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El poblado para trabajadores de la primera planta nuclear española, erigida en la desértica región de la Alcarria, está deshabitado desde 2006. Con parte de la instalación derribada, los restos del poblado anexo proyectado por Antonio Fernández Alba comienzan a recibir una densa y frondosa vegetación que define una suerte de oasis. Este artículo explora las estrategias utilizadas por el arquitecto para conformar este conjunto, que no solo contrasta físicamente con el paisaje desértico, sino que también, en el plano metafórico, permite explorar una forma de entender las ruinas en el presente, como excusa para conservar la memoria. Frente a una idealizada narrativa que pretende demoler este oasis para devolver un estado del paisaje inexistente y carente de valores, como si dicho conjunto nunca hubiera existido, este artículo trata de construir una historia paralela que añade complejidad a esta obra en un momento en el que su futuro se presenta incierto.