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Entre los años 2013 al 2020 se cerraron 623 escuelas públicas en Puerto Rico, una reducción de 42% de las 1,466 activas, según información provista por el Departamento de Educación de Puerto Rico. Seis (6) cartas circulares y la Ley Núm. 85 de 29 de marzo de 2018 fueron las políticas públicas que establecieron los criterios, las condiciones y los procesos para la reorganización, consolidación y cierre de escuelas. Las justificaciones para estos cambios fueron: la reducción en la matrícula, el bajo aprovechamiento académico y hacer mejor uso de los recursos durante la crisis fiscal en Puerto Rico.
Esta investigación incluyó una revisión y análisis crítico de las políticas públicas relacionadas con los procesos de reorganización, consolidación y cierre de escuelas en Puerto Rico durante el periodo de 2013 al 2020. Además, se describieron y contrastaron las narrativas de profesionales del trabajo social escolar que pasaron por la experiencia del cierre de escuelas. También se entrevistaron personas expertas en posiciones gerenciales que tuvieron injerencia en la toma de decisiones y ejecución de las políticas públicas. El acercamiento teórico conceptual fue desde las teorías de administración pública y teorías críticas, dado que el Departamento de Educación es una de las agencias públicas más grandes y complejas en Puerto Rico y la toma de decisiones impacta directamente a muchas personas.
Se utilizó un enfoque cualitativo, desde el paradigma naturalista con un diseño de estudio de caso, con varias fuentes de información. Esta metodología permitió conocer y describir este evento histórico desde múltiples contextos: histórico, demográfico, político y socioeconómico. Se indagó cómo sucedió, qué justificaciones hubo y cuáles fueron las implicaciones para el trabajo social escolar en la Región Educativa de Ponce. En esa parte sur-central de la isla se cerraron 119 planteles, de los cuales 61 (55%) estaban ubicadas en la zona rural.
Aunque los objetivos oficiales estaban claros, la implementación de estas políticas no siempre fue neutral. En el proceso se obviaron criterios y directrices, lo que abonó a generar una percepción de desorganización y arbitrariedad. Aun cuando las justificaciones para estas reorganizaciones, consolidaciones y cierres parecieran razonables, el impacto en las personas y en las comunidades fue generalmente negativo. La selección de las escuelas no siempre fue transparente y faltó la inclusión de las propias comunidades escolares. La reubicación del personal escolar y el estudiantado no siempre tomó en consideración sus derechos y necesidades, afectando el sentido de pertenencia y familiaridad desarrollado por años. La disposición de equipos y expedientes con información confidencial también reflejó desorganización. Algunas de las estructuras en desuso se convirtieron en riesgos de salud y seguridad para las comunidades.
El contexto económico, político y demográfico en que se tomaron estas decisiones no ha cambiado mucho y es probable que nuevamente se tengan que reorganizar, consolidar y cerrar escuelas. Los planteamientos y recomendaciones de las personas que participaron de esta investigación son vitales para mejorar el proceso y asegurar el bienestar del estudiantado, sus familias, el personal escolar y las comunidades geográficas donde se cierra una escuela.