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RESUMEN:
Doña Catalina de Bolea, dama noble, monja y hermana de la escritora Ana Francisca Abarca de Bolea, llevó una vida agitada que la llevó a huir de su monasterio y a tener un papel destacado en las convulsiones catalanas de 1640. Su historia y la de sus raptores nos permiten ver la realidad efectiva de algunos tipos de la ficción del Siglo de Oro como el galanteo de monjas o la «mujer vestida de hombre». Este contraste de fuentes literarias e históricas arroja luz sobre los usos amorosos y, con ello, sobre la historia de las mujeres desde el punto de vista de la vida personal, aún escasamente considerado.
Palabras claves: historia de las mujeres, usos amorosos, escritoras del Siglo de Oro, Ana Francisca Abarca de Bolea, rebelión catalana de 1640.
ABSTRACT:
Catalina de Bolea and her sister, the well-known writer Ana Francisca Abarca de Bolea, led very different lives. Despite being a noblewoman and a nun, Catalina fled her monastery and played a remarkable part in the Catalan 1640's turmoil. Her personal story, along with that of her abductors, reflects the reality of some Spanish Golden Age literary topics, such as the courting of nuns, and the cross-dressed women. This complementarity of literary and historical sources sheds light on the Spanish baroque love customs, and thus on women's history, from an intimate point of view, which has been rarely noticed.
Keywords: Early modern women, Love customs, Women authors of the Spanish Golden Age, Ana Francisca Abarca de Bolea, Catalan Revolt of 1640.
Doña Catalina de Bolea fue por un tiempo más conocida que su hermana, la escritora Ana Francisca Abarca de Bolea1. Ambas fueron monjas, las dos con inquietudes artísticas, pero acabaron por muy distintos caminos. Mientras una escribía, sin apenas salir de la clausura, la otra fue de un escándalo a otro: se escapó del monasterio, corrió algunas aventuras y se vio envuelta en los episodios turbulentos de 1640. La vida de doña Catalina tiene un aire novelesco porque nos trae figuras que conocemos a través de su reflejo en la ficción, como el galanteo de monjas, o la «mujer vestida de hombre». Son escenas insólitas, pero de enorme interés: en ellas podemos descubrir cómo los usos sociales inspiraron a los escritores del Siglo de Oro, y al mismo tiempo, cómo su versión estilizada reobró sobre la vida sentimental y amorosa. Son pocos los datos: casi todo lo que sabemos sobre esta región histórica pertenece a un círculo estrecho2, que la estadística no contempla ni aparece en los grandes esquemas sociológicos. Y con todo, no se puede rebajar su importancia: la novela, el teatro o las historias de lances verídicos conservan precisamente aquello a lo que renuncia la abstracción, lo que no considera el estudio de las estructuras políticas o económicas: la intimidad, y el punto de vista personal, sin el que no puede entenderse la vida de las mujeres, ni la historia en su más pleno sentido3.
I.
Don Martín Abarca de Bolea fue caballero de los más linajudos de Aragón, soldado de Felipe II y poeta celebrado. Tuvo dos mujeres, algún amorío y un buen número de hijos4. Las prendas más grandes quedaron, como era costumbre, para los mayores: como don Martín, el primogénito, que consiguió el marquesado de Torres, o doña Francisca, que se convirtió en condesa consorte de Fuentes. Las hijas de la segunda mujer, doña Ana de Mur, conocieron al padre ya entrado en años y con la hacienda derrochada. Les quedaba, eso sí, la herencia de las letras y los libros, el gusto por escribir y cantar: cuatro de las hijas hicieron versos; las dos pequeñas fueron además buenas músicas: la famosa Ana Francisca, que entró desde niña en el convento, y su hermana mayor, Catalina.
Poco sabemos de los primeros años. Doña Catalina fue bautizada en febrero de 1597, en la parroquia de San Felipe de Zaragoza5, y en 1613 ya estaba a punto de abandonar el hogar familiar. Se casó con Diego Martínez de Luna, un caballero segundón afincado en Calatayud, con quien gozó de un buen número de casas y huertas, criados y alhajas6. El matrimonio duró poco: lo justo para dar a luz a una niña, doña Francisca de Luna; de modo que en 1616, hacia los 20 años, doña Catalina ya era viuda, madre y huérfana. La viudedad foral le reservaba el derecho a seguir viviendo en las casas de Calatayud, conservando algunas comodidades, pero no tardó en volver a Zaragoza, donde se preparó para mudar de vida y profesar en el monasterio de Nuestra Señora de Altabás7. Aunque cambiara el vestido de señora por el sayo de las franciscanas, doña Catalina no abandonó el mundo. Conservaba sus encantos: tenía «la cara muy blanca, algo redonda, los ojos alegres, los labios muy colorados, y el baxo más recio que el alto, y un poco caydo, las manos muy blancas y el pie pequeño». Además, cantaba muy bien: tenía una «voz suabe y agradable» bien conocida por las demás profesas del monasterio8. Los lucimientos artísticos venían a ser las galas de la monja noble: mientras sus hermanas se dejaron ver en las justas del Pilar de 1621, doña Catalina publicó unos versos en el certamen poético de la hermandad de la Sangre de Cristo. Crecía por entonces la sociedad de mujeres que se animaban a participar en las contiendas literarias9. Su soneto se llevó las alharacas del jurado y el primer premio en su categoría: una imagen de oro de la Virgen10.
Durante algo más de una década, doña Catalina permaneció en esta clausura benigna de Altabás; allí cobró y repartió sus rentas, escribió, acompañó la crianza de su hija, convivió con su tía monja, Juana de Bolea, mantuvo el trato con sus deudos y otras amistades, sin faltar comidas y meriendas en el locutorio11. Su celda estaba en el claustro alto, desde donde podía ver las «apacibles vistas del caudaloso río Ebro, de sus fertilíssimas vegas y bien compuestos jardines y huertas, y de los sumptuosíssimos edificios de la Ciudad de Çaragoça»12. En su testamento de novicia dejó establecido que el monasterio habría de ser su casa hasta la sepultura, pero nada fue según lo previsto. Para 1629, unos trece años después, buena parte de las monjas estaban enemistadas con doña Catalina; también los Martínez de Luna, la familia del difunto marido: ni siquiera su hija Francisca estaba de su lado. El 5 de septiembre, la monja no amaneció en su celda; no tardaron en correr los rumores: había sido raptada.
II.
Pronto se señaló a dos culpables principales: don Juan de Azlor y don Fernando de Azcón. Ambos eran infanzones, descendientes de las casas más viejas del Reino, y -lo que era peor-: servían al Rey en puestos señalados. Tenían la misma edad: los dos nacieron, como doña Catalina, en la década de 1590. Don Fernando era un perfecto caballero togado, cuarto hijo en la familia, soltero, «rezio y dispuesto», «muy cerrado de barba», aficionado a escribir y encaminado a hacer carrera en las instituciones13. Había estudiado leyes en Salamanca; de allí salió en 1625, a los 30 años, recomendado para lugarteniente en la corte de la Justicia en Zaragoza. Pronto se ganó fama de diligente magistrado14. Don Juan era otro tipo de hombre: segundón de capa y espada, señor de varias baronías, con más fiereza que ambiciones y alguna fama de galán, como se verá a su tiempo. En 1623 ya se hallaba preso, pendiente de rendir cuentas al virrey por algún altercado. Doña Juana de Berbegal, su mujer, sufría «nuebos cuidados cada día» por «tantas tribulaciones»15; quizá se trataba de aquellos «successos violentos» que se le seguían achacando años más tarde, pero que no estorbaron para que el Rey le confiase el cobro de sus dineros en Aragón16.
Don Juan parecía sin duda más sospechoso y fue el primero en ser procesado, pero no sabemos cómo llegó al convento de Altabás17. Pronto empezaron a circular indicios de que el verdadero instigador del rapto había sido don Fernando de Azcón. Su camino estaba mucho más claro: era pariente lejano de doña Catalina y no tardó en ir a visitarla al locutorio cuando llegó a Zaragoza. Debió de parecerle muy buen partido a la monja, que hizo planes para casarle, primero con su prima, Jerónima de Mur, y más tarde con su propia hija, doña Francisca de Luna18. Ninguna de las tercerías terminó cuajando, pero el magistrado siguió tratando a la madre y la hija con mucha familiaridad: pocos meses antes del escándalo, él se encargó de mediar para que Francisca, que ya tomaba posesión de su herencia, respetase y aún aumentase las rentas que aseguraban la cómoda vida de su madre en el monasterio19. No cabe duda de que esta amistad tan estrecha acabó desairando a los principales familiares de doña Catalina: don Martín de Bolea, el hermano, ya marqués de Torres, y el cuñado, don Pedro de Luna; y de que estos mismos asuntos azuzaron las parcialidades que ya había entre las monjas de Altabás.
No había nada de extraordinario en las rencillas, ni en los pleitos más enconados; a poco que se mire, se descubrirá que no daban tregua en ningún ámbito: solo un año antes del rapto, en 1628, el propio arzobispo de Zaragoza estaba enfrentado con su cabildo, y en una procesión sacaron a relucir las espadas20. Lo más interesante no es el fondo contencioso, parecido al de otras épocas, sino más bien el trato entre hombres y mujeres: los usos y las actitudes distintivas de aquel tiempo, que convirtieron el caso de doña Catalina de Bolea en una aventura tan sonada. Por lo pronto, sabemos que todo acabó con la monja exclaustrada en Lérida, don Fernando preso en Zaragoza y don Juan de Azlor condenado a muerte en Madrid. Sobre lo que pasó de por medio hubo varias versiones.
III.
El rapto de doña Catalina pasó, en primer lugar, por lance de amor. Esta fue la primera acusación: la del procurador astricto de Zaragoza contra don Fernando de Azcón, apoyada maliciosamente por las monjas enemigas, sin que fuera claramente desmentida por los familiares. Las noticias de la «desventurada monja» en la Corte también habían llegado con este velo escabroso: «con tantas floxedades, muchos alientos se dan para que se agan semejantes pecados»21. Los tiempos inclinaban a achacar todos los excesos a la relajación de las costumbres; los impulsos reformistas coincidían con una expansión del amor profano: la insistencia en la clausura de los conventos es estricta contemporánea del tipo del galán o devoto de monjas. Fueran cuales fueran las relaciones interindividuales de doña Catalina con cada uno de sus raptores, sus aventuras no se entienden sin el vigor de esta figura, ya socialmente aceptada, pero siempre lindante con la deshonestidad.
El galanteo de monjas no era simplemente el deseo, ni el desliz sexual que pudiera haber habido en cualquier época, sino más bien todas las ceremonias que llevaba alrededor, depuradas de desgarro y que permitían una relación particularmente cercana entre hombres y mujeres: en esto era un fruto ejemplar de la civilidad española del Siglo de Oro, hecha de la sensualidad, lo mismo que del formalismo de la reforma católica y la etiqueta cortesana22. Era un trato en buena medida formulado, pero no se olvidaban sus raíces en el gusto por los amores ilegítimos, irrealizados y contenidos en las miradas. La acusación se esmeró por ajustar todos los gestos de doña Catalina a la de la monja galanteada: don Fernando de Azcón, aun siendo juez, iba continuamente a visitarla, «con muchos actos de estrecha correspondencia»; había dado escándalo a las demás profesas, estando «prohibido a los seglares conversar y tratar con religiosas» sin motivo justificado23, al haber llevado además «comida guisada de su casa por muchos días continuamente, y quedarse algunos a comer con doña Catalina»24. Estas escenas pudieron empezar en la reja del coro bajo que comunicaba la iglesia parroquial con el convento, donde había «conversaciones» con las monjas durante las misas25, pero se desarrollaron sobre todo en el locutorio del piso bajo.
En aquel preciso momento y lugar -Zaragoza, 1626- salía a la imprenta El buscón de Quevedo, al que no le falta un lance con una monja en el locutorio. Los enrejados conventuales se describen allí bullendo de señas y regalos:
Estaban todos los agujeros poblados de brújulas, allí se veía una pepitoria, una mano y acullá un pie; en otra parte había cosas de sábado: cabezas y lenguas, aunque faltaban sesos; a otro lado se mostraba buhonería: una enseñaba el rosario, cual mecía el pañizuelo, en otra parte colgaba un guante, allí salía un listón verde...26
Mientras, en la corte, el propio conde duque de Olivares mantenía una correspondencia cariñosa con doña Teresa, priora del convento de San Plácido, donde se cruzaban mantequillas, besugos, miel, limones o polvos para el pecho27. Se había convertido en cosa corriente: don Fernando, doña Catalina y todos sus coetáneos de la sociedad aristocrática recibieron estos usos como vigentes y pudieron cultivar un galanteo con todo su juego ambiguo, pero sin temor a hacer demasiado ruido. Don Fernando alegaba que era «divertimiento», y «de los más lícitos, visitar a una religiosa, y persona principal como otros, y se entretuviera allí un rato»28. De ahí que los testigos enemigos de doña Catalina tuvieran que introducir otros detalles que inclinasen aquella correspondencia inocente hacia la deshonestidad más escandalosa: don Fernando «cogía de las manos» a doña Catalina -el gesto de los amores clandestinos29-, y, según unas palabras oídas a su hija, había traspasado la clausura para subir a la celda del claustro alto. Mucho más aventurado era pensar que allí la hubiera «conocido carnal y deshonestamente»; pero aun sin que esto hubiera ocurrido, había indicios para pensar que los gestos amorosos hubieran culminado en el rapto de septiembre de 162930.
En noviembre, don Fernando ya estaba preso y procesado. Sus defensores dieron entonces una versión bien distinta de los sucesos. Él contaba con buenos respaldos: insignes letrados, como Baltasar Andrés de Uztarroz, testigos estrechos como María de Bolea, hermana de doña Catalina, y señores titulados, como el marqués de Castelflorite o el conde de Fuentes31. Negaban cualquier culpabilidad en el rapto: en primer lugar, era Catalina la que había comenzado las relaciones con don Fernando, persuadiéndole para casarse con su hija, solicitando su presencia en el convento más veces de las que él podía acudir: incluso «se quexaba que rehusaba de venir quando lo embiava a llamar»32. Esto venía a lavar la honra del juez, pero no tanto la de la religiosa, que quedaba ahora como otra figura típica de aquellos cortejos: la de la monja pedigüeña, que, como las damas caprichosas de los estrados, condenaba a su devoto a dar pruebas constantes de su fidelidad33.
Una vez frustrados los planes de matrimonio con la hija, don Fernando reconocía haber mantenido la relación con doña Catalina, pero siempre por la obligación de caballero: después de algunas diferencias con don Pedro de Luna, tutor de su hija, la monja comenzó a recibir amenazas, probablemente de «enemigas capitales» que tenía en el convento. Llegó a recibir una carta donde le «avisaban que avía de morir en horas, aunque se atravessassen muchas vidas», y se sospechaba que «le querían dar yerbas»; llegaron incluso a prender fuego a su celda. Fue por «redimir la vexación de una señora tan oprimida» que don Fernando decidió enviarle la comida de su casa: «a las noches comería unos huevos, o dulces hechos por su mano»34. Se vio obligado por el abandono de los familiares directos, a los que acusaba de haber entorpecido el traslado a otro convento: «que esto ni aquello no aya sido, y quien tenga la culpa Dios lo sabe, y los religiosos y otras personas propias de doña Catalina»35.
Las angustias de la monja, favorecidas por su propia familia -con el marqués de Torres a la cabeza- y desveladas por la versión de don Fernando de Azcón, venían a justificar su rapto, o mejor, su huida a la desesperada. Ella misma lo contó en una carta:
Desseé yrme al convento de Casbas, o al de Santa Lucía, y pidí para esso breve a Su Santidad [...]. No quiso concedérmele. Embié a un capellán mío a Madrid con una carta de mi mano para el nuncio, representándole todos los trabajos que tenía muy claramente, y suplicándole me diera licencia para mudar de convento [...] diziéndole que de no hazerlo se avía de seguir el saltar yo por las ventanas, o tapias, y que yría sobre su conciencia todo. Y tampoco quiso concederla. Bolví a suplicarle me diera breve para ser monja capuchina. En efecto no quiso hazer cosa, ya por su voluntad, ya por la de mis parientes, o no sé que diga, sino que fue mi desdicha. A todo esto, mis pesares se aumentavan. [...]36
Cualquier hombre de bien hubiera asistido a aquella monja desconsolada, pero en lo que tocaba a la salida del convento, don Fernando se despegaba fríamente de su amiga: había sido una escapada censurable, voluntaria y deshonrosa, que convertía en «incasable» a su hija doña Francisca37 e incurría en «delicto de egresso y apostasía». De hecho, la defensa no descartó la razón amorosa, siempre que se redujese a un asunto entre doña Catalina y el otro sospechoso, don Juan de Azlor, a quien -recordaban- «no repugnan las acciones de galantear como caballero»38.
Hemos perdido el proceso contra don Juan de Azlor y su criado, Mateo de Aznar, que se conservaba en la sala de alcaldes de Casa y Corte de Madrid39; de la monja no tenemos más que sus últimas voluntades en el convento: dejó unas cartas a las religiosas donde pedía que la diesen por muerta y que fingiesen su entierro, con un féretro vacío40. Pero sabemos que estuvieron juntos y conocemos sus movimientos: el 13 de septiembre, ambos emprendieron una huida desde su escondite, en algún lugar de Zaragoza, hasta el confín con Francia. Los testimonios que el doctor Domingo de Escartín fue recogiendo por caminos y bodegones nos revelan un viaje desconcertante por lo colorido. Estos lances por el alto Aragón se convierten en una tercera versión del rapto, que, sin descartar los amores ni la desesperación de doña Catalina, añade al cuadro las desenvolturas de una monja ilustre y un noble barón que habían roto con los vínculos normales que les ataban en sociedad. No sabemos bien a dónde conducía la huida, si se dirigía a los familiares de Fernando de Azcón en Francia -como decía la acusación41-, si había galanteo de don Juan -como sugirió la defensa del propio Azcón-; si doña Catalina pretendía acabar volviendo a otro monasterio o darse por muerta y hacer vida nueva, como aquella otra monja huida, que recoge un aviso de la época: «Buen ánimo, que yo no he de volver a mi celda; vámonos por ese mundo»42.
Tras una semana incierta, doña Catalina, don Juan y su criado, Mateo de Aznar, salieron de Zaragoza, parece que improvisadamente. El primer testimonio es el del mozo de las mulas que los acompañó, al que dijeron que se dirigían a Sigena (uno de los monasterios donde Catalina había pedido trasladarse), «para divertir y dissimular» el rumbo. Durante toda la primera parte, los dos hombres fueron embozados con sendas bigoteras, y ella «vestida como hombre», con una «mascarilla» o banda azul: así se les vio en nuestra Señora de Magallón, Alcubierre y Barbastro. El mozo y otros testigos ya sospecharon que había una mujer en la comitiva, «en la facción de la cara como en el hablar», en alguna guedeja que asomaba por el cabello recogido, por la «pechadura negra labrada» y por haberla visto en camisa. Hasta mitad de camino, fueron acompañados de un hombre «de buena estatura» que algunos identificaron con Azcón43. El barquero que les pasó a El Grado fue el último testigo que vio disfrazada a doña Catalina: a partir de entonces se descubrió «desnuda», es decir, en la camisa con pechera, y con «un faldellín verde que se pusso guarnecido de oro y plata» por toda la tierra de Ribagorza44. La última vez que se la vio, ya en la raya, recibió «unas cartas que le dio mosén Raval, grande amigo del lugart(enient)e Azcón» y «después de haberlas leydo se pusso a llorar»45.
La escena más pintoresca de la monja fue sin duda la que protagonizó en Capella, donde presuntamente «la oyeron cantar también desnuda» -de nuevo, en camisa-, «en compañía de un músico que había allí de Lérida»: fueron estos talentos musicales, además de un retrato que se expuso a los testigos, la prueba definitiva de que se trataba de doña Catalina46. Este descuido en el camino, la cercanía de doña Catalina con el temerario don Juan, atravesando despoblados, junto a los ratos de «mujer vestida de hombre» -figura predilecta del erotismo barroco47- dan una impresión distinta del rapto. Las comedias y sus detractores insisten en la pasión que despertaban estos disfraces, no solo por las galas, sino por toda la actitud atrevida que representaban: como la amante travestida de don Diego Duque de Estrada, que le traía enamorado mientras «pisaba recio y airoso y traía el sombrero calado de medio lado, la capa cruzada sobre la espada, la mano en ella y la otra hecha jarra»48. Cabe preguntarse si este comportamiento relajado hubiera empezado en el convento de Altabás, si su gusto por las letras y el canto hubiera adornado los encuentros en el locutorio; y al fin, si fueran todas estas galanías las causantes del resquemor de otras monjas. No es improbable: la música y la poesía formaban parte de los galanteos con las religiosas. Una sátira de la época recomendaba tañer instrumentos y cantar a las monjas que quisieran pretendientes: «vihuelas tañeréis a los seglares / diciéndoles cantares / que llaman seguidillas»49. La fantasía que alimentaban aquellas voces de damas inalcanzables es típica de la sensibilidad amorosa del momento50. Cervantes y otros poetas habían acudido a escuchar cantar a la monja Alfonsa González de Salazar en Madrid, delectados «con la voz celestial, con la hermosura / que os hacen parecer ángel divino»51, y en Lima los señores guardaban unas varas con los nombres de las mejores voces de los conventos, a modo de prendas de amor cortés52.
No queda claro el trato que había entre los dos culpables del rapto, ni la enemistad de alguna monja, que había sido amiga53, y tampoco el papel de la familia: sobre todo de Francisca de Luna y del marqués de Torres, don Martín Abarca de Bolea, que «volvió la cara» al asunto y se enemistó con el magistrado54. Lo único cierto es que Catalina fue una figura vistosa en el convento y que, llegado un momento, quiso salir de él a toda costa. No consiguió su propósito -«engañar a todos los que en el viage me han hablado, sin que pudieran entender la materia tan grande»55-; tampoco desapareció, como quiso en algún momento: volvió a la vida religiosa, lejos de las enemigas de Altabás, pero no por ello encontró paz ni consuelo. Por mucha discreción con que se tratase, las aventuras debieron de ser sonadas: todo lo que pudo haber pasado en sus andanzas con otros hombres pesaba sobre ella y sobre la familia con la sombra de la deshonra.
IV.
Felipe IV supo del caso de doña Catalina de Bolea al menos desde octubre de 162956, apenas un mes después del rapto. Desde el principio alentó la severidad con los culpados y la protección de la monja. En enero de 1630, pasó personalmente por Zaragoza, con sus hermanos, acompañando a la infanta María Ana en su jornada hacia Austria. Les recibió el Justicia de Aragón con cuatro lugartenientes «no más, por estar preso el lugarteniente Azcón»57 (lo llegaría a estar «más de diez meses»58). En marzo, la Real Audiencia de Aragón sentenció la pena de muerte para los dos culpados59, pero el caso de Azcón, por ser magistrado, pasó al Justicia y se convirtió en destierro, a pesar de muchas quejas sobre los desafueros del juicio, alargadas hasta el verano, pero nunca satisfechas60. En todo caso, el Rey agradeció la demostración de rigor61. A Juan de Azlor, que fue rápidamente relevado de su puesto en el cobro de los dineros, se le acabó suspendiendo la pena de muerte a cambio de que emplease sus bríos en la leva de soldados que se hacía en Aragón62.
Poco a poco, se impuso la clemencia: en marzo de 1632, doña Francisca de Luna, la más deshonrada con el rapto, profesaba en el convento de las carmelitas descalzas de San José de Zaragoza y perdonó públicamente a don Fernando, don Juan y a su cómplice, Mateo de Aznar63. El Rey dio el visto bueno, pero puso como condición «que por tiempo de seys años no entrasen en Çaragoça, ni veinte leguas al derredor»64. Vedado el puesto en la Audiencia, Fernando de Azcón se decidió a restaurar su honor, emprendiendo una nueva carrera en Barcelona que le llevaría más tarde a Cerdeña65. Don Juan de Azlor siguió con sus servicios a las órdenes del Rey, pero conservó su vieja tendencia a los excesos. Solo un año después del perdón, doña Francisca de Bolea y Heredia, condesa viuda de Fuentes y hermana mayor de doña Catalina, elevaba un memorial por el «escándalo que ha causado en Çaragoza la jornada del d[ic]ho don Juan», que, cumpliendo ciertos encargos, había aprovechado para hacer una «acción colorada» en la ciudad, que causó «grande desconsuelo» a Francisca de Luna, ya monja, y a toda la familia66.
Mientras tanto, la misma condesa de Fuentes -callaba aún el marqués de Torres- se ocupaba de informar al Rey de la situación en que había quedado su hermana. Después de un periodo incierto en Francia, quizá al recaudo de «Mosur de Barbassan»67, doña Catalina de Bolea había sido recogida en el monasterio cisterciense de San Hilario de
Lérida hacia junio de 1630, por orden del nuncio, y quizá con ayuda de familiares de Azcón68. Era aquél un convento de otra orden, alejado de su familia: la condesa pedía que la trasladasen a otro de franciscanas, «por importar a la quietud de sus deudos»69. El general de los franciscanos propuso entonces que se la llevase al convento de Monte Santo o a cualquiera de la provincia de Aragón que decidiese el nuncio, y que la tratasen «con toda charidad y blandura»70. El Consejo de Aragón, que acaso adivinaba las resistencias que se iban ofreciendo en la orden franciscana, decidió que sería mejor trasladarla al convento de Tarazona, que dependía del obispado71.
El Rey tomó entonces el asunto en sus manos. En julio escribió al cabildo de aquella ciudad, solicitando «q[ue] la traten y hagan toda buena acogida, y la q[ue] se debe a su calidad y consuelo», pidiendo al virrey que se allanaran las dificultades72, pero no hubo modo de que la acogiesen. En septiembre trató de que la trasladaran al monasterio de Trasobares, de patronato regio, lo que debía de facilitar la entrada: dos años después, Felipe IV propuso llevar al mismo monasterio a otra monja que había protagonizado un escándalo en Zaidía73. En diciembre, todo parecía estar dispuesto para que el virrey de Cataluña dejase a doña Catalina en la raya de Aragón, y que de ahí se la llevase «con persona de calidad y decente acompañamiento» a la nueva casa74. Pero tampoco pudo ser: entre los religiosos de Aragón, «ya por su voluntad» propia, ya presionados por los parientes de doña Catalina, alguien se oponía férreamente a la vuelta de la monja deshonrada, por mucho que esto contraviniese los planes del Rey. La situación provisional se alargaba; las noticias del traslado ya no aparecen en 1631; finalmente, doña Catalina hubo de hacerse a la idea de que habría de quedarse en Cataluña.
Durante los diez años en Lérida, doña Catalina no estuvo sola del todo: tuvo al menos a una criada a su servicio75; además, debió de mantener alguna correspondencia con sus hermanas. Sabemos que Ana Francisca, con quien compartía la afición por las letras, se cruzó con ella alguna noticia sobre la historia de su monasterio76. En su testamento de 1633, María de Bolea le daba un puesto principal, dejándole «seis quadros de los que tengo y quisiere escoger [...]»77, que quizá llegaran desde Zaragoza para decorar su celda. Con la deshonra y el destierro, el camino se nos antoja muy estrecho: se diría que la monja estuviera constreñida a llevar una vida mínima, en todo caso silenciosa. Resulta, en cambio, que su lance más sonado aún estaba por llegar. Es cierto que llegó forzado por las circunstancias extraordinarias de 1640, pero todo fue perfectamente contingente. En todo caso, los nuevos sucesos no pueden ser aislados del rapto y las correrías de doña Catalina en Aragón, de la situación particularísima en que la habían dejado, y, al fin, de una personalidad irreductible, que solo podemos ir viendo de soslayo.
La llegada improvisada, la pertenencia a otra orden y los rumores de las andanzas deshonestas debieron hacerle difícil la llegada al monasterio de San Hilario; años más tarde tenemos noticias de que la monja tenía «grandes diferencias en el convento»78. Pudieron surgir en cualquier momento; en la Iglesia leridana no faltaban las habladurías: hacia 1640, el rector de la Universidad acusaba al obispo de la ciudad, Bernardo Caballero de Paredes, de haber sobornado a una «ramera pública» para que difamase a otra monja noble, del monasterio de Alguaire79. Pero el último altercado de doña Catalina no tuvo que ver con estas rencillas de cabildo, sino con la crisis social sin precedentes que estaba a punto de llegar a Lérida y al resto de Cataluña. La deriva de las instituciones catalanas y la sucesiva intervención francesa supusieron un violento desgarro para muchos catalanes y forasteros que representaban los vínculos de la incorporación secular del Principado a la Monarquía80. Durante los primeros momentos, fue una mujer quien encabezó esta parte de la sociedad catalana. Doña Catalina Fernández de Córdoba, duquesa de Cardona y viuda del virrey, quedó encargada de la negociación con las autoridades rebeldes y la defensa de la Monarquía en un momento crucial. Con ella, hubo muchos magistrados, señores y religiosos que se vieron empujados al exilio con más o menos violencia, sobre todo entre 1641 y 1643, cuando la lealtad de Cataluña aún estaba decidiéndose81. La ciudad de Lérida, expuesta a la frontera aragonesa y vacilante ante los movimientos de los diputados de Barcelona, fue el escenario de muchas de estas discordias preliminares. Entre el verano y el otoño de 1640, el Rey tuvo noticias del peligro que corría el obispo, Bernardo Caballero de Paredes -«decían mil oprobios de mi y de los castellanos [...] habían resuleto bolarme el palacio con dos barriles de pólvora»-, y le animó a que tratara de reducir a la gente principal de la ciudad a la obediencia. Pero fue en vano: a finales de septiembre había huido a Monzón disfrazado de franciscano82.
Mientras, Catalina de Bolea tuvo que permanecer en la ciudad. La situación empeoraba: en diciembre de 1640 la rebeldía era ya abierta y se anunciaba la injerencia francesa. En enero, el Principado reconocía como soberano a Luis XIII. Fue en este preciso momento cuando la monja saltó a los avisos de José de Pellicer por haber defendido públicamente al Rey: a 26 del passado [enero] se levantó un motín de 900 hombres publicando a voces havían de matar a la señora doña Catalina de Bolea, religiosa bernarda, hermana del señor marqués de Torres, muerto, llamándola traidora a la patria por hablar en favor del Rey [...]83
En la misma noticia leemos que doña Catalina salió del trance gracias a la ayuda de «Mos. de San Pol, francés»84 que la ayudó a huir a Aragón: de nuevo, sus aventuras venían de la mano de un caballero intrépido. «Monsur de San Pol», o «Saint Pol», fue uno de los primeros franceses que acudieron por cuenta propia en socorro de las autoridades de Cataluña; era un «soldado plático que avía venido a ofrecerse a servir a la Provincia voluntariamente»85, quizá «más aventurero que soldado». Lo cierto es que llegó hacia octubre de 1640 y capitaneó la defensa de Lérida hasta febrero de 164186.
Según la noticia de Pellicer, la conducta de Monsieur de Saint Pol había sido un gesto de «buen cavallero» con la monja desvalida87; otra noticia de aquellos días añadía que el soldado francés, al acudir a rescatar a «Dª Fulana de Bolea», «aviéndole parecido bien otra monxa de diez y ocho años, se la llevó a su casa»88, pero ni siquiera esto acertaba a explicar del todo la furia de los 900 amotinados contra el convento de San Hilario. El doctor Magí Sevilla, que observaba todo desde el lado de los rebeldes, nos desvela otra versión más completa: el lance de la monja y el «monsur» formaba parte de una «conspiración contra Lérida»89. Descubrimos que doña Catalina de Bolea no solo «por aragonesa y por imitadora de los de su solar, se hallaba tan suspecta a los catalanes, como afecta a las intenciones de la Católica Magestad», sino que también tenía una «intelligencia [...] casi indiscontinua» con Monsieur de Saint Pol, encaminada a entregar Lérida, «baxo espectativa de la patente que le mandarían de Madrid de maestro de campo general, y de algún dinero para poder luzir en las fronteras de Portugal»90. Es decir: una vez huido el obispo, doña Catalina se habría convertido en la clave para intentar rendir la plaza de Lérida, «llave maestra del país», por la vía discreta.
Las promesas para trasladar a Saint Pol al frente de Portugal habrían venido a través del virrey de Aragón, el napolitano duque de Nochera, encargado de acometer a los rebeldes de Lérida. En la instrucción que recibió al tomar su cargo, Felipe IV le había advertido que siguiera atentamente los movimientos de «los de Francia», «teniendo muy buenas espías, no solamente por una parte, sino por dos o tres y más para descubrir major lo cierto»91. En la junta de inteligencias de Cataluña se propuso recurrir a estos espías e incluso los conventos de religiosos para incitar una revuelta lealista en la ciudad92. Sabemos que Nochera estaba informado de lo que ocurría en Lérida, que conocía las grietas que había entre los soldados franceses, los diputados de Barcelona y el pueblo, y que trató repetidamente de alcanzar un pacto a lo largo de 164193. El cronista catalán describe ciertas contorsiones del duque para esquivar el derramamiento de sangre y favorecer la entrega de la ciudad con la ayuda de Saint Pol. Todo encaja con la «levidad y blandura» que creía conveniente en la guerra de Cataluña94.
No hemos encontrado más pistas de este tratado secreto por parte de sus muñidores: su último vestigio pudo ser aquel «paño de narises» con las cláusulas escritas que doña Catalina envió a Saint Pol desde Monzón y que fue interceptado por los enemigos. Desde Barcelona sí nos llegan algunas noticias: a principios de febrero, Josep Miquel Quintana, enviado en Lérida, informaba a los diputados del General en Barcelona que se había prendido a Saint Pol y a su criado «Balthesar», así como a «Marianyela Baretya criada de dona Catherina de Bolea», que se había disfrazado con un traje de mozo, y que se iba a hacer inventario de los bienes que doña Catalina había dejado en San Hilario95. En marzo, Monsieur de Saint Pol ya estaba en prisión por «cartejarse amb lo nemich»96 para «entregarle por traición la mencionada ciudad»97.
Poco se recuerda de aquellos planes frustrados para rendir Lérida, y menos aún del papel decisivo de la monja aragonesa. Los primeros días turbulentos de 1641 nos descubren que doña Catalina mantenía vivos los vínculos con su mundo en Aragón: a pesar del destierro, los muchos disgustos de la primera escapada y la deshonra familiar, llegada la urgencia, alguien pensó en ella. Después de su aventura accidentada con don
Fernando de Azcón y don Juan de Azlor, doña Catalina volvió a romper las normas de la clausura, tratando de forma continua con un soldado francés con fama de aventurero, en medio de una situación delicadísima. No cabe duda de que las «diferencias» con el convento vinieron por esta cercanía y por su arriesgado alegato en los días más convulsos de la revuelta. El día del motín de 900 personas, todas las religiosas salieron del convento para refugiarse «dentro de la ciudad, no así doña Catalina»98. Defendió la Monarquía como noble señora y fiel súbdita del Rey, como había hecho la duquesa de Cardona, pero sin galones oficiales que la obligasen, con el baldón de sus lances corridos y con más duras consecuencias. Doña Catalina, «desamparada de todas, y más de la siguridad», se vio obligada a hacer nueva «escandalosa salida de la religión»; para escapar de Lérida «se tranvestió en hombre y por Tamarit se fue a Monçón». Su tierra la vio llegar «desnuda y en cueros, ultrajada de ladrones»99. Solo entonces, diez años después, se cumplió su deseo de ir al monasterio de Casbas con su hermana, Ana Francisca. Pero fue por poco tiempo: ya entonces habría sufrido un accidente, probablemente aquel mismo que le costó la vida100.
VI.
Monsieur de Saint Pol pasó horas amargas en su prisión de Barcelona, donde dijo estar solo y maltratado101. En abril de 1641 intentó huir disfrazado, pero se le encontró rápidamente en el monasterio de Santa Catalina102; la última noticia que tenemos es de julio, cuando los diputados recibieron el caballo que le habían requisado, y no dejaron de anotar con sorna que venía como el dueño: «sin freno ni estribos»103. Al otro lado de la raya, el duque de Nochera también había sido prendido y conducido a la torre de Pinto, por haber actuado por su cuenta en el frente de Aragón104. En verano de aquel mismo año, don Fernando de Azcón estaba organizando grandes fiestas en Cagliari, rodeado de comediantes105. Desde allí estaba procurando socorros para la guerra de Cataluña106. Supo cómo restañar su reputación; en Cerdeña escaló hasta ser oidor y regente de la Audiencia. En 1637 se casó con doña Teodora Carrillo de Albornoz, viuda titulada, que le convirtió en marqués de Torralba; lo hizo sin pedir licencia al Rey, lo que no estorbó que alcanzase su puesto en el Consejo Colateral de Nápoles y en la Cámara de la Sommaria107. Allí culminó su carrera, siguió aparejando fiestas, y debió de morir a tiempo de no vivir los grandes tumultos de 1647108.
Don Juan de Azlor siguió encargándose de negocios delicados en la frontera de Aragón: no se había vuelto prudente, ni moderado, pero seguía siendo fiel servidor del Rey, cosa nada desdeñable en aquellos días. No parece que se esmerase en cosechar honores: por entonces era su hijo, don Martín de Azlor, quien empezaba a relucir en las crónicas de la guerra109; don Juan andaba haciéndose otra vida lejos de sus baronías, y también de su mujer. En alguna de sus visitas a la Corte conoció a Juana Isabel Sánchez, propietaria de la Imprenta del Reino: en 1637 bautizaron al primero de cinco hijos, y en 1642 -muerta doña Juana de Berbegal- se casaron110.
Si tuviéramos que ceñirnos a la sucesión de las labores y los honores -los datos que suelen perdurar en los papeles- las vidas de don Fernando y don Juan podrían confundirse con las de tantos otros caballeros, sujetos a su condición social y orientados por el medro. Pero basta mirarlas como tales vidas -y no solo como datos- para reparar en que no pueden reducirse a aquellos esquemas utilitarios. El rapto de doña Catalina de Bolea, que bastó para cambiar el rumbo de los dos infanzones, no trajo ningún provecho en sus carreras. Es cierto que don Fernando acabó procurándose un buen matrimonio con Teodora Carrillo de Albornoz, que le dio títulos y honores, pero no puede decirse lo mismo de los amores de don Juan de Azlor con Juana Isabel Sánchez, que no aparece ni siquiera como esposa en la historia nobiliaria de la familia111. Al marqués de Torres, tan silente como decisivo en esta historia, lo mataron varios disgustos: entre ellos, el matrimonio inconveniente -de nuevo, por amor- que su hijo había hecho en Flandes112. También el caso de doña Catalina de Bolea se aleja de algunas ideas sobre la situación de las mujeres. Las inquietudes intelectuales y artísticas de la monja venían de la vida anterior al claustro, eran más bien de dama noble -son inseparables de la figura literaria del padre y las aficiones de las otras hermanas que nunca entraron en religión113-; mientras que fue seguramente la vida conventual la que abrigó nuevas posibilidades, no solo de cultivar las letras y la música en sociedad, sino también de entablar amistades con hombres seglares, amparadas por aquel galanteo honesto de los conventos.
Su participación en la escena política vino espoleada por las convulsiones de 1640; en aquellos momentos escuchamos también a la duquesa de Cardona, o María de Guevara, la condesa de Escalante, que se quería hacer «amazona» de Felipe IV en la guerra de Portugal, y a más damas de otros rincones de Europa114. Pero sería precipitado pensar que los acontecimientos hubieran despertado por su propia fuerza los ardores guerreros de las señoras de la nobleza: no fueron aquellas las primeras convulsiones que sacudían España y el continente. Una vez más, los hechos no se bastan a sí mismos; es preciso esclarecer de algún modo cómo se vivieron, o mejor: quiénes fueron las personas que los vivieron. El alarde de doña Catalina en favor de Felipe IV no se explica solo por los tumultos en Lérida: en rigor, era una reincidencia; todo aquel episodio estuvo enredado con el trato con Monsieur de Saint Pol, otro hombre que había penetrado en la clausura del monasterio. Solo cercenando la realidad podría aislarse este episodio de los otros lances, de la soltura en el trato de la monja con los hombres, el cultivo de las artes y, con ellas, la educación sentimental. Los tipos reales de la monja galanteada o la mujer vestida de hombre desvelan un lugar desenvuelto de la mujer, distintivo de la época115, cultivado en las artes y en el cortejo, presentes en la vida noble y sus valores ejemplares. El caso es que aquella libertad, tolerada en algunos ámbitos, estaba rígidamente limitada por el peso de la honra, que también sombreó las relaciones entre los sexos. Es necesario aclarar las posibilidades y los límites de la vida íntima, cotejando la ficción con las historias menudas, allá donde afloren, para salvar los peligros de la abstracción, comprendiendo quiénes fueron los hombres y las mujeres del pasado y, siempre con ellos, tantos hechos de la vida social.
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