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Basta leer el título del libro que ahora presentamos?, Psiquiatría y cultura, para que, al instante, asome una pregunta que puede servirnos de guía: ¿qué relación podría haber entre la psiquiatría y la cultura? ¿Acaso la psiquiatría no aspira a describir un fenómeno que pertenece al plano de la naturaleza, a la realidad físico natural que nos constituiría, en tanto la cultura designaría lo que está distante de ella hasta el extremo de negarla envolviéndonos en ensoñaciones y ficciones que nos harían olvidar la tosca realidad que nos constituye? Para el profesor Otto Dorr, cuyo libro ahora celebramos, el ejercicio de la psiquiatría es inescindible del estudio de las humanidades, una forma indispensable de ahondar en los fenómenos de los que, en tanto psiquiatra, se ocupa, motivo por el cual este libro, en el que encontramos trabajos sobre Goethe, Rilke o Kierkegaard, junto a estudios sobre la melancolía o la bulimia, la angustia o el encuentro con Dios en el mito y la locura, es en rigor un libro de psiquiatría, puesto que la psiquiatría, cabría insistir, tal cual la concibe el profesor Otto Dorr es inescindible de una comprensión acerca de la existencia humana y la especial índole que la constituye. Pero ¿en qué consistiría la existencia humana para que comprenderla, ayudarla en sus tribulaciones y en sus padecimientos, exigiera esta particular sensibilidad hacia la literatura y las humanidades y hacia el conjunto de la esfera de la cultura que es, bien mirado, lo que caracteriza el quehacer y la brillante trayectoria intelectual de Otto Dorr? Un trabajo contenido en este libro -en realidad podría ser cualquiera, pero hay uno especialmente idôneo- nos puede asistir en el intento de comprender en qué consistiría la existencia, ayudándonos a asomarnos a la forma en que Otto Dorr concibe la psiquiatría, y a explicar por qué este libro no es simplemente la obra de un médico excepcionalmente culto, de alguien que haciendo un alto en su quehacer científico se distrae leyendo alta cultura, sino el resultado de quien concibe la condición humana de una forma que hace imprescindible familiarizarse con la poesía y la literatura para llegar a comprenderla en lo que a veces son sus meandros más dolorosos e inquietantes. Ante todo, explica el profesor Dorr, la angustia parece ser el resultado de una carencia de piso, de la ausencia de una plataforma familiar desde la cual enfrentar el mundo, que nos invade y nos anega hasta configurar una experiencia desoladora. Habitualmente, en lo que los fenomenólogos llaman una actitud natural, los seres humanos desenvolvemos nuestra vida desde la familiaridad con otros seres humanos y las cosas en derredor. No desenvolvemos nuestra vida en medio de la naturaleza desnuda, o, si se prefiere, en medio del espacio inconmensurable, sino que vivimos en medio de un ámbito aparte donde imperan categorías que son dependientes, por decirlo así, de nuestro ánimo, de nuestra subjetividad: las cosas que nos rodean nos son próximas o lejanas, distantes o cercanas, familiares o extrañas, amistosas u hostiles; pero en cualquier caso el mundo circundante nunca comparece ante nosotros, cuando vivimos en esa actitud natural, como algo nudo, desprovisto de significación, carente de esas particulares envolturas que nos lo hacen experimentar lo casi como una extensión nuestra. Pues bien ¿cómo podría ayudarse al melancólico o al neurótico o a quien padece esquizofrenia, en quienes hemos de suponer que esa característica de la condición humana se vivencia de un modo peculiar, sin comprender esa particularidad de la existencia que en ellos se realiza de un modo agudizado y que muestran las páginas de la literatura y las creaciones de la cultura en su conjunto?
OTTO DORR, Psiquiatria у cultura. Articulos у ensayos escogidos, Ediciones Universidad Diego portales, Santiago de Chile, 2024, 308 pp., ISBN: 978-956-314-591-5.
Basta leer el título del libro que ahora presentamos?, Psiquiatría y cultura, para que, al instante, asome una pregunta que puede servirnos de guía: ¿qué relación podría haber entre la psiquiatría y la cultura? ¿Acaso la psiquiatría no aspira a describir un fenómeno que pertenece al plano de la naturaleza, a la realidad físico natural que nos constituiría, en tanto la cultura designaría lo que está distante de ella hasta el extremo de negarla envolviéndonos en ensoñaciones y ficciones que nos harían olvidar la tosca realidad que nos constituye?
Esas preguntas ocultan un malentendido frecuente que, en ocasiones, se infiltra incluso en la profesión médica: la idea de que la corporalidad del ser humano sería un objeto quiescente, cuyos padecimientos se configuran de una manera que es totalmente independiente de la conciencia del que los padece, y que, a su turno, los padecimientos mentales o, si ustedes prefieren, las enfermedades mentales, serían también un precipitado de fenómenos físico naturales solo que habría algunos de ellos que por escaparse por ahora a nuestro conocimiento, nos serían todavía extraños. Este punto de vista, al que podemos considerar un malentendido frecuente, alcanzó incluso a un autor cuyas preocupaciones intelectuales parecían estar muy lejos de ese positivismo rampante al que acabo recién de aludir. Freud, en efecto, a fines del XIX, en el proyecto de una psicología para neurólogos, sugirió que llegaría un día en que los problemas del alma o del inconsciente podrían estar al alcance de una descripción que nos permitiera comprender hasta qué punto las alteraciones del ánimo eran función de la economía neuronal como en ocasiones la llamó. Y Kraepelin, a quien debemos magníficas descripciones de los síntomas de algunos desórdenes mentales, siempre creyó que estaban a la espera que se develara el fundamento físicobiológico que permitiría resolverlos. Para estos puntos de vista, por supuesto, la cultura puede ser aditamento del psiquiatra, una forma de erudición, que lo distrae y aligera la existencia, pero sin contribuir a la comprensión de los problemas de los que, en tanto médico, se ocupa.
Pero, desde luego, no es ese el punto de vista del profesor Dorr. Para el profesor Otto Dorr, cuyo libro ahora celebramos, el ejercicio de la psiquiatría es inescindible del estudio de las humanidades, una forma indispensable de ahondar en los fenómenos de los que, en tanto psiquiatra, se ocupa, motivo por el cual este libro, en el que encontramos trabajos sobre Goethe, Rilke o Kierkegaard, junto a estudios sobre la melancolía o la bulimia, la angustia o el encuentro con Dios en el mito y la locura, es en rigor un libro de psiquiatría, puesto que la psiquiatría, cabría insistir, tal cual la concibe el profesor Otto Dorr es inescindible de una comprensión acerca de la existencia humana y la especial índole que la constituye.
Pero ¿en qué consistiría la existencia humana para que comprenderla, ayudarla en sus tribulaciones y en sus padecimientos, exigiera esta particular sensibilidad hacia la literatura y las humanidades y hacia el conjunto de la esfera de la cultura que es, bien mirado, lo que caracteriza el quehacer y la brillante trayectoria intelectual de Otto Dorr?
Un trabajo contenido en este libro -en realidad podría ser cualquiera, pero hay uno especialmente idôneo- nos puede asistir en el intento de comprender en qué consistiría la existencia, ayudándonos a asomarnos a la forma en que Otto Dorr concibe la psiquiatría, y a explicar por qué este libro no es simplemente la obra de un médico excepcionalmente culto, de alguien que haciendo un alto en su quehacer científico se distrae leyendo alta cultura, sino el resultado de quien concibe la condición humana de una forma que hace imprescindible familiarizarse con la poesía y la literatura para llegar a comprenderla en lo que a veces son sus meandros más dolorosos e inquietantes.
Se trata del texto que trata de la angustia.
Hay pocas experiencias humanas más frecuentes que ella y por eso detenerse en este texto para asomarse a lo que la constituye podría mostrarnos lo que tiene de peculiar la existencia.
Ante todo, explica el profesor Dorr, la angustia parece ser el resultado de una carencia de piso, de la ausencia de una plataforma familiar desde la cual enfrentar el mundo, que nos invade y nos anega hasta configurar una experiencia desoladora. Habitualmente, en lo que los fenomenólogos llaman una actitud natural, los seres humanos desenvolvemos nuestra vida desde la familiaridad con otros seres humanos y las cosas en derredor. No desenvolvemos nuestra vida en medio de la naturaleza desnuda, o, si se prefiere, en medio del espacio inconmensurable, sino que vivimos en medio de un ámbito aparte donde imperan categorías que son dependientes, por decirlo así, de nuestro ánimo, de nuestra subjetividad: las cosas que nos rodean nos son próximas o lejanas, distantes o cercanas, familiares o extrañas, amistosas u hostiles; pero en cualquier caso el mundo circundante nunca comparece ante nosotros, cuando vivimos en esa actitud natural, como algo nudo, desprovisto de significación, carente de esas particulares envolturas que nos lo hacen experimentar lo casi como una extensión nuestra. Pero, en ocasiones, esa familiaridad no nos es dada espontánea o irreflexivamente y entonces la realidad se experimenta como un vacío, una nada, y la angustia nos invade que es lo que ocurriría, por ejemplo, al fóbico. La fobia, explica el profesor Dorr, no sería pues un desajuste, llamémosle físico, sino una forma de experimentar la desnudez del mundo y la total indigencia de quien lo habita; sería la experiencia de retroceder hasta ese momento donde de pronto se revela la inanidad de lo que tenemos por familiar y por seguro. Es lo que ha señalado, dicho sea de paso, Peter Sloterdijk cuando ha sugerido que el ser humano necesita desenvolver su existencia en esferas, en un mundo aparte y suficiente donde alojarse y sentirse en casa. Advertir la presencia de la esfera, y advertir que nada la rodea, sería lo que ocurriría al agorafóbico. Es lo que Sartre describe en su famosa novela como la náusea: la certeza física, dice, de que algo no anda bien.
Pero hay todavia otra dimensión de la angustia que el profesor Dorr destaca, sirviéndose de las averiguaciones de Heidegger. Para Heidegger, un autor que Dorr conoce al revés y al derecho, los seres humanos viven envueltos en un mundo con el que se relacionan en actitud pre-reflexiva. Con toda naturalidad tienen trato con las cosas a la mano, con las personas en derredor, como si nos desenvolviéramos acunados por una malla de significados que nos adormilan y a la vez nos orientan en nuestros quehaceres. Pero detrás de esa malla que nos aligera la existencia permitiéndonos deslizarnos sin sobresaltos en el tiempo, se encuentra la certeza de la muerte que de pronto se nos hace patente y despoja de sentido a todas esas cosas, dejándonos, por decirlo así, a la intemperie. La angustia, explica Heidegger, desemboza o desenmascara la inhospitalidad del mundo. Pues bien ¿cómo podría ayudarse al melancólico o al neurótico o a quien padece esquizofrenia, en quienes hemos de suponer que esa característica de la condición humana se vivencia de un modo peculiar, sin comprender esa particularidad de la existencia que en ellos se realiza de un modo agudizado y que muestran las páginas de la literatura y las creaciones de la cultura en su conjunto?
Otro ejemplo notable de la forma en que la particularidad de la existencia se nos revela en las tribulaciones y en el padecimiento de que se ocupa el psiquiatra - de manera que este último debe comprender a la primera para aligerar el sufrimiento que causan los segundos-se encuentra en la anorexia y la bulimia de los que se ocupa otro de los ensayos de este libro y donde se llama la atención acerca de la sorprendente contemporaneidad de esos padecimientos. ¿A qué se debería que la anorexia y la bulimia sean padecimientos específicamente modernos o posmodernos?
Lo que ocurriría, observa el profesor Dorr, es que la modernidad sería el imperio de la imagen, una idea que se encuentra en un famoso ensayo de Heidegger -incluido en Holzwege- llamado "La época de la imagen del mundo". En nuestra época el mundo circundante es medido, calculado y manipulado con desdén de su realidad intrínseca, la que, en cambio, es sustituida por su representación matemática o de otra índole: el mundo en torno, la naturaleza, el propio ser humano, es sometido a los designios del individuo. El ser humano como sujeto y el mundo como objeto a discreción suya, tal es la imagen de la modernidad. Siendo así no es raro que el individuo acabe sometiéndose y manipulándose a sí mismo con los medios técnicos de que dispone y olvidando, dice en uno de los ensayos el profesor Dorr -citando una de las elegías de Rilke-, que no hay mundo sino dentro y que todo lo externo se desvanece. ¿Acaso, pregunta Dorr, no es eso lo que ocurre a quien padece anorexia, que acaba concibiendo su propio cuerpo como un artificio al servicio de una imagen que lo subordina, una cosa separada del yo que deja, entonces, de ser un sujeto encarnado para ser una corporalidad que se esmera vanamente por construirse o desconstruirse a sí misma?
Bastan esos dos ejemplos para comprender por qué en la vida y en la trayectoria intelectual de Dorr se entrelazan, hasta casi confundirse, la literatura y la psiquiatría. Y es que si, como vengo diciendo, la psiquiatría ha de vérselas con las tribulaciones de la existencia, para la comprensión de esta última es imprescindible el conocimiento de la poesía y de la literatura que no son, como a veces se cree, géneros que nos distraen y aligeran la vida, distracciones en las que cada tiempo nos internamos, sino, en cambio, formas de elucidar lo que somos, las únicas formas genuinas de asomarnos a la problematicidad de la existencia que se revela -y este es otro aspecto que este libro enfatiza- en la palabra. La palabra, oral o escrita, a la vez nos constituye y nos revela.
Por eso no es raro que la curación por la palabra siga siendo uno de los aspectos fundamentales de la psicoterapia como subraya este libro a propósito de la mayéutica socrática.
Por una de las investigaciones de Pedro Laín Entralgo sabemos que el arte de curar no siempre fue "arte mudo", para usar la expresión de Virgilio que se encuentra en la Eneida, como, sin embargo, lo ha sido para el positivismo. Basta examinar el Cármides de Platón, que este libro también recuerda y examina, para advertir que la cura por la palabra haya sido una convicción antigua que, sin embargo, de pronto corre el peligro de abandonarse. Es probable que ello se deba al hecho, hasta cierto punto paradójico, de que lo que hoy llamamos psiquiatría sea un producto de la ilustración, un resultado del esfuerzo de la razón por comprenderse a sí misma y al sujeto en el que ella anida. Eso explicaría la preeminencia, durante bastante tiempo, de lo que los textos denominan somatismo, la idea de que la investigación neuroanatómica lograría echar luz sobre los trastornos anímicos, como lo creyó por ejemplo Kraepelin, quien sugería ante todo investigar la historia natural de la enfermedad, hasta configurar los manuales de hoy en los que se listan indicadores externos que permitirían detectar las enfermedades y curar los padecimientos mediante los fármacos adecuados. Es verdad que Kraepelin incluye en sus textos una pormenorizada descripción de actitudes y registros subjetivos, pero, como observa Jaspers, se trataba, en su opinión, de tareas pendientes que la experimentación permitiría dilucidar. La perspectiva fenomenológica, en cambio, que inspira a un autor como el profesor Dórr, supone que los estados mentales pueden estar determinados en última instancia neurológicamente; pero ello no logra explicar del todo los estados de conciencia, de manera que la psiquiatría no puede reducirse a la neuropatología, sino que requiere un esfuerzo de comprensión de la experiencia subjetiva del paciente, aprehender o asomarse, por decirlo así, a la experiencia biográfica de la enfermedad.
Por supuesto, uno de los primeros que hizo del enfoque fenomenológico una parte inescindible de la psiquiatría fue Karl Jaspers con su Psicopatología general y por eso no es de extrañar que otro de los capítulos de este libro esté dedicado a él y a su obra. La obra de Jaspers es de 1913 y en ella por vez primera se intenta acercar la psiquiatría a la fenomenología entendida filosóficamente y en ella destaca, ante todo, la sugerencia de Jaspers de separar los fenómenos subjetivos experimentados por los pacientes, de otros datos, por decirlo así, no psicológicos de sus dolencias; distinguir, sugiere Jaspers en ese texto magnífico, la conciencia vivida de la enfermedad de los datos objetivos que la acompañan. Y si bien Jaspers, como sabemos, abandonó la psicopatología para dedicarse a la psicología como paso previo a su quehacer filosófico, su obra influyó fuertemente en Heidelberg donde, por su parte, se formó el profesor Dorr bajo la guía, entre otros, de Hubertus Tellenbach.
Tellenbach, de quien trata uno de los ensayos más directamente personales de este libro empleó el método fenomenológico para estudiar la depresión, englobando en una sola categoría las diversas modalidades con que hasta entonces se la describía. La forma en que Tellembach aborda la depresión, a la que llama con una expresión clásica, melancolía, subrayando que una de sus características es el exceso de reflexión de la que resultaría una inhibición conductual, muestra hasta qué punto el método fenomenológico -atender a la experiencia vivida tal como comparece a la conciencia- puede iluminar parte de nuestra condición coincidiendo con lo que la observación de un humanista como Helvetius o Helvecio había formulado en el siglo XVII cuando dijo que los hombres más ingeniosos y reflexivos están a veces melancólicos, pero no son ingeniosos y reflexivos por ser melancólicos, sino al revés: son melancólicos porque piensan mucho.
El libro del profesor Dorr que ahora presentamos constituye el precipitado de una vida intelectual dedicada a la psiquiatría y a las humanidades, como la de Jaspers, la de Tellenbach o la de Laín Entralgo, y por lo mismo el acto que ahora realizamos no solo tiene por objeto celebrar la aparición de este libro suyo, sino que además debe tener el propósito de agradecerle al profesor Dorr haber contribuido, con los cientos si no miles de páginas que ha escrito, y que sin duda seguirá escribiendo, y en las decenas, sino cientos de discípulos que ha formado, a dilucidar la condición humana y habernos ayudado a quienes lo leemos o lo escuchamos o a quienes han tenido la suerte de ser alumnos suyos, a comprender la problematicidad de la existencia mediante ese esfuerzo sin fin que encontramos en la psiquiatría, la literatura y en las humanidades, y gracias al cual al leer una línea de un poema o escuchar el discurso de un enfermo, podemos siquiera algunas veces asomarnos a lo que somos.
1 Agradecemos al profesor Carlos Peña su gentileza para reproducir aquí su texto de presentación del libro Psiquiatría y cultura. Artículos y ensayos escogidos, de Otto Dorr.
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