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A Anexa Alfred Cunnigham no le alcanza el día para hacer todas las tareas. Divide su tiempo entre sus dos hijos, su trabajo y Nicaragua, dice. Desde el 14 de julio de 2025 esta miskita es la presidenta del Mecanismo de Expertos de DD. HH. de los Pueblos Indígenas de Naciones Unidas.
“Es complejo, pero asumo con total responsabilidad mi trabajo”, comenta. Vive en Ginebra, Suiza, en donde está ubicada la sede del Consejo de DD. HH. de Naciones Unidas, pero si de ella dependiera, viviría en Nicaragua. “El exilio nunca fue mi opción. Yo no quería dejar Nicaragua”, señala.
Hace tres años, el 11 de julio de 2022, la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo le impidió regresar al país. Ella había salido hacia Suiza para asumir su puesto como miembro del Medpi. Desde entonces vive exiliada, por segunda vez, porque cuando estallaron las protestas decidió irse un tiempo a Estados Unidos con sus hijos. “Ese fue un autoexilio”, explica.
Ahora, lejos de su tierra y de su natal Tuapi, la comunidad indígena donde nació, Anexa vela cada día para que los gobiernos de todo el mundo respeten los derechos humanos de los pueblos indígenas de cada rincón del planeta.
Antes de esto, desde muy joven trabajó en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), fue funcionaria de la Procuraduría General de República, presidida por Hernán Estrada, y ha sido miembro del partido indígena Yatama, con el que fue parte de la Coalición Nacional hasta que los expulsaron en mayo de 2021.
Por su trabajo y su trayectoria ha estado en varios países, pero en ningún lugar se ha sentido mejor que en Tuapi. “Una de las cosas que más anhelo es desayunarme mi langostita, con mi yuca, mi gallopinto. Esa comida de la mañana, con una tortilla de harina…”, saborea.
De Tuapi a Managua
Tuapi es una pequeña comunidad indígena de la Costa Caribe Norte de Nicaragua, dedicada a la pesca y ubicada a 18 kilómetros de Bilwi, y a más de 500 de Managua. Ahí nació Anexa, la tercera de los cinco hijos que tuvieron doña Clotilde Cunningham y don Arturo Alfred. Dos hermanos de Anexa murieron cuando eran niños. Uno en un accidente de tránsito, y otro por fiebre amarilla.
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Su madre, dice Anexa, fue la que más incidió en ella y en el futuro que se forjaría después. Doña Clotilde era originaria de Río Coco y desde los 12 años trabajó como niñera de un coronel de Somoza. Luego conoció al padre de Anexa y se fue a vivir con él a Tuapi.
Anexa nació el 14 de diciembre de 1978, “meses antes de la mal llamada revolución, que para nosotros no lo fue”, comenta. Sus primeras palabras fueron una mezcla entre español, creole y miskito. Creció en un entorno muy humilde. Su madre era comerciante y fue una de las fundadoras del mercado de Bilwi, a inicios de los años ochenta.
Como en la comunidad no había muchas oportunidades, el matrimonio envió a sus hijos a estudiar a Managua. De su niñez, Anexa aún tiene vagos recuerdos de lo que fue la guerra en la Costa Caribe, además de la Navidad Roja y los tiempos de escases. “En Tuapi no atacaron, pero sí en las comunidades cercanas”, relata.
En Managua terminó de crecer en Quinta Pacheco, un barrio del norte de la ciudad cerca del lago, en donde solía ir a jugar entre las plantaciones de trigo. Recuerda que aún en periodos de escasez, por la guerra y el bloqueo económico de Estados Unidos a Nicaragua, vivía con lo necesario y nunca le faltó nada gracias a sus padres.
Para ir al Colegio Jimmy González en donde estudió la primaria, Anexa debía caminar un kilómetro. Aquella escuela no tenía pupitres y los niños se sentaban en el suelo a leer las frases sandinistas de los libros y aprender a sumar y restar con dibujos de fusiles.
Su secundaria la terminó a mediados de los noventa, en el Instituto Modesto Armijo. Para entonces, la madre de Anexa la apoyaba siempre cuando quería apuntarse a estudiar en algún curso o hacer otra actividad. Así fue como aprendió computación e inglés en su juventud. “Sólo en la calle querés andar”, le reclamaba su padre. “Ahí dejala vos, que estudie lo que quiera”, le respondía su madre.
Abogada por accidente
Anexa decidió estudiar Derecho sin tener un interés verdadero en convertirse en abogada. Más que nada, ella estaba huyendo de los números “porque yo era pésima en matemáticas y no me gustaban”, confiesa.
En cambio, las amiguitas de la secundaria con las que se juntaba sí querían estudiar Economía y Administración de Empresas, así que un día se fueron a la Universidad Centroamericana (UCA) para conocer el proceso de admisión.
De entrada, a Anexa le llamó la atención el Derecho, pese a que no se había propuesto estudiar eso. “No sé por qué para serte honesta. Sólo sabía que no quería nada de números”, dice entre risas mientras recuerda el momento.
En 1997 entró a la UCA y fue ahí donde le llamó la atención que casi no se veían tantas clases ni derechos sobre pueblos indígenas. Tras graduarse en 2001, se fue a trabajar a una ONG con la que recorrió varias comunidades indígenas. Luego, a sus 24 años, se ganó una beca de trabajo en la relatoría de pueblos indígenas de la CIDH y se fue para Washington, en noviembre de 2003. Esa etapa de su vida le abriría muchas puertas en el futuro.
Como becaria en Washington, trabajó en casos sobre pueblos indígenas en Chile, Guatemala y otros países del continente. “Ahí entendí el nivel de educación que teníamos porque había gente graduada de Harvard, de Essex. Mi única ventaja es que yo hablaba creole y que había trabajado en comunidades indígenas”, dice.
En 2005, Anexa se fue a estudiar una maestría en Derechos y Políticas Indígenas en la Universidad de Arizona, y en 2007 regresó a Nicaragua.
Para entonces ya existía una alianza entre el Frente Sandinista y el partido indígena Yatama, y el líder de esa agrupación política, Brooklyn Rivera, le pidió que trabajara con él como asesora. Incluso le ofreció proponerla en la Asamblea Nacional para asumir el Ministerio Agropecuario y Forestal (Magfor).
“No me interesaba un cargo. Mi objetivo era apoyar en el proceso. ‘Yo de palos y vacas no sé nada’”, le dijo a Rivera, hoy convertido en preso político. Sin embargo, Anexa sí aceptó ayudarle en lo que ella pudiera.
Meses después se fue a estudiar una titulación en Desarrollo y Pueblos Indígenas, en España, y luego a la CIDH nuevamente, pero ya contratada como abogada especialista. “Yo he sido la primera abogada indígena en ser contratada como staff en la CIDH”, asegura.
Funcionaria y opositora
Anexa regresó a Nicaragua en 2011, cuando el gobierno de Ortega ejecutaba el proceso de demarcación y titulación de tierras indígenas en la Costa Caribe. Esta es una demanda histórica de las comunidades indígenas y Anexa quería aportar a ello porque desde que terminó de estudiar “esa era mi aspiración máxima, que los pueblos indígenas tuvieran sus tierras y administren sus recursos”.
Esto se estaba haciendo a través de la Procuraduría General de la República, al mando de Hernán Estrada, el mismo que años atrás había dicho que si Daniel Ortega quería “no quedaría piedra sobre piedra”. Hasta entonces, él era uno de los leales orteguistas.
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En la PGR Anexa asumió como viceintendente de la propiedad para el Caribe, tras volver de la CIDH. “Fue difícil y complejo porque hay gente que viene con preparación de inteligencia y contrainteligencia. Ahí me di cuenta de que no había nada de alianza (con Yatama)”.
En aquel tiempo, Anexa recuerda que era vigilada en su trabajo y en otras actividades que hacía. En 2015 la separaron de la Viceintendencia y la nombraron procuradora de la familia. Después, en 2016, apareció en la terna para ser magistrada de la Corte Suprema de Justicia (CSJ). Al final no fue escogida por la Asamblea Nacional, “pero eso se decide en El Carmen, ya sabemos”.
El 2 de enero de 2018 ella renunció a la PGR porque estaba cansada. Dejó su carta de renuncia en Recursos Humanos y también en el despacho de Estrada, mientras él daba saludos de Año Nuevo.
Como no le dieron sus indemnizaciones de ley, Anexa presentó una demanda contra la PGR y en respuesta iniciaron una investigación en su contra a través de la Contraloría. Al final, todo se archivó. Poco después, estalló la crisis política.
“Esto no es Venezuela. Nosotros en tres meses estamos saliendo de esto”, bromeaba Anexa con sus amigos. Sin embargo, pasaron junio, julio y agosto. La represión se recrudecía, los muertos aumentaban y el dictador se atrincheraba cada vez más en el poder. Ella temía por sus dos hijos, que eran menores de edad, además del proceso que mantenía la Contraloría en su contra. Por esa razón decidió irse a Estados Unidos por un tiempo.
Fue a mediados de 2019 cuando regresó a Nicaragua que Anexa comenzó a colaborar con los grupos opositores, sobre todo a través de Yatama. Fue parte de la Coalición Nacional anunciada en 2020, hasta que en 2021 los expulsaron después de que Brooklyn Rivera votara a favor de la elección de Lumberto Campbell para ser magistrado del Consejo Supremo Electoral (CSE).
“Ese fue un error, y se lo dijimos”, recuerda Anexa.
Y mientras mantenía su activismo a favor de los pueblos indígenas, ella aplicó para ser parte del Grupo de Expertos de Naciones Unidas. En marzo de 2022 fue escogida como miembro por el entonces presidente del Consejo de DD. HH. de ese organismo, el argentino Federico Villegas.
Sin embargo, no estaba previsto que Anexa se mudara a Ginebra, Suiza. Ella salió en julio de ese año para su primera actividad del Grupo de Expertos, y cuando intentó regresar no la dejaron abordar el avión.
Desde entonces vive exiliada en Suiza con sus dos hijos. Además de español, inglés, creole y miskitu, ahora habla francés para poder comunicarse en ese país.
“Siempre estoy en contacto con exiliados para conocer las realidades que pasamos, y también para ayudarles en lo que pueda”, detalla. No descarta regresar a Nicaragua cuando caiga la dictadura, sobre todo a Tuapi, la comunidad indígena de donde salió para estudiar y que hoy se ve lejana desde la fría Ginebra.
CREDIT: Redacción Domingo
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