Headnote
Resumen: Este artículo analiza las tensiones y desafíos de la gestión de los sitios con arte rupestre (SAR) en el altiplano cundiboyacense, donde el turismo de aventura y la escalada en roca interactúan con el patrimonio arqueológico. Se examina cómo la construcción del paisaje cultural ar ticula el patrimonio, el turismo y los depor tes de aventura, y cómo estas actividades impactan la conservación del arte rupestre y la identidad local. El estudio destaca la necesidad de equilibrar la conservación con el desarrollo turístico y deportivo, considerando el paisaje cultural como un constructo dinámico influenciado por actores históricos y contemporáneos. Se analizan las formas de apropiación social del patrimonio y las acciones de la sociedad civil en su protección. La investigación sigue un esquema que define el marco espacial, delimita las zonas de estudio y examina las interacciones entre escaladores, turistas y entornos patrimoniales, así como las narrativas emergentes entre turismo y arqueología.
Palabras Clave: Sitios con arte rupestre, arqueología, turismo, deportes, aventura, altiplano cundiboyacense, escalada en roca.
Abstract: This article analyzes the tensions and challenges in managing rock art sites (SAR) in the altiplano cundiboyacense, where adventure tourism and rock climbing interact with archaeological heritage. It examines how the construction of the cultural landscape integrates heritage, tourism, and adventure spor ts, as well as the impact of these activities on rock art conservation and local identity. The study highlights the need to balance conservation with tourism and sports development, considering the cultural landscape as a dynamic construct influenced by historical and contemporary actors. It explores forms of social appropriation of heritage and civil society initiatives for its protection. The research follows a framework that defines the spatial scope, delineates study areas, and examines interactions between climbers, tourists, and heritage environments, as well as the emerging narratives at the intersection of tourism and archaeology.
Keywords: Rock art sites, archaeology, tourism, sports, adventure, altiplano cundiboyacense, rock climbing.
INTRODUCCION
EL altiplano cundiboyacense es una region altoandina situada en la zona central de Colombia. En la mayoria de la literatura académica, se describe en términos de sus características físicas y biológicas. Sin embargo, en esta reflexion se busca trascender estas definiciones para explorar cómo la lógica de la construcción del paisaje, que incluye variables como el patrimonio y el turismo, ofrece una lectura diferente a las descripciones tradicionales de la geografía y la arqueología. Estas disciplinas han centrado sus estudios en la cultura muisca, la ocupación hispánica y las cuencas hídricas de la altiplanicie andina, proporcionando un esquema para entender el espacio desde la perspectiva del poblamiento histórico y el territorio físico.
La importancia de los muiscas' en la construcción del paisaje y la cultura del altiplano es ampliamente reconocida, con vestigios materiales y hallazgos arqueológicos que indican una ocupación desde el año 500 a. C. hasta mediados del siglo XVII. Estos grupos dejaron un invaluable patrimonio material que aún persiste en el territorio. Además, elementos como la fauna y la flora, la etnobotánica y las artesanías son fundamentales para entender cómo se ha construido el paisaje y cómo ese patrimonio cultural diverso es la base de las prácticas turísticas y del uso del espacio físico en la actualidad.
Tal vez la huella cultural más visible sea la presencia del Imperio español en la región, desde la llegada de los primeros conquistadores en 1538 hasta la independencia de Colombia en 1819. La ocupación española dejó una marca profunda en la cultura y la identidad del altiplano, con la arquitectura urbana, la lengua, la religión y otros bienes culturales como legados que aún perduran.
Si bien, estos elementos constituyen la mayor base patrimonial y una fuente principal de atractivos turísticos en esta región, es importante reconocer que existen nuevas dinámicas que han reconfigurado la relación entre este legado y el uso del territorio. Por ello, para esta investigación, se ha tomado como ejemplo el turismo de aventura, en especial la escalada en roca, ya que esta actividad y su práctica se realizan en los espacios donde hay sitios de arte rupestre (SAR) en el altiplano cundiboyacense. Esto permite analizar la interacción entre comunidades de turistas y deportistas, un aspecto poco explorado en el estudio del patrimonio arqueológico y su apropiación en los conflictos sociales por la protección de sestos bienes culturales, debido a las tensiones que se generan en torno a la conservación y gestión del arte rupestre. Así, este enfoque brinda una nueva dimensión de interpretación a la problemática de la conservación y los usos económico-sociales y políticos de los vestigios arqueológicos en la actualidad.
UN PAISAJE CULTURAL EN CONSTRUCCIÓN
Decir qué es el altiplano cundiboyacense requiere pocas líneas que describan sus límites, cuencas, ciudades y otras características físicas y biológicas. Sin embargo, intentar comprenderlo desde la lógica de la construcción del paisaje, incluyendo variables como el patrimonio y el turismo, ofrece una lectura diferente a algunas definiciones construidas por la geografía y la arqueología. Estas disciplinas se han centrado en descripciones relacionadas con la cultura muisca, la ocupación hispánica y las cuencas hídricas de la altiplanicie andina, junto con sus características geográficas. En la actualidad, estas ideas constituyen el esquema utilizado para interpretar este espacio desde la perspectiva del poblamiento histórico y el territorio físico (ORSTOM e IGAC, 1984; Delgado Rozo, 2010).
El altiplano cundiboyacense es una región altoandina situada en la zona central de Colombia, sobre la cordillera Oriental, uno de los tres ramales de la cordillera de los Andes que atraviesa el país de sur a norte. Se compone de tres conjuntos de altiplanicies y cuencas hídricas que, de norte a sur, son: 1) la cuenca alta del río Chicamocha o los valles de Tunja, Duitama y Sogamoso, en el centro del departamento de Boyacá; 2) la cuenca lacustre de los valles de Ubaté y Chiquinquirá, que incluye la laguna y la planicie de FÛquene y Cucunubá", en el límite de los departamentos de Boyacá y Cundinamarca; 3) la sabana de Bogotá, cuenca alta del río homónimo, la zona de mayor poblamiento y desarrollo económico y urbano de Colombia, cuyo eje articulador es Bogotá, la capital del país· (Figuras 1 y 2).
Este espacio altoandino fue el hogar de múltiples pobladores que dejaron la impronta de sus culturas. Los primeros asentamientos humanos se remontan a 12500 años de antigtiedad (Romano, 2015), pero la mayoría de las definiciones y descripciones enfatizan a los muiscas como los principales habitantes del altiplano, ya que han sido los más investigados y documentados desde la arqueología y la antropología. Su relevancia radica en que alcanzaron el mayor grado de desarrollo social y tecnológico entre los grupos prehispánicos que habitaron la región4.
El debate historiográfico y arqueológico sobre quiénes fueron los habitantes prehispánicos de esta meseta altoandina sigue vigente, particularmente en torno a cuántos grupos existieron y cómo se establecen sus divisiones históricas y culturales en relación con el territorio (Gamboa Mendoza, 2010; Gómez Londoño, 2013).
A esta polémica sobre la identidad de los muiscas se suma la aceptación acrítica de ciertos relatos históricos construidos durante el periodo hispánico sobre los grupos originarios, los cuales se siguen reproduciendo en la actualidad sin un análisis hermenéutico ni una comprobación rigurosa (Gamboa Mendoza, 2010). Entre ellos se encuentran aspectos como la familia linguística chibcha (dentro de la que se encuentra el muysc cubun), la supuesta unidad cultural muisca, la leyenda de El Dorado y otras construcciones que, como veremos mas adelante, han alimentado relatos turísticos у referentes identitarios sobre la historia y el pasado de este territorio.
Existe un consenso sobre la importancia de los muiscas en la configuración del paisaje y la cultura del altiplano. Su legado se manifiesta en vestigios materiales y hallazgos arqueológicos, así como en una diversidad de patrimonios tangibles que han dado nombre a pueblos, ciudades y accidentes geográficos -como rocas y farallones-, además de su influencia en la fauna, la flora, la etnobotánica y las artesanías. Estos elementos resultan fundamentales para comprender la construcción del paisaje y cómo, en la actualidad, dicho patrimonio sustenta diversas prácticas turísticas y formas de apropiación del espacio físico (Lleras Pérez, 2015). Otro actor clave en la configuración de este territorio fue el Imperio español, cuya presencia se extendió desde 1500 hasta 1819 en lo que hoy es Colombia". Desde la llegada de los primeros conquistadores a la sabana de Bogotá -comandados por Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Santafé, hoy Bogotá, en julio de 1538- hasta la ocupación española en América Latina durante tres siglos, su influencia transformó profundamente el paisaje y las dinámicas socioculturales de la región.
El altiplano fue sede del gobierno del Virreinato de la Nueva Granada durante 300 años, un periodo suficiente para marcar y definir las características culturales que dan identidad al territorio y a sus habitantes (Delgado Rozo, 2010). La arquitectura urbana, la lengua, la cosmogonía, la religión y otros bienes culturales constituyen la base del patrimonio y el legado de la región. Además, representan la mayor fuente de bienes culturales que funcionan como atractivos turísticos en el centro de Colombia".
La zona más septentrional de esta altiplanicie alberga a Bogotá, la capital del país, cuya población asciende a diez millones de habitantes, sin contar con las ciudades intermedias, pueblos y zonas rurales, que podrían sumar fácilmente seis millones más. Se trata de una región habitada desde hace 15000 años, cuyo legado en vestigios materiales, manifestaciones culturales y transformaciones del paisaje hacen del altiplano cundiboyacense un territorio singular para el análisis geoespacial, patrimonial y turístico en Colombia.
Diversos momentos han marcado la historia del paisaje del altiplano cundiboyacense, con hitos de transformación como el último periodo glacial y el asentamiento de los primeros grupos humanos hace aproximadamente 12000 años (Botiva, 1989). La llegada de los españoles en el siglo XVI representó una fase de cambios radicales, entre ellos la modificación de los usos del suelo y la introducción de nuevas especies animales y vegetales (Delgado Rozo, 2010). En los últimos cien años, la explosión demográfica y urbana ha modificado exponencialmente las dinámicas ambientales, sociales y rurales de este territorio andino (Osorio Osorio, 2007).
Los cambios son evidentes en los inicios del siglo XXI: la transformación de zonas rurales en áreas urbanizadas, la sustitución de bosques y humedales por complejos industriales y la conversión de antiguas rutas coloniales en autopistas. No obstante, en las periferias aún se conservan fragmentos del pasado, como los SAR, comunidades agrícolas, caminos prehispánicos y viejos trazados ferroviarios, los cuales han sido recuperados para el turismo, el senderismo y la práctica de deportes de aventura, actividades en constante crecimiento.
Paralelamente, se han evidenciado tensiones socioculturales en torno a estos bienes culturales, los cuales se vuelven más vulnerables a la desaparición debido al impacto del desarrollo socioeconómico sobre el territorio y al crecimiento exponencial de las actividades turísticas. Estas, a su vez, aún están en mora de integrar el patrimonio y la cultura como elementos esenciales de la planificación turística. Lo anterior hace pertinente el desarrollo de esta investigación, centrada en siete áreas arqueológicas y patrimoniales que, en la actualidad, son reconocidas como destinos para turistas y practicantes de actividades de aventura en el altiplano cundiboyacense (Figura 3).
Para esta investigación se tomaron tres SAR en el departamento de Boyacá (Farfacá, Cucaita y Peña de las Águilas) y cuatro en el departamento de Cundinamarca (Canoas, El Abra, Suesca y Farallón de Palacio). Suesca se prioriza como foco de este trabajo por su relevancia en las actividades de turismo de aventura, especialmente la escalada en roca. Este municipio, ubicado en el departamento de Cundinamarca, es el primero hacia el norte donde el altiplano se abre sobre la llanura del río Bogotá y forma la sabana homónima. Su farallón rocoso ha sido reconocido como SAR en investigaciones arqueológicas en Colombia (Martínez, 2015a). Suesca fue la cuna y el origen de la escalada en el país, con pioneros como el colombo-alemán Erwin Kraus hacia 1939 (Vega, 1996). Treinta años después, Colombia ingresó al desarrollo de la escalada en roca como actividad social y deportiva con el Club El Escalador, con sede en Suesca (Arbeláez, 2010).
Los otros seis casos permiten realizar una etnografía comparada, en la que la presencia de SAR coincide con el desarrollo de nuevos parques de escalada, lo que genera una red o conexión territorial evidente entre el turismo de aventura y las zonas arqueológicas. Tres SAR se encuentran en la cuenca alta del río Chicamocha, en el departamento de Boyacá (zona norte del altiplano). Farfacá y Cucaita están cerca de la ciudad de Tunja, capital de Boyacá, mientras que Peña de las Águilas se ubica en los alrededores de Sogamoso. Estos tres sitios reciben un número creciente de escaladores y turistas, lo que ha generado conflictos entre académicos, instituciones y escaladores en torno a la conservación del patrimonio arqueológico.
En la cuenca de la laguna de FÛquene se tomó como referencia la zona de Sutatausa, que alberga uno de los mayores farallones rocosos del altiplano cundiboyacense y es la puerta de entrada a la región del valle de Ubaté. Esta área tiene un alto valor arqueológico debido a sus pictografías y es un referente en la apropiación social del patrimonio y la conservación arqueológica con la comunidad local (Martínez Celis y Mendoza Lafaurie, 2014). Además, es un espacio de desarrollo para la escalada en bloque y ha experimentado recientemente la implementación de emprendimientos turísticos orientados a los escaladores.
Los últimos cuatro SAR se encuentran en la zona más septentrional del altiplano cundiboyacense, que en su conjunto concentra la mayor cantidad de SAR documentados e inventariados de todo el altiplano. La región suroccidental de la sabana de Bogotá cuenta con sitios arqueológicos en Bojacá, Facatativá, Mosquera y Soacha, municipios del departamento de Cundinamarca colindantes con Bogotá. Estas zonas tienen un alto valor cultural por su historia e investigaciones, y han sido lugares clave para el desarrollo de la escalada en la modalidad de bloque o boulder". Entre ellos, el Parque Arqueológico Canoas es el más relevante en el desarrollo de esta modalidad en Colombia y un sitio pionero en la apropiación social del patrimonio en entornos urbanos junto con la comunidad de Soacha (Reyes, 2011).
SITIOS CON ARTE RUPESTRE (SAR): ¡PIEDRAS DE TODOS!
Las rocas, en sus diferentes formas y estructuras geológicas, son referentes geográficos debido a su prominencia y a la manera en que alteran la monotonía del espacio. En los contextos prehispánicos, y también aplicable a la escalada en la actualidad, las formaciones rocosas han sido revestidas de una carga simbólica que contiene valores místicos y sagrados. Sebastián Álvaro (2002) menciona este hecho en El sentimiento de la montaña, cuando comenta que la estética y forma de las rocas generan emociones que, a su vez, se convierten en sentimientos: un compromiso emocional y afectivo cargado de símbolos que han moldeado la identidad y los referentes de pertenencia de las personas que conviven con estos accidentes geográficos.
En cuanto a lo simbólico y la carga de valores religiosos y artísticos, Eduardo Martínez Pisón (2009) escribió sobre la valoración de estos espacios como «elementos bienhechores por los recursos didácticos que enseñan». Las cuevas y abrigos rocosos que, en los orígenes de la humanidad, fueron refugio y cobijo para los primeros seres humanos, hoy en día son lugares que permiten comprender las relaciones de estos con su entorno natural. Además, los farallones de roca y los grandes murales pétreos han sido el libro en el que se han transmitido conocimientos sobre la fauna, la flora y los dioses de los territorios donde se encuentran SAR (Martínez, 2004).
Martínez Pisón (2009) va más allá de la simple mención sobre la razón por la cual valoramos las piedras. Su análisis nos lleva a una reflexión casi universal: las rocas, proyectadas en escenarios montañosos y pétreos, son piedras habitadas. Lo interesante radica en revestir a las rocas de habitantes espirituales representados por las fuerzas geológicas y profundas de la naturaleza, algo que muchos autores incluyen en sus análisis etnográficos.
Martínez (2009; 2015) demuestra la profunda comunión que las comunidades campesinas y los grupos urbanos han forjado con las rocas pintadas, en relación con su pasado indígena y mestizo; un vínculo que, en la actualidad, se evidencia en los procesos de resignificación de las rocas como garantía de la continuidad cultural de su valor identitario. Lo más notable sobre el valor de las rocas y su significado, desde las perspectivas histórica, arqueológica y artística, es el arte rupestre plasmado sobre ellas.
En el altiplano existe una gran diversidad de patrimonio arqueológico lítico: se encuentran canteras (como las de Tibaná), cuevas, monolitos (en Ramiriqui, Boyacá, Tunja, Villa de Leyva y Tibaná) y arte rupestre. Pictografías, petroglifos y moyas (oquedades en las rocas de las riberas) forman parte del arte rupestre. Los arqueólogos han identificado figuras zoomorfas, fitomorfas, antropomorfas y secuencias geométricas, cuyas interpretaciones están en debate.
Actualmente, y en línea con la teoría del origen neurofisiológico del arte rupestre, muchas de las explicaciones sobre estas manifestaciones plantean que fueron elaboradas en contextos rituales presididos por chamanes, por lo que se considera que el arte tiene un contenido mágico. De esta manera, las representaciones rupestres estarían compuestas por creencias en seres sobrenaturales, en otros mundos no completamente humanos y en relaciones cósmicas. Sin embargo, estas explicaciones son insatisfactorias debido, principalmente, a la imposibilidad de probar si lo que está representado es efectivamente lo que el investigador supone que es (Martínez Celis y Botiva, 2004, p. 46).
Uno de los componentes que da contenido y coherencia al paisaje en el altiplano cundiboyacense es el arte rupestre. Laura López (2011), en su monografía Topando piedras, sumercé, muestra cómo las rocas toman vida según la función simbólica que ejercen en su entorno, catalogándolas como piedras hablantes, que reflejan las relaciones sociales alrededor de las rocas; piedras tocadas, que dan cuenta de los usos rituales y cotidianos de las comunidades con las rocas y sus entornos; y piedras escuchas, que muestran cómo las interpretaciones de las rocas nos brindan resignificados de la tradición oral muisca.
El trabajo de López (2011) es de los pocos que han abordado la relación entre las rocas y las comunidades del altiplano cundiboyacense. Desde la etnoarqueología, la autora investiga la construcción de múltiples relaciones con las piedras, mostrando el sincretismo cristiano con la cosmovisión muisca, la cual ha condicionado la tradición oral y la toponimia, con nombres como «piedra del Diablo», «petroglifos de Usamena» о «rocas de Gámeza e Iza». Estas dos últimas poblaciones fueron su caso de investigación, las cuales representan una pequeña fracción del territorio muisca. Aun siendo pequeña el área de estudio, resulta significativa para interpolar el análisis a otras zonas del altiplano en la construcción e interpretación de las relaciones comunidades-rocas y su aporte a la construcción del paisaje cultural del altiplano.
El otro referente teórico e investigativo para comprender el paisaje cultural del altiplano desde la relación comunidades-rocas es el trabajo de Diego Martínez Celis, diseñador gráfico y magíster en Patrimonio Cultural. Desde su grupo RupestreWeb, ha realizado el trabajo más relevante en la divulgación del arte rupestre en Colombia, con énfasis en el altiplano cundiboyacense (RupestreWeb, s. f.). Si bien su trabajo no alcanza el nivel de profundidad arqueológica y etnográfica que el de López (2011), el trabajo de Martínez está orientado a la difusión entre la ciudadanía, la apropiación social por las comunidades locales y la protección de los SAR.
Otros autores han desarrollado trabajos sobre SAR desde distintas perspectivas, como la educativa (Hurtado Pedraza, 2015), la geográfica (Guerrero Sánchez, 2018) y la arqueológica (Argüello García, 2001y 2003, Botiva, 1989, Pradilla, 2010). También hemos considerado la labor de ONG y fundaciones dedicadas a la protección y divulgación del patrimonio cultural, que desempeñan un papel muy activo en esta zona. Entre ellas destacan la Fundación Cultural Benítez, el Grupo Interdisciplinario de Investigaciones Arqueológicas e Históricas de la UPTC, el Grupo de Investigación en Pintura Rupestre Indígena (GIPRI), la Fundación Piedra Alta, los Vigías del Patrimonio de Soacha y la Fundación Erigaie.
Lo anterior evidencia el profundo interés y la diversidad de actores involucrados en la preservación del patrimonio cultural del altiplano. De todos ellos se han tomado referencias y aportes para analizar cómo se ha construido el territorio desde lo cultural y lo turístico. Los trabajos consultados muestran una masa crítica de investigaciones interpretativas sobre los significados del arte rupestre, su ubicación arqueológica y las resignificaciones en torno a lo que nos dicen las rocas, las pictografías y los petroglifos. El artículo titulado «¿Qué tanto habla de Colombia su arte rupestre?» confirma este panorama:
Respecto del significado de dichos dibujos, en muchas oportunidades se ha tratado de llegar a alguna generalidad categorizándolos de dibujos esquemáticos, simbólicos, lingüisticos y hasta figurativos. Se ha hablado de la posibilidad de que estos constituyeran representaciones artísticas, o santuarios, o que marcaran lugares de desague de lagos andinos, linderos, sitios de intercambio, que fueran signos de una proto-escritura, o una forma de «registro» de ceremonias de sacrificio «escritas con sangre» entre las piedras, entre otras. Pero -la verdad sea dicha- no se tiene certeza de absolutamente ninguna de las interpretaciones que se han propuesto y, por ende, a este punto, aún se encuentran en el campo de la especulación.
(Kien y Ke, 2024)
Además de las interpretaciones del arte rupestre, en el altiplano se presentan dinámicas patrimoniales, turísticas y de aventura que vinculan la escalada con sitios de interés arqueológico. Para comprender las interacciones entre las poblaciones, los escaladores y los turistas en los SAR, la siguiente sección profundiza en cuatro SAR de Cundinamarca y tres de Boyacá.
CUNDINAMARCA: FARALLONES, ABRIGOS Y BLOQUES
Suesca: ¿Rocas de las Aves?
Hablar de Suesca es hablar de escalada. Su nombre está ligado a la historia y al desarrollo de este deporte en Colombia, así como al turismo de aventura en la zona norte de la sabana de Bogotá. Cualquier indagación en centros documentales, tanto físicos como en línea, arroja una abrumadora cantidad de artículos e investigaciones sobre turismo. Sin embargo, existen importantes vacíos documentales y pocos estudios sobre el valor cultural y arqueológico de este SAR.
El interés por Suesca como objeto de estudio sociocultural ha disminuido debido a los atributos de su entorno natural, en especial del farallón y la laguna homónima, lo que ha favorecido un enfoque académico centrado en el turismo. Si bien este no es el único motivo de la invisibilización de su patrimonio cultural, sí constituye uno de los factores clave para comprender el rezago en investigaciones sobre cultura, arqueología y patrimonio (Cadena, 2011).
Desde el ámbito arqueológico, solo hay algunas menciones sobre la técnica y la ubicación de las pictografías, divulgadas en el trabajo de Martínez, cuyo objetivo es generar estrategias de apropiación social de estos vestigios. Por su parte, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) solo ha registrado la ubicación geográfica de las pictografías, sin ofrecer dataciones ni información sobre los posibles grupos a los que pertenecieron estas imágenes, más allá de inferencias basadas en la tradición oral.
Si bien existe un inventario arqueológico y de bienes de interés cultural elaborado de manera sucinta por la Gobernación de Cundinamarca, para el Ministerio de Cultura Suesca solo adquiere relevancia por su pasado colonial, ya que ha sido declarado Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional (BICNAL). Entre los bienes patrimoniales reconocidos se encuentran su capilla doctrinera, la plaza central y las estaciones del tren, construidas a inicios del siglo XX (MinCultura, 2018).
Una de las anécdotas que ilustran la dificultad de la investigación histórica y arqueológica en Suesca se relaciona con la etimología de su nombre. En las guías turísticas y los planes de gobierno municipales se menciona que Suesca significa «roca de las aves» en lengua indígena, derivado de los vocablos Sue (ave) e Hyca (roca). Con base en esta interpretación, el municipio se ha promocionado con el lema «Suesca, roca de las aves». Sin embargo, en un artículo de prensa publicado en 1996 por El Tiempo, se menciona el siguiente debate:
Para el coronel Joaquín Acosta y para fray Pedro Simón, Suesca traduce cola de Guacamaya; mientras tanto, Acosta Ortegón dice que su significado es piedra o roca de las aves. Para otros, Suesca se deriva de la palabra Suessuzca, que equivale a decir color de Guacamaya. Es una controversia antigua. Lo que si es seguro es que esta municipalidad fue fundada hace 459 años y así lo celebra desde el jueves.
(El Tiempo, 1996)
Desde la perspectiva del paisaje cultural, la información existente permite inferir poco al respecto. En cuanto al periodo prehispánico, hay varias narraciones históricas y estudios sobre Suesca como municipio y territorio desde la colonia, así como numerosos trabajos que lo abordan desde su valor como destino turístico. En años recientes, el farallón ha sido resignificado por los movimientos neoindigenistas, que lo consideran un sitio sagrado y de culto indígena. Para la población local, existe una conexión directa con este lugar a través de la tradición oral, que identifica en las formaciones rocosas rostros y figuras humanas que, para muchos, representan espíritus indígenas. La mayor conexión entre el presente, la historia colonial y el pasado prehispánico, que enriquece y otorga contenido cultural al paisaje, es el sincretismo entre lo indígena y lo católico, representado en la imagen de la Virgen Milagrosa, colocada a inicios del siglo XX en un saliente rocoso del farallón.
Sobre la Virgen en las rocas de Suesca, la única referencia escrita es la de Martínez y Botiva (2004), quien expone explícitamente cómo se ha resignificado este patrimonio y su impacto en los discursos de identidad local. Aunque no existen estudios académicos sobre el tema, sí hay múltiples referencias en redes sociales. En el grupo de Facebook Ética, escalada, protección y otras trivialidades, un foro de discusión e información para escaladores en Suesca y Colombia, se produjo un debate en mayo de 2017 sobre el origen de la estatua de la Virgen María, erigida en este gran alero rocoso (Ética, escalada, 19 de mayo de 2017).
La mayoría de los aportes a este debate provienen de relatos transmitidos oralmente de generación en generación. Hay dos grandes preguntas al respecto: los motivos para erigir la estatua en ese lugar y la razón de la pintura blanca en la base de la pared. En cuanto al origen de la imagen, una hipótesis sugiere que fue colocada como tributo a los trabajadores del tren a inicios del siglo XX, con un propósito de protección. Sin embargo, también circulan versiones que afirman que su instalación fue una estrategia para exorcizar e invisibilizar el pasado indígena, mediante la imposición de un símbolo católico en un sitio donde, según documentos históricos, había pictografías (Ética, escalada, 19 de mayo de 2017).
La tradición oral atestigua la presencia indígena en sincretismo con la tradición católica, prueba de ello es la imagen de la Virgen Milagrosa y una pared pintada de blanco. Según Martínez y Lafaurie (2014), en las proximidades existen docenas de pictografías. El escenario descrito evidencia la resignificación del territorio como una forma de apropiación que, aun sin contar con certeza arqueológica o histórica sobre su significado o existencia, otorga sentido de pertenencia tanto a la comunidad de escaladores como a los habitantes del municipio en relación con su entorno cultural y biogeográfico. Estos elementos enriquecen y dotan de contenido al paisaje, tal como lo plantea López Estupiñán (2011) en su teoría de las piedras hablantes.
El caso de Suesca permite inferir patrones aplicables a otras áreas arqueológicas de Cundinamarca y comparar las estrategias empleadas en distintos SAR y zonas de escalada. Asimismo, ofrece una perspectiva sobre las fuentes y el acervo documental disponible para comprender los procesos históricos ocurridos en el altiplano.
Sutatausa y Farallón de Palacio
Sutatausa es un municipio ubicado en la región del Valle de Ubaté, en el norte de Cundinamarca. Históricamente, ha estado ligado a la minería del carbón y a la ganadería lechera (Rodríguez, 2016). Sin embargo, su territorio sugiere que fue uno de los asentamientos más antiguos de poblamiento prehispánico. En su área municipal se encuentran más de 81 rocas distribuidas en un territorio de 12 km?. Al igual que en Suesca, se conoce poco sobre su pasado prehispánico; la única evidencia disponible son cientos de pictografías en varias decenas de bloques y tres yacimientos arqueológicos que indican un poblamiento temprano asociado al periodo lítico. Se asume que esta fue una región muisca, inferido a partir de las crónicas dejadas por los españoles a inicios del siglo XVI (Martínez Celis, 20153).
Sutatausa es reconocida por su gran farallón rocoso y por los hechos ocurridos en 1541, durante la conquista y reducción impuesta por los españoles sobre los poblados indígenas de Suta y Tausa. En ese contexto, tuvo lugar una batalla narrada por cronistas españoles, quienes mencionaron el suicidio de miles de indígenas que, al verse acorralados en la cumbre del farallón, se lanzaron al vacío (Martínez Celis, 2011).
El relato histórico del suicidio masivo de indígenas ante el avance militar español sobre la peña de Tausa (conocida como farallón de Palacio) ha sido la imagen cultural más arraigada en el imaginario de los habitantes y en su relación con las formaciones rocosas. Este acontecimiento ha dado lugar a diversas interpretaciones a lo largo del tiempo. Las primeras crónicas hablan del suicidio de más de cinco mil indígenas asediados por el capitán Juan de Céspedes. Sin embargo, en el siglo XVII, el cronista español Lucas Fernández de Piedrahita relató el episodio como una batalla sangrienta de extrema crueldad por parte de los españoles contra los indígenas, sin hacer mención al suicidio colectivo (Martínez Celis, 2011).
La versión de un genocidio fue rescatada por el historiador Luis Duque Gómez en 1961 a partir de documentos inéditos de la época colonial, los cuales mencionan el juicio llevado a cabo en 1541 por Jerónimo Lebrón contra Juan Arévalo, compañero del capitán Céspedes. En estos documentos se señala cómo el grupo del capitán mató a cuchilladas y arrojó por el peñón de Tausa a más de tres mil indígenas. Los discursos nacionalistas de finales del siglo XIX magnificaron el hecho, alimentando la leyenda negra de la conquista española y exaltando los ideales de resistencia ante el colonialismo europeo a inicios del siglo XX (Martínez Celis, 2011).
Todo esto ha llevado a que, en la actualidad, la población local, los turistas y los foráneos asocien este farallón rocoso y los hechos del genocidio con elementos centrales del paisaje. La historia del periodo colonial, en su intento por reconstruir el pasado prehispánico, aún no ha esclarecido el significado del farallón para las poblaciones indígenas. No obstante, en los últimos años, el relato ha contribuido a reinterpretar este espacio desde la reivindicación de la identidad indígena, promoviendo su apropiación y legitimación como paisaje cultural.
En la década de 2010, se iniciaron procesos comunitarios de apropiación del patrimonio arqueológico e inmaterial, impulsados por la Ley General de Cultura y los recursos económicos destinados a proyectos de protección del patrimonio (Ley 397 de 1997). Esta iniciativa culminó con la publicación de un inventario (Martínez Celis, 2013), el diseño de estrategias de protección de los SAR, la creación de rutas de turismo cultural y el reconocimiento de la comunidad de Sutatausa en relación con sus piedras y su farallón, no solo desde el ámbito cultural, sino también desde su uso económico y su cohesión territorial. Se trata, en definitiva, de una nueva forma de construcción del paisaje cultural basada en la apropiación de su entorno arqueológico (Martínez Celis, 2013).
El Abra o Rocas de Sevilla
El Abra es el SAR más representativo en la historia de la arqueología en Colombia, ya que en este sitio se hallaron los restos humanos y líticos más antiguos del poblamiento del altiplano cundiboyacense, con una datación de 12500 A.P. (Botiva et al., 1989). Este SAR se encuentra en los límites de los municipios de Zipaquirá, conocido por sus históricas minas de sal, y Tocancipá, que durante el periodo hispánico fue un pueblo de indios8. Ambos municipios están ubicados a 30km al norte de Bogotá, en la llanura media de la sabana de Bogotá.
En menos de quince años, se abrieron allí las primeras rutas de escalada en su farallón principal. Sin embargo, esta zona no ha despertado gran interés turístico, salvo por las pictografías en sus rocas, que han atraído principalmente a arqueólogos y estudiantes de antropología. Sin embargo, con la apertura del área para la escalada y el aumento del turismo, sumado a la falta de un plan de gestión turística y arqueológica adecuado, en 2016 las autoridades municipales y el ICANH decidieron cerrarla tanto para el turismo como para la escalada (Fundación Edénes de Colombia, 2018).
Desde la década de 1970, cuando se llevaron a cabo las primeras excavaciones arqueológicas en la zona, el arte rupestre presente en este lugar ha tenido un reconocimiento social limitado a la comunidad rural de la vereda La Fuente, en Tocancipá, y Barandillas, en Zipaquirá. Esto se debe, en parte, a que durante más de dos siglos la región formó parte de una gran hacienda, cuyo nombre -El Abra- se convirtió en la denominación del área. Su importancia trascendió en 1972, cuando fue declarada Monumento Nacional, y más tarde, en 1991, cuando el Ministerio de Cultura ratificó su designación como Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional (BICNAL) (MinCultura, 2018).
Fue en la década de 2010 cuando se iniciaron los procesos de gestión del patrimonio cultural y arqueológico de esta zona. En 2014, participé con la Universidad de los Andes en la formulación del Plan de Manejo Arqueológico (PMA), que es la figura legal para la gestión del patrimonio arqueológico. Sin embargo, en esa fecha, el proceso se truncó debido a problemas administrativos. Solo en 2018 se retomó el esfuerzo conjunto entre las alcaldías municipales de Tocancipá, Zipaquirá y el ICANH, para realizar el inventario y diagnóstico de los bienes arqueológicos y proyectar un PMA (Decreto 036 de 2018; Decreto 046 de 2018).
Lo interesante es que las rocas de Sevilla, a pesar de ser una referencia clave en el poblamiento del altiplano y de contar con uno de los conjuntos más ricos en pictografías bajo un abrigo rocoso de toda la Sabana de Bogotá, son pocos los trabajos de apropiación social del patrimonio. Existe constancia documentada de una iniciativa de estudiantes universitarios para llevar a cabo un proceso de reconocimiento y apropiación de la zona (Algarra et al., 2014). Sin embargo, fue con la llegada de los escaladores y los conflictos recientes cuando se activaron, como medida de respuesta a este flujo de visitantes, acciones como la prohibición de la escalada, el inventario y diagnóstico del estado de conservación de las pictografías, fósiles y petroglifos. Este proceso aún está en construcción, y no se sabe qué resultados deparará en el futuro cercano.
Si bien no se trata de un farallón grande ni de un valle rocoso de dimensiones similares a los de Sutatausa o Suesca, los procesos de identificación con el territorio, la defensa de la cultura y el patrimonio de la zona, así como las relaciones locales con las piedras pintadas y de escaladores con su farallón, han propiciado que afloren con fuerza procesos de identidad y apropiación vinculados a las rocas. Estos procesos han sido impulsados por la reacción de las alcaldías municipales, los escaladores locales y la acción de la ONG Edenes de Colombia, constituyendo otro factor que contribuye a dar contenido sociocultural al paisaje de esta zona arqueológica.
Canoas. Bloques y pictografías
Tal vez el SAR Canoas tenga una de las historias más trágicas, marginales y sorprendentes de todos los lugares que forman parte de esta investigación. Durante cien años, fue la zona periférica de la hacienda Canoas, una de las posesiones privadas de tierra más grandes de la Sabana de Bogotá. El 27 de noviembre de 1989, el cartel de Medellín colocó una bomba en el vuelo HK1803 de Avianca, cuyo avión se desplomó sobre estas rocas, resultando en la muerte de 107 personas en este atentado terrorista (El Tiempo, 27 de noviembre de 2014).
Durante una larga década, entre el cambio del siglo pasado y el actual, esta zona fue refugio de drogadictos y delincuentes provenientes de la vecina ciudad de Soacha. Con el inicio de la construcción de la carretera del occidente de la sabana en 1996, la variante Mosquera-Soacha, que atraviesa la zona de Canoas, comenzó un proceso de reincorporación en infraestructura, desarrollos urbanos e interés por parte de la municipalidad de Soacha en recuperar este espacio (Alcaldía Municipal de Soacha, 2014, p. 19; Revista Semana, 9 de octubre de 2017).
Las singularidades de Canoas van más allá de su historia reciente. Perteneciente al conjunto territorial de Soacha, a tan solo quince minutos al sur de Bogotá, es un área conurbada entre la capital del país y el municipio más poblado de todo el departamento de Cundinamarca. Soacha es la zona con mayor densidad de sitios SAR de todo el país documentados hasta la fecha, con 98 sitios agrupados en once conjuntos de rocas diseminadas en un área de 15 km? (Fundación Erigaie, 2015). Estos sitios fueron documentados, en su mayoría, por los vigías de patrimonio de Soacha entre 2011 y 2014.
En el siglo XVI, las crónicas españolas ya hablaban de piedras pintadas por los indios de «Suacha». Desde 1930, hay evidencia de una sistematización en el registro de estas pictografías, y a lo largo del siglo XX, diversos investigadores se interesaron por el simbolismo, las técnicas y los tipos de arte rupestre. Sin embargo, no será hasta la década de 1990 cuando despierte el interés de la comunidad vecina por estas rocas, por reconocerlas y valorarlas (Martínez Celis, 20150).
De las investigaciones iniciadas por Miguel Triana en 1922 y continuadas por diversos arqueólogos y antropólogos a lo largo del siglo XX, no se han obtenido conclusiones sobre qué grupos y en qué periodos históricos fueron elaboradas las pictografías (Alcaldía Municipal de Soacha, 2014: 3). Si bien estas están asociadas a la cronología de ocupación y poblamiento de la Sabana de Bogotá, aún se desconoce si fueron creadas por los Muiscas, ya que la zona es limítrofe con las vertientes templadas que conducen al valle del río Magdalena, donde habitaron otros grupos culturales distintos a los del altiplano. Además, es importante destacar la superposición de grupos de pictografías, lo cual podría indicar distintas épocas de elaboración y distintos grupos humanos.
Es difícil establecer, a partir del rastro documental, relaciones previas a 1990 sobre las dinámicas culturales para la construcción de un paisaje cultural basado en la relación rocas-gente. Sin embargo, desde principios del siglo XXI, ha emergido un movimiento de re-significación del pasado indígena y las pinturas, algunos de cuyos fines son de índole social y política de base, debido a que Soacha es una de las zonas urbanas que, junto con las vecinas localidades de Bosa y Ciudad Bolívar en Bogotá, presentan los índices de pobreza y marginalización social más altos del país. Muchos jóvenes y líderes comunitarios buscan estrategias de reivindicación y visibilización a través del activismo cultural, haciendo manifiesto los procesos de apropiación del patrimonio cultural de la zona (Osorio Osorio, 2007; Durán, 2005).
En el caso de los SAR de Soacha, incluidos los de Canoas, la mayoría de los vestigios arqueológicos están siendo integrados en entornos urbanos, en un proceso de expansión urbana agresiva que se dio durante los últimos treinta años del siglo pasado y la primera década de este siglo, el cual consumió de manera voraz esta región de bosques xerofíticos únicos del altiplano, cuya existencia proporcionaba coherencia paisajística a las representaciones plasmadas sobre los paneles pétreos (Martínez Celis, 20150).
La urbanización de gran parte de las zonas periféricas de Bogotá y Soacha, en un espacio conurbado, se ha realizado principalmente desde la informalidad. En la mayoría de los casos, estas son invasiones de predios privados, ejerciendo ocupaciones ilegales. La característica común de estas zonas suele ser la carencia de servicios públicos, la inexistencia de un estándar mínimo de calidad de vida y, por lo general, se desarrolla una trama urbana marcada por la pobreza y la exclusión.
Las condiciones sociales del territorio, en un entorno de pobreza generalizada, han dado lugar a dinámicas de apropiación social de las rocas pintadas que difieren de los casos analizados anteriormente, los cuales corresponden a entornos rurales. Canoas y gran parte de los SAR de Soacha se encuentran dentro o en el límite de la conurbación, donde los procesos de construcción del paisaje involucran a habitantes urbanos. La forma en que las personas se relacionan con las pictografías es lo que hace que Canoas se distinga en análisis y perspectiva de las demás zonas de escalada y sitios arqueológicos del altiplano.
Retomando las hipótesis de López (2011) sobre las tres formas de apropiación de las comunidades con sus piedras (habladas, tocadas y escuchadas), encontramos que, en el caso de Canoas, existe una desconexión con la tradición oral debido a la falta de continuidad temporal con las personas locales de tradición campesina, que habrían transmitido el mensaje que las poblaciones daban a las rocas. Los grupos que lideran esta apropiación, en su mayoría jóvenes y habitantes urbanos con un arraigo reciente en la zona, han resignificado los SAR a través de trabajos de inventarios participativos del patrimonio arqueológico (Fundación Erigaie, 2015).
Desde la propuesta de López, se puede inferir que al paisaje se le está dando contenido con las piedras tocadas, las cuales «exponen los usos que los habitantes hacen de las piedras» (2011: 17). Estos usos incluyen acciones de defensa ante la minería, la expansión urbana descontrolada, la conservación paisajística y ambiental de los SAR, así como de las zonas rurales de Soacha (Martínez Celis, 2015b).
Otro factor de resignificación del territorio y, por ende, de construcción de contenido para la existencia de este paisaje cultural, son los nuevos usos impulsados por el turismo de aventura, en especial los circuitos de bicicleta de montaña y de escalada en bloque. Durante décadas, este predio perteneció al Instituto Nacional de Vías (Invias), y el interés por este territorio estuvo marcado como reserva para la construcción de la variante Soacha-Mosquera, sin que existiera gestión o interés por el arte rupestre de la zona. El lugar fue abandonado y careció de control sobre lo que sucedía en este (Alcaldía Municipal de Soacha, 2014: 19).
Con la cesión del predio por parte de Invias al municipio de Soacha, la construcción de la carretera y el desarrollo del megaproyecto urbano de Ciudad Latina, sumados a la conexión directa por carretera con Soacha, Canoas cobró vida al recibir constantemente turistas que utilizaban sus senderos para los circuitos de bicicleta. Además, los cientos de bloques de roca se convirtieron, desde los primeros años de este siglo, en uno de los sitios más privilegiados para la práctica de la escalada en bloque en Colombia (Canoas Climbing, 2016; Canoas Bouldering, 2017).
Una de las mayores paradojas que alimenta la idea de un paisaje cultural en Canoas es la confrontación entre los grupos dedicados a la conservación del patrimonio arqueológico y los escaladores y turistas que visitan este parque (El Espectador, 31 de mayo de 2018). Sin este conflicto, lo que ocurre en este SAR no sería conocido ni relevante para nadie. Este enfrentamiento ha generado estrategias de protección del área, impulsadas por grupos comunitarios, amigos de los SAR, escaladores y usuarios del parque, quienes han llevado a cabo campañas de apropiación del lugar. Es un ejemplo de construcción de identidad con el territorio a partir de las tensiones y los usos del patrimonio cultural.
Boyacá: Gámeza, Cucaita y Farfacá
Boyacá, en su zona central del altiplano, ha sido, durante siglos, un territorio de continuidad de legado y ocupación constante por más de 12 000 años. La mayoría de la población actual de las zonas campesinas de la cuenca alta del río Chicamocha y áreas colindantes tiene lazos familiares y de parentesco que se pueden rastrear desde los inicios del mestizaje étnico ocurrido con la llegada de los españoles en el siglo XVI.
Esta secuencia histórica es evidente en los apellidos, la toponimia de accidentes geográficos y en los nombres hispanizados de poblados indígenas, los cuales muestran una relación antigua con el territorio. Lo anterior cobra mayor relevancia cuando se analizan las relaciones que las comunidades rurales y urbanas han entablado con las piedras y sitios arqueológicos, así como las narraciones y comuniones con el territorio que se remontan al pasado más remoto (López Estupiñán, 2011). Hasta ahora, las investigaciones han permitido inferir que los muiscas del norte de Boyacá eran diferentes en procesos culturales y desarrollo social a los de las cuencas de Bogotá y Ubaté (Comba González, 2018: 25).
Limitaré el análisis de la construcción del paisaje cultural a dos sitios. El primero será la zona de Gámeza, cuyos petroglifos han sido testigos del desarrollo del parque de escalada más grande de Boyacá en los últimos años. El segundo sitio es la unión de dos SAR, colindantes con la ciudad de Tunja, entre los municipios de Farfacá y Cucaita, donde moyas, rocas y pictografías conforman un gran paisaje pétreo de bloques diseminados a orillas del río Farfacá, con un importante desarrollo de la escalada en bloque y deportiva en la región.
Piedras de Gámeza o la Peña de las Águilas
Las rocas de Gámeza han sido reconocidas principalmente por una actividad que se celebra cada enero: la pintada de varias piedras de la zona, auspiciada por la alcaldía municipal, que ha denominado al lugar «Zoológico de piedra», promoviendo este evento como uno de los atractivos turísticos del municipio. La pintada ha sido fuente de debate entre arqueólogos y conservacionistas del arte rupestre, quienes la consideran un atentado contra la integridad del SAR (Martínez Celis, 2015), mientras que otros la ven como una forma en que las personas se apropian de su cultura y territorio (López Estupiñán, 2011).
Al igual que en los demás SAR investigados, en Peña de las Águilas no existen investigaciones que afirmen fechas específicas ni que definan las pertenencias culturales de estos petroglifos con los habitantes prehispánicos. Existe, sin embargo, un acervo documental que hace referencia a la historia colonial e infiere relatos y crónicas que vinculan estos sitios con los cacicazgos del norte que formaban la unidad cultural muisca tardía, a finales del siglo XV y parte del siglo XVI (López Estupiñán, 2011).
Gámeza ha sido escenario de hechos históricos relevantes. Fue parte de una de las batallas de la campaña libertadora el 11 de junio de 1819, previo a la batalla definitiva del Puente de Boyacá, el 7 de agosto de ese mismo año, que marcó la emancipación de Colombia de España. Además, en el siglo XX, los campos de Gámeza fueron testigos de hechos de violencia durante la época de las guerras bipartidistas de la década de 1960. Desde la segunda mitad del siglo XX, ha sido fuente de recursos mineros, como carbón y hierro, que abastecen las industrias de la cuenca alta del río Chicamocha. Para la mayoría de las personas, tanto locales como turistas, la relevancia de Gámeza radica en sus piedras y en la relación que las personas han entablado con ellas.
La monografía de López Estupiñán (2011) muestra que, en la cotidianidad de los habitantes de la región, siguen vigentes y vivas las relaciones de sincretismo que varias generaciones han desarrollado en torno a las formaciones geológicas y el arte rupestre, a través de la tradición oral, los mitos y leyendas que dan continuidad al legado y cosmovisión muisca en la región.
El historiador Jairo Comba (2018) ha elaborado un estudio sobre la interpretación simbólica de las pictografías y los petroglifos, lo que ha permitido que algunos grupos se reivindiquen como Muiscas en el siglo XXI. Estos grupos toman estas imágenes y se reconocen en ellas como guardianes de la tradición y portadores del conocimiento transmitido a través de la tradición oral, principalmente por las descendencias y filiaciones familiares que legitiman su discurso étnico, el cual aún se mantiene en las zonas rurales de Gámeza y Sogamoso.
Otro enfoque sobre las relaciones que las comunidades han establecido con sus rocas es el tema de la minería de carbón, el cual ha sido poco estudiado. El territorio de Gámeza y sus alrededores está marcado por la presencia industrial y artesanal de cientos de minas de carbón, que contrastan con el paisaje y han condicionado las relaciones en términos de bienestar ambiental, laboral y paisajístico en la zona. Sin embargo, sigue siendo una veta de investigación por desarrollar (Avellaneda, 2014).
El desarrollo de la escalada en los últimos quince años y la afluencia de turistas y escaladores a la peña han generado conexiones no solo entre las rocas y los visitantes, sino también con la comunidad local, que ha elaborado narrativas sobre la presencia de restos óseos de escaladores en las paredes (López Estupiñán, 2011). Otro nente en la del paisaje cultural que contribuye a la identidad y el sentido de pertenencia con este espacio es el impulso de estrategias de protección ambiental de la zona por parte de la comunidad de escaladores de la región.
Las piedras de Gámeza forman parte de un paisaje cultural consolidado a lo largo de los últimos ochenta años, a través de los procesos de apropiación por parte de las comunidades. Pintar las rocas y resignificar el sitio desde una perspectiva neomuisca ha convertido al lugar en un nuevo espacio de desarrollo, en términos constitutivos del paisaje cultural. El sitio pertenece a un territorio rico y diverso en lo cultural, histórico y ambiental, donde el patrimonio, el turismo y la aventura permiten caracterizar el área como un paisaje vivo, debido a que las personas mantienen usos, historias e identidades que la tradición oral ha transmitido.
Cucaita y Farfacá
Tal vez estos dos lugares sean los menos conocidos para la escalada en Colombia. Cucaita es un municipio situado a 10 km de Tunja, sobre la carretera que conecta la capital de Boyacá con Villa de Leyva, uno de los destinos turísticos más importantes del país. Esta proximidad podría ser una de las razones por las cuales esta zona de Boyacá ha permanecido invisibilizada, convirtiéndose en un simple punto de paso hacia Villa de Leyva. Otra razón podría ser que, al igual que el pueblo de Motavita, su vecino cercano, donde se encuentra el valle rocoso de Farfacá, ha sido una zona rural de subsistencia, con actividades mixtas como la agricultura, la ganadería de ovinos y, más recientemente, la minería de piedra y arena, con poca relevancia frente a otras regiones de Boyacá (Pradilla Rueda, 2010).
Los cronistas describen las cucacuy como los sitios de preparación de los sacerdotes muiscas. Cucaita y Farfacá corresponden a estos sitios en el territorio del cacicazgo de Hunza, hoy Tunja (Pradilla Rueda, 2010). Algunos estudios sobre las rocas de Farfacá incluyen un análisis de pigmentos (Martínez Moreno y Bateman Vargas, 2004), una propuesta de un Plan de Manejo Arqueológico (PMA) (Grupo Interdisciplinario de Investigaciones Arqueológicas e Históricas de la UPTC [GIIAH], 2010) y el inventario del arte rupestre publicado por la UPTC (Pradilla Rueda, 2010), entre otras tesis e investigaciones realizadas por los estudiantes de la UPTC. Sin embargo, en el caso de Cucaita, hasta la fecha no existen referencias de trabajos arqueológicos en la zona.
El valle alto del río Farfacá, que marca el nacimiento del río Chicamocha, es una de las zonas arqueológicas más importantes asociadas al centro de poder cacical o político de los Muiscas del norte, cuyo referente prehispánico fue Tunja (Guerrero Sánchez, 2018). Desde este referente geográfico se ha construido parte de la historia arqueológica y colonial de la zona Farfacá-Cucaita (Pradilla Rueda, 2010).
Existen diversas razones por las que son escasas las referencias sobre Farfacá y Cucaita como destinos de escalada. Sin embargo, en los últimos diez años se ha revertido esta tendencia, impulsando el desarrollo de la escalada y, con ello, la afluencia de turistas y las tensiones con el patrimonio arqueológico documentado, principalmente en Farfacá y Motavita. Esto ha otorgado relevancia a esta zona como objeto de investigación.
La apropiación del patrimonio y la difusión de las investigaciones son tareas aún pendientes en esta zona. Ante la ausencia de obras de divulgación, infografías o carteles que informen sobre el valor arqueológico de la región, se ha registrado un desarrollo descontrolado de actividades como la escalada, el downhill y el motocross, las cuales han generado tensiones con las comunidades locales y los SAR. Esta situación llevó, en 2017, a una denuncia civil ante el ICANH para investigar las afectaciones al patrimonio cultural de la zona. Con el acompañamiento del Museo Arqueológico de Tunja, se procedió al cierre y la prohibición temporal de realizar actividades turísticas y de aventura sobre las rocas del valle de Farfacá.
La prohibición de la escalada en Farfacá constituyó el primer referente a nivel nacional sobre la negligencia de los escaladores y la falta de medidas para un uso responsable de las rocas, que no causara daños al patrimonio arqueológico. Además, envió el mensaje de la urgencia de generar estrategias de apropiación e identidad con los territorios en los que se practica la escalada (Osorio Osorio, 2016).
La importancia de Farfacá-Cucaita radica en que, siendo una de las zonas con mayor proyección para la escalada nacional, evidencia lo frágil de las relaciones entre escaladores y comunidades locales, además del desconocimiento del valor social y cultural de estos espacios, condicionados por la Ley 1185 de 2008 y el Decreto 1080 de 2015, que los protegen. Estas experiencias han contribuido a fortalecer los actuales referentes de organización de la escalada para la protección del ambiente y los entornos culturales.
EPÍLOGO: ESCALADA Y AVENTURA, PAISAJES DE AVENTURA
Las zonas de escalada en Colombia no cuentan con dimensiones geográficas ni históricas comparables a las de Yosemite en Estados Unidos o La Pedriza en España. Sin embargo, presentan una complejidad patrimonial que va más allá del altiplano cundiboyacense. Existen varios factores que nos permiten reflexionar sobre cómo la escalada en roca ha contribuido a que estos lugares se conviertan en paisajes culturales, siendo la primera relación evidente la presencia de los SAR. Zonas como Suesca, el Abra, Sutatausa, Gámeza, Canoas y otras áreas de escalada del altiplano deben gran parte de su relevancia al arte rupestre contenido en sus rocas.
El mayor vacío en esta investigación radica en la escasa masa documental y las referencias bibliográficas disponibles para construir una historiografía de la escalada en roca en Colombia. Si consideramos el concepto de turismo de aventura, los recursos son aún más limitados para ofrecer una visión general sobre el desarrollo de la escalada y las actividades montañeras en el país. Otro obstáculo es el carácter de nicho o gueto de las zonas de escalada y de las comunidades de escaladores que se concentran en cada uno de estos lugares". En Colombia existen aproximadamente cincuenta zonas de escalada, mayoritariamente ubicadas en la región andina, todas ellas microterritorios asociados a prominencias geológicas, como farallones, cañones y bloques de roca.
Lo mencionado anteriormente ofrece pistas sobre cómo el territorio en torno a la escalada se construye en fracciones mucho más grandes, que complementan los paisajes culturales. Por ejemplo, Yosemite, cuyo parque ocupa un área de tres mil kilómetros cuadrados, pero cuya influencia como ícono cultural trasciende las fronteras del parque y de Estados Unidos. El oso Yogui, un cómic infantil cuyo escenario es Yosemite, se ha visto a lo largo y ancho del mundo. Películas, libros, marcas de equipo de escalada y otros bienes y servicios culturales han sobrepasado las paredes rocosas del Capitán.
Hasta el siglo XXI, los SAR han sido de interés colectivo para las actividades de escalada y los escaladores, como se evidencia en el primer documento escrito y divulgado para la organización de las zonas de escalada: «Protocolo, acceso, apertura y uso para la escalada en Colombia» (Fundación Edenes, 2017). En este documento se establecen las pautas de acción y comportamiento que deben seguirse ante la presencia de arte rupestre en las zonas de escalada. Estas medidas están orientadas a la protección y conservación, en concordancia con la legislación cultural vigente (Ley 397 de 1997, Ley 1185 de 2008 y sus respectivos decretos reglamentarios, así como el Decreto 1080, Único Reglamentario del Sector Cultura).
Hasta hace apenas cuatro años, se visibilizó una generación de opinión y conciencia respecto a la protección de los SAR en las zonas de escalada. A través de talleres, publicaciones y debates en redes sociales, se ha promovido la importancia del tema entre la comunidad de escaladores y los turistas que visitan estas zonas en el altiplano. En las décadas anteriores, la valoración y protección del patrimonio por parte de guías, operadores y turistas era mínima, ya que no existía información ni divulgación sobre la importancia de estos valores culturales.
La vinculación de los SAR a la planificación y al uso sostenible de los espacios de escalada surgió como respuesta a las prohibiciones y advertencias que, desde las comunidades locales y el ICANH, se han hecho respecto al cierre de estos espacios al turismo activo. Esta situación explica la aparición en 2016 de la Fundación Edenes de Colombia, la primera ONG colombiana dedicada a la negociación y representación de los intereses de los escaladores para asegurar su libre acceso.
La integración de la escalada en un paisaje cultural que incluya los SAR es el resultado de una reacción, protección y defensa ante las prohibiciones. Además de los protocolos implementados, los guías y operadores turísticos de cada zona de escalada están llevando a cabo acciones pedagógicas y discursos turísticos sobre la importancia de conservar los SAR. En años recientes, he acompañado a la Asociación Colombiana de Guías de Montaña y Escalada (ACGME) y a prestadores de servicios turísticos en Suesca. Mediante reflexiones de carácter patrimonial, se han obtenido resultados en el manejo de la información cultural por parte de escaladores y operadores turísticos, lo que ha reflejado una mayor apropiación del patrimonio.
La unión de los territorios de aventura con los espacios patrimoniales ha sido mediada por el uso que el turismo ha dado a los SAR. El interés económico y la valoración turística de las rocas y piedras les ha otorgado la relevancia que los gestores culturales y los no especialistas en patrimonio no habían logrado. Fue hasta hace dos años que los grupos de escaladores asumieron el arte rupestre como parte de la gestión y la responsabilidad en el uso de las rocas (Fundación Edenes, 2017). Desde el sector público y las comunidades interesadas en los SAR, se hace evidente una férrea oposición a la escalada.
Los SAR, entendidos como meras exhibiciones de un arte que debe ser preservado, chocan con las realidades y los usos que se les están dando. La escalada en Suesca y Canoas surgió mucho antes que el turismo, y otras zonas de escaladores y turistas han llegado de manera conjunta, como en Gâmeza, Farfacá o Sutatausa. Los SAR, desde la historia y la arqueología, han sido paisajes culturales, pero en la actualidad, la integración de nuevas actividades ha reconfigurado los territorios.
La aventura y el turismo han aportado contenido socioeconómico y cultural a los municipios donde se encuentran los SAR analizados. Desde esta perspectiva, la aventura y el turismo han actuado como activadores del patrimonio. El turismo ha añadido un valor agregado al territorio, los SAR han proporcionado contenido para validar su importancia ante los escaladores, y estos han generado iniciativas para la protección de los SAR. Esta relación entre turismo, escaladores, comunidades y SAR evidencia un paisaje cultural en evolución, que resulta interesante para comprender los cambios culturales y ambientales en el altiplano.
Sidebar
References
BIBLIOGRAFIA
ALCALDÍA MUNICIPAL DE SOACHA. (2014): Inventario у registro participativo de arte rupestre del corregimiento 2 de Soacha (Cundinamarca), Soacha. Recuperado de: http://openarchive. icomos.org/1525/1/Arte_rupestre__corregimiento_2_soacha.pdf
ALGARRA, J., GARZÓN, M., RUEDA, S., RODRÍGUEZ, P, BARRAGÁN, Á., PEDRAZA, A., TORRES, F., GONZÁLES, A., RIVERA, M., RIVERO GIRALDO, H. (2014): «Visita a los abrigos rocosos de Barandillas», Zipaquirá. Recuperado de: https://www.rupestreweb. info/abrigosbarandillas.html
ÁLVARO, S., MARTÍNEZ, E. (2002): El sentimiento de la montaña. Madrid.
AVELLANEDA CUSARÍA, JOSÉ ALFONSO. (2014). «Aproximación a la historia ambiental de laminería en Boyacá». Historia ambiental Latinoamericana y Caribeña. -HALAC-. Belo Horizonte: Vol. III, № 3, septiembre 2013 - febrero 2014, 208 - 224.
APTTELEVISIÓN. (2014): «Rocas Del Abra Tocancipá Cundinamarca». Tocancipa. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=1upKo-SBM28
ARBELÁEZ, M., RUIZ, J. (2010): De los andes al Everest. Expedición Colombia, Bogotá.
ARGUELLO GARCÍA, Р.М. (2001): «Historia de la investigación del arte rupestre en Colombia». Bogotá. Recuperado de: http://www.rupestreweb.info/colombia.html
ARGUELLO GARCÍA, P. M. (2003): «Restauración y educación en el arte rupestre. Notas sobre un caso colombiano, parque arqueológico de Facatativa». Bogotá. Recuperado de: www.rupestreweb.info/facaresta.html
BOTIVA CONTRERAS, Á., GROOT DE MAHECHA, A. M., HERRERA, L., MORA, S. (1989): Colombia prehispánica: regiones arqueológicas. Bogotá, Concultura e Instituto Colombiano de Antropología.
CADENA GÓMEZ, A. M., CASTILLO SEGURA, C., RIVERA, С.А. (2011): Construyendo legado cultural. Universidad Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario, Bogotá.
CANOAS CLIMBING. (2016): «Canoas Boldering» [grupo de Facebook]. Recuperado de: https://Www.facebook.com/groups/645791982120170/
CANOAS BOLDERING. (2017): «Canoas Boldering» [grupo de Facebook]. Recuperado de: https://www.facebook.com/groups/apropiacionpatrimonioarqueologico/search/? query =canoas
CASTILLO, M., LEÓN, J. М. (2016): Prohibido escalar. Zuanka Producciones y Plataforma de Escalada Sostenible, Madrid.
COMBA GONZÁLEZ, J. L. (2018): Suamox: símbolos visuales. Fundación Universitaria del Área Andina, Bogotá.
DELGADO ROZO, J. (2010): «La construcción social del paisaje de la Sabana de Bogotá, 1880-1890» [tesis de maestría]. Bogotá, Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia.
DURÁN, C. A. (2005): «Ser Muisca hoy. La identidad Muisca como proyecto colectivo de organización política en la localidad de Bosa (Bogotá D.C.)», A. M. Gómez Londoño (ed.): Muiscas. Representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria. Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana. 348-360.
EL ESPECTADOR. (2018): «Cierran el parque Canoas por vandalismo». Bogotá, 31 de mayo del 2018. Recuperado de: https://www.elespectador.com/noticias/bogota/cierranparque-canoas-en-soacha-por-actos-de-vandalismo-articulo-791898
EL TIEMPO. (2014): «Especiales: 25 años del atentado al avión de Avianca». Bogotá, 27 de noviembre de 2014. Recuperado de: https://www.eltiempo.com/multimedia/especiales/ 25-anos-del-atentado-al-avion-de-avianca/14890758/1/index.html
ÉTICA, escalada, protección y otras trivialidades. (2017): «¿Alguien sabe quién y hace cuento y porque razón se instaló la virgen en Suesca? ¿Y porque específicamente en ese lugar?» [grupo de Facebook]. 19 de mayo de 2017. Recuperado de: https://www.facebook. com/groups/escaladaeticayestetica/search/?query=la%20virgen
FUNDACION EDENES DE COLOMBIA. (2017): Protocolo, acceso, apertura у uso para la escalada en Colombia. Bogota, Fundacion Edenes de Colombia. Recuperado de: https://edenesde colombia.com/wp-content/uploads/2020/05/ProtocoloAAU-11.05.2020.pdf)
FUNDACIÓN EDENES DE COLOMBIA. (2018): «Rocas del Abra». Bogotá, Fundación Edenes de Colombia. Recuperado de: https://edenesdecolombia.com/rocas-del-abra/#:~:text =Las%20rocas%20donde%20escalamos%20en,contextos%20de% 200 cupaci% - C3%B3n%20humana% 20m % C3%A1s
FUNDACIÓN ERIGAIE (2015). Soacha rupestre, inventario de sitios con Arte Rupestre. Soacha: Plegable divulgativo.
GAMBOA MENDOZA, J. A. (2010): El cacicazgo muisca en los años posteriores a la Conquista: del sihipkua al cacique colonial, 1537-1557. Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).
GÓMEZ LONDOÑO, A. M. (2013): Erfindung einer Muisca. (Chibcha). Tradition im kulturellen Modernisierungsprozess in Kolumbien (1920-1934). Berlin, Inaugural-Dissertation Zur Erlangung des Grades eines Doktors der Philosophie am Fachbereich Philosophie und Geisteswissenschaften ZI Lateinamerika Institut der Freien Universität Berlin.
GUERRERO SÁNCHEZ, A. Е. (2018): «Arte rupestre y diferenciación social: Estudio de la localización del arte rupestre y patrones de asentamiento prehispánico en Tunja y Motavita». [trabajo de grado]. Tunja, Colombia: Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.
HURTADO PEDRAZA, N. A. (2015): «Las pictografías de Sáchica desde las narraciones orales de sus vecinos». 9 de febrero de 2018. Recuperado de: http://www.rupestreweb.info/ pictografiassachica.html
INSTITUTO FRANCÉS DE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA PARA EL DESARROLLO EN COOPERACIÓN (ORSTOM), INSTITUTO GEOGRÁFICO AGUSTÍN CODAZZI (IGAC). (1984): Estudio regional integrado del altiplano cundiboyacense [documento inédito]. Bogotá, ORSTOM- IGAC.
KIEN Y KE. (2014): «¿Qué tanto habla de Colombia su arte rupestre?». Bogotá, 14 de marzo del 2014. Recuperado de: https://www.kienyke.com/historias/que-tanto-habla-decolombia-su-arte-rupestre
LLERAS PÉREZ, R., JAIMES LÓPEZ, А. M. (ed.). (2015): Bacatá Cultura viva: Historia de Funza, Tomo 1. Bogotá, Universidad Externado de Colombia.
LÓPEZ ESTUPIÑÁN, L. (2011): «Topando piedras, sumercé. Narraciones en torno a las piedras de Iza y Gámeza, Boyacá, Colombia» [trabajo de grado]. Popayán, Colombia: Universidad del Cauca, Colombia.
LÓPEZ ESTUPIÑÁN, L. (2018): «Memorias rupestres. Prácticas culturales de la gente de montana en los Andes». P. Arguello (ed.): Arte rupestre en Colombia. Investigación, preservación, patrimonialización. Tunja, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. 173-191.
MARTÍNEZ CELIS, D. (2011): Reconocimiento, documentación y registro de sitios con arte rupestre en Sutatausa, Cundinamarca. Sutatausa, Centro de Historia y Patrimonio Cultural de Sutatausa.
MARTÍNEZ CELIS, D. (2013): «Inventario participativo y caracterización de sitios con arte rupestre en Sutatausa (Cundinamarca). Una experiencia de apropiación social del patrimonio cultural». Sutatausa, 7 de febrero de 2018. Recuperado de: http://www.rupestre web.info/inventariorupestresutatausa.html
MARTÍNEZ CELIS, D. (2015a): Lineamientos para la gestión patrimonial de sitios con arte rupestre en Colombia como insumo para su apropiación social. Bogotá, Ministerio de Cultura.
MARTÍNEZ CELIS, D. (2015b): «Ampliando el espectro. Muebles rupestres policromos en la Sabana de Bogotá». 7 de febrero de 2018. Recuperado de: http://www.rupestreweb.info/ policromias.html
MARTÍNEZ CELIS, D. (20150): «Xuacha Rupestre» [documental]. Soacha, Colombia, Fundación Erigaie. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=6v0fyzPw-g4
MARTÍNEZ CELIS, D., BOTIVA, Á. (2004): Manual Rupestre de Arte de Cundinamarca. Bogotá, Instituto de Antropología e Historia ICANH-Secretaría de Cundinamarca.
MARTÍNEZ CELIS, D., MENDOZA LAFAURIE, S. (2014): Sutatausa: Memoria del encuentro de dos mundos. Bogotá, Instituto Departamental de Cultura y Turismo (IDECUT).
MARTÍNEZ MORENO, A., BATEMAN VARGAS, С. (2004): «Técnica de elaboración de las pictografías ubicadas en el área de curso del río Farfacá, Tunja (Colombia)». RupestreWeb. Recuperado de: http://www.rupestreweb.info/farfaca.html
MARTÍNEZ PISÓN, E. (2009): Miradas sobre el paisaje. Madrid, Biblioteca Nueva.
MINISTERIO DE CULTURA DE COLOMBIA (MINCULTURA). (2018): Listado de bienes culturales del ámbito nacional. Bogotá, Dirección de Patrimonio.
MONODEDO. (s. f.): «Dónde escalar?». Recuperado de: http://www.monodedo.com/md%20 colombia/mdcolombia/dondeescalar.htm
NIEBLES, L. (9 de octubre de 2017): «Arte rupestre en Sutatausa ¿una obra de los chamanes?». Revista Semana, 9 de febrero de 2018. Recuperado de: http://www.semana.com/ contenidos -editoriales/cundinamarca-por-ruta-correcta/articulo/ruta-del-arterupestre-en-cundinamarca/540168
OSORIO OSORIO, J. A. (2007): El río Tunjuelo en la historia de Bogotá 1900-1990. Bogotá, Alcaldía Mayor de Bogotá.
OSORIO OSORIO, J. A. (2015): «¡Conjugando el verbo escalar! Yo escalo, tú escalas, ellos nos prohíben». La Piola, n° 21, 14-15, Bogota.
OSORIO OSORIO, J. A. (2016): «La Aventura del turismo; resignificando la cultura a través del turismo y la aventura». International Journal of Scientific Management Tourism, vol. 2 n° 2, 285-295, Córdoba.
PRADILLA RUEDA, H. (coord.) (2010): Plan de manejo y protección de las pictografías, moyas y rocas de Farfacá de los municipios de Tunja y Motavita. Tunja, Gobernación de Boyacá y Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.
PRADILLA RUEDA, H.,VILLATE SANTANDER, G. (2010): Pictografías, moyas y rocas de Farfacd. Tunja, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.
REYES, M., TRIANA, A. (2011): «Arte rupestre en la ciudad del Varón del sol (Comunas 4 y 5 municipio de Soacha). Una estrategia para la divulgación de nuestro patrimonio arqueológico» [trabajo de grado]. Bogotá, Corporación Universitaria Minuto de Dios.
REVISTA SEMANA (9 de octubre de 2017), Chia - Mosquera - Girardot, una vía clave. Recuperado de: https://www.semana.com/contenidos-editoriales/cundinamarca-por-rutacorrecta/articulo/la-via-chica-mosquera-girardot-y-ramal-a-soacha-es-clave-para-eldesarrollo/54029
RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ, C. (2016): «El altiplano Cundiboyacense como paisaje productivo mixto, red de subregiones culturales: caso de estudio, el valle de Ubaté y la capital lechera y carbonífera de Colombia» [trabajo de grado]. Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana.
RODRÍGUEZ, M. E. (2016): «Multivocalidad, años después de Cristóbal Gnecco. Fragmentos del Pasado», Revista de Arqueología, n° 1, 109-113, Buenos Aires.
ROMANO, F. (2015): «Arqueología de Funza: primeros pobladores, sociedades sedentarias y el cacicazgo de Bogotá». R. Lleras Pérez, A. M. Jaimes López (eds.): Bacatá, cultura viva: historia de Funza, Tomo 1. Bogotá, Universidad Externado de Colombia. 31-45.
TSAO BORRERO, J. F. (2012): «Adventure Tourism Benchmark. Analyzing the Case of Suesca, Cundinamarca», Turismo y Sociedad, vol. 13, 209-226, Bogotá.
VEGA, C. M. (1996): Erwin Kraus. El camino de la Montaña. Bogotá, Diego Samper Ediciones.
DECRETOS, LEYESY RESOLUCIONES
ALCALDIA MUNICIPAL DE TOCANCIPA. (2018, 28 de marzo): Decreto 036 de 2818. Por el cual se ordena la protección de un bien de interés cultural del orden nacional y se dictan otras disposiciones. https://edenesdecolombia.com/wp-content/uploads/2019/07/Decreto-0362018-rocas-del-abra-zipa.pdf
ALCALDIA MUNICIPAL DE ZIPAQUIRA (2018): Decreto 046 de 2018: Medidas de protección para el Valle del Abra.
CONGRESO DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA (1997, 7 de agosto): Ley 397 de 1997. Por la cual se desarrollan los Artículos 70, 71 y 72 y demás Artículos concordantes de la Constitución Política y se dictan normas sobre patrimonio cultural, fomentos y estímulos a la cultura, se crea el Ministerio de la Cultura y se trasladan algunas dependencias. Diario Oficial 43102. http://funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=337
CONGRESO DE LA REPÜBLICA DE COLOMBIA (2008, 12 de marzo): Ley 1185 de 2008. Por la cual se modifica y adiciona la Ley 397 de 1997 -Ley General de Cultura- y se dictan otras disposiciones. Diario Oficial 46929. https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornorma tivo/norma.php?i=29324
PARQUES NACIONALES NATURALES (PNN). (2018, 14 de noviembre): Resolución 474 de 2018. Por medio de la cual se adopta el lineamiento para la reglamentación de actividades deportivas de montaña y escalada en el Sistema de Parques Nacionales Naturales de Colombia y se establecen otras determinaciones. Diario Oficial 50791. https://medioambiente.uexterna do.edu.co/wp-content/uploads/sites/19/2019/08/Resoluci% C3%B3n-474-de-2018.pdf
PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA. (2015, 26 de mayo): Decreto 1080. Por medio del cual se expide el Decreto Único Reglamentario del Sector Cultura. Diario Oficial 49523. https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=76833
Footnote