamonte sirven como ejemplo para presentar el modo en que cada uno emplea dicha violencia infantil para justificar sus actos y su propio individuo, además de la narración de sus propias vidas.
Palabras claves: autobiografía militar, autobiografías, Siglo de Oro, Contreras, Duque de Estrada, Pasamonte.
ABSTRACT:
This paper analyses the violence in the initiatory episodes of Alonso de Contreras, Diego Duque de Estrada and Jerónimo de Pasamonte's autobiographies. These first traumatic events represent a starting point in the narration of the episodes that will constitute each work and will help the autobiographers to begin to construct their own individuality on the basis of the first traits, already present in their childhood, recognisable in the episodes of violence recounted. Likewise, these episodes are subordinated to the structure of the text itself, as well as to the determined meaning that underlies the raison d'etre of each autobiography. Alonso de Contreras, Duque de Estrada, and Jerónimo de Pasamonte all serve as examples to present the way in which each of them uses such childhood violence to justify their actions and individuality, as well as the narration of their own lives.
Keywords: Military autobiography, Autobiographies, Golden Age, Contreras, Duque de Estrada, Pasamonte.
Las autobiografías militares de los siglos XVI y XVII, hasta hace muy poco, se han visto apartadas del conjunto de obras que conforma el canon literario del denominado Siglo de Oro. Quizá esto se debe a su condición de texto autobiográfico, puesto que ni siquiera en la actualidad se ha llegado a un acuerdo en torno a si se trata de un «género» propiamente dicho, o bien de un modelo, o de ambos al mismo tiempo1. Fue Lejeune2 uno de los primeros en proponer que se podía hablar de autobiografía solamente desde las Confesiones de Rousseau en adelante, lo que, como hemos dicho, obstaculizó un poco el acercamiento de los críticos literarios a estas autobiografías militares, que, como señala Cassol3, bien podrían ser consideradas como las obras constituyentes del periodo de gestación de este supuesto género, mientras que las Confesiones pasarían a ser el punto álgido desde su nacimiento4. Sin embargo, este desinterés se ha ido diluyendo en las últimas dos décadas con la aparición de diversos estudios y monografías sobre el tema, lo que ha avivado las cuestiones sobre la definición del género, así como el estudio de estas autobiografías militares desde varios enfoques, entre los que destaca el literario, que es el que aquí interesa5. Aun así, una buena cantidad de aspectos siguen siendo una incógnita de cara a la comprensión y el alcance general de estas obras, ya que, como bien describe Martínez, «las vidas en armas de estos soldados escritores nacen en conflicto [...], se reproducen no solo en la lucha contra el enemigo sino también contra el estado que los emplea, y mueren en la privada oscuridad de unos manuscritos que nunca se publicaron»6.
En cualquier caso, cuando se investigan las autobiografías militares de los siglos XVI y XVII, llama la atención la heterogeneidad de todas estas obras, lo que en ocasiones no permite fijar muy certeramente una serie de patrones que se vayan repitiendo en todos los autores, pero, en cierta manera, puede ser un aliciente más para su detenido estudio. Evidentemente, algunos aspectos se repiten, puesto que todas, o casi todas, se enmarcan en un contexto militar, en una determinada sociedad -la gran mayoría durante el reinado de Felipe III y Felipe IV- y en torno a unas guerras específicas a las que tuvo que enfrentarse la Corona durante estos dos siglos.
Ya existen varias investigaciones que comparan algunos aspectos determinados presentes en estos textos, como las monografías de Pope7, Cassol8 o Levisi9, o el artículo de Juárez Almendros10, dedicado a las manifestaciones del «yo» a partir de las prendas de vestir que aparecen descritas en dichas obras, así como la reciente recopilación de trabajos dirigida por Sáez y Castellano López. Dichos estudios permiten ampliar notablemente las similitudes entre estas autobiografías, y la razón por la que es posible hablar de un género ya presente en los siglos XVI y XVII. Es necesario hacer hincapié en la insistencia con que los críticos han vinculado las autobiografías militares con las llamadas relaciones de servicios, que, en palabras de Amelang, «se refíere[n] al texto burocrático producido para acompañar, y ante todo justificar, una solicitud de mercedes o un pago y otras formas de reconocimiento de los méritos prestados»11. Se trata de breves recopilaciones de las vivencias experimentadas por parte de cada militar que desease recibir una recompensa por sus esfuerzos a favor del ejército español. Los textos que se estudian en el presente trabajo recogen muchas de las características de estas relaciones; de hecho, se han llegado a plantear como una especie de «relaciones de servicios» a gran escala, por su parecido destinatario y por su finalidad última, aunque mucho más detalladas y literarias.
Asimismo, por otra parte, tampoco hay que olvidar que toda autobiografía se supedita a un propósito que suele establecer el sentido que unirá los diferentes episodios que conformen la obra. Según Castillo Gómez:
el propósito de cada autobiografía, la razón por la que se pergeña, influye en la relación que se establece entre lo recordado y lo olvidado, al igual que en la trascendencia o no atribuida a ciertos hechos, comportamientos y actitudes. El texto autobiográfico expone así un juego de miradas acorde con la naturaleza del escrito y con la voluntad de la persona autobiografa12.
Estos objetivos que principian el sentido del texto pueden ser de muy diversa índole para los textos que se trabajan aquí, entre los que destacan las relaciones de méritos, en las que sobresale el sentimiento de heroísmo de aquel que realiza la autobiografía, la búsqueda de mecenazgo, el intento de medrar en la sociedad cortesana a partir de las hazañas en favor de la Corona o del ejército, las confesiones espirituales e incluso una especie de autojustificación de los actos llevados a cabo por el narrador y escritor de la obra. Todo esto, junto con el potencial destinatario, serán elementos claves para comprender el sentido estructurador del texto. De igual trascendencia es la situación nada favorable de los soldados autobiógrafos en los citados siglos, cuyas condiciones de vida infrahumanas, de la que se hablará más adelante, se convierten en otro aspecto primordial a la hora de vehicular el porqué de cada episodio y los motivos por los que dichos sucesos se hilan con el sentido y el destinatario pretendidos.
En el presente trabajo nos fijaremos exclusivamente en la violencia que se manifiesta en la génesis de la construcción del personaje por parte de sí mismo y que, vinculado a lo que acabamos de comentar en el último párrafo, será fundamental en la evolución del protagonista y autobiografi) de cara al resto de episodios que le irán aconteciendo. Como veremos, este primer acto violento, en casi todos los casos, dará pie a una serie de tramas que vehicularán el resto de la autobiografía, o bien introducirá uno de los temas y el sentido último en torno a los que girará la obra y caracterizarán al protagonista. Martínez ha sido de los primeros en dar cuenta de «este tipo de violencia originaria, constitutiva de la narración»13, aunque hasta el momento no existe ningún estudio que analice el alcance de estos actos en cada respectiva autobiografía, para así encontrar un punto en común que explique el porqué de la aparición de estos actos violentos y la razón por la que los autores decidieron escoger este suceso y no otro para mostrar la génesis y la construcción de su propia persona en relación con el sentido global de cada obra14.
Dado que sería imposible realizar un trabajo como este considerando todas las autobiografías militares en las que se manifiesta un acto violento como génesis y principio de la autobiografía15, aquí se parte de tres de las obras más resolutivas del género, de las que se analizarán estos sucesos individualmente, para así finalizar con unas conclusiones que puedan abrir la puerta a cuestiones tan heterogéneas como esta. Las tres obras aludidas son el Discurso de mi vida de Alonso de Contreras, los Comentarios del desengañado de sí mismo de Diego Duque de Estrada y, por último, la Vida y trabajos de Jerónimo de Pasamonte.
I. CONTRERAS, DUQUE DE ESTRADA Y PASAMONTE
A la hora de referirse a la soldadesca española del siglo XVI, es necesario, al menos, realizar una breve descripción de la situación de quienes solían alistarse en el ejército, por muy general que pueda parecer. En el estudio de Borreguero se describen las condiciones de los soldados en relación con su proyección en la literatura de la época, lo que resulta pertinente para el análisis propiamente literario. Esta investigadora da cuenta de cómo la estructura militar va perdiendo interés entre las clases altas de la sociedad, lo que se refleja también en el resto de la población. Dicha disminución del valor considerado en el siglo XVI de la profesión militar, así como la creciente necesidad de reclutar soldados a causa de las múltiples guerras que se llevaron a cabo en tiempos de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, supusieron la búsqueda de militares «en la población contribuyente»16, así como en las esferas menos favorecidas de la sociedad: los conocidos picaros, rufianes y pobres necesitados de algún tipo de retribución o de labor profesional17. Asimismo, otro hecho relevante es el de la falta de recursos y, en muchas ocasiones, las condiciones infrahumanas, eso siempre que no fuesen cautivos de los turcos, en cuyo caso el sinfín de episodios traumáticos podía llegar incluso a afectar a su salud mental, como es el caso de Pasamonte, que luego se verá con más detenimiento: «Las pesadas marchas y la falta de refresco, los incómodos alojamientos, la paga o mejor, la falta de paga, confluían en un vivir ciertamente miserable»18. También la reinserción social por lesiones o falta de recursos podían dificultar la vida del soldado tras haber cumplido con sus deberes profesionales. Por ello, es comprensible que muchos de ellos se propusieran escribir los episodios más destacados de su vida, si gracias a ello podían reivindicar su persona y, de esta manera, conseguir algún tipo de retribución económica a cambio de su contribución en la guerra y de los pesares sufridos.
Es pertinente aludir a una de las ediciones fundacionales de los tres textos que aquí analizamos, es decir, las Autobiografias de soldados (siglo XVII) a cargo de José María de Cossío, en la que se ofrecen al público justo estas tres obras. En su introducción, Cossío apunta lo siguiente de cara a sus primeros episodios:
En las autobiografías que siguen, los datos referentes a la niñez y juventud son siempre los más problemáticos, por estar escritos con psicología de predestinados. En ellos se narran las aventuras más violentas y repulsivas, y es fácil deducir que, tratando el autobiografíado de aparecer como un hombre que tiene un sentido de la vida orientado hacia el valor y el heroísmo, quiere aparecer desde el principio entregado al culto y a la práctica de tales virtudes; y no siendo adecuadas a los pocos años, ha de decirnos que comenzaron sus andanzas militares en la edad de la puericia, o ha de contarnos alguna acción de pendencia o arrojo en que ya se manifestara su prematura resolución y entereza19.
Cossío adelanta ya una de las claves para comprender el alcance de la violencia con la que los autobiógrafos que ahora expondremos introducen sus vidas: la intención de hilvanar el sentido global que quieren deducir textualmente desde su propia infancia, en una especie de predestinación, o de justificación, de la situación en la que cada uno se encuentra, o de los favores de los que creen ser merecedores. Toda autobiografía, como acabamos de comentar, se estructura en torno a un sentido más allá del prototípico que poseen en común todas estas obras, esto es, «una de las motivaciones básicas de todo individuo que narra su propia vida: la necesidad de explicar a sí mismo y a otros quién es y cómo ha llegado a serlo»20. Achermann recuerda que «al escribir la propia vida el autor no solo refleja la realidad, sino que agrega una nueva enmarcada por el orden impreso en busca de un sentido preconcebido por de su propia vida redactada como protagonista»21. Este sentido preconcebido es el que estará ligado a la manera en que los protagonistas autobiógrafos presentan episodios violentos en su infancia y en la gestación de su persona, que se configuran como el primer acontecimiento digno de ser mostrado para comprender la persona en la que se han convertido en el momento de escribir y las conductas tan sorprendentes que irán manifestando a lo largo de sus obras22.
1.1 Discurso de mi vida de Alonso de Contreras
La primera de las obras analizadas es sin duda la que más importancia ha recibido por parte de la crítica, lo que se justifica por el número de ediciones publicadas hasta el momento, que supera con creces la de cualquier otra autobiografía militar de la época. De todas las cotejadas, esta es la que más se asemeja a las denominadas relaciones de servicios, ya que Contreras saca a relucir los episodios más determinantes de su vida profesional, con unas intenciones evidentes de reivindicar su labor militar y la poca retribución obtenida a cambio de sus hazañas23. Tanto para Levisi24 (1984) como para Cassol25, el objetivo de dicha autobiografía es el de dar a conocer estos triunfos, ya que «sus aventuras son de indudable interés para un lector eventual»26; sin embargo, como bien señala la investigadora:
Creemos muy posible que, consciente del interés anecdótico de sus aventuras, el capitán las consignó por escrito como un medio para entretener a los condes de Monterrey con quienes ha contraído una deuda de gratitud, y que parecen haberle olvidado durante varios meses. Además del valor que su historia puede tener para divertir los momentos de ocio de sus superiores, ésta le sirve para recordarles los amplios méritos que ha acumulado mucho mejor de lo que podría hacerlo un descarnado memorial de servicios [...]. Según esto, Contreras obedecería una vez más a fines prácticos al escribir su historia, en la cual lógicamente hace resaltar las propias hazañas y la escasa o inadecuada retribución recibida por ellas, por lo menos en cuanto se refiere a las autoridades españolas27.
Para Martínez, «una de las líneas fundamentales del texto es precisamente el desafío de la autoridad, el impulso desobediente del motín»28. La vida de Contreras está repleta de aventuras, peleas, episodios brutales y hazañas militares en las que la violencia parece el elemento primordial para demostrar su valía y su poderío como capitán.
Respecto a lo que interesa en el presente estudio, el primer episodio relevante que aparece en la autobiografía del capitán es quizá uno de los más brutales de toda la obra. Contreras narra cómo, siendo todavía niño, decide no asistir un día a la escuela junto a un compañero, «hijo de un Alguacil de Corte que se llamaba Salvador Moreno»29, por lo que es castigado a expensas del padre del dicho compañero, más rico y en mejor posición social que su familia. Contreras decide vengarse de lo sucedido, por lo que
En saliendo de la escuela, como era costumbre, nos fuimos a la Plazuela de la Concibición Jeronima y, como tenía el dolor de los azotes, saqué el cuchillo de las escribanías y eché al muchacho en el suelo, boca abajo, y comencé a dar con el cuchillejo; y como me parecía no le hacía mal, le volví boca arriba y le di por las tripas, y diciendo todos los muchachos que le había muerto, me huí, y a la noche me fui a mi casa como si no hubiera hecho nada30.
Esta brutal venganza marca la infancia y da pic a los siguientes acontecimientos de su juventud31. Es expulsado un año de la Corte, destierro que pasa en Ávila y tras el que vuelve a Madrid, donde empieza, después de un intento de su madre de enseñarle el oficio de platero y un breve paso por la vida picaresca, el oficio militar para la Corona. Este asesinato ensalza desde el comienzo el carácter de Confieras y su afán por restaurar su honra cuando la ve atacada por un emisor ajeno. El soldado se sirve de un episodio como este para recalcar esta condición tan característica de su persona, casi como un elemento genético definidor que explica buena parte de su conducta posterior. Domínguez Flores alude insistentemente a estos comportamientos de Confieras a lo largo de toda la autobiografía, ya que
No es de extrañar, pues, que en ocasiones se nos muestre como 'vengador y persona fría' pues, cuando a Conteras se le mancillan los más añejos principios del honor y de la honra, salta cual felino en persecución del sujeto, sea quien sea, sirviendo su venganza en plato muy frío32.
Asimismo, Pérez-Villanueva también considera que «la violencia y el sentido de masculinidad del protagonista están presentes desde los primeros episodios del texto»33. Más adelante, en relación con este fragmento, la autora señala cómo «Contreras no muestra ningún tipo de remordimiento en este pasaje. No hay pensamientos internos que revelen los sentimientos del protagonista»34. Este soldado narra múltiples acontecimientos, en los que dicha característica vengativa y su disposición de cara a la recuperación del honor o la defensa del ejército ante los enemigos se repiten constantemente. Por ejemplo, sin ningún tipo de compasión, Contreras corta las orejas y las narices de unos cautivos, delante de unos turcos que acaban de hacer lo mismo con dos cristianos, de lo que se vale para hacer notar su valía y su falta de escrúpulos, a pesar del cariz de derrota que posee la acción:
Respondieron llevaban a Mahoma a presentarle aquellos despojos en señal de la merced que les había hecho. Yo, con la cólera, dije que había de hacer lo mesmo de los dos que tenía. Dijeron que querían más de diez cequíes que treinta moros. Y, así, delante de ellos, les corté las orejas y narices y se las arrojé en tlena diciendo: -¡Lleva también éstas!-35.
Otro evento muy esclarecedor, recurrente también en la literatura de la época, que recuerda, como luego veremos, a la autobiografía de Duque de Estrada, es en el que descubre a su mujer con uno de sus amigos, por lo que decide vengarse y matar a ambos cruelmente. Así restituye su honra y su condición de soldado incapaz de dejar pasar una afrenta como esa, todo siempre justificado mediante el código del honor cortés imperante en los soldados de su índole: «téngalos Dios en el cielo si en aquel trance se arrepintieron. Las circunstancias son muchas y esto lo escribo de mala gana. Sólo diré que, de cuanta hacienda había, no tomé un dinero más de mis papeles de mis servicios, y la hacienda gozó un hijo del primer marido»36. Todos estos episodios de violencia y el modo en que Contreras se toma la justicia por su propia mano han sido ya estudiados por Miró Martí; trabajos que dan cuenta de cómo Contreras no se mueve a partir de su propia impulsividad, inherente a él desde su nacimiento: «no existe tampoco un código, un marco legal ni un referente legislativo que se use de base para el castigo [...], y Contreras recurre a menudo a las leyes del mar para dictar sentencias en tierra»37.
A esto se le suma, además, la voluntad de Contreras de manifestar dicha actitud agresiva en la redacción de su texto. Cuando se alista en la compañía del hijo del duque de Maqueda, él mismo presume del modo en que le conocen por Ñapóles: «llamában[n]os en Ñapóles los levantes del duque de Maqueda y nos tenían por hombres sin alma»38. Esto corrobora, una vez más, cómo las características de las que se jacta Contreras en su infancia son básicamente las mismas con las que se define a sí mismo más adelante. Por otra parte, las narraciones de los eventos traumáticos que sufre, como los envenenamientos, destacan por lo explícito; sin embargo, carecen de una descripción del dolor que le produjeron en el momento de padecer los síntomas; de hecho, a veces Contreras señala las extraordinarias capacidades físicas que le permiten sobrevivir, lo que, otra vez, subrayaría de qué manera el dolor y su condición de hombre preparado para la violencia forman parte de la imagen que quiere mostrar de sí mismo:
Hícelo y, acabado de beber, me dijo que me arropase, que ya quedaba sano. Fuese y, dentro de medio cuarto de hora, se me comenzaron a ligar los dientes y las entrañas, que reventaba, pidiendo confesión y echando por arriba cuanto tenía, y por abajo tinta negra. Mi camarada el caballero fue corriendo en casa del embajador de España y llamó el dotor, que era un portugués, que vino al punto. Y contado lo sucedido, y visto lo echado por arriba y por abajo, ordenó remedios con que atajó, anque con trabajo, tanto mal; que después dijo que, para que se viese la gran rebustez de mi estómago quería dar a una mula tanto como cabía en una cáscara de un[e]z, y darlo a una mula, y que había de reventar en una hora. ¡Y a mí me había dado una cuchara de plata colmada...39!
Se puede constatar, entonces, que este capitán y soldado expone una primera vivencia violenta en su infancia para demostrar desde el principio una vida plagada de actos de una brutalidad que incluso en esa época podían llamar la atención, tanto por su valentía como por su crueldad. Sin embargo, este primer suceso en el que es posible encontrar ciertas vetas críticas contra la corrupción escolar, puesto que el padre del compañero atacado solamente acusa a Contreras y exime a su hijo del problema, se puede interpretar como una primera aproximación a la atmósfera picaresca que el autobiógrafo quiere introducir en sus primeros años. Solo hay que recordar los golpes que Lázaro recibe por parte del ciego y del clérigo para justificar la posible relación respecto a la violencia en estas obras y el Discurso de mi vida. De hecho, Domínguez Flores habla de un evidente «tono picaresco»40 en el primer bloque de la obra, que argumenta también a raíz de este acto y su posterior paso por el oficio de platero41. Esta condición, más vinculada a los comportamientos de un picaro que a los de un militar cortesano como Duque de Estrada, le sirven a Contreras para acentuar el mérito de sus logros de cara a las hazañas que relatará posteriormente.
En definitiva, en el Discurso de mi vida, Confieras realiza una exhibición completamente consciente e intencionada de su primer episodio violento a lo largo de su infancia, a través del cual consigue, por una parte, mostrar su conducta vengativa, pero a la vez su propio sentido de la justicia y valentía y, por la otra, crear una primera atmósfera más ligada a los ambientes picarescos que a sus posteriores campañas y éxitos militares, lo que realza, también, su merecedora y buscada retribución por los servicios realizados aun a pesar de las difíciles condiciones vividas en primera instancia42.
1.2 Comentarios del desengañado de sí mismo de Diego Duque de Estrada
Aunque el episodio violento en la génesis del protagonista no sea el mismo en la obra de Diego Duque de Estrada, su función sí que es parecida a la que se acaba de analizar en el Discurso de mi vida de Contreras. Después de este, el texto de Duque de Estrada ha sido el que más atención ha recibido por parte de la crítica, además de una edición muy rigurosa, la de Ettinghausen43, que todavía es la referencia básica a la hora de aproximarse a este texto. Cabe destacar que en las últimas décadas el interés literario por parte de los estudiosos ha ido en aumento en lo que respecta a los Comentarios^. Quizá se pueda declarar también que esta es la más literaria de todas las autobiografías que se analizan en este trabajo, y seguramente de todas las que se han agrupado entre las denominadas autobiografías militares, lo que añade ciertos elementos de consideración.
La autobiografía de Duque de Estrada es un claro ejemplo de la diferencia social que traslucen los protagonistas de cada obra. En esta se presentan los sucesos, a veces increíbles, de la vida de un soldado cortesano, que se codea con las clases más altas de la Corte, a la vez que, en ocasiones, registra comportamientos clásicos de un picaro. Al contrario que en Contreras, el autobiógrafo comienza con la exposición de su genealogía, que se remonta hasta Marco Aurelio, para así, evidentemente, glorificar su estirpe y reforzar la intención que impregna todos los acontecimientos narrados en este texto: dar cuenta de la gloria militar y las hazañas realizadas durante toda su vida, además de su etapa final en la que toma el hábito de fraile en Cerdeña, que es la que aporta un sentido claro a los términos del título desengañado de sí mismo, motivo este común a la mentalidad del Barroco, perceptible en buena parte de la literatura del siglo XVII45. Asimismo, como ahora se verá, la actitud del narrador a lo largo de la obra es la de quien quiere hacerse valer constantemente, con cierta egolatría a la hora de describir sus características y su singularidad en casi todo lo que atañe al código de honor cortesano del siglo XVII. Como han señalado Pope o Levisi46, se pueden entrever ciertos complejos de inferioridad, como el de su baja estatura, razón que explica por qué el autobiógrafo quiere presumir con tanta obsesión47.
De todos los comentarios sobre la obra, uno de los que más destaca es el del reciente trabajo de Dos Santos, quien cree que Duque de Estrada «concibe la escritura autobiográfica como un ejercicio de validación personal»48. Para el investigador,
a través de la escritura autobiográfica, capta, difunde y publicita su propia memoria como soldado que ha alcanzado la gloria militar, impulsado por las vidas de sus antepasados y capaz de sobreponerse a ellos al hacerse ser reconocible por sus propios méritos y no por la hidalguía de su apellido49.
Existen algunos paralelismos con la relación de servicios; sin embargo, a diferencia de Contreras, quien parece más fiel, al menos, al propósito último de una relación de méritos, la insistencia de Duque de Estrada reside en la exaltación de su individualidad, justificada en muchas ocasiones por sus capacidades físicas y mentales, a veces extraordinarias. Esto, como en el apartado anterior, también forma parte intrínseca del primer episodio de la autobiografía, marcado por la violencia50. Duque de Estrada se enamora de Doña Isabel, hija de sus padres adoptivos, «hermosísima, discreta y garbosa dama con excelencia, a la cual de mi tierna edad amé sobre todas las hermosuras humanas»51. Conciertan el casamiento un año después de que salga a la luz dicho enamoramiento, por lo que Duque de Estrada se alista en la «jornada de Larache primera que hicieron el Marqués de Santa Cruz y Duque de Tursis» y pide «licencia a mi padre, porque deseaba antes de casarme ver algunas tierras; y como sabía él que pedirla yo era tomarla, conociendo mis resoluciones, me la dio»52. Llegado el momento de partir, esa misma noche, Duque de Estrada decide visitar a su amada, aunque ya desde el principio augura que «fueron tantas mis inquietudes que no pude reposar»53. Al poco, el protagonista abre la puerta del cuarto de su prometida y se la encuentra con otro hombre, uno de sus mejores amigos, Don Juan Zapata de Vargas. Siguiendo los códigos del honor, Duque de Estrada mata a ambos personajes y así restituye su honra, perdida por la infidelidad de la que iba a ser su futura esposa. El mismo narrador añade comentarios y valoraciones personales al relatar el episodio, bastante esclarecedores sobre la posición que quiere manifestar sobre sí mismo:
En suma: voy adelante, y si algún espectador del suceso le pareciere que tardo, no se maraville, que no es bocado tan dulce el que yo he de tragar, sino píldora tan amarga que es menester dotarla y entretenerla para pasarla; y si no, yo se la doy, de dos la una, al que quisiere tomarla, asegurándole que aunque el hacerlo fue de una vez, he dejado más de cuatro la pluma para no escribirlo, pues casos tan adversos más y más se dudan y temen pensados que ejecutados; y así, el valor de que me armé y la resolución que tomé para hacerlo, tomo para contarlo54.
Parece evidente, desde una primera lectura, que Duque de Estrada se ve forzado a cometer este acto para recuperar su honra. Esta supuesta necesidad funciona como medio de expresar su conducta basada únicamente según los dictados del código cortesano y su virilidad de cara a estos altercados pasionales, que ya aparecían en el Discurso de mi vida de Alonso de Contreras. Este episodio permite al autobiógrafo reivindicar su condición de cortesano y de soldado valeroso, que no se amedrenta a pesar de las señales de mal augurio que le van surgiendo en el camino. Aunque se trate de un asesinato del que dice lamentarse, en un primer momento no se manifiesta ningún tipo de arrepentimiento, ya que, para él, ha obrado justamente: «Quede en opiniones, pues él ni ella no pudieron confesarlo, muriendo en aquel punto. La mía fue que él estuvo bien muerto, pues violó la honra o de mi mujer o de mi casa»55. De hecho, Duque de Estrada llega a maldecir la ley del duelo que le exigía cometer este tipo de actos:
¡Oh maldita y descomulgada ley del duelo, nacida en el infierno y criada y alimentada en la tierra, devoradora de vidas y haciendas, hija de ira y soberbia y madre de la venganza y perdición, ruina total de los humanos y perturbadora del sagrado templo de la paz56!
Tanto es así que, más adelante, cuando sus hermanos y sus padres adoptivos descubren lo ocurrido, le perdonan por haber actuado según los parámetros exigidos por la honra, aunque su padre insista en que podría haberla restaurado por vías legales: «Cruel fuiste, que bien pudieras darme más honra y a ti menos peligro. Conventos había para ella, y otra muerte para este ciego y mal aconsejado caballero»57. El valor y el comportamiento cortesanos tanto del padre como de Duque de Estrada es impecable según lo que se espera de ambos. El autobiógrafo consigue reivindicar, otra vez, su virtud y la honra de su familia, que los convierte en buenos cortesanos, al menos en lo que respecta al comportamiento58. Curiosamente, más adelante, el narrador se lamenta de sus instintos juveniles agresivos y vengativos, así como de su impulsividad, que considera inherentes a su personalidad.
A esto se le debe añadir, además, una intención que se suele dejar de lado en este tipo de obras, y es la del entretenimiento. Duque de Estrada muestra un claro conocimiento del teatro de la época, lo que se justifica con sus alabanzas a Lope y a otros autores. Esta escena tan típica de los dramas de honor calderoniano posee un objetivo añadido muy claro, y es como recuerdo de la literatura de su época que tanto éxito y tanta popularidad alcanzó en el momento de la escritura de los Comentarios. Duque de Estrada aprovecha este éxito y lo resuelve con un episodio violento, pero que se ajusta perfectamente al imaginario literario que podía poseer cualquier lector o interesado en la cultura y ocio del siglo XVII59. De hecho, este acontecimiento demuestra la destreza literaria de Duque de Estrada, puesto que así el autobiógrafo habría sido capaz de empezar a construir la imagen que quiere representar de sí mismo, además de entretener al lector a partir de un motivo literario común que seguramente le condujese a continuar la lectura.
Por otra parte, es innegable que este primer episodio será el desencadenante de todo lo que sucederá después, en una especie de línea temporal de acontecimientos determinados por la causalidad, que permiten a Duque de Estrada tomar decisiones impulsivas, como cuando está a punto de matar al Duque de Osuna por no querer pagarle en un primer momento, y así volver una y otra vez a mostrar sus capacidades y a construir su personaje como él considera conveniente. A partir del asesinato, se ve envuelto en una serie de tramas contra la justicia, que termina solventando con una espectacular huida de prisión, gracias a la ayuda de sus familiares y amigos. Dos Santos ha comentado lo siguiente sobre este episodio:
a partir del asesinato de su prometida, los Comentarios presentan a Duque de Estrada como hombre intrépido y capaz de imponer su propia justicia en defensa de su honor. Esta imagen le sirve para presentarse a sí mismo como genuinamente español en su recorrido por las cortes europeas y virreinales. Sin embargo, esta masculinidad no está construida aisladamente, sino que toma a Isabel como referente frente al cual Duque de Estrada articula su españolidad60.
Al igual que en el Discurso de mi vida de Alonso de Contreras, el primer episodio marcado por la violencia que aparece en esta autobiografía tiene diversas funciones, entre las que destaca, sin duda, una primera caracterización del personaje, específicamente la de sus rasgos de valentía y de su rigurosidad a la hora de seguir con las directrices del código del honor. Al caso de Duque de Estrada se le suma su capacidad narrativa y sus conocimientos literarios, de modo que también recuerda o evoca motivos bastante comunes en la literatura dramática de la época. La violencia, en resumen, se convierte aquí también en un medio de expresión que podía potenciar fácilmente rasgos clave para la autorrepresentación del autobiógrafo, en una línea muy parecida a la de Contreras. El sentido último de la obra, esto es, el de glorificarse a sí mismo comenzaría directamente desde su primera juventud y su posterior toma de decisiones, a pesar de todas las consecuencias que puedan acarrear.
1.3 Vida y trabajos de Jerónimo de Pasamonte
Por su parte, el sentido que poseen los episodios violentos en la infancia de Jerónimo de Pasamonte son los que más se diferencian del resto de autobiografías militares. Es por eso por lo que se analiza aquí su obra Vida y trabajos6X en lugar de otro texto de esta índole. Un elemento relevante de esta autobiografía es que, como comentan Sánchez Ibáñez y Martín Jiménez,
aunque el manuscrito que se conserva se presenta como un texto ininterrumpido, es fácil deducir a partir de su misma lectura que en un principio tuvo una primera parte, que abarcaría hasta el capítulo 38, a la cual se le añadió después una segunda parte que incluye desde el capítulo 39 hasta el 5962.
La obra de Pasamonte es quizá la más sorprendente de cara a la construcción del «yo» y las características del personaje y su forma de ver el mundo63. La obra, al menos a gran escala, se divide en dos partes bien diferenciadas, tanto por el contenido como por el comportamiento de Pasamonte. En la primera parte, en la que van a aparecer los episodios que interesan para el presente estudio, pero que no por ello dejan de constituir un elemento importante en el entramado global de la obra, se narra la niñez y el posterior cautiverio del protagonista en manos de los turcos, hasta conseguir volver a España tras dieciocho años preso. El mismo autobiógrafo explica, al comienzo de la segunda mitad, la razón de ser de la primera, básicamente la de una clásica relación de servicios:
Y este primo hermano por parte de mi madre me hizo tomar una posada junto a la suya, en la plaza de Cebada en Madrid [...]. En los pocos días que allí estuve, que no llegaron a diez o doce, se dio memorial a Su Majestad y salió remetido a Francisco Idiáquez, a quien se dieron mis papeles, que eran todos los trabajos que atrás están escritos, con las jornadas y una fe del señor don García de Toledo, autenticado y probado todo64.
Sin embargo, la segunda parte es más complicada, tanto por los problemas de salud mental del protagonista que han atestiguado Pope65, Levisi66 y Hutchinson67, como por la perspectiva de cara a los episodios narrados en esta segunda mitad. El escritor da cuenta de sus visiones, sus teorías conspiranoicas contra su persona y los intentos exteriores para acabar con él, además de su fervor religioso, que llega a la violencia. Hutchinson ha llegado a afirmar que «el relato del cautiverio existía independientemente de la Vida tal como la conocemos, y tenía otras finalidades que el texto definitivo que lo ha absorbido»68. En cualquier caso, Levisi ha sintetizado detalladamente la motivación de escritura última que Pasamonte quiere ofrecer al lector en la segunda parte:
Visto desde este ángulo, el propósito último de la autobiografía de Pasamonte es el de pacificar las propias angustias y obtener una forma de control sobre sus enemigos que se extiende a la eternidad: al prescribir la necesidad de la excomunión para los que tienen tratos con ángeles malos (entre los cuales están los dueños de las siete casas en las que vivió durante su estadía en Ñapóles, sus suegros y el capitán que le hizo vivir malos momentos en Catania), la salvación eterna de estos individuos queda prácticamente descartada, y de llevarse a cabo su propuesta obtendría una represalia más que satisfactoria69.
Levisi70 y Cassol71 se preguntan hasta qué punto se debe tener en cuenta lo expuesto por el propio autor respecto a la intención, y no pensar que pudo haber una motivación externa como la de tratar de convencer a los eclesiásticos de una retribución económica o vital. Dicho esto, lo más relevante de esta segunda parte es la postura de mártir y sufridor que sostiene Pasamonte hasta el final de la obra, tanto que «en más de 30 ocasiones escribe que casi mucre, incluido un intento de suicidio, sin contar una larga serie de enfermedades y otras desgracias»72.
El caso de Pasamonte, como veníamos diciendo, es el que menos se asemeja a los anteriores de Contreras y Duque de Estrada. En lugar de ser él quien realiza la acción violenta, es quien la padece; de hecho, sus primeros capítulos sobre su infancia solamente muestran situaciones de maltrato y de sufrimiento juvenil. Hasta el capítulo décimo, Pasamonte pasa por un buen número de accidentes, maltratos y enfermedades, que ya dan cuenta de la posición victimista y el martirio que más adelante vehicularán los episodios más extravagantes de la obra. Como ha estudiado Hutchinson, «esta autobiografía no empieza con una explicación de quién es, cómo se llama, de dónde es, quiénes son sus padres, etc.»73, todo lo contrario, el autobiógrafo directamente relata cómo a los siete años se tragó un alfiler y casi no sobrevive al accidente, y cómo, al año siguiente, cayó al suelo desde mucha altura intentando imitar a un volteador, por lo que también está a punto de morir. Son todo enfermedades y malos tragos; no obstante, también recibe maltratos externos. En el capítulo séptimo, cuando sirve a un obispo, «un trasgo» que vivía en su casa le ataca cada noche. Asimismo, en el capítulo 9, sin ningún tipo de justificación, un tío suyo clérigo le persigue y le azota con unas varas de membrillo:
Arremetió tras mí, y yo me huí por una sala a unos entresuelos nuevos. El corrió y tomó unas varas de membrillo y cerró la puerta de entresuelo, que era nueva, y me dio tanto, que casi me mató. Pusieron un escalera de coger fruta por una ventana, y entraron y me quitaron casi muerto, y estuve fuera de sentidos muchos días. Y después estuve bueno74.
Casi todos los críticos están de acuerdo en que estos eventos traumáticos y violentos de la infancia poseen mucha relevancia en el sentido global de la autobiografía. Riley habla de que «desde su infancia, Pasamonte se representa como víctima de la mala fortuna»75. Anteriormente, Levisi había relacionado ya estos eventos traumáticos con el objetivo de la segunda parte de la obra:
Como es natural, el recuerdo de esa época de la vida tiene sentido dentro del propósito general de la autobiografía: al componerla, el hombre ya maduro que escribe trata de encontrar en ese período los gérmenes de lo que él será después, las inclinaciones elementales de su carácter, el dedo del destino que lo señala para los hechos que no están ya ocultos para el narrador, pero que aún son desconocidos para el protagonista en el momento de vivirlos y, desde luego, para el lector76.
Evidentemente, estos desencuentros infantiles tan traumáticos se ajustan perfectamente a la voluntad de Pasamonte de aparecer como un mártir, que sobrevive siempre gracias al poder divino77. Cabe preguntarse también si estos primeros capítulos no pudieron ser añadidos después de haber redactado todo el cautiverio, ya que, mientras que su etapa como preso podría ajustarse a los parámetros del resto de autobiografías militares de la época, estos sucesos infantiles tienden más a formar parte del sentido final que Pasamonte atribuye a su personalidad, de su obsesión paranoica por las conspiraciones contra él y su autoimpuesto destino en el mundo, el de predicar la palabra de Dios y enfrentarse a los ángeles malos. Es más, el propio autor alude a sus vivencias infantiles casi al final, cuando se niega a aceptar que haya sido Dios quien le haya hecho vivir tantas desgracias y persecuciones:
También dirá alguno que por estos trabajos se ha servido Dios traerme a penitencia y más conocimiento de sí. Digo que es muy alto parecer y que se lo agradezco mucho, pero no es verdad, sino engaño fingido. Porque ya he dicho, y lo torno a decir, que cuando más bien fundado he estado, más daños me han hecho. Y doy que esto se admita en el tiempo de edad; cuando fui niño, ¿por qué?, que no había pecado. Guarden, señores, no haya sido porque con sus astrólogos hayan conocido yo les había de dar en la cuenta78.
Curiosamente, otros autobiografos han recurrido a la misma manera de presentar los primeros sucesos infantiles marcados por la violencia, por lo que quizá se podría hablar de una estrategia retórica común entre los autores a la hora de enfatizar estos eventos traumáticos que más adelante repercutirán en el desarrollo de sus respectivas vidas. Los capítulos que dan comienzo a la autobiografía de Pasamonte, como se ha señalado, muestran las enfermedades y los accidentes que éste padeció durante sus primeros años de vida; lo mismo ocurre en la autobiografía de Félix Nieto de Silva, Marqués de Tenebrón, aunque en su obra autobiográfica, los Milagros de la Nuestra Señora de la Peña de Francia19, dichos primeros eventos traumáticos posean una función muy diferente de la de Pasamonte en la totalidad de la obra. El Marqués autorreivindica su propia figura, en una línea parecida a la de Contreras o el mismo Duque de Estrada, ya que se dedica a exaltar sus participaciones en distintas batallas y su importancia en determinados logros bélicos. Este autobiógrafo, no obstante, concluye cada capítulo agradeciéndole a la Virgen de la Peña de Francia el haberle salvado de los malos sucesos, lo que se repite a lo largo de toda la autobiografía. Aun así, al igual que Pasamonte, el Marqués de Tenebrón recuerda haberse tragado un alfiler de niño o haber sufrido accidentes que casi le provocan la muerte:
Estando en Salamanca quise alcanzar unas uvas de una parra que estaba alta, y entre mis primos, ya nombrados, y yo trajimos unas escaleras largas y con gran trabajo las arrimamos á la pared; yo subí, y estando alcanzando las uvas se resbalaron las escaleras; yo me mantuve en los escalones de pies, sin caer, hasta que dimos en el suelo sin hacerme daño alguno. Bendita sea la Virgen de la Peña de Francia y su misericordia^.
La manera de narrar contrasta con el victimismo de Pasamonte, quien pretende parecer un mártir, mientras que el Marqués, a pesar de que también narra estos primeros sucesos para empezar a construir el yo que irá forjando más adelante, recurre a estos breves capítulos de eventos traumáticos con un fin de agradecimiento a la Virgen y de autorreivindicación personal, al estilo, como se ha mencionado, de Contreras o Duque de Estrada. Por lo tanto, se demuestra así cómo, desde el comienzo, Pasamonte es plenamente consciente del modo en que quiere caracterizar a su yo infantil y de qué modo esta primera descripción de sí mismo servirá para acentuar su malestar posterior.
Esto justificaría entonces la clara relación entre los episodios violentos al comienzo de la obra y el sentido final. De todas las autobiografías cotejadas hasta el momento, quizá esta sea la que presente una relación más simple de los episodios infantiles y el resto del texto: el autobiógrafo es mártir, una víctima constante de las vicisitudes que padece, tanto por el maltrato recibido, el abuso infantil y el cautiverio, como por hechos sobrenaturales y de corte diabólico. En definitiva, como se ha podido comprobar, esta autobiografía es la única, no solo de las tres aquí consideradas, que trata de la infancia de esta manera tan particular, y cuya concepción se acerca menos al propósito de una relación de servicios que el resto. Parece más una especie de justificación de las ideas de Pasamonte sobre la religión y las malas artes que acechan a la cristiandad, y una particular expresión del sufrimiento por el que ha tenido que pasar durante toda su vida.
II. CONCLUSIONES
Tras el análisis de las autobiografías de Contreras, Pasamonte y Duque de Estrada, se evidencia la violencia originaria que está en la génesis de la construcción de cada autorrepresentación, es decir, del modo en que estos autobiógrafos querían ser vistos a través de su obra. Se han analizado tres obras de las más representativas en este género, como se puede observar en la bibliografía, a pesar de tratarse de un tema que la crítica todavía no ha estudiado tanto como se merece.
En cualquier caso, parece evidente, entonces, que la violencia que se manifiesta al principio -o como primer acontecimiento- de cada una de estas autobiografías, posee un valor fundamental en la construcción del personaje por sí mismo; y no solo esto, sino que, en ocasiones, se presenta como el primer episodio que empezará a vehicular el devenir de la representación de cada uno de estos autobiógrafos.
Alonso de Contreras, por ejemplo, a través de la primera experiencia en la que recurre a la brutalidad asesinando a un compañero de escuela, muestra cómo desde niño se toma la justicia por su propia mano, además de empezar a caracterizarse a sí mismo a partir de rasgos como el de la falta de escrúpulos o la actitud vengativa, pero también la fuerza y el afán por mantener el honor intacto. Asimismo, este episodio traumático también le sirve para empezar a estructurar la narración de sus propias experiencias y construir el sentido con el que quiere encadenar los sucesos vitales con la finalidad de la propia obra, que es la de exaltar su persona y demostrar que ha recibido menos de lo que un capitán con su currículum merece obtener por parte de la Corona.
Los Comentarios de Duque de Estrada se adaptan también a este esquema, aunque desde unas experiencias muy diferentes y una finalidad distinta a la de Contreras. Este personaje emplea un episodio como el del asesinato, también brutal, de su futura esposa y su amigo, para, como se ha observado, destacar su obsesión por el mantenimiento de la honra ante cualquier posible ataque a su persona. Como bien ha explicado Dos Santos, Duque de Estrada reivindica su posición de español cortesano y de buen militar mediante este tipo de episodios a lo largo de toda la autobiografía, aunque es en este primer evento violento en el que se empieza a gestar su propio individuo, tal y como lo quiere manifestar este autobiógrafo81. A este texto se le añade, además de ser el acontecimiento que, como en el Discurso de mi vida, da pie al comienzo de la cadena de episodios que constituyen la narración de su vida, la condición de evocar un «ajuste de cuentas» muy común en la literatura dramática de la época, aportaría un interés añadido al tratarse un motivo ya conocido por el potencial público lector de su vida.
Se ha mostrado también cómo la de Pasamonte es la obra que menos similitudes presenta con las otras dos, al menos en lo que respecta a este suceso violento. En el caso de este autobiógrafo, la violencia y el sufrimiento infantil funcionan como apoyo a la tesis que defiende en la segunda parte de la autobiografía y como manifestación de su condición de mártir y víctima de las fuerzas diabólicas que lo persiguen, en una especie de predestinación al sufrimiento físico y psicológico. La Vida de Pasamonte se convierte entonces en un relato de sus propias desgracias y del modo en que sus enfermedades mentales le nublan la conciencia y le despiertan una obsesión religiosa y conspiranoica contra su individuo.
Estos episodios de violencia, entonces, constituyen parte de cada autobiografía en función de las finalidades que cada autobiógrafo pretenda inferir a dichos acontecimientos. No se trata de un motivo que se repita con una misma intención, sino que estos episodios se supeditan al sentido final de los respectivos textos; sentido que guiará y estructurará el contenido y la forma de manera diferente en cada caso. De hecho, se trata de una muestra de cómo dichas autobiografías sobrepasan únicamente el valor como documento histórico y poseen una serie de rasgos que deben ser estudiados como literatura y no solo como testimonio de época. Esta violencia originaria ayuda a comprender, a su vez, cuáles eran las intenciones de cada autobiógrafo al escribir su propia vida y por qué razón decide construir a su propio personaje a partir de unas características y no otras. Asimismo, también se vincula directamente con el sentido estructurador que irá hilando todos los acontecimientos que el autobiógrafo considere pertinentes para conseguir cumplir con la finalidad a la que se supedita.
Como se comentaba en la introducción del trabajo, ya existen estudios panorámicos sobre las autobiografías militares en los siglos XVI y XVII, como los de Pope82, Levisi83 o Cassol84, aunque son pocos todavía aquellos que se fijan en un único aspecto que se repite en muchas de las obras que conforman este género. De este modo, un trabajo como el que se acaba de exponer, que se fija en la violencia, elemento clave a la hora de comprender este tipo de obras, sirve como avance en la resolución de determinados aspectos sobre estas obras autobiográficas de las que todavía se desconocen muchos elementos constitutivos.
RECIBIDO: ENERO 2022
APROBADO: MAYO 2022
1 Los motivos por los que la autobiografía de los siglos XVI y XVII no ha recibido tanto interés por parte de la crítica literaria es claro y Levisi lo resume adecuadamente en su célebre monografía: «En cuanto a las autobiografías de los laicos que datan en los siglos XVI y XVII, en su mayoría publicadas tan sólo en los albores de este siglo no despertaron tampoco gran interés en la crítica, en parte porque sus valores estrictamente artísticos no pueden considerarse descollantes y contrastan con otras producciones de una época de gran esplendor en las letras españolas, y en parte porque se las consideró pertinentes para la historia o la cultura hispánica» (Margarita LEVISI, Autobiografías del Siglo de Oro: Jerónimo de Pasamonte, Alonso de Contreras, Miguel de Castro, Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1984, p. 18).
2 Philippe LEJEUNE, Le pacte autobiographique, Paris, Editions du Seuil, 1975.
3 Alessandro CASSOL, Autobiograf e di soldati spagnoli del Siglo de Oro, Milán, LED-Edizioni Universitaire di Lettere Economía Diritto, 2000.
4 En palabras de Estévez, «en la cuestión autobiográfica, tomada la madurez por su nacimiento, se ha relegado la verdadera adolescencia e infancia del género a un cajón de sastre donde se apilan documentos, textos, manuscritos que debiéramos revisar para comprender en rigor y con profundidad las ansias escritúrales del yo y las vetas mayores que gobiernan tan desaforada escritura» (Francisco ESTÉVEZ, «La cuestión autobiográfica y el caso de la Vida del capitán Domingo de Toral y Valdės», RILCE, 28:1, 2012, p. 126).
5 Evidentemente, estas autobiografías habían sido utilizadas por los historiadores como fuentes primarias para el estudio de la milicia y de la vida de los soldados durante el siglo XVI y XVII. Además, estas obras no dejan de ser una fuente muy fiable de cómo se vivía en dichos siglos en diferentes contextos, no siempre bélicos. De hecho, uno de los enfoques más interesantes a la hora de aproximarse a estos textos es el de los estudios de la Corte, que permiten acercarse de una forma más precisa al concepto de individualidad de la época, distinto al que se suele utilizar para entender el alcance del «yo», casi siempre bajo presupuestos posrománticos. Sobre esto, es relevante la siguiente cita de Pozuelo Yvancos, en la que se destaca cómo las autobiografías deben ser observadas en su contexto, y no desde la perspectiva y los valores actuales: «Ningún discurso, y mucho menos un género, es un texto donde un yo pueda verse como instancia separada del momento de su producción, de su axiologia, de su relación con el tú que lo interpreta y de los contextos socioideológicos que afectan a esa relación. No ya no sólo como instancia textual, sino como realidad discursiva e histórica» (José María POZUELO YVANCOS, De la autobiografia. Teoría y estilos, Barcelona, Crítica, 2005, p. 45).
6 Miguel MARTÍNEZ, «Vidas de soldados: la escritura amotinada», en Vidas en armas. Biografías militares en la España del Siglo de Oro, eds. Abigail Castellano López y Adrián J. Sáez, Etiópicas. Revista de Letras Renacentistas, Anejos, 4, 2019, p. 87.
7 Randolph D. POPE, La autobiografía española hasta Torres de Villarroel, Madrid, H. Lang, 1974.
8 Alessandro CASSOL, op. cit.
9 Margarita LEVISI, op. cit.
10 Encarnación JUÁREZ ALMENDROS, «El papel de las ropas en las autobiografías de soldados del Siglo de Oro», en Memoria de la palabra: actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, eds. Francisco Domínguez Matito y María Luisa Lobato López, Madrid, Iberoamericana VervuertFundación San Millán de la Cogolla, 2002, pp. 109-119.
11 James S. AMELANG, El vuelo de Icaro. La autobiografia popular en la Europa Moderna, Madrid, Siglo XXI, 2003, p. 19.
12 Antonio CASTILLO GÓMEZ, «La biblioteca interior. Experiencias y representaciones de la lectura en las autobiografías, memorias y diarios del Siglo de Oro», en La memoria de los libros: estudios sobre la historia del escritor y de la lectura en Europa y América, coords. Pedro Manuel Cátedra García et al., 2002, II, p. 16.
13 Miguel Martínez, op. cit., p. 86.
14 Sin embargo, Martínez interpreta esta «violencia aparentemente antisocial de las tumultuosas vidas soldadescas [...] como una especia de coloración aventurera del relato como una cuestión de carácter» y propone, finalmente, «entender el desafío y la violencia antagónica de estos textos en sus continuidades con las prácticas e imaginarios constitutivos de la "sociedad de los soldados" [...] y en particular, en este caso, con las prácticas e imaginarios del motín en los ejércitos de los Austrias» (Miguel MARTÍNEZ, op. cit., p. 87).
15 Por ejemplo, las autobiografías de García de Paredes, Domingo Toral y Valdės o Miguel de Castro también presentan episodios de violencia en sus primeros años de vida, cuya función en la obra es, en términos generales, casi idéntica a la de los textos que aquí estudiamos.
16 Cristina BORREGUERO Beltran, «Los soldados en la literatura española de los siglos XVI y XVII», Studi Ispanici, 1, 2005, p. 55.
17 En las autobiografías militares esta distinción social también se manifiesta claramente. Como ahora se expondrá, la nobleza de Duque de Estrada y su comportamiento no tienen nada que ver con, por ejemplo, la de Pasamonte, más común al menos en lo que a su condición se refiere. Sobre esto, Cassol opina que «all'interno di una stessa compagnia potevano trovarsi raffinati cultori delle lettere, che alternavano, consciente di farlo, l'esercizio delle armi a quello delle arti: pensiamo, per esempio, a Garcilaso de la Vega o, pié tardi, a Hernando de Acuña, per non parlare di Diego Duque de Estrada, tutti di origine nobile o quantomeno non umile. D'altro canto, molti soldati erano in grado a malapena di redigere un papel de servicio, ed è quindi altamente improbabile che si dilettassero con la letteratura» (Alessandro CASSOL, op. cit., p. 28).
18 Cristina Borreguero Beltrán, art. cit., pp. 71-72.
19 José María de COSSÍO, ed., Autobiografías de soldados (siglo XVII), Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1954, p. 6.
20 Margarita LEVISI, op. cit., pp. 139-140.
21 Eric ACHERMANN, «De hechos y pactos: La referencia en los textos Acciónales y autobiográficos», en Vidas en armas. Biografías militares en la España del Siglo de Oro, eds. Abigail Castellano López y Adrián J. Sáez, Etiópicas. Revista de Letras Renacentistas, Anejos, 4, 2019, p. 46.
22 No podemos olvidar que, más allá de lo expuesto por Lejeune, la autobiografía y sus intenciones de verdad dependen en gran medida del hecho de que se trata de un acto performativo por parte de quien la escribe, desde el presente de la escritura, de ahí que los episodios narrados sean relevantes de cara al sentido que quiere otorgar el escritor en el momento de la confección del texto. Esta primera aproximación de la autobiografía desde su condición de acto performativo le corresponde a Gusdorf (Georges GUSDORF, «De l'autobiographie intiatique a l'autobiographie genre littéraire», Revue d'Histoire littéraire de la France, 6, 1975, pp. 957-1002), en uno de sus trabajos fundacionales sobre el género. Cabe destacar, también, la siguiente aportación de Loureiro, que se ajusta perfectamente a las autobiografías que corresponden en el presente trabajo desde la teoría puramente literaria: «Podría decirse, entonces, que la retórica performativa presente en la autobiografía no desestabiliza [...] sus pretensiones epistemológicas, sino que las supera, puesto que si la autobiografía fracasa necesariamente como empresa cognoscitiva, triunfa siempre como acto performativo, ético, dirigido al otro: aunque la autobiografía nunca puede representar la verdad, siempre presentará el deseo del sujeto de autoconocerse y su promesa de verdad-simplemente promesa, no realidad» (Ángel G. LOUREIRO, «Autobiografía: el rehén singular y la oreja invisible», Anales de Literatura Española, 14, 2001, p. 148).
23 Existen otras muchas autobiografías militares cuya conexión con las relaciones de servicios se encuentra muy presente. En cierta manera, casi todas estas vidas de militares recogen elementos de estos documentos legales; sin embargo, se debe destacar la autobiografía de Catalina de Erauso, la famosa monja alférez, que también da cuenta de todos sus logros militares, a lo que se le suman las dificultades por las que debe pasar por tratarse de una mujer que se hace pasar por hombre. Esta es, de las autobiografías militares de la época, una de las más singulares tanto por el sexo de la protagonista, dado que, evidentemente, se trata de un género únicamente llevado a cabo por hombres, como por las aventuras que narra.
24 Margarita LEVISI, op. cit.
25 Alessandro CASSOL, op. cit., 2000.
26 Margarita LEVISI, op. cit., pp. 131-132.
27 Margarita LEVI SI, op. cit., p. 138.
28 Miguel Martínez, op. cit., p. 88.
29 María Antonia DOMÍNGUEZ FLORES, Alonso de Contreras: Discurso de mi vida: estudio y edición, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2007, tesis doctoral inédita, p. 254.
30 Ibid., pp. 254-255.
31 También Martínez ha interpretado el suceso de esta manera: «Este brutal acto de violencia original, que el Contreras adulto relata con la indiferencia distanciada que será característica de su prosa, es el comienzo último de su historia de vida» (Miguel MARTÍNEZ, op. cit., p. 87).
32 Alonso de CONTRERAS, op. cit., p. 99.
33 Sonia P É RE Z-Vl L LAN U EVA, «Autobiografía y teatro. El "yo" como espectáculo en la "Vida" de Alonso de Contreras», en Compostela aurea: actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional del Siglo de Oro (AISO), Santiago de Compostela, 7-11 de julio de 2008, coords. Antonio Azaustre Galiana y Santiago Fernandez Mosquera, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 2008, p. 344.
34 Ibid., p. 343.
35 Alonso de CONTRERAS, op. cit., p. 303.
36 Ibid., p. 334. Pérez Villanueva se refiere a este suceso como ejemplo del modo en que Contreras convierte su autobiografía y su «yo» de la misma manera y con los mismos mecanismos temáticos que los teatros áureos (Sonia PÉREZ-VlLLANUEVA, op. cit ). Aun así, esta no es la única autobiografía militar en la que se manifiesta un feminicidio como este, también Duque de Estrada y Miguel de Castro cometen asesinatos de esta índole, en una linea muy parecida a la de Contreras.
37 Oriol MIRÓ MARTÍ, «El concepto de justicia en el Discurso de mi vida del capitán Alonso de Contreras», The Korean Journal of Hispanic Studies, 6:2, 2013, pp. 111-138; Oriol MIRÓ MARTÍ, «La utopía de impartir justicia en el Siglo de Oro español: crimen y castigo en la obra de Alonso de Contreras», en Actas del XIX Congreso de romanistas escandinavos, Reykjavik, Universidad de Reykjavik, 2014, p. 7.
38 María Antonia DOMÍNGUEZ FLORES, op. cit., p. 269.
39 Ibid., pp. 363-364.
40 Ibid p. 224.
41 La relación entre la picaresca y las autobiografías militares de los siglos XVI у XVII ha sido muy estudiada por parte de la crítica. Para la obra de Conteras cabe destacar a Pope (Randolph D. POPE, op. cit.), Levisi (Margarita LEVIS I, op. cit.), Cassol (Alessandro CAS SOL, op. cit.) y, a su zaga, Domínguez Flores (María Antonia DOMÍNGUEZ FLORES, op. cit.). El mismo Serrano y Sanz, quien realizó una de las primeras ediciones rigurosas de este género, señala que «pasajes hay en las vidas de D. Alonso Enriquez, de Miguel de Castro, de Conteras, que parecen copiados del Lazarillo, del Gran Tacaño o de Guzmán de Alfarache» (Manuel SERRANO Y SANZ, «Introducción» en Vida del capitán Alonso de Contreras, caballero del hábito de San Juan, natural de Madrid, escrita por él mismo (años 1582 a 1633), Cervantes Virtual, 1900). Domínguez Flores es quizá quien más espacio dedica a esta comparativa, de la que se deduce un conocimiento claro por parte de Contreras de este tipo de literatura y de la intención del autor de reflejarse a sí mismo como un picaro en su infancia (María Antonia DOMÍNGUEZ FLORES, op. cit.).
42 No es casual que Miró Martí asegure que «Este hecho marcaría el inicio de una vida errante, primero de picaro, luego de criado, más tarde de levante, alférez, oficial, fraile y, finalmente, capitán de infantería de la célebre Orden de Malta» (Oriol MIRÓ MARTÍ, art. cit, 2013, p. 112).
43 Henry ETTINGHAUSEN, «Introducción crítica», en Diego DUQUE DE ESTRADA, Comentarios del desengañado de sí mismo. Vida del mismo autor, ed. Henry Ettinghausen, Madrid, Castalia, 1983, pp. 765. En el momento de redacción del presente trabajo, se desconocía la magnífica edición de esta misma obra de Elisabet María RASCÓN GARCÍA, Comentarios del desengañado de sí mismo, prueba de todos estados y elección del mejor de ellos. Vida del mesmo autor de Diego Duque de Estrada. Edición crítica y estudio, Huelva, Universidad de Huelva, 2023, tesis doctoral inédita.
44 Diego DUQUE DE ESTRADA, op. cit.
45 García Santo Tomás es el único critico que se ha propuesto analizar el título y el porqué del término Comentarios, en lugar de Memorias o Vida, como solía ser más común en la época. Finalmente, llega a la conclusión de que «However, it is not the text's lack of didacticism that has made it so difficult to classify and integrate into any kind of textual canon, but rather, I would argue, its generic complexity. Unlike the cohesive nature of terms like Historia and Vida that appear in some of his peers' memoirs, the word Comentarios allows him large degrees of freedom» (Enrique GARCIA SANTO TOMÁS, «Ruptured Narratives: Tracing Defeat in Diego Duque de Estrada's Comentarios del desengañado de sí mismo (16141645)», eHumanista, 17, 2011, p. 83).
46 Randolph D. POPE, op. cit.; Margarita LEVISI, op. cit.
47 Pope explica que «la seguridad con que se mueve en su mundo un Diego de Paredes ha desaparecido en Duque de Estrada [...]. Pocos personajes de la época, fuera de los brotados de la pluma de Cervantes, ostentan tanta humana veleidosidad, perplejidad ante la realidad y faltas de compaginación entre la concepción de sí mismos y lo que cuenta de ellos, como Diego Duque» (Randolph D. POPE, op. cit., pp. 177-178). Véase también Enrique SUÁREZ PlGAREDO, «Diego García de Paredes (Breve suma de su vida y hechos)», Lemir: Revista de Literatura Española Medieval y del Renacimiento, 21, 2017, pp. 31-44.
48 Luis Miguel DOS SANTOS VICENTE, «Encarnar la nación. La escritura autobiográfica de Diego Duque de Estrada (1614-1645)», eHumanista, 48, 2021, p. 326.
49 Ibid., p. 333.
50 Se debe recordar que, en cualquier caso, en la primera parte de esta obra el protagonista no es Duque de Estrada, sino su genealogía y el origen de su estirpe.
51 Diego Duque de Estrada, op. cit., p. 98.
52 Ibid., p. 100.
53 Ibid., p. 100. Este mal augurio que adquiere toda su narración explica la literariedad de la autobiografía, en este sentido muy distinta a la de Contreras y a la de Pasamonte: «Quise volverme atrás; pero pareciéndome que eran impulsos de cobardía de lo que me podía suceder en el camino, reprendí mis accidentes insólitos, tan ajenos de mi natural valor, y resolví la empresa [...]. Estaba frío y perplejo y, reprendiéndome a mí mismo, cerré los ojos a los presagios de estos accidentes y volví la calle para abrir la puerta falsa del jardinillo» (ibid., p. 101).
54 Ibid.,p. 102.
55 Ibid., p. 103.
56 Ibid., p. 104.
57 Ibid., p. 105.
58 Duque de Estrada, además, como ha estudiado Encarnación Juárez Almendros, está obsesionado por la etiqueta y el ceremonial cortesanos (Encamación JUÁREZ ALMENDROS, op. cit.).
59 Cassol ejemplifica su teoría sobre las parodias literarias en esta obra a partir de este primer suceso violento. Según el estudioso, «a manera de ejemplo, podemos recordar el episodio ya citado de la tradición de su prometida, y el duelo con un hombre embozado, que, muerto ya, se descubre ser su mejor amigo; no sólo el suceso narrado presenta claros paralelos con una situación tópica del drama contemporáneo, sino que lo hacen también las palabras de acusación que la voz narradora, evocando el hecho, dirige a "la maldita y descomulgada ley del duelo" (104), expresión que no podía no resultar familiar a cualquier consumidor de espectáculos teatrales» (Alessandro CASSOL, «La memoria de la escritura: Parodia de los géneros literarios en los "Comentarios" de Diego Duque de Estrada», en Alti del XXI Convegno [Associazione Ispanisti Italiani], coords. Domenico Antonio Cusato et al., 2004,1, p. 48).
60 Luis Miguel DOS SANTOS VICENTE, art. cit, p. 334. Anteriormente, en la misma línea, Ettinghausen también ve en este suceso el episodio que realmente da comienzo a todo lo que sucederá después: «Es esta acción fatal, que pone en marcha la maquinaria de la trama de la autobiografía, un acto heroico, propio de un noble, a quien su propia nobleza le obliga a que reaccione impulsivamente y tome su venganza por su propia mano en vez de entregar la posible salvación de su reputación al proceso lento, impersonal y vulgar de la justicia» (Henry ETTINGHAUSEN, op. cit., p. 33).
61 Jerónimo de PASAMONTE, Vida y trabajos, eds. José Angel Sánchez Ibáñez y Alfonso Martín Jiménez, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2017.
62 José Ángel SÁNCHEZ IBÁÑEZ y Alfonso MARTÍN JIMÉNEZ, «Introducción y notas», en Jerónimo de Pasamonte, Vida y trabajos, eds. José Ángel Sánchez Ibáñez y Alfonso Martín Jiménez, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2017, p. 14.
63 Levisi es quien mejor ha trabajado la obra hasta el momento. Sobre esto último, la investigadora opina que «quizá en ninguna otra obra autobiográfica de soldados del Siglo de Oro se destaque de forma tan evidente la conciencia de una realidad interior como en la de Pasamonte, aunque el grueso de su narración se refiera a los hechos externos de la propia trayectoria. Pero en cualquier caso, incluso cuando el interés del narrador se concentre aparentemente en las aventuras o acontecimientos de su mundo externo, prescindiendo parcial o totalmente de la declaración de procesos interiores, es siempre posible deducir aproximadamente cuáles fueron éstos a través de la observación de aquéllos, particularmente cuando los hechos narrados ofrecen características que la psicología moderna nos ha enseñado a considerar relevantes, y cuando observamos que sus consecuencias dejan una huella previsible en la conducta posterior del personaje» (Margarita LEVISI, op. cit., p. 36).
64 Jerónimo de PASAMONTE, op. cit., p. 205.
65 Randolph D. POPE, op. cit.
66 Margarita LEVISI, op. cit.
67 Steven HUTCHINSON, «La Vida de Jerónimo de Pasamonte: Economía del extravío», en El ingenioso hidalgo: estudios en homenaje a Antony Close, coord. Rodrigo Cacho Casal, Madrid, Centro de Estudios Cervantinos, 2009.
68 Ibid., p. 138.
69 Margarita LEVISI, op. cit., p. 82.
70 Ibid.
71 Alessandro CASSOL, op. cit., 2000.
72 Steven Hutchinson, op. cit., p. 139.
73 Ibid., p. 139.
74 Jerónimo de PASAMONTE, op. cit., p. 142.
75 Edward C. PJLEY, «¿Cómo era Pasamonte?», en Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, coord. Antonio Pablo Bernat Vistarini, Palma, Universität de les Illes BalearsServei de Publicacions i Intercanvi Científic, 1998, p. 87.
77 Justo antes del fragmento citado, Levisi ya alude a dichos episodios: Por los datos que proporciona Pasamonte en su autobiografía, la infancia o adolescencia se ofrecen a su memoria como épocas en las que predominan los momentos dolorosos, de los cuales se libró por lo que él, escribiendo desde un presente angustiado, considera directa intervención divina. Sus recuerdos parecen limitarse, como ya señalamos, a diversos accidentes en los cuales su vida se ve en peligro, violentos castigos o malos tratos en las manos de tutores que reemplazan a los padres muertos cuando el protagonista es aún muy pequeño (Margarita LEVISI, op. cit., p. 55).
76 Margarita LEVI SI, op. cit., p. 56.
78 Jerónimo de PASAMONTE, op. cit., p. 280.
79 Félix NIETO DE Silva, Memorias de D. Félix Nieto de Silva. Marqués de Tenebrón, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1888. En la edición que manejamos el título es el de Memorias, quizá más acorde al género con el que realmente concuerda esta obra. El hecho de que atribuya todo lo que le ocurre a los milagros de la Virgen de la Peña de Francia funciona para encubrir el verdadero sentido de la autobiografía, así como para evitar una acusación de vanagloria, frecuente para quien escribía este tipo de textos en primera persona.
80 Ibid., p. 5. En el momento de la redacción del artículo, se desconocía la reciente tesis doctoral de Inmaculada SALCEDO REYES, Las vidas de soldados en el contexto de la autobiografía de los Siglos de Oro, Barcelona, Universidad de Barcelona, 2021, en la que la autora también habla sobre la relación de la violencia con estas autobiografías, así como de la similitud entre este suceso en la obra de Pasamonte con la de Nieto de Silva. Esta autora, de hecho, vincula ambos con la leyenda hagiografica de San Blas.
81 Luis Miguel DOS SANTOS VICENTE, art. cit.
82 Randolph D. POPE, op. cit.
83 Margarita LEVISI, op. cit.
84 Alessandro CASSOL, op. cit., 2000.
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Abstract
En el presente trabajo se analizan la violencia en los episodios iniciales de las autobiografías de Alonso de Contreras, Diego Duque de Estrada y Jerónimo de Pasamonte. Estos primeros acontecimientos traumáticos suponen un punto de partida en la narración de los hechos que constituirán cada obra, y servirán a los autobiógrafos a empezar a construir su propia individualidad a partir de unos primeros rasgos ya presentes en su infancia, reconocibles en los episodios de violencia relatados. Asimismo, dichos episodios se supeditan a la propia estructura del texto, así como al sentido determinado que fundamente la razón de ser de cada autobiografía. Tanto Alonso de Contreras como Duque de Estrada y Jerónimo de Pasamonte sirven como ejemplo para presentar el modo en que cada uno emplea dicha violencia infantil para justificar sus actos y su propio individuo, además de la narración de sus propias vidas.





