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Si supieras cuánto se esmeran en este sanatorio. Te bañan con una esponja especial, te ponen tratamientos para el cutis y cepillan tu "frondosa cabellera rubia", como dicen con elegancia las enfermeras. Reconozco que te tienen preciosa, pero de eso a que estés mejorando, no lo creo. Me molesta que el doctor quiera marearnos y, para colmo, mi mamá es igualita. El otro día nos peleamos porque se le ocurrió decirle a la niña que la iba a llevar a conocer a su mami que estaba de viaje. Ve qué disparate decirle a una niña, que no tiene ni dos años y que de por sí enfrenta el enorme problema de tener dos mamás, que hay una tercera. La del turno matutino, o sea, mi mamá, le dice haz esto. Yo, que soy la mamá del turno vespertino, le digo no lo hagas; y tú, la verdadera madre, no le dices nada porque estás de viaje. Total, que mi mamá ya no me habla, se ofendió porque le dije que no tenía derecho a llenarle a tu hija la cabeza de mentiras, igual que había hecho con nosotras. Me sacó de mis casillas. Se defendió diciendo cosas que no tenían nada que ver con lo que estábamos discutiendo; me dijo que, a diferencia de mí, ella sí sabía lo que era ser una madre, y que le daba lástima que ni tú ni yo hubiéramos heredado de ella la capacidad para ser felices. Luego se encerró en el baño a vomitar.
No la entiendo, Teresa, su incongruencia me perturba sobremanera. Una vez, cuando era chica, le pregunté en la misa que por qué lloraba y me dijo que de felicidad. Sé que el llanto puede significar muchas cosas, yo misma lloro a veces sin razón, sin dolor o tristeza, pero en aquel entonces me dije ¿felicidad de qué? No es que la viera llorar todo el tiempo, incluso cantaba mientras guisaba o lavaba la ropa, pero aun ese canto tenía algo que me llenaba de desconsuelo.
Siempre me ha obsesionado saber quién es en verdad mi mamá, qué le pasa, qué oculta. Cuando éramos chicas, ella contestaba a nuestras innumerables preguntas con frases cortas y tajantes, como si su vida estuviera hecha de conclusiones. Sintetizó su boda diciendo que había sido el día más feliz de su vida. ¿En serio, Teresa? ¿Qué tiene de felicidad casarte a los trece años en una iglesia en penumbras? En estos últimos tiempos me he ido enterando de cada misterio. El otro día me confió que en la iglesia se moría de miedo porque la llama del cirio del sagrario temblaba y dibujaba sombras en las paredes, que tenía frío y, lo peor, que no sabía que se estaba casando, o tenía de ello una idea bastante confusa. Imagínate qué cándida, su madre la había puesto sobre aviso unos días antes, cuando la llevó por primera y única vez a tomar un helado a la plaza. Dice mi mamá que no cabía en sí misma. Antes de irse dejó la cocina limpia, se lavó los pies, se untó crema en todo el cuerpo y se puso su vestido de domingo. Se sentaron en una mesa de los portales a platicar como dos alegres amigas. Cuando la abuela le soltó la buena nueva, mi mamá, en su papel de señorita sentada en los portales, le preguntó muy ecuánime: pero ¿cómo me voy a casar con ese señor?, ¿eso se puede? Entiendo que a la abuela, que ya era viuda y lavaba ajeno, la pedida le cayó del cielo, pero cómo pudo no abrazarla y decirle Dios proveerá, ya veremos cómo nos arreglamos.
Para colmo, me encontré por ahí el acta de matrimonio y dice que se casaron a las diez de la noche. La explicación de mi mamá fue que no había otras fechas disponibles, pero ¿que no en aquel entonces la tía Amelia asistía al párroco? Supón que agendó esa hora para que el cura alcanzara a cenar y a jugar su partida de conquián con el boticario, pero entonces ¿por qué la familia de mi mamá no acudió a la misa? Podríamos hacer mil conjeturas, lo cierto es que esa boda fue un trámite, no una celebración. Hay una sola foto de ese día: están los tres entrelazados de los brazos, como se mantuvieron siempre: mi papá en medio, a su lado izquierdo mi mamá, y a su derecha la tía Amelia. La tía, menudita y blanquísima, lleva el mismo chongo apretado de siempre, sus zapatos de enfermera y medias nacaradas. A mi papá los pantalones le quedan grandes y las mangas del saco, cortas. Mi mamá parece la hija de los dos, aunque su piel morena contraste con la de ellos. Total, que en la misa respondió que sí a lo que se le preguntaba por miedo a la sombra del crucificado que bailaba detrás del cirio pascual; respondía que sí en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso, con tal de salir corriendo.
Me imagino que su luna de miel fue peor, porque la pasaron en la casa donde vivían mi papá y la tía Amelia; acostaron a mi mamá en un catre en la cocina y apagaron la luz. Mi mamá no se atrevió a decirles que le daba miedo la oscuridad y que nunca dormía con la luz apagada. Se pasó la noche en vela vestida como estaba, tal como fue a la iglesia, mirando en el techo las sombras de los naranjos. A la mañana siguiente fue la fiesta en la casa de la abuela. Figúrate la estampa: debajo de un zapote estuvieron sentados mi papá, la tía Amelia y el cura, mientras los vecinos departían. Mi mamá se pasó la mañana jugando con sus hermanas y el montón de primitos que ella cuidaba.
Como sea, celebraron de lo lindo, mi mamá y sus hermanos bebieron cervezas y pulque de nuez, aunque ninguno alcanzaba todavía la mayoría de edad. Cuando ya estaban entonados, el tío Ramón se levantó de su silla y con solemnidad pidió silencio. Con la autoridad de hermano mayor y hombre de la casa, ordenó a mi mamá que dejara de perseguir a las gallinas y fuera a sentarse.
Una vez que la concurrencia hizo el favor de callarse gritó que vivan los novios. Los niños, achispados, incluida mi mamá, soltaron las carcajadas. Ya te imaginarás cómo se escandalizó la tía Amelia, con una mirada hizo que mi papá se levantara, y aquí se rompió una taza.
El punto al que quiero llegar es que ni la abuela ni nadie le informó a mi mamá que la gente se casaba para ser feliz, o al menos por cariño. En la misa el cura les recitó la encomienda que Dios les hacía a los casados: Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo ser viviente que se mueve sobre la tierra. Si nos atenemos a eso, mis papás fueron fecundos, tuvieron tres hijos, aunque sólo dos se hayan logrado. No dominaron ni sus propias vidas, pero está bien; como fuera, cumplieron. Mi pregunta es: ¿qué tiene que ver eso con la felicidad?
Mi papá es otro misterio, peor que mi mamá. Contar su historia es más difícil; las dos o tres cosas que alguna vez nos dijo sobre su vida eran hechos desprovistos de sentimientos y sin ilación, como si fueran una lista de ingredientes. Mi mamá lo resume así: se casó recién desempacado del norte donde estuvo quince años piscando tomate. Mi papá y su familia anduvieron de mojados en Illinois, se fueron caminando desde Lagos, en el camino murió Refugio, el hermano gemelo de mi papá. Casi llegando a Chicago se le paró el corazón a mi abuelo, que era peluquero; y después de quince años, mi abuela murió de lo mismo. Inmediatamente después se volvieron a México los únicos que quedaban: mi papá y la tía Amelia.
Dice mi mamá que cuando lo conoció tenía treinta años, pero ya era viejo y maniático, sufría de zumbido, migrañas y una incipiente artritis degenerativa.
Ahí tienes los hitos que tenemos para reconstruir la historia de nuestros padres, para saber quiénes fueron, por qué se casaron y con suerte, Teresa, para entender qué estamos haciendo tú y yo atrapadas en este sanatorio de monjas.
En resumidas cuentas, nuestra vida está construida sobre ocultamientos y mentiras. No me extrañaría que así de preciosa como estás, en esa posición de Virgen María, con tus manitas juntas sobre el vientre, por dentro estés llorando. ¿Qué sientes realmente, hermana? ¿Quieres despertar o quedarte así para siempre? ¿En verdad estás en franca recuperación como dice el doctor? Si de plano te escapaste del mundo porque te resultaba insoportable, te respeto, pero que no le digan a la niña que estás de viaje y que muy pronto vas a regresar.
No vas a creer con quién me topé al salir de la vecindad. La comadre Lucita, bien encopetada, como siempre, fue a visitar a mi mamá. Me dijo buenos días y me siguió con la mirada como diciendo yo a ti te conozco. Ya se me hacía raro que no hubiera aparecido antes, si ella es de las que piensan que los verdaderos amigos son los que están contigo en las dificultades. Por eso, o porque le encanta el chisme, siempre aparece tras los accidentes para recoger los vidrios rotos.
Mi mamá salió a la calle por los botes de basura y se dio cuenta de nuestro intercambio. Haciéndose la que no vio nada, apiló los botes y cerró el portón. Aunque su fascinación es contarles a sus amigas las tragedias que le pasan, supongo que una cosa es decir que una de sus hijas cayó en coma y otra muy diferente es enfrentar la vergüenza de mostrar en qué condiciones quedó la otra. Para joderla, me quité la pañoleta y le dije buenas, qué milagro, mi mamá la está esperando. Antes de que la comadre me hiciera la pregunta esperada de Dios mío, ¿qué te pasó?, la dejé con el Jesús en la boca y me fui en cámara rápida tragándome las lágrimas de pura rabia. Me imagino que ese par de morbosas debe haber terminado con la caja de kleenex en la mesa tras ponerse al día.
Yo estoy peor, Teresa. Ya sé: vengo a lloriquearte mis penas al cabo que ni oyes ni piensas ni sientes. Soy tan cobarde que me desahogo contigo hablando pestes de mi mamá porque sé que te tiene sin cuidado. Es que yo no podría enfrentarla, le dolería en el alma saber las cosas que pienso de ella. Hasta yo me doy asco. Sé que soy injusta, y me quiebro la cabeza pensando cómo dejar de serlo sin que eso signifique mi propia anulación, pero tal parece que la justicia no es algo que se deje repartir. Es una balanza: o cae de un lado o del otro.
CONÓZCALA
Gabriela Enríquez
Estudió Ciencias Políticas y es maestra en Estudios para la Paz.
Por más de 20 años ha trabajado en el campo de la educación de adultos.
Es egresada de la Escuela Mexicana de Escritores y de Literaria Centro Mexicano de Escritores.
Ha incursionado en la narrativa, poesía, dramaturgia y guion documental.
Codirigió y escribió el guion del documental Adónde vas, loco, y es guionista del documental Ofrenda.
Otras de sus obras
Nieve en agosto
La oración en Getsemaní
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