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No es sencillo fingir la noche en un tablado iluminado por la luz natural del sol. Los ingenios del Siglo de Oro debían conocer tanto las limitaciones como las posibilidades que ofrecían los edificios teatrales de la época a la hora de oscurecer e iluminar la escena. Este artículo pretende trazar un panorama de los distintos recursos dramáticos que permitían recrear la oscuridad ante el público áureo. A través del corpus de Calderón de la Barca, desde el corral de comedias hasta el Coliseo del Buen Retiro, se buscará la huella de la luz en el texto. La técnica del actor, junto al decorado verbal, se aliarán con objetos y tramoya para desplegar ante el espectador claroscuros llenos de matices: la débil llama de una vela, el ocaso, la penumbra o el eclipse.