Content area
Resumen Dentro del impulso modernizador llevado a cabo por la Unión Liberal durante su gobierno largo se integra la guerra de África (1859-1860). In the awakening of Spanish nationalism, which took place at that time, this formation played an important role. [...]its development is restricted to restricted to cultural and symbolic spheres, and uses it as a legitimizing instrument for his government and the Elizabethan constitutional monarchy. For its dissemination, all available means of communication and all literary genres, visual arts and concentrations in public spaces are used. Esta formación, producto de la integración de personalidades moderadas puritanas y progresistas templadas aunadas por el liberalismo doctrinario, el eclecticismo y el pragmatismo político, pretendía, una vez superado el cisma de la guerra carlista, reunir a las principales tendencias liberales en una especie de «partido nacional». Para ello la primera de esas normativas resultaba fundamental porque concentraba en el delegado del Gobierno, el gobernador civil, el control y el dominio administrativo y político de la provincia. En ellas estuvo presente ese doble carácter colonial, con independencia de que, como señala José María Jover, no se contara con un proyecto exterior global coherente, de los escasos resultados logrados y, por ello, del mantenimiento del status quo internacional, y de su utilización para promover un consenso interior sobre el régimen político y el modelo socio-económico liberal".
Resumen
Dentro del impulso modernizador llevado a cabo por la Unión Liberal durante su gobierno largo se integra la guerra de África (1859-1860). En el despertar de nacionalismo español, que entonces se produce, tiene una importante participación esa formación. Pero restringe su desarrollo a los ámbitos cultural y simbólico, y lo utiliza como instrumento legitimador de su gobierno y de la monarquía constitucional isabelina. La defensa del honor patrio, anclado en la historia, y de la religión católica, así como la misión civilizadora constituyen los puntos cardinales del relato nacional unionista que acompaña a ese conflicto. Para su difusión se recurre a todos los medios de comunicación disponibles y a todos los géneros literarios, artes visuales y concentraciones en espacios públicos.
Palabras clave
Unión Liberal; Leopoldo O'Donnell; Guerra de África; nacionalismo español
Abstract
The war in Africa (1859-1860) is part of the modernizing impulse carried out by the Liberal Union during its long government. In the awakening of Spanish nationalism, which took place at that time, this formation played an important role. But its development is restricted to restricted to cultural and symbolic spheres, and uses it as a legitimizing instrument for his government and the Elizabethan constitutional monarchy. The defense of national honor, anchored in history, and of the Catholicreligion, as well as the civilizing mission constitute the cardinal points of the national unionist story that accompanies this conflict. For its dissemination, all available means of communication and all literary genres, visual arts and concentrations in public spaces are used.
Keywords
Unión Liberal; Leopoldo O'Donnell; African War; Spanish nationalism
1. LA UNION LIBERAL COMO PARTIDO NACIONAL
Después de dos bienios de signo politico opuesto, el progresista de 1854-1856 y el moderado de 1856-1858, asumió las riendas del Estado la Unión Liberal. Esta formación, producto de la integración de personalidades moderadas puritanas y progresistas templadas aunadas por el liberalismo doctrinario, el eclecticismo y el pragmatismo político, pretendía, una vez superado el cisma de la guerra carlista, reunir a las principales tendencias liberales en una especie de «partido nacional». Así, se presentaba como una formación arquetipo de la concordia con la intención de poner fin al binomio revolución y reacción imperante en la práctica política. Pero, al igual que las fuerzas políticas tradicionales, la Unión Liberal era un partido de notables, mantenía una inexcusable fidelidad a la reina Isabel 11 y contaba con su correspondiente caudillo militar, el general Leopoldo O'Donnell, cuyo carisma aún no alcanzaba el de sus antecesores, Ramón María Narváez y Baldomero Espartero. Además, la unidad buscada se planteaba desde la base ideológica moderada porque tanto el efímero gobierno de 1856 como el iniciado en 1858 se asentaban en la restablecida Constitución de 1845. Bien es verdad que durante el primero estuvo acompañado del acta adicional de 1856 que, liberalizando este texto, perseguía la integración de los progresistas en el sistema político, y durante el segundo de la retrógrada ley constitucional de 1857, dispuesta por el moderantismo gobernante anterior. Por eso, y sobre todo frente a la basculación reaccionaria de esta formación, la Unión Liberal se podría presentar como una recuperación del justo medio o como un aggiornamento del moderantismo histórico a los nuevos tiempos, como un conservadurismo -liberal; de ahí su lema de conservar progresando2.
Con todo, sacó un particular provecho de alguna de las normas recuperadas y establecidas durante el bienio precedente, como la de 1845 que instituía un modelo de administración territorial estrictamente centralizado, la de 1846 que regulaba de manera restrictivamente censitaria las elecciones y la de 1857 que sometía el ejercicio de la libertad de imprenta a una estricta censura previa (ley Nocedal). Implementadas de manera ejemplar por el ministro de la Gobernación, José Posada Herrera, sirvieron para consolidar a la Unión Liberal como partido de gobierno. Para ello la primera de esas normativas resultaba fundamental porque concentraba en el delegado del Gobierno, el gobernador civil, el control y el dominio administrativo y político de la provincia. Así, una vez renovado el mapa del personal gubernativo, esta figura pudo cumplir con uno de los papeles políticos cardinales, el de la difusión del pensamiento gubernativo, haciéndolo bien directamente a través de los medios de comunicación oficiales bien indirectamente coadyuvando, particularmente en Madrid, a la consolidación de una sólida plataforma periodística unionista, mediante la creación y captación de diarios de otras tendencias ideológicas. Paralelamente, también, controlando y restringiendo las críticas excesivas de las oposiciones, eso sí interpretando de manera más laxa los estrechos límites establecidos en la normativa conservadora3.
En el otro de los cometidos políticos fundamentales, el de las elecciones, el gobernador civil las orientó siguiendo las directrices gubernativas establecidas en la doctrina del influjo legal por José Posada Herrera. Así, bajo sus auspicios se perfeccionó y llevó al extremo la secular intervención gubernativa, logrando la consabida mayoría para la Unión Liberal, pero con la presencia de unas discretas minorías moderada y progresista para guardar las apariencias de normalidad representativa. Además, el titular de la Gobernación identificó al partido con el Gobierno, convirtiéndose en portavoz de ambos en el Parlamento y organizador de la mayoría, afirmando así a la nueva fuerza política. De esta manera, aunque no pudo frenar las disidencias de destacados líderes, tuvo bastante que ver en que esas instituciones fueran las de más duración del reinado de Isabel 11 y, por ende, se redujera la intervención directa de ésta en el proceso político4.
Junto a este remozamiento del sistema político, los hombres de O'Donnell procedieron a impulsar lo que era su prioridad, el desarrollo y modernización económica del país. Para ello se contó con la legislación económica y financiera del bienio progresista, el sustrato material de la desamortización civil y eclesiástica recuperada en conformidad con la Santa Sede y la acción impulsora del Estado. Ésta se encauzó a través del presupuesto extraordinario de 1859, orientado, preferentemente, a la reparación y construcción de nuevas infraestructuras (carreteras, ferrocarriles, etc.), y a la mejora y ampliación del material y de las dotaciones del ejército y de la armada. Pues bien, con esta política de fomento se facilitó la inversión extranjera y con ambas se logró cierta prosperidad económica, que abrió tímidamente a España al capitalismo europeos.
La consolidación del Estado liberal y la incorporación al desarrollo capitalista asentaron una política exterior más activa de España bajo la Unión Liberal. Supeditada como potencia de segundo orden a la conformidad de Francia y Gran Bretaña, se enmarcó en el proceso de transición al modelo colonial promovido principalmente por éstas y participó de sus mismas pretensiones económicas, políticas y militares desarrolladas de manera informal y formal. Así, poniendo fin a la postración interior provocada por las guerras peninsulares y coloniales, la política unionista, orientada a la recuperación del quebrantado prestigio exterior y al retorno al lugar que se creía le correspondía en el concierto europeo, mantuvo (si tenemos en cuenta las importantes posesiones de Ultramar que se conservaban, particularmente Cuba) o recobró cierta identidad de España como nación imperial. Esta reminiscencia del imperio perdido y la asunción de los planteamientos del nuevo colonialismo estuvieron detrás de las expediciones militares que jalonaron este tiempo, como fueron la guerra de Marruecos (1859-1860), las intervenciones militares en Cochinchina (1857-1863) y en México (1861-1862), y la reincorporación de Santo Domingo a la Corona española y la guerra del Pacífico (1863-1866). En ellas estuvo presente ese doble carácter colonial, con independencia de que, como señala José María Jover, no se contara con un proyecto exterior global coherente, de los escasos resultados logrados y, por ello, del mantenimiento del status quo internacional, y de su utilización para promover un consenso interior sobre el régimen político y el modelo socio-económico liberal".
2. LA GUERRA DE MARRUECOS
La primera expedición militar, conocida pomposamente como guerra de África y popularmente como guerra contra el moro, fue la que adquirió el alcance político y económico más importante, y la que tuvo una mayor repercusión en la opinión pública, despertando un nacionalismo español hasta entonces desconocido. Este aspecto es el que centra este estudio sobre el señalado conflicto.
Todo parece indicar que dicha guerra se produjo por el sobredimensionamiento de uno de los frecuentes incidentes fronterizos entre la guarnición militar de Ceuta y las cábilas insumisas del Rif, ya que, durante las negociaciones para solventar el percance con el sultanato marroquí, realizadas en un momento de gran inestabilidad provocado por la sucesión de su titular, el Gobierno de Leopoldo O'Donnell, aprovechándose de la situación, no dejó de ampliar sus exigencias. Al mismo tiempo realizaba preparativos militares y acciones diplomáticas para lograr el plácet de Francia y Gran Bretaña a una intervención armada. Conseguido, si bien el de ésta última a regañadientes bajo la condición del mantenimiento del status quo territorial, la guerra fue declarada el 22 de octubre de 1859. Pero, por eso, en el Congreso que respaldó esta decisión por unanimidad, Leopoldo O'Donnell señaló que con ella no se buscaba ni ampliar el territorio español, ni poner en peligro los intereses de Europa en África, sino desagraviar al pabellón español, ultrajado por los marroquíes, obtener garantías para el futuro y resarcir los sacrificios realizados por el Estado español8.
Pues bien, los sacrificios que se hicieron para vindicar el honor nacional fueron considerables. Así, el ejército expedicionario contó al principio con 35.000 efectivos, pero al final intervinieron 45.000. Teniendo a Leopoldo O'Donnell como general en jefe, la fuerza militar se organizó en tres cuerpos y uno de reserva, mandados, respectivamente, por los generales Rafael Echagüe, Juan de Zabala, Antonio Ros Olano y Juan Prim, y una división de caballería a cargo del general Félix Alcalá Galiano. A ellos se agregaron, además de unos cuantos números de la guardia civil que actuaron como policía militar, el cuerpo de voluntarios de Cataluña, formado por 500 hombres, y los tercios vascongados, que contaron con unos 3.000 efectivos, cuyo patriotismo debe ponderarse porque fueron remunerados frente a los soldados de reemplazo del ejército, en el que solo los reenganchados para cubrir a los redimidos fueron incentivados. Para transportar a todos estos hombres, la Armada, que jugó un papel decisivo durante toda la campaña, resultó insuficiente, teniendo que contratarse decenas de barcos españoles y extranjeros9.
Este traslado de las tropas, lento, tortuoso y complicado, estuvo acompañado de una epidemia de cólera que, iniciada en los puertos de partida peninsulares, llegó a Ceuta, centro neurálgico de las operaciones militares. Provocada por el hacinamiento, mala alimentación y penuria de los campamentos, la enfermedad se difundió después a través de las campañas, provocando más bajas que las del conflicto militar y, concluido éste, se trasladó a la península. Esto en modo alguno significó que el enfrentamiento fuera lábil. Al contrario, se desarrolló en una serie de cruentas acciones que permitieron el avance del ejército español hacia el sur. Entre ellas, destacaron la batalla de los Castillejos en enero de 1860, génesis del mito de Prim, el asalto de la plaza de Tetuán en febrero, que convirtió la conflagración en la guerra de O'Donnell, otorgándole el carisma de que adolecía, y la batalla de Wad-Ras a finales de marzo, que despejó el camino hacia Tánger en el oeste y abrió las definitivas negociaciones de paz10.
Del éxito de estas acciones no se puede deducir que esta guerra fuera un paseo triunfal para las tropas españolas. Fue bastante más intrincado y por eso el número de bajas españolas se situó -informa Julio Albi de la Cuesta- en torno a las 7.777 (2.121 muertos en acciones de combate y 4.899 por causa del cólera, y 757 inválidos) y las marroquíes se estimó que fueron alrededor de 9.100. Además, el coste del conflicto, según fuentes oficiales, alcanzó los 208.337.914 reales, que más o menos era la mitad de la indemnización fijada a Marruecos en el tratado de paz de mayo". En efecto, estableció que se debían satisfacer a España 400 millones de reales pagaderos en cuatro plazos de 100 millones y hasta el cobro total, como garantía, las tropas españolas permanecerían en Tetuán. Sin embargo, por la presión fundamentalmente británica, abandonaron la plaza al cabo de dos años, generando una importante desilusión. Una frustración que no la pudo compensar ni el reconocimiento de las posesiones españolas, la ampliación de los límites de Ceuta y Melilla y la obtención del territorio costero del Ifni, ni tampoco la consolidación de los derechos pesqueros hispanos en el litoral marroquí, las importantes ventajas comerciales conseguidas y la intervención de las aduanas marroquíes a partir de 1862 para asegurarse el pago de la mitad de la indemnización pendiente. Ni tampoco aminoró el desánimo los grandes beneficios conseguidos por distintos armadores y navieras, y asentadores y contratistas de abastos. Todo pareció insuficiente y por eso se consideró que fue «una paz chica para una guerra grande»"12.
Lailusión del Tetuán español fue producto de las grandes expectativas puestas en el resultado de la guerra de África, alimentadas por un nacionalismo español exacerbado13. Pues bien, en el despliegue de éste tuvo una participación fundamental el poder público unionista y, a nuestro entender, se insertó en el mismo proceso general de modernización abierto con esta formación política. Así, a la revisión liberal de su ideario conservador y actualización del sistema politico -más virtual que real-, al auge económico, recepción de la industrialización, expansión comercial e impulso urbanizador, a la activa política exterior con las novedosas expediciones militares y la utilización de las tecnologías avanzadas (ferrocarril, telégrafo...), se sumó el recurso a la nación como instrumento legitimador. Fue algo relativo y limitado, claro que sí, de la misma manera que lo fue el proceso general en el que se insertó.
3. ÁFRICA: UN DESTINO NACIONAL
Como se puede intuir, para aprehender a esa comunidad imaginada bajo la Unión Liberal, este trabajo se acoge al enfoque constructivista o modernista del desarrollo del nacionalismo, es decir, aquel que considera a la nación una construcción histórica contemporánea de naturaleza político-cultural. De esta manera se siguen las aportaciones realizadas, entre otros, por Elie Kedourie, Ernest Gellner, Benedict Anderson o Eric Hobsbawm, que conciben a la nación, más o menos, como una especie de artefacto o construcción cultural creado con la modernidad liberal, industrial y tecnológica por las élites dirigentes, principalmente, aunque no solo, para aunar a los gobernados en torno a una comunidad fraternal y para legitimar el nuevo Estado liberal y el sistema económico capitalista. Dado que estos estudios son modelos teóricos o tipos ideales en el sentido weberiano y dado que cada proceso de construcción nacional es único y singular, el caso español participa de algunos aspectos, pero no de otros14. En definitiva, como señala Anne-Marie Thiesse, al igual que los otros desarrollos parte de unas mismas categorías elementales (historia, héroes, mitos, lengua, bandera, himno, lugares singulares, identificaciones culturales, etc.), pero los acopla o adapta a su manera15.
Pues bien, formando la nación parte inexcusable del proceso de modernización liberal, los unionistas la asumieron en el suyo. Así, perdieron el miedo de los moderados, que por sus connotaciones revolucionarias siempre la habían silenciado y limitado su utilización al ámbito de las élites ilustradas, y siguieron а los progresistas, pero vaciando a la nación de todo carácter soberano y cívico, y desterrando toda idea de construcción desde abajo, desde el espacio local. De esta manera, propiciaron un desarrollo nacional desde arriba, convirtiendo al Estado en el principal agente nacionalizador. Y lo hicieron, acercándose al modelo de la coetánea Francia del 11 Imperio napolednico, recurriendo al relato histórico y literario, a los mitos, héroes, símbolos, etc. y utilizando para su difusión todos los medios de comunicación disponibles, y todos los géneros literarios (crónicas, cancioneros, teatro, novela y poesía), las artes visuales (pintura, fotografía, grabados, esculturas) y las celebraciones en espacios públicos (manifestaciones cívicas, desfiles militares, festejos taurinos...)16. En definitiva, propiciaron una nacionalización cultural que, en ausencia de cualquier desarrollo cívico y mejora social, buscaba la integración mental y afectiva de la población con la monarquía constitucional isabelina gobernada por la Unión Liberal.
Para llevar a cabo esta nacionalización se aprovechó un momento idóneo, el de la guerra de África. Lo fue porque todos los conflictos bélicos sirven para reconocerse como grupo por oposición al otro con el que se lucha. Así, provocan un proceso de integración e identificación con un interés común, por el que los individuos del grupo están dispuestos a realizar todos los esfuerzos y sacrificios necesarios. Esta prevalencia de lo común es la prueba de la existencia de la nación y su consecución aporta gloria y a los que más destacan por su valor convierte en héroes. Pues bien, como la causa nacional atraviesa el tiempo, su desarrollo no es más que el resultado, como señala Ernest Renan, de un largo pasado de esfuerzos, sacrificios y desvelos, y la consiguiente sucesión de grandes hazañas y héroes nacionales17. De ahí que la Reconquista y la Guerra de la Independencia y sus prohombres y momentos estelares, reinventados por la historiografía liberal como mitos fundacionales de la nación española, sean el principal de referente de la campaña de Marruecos.
Por eso el sustrato fundamental sobre el que se levanta la nacionalización unionista es la historia nacional. Ésta, cuyo desarrollo acompaña a la revolución liberal, encuentra en la Historia General de España de Modesto Lafuente el modelo historiográfico del nacionalismo liberal por antonomasia. En ella el periodista e historiador unionista imagina la historia de España como una gran saga en la que la nación española es la principal protagonista del relato. Así, guiada por la providencia, progresa inexorablemente atravesando distintos momentos de esplendor y decadencia hasta alcanzar la meta de la Monarquía constitucional católica isabelina, que aparece como síntesis de los tiempos. Este fin afecta sobremanera a la construcción de la historia nacional que, reducida a una identificación con el Estado y éste, a su vez, con la monarquía, se asienta en la consecución de la unidad política y religiosa. Conseguida por los Reyes Católicos, se convierten en símbolo de la españolidad y prototipo de gobierno específicamente español. Pues bien, afirmados con ellos la monarquía y el catolicismo como fundamentos, a la vez que señas de identidad española, se procede a hacer una extrapolación entre su reinado, sobre todo de Isabel la Católica, y el de Isabel II, por la homonimia, por la visión de aquella como un auténtico espejo de reinas y también por el sesgo castellanista que se confiere a la construcción nacional. Con ello lo que se pretende es que la monarquía de ésta cierre el ciclo de la historia nacional abierto con los Reyes Católicos. Así, si éstos habían sentado las bases de la unidad y del Estado moderno, agrupando a distintos reinos y fortaleciendo el poder real, con Isabel 11 esa unidad devine en nacional y ese Estado en constitucional, lográndose así la síntesis entre el trono y la nación.
Consagrada esa visión de los Reyes Católicos, con Modesto Lafuente también se imponen ya en la historiografía las denominaciones de Reconquista y de Guerra de la Independencia. Contempladas como dos grandes epopeyas nacionales, ambas reafirman los rasgos arquetípicos de los españoles. Así, además de la fe acendrada y el arraigo monárquico, ya señalados, también los identifican el amor a la independencia, el sentimiento individualista y el heroísmo en la defensa de las libertades. Entre estos rasgos destaca la capacidad para formar caudillos cuando la patria está en peligro, es decir, de personajes que se ponen al frente y realizan gestas que asombran al mundo, porque se convierten en perpetuos ejemplos nacionales como lo son sus hazañas. Así se eslabonan Viriato con Pelayo, el Cid, Castaños y Agustina de Aragón y Numancia con Covadonga, Bailén y Zaragoza18.
Esta historia nacional grandiosa que escribe Modesto Lafuente se convierte en el libro nacional por excelencia, y, por ello, en la principal fuente de inspiración de los prohombres unionistas para la articulación del relato nacional. De esta manera, la historia, después de la providencia, es la máxima autoridad que avala las expediciones militares y particularmente la campaña africana, que viene a ser considerada como una especie de destino manifiesto. Así, se presenta reiteradamente como una continuidad о el epílogo de la Reconquista, de un enfrentamiento interrumpido que se retoma actualizado, y ya no es solo una contienda entre dos religiones, sino también entre dos mundos, el del despotismo y el de la libertad, el de la barbarie y de la civilización.
De ahí que el unionismo, junto al estandarte de la religión, lleve el de la civilización y del progreso. Pero siempre en nombre de Isabel II, que se descubre como digna heredera de Isabel la Católica, al completar su obra imperial, particularmente la prioridad del eje africano recogida en su testamento, y al seguir su ejemplo. Algo que La Correspondencia de España, entonces en la órbita gubernativa, ilustra de esta manera tan significativa: «Si a Isabel 1· cupo la gloria inmarcesible de arrojar a los moros de su reino, quépalo a la segunda la de ir a buscarlos y vencerlos en sus guaridas de África; el honor nacional ultrajado, la civilización avergonzada, la religión escarnecida, todo nos arrastra a llevar al otro lado del estrecho nuestras armas, que aún pueden ser las armas de Gonzalo de Córdoba, de Cortés y de Pizarro»19.
Una combinación de elementos que se vuelve algo compleja porque el enfrentamiento secular con los arabo-musulmanes y la afirmación de la identidad católica siguen alimentando la visión de España como país orientalizado, desarrollada ya por algunos sectores desde la ilustración gala y después continuada por viajeros románticos europeos y norteamericanos. Y, al mismo tiempo, tanto frente a la otredad marroquí como frente a las grandes potencias europeas (principalmente, Francia y Gran Bretaña), España necesita presentarse como un país occidental y orientalizador, y demostrar que es un Estado desarrollado, identificado con la civilización, la modernidad y el progreso. Esta dualidad orientalista no puede por menos que generar ciertos planteamientos ambivalentes20.
4. EL DOMINANTE DISCURSO NACIONAL UNIONISTA
Por lo tanto, la defensa del honor patrio que, anclado en la historia, se realiza en nombre de la monarquía igualmente nacional, de la religión católica compatible con el liberalismo y la misión civilizadora constituyen los puntos cardiales del relato unionista en torno a la guerra que iba a ser difundido, principalmente, por las publicaciones periódicas, pero también por las reales academias y las autoridades locales. Pues bien, en esta acción del poder público como agente nacionalizador, la prensa, que crea y estructura a la opinión pública, tiene un papel nuclear en la difusión de un sentimiento nacional. Por eso, relativamente pronto, contando con importantes aportaciones del presupuesto del Ministerio de la Gobernación, se logra establecer una sólida plataforma periodística afín. Así, a La Época, único órgano de prensa que respalda a la Unión Liberal en el momento de su acceso al poder, enseguida le acompañan en Madrid El Diario Español, El Clamor Público, La Correspondencia de España, La Política, La Crónica, El Día, El Reino y El Constitucional, y en la ciudad condal El Diario de Barcelona. De esta forma, sumando a esta legión de diarios ministeriales (a los que hay que agregar los de las otras capitales provinciales) la prensa oficial, se puede decir que el gobierno de Leopoldo O" Donnell domina la difusión del discurso público y la captación de mayores sectores de opinión21.
Esta ascendencia sobre la población es aún mayor, no sólo porque las cabeceras de los periódicos unionistas no dejen resquicio alguno sin cubrir, sino también porque el Gobierno controla la información y filtra las opiniones de la oposición. Para ello tiene la salvaguarda de la ley Nocedal, que impide, mediante la censura previa y la sanción de penas pecuniarias elevadas, la edición de cualquier escrito que se considerara lesivo a los principios básicos del sistema político y moral -la religión, la jefatura del Estado y la Monarquía, y las supremas potestades legislativa y ejecutiva-, y de la organización social y económica. Además, desde noviembre de 1859, como consecuencia de la situación excepcional de la guerra, cuenta con una normativa que prohíbe la publicación de cualquier impreso o periódico que pudiera atentar contra la seguridad exterior del Estado, y establece al Ministerio de la Gobernación como la única fuente de información a través de sus partes oficiales22.
De esta manera, la oposición a la contienda brilla por su ausencia. No parece que importara mucho dado el respaldo casi unánime a la campaña militar de todo el abanico ideológico de los medios periodísticos. Obviamente, esto no significa que todos ellos sigan a pies juntillas los planteamientos del unionismo, como lo ponen de manifiesto Marie Claude Lecuyer y Carlos Serrano en su estudio sobre la prensa durante este conflicto.
Así, siguiendo principalmente sus reflexiones, podemos observar como el espectro ultramontano y más reaccionario, representado principalmente por el periódico carlista La Esperanza y los diarios neocatólicos La Regeneración y El Pensamiento Español, es el que, asumiendo las directrices de la jerarquía eclesiástica, más ahonda en el carácter religioso de la contienda, contemplándola como una misión providencial y como una guerra santa o nueva cruzada: «de la verdad contra el error», «de la luz de la verdadera fe frente a los pueblos sepultados por la barbarie», «de la religión cristiana sobre la secta de Mahoma» -subraya la última de la cabeceras. De ahí que se proponga, conforme ala tradición contrarreformista, un programa de evangelización exterior o de civilización católica y, aprovechando las circunstancias, una acción de catequización interior para fortalecer la fe del pueblo español23.
Los diarios propiamente conservadores o moderados, como La España, El Estado o El León Español, comparten en cierto grado los planteamientos anteriores, añadiendo siempre el componente religioso al discurso unionista: «España tiene el deber sagrado -señala el último periódico- de llevar la religión de Cristo a ese pueblo idólatra, nómada y salvaje. España tiene el deber de entregar a la civilización ese vasto y fértil territorio divorciado de todas las prosperidades (...) España tiene el deber de mirar su engrandecimiento, de crearse una vasta y rica colonia». Con todo, parece que son los menos entusiastas y más críticos con la guerra de Marruecos y, particularmente, con el ejecutivo de O'Donnell. Esta es la razón por la que éste tendrá con ellos una particular inquina, siendo asiduamente denunciados y penalizados con importantes multas24.
El espacio progresista y demócrata, representado, respectivamente, por sus principales diarios, Las Novedades y La Discusión, al apoyar sin ambages la empresa africana liderada por O'Donnell, recurre sobre todo a los presupuestos del nuevo colonialismo. Por eso es el que más incide en la misión civilizatoria y regeneradora, pero respetando las leyes y costumbres marroquíes, y en la necesidad de la expansión colonial. A este respecto, el citado periódico demócrata es explícito: «Esta cuestión es para nosotros una cuestión de vida, porque las naciones que no son civilizadoras (...) o desaparecen o mueren. Esta cuestión es para nosotros cuestión providencial, porque el dedo de Dios, desde el principio de la historia moderna, nos señala el camino de África. Esta cuestión es cuestión de toda la raza ibera (...) necesitamos demostrar (...) que somos una poderosa nación (...) como en los siglos de nuestra preponderancia (...) ¡En esta cuestión sólo hay españoles en España!»25.
Existe un cierto resquemor por las limitaciones al desarrollo de la labor periodística y también por las preferencias en el acceso a la información oficial de los diarios afines al unionismo, particularmente de La Época y de La Correspondencia de España. Este descontento se traslada a los corresponsales, enviados especiales de los principales diarios al campo de batalla; iniciativa abierta ya con la guerra carlista, pero que con este conflicto adquiere carta de naturaleza por su número y la calidad de los escritores movilizados. De entre ellos deben destacarse a Pedro Antonio de Alarcón, adscrito al cuartel general de Leopoldo O'Donnell, y Gaspar Núñez de Arce, corresponsal del diario progresista, La Iberia, pero que también colabora para El Reino. Sus crónicas, con las que se da un salto al reportaje periodístico moderno, son leídas con avidez por el público: del Diario de un testigo de la guerra de África del primero se realiza una tirada de 50.000 ejemplares. Por lo tanto, con ellos se da a conocer y se populariza la realidad magrebí y, paralelamente, se nacionaliza la guerra de acuerdo con los parámetros unionistas, afirmando los rasgos identitarios españoles y convirtiendo al conflicto en una auténtica epopeya26.
5. APORTACIONES LITERARIAS A LA CONSTRUCCION DEL RELATO NACIONAL
Pero, además, estos testimonios son el punto de partida de nuevas aportaciones que, siguiendo sus mismos planteamientos, se pueden enmarcar en los libros de viajes y en las crónicas periodísticas, como la Crónica del Ejército y la Armada de África de E. Castelar, F. P. Canalejas, G. Cruzada Villaamil y M. Morayta, e ilustrada por J. Vallejo, o Siete dias en el campamento de África al lado del general Prim de Juan Pérez Calvo. Igualmente, con ellos se abren las obras que, contando con el sustrato historiográfico de Modesto Lafuente, se apresuran a historiar el conflicto: eso sí, unas de manera rigurosa y exigente como Historia de la guerra de África de Evaristo Ventosa o Juicio crítico de la Guerra de África o apuntes para la historia contemporánea del coronel retirado, antiguo republicano y progresista, Victoriano de Ameller, que realiza quizás la crítica más acérrima de la campaña, sobre todo desde la perspectiva castrense y, particularmente, al general en jefe; otras más apresuradas y superficiales como España y Marruecos. Historia de la guerra de África de Rafael del Castillo, Españoles y marroquíes. Historia ilustrada de la Guerra de África de Antonio Rotondo, Crónica de la Guerra de África de R.R. de M., o Jornadas de gloria de los españoles en África de Víctor Balaguer.
También se realizan trabajos que, sobre todo, en distintas revistas profundizan en aspectos políticos, sociológicos o antropológicos sobre la guerra. A este respecto, debe mencionarse el certamen convocado en 1860 por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas sobre el tema De los intereses legítimos y permanentes que en África tiene España y de los deberes que la civilización le impone respecto a aquel país, al que, de las dos memorias presentadas, se concede un accésit a la titulada «El África empieza en los Pirineos» del jurista e historiador León Galindo de Vera. A este mismo autor, dos años después, le premia la Real Academia de la Historia con ocasión de su aniversario por la memoria sobre la «Historia, vicisitudes y política tradicional de España respecto de sus posesiones en la costa de Africa»27.
De la misma manera que las crónicas se publican por entregas insertas en las páginas de los periódicos o en cuadernillos separados muchas veces editados por ellos, otro tanto ocurre con la narrativa de ficción. Este sistema permite extender la lectura a nuevos públicos y con ello la nacionalización, porque las novelas y los cuentos constituyen un medio fundamental para la construcción de un relato nacional, sobre todo en los momentos de conflicto, al reafirmarse los rasgos identitarios por contraposición a los del enemigo. Así se puede constatar en las narraciones escritas sobre la guerra de África alrededor del tiempo de su desarrollo, como son El honor de España. Episodios de la guerra de Marruecos de Rafael del Castillo, La cruz y la media luna o la guerra de África de D. A. Cubero, La toma de Tetuán o Rodrigo y Zelima de Antonio Redondo y Deudas pagadas y Promesa de un soldado a la Virgen del Carmen de Fernán Caballero. En todas ellas se repiten los argumentos románticos tradicionales de historias de amor más o menos tortuosas (algunas de ellas con el exotismo de ser entre españoles y mujeres marroquíes) que, desarrolladas en el contexto de la guerra, se ven acompañadas de aseveraciones acerca de la superioridad en todos los terrenos (racial, religioso, civilizatorio y militar) de los españoles sobre los marroquíes, y de exaltados sentimientos patrióticos que glorifican la campaña militar, enlazada con un heroico pasado nacional y sus hazañas míticas28.
Ideas muy parecidas se recogen en la abundantísima obra poética que se compone durante el conflicto y que también tiene en la prensa uno de los medios para su difusión. Aquí se recogen tanto poesías populares como eruditas, pero las primeras, romances de ciego, coplas, etc., circulan profusamente en los llamados pliegos de cordel y están muy presentes en los distintos actos y manifestaciones de despedida y bienvenida de las tropas. En ellos los poetas, en castellano, pero también en catalán y en euskera (bertso-paperak), alaban al glorioso y heroico ejército español (a los voluntarios catalanes y a los tercios vascongados), exaltan los mitos de la historia nacional, las figuras de los distintos caudillos militares y de la reina Isabel II29.
La poesía erudita se desarrolla con el entusiasmo que suscita la toma de Tetuán, tiene como principal referente al Romancero y congrega a la nómina casi completa del romanticismo español, principalmente, en torno a dos manifestaciones: el Romancero de la guerra de África dirigido por el marqués de Molins y el concurso poético sobre la guerra de África convocado en febrero de 1860 por la Real Academia Española. El primero de ellos patrocinado por la Casa Real se presenta como una publicación oficial y tiene una importante tirada de 12.000 ejemplares. En este largo romance que, dividido en 22 capítulos escritos por poetas diferentes, parece una epopeya moderna, dominan las referencias a la Reconquista, a los héroes y hazañas medievales y a la Guerra de la Independencia, y gira en torno a tres valores fundamentales, la religión, el trono y la patria, pero, desde una perspectiva neocatólica, que es la que impera, la última no es nada sin los anteriores, sobre todo sin la primera. Al calor de esta obra, se editan otras muchas, pero se debe destacar el libro con el mismo título de Eduardo Bustillo.
El resultado del certamen citado en segundo lugar lo publica la Academia recogiendo las composiciones premiadas en la solemne sesión presidida por los reyes a finales mayo, obteniendo la medalla de oro «La nueva guerra púnica o España en Marruecos» de Joaquín José Cervino. También los juegos florales de Barcelona de este año, dedicados a los voluntarios catalanes de la guerra de África, galardonan a las obras de Víctor Balaguer y Joaquin Rubio i Ors.30
Pero el público necesita ya algo más que palabras: demanda información visual. Así, tanto el Diario de un testigo de la guerra como la Crónica del Ejército y la Armada, ya citados, están ilustrados, el primero a partir de los dibujos de Carlos María Iriarte y el segundo de los de José Vallejo Galeazo. Pero no solo las crónicas cuentan con dibujos, grabados y fotografías, sino también las novelas. Luego está la prensa definida por la información ilustrada, como los semanarios El Museo Universal, que introduce el grabado como elemento ilustrativo y adopta los métodos más avanzados de estampación, o El Cañón Rayado, que, editado con gran éxito en Barcelona durante el conflicto, difunde de forma satírica a través de sus artículos, pero sobre todo de sus dibujos y caricaturas, una imagen de la guerra cercana al de un espectáculo circense. Además, las ilustraciones se utilizan por algunos periódicos como mecanismo para captar suscriptores: así son los álbumes de la guerra de África con grandes láminas que promueven El Diario de Barcelona y Las Novedades, diario progresista que entonces es el de mayor circulación31.
Como vamos viendo a la construcción y difusión del discurso nacional se suman muchas voces, unas por convicción y vinculación a la Unión Liberal, otras por puro interés crematístico, porque lo nacional y patriótico se convierte en un producto de consumo masivo. Es un negocio muy lucrativo, que algunos como el periodista y escritor especializado en la novela por entregas, el citado Rafael del Castillo, no se lo quiere perder. De ahí que durante el conflicto y centradas en él escribiera, además de las ya mencionadas novela e historia, una biografía del general O'Donnell, que luego señalaremos. Con todo, a pesar de su interés personal, su adaptación camaleónica permite adscribir su obra, de gran aceptación popular, al unionismo, asumiendo, además, de manera bastante prístina su política nacionalizadora. Así, en Rafael del Castillo se puede resumir el valor de las aportaciones literarias en la difusión del sentimiento y la emoción nacional, y en la divulgación del relato nacional y de los símbolos y mitos que lo acompañan32.
6. IMÁGENES Y SONIDOS PARA LA MEMORIA NACIONAL
En muchos de los libros y revistas editados entre 1859-1860 se reproduce un número importante de las pinturas que representan a esta guerra. Si teniendo como principal fuente de inspiración la obra de Modesto Lafuente y el Romancero, con el reinado isabelino la historia nacional pasa a los lienzos, con ocasión del conflicto africano adquiere un vigor inusitado. Así, de la misma manera que acontece con la poesía, se desata una exuberante floración artística, en la que puede distinguir la pintura popular, como la del sevillano Francisco García, y la elitista, que es la que gira en torno a las exposiciones nacionales de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En la de 1860 se presentan cinco cuadros representando episodios de la guerra de África, hasta 1864 otros cinco y en los años posteriores otros ocho. A pesar de esta proliferación de pinturas sobre el acontecimiento, para Tomás Pérez Vejo ninguna llega a convertirse en la imagen en la que la nación pueda re-conocerse. Si parece que reflejan este espíritu nacional los cuadros no expuestos en esas exposiciones y patrocinados por la Diputación de Barcelona, de Francisco Sans Cabot, como El general Prim seguido de los voluntarios catalanes y el batallón de Alba de Tormes, atravesando las trincheras del campamento de Tetuán (1865), y, sobre todo, del que se considera el pintor de la guerra, Mariano Fortuny, como La batalla de Wad-Ras (1860-1861) y La batalla de Tetuán (1863-1865)33.
Las imágenes en movimiento y hablando forman en este momento el teatro. Manifestación romántica por excelencia, junto con la poesía, que adquiere el mismo grado de profusión. Por esta razón y también porque el teatro (incluida la zarzuela) ocupa, como las corridas de toros, un lugar destacado entre las preferencias de los españoles. Pues bien, entusiasmados tanto los dramaturgos como el público en general con la campaña de África, durante su desarrollo se produce una verdadera oleada de obras centradas en ella, que para María Salgues supera las ochenta. Al igual que ocurre con la prensa y la literatura de ficción, todas ellas pasan por el filtro de la censura, lo que a la postre significa que se acomodan más o menos a la visión y al relato nacional conformado por las élites. De ahí que las obras llevadas a la escena, dominadas por las tramas amorosas, se enmarquen en la historia nacional oficial y desde aquí pretendan un apoyo fervoroso a la causa española mediante una exaltación exagerada de las gestas protagonizadas por sus soldados y una visión estereotipada negativa de los marroquíes. Así, mientras los primeros siempre se representan como valientes, nobles, honestos, leales y portadores de una religión justa y compasiva, los segundos, desde actitudes xenófobas, son retratados como ignorantes, supersticiosos, cobardes, traicioneros y salvajes y crueles en la guerra. A este discurso maniqueo se adscriben las obras que gozan de cierto éxito en los teatros de Madrid, como: Españoles a Marruecos de Diego Segura, Los moros del Riff de Carlos Peñarrubia y Tello, En Ceuta y en Marruecos de Juan de la Puerta Vizcaíno, Santiago y a ellos de Luis Eguilaz, Escenas de campamento de Pedro Niceto de Sobrado, La toma de Tetuán de Juan Alba o La guerra de África o la rendición de Tetuán de autor desconocido.
Estas obras y la mayoría, representadas, sobre todo, con ocasión de la toma de Tetuán y con la terminación de la guerra, difunden el patriotismo entre las clases medias y populares, que son las que acuden a los teatros, es decir, un público analfabeto en un porcentaje elevado, ya que es el mayoritario de la población. Por eso, a falta de una verdadera red de centros de enseñanza, el teatro se convierte en una especie de escuela de patriotismo, al hacer que el público aprenda y experimente una emoción colectiva y compartida. Así, los asistentes no sólo se identifican con el actor que desempeña el papel de patriota y repudian al otro por antonomasia, el que representa el personaje del moro, sino que participan a lo largo de obra con aplausos, silbidos, manifestaciones de entusiasmo y gritos de apoyo y de repulsa, que son similares a las que realizan en las celebraciones callejeras34.
Obviamente, lo que señalamos para las obras dramáticas lo podemos decir para el teatro lírico porque muchos de los libretos de aquellas son utilizados en las zarzuelas. Tal como ocurre con las adaptaciones musicales de En Ceuta y en Marruecos por Francisco Asenjo Barbieri, Escenas de campamento por Cristóbal Oudrid o La toma de Tetuán por Carlos Llorens. Estas dos últimas, como la de Manuel Nieto titulada también La toma de Tetuán, son estrenadas después de la entrada de las tropas españolas en esta ciudad marroquí; acontecimiento que, contemplado como una gran gesta nacional, genera una inusitada eclosión cultural patriótica. También a la terminación de la guerra le acompañó la representación de algunos destacados trabajos líricos, como Después de la victoria de África de Baltasar Saldoni y Remendo. Pero esta obra, estrenada en el Teatro Real en febrero de 1861, pertenece al bel canto -de ahí su letra en italiano-, que ya no puede competir con el «género chico», que domina la escena y empieza a ser considerado como algo nacional, pero por su identificación con lo español popular35.
Además de las zarzuelas centradas en el conflicto africano, con la misma temática igualmente se componen marchas, himnos y canciones. Están indicadas a mantener el estado de ánimo de los soldados, pero también a celebrar sus éxitos e identificarlos como nacionales. De ahí que acompañen a los actos de despedida y recibimiento de las tropas y sirvan para el adoctrinamiento patriótico y la integración emocional del público participante. Destacan el Himno marcial de Juan de Castro dedicado al general Leopoldo O'Donnell y la Cantata a la guerra de África con letra de Ventura de la Vega y música de Hilarión Eslava. El primero se estrena en una función patriótica en el Teatro Real y se hizo muy popular porque el estribillo recuerda al Himno de Riego: «Guerra, guerra al audaz africano/ Guerra, guerra al infiel marroquí/ Que de España el honor ha ultrajado/ Guerra, guerra, vencer o morir». La segunda, que termina llamando a Isabel 11 «magnánima heredera / del celo de Pelayo», se interpreta, primero, en la función presidida por los reyes el 8 de abril de 1860 en Real Conservatorio de Música y Declamación de Madrid en beneficio de los heridos en la guerra y, después, en la ya citada sesión pública de entrega de los premios de poesía de la Real Academia Española. Además, de la misma manera que hemos visto en otros ámbitos, se canta con profusión: a las tropas (El grito de la patria de José Gabaldá, premiado en un concurso público convocado por el citado Conservatorio de Madrid; A los tercios vascongados de José María de Alture...), a los generales (Himno del general Prim de Juan J. Bueno...), a las acciones militares (El asedio de Tetuán de Evaristo Cira, El sitio de Tetuán de Penélope Bigazza...) y a la paz y a las tropas victoriosas (Marcha triunfal del ejército de África de Juan de Castro )36.
7. TODOS CON LA PATRIA
La nacionalización cultural buscada a través del exorbitante despliegue de medios de comunicación y de propaganda parece que se consigue, ya que, si no es asumido el relato nacional oficial en su totalidad y se recurre a legitimaciones alternativas, sí se logra un apoyo incondicional y entusiasmado a la guerra. Además, esta unanimidad contra el enemigo común facilita la interiorización de la nación y la afirmación de la comunidad nacional. De tal manera es así, que para María Salgues se suscita la primera unión sagrada desde la fratricida guerra carlista que, aunque fuera momentánea, reúne a todos los españoles alrededor de unos símbolos constitutivos del nacionalismo español.
Este sentimiento nacional es el que impele a algunos a alistarse como voluntarios, y no nos referimos solo a los catalanes y vascos, sino también a los argentinos y cubanos, que quieren formar parte de los batallones proyectados que no prosperan. Pero, sobre todo, queremos mencionar a aquellos que no son remunerados: los que solicitan el reingreso en el servicio activo, los que destinados a la península se ofrecen ir a Marruecos y los -eso sí muy pocos- que teniendo posibilidades deciden no redimir el servicio y se incorporan a filas. Es verdad, todo hay que decirlo, la ley de reemplazo de 1859 incrementa el coste de la redención de 6.000 a 8.000 reales para aumentar el número de reclutas e incentivar los reenganches.
Además, las carencias de las que adolece el ejército nacional por la falta de la universalización real del servicio militar son suplidas por su papel efectivo como brazo armado de la patria y defensor de la honra nacional. Se abre un doble proceso, de nacionalización del ejército y de sus componentes, y de nacionalización de los españoles por medio del ejército. El primero se desarrolla durante la conflagración a través de las arengas patrióticas, la camaradería, las acciones destacadas y la presencia constante de los símbolos nacionales, y después del enfrentamiento con las recompensas obtenidas, recibimientos y reconocimientos recibidos, el protagonismo otorgado por los medios de comunicación y por la historia de entonces. En definitiva, los militares no pueden por menos de sentirse miembros de una institución fundamental de la nación, que es como la ven muchos civiles. Así, el ejército, en calidad de garante de nación y encargado de llevar adelante sus anhelos y aspiraciones, se convierte en la personificación de la nación y la expresión máxima de los valores patrios. Los triuntos del ejército son los triunfos de la nación37.
Igualmente, la unanimidad en torno a la guerra se puede observar en la interminable cascada de donaciones realizadas tanto en la península como en las colonias (Cuba, principalmente, pero también Puerto Rico y Filipinas), por provincias, municipios, corporaciones, compañías y, sobre todo, particulares, que van desde el más humilde empleado al rico hacendado grande de España, como recogen las larguísimas listas publicadas en los periódicos de entonces. A este respecto, el Álbum de la guerra de África señala que se donaron 4,5 millones de reales para los inutilizados en campaña y por donativos diversos cerca de 26 millones. A ellos se suman distintas aportaciones en suministros y abastecimientos, organizaciones de ayuda como las juntas de socorro, colaboraciones en la elaboración de vendajes, etc. También participa, según se dijo entonces, Isabel 11 ofreciendo sus joyas para subvencionar la campaña, de la misma manera que Isabel la Católica hiciera lo propio para financiar la expedición de Colón38.
Este patriotismo generado en torno a la campaña de África, como todos los patriotismos, se retroalimenta. Así, el patriota es más proclive a buscar en los periódicos información sobre el conflicto, a leer las crónicas, ensayos y literatura de ficción que se van publicando sobre el asunto, a reunirse en cafés y asistir a tertulias a charlar y debatir sobre los nuevos acontecimientos, a aprender y entonar las músicas y cánticos recién creados, a emocionarse con los símbolos nacionales, a acudir a los teatros y disfrutar de uno de los espectáculos de actualidad militar representados y, por supuesto, a salir a la calle y participar en los homenajes al ejército nacional y en las celebraciones de los triunfos militares igualmente nacionales.
Estas manifestaciones públicas se celebran en casi todas las capitales de provincia peninsulares y coloniales, y, siguiendo su narración a través de la prensa, permiten ver cómo la nación en cuanto comunidad imaginada adquiere realidad, que el crecimiento del patriotismo que desde el comienzo hasta al final de la guerra se observa y siente en Madrid, coetáneamente se despliega y percibe en las otras ciudades. Esto no es óbice para que el sentimiento manifestado en algunos lugares se asimile con el religioso, al ser considerado el principal componente identitario nacional, en otros acompañe a expresiones disidentes con el régimen político y algunos otros se comparta con afectos regionales, como en el País Vasco y Cataluña, donde se celebra el éxito en la guerra de la patria común, pero también de sus respectivas realidades territoriales, ambas representadas por las fuerzas armadas particulares39.
Pues bien, centrándonos en las celebraciones de la capital, es verdad que en la despedida de Leopoldo O'Donnell en la Estación de Atocha de la capital el 7 de noviembre de 1859 para ponerse al frente del ejército de África, los paseos adyacentes del Prado y de Atocha se llenan de carruajes y de gentes a caballo y a pie que acuden a vitorearle. Pero también es cierto que este acto, aunque cuente con una litografía que lo evoque, es algo puramente anecdótico en comparación con los festejos que se celebran con motivo de la toma de Tetuán.
Así es. Conocida la noticia desde el amanecer del 7 de febrero de 1860 por el parte telegráfico y ratificada por las salvas de artillería y el repique de campanas, se decretan tres días de gala y se suspenden las clases en los centros docentes. El primero de los días es el más enfervorizado porque, engalanados e iluminados los edificios oficiales y las casas principales, se cierran las tiendas, se considera de asueto y un importante gentío portando banderas nacionales con distintas inscripciones alusivas y algunos retratos de los reyes y de Leopoldo O'Donnell y, vitoreando a Isabel 11, a España, al ejército y a este militar, se congrega, primero, en la Puerta de Sol y, después, en la Plaza de Oriente, en torno al Palacio Real. Aquí, desde el balcón principal la reina, junto a la familia real y el Gobierno, responde efusivamente a las aclamaciones, que se intensifican cuando presenta a su hijo en brazos: «(...) El entusiasmo llegó a su colmo poco después. El tierno príncipe de Asturias vestido de cazador de Madrid y con un Ros blanco, apareció en brazos de una nodriza. La reina lo coge en los suyos y, levantándole en alto, lo presenta al pueblo, mostrando de esta manera cuan reconocida está al heroísmo del ejército. Inmensos vivas a la reina, al príncipe D. Alfonso y al caudillo de África atruenan el espacio (...) [que] ofrece un cuadro de lágrimas, de vivas, de animación y de entusiasmo indescriptible» -así describe La Época la escena.
Seguidamente, mientras a este Palacio acuden comisiones de las distintas corporaciones (Ayuntamiento, Congreso de los Diputados, Senado, Audiencia...) a felicitar a la reina por ser «la magnánima sucesora de Isabel 1» y la «primera impulsora de la guerra de África», la multitud se distribuye entre los que se dirigen a las residencias de los principales generales del ejército de África y sedes gubernativas a expresar su agradecimiento, y los que recorren festivamente las calles. Tanto este dia como los siguientes se celebran al anochecer bailes amenizados por bandas militares y se dan serenatas tanto a la reina como a los destacados militares.
Esta inmensa concurrencia de público con las mismas características está presente en los demás actos celebrados. Tanto en el recorrido de la reina y el cortejo oficial desde el Palacio Real al Santuario de la Virgen de Atocha, donde se celebra un solemne oficio religioso, como en la sesión musical que en la Plaza de Oriente ofrece la orquesta del Teatro Real, interpretando algunas de las piezas musicales ya destacadas. Igualmente, acude a las corridas de toros, en una plaza lujosamente adornada y con numerosas banderas con el lema ¡Viva Españal!, y a las funciones de teatro, donde se programan obras alusivas al acontecimiento como La toma de Tetuán representada en el Novedades, Los moros del Riff en el Príncipe, Un recluta en Tetuán en el de la Zarzuela, etc. Y, también un numeroso gentío se agolpa en el recorrido desde el Ministerio de la Guerra al Palacio Real de los trofeos conquistados a los marroquíes en la batalla de Tetuán (seis cañones, varias armas, la tienda de campaña del hermano del sultán y dos banderas) escoltados por tropas del ejército y estudiantes de la Universidad Central portando los estandartes conquistados en Orán por el cardenal Cisneros, que adornan su biblioteca, y enseñas nacionales. Manifestación patriótica que en 1864 es recordada por Joaquin Sigüenza Chavarrieta en su cuadro, Los gloriosos trofeos ganados a los marroquíes en la toma de Tetuán por el bravo ejército español, paseados triunfalmente en presencia de SS.MM. y AA.RR. el 14 de febrero de 1860 40.
El entusiasta y universal patriotismo que la prensa unionista observa en las celebraciones por la toma de Tetuán, se reafirma e intensifica con las que se llevan a cabo al regreso de las tropas victoriosas. En estos festejos están presentes, además de casi todo el vecindario de Madrid, un número muy elevado de forasteros venidos de los pueblos limítrofes. Así, importantes grupos de ambos acuden a recibir al conde de Lucena a la estación de Atocha y, sobre todo, a la dehesa de Amaniel, que es donde se acantonan los 18 batallones del ejército de África llegados a la capital. En este campamento, mientras el general en jefe de este ejército celebra un banquete con los oficiales y principales cronistas de la campaña, un inmenso gentío confraterniza con los soldados y festeja el éxito militar. También, lo visitan los ministros y la reina que, además de pasar revista a las tropas, obsequia a Leopoldo O'Donnell una magnifica espada como símbolo triunfal, en cuya empuñadura, como destaca Esther Collado, se puede recorrer de un vistazo el imaginario del antiguo imperio español, la vinculación con el mismo de Isabel II y la consideración de este general como digno sucesor de los grandes hombres de la patria.
Pero el acto central de las celebraciones fue el desfile militar realizado el 11 de mayo por las principales arterias de Madrid. Alo largo del itinerario sus principales edificios compiten por tener los mejores adornos e iluminación, hay multitud de banderas nacionales e inscripciones ensalzando al ejército, a los generales, a la reina y a España, se agolpa mucha más gente que la que había acudido al campamento y cae una lluvia permanente de flores, coronas, palomas y versos. Destacan del recorrido el arco triunfal erigido en la Puerta de Atocha, donde los coros del Conservatorio y del Hospicio cantan el himno triunfal de Juan de Castro, los grandes globos de colores con inscripciones y coronas de laurel y, en la Plaza de Oriente, donde desfilan las tropas ante la reina, el collage de uno de los edificios de la calle Factor formado con los retratos de los reyes y de los generales del ejército de África, así como, en un segundo plano, de los grandes reyes, conquistadores, descubridores y capitanes célebres (Reyes Católicos, Carlos V, Felipe 11, Colón, Cisneros, etc.). Además de ser recibidos tan efusivamente, los militares son agasajados con banquetes, una corrida de toros con los mejores diestros del momento (Cúchares, el Tato y Pepete) y una función extraordinaria en el teatro Circo, donde se representaron El corazón de un soldado y Un recluta en Tetuán41.
8. LA DIFUSIÓN DE LOS SÍMBOLOS NACIONALES Y LA NACIONALIZACIÓN DE LA MONARQUÍA
Estas celebraciones son fundamentales para la socialización de los símbolos nacionales, principalmente de la bandera. Obviamente, antes que en las calles de las principales ciudades, como hemos apuntado, la enseña española acompaña a las distintas compañías del ejército, y en alguna de ellas está bordada por mujeres, como la de los tercios vascongados, que en el centro lleva el escudo de armas de España y en la franja roja más baja el emblema de las provincias, tres manos enlazadas con la leyenda Irurac Bat. Además, es el eje vertebrador de muchas de las soflamas y arengas de los jefes militares, ya que, en cuanto a símbolo de la patria, su defensa da sentido a la guerra. También, como igualmente hemos destacado, la bandera nacional es elemento más distintivo de los festejos relacionados con la campaña africana, adornando los edificios públicos y privados, y muchos de los comercios, así como luciéndola en abanicos o portándola orgullosa mucha gente al grito de ¡Viva España! ¡Viva la reina! Igualmente, engalana las plazas de toros y está presente en algunas representaciones teatrales, como Los Moros del Riff, La voz de España, El pabellón español o La gloria de España, donde aparece Dios llevándola personalmente. Además, tras las celebraciones, se deposita o pasa ocupar lugares nobles, como ocurre con las enseñas de los tercios vascongados, que se ubican en la Colegiata de Vitoria, en la sede de la Diputación de Guipúzcoa, en la Casa de Juntas de Guernica y en la Basílica de Loyola. Tampoco faltan los poemas dedicados a ella, como los de Víctor Balaguer, o los cánticos alusivos. Y, cumpliendo esa función nacionalizadora banal o inconsciente, la bandera española aparece en muchos cuadros sobre la guerra, como en El general Prim seguido de los voluntarios catalanes y el batallón de Alba de Tormes, atravesando las trincheras del campamento de Tetuán de Francisco Sans Cabot, en el Recibimiento del Ejército de África en la Puerta del Sol de Joaquín Sigüenza о en La batalla de Tetuán de Vicente Palmaroli y González.
Por lo tanto, se puede decir que entonces ya la bandera roja y gualda es un auténtico símbolo nacional, al representar con ella la conciencia, historia y valores nacionales. El himno, la Marcha Real, todavía no tanto. Es verdad que entonces crece mucho su difusión: sus notas suenan en los frentes de batalla, en los actos oficiales de la reina, en los desfiles militares e incluso en algunas obras teatrales. Pero, como recuerda María Salgues, tiene el problema específico de la ausencia de letra, que impide que la gente pueda corear el canto conjuntamente. Por eso, y también por su gran popularidad, se recurre al Himno de Riego, así como a los nuevos himnos compuestos con motivo de la guerra, particularmente los Juan de Castro42.
Este avance en el proceso de nacionalización simbólica española es compatible con la presencia de otras enseñas e himnos regionales, de la misma manera que el progreso del castellano como lengua nacional no es óbice para la utilización del catalán y de euskera, principalmente, y para el desarrollo cultural particular de Cataluña y del País Vasco. Así se puede hablar en ambos territorios de doble patriotismo o de dualidad de fidelidades, de una fuerte querencia hacia sus regiones, pero subordinada y enmarcada en la adhesión a la nación española. Un buena muestra de ello para Arturo Cajal Valero es el catafalco erigido en la basílica de Santiago en Bilbao con ocasión de la misa solemne por los caídos en la contienda, en el que se representaba al ejército regular, a los tercios vascongados y a los voluntarios catalanes por medio del ros, la boina y la barretina, respectivamente, con la leyenda «Vizcaya noble los ensalza y llora, que por la patria en África murieron, y el pendón de la Cruz enaltecieron, la religión los glorifica y ora», y en sus cuatro costados mostraba los escudos de España, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya». Pues bien, a este patriotismo dual debe sumarse otro peculiar, el colonial. Un patriotismo igualmente exaltado que, con aportaciones peninsulares, genera la atmósfera nacional e imperialista que se respira en la anexión dominicana, segunda gran empresa neocolonial del Gobierno de Leopoldo O'Donnell43.
Mejor que a la nación española debemos referirnos a la monarquía nacional isabelina porque el unionismo, como ya hemos significado, procede a realizar una suerte de identificación entre el estado, la nación y la monarquía. Algo que se puede hacer extensible plenamente a las élites vascas y solo durante el conflicto con matizaciones a las catalanas44. Así, se asiste entonces, no por casualidad, a una intensificación de la nacionalización de la monarquía. Hemos destacado como Isabel 11 preside los actos principales de las altas instituciones culturales y en muchas de sus obras aparece como digna sucesora de Isabel la Católica en la construcción del Estado y en la promoción de grandes empresas nacionales, como la campaña de África. Así queda plasmado en dos cuadros coetáneos (de 1860), que destacan la presencia de la reina en el principio y el final de la guerra: el de Rafael Benjumea, Consejo de ministros celebrado con S.M. en el que se firmó la declaración de guerra al imperio de Marruecos; y el de Paulino de la Linde, La reina Isabel II y su familia con el Patriarca de las Indias, dando gracias a la Virgen por la victoria de África. En ambas hay una estrecha vinculación de la monarquía española y la religión católica, pero en la segunda, además de remarcar la continuidad de la obra de Isabel II con la de su homónima, la Católica, recoge a la familia real al completo.
Esta imagen no es más que la expresión de la permanente participación de la reina con su familia en las ceremonias religiosas y en las grandes celebraciones populares por los éxitos de la contienda; a lo que la prensa monárquica añade la asistencia a hospitales y casas de beneficencia, el apoyo financiero a obras de caridad, gastos de la guerra e iniciativas culturales, etc. Pues bien, esta adhesión a la significación colectiva de la campaña africana no es más que un eslabón en el proceso de nacionalización de la Monarquía proyectado a partir de 1854 ante el cuestionamiento de la institución. Pero es con el nacimiento del príncipe Alfonso en 1857 cuando se intensifica la vinculación de la Monarquía con la nación, que intenta realizarse a través de los viajes que desde entonces, para popularizar la figura real estrechando sus lazos con la población, llevan a Isabel 11 y a la familia real por gran parte del país. En estos desplazamientos como en la empresa marroquí se presenta una doble imagen de la reina: por un lado, la de una monarca de su tiempo, responsable y competente, y, por otro lado, de una esposa y madre de familia ejemplar, es decir, maternal, piadosa, abnegada y caritativa. Este aburguesamiento, e incluso popularización, de la familia real, intentando convertirla en un modelo real de familia y por extensión de la gran familia de la nación, es el que acaba dominando en la iconografía oficial, buscando así una mayor legitimación socials45.
9. HEROES NACIONALES Y TRAIDORES A LA PATRIA
Pues bien, de la misma manera que se promociona a la reina, el unionismo construye o intenta construir grandes héroes nacionales para colocarlos en la galeria de ilustres de Espafia. Ocupan este lugar de honor aquellos que colectiva o individualmente están dispuestos a sacrificar su vida por la causa nacional y por ello son fuente de inspiración: el héroe personifica a la nación. Esta posición a nivel colectivo parece que se le confiere al ejército de África en su conjunto, no solo porque se le conceda la medalla simbolizando la guerra en la que ha participado, sino porque así se contempla en muchos de los escritos de entonces, como en el Diario de un testigo de la guerra de África de Pedro Antonio de Alarcón, que le califica como tal, sobre todo, con la batalla de Tetuán, o en distintas obras teatrales: así en Adelante a Tánger los soldados españoles por contraposición a los marroquíes poseen cierto halo cuasi-divino de héroe mitológico. En otras obras, como las de Rafael del Castillo, se infiere el heroísmo del ejército por el simple hecho de ser español, ya que es algo que acompaña a su propia naturaleza -España es una tierra de héroes-, y por estar imbuido de patriotismo.
Formalmente hay infinitud de héroes individuales, que son todos aquellos a los que se conceden las cruces de San Fernando o de María Luisa, pero solo son reconocidos como tales los que se ocupan de ellos los medios de comunicación. El grado de interés o de dedicación de éstos permite distinguir entre héroes del momento o coyunturales y héroes consolidados o de futuro. Entre los primeros se encuentran, entre otros, Francisco López Conejero, el primer soldado distinguido en la guerra al que se le otorga la medalla de oro del Ateneo de Cádiz; León Franco, corneta de 14 años; y el cabo Mur. Ocupan lugares estelares en los recibimientos de las tropas y cuentan con fotografías, carteles, abanicos e incluso alguno de ellos se convierte en el tema central de una obra de teatro.
Entre los segundos, Manuel Ibo Alfaro en La corona de laurel (1860) quiere colocar a todos los generales que han participado en la guerra de África, pero en una primera selección destacan los que son nombrados grandes de España de primera clase, es decir, los generales Leopoldo O'Donnell, Juan Prim, Antonio Ros Olano y Juan de Zabala. De estos sobresalen los dos primeros, a los que se conceden los títulos, respectivamente, de duque de Tetuán y de marqués de Castillejos. Así, ambos van a ser los que gozarán de una mayor popularidad, recibirán más honores y serán particularmente ensalzados; ambos contarán con una superior ascendencia en la opinión pública y en sus organizaciones políticas, y Leopoldo O'Donnell también en el ejército; ambos inmediatamente serán objeto de escritos panegíricos y hagiográficos (como son las respectivas biografías realizadas por Rafael del Castillo y por Francisco Giménez Guited); y ambos aparecerán en buena parte de los cuadros relacionados con la campaña de África, en libretos teatrales y zarzueleros, en poemas y canciones, etc.. Con todo, aunque el general Juan Prim fuera el que con el tiempo alcanzara una mayor popularidad y se acabara convirtiendo en el gran héroe de la guerra de África, en su momento desde los medios gubernativos este papel se le quiso otorgar al duque de Tetuán, Así, Rafael del Castillo, siguiendo a Modesto Lafuente, le presenta como el arquetipo de caudillo español, es decir, una «figura colosal» enviada por la providencia, que sobresale como cabeza y genio organizador del ejército, pero sobre todo como «la personificación del pensamiento de la nación». Leopoldo O'Donnell, para este autor, es el genio militar mientras que el marqués de Castillejos es la espada, la expresión del ardor guerrero, una especie de héroe romántico46.
Silos héroes son la expresión del patriotismo, los cobardes son lo contrario. Es verdad que en la guerra de África, como en todos los conflictos, hay desertores y algunos que intentan escaquearse o evitar el servicio militar, pero, de acuerdo con las cifras oficiales, no parece que fueran superiores a los de los años anteriores. No obstante, estas disidencias generales al servicio militar adquieren en este momento un valor social superior y por eso sus protagonistas son calificados de antipatriotas.
Con todo, ellos no son los que ocupan el lugar estelar del antipatriotismo, sino los carlistas. Los son por el levantamiento perpetrado cuando aún no había concluido la campaña de Marruecos. Así, el pronunciamiento llevado a cabo 1 de abril de 1860 por Carlos Luis de Borbón, conde de Montemolín, y su hermano Fernando, con el desembarco de tropas dirigidas por el capitán general de Baleares, Jaime Ortega, en las cercanías de San Carlos de la Rápita (Tarragona) es considerado un acto de alta traición a la patria. Razón por la que, ante su estrepitoso fracaso, este general es fusilado y los infantes detenidos renuncian a los derechos dinásticos. Aunque tras la concesión el 1 de mayo de la amnistía general y completa se retracten, lo cierto es que el carlismo se encuentra en sus horas más bajas y así se mantiene en los años inmediatos47.
10. MEMORIA PARA DESPUES DE UNA GUERRA
Frente a esta casi extinción de la causa carlista, alimentada por una campaña de nacionalización negativa de la prensa gubernamental, la Monarquía de Isabel 11 bajo los auspicios de la Unión Liberal de Leopoldo O'Donnell consolida el carácter nacional afirmado con la guerra de África. De ahí que se pensara en un primer momento fundir los cañones capturados a los marroquíes que desfilaron por las calles de Madrid en una magnifica estatua de la reina. Luego, como se sabe, no será así, y son utilizados por el escultor Ponciano Ponzano para moldear los leones que desde 1872 guardan la puerta del Congreso de los Diputados, sustituyendo a los anteriores de yeso pintado imitando al bronce, también diseñados por ese mismo autor.
En esta política de memoria sobre la campaña de África fomentada por las autoridades debe señalarse la designación de muchas calles y plazas de Barcelona, Valencia, Sevilla, Málaga, etc. con los nombres de Tetuán, Wad Ras, Castillejos... En Madrid, además, se levanta un barrio, bautizado como Tetuán de las Victorias, en el lugar donde acamparon las tropas a su regreso de África perteneciente entonces al municipio de Chamartín de la Rosa. Viene a ser la historia del recuerdo de una frustración porque es una réplica del Tetuán que solo pudo ser español durante dos años. Así, se acoge al mismo al patronazgo de Nuestra Señora de las Victorias, pero mientras en éste es venerada en la mezquita principal transformada en iglesia, en el Tetuán madrileño se hace en una pequeña capilla instalada en una casa particular. En cuanto a la designación de las calles, plazas y puertas, aunque es parecida, en el Tetuán de Marruecos se recurre más a nombres de la familia real, reyes históricos y caudillos y batallas de la reconquista y la guerra la independencia (Isabell 11, Príncipe de Asturias, Cid, San Fernando, Reyes Católicos, etc.), mientras que el Tetuán de Madrid se utilizan sobre todo los de las efemérides y laureados generales de la guerra de África, como O'Donnell, Prim, Castillejos, Wad Ras, etc., y en segundo término los de glorias nacionales, como Lepanto, Trafalgar, Anibal, etc. Ambos Tetuanes contarán con su prensa y su plaza de toros, y en el de Marruecos también se erige un teatro y representan zarzuelas.
Aunque la guerra de África se convierta en un referente prestigioso, quizá debido a la frustración y desencanto que produce su desenlace, no va a contar con una efeméride. Es verdad que en los años inmediatos su eco está muy presente en distintas conmemoraciones (particularmente las dos celebradas antes de que Tetuán dejara de ser español), obras literarias y pictóricas ya reseñadas. También lo está en las construcciones y esculturas efímeras que se erigen en las ciudades que recorre Isabel II en sus viajes, pero en ellas a través del recuerdo de la guerra de África lo que se pretende es una exaltación de la monarquía y, sobre todo, de su titular. Igualmente, no deben olvidarse, si bien algo más alejadas en el tiempo, las tumbas Leopoldo O'Donnell y Juan Prim que, erigidas primeramente en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid, están profusamente decoradas con motivos alusivos a la campaña. Pero, paulatinamente, al no ser un hecho recordado y existir otros que le superan en importancia, va quedando en el olvido y por eso la política de memoria cada vez se ve más vacía de contenido. Así ocurre con el monumento conmemorativo sobre la campaña marroquí erigido en 1895 en la plaza de Nuestra Señora de África de Ceuta porque, a pesar de estar cercano a la guerra de Melilla (1893) en la se rememora la campaña africana de O'Donnell, no despierta un patriotismo tan intenso y no perdura en el tiempo. Algo similar ocurre con el tríptico recogiendo el triunfo del cristianismo sobre el mahometismo instalado en 1926 en la galería gótica de la Diputación de Barcelona49. En definitiva, son momentos ya muy alejados de la guerra de África de 1859-1860 con políticas nacionales también muy diferentes.
CONCLUSIONES
La Unión Liberal, al ser producto de la integración del ideario y de figuras de las principales tendencias liberales, viene a presentarse como una especie de formación política nacional y arquetipo de la concordia. También al pretender, una vez superado el cisma de la guerra civil, poner fin a la permanente basculación entre la revolución y la reacción. Con todo, sigue siendo un típico partido de notables isabelino con un caudillo militar como Leopoldo O'Donnell, y por eso tiene mucho de actualización liberal del moderantismo histórico, más aún por la inclinación reaccionaria de éste. En definitiva, se puede hablar de un conservadurismo liberal.
Así, apenas remozado el sistema político en aras a la estabilidad, esta fuerza política durante su largo gobierno impulsa, paralelamente, el desarrollo y la modernización económica del país, y una política exterior más activa que, llevada a cabo por medio de distintas expediciones militares, está orientada a recuperar el prestigio español y a lograr una posible ampliación territorial, y tiene tras de sí un doble discurso colonial, el tradicional de España como nación imperial y el nuevo promovido por las principales potencias europeas, bajo cuya cobertura quiere ampararse.
Entre esas expediciones militares sobresale la conocida como guerra de África (1859-1860) porque, movilizando a más de 45.000 efectivos y teniendo un coste superior a los 200 millones de reales, es la que adquiere el alcance militar, político y económico más importante, y es la que tiene una mayor repercusión en la opinión pública, despertando un nacionalismo español hasta entonces desconocido. Su despliegue tiene algo de espontáneo, pero se ve claramente incentivado por el poder público unionista, ya que constituye un importante instrumento legitimador. Así, siendo su contenido, al igual que el ideario del partido, ecléctico, conservador y liberal, con él propician una nacionalización cultural y simbólica que, obviando cualquier desarrollo cívico y mejora social, busca la integración mental y afectiva de la población en torno al gobierno unionista y la Monarquía constitucional isabelina.
Para esta nacionalización desde arriba se recurre al relato histórico y literario, a los mitos, héroes y símbolos nacionales, se vale de todos las formas y géneros literarios, las artes visuales, las movilizaciones populares y para su difusión se utilizan todos los medios de comunicación disponibles, particularmente las publicaciones periódicas. De esta manera, con la implantación política y administrativa en el territorio, la consolidación de una sólida plataforma periodística unionista y el control gubernativo de la prensa en su conjunto se consigue la mayor afirmación y difusión de su discurso nacional.
La articulación de este discurso se asienta en el gran relato nacional que le proporciona la Historia general de España de Modesto Lafuente, en la que España, como nación desde el origen de los tiempos, es la principal protagonista. De esta manera, la historia, después de la providencia, es la máxima autoridad que avala las expediciones militares y, particularmente, la campaña africana, que viene a ser considerada como una especie de destino manifiesto. Así, se presenta reiteradamente como una continuidad o epílogo de la Reconquista, de un enfrentamiento interrumpido que se retoma actualizado, y ya no es solo una contienda entre dos religiones, sino también entre dos mundos, el del despotismo y el de la libertad, el de la barbarie y de la civilización. Por lo tanto, la defensa del honor patrio que, anclado en la historia, se realiza en nombre de la monarquía igualmente nacional, de la religión católica compatible con el liberalismo y la misión civilizadora constituyen los puntos cardinales del relato unionista desarrollado alrededor de la guerra con Marruecos.
El control gubernativo de la prensa y la adhesión casi unánime de todo el abanico político-ideológico a la acción militar facilitan la hegemonía del relato unionista, que nacionaliza la guerra, afirmando los rasgos identitarios españoles y convirtiendo el conflicto en una auténtica epopeya. Pero no quiere decir que éste sea el único discurso ni que las otras opciones se plieguen al mismo. Así mientras el pensamiento reaccionario pone el acento en el carácter religioso de la guerra y tiene una visión nacional católica de España, el progresista la tiene cívica y popular e incide en la misión civilizadora del conflicto. Pues bien, las legitimaciones alternativas que expresa este pluralismo, dentro del dominio del relato nacional unionista, también están presentes en la profusa obra literaria (crónicas, novelas, poesías, etc.), artes visuales (dibujos, grabados, fotografías, pinturas) y escénicas (obras teatrales, zarzuelas, canciones, himnos), que entonces se difunden y que constituyen auténticas escuelas de patriotismo para la población.
Por estos medios se consigue la nacionalización perseguida, logrando un apoyo incondicional y entusiasmado a la guerra. Esta adhesión es la que impele a algunos a alistarse como voluntarios en las filas de los diferentes cuerpos del ejército de África, a otros a realizar donaciones y distintas aportaciones para sufragar los gastos de la campaña y a los más a participar en los distintos actos, celebraciones y festejos que acompañan a las despedidas y bienvenidas de las tropas españolas. En éstas confraternizan las distintas clases entre sí y con el ejército, se asumen los distintos símbolos nacionales profusamente difundidos y se quiere nacionalizar a la Monarquía isabelina mediante una popularización de la familia real.
La guerra de Marruecos no se aprovecha solo para intentar consolidar la Monarquía constitucional, sino también para afirmar al Gobierno de la Unión Liberal. Pues bien, la mejor manera de hacerlo es convirtiendo a su presidente, el general Leopoldo O'Donnell, en un gran héroe nacional por el triunfo en la guerra de África, que se acaba identificando con su persona. Además, considerado el conflicto como una gran epopeya nacional, se le presenta como un caudillo nacional ejemplar, que debía ocupar un lugar estelar en la galería de hombres ilustres de la patria. Con ello se robustece su ascendiente, además de ante el ejército, ante Isabel 11, a la par que se consolida su liderazgo indiscutible en la Unión Liberal. Algo que facilita la continuidad de acción exterior de las expediciones militares, iniciada con esta guerra, y también que su gobierno se prolongue en el tiempo, siendo el más duradero del reinado isabelino.
De todas formas, su figura queda un tanto ensombrecida por los escasos resultados tados conseguidas en el acuerdo de paz y, sobre todo, porque Tetuán no se mantuviera español. Debido a ello, y a pesar de la inmensa política nacionalizadora desplegada, la guerra de África de 1859-1860 no contará con una efeméride. No se conmemorará y los monumentos y las lápidas de algunas plazas y calles que se dedican a su recuerdo, paulatinamente serán olvidados por las siguientes páginas menos gloriosas de los militares españoles
2. Cánovas Sánchez, Francisco, «Los partidos políticos» en José María Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal t. 34, La era isabelina y el sexenio democrático (1834-1874), Espasa Calpe, Madrid, 1991, pp. 466-468; Chato Gonzalo, Ignacio, «La Unión Liberal y la renovación del sistema de partidos (1858-1863)», Revista de Estudios Políticos, 153 (2011), pp. 83-94; Durán de la Rua, Nelson, La Unión Liberal y la modernización de la España isabelina. Una convivencia frustrada, 1854-1868. Akal, Madrid, 1979, pp. 87-89; Jover Zamora, José María, La civilización española a mediados del siglo XIX, Espasa Calpe, Madrid, 1991, p. 153; y Martínez Gallego, Francesc A., Conservar progresando: la Unión liberal (1856-1868), Centro Francisco Tomás y Valiente. UNED Alzira-Valencia, Valencia, 2001, pp. 11-12 y 30-31.
3. Cánovas Sánchez, Francisco, op. cit.,1991, pp. 481-482; Castro Alfín, Demetrio, Los males de la imprenta. Política y libertad de prensa en una sociedad dual, Centro Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1998, pp. 93-94; Seoane, María Cruz, y Saiz, María Dolores, Historia del periodismo en España. 2. El siglo XIX, Alianza Editorial, Madrid, 1996, vol. 2, р. 258.
4. Bahamonde, Ángel, y Martínez, Jesús, Historia de España, siglo XIX, Crítica, Madrid, 1984, p. 342; Cánovas Sánchez, Francisco, op. cit., pp. 465-466 y 479-480; Chato Gonzalo, Ignacio, op. cit., pp. 102-105; y Durán de la Rua, Nelson, op. cit., p. 100.
5. Durán de la Rua, Nelson, op. cit., pp. 136-138; y Martínez Gallego, Francesc A., op. cit., pp. 94-97.
6. Blanco Arévalo, Alda, Cultura y conciencia imperial en la España del siglo XIX, Publications de la Universitat de Valencia, Valencia, 2012, pp. 22-23 y 44-46; Fradera i Barceló, Josep María, «La formación de un espacio colonial repen-sada» en Eloy Martín Corrales (ed.), Marruecos y el colonialismo español (1859-1912). De la guerra de África a la penetración pacífica, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002, pp. 9-10; Inarejos Muñoz, Juan Antonio, «Los precedentes de Annual: colonialismo y discurso nacionalista en la guerra de África y la política exterior de la Unión Liberal» en Bruno Camus Bergareche y Anna Scicolone, (Eds.), Annual. Ecos de la última aventura colonial española, Catarata, Madrid, 2021, pp. 2829; Martín Corrales, Eloy, «El nacionalismo catalán y la expansión colonial española en Marruecos: de la guerra de Africa a la entrada en vigor del Protectorado (1860-1912)» en Eloy Martín Corrales, (ed.), Marruecos y el colonialismo español (1859-1911), Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002, р. 171; Martínez Gallego, Francesc A., op. cit., pp. 117-119 y 123-124; y Pérez Vejo, Tomás, España imaginada. Historia de la invención de una nación, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015, p. 224.
7. Iglesias Amorín, Alfonso, Marruecos, panteón del imperio español (1859-1931), Marcial Pons, Madrid, 2022. pp. 44-45; y Jover Zamora, José María, op. cit., 1991, pp. 275-289.
8. Albi de la Cuesta, Julio, ¡Españoles a Marruecos! La guerra de África, 1859-1860, Desperta Ferro Ediciones, Madrid, 2018, pp. 4-27; Durán de la Rua, Nelson, op. cit., pp. 232-236; Inarejos Muñoz, Juan Antonio, Intervenciones coloniales y nacionalismo español. La política exterior de la Unión Liberal y sus vínculos con la Francia de Napoleón II! (1856-1868), Silex, Madrid, 2007, pp. 16-18; Madariaga, María Rosa, España y el Rif, Crónica de una historia casi olvidada, La Biblioteca de Melilla, Melilla, 2000, pp. 68-71 y 77; y Martínez Antonio, Francisco Javier, La otra guerra de África. Cólera y conflicto internacional en la olvidada expedición militar de Francia a Marruecos de 1859. Ciudad Autónoma de Ceuta. Archivo General de Ceuta, 2010, pp. 72-77 y 89.
9. Albi de la Cuesta, Julio, op. cit., pp. 83-97 y 237-247; Cajal Valero, Arturo, «La participación de los tercios vascongados en la guerra de África (1859-1860)», Revista de Historia Militar, 112 (2012), pp. 135-144; García Balaña, Albert, «Patria, plebe y política en la España isabelina: la guerra de África en Cataluña (1859-1860)» en Eloy Martín Corrales, (ed.), Marruecos y el colonialismo español (1859-1911), Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002, pp. 27-30; Martínez Gallego, Francesc. A., «Entre el Himno de Riego y la Marcha Real: la Nación en el proceso revolucionario español» en Manuel Chust (ed.) Revoluciones y revolucionarios en el mundo hispano, Universitat Jaume |, Valencia, 2000, p. 138; Moliner Prada, Antonio, «La guerra de África (1859-1860) y el proceso de nacionalización en Cataluña», Trienio, 73 (2019), pp. 15-16; Serrallonga Urquidi, Joan, «La guerra de África (1859-1860). Una revisión». Ayer, 29 (1998), pp. 146-147 y 149.
10. Durán de la Rua, Nelson, op.cit., p. 238; García Figueras, Tomás, Recuerdos centenarios de una guerra romántica, CSIC- Instituto de Estudios Africanos, Madrid, 1961, pp. 306-310; Madariaga, Rosa María, op. cit., pp. 78-79; Martínez Antonio, Francisco Javier, op. cit., pp. 13 y 53-55; Martínez Gallego, Francesc A., Conservar progresando... pp. 129-130; y Serrallonga Urquidi, Joan, «La guerra de África y el cólera (1859-60)», Hispania, LXIII/1, 198 (1998), pp. 233-260. pp. 234-254.
11. Albi de la Cuesta, Julio, op. cit., pp. 158, 354 y 357.
12. Albi de la Cuesta, Julio, op. cit, р. 87; Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit., р. 103; Inarejos Muñoz, Juan Antonio, Intervenciones coloniales...pp. 41-42 y 169; Madariaga, María Rosa op. cit., pp. 83-84; Martín Corrales, Eloy, op. cit., p. 169; y Rodríguez Esteller, Omar, «La intervención española de las aduanas marroquíes» en Eloy Martín Corrales (ed.), Marruecos y el colonialismo español (1859-1911), Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002, pp. 80-81.
13. Albi de la Cuesta, Julio, op. cit., р. 322; Collado Fernández, Esther, «En nombre de la reina: La imagen de Isabel Il durante la guerra de África (1859-1860), Revista de Historia Constitucional, 20 (2019), pp. 612; García Figueras, Tomás, op. cit, р. 171; Inarejos Muñoz, Juan Antonio, «Los precedentes...pp. 30-31; Serrallonga Urquidi, Joan, «La guerra de África y el cólera..pp. 242-243.
14. Kedourie, Elie, Nacionalismo, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1985 (ed. v.o. 1966); Gellner, Ernest, Naciones y nacionalismo, Alianza Editorial, Madrid, 1988 (ed. v.o. 1983); Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1993 (ed. v.o. 1983); y Hobsbawm, Eric J., Naciones y nacionalismo desde 1780, Ed. Crítica, Barcelona, 1991 (ed. v.o. 1990).
15. Thiesse, Anne-Marie, La creación de las identidades nacionales. Europa: siglos XVIII-XX, Ézaro, Madrid, 2010, pp. 11-17.
16. Blanco Arévalo, Alda, op. cit., р. 34; García Balaña, Albert, op. cit., pp. 14 y 55; Garrido Muro, Luis, «Dos naciones en una' La nación progresista» y «Esta estúpida nación La nación moderada» en Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi Aizpurúa, Andrés de Blas Guerrero, (Dirs.), Historia de la nación y del nacionalismo español, Fundación Ortega-Marañón/Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Madrid, 2013, pp. 263-292; y Martínez Gallego, Francesc A. «Entre el himno de Riego...pp. 122, 133, 137 y 139.
17. Iglesias Amorin, Alfonso, op. cit., р. 24-25; Kamen, Henry, La invención de España. Leyendas e ilusiones que han construido la realidad española, Espasa, Madrid, 2020, pp. 413-414 y Pérez Vejo, Tomás, op. cit., pp. 204 y 206.
18. Álvarez Junco, José (coord.), de la Fuente, Gregorio, Boyd, Carolyn y Baker, Edward, Las Historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad, en Josep Fontana y Ramón Villares (dirs.), Historia de España, Crítica/ Marcial Pons, Madrid, 2013, vol. 12, pp. 273-274, 279-280 y 282; Cirujano Marín, Paloma, Elorriaga Planes, Teresa y Pérez Garzón, Sisinio, Historiografía y nacionalismo español (1834-1868), CSIC, Madrid, 1985, pp. 90, 95, 101-102 y 159; García Cárcel, Ricardo, La herencia del pasado. Las memorias históricas de España, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2013, pp.147 y 398-400; Jover Zamora, José María, «Caracteres del nacionalismo español», Zona Abierta, 31 (1984), pp. 6-13; López Vela, Roberto, «De Numancia a Zaragoza. La construcción del pasado nacional en las historias de España del ochocientos» en Ricardo García Cárcel (coord.), La construcción de las historias de España, Marcial Pons, Madrid, 2004, pp. 214-215, 227-243 y 295-296; y Pérez Vejo, Tomás, op. cit., pp. 34 y 272-273.
19. Blanco Arévalo, Alda, op. cit, р. 28; Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit., р. 48; Collado Fernández, Esther, op. cit., рр. 613-618; Jover Zamora, José María, «Caracteres del nacionalismo..., р. 6; Lecuyer, М. С. y Serrano, C., La guerre D'Afrique et ses répercissions en Espagne. Ideologies et colonialismo en Espagne, 1859-1904, Presses Universitaires de France, Paris, 1976, pp. 40-48 (en la p. 40 se encuentra la cita del diario del 10.10.1859); Pérez Vejo, Tomás, op. cit., 2015, p. 49; y Sánchez Mejía, María Luisa, «Barbarie y civilización en el discurso nacionalista de la guerra de África (1859-1860)», Revista de Estudios Políticos, 162 (2013), p. 45.
20. Andreu Miralles, Xavier, El descubrimiento de España. Mito romántico e identidad nacional, Taurus, Madrid, 2016, pp. 70-113; Blanco Arévalo, Alda, op. cit, pp. 22-23; y Martin-Marquez, Susan Desorientaciones. El colonialismo español en África y la performance de identidad, Edicions Bellaterra, Barcelona, 2011, pp. 22-23 y 33-49.
21. Cánovas Sánchez, Francisco, op. cit., pp. 481-482; Durán de la Rua, Nelson, op. cit., p. 108; Gómez Aparicio, Pedro, Historia del periodismo español. Desde la «Gaceta de Madrid» (1661) hasta el destronamiento de Isabel II, Editora Nacional, Madrid, 1967, pp. 492 y 506-508; Lecuyer, M. C. y Serrano, C., op. cit., pp. 35-36; Pérez Vejo, Tomás, op. cit., p. 296; y Thiesse, Anne-Marie, op. cit., p.70.
22. Castro Alfín, Demetrio, op. cit., pp. 83-89; Gómez Aparicio, Pedro, op. cit., 1967, p. 509; y Serrallonga Urquidi, Joan, «La guerra de África y el cólera...p.145.
23. Lecuyer, M. C. y Serrano, C., op. cit., pp. 71-78; Sánchez Mejía, María Luisa, op. cit., pp. 58-59; y El Pensamiento Español, 11.02 y 15.02.1860, donde se encuentran las citas. Al respecto, también se puede seguir nuestro trabajo «Fernán Caballero y la guerra de África (1859-1860). En la senda del primer nacional-catolicismo desde la alteridad» en Carmen de la Guardia Herrero y Pilar Toboso Sánchez, Identidades en movimiento. Itinerarios transnacionales y transformaciones culturales (siglos XIX y XX), Comares, Granada, 2024, pp. 109-130.
24. Castro Alfín, Demetrio, op. cit, pp. 93-94; Durán de la Rua, Nelson, op. cit, р. 106-107; Lecuyer, M. С. y Serrano, C., op. cit., pp. 61-71 (en la p. 62 se encuentra la cita del diario del 13.09.1859); Seoane, María Cruz, y Saiz, María Dolores, op. cit., p. 258.
25. Lecuyer, M. C. y Serrano, C., op. cit., pp. 48-61 (en la p. 56 se encuentra la cita del diario del 12.10.1859); y Sánchez Mejía, María Luisa, op. cit, р. 59.
26. García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 42-44: Gómez Aparicio, Pedro, op. cit., pp. 510-512; Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit., p. 65; y López Barranco, Juan José, El Rif en armas. La narrativa española sobre la guerra de Marruecos (1859-2005), Mare Nostrum, Madrid, 2006, pp.60-66.
27. García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 204 y 285-286; e Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit., pp. 99-104.
28. López Barranco, Juan José, op. cit., pp. 40-59; y Martínez Gallego, Francesc A., «Entre el himno de Riego..., pp. 145-146.
29. Cajal Valero, Arturo, «La guerra de Africa (1859-1860) y las expresiones patrióticas en el País Vasco» en Mariano Esteban de Vega y Ma Dolores de la Calle Velasco (eds.), Procesos de nacionalización en la España contemporánea, Universidad de Salamanca, Salamanca, 2010, pp. 281-286; García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 9 y 105; Lecuyer, M. C. y Serrano, C., op. cit., p.122; y Martínez Gallego, Francesc A., «Entre el himno de Riego..., pp.150-151.
30. García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 10-12 y 287; Lecuyer, M. C. y Serrano, C., op. cit., pp. 136-161; Palomo, María del Pilar, Introducción a Pedro Antonio de Alarcón, Diario de un testigo de la guerra de África, Fundación José Manuel Lara, Córdoba, 2005, pp. VII-LXXXV., pp. XXXII y XXXXI; Madariaga, Rosa María, op. cit., pp. 74 y 118; y Moliner de Prada, Antonio, op. cit., p. 26.
31. García Balaña, Albert, op. cit., p. 56; Martínez Gallego, Francesc, «Entre el himno de Riego..., pp. 157-159; Palomo, María del Pilar, op. cit., pp. LII-LVI; y Seoane, María Cruz, y Saiz, María Dolores, op. cit., pp. 260-261.
32. Al respecto se puede consultar nuestro trabajo «Rafael del Castillo Cuesta y la Guerra de África (1859-1860): al servicio de la nacionalización de la Unión Liberal,» Rúbrica Contemporánea, 25, (2023), pp. 103-122.
33. García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 14-16; Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit., pp. 82-84; Pérez Vejo, Tomás, op. Cit., 2015, pp. 34-36, 185-188, 217 y 264; Reyero, Carlos, La pintura de historia en España. Esplendor de un género en el siglo XIX, Cátedra, Madrid, 1989, pp. 27-28; y Thiesse, Anne-Marie, op. cit., 2010, p. 138.
34. Blanco Arévalo, Alda, op. cit., pp. 33-45; y Salgues, María, Teatro patriótico y nacionalismo en España: 1859-1900, Prensas Universitarias, Zaragoza, 2010, pp. 12, 14, 21, 23, 94, 133-136, 139-140, 153 y 305.
35. Andreu Miralles, Xavier, op. cit. pp. 284-285; Durán de la Rua, Nelsón, op. cit., p. 209; y Pastor, Comín, Juan José, «El conflicto con Marruecos en la música española» en Francisco Alía Miranda (coord.), La Guerra de Marruecos y la España de su tiempo (1909-1927), Sociedad Don Quijote de Conmemoraciones Culturales de Castilla, Ciudad Real, 2009, pp. 198-200 y 203.
36. García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 73-76; Iglesias Amorín Alfonso, op. cit., p. 75; Palomo, María del Pilar, op. Cit., р. XXXXV; y Pastor Comín, Juan José, op. cit, pp.198-199.
37. Albi de la Cuesta, Julio, op. cit., pp. 54-55; Cantera Montenegro, Jesús, «La imagen social del ejército» en Hugo O'Donnell y Duque de Estrada (dir.), Historia Militar de España, Miguel Artola (coord.), IV Edad Contemporánea |. Siglo XIX, Ministerio de Defensa, Madrid, 2015, pp. 423-427; García Balaña, Albert, «Patriotismos trasatlánticos. Raza y nación en el impacto de la Guerra de África en el Caribe español de 1860», Ayer, 106, (2017), pp. 208-209 y 213; Martínez Gallego, Francesc, «Entre el himno de Riego..., p. 138; Pérez Núñez, Javier, «Rafael del Castillo...., pp. 114-115; Salgues, María, op. cit., pp. 10, 48 y 108; Vanaclocha, Francisco J. «Militarismo e ideología militar» en Hugo O'Donnell y Duque de Estrada (dir.), Historia Militar de España, Miguel Artola (coord.), IV Edad Contemporánea |. Siglo XIX, Ministerio de Defensa, Madrid, 2015, pp. 408-410.
38. Albi de la Cuesta, Julio, op. cit., pp., 69-70 y 96-97; Esteban de Vega, Mariano, «La nacionalización española en la sociedad castellana. Actitudes ante la guerra de África (1859-1860)» en Mariano Esteban de Vega y M.? Dolores de la Calle Velasco (eds.), Procesos de nacionalización en la España contemporánea, Universidad de Salamanca, Salamanca, 2010, pp. 292-294; García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 144 y 190-192; Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit., pp. 48-51; y López Rinconada, Miguel Ángel, «Festejos populares y manifestaciones patrióticas celebradas en Madrid con motivo de la guerra de África», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 34 (1994), pp. 524-526.
39. Algo que se puede constatar siguiendo, entre otros, a: Cajal Valero, Arturo, «La guerra de África (1859-1860) ...pp. 264-272; García Balaña, Albert, «Patriotismo trasatlánticos... р. 209; García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 9, 94-95, 97-98, 105 y 172; Pérez Núñez, Javier, »Rafael del Castillo...., pp. 120-121; y Redondo Penas, Alfredo, Guerra d'Africa (1859-1860). Els 466 del general Prim, Cossetania Edicions, Valls, 2008, pp. 83-91.
40. La Correspondencia de España, 7-15.02.1860; La Época, 7-15.02.1860 (la escena se recoge en el número del 7); Albi de la Cuesta, Julio, op. cit, pp. 123-124; 266-268; López Rinconada, Miguel Ángel, op. cit, pp. 526-530; y Reyero, Carlos, Monarquía y Romanticismo. El hechizo de la imagen regia, 1829-1873, Siglo XXI, Madrid, 2015, pp. 239-240.
41. La Correspondencia de España, 10-12.05.1860; La Época, 10-12.05.1860; Collado Fernández, Esther, op. cit., pp. 617-618; García Figueras, Tomás, op. cit., p. 174; y López Rinconada, Miguel Ángel, op. cit., pp. 531-536.
42. Blanco Arévalo Alda, op. cit, pp. 37-39; Cajal Valero, Arturo, «La guerra de Africa (1859-1860) ..., pp. 265-267 y 269; García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 103 y 109; Lecuyer, M. C. y Serrano, C., op. cit., pp.128 y 130; Moreno Luzón, Javier, y Núñez Seixas, Xosé M., Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea, Tecnos, Madrid, 2017, pp. 55-66; y Salgues, María, op. cit., pp. 33-34 y 170-171.
43. Cajal Valero, Arturo, «La guerra de Africa (1859-1860) ..., pp. 262, 267-269 (aquí se encuentra la cita), 270, 273 y 281; García Balaña, Albert, «Patria, plebe y política en la España isabelina...pp. 40-41 y 2017, pp. 214-223; Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit., pp. 52-54 y 60; y Martín Corrales, Eloy, op. cit., р. 171.
44. Cajal Valero, Arturo, «La guerra de África (1859-1860) ..., pp. 272-274; y Smith, Ángel, Los orígenes del nacio-nalismo catalán, 1770-1898, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 130-136 y 212-213.
45. Burdiel, Isabel, Isabel II. Una biografía (1880-1904), Taurus, Madrid, 2010, pp. 591-593 y 630-637; García Figueras, Tomás, op. cit, pp. III-1V; Gutiérrez Lloret, Rosa Ana, «A la conquista de la nación. Organización y estrategias de nacionalización en los viajes regios de la Monarquía isabelina» en Renata de Lorenzo y Rosa Ana Gutiérrez Lloret (eds.), Las Monarquías de la Europa meridional. Ante el desafío de la modernidad (siglos XIX y XX), Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2020, pp. 382-384; Pérez Vejo, Tomás, op. cit., рр. 195-196 y 272-273; Reyero, Carlos, Monarquía y Romanticismo... pp. 63-64, 160 y 239-240; San Narciso Martín, David, «¿Una familia real en el trono de España? Ritualidad política y ceremonias dinásticas en la construcción del Estado liberal (1833-1868)», Hispania, 262, (2019), pp.373-375; Y Thiesse, Anne-Marie, op. cit., p. 15.
46. Albide la Cuesta, Julio, op. cit., pp. 133, 135 y 186-188; Cañas de Pablos, Alberto, Los generales políticos en Europa y América. Centauros carismáticos bajo la luz de Napoleón 1810-1870, Alianza Editorial, Madrid, 2022, pp. 352-361; Durán de la Rua, Nelson, op. cit., pp. 90 y 114; García Balaña, Albert, «Patria, plebe y política en la España isabelina..., p. 38; García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 263-265 y 286; Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit. 89-90; Kamen, Henry, op. cit., р. 414; Madariaga, María Rosa, op. cit., p. 83; Palomo, María del Pilar, op. cit., p. LXX; Pérez Núñez, Javier, «Rafael del Castillo..., pp. 114 y 117-118; y Salgues, María, op. cit., pp. 37, 46 y 54.
47. Albi de la Cuesta, Julio, op. cit, pp. 52-55; Bahamonde, Ángel, y Martínez, Jesús, op. cit., р. 344; Burdiel, Isabel, op. cit., pp. 637-640; García Figueras, Tomás, op. cit., р. 138-140; e Iglesias Amorín, Alfonso op. cit., pp. 49-50.
48. García Figueras, Tomás, op. cit., pp. 121-122; 240-241 y 244-245; Iglesias Amorín, Alfonso, op. cit., 94-95 y 97-98; y Pérez Vejo, Tomás, op. cit., p. 252.
49. Gutiérrez Lloret, Rosa Ana, op. cit., p. 381; Iglesias Amorín. Alfonso, op. cit., pp. 133-136; Redondo Penas, Alfredo, op. cit, pp. 138-142; y Reyero, Carlos, Monarquía y Romanticismo..., pp. 46-47, 49, 241 y 311-312.
BIBLIOGRAFIA
Albi de la Cuesta, Julio, ¡Españoles a Marruecos! La guerra de África, 1859-1860, Desperta Ferro Ediciones, Madrid, 2018.
Álvarez Junco, José (coord.), de la Fuente Gregorio, Boyd, Carolyn y Baker, Edward, Las Historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad, en Josep Fontana y Ramón Villares (dirs.), Historia de España, Crítica/Marcial Pons, Madrid, 2013, vol. 12.
Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.
Andreu Miralles, Xavier, El descubrimiento de España. Mito romántico e identidad nacional, Taurus, Madrid, 2016.
Bahamonde, Ángel y Martínez, Jesús, Historia de España, siglo XIX, Crítica, Madrid, 1984.
Blanco Arévalo, Alda, Cultura y conciencia imperial en la España del siglo XIX, Publications de la Universitat de Valencia, Valencia, 2012.
Burdiel, Isabel, Isabel 11. Una biografía (1880-1904), Taurus, Madrid, 2010.
Cajal Valero, Arturo, «La guerra de África (1859-1860) y las expresiones patrióticas en el País Vasco» en Mariano Esteban de Vega y M.· Dolores de la Calle Velasco (eds.), Procesos de nacionalización en la España contemporánea, Universidad de Salamanca, Salamanca, 2010, pp. 261-288.
Cajal Valero, Arturo, «La participación de los tercios vascongados en la guerra de África (1859-1860)», Revista de Historia Militar, 112 (2012), pp.125-190.
Campos, Alicia, «Constantes y discrepancias en el africanismo colonial español, 1876-1975», Ayer, 123 (2021), pp. 201-231.
Cánovas Sánchez, Francisco, «Los partidos políticos» en José María Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal t. 34, La era isabelina y el sexenio democrático (1834-1874), Espasa Calpe, Madrid, 1991, pp. 371-499.
Cantera Montenegro, Jesús, «La imagen social del ejército» en Hugo O'Donnell y Duque de Estrada (dir.), Historia Militar de España, Miguel Artola (coord.), IV Edad Contemporánea 1. Siglo XIX, Ministerio de Defensa, Madrid, 2015, pp. 423-464.
Cañas de Pablos, Alberto, Los generales políticos en Europa y América. Centauros carismáticos bajo la luz de Napoleón 1810-1870, Alianza Editorial, Madrid, 2022.
Castro Alfín, Demetrio, Los males de la imprenta. Política y libertad de prensa en una sociedad dual, Centro Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1998.
Chato Gonzalo, Ignacio, «La Unión Liberal y la renovación del sistema de partidos (1858-1863)», Revista de Estudios Políticos, 153 (2011), pp. 75-111.
Cirujano Marín, Paloma, Elorriaga Planes, Teresa y Pérez Garzón, Sisinio, Historiografía y nacionalismo español (1834-1868), CSIC, Madrid, 1985.
Collado Fernández, Esther, «En nombre de la reina: La imagen de Isabel 11 durante la guerra de África (1859-1860), Revista de Historia Constitucional, 20 (2019), pp. 607-621.
La Correspondencia de España, 7-15.02.1860 y 10-12.05.1860.
Durán de la Rua, Nelson, La Unión Liberal y la modernización de la España isabelina. Una convivencia frustrada, 1854-1868, Akal, Madrid, 1979.
La Época, 7-15.02.1860 y 10-12.05.1860.
Esteban de Vega, Mariano, «La nacionalización española en la sociedad castellana. Actitudes ante la guerra de África (1859-1860)» en Mariano Esteban de Vega y M.· Dolores de la Calle Velasco (eds.), Procesos de nacionalización en la España contemporánea, Universidad de Salamanca, Salamanca, 2010, pp. 289-301.
Fradera i Barceló, Josep M., «La formación de un espacio colonial repensada» en Eloy Martín Corrales (ed.), Marruecos y el colonialismo español (1859-1912). De la guerra de África a la penetración pacífica, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002, pp. 9-12.
García Balaña, Albert, «Patria, plebe y política en la España isabelina: la guerra de África en Cataluña (1859-1860)» en Eloy Martín Corrales, (ed.), Marruecos y el colonialismo español (1859-1911), Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002, pp. 13-77.
García Balaña, Albert, «Patriotismos trasatlánticos. Raza y nación en el impacto de la Guerra de África en el Caribe español de 1860», Ayer, 106 (2017), pp. 207-237.
García Cárcel, Ricardo, La herencia del pasado. Las memorias históricas de España, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2013.
García Figueras, Tomás, Recuerdos centenarios de una guerra romántica, CSIC- Instituto de Estudios Africanos, Madrid, 1961.
Garrido Muro, Luis, ««Dos naciones en una» La nación progresista», en Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi Aizpurúa, Andrés de Blas Guerrero, (dirs.), Historia de la nación y del nacionalismo español, Fundación Ortega-Marañón/Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Madrid, 2013, pp. 263-276.
Garrido Muro, Luis, ««Esta estúpida nación» La nación moderada» en Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi Aizpurúa, Andrés de Blas Guerrero, (dirs.), Historia de la nación y del nacionalismo español, Fundación Ortega-Marañón/Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Madrid, 2013, pp. 277-292.
Gellner, Ernest, Naciones y nacionalismo, Alianza Editorial, Madrid, 1988.
Gómez Aparicio, Pedro, Historia del periodismo español. Desde la «Gaceta de Madrid» (1661) hasta el destronamiento de Isabel 11, Editora Nacional, Madrid, 1967.
Gutiérrez Lloret, Rosa Ana, «A la conquista de la nación. Organización y estrategias de nacionalización en los viajes regios de la Monarquía isabelina» en Renata de Lorenzo y Rosa Ana Gutiérrez Lloret (eds.), Las Monarquías de la Europa meridional. Ante el desafío de la modernidad (siglos XIX y XX), Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2020, pp. 363-392.
Hobsbawm, Eric J., Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 1991.
Iglesias Amorín, Alfonso, Marruecos, panteón del imperio español (1859-1931), Marcial Pons, Madrid, 2022.
Inarejos Muñoz, Juan Antonio, Intervenciones coloniales y nacionalismo español. La política exterior de la Unión Liberal y sus vínculos con la Francia de Napoleón 111 (1856-1868), Silex, Madrid, 2007.
Inarejos Muñoz, Juan Antonio, «Los precedentes de Annual: colonialismo y discurso nacionalista en la guerra de África y la política exterior de la Unión Liberal» en Bruno Camus Bergareche y Anna Scicolone, (eds.), Annual. Ecos de la última aventura colonial española, Catarata, Madrid, 2021, pp. 28-40.
Jover Zamora, José María, «Caracteres del nacionalismo español», Zona Abierta, 31 (1984), pp. 1-21.
Jover Zamora, José María, La civilización española a mediados del siglo XIX, Espasa Calpe, Madrid, 1991.
Kamen, Henry, La invención de España. Leyendas e ilusiones que han construido la realidad española, Espasa, Madrid, 2020.
Kedourie, Elie, Nacionalismo, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1985.
Lecuyer, М. С. y Serrano, C., La guerre D'Afrique et ses répercissions en Espagne. Ideologies et colonialismo en Espagne, 1859-1904, Presses Universitaires de France, Paris, 1976.
López Barranco, Juan José, El Rif en armas. La narrativa española sobre la guerra de Marruecos (1859-2005), Mare Nostrum, Madrid, 2006.
López Rinconada, Miguel Ángel, «Festejos populares y manifestaciones patrióticas celebradas en Madrid con motivo de la guerra de África», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 34 (1994), Pp. 521-541.
López Vela, Roberto, «De Numancia a Zaragoza. La construcción del pasado nacional en las historias de España del ochocientos» en Ricardo García Cárcel (coord.), La construcción de las historias de España, Marcial Pons, Madrid, 2004.
Madariaga, María Rosa, España y el Rif, Crónica de una historia casi olvidada, La Biblioteca de Melilla, Melilla, 2000.
Martín Corrales, Eloy, «El nacionalismo catalán y la expansión colonial española en Marruecos: de la guerra de África a la entrada en vigor del Protectorado (1860-1912)» en Eloy Martín Corrales, (ed.), Marruecos y el colonialismo español (1859-1911), Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002, pp. 167-215.
Martín-Márquez, Susan Desorientaciones. El colonialismo español en África y la performance de identidad, Edicions Bellaterra, Barcelona, 2011.
Martínez Antonio, Francisco Javier, La otra guerra de África. Cólera y conflicto internacional en la olvidada expedición militar de Francia a Marruecos de 1859, Ciudad Autónoma de Ceuta. Archivo General de Ceuta, 2010.
Martínez Gallego, Francesc. A., Conservar progresando: la Unión liberal (1856-1868), Centro Francisco Tomás y Valiente. UNED Alzira-Valencia, Valencia, 2001.
Martínez Gallego, Francesc. A., «Entre el Himno de Riego y la Marcha Real: la Nación en el proceso revolucionario español» en Manuel Chust (ed.) Revoluciones y revolucionarios en el mundo hispano, Universitat Jaume 1, Valencia, 2000, pp. 115-172.
Moliner Prada, Antonio, «La guerra de África (1859-1860) y el proceso de nacionalización en Cataluña», Trienio, 73 (2019), pp. 5-30.
Moreno Luzón, Javier y Núñez Seixas, Xosé M., Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea, Tecnos, Madrid, 2017.
El Mundo Pintoresco, 29.10.1859.
Palomo, María del Pilar, Introducción a Pedro Antonio de Alarcón, Diario de un testigo de la guerra de África, Fundación José Manuel Lara, Córdoba, 2005, pp. VII-LXXXV.
Pastor Comín, Juan José, «El conflicto con Marruecos en la música española» en Francisco Alía Miranda (coord.), La Guerra de Marruecos y la España de su tiempo (1909-1927), Sociedad Don Quijote de Conmemoraciones Culturales de Castilla, Ciudad Real, 2009, pp. 195-222.
Pérez Núñez, Javier, «Rafael del Castillo Cuesta y la Guerra de África (1859-1860): al servicio de la nacionalización de la Unión Liberal», Rúbrica Contemporánea, 25, (2023), pp. 103-122.
Pérez Núñez, Javier, «Fernán Caballero y la guerra de África (1859-1860). En la senda del primer nacional-catolicismo desde la alteridad» en Carmen de la Guardia Herrero y Pilar Toboso Sánchez, Identidades en movimiento. Itinerarios transnacionales y transformaciones culturales (siglos XIX y XX), Comares, Granada, 2024, pp. 109-130.
Pérez Vejo, Tomás, España imaginada. Historia de la invención de una nación, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015.
Redondo Penas, Alfredo, Guerra d'Africa (1859-1860). Els 466 del general Prim, Cossetania Edicions, Valls, 2008.
Reyero, Carlos, La pintura de historia en España. Esplendor de un género en el siglo XIX, Cátedra, Madrid, 1989.
Reyero, Carlos, Monarquía y Romanticismo. El hechizo de la imagen regia, 1829-1873, Siglo XXI, Madrid, 2015.
Rodríguez Esteller, Omar, «La intervención española de las aduanas marroquíes» en Eloy Martín Corrales (ed.), Marruecos y el colonialismo español (1859-1911), Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002, pp. 79-131.
Salgues, María, Teatro patriótico y nacionalismo en España: 1859-1900, Prensas Universitarias, Zaragoza, 2010.
San Narciso Martín, David, «¿Una familia real en el trono de España? Ritualidad política y ceremonias dinásticas en la construcción del Estado liberal (1833-1868)», Hispania, 262 (2019), pp. 359-387.
Sánchez Mejía, María Luisa, «Barbarie y civilización en el discurso nacionalista de la guerra de África (1859-1860)», Revista de Estudios Políticos, 162, (2013), pp. 39-67.
Seoane, María Cruz, y Saiz, María Dolores, Historia del periodismo en España. 2. El siglo XIX, Alianza Editorial, Madrid, 1996.
Serralonga Urquidi, Joan, «La guerra de África (1859-1860). Una revisión». Ayer, 29 (1998), pp. 139-159.
Serralonga Urquidi, Joan, «La guerra de Africa y el cólera (1859-60)», Hispania, LXII1/1, 198 (1998), pp. 233-260.
Smith, Ángel, Los orígenes del nacionalismo catalán, 1770-1898, Marcial Pons, Madrid, 2019.
Thiesse, Anne-Marie, La creación de las identidades nacionales. Europa: siglos XVIII-XX, Ezaro, Madrid, 2010.
Vanaclocha, Francisco J. «Militarismo e ideología militar» en Hugo O'Donnell y Duque de Estrada (dir.), Historia Militar de España, Miguel Artola (coord.), IV Edad Contemporánea 1. Siglo XIX, Ministerio de Defensa, Madrid, 2015, pp. 393-422.
© 2024. This work is published under https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0 (the “License”). Notwithstanding the ProQuest Terms and Conditions, you may use this content in accordance with the terms of the License.