Headnote
Resumen | la transición democrática iniciada a principios de la década de 1980 en Argentina planteó nuevos desafíos para el periodismo político. El presente artículo se interroga por las las tradiciones del oficio y los modelos de periodismo que movilizaron diferentes publicaciones periódicas en este proceso; analiza la manera en que la renovación del campo periodístico fue promovida por publicaciones de circulación restringida que luego alcanzaron un público más ampliado, entre las cuales se destacaron El Porteño y El Periodista de Buenos Aires. La indagación se basa en una estrategia teórico-metodológica de tipo sociohistórica que recurre a técnicas de investigación como el análisis de contenido de archivos de prensa, la realización de entrevistas semiestructuradas a periodistas y editores y la reconstrucción de las trayectorias profesionales. El estudio destaca el rol que jugaron estas publicaciones en la reincorporación del "nuevo periodismo" de los años sesenta y setenta del siglo XX a través de sus principales plumas desde un estilo reflexivo y analítico que recurre a figuras literarias. Ambas publicaciones constituyeron puntas de lanza del régimen democrát co y de la defensa de los derechos humanos desde un modelo del periodismo al que concebimos como "compromiso ciudadano". Con ello, el presente trabajo contribuye al estudio de las reconfiguraciones del campo periodístico en el marco de la restitución democrática.
Palabras clave | transición democrática; periodismo político; nuevo periodismo; derechos humanos; campo periodístico; Argentina; siglo XX.
Abstract | the democratic transition initiated in Argentina in the early 1980s posed new challenges for political journalism. This article examines the traditions of the profession and the models of journalism that various periodical publications mobilized during this process. It analyzes how the renewal of the journalistic field was promoted by publications with limited circulation, which later reached a broader audience, among which El Porteno and El Periodista de Buenos Aires stood out. The inquiry is based on a sociohistorical theoretical-methodological strategy that employs research techniques such as content analysis of press archives, semi-structured interviews with journalists and editors, and the reconstruction of professional trajectories. The study highlights the role these publications played in the reintegration of the "new journalism" of the 1960s and 1970s through their main writers, adopting a reflective and analytical style that utilizes literary figures. Both publications served as spearheads for the democratic regime and the defense of human rights from a journalism model that we conceive as one of "citizen commitment." Thus, this work seeks to contribute to the study of the reconfigurations of the journalistic field in the context of democratic restoration.
Keywords | democratic transition; political journalism; new journalism; human rights; journalistic field; Argentina; 20th century.
Resumo | a transição democrática iniciada na Argentina no início da década de 1980 apresentou novos desafios para o jornalismo político. Este artigo examina as tradições da profissão e os modelos de jornalismo que várias publicações periódicas mobilizaram durante esse processo. Analisa como a renovação do campo jornalístico foi promovida por publicações de circulação limitada, que mais tarde alcançaram um público mais amplo, entre as quais se destacaram El Porteño e El periodista de Buenos Aires. A investigação baseia-se numa estratégia teórico-metodológica de tipo sócio-histórica que utiliza técnicas de pesquisa como a análise de conteúdo de arquivos de imprensa, entrevistas semiestruturadas com jornalistas e editores, e a reconstrução de trajetórias profissionais. O estudo destaca o papel que essas publicações desempenharam na reintegração do "novo jornalismo" das décadas de 1960 e 1970 através dos seus principais escritores, adotando um estilo reflexivo e analítico que recorre a figuras literárias. Ambas as publicações serviram como pontas de lança do regime democrático e da defesa dos direitos humanos, a partir de um modelo de jornalismo que concebemos como de "compromisso cidadão". Assim, este trabalho pretende contribuir para o estudo das reconfigurações do campo jornalístico no contexto da restauração democrática.
Palavras-chave | transição democrática; jornalismo político; novo jornalismo; direitos humanos; campo jornalístico; Argentina; século XX.
(T1) Introducción
Con la transición hacia la democracia de los primeros años de la década de 19801, el campo del periodismo argentino se encontró frente a un nuevo escenario. En la Argentina, los grandes mediosde comunicación no ejercieron el rol de impulsores del retorno de este régimen político. Frente a ello, emprendimientos periodísticos como las revistas El Porteño y El Periodista de Buenos Aires ocuparon ese espacio vacante. En principio orientadas a un público restringido, pero que luego fue ampliado, devinieron en referentes para un sector del campo periodístico2 y contribuyeron a recomponer la legitimidad social de la prensa.
Abanderadas con las consignas de la democracia y la defensa de los derechos humanos, estas revistas cercanas al polo intelectual reunieron a la generación de periodistas que regresaba del exilio tras la censura y la persecución política de la última dictadura (1976-1983) y a la camada de nuevos ingresantes que encontraron en ellas una puerta de entrada para sumarse al oficio. Con la recuperación y reactualización de tradiciones periodísticas de las décadas de 1960 y 1970, desde estos espacios se gestó un proceso de renovación del campo periodístico que tendió al desarrollo de un estilo interpretativo, analítico y de opinión, contrapuesto al estilo informacional dominante en los grandes medios3. A su vez, el tipo de subjetivación del lenguaje que impulsaba el estilo interpretativo se conjugó con la creciente reinstauración de la firma como un modo de individualización y jerarquización profesional -condensado, particularmente, en la figura del columnista-, diferenciado del periodismo anónimo practicado hasta los años ochenta en la prensa masiva4. Esta práctica, que individualiza a los periodistas como autores5, tiene sus orígenes en la figura del periodista-literato desarrollada desde fines del siglo XIX y durante el siglo XX en las revistas político-intelectuales6. En la década de 1970, mientras la prensa gráfica masiva con unestilo profesionalista había optado por un perfil anónimo, esta práctica fue recuperada por el diario La Opinión, uno de los principals exponentes de la corriente innovadora en el campo periodístico durante aquellos años. Asimismo, es deudora de un modelo profesional inspirado en la corriente del "nuevo periodismo", el cual hallaba en las competencias literarias un criterio de distinción y jerarquización condensado en la figura de "la pluma"7. Esta última se vincula al desarrollo de un periodismo políticamente comprometido, en el que la excelencia profesional se funda tanto en la buena prosa como en la capacidad de sostener una línea editorial a través de la construcción de un "metadiscurso de la actualidad que privilegia la expresión de opiniones"8
Estra trabajo se inscribe así en la tradición del análisis de las revistas político-culturales, el cual cuenta con un amplio desarrollo en la Argentina. Entre los diferentes aportes cabe destacar el estudio Badenes sobre el perfil de estas publicaciones desde mediados del siglo XX hasta la actualidad. El autor define a estos emprendimientos "sin patrón como independientes, orientadas sobre todo por la vocación de intervención política y cultural más que por el rédito comercial9. A su vez, las investigaciones sobre El Porteño10, El Periodista de Buenos Aires11 y su principal antecedente, la Revista Humor12, dan cuenta del desarrollo de este perfil en estas publicaciones a través, sobre todo, del análisis de la composición de su redacción, de su presentación gráfica y en las posiciones críticas con las que intervinieron en el debate público sobra las principales problemáticas de la transición democrática.
Este trabajo complementa la vasta bibliografía sobre el tema analizando un aspecto menos explorado, vinculado a las tradiciones periodísticas y los modelos de periodismo que fueron revalorizadas por estas revistas, en particular por El Porteño y El Periodista de Buenos Aires.
Nuestra hipótesis es que, durante la transición hacia la democracia y a lo largo de la década del ochenta, se desarrolló en estas publicaciones un tipo de periodismo al que denominamos de "compromiso ciudadano"; este compromiso posicionaba a los periodistas como promotores y garantes del proyecto democrático. Así, el desarrollo de un estilo anclado en la crítica subjetiva, vinculado a la tradición del "nuevo periodismo", se conjugó con una apuesta política "progresista" que signó su línea editorial e impactó en el campo periodístico en su conjunto.
Siguiendo las premisas de la sociohistoria13, la presente investigación recurre a los métodos de investigación propios de la historiografía y a aquellas conceptualizaciones y técnicas desarrolladas por la sociología. En función de ello, el artículo se asienta en métodos y técnicas de investigación plurales, que combinan el estudio de archivos de prensa, la realización de entrevistas semiestructuradas a periodistas y editores y la reconstrucción de trayectorias profesionales. La técnica de entrevistas no fue un método complementario de recopilación de información, sino, por el contrario, una estrategia de indagación central. En efecto, por una parte, acorde con los objetivos de la perspectiva sociohistórica, las entrevistas nos permitieron restituir, desde un discurso desplegado en el presente, prácticas y situaciones de interacción informales que tuvieron lugar en el pasado, a las que no habría sido posible acceder de otro modo que no fuera por el relato de sus protagonistas. Por otra parte, al tratarse de la reconstrucción de sus historias de vida, esta estrategia nos permitió analizar el modo en que estos actores restituyen su pasado social a través de la constitución de un relato, con pretensiones de coherencia y unicidad, que busca dar cuenta de su identidad y su posición social en el presente14. Para evitar la "ilusión biográfica"15 y no reificar a estas figuras como individualidades descontextualizadas de sus condiciones de emergencia, promoción y desarrollo, se recurrió a un conjunto de fuentes de archivos y relatos de diferentes actores que pudieran dar cuenta de las diferentes perspectivas sobre los mismos procesos.
(?) Las revistas de la transición democrática: la apuesta por el "compromiso ciudadano"
La apertura política iniciada a principios de la década de los ochenta y, luego, la reconstrucción de la democracia a partir 1983 modificaron drásticamente el escenario del periodismo. En los últimos años del último régimen dictatorial, tras el derrocamiento del general Viola a fines de 1981, se inició un proceso de descomposición del poder militar, producto sobre todo de la crisis económica y de las disputas internas entre las Fuerzas Armadas16. Tanto las agrupaciones políticas como los sindicatos y los organismos de derechos humanos, con una activa iniciativa opositora, supusieron tensiones para la dictadura. Debido a los desafíos de estos actores y los propios conflictos internos del régimen autoritario, se produjo una paulatina reducción de la censura durante este último período. No obstante, en este nuevo escenario de relativa apertura, los diarios masivos y de referencia, entre ellos Clarín, La Prensa y La Nación, no fueron una de las instituciones quepromovieron la salida democrática17. La rápida y vertiginosa caída del régimen militar, tras la derrota de la Guerra de Malvinas18, más bien los encontró en una posición desventajosa. Las coberturas mediáticas que habían reproducido sin cuestionar las versiones oficiales de carácter "triunfalista" sobre aquel litigio se vieron radicalmente contestadas, una vez que el resultado se dio a conocer19. El desprestigio por la tergiversación de los hechos afectó a la televisión en particular; lo que otorgó a los medios gráficos, acusados de connivencia con el régimen, un tiempo para revertir los efectos negativos sobre su credibilidad. De ese modo, los diarios de mayor tirada se sumaron al proceso democrático una vez que este estuvo consumado20 y desde sus páginas siguieron el derrotero de la recién restituida vida política.
Otro rol fue el asumido por una serie de nuevas publicaciones provenientes de espacios periféricos respecto a los periódicos masivos y tradicionales, que lideraban entonces el mercado de la prensa. Orientadas en un principio a un público restringido que luego se fue ampliando, lograron constituirse como espacios de referencia para un sector del campo periodístico. Uno de los elementos distintivos de estas publicaciones, surgidas a principios de los ochenta, es la apuesta por el sistema democrático y la defensa de los derechos humanos21. Sus exponentes fueron las revistas El Porteño y El Periodista de Buenos Aires, esta última heredera de la revista Humor, una publicación orientada hacia el humor gráfico que hizo cada vez más explícita su disidencia con la dictadura y que, en los años de la transición, incorporó cada vez más columnas periodísticas "serias", que operaron como el fundamento de su sucesora22. Tanto en El Porteño como en El Periodista de Buenos Aires se reencontraron muchos de los periodistas exiliados y aquellos que habían permanecido en el ostracismo en el país, quienes habían participado en distintos emprendimientos innovadores o de la prensa militante durante los sesenta y setenta. Esta generación compartía la apuesta por un periodismo inquisitivo, reflexivo, analítico y comprometido con el devenir del país, y encontraba en la figura de Rodolfo Walsh a uno de sus principales modelos, en especial en torno a su práctica de un periodismo de resistencia y de denuncia del accionar del terrorismo de Estado durante la dictadura. También su figura remitía a la tradición del "nuevo periodismo" en la Argentina, la cual se había desarrollado con anterioridad a que el fenómeno se consolidara en las décadas del sesenta y setenta en el periodismo estadounidense23.
En estos espacios se evidencia, a su vez, la permanencia y reactualización de aquella forma de reputación y notoriedad -promovida por el nuevo periodismo- vinculada al modelo de la pluma y a la figura del columnista comprometido. En efecto, la incorporación de las firmas ya consagradas a la redacción o como colaboradores de las revistas fue un elemento decisivo para constituir la credibilidad de estos noveles emprendimientos, lo cual explica en parte su éxito y repercusión. Para estas publicaciones, la firma -retomada como una práctica innovadora desde la dirección de La Opinión durante los primeros años de los setenta- se convirtió en una forma de transferencia de autoridad y prestigio de estas plumas al medio en el nuevo contexto sociopolítico.
La emergencia de estas publicaciones responde a las necesidades de un público particular. Debido a su carácter de emprendimientos de circulación restringida, su público comprende a sus propios pares -en búsqueda de referencias en términos de identidad profesional- y a sectores artísticos e intelectuales y de clase media informada -en búsqueda de referencias políticas y culturales- frente a las incertidumbres que planteaba la transición democrática. Ávidos de análisis políticos, tales públicos, que pueden englobarse dentro del marco autodenominado como "progresista", también compartían con los productores de estas publicaciones una suerte de ilusión colectiva por la democracia. Como se condensó en el título de una recopilación de uno de los más lúcidos sociólogos de la época, el "tiempo de la política"24 había llegado y, con él, el debate de ideas afloraba desde diferentes espacios.
Tanto El Porteño y El Periodista como otras publicaciones25 aparecidas en aquellos años ocuparon, dentro del espectro periodístico, ese espacio vacante que se abría con la transición democrática y que los medios tradicionales no estaban en condiciones o no tenían la voluntad de ocupar. Los noveles emprendimientos pretendían elaborar nuevos esquemas interpretativos para revisar el autoritarismo y las posturas políticas del pasado, así como también reconstituir un periodismo que estuviera a la altura de los desafíos que planteaba la vida política nacional argentina. Estas publicaciones eran así la expresión de formaciones periodísticas, cuyas relaciones interpersonales se habían tejido en las experiencias profesionales y militantes de los sesenta y setenta, las cuales se ampliaron y consolidaron durante los años de resistencia a la dictadura a través de la constitución de redes de exiliados. Este pasado común aunaba sus expectativas respecto a la restitución de la democracia y conformó grupos de pertenencia que les permitió reinstalarse en el país y reingresar al ámbito periodístico. Atravesados por la experiencia del exilio, buena parte de estos periodistas -al igual que un importante grupo del campo intelectual26resignificaron sus compromisos políticos pretéritos, vinculados en la mayoría de los casos a tendencias revolucionarias de la izquierda o del peronismo, en términos de lo que denominamos compromiso ciudadano con la democracia. Desde una ética de la responsabilidad en sentido weberiano27, esta forma de compromiso político posicionaba a los periodistas en el rol de baluarte del recientemente instalado proyecto democrático y a estos emprendimientos periodísticos como sus puntas de lanza28.
Con una clara vocación de intervención pública, desde su prédica, estos periodistas debían cooperar e impulsar la democratización de la política y la sociedad, cuyo pilar se encontraba en la ejecución de la política de derechos humanos sostenida por el gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989). Con ese fin, además, debían evitar críticas que pudieran poner en jaque a un sistema político todavía amenazado por las presiones del poder militar y sus posibles intentos de golpe de estado. En este frágil equilibrio entre transformación política y resguardo de la gobernabilidad se encontraba esta postura de compromiso, en la cual los periodistas, en tanto que ciudadanos, se consideraban como actores partícipes de las luchas políticas. Estas luchas habían dejado de ser consideradas campos reales de batalla y se acercaban más a la noción, sugerida por Champagne29, de disputas simbólicas por la imposición de visiones del mundo.
(T2)El Porteño: la revista de la apertura cultural y política
Durante la última dictadura, frente al sustento que -por acción u omisión- los medios masivos le dieron al régimen militar, también lograron circular, pese a la censura, un conjunto de publicaciones artísticas, literarias y de cultura juvenil que conformaron un reducido espacio de resistencia cultural30. Desde ese espectro, en el ámbito intelectual se destacó la revista Punto de Vista, fundada en 1978, con una agenda vinculada a las humanidades, las ciencias sociales y la literatura31. Por otra parte, también fundado en el mismo año, el mensuario Humor Registrado constituyó un signo de resistencia a partir de la utilización de la sátira y la caricatura política comouna forma de expresión de la crítica32. A su vez, el periódico Nueva Presencia, fundado en 1977 como un desprendimiento del tradicional diario de la comunidad judía Di Presse, se orientó a un público joven y progresista y le dio lugar a las denuncias de las desapariciones de judíos causadas por el terrorismo de Estado33. Sin embargo, como afirma Varela34, en el marco de las imperantes políticas de censura, las posturas críticas que se erigían desde el mundo cultural y desde espacios periféricos del periodismo no se traducían necesariamente al mundo político; recién estas cobraron relevancia con el ocaso del régimen y el inicio de la transición democrática.
La circulación de estas publicaciones fue posible debido a que, a diferencia de otras áreas de persecución como las orientadas a combatir a las organizaciones "guerrilleras", políticas, sindicales y estudiantiles, la política de censura sobre el ámbito cultural no se basó en un plan sistemático. Aunque fueron realizadas acciones contundentes -desde el cierre de diversas publicaciones periódicas hasta la quema de libros de editoriales intelectuales- el régimen dictatorial no comprendía completamente las lógicas del campo cultural, con el que tenía escasos vínculos. Esto habilitó la posibilidad de circulación de publicaciones de tiradas pequeñas que no llegaban a los círculos del poder o cuyo mensajes no eran fácilmente descifrables, en las que además los autores, si firmaban, lo hacían con seudónimos. A su vez, en la relación de la dictadura con los medios de comunicación, puede establecerse una clara distinción entre una primera etapa de persecución y censura entre 1976 y 1980 y un segundo momento de quiebre del discurso monolítico que se acentuó después de la derrota en Malvinas en 1982 y que anunció la apertura democrática.
El Porteño fue una revista de tirada mensual que apareció en 1982 y se inscribió en este segundo momento de apertura política en el que la persecución política comenzó a reducirse. Es posible advertir en su estilo buena parte de las expresiones periodísticas, artísticas y literarias de las publicaciones que habían podido sortear hasta ese momento la censura. En efecto, la revista articuló esas variadas identidades contestatarias vinculadas al rock, la poesía y la literatura. A su vez, se caracterizó por ampliar esos espacios de expresión a partir de la introducción de temáticas vinculadas a los derechos humanos, ausentes en otros medios y que excedían a las problemáticas comúnmente rotuladas como "políticas": la cuestión indígena, la persecución y discriminación a los homosexuales, las condiciones de vida de los presos, entre otras. El fundador y director de El Porteño, Gabriel Levinas, un pintor que se propuso, desde la experiencia de una galería de arte abierta durante la dictadura, incursionar en el ámbito del periodismo, lo recuerda del siguiente modo:Yo pensé que se podía hablar más de lo que se estaba hablando (...). Que se podía intentar correr el límite un poco más (...). Este no era mi oficio, pero me di cuenta que se podía hacer algo más de lo que se estaba haciendo (...). No es que nadie lo hacía... Había alguna gente que lo hacía desde un punto de vista económico (...), había algunos que lo hacían solamente sobre algún aspecto de los derechos humanos y la represión, pero demasiado ligado al aspecto político. Había una visión limitada de los derechos humanos, referida sólo a cuestiones políticas.35
De la creación de este proyecto también participaron los periodistas y escritores Miguel Briante y Jorge Di Paola, quienes habían formado parte de las experiencias de las publicaciones de los años sesenta y setenta como Confirmado, Primera Plana, Panorama y La Opinión. Briante, un periodista-escritor reconocido en el mundo literario, tuvo un rol fundamental durante los primeros años de la revista, en los que ocupó el cargo de jefe de redacción. De hecho fue, junto a Di Paola, uno de los impulsores del estilo periodístico con el que innovó El Porteño: con una apuesta por el perfil interpretativo, proponía una mirada a la que calificaban de "antropológica" o "etnográfica" que, con recursos del relato narrativo, permitía reconstruir personajes y escenarios marginales o escasamente observados. Esta propuesta, que hacía hincapié en la transformación del periodismo desde sus formas de escritura, retomaba y reactualizaba varias de las tendencias inauguradas por las revistas de los años sesenta y setenta que, a su vez, dialogaban con la corriente del nuevo periodismo36:
En lo que éramos muy buenos era en la crónica, en meternos en territorios a narrar esas historias (...). Era meterse en el terreno de los indios y contar cómo viven los indios. Nosotros le poníamos el título de "Territorios" (...). Era relatar con una visión humana, eso tenía mucho que ver con la narrativa de Miguel [Briante], donde se enojaba mucho con los adjetivos. Él decía que si vos narrás la cosa adecuadamente no hace falta el adjetivo, el adjetivo lo pone el que lee, en su mente (...). Yo creo que en eso Briante fue capital.37
Con un perfil libertario y juvenil, que se condensaba también en la figura del escritor y periodista Enrique Symns -a cargo del suplemento Cerdos y Peces38 y también secretario de redacción- El Porteño se proponía como un proyecto de vanguardia cultural. Symns fue uno de los representantes a nivel local del "periodismo gonzo", un subgénero del nuevo periodismo que lleva al extremo el ideal de subjetivación de las noticias. Desde esta corriente, el periodista no solo debe adentrarse en el universo social que desea cubrir, sino que debe intervenir a través de preguntas incómodas e incluso asumir un comportamiento agresivo o imprevisible. El efecto disruptivo que busca generar este tipo de periodismo trata de develar lo socialmente oprimido o mostrar la impostura de los hábitos culturales burgueses39. Esta postura se asienta en una retórica sarcásticay combativa que presupone una "aversión militante hacia toda forma de autoridad"40. Aunque su circulación no era masiva, la influencia en el campo periodístico de las propuestas estilísticas del mensuario se explica, en gran medida, por su amplia recepción por parte de otros periodistas, quienes conformaban su público. En este sentido, en términos de Bourdieu41, aunque El Porteño no era una revista subterránea, sí puede ser leída como un exponente del campo de producción relativamente restringida de bienes simbólicos, cuya principal característica es la de producir para productores. Desde estos espacios, que tienen por objeto establecer criterios de legitimación propiamente culturales, las disputas por las formas estilísticas suelen primar por sobre las preocupaciones en torno a la función social de la actividad.
Sabíamos que todos los periodistas nos leían, que influíamos sobre el periodismo, no sobre la gente, sabíamos que teníamos influencia indirecta (...). Nosotros escribíamos para los que escriben, pero no porque nosotros nos propusimos eso (...). Pero sí, efectivamente, no había nadie que no hubiera leído las notas de El Porteño42
La revista, orientada en un comienzo al ámbito cultural, le dio cada vez más espacio a las problemáticas políticas que iban cobrando protagonismo en el espacio público. Frente a las escasas opciones entonces existentes, este espacio presentado como "contestatario" y "progresista" se convirtió en un foco de atracción para los periodistas que tenían una vocación de intervención política pero que no encontraban espacios de expresión en los grandes medios. La "politización" de la revista, expresada en particular a través de la incorporación de columnistas que escribían notas de opinión, también involucró una ampliación de su público que, a su vez, demandaba este tipo de análisis43. Una de las primeras y más notables incorporaciones de columnistas fueron las de referentes del mundo de las organizaciones de derechos humanos como Hebe de Bonafini, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, y Augusto Conte, uno de los fundadores del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). Levinas recuerda que:
La idea mía era realmente hacer una revista de base cultural, no política. Por supuesto, no podés hacer una revista cultural sin política, pero la idea era hacer una revista cuyo tronco fundamental sea la cultura (...). Pero apenas empezamos con la revista y se enteraron que Miguel Briante, [Jorge] Di Paola y demás estábamos haciendo una revista distinta, empezó a caer un montón de gente con notas que no podían publicar en ningún lado, con ideas que no podían publicar ni desarrollar en otros lados, y la presión fue tan grande que la revista se hizo mucho más política de lo que en realidad hubiese sido al inicio (...). La revista igual siempre tuvo un alto perfil cultural, pero aun así la política apareció.44
El Porteño se convirtió, de este modo, en un espacio de referencia para el mundo cultural y político que mostraba signos de activación en la etapa final del régimen militar. Un claro ejemplo de la repercusión que había alcanzado este medio ocurrió en agosto de 1983 con el atentado que sufrió la revista. Una bomba detonó en la redacción tras la publicación en tapa de una nota sobre los niños desaparecidos por la dictadura, en un contexto en el cual parte del arco político, con unafuerte presión desde las Fuerzas Armadas, discutía una posible amnistía para los militares. Luego del atentado, la revista recibió el apoyo de figuras del ámbito de la cultura que incluyó, entre otros, al célebre escritor Jorge Luis Borges45. Así lo recordaba uno de los colaboradores externos del mensuario, el entonces joven Luis Majul:
-Cuando ponen la bomba en El Porteño, ¿vos trabajabas ahí?
-Yo trabajaba en El Porteño, pero era colaborador externo, no estaba en la redacción. Peroigual fui, pusieron la bomba y fui, como todos. Ahí me encontré con León Gieco46, con Hebede Bonafini. Yo me acuerdo porque ese día fuimos muchos de los que trabajamos ahí (...).
Pero a mí nadie me registraba... era muy joven.
-¿Y por qué te interesaba trabajar en este tipo de medios? ¿Por qué, por ejemplo, no fuiste a
Clarín, a La Razón o a La Nación?
-Porque me parece que eran los más rebeldes y los más contestatarios47
El Porteño, al igual que otros medios periféricos, se convirtió también en un punto de atracción para los jóvenes periodistas, que encontraban en estas propuestas puertas de entrada más abiertas y accesibles que las de los grandes medios. En efecto, tanto la aparición de este mensuario como, luego, del semanario El Periodista constituyeron las primeras manifestaciones institucionalizadas de una reconfiguración del campo periodístico en el que se abría una nueva estructura de oportunidades. Esta estructura posibilitaba canales de acción tanto para los que regresaban del exilio, quienes lograron a través de estos medios reinsertarse en el país, en la profesión, e intervenir en el debate público como para las jóvenes camadas que buscaban formarse en el oficio con un perfil distinto al de los medios tradicionales. La legitimidad que estos espacios tuvieron en el campo periodístico se evidencia, por ejemplo, en el hecho de que algunos de los jóvenes que ejercieron como colaboradores rasos o externos en estas experiencias y, años más tarde, ganaron notoriedad, reivindicarían como central su paso por estas publicaciones más allá de su grado real de implicación en las mismas.
(T2) El Periodista de Buenos Aires: la revista de la reconstrucción democrática
El semanario de información general El Periodista de Buenos Aires nació en septiembre de 1984. Del mismo modo que la emergencia de El Porteño estuvo marcada por los primeros signos de apertura política, El Periodista ocupó espacios vacantes que se abrieron a partir de la restitución democrática. La rápida aceptación que encontró en el público fue un claro indicio de la vacancia señalada dentro de la oferta periodística. Según relataban varios de sus protagonistas, la revista vendía en los primeros dos años entre 80 000 y 100 000 ejemplares, un número sumamente elevado para un semanario48.
El Periodista como que lo eclipsó a El Porteño porque tenía más recursos, había más gente. El Porteño había cumplido esa etapa de apertura, pero todavía, limitada. Y la cumplió muy bien.49
Todos los periodistas que hicimos la revista [El Periodista] vivimos una etapa muy interesante porque era la restauración democrática tras los años de la dictadura militar. Había grandes ilusiones colectivas (...). Una muestra de eso es que la publicación tuviera un gran éxito.50
[El Periodista] era un semanario político cultural que, como recién se recuperaba la democracia, tenía mucha información y mucha demanda. Era una revista que ni bien empezó ya vendía 80 000 ejemplares. Tenía mucho prestigio por los que estaban ahí, estábamos toda la gente que había estado exiliada.51
El Periodista también orientó su agenda a las problemáticas de la transición democrática, articuladas en torno a la cuestión de los derechos humanos y a la restitución de las instituciones políticas representativas52. A diferencia de sus antecesoras, lo hizo con un perfil más inclinado hacia la política y la economía. En efecto, el promotor del proyecto, Andrés Cascioli -director de la revista Humor y dueño de Ediciones La Urraca, responsable de esa y otras publicacions- advirtió la necesidad de retraducir la fórmula de Humor, centrada en la caricatura política, exitosa durante los últimos años de la dictadura53, a un lenguaje "más" periodístico y de opinión. Carlos Alfieri, quien fue uno de los jefes de redacción de El Periodista recuerda que:
Yo creo que [el proyecto de El Periodista] se apoyó en el éxito tremendo de la revista Humor, que fue un poco una tribuna contra la dictadura militar, dentro de sus posibilidades y de las posibilidades que la censura dejaba. Y, bueno, un poco se hizo a caballo del éxito de Humor. Pensaron en una revista netamente política o de sociedad, política y cultura.54
Las virtudes de Cascioli eran esas... era un empresario inteligente. Por ejemplo, se dio cuenta de que una revista satírica, de humor político tenía sentido en la dictadura, pero que en democracia había que hacer un semanario serio de información general. Y entonces lo llamó a Soriano y me llamó a mí.55
Buena parte de los periodistas que retornaban del exilio encontraron en El Periodista un espacio de convergencia para desarrollar su vocación profesional y de intervención pública. Cascioli convocó, en una primera instancia, a Osvaldo Soriano para que armase y dirigiese el proyecto. Soriano, periodista y escritor de ficción, había participado en Primera Plana, Semana Gráfica, Panorama, La Opinión y el diario Noticias -perteneciente a la agrupación política Montoneros- . Durante la dictadura tuvo que exiliarse, primero en Bruselas y, luego, en París. En su exilioescribió su tercera novela, Cuarteles de Invierno, que relata las penurias que sufren un boxeador y un cantante en un pueblo ficticio a manos de la dictadura militar. En 1979 fundó, junto al escritor Julio Cortázar y al periodista Carlos Gabetta, la publicación mensual Sin Censura, dedicada al análisis sociopolítico de los países latinoamericanos que se encontraban bajo regímenes dictatoriales. Según Gabetta, Sin Censura se repartía clandestinamente, a través de redes de militancia y amistad, en sobre cerrado a 6000 lectores en Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia. A su regreso a Buenos Aires, Soriano comenzó a colaborar en Humor y El Porteño. Para el proyecto de El Periodista, Soriano convocó a Gabetta y a Carlos Alfieri -a quienes conocía de sus experiencias laborales en el país y con quienes mantuvo vínculos durante el exilio- para que ocupasen el cargo de jefe de redacción. Gabetta, nacido en 1942, había trabajado como analista político de la agencia Noticias Argentinas y como redactor en el semanario Panorama. Militó en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), agrupación de tendencia trotskista-leninista, y en 1976 se exilió, primero en Italia y, luego, en Francia. En el exilio, para Gabetta, al igual que para Soriano y otros periodistas, los compromisos político-partidarios se retradujeron en la práctica de un "periodismo de resistencia" que comenzó a tener como horizonte la revindicación de los derechos humanos: "... la militancia empezó a pasar por otro lado, ya no por la adscripción a un partido sino por la denuncia a la dictadura"56.
En Francia, Gabetta trabajó en el semanario de izquierda Politique Hebdo y, luego, en la agencia France Presse, donde encontró un espacio de profesionalización y estabilidad laboral. Durante ese tiempo conformó dos asociaciones de periodistas: la Unión de Periodistas Argentinos Residentes en Francia (UPARF) y la Association des journalistes spécialistes de l'Amérique latine et des Caraïbes (AJALC). Estas asociaciones tenían entre sus objetivos difundir las denuncias de las desapariciones causadas por el terrorismo de Estado, a las que organizaciones como Madres de Plaza de Mayo buscaban darle eco internacional. Tal apuesta por un "periodismo de resistencia" también apuntaba a develar la complicidad de los actores mediáticos con el régimen militar argentino. Así, por ejemplo, en 1984, en la revista Humor, Gabetta publicó junto a Sergio Joselovsky una serie titulada "Miseria de la prensa en el Proceso", en la que denunciaba la connivencia y la complicidad con el terrorismo de Estado de los grandes medios y de algunas figuras notorias del periodismo. Esta práctica de crítica a medios y periodistas que habían apoyado al régimen de facto continuó durante los ochenta en El Periodista y ofició como una manera de marcar la división del campo periodístico entre este tipo de publicaciones y los principales medios masivos.
Carlos Alfieri, nacido en 1943, se había inclinado hacia el periodismo cultural y su trayectoria también estaba marcada por la experiencia del exilio. En Argentina comenzó su carrera en los sesenta en Antena, una revista de espectáculos57. Luego colaboró en varias de las revistas que publicaba la editorial Abril, entre las que se encontraba Semana Gráfica, cuyo jefe de redacción era Miguel Bonasso. A principios de los setenta, trabajó en el diario El Mundo, órgano de difusión masivo del PRT58; allí conoció a Tito Cossa, un reconocido autor teatral y periodista que tambiéntrabajaba en La Opinión, quien lo ayudó a ingresar a este periódico en 1973 como redactor de la sección Política y Sindicales. En La Opinión se formó con Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano y Osiris Troiani, de quienes admiraba particularmente su prosa periodística. En 1975, debido a las persecuciones iniciadas por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), debió exiliarse en España. Durante ese período fue jefe de redacción de la revista Interviú, una de las exponentes de lo que se conoció como "el destape", en el contexto de la Transición democrática española, tras 36 años de dictadura franquista59.
Finalmente, debido a un conflicto entre Cascioli y Soriano, la dirección de El Periodista quedó en manos del primero y Soriano no participó del proyecto. Gabetta y Alfieri asumieron, respectivamente, como jefes de redacción de Política y Economía y de Sociedad y Cultura. En la práctica, en ambos periodistas recaían las tareas de dirección, mientras que Cascioli se ocupaba principalmente del diseño gráfico. En 1986 Gabetta asumió la dirección de El Periodista, luego de que Ediciones la Urraca dejara de financiar la publicación por problemas económicos. El joven emprendimiento, que contaba con más recursos que El Porteño, comprendía una redacción amplia para un semanario, de aproximadamente 40 periodistas. Según Carlos Gabetta, quien fue jefe de redacción y luego director de El Periodista, la repercusión que el semanario tuvo a principios de la Restitución democrática hizo de esta revista uno de los espacios de formación y socialización para las jóvenes camadas que se incorporaban como colaboradores o redactores:Y luego había todo un equipo de gente muy joven. Porque también había informantes. Ahora parece raro decirlo: Lanata tenía 24 años y arrimaba información, Majul tenía 23 o 24 años (...). Era toda gente que ahora es conocidísima y estaban empezando. En realidad eran informantes, chicos que traían cosas, que de vez en cuando metían alguna notita, porque había "breves", o que trabajaban con Carlos Ares para hacer informes coordinados por él, que había sido corresponsal de El País acá en Buenos Aires.60
Carlos Ares fue convocado por Soriano para darle forma a una sección orientada a la investigación denominada "Informe Especial". Ares, nacido en 1949, se había formado en el periodismo deportivo antes de partir al exilio a fines de los setenta. A diferencia de Soriano, Gabetta y Alfieri, se acercaba más a las jóvenes generaciones que no habían militado en organizaciones políticas ni habían trabajado en publicaciones partidarias. A principios de los setenta, se incorporó como redactor de las revistas deportivas El gráfico y La Hoja del Lunes y, luego, fue jefe de redacción de Goles. En la especialización deportiva encontró, como otros periodistas de su generación, un espacio de formación que le permitió aprender el oficio en un ámbito que exigía menor responsabilidad que, por ejemplo, las secciones de Política y Economía. Sin embargo, algunas notas críticas hacia el Gobierno en Goles y en la agencia Noticias Argentinas lo llevaron a exiliarse en España en 1980. Allí se sumó al diario El País, reconocido por impulsar la Transición democrática española y con prestigio internacional por su calidad informativa. Su paso por estediario de referencia y modelo de las publicaciones promotoras de la Transición democrática le abrió oportunidades a su regreso a Argentina.
Tras su llegada a su país natal en 1982, continuó trabajando como corresponsal de aquel diario y comenzó a colaborar en la revista Humor. La sección Informe Especial de El Periodista, que dirigió, operó como un ámbito de aprendizaje para quienes pretendían ingresar a la profesión y constituyó una antesala a la escuela de periodismo Taller Escuela Agencia (TEA), que Ares fundó junto a otros colegas años más tarde61. En 1985, Ares abandonó la publicación por encontrarla demasiado apegada a la opinión más que a la información, estilo en el que se había formado de acuerdo a los criterios profesionales que primaban en El País:
-Cuando me llamaron fue para hacerme cargo de esa sección. Después, yo le fui dando forma, formé equipos de dos periodistas, entre los que estaban gente muy valiosa, bueno, ahora más conocidos. Por ejemplo, Jorge Lanata, Jorge Fernández Díaz, Luis Majul, Gustavo González. Todos eran chicos muy jóvenes y quizá con ellos empecé un poco a trabajar la idea de formar periodistas, ¿no?, que después se concretó en TEA (...). La idea del estilo [de la Sección] era tratar de centrarnos en la información, no hacer opinión. Estaba muy marcado eso, la opinión iba en las columnas, pero en el texto iba la información. -¿Usted se va a La Razón en 1985?
-Sí, porque en El Periodista estaba en desacuerdo con algunas cosas. Justo me llaman de La Razón y me dieron la oportunidad de ir (...). Pero si no me hubieran ofrecido lo de La Razón, me hubiera ido a otro lado, porque no me gustaba la orientación política que estaba tomando la revista, no me gustaba que predominara más la opinión que la información. -¿La orientación política en el sentido de apoyar al Gobierno... ?
-No era que fuera más crítica o no, sino que era como que pretendía dictar opinión, pretendía bajar línea [adoctrinar]. Y a mí me gusta más el periodismo que informa y que no baja tanta línea. Y entonces, justo apareció la oferta de La Razón, que era un puesto importante y me fui.62
La lectura de Ares daba cuenta del tipo de periodismo que primaba en la publicación y anticipaba las tensiones que este comenzaba a plantearles a las nuevas generaciones, en las que tendió a prevalecer un criterio más "profesionalista". En efecto, El Periodista inauguró un modelo de organización que le daba un lugar predominante al denominado periodismo interpretativo. Desde el inicio, incorporó a las plumas de los años sesenta y setenta como colaboradores externos que, si bien no eran parte del plantel de la redacción, constituían el "alma" de la publicación. La posición jerarquizada de estos periodistas se evidencia en que publicaban de modo asiduo, contaban con cierta autonomía en términos de los temas que trataban, recibían remuneraciones más altas que la media y, a su vez, participaban del armado de la revista. Sobre este aspecto, reflexionaba Carlos Gabetta:
Imagínate, yo me encontré a los cuarenta años preparando una revista donde trabajaban Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Bayer, David Viñas, Horacio Verbitsky, Mattarollo (...). Era una responsabilidad del carajo [importante], porque esa gente se empezó a arrimar enseguida, eran todos amigos nuestros. Habíamos estado en el exilio. "Tomás, vamos a hacer una revista", "contá conmigo". O sea, se empezó a armar. Yo creo que después de El Periodista no hahabido ninguna publicación que haya logrado reunir así a semejante plantel (...). Era un lujo asiático, posible porque había una situación muy particular aquí. Se había caído la dictadura más espantosa de todos los tiempos (...).
Yo los convocaba para tener su opinión porque era un lujo tener a esos tipos (...). Además, se pagaban buenos salarios, se pagaban bien las colaboraciones. A esa gente no podés pagarle mal. Ni debés. Y, por otro lado, era una publicación del nivel de Le Nouvel Observateur, por el tipo de colaboradores, el prestigio de los colaboradores (...). La verdad (...) el mérito no es mío, el mérito es de un grupo que lo único que había que hacer era manejarlo, porque ideas sobraban.63
La condición que homologa la posición de estos periodistas -la cual escapa y resulta ambigua frente a la típica estructura de una redacción con jerarquías establecidas mediante una escala de cargos64- es la de su "derecho" no solo a argumentar sino a hacer explícitos sus juicios de valor. Este derecho era tan claro y se encontraba tan naturalizado que resulta casi imposible, para los partícipes del juego, explicitar cuáles eran los criterios que habilitaban a un periodista a convertirse en analista o columnista. Tal autoridad solía darse por sentada a través de la mención de su nombre, como si en él se condensaran estos atributos. Estos se asentaban en los capitales acumulados en su trayectoria, entre los cuales, como analizamos, se encontraban valorizados aquellos vinculados a la práctica de un "periodismo de resistencia" durante la dictadura y a las competencias referidas a un estilo de escritura de nivel literario o a su capacidad analítica.
A su vez, cabe destacar que se trataba de una élite periodística masculina. Algunas de las pocas mujeres que escribían columnas compartían algunas credenciales culturales con los varones, como por ejemplo el hecho de ser escritoras, pero el rasgo común que las habilitaba a intervenir parece estar vinculado a su participación en organizaciones de derechos humanos. Este es el caso, por ejemplo, de Matilde Herrera, escritora, periodista y activista de derechos humanos65, que fue la única mujer que en el semanario escribía columnas sobre la cobertura del Juicio a las Juntas66, el gran suceso político y periodístico durante la restitución democrática. Con este perfil masculino, en El Periodista las columnas estaban a cargo de ciertos responsables jerárquicos y de la mayor parte de los llamados "colaboradores externos". En línea con esta apuesta por un estilo de periodismo subjetivo, este medio también retomó la tradición del diario La Opinión e incorporó lafirma de artículos y columnas como un modo de individualización de sus periodistas. Sobre el impacto de esta tradición, recordaba Carlos Alfieri:
En eso seguimos la tradición que impuso aquí, que no existía, Jacobo Timerman en La Opinión. La Opinión era el único diario que firmaban todos, salvo notas irrelevantes (...). Eso no existía en el periodismo argentino. Era una manera de responsabilizar a cada uno por su trabajo y luego, mucho tiempo después, empezaron Clarín y La Nación a firmar algunas pocas notas (...). Nos parecía, por un lado, una forma de responsabilizar a los periodistas y, por otro, un reconocimiento al valor profesional también de la autoría67
Entre estas firmas individualizadas se destacaba la de Horacio Verbitsky, quien, abocado exclusivamente a las temáticas vinculadas con los derechos humanos, se convirtió en un referente de la publicación. Alfieri lo explica en los siguientes términos: "Verbitsky era un colaborador externo, pero absolutamente determinante. Era ya una gran figura del periodismo y tenía un peso determinante en la publicación. Era un colaborador permanente, digamos"68. Los artículos de Verbitsky casi siempre eran parte de los títulos de tapa. En 1985, junto a Matilde Herrera y Rodolfo Mattarollo, abogado activista en derechos humanos69, Verbitsky fue el encargado de cubrir el Juicio a las Juntas.
(T1) Cierre de ciclo: el declive de las revistas de la transición
Hijas de su época, estas revistas debieron cerrar sus puertas hacia fines de los ochenta. Varios factores contribuyeron al declive de este tipo de publicaciones: en primer lugar, la aparición en 1987 del diario Página/12, heredero de las revistas tanto por la continuidad en su plantel como por su estilo de periodismo, que captó a su público y, en cierto sentido, ocupó su lugar dentro del campo periodístico. Con una apuesta contestataria e irreverente, este diario supo transgredir las fronteras del periodismo y alcanzar un público más masivo que el de las revistas70. En segundo lugar, el agravamiento de la crisis económica que afectó a la industria editorial en su conjunto golpeó particularmente a las publicaciones de circulación restringida. En efecto, debido a la espiral hiperinflacionaria iniciada en 1989, El Periodista dejó de imprimirse y El Porteño bajó considerablemente sus ventas y cerró en 1993.
Además de los condicionantes económicos, esta caída se inscribió en la crisis de los idearios políticos de izquierda. Mientras que, en el plano internacional, esta crisis se expresó en la deslegitimación de los llamados "socialismos reales" y la caída del Muro de Berlín en 1989, en el ámbito nacional estuvo sobre todo signada por el desprestigio social y político de las organizaciones políticas de izquierda. A ello se sumó la erosión de la legitimidad de las principales fuerzas partidarias tradicionales71. Además, el lazo representativo de una porción del electoradocomenzaba a mostrar sus primeros síntomas de resquebrajamiento72. En particular, esto afectó al Partido Radical, cuyo gobierno desde fines de la década de 1980 vio socavada su legitimidad debido a la abdicación frente a las demandas de amnistía de los cuadros militares medios y la creciente crisis económica. En ese contexto, fue perdiendo fuerza la idea de la política como herramienta de transformación de la sociedad, que había dominado el espíritu de estas revistas en la primera mitad de los años ochenta. (T1) Conclusiones La renovación del periodismo estuvo determinada por el polo intelectual y de circulación restringida de este campo cultural. Desde las publicaciones periódicas, que emergieron al compás de la caída del régimen dictatorial y de la efectiva restitución del régimen democrático, se propició el desarrollo de un periodismo analítico y reflexivo, contrapuesto al estilo informacional de los grandes medios. Desde la tradición del nuevo periodismo de los años sesenta y setenta, sus principales plumas incorporaron un estilo literario y narrativo para comprender los desafíos de su tiempo. A su vez, asumieron la postura de un compromiso ciudadano y se posicionaron como puntas de lanza del proceso democratizador de la política y la sociedad. En este sentido, a lo largo de la década del ochenta, el campo periodístico vivió un proceso de transición tanto respecto a sus narrativas y retóricas como sobre sus formas de compromiso con el porvenir del país. En un campo en que las fronteras entre cultura y política son difusas, publicaciones como El Porteño y El Periodista de Buenos Aires reactualizaron tradiciones periodísticas que concebían al periodismo como un oficio con una clara vocación de intervención pública. Sin una adscripción partisana, esta vocación apuntaba a legitimar el rol intelectual de las principales plumas de estos emprendimientos en tanto productores de pensamiento crítico sobre los principales debates públicos que marcaron la apertura y la recuperación de la democracia en la Argentina en los primeros años de la década del ochenta. Hacia finales de la década, estos espacios perdieron el lugar que habían ocupado durante la llamada "primavera democrática", en la que, en el marco de una relativa estabilidad económica, se consolidó un importante consenso social y político en torno al entusiasmo y el apoyo al nuevo régimen. No obstante, estos emprendimientos periodísticos, en particular a través de la instauración y legitimación de la columna de opinión como forma de intervención pública, dejaron huella en los nuevos proyectos y en el conjunto, incluso, de la prensa de referencia. De este modo, la reputación simbólica que habían acumulado los periodistas durante la década les permitió intervenir en el campo periodístico y en el campo intelectual desde otros espacios y nuevas retóricas. Asimismo, la autoridad conquistada en aquellos años facilitó a sus referentes la posibilidad de ejercer, durante los noventa, funciones intelectuales hasta entonces desarrolladas por otras figuras.
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