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RESUMEN:
El tema del reposo y el movimiento es importante en las Empresas morales (1680) de Juan de Borja. Su exhortación a la quietud y la tranquilidad se fundamenta en una semejanza: la analogía que existe entre la inmutabilidad divina y la virtud del reposo; entre la variabilidad de las realidades temporales y la invariabilidad de las realidades eternas. En la emblemática de Borja, como en el pensamiento áureo, se propone un principio de estabilidad, que es la virtud. A través de ella se participa de la inmovilidad del Primer Motor, y se sobrevive en medio de una época convulsa.
Palabras claves: quietud, movimiento, Empresas morales, Juan de Borja.
ABSTRACT:
The theme of rest and movement plays a significant role in Empresas morales (1680) by Juan de Borja. His call to seek quietude and tranquility is grounded in an analogy: the correspondence between divine immutability and the virtue of rest, and between the variability of temporal realities and the invariability of eternal ones. In Borja's emblematic work, as in Golden Age thought more broadly, a principle of stability -identified with virtue- is proposed. Through this virtue, one partakes in the immobility of the Prime Mover and endures the upheaval of a turbulent age.
Keywords: Quietude, Movement, Empresas morales, Juan de Borja.
En las Empresas morales (1680) de Juan de Borja, el reposo y el movimiento representan realidades morales al servicio del fin exhortativo propio de la emblemática. Este fin consiste en la reformación de costumbres, acercando a la práctica de las virtudes morales y teologales, y alejando de los vicios contrarios. Para ello, el autor intenta convencer al lector de la necesidad de convertirse a bienes inmutables y desengañarse de todo lo que es cambiante y pasajero, pues lo inmoble se asocia al bien moral y lo mutable al mal. El emblematista, con sus empresas, auxilia espiritualmente al lector, para que se detenga a considerar un cambio verdadero de vida y deje de precipitarse por la pendiente de los malos hábitos.
Estos conceptos tienen una función alegórica muy particular: sirven, a partir de su significación física original, como formas de «presentación vicaria»1 de contenidos dogmáticos. Bajo la perspectiva del gusto manierista y barroco por las dicotomías y los escorzos semánticos, la idea de quietud y su contraria representan la búsqueda de un punto de estabilidad en medio del tormentoso estado de las realidades temporales. A partir de las coordenadas espirituales tridentinas, con implicaciones metafísicas y antropológicas, funcionan como indicios de ser y del no ser, del devenir y de sus mutaciones políticas y sociales.
I. Introducción
El Siglo de Oro interpreta el movimiento a la luz de unos principios de orden físico, como el transcurso de los entes móviles a través de la realidad creada, o la acción que sobre ellos ejerce el Primer Motor inmóvil; de orden metafísico, como el concurrir invisible de unas causas segundas con otras y éstas con la Causa Primera; de orden teológico: como la aspiración del alma humana a la transcendencia y la superación del pecado mediante la acción eficaz de la gracia. Del nacimiento a la muerte, tensionado por la búsqueda dramática del fin último, el linaje de Adán camina en busca de redención física, metafísica y teológica, atravesando el paisaje variable de gran Teatro del Mundo. En su escenario
todo está en perpetuo movimiento, en una insistente concatenación de causas y un continuo anhelo de estabilidad.
Este trípode de fundamentos sostiene un edificio cultural en que los elementos literarios, plásticos, dramatúrgicos, arquitectónicos e incluso artesanales, son embarcados en una misma nave ideológica. Contrastando los vientos de la época, el ingenio áureo navega las tormentas seculares en busca de un puerto espiritual seguro.
Una de las manifestaciones de este espíritu móvil es la emblemática. Como género híbrido, dispone de una dimensión material o extensa, que es su cuerpo, expresado por una figura; y otra formal o intensa, que es su ánima, expresada por un mote. Estas dos dimensiones semánticas se conjugan de diversas maneras en todo emblema; el canónico «es una composición tripartita formada por una figura, un título y un texto explicativo»2: imagen, letra y glosa constituyen un todo en que lo visible y lo invisible se interrelacionan entre sí como las partes de la persona, yendo de lo uno a lo otro en un movimiento de pedagogía circular: «Con este movimiento de vaivén, el lector recibe primeramente la impregnación visual de una imagen, que le transmite una verdad de orden teológico o moral [...]»3, para que quede grabada en su memoria a la manera de una impronta.
Lo no verbal y lo verbal se simultanean en un solo acorde de significación moral, religiosa y política, bajo la armonía de un fin exhortativo único y totalizador: convencer del bien y del mal, para acercar al primero y alejar del segundo. Todo emblematista, y en este caso Juan de Borja, es consciente «de la función propositivo-conativa»4 de sus emblemas, que compone con responsabilidad ética y civil, comprometido con la formación moral de sus conciudadanos en un proyecto de bien común. Como dice Juan de Borja de sus empresas, en las palabras «Del autor al lector»: «El fin e intento con que se han hecho ha sido de aprovechar en algo al que las leyere, por ser lo que se trata materia de buenas costumbres, que es lo que tanto nos importa»5.
En la emblemática del hijo de San Francisco de Borja, y también en la segunda parte6 de sus Empresas morales, los motivos del movimiento y del reposo adquieren una potente eficacia semántica: se convierten en expresiones vicarias, efectivas por la cierta semejanza que establecen7, de la inmovilidad del Primer Móvil y la movilidad participada de los móviles segundos. De la contemplación de lo inmovible se deduce, en las empresas de Borja, el elogio de la virtud del reposo. Sus figuraciones emblemáticas inculcan solemnemente el menosprecio de las realidades temporales, inconstantes y variables, y el aprecio de las eternas, permanentes y fijas como las estrellas.
II. Reposo humano y reposo divino. Semejanza y dicotomía
El pensamiento aurisecular discurre a través de oponibles: engaño y desengaño, vicio y virtud, movimiento y reposo, lo temporal y lo eterno. Estas dualidades, más que contrarias, son como la disonancia musical y su resolución: el engaño se resuelve con la verdad, el vicio con la virtud, el movimiento con la inmovilidad, lo temporal con lo eterno. El punto de consonancia es siempre el mismo: Dios, Primer Motor Inmóvil, que mueve con su influjo a la criatura racional y la prepara para que se desengañe: purificándola para que se libere, la detiene y calma para que se aquiete y, de puro gozo estático, disfrute anticipadamente de Él.
Y es que lo humano, en el Siglo de Oro, es manifestación armónica de lo divino. Pero en ella, los bienes temporales, como son disonantes con los bienes divinos, necesitan ser resueltos por la gracia. Para ello, lo terrenal es instrumentalizado por lo celestial: las cosas creadas serán buenas no por sí solas, sino en tanto en cuanto sirvan al fin último. Esta idea se convierte, incluso, en principio y fundamento de los Ejercicios espirituales ignacianos: «Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas [...]»; el ser humano debe «[...] usar de ellas cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas cuanto para ello le impiden»8.
Pero al mismo tiempo, lo divino, en el Siglo de Oro, es el modelo de lo humano. Los oponibles barrocos y manieristas no son simples contradicciones, sino cambios de enfoque. Reposo humano y reposo divino son expresiones diferentes, pero no contradictorias, del mismo bien: la quietud espiritual, que el ser humano puede compartir por gracia, como en un rompimiento de gloria producido por la virtud: lo sobrenatural desciende y penetra en lo cotidiano, para que el gobernante o el ciudadano emulen el obrar divino, del que pueden participar con la razón.
El objetivo es facilitar el desengaño, hasta tal punto, que quede afianzada con obras la imagen y semejanza divina y humana, según el plan primigenio de la Creación: en la unidad de la naturaleza y de la gracia, unidad que hace posible la emulación del obrar divino. La identificación con Dios por gracia es causa moral de esa quietud que tanto anhela el pensamiento áureo. Para lograr este reposo interior, el entendimiento humano debe imitar al divino.
Y es por eso por lo que Juan de Borja, en la empresa 32, afirma la necesidad de emular el obrar de Dios, y la señal para reconocerlo. Bajo la figura de una balanza (fig. 1) que sopesa la calidad de la emulación, la glosa expone brevemente las razones morales y teológicas de la imitación divina. La elección de este lema es significativa. Transmite una obligatoriedad ética que puede sorprender, dado que la acción propuesta es imposible con las fuerzas naturales. Pero al ser posible con el auxilio divino, debe realizarse:
Aunque parece obligarnos Dios a lo imposible en mandarnos imitarle, siendo sus obras hechas con infinita sabiduría, bien mirado, no es sino gran misericordia, pues juntamente con mandárnoslo, nos promete su favor y su gracia, con la cual no hay cosa que sea imposible, aunque parezca dificultosa. La señal que tenemos para conocer las obras de Dios es que sean hechas con razón, peso y medida, lo cual se da a entender en esta empresa con la letra que dice: «Dei opera imitanda», que quiere decir: «Las obras de Dios se han de imitar»9.
El mote recalca imperativamente la idea, que queda grabada en la memoria: las obras de Dios se han de imitar, no porque sea un deber, sino porque es un regalo, un favor que es fruto de la misericordia divina y por tanto es posible y es bueno si se quiere acertar. Se debe actuar, concluye Juan de Borja, vigilando que todo cuanto se hiciere sea hecho con la «[...] cuenta, peso y medida [...] que fueren de razón»10. Las obras humanas son racionales en tanto en cuanto sean medidas según los parámetros de las obras divinas.
Parece imposible, enseña el autor, pero no lo es, pues la infusión de lo sobrenatural lo hace posible.
La necesidad de una humana emulación del proceder divino es doctrina común del Siglo de Oro. Sebastián Izquierdo, por ejemplo, en su Práctica de los ejercicios espirituales, dice: «Ponderaré que las obras de Dios son hechas en número, peso y medida»11. Juan Márquez, en El gobernador cristiano, observa: «[...] hace el ejemplo de las elecciones de Dios, que es justo sean la regla y medida de las nuestras»12; Pedro de Luxán, en sus interesantes diálogos sobre el matrimonio, defendiendo el juicio de la Iglesia frente al juicio del mundo, insiste en ello, contraponiendo la virtud divina a la opinión: «[...] el peso, la regla, la medida de la verdad allí la dejó Dios y fuera de allí todos son juicios y opiniones de hombres; que lo que a uno paresce bien, a otro paresce mal»13.
El escritor de aforismos Joaquín Setantí escribe en sus incisivas Centellas: «Tres operaciones hace la prudencia sobre tiempos diferentes: callar, hablar y obrar; pero cada cosa de estas [...] requiere peso y medida.»14. El gran Arias Montano lo menciona como criterio de elección prudencial y atributo esencial del objeto de la inteligencia, que ordena la variedad mudable de las cosas: «[...] se nos presenta no sólo una mezcolanza y materia totalmente heterogénea y variopinta de cosas por conocer, sino también la forma, razón y medida [...]»15. O Juan de Rojas, en un profundo escrito de teología espiritual: «Las operaciones serán buenas si por las de aquel Divino Maestro van medidas y ajustadas»16: ajustando nuestras operaciones al Logos, éstas serán ciertas y seguras, porque Cristo es como un compás que mide y regula.
Y es que, como explica Santo Tomás: «Intellectus vero divinus est mensura rerum; quia unaquaeque res intantum habet de veritate, inquantum imitatur intellectum divinum» («El entendimiento divino, por el contrario, es la medida de las cosas; porque las cosas en tanto serán verdaderas en cuanto imiten al entendimiento divino»)17. De esta manera, el reposo de Dios, que es Primer Motor inmóvil, es peso, regla y medida eficaz de la vida tranquila y recatada que anhela el pensamiento áureo. Frente al remolino de las cosas terrenales, la mente contrarreformista busca un cimiento de permanencia, un puerto seguro espiritual al que llegar con la nave del Estado. Es la «métrica del reposo».
Contra la dramática agitación del mundo moderno, desafiante e innovador, la inmutabilidad del Agente Primero sustenta doctrinalmente una cosmovisión sub specie aeternitatis: en ella, la paz interior es posible solo en tanto en cuanto sea retrato fiel de la quietud de Dios. Todo lo que se mueve debe ser antes movido por otro, que a su vez debe ser inmóvil; de lo contrario, requeriría ser también movido, en una cadena infinita de mociones. Por eso, Santo Tomás explica en el Compendio de teología, que «el primer motor ha de ser entera y absolutamente inmóvil»18. Lo mismo la persona y el Estado, si no quieren ser movidos, perturbados por otro que no sea Dios.
III. Figuraciones emblemáticas. Quietud y deseo
Un primer grupo de empresas de Borja aborda el tema del reposo desde un punto de vista positivo, destacando la importancia de la quietud. Es el caso de la 24, que bajo el expresivo mote «Dum desaevit hiems», «Hasta que amanse el invierno», compara la quietud con un puerto seguro en que recogerse. El piloto prudente conduce la nave de la vida a un puerto resguardado en que esperar la ocasión favorable. Allí estará tranquilo, a salvo de las tribulaciones del siglo, esperando, como recalca el lema, hasta que pase el el tiempo trae consigo, se recogiere adonde con más quietud y menos peligro pase la vida, hasta tanto que las cosas se mejoren, y corran los vientos prósperos que desea19.
La empresa 122 enfatiza el valor y la necesidad de alcanzar el estado de quietud, a imagen del buey, que cansado de arar disfruta de un merecido reposo20 (fig. 2):
La letra «Quies bona», «Buena es la quietud», deja en la memoria, como un axioma, la bondad del deseo interior de recogerse; y no solo para protegerse de los trabajos y peligros de la vida, sino para hacer el necesario balance vital, en la cercanía de la muerte, como explica la glosa:
Con razón se deben estimar los hombres que han visto y trabajado mucho, empleando sus vidas en servicio de sus príncipes o de sus repúblicas, pues para esto nacieron los hombres nobles y valerosos. Pero cuando las fuerzas les fueren faltando y la vejez les fuera entrando, con razón y con reputación se pueden retirar, para siquiera gozar del postrer tercio de la vida con algún reposo, siendo tan necesario ponerse en estado de quietud para rematar las cuentas de toda la vida: lo que nos enseña esta empresa del buey, que ya cansado y harto de arar goza del reposo, con la letra: «Quies bona»21.
La empresa 132 anima a la quietud con una hermosa comparación: la vida reposada es como una arboleda de sauces de cuyas ramas penden instrumentos musicales. Es símbolo de la ansiada vida de ocio y contemplación, contra la vida ajetreada de trabajos y disgustos que es propia de las realidades temporales. Su amena armonía, signo del ocio y la paz que el alma desea, es fuente de paz y de contento, contra lo que el siglo valora inmoderadamente y desea:
Son tantos los trabajos y disgustos que esta vida mortal trae consigo que, si bien lo queremos considerar, cuanto mayores son los estados y mayor es el poder y mando y el señorío, tanto mayores son las pesadumbres, la congoja, el afán y descontento con que se vive. Y aunque es verdad que la ambición hace que cuando se desea todo esto que el mundo quiere y estima, parece todo dulce y tan sabroso, cuando alguna vez se alcanza y se posee se echa bien de ver cuán corto queda el contento cuando se posee, y cómo no llega a la medida de lo que se imaginaba, aunque se alcance todo lo que se puede desear. Y así, por grandes que sean los estados y las grandezas a que uno haya subido, no puede sino cansarse alguna vez, y desea el ocio y la quietud22.
El bello lema «Me dulcis saturet quies», «La dulce quietud me sosiega», al ser contemplado sobre la imagen de los instrumentos musicales que penden de los sauces, deja en la mente una idea de armonía y consonancia espirituales, que se asocia a la hermosura de la naturaleza y la suavidad de la música, haciendo la quietud apetecible. De nuevo el mote tiene la forma de un enunciado propositivo, que es eficaz para inculcar el deseo de paz.
Hay un segundo grupo de empresas que enfocan los aspectos negativos del asunto. La 158, por la expresividad de su pictura y el significado intenso de su lema, merece un lugar relevante. Expresa la mutación constante del mundo terrenal como un mar agitado en perpetuo movimiento. La imagen de la onda expresa con fuerza esta idea (fig. 3):
La elección del lema no es arbitraria: «Sic totus componitur orbis», «Así se compone el orbe», deja grabada en la memoria una sensación irresistible de inquietud universal, pues hace referencia a la estructura del mundo. Junto con la figura, transmite con potencia la idea de la inestabilidad constitutiva que compone el orbe tras el pecado original. La pictura complementa el concepto, mostrando bien el movimiento desenfrenado de las cosas terrenales, en las que no parece haber descanso ni en los aires, azotados por los vientos, ni en el mar, azotado por el torbellino del oleaje.
Pero esta inquietud cósmica no es irremediable, pues, como recalca la sesión sexta del Tridentino, la gracia es capaz de reconciliar al ser humano con Dios. La vida virtuosa del gobernante domina la tempestad, y su ejemplaridad ética supone en la república un principio de estabilidad:
Pues no solamente se gobierna el mundo con las leyes y con la justicia que los reyes y príncipes hacen, sino con su ejemplo y aun con sus inclinaciones, lo que debe considerarse mucho, pues no hay viento que así levante la mar con tormenta, ni así la aquiete con bonanza y tranquilidad, como el príncipe lo hace en su república con su ejemplo23.
Frente a la paz de la gracia, el desasosiego universal del pecado invade las monarquías y las sociedades, suscitando vicios como la ambición. La empresa 166 presenta a los ambiciosos poseídos de un desenfrenado deseo. Han caído en este vicio por no haber gustado de la quietud. Por el contrario, el que hubiere gustado de este sabroso reposo disfruta de un sosiego interior al que no debe renunciar, y puede arrepentirse de haberlo dejado:
Los ambiciosos y altivos, que ponen su fin y deseo en sólo mandar y gobernar, dejándose llevar deste su desenfrenado deseo, por la mayor parte, o por no haber gustado de la quietud y sosiego de la vida particular y retirada, o por no tener las partes que son menester para poder vivir con sosiego solos. Pero el que hubiere gustado deste sabroso reposo, y le quisieren sacar de él, debe primero que lo deje, considerarlo bien24.
El anhelo de tranquilidad se asocia a la ausencia de agitación, a la falta de esa inquietud anhelante que perturba las realidades temporales. La virtud de la tranquilidad, de raigambre estoica y senequista, pero sobrenaturalizada por el pensamiento áureo, supone un punto de apoyo inmovible contra el espíritu de mutación que lo domina todo desde el pecado original. La caída primigenia desordenó las cosas terrenales, introduciendo en ella la corrupción, sometiéndolo todo al imperio del no-ser.
IV. Corriendo desenfrenadamente
Hay otro grupo de empresas que representan los efectos del movimiento que perturba las realidades temporales: la velocidad sin control, el espíritu de vértigo y la autodestrucción. La más significativa, por la evidencia del concepto, es la empresa 112. Presenta, bajo el expresivo mote «Voluptatis praecipitium», «Precipicio del deseo desenfrenado», el estado en que el ser humano quedó tras el pecado original. La imagen es tan poderosa que, asociada al imponente lema, deja la idea impresa en la memoria (fig. 4). La situación actual del linaje de Adán se presenta como semejante a la aceleración vertiginosa de una bola que cae por un precipicio rodando desenfrenadamente. La razón, dice el autor, es indudable: «No hay bestia tan cruel, ni fiera tan indómita como es el hombre que, a rienda suelta, sigue la ley de sus apetitos, corriendo por este camino desenfrenadamente»25. Es el estado de caída original, perdido el apoyo de la gracia santificante, desordenados los apetitos y las pasiones. La idea de la bola rodante es tremendamente efectiva. Cae por una pendiente después de echada por un despeñadero. Será imposible hacerla parar, explica el autor, de no ser, como enseña Trento, por el influjo de la gracia. La premisa es tajante: nuestro desorden interior nos precipita, «[...] es lo que esta empresa de la bola y el despeñadero nos enseña, con la letra "Voluptatis praecipicium" [...]. Pues tal es el camino de nuestros desenfrenados apetitos y deseos»26. El movimiento vital desordenado y fatal es efecto del pecado original, que a hechura de la gravedad del cuerpo rodante, precipita al alma hacia lo bajo y fatal:
La conclusión es clara: si no cuenta con el auxilio de una muy particular ayuda y favor de Dios, entonces «[...]será imposible hacerla parar»27, pues rodando por el despeñadero, siguiendo la inclinación de su impulso de caída, la bola está inclinada al desastre, como lo está nuestra naturaleza depravada por la caída de Adán; seguirá rodando y rodando hasta perderse, si no lo evita una acción sobrenatural de Dios. Pero aquella persona que, no queriendo correr más para caer más, anhela desandar el camino desenfrenado de sus apetitos, cuenta con el socorro divino purgando los afectos y controlando las pasiones, siguiendo el sendero ascensional de la razón; así el linaje adámico puede detenerse y recuperar el rumbo, y evitar el despeñadero, que es lo profundo del infierno28. La empresa 154 insiste en este tema y retoma la imagen del objeto que cae rodando, esta vez con la imagen de la pella de nieve que se precipita rodando y aumentando de tamaño, hasta estrellarse, enorme, contra una población que destruye (fig. 5):
Al principio era solo un montón de nieve, pero a medida que cae, se va agrandando y pesando más. Es animada por el viento y por la pendiente, y por su propia naturaleza, que está inclinada a la caída, como la de nuestros primeros padres en el Paraíso. A imagen de la nieve, la mente huye desenfrenadamente, yerra los principios y deja sin remedio las malas acciones iniciales; descuida, desde el principio, los remedios que demanda el alma y termina en el abismo, haciendo daño a otros. Corriendo desenfrenadamente, sin pararse a poner remedio a nuestros males, solo pueden suceder daños irreparables:
[...] con tan pequeña ocasión como comenzar las aves en la cumbre a hacer unas pequeñas pellas de nieve con los pies [...], con la furia del viento y con la mucha nieve y la gran altura de los montes, van creciendo las pellas de manera que derriban casas y aun lugares; que es harto gran daño, para tan pequeño principio, y así con gran razón se deben remediar los principios, como nos lo dice esta letra: «Principiis obsta»29.
La precipitación representa la mala fortuna del ser humano cuando rechaza el auxilio divino y no se detiene a enmendar las cosas antes de que éstas se desmanden, y acaben rodando hacia el desastre. Esto se extiende, sobre todo, al gobernante. Y es que, como explica oportunamente García Mahíques del símbolo de la rueda, «[...] la acción de rodar como maniobra que hace precipitar los destinos de los hombres [...]»30 es un concepto senequista referido a los reyes. Sin duda, indica con potencia la fatalidad pública que acompaña al mal moral: el espíritu de caída conduce a las monarquías a un destino fatal.
Pero para contrarrestar estos efectos, hay otro grupo de empresas que aportan claves de estabilidad. La empresa 126 es relevante, en este sentido, porque nos da pistas para afrontar el espíritu de mutación que domina las realidades temporales: es la virtud de la prudencia, que discierne el momento. El juicio de la sindéresis esclarece el movimiento, abstrayendo de él la ocasión propia para la acción moral. El consejo prudencial del autor es el siguiente: tener en cuenta el tiempo que corre31. Dicho de otra forma, «[...] esperar el viento que hubiere menester [...]», aguardar la ocasión propia para hacer las cosas, en que el movimiento es benévolo. Pero esto solo puede conseguirse obedeciendo este aviso: el que no supiere esperar el viento es mejor que no navegue, mejor no moverse, sino estarse quieto32. Puede entenderse también esta llamada preventiva a la quietud como una advertencia: hay que prepararse, apercibirse contra los trabajos de la vida, para, una vez inmersos en ellos, salir triunfantes. Y es por eso que, anticipando la propuesta de esta empresa, anteriormente, en la 58, se dice:
Según es vario y mudable todo lo que esta vida hay, mucho se engañará el que pensare que los contentamientos han de ser perpetuos, ni tampoco que los trabajos han de durar para siempre. El que así lo entendiere debe vivir de tal manera que, cuanto mayores fueren sus buenos sucesos, tanto más se apercibirá para los trabajos que le puedan suceder, teniendo por cierto que los gustos y disgustos andan tan revueltos que sin mucha tardanza se han de suceder los unos a los otros [...] Lo que debe hacer vivir recatadamente a los que gozan de buena suerte, y consolar a los que la tienen mala33.
V. La otra carrera
Las empresas que dan a entender una imagen positiva del movimiento se presentan como oponibles que complementan doctrinalmente los grupos anteriores. Contra la desenfrenada carrera adámica hacia el mal, contrasta la «nueva y definitiva» carrera34 hacia la meta de la virtud, que menciona el apóstol cuando dice: «He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe»35. No se refiere a la carrera en que el desorden original sumerge a la persona, poniéndola a merced de sus apetitos, cegando la voluntad en orden a un falso fin temporal. Sino la de la buena persecución del fin último, al que la voluntad naturalmente tiende y aspira, como a su verdadera meta esencial.
En efecto, la empresa 156 nos habla muy a propósito de la carrera hacia el fin último, que da razón al movimiento, redimiéndolo al ponerlo en función de un fin inmutable. Primero advierte del peligro de participar a ciegas en la carrera de la vida, y acabar mal por no tener los ojos puestos en su objetivo: «Los que corren [...] muchas veces se pierden por no ver el fin [...]»36. Se trata del fin último, que es Dios, «[...] adonde han de ir a parar [...]». No prestar atención al fin último «[...] les hace rodear y no correr derecho [...]»37. Este caso es el mismo de aquellos que, como objetos rodantes, se mueven hacia la autodestrucción. Son los que «[...] pierden el fruto de su trabajo [...]», porque viven «[...] sin acordarse del fin para que fueron criados [...]». Se tuercen y desvían por las malas sendas de los vicios y no alcanzan el objetivo ultimísimo. Por eso, para evitar la mala carrera, hay que seguir el consejo: «[...] miremos al fin y al paradero que todo ha de tener»38.
El fin, como explica el Aquinate, es aquello que dirige la acción, «sicut dicitur finis id quod aliquid sua actione vel motu acquirere intendit» («llamamos fin a lo que uno pretende alcanzar con su acción o movimiento»)39. Dios es fin último y agente primero de todo: «Deus est simul ultimus rerum finis et primum agens» («Dios es, a la vez, fin último de las cosas y primer agente»)40. El fin de algo es su perfección, pero la perfección es su bien, luego su bien es su fin: «Quod igitur est summum bonum, est maxime omnium finis» («lo que es sumo bien, será también el sumo fin»)41. Todo está ordenado a Dios como a su fin último: «Nihil esse potest quod ab ipso non habeat esse. Omnia igitur ordinantur in Deum sicut in finem» («nada puede haber que no haya recibido de Él el ser. Luego todo está ordenado a Dios como a su fin»)42.
La empresa 219 concluye la misma doctrina y el mismo motivo emblemático, introduciendo un importante matiz: abandonar la carrera hacia el fin último tiene graves consecuencias no solo personales, sino también sociales. De los gravísimos daños que esto produce en las repúblicas están los libros llenos43. Abundan «[...] los ejemplos de los príncipes, reyes y monarcas del mundo, que [...] acabaron muy mal, y habiendo sido al principio muy favorecidos de Dios, fueron por sus pecados después desechados [...]»44. Y es que el premio de haber corrido bien la carrera «[...] no se da al principio, sino al fin della: "Sic currite, ut comprehendatis"»45. Por eso, toda persona y sociedad, como aconseja Juan de Borja concluyendo la empresa 94: «[...] debe tomar algún puerto donde, con quietud y reposo, dé fin a este viaje, por ser lo que más nos importa este buen suceso»46.
VI. El movimiento circular de la fortuna
El concepto de fortuna resume toda esta temática anterior en un solo motivo emblemático, la rueda (fig. 6):
Lo negativo y lo positivo se muestran en las posiciones indiscernibles de un punto en la rueda de la vida, arriba o abajo, delante o atrás. Para presentar el motivo, la empresa 76 muestra al mundo sumergido en un devenir constante, sometido al imperio del acaso, a imagen de «[...] una rueda que continuamente se menea [...]»47. Su movimiento es circular: va de lo alto, las prosperidades, a lo bajo, las adversidades, de forma aparentemente incomprensible. Es un movimiento que «[...] no se puede bien juzgar». El asunto es descrito en términos dramáticos: «[...] ni se puede ver cuál es el principio ni el fin, ni cuál es lo alto ni lo bajo [...]»48. Está sometido al espíritu de confusión, «[...] porque con la velocidad de su curso confunde lo alto con lo bajo [...]»49, lo bueno con lo malo, lo verdadero con lo falso, lo que conviene con lo que no conviene. Y es que, en definitiva: «Es tanta la variedad de las cosas del mundo, causada por el ímpetu y la velocidad del tiempo [...]», que, irremisiblemente, «[...] todo se ve postrado y derribado por el suelo»50. La glosa incluye una definición de lo que son los bienes temporales para el pensamiento áureo: «Y así, se comparan todos los bienes del mundo a una rueda [...] que no se puede bien juzgar»51. El lema sintetiza estas ideas con eficacia mnemotécnica: «Neque summum, neque infimum», «Ni lo alto, ni lo bajo», consiguiendo transmitir el concepto de inestabilidad.
El remedio a este caos es enseñanza común del Siglo de Oro: contemplarlo sub specie aeternitatis: la fortuna, en realidad, es la providencia divina. Solo mediante la fe, con la contemplación de las obras divinas, se puede interpretar el acaso como un orden de premios y castigos, de mercedes y de penas, de gracias y de avisos, con el que Dios dirige el mundo. Solo siguiendo la razón, con el auxilio de la fe, se encuentra un principio de estabilidad. Esta es la base teorética del providencialismo de la época: los movimientos negativos de la rueda de la fortuna se deben a los vicios; los movimientos positivos, a las virtudes. El movimiento circular, la rueda, como explica García Mahíques, es «imagen eficacísima de la voluble y efímera Fortuna»52. La rueda no se detiene en la tierra, sino que pasa por ella. Por el contrario, la roca está quieta en ella y enfrenta las olas. Es su símbolo contrario, el de la confianza en la providencia.
VII. La roca que enfrenta la corriente
La contrapartida de la bola que rueda por la pendiente sin detenerse, y de la rueda de movimiento indiscernible, es la roca que enfrenta la corriente y permanece en su sitio, enraizada en sí misma, potente y fuerte (fig. 7). Es la imagen perfecta del principio de estabilidad, la representación más expresiva de la virtud del reposo.
En la importante empresa 17, que nos sirve de resumen y conclusión, Juan de Borja, bajo el expresivo lema «Ferendo vincam», «Sufriendo venceré», representa esta idea: la roca simboliza el principio de estabilidad con que sobrevivir al fluir torrencial de las realidades temporales. No solo es un elogio de la paciencia, con la que se resiste el empuje de la adversidad, indicada por las aguas embravecidas del mar o del torrente. Es, también, una defensa de la estabilidad del ser, es decir, del orden natural. Frente al oleaje del no ser, la prevalencia de la propia esencia aspira a la autoconservación. El reposo es afirmación del propio ser, frente al movimiento nihilista de la nada. La razón la explica el Doctor Angélico: «todo lo que puede ser o no ser es mutable»53. Como observa García Mahíques: «Aquí es el peñasco marino que resiste, una tras otra, las embestidas del oleaje, permaneciendo inmutable»54. Es conforme al sentir tradicional interpretar la estabilidad de la roca como signo de la estabilidad divina: «Es muy común el ver en la piedra la imagen de la inmovilidad e inmutabilidad, de la permanencia y de la solidez»55. Frente a la roca, el devenir de un mundo sometido a corrupción es eficazmente representado por las olas, pues «[...] el agua es la imagen por excelencia de lo inestable y dinámico [...]»56. Lo inmovible, frente a lo móvil, da a entender la virtud de la fortaleza, como expone Juan de Borja:
El mejor [remedio a los trabajos de la vida], y que más puede ayudar, es la firmeza y constancia de ánimo para, sufriendo, vencerlos. Lo que significa esta empresa del peñasco en la mar que rompe, con la letra «Ferendo vincam», que quiere decir «Sufriendo venceré». Porque, así como el peñasco, sufriendo los golpes de las olas en la tormenta, con su firmeza las deshace y vence, de la misma manera, el que tuviere firmeza y valor para sufrir los trabajos, por grandes que sean, si el de su propia voluntad no se les rindiere, al cabo con paciencia los vencerá y triunfará de ellos57.
VIII. Conclusiones
En este estudio hemos investigado cómo Juan de Borja utiliza los motivos del reposo y el movimiento para representar contenidos morales:
Primero, hemos comprobado cómo la virtud de la tranquilidad es analogía de la inmutabilidad divina. Mediante la quietud y la vida retirada, la persona participa de la estabilidad del Primer Motor.
Segundo, hemos constatado cómo el espíritu de mutación que impera sobre las realidades temporales, a consecuencia del pecado original, produce una sensación de carrera que se refleja en una concepción dramática de las realidades temporales.
Tercero, hemos situado esta cosmovisión en un marco teológico, comprobando que es la opción contraria de la carrera hacia el fin último.
Cuarto, hemos interpretado la descripción circular de los bienes temporales, representados por el movimiento de la fortuna, como un desorden en busca de un orden, que solo proporciona el providencialismo de la época.
Y en quinto lugar, hemos definido este providencialismo como resultado de una búsqueda de estabilidad en medio de las convulsiones de la época.
En definitiva, movimiento y reposo son figuras compuestas de varios elementos: físicos, metafísicos, morales y teológicos. En cuanto motivos emblemáticos, son puestos en función del fin exhortativo que domina la emblemática del autor, como también el pensamiento aurisecular: acercar al bien y alejar del mal, persuadir de la quietud y disuadir del movimiento, en orden al fin último. Es bajo esta perspectiva teleológica que se puede comprender mejor la ontología del movimiento que domina las empresas morales, y cómo distingue un movimiento cierto de otro incierto, un movimiento redimido, que se asocia a la quietud58, de otro irredento, por adámico.
Para llegar a buen puerto y sobrevivir en el agitado mar del mundo moderno, el alma aurisecular propone una brújula potente y eficaz: subordinar las realidades temporales a las eternas y detenerse a considerar el fin último. Como en los Ejercicios espirituales, la primacía direccional del fin es el principio y fundamento de la existencia humana. Todo movimiento vital es bueno en tanto en cuanto se acerque a la meta final, y es malo en tanto en cuanto se aleje de ella. Si no se puede vivir derechamente, es mejor quedarse quieto y esperar el momento propicio para la acción virtuosa, que es un movimiento teleológico, no desvinculado del fin, sino atraído racionalmente por él.
A través de la virtud de la tranquilidad se participa de la inmutabilidad de Dios y se puede aspirar a una vida más estable: «Sólo sobre los Cielos se puede fundar la región del sosiego»59. De esta forma, imitando el proceder divino, se vive a salvo de las tormentas del mundo.
References
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