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RESUMEN:
El artículo analiza la representación de Juan Ruiz de Alarcón como personaje literario en el Siglo de Oro y en los siglos XIX y XX. De las caricaturas observadas en el siglo XVII, principalmente en los entremeses, se pasa a una cierta idealización en las narraciones y piezas de teatro históricos de los siglos XIX y XX.
Palabras claves: Juan Ruiz de Alarcón, personaje, entremeses, novela y teatro históricos.
ABSTRACT:
The article deals with the figure of Juan Ruiz de Alarcón, who became a character in works of the Golden Age, particularly entremeses, and in contemporary novels and dramas of the 19th and 20th centuries. An attempt is made to analyze his figure in each of these works.
Keywords: Juan Ruiz de Alarcón, Character, Interludes, Historical novel and theatre.
No es nuestra intención dedicar estas paginas a estudiar la figura del dramaturgo novohispano Juan Ruiz de Álarcon como personaje de sus propias obras, o, ni como dice Margarita Peña, a «la costumbre de retratarse en un personaje y de este modo introducirse en el ámbito de su comedia, pasando de autor a protagonista»1. Por el contrario, pretendemos centrarnos en otros autores que escogieron la figura de Álarcon en sus escritos. Porque seguramente, pocos nombres como el mejicano se habrán convertido en personajes ya en su misma época2, como quizá también uno de sus mayores enemigos, entre los ingenios del momento, don Francisco de Quevedo, autor de todo tipo de sátiras y figura también ridiculizada en diversos poemas, algunos del propio dramaturgo mejicano3. Son de sobra conocidos algunos de los apodos que le dedicaron sus contemporáneos, que generalmente tienen que ver con su aspecto físico, pero también con su carácter de indiano rico, incluso con el éxito de algunas de sus comedias (lo que causó la indignación y el sabotaje en ocasiones, como el del estreno de El anticristo, en 1618)4.
Álarcon fue satirizado hasta el extremo quizá por su éxito como dramaturgo, pero también por recibir el encargo de componer una relación en verso a raíz de la visita del príncipe de Gales en 1623, que llevó el pomposo título de Elogio descriptivo a las fiestas que su majestad del rey Felipe IV hizo por su persona en Madrid a 21 de agosto de 1623 años, a la celebración de los conciertos entre el serenísimo Carlos Estuardo, príncipe de Inglaterra, y la serenísima María de Austria, infanta de Castilla (Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1623) y que según las malas lenguas de la época habría sido escrita de consuno por doce ingenios. Entre otros, le replicó y satirizó Quevedo, en su obra Comento contra setenta y tres estancias que don Juan de Álarcon ha escrito a las fiestas de los conciertos hechos con el principe de Gales y la señora infanta María5.
Los insultos hacia su persona podrían componer un pequeño diccionario de injurias o, mejor, de apodos degradantes, algunos de las cuales se pueden leer a continuación, siguiendo la enumeración de Alfonso Reyes, en su obra Medallones (1951)6: «colchado con melones, visto de lejos, no se sabe si va o viene» (Luis Vêlez de Guevara); «tanto de corcova atrás / y adelante, Álarcon, tienes, / que saber es por demás / de dónde te coreovienes / o adonde te corco-vas» (regidor Juan Fernández); «la que, adelante y atrás / gemina concha te viste» (Góngora); «zambo de los poetas y sátiro de las musas» (Antonio Hurtado de Mendoza); «hombre que de embrión / parece que no ha salido» (Pérez de Montalbán); «don Cohombro de Álarcon, / un poeta entre dos platos» (Tirso); «tiene para rodar / una bola en cada lado» (Salas Barbadillo); «en el cascarón metido / el señor bolamatriz» (fray Juan de Centeno, es decir, Félix Hortensio Paravicino7); «baúl-poeta / semienano o semidiablo» (Alonso Pérez). O la ristra que le dedica Quevedo: Corcovilla, poeta juanetes, empanada de ternera, mono pelado, licenciado orejoncito, nonada entre dos corcovas, don Tal Tolondrones, el que enseña a los cohetes a buscar ruido en la villa, etc.8 En unas seguidillas de la época se le llama «profecía de Jerónimo Bosque» y se le hace decir: «A ningún corcovado / daré ventaja, / que una traigo en el pecho / y otra en la espalda»9.
Por si fuera poco, las descripciones que nos han llegado de él nos pintan a Álarcon como un hombre de pequeña estatura, a veces comparado con un enano, como el bufón Miguel Soplillo, que aparece junto al futuro Felipe IV en un cuadro de Rodrigo Villadrando. Luis Vêlez de Guevara dirige estos versos a Álarcon, acentuando si cabe la similitud entre ambos:
Por más que te empines,
camello enano con loba,
es de Soplillo tu trova10.
El propio Lope, en la dedicatoria de su comedia Los españoles en Flandes, llama a poetas como Álarcon «ranas en la figura y el estrépito»11, lo que nos remite inevitablemente a compararlo con el más famoso de los actores españoles, Cosme Pérez, Juan Rana, acaso el intérprete del sacristán Cosquillas en un entremés de Quiñones de Benavente que mencionaremos más adelante. La cita de Lope no tiene desperdicio:
Yo quiero seguir a opinión de Adamancio y creer que hay ranas en la figura y el estrépito y sin estos, otros muchos de diversas formas, que por haberlos pintado en una carta mía que anda impresa con mis Rimas no quiero reiterarlos ni referirlos12.
Seguramente quiere referirse el Fénix a la Epístola que dedica al contador Gaspar de Barrionuevo en sus Rimas, donde pasa revista de forma crítica a los diferentes tipos de poetas que había en su tiempo13. El propio dramaturgo mejicano parece abundar en este conjunto de disparates, cuando en fecha anterior se burlaba de sí mismo. En la conocida Carta a Don Diego de Astudillo se alude a que en el torneo de mascarada de cierta fiesta de San Juan de Aznalfarache, en 1606, el mejicano adoptó el apodo de don Floripando Talludo, príncipe de Chunga14, y apareció montado en un caballito de caña, similar a los de las comedias burlescas del Siglo de Oro, y acompañado en el torneo de un hombre vestido de perro con la letra «Así es mi dicha». Contribuye, pues, el gran dramaturgo a convertirse en personaje ya en su misma época.
No es de extrañar que su figura saltara pronto al teatro, y más en particular al entremés, donde lo encontramos, al decir de la crítica, al menos en dos piezas, la anónima Los corcovados, uno de los cuales se llama precisamente Juan. La obrita la representó Roque de Figueroa después de 1624 (año en que forma compañía propia15); termina con un baile de los corcovados, que debía de hacer las delicias del público16. Si como dice el encabezamiento, se hizo en los autos del Corpus en Sevilla, es tentador pensar que Figueroa actúo en dicha ciudad en el corpus de 1632, año que podría coincidir con nuestra pieza17. En ella, Teresa está enamorada de un corcovado, de quien dice Ramírez que es:
De una castañeta partida
el medio endiablado
y de dos sartenes negras
alma que iguales balanzas
un peso de carne pesan18.
El corcovado se llama Juanico, «el gracioso, el hermoso, el angélico»19 dice Marina, su madre, y se lo llevan por corcovado, porque un comisario real quiere llevarse a todos los corcovados, que han querido levantarse contra el rey. El alcalde don Mames le ofrece el remedio que se meta entre dos losas para esconderse, cosa que la madre promete porque es muy llano y «ni con vidas ajenas se ha metido»20; pero el alcalde la corrige diciendo que guarda un corcovado «malicias en su cofre mal tumbado»21. En realidad, el comisario es Valdes, amigo de Ramírez, y cuando aparecen dos corcovados, el alcalde les dice que «son tortugas, conchas las corcovas»22, «enanos pechicortos, / cojos de las espaldas»23, «alma en cuclillas.../ que riñen con dobles armas»24, «maletas de carne llenas / de engaños». En definitiva, exclaman ellos mismos:
Jumentillos nos llaman
muchas personas
y albardillas de carne
a nuestras corcovas.
Y acaba el baile:
Tienen el rey los enanos
porque aun son hombres
y los corcovados
son sus bufones25.
Si como quiere su moderno editor26, la referencia al perulero y al nombre de Juanito parecen apuntar al corcovado más famoso de nuestra historia literaria del Siglo de Oro, aquí tenemos de nuevo a Álarcon como personaje, otra vez satirizado hasta el extremo.
Como lo tenemos en otro entremés, este de Luis Quiñones de Benavente, que se tituló Los sacristanes Cosquillas y Talegote11, y en él que parece representar a Álarcon el primero de los papeles, el licenciado Cosquillas, que disputa la mano de una joven al sacristán Talegote28. Cosquillas es pequeño de estatura, como parece que lo era Álarcon y la burla consiste en compararlo con el altísimo Talegote. Curiosamente, este amante chichimeco como así se le denomina, consigue llevarse la mano de la joven, en este caso por «el cebo mejicano»29, lo cual, como veremos, puede convertirse en algo habitual en el diseño de Álarcon como personaje en otras obras posteriores.
Las referencias a la pequenez del sacristán Cosquillas son constantes:
Cosquillas
Talegote
Cosquillas
Talegote
Téngola dada el alma.
Poca dádiva.
¿Por qué?
Porque si el cuerpo es tan pequeño
que para verle al suelo me abalanzo,
Pero también el intercambio de apodos que llega a la caricatura31 apunta a su estrafalaria contextura física y a sus corcovas:
Cosquillas
T alegóte
T ALEGOTE
Cosquillas
T ALEGOTE
Cosquillas
T ALEGOTE
¿Chistecitos, costal de baratijas?
Pues ¿por qué no, baúl de sabandijas?
No es bueno para amigo, Licenciado.
¿Por qué?
Porque es de pecho muy doblado.
¡Vive Dios, cuba en pie, montón de trapos...!
Poco a poco, señor molde de sapos32.
La joven, sin embargo, tiene decidido qué prevalece en su elección, cuando les dice: «Más quiero una sortija de jaqueca, / como valga un real, que mil sonetos»33. Porque, como es normal en este tipo de piezas de sacristanes, Talegote y Cosquillas son malos poetas, como muestran unos disparatados versos glosados que compone Cosquillas a la dama:
Quien quisiere mi afición.
X la dama más hermosa
que hay desde Jesemaní
a la ciudad de Tortosa,
aquesta razón oí
una siesta calurosa:
Ni Herodias, ni Absalón,
que murió de repelón,
de mi asadura se ampare,
que ha de tener piu dinare
quien quisiere mi afición3^.
Pero como decíamos, la alusión al dinero que viene de Indias, o a un pueblo indígena de México, incluso al color de la piel, parecen signos inequívocos de que el aludido no puede ser otro que nuestro dramaturgo, que para mayor claridad promete a la joven: «Yo te daré del "cebo mejicano"», por lo que su oponente Talegote les insulta a ambos, cuando les dice:
Una niña perlucida,
más que gaita relamida
a un amante chichimeco
le dijo de aquesta guisa35.
María, como no puede ser de otra manera, escoge a Cosquillas como esposo. Y este le dice, tal vez aludiendo al color de su piel: «Pues déme aquese par de mantequillas, / que en medio de mis manos enceradas, / parecerá que están entre tostadas»36. Con lo que el despechado Talegote acaba sentenciando, por medio de un nuevo insulto, «que lleva...el más ruin puerco la mejor bellota»37. Antes le moteja también de «bodoque», «encogido», «bola matriz», «espaldas de tiorba», «señor gansillo», «gallina», etc. y se pregunta a propósito de su figura: «Para un laúd, ¿no fuera linda caja?». Por fin, cuando Cosquillas dice ser poeta, Talegote le reconoce socarrona y malévolamente que «es tu pecho el monte de las musas»38.
La gran estudiosa del entremesista toledano, Hannah E. Bergman, llamaba la atención a propósito de esta obrita sobre el hecho de que «cosquillas» apareciera en un fragmento de El sutil cordobés Pedro de Urdemalas de Salas Barbadillo que también se ha supuesto sátira contra Álarcon: «Hubo [en Córdoba] un hombre tan defectuoso que sus partes personales fueron cosquillas de la risa de los más severos»39. Y sigue diciendo la gran experta norteamericana: «Lo que no parece casual es que Talegote llame a Cosquillas "señor bola matriz" (p. 599a), empleando la misma frase que fray Juan de Centeno dirigió contra Álarcon: «En el cascarón metido / el señor bola matriz»40.
Así pues, no parece caber duda en cuanto a la identificación entre Álarcon y el licenciado Cosquillas. Y es muy sugerente pensar que algunos de los insultos que se dirigen hacia su persona son similares a los que le dedicaban al propio Cosme Pérez, Juan Rana. No en vano, el propio Lope decía de Álarcon que era «rana en la figura» y Luis Vêlez de Guevara le denominaba, «camello enano»41, como he reproducido arriba, insultos todos que también se dirigieron contra el famoso cómico42. Cosme y Álarcon compartían también el mismo nombre propio y la figura chica y abultada del primero, como podemos ver en el retrato que se nos conserva del actor, pudo ayudar a tender también un puente entre ambos.
Todavía Vicente Suárez de Deza y Avila escribe El corcovado de Asturias (1663), pieza en la que el jaque Maladros está presto a ser ajusticiado y las coimas que le lloran le llaman el «Corcovado de Asturias». Catalina dice refiriéndose a él:
Aquel racional camello
y aquel que en el espinazo
trae un juanete de carne,
mal medido y bien pesado43.
Parece hacer referencia al poeta Juanetes, que decía Quevedo, pero nada hay que autorice a pensar que Suárez Deza está pensando en el mejicano44.
Hasta aquí las representaciones de Álarcon en su época como personaje. Pero nos importa saber qué ocurre después, es decir, cómo se representa a Álarcon en la novela y teatro históricos desde el siglo XIX en adelante. El mejicano no es una de las figuras que más aparecen en la literatura de corte histórico; otros escritores de la época protagonizan frecuentemente este tipo de obras, el más repetido es sin duda Cervantes, pero también tuvieron cierto éxito Quevedo, Villamediana, incluso Lope y Calderón45. Alarcon apenas aparece en nuestra búsqueda en la novela más reciente, acaso resulta aludido con intenciones diversas46; pero sí lo encontramos en el siglo XIX y principios del XX47.
Quizá el interés por Alarcon coincide en el tiempo con la recuperación de algunas obras, como ocurre en la antología Teatro español escogido, publicada en París en 1854, que casi aparece a la vez que la primera de las obras históricas que vamos a analizar, ya en el siglo XIX. En efecto, el primero de los escritores que tenemos que considerar es Luis de Eguílaz (1830-1874)48, abogado gaditano que publica su drama Álarcon en 185 349. Como escritor literario, Eguílaz se especializó sobre todo en el teatro y dedicó una buena parte de su producción a dramatizar la vida de diversos escritores como Cervantes, Tirso, Quevedo o, justamente, Juan Ruiz de Álarcon. En el drama Álarcon. Eguílaz hace convivir a este con Moreto, Baltasar de Medinilla, Luis Vêlez de Guevara, Juan Fernández o Gerónimo de Villaizán en un pabellón de los jardines del Buen Retiro, aunque para esas fechas (hacia 1631) el pobre Medinilla llevaba muerto más de diez años, pero esto de la cronología no les preocupa demasiado a los novelistas y dramaturgos históricos50. El autor pinta a Moreto como muy amigo de «Alarcón, el contrahecho o el jibo-cómico», según dice Vêlez de Guevara. Y Juan Fernández aclara que «quién de ser que es tan torcido / espera nada derecho»51, sin duda recordando alguna de las sátiras contra el mejicano.
Aquí nuestro poeta se muestra desesperado y sarcástico contra ese mundo intelectual que le desprecia, y se compadece de sí mismo autodenominándose «jorobado Alarcón». El autor se sabe escarnio de Madrid y se muestra enamorado platónicamente de doña Elvira, porque es consciente de su valía y de los laureles que le ha procurado su teatro. Parece un personaje algo llorón, que se autocompadece por cuanto exclama que nació sin ventura y que el placer no se hizo para él. Y también se muestra un poco alcahuete, pues intriga ante una dama en favor de su amigo Moreto.
Todo en la obra gira en torno a los amoríos entre Moreto y otra dama y una intriga de deshonor, en que una tal doña Isabel acusa a doña Elvira de entenderse con otros hombres, también con el propio rey. En realidad, es Isabel un personaje diabólico, que tiene amores con el tal Fernández y quiere acusar a la inocente dama, porque Isabel también está enamorada de Alarcón, al que considera «alma tan sublime»52. Por su parte, doña Elvira dice quererle y pretende casarse con él, pero Alarcón en un esfuerzo supremo cede su mano a su amigo Moreto. Sus versos finales dicen:
Yo desdichado nací
y sumido en el dolor
debo renunciar a amor,
mi pena me basta a mí.
Si huir no puedo de vos
los esplendentes reflejos,
os amaré desde lejos
como adoramos a Dios53.
Cuando Elvira le dice: «Sois un ángel, señor», Álarcon replica: «Soy...un pobre jorobado». Y la obra termina con unos versos de Las paredes oyen;
En el hombre no has de ver
la hermosura o gentileza;
su hermosura es la nobleza,
su gentileza el saber54.
Eguílaz, por boca de Álarcon confía en el futuro, porque nuestro dramaturgo confiesa que no sabe pintar, «ilustres devaneos / damas tras sus galanes, / no se hablar mal de los calvos» en suma, «no sé escribir las comedias que os contentan»55, en clara andanada dirigida contra Lope.
En general, la obra nos parece un tanto decepcionante, por cuanto el argumento se complica mucho: hay citas galantes por medio de un billete anónimo, antifaces que ocultan la personalidad de los personajes, etc. Y en conjunto la pieza es mucho más que atropellada, y presenta sucesos inverosímiles, tales como que Moreto mate a Medinilla en un duelo por un error, ya que le creía culpable de determinada acción contra su honra56. Álarcon desprecia a sus contemporáneos, pero es capaz de llorar en los brazos de Moreto, porque «no se mata con venenos / se mata con una frase, / se mata con un concepto»57.
Desde luego, Eguílaz conoce lo que se ha escrito sobre el mejicano en el XVII, recuerda, por ejemplo, apodos como «poeta entre dos platos», «galápago entre dos conchas / sapo entre dos piedras preso»58, y se pregunta «cuándo se enamoran / en la corte los camellos»59. Atribuye a Medinilla los graciosos versos que se burlan de Álarcon: «corcovienes / corcovas», que ya hemos visto arriba corresponde al regidor Juan Fernández. Pero su estilo nos parece algo barroco y gongorino, y a veces nos resulta muy pedantesco, como cuando exclama Álarcon: «Plugo al hado furibundo»60.
Eugenio de Ochoa, vierte un juicio certero sobre esta obra, cuando nota «cierta confusión en el desarrollo de la fábula, [...] a veces lánguida y a veces precipitada»; por otra parte, la pintura de Álarcon le parece «infiel como retrato» y la mayor parte de los personajes del drama, «flojamente bosquejados»61. Pero subraya algo que interesa a nuestros propósitos, y es que el autor:
Hace sentir a sus espectadores las angustias que destrozan el pecho de su protagonista, enamorado sin esperanza, víctima de una desgracia inmerecida e incurable: también nos hace ver con vivo interés aquella lucha desesperada entre los encontrados afectos que inspiran a Álarcon por una parte el sentimiento íntimo de su superioridad moral, que le impele hacia arriba, y por otra la convicción amarga de su deformidad física, que a sus propios ojos le rebaja y le humilla62.
Unos años después otro abogado, poeta y dramaturgo, en este caso mejicano, Alfredo Chavero (1841-1906)63, escribió un drama en tres actos y prosa, Los amores de Alarcon (1879)64, que parece ser su mejor obra, a decir de la crítica65. El autor dedica la obra a Luis Fernández-Guerra y Orbe, a quien escribe que «dedico el presente trabajo inspirado en la más castigada de sus obras de la que en varias ocasiones aun las mimas palabras he tomado»66, en clara referencia a que se inspiró en el estudio biobibliográfico de este académico.
El drama cuenta entre sus personajes de nuevo con figuras reconocibles como Villamcdiana, Quevedo o la actriz Jeronima de Burgos. La acción se sitúa ahora en los años 20 del siglo XVII, por cuanto se hace alusión a las fiestas de san Isidro, a Felipe III enfermo y a Felipe IV a punto de gobernar. En la pieza, el autor de comedias Juan de Morales Medrano mata a su esposa, la famosa Jusepa Vaca67, que estaba enamorada de Álarcon, aunque era amante a la vez de Suárez de Figueroa. El autor reproduce el famoso soneto de Villamediana dirigido a Jusepa y su marido, que empieza: «Oiga, Jusepa, y mire que ya pisa» y termina como el de Cervantes: «miro al soslayo, fuese y no hubo nada»68. Introduce también muchas alusiones metateatrales: Morales refiere que Lope escribe La dama boba para Jeronima de Burgos69 y él la ha reclamado para su compañía; se alude también a La vida es sueño (a pesar de la temprana fecha de los años 20 en que se ambienta el drama). En un rocambolesco giro, el conde de Villamediana propone a Morales que le contrate como apuntador de su compañía, porque no pueden verle en la corte. Y se hace llamar Alcorcón para mayor confusión, incluso fonética, con nuestro poeta.
Pero la tal Jusepa declara que su marido debería temer al conde si «mi corazón caprichoso como de mujer no estuviese arrobado con el poeta más contrahecho que en tablado ha pisado»70. Igualmente Jeronima le declara su amor como si fuera una poetisa gongorina: «El sol alumbró y yo te amé»71, por su hermosura del alma. Así pues, ambas mujeres se enfrentan por Álarcon y Jeronima se siente próxima a la muerte y solo reclama volver a ver al poeta, y Jusepa echa pestes de Jeronima cuando tuvo amoríos con Lope, y exclama en afortunada frase: «Bien lista que fue entonces la dama boba»72.
Entre otras intrigas se cuenta que Lope quiere hundir el estreno de La verdad sospechosa, y Suarez de Figueroa le secunda contra el jorobeta don Talegas. El propio Álarcon declara ser «un advenedizo que tiene osadía pare pretender graves oficios [...] un contrahecho, descolorido y flaco, de frente ancha y despejada, melancólicos ojos, chupado de mejillas y puntiagudo de barba»73. Se autodenomina indiano, y en la obra se repiten los insultos conocidos: camello enano con loba, nonada entre dos corcovas, corcovilla y hasta se alude al sainete Los dos corcovados, que ya hemos tratado.
Álarcon se muestra aquí valiente e incluso quiere matar a Figueroa porque se preocupa por su honra, pero se autocompadece y dice que se plantea huir del mundo y hasta entrar en un claustro. Jeronima lo considera «hermoso de corazón», aunque él se llama «feo de cuerpo»74. Chavero nos hace saber que Álarcon ha triunfado con La verdad sospechosa, pero ni eso le quita la tristeza. Figueroa le tiende una trampa al mejicano, pero la intervención de Villamediana que lo ha oído todo disfrazado, le salva. Como Morales cree que Álarcon le engaña con su esposa, mata a Jusepa; pero Villamediana lo aclara todo: Jusepa era en realidad amante de Figueroa y urdieron su venganza ambos contra Álarcon y Jeronima, esta última está delirando mientras expira en brazos del dramaturgo. Y así Villamediana termina:
Allí yace Jusepa, muerta a puñaladas por su celoso marido; aquí acaba de expirar, de enfermedad de amores, la famosa comedianta Jeronima Brugos, en brazos de inmortal autor de La verdad sospechosa15.
Es decir, nuevamente se nos presenta a un Álarcon enamorado y enamoradizo, un hombre que atrae a las mujeres, no por su belleza de cuerpo sino de alma, pero que es consciente de su inferioridad. La conclusión a la que llegamos es la misma que le dedica el especialista en la obra de Chavero José Luis Martínez, que escribe:
La gran obra sobrevive a todos los avalares y sigue deleitando a generaciones sin fin. La mediocre, por mucho que hay sido aplaudida en su estreno, desaparece. Este, a mi entender, es el caso de la obra literaria de Chavero76.
Más tarde otro autor mejicano llamado Ermilo Abreu Gómez (Mérida, Yucatán, 1894-1971)77, periodista, ensayista y dramaturgo, editor de sor Juana, escribe diversos relatos y entre ellos El corcovado (1923)78, protagonizado por Álarcon. La narración de Abreu es una especie de cuento largo o novela corta, pesada y pobre argumentalmente, escrita con un estilo pedantesco y algo recargado, como refleja por ejemplo el inicio del capítulo octavo:
Tocaba a su fin la ardorosa carrera del nuevo y rubicundo Febo -como eran muy gustosos de llamar al sol los juglares y troveros que en églogas y scrvcntcsios sacábanle juguetón entre zagales y pastores- y el tan enraizado don Juan como queriendo hacer que las horas pasaran sobre su conciencia si dejar perceptible huella, ni señal, no abandonaba los jardines del sueño, con grande sobresalto de los pajes y demás fámulos de su servicio79.
En ella, Doña Clara de Cienfuegos y Horcasitas, rica novohispana que ha tenido infinidad de amantes, enamora a Juan Ruiz de Álarcon y le cita una noche en su casa, justo cuando al joven abogado el futuro marqués de Salinas le invita a unirse a su séquito cuando recibe el nombramiento de presidente del Real Consejo de Indias. El pobre Juan Ruiz decide que prefiere quedarse en México y conquistar a doña Clara, pero cuando acude a su casa esta solo buscaba pasarle la mano por las corcovas. Loco de ira y desesperación, Juan Ruiz embarca hacia España en compañía del procer y así termina la novelita.
Alfonso Reyes, prologuista de esta obra de Abreu, le señala al autor algunos defectos, pero en especial incide en el más importante que comentábamos arriba:
Se ha atenido usted a su pintura de historia y por eso me contenta menos [que otra obra anterior]. Algo largo el cuento para el suceso; mucho deleite de ensartar palabras por el gusto de hacerlo80.
Y también censura Reyes el abuso del arcaísmo. Esos son quizá los peores defectos de la novelita que retrata a Ruiz de Álarcon: la palabrería hueca, voluntariamente arcaizante y algo pedantesca, que quiere recordarnos a las altisonantes palabras de Feliciano de Silva que Cervantes parodiaba en el primer Quijote. Sin embargo, el ilustre prologuista aprecia también algunas virtudes en la presente obra, cuando dice:
Veo al pobre Don Juan como usted lo ve: desdichado en amores, joya moral tallada con esmeriles de burlas. Cree que lo van a acariciar y es que para propiciar la suerte le pasan la mano por las corcovas81.
En efecto, Abreu nos pinta a Álarcon como un hombre ingenuo y confiado, un caballerete, ilustre hidalgo que se las prometía muy felices por verse apreciado por la dicha dama. «Ponéis demasiada sal en el cocido de vuestras embajadas»82, le advierte su amigo don Juan de Salcedo. Álarcon es capaz de decirle a su dama que «milagro me parece que quepa dentro de la jaula de mi pecho»83 el tamaño de su corazón, lo que resulta más propio de sus enemigos que de él mismo. Su sirviente advierte: «Dios sean bendito, mi señor don Juan se ha engolondrinado»84 y así era sin duda. Y «como truhanesco comediante», sigue diciendo nuestro novelista, «don Juan tercia la capa y empuña la espada para dirigirse a la casa de su amada, donde recibe tan pesada burla. Desengañado, así finó la primera y última aventura de amor que en el reino de la Nueva España hubo de llorar don Juan Ruiz de Álarcon»85.
Como se ve, tres formas de presentar a Álarcon como personaje, ya sea como protagonista de narraciones u obras de teatro, en las que se pondera unas veces su belleza de alma, otras su valentía y magnanimidad y otras, en las que se censura su aspecto físico, lo que le lleva a la desesperación al dramaturgo.
Entre el posible retrato de Juan Ruiz de Álarcon atribuido al famoso pintor Vander Hammen (1631)86, o la recreación de su figura conservada en un óleo de la iglesia de Santa Prisca de Taxco (s. XVIII) o las idealizaciones de los grabados del siglo XIX, este Álarcon personaje novelesco o dramático de las obras decimonónicas tiene más que ver con las idealizaciones87; mientras que las veces que aparece como personaje en las obras del Siglo de Oro se acercan más a la caricatura. Si esta exageraba sus defectos físicos, aquellas acentuaban sus cualidades morales. Posiblemente, ni unas ni otras, caricaturas o idealizaciones, consiguieron transmitirnos la persona que en realidad fue don Juan Ruiz de Álarcon. En cualquier caso, lo que parece indudable es que se había convertido también en un personaje literario que podía hombrearse con los propios protagonistas de algunas de sus creaciones.
Footnote
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RECIBIDO: ENERO 2024
APROBADO: MAYO 2024