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La desconocida historia de la excavación de una serie de tumbas precolombinas en el oasis de Pica, al norte de Chile, es el hilo conductor en este artículo para discutir el masivo saqueo arqueológico en este valle del Desierto de Atacama. El responsable fue el intendente de Tarapacá de esos años, Recaredo Amengual, quien en 1921 donó la colección al American Museum of Natural History de Nueva York, en Estados Unidos, por intermedio de firmas comerciales y de transporte internacional. Aunque la colección y sus objetos llevan más de un siglo en este museo, seguían hasta ahora por completo ignorados. A través del examen de los archivos asociados a la colección se devela la trama de esta compleja historia, la que finalmente sirve de ejemplo para develar otros casos similares de Pica, depositados en diferentes museos e instituciones alrededor del mundo, hoy la mejor manifestación material del expolio y la diáspora de Atacama.
Palabras claves: Colección Amengual, historia de la arqueología, museos, legado cultural, archivo.
The unknown story of the excavation of a series of pre-Columbian tombs in the oasis of Pica, in northern Chile, is the main thread of this paper to discuss the massive archaeological looting in this valley of the Atacama Desert. The person responsible was the Governor of Tarapacá at the time, Recaredo Amengual, who, in 1921, donated the collection to the American Museum of Natural History in New York, USA, by means of several international commercial and shipping firms. Although the collection and its objects have been in this museum for more than a century, they have been completely ignored until now. By examining the archives associated with the collection, we can reveal the complexity of this story, which ultimately serves as an example to unveil other cases similar to that of Pica where collections are deposited in other museums and institutions around the world, and which is today the best material manifestation of Atacama's spoliation and diaspora.
Key words: Amengual collection, history of archaeology, museums, cultural legacy, archive.
Un Saqueo a la Inocencia
Pica es famosa no solo por sus sabrosos limones y deliciosa fruta, también ha sido el epicentro de una larga historia de saqueo arqueológico. Una situación que en realidad no es tan extraña si se considera en el marco del brutal expolio de objetos y cuerpos precolombinos que se ha producido en el Desierto de Atacama1 en particular y los Andes en general durante los últimos cinco siglos (p.ej., Asensio 2018; Ayala 2017; Ayala et al. 2023; Ballester 2021a, 2021b, 2021c, 2023a, 2024a, 2024b, 2024c; Bedoya 2021; Carter et al. 2017; Delibes 2012; Gänger 2009, 2014; González 2010, 2017; Heaney 2023; Lagos-Flores 2023; Ordoñez 2019; Pavez 2015; Pillsbury 2014; Podgorny 2020; Riviale 2000; Tantaleán 2016;
Toloza 2020; Zevallos 1994; entre muchos más). Lamentablemente, este es un fenómeno de alcances superiores que abarca toda América e incluso varias partes del planeta, sobre todo en la periferia de los principales polos de desarrollo global (p.ej., Atwood 2004; Bogdanos y Patrick 2005; Cole 1995; Fagan 1975; Meyer 1990). La humanidad ha sufrido y todavía padece de una pavorosa fiebre por las antigüedades, un vicio a la vez exquisito y cuestionable, pero por sobre todo descabellado e irracional, que la ha llevado a arrasar con su riquísimo legado cultural y material. Sin embargo, más allá del pesimismo y las cuentas sombrías, es importante aprender del pasado e incorporar las enseñanzas en los proyectos por venir. El problema es que casi nada se sabe de esos acontecimientos, qué decir de las circunstancias enlas que ocurrieron y las agencias que estuvieron involucradas, así como de sus motivaciones e intereses, pasiones y ambiciones (Ballester 2021a, 2023a, 2024a). En el Desierto de Atacama escasean las biografías del saqueo arqueológico y reina una suerte de ingenua fantasía sobre el origen de las piezas que contemplamos en museos, catálogos y artículos. Casi nunca se explicitan sus historias porque suelen ser extremadamente comprometedoras. Pero lo cierto es que, como señala Alice Procter (2020), ningún objeto está en un museo por accidente. De ahí su naturaleza voraz, como la describe Umberto Eco (2005), dado que nace de la colección privada, y esta a su vez de una rapiña. Peores suertes han tenido los objetos de destinos inciertos, privados en manos de privados o derechamente desaparecidos, destruidos o tirados a la basura. Me atrevería a decir que esta es una de las principales causas del actual desdén y abandono de los sitios arqueológicos del norte del país. Pocas veces reflexionamos con detalle y sinceridad acerca de lo que hemos hecho, menos aún, sobre las consecuencias de estos actos en nuestra mentalidad, sensibilidad y relaciones con dicho legado material.
Tengo la convicción de que es imperativo exponer públicamente estas situaciones; primero, para hacerlas visibles y darles existencia: una historicidad; luego, para convertirlas en un insumo material de investigación y trabajo: una potencia; finalmente, para poder reflexionar en torno a ellas, en especial respecto a su impacto en el presente y las implicancias que tendrán en el futuro: un valor. Representa un desafío mayor, ya que significa no solo tratar con los tradicionales restos arqueológicos a los que acostumbra esta disciplina, sino primordialmente con archivos, como cartas, inventarios, fotografías, periódicos, planos, telegramas, diapositivas, notas, cuadernos de campo, dibujos, catálogos y fichas de registro, entre muchas otras clases de documentos.
El presente artículo es precisamente un ejercicio de exposición para una reflexión: una puesta en evidencia, una manifestación de lo invisible, un saqueo a la inocencia. Una inocencia suscitada al preferir no contar ni ver ciertos capítulos de la historia de estos objetos y sitios en desmedro de otros, sobre todo aquellos ligados a su devenir hasta el presente, en particular su extracción y circulación en tiempos recientes. El texto trata sobre una desconocida serie de acontecimientos acaecidos a comienzos del siglo XX, primero en el oasis de Pica, después en el puerto de Iquique y, más tarde, en Nueva York, Estados Unidos. Tiene comoprotagonista al antiguo intendente de la Provincia de Tarapacá, el señor Recaredo Amengual, quien a la par era coleccionista de objetos precolombinos y un aficionado a la arqueología. El clímax se produce cuando Amengual dona un cajón repleto de cuerpos y piezas arqueológicas, que él mismo extrajo desde el oasis de Pica, al American Museum of Natural History de Nueva York, donde permanece hasta la actualidad desde el año 1921, a más de un siglo del suceso. Entre los actores secundarios hay figuras de renombre, como Junius Bird y Max Uhle, junto a un nutrido elenco de personajes menos connotados, pero no por eso carentes de importancia en el desenlace de la historia, en la que destacan empresarios, religiosos, militares y curadores, además de grandes firmas internacionales, buques trasatlánticos, museos y, aunque parezca extraño, el salitre. Al caso de Amengual le suceden otros similares, también de Pica, pero con sus respectivas agencias y biografías, que prueban que no se trata de un hecho aislado sino de una larga tradición. Lo paradójico es que estas historias son en su mayoría desconocidas para la arqueología del norte de Chile, relegadas al olvido, cubiertas por la inocencia.
El Coleccionista
Recaredo Amengual Novajas nació en Santiago de Chile el 26 de octubre de 1858 y falleció el año 1936 (Armada de Chile 2014). Fue un reconocido marino de la Armada de Chile (Figura 1). Participó en el bloqueo de Iquique, la batalla naval de Angamos, el combate naval de Chipana y la toma de Pisagua, entre otros eventos de la Guerra del Pacífico. Más tarde fue un agente activo de la Revolución de 1891 (Amengual 1892) y en 1905, tras la Ley de Amnistía e Indulto, se le nombró comandante del buque escuela corbeta General Baquedano, con la cual recorrió el mundo a su ancho (Armada de Chile 2014). Pergaminos todos que le ayudaron a escalar y tomar temporalmente el cargo de comandante en jefe de la Escuadra. Además, escribió varios libros sobre meteorología, oceanografía y pesca (Amengual 1907a, 1907b, 1908, 1915).
El 20 de enero de 1916 se retiró de la Armada de Chile y fue designado intendente de Tarapacá. Ante las movilizaciones ferroviarias y salitreras, Amengual comunica a Carlos Ibáñez del Campo, en ese entonces ministro de Guerra de Chile, que en la pampa "había estallado la revolución soviética" (Ljubetic 2008:100). La respuesta fue brutal y enoctubre de 1925 Amengual dispuso la subida de las tropas que ejecutaron la matanza de la Coruña -la segunda en envergadura luego de la de Santa María de Iquique-, en la que fueron asesinadas cerca de dos mil personas, entre obreros y sus familias (Durán 2011). Como resultado, él fue ascendido a contraalmirante en 1925, a intendente del Maule en 1926 y al grado de vicealmirante de la Armada de Chile en 1934.
Durante su periodo como intendente, Amengual fue el responsable de varios hitos importantes en la historia de Tarapacá. Entre ellos destaca la creación del primer museo de la ciudad de Iquique, que según Lautaro Núñez (1996) se habría fundado el año 1920, pero que de acuerdo a documentos inéditos del Archivo Regional de Tarapacá ya habría estado funcionando años antes con el nombre de Museo Regional de Tarapacá2, obra del propio Amengual y cedido por él a la Municipalidad de Iquique en noviembre de 1919. En palabras del ingeniero francés Francisco de Bèze (1920:130), "este museo debe su existencia al talento científico y a la tenaz perseverancia del Intendente de la Provincia, señor don Recaredo Amengual". El museo fue inaugurado en la Intendencia y luegoubicado en la Biblioteca Pública Cervantes de la Municipalidad. Lautaro Núñez (1996:211) sostiene que, con base en este lugar, "durante tres años la intendencia organizó expediciones que incluyeron cateos en cementerios indígenas, en especial en el oasis de Pica".
En efecto, la documentación de la Intendencia depositada hoy en el Archivo Regional de Iquique3 corrobora este y otros hechos. Por ejemplo, en un oficio dirigido al intendente de la Provincia de Iquique y firmado el 20 de octubre de 1918 por el señor Belisario Jara, ingeniero chileno que ocupó los cargos de gobernador y comandante militar de Pica (Castro 2014; Vicuña Mackenna 1882), se señala que este último dio "las órdenes necesarias a la policía para que se vigile de que no se hagan excavaciones en los distintos cementerios de los Incas, y de hoy en adelante solo a las ordenes impartidas por esa Intendencia se dejaran [sic] extraer los objetos de ese cementerio mientras el infrascrito esté hecho cargo de esta subdelegación"4. La misiva es contundente y demuestra que Amengual controlaba de manera exclusiva la explotación de estos yacimientos gracias a su privilegiada posición de poder. Y así fue, tal como se ilustra en una fotografía donde se aprecia al intendente Amengual acompañado de cuatro personajes, dos de ellos militares, junto a algunos cuerpos humanos recién exhumados de un cementerio en Pica (Figura 2). La referencia a Belisario Jara es igualmente relevante, porque él además donó varios restos de megaterio provenientes de Pica a Rodulfo Philippi (1892), hoy depositados en el Museo Nacional de Historia Natural en Santiago, lo que prueba el rol de las autoridades y élites locales en el control, excavación y tráfico de bienes patrimoniales.
De acuerdo a Bèze (1920:131), en el flamante museo de Iquique se exhibían, "ante propios y extraños", las "riquezas naturales y arqueológicas" de la provincia, "los trofeos de su historia y los productos que demuestran el grado de cultura y de progreso a que ha llegado". El ingeniero detalla que "las existencias del museo están guardadas en 30 estantes o vitrinas, perfectamente clasificadas y catalogadas. Hay además 5 cuadros muestrarios que guardan medallas, monedas, insectos y objetos de valor" (Bèze 1920:131). Como si fuera poco, dedica media plana de su libro para enlistar meticulosamente los objetos de solo uno de los estantes del museo: un vaso de greda, una red conteniendo una bolsa con harina, dos cántaros de greda, media calabaza, tres bolsitas para coca, cinco bolsas con harina, un juego
de herramientas para hilar, dos loros disecados, una red con dos sandalias, una máscara de cuero, una bolsa con lana, una cajita de madera con divisiones, una pata de guanaco, una cabeza de momia con gorra, una bolsa con choclo, una bolsa con semillas, una cuchara de madera, una calabaza, un peine y un platillo de madera5. El conjunto es sorprendente y más lo será una vez que avancemos en este artículo.
Biografía de la Colección
El día 30 de junio de 1921 ingresó formalmente al American Museum of Natural History de Nueva York, en Estados Unidos, una colección precolombina donada por el señor Recaredo Amengual. La ficha de registro lleva el número de acceso 22812 (Figura 3) y dice textual "Ethnological collection consisting of: mummies, pottery, blankets, musical instruments, etc."6. En el apartado "Locality" tiene apuntada lasiguiente información: "cemetery on outskirt of Pica (Prov. of Tarapaca), Chile"7. Justo abajo, en la forma de adquisición, está marcada la opción de donación.
Pero el arribo de esta colección a Nueva York tiene un largo preámbulo. El 25 de junio de 1920 la firma de Wessel, Duval and Co.8 envía una carta9 dirigida a Frederic Lucas, director del museo neoyorquino, para ofrecer la colección. En ella se señala que el señor Amengual, en su calidad de intendente de Tarapacá, escribió al señor George Logan Duval, uno de los socios mayoritarios de la compañía y su amigo cercano, para que se comunicara directamente con el museo a modo de intermediario en la donación, pero especialmente para ver si la institución estaba dispuesta a pagar los costos de transporte desde Iquique hasta Nueva York.
En la carta, Duval asegura que Amengual creó en Tarapacá un museo local y que posee una serie de objetos que le gustaría presentar al museo de
Manhattan. Entre el material ofrecido, el texto alude a un cajón que contiene diferentes clases de nitrato de sodio refinado y sin refinar, y otro repleto de objetos precolombinos misceláneos, entre los que se cuentan momias, piezas incas, platos y ponchos.
En una correspondencia10 posterior, fechada el 29 de junio de 1920, ahora firmada por el director del museo hacia la empresa Wessen, Duval and Co., este acepta con gusto la donación. Le pide que comente a Amengual la importancia de empacar bien el material etnológico para que no sufra percances en el viaje y que el nitrato venga efectivamente embalado en otra caja separada para evitar contaminaciones. En el mismo sobre le adjunta unas fichas que deben pegar en las cajas para que el viaje sea expedito hasta su destino. Frederic Lucas envía en paralelo una carta de agradecimiento por la donación directamente al señor Amengual, por intermedio, siempre, de la misma firma de transportes que, a esta altura, solo cumple su labor regular.
La respuesta no tardó en llegar y el 30 de ese mismo mes Duval vuelve a contactar al museo11,esta vez recordándoles que la propuesta de regalo es a condición de que la institución receptora pague todos los costos de transporte. Días después, el propio Duval escribe a su amigo Amengual en Iquique para contarle que las negociaciones habían sido un éxito12. Aprovecha la oportunidad para entregarle las recomendaciones de embalaje y remitirle las fichas para las cajas.
A casi un año de las comunicaciones iniciales, el 16 de marzo de 1921, Amengual finalmente escribe de manera personal al museo, por primera vez también en español13. En la carta especifica que envió dos cajones que contienen objetos de origen indígena extraídos por él mismo, cuyas particularidades vienen descritas en un documento adjunto. En una nota al pie cierra diciendo que la firma Buchanan, Jones and Co.14 le ayudó amablemente con el transporte de la preciada carga hacia su destino.
Efectivamente, el 23 de mayo de 1921, un oficio de la Wessel, Duval and Co.15 certifica el traslado de las encomiendas del señor Amengual por intermedio de Buchanan, Jones & Co. en el buque SS Orcus, cuyoarribo a la ciudad se estmaba para el mes siguiente. En la carpeta se anexan una serie de documentos de valor para la colección: (1) una carta dirigida al director del museo16, (2) la traducción al inglés de esta última, (3) un texto con detalles concernientes al cementerio indígena del Valle de Pica, (4) una lista de objetos que contienen los cajones #1 y #2, y (5) un croquis de una tumba indígena encontrada en Pica.
El Listado de Objetos
El inventario de los dos cajones enviados por Amengual fue escrito a máquina en una sola hoja y data del 21 de mayo de 192117. A continuación, detallo de manera textual la lista de objetos, aunque traducido al español desde el inglés y no en formato vertical, como se encuentra en el original, sino cada ítem junto al siguiente en una misma línea y separados por un punto y coma (esto último, por simple economía de espacio). Precaví mantener los conceptos vernáculos, sin actualizarlos.
Cajón #1:
Momias; calabaza con funda de cuero; un par de sandalias de cuero; un gorro hecho de lana y paja; una pequeña calabaza con tapa; peines; jarra grande de cerámica; copas de madera; una manta de lana; instrumentos musicales; una pequeña caja de madera con dos particiones; red de cuerdas con dos bolsas; un perico disecado; platos de cerámica; instrumentos musicales; un collar hecho de piezas de metal; un manojo de agujas afiladas; una madeja de cordón amarillo; una pequeña jarra de cerámica; platos de fibra vegetal; bolsas de lana; un set de arcos y flechas; una bolsa que contiene "coca" (hojas de cocaína18); honda tejida; bolsa con portabolsas; plato de madera; cuchara de madera; bolsa conteniendo harina; bolsa conteniendo granos; bolsa conteniendo mazorcas de maíz; gorro con penacho de plumas; un set de instrumentos para hilado; una camisa; jarros rotos de bebida; un bloque de puntas de flecha; cinco tipos distintos de aparejos de pesca; dos torteras; cuatro fragmentos de jarras quebradas; varias madejas de lana de colores.
Cajón #2:
Nueve botellas que contienen muestras de nitrato: "caliches" (mineral de nitrato); "costras" (sobrecombustión de mineral); "ripio" (desechos dejados luego del tratamiento del mineral) de varias plantas de nitrato; seis jarras con muestras de "guanos" (excremento - fertilizante animal); 21 muestras de "caliches" y "costras" de varias plantas de nitrato; un trozo de piedra que exhibe la impronta de una hoja19; dos muestras de brillantes20; una pieza de "yareta" (una clase de raíz usada por los aborígenes como combustible); una pieza de vegetación petrificada; una pieza de ágata; una ágata piramidal; 44 fósiles; una pieza de mica; cuatro muestras de mineral; 12 tubos con varias substancias minerales; una muestra de amatista; una muestra de sulfuro; una muestra de mineral; un muestrario que contiene 40 fósiles; una muestra de sulfato de potasio; una muestra de sulfato de aluminio; una concha fosilizada de forma espiral.
El Documento de Amengual Relativo al Cementerio de Pica
Junto al inventario venía un documento que explicita las circunstancias del hallazgo arqueológico, los procedimientos de excavación y el material extraído. Es un legajo de dos hojas mecanografiadas en inglés y con algunas anotaciones posteriores en lápiz tinta de color rojo. A continuación, se transcribe íntegramente la traducción al español conservando los conceptos y categorías originales, sin actualización.
Particularidades concernientes al cementerio indígena en el Valle de Pica
Locación: se sitúa en las afueras de Pica (Provincia interior de Tarapacá); y las tumbas fueron cavadas en las laderas de las colinas bajas.
El método para encontrar las tumbas: no hay puntos de referencia en la superficie que indiquen dónde se encuentran, y para descubrirlas es necesario golpear el suelo con una barreta aquí y allá; en el lugar donde la barreta perfora sin oponer resistencia es seguro que existe una tumba, la razón de ello es que las tumbas antes mencionadas fueron excavadas en el suelo duro y una vez que los cadáveres, y los artículos que iban a ser enterrados con el difunto, fueron colocados en ellas, se terminaron de rellenar con arena suelta.
Disposición de los cuerpos y objetos al interior de la tumba: para dar una idea de la forma en que se disponían los artículos y los cuerpos en las tumbas, se adjunta un croquis aproximado (Figura 4), con el detalle correspondiente descrito aquí:
(1) La tumba tiene una abertura oval de 1,3 metros de largo por 0,7 metros de ancho.
(2) Un perico colocado en la parte superior de la tumba, cuya misión, según las tradiciones de los nativos, era comunicar al difunto las noticias del mundo.
(3) Una manta de lana tejida que cubría toda la tumba.
(4) Bolsas con maíz, harina y grano para alimentar al indio enterrado en la tumba durante el viaje a la Eternidad.
(5) Espigas de maíz con las respectivas mazorcas colocadas para el mismo uso que las mencionadas en el número 4.
(6) Posición en la que colocaban al indio, con las manos y los pies cruzados sobre el pecho y el estómago, y atados con cuerdas finas.
(7) Una gran tinaja de cerámica que se colocaba llena de agua para que el indio saciara su sed.
(8) Objetos de cerámica, madera, lana y paja y productos alimenticios pertenecientes al difunto y entregados por sus parientes el día del entierro.
(9) Todos los espacios que quedaban entre los distintos objetos que se colocaban en la tumba se rellenaban con arena.
Datos con referencias al contenido de los cajones #1 y #2: las momias y otros objetos contenidos en el cajón #1 fueron traídos desde un cementerio nativo que existe en el valle de Pica (el interior de la Provincia de Tarapacá). Todas las momias y objetos fueron descubiertas en las tumbas. Las momias son indios aborígenes de la región. El suelo donde el cementerio en cuestión está situado es bastante árido y salitroso. El desentierro ocurrió en el mes de octubre de 1918.
Cada uno de los objetos contenidos en el cajón #2 posee su propia etiqueta con su respectivo dato, y provienen todos de la Provincia de Tarapacá21.
Junius Bird desenreda la colección Amengual
Dentro de la carpeta de archivos relativos a la colección Amengual existe un documento firmado por Junius Bird22 el mes febrero de 1965, donde realiza una síntesis de los contextos funerarios y los objetos que contiene. Bird en aquel entonces era el curador de América del Sur en el American Museum of Natural History, por lo que no es de extrañar el informe, no tanto porque fuera una obligación propia de su cargo, sino por su infatigable pasión investigativa hacia las colecciones del museo. Lo misterioso, sin embargo, es justamente la cantidad de datos y el rico detalle contextual que presenta, pues nada de aquello se encuentra descrito en el resto de los documentos del archivo. Pero Bird lo aclara prontamente en su texto, al afirmar que dicha información proviene no del inventario ni del registro del museo, sino de las etiquetas que todavía estaban amarradas en cada uno de los objetos y cuerpos, posiblemente todas originales y escritas de puño y letra por el propio Amengual. Bird comienza advirtiendo que en ese año (1965) había 35 objetos perdidos de la colección y procede a enumerarlos con sus respectivos números de inventario23. Su análisis, por lo tanto, se basa solo en los ítems restantes. Señala que Amengual en realidad excavó dos cementerios, designados como Cementerio Sur y Cementerio Este. Del primero hay objetos de al menos nueve tumbas, identificadas con los números 1, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 12 y 13. Del segundo cementerio, en tanto, solo hay objetos de la sepultura 3. Ahora bien, la numeración muestra claramente que en su origen eran más de nueve sepulturas en el Cementerio Sur y una en el Cementerio Este, sumando en realidad al menos 13 en el primero y tres en el segundo. Asimismo, indica que hay dos etiquetas sueltas que dicen tumbas 4 y 6, además de dos objetos marcados con el número 10, pero sin referencia al cementerio. Bird pasa luego a enlistar los objetos presentes en cada tumba, información que he sintetizado en la Tabla 1.
Del caso aislado a la tradición del saqueo
La trama de la historia de Amengual es célebre en Pica, no tanto por su figura y actividades como por la tradición centenaria de excavaciones y colectas de piezas precolombinas en el valle. Lo cierto es que no es un caso único, tampoco aislado. A lo largo y ancho del Desierto de Atacama hay decenas de ejemplos similares, en su mayoría por completo desconocidos (p.ej., Ayala et al. 2023; Ballester 2021a, 2021c, 2023a, 2024a, 2024b, 2024c; Pavez 2015). Solo queda evidencia de ellos en las fosas abiertas y los huesos quebrados en el suelo, pero también en las colecciones privadas y de museos. De los hechos se sabe prácticamente nada, solo pequeños atisbos ycomentarios al pasar, pero que vale la pena explorar para dar un contexto histórico y social a la crónica de Amengual.
Ricardo Latcham (1928, 1938) entrega una de las primeras pistas. Refiere a la colección de fray
Crisóstomo de Iquique, quien a comienzos del siglo pasado habría amasado una cuantiosa cantidad de objetos arqueológicos de Pica, de la cual publica incluso una fotografía (Figura 5). Esta colección ingresó años más tarde, en 1942, al Museo Arqueológico de La Serena, como donación del Convento de San Francisco de la misma ciudad. El primer inventario24 de colecciones de dicho museo señala que las piezas provienen del "cementerio (gentilar) al lado poniente del pueblo de Pica" y comprende nueve vasijas cerámicas (inventarios 484-493) junto a 17 objetos misceláneos (inventarios 501-517), entre los que sobresalen un arpón, cestos, textiles, calabazas y otros artefactos de madera y hueso. Latcham (1928) alude también, y ya en aquella época, a otra colección de Pica, esta vez depositada en el Museo Nacional de Historia Natural de Santiago. Tiempo después ingresaría a este mismo museo otro conjunto de piezas de este lugar recuperado por Enrique Solari, antiguo miembro del Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad de Chile (Schaedel 1957).
Asimismo, como parte del archivo de Legados de Max Uhle conservado en el Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín (Dauelsberg 1995), en Alemania, existe un sobre25 que contiene 210 fotografías de su paso por el norte de Chile. En el lote, entre tomas propias de Arica y Pisagua, hay una serie de cuatro fotografías de Pica (Figura 6). Al dorso de tres de ellas está escrito "Pica Tarapacá", "Pica (inland von Iquique)", "von K. Hoffmann" e "Iquique, 26/1/18". Según sus publicaciones y diarios de viaje (Dauelsberg 1995; Uhle 1922), Uhle no pasó por este oasis, lo que hace suponer que obtuvo las fotografías de un tercero, muy probablemente del señor Hoffmann etiquetado al anverso de ellas, y que la fecha señalada (26 de enero de 1918) sería el momento del hecho retratado o cuando recibió las fotografías.
Las cuatro tomas parecen ser parte de una misma serie de eventos concatenados (Figura 6). En una de ellas se aprecia a un individuo metido hasta el pecho dentro de una fosa funeraria, pala en mano y sacando sedimento (Figura 6A). Atrás se distingue el botín: el cuerpo de una persona con las rodillas flectadas y el pelo largo, aún con piel y completamente articulado, junto a bolsas tejidas, platos de cestería, vasijas cerámicas y una red gruesa que parece contener otro cuerpo o los restos del primer fardo. Más atrás, otra pala clavada en la arena hace presumir que el saqueo fue colectivo. El terreno donde esto ocurre no es plano, sino en una ladera de suelo árido, con sedimento suelto, pero también rocas y concreciones. En otra de las fotografías se muestra la colección despojada ahora montada para su exhibición (Figura 6B). Arriba hay tres cráneos, algunos todavía con piel y uno con gorro. Más abajo se distinguen capachos tejidos, vasijas cerámicas de diferentes formas y tamaños (jarros, pucos, platos, botellas), astiles de flechas, artefactos aguzados de hueso, instrumentos musicales, ojotas de cuero, usos y torteras para hilar, cestos de fibras vegetales, tejidos y más cráneos, algunos también con gorro y casco de cuero. La composición es sutil y da protagonismo a cada elemento, ordenados inteligentemente para poder ser vistos pese a la cantidad de piezas. El fondo entregaotras luces, pues todo parece indicar que el muestrario está montado sobre la cubierta de un barco.
La tercera captura es similar a la anterior, pero menos atiborrada de objetos (Figura 6C). Colgando de un travesaño hay textiles listados, camisas y una red gruesa muy similar a aquella que contenía el fardo en la primera fotografía. Sobre el plano hay más bolsas tejidas, gorros, cordeles, hilados, un fragmento de calabaza y mazorcas de maíz. Al analizar en detalle ambas capturas se infiere que no son exactamente los mismos objetos, pero sí cultural y cronológicamente relacionados. En la parte posterior de la imagen se divisan puertas metálicas y claraboyas redondas, dando más peso a la posibilidad de que el montaje haya ocurrido sobre la cubierta de un barco, al igual que la anterior. La cuarta y última foto, en tanto, muestra una veintena de cajones de madera apilados unos sobre otros junto a una antigua casa.
Existen más antecedentes desde la mitad del siglo XX en adelante. Eduardo Iensen Franke (1911-1985), de larga carrera en la Fuerza Aérea de Chile y quien fuera nombrado su comandante en jefe entre
1961 y 1964, fue también un ferviente aficionado a la arqueología y coleccionista de objetos precolombinos (Iensen 1971, 1979, 1984; Iensen y Lindberg 1971). Se sabe que intervino sitios arqueológicos en Arica, Azapa, Camarones, Tarapacá, Guatacondo, Chiuchiu, San Pedro de Atacama, Licancabur y Pica, entre otros, y que fue uno de los responsables del descubrimiento y la popularización del geoglifo del Gigante de Atacama en el Cerro Unitas de Tarapacá. En Pica efectuó varias excavaciones en cementerios, desde donde extrajo cuerpos humanos y algunos objetos extraordinarios, instancias y piezas que fueron por él mismo fotografiadas (Figura 7) y que hoy conocemos gracias a un proyecto de puesta en valor de su archivo visual compuesto de más de 10.000 diapositivas a color26.
Iensen formó una enorme colección arqueológica que reunía más de un millar de objetos, cuyo destino es lamentablemente un misterio. Sin embargo, nuestras recientes investigaciones27 han logrado trazar la ruta y el paradero de algunos de ellos a través de entrevistas orales, documentos escritos y archivos de museos. Hoy podemos asegurar que su colección se encuentra desperdigada en manos de privados y en museos de todo el mundo. Entre estos últimos sobresalen el Museo Chileno de Arte Precolombino28, el American Museum of Natural History y el Metropolitan Museum of Arts, ambos de Nueva York, Estados Unidos, el Ethnologisches Museum Staatliche de Berlín, en Alemania, los Musées Royaux d'Art et d'Histoire de Bruselas en Bélgica y el Musée du quai Branly -Jacques Chirac de París en Francia. Varios de estos objetos provienen de Pica, como es el caso de un uncu Inca29 (Figura 8) hoy depositado en el Ethnologisches Museum Staatliche de Berlín, adquirido en 1990 a David Bernstein, comerciante de arte precolombino y dueño de una reconocida galería en Nueva York, quien a su vez habría comprado esta y otras piezas de la colección Iensen a fines de la década de 1980. Bernstein vendió también objetos de la colección Iensen al Museo Chileno de Arte Precolombino de Santiago y a los Musées Royaux d'Art et d'Histoire de Bruselas (Ballester 2023b:64; Lemaitre et al. 2018).
Desde fines de la década de 1950 e inicios de 1960 el número de investigaciones arqueológicas en Pica aumentó, contribuyendo a la excavación de sus sitios ahora producto de un nuevo coleccionismo movido por fines científicos. Hans Niemeyer (1959, 1962) interviene aquí dos cementerios, ambos ya saqueados, uno de ellos nombrado Santa Rosita, ubicado 3,7 km al norponiente del pueblo, y otro demayor tamaño situado 2 km al sur. Casi en la misma época, Lautaro Núñez (1962, 1963, 1965, 1968) documenta seis densos cementerios precolombinos con una superficie de casi 500 m2, en muchos de los cuales realizó excavaciones y colecta de objetos. Poco tiempo después, el recuento aumenta a 22 sitios (Gordon 1964). En los últimos años se han actualizado sus datos, contabilizándose al menos nueve cementerios junto a otros 46 sitios arqueológicos de diferentes características (Núñez 2022 [1984]; Núñez y Briones 2017; Núñez y Santana-Sagredo 2021; Sanhueza 2005).
De todos ellos, Pica 1 se ubica 2 km al sur del pueblo (Figura 9), el mismo referido por Niemeyer (1959) y que según Núñez (1963) habría observado Max Uhle en 1917, aunque sin aclarar su fuente. Este último dato es relevante considerando las fotografías de Pica depositadas en su archivo en Berlín. Pica 2 yace también al sur (Figura 9), pero entre el cementerio anterior y el pueblo, donde hay una cruz, en esa época sumamente removido y que de acuerdo a Núñez (1963, 1965) sería el lugar de donde provendrían las piezas de la colección de fray Crisóstomo (Figura 5), aunque también sin explicar el porqué. Esto último es poco probable según la información del inventario del Museo Arqueológico de La Serena, donde se afirma que el yacimiento de origen de esta colección estaba al poniente del pueblo y no al sur como señala Núñez. El cementerio de Pica 3 equivale al de Santa Rosita (Niemeyer 1959, 1962; Núñez 1963). Pica 7, en tanto, se emplaza al noroeste de la iglesia del pueblo y Pica 8 al oeste de Matilla (Figura 9) (Núñez 1962, 1965, 2022[1984]). Este último ha sido sin duda alguna el más intervenido en el pasado medio siglo (p.ej., Gordon 1964; Moragas 1995; Núñez 1963, 1965, 2022 [984]; Núñez y Briones 2017; Núñez y Santana-Sagredo 2021; Zlatar 1984), desde donde únicamente Lautaro Núñez desenterró más de 254 cuerpos humanos junto a su ajuar (Núñez 2022 [1984]), un volumen de extracción en un solo sitio que es casi veinte veces mayor al que conocemos de Amengual.
Tras evaluar la ubicación de estos sitios en el Valle de Pica, es factible proponer que el Cementerio Sur de Amengual corresponda a Pica 1 o 2 (ambos ubicados al sur del pueblo) y ya sumamente removidos a mediados del siglo XX, mientras que su Cementerio Este podría ser alguno de los sitios emplazados en la parte alta del oasis. Hans Niemeyer (1959) sostiene que en Pica 1 las fosas de las tumbas fueron realizadas en una dura costra calcárea, lo mismo que asevera
Amengual en su informe. Pero de momento esto no es más que una hipótesis, ya que son muchos los cementerios en el oasis. Lo revelador de esta síntesis es que la trama de Amengual, más que un caso aislado, constituye una verdadera tradición en el valle.
Agencias y Redes del Coleccionismo en el Desierto de Atacama
El extractivismo minero en el Desierto de Atacama trajo consigo un extractivismo de bienes culturales (p.ej., Ballester 2021a, 2021c, 2024a, 2024c). Desde mediados del siglo XIX, junto a las fiebres del salitre, guano, plata, oro y cobre, surgió un delirio por la excavación y la colecta de objetos y cuerpos precolombinos, sea para crear colecciones locales o para enviarlas a diferentes destinos globales. La mayoría de las localidades del desierto se vieron afectadas por este trastorno, aunque las más aquejadas fueron aquellas cercanas a los polos industriales de este desarrollo capitalista, como son los puertos, oficinas y yacimientos. De ahí el expolio sufrido en los sitios arqueológicos de los alrededores de Arica, Pisagua, Iquique, Tocopilla, Antofagasta y Taltal, al igual que junto a Chuquicamata, María Elena, Caracoles y las oficinas de los cantones salitreros (Ballester 2024a, 2024c).
En este expolio participó un enorme y diverso enjambre de agencias (ver p.ej., Ballester 2024a). Roles protagónicos tuvieron los inmigrantes europeos y norteamericanos ligados a la minera y sus servicios asociados en el transporte, energía, diplomacia, geología y comercio. Hubo asimismo agencias locales, como personeros públicos, administradores, aduaneros, políticos, religiosos, empresarios, abogados, obreros, militares, pescadores y mineros, solo por nombrar los más habituales. Y no se trató solo de agencias humanas, pues los puertos, muelles, carreteras, animales de carga, aduanas, buques, ferrocarriles, cajones, palas, picotas, Estados y museos participaron también en la explotación, el traslado, la distribución y la posesión de estos objetos tanto en Atacama como en otros puntos del planeta (Byrne et al. 2011). En su actuar, estas agencias se interconectaron formando redes que los hicieron copartícipes de esa realidad en construcción, todas igual de significativas en su configuración (Latour 2005).
A nivel local, el saqueo de tumbas y la colecta de objetos precolombinos sirvió como un mecanismo de distinción social, dado que eran objetos exóticos y extraños que necesitaban de cierto conocimientoespecializado para ser verdaderamente apreciados (Akin 1996; Hinsley 1992; Jenkins 1994). Poseídos por "unos" y relegados para "otros", se convirtieron rápidamente en bienes de prestigio que distinguían a esos "unos" de esos "otros". Una realidad política que no es exclusiva del Oasis de Pica, sino similar a innumerables casos de toda Atacama y el resto de los Andes (Ballester 2024a; Bedoya 2021; Gänger 2014). Esto porque las antigüedades infieren un capital simbólico (Hamilakis y Yalouris 1996), y al poseerlas invisten a su portador de una condición única frente a su comunidad. Incluso quienes ya detentan cierto poder político pueden emplear las antigüedades como una herramienta para mantener e incrementar su posición diferencial, ahora hacia el campo simbólico y cultural (Bourdieu 2001, 2010).
El caso de Recaredo Amengual es elocuente al respecto. De familia acomodada, militar y héroe patrio, estudioso y conocedor del mundo, con redes comerciales y en la élite, intendente y político, mecenas y entusiasta de las ciencias, coleccionista y fundador de un museo público, aficionado a la arqueología y entendido en cuestiones de la historia. Su fiebre coleccionista y arqueológica solo viene a capitalizar en el campo cultural y simbólico un poder que ya infería en otras esferas de lo social. Lo emplea como una forma de legitimación pública y de autoridad cultural, al mostrar a la sociedad tarapaqueña su sabiduría sobre temas complejos a través de hazañas en terreno, escaparates de museos y notas de prensa (Bèze 1920). Dona la colección a uno de los más renombrados museos del mundo gracias a sus redes internacionales y como una estrategia para situarse en la escena global, en una época en que todavía no era ilegal sacar esta clase de objetos del país ni mucho menos su ingreso a Estados Unidos (Meyer 1990). No es solo un saqueador, sino un verdadero connoisseur (Coe 1993; Von Holst 1976). Por esta razón también dona y no vende su colección al museo neoyorkino, como un gesto de filantropía cuyo beneficio es personal y social, pero no comercial. Amengual se inviste así con sus proezas y piezas arqueológicas para crear de sí una nueva figura pública: distinta, sofisticada, intelectual, esotérica, aventurera, exótica y atiborrada de objetos que aluden a conocimientos extraordinarios (Akin 1996; Jenkins 1994; Keurs 2011).
No me cabe duda, sin embargo, que esta fanática afición coleccionista de Amengual era en realidad sincera y no solo una herramienta astuta para fines políticos. Lo mismo corre, podría asegurar, para Eduardo Iensen y fray Crisóstomo, incluso paraaquellos arqueólogos posteriores que continuaron la tradición. Los coleccionistas tienen sentimientos profundos hacia las cosas que atesoran y viven experiencias límites con ellas, las usen o no para otros fines en su vida (p.ej., Belk 1995; Blom 2013; Elsner y Cardinal 1994; Pearce 1998). Las personas colectan no solo por motivos instrumentales, lo hacen principalmente en búsqueda de deleite y pasión, satisfacción y fanatismo, por ardores propios y profundos, a ratos inexplicables (Benjamin 2022; Pearce 1994). Puede decirse que coleccionar es una práctica cultural y, como tal, deviene un habitus entre ciertas esferas de la élite nacional e internacional.
La relación entre minería y arqueología es clara en la trama de Amengual, dado que este sujeto envió a Nueva York dos valiosos cajones, uno lleno de muestras de minerales y salitre, el otro con lo que él denomina antigüedades indígenas. En la lógica extractivista que se apoderó de Atacama en estas décadas, objetos precolombinos y recursos minerales eran resultado de una actividad común, un mismo campo: se coleccionaban y fluían conjuntamente en un sistema de valores compartido y hacia destinos similares, en tanto mercancías, souvenirs y especímenes científicos. Por eso también involucraban a las mismas agencias, desde quienes excavaban y colectaban hasta sus mecanismos de circulación y participantes en la red de relaciones locales y globales. De ahí que en Atacama se pueda hablar libre e indistintamente de cateos mineros y de tumbas (Ballester 2024c).
La trayectoria de los objetos precolombinos extraídos desde Pica y de toda Atacama, tal como su distribución en diferentes museos, instituciones y manos privadas por todo el mundo, constituye uníndice de las redes y agencias que dieron vida al coleccionismo tras el saqueo del desierto. Así, al estudiar su diáspora30 por el planeta y las agencias involucradas a través de las propias colecciones, objetos y archivos, es posible comprender todo lo que con ellos se ha montado en las realidades pasadas y recientes, incluso contemporáneas y por venir. Estos objetos antiguos repartidos a lo largo de Chile, América y en otros continentes son un auténtico espejo de nuestra relación con estas cosas y lo que representan. Reportar estas historias significa visibilizar lo que hasta ahora ha sido ocultado e imponerse de una vez ante la inocencia, una tarea fundamental si queremos crear otra relación con nuestro legado cultural y material.
Agradecimientos. ANID-FONDECYT 1210046. Esta investigación tuvo el apoyo del American Museum of Natural History (Nueva York, Estados Unidos), en especial de Sumru Aricanli y Kristen Mable. También colaboraron Diego Urbina, Pablo Iensen, Joanne Pillsbury, Hugo Ikehara, Carolina Agüero, Serge Lemaitre y Manuela Fischer, además de instituciones como el Museo Chileno de Arte Precolombino (Santiago, Chile), el Ethnologisches Museum Staatliche (Berlín, Alemania), el Metropolitan Museum of Arts (Nueva York, Estados Unidos) y los Musées Royaux d'Art et d'Histoire (Bruselas, Bélgica). Finalmente, a Ivanna Margarucci por su apoyo en el Archivo Regional de Tarapacá. Recibí además valiosos comentarios de Daniel Quiroz, Marcela Sepúlveda y Alexander San Francisco. Mi reconocimiento también a quienes evaluaron el manuscrito, pues sus comentarios mejoraron substantivamente la calidad y profundidad del texto.
Notas
1 Considero al Desierto de Atacama en su sentido amplio, abarcando el sur de Perú y las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá, Antofagasta y Atacama en el norte de Chile.
2 Información facilitada gentilmente por Ivanna Margarucci, tomos 1123, 1135, 1136 y 1146 del año 1919 del Fondo de la Intendencia del Archivo Regional de Tarapacá, Iquique.
3 Gentileza de Ivanna Margarucci.
4 Tomo 824 del año 1911 del Fondo de la Intendencia del Archivo Regional de Tarapacá, Iquique.
5 En el original la lista está ordenada en vertical, hacia abajo, y con los números señalados en cifras. El resto es una transcripción textual.
6 "Colección etnológica compuesta por: momias, cerámica, mantas, instrumentos musicales, etc." (la traducción es mía).
7 "Cementerio en las afueras de Pica (Prov. de Tarapacá), Chile" (la traducción es mía).
8 Wessel, Duval and Co. era una empresa de energía y transporte fundada el año 1825 en Boston, Estados Unidos. Poseía una importante flota de clíperes que en un comienzo conectaban Valparaíso y Magallanes con el puerto de Boston. Más tarde, desde el año 1900, establecen rutas regulares entre Nueva York, Valparaíso y el Callao. Una de las mercancías más importantes era el salitre.
9 Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural History de Nueva York, Estados Unidos. 10 Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural History de Nueva York, Estados Unidos.
11 Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural History de Nueva York, Estados Unidos.
12 Carta del 8 de julio de 1920. Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural
13 Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural History de Nueva York, Estados Unidos.
14 Buchanan, Jones and Co., inicialmente llamada H. B. James & Co. y con sede en Valparaíso, era una firma británica que fue la agente de la Compañía Salitrera El Loa y de distintas compañías de seguro y de accidentes del trabajo (Estrada 2006; González et al. 2014).
15 Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural History de Nueva York, Estados Unidos.
16 Corresponde a la carta previamente citada, escrita por Amengual el 16 de marzo de 1921. Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural History de Nueva York, Estados Unidos.
17 Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural History de Nueva York, Estados Unidos.
18 "Cocaine leaves" en el original.
19 Seguramente se trata de un fósil.
20 "Brilliants" en el original.
21 Fin del documento.
22 Accession number 1921-40. Archivo documental del American Museum of Natural History de Nueva York, Estados Unidos. Este mismo documento se encuentra también archivado en el Laboratorio Junius Bird del mismo museo.
23 Siete textiles, 14 restos cerámicos, nueve cestos y cinco misceláneos, entre los que se encontraban -créanlo o no- dos momias.
24 Página 43 del Inventario de las colecciones del Museo Municipal de La Serena, noviembre 1942. Archivo documental del Museo Arqueológico de La Serena, La Serena, Chile.
25 Código número N-0035 s 27, Archivo Legados Max Uhle, Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín, Alemania.
26 Labor realizada por Diego Urbina en el marco de su práctica y tesis de grado en Arqueología, ANID-FONDECYT 1210046.
27 ANID-FONDECYT 1210046.
28 Su colección llegó a este museo de distintas maneras. Una fracción importante arribó en la década de 1990 en el gran lote de objetos que provenía del Museo Arqueológico de Santiago, que albergaba la colección de Santa Cruz y Yaconi (Gallardo 1999), donde había muchos objetos que fueron previamente de Iensen (Agüero 1991). Otras partes fueron adquiridas, primero, directamente en el remate de sucesión de Iensen en 1990, luego por donaciones de su esposa tras su fallecimiento y finalmente por intermedio de la David Bernstein Art Gallery de Nueva York.
29 La ficha de registro de esta pieza (VA66009) señala que es de Pica, Iquique, Chile y que fue comprada a David Bernstein. Además, indica que esta túnica envolvía una momia y que junto a ella venían asociados otros 18 textiles (VA66010 a VA66027), también vendidos por Bernstein al museo alemán. Archivo del Ethnologisches Museum
30 El concepto de diáspora es usado aquí en tanto "dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen" (RAE), considerando que los objetos precolombinos aquí referidos son obras humanas y, por lo tanto, que también representan de alguna manera a estas personas. En ningún caso la acepción alude a la cuestión étnica y su connotación histórica.
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