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Es el caso de Noche de agua, del poeta Sergio Mansilla Torres, cuya primera edicién data de 1986, un libro, por tanto, cercano ya a las cuatro décadas de plena vigencia. Restituir al presente obras de larga vida implica un pacto: el desafio de repensar los modos en que el texto se manifiesta ante un nuevo escenario social, político y estético. Significativamente, leo esto en el poema «Tiempo»: «Tiempo tiempo tiempo de mis pasos y mi carreta, / lleva el nombre de esta amplitud bulliciosa en el mar / a la última morada de los mortales; [...] / como un pájaro ciego sin viento, / a través de los días y los ríos errantes / de la tierra de Chiloé» (p. 29). Una especie de territorio fractal en tanto casa flotante. O Chiloé como un gran palafito, como palitos de fósforos milagrosamente sostenidos entre las movedizas entrañas de las aguas marinas que van y retornan con la Luna. Desplegándose en el inconsciente esa imagen condicionalmente aislada de todo Chile, más allá o más acá de los propios limes geográficos de Chiloé. Y no solo por los últimos y múltiples acontecimientos políticos fallidos, sino también por la posibilidad representativa del país en un contexto global, cuando las catástrofes proliferan (guerras, hambre, megasequías, etc.). Sobre esto último, un poema ejemplar es «La barca»: «He aquí que la furia del tiempo / me ha dejado a la miseria junto al mar; / mi llamado lúgubre lo desordena el viento en la noche / como si fueran cabellos de mujer encinta. / Y sobre el agua solo se divisa el reflejo / de un miserable menguante que no es de nosotros. / ¿Vendrá la barca esta noche? / Esperándola estoy con los codos en el acantilado» (p. 39).