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Abstract The family has undergone a profound transformation in recent decades, both in its structure and in its functions. The aim of this study was to analyze the relationship between family structure and aggression -understood as a personality trait or tendency to act violently- in Spanish adolescents. A total of 1196 adolescents, aged 14 to 18 years (M=16.2; SD=1.3), 50% female, from 23 non-university educational centers, 10 university degrees and 18 juvenile centers -attending adolescents with family or behavioural problems- in Castilla y Leon (Spain) participated in the study. Sin embargo, las nuevas configuraciones familiares tienen un origen diferente (Kroese et al., 2021): divorcio, separación, cambio de pareja, deseo de paternidad en solitario o en parejas no heterosexuales, adopción, etc., lo cual genera estructuras y dinámicas familiares más diversas, complejas y vulnerables (Castro & Seiz, 2014; Nilsen et al., 2020), que en muchos casos han hecho más tenues los vínculos existentes entre el menor y otros miembros de la familia (King et al., 2018).
Resumen
En las últimas décadas, la familia ha experimentado una profunda transformación, tanto en su estructura como en sus funciones. La familia nuclear ha ido perdiendo su hegemonía en favor de otras formas de organización familiar: monoparental, homoparental, cohabitación, reconstituida, etc. El objetivo del presente trabajo fue analizar la relación entre estructura familiar y agresividad –rasgo de la personalidad o tendencia a actuar violentamente– en adolescentes españoles. Participaron 1196 adolescentes, de 14 a 18 años (M= 16.2; DT=1.3); 50% mujeres, procedentes de 23 centros educativos no universitarios, 10 grados universitarios y 18 centros de menores –que atienden a adolescentes con problemas familiares o conductuales– de Castilla y León (España). En los centros educativos no universitarios se realizó un muestreo en dos etapas, estratificado y por conglomerados. Para medir la agresividad se utilizó el Cuestionario de Agresividad de Buss y Perry (BPAQ). Los resultados señalan que en familias monoparentales y en familias monoparentales de madre, los adolescentes presentaron, respectivamente, mayor agresividad física y mayor hostilidad que en familias nucleares. En familias con custodia repartida, los adolescentes manifestaron mayor ira; y en familias reconstituidas mayor agresividad física, ira y hostilidad que en familias nucleares. Cuando existen más de dos hermanastros, es mayor la ira, la hostilidad y la agresividad física del adolescente que en ausencia de hermanastros. Estos resultados destacan la importancia de la madre y el padre en la vida del adolescente y la estabilidad del núcleo familiar; así como la relevancia de recuperar la figura paterna y potenciar su presencia e implicación.
Palabras clave: agresividad física; hostilidad; ira; monoparental; hermanastros; familia reconstituida.
Abstract
The family has undergone a profound transformation in recent decades, both in its structure and in its functions. The nuclear family has been losing its hegemony in favor of other forms of family organization: single-parent, homoparental, cohabitation, reconstituted, etc. The aim of this study was to analyze the relationship between family structure and aggression -understood as a personality trait or tendency to act violently- in Spanish adolescents. A total of 1196 adolescents, aged 14 to 18 years (M=16.2; SD=1.3), 50% female, from 23 non-university educational centers, 10 university degrees and 18 juvenile centers -attending adolescents with family or behavioural problems- in Castilla y Leon (Spain) participated in the study. In the non-university educational centers, sampling was carried out in two stages, stratified and by clusters. The Buss and Perry Aggression Questionnaire (BPAQ) was used to measure aggression. The results indicate that adolescents in single-parent and in single-mother families showed, respectively, a higher level of physical aggression and a higher level of hostility than in nuclear families. In families with shared custody, adolescents showed more anger; and in reconstituted families they showed more physical aggression, more anger and more hostility than in nuclear families. When there are more than two step-siblings, adolescent's anger, hostility and physical aggression are higher than in the absence of step-siblings. These results highlight the importance of the mother and the father in the adolescent's life and the stability of the family nucleus; as well as the relevance of recovering the father figure and encouraging hispresence and involvement.
Keywords: physical aggression; hostility; anger; single-parent; step-siblings; step-family.
Introducción
La familia, como sistema de organización básico de la sociedad, ha experimentado profundos cambios a lo largo de la historia y muy especialmente en las últimas décadas. La postmodernidad y la "segunda transición demográfica" han traído consigo una profunda metamorfosis en el terreno ideológico y socioeconómico, con importantes repercusiones a nivel social y familiar: modificación del rol de la mujer y su incorporación al mercado laboral, descenso de la tasa de natalidad y reducción del tamaño del hogar, cambio de hábitos familiares y creciente diversidad en la estructura familiar (Castro & Seiz, 2014; Furstenberg, 2014; Garzón, 2014; Instituto Nacional de Estadística [INE], 2024a). La familia nuclear (o intacta), formada por padre y madre casados y los hijos biológicos de ambos, ha ido perdiendo paulatinamente su hegemonía en la sociedad actual, en favor de otras formas de organización familiar (Furstenberg, 2014; Santín & Sicilia, 2016): monoparental, homoparental, cohabitación, familias construidas tras un divorcio o con hijos de relaciones anteriores, etc. Actualmente, en España (INE, 2024b), más de la mitad de los nacimientos se producen fuera del matrimonio, porcentaje que no alcanzaba el 20% en 2001 (INE, 2002).
Varias de estas formas singulares de composición familiar, como la monoparentalidad o la familia reconstituida tras segundas nupcias, ya existían desde hace siglos, pero básicamente formadas tras la muerte de un progenitor. Cuentos como Cenicienta o Blancanieves representaban una realidad frecuente en la sociedad occidental, en la que la paternidad social sustituía a la paternidad biológica. Sin embargo, las nuevas configuraciones familiares tienen un origen diferente (Kroese et al., 2021): divorcio, separación, cambio de pareja, deseo de paternidad en solitario o en parejas no heterosexuales, adopción, etc., lo cual genera estructuras y dinámicas familiares más diversas, complejas y vulnerables (Castro & Seiz, 2014; Nilsen et al., 2020), que en muchos casos han hecho más tenues los vínculos existentes entre el menor y otros miembros de la familia (King et al., 2018).
Paralelo a las transformaciones de la sociedad y de la familia, en los últimos años se han incrementado los comportamientos violentos (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2020), antisociales (Yang & Jiang, 2023) y delictivos (INE, 2024c) en la adolescencia. En España, por ejemplo, en los últimos 10 años, han aumentado un 42% los delitos de menores; algunas infracciones, como lesiones, amenazas, coacciones o delitos contra la libertad se han triplicado en la última década, mientras que los delitos sexuales han crecido un 57% en tan solo seis años (INE, 2024c). En otro país de cultura diferente a la española, como China, también se ha observado una tendencia al alza en los comportamientos desviados y antisociales de los adolescentes (Yang & Jiang, 2023). Según estos autores, los cambios estructurales en la familia, la escuela, la comunidad y el mercado de trabajo en el proceso de modernización y transición social, son factores cruciales que influyen en el comportamiento y la salud mental de los adolescentes (p. 1).
Bien es sabido que en la adolescencia se producen profundos cambios a nivel biológico, cognitivo, psico-social y emocional (Berger, 2016), que pueden generar inestabilidad emocional e inseguridad, e incrementar las conductas de riesgo (Sen, 2010). Los primeros años de la adolescencia se caracterizan por la rebeldía hacia las figuras de autoridad, una creciente demanda de libertad o la sobrevaloración de la relación con los iguales (Brando et al., 2008), lo que puede propiciar un distanciamiento respecto a las figuras parentales. Estos sentimientos y comportamientos pueden verse acentuados por modificaciones en la estructura o composición familiar de los adolescentes, debido a la ambigüedad de roles (Andolfi, 2013; Castro & Seiz, 2014; Murry & Lippold, 2018), a las rupturas afectivas o al deterioro de los vínculos parento-filiales (Boccio & Beaver, 2019), que en ocasiones implican estos cambios. Sin embargo, la familia sigue ejerciendo un rol crucial en la vida del adolescente, que busca en sus progenitores apoyo y guía para las situaciones nuevas que se le presentan y la construcción de su identidad (Berger, 2016).
Múltiples estudios relacionan la estructura familiar con el desarrollo y ajuste del adolescente; en esta línea se ha reportado que en familias no intactas (o no nucleares) es mayor la proporción de adolescentes que muestran peor salud física, bienestar y desarrollo socio- emocional (Langton & Berger, 2011; Nilsen et al., 2020; Yucel & Yuan, 2015), peor rendimiento académico (Jeynes, 2006; Manning & Lamb, 2003; Orgilés et al., 2012; Santín & Sicilia, 2016), mayor ansiedad, depresión o estrés (González-Rubio et al., 2023; Kroese et al., 2021; Tran et al., 2023), mayores niveles de consumo de sustancias y temprana actividad sexual (Hemovich & Crano, 2009; Yang & Jiang, 2023). Sin embargo, esta asociación puede estar modulada por múltiples factores, v. g., el apego parental (Childs et al., 2022), el temperamento del hijo, los estilos educativos de crianza, el nivel socioeconómico, las relaciones afectivas existentes en la familia, la edad o el sexo del adolescente (Cantón et al., 2007; Rodríguez et al., 2013).
Sea por su efecto directo o indirecto mediado por otras variables, la composición familiar está asociada también, entre otros factores, con el comportamiento delictivo y violento del adolescente. Respecto a la conducta delictiva, se ha encontrado mayor porcentaje de actos de delincuencia en adolescentes de familias monoparentales (Anderson, 2002; Griffin et al., 2000; Hemovich & Crano, 2009; Ikäheimo et al., 2013; Kroese et al., 2021; Sogar, 2017), de familias divorciadas o reconstituidas (Erdelja et al., 2013; Fung, 2021; Manning & Lamb, 2003) y en general, de familias no intactas (Boccio & Beaver, 2019; Svensson & Johnson, 2022; Zimmermann, 2006) que en adolescentes de familias nucleares. Y, en cuanto al comportamiento violento, la monoparentalidad se ha asociado con mayor conducta agresiva (Griffin et al., 2000; Isach et al., 2021), violencia de pareja (Foshee et al., 2008; Gottfredson et al., 2022) y acoso escolar (Oliveira et al., 2015) en adolescentes; y, en familias reconstituidas con madrastra se encontró mayor comportamiento agresivo del adolescente que en familias intactas (Fung, 2021). Por su parte, la familia nuclear resultó ser factor de protección frente el acoso escolar (Prodócimo et al., 2014) y los comportamientos violentos severos en adolescentes (Estrada-Martínez et al., 2011).
Mención aparte merece el estudio de la violencia que ejercen los adolescentes contra sus progenitores, puesto que la monoparentalidad se revela como factor explicativo recurrente de la violencia filio-parental (Arias-Rivera & García, 2020; Moulds et al., 2016); alcanzando las tasas más altas en el caso de monoparentalidad de madre (Calvete et al., 2014; Contreras & Cano, 2014; Cottrell & Monk, 2004; Ibabe, 2015; Pagani et al., 2003).
Con relación a la ausencia de la figura paterna, diferentes trabajos sostienen que esta figura ejerce un rol central en la prevención de la delincuencia (Baer, 1999) y la agresividad en adolescentes (Gallarin & Alonso-Arbiol, 2012), especialmente en hijos varones (Abela & Walker, 2014). De hecho, la presencia estable del padre y la madre en el hogar presenta varias ventajas frente a la composición de la familia monoparental, dado que potencia el desarrollo de apegos seguros y permite a los hijos beneficiarse de dos modelos de rol parental (Abela & Walker, 2014, p. 156; Kroese et al., 2021; Yang & Jiang, 2023). Según Flouri y Buchanan (2003, citado por Gallarin & Alonso-Arbiol, 2012), existe un efecto diferencial de la implicación materna y paterna en el bienestar psicológico del adolescente.
Pese a la cantidad de estudios existentes que examinan la estructura familiar y el comportamiento violento o agresivo de los adolescentes, la mayoría se basan en muestras de adolescentes violentos o con comportamiento delictivo: y muy pocos en adolescentes de la población general (no etiquetados como violentos). Por otra parte, estos estudios analizan fundamentalmente el comportamiento agresivo per se, pero son escasos los trabajos que examinan las dimensiones emocional y cognitiva de la agresividad.
Es importante diferenciar en este punto, los conceptos de violencia, agresión y agresividad. La agresividad es entendida como rasgo de personalidad o tendencia a actuar de forma violenta (Buss & Perry, 1992), mientras que violencia y agresión aluden a la conducta propiamente dicha, i.e., al acto ejercido con la intención de hacer daño a otros, física o verbalmente (Muarifah et al., 2022; OMS, 2002). En el cuestionario de agresividad (BPAQ, por sus siglas en inglés de Buss and Perry Aggression Questionnaire; Buss & Perry, 1992) la agresividad, al igual que otros rasgos psicológicos, se divide en tres componentes: instrumental o comportamental (agresividadfísica y verbal), emocional (ira) y cognitivo (hostilidad).
Según Santisteban et. al (2007), el BPAQ es ampliamente aceptado como medida válida del "rasgo agresividad", y al mismo tiempo, su escala de la agresividad física es un predictor significativo del comportamiento violento (Santisteban & Alvarado, 2009). Por tanto, cuanto mayor sea el rasgo de agresividad física, mayor será la probabilidad de que el adolescente se comporte de forma violenta o agresiva. Por otra parte, aunque tener pensamientos hostiles o sentir ira no implica propiamente realizar una conducta agresiva (Chester et al., 2020), tanto la ira como la hostilidad están correlacionadas con el componente instrumental de la agresividad (Buss & Perry, 1992; Hamama & Ronen-Shenhav, 2012; Howells, 2011; Martinelli et al., 2018) y por tanto, pueden ser preludio de un comportamiento violento.
Teniendo en cuenta lo anterior, el presente trabajo tiene como objetivo analizar la relación existente entre estructura familiar y agresividad en una muestra de adolescentes españoles. Respecto a la estructura familiar, se estudió el núcleo de convivencia y el número de hermanastros. Además, se analizó si existían diferencias por razón de sexo en la relación de la agresividad con el núcleo de convivencia. Como hipótesis se planteó que los adolescentes sin hermanastros o procedentes de familias nucleares muestran menor agresividad que los adolescentes con hermanastros o que conviven en otro núcleo familiar diferente al nuclear.
Metodología Tipo de diseño
Se realizó un estudio descriptivo y analítico, de corte transversal.
Participantes
La muestra estuvo compuesta por 1196 adolescentes españoles de 14 a 18 años (M=16.17; D.T.=1.31); 50% mujeres, seleccionados de 10 grados universitarios (6.86%), 23 centros educativos no universitarios (83.62%) y 18 centros específicos de menores (9.53%) de Castilla y León (España). La muestra se distribuyó por edades del modo siguiente: 14 años (14.8%); 15 años (16.3%); 16 años (22.8%); 17 años (28.8%) y 18 años (17.31%).
En los centros educativos no universitarios, participó alumnado de Bachillerato (28.85%), de 2º ciclo de Enseñanza Secundaria Obligatoria –ESO– (35.45%) y de Formación Profesional (19.32%). Los centrosespecíficos de menores incluyeron centros para adolescentes con problemática familiar –con medidas de protección o en riesgo de exclusión social– (4.1%), centros para adolescentes con problemas de disrupción o drogodependencia (1.67%) y de adolescentes cumpliendo medidas judiciales (3.76%).
Instrumentos
Cuestionario sociodemográfico: Diseñado ad-hoc, incluyó preguntas de carácter sociodemográfico (edad, sexo, nivel de estudios, nacionalidad, núcleo de convivencia, número de hermanos y hermanastros). Las preguntas relativas al número de hermanastros y núcleo de convivencia se utilizaron para determinar la estructura familiar. La variable número de hermanastros se categorizó del siguiente modo: sin hermanastros (0), con un hermanastro (1), con dos hermanastros (2), con más de dos hermanastros (>2). Para indagar sobre el núcleo de convivencia, se incluyó la pregunta "en casa convives con...", que admitía 20 posibles respuestas, que posteriormente fueron clasificadas en seis categorías, según se indica a continuación: a) Familia nuclear = vive con madre y padre biológicos o con madre y padre adoptivos. b) Monoparentalidad madre = vive con madre adoptiva / madre soltera / madre viuda / madre divorciada o separada. c) Monoparentalidad padre = vive con padre adoptivo / padre soltero / padre viudo / padre divorciado o separado. d) Custodia repartida = el adolescente pasa algún tiempo en los hogares respectivos de ambos progenitores, i.e., vive con madre separada y con padre separado, con independencia de que algún progenitor haya iniciado una nueva relación de pareja o una nueva agrupación familiar. e) Familia reconstituida = vive con madre separada y padrastro o con padre separado y madrastra, con independencia de que también convivan o no hermanastros en el núcleofamiliar. f) Otros = el adolescente vive sólo, con otros familiares (tío, abuelo, etc.) o personas no familiares, en residencia, institución, centro educativo o en configuraciones familiares diferentes a las mencionadas anteriormente1.
Según el núcleo de convivencia, la muestra se distribuyó así: familia nuclear (76.84%), familia monoparental de madre (9.78%), monoparental de padre (2.67%), familia reconstituida (5.02%), con custodia repartida (2.84%) y otros (2.76%). Un total de dieciséis participantes no contestaron esta pregunta.
Cuestionario de Agresividad de Buss y Perry (BPAQ– Buss and Perry Aggression Questionnaire; Buss & Perry, 1992), en su versión adaptada y validada para adolescentes españoles (AQ–PA) (Santisteban et al., 2007; Santisteban & Alvarado, 2009, p. 326). Este instrumento se utilizó para evaluar la agresividad de los adolescentes. Consta de 29 preguntas, agrupadas en tres componentes y cuatro variables de la agresividad: componente instrumental (agresividad física y agresividad verbal), componente emocional (ira) y componente cognitivo (hostilidad), con 9, 5, 7 y 8 ítems, respectivamente. Según lo definen Buss y Perry, la agresividad física (v.g."si alguien me golpea, le respondo golpeándolo también") y la agresividad verbal (v.g. "cuando la gente me molesta, les digo lo que pienso y discuto con ellos") hacen referencia a la tendencia, respectivamente, a actuar violentamente y a discutir; la ira (v.g. "tengo dificultades para controlar mi genio") alude a la excitación fisiológica y comprende sentimientos como enojo, impulsividad o frustración, mientras que la hostilidad (v.g. "algunas veces siento que la gente se está riendo a mis espaldas") se refiere a experimentar resentimiento, envidia o desconfianza y a la percepción de animadversión y de ser tratado injustamente. Cuanto mayor es la puntuación de cada una de estas cuatro variables, mayor es el nivel de agresividad del adolescente. Los autores añadieron una quinta variable, agresividad total, que se calcula sumando las cuatro variables mencionadas. El formato de respuestas es tipo Likert de cinco puntos, donde 1 indica "completamente falso" y 5 "completamente verdadero". La fiabilidad (coeficiente α de Cronbach) de este cuestionario en el presente estudio fue de 0.88, 0.75, 0.77, 0.76 y 0.90, para la agresividad física, agresividad verbal, ira, hostilidad y agresividad total, respectivamente.
Procedimiento
El muestreo en los centros educativos no universitarios se realizó en dos etapas: muestreo estratificado (centros clasificados en doce estratos, en función de la ubicación, titularidad del centro y nivel educativo) y muestreo por conglomerados (cada grupo-clase). Una vez determinados los estratos, se efectuó un muestreo por cuotas para seleccionar los centros, de modo que todos los estratos estuvieran representados y al menos hubiera un 5% de estudiantes de cada nivel educativo. En la segunda fase del muestreo, se eligió un grupo-clase para cada centro y curso académico, en el que se contara con la colaboración de un profesor. Posteriormente, se solicitó la participación voluntaria de todo el alumnado de la clase. Los cuestionarios se aplicaron en papel en horario escolar, con la colaboración de un profesor o tutor del grupo, y una duración aproximada de 20 minutos. En los centros universitarios y específicos de menores, se realizó muestreo por conveniencia y los cuestionarios se diligenciaron de forma individualizada.
La participación en el estudio fue voluntaria y se solicitó el consentimiento informado de los adolescentes y de sus tutores legales, garantizando el anonimato de los datos recogidos. El estudio fue aprobado por la Comisión de Bioética de la Universidad de Burgos (IR 16/2020) y se efectuó de acuerdo con la declaración de Helsinki y sus posteriores modificaciones.
Análisis de Datos
Para el análisis descriptivo se calculó la media, desviación típica y diagrama de líneas.
Para evaluar si existían diferencias significativas en las variables de la agresividad según el número dehermanastros y según el núcleo de convivencia, se utilizaron modelos lineales generalizados (MLG) con estimación potente, para manejar las posibles infracciones de los supuestos (ausencia de normalidad y bajo tamaño muestral, entre otros). Primero se usó como variable independiente el núcleo de convivencia; en segundo lugar, se utilizó como variable independiente el sexo y la interacción del sexo con el núcleo de convivencia. Todos los modelos MLG se ajustaron por edad, aplicándose la corrección de Bonferroni para las comparaciones múltiples post-hoc.
Los contrastes realizados fueron pruebas bilaterales con nivel de significación del 5% (α=0.05). El análisis estadístico se llevó a cabo con el programa IBM SPSS Statistics 26.
Resultados
Se aplicaron los modelos MLG (por núcleo de convivencia y considerando el efecto combinado de sexo-núcleo de convivencia) para comparar la media de cada variable de agresividad en las cinco categorías principales establecidas (ver Tabla 1).
Al comparar las variables de la agresividad según los diferentes núcleos de convivencia (ver Tabla 1), los resultados indican diferencias estadísticamente significativas en todas las variables excepto en la agresividad verbal. Al realizar las comparaciones múltiples post-hoc por parejas, se encontró mayor agresividad física en los adolescentes de familias monoparentales de madre, monoparentales de padre y reconstituidas que en los de familia nuclear. Los adolescentes de familias con custodia repartida o reconstituidas, mostraron valores más altos en la variable ira que los de familias nucleares. Y en relación con la hostilidad y la agresividad total, los adolescentes de familias monoparentales de madre y reconstituidas, mostraron valores más altos que losadolescentes de familias nucleares.
Al analizar la interacción entre sexo y núcleo de convivencia, los resultados muestran que no existen diferencias estadísticamente significativas en la agresividad entre mujeres y varones (todos los p-valores de la segunda F son mayores a 0.05), lo que indica que se dan básicamente las mismas diferencias entre núcleos de convivencia para ambos sexos. Es decir, cuando se analizan por separado las diferencias existentes en cada sexo, los adolescentes de familias monoparentales de madre presentan mayor agresividad física que los adolescentes de familias nucleares, tanto en varones (t576=2.215; p=0.027) como en mujeres (t572=2.533; p=0.012). Al mismo tiempo, al analizar por separado cada núcleo de convivencia, se observa que los varones exhiben mayor agresividad física que las mujeres, tanto los de familias nucleares (t1149=9.657; p<0.001) como los de familias monoparentales de madre (t1149=2.490; p=0.013). Pero al analizar conjuntamente ambas variables, las diferencias entre varones y mujeres se mantienen en ambos núcleos de convivencia (ver Figura 1).
Respecto al número de hermanastros, al comparar las medias en las diferentes variables de la agresividad (ver Tabla 2) se observa que cuando no existen hermanastros o exactamente dos, la agresividad física es menor que si se tiene únicamente un hermanastro o más de dos. Cuando existen al menos dos hermanastros, la ira y la hostilidad es más elevada que en ausencia de hermanastros. Solo existen diferencias significativas en agresividad total entre no tener hermanastros y tener exactamente uno o más de dos.
Discusión
El objetivo del presente trabajo fue analizar la relación entre estructura familiar y agresividad en una muestra de adolescentes españoles. Los resultados confirmaron la hipótesis planteada: los adolescentes que conviven en una familia nuclear y sin hermanastros mostraron, en general, menor agresividad que los adolescentes que conviven en otros núcleos de convivencia o con hermanastros. Sin embargo, existen diferencias importantes en relación con las distintas composiciones familiares y con el rasgo de la agresividad analizada, así: los adolescentes que conviven en familias monoparentales presentan mayor agresividad física y los que conviven en familias monoparentales de madre presentan mayor hostilidad, que los que conviven en familias nucleares; los que conviven en familias con custodia repartida presentan mayor ira; y los que conviven en familias reconstituidas presentan mayor agresividad física, ira y hostilidad que los que conviven en familias nucleares.
Los resultados del reducido número de trabajos que estudian el carácter monoparental de las familias y la agresividad en adolescentes, concuerdan en algunos aspectos con los del presente estudio; así, por ejemplo, Saladino et al. (2013) encontraron en una muestra de adolescentes italianos, que los que convivían en familias monoparentales mostraban mayor ira, hostilidad, agresividad física y verbal que los que vivían en familias nucleares; mientras Rodríguez et al. (2013), reportaron que en las familias monoparentales tras divorcio, los niños y adolescentes varones presentaban mayor agresividad física y verbal que los que convivían en familias biparentales, aunque este resultado no se presentó en mujeres. La edad de los menores oscilaba entre 8 y 14 años y según los autores, ese resultado puede deberse a que la "relación entre desajuste psicológico infantil y divorcio es más robusta en niños que en niñas" (p.125).
Esta diferencia en la relación agresividad-tipo de familia en función del sexo del adolescente, no se corroboró en el presente estudio: los adolescentes de ambos sexos de familias monoparentales mostraron más agresividad física que los de familias nucleares. Y si bien se observó que los varones presentaron mayor agresividad física que las mujeres de familias monoparentales, esta diferencia era similar a la encontrada en los de familias nucleares (ver Figura 1), lo que sugiere que el impacto psicológico de la monoparentalidad (por divorcio o por otras razones) es análogo en varones y en mujeres.
Establecer una relación entre estructura familiar y agresividad en la sociedad actual es un asunto controvertido, debido, entre otras cosas, a la proliferación de configuraciones familiares diferentes a la familia nuclear y a la intervención de múltiples factores. De hecho, varios trabajos sostienen que otras variables familiares, como la supervisión parental, la disciplina, el conflicto interparental, la cohesión, la relación de apego, las dificultades económicas, la complejidad en el sistema fraternal, la calidad de las relaciones parento-filiales o la satisfacción familiar (Childs et al., 2022; Jensen & Sanner, 2021; Martínez-Pampliega et al., 2021; Murry & Lippold, 2018; Savell et al., 2023; Zimmermann, 2006) son más importantes que la estructura familiar, para predecir el desarrollo del adolescente y su comportamiento antisocial o desadaptativo. Así, por ejemplo, es posible convivir con un solo progenitor y experimentar buena relación con él o tener dos progenitores, pero relaciones negativas con ambos (Saladino et al., 2020). También es factible que adolescentes que viven en familias no nucleares y con alto nivel de pertenencia familiar muestren mejor ajuste que adolescentes que conviven en familias nucleares y con bajos niveles de pertenencia familiar (King et al., 2018). Sin embargo, algunos estudios indican que en familias no intactas (o no nucleares), la calidad de las relaciones parento-filiales, el sentimiento de pertenencia familiar o el bienestar psicológico del adolescente son menores que en familias intactas (King et al., 2018; Shek, 2008).
En concreto, son numerosas las referencias que confirman que existen mayores dificultades en las dinámicas familiares y en el desarrollo psicológico de los adolescentes que conviven en familias monoparentales, i.e., existe menos comunicación positiva con los padres y niveles más bajos de cohesión familiar y apoyo parental (Abela & Walker, 2014; Baer, 1999; Saladino et al., 2020), menor bienestar emocional y desarrollo cognitivo (Kroese et al., 2021), mayor conflicto familiar e inconsistencia en la disciplina (Abela & Walker, 2014; Baer, 1999) y menor autocontrol (Gomes & Gouveia-Pereira, 2019), que los adolescentes criados en familias intactas. Además, las restricciones económicas y las múltiples demandas a las que se enfrenta un progenitor en solitariopueden disminuir el tiempo compartido con sus hijos y dificultar la supervisión parental (Kroese et al., 2021; Saladino et al., 2020; Sogar, 2017).
Por tanto, factores como las dificultades en el desarrollo psicológico y en las relaciones parento-filiales mencionadas anteriormente (mayor nivel de conflictividad y menor autocontrol, menor comunicación, apoyo parental o bienestar emocional), pueden mediar en la asociación entre monoparentalidad y agresividad física encontrada en el presente estudio. Al respecto, Saladino et al. (2020) sugieren que una mala comunicación familiar y un escaso apoyo parental implican la experimentación de una brecha afectiva, que puede traducirse en violencia física y comportamiento agresivo (p. 13). Esa asociación también puede obedecer a la relación extremadamente próxima –fusional– que establece el adolescente con el único progenitor existente en el hogar –más frecuentemente la madre–, de modo que la agresividad es vista como un intento de distanciarse de una relación opresiva o limitante (Pereira, 2012).
Es importante en este punto reseñar la importancia de la figura paterna, ya que los resultados del presente estudio señalan que los adolescentes que conviven en familias monoparentales de madre muestran mayor hostilidad que los que viven en familias nucleares, pero esta tendencia no se ha observado cuando conviven con el padre como único progenitor. En esta línea, investigaciones recientes sobre comportamiento parental y desarrollo neurológico (Klinker, 2022, min. 45) advierten que los niños que habían tenido una buena relación con el padre gestionaban mejor los conflictos en la adolescencia.
Respecto a las familias reconstituidas, el presente trabajo indica que los adolescentes que conviven en este tipo de familias puntuaban más alto en todos los rasgos de la agresividad (excepto la agresividad verbal), que los que conviven en familias nucleares. Una familia reconstituida puede estar precedida por un divorcio o separación parental y estar ligada a la presencia de hermanastros, aunque estas dos circunstancias no son imprescindibles. En casos de divorcio, Hamama y Ronen-Shenhav (2012) reportaron que la disolución matrimonial correlacionó con un aumento significativo de las dimensiones cognitiva (hostilidad) y emocional (ira) de la agresividad en adolescentes; resultado análogo al obtenido en el presente estudio. Diversos trabajos corroboran la hipótesis de que esa ira y hostilidad sentidas por el adolescente, pueden preceder o intensificar su agresividad física cuando el progenitor biológico inicia una nueva relación de pareja: por ejemplo, los hijos varones que viven con su madrastra exhiben niveles altos de conflictividad, animosidad, desconfianza, hostilidad y comportamiento violento (Dodo & Nyoni, 2016) y mayor agresividad reactiva (Fung, 2021) que aquellos de familias intactas.
Por otro lado, en la creación de una nueva familia tras un divorcio, coexisten la paternidad biológica y la social, estableciéndose un complejo mundo de relaciones, con mayor probabilidad de conflicto y dificultades de ajuste con los nuevos miembros de la familia, una multiplicidad de funciones para el progenitor biológico (que ha de mediar entre su hijo y la nueva pareja) y una confusión de roles (Castro & Seiz, 2014; Ibabe, 2016, p. 3; Murry & Lippold, 2018), lo que puede generar conflictos de autoridad.
La situación familiar se complica aún más con la presencia de hermanastros (hijos de la pareja de un progenitor) y medio-hermanos (hijos de un progenitor biológico y padrastro/madrastra), lo que Jensen y Sanner (2021) denominan "complejidad estructural horizontal". En relación con este aspecto, en el presente estudio se encontró que cuando existen uno o más de dos hermanastros, el adolescente exhibe más agresividad física que en ausencia de hermanastros. Asimismo, los adolescentes con al menos dos hermanastros presentaron mayor ira y hostilidad que los que no tenían. El aumento de la ira y de la hostilidad del adolescente podrían explicarse por un conflicto de lealtades con el padre ausente (March, 2017; Andolfi, 2013), por un sentimiento de abandono y consecuente resentimiento hacia alguno de los dos progenitores biológicos, por la desconfianza y rechazo hacia la nueva figura parental o por la envidia hacia los hermanastros y padrastro/madrastra, ya que el adolescente debe competir por la atención y el amor del progenitor presente en el hogar (Dodo & Nyoni, 2016). En este sentido, la teoría del apego plantea que ante la amenaza de pérdida del amor o cercanía afectiva de un progenitor, el adolescente reaccionará con ansiedad, ira o violencia, en unintento desesperado de preservar el vínculo y comunicar su necesidad primaria de amor (Andolfi, 2013; Bowlby, 2014). Asimismo, es posible que en las familias reconstituidas, la ira y hostilidad sentidas por el adolescente precedan o acompañen su agresividad física, dada la asociación existente entre ira y hostilidad (Howells, 2011; Martinelli et al., 2018) y su carácter disparador de la agresividad física (Buss & Perry, 1992; Saladino et al., 2020).
En relación con el número de hermanastros, un hallazgo llamativo del presente estudio es que la presencia de exactamente dos hermanastros contiene, por algún motivo, la agresividad física del adolescente, a pesar de que su ira y hostilidad se incrementen. Puede que en esta circunstancia, y ante la desventaja numérica en un posible enfrentamiento físico contra sus dos hermanastros, el adolescente se vea obligado a negociar más y a adquirir competencia social.
Finalmente, en el presente trabajo se encontró que la custodia repartida es el único tipo de familia en el que los adolescentes no mostraron significativamente más agresividad física que los que conviven en familias nucleares. La custodia repartida implica un compromiso de ambos padres con el hijo, con lo que el sentimiento de abandono o de deslealtad hacia el progenitor más afectado por la separación parental, se aminorarán. El estudio de Nielsen et al. (2020) guarda cierta relación con este hallazgo, puesto que señala que los adolescentes que conviven en familias nucleares o con custodia compartida reportan menos quejas de salud que los adolescentes en familias monoparentales o reconstituidas.
Conclusiones
Entre las conclusiones más importantes del presente estudio cabe señalar las siguientes: vivir con un solo progenitor está asociado a mayor probabilidad de que el adolescente se muestre más agresivo físicamente; mientras que convivir sólo con la madre está relacionada con un mayor recelo, envidia, resentimiento o percepción de animadversión por parte del adolescente. Asimismo, en las familias reconstituidas o con presencia de más de dos hermanastros, existe mayor probabilidad de que el adolescente se muestre más suspicaz, resentido, desconfiado, envidioso o enojado y que tenga mayor predisposición a reaccionar de forma violenta.
Por tanto, la presencia estable de ambas figuras parentales en el hogar muestra ventajas respecto a la agresividad física, la ira y la hostilidad del adolescente, en comparación a la situación de monoparentalidad o de cambios estructurales en el hogar, como la existencia de padrastro o madrastra y hermanastros. Sin embargo, en caso de ruptura conyugal, la custodia repartida parece aminorar los efectos negativos en la agresividad del adolescente, lo que indica la relevancia de preservar los vínculos parento-filiales con ambos progenitores, aunque se haya disuelto la relación conyugal.
Tras los resultados de este estudio, se desprende la relevancia, tanto de la madre como del padre, en la vida de los adolescentes. En este sentido, son interesantes las conclusiones expuestas por Klinker (2022) y Andolfi (2013), referentes a la necesidad de cambiar la cultura sobre el valor de la figura paterna y su influencia determinante en el desarrollo de los hijos; por lo que sería conveniente a nivel social fomentar una mayor presencia e implicación paterna.
Limitaciones
Dentro de las limitaciones del estudio, cabe citar su carácter transversal, lo que impide establecer una relación de causalidad entre estructura familiar y agresividad en adolescentes. Por otra parte, los cuestionarios utilizados se basan únicamente en medidas de autoinforme, es decir, en las percepciones de los adolescentes, sin conocer las opiniones de otros miembros de la familia; lo cual puede acarrear cierto sesgo.
Sin embargo, el tamaño elevado de la muestra de participantes y la variedad de la muestra seleccionada, aportan fiabilidad a la relación encontrada entre las variables analizadas.
En futuras investigaciones es deseable que se consideren otros tipos de estructura familiar diferente a la nuclear, monoparental o reconstituida en base a una pareja heterosexual. Todavía son escasos los estudios que analizan el comportamiento del adolescente criado en configuraciones familiares diferentes a las mencionadas en este estudio.
Financiación
Este trabajo ha sido en parte financiado por la Consejería de Educación de la Junta de Castilla y León, a través de una licencia por estudios. Orden EDU/304/2019. No existe ningún conflicto de intereses que revelar.
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