El Amusement philosophique sur la langage des Bestes1
En 1738 el jesuíta francés Guillaume Hyacinthe Bougeant2 escribió el Amusement philosophique sur la langage des Bestes (о Bêtes, en algunas ediciones), un texto satírico en el que objeta la tesis cartesiana sobre el automatismo de los animales, que afirmaba que, al no poseer alma, carecían de dimensión psicológica, consciencia o sentimientos. La obra fue impresa en París en 1739 por Gissey, Bordelet y Ganeau, contando con aprobación (Courchetet, 1 de diciembre de 1738) y el privilegio real de Luis XV (6 de febrero de 1739), pero no incluye el nombre del autor, lo que sugiere ya cierta intención.
El libro está escrito como una epístola que el remitente le dirige a una enigmática "Madame C", en la que argumenta en extenso su opinión sobre el habla de los animales, dividiendo su exposición en tres partes: "Del conocimiento de los animales", "De la necesidad de un idioma entre los animales" y "Del idioma de los animales". Fue tal su éxito que se volvió a imprimir en francés en ese mismo lugar y año con idénticas características, y también en La Haya. Su fama traspasó rápidamente las fronteras y en ese mismo 1739 se hicieron ediciones en Dublin y en Londres, traducidas al inglés sin identificación del traductor.
A partir de aquí empiezan a aparecer diferencias entre las ediciones. Por ejemplo, en las tres mencionadas en francés, se omitió el nombre del autor, aunque en algunos ejemplares que se conservan en diferentes bibliotecas del mundo o a la venta por la Internet, los anónimos lectores contemporáneos o posteriores identificaron a Bougeant como tal en una nota a mano en la portada (Fig. 1).
Las ediciones parisinas incluyen la aprobación y el privilegio, en cambio la de La Haya sólo tiene la aprobación, y las traducciones inglesas no contienen ningún paratexto, aunque en la portada incluyen información adicional relevante, pues no sólo atribuyen la autoría al jesuíta francés, sino que afirman que para el momento de esas ediciones estaba "confinado en La Fleche3 a causa de este trabajo" (Fig. 2).
Efectivamente, la publicación del Amusement philosophique sur la langage des Bestes sueito polémica, réplicas y contrarréplicas, satíricas y serias, así como del autor y apócrifas, que le atrajeron a Bougeant la censura de sus superiores y un exilio de París, lo cual no impidió que la obra siguiera reeditándose con diversos paratextos y añadidos.
En 1740 el mismo editor inglés imprimió en Londres una segunda edición "corregida", con un añadido en el título: A Philosophical Amusement Upon the Language of Beasts and Birds (Fig. 3).
Diez años después se imprimió en Amsterdam, en francés, a cargo de la Compañía de Jesús, con un título ampliado y varios paratextos y textos añadidos: una "Carta del P. Boujeant \siĄ, jesuita, al P. Savaltte, Consejero del Gran Consejo", una Advertencia, un Discurso de apertura, una "Carta a Madame la condesa D·· para servir como Suplemento", y una Advertencia a la Carta a Madame la condesa D··. Esta edición es la única que identifica a la misteriosa "Madame C" como la "Duchesse de Chaulnes",4 aunque es difícil comprobar esta identificación (Fig. 4).
Los textos añadidos, datados todos en 1739, muestran cómo el autor se había involucrado en las polémicas que su obra suscitó. Más tarde, en su Exposition de la Doctrine Chrétienne Par Demandes & par Eépinses... publicada en 1741, rectificaría también algunas cuestiones.
Las ediciones continuaron sucediéndose: en 1752 en italiano, en 1753 y 1757 en francés, en Ginebra, ya sea con el título simple y sin nombre de autor, o ya extendido y con atribución autoral, pero todas sin paratextos, y sólo la última incluyendo otro texto. En 1783 se imprimió de nuevo en francés, con un peculair pie de imprenta "A Pékin; et se trouve à Paris" (Fig. 5).
Como ya se dijo, el libro causó polémica, y un ejemplo de las réplicas es la obra escrita por el inglés John Hildrop, titulada Free Thoughts Upon the Brutecreation; or, An Examination of Father Bougeanťs Philosophical Amusement, in Two Fetters to a Eady, impreso en Londres en 1742, y reeditada en 1751 (Fig. 6).
Sin embargo, el asunto abordado por Bougeant no era nuevo en Europa. En 1728 se imprimió en Amsterdam un Essai philosophique sur Pâme des bêtes, où l'on traite de son existence et de sa nature, et où l'on mêle par occasion. Diverses réflexions sur la nature de la liberté, sur celle de nos sensations, sur l'union de l'âme et du corps, sur l'immortalité de l'âme et où l'on réfute diverses objections de Mr Bayle. Y en 1737 se imprimió una segunda edición en dos tomos (Fig. 7).
También, en 1740, se imprimió un texto anónimo, sin licencias, paratextos ni pie de imprenta, con un título similar al de la controvertida obra de Bougeant: Eeflexions Sur E'Ame Des Bestes, en Forme D'Amusemens Philosophiques, que en el ejemplar disponible en la Internet en Google Books, se le atribuye, en una anotación manuscrita, a él.5 (Fig. 8)
Esta obra resulta interesante ya que no sólo aborda el mismo tema y está escrita en el mismo tono satírico, sino que sigue idéntica estrategia epistolar en la que la destinataria es también una mujer no identificada, e incluso la estructura, con la diferencia de que el misterioso autor de esta obra la divide en cuatro partes: "De qué están hechos los animales", "Si los animales tienen un alma", "Si los animales sufren" y "Si los animales sufren con justicia". La comparación entre ambos textos bien podría aportar infirmación sugestiva para investigar.
Por su parte, para el caso español y portugués, José Manuel Rodríguez Pardo ha estudiado la polémica suscitada a raíz de la publicación en 1729 del ensayo de Feijoo sobre la "Racionalidad de los brutos" incluido en su Teatro crítico universal (Tomo III, Discurso IX), donde defendía la racionalidad y voluntad de los animales. Asunto que en opinión de dicho investigador defendían también los jesuítas, como Beaugeant, "entre otros motivos, por ser una teoría defendida y permitida por la Iglesia católica, a cuya cabeza papal debían obediencia [...] como voto suplementario" (Rodríguez Pardo 232).
No hay evidencia de que el Amusement philosophique sur la langage des Bestes fuera traducida al castellano у/о impresa en esta lengua. Si acaso circuló en España en algunas de sus ediciones tuvo que ser de manera clandestina, ya que la obra fue prohibida por la Inquisición española a partir del edicto de 16 de enero de 1756, tal como se señala en el ÚItimo índice de libros prohibidos... de 1790 (Indice último 9). Otra de sus obras, la comedia La dama doctor corrió con la misma suerte, pues también fue prohibida aunque circuló clandestinamente sin el nombre de su autor y fue traducida por Antonio José Porcéi (Bougeant 20-23).
Pero, ¿qué tiene qué ver el Amusement philosophique sur la langage des Bestes con la Nueva España? Pues que en 1788 el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Mexico llevó a cabo un proceso contra varios vecinos de la ciudad por el delito de proposiciones heréticas, a raíz de la lectura y discusión de un manuscrito anónimo en castellano titulado Discurso filosófico sobre el lenguaje de los animaler (Fig. 9), que es la única traducción castellana de la que se tiene noticia de la obra de Bougeant, de allí su notable importancia y la razón por la que Salvador Lira y quien esto escribe decidiéramos rescatarlo y editarlo en 2021 acompañado de un estudio preliminar (Bougeant 20-23).
La presencia de esta obra en la Nueva España a casi cincuenta años de su primera edición europea suscita muchas preguntas que por desgracia la documentación disponible no permite resolver: ¿cómo y cuando pasó el texto de Europa al virreinato americano?, ¿quién lo tradujo?, ¿aquí o en España?, ¿con qué fin?, etc.7 Sin embargo, en este ensayo nos interesa explicar cómo interpretaron su contenido los novohispanos involucrados en su lectura, y cómo y por qué fue que acabaron denunciados a la Inquisición por proposiciones heréticas, pero para dilucidar esto primero hay que explicar qué dice la obra y de qué manera lo dice.
La sátira en el Discurso filosófico sobre el lenguaje de los animales
El manuscrito novohispano con la traducción de la obra del jesuíta francés no tiene nombre de autor, no está fechado y carece de paratextos, por lo que es difícil afirmar cuál edición de la obra de Bougeant le sirvió de fuente, aunque es probable que fuera una de las primeras francesas que omitían el nombre del autor y no incluían otros textos, ya que de otro modo lectores e inquisidores se habrían dado cuenta de que la obra causó polémica y estaba prohibida. Lo más factible también es que se trate de la copia de un original, también en castellano, hasta ahora desconocido,8 pues como señalamos en el estudio preliminar de la edición ya aludida, las omisiones o errores sólo se pueden explicar por inconvenientes de lectura, no de traducción. El texto sigue de cerca el original francés, y sólo en algunas ocasiones se nota el esfuerzo de adaptar alguna palabra o pasaje a un referente español (Bougeant 39-43).
La sátira se da en varios niveles pero es más evidente en las fojas preliminares y en el primero de los tres apartados de la obra. Son estos pasajes los que analizamos aquí, ya que la discusión de los novohispanos se centró en ellos.
Desde el título, los lectores de habla francesa, inglesa e italiana sabían a qué atenerse con el texto: una burla, un juego, un discurso pensado y redactado para diversión de los interlocutores de la epístola, por lo que de ningún modo podían caer en el error de creer que lo que dice era en serio.
La obra adopta tipos textuales en boga en la época que también eran utilizados por la sátira, como la epístola9 y la intoducción de relatos incrustados en el discurso principal; así como tópicos literarios como generar expectativa en el lector omitiendo intencionalmente los nombres de los personajes o los lugares involucrados, el que una dama le solicite al autor de la misiva que argumente una opinión expresada en otro contexto, ante lo que éste no tiene más remedio que obedecerla ("¿qué mejor puedo hacer que satisfacer vuestra curiosidad?" Bougeant 50) respondendiendo a su súplica con la escritura del libro/epístola; o su aclaración de que sólo le es posible responderle gracias a que se encuentra disfrutando de la tranquilidad del campo, lejos de los agobios de la vida en la urbe parisina.
En el discurso no es evidente la distinción entre el autor -el jesuita Bougeant- y el narrador que funje como emisor de la epístola, al parecer un asiduo asistente a tertulias donde participaban individuos de ambos sexos y se discutían temas de actualidad, por lo que lo más factible es que el narrador sea un personaje ficticio o un alter ego literario del propio autor.
Tampoco es claro si su interlocutora y la relación que mantiene con ella, o los demás personajes, situaciones y anécdotas, son reales o imaginados a partir de tipos sociales de la época, por lo que para efectos de este ensayo asumimos que la obra es un texto literario que crea un universo ficticio independiente de la realidad, por lo que en adelante nos referiremos a la voz que discurre como "narrador".
Desde el inicio, éste aclara e insiste en que escribe "obligado" por la curiosidad de la misteriosa "Madama C": "sabéis muy bien el poco lugar que tengo para divertirme en disertaciones de pura diversión" (Bougeant 49). Esta afirmación decreta, por tanto, que lo que escribe es un juego concebido para el regocijo de ambos. Es decir, el texto expresa un acuerdo explícito entre los interlocutores -y que se extiende por tanto al lector-, de que todo lo que contiene, aunque aborde asuntos filosóficos, es sólo un entretenimiento, como bien advierte el título en francés.
El narrador deja en la ambigüedad quién es el verdadero lector del texto, pues aunque formalmente dirige la epístola a "Madama C", asume que su escrito sería publicado, o por lo menos leído por otras personas, pues tiene en cuenta esa mirada ajena al decir: "cuando se escribe es preciso respetar a los lectores" (Bougeant 50). Esta afirmación conlleva también la conciencia del proceso y convenciones de la escritura dirigida al público, pues hace reflexiones sobre su propio trabajo creativo: "me temo que lo accesorio sea tan largo como lo principal, lo que es una falta capital contra las reglas de una composición exacta" (Bougeant 52).
La postura del narrador es abiertamente ilustrada. Satiriza el método escolástico y se expresa con términos empleados por los "filósofos modernos" ("¡Qué limitado es el entendimiento humano! [...] ¡Qué cortas sus luces y qué profundas sus tinieblas!" Bougeant 57). Incluso se mofa de la famosa tesis cartesiana "Pienso, luego existo", y apela, defendiendo el método científico moderno, a la observación, el sentido común, la experiencia y las pruebas empíricas:
Nosotros sabemos que existimos y pensamos. Nosotros conocemos diversos hechos. Conocemos la existencia de mil causas, pero si nos preguntamos el cómo y el por qué, nos apuramos en conjeturas frívolas, en suposiciones falsas, y nos aturdimos con mil vanos discursos, que lejos de ilustrarnos no sirven comúnmente a otra cosa que [a] sofocar la poca luz que el sentido común nos había dado. ¿Si no nos comprendemos a nosotros mismos, cómo podremos comprender la naturaleza de los animales y de todo lo que está fuera de nosotros? (Bougeant 57)
Como en otro espacio, real o ficticio, el narrador expresó su opinión de que "los animales hablan y que se entienden entre ellos" (Bougeant 50), en la epístola se propone argumentar y probar su dicho, para lo cual divide su exposición en los tres puntos mencionados: "Del conocimiento de los animales", "De la necesidad de un idioma entre los animales" y "Del idioma de los animales". Sin embargo, sólo aborda el tema de su disertación en los dos últimos, ya que en el primero recuerda la irresoluta controversia que enfrentaba a filósofos y teólogos sobre si los animales tienen conocimiento -asunto nodal para poder atribuirles un lenguaje-, para luego reseñar un "nuevo sistema" filosófico que aparentemente zanjaba dicho debate, el cual escuchó en una tertulia a un anónimo "Autor".
El primer argumento para demostrar que los animales hablan es puramente satírico: "la razón por la que me persuado de que los animales hablan es porque monsieur Rooo habla. Vos añadiríais a madama de Hooo" (Bougeant 50). Ya entrando en materia, el narrador rebate la tesis cartesiana que reduce a los animales a máquinas. Y aunque señala que si bien en la Biblia aparecen brutos parlantes, como la serpiente del Paraíso y la burra de Balaam, y las fuentes clásicas registran a algunos otros como los caballos de Aquiles (Bougeant 51-52), estas pruebas no le parecen sólidas -es decir, científicas- para demostrar su opinión, de modo que, de nuevo, recurre a pruebas empíricas y al sentido común, que se atienen a la observación y la experiencia, aunque antes que a lo racional, apela a lo emocional: "yo desafío a todos los sectarios de este sistema, a que os persuadan [de] que la perrita que tanto amáis es una máquina" (Bougeant 53). Entonces, evidenciando lo obvio, señala las diferencias entre un animal y una verdadera máquina, como un reloj, pues sus interacciones con los humanos son muy diferentes:
Representaos a un hombre que amase a una muestra como se ama a un perro. ¿Este le acariciara porque se creía amado? Y las horas que señalase, ¿se persuadiría que lo hacía por un sentimiento de amistad, y que sus movimientos los ejecutaba por un conocimiento de causa? Pues ésta sería (si la opinión de Descartes fuese verdadera) la necedad de los que creen que los perros le son leales y que los aman con conocimiento de causa, y lo que llaman instinto. (Bougeant 53)
Para el narrador, la teoría escolástica del filósofo está basada en la especulación, no en pruebas empíricas ("el sistema de este filósofo sólo está fundado en puras posibilidades" Bougeant 53, "este sistema es sólo una pura suposición, sin prueba ni fundamento" Bougeant 56), por ello defiende que es de sentido común y experiencia que si se observan las actitudes propias y naturales de los animales, queda demostrado que tienen emociones y, por lo tanto, "un principio de conocimiento":
Yo veo a un perro venir cuando le llamo, lamerme cuando le acaricio, temblar y huir cuando le amenazo, obedecer cuando le mando y, en fin, dar todas las muestras exteriores de diversos sentimientos de tristeza, alegría y temor y deseo, de las pasiones, amor, odio, etc. De aquí concluyo inmediatamente que el perro tiene en sí mismo un principio de conocimiento y de discurso, cualquiera que sea. (Bougeant 54)
Sin embargo, el narrador concede que pensar así supone un dilema, porque admitir que "los animales sienten, conocen y obran con conocimiento y discurso, sería reconocer que tienen alma como los hombres". Proposición peligrosa porque contraviene los principios religiosos y tiene implicaciones aún más temerarias, como que esa alma tendría que ser "inmortal y capaz de mérito y de demérito, [y] como tal digna de premio o castigo, y sería necesario hubiese para los animales infierno y paraíso", de tal modo que se tendría que asumir que los brutos son "una especie de hombres" o los hombres "una especie de brutos" (Bougeant 54), lo cual sería una herejía (Bougeant 55).
El reto, por tanto, radicaba en conciliar los principios religiosos, las tesis filosóficas y la realidad empírica, de allí la novedad del "nuevo sistema filosófico" que le escuchó al enigmático "Autor". La sátira del narrador se desdobla por tanto, en una segunda sátira incrustada en el discurso principal, y ambas están dirigidas al divertimiento anunciado, ya que ese "nuevo sistema", según las palabras del propio narrador, mezcla lo "serio" y lo "jocoso", coincidiendo con su propia intención.
Y si en la epístola hay dos interlocutores que son cómplices del juego: el narrador y "Madama C", en la narración incrustada hay un par de antagonistas: el "Autor" del nuevo sistema, caracterizado como un bromista "filósofo moderno" que, mediante la parodia, lleva hasta consecuencias ridiculas el arte de razonar, y un "doctor en teología",10 representante del antiguo régimen, quien, intolerante e incapaz de comprender que lo que escucha es sólo una broma, toma lo dicho por verdadero y juzga heréticas las ideas expresadas, por lo que es caricaturizado por el narrador:
Durante que el autor se explicaba así, un abate, doctor en teología, que se hallaba presente, hombre de entendimiento pero vivo en la disputa y prevenido, gruñía entre dientes con aire de disgusto. (Bougeant 59)
Mi pluma no es capaz de explicaros, madama, lo que el doctor sufrió durante esta exposición de la Sagrada Escritura. Quiso interrumpir al autor y demostrarle que los lugares de [la] Escritura que había citado podrían explicarse de otra manera; pero se le obligó [por] segunda vez a callar [...] (Bougeant 64)
A estas últimas palabras, nuestro doctor hizo un terrible gesto, dándose una palmada en la rodilla, lo que excitó la risa del auditorio. (Bougeant 67)
La sátira en el discurso del "Autor" radica en que, echando mano de un método racional, abusa de la retórica, el silogismo y los pasaje bíblicos para acomodarlos a su extravagante interpretación, pues en la medida en que su argumentación avanza, va extrayendo conclusiones, unas más absurdas que otras, en un ejercicio de raciocinio filosófico que, insistimos, es meramente lúdico. Y tanto el narrador como su interlocutora son conscientes de que este segundo discurso -escuchado de verdad en algún lugar o inventado por el narrador que supuestamente lo transcribe- es también una disparate filosófico: "yo os expondré otro sistema [...] que os divertirá [...] el cual expondré en los mismos términos que se lo oí al autor" (Boougeant 57-58).
A continuación el narrador recurre a otra estrategia literaria: la supuesta transcripción "literal" de la disquisición del "Autor" del "nuevo sistema". Este asegura que su método, basado en la razón, no sólo no contraviene "los dogmas de la religión", sino que demuestra que los animales tienen "alma racional", y que las pruebas están en la propia Biblia (Bougeant 58). Exponemos la lógica de su exposición, sintetizando y sistematizando sus tesis centrales:
Primera tesis: Los demonios no padecen de presente las penas del infierno. El "Autor" comienza por afirmar que mientras los hombres son juzgados y sentenciados al momento de su muerte y el castigo es inmediato, el de los demonios está previsto para el futuro, pues la Biblia dice que aunque "fueron reprobados desde el instante que pecaron, y que están condenados a arder perpetuamente en el infierno", "su sentencia está reservada para el día del Juicio universal" (Bougeant 58). El "Autor" apoya su interpretación en el pasaje del Evangelio de Mateo (25, 4) en el que Dios, durante el Juicio Final, al separar a justos y pecadores, les dice a estos últimos: "Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado (las cursivas son nuestras) para el demonio y sus ángeles". De lo que deduce que los demonios aún no estaban allí: "No dice que presentemente el diablo y sus ángeles arden en este fuego, sino solamente que les está preparado, y les espera hasta el último día que será el principio de sus tormentos" (Bougeant 61-62).
Otro pasaje del mismo Evangelio (8, 29) le sirve para apuntalar su opinión, pues cuando Jesús expulsó a los demonios de unos posesos, se quejaron "de la pena que les daba" y le dijeron: "Has venido a atormentarnos antes de tiempo" (Bougeant 62). Este reclamo le resulta incomprensible al "Autor" si los demonios estuvieran ya padeciendo las penas del infierno:
¿Qué sentido se puede dar a esta expresión, si los demonios padecen al presente el castigo del infierno? El mal que Jesucristo les hacía arrojándolos de los cuerpos era muy leve en comparación de sus tormentos, y así, no merecía[n] quejarse; pero si no deben padecer el infierno hasta el último día, ¿creían tener algún motivo de quejarse teniendo algunas penas menores con que Jesucristo los atormentaba antes del tiempo señalado por la justicia divina? (Bourgeant 62-63)
Un argumento más para sostener su tesis es la supuesta evidencia de que los demonios están dedicados en el presente a tentar a los hombres, por lo que no podrían estar al mismo tiempo pagando sus delitos en el infierno: "¿representaos uno en el infierno, tal como nos lo pinta la fe, devorado y consumido en un fuego cuya vivacidad no tiene comparación, y concebid si un hombre, un espíritu en este estado, puede ocuparse en otra cosa [mas] que en el espantoso tormento que padece?" (Bougeant 60). A menos, reflexiona el "Autor", que el infierno al que se refieren las Escrituras fuera metafórico, es decir, que padecieran anticipadamente sólo por saber lo que les esperaba.
Segunda tesis: Dios no quiso que los demonios estuvieran inútiles mientras enfrentaban su castigo y los esparció por el mundo 'para servir a los designios de su Providencia y hacer resplandecer su poder" (Bougeant 64). Si los demonios no estarían en el infierno hasta el Juicio Final, con toda lógica el "Autor" se pregunta ¿dónde estaban mientras tanto y qué estaban haciendo? Y su respuesta es que, en su opinión, Dios los mantenía ocupados con tres tipos de trabajos: tentar y atormentar a los hombres, apoderarse "de los cuerpos humanos" (Bougeant 65), y ocupar los cuerpos de los animales. Para apuntalar esto último recurre al ya citado pasaje del Evangelio de Mateo (8,31-32),11 donde se describe que al expulsar Jesús a los demonios de sus víctimas les permitió ingresar en los cuerpos de unos cerdos.
Para él, la conclusión que se extrae de las dos tesis anteriores resuelve el debatido dilema, pues sin contradecir "los dogmas de la religión", queda explicado cómo y porqué los animales "pueden discurrir, conocer, pensar y tener una alma espiritual" (Bougeant 65) ya que están animados por los "espíritus soberbios", y al mismo tiempo queda demostrado que estos son humillados (Bougeant 65) en una especie de infierno anticipado.
En su exposición, el "Autor" toca una cuestión muy contemporánea: la reflexión sobre el sufrimiento de los animales, asunto que lo lleva a elaborar nuevas teorías. Tercera tesis: E/ hombre es "malo" porque el pecado original pervirtió su naturaleza original, y por eso sufre, mientras que los animales sufren porque aunque originalmente buenos, están poseídos por espíritus que cometieron un pecado mayor y "son acreedores a un mayor castigo" (Bougeant 67). Con esta idea intenta justificar a Dios y al hombre de la muerte de tantos animales: "la bondad de Dios -dice- se justifica y aún el mismo hombre se justifica, porque si no, ¿qué derecho reside en él para dar la muerte a tantos millones de animales, por pura diversión, si Dios no lo hubiese autorizado? (Bougeant 56).
Y si bien el "Autor" admite que los brutos no pueden pecar porque no son libres, sostiene que tienen una naturaleza viciosa, y atribuye esto a dos posibilidades que repungan "al entendimiento" y son contrarias "a la Sagrada Escritura": o Dios los creó así o también cometieron un pecado original (Bougeant 68), por lo que concluye que la razón más viable tendría que ser que son viciosos porque albergan las almas de "espíritus rebeldes culpados" (Bougeant 68). Finalmente argumenta que el mayor castigo que Dios podía darles a los demonios era obligarlos a habitar el cuerpo de los animales, "sujetándolos a órganos tan groseros, extremadamente inferiores a los de los hombres" (Bougeant 69):
Estos son autómatas, que lo más frecuente obran mecánicamente aunque con conocimiento, lo que para un espíritu es el cúmulo de la humillación. No sucede así en sus sensaciones, porque los espíritus rebeldes no pecaron por los sentidos, ellos no los tenían, y de otra parte los sentidos les son siempre órganos materiales e intérpretes groseros. Su uso, por perfecto que pueda ser, es siempre humillante para un demonio creado para ser un espíritu puro, y por consecuencia para conocer y sentir de un modo más perfecto. (Bougeant 69)
Además de la argumentación ya expuesta, el "Autor" responde a varias objeciones, algunas planteadas retóricamente por él y otras por sus oyentes: Ante la duda de cómo están unidos el animal y el demonio, responde que como el cuerpo y el alma, asunto que nadie ha podido explicar, y así, "como ningún hombre tiene dos almas, ningún animal tiene más que un diablo" (Bougeant 69). Al cuestionamiento sobre las diferencias en el tamaño de los animales, responde que "no hay dificultad en que un diablo esté unido al cuerpo de una mosca o al de un elefante", porque esto, "para un espíritu, es cosa indiferente" (Bougeant 70). Esta afirmación le permite despejar también la cuestión de lo que pasa con la disminución de animales en una especie, ya que los diablos "tienen siempre empleo y hospedaje; porque si una especie se disminuye [...] pasan a multiplicar otra" (Bougeant 71). Ya la pregunta de qué pasa con el demonio cuando muere el animal que habita, propone que pasa a otro cuerpo, como sucede en la transmigración de las almas, teoría "insostenible por lo que mira a los hombres, y proscripto por la religión", pero que "conviene admirablemente a los animales" (Bougeant 71).
Finalmente, ante el escándalo que provocaron sus ideas en dos damas que se resisten a admitir que sus queridas mascotas sean diablos:
-Señor mío: A mí me importa poco que los diablos sean humillados o no, y que padezcan o no de presente las penas del infierno a que están destinados; pero no quiero que los animales sean diablos. ¿Cómo puede ser un diablo mi perrita que duerme conmigo, y que todo el día me anda lamiendo y haciendo fiestas?
-Lo mismo -dijo otra joven doncella- digo yo de mi papagayo: él es hermoso y lo quiero mucho, pero si estuviese persuadida que era un diablo, ni aun lo miraría. (Bougeant 66)
El "Autor" propone una solución atrevida, al afirmar que en realidad no se ama a los animales por ellos mismos, sino por la utilidad y diversión que proporcionan, por lo que si se acepta eso, ¿qué importa que la querida mascota "sea un diablo?" (Bougeant 66). De este modo, equiparando a los animales con las personas, confiesa que aunque él venera "los juicios de Dios" en la terrible sentencia que recae sobre los brutos, no por eso dejará "de vivir" con sus "pequeños diablos", tal como vive "con muchas [...] personas" que la religión le indica "que habrá muchos condenados" (Bougeant 66).
Al final de la transcripción del "nuevo método" el narrador acota que "por su singulariad dio gusto a la compañía", y que algunos de los presentes la tomaron "por sutileza de entendimiento y diversión ingeniosa", mientras que "otros lo miraron como un sistema digno de aprecio" (Bougeant 72), es decir, advierte que mientras que unos se hicieron cómplices del juego, algunos despistados dieron el discurso por serio, entre ellos el abate, que según el narrador rebatió todo lo dicho, pero como sus razonamientos no le interesaron a nadie, no vio la necesidad de ponerlos por escrito.
En cuanto a su propia postura, el narrador se muestra cauteloso y no se arriesga a emitir una opinión:
[...] de una parte, veo que el sistema supera y responde muy bien a todas las dificultades, y que no es fácil convencerlo de falso. Pero de otro lado, no lo contemplo de sólidos fundamentos, tales cuales convenían para operar una verdad sólida; y como de otra parte toca en objetos de religión, creo será temeridad abrazarlo sin el parecer de los doctores. (Bourgeant 72)
Por supuesto, no es lo mismo "transcribir" una disquisición filosófica, real o ficticia, expresada por un tercero, que contradice posturas aceptadas y se abusa de pasajes bíblicos para arribar a concusiones heréticas, así sea por diversión, que asumir una posición aunque sea mediante un alter ego. Eso ya era jugar con fuego, aunque de todos modos ya quedó dicho que Bougeant salió chamuscado con su ejercicio lúdico.
En el contexto del relato y del juego de raciocinio filosófico, el "nuevo método" desarmaba la tesis cartesiana estableciendo que los animales tienen conocimiento y sentimientos como los humanos, por lo que estaban sujetos también "a la perfidia, a la ingratitud, a la ira, y a la venganza; [...] estar tristes o alegres según la ocurrencia de sucesos; [y] las pasiones del odio y amor deben obrar en ellos deseando multiplicar su especie, amar y criar a sus hijos" (Bougeant 69). Argumento que le da pie al narrador para en los siguientes dos apartados sostener su propia opinión de que tienen un lenguaje y se comunican entre sí, aunque afirma que el que los animales tienen conocimiento era "un dictamen tan común" (Bougeant 72) que no requería de prueba. En dichos apartados, el raciocinio lúdico continúa, pero la sátira es menos evidente y los lectores novohispanos no se interesaron en ellos.
¿Divertimiento o herejía? La equívoca recepción de los lectores novohispanos
Como dijimos, el manuscrito recogido por la Inquisición no contiene ninguna información adicional y es imposible saber quién fue el traductor o si se tradujo en estas tierras o en la Península. La lengua francesa cobró importancia en España y sus territorios, primero, por la llegada al trono de los Borbones, y luego entre quienes buscaban estar al día de las novedades políticas y científicas; y no hay duda de que debió haber individuos que la aprendieran por su propio interés o para difundir entre el público algunas noticias, como se puede constatar, para el caso novohispano, con los artículos traducidos del francés en las Gacetas de Literatura de Alzate; sin embargo, falta investigación sobre el aprendizaje autodidacta o la enseñanza de lenguas modernas, y sobre qué tipo de individuos se interesaron en aprenderlas o enseñarlas, en dónde y con qué métodos.12 En el proceso se afirma que el poseedor del manuscrito era José Rafael Larrañaga, reconocido latinista y primer traductor de las obras completas de Virgilio en América, aunque no es posible afirmar que él lo tradujera.
Ahora bien, si suponemos que el Discurso filosófico sobre el lenguaje de los anímalas fue traducido en España, lo obvio es que llegara al virreinato en forma clandestina, y por ser una obra prohibida es posible que se omitiera el nombre de su autor por precaución o desconocimiento, tal como expusimos que sucedió con la comedia Da dama doctor de Bougeant. Pero si asumimos que se tradujo en Nueva España las incógnitas se multiplican, la mayoría de las cuales no hay manera de despejar con la información disponible: Si José Rafael Larrañaga o algún otro novohispano fueron los traductores, es obvio que debieron poseer un ejemplar clandestino de algún original en francés, inglés o italiano y, a menos de que se tratara de una de las primeras ediciones francesas sin nombre de autor ni textos añadidos, si el traductor estaba al tanto de la autoría, es probable que tuviera noticia de las polémicas que suscitó y supiera que la obra estaba prohibida, por lo que debió omitir el nombre de Bougeant en la traducción por precaución, lo que implica una intencionalidad.
El otro punto controvertido del manuscrito novohispano es el título: ¿Por qué el traductor tradujo "Amussemenť por "Discurso"? Como hemos dicho, las versiones inglesas e italiana respetan la idea del original y de las demás ediciones en francés, manteniendo el sentido de "entretenimiento" o "divertimiento", pero el traductor español o novohispano alteraron el sentido, porque el término "Discurso", según la definición del Diccionario de Autoridades) más o menos contemporáneo al texto, señala lo siguiente: "Facultad racional con que se infieren unas cosas de otras, sacándolas por conseqüéncias de sus principios". Es decir, coincide con lo que hace Bougeant en su obra, pero se elimina la clave que le da al lector para interpretar correctamente lo escrito como un ejercicio lúdico, dando pie al equívoco de que se trata de una propuesta filosófica seria. Lo extraño es que en el resto del manuscrito el traductor no comete ningún otro error de este tipo. ¿El mismo, como el "abad doctor" de la anécdota, no entendió que se trataba de una broma, o, por el contrario, el intecambio de un término por otro tenía alguna intención? Imposible saberlo.
Lo más que podríamos aventurar es que quizá el traductor (¿un tradicionalista?) quiso hacer uso del "embolismo moral",13 una estrategia literaria muy en boga en las sátiras de la época que invertía los valores positivo y negativo de lo que se quería defender y rechazar llevando ambas posturas a extremos ridículos, para que supuestamente, al caer las cosas por su propio peso, el lector distinguiera por sí mismo lo que se proponía como "bueno" de lo "malo". Es decir, quizá la intención era rizar aun más el rizo y dejar a los lectores la responsabilidad de decidir si se trataba de un juego o de una argumentación seria, suponiendo que sabrían la diferencia, aunque los hechos posteriores demuestran que si ésta era la intención del traductor, se equivocó por completo. Un indicio de esto podría ser lo que comentamos en el Estudio Preliminar a la edición del manuscrito es la diferente manera en que el traductor enuncia al antagonista del "Autor" del "nuevo método filosófico", pues el original dice un "Abbé Docteur" mientras que la traducción castellana aclara "un abate, doctor en Teología" (Bougeant 42), remarcando la oposición entre el filósofo "a la moderna" y el escolástico.
Otro asunto que se queda en el terreno de la especulación es qué relación tenía José Rafael Larrañaga con los personajes implicados en el proceso inquisitorial como para prestarles un manuscrito controversia! que acabó pasando de mano en mano. Dos individuos tenían vínculos con la milicia: el denunciante, Tomás de Echegaray, y uno de los denunciados, Francisco de Rojas Abreu; los demás ejercían alguna profesión: un cirujano, Alejo Sánchez Román; un catedrático de anatomía, Alejo Ramón Sánchez; y un abogado, Basilio Arrillaga, quien fuera el otro denunciado. Es decir, todos de algún modo próximos a la comunidad letrada novohispana del siglo XVIII, y por lo tanto con suficientes "luces" como para distinguir la diferencia entre una sátira y un discurso serio. Como en la edición del documento expusimos los entresijos del proceso (Bougeant 29-38), aquí nos enfocamos sólo en cómo se leyó la obra.
En la denuncia de Tomás de Echegaray se expone el meollo del asunto. Todo sucedió en una reunión de amigos en la que se discutió el contenido del Discurso filosófico sobre el lenguaje de los animales^ que al parecer había pasado de mano en mano ente varios conocidos o amigos. Sin embargo, lo sorprendente es que de toda la obra lo único que llamó la atención de los lectores novohispanos y motivó la denuncia, fue cómo interpretaron la tesis del "nuevo sistema filosófico", la cual, en la declaración del denunciante: "afirmaba que por ahora no estaba en ejercicio y en uso el infierno y sus penas, hasta el día del juicio" (Bougeant 104), porque según su deposición, dos de los tertuliantes -Francisco de Rojas y Basilio Arillaga-, la defendían como cierta, mientras que Alejo Sánchez -y él mismo- la daban por falsa.
Esto evidencia la equívoca interpretación respecto a la intencionalidad del manuscrito, pues todos parecen tomarlo por un discurso filosófico verdadero, como señalaba el título en castellano, sin percatarse de que era un divertimiento, a pesar de las advertencias del narrador explícitas en él. El conflicto radicó por tanto en que mientras dos lectores tomaban la ingeniosa tesis como plausible^ los otros dos la tomaron por herejía. De hecho, en los dichos de Echegaray y de Sánchez, que compartía su opinion, se afirma que tanto Basilio Arrillaga como Francisco de Rojas consideraban el manuscrito como "una pieza digna de copiarse" y de "disputarse en las escuelas" (Bougeant 105).
Otro detalle importante en la interpretación de los lectores novohispanos es que en el Discurso filosófico sobre el lenguaje de los animales^ cuando el "Autor" expone esa tesis en su disertación joco-seria, se refiere específicamente a los demonios, pero en la denuncia de Echegaray pareciera que los denunciados extendían esa prerrogativa también a los humanos, lo que va más allá de la propuesta del texto original, pues el denunciante afirma que Rojas, dando la tesis por válida, afirmaba que "no había duda alguna en que los ángeles malos y almas de los hombres hasta aquel día [el Juicio Final] estarán en los cuerpos de los animales" (Bougeant 104; las cursivas son nuestras).
En la denuncia de Echegaray, y en la declaración de Sánchez, Arrillaga y Rojas son descritos como asombrados por las posibilidad de que la mencionada tesis fuera válida, y aplicados a buscar fuentes autorizadas que la sustentaran. De hecho, los dos coincidieron en recurrir al catecismo de Pío V14 donde supuestamete se incluyen opiniones de "san Gregorio y otros santos" que suscribían "la doctrina de que no padecían las almas otra pena que la de daño hasta el día del Juicio en que padezcan ambas" (Bougeant 105), lo cual para ellos ratificaba lo expuesto en el papel. De modo que ambos, dndo la proposición de la tesis lúdica por válida, intentaron comprobar su veracidad o verosimilitud.
En cambio, Echegaray declara que él considera que el "manuscrito y su doctrina" eran "de tal calidad, que ni aún los que tienen licencia de leer libros prohibidos pueden leerlo" (Bougeant 105-106), y Sánchez, defendiento la tesis cartesiana, afirma que intentó convencer a Rojas y a Arillaga de "que los animales no tenían otra alma que la sensitiva, y que sus funciones y acciones eran sólo maquinales y enteramente ajenas de discurso y racionalidad alguna". Y ante la pregunta de los inquisidores sobre cómo interpretaba el pasaje bíblico, respondió que "no se atrevía a disputar sobre asuntos de teología" pero que las proposiciones del manuscrito le parecían "heréticas" (Bougeant 107). A pesar de esto se aventura a disculpar a Rojas y Arillaga, pues supone que son imprudentes pero que "no creerían ni tendrían por positivamente verdadero el contenido de dicho papel", a pesar de que "se manifestaron bastante admirados de él, y lo alababan y aplaudían, como también las autoridades y pruebas de que usa" (Bougeant 107-108).
En cuanto a los incriminados, al ser llamados a declarar ante los inquisidores, Rojas afirma que estaba al tanto de que el manuscrito contenía "argumentos sofísticos" (Bougeant 113), y Arillaga "que promueve especies puramente probables" (Bougeant 114), por lo que ambos, al estar frente a las autoridades eclesiásticas, dudan y admiten la posibilidad de que lo escrito no fuera en serio, aunque coinciden en alabar la "agudeza" y el "ingenio" del autor (Bougeant 113, 114). Lo interesante es que ninguno de los lectores advirtió en el manuscrito ninguna otra cosa contraria a la fe, lo cual es inexplicable dadas las demás tesis propuestas en él que ya reseñamos. Es así que a pesar de las implicaciones teológicas de afirmar que el infierno no está en uso de presente, y todo lo que el "Autor" derivó de esa tesis, nada les pareció contra la Iglesia, pero tampoco entendieron el texto como un ejercicio lúdico.
Por otro lado, ante la ausencia del nombre del autor, ninguno de los implicados supo que el texto era de Bougeant, ni que estaba prohibido ni que suscitó polémica. De hecho, ni siquiera podemos afirmar que tuvieran consciencia de que se trataba de una traducción de una obra francesa, y al parecer ni siquiera los inquisidores se percataron de ello. Estos procedieron a recoger el manuscrito por "contener doctrinas tan perjudiciales y escandalosas como las que enseñan que el infierno no tiene uso [sino] hasta el día del Juicio, y la [de la] metempsicosis o transmigración de las almas a los brutos" (Bougeant 112). Sin embargo, dado que no indagaron más sobre el resto del contenido del escrito, lo más probable es que no se tomaron la molestia de leerlo, y lo que es algo inusual en estos casos, no lo mandaron a calificación. Se conformaron con el dicho de los implicados de que desconocían el nombre del autor; y, aunque mandaron citar al dueño del manuscrito, éste no acudió por estar fuera de la ciudad, y finalmente con el paso del tiempo y la muerte del principal implicado, el proceso fue sobreseído.
Probablemente la tibieza con la que actuaron los inquisidores ante esta denuncia se deba a la conocida decadencia de la institución hacia finales del siglo XVIII, expuesta, entre otros autores, por Monelisa Pérez Marchand, aunque no podríamos descartar la posibilidad de que la importancia social de algunos de los personajes envueltos en el proceso tuviera alguna parte en ello.
Reflexiones finales
Del análisis y exposición anterior se pueden rescatar algunas reflexiones que podrían dar pie a investigaciones futuras. Por ejemplo, en cuanto al proceso de escritura y circulación tanto de manuscritos como de impresos, con el ejemplo expuesto queda claro que los textos continúan propagándose mucho tiempo después de su escritura o impresión, porque les sigue diciendo algo a los lectores, incluso si estos ya no son capaces de identificar las circunstancias y motivaciones que originaron el escrito. En el mismo sentido, la presencia de esta traducción castellana en la Nueva España, evidencia que la circulación de las obras trascendía las fronteras geográficas y de lengua, así como que los novohispanos estaban ávidos por conocer lo que se publicaba en Europa. Sobre todo sobre los nuevos conocimientos científicos aunque contradijeran los principios religiosos.
Otro aspecto interesante que se deduce de lo expuesto son las vicisitudes y evolución de un escrito de copia en copia, de impresión en impresión, y de traducción en traducción, pues los impresores, copistas o traductores -atendiendo a alguna intención que habría que analizar y explicar en cada caso-, podían alterar el título, añadir u omitir información o paratextos, agregar otros documentos relacionados, o cambiar el sentido de los vocablos, con o sin la autorización del autor, alterando por tanto el sentido y la intención del original.
Relacionado directamente con esto último está también el asunto de la recepción de un texto por parte de sus lectores inmediatos o lejanos en el tiempo, el espacio y la lengua. En el caso analizado aquí, el cambio de un vocablo en el título alteró por completo la interpretación de la obra por los novohispanos, a pesar, como ya dijimos, de las advertencias explícitas del autor de que la obra era un divertimiento. Ante la ausencia de autoría, y por tanto ante la imposibilidad de conocer su intención original y el contexto y motivaciones en la escritura de la obra y las consecuentes polémicas que suscitó, los lectores de este lado del Atlántico se enfrentaron a la disyuntiva de leer el texto a partir de lo que señalaba el título de la traducción castellana: "Discurso filosófico", o como advertía el autor francés en el original a través del narrador: como divertimiento, confusión que resolvieron decantándose por lo primero. Y aunque acusados y acusadores lo interpretaron de la misma forma, el texto se prestaba -como todo texto- a diferentes lecturas. En este caso ¿ortodoxo o herético?, ambigüedad que fue lo que propició la denuncia ante el Tribunal del Santo Oficio.
Otra reflexión interesante sobre la censura y la actuación de los inquisidores es qué hubieran considerado ellos más peligroso: un texto lúdico que ponía en jaque aunque fuera de broma algunos postulados de la Iglesia, o uno serio que difundiera herejías. Probablemente, como decidieron en otros casos, las sátiras eran más peligrosas porque circulaban de manera clandestina y de mano en mano en amplios circuitos geográficos y períodos temporales,15 atrayendo un amplio y variado elenco de lectores a los que quizá un discurso serio no llegaría.
Finalmente, un tema candente en la época que se ve reflejado en el Discurso filosófico sobre el lenguaje de los animales, es la polémica entre filósofos escolásticos y modernos, que se disputó también en la Nueva España (véase González Casanova).16 Por mencionar sólo un caso similar, en las Gacetas de literatura de México, de José Antonio de Alzate y Ramírez, impresas entre 1788 y 1795, aparecen varios artículos -en estilo jocoso o serio- dedicados al mismo asunto: "Pintura de un aristotélico enfurecido y diálogo que tuvo con un moderno" (Tomo I de la edición de Puebla de 1831), "Elogio de la filosofía moderna e impugnación de unas conclusiones y Acto de Física Peripatética" y "Se reprueba con un estilo burlesco el estudio de la peripatética" (Tomo II de la misma edición).
Sirva este ensayo para motivar a otros investigadores a explorar algunas de estas vetas.
Footnote
References
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De archivo
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