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Resumen: Carlos Borromeo (Arona, 2.10.1538 - Milán, 3.11.1584) es una de las personalidades más influyentes de la Reforma católica en Europa. Este célibe asume importantes responsabilidades en el seno de la Iglesia apenas cumplidos los 22 años por mediación de su tío, el papa Pío IV: protonotario apostólico, refrendario, cardenal y arzobispo de Milán. En el mandato en el que estuvo al frente de esta sede eclesiástica lombarda lidera, promueve y ejecuta un importante programa de reformas con las que consigue cambiar el funcionamiento, la organización y la percepción que la población tenía del proceder de anteriores prelados, alejados de una realidad que demandaba atención. Su figura ha sido estudiada -y aún continúa siéndolo- desde diversas perspectivas. desde diversas perspectivas. No obstante, y en referencia al impulso dado al culto eucarístico, se echa en falta el abordaje de este desde un punto de vista integral, lo suficientemente amplio en su enfoque disciplinar que amplifique la dimensión, rango y difusión de sus proyectos a través de la relación analítica de conceptos de diversa naturaleza conceptual. Proponemos a continuación un abordaje holístico centrado en el estudio de sus convicciones espirituales, capacidades pedagógicas y notable activismo a favor de la promoción artística de la devoción sacramental a partir del estudio crítico de fuentes documentales primarias y secundarias.
Palabras clave: renovación católica, Carlos Borromeo, culto eucarístico, óptica holística, espiritualidad, pedagogía, activismo.
Abstract: Charles Borromeo (Arona, 2.10.1538 - Milan, 3.11.1584) was one of the most influential figures of the Catholic Reformation in Europe. This celibate took on important responsibilities within the Church at the age of 22 through the mediation of his uncle, Pope Pius IV: protonotary apostolic, refrendary, cardinal and archbishop of Milan. During his mandate at the head of this Lombard ecclesiastical seat, he led, promoted and implemented an important programme of reforms with which he managed to change the functioning, the organisation and the perception that the population had of the behaviour of previous prelates, who were far removed from a reality that demanded attention. His figure has been - and still is - studied from different perspectives. Nevertheless, and about the impetus given to the Eucharistic cult, there is a lack of a comprehensive approach, sufficiently broad in its disciplinary focus to amplify the dimension, range and diffusion of his projects through the analytical relationship of concepts of a diverse conceptual nature. The following holistic approach focuses on studying his spiritual convictions, pedagogical abilities and notable activism in favour of the artistic promotion of sacramental devotion, based on a critical study of primary and secondary documentary sources.
Keywords: catholic reform, Charles Borromeo, eucharistic worship, holistic view, pedagogy, activism.
La figura de Carlos Borromeo (Arona, 2.10.1538 - Milán, 3.11.1584) ha sido -y aún continúa siendo- objeto de numerosos estudios. Sus años de servicio a la Iglesia así como su capacidad para transformar esta anquilosada institución en un instrumento vigoroso, actualizado e implacable lo sitúan como una de las personalidades más destacadas de la Edad Moderna: la determinación con la que actúa frente a otros actores sociales lo convierten a juicio de sus contemporáneos en garante de los nuevos tiempos.
Un acercamiento pormenorizado a su vida, acciones y proyectos conduce a la concreción de una personalidad única dotada, a partes iguales, de carisma, rigor intelectual y ascetismo; cualidades que le llevan a convertirse, por derecho propio, en un referente tremendamente activo en multiples terrenos. Asi, las iniciativas culturales y religiosas que emprendió, sin olvidar las reformas políticas que a la par lideró, subrayan la relevancia de su figura. Es más, la progresión erudita que se atisba en su juventud y que se asienta en su madurez confluye en una carrera sobresaliente que, desde el ámbito local, se amplifica en términos de territorio y espiritualidad hasta adquirir una dimensión universal. Tanto es así que sus proyectos llegan a convertirse en referentes inequívocos del catolicismo de la Edad Moderna, inspirando programas determinados o sirviendo de base para la gestación de otros.
Su decidida contribución para reformar la Iglesia católica desde sus cimientos le lleva a actuar no solo conforme al espíritu contenido en los decretos conciliares, sino, también, siendo fiel a su propio convencimiento personal. Tal consideración lo posiciona como un personaje cuya influencia política rivaliza en importancia con la ejercida a la misma vez por el papa en Roma o, incluso, por los líderes políticos de los principales Estados europeos.
Sin embargo, sus experiencias eucarísticas han pasado algo más desapercibidas, opacadas en parte por la magnitud del resto de las acciones. Esta situación resulta paradójica a pesar de la multiplicidad de normativas y decretos que emitió como arzobispo milanés así como de las numerosas iniciativas puestas en marcha a lo largo de los cuarenta y seis años que duró su vida. Es evidente que estamos ante uno de los actores principales a tener en cuenta dentro del proceso histórico de transición que se vive en la Europa cristiana de finales del siglo XVI: entre la recepción de las doctrinas postridentinas y el desarrollo de procesos internos diferenciadores que, impulsados por la jerarquía eclesiástica, tendrán su máxima proyección material durante las décadas del Barroco.
El objetivo de este trabajo es establecer un análisis documental integral que, partiendo del culto eucarístico, ahonde en aquellos elementos clave de la espiritualidad, pedagogía y activismo desarrolladas por Borromeo hacia tres niveles correspondientes: clero, fieles y programas artísticos. Para ello será necesario recurrir a referencias concretas, proyectos determinados y acciones particulares que terminarán aportando interesantes matices que complementen los estudios existentes a partir de vehicularlos desde aspectos propios de la teología y la cristologia, la historia social, el derecho eclesiástico, la teoría e historiografía del arte, la rúbrica litúrgica, la antropología o la religiosidad local. En este sentido, resultará clave aplicar una metodología holística que, bajo parámetros comparativos, estudie cuantas fuentes primarias y secundarias fuesen pertinentes en torno a dicha temática sacramental.
1. LA FORMACIÓN ESPECÍFICA EN LEYES CIVILES Y CANÓNICAS COMO METODOLOGÍA JURÍDICA DE UN PROCESO PROYECTUAL
Los estudios humanísticos llevados a cabo en Milán bajo la prefectura de Bonaventura Castiglioni y, posteriormente, los jurídicos, asimilados en las aulas de la Universidad de Pavía bajo la tutela del jurisconsulto Francisco Alciato, proporcionan al joven nacido en el castillo de Arona una base académica notable al alcanzar el doble doctorado en derecho civil y canónico. A ello se suma, desde edad temprana, su inclinación a la profesión eclesiástica: además de recibir la tonsura con siete años y participar con asiduidad de los sacramentos de la confesión y comunión, las historias recogidas por sus biógrafos (Possevino, 1591; Bascapé, 1592) y posteriormente repetidas por quienes narran su canonización (Giussano, 1610; Grattarola, 1614) hablan de las numerosas muestras de piedad llevadas a cabo desde que era niño; no en vano, sus juegos infantiles consistían por lo general en montar altares a los que exornaba con profusión, cantando a la vez alabanzas a Dios y rechazando de plano cualquier inclinación hacia las armas -como el entrenamiento al que era sometido su hermano Federico- (Muñoz, 1626, pp. 6-8). A su vez, en su juventud se encargó de administrar la abadía de san Graciano y san Felino tras la renuncia de su tío, Julio César Borromeo, curtiéndose así en este tipo de menesteres, así como de su propia casa familiar tras el fallecimiento de su padre, el conde Federico, a pesar de ser el segundogénito.?
Su traslado a Roma, llamado por su tío materno, el papa Pio IV -Giovanni Angelo Medici di Marignano (1499-1565)-, nada más asumir el solio pontificio en la Navidad de 1559, le permite integrarse en un ambiente de renovación cultural. No en vano, adquiriere en un breve espacio de tiempo una experiencia directa en la administración vaticana en su más amplio sentido, conociendo de primera mano asuntos judiciales e inmiscuyéndose en la gestión diplomática. Es precisamente el contacto con los altos niveles de la jerarquía eclesiástica un aspecto que influye profundamente en su forma de interpretar los desafíos a los que en ese momento se enfrenta la Iglesia. En este sentido entendió que los asuntos más trascendentales no dependían únicamente de las decisiones del papa sino de la implementación de estrategias que movilizaran eficazmente a los niveles inferiores de la jerarquía. Este enfoque estructurado, basado en instrucciones claras y en una ejecución rigurosa, se convirtió en la base para revitalizar el catolicismo y responder así a las constantes tensiones provocadas por el protestantismo desde una perspectiva humanística (Fantappie, 2011, pp. 165-210). La compresión de este proceder metodológico, que de manera implícita conlleva una movilización activa de determinados estratos sociales, conducirá a su asunción como herramienta renovadora que aplicará, décadas después, en el ejercicio de su prelatura milanesa.
El ascenso fulgurante vivido a partir de 1560 -cuando solo contaba con 22 años- a los cargos de protonotario apostólico, refrendario, cardenal -con el título de san Vito y Modesto, mudado con posterioridad al de san Martino ai Monti- y, finalmente, arzobispo de Milán, podría interpretarse como un caso evidente de nepotismo; no en vano, pese a las virtudes que parecían rodear su personalidad, su principal mérito hasta ese momento era ser sobrino del pontífice. La dedicación y eficiencia en el desarrollo de sus responsabilidades desmentirán con el paso del tiempo esas lógicas críticas iniciales.
Al respecto, no puede tampoco olvidarse que Borromeo va a convertirse en ese mismo tiempo en testigo directo de la culminación del concilio de Trento. La reanudación de las sesiones seria posible gracias a la intervención pontificia directa tras una década de paralización provocada por tensiones políticas entre los reyes de Francia y España: Francisco I y Carlos I respectivamente, partidarios de ideas contrarias.
Las conclusiones a las que llegan los padres conciliares, con la consabida aplicación de estas en el gobierno eclesiástico, encuentran en el joven cardenal a un notable baluarte. No en vano, en el abordaje de dichos decretos puede afirmarse que aplica una perspectiva político-práctica, adaptándolos según la intensidad requerida en cada contexto. En este sentido, dio muestras de rechazo categórico a cualquier intento de mediación o conciliación con el protestantismo, así como criticó aquellas actitudes más tradicionales del clero que no respondían a las exigencias de la reforma. Esta postura firme marca las dos líneas principales de su estrategia futura: primero, la división con la reforma protestante debía considerarse definitiva e irreversible, obviando cualquier posible contacto con quienes defendiesen o sintonizasen con sus posturas; y, segundo, la renovación del catolicismo a partir de los preceptos tridentinos requiere la puesta en marcha de un liderazgo sólido. Su perfil se adecuaría pues al del prelado que, siendo consciente de sus habilidades para la dirección de una determinada demarcación eclesiástica, hiciese funcionar al conjunto de personas a su cargo de una manera determinada, tal y como demandan las conclusiones conciliares (Zanzi, 2005, pp. 253-260). Al respecto, entre las estrategias propias a aplicar estarían las de ser capaz de concienciar al estamento clerical -con independencia de sus responsabilidades, rangos y destinos pastorales- de su pertenencia a una estructura eclesiástica renovada. Esta debiera contar con un funcionamiento orgánico con suficiente capacidad para implementar aquellos cambios que fuesen necesarios con determinación, entusiasmo y eficacia. En definitiva, "engrasar" lo suficiente la estructura diocesana para hacerla más operativa.
Así pues, dentro de la comentada como segunda línea estratégica, Borromeo impulsó una reorganización disciplinada y dogmática del clero, orientada a superar la decadencia espiritual. Buscaba, además, involucrar activamente a los sacerdotes desde la base de una vida pastoral repristinada en sus principios esenciales, asegurándose de que comprendieran, asumieran, respetaran y aplicaran los principios jurídico-pastorales que los nuevos tiempos marcaban.· En este sentido, las acciones que va a protagonizar para poder lograr el objetivo propuesto se estructuraron en tres dimensiones principales: fortalecer la dimension espiritual de cada clérigo, partiendo para ello de una base formativa que hiciera bandera de una vida interior ascética y comprometida con los valores de la reforma; revitalizar la vida de los fieles para, así, establecer un vínculo indisoluble con Cristo a través de la participación masiva de los sacramentos, siendo para ello esencial el cuido de la predicación; y, por último, en línea con lo anterior, promover una devoción sacramental pública que, aún estando arraigada en la piedad popular, había quedado desatendida en décadas anteriores, valiéndose para ello de la creación artística.
Es evidente que tras la puesta en práctica de un proyecto tan amplio como este se haya una persona profundamente imbuida por las circunstancias históricas de su época; pero, también y al mismo tiempo, esta va a destacar por poseer una visión ácrona que trasciende dicha contextualización. No en vano, en su pensamiento, el misterio de la eucaristía y la devoción al sacramento están íntimamente vinculados, en contraposición a la desconexión que prevalecía en momentos anteriores. Esta perspectiva lo alineaba con el espíritu de la Reforma católica, aunque sus iniciativas pudiesen parecer, en un principio, arriesgadas e incluso innovadoras.
Si empleásemos al respecto términos más actuales, podría afirmarse que Borromeo diseña una estratégica "reforma integral" para la diócesis de Milán, la cual no solo reflejaba el espíritu postconciliar, sino que, también, abarcaría todos los mecanismos, carismas, personas -de mayo a menor rango de autoridad- y procedimientos de la vida eclesial. Es más, su labor servirá como modelo para otras diócesis italianas que, con el tiempo, adecuaron sus disposiciones y normativas a sus Jurisdicciones particulares casi sin establecer cambios significativos, en total consonancia con el espíritu que las inspiraba (Molinari, 1957; Prodi, 1957-1967 y 1964).
2. EL ESTAMENTO SACERDOTAL Y LA EUCARISTÍA: CUIDO DEL CULTO, PREDICACIÓN Y FOMENTO DEL ASOCIACIONISMO PARROQUIAL DEL LAICADO
Consciente de que los sacerdotes diocesanos son los colaboradores directos en su misión pastoral, Borromeo insiste en que estos estén alineados con sus convicciones, siendo conscientes del papel fundamental que desempeñan en su faceta de directores espirituales de las diversas comunidades de fieles. La salvación de las almas debe ser el objetivo supremo, superando cualquier otra consideración. Este principio deriva a su vez de una convicción central, asumida sin ambages por el arzobispo: la vocación sacerdotal es un don divino que exige gratitud y que conlleva el ejercicio de una vida ejemplar como consecuencia de su compromiso con Cristo, la Iglesia y el orden sacerdotal. Por lo tanto, cada religioso debe encarnar una existencia casi "angélica", caracterizada por la castidad, la pobreza, la modestia y un compromiso inquebrantable para con quienes más los necesitan. En definitiva, sus vidas deben ser un reflejo prístino de su compromiso eclesial.
A estas ideas no llegó de manera aislada. Al respecto resulta esencial comprobar cómo se inspira de continuo en el pensamiento de las órdenes mendicantes, especialmente los franciscanos, con quienes mantiene una relación cercana (Canali & Giorgi, 2011). Entre las acciones concretas que llevó a cabo para implementar sus ideales se encuentran la creación del Seminario mayor de san Juan, la configuración de una red secundaria de centros menores dependientes del anterior -conllevando becas para el estudio y manutención de aquellos aspirantes a célibes que no contasen con medios propios para el sustento diario- y el establecimiento de una casa de acogida para el clero foraneo que se asentase en la capital del arzobispado (Cattaneo, 1964; Marcora, 1964; Rimoldi, 1965). También promueve reuniones de formación continua apelando a la conciencia personal de cada sacerdote para que, voluntariamente, se viese en la necesidad de participar en estas. Aún así, en caso contrario, se convertiría en obligación a partir de la reforma de capítulos y disposiciones canónicas que incluyesen tal disposición.
No obstante, la formación de los seminaristas resultará desde entonces vital. El modelo de fidelidad al prelado y de promoción de la caridad pastoral emula en parte las directrices aplicadas por los jesuitas en sus instituciones educativas. En este sentido, la formación de estos jóvenes recaería en sacerdotes experimentados, quienes no solo actuaban como guías espirituales -inherentes al ejercicio de gobierno de un superior sobre sus pupilos-, sino también, como modelos de conducta. La homilética, considerada eje central de su labor pastoral y elemento clave que interaccionaría con cada fiel en el transcurso de las ceremonias litúrgicas, se posiciona como elemento prioritario en dicha preparación.
Siguiendo tales preceptos, el interés mostrado por Borromeo por difundir entre el clero milanés los decretos de Trento, especialmente relacionados con el sacramento eucarístico, se palpa en la convocatoria del primer sinodo.° Celebrado® bajo la presidencia de su recién nombrado vicario general, Niccolo Ormanetto, entre el 29 y el 31 de agosto de 1564, en su transcurso se analizan con exhaustividad los aspectos teológicos y pastorales. Es más, a cada sacerdote se le entrega una copia para que continúe de forma particular con su estudio detallado. El propósito último que subyace en tal proceder es el de fomentar un diálogo constante sobre la eucaristía y la acción litúrgica que de ella deriva con tal de movilizar a los fieles a su participación. No solamente estaríamos hablando de ceremonias propias del Oficio Divino, sino de la promoción en paralelo de prácticas cultuales específicas: ejercicios de adoración que incluyese el conocido jubileo de las Cuarenta Horas, procesiones eucarísticas y fomento de las cofradías dedicadas en exclusividad al culto sacramental. Un volumen de actuaciones que a su vez tienen que ver con el contexto diocesano general: a finales del siglo XVI, la archidiócesis abarca tanto la capital lombarda como su área metropolitana y localidades del milanesado, incluyendo también territorios en Suiza y Venecia; en definitiva, el computo total de centros religiosos superaría los 3000.8
En estas circunstancias, el proyecto del cardenal se basa en la difusión de una visión devocional de la eucaristía que logre transformar el panorama religioso frente al que interacciona. De esta manera y con el paso de las décadas, consigue fortalecer los rituales, organizar procesiones solemnes en las que participa personalmente -sin lucir vestiduras recamadas y mostrándose en oración permanente-, cuida con esmero los vasos sagrados habida cuenta del papel esencial que juegan dentro de la rúbrica sacramental y promueve la participación activa de los fieles en asociaciones eucarísticas; incluso está detrás de la institución de rutinas simbólicas de sencilla comprensión por parte del pueblo, como el repique de campanas durante la consagración. Todo este conjunto de acciones pasa a constituirse en elementos clave de la devoción eucarística gracias a la colaboración que de los célibes diocesanos, popularizándolos hasta conseguir la absoluta identificación del pueblo cristiano con estas. No hay rastro de que estas pautas aparezcan recogidas en las conclusiones tridentinas pero se pergeñan como muestras de un tiempo donde el culto es un aspecto a cuidar.
El cardenal también destaca por su excepcional capacidad pedagógica al ser consciente de la existencia de mecanismos efectivos -palabras, gestos, espacios y acciones- que ayudan a que cada fiel comprenda por sí solo el sentido último de lo que se celebra. De hecho, aunque muchas de sus actuaciones no están explícitamente definidas en los citados decretos, las interpretaciones que hace de ellos revelan una espiritualidad profunda y sincera. En sus palabras sobre la eucaristía, transmite asombro y devoción, considerándola una fuente inagotable de alegría y renovación espiritual. Un enfoque que deviene de la asimilación del pensamiento de conocidos místicos, compartiendo con estos un concepto clave: ser un misterio inefable y sublime.
Muestra de tan exacerbado apasionamiento -producto de la magnificencia con la que celebra a diario el misterio y el reconfortante gozo que dice sentir al recibir en su interior al propio Cristo-, es la homilía pronunciada con ocasión de la festividad del Corpus Christi en la catedral milanesa el jueves, 9 de junio de 1583, previa a la salida de la procesión eucarística por el Centro de la urbe. En el transcurso de esta, subraya que es tan sublime el alimento que reciben las almas cristianas cuando se acercan a comulgar que supera cualquier entendimiento: "Cosi grande ё la degnazione del sommo Dio, in esso riluce tale amore che ogni intelligenza viene meno; nessuno potrebbe spiegarlo a parole né comprenderlo con la mente" (Borromeo, 2005 ed., р. 109). Acto seguido, basa su argumentario en torno a dos puntos nodales: la justificación que lleva a Cristo a instituir el misterio eucarístico y el sentido por el que, siglos después, la Iglesia hace memoria continua de aquello a través de la celebración litúrgica diaria.
Al respecto de la primera cuestión en la que las especies consagradas transmutan en signo indeleble del cuerpo del hijo de Dios y que este se ofrece sin contraprestaciones tanto a la contemplación como a la manducación, encuentra el prelado una única explicación posible, aquella que solo responde a un acto de amor:
Che cosa, se non l'amore, potrebbe spingere il Dio buono e grande a darsi come cibo spirituale alla misera creatura che € l'uomo? Dio, il Creatore di tutte le cose, conoscendo le nostre debolezze, sa che la nostra vita spirituale ha bisogno di cibo per l'anima, cosi come la vita ha bisogno di cibo per il suo sostentamento® (Borromeo, 2005 ed., p. 110).
De ahí la disposición por mandato divino de dos sustentos esenciales que ayudan al mantenimiento del cuerpo y al alimento del alma -similar al que, según comenta, disfrutan los ángeles en el convite celestial-. Por ende, la recepción de estos debe llevarse a cabo en un ejercicio de constricción personal en el que, sobre todo, el fiel sea consciente de sus debilidades, se aminore ante tal presente y llegue incluso a clamar sobre su menudencia, al igual que Isabel lo hizo cuando fue a visitarla su prima María con ocasión de su prodigioso embarazo:
A che debbo che venga a me, peccatore, miserabile, ingrato, indegno, verme e non uomo, obbrobrio degli uomini e abiezione del popolo; che entri nella mia casa, nella mia anima che spesso ho ridotta aspelonca di malfattori, e vi abiti il mio Signore, Creatore, Redentore e Dio mio, al cui cospetto gli Angeli desiderano stare?!! (Borromeo, 2005 ed., р. 111).
Insiste el prelado, cerrando sus reflexiones en este sermón, que es a través del sentimiento de veneración y del reconocimiento del pecado cómo cada participante de la celebración se une a Cristo por medio de la comunión, sintiendo de inmediato los efectos vivificantes de la eucaristía. La frase final, plena de simbolismo, no deja dudas acerca de la anexión y cercanía que confieren tales prácticas a la figura instauradora del misterio, aludiendo para ello las acciones de conocidos personajes veterotestamentarios:
per medio de questo santissimo mistero dell'altare, attraverso la ricezione della vivificante Eucaristia, con questo Pane Celeste 1 fedeli sono cosi efficacemente congiunti a Cristo da poter attingere con la loro bocca dal fianco aperto [...], gli sconfinati tesori di tutti 1 sacramenti'? (Borromeo, 2005 ed., р. 112).
Una aproximacion mas técnica a las estructuras narrativas seguidas en estas platicas nos lleva a reconocer el uso de técnicas retoricas elementales, como el empleo de anaforas y de formas de enunciación dramáticas -interrogativas, imperativas o exclamaciones, entre otras-. En suma, la concreción de un estilo que, a través de la persuasión, busca "sacudir" el ánimo de los fieles, "docendo, arguendo, obsecreando" (Acta, 1890, p. 81) y que impacta sobre estos de manera inmediata. Incluso tales características llegan a convertirse en paradigmáticas para el clero milanés que, pronto, las hace suyas, convirtiendo la diócesis en un "atelier de rhétorique" (Fumaroli, 1994, p. 142) en torno al proceder de su prelado, sentando así las bases para una nueva manera de predicar que trasciende los límites territoriales de la propia capital lombarda para expandirse por sus periferias (Ardissino, 2015, pp. 51-72).
La acción salvífica inherente a la manducación de las especies consagradas no queda restringida Únicamente a la participación frecuente en el rito eucarístico. Convencido de ello y en el marco de los esfuerzos llevados a cabo por el arzobispo por revitalizar las prácticas religiosas -poniendo con ello fin a años de decadencia cultual-, impulsa la creación de cofradías. En sus nóminas habrían de participar laicos representativos de los de diversos estratos sociales -entre ellos, artesanos, nobles, estudiantes, extranjeros, artistas y trabajadores-.
Estas asociaciones, guiadas espiritualmente por un clérigo, funcionarán bajo estatutos que regulan todos los aspectos de la vida comunitaria. Dedicadas tanto a la veneración de santos, como a María de Nazaret о, en especial, al propio Cristo, poseen un funcionamiento interno a modo de mutualidad que, a futuro, corre con el servicio y los gastos de entierro a favor de sus miembros. La labor no es solo promocional; también incluye la reforma de las asociaciones de idéntica naturaleza existentes en la diócesis con anterioridad. En suma: 83 cofradías históricas y más de 1.500 nuevas, agrupadas todas ellas, a su vez, en 16 corporaciones que cuentan con una insignia principal, siempre dispuesta en la sede corporativa y ocupando un lugar específico dentro de la procesión anual que verifican con ocasión de la festividad del patrón al que estén dedicadas (Cattaneo, 1961, pp. 689-691)."
En este sentido, la ordenación pastoral marca que cada parroquia cuente de manera indefectible con una cofradía dedicada al sacramento eucarístico que, además de encargarse de la promoción de su culto, preserve la dignidad que dicha finalidad requiere a través de acciones litúrgicas en comunidad. De igual manera, a ella se le podían sumar al menos otras tres más, dedicadas a devociones específicas: en primer lugar, las que tienen por patrona a la Virgen del Rosario, originalmente erigidas en conventos dominicos y basadas en la repetición coral de letanías a lo largo del día, transformándose ahora en instrumentos de proyección de esta devoción mariana a través de la edición de estampas grabada que incorporan, en su revés, oraciones para la práctica individual; en segundo lugar, la de penitentes flagelantes, conocidos también como disciplinantes pues sus miembros se integran en cortejos pasionistas de semana santa bajo el anonimato de un sayal, infringiéndose cruentos tormentos particulares para así emular el recibido por Cristo camino del monte Calvario; y, en por último, las dedicadas a la santa Cruz, sensibles ante el ejercicio de la caridad a través del desarrollo de obras piadosas, destacando el papel crucial que juegan durante la epidemia de peste que afecta de forma severa a Milán entre 1576 y 1577 (Zardin, 1989, pp. 281-300).
3. HACIA UNA LEGISLACIÓN ESPECÍFICA: EL TABERNÁCULO, EPICENTRO DE LA CELEBRACIÓN Y RECEPTÁCULO PARA LAS ESPECIES CONSAGRADAS
Además de las anteriores iniciativas de raíz popular, Borromeo destaca en su determinación por regular a través de reglamentos temáticos los aspectos básicos que conciernen a la vida religiosa; la idea que subyace es la de convertir el compromiso de quienes integran el estamento eclesiástico en reflejo preclaro de la idiosincrática misión evangélica a la que están destinados. Esta vía legislativa pone el acento en cuestiones tan variadas como los ritos sacramentales o el comportamiento a desarrollar en el transcurso de celebraciones comunitarias en distintos ámbitos -público, privado y familiar-. No olvida tampoco supervisar el modo de comportarse ante determinadas festividades -en especial, aquellas que cuentan con una motivación no religiosa, caso de las carnestolendas-, la aplicación de protocolos concretos a activar en caso de catástrofe social -las enfermedades infecciosas proliferaban cada cierto tiempo-, el amplio mundo de la creación artística que debía ponerse al servicio del dogma, la programación de actividades catequéticas grupales o, también, la vertebración narrativa -a modo de guion- que toda homilía precisa. Esta visión disciplinaria quedó plasmada en un corpus legislativo que contará con una influencia significativa, extendiéndose su reproducción incluso fuera de la diócesis de Milán.'· El conservadurismo inherente a este ejercicio de control incluye también un régimen sancionador que se aplica como complemento de las observaciones pontificias, algo más generalistas, entendiendo que se trata de medidas apropiadas para el contexto socio-religioso que se vive en la Lombardía.
En el ámbito de la producción artística, Borromeo publica en 1577 el tratado titulado Instructiones fabricae et supellectilis ecclesiasticae. Este texto latino posee una importancia clave en el devenir de la Iglesia católica durante el Barroco al quedar establecidas en él las directrices nodales sobre cómo debían construirse y equiparse los espacios sagrados. Se trata de un documento que desarrolla las recomendaciones recogidas en la sesión XXV del concilio de Trento; en concreto, las enumeradas en el punto segundo, elaboradas a principios de diciembre de 1565. A tenor de dichas consideraciones, los padres conciliares subrayan la importancia de que la jerarquía eclesiástica controle la producción del arte religioso -en primera estancia, ejerciéndola el prelado diocesano; y, en segunda, el arzobispo del que dependa la demarcación anterior-. El sentido preventivo surge como respuesta a que en toda obra quede garantizada su función catequética -primordial para el "buen funcionamiento" del estudiado simulacro-, adecuándose por tanto al culto debido.
A bote pronto, tal prescripción supone el fin de la libertad creativa que en épocas precedentes guiaba el proceder de los talleres artísticos, debiendo entender que, en el ejercicio de su profesión, cada maestro debe argumentar cuantas ideas, procederes, técnicas y demás recursos formales sean menester con tal de preservar el contenido evangélico y el sentido litúrgico-pastoral de una obra de nuevo cuño. En este sentido, el decreto tridentino ahonda en la importancia que tienen las imágenes -tanto escultóricas como pictóricas, con independencia del soporte, dimensiones, materiales y ubicación que ocupen-, así como en la responsabilidad de quien gobierna la diócesis de velar por el cumplimiento de lo mandatado observando el resultado de aquello que se encargue.
En este sentido, el exordio es nítido: "Enseñen con esmero los obispos que por medio de las historias de nuestra redención, expresadas en pinturas y otras copias, se instruye y se confirma el pueblo recordándoles los artículos de la fe y recapacitándoles continuamente sobre ellos" (El Sacrosanto, 1787, pp. 357-358). Es decir, que los fieles, al acercarse al sentido trascendente de aquel personaje o escena piadosa sean capaces de interaccionar de tal forma que se sientan de inmediato convidados a imitar la ejemplaridad propia de la santidad y entiendan que ese es un medio adecuado para aproximarse a la realidad suprasensible sin caer en la idolatría.
Del mismo modo, la documentación tridentina apunta dos teorías de gran relevancia para el arte posterior y que han sido debatidas con amplitud por la historiografía. La primera es la del "decoro", entendida como la capacidad para establecer temas iconográficos de facil entendimiento en su composición para así evitar elementos innecesarios que distorsionen el sentido y significado de lo representado. La segunda alude a la "decencia", cualidad que trata de obviar cualquier referencia a elementos del clasicismo histórico que pudiese provocar transgresiones en la configuración de cada personaje, buscando que recepción, interpretación y asimilación en los fieles se haga del modo más correcto posible.
La puesta en marcha de dichas directrices recae, tal y como se lleva indicando, en las reuniones que los obispos tenían el deber de organizar con posterioridad en sus respectivas diócesis. En este sentido, respecto al culto de las imágenes, tienen especial relevancia los sinodos celebrados en localidades de la geografía cristiana -entre los que sobresalen los pioneros llevados a cabo en Burgos (1577), Toledo (1583), Lima (1585), México (1585), Cádiz (1591), Astorga (1592) oel ya citado de Milán, entre otros-. En paralelo y bajo el propósito de proporcionar orientaciones particulares tanto a artistas como a las propias autoridades eclesiásticas, surgen en las últimas décadas del siglo XVI diversos tratados que detallan, con mayor o menor rigor técnico, opciones formales posibles para la concreción de determinadas representaciones iconográficas.
Entre los títulos más populares del elenco de teóricos destacan: Dialogi sex (1566) de Nicholas Hartsfield; De typica et honoraria sacrarum imaginum adoratione (1569), de Nicholas Sanders; De picturis et imaginibus sacris liber unos (1570), de Johannes Molanus, así como el Discorso intorno alle immagini sacre et profane (1582), firmado por el cardenal Gabriele Paleotti. Y es precisamente a esta secuencia documental a la que se deben adscribir las Instructiones milanesas ya que es la única de todas estas referencias en la que se aborda el complejo proceso constructivo de todo espacio religioso (Haslam, 1990). No en vano, es bastante probable que tanto Borromeo como el cardenal Paleotti participasen con anterioridad en la redacción final del decreto mencionado y ahora se vieran impelidos a aplicarlos de forma crítica en sus respectivas prelaturas.
Convienen diversos estudios en resaltar que, en el texto del cardenal milanés, resulta evidente la huella dejada por dos colaboradores cercanos: de un parte, su secretario, Pietro Galesino (с. 1520-c. 1590), conocido liturgista y editor; 5 y, de otra, Ludovico Moneta (1521-1598), conocedor del arzobispado tanto por el desempeño de labores de administrador como de visitador parroquial, con estudios de arquitectura y amigo de destacadas figuras del panorama creativo transalpino.'· Este último, además, resultaría una figura esencial para el correcto desarrollo del plan de reformas de Borromeo al estar a cargo con posterioridad de la supervisión técnica de las obras de remodelación de los templos diocesanos y de la provisión de cuantos objetos litúrgicos fuesen necesarios.
Un acercamiento a la intrahistoria del prontuario revela una interesante paradoja: a pesar de que Gelasio había profundizado en el análisis del arte de la Antiguedad clásica a través del difundido tratado de Marco Vitruvio,'7 las prioridades constructivas que ahora se resaltan ponen el acento en cómo abordar las necesidades que demandaba el ejercicio correcto de la rúbrica litúrgica. Semejante disyuntiva se advierte en la apuesta por estructuras espaciales desarrolladas en época paleocristiana y el desdeño de recursos propuestos por construcciones romanas que aún se conservaban de forma parcial. Así, la poca atención prestada al uso de cuestiones generales de la teoría arquitectónica - como la elevación de fachadas o el empleo de la perspectiva- ofrecería al tracista la oportunidad de decidir sobre aspectos esenciales del estilo a desarrollar, el empleo de técnicas concretas o la materialización de las decoraciones. Eso sí, el documento no vacila en algo que se considera un requisito sine qua non para la materialización final del proyecto: este debía contar con la autorización expresa del arzobispo. En este siempre primaba -siguiendo el parecer de su primo, Federico Borromeo- que el conjunto respondiese en su integridad a las exigencias propias de todo espacio sacro por encima de la valoración de aspectos tales como el uso adecuado de las proporciones o de criterios lindantes con la elegancia. Estos eran apreciados pero no resultaban cruciales a su juicio (Borromeo, 1624 [1932], p. 54).
En cualquier caso, un estudio detenido del texto nos lleva a afirmar que este da por asumidos valores evidentes; en especial cuando se alude a la vision eclesiástica sobre el arte y la arquitectura, concibiendo ambas expresiones como canales de expresión de la liturgia, cuya rúbrica queda definida por el Misal romano -que será también reformulado en décadas posteriores-. En este sentido se citan apostillas realizadas por figuras históricas, como Ambrosio de Milán, Jerónimo de Estridón y Juan Crisóstomo, así como disposiciones prescitas por liturgistas medievales de la talla de Hugo de san Víctor, Guillermo Durandus o Sicardo de Cremona. De igual manera se dan por asumidas -y aceptadas por su validez- las disposiciones emanadas de concilios anteriores a la Reforma católica; en especial, el desarrollado en el palacio de Letrán entre 1512 y 1517.
El compendio recoge los requisitos básicos que en opinión del arzobispado deben cumplir los templos diocesanos, tanto de nueva construcción como aquellos otros que, levantados en épocas anteriores, requiriesen de una adaptación a los principios tridentinos. Por lo tanto, no puede considerarse en puridad un tratado de arquitectura; más bien, por su naturaleza, finalidad y orientación está ligado de manera directa con el grueso de proyectos puestos en marcha por Borromeo en su extenso programa de reformas. En este sentido no debe obviarse que su redacción se produce al término del IV concilio provincial de Milán, celebrado en 1576, en el que se establecen las normas de obligado cumplimiento para la construcción y adecuación espacio-ambiental de iglesias, capillas y altares a criterios de práctica devocional (Boer, 2001, pp. 87-96). Es posible que el prelado congeniase este vademécum solo para su aplicación en la archidiócesis sin prever que, tan solo trascurridos cuatro años de su fallecimiento, el cardenal Orsini -arzobispo de Benevento y futuro Benedicto XIII, papa- lo consideraría de relevancia fundamental; de ahí su orden expresa de traducción al italiano y la reimpresión hasta en nueve ediciones llevadas a cabo a lo largo del siglo XVII.
A lo largo de sus páginas, organizadas en veintinueve apartados de amplio contenido, las 7nstructiones ofrecen epígrafes específicos según la temática a tratar. El propósito fundamental con el que se articulan es el de ofrecer directrices generales: desde la estructura espacial de iglesias y baptisterio hasta la disposición de sacristías, espacios concretos o cementerios. En este sentido descuella el detalle en el tratamiento dado a elementos tales como las superficies murarias y los sistemas de cubrición, atrios, ventanas, escaleras y graderíos, lampadarios, ubicación de armarios litúrgicos, fachadas con incorporación de torres -recurriéndose a los órdenes clásicos que conferirian solidez al conjunto-, ubicación de espacios reservados -en especial, para las mujeres-, disposición del juego de campanas e, incluso, las características que debían cumplir cada uno de los elementos que conforman el ajuar de vasos sagrados.
En este sentido descuella la preferencia por las plantas cruciformes, al modo basilical con transepto marcado, capaces de contener de tres a cinco naves. A su vez, la elección de estructuras circulares quedaría reservada a casos excepcionales -baptisterios u oratorios-, obviando así cualquier mención al modelo hierosolimitano de la basílica del santo Sepulcro. En cualquier caso, la iglesia debía erigirse sobre una parcela expedita, a ser posible sobre un promontorio que pudiera asociarse de forma simbólica con el monte Sión, siendo accesible a través de soportales arquitrabados de inspiración paleocristiana -como ocurría, sin ir más lejos en la basílica milanesa de san Ambrosio-.
De manera análoga y en determinadas ocasiones, la normativa permite la adecuación de adaptaciones basadas en tradiciones arraigadas a la historia de la arquitectura sacra, siempre que sean compatibles con el espíritu reformador de los cánones de Trento. En este sentido debe interpretarse el mantenimiento de las portadas medievales levantadas en templos lombardos, consideradas en su momento -y ahora mantenidas por pervivencia sincrónica- cual reflejo planimétrico del célebre templo de Salomón. Tal apreciación ya había sido puesta de relieve por algunos humanistas cinquecentescos; no en vano, tanto la cita al personaje histórico como sus intenciones, devienen del seguimiento fiel del mandato divino para guarecer en sus muros el arca de la alianza y aquellos otros elementos que formaron parte del tránsito por el desierto del pueblo israelí en busca de la tierra prometida. Una idea que, en su génesis, acción y gestación, entronca plenamente con el espíritu conciliar.
En este sentido, las nuevas experimentaciones proyectuales que surgen en la arquitectura de la Europa católica a finales del siglo XVI y que tienen una amplia notoriedad durante la centuria siguiente -fruto de un debate extenso entre místicos, eruditos, liturgistas y artistas-, convergen en tildar de profético todo planteamiento que suponga de por sí la concreción material de una revelación divina. En este sentido, a las reflexiones sobre dicha materia vertidas por el agustino Onofrio Panvinio o el franciscano Bernardino de Laredo, se unen la del artista Cristóbal de Villalpando, entre otros, conformando un extenso catálogo teórico con citas expresas a textos medievales firmados, por ejemplo, por Gregorio Magno, Eusebio de Cesarea, Hugo de San Víctor o Bernardo de Claraval. Y, por supuesto, a Ambrosio, mítico obispo milanés, quien en su obra De Sacramentis escrita en fecha incierta a finales del siglo IV se preguntaba Quid est altare, ¿nisi forma corporis Christi? (1991).'·
En línea con tales planteamientos, las 7nstructiones milanesas añaden su particular visión del microcosmos templario a ese ambiente teorizante, sentando las bases de un modus operandi idiosincrático." Asi, la capilla mayor queda definida como el área más noble, inscrita en una cabecera que debe orientarse hacia el oriente para que, en cada amanecer, los rayos del alba incidan sobre su cúpula semiesférica provocando una poderosa irradiación lumínica. El sentido de tal indicación de cariz ambiental deviene de la rúbrica litúrgica: el sacerdote preside la eucaristía de cara a los fieles, congregados en las naves central y laterales. El resto de las indicaciones dadas responden a criterios más técnicos, aludiendo por ejemplo a la disposición de un Crucificado en el eje central o ala elevación del presbiterio sobre gradas impares, contando con un perímetro -medido en codos y pulgadas- con capacidad suficiente para el acomodo del resto de ministros del altar y cuerpo de acólitos en fiestas solemnes.
El elemento que a partir de estas disposiciones se yergue cual baluarte insigne de las renovadas fábricas sacras es el tabernáculo. Concebido desde antaño como un receptáculo que simboliza la presencia divina al contener en su interior las especies consagradas, su obligatoria disposición, centrada en las capillas mayores, reforzará su dimensión teológica y comunitaria en un tiempo nuevo. Así mismo supone la concreción conceptual y constitutiva del término sacrarium al que se refieren las actas del concilio, tal inexacto en sí que podía remitir tanto a una píxide como a un sagrario dispuesto a su vez en la sacristía.
El que dicha cuestión aparezca recogida en tal documento ha de entenderse como una prolongación de la obligación que se le asigna al prelado diocesano en el concilio provincial celebrado en 1565; al respecto, en sus actas tituladas de Constitutiones et decreta, se establece que es potestad de este la supervisión de que en toda iglesia -catedral, colegial, parroquial o incluso conventual- exista la citada estructura y que esta, a su vez, posea un arca interior cerrada con llave. Delante de dicho espacio debería prender a perpetuidad una lámpara en señal identificativa."°
Además de adecuarse al espíritu tridentino, la colocación centralizada del edículo sacramental podría entenderse también como continuación del proceso reformista preconciliar iniciado por alguien al que Borromeo considera un referente en su más amplio sentido: Gian Matteo Giberti (1495-1543) (Prosperi, 2023). Este célibe presidió la diócesis de Verona entre 1524 y 1543, destacando por su carácter pionero en transformaciones llevadas a cabo en tal territorio entendiendo que aquello que no se normatizaba tendería a la confusión (Ferrarese, 2004, pp. 1-50). Para ello se rodea de una serie de personalidades destacadas procedentes del mundo eclesiástico, jurídico y cultural que le servirán de ayuda para sus propósitos normativos. Por ejemplo, en las Constitutiones (1542), publicadas con autorización de Paulo III y que son consecuencia de la visita pastoral a las parroquias veronesas,"' se contiene una interesante disposición en su título V, canon 2, titulada De custodia & loco Euchastistiae. En este precepto se estipula que la reserva sacramental quede depositada en el altar mayor de todo templo, expuesta de manera permanente en el interior de un tabernáculo para así romper con la indignidad con la que es tratada. La estructura deberá confeccionarse con materiales "pulcros", anclararse al ara de forma bene & firmiter € stabiliatur, para que así quede alejada de 'sacrilegas manos". La eucaristía quedará a su vez dentro, en un sagrario propio, velado: un loco singulari que no podrá ser de madera ni vidrio ni marfil, sino de plata y oro, materiales más adecuados con la divinidad del ilustre "habitante" al que van a envolver cual digno receptáculo."
La codificación jurídica se prescribe incluso tras haber materializado sus principios en la capella grande del duomo veronés (Agostino, 2012, pp. 147153). En efecto, distintas intervenciones acometidas al parecer bajo la dirección de Giulio Romano -con quien le unía una extensa amistad (Luitpold Frommel, 2012, pp. 131-140)- entre las décadas de 1520 у 1530 acabaron por transformar el ábside en un edículo que rezuma aires sacramentales con la hiperdulía a través de un particular iconostasio columnado. Así, las escenas pictóricas murales de la vida de María, prefigurada por las profecías de Isaías y Ezequiel como madre virginal -a perpetuidad- de Cristo, se acompañan de antífonas veterotestamentarias que enraízan su presencia a secuencias heroicas vividas por las comunidades religiosas primitivas, reforzando su excelencia para cumplir con el designio divino; de esta manera, en un mismo programa visual, se concretizan creencias asentadas en el imaginario eclesial -incluso prefigurando los dogmas de la asunción y la concepción sin mancha- con la piedad popular. Siguiendo el perímetro dispuso el coro, con la cátedra del prelado en el centro, presidiendo el área un tabernáculo de planta central sostenido por ángeles broncíneos que incorporaba en su interior un sagrario de cristal y piedras preciosas. Tal disposición de la estructura edicular emulaba, en palabras del biógrafo Zini (1573, р. 81), tanquam cor in pectore & mentem in animo, favoreciendo así la pertinencia del culto divino y materializando, por ende, lo anunciado en los frescos: la presencia permanente del hijo engendrado en el seno virginal y sacrificado en la cruz se renueva de contínuo en la eucaristía que, a su vez, une a los fieles, transformando sus vidas, por medio de la comunión de su cuerpo y de su sangre.
Volviendo de nuevo a las prescripciones milanesas, estas pueden catalogarse de precisas en comparación con las disposiciones preconciliares de Verona. De hecho, indican que todo proyecto a realizar debe contar con la opinión de un experto capaz de diseñar tanto su estructura básica como el programa iconográfico que debe incorporar. En este descollarían secuencias narrativas de la pasión de Cristo, culminando con su presencia glorificada -en la que habría que incidir sobre las llagas derivadas del martirio de cruz- dispuesta en el remate superior. Los materiales de la cara externa deberían ser la plata sobredorada, el bronce pulimentado y el mármol tallado, dejándose las tablas de álamo -o de una madera de semejante composición- para forrar el interior toda vez que su densidad resulta efectiva como aislante de la humedad." El elemento mueble contendría a su vez un receptáculo interior en el que se depositarían las especies, cerrado con una puerta en cuyo exterior se dispone un relieve de la crucifixión o la resurrección del redentor.
La planta de dicha estructura habrá de ser octogonal o redonda -en clara sintonía simbólica con el ejercicio numerológico que alude a la redención que el mesiánico "habitante" protagoniza con su muerte-, sujetándose al altar para que no pueda ser trasladado con facilidad. De igual manera se izara sobre una base escalonada, ejecutada con los adornos que se consideren adecuados y contando con la presencia de distintas representaciones de angeles corporeos. La disposición en altura no será excesiva para así evitar que el célibe, en el momento en el que inserte o saque las hostias consagradas, lo haga comodamente sin precisar de elevación alguna. Los corporales a utilizar, que servirán de base reverencial para aislar el copón de las superficies sobre las que se deposite -tanto la propia del altar como del tabernáculo en sí- quedarán custodiados en una urna de reducidas dimensiones ejecutada con madera de Бо).
El análisis de las orientaciones ofrecidas en el texto pone de manifiesto la confluencia de aspectos prácticos y representaciones figurativas; sin embargo, 23 En el caso de que la fábrica parroquial no contase con disponibilidad económica suficiente, se recomienda el empleo de maderas cuya resistencia en el tiempo esté más que probada.
se echa en falta una justificación más elaborada que, desde el terreno de la simbología, complementen lo prescrito. Esta paradoja resulta especialmente evidente cuando se aborda la idea del tabernáculo, término empleado en momentos anteriores para designar también al sagrario. Por las indicaciones dadas, estamos ante un elemento diferente a aquel por cuanto su tamaño -mayor- y significación espacial -centrado tras el altar-, van a dotarlo de una mayor relevancia volumétrica y simbólica. Su uso terminológico, no obstante, está cargado de intenciones cuasi arqueológicas al conectar desde la semántica con la evocación bíblica del santuario diseñado según las instrucciones recibidas por Moisés. tras liberar al pueblo de Dios de la esclavitud egipcia. Construido un año después de la Pascua en una llanura del desierto, su materialización a modo de estructura móvil respondía al mandato recibido y explicitado en el Libro del Éxodo (25-29): durante el día, Dios se hacía presente a través de una nube y, al término de la tarde, se transformaba en una columna ígnea. Tal representación-disposición suponía en términos visuales -y, por ende, cognitivos- que la presencia de la divinidad moraba para siempre en dicha tienda, uniéndose así la promesa de acompañamiento eterno hecha al pueblo israelita. En esta, además, debían encontrarse una serie de elementos que, al igual que los propios materiales usados para la gestación del proyecto, remitian de manera directa a esa premeditada alianza. En este sentido, tanto el aceite como el incienso se reservan en exclusiva para honrar la constante "presencia sobrehumana" mientras que las vestimentas sacerdotales, provistas de un diseño exclusivo, únicamente se usaban durante ritos ceremoniales.
En la interpretación de los textos bíblicos, este santuario del desierto remite a las palabras del evangelista Juan (1,14): Et verbum caro factum est et habitavit in nobis. El empleo del verbo habitare, literalmente traducido como "habitar" o, también, "situar la morada en", indica de forma inequívoca la cercanía que se establece junto a Dios; este, en cumplimiento de su promesa de perennidad, hecha en el éxodo egipcio y mantenida a lo largo del tiempo, se hace igualmente presente en medio de la asamblea, dispuesta en la iglesia, a través del pan y el vino consagrados. Así, el tabernáculo, la primitiva estructura veterotestamentaria, vuelve de nuevo, en plena Reforma católica, a recuperar el esplendor conceptual de entonces para, de esta manera, convertirse en la morada de Cristo, quien cumple también con el plan redentor trazado por Dios.
En este sentido, las reflexiones de Borromeo -alineadas a su vez con los decretos concialiares- redefinen las características del edículo sacramental para trascender con su entronización en las capillas mayores de los templos el compromiso ritual. Su imagen refulgente uniría asi lo material a lo espiritual, conectando las experiencias del Antiguo Testamento con el culto contemporaneo en una línea de continuidad entre el pasado remoto y la necesidad actual, comprometida y consciente. Así se favorecía su veneración entre las nuevas generaciones de fieles a través de un ejercicio de memoria agradecida.
La creación de estas estructuras no constituye una novedad dentro de la tradición eclesiástica ya que, en el Renacimiento florentino temprano, se habían desarrollado los llamados "tabernáculos-murarios", destinados a custodiar las formas sagradas aunque no de manera permanente. No obstante, hay diferencias evidentes: se ubican en un muro lateral de la capilla mayor y son visibles solo en un espacio inmediato, descollando por la ornamentación empleada en su cierre. Es precisamente esta la que sí va a evolucionar y, pese a que no variaría su disposición en el interior de los templos, adquirirá un mayor volumen.24
Sin embargo, el objeto artístico que más se aproxima tanto a las funciones como al aspecto que describe la normativa milanesa es la sakramentshaus. Esta estructura turriforme, de grandes dimensiones, entronca en cuanto a su diseño con la ascensionalidad lineal de las formas góticas, elaborándose por regla general en piedra tallada o maderas doradas. Presente en iglesias de Alemania, Provincias Unidas y Francia, tienen su origen a finales del siglo XIV (Huber, 1992, p. 95), si bien no ocupan un lugar preeminente en el espacio presbiterial. Al contrario, suelen disponerse en la nave izquierda Ha del Evangelio-, a partir de un altar en el que se depositan las especies; estas permanecen visibles a los fieles, protegiéndose por un cristal así como por rejas de hierro forjado o celosías de madera. Desde esta base se yergue una torre compuesta por múltiples niveles, decrecientes en altura, reproduciendo el habitual esquema ornamental de este período artístico a partir de hornacinas compuestas por peanas rematadas por doseletes que contenían esculturas de conocidos santos. De los escasos testimonios que han permanecido prácticamente sin alteración hasta la actualidad" destaca el existente en la iglesia de san Lambertus, en Dusseldorf, contenedor de un extraordinario programa iconográfico en el que se disponen escenas del Antiguo Testamento, de la Pasión de Cristo y de la vida del santo local. A su vez, queda rematado en altura por un pelícano, símbolo de la sangre redentora de quien muere en la cruz y de su sacrificio por la humanidad.
4. DE LA TEORÍA A LA PRÁCTICA: LA REMODELACIÓN DE LA CAPILLA MAYOR DE LA CATEDRAL DE MILÁN
Es evidente que Borromeo no es únicamente un teórico. Por su forma de trabajar, que es propia del particular modus vivendi en el que entiende el tiempo en el que ejerce de prelado milanés, puede calificarse de militante activo que interviene en la vida diocesana a través de sus creencias, palabras y acciones. El insistente proselitismo que guía sus ideas tiene su proyección en el terreno de la promoción artística; no en vano, va a desempeñar un papel central en la supervisión de la transformación ornamental de la capilla mayor del templo metropolitano milanés. En este sentido, el área presbiterial de la espaciosa catedral goticista va a convertirse en "laboratorio experimental" sobre el que poner en práctica las ideas planteadas tanto en los concilios provinciales como, por supuesto, en sus /nstructiones (Cupperi, 2012, pp. 271-280; Boffadossi, 2019, pp. 123-144).
Bajo la responsabilidad del maestro de obras de la seo, Pellegrino Tibaldi,· el desarrollo del proyecto requerirá de una sucesión ordenada de intervenciones que culminarán a la postre con la incorporación de un tabernáculo, concebido como nuevo punto focal. En primer lugar, a partir de 1567, se sobreeleva la superficie presbiterial, cumplimentando de esta manera una remodelación pergeñada por Vicenzo Seregni una década antes." Acabada esa fase, se instala un pequeño tabernáculo donado en 1561 por el papa Pío IV quien, antes de su ascenso al solio pontificio, habia sido arzobispo milanés entre 1558 y 1560. Se trataba de un elemento de planta circular diseñado por Pirro Ligorio en cuya materialización intervienen los hermanos Lombardi (Repishti, 1998, pp. 61-65).
Leone Leoni -quien ya había trabajado en la catedral en las tumbas de Pío, Giangiacomo y Gabriel de Medici- es requerido por el cardenal para que lleve a cabo una intervención de mayor envergadura. En los dos proyectos que presenta en 1568 propone la construcción de una estructura circular de gran tamaño que integre en su interior la anteriormente citada arca eucarística regalada por el citado pontífice, sustentada por entre cuatro y ocho ángeles oferentes. No obstante, la iniciativa se enquista en la comisión artística correspondiente, prefiriendo los canónigos que la integran otro tipo de soluciones que, con el paso del tiempo, parece que nunca llegan.
El debate al respecto recogido en las actas de la fábrica es extenso hasta que, doce años después, Tibaldi consigue la aprobación del diseño que presenta: sobre un esbelto basamento de planta circular se alzan ocho columnas con estrías de orden corintio que sirven de sostén a una cúpula de casetones sobre la que se alza un Cristo transfigurado, mayestático, rodeado de ángeles que portan atributos pasionistas. El perfil clasicista remite de manera directa al conocido 7empietto diseñado por Donato Bramante a comienzos de siglo para la Academia de España en Roma, aunque, obviamente, difiere en tamaño y materiales. A su vez, la pieza anterior, la de Ligorio, queda inserta en su interior sobre una peana que incorpora ángeles adoradores modelados por Andrea Pellizzoni.
5. CONCLUSIONES
Es indudable que la trascendencia del Borromeo espiritual, teórico, pedagogo y militante en la historia de la Iglesia es sobresaliente. Sus creencias, acciones y disposiciones canónicas perviviran a lo largo de las décadas siguientes a través de otros personajes, proyectos artísticos y normativas específicas que incidirán en el amplio catálogo de reformas emprendidas en la diócesis milanesa. Entre estas, las referidas al culto eucarístico, seguirán teniendo un amplio desarrollo.
Por ejemplo, el Rituale Romanvm compilado por Paulo V en 1614 incorpora las recomendaciones dadas en las Instructiones en el titulo IV, convirtiendo la disposición del tabernáculo en las capillas mayores en una tradición de carácter universal a emular en cualquier templo del orbe católico, popularizándose bajo la expresión all 'uso romano." Se refuerza en ese sentido la honda significación cristológica del elemento sacramental, identificandolo de manera pristina con la "morada" en la que habita de manera perenne el propio Cristo. Y, además, recomienda que pueda quedar a su vez inserto en un baldaquino de mayores dimensiones para que pueda divisarse sin dificultad desde cualquier lugar de la iglesia y, de paso, se obligue a rendirle la debida adoración.
El fervor eucarístico que se difunde, amplifica y vivencia desde finales del siglo XVI en los centros religiosos católicos se explica a partir de cuatro factores que, lejos de operar de manera independiente, se entrelazan para alcanzar un objetivo común. El primero es la reacción teológica para defender la transustanciación. Los padres conciliares y, por ende, las acciones emprendidas con posterioridad por los estamentos eclesiásticos superiores, creen en la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. Este fundamento adquiere, además, una dimensión litúrgica, visual y estética al situarse un tabernáculo en el eje central de las iglesias -y, por ende, de la vida comunitaria-. Tal hito supone de por sí una contraposición férrea frente a la crítica protestante, que niega tal consideración al renegar del culto eucarístico.
Este giro conceptual conlleva que, en segundo lugar, se fomente la propia devoción sacramental, dando lugar al desarrollo de nuevas prácticas devocionales y ala popularización de ritos. Su proliferación promueve además la revitalización de las cofradías sacramentales, que había experimentado un notable auge a principios de la centuria de la mano siempre evangelizadora de franciscanos y dominicos. Al establecerse en las normativas sinodales particulares la necesidad de que en cada parroquia se organicen asociaciones eucarísticas -al margen de las promociones emprendidas por cada orden religiosa en sus instalaciones conventuales-, estas van a convertirse en espacio para la interacción social. De manera especial, destacados miembros del estamento nobiliario, tanto en el ámbito urbano como en el rural, participarán de ellas, patrocinando obras de ornato en las fábricas templarias y generando con ello interesantes episodios particulares -por idiosincraticos- de una historia que ha de abordarse desde la universalidad a las que se adaptan connotaciones autóctonas.
De igual manera, en un tercer punto, la cultura del barroco entronca con el deseo de monumentalización de los espacios litúrgicos. La pujanza de la arquitectura, con Roma como epicentro creativo para una irradiación global y con interesantes focos en otras regiones europeas, permite la plasmación material de una doble constante: la del orgullo eclesiástico junto con el fervor popular en torno al misterio sacramental. El tabernáculo en sí, como ejercicio de ingenio creativo, se entiende como perfecto pretexto para reorganizar los espacios presbiteriales -en otras ocasiones, desplazado desde estos a capillas notables-, tendiendo su presentación bajo criterios de grandiosidad, volumen y solemnidad. Con dicha constante se impulsa la creación de nuevos modelos de retablos, en los que igualmente pueden insertarse, junto a una sesuda programación iconográfica que desarrollan relatos cristológicos y eucarísticos, multiplicandose de esta manera las narrativas visuales que ya estaban presentes en los templos.29
En último lugar, con la estandarización de los textos litúrgicos y la eliminación de rúbricas particulares -con la salvedad de las singularidades propias los institutos mendicantes, complementarias de los ordus canónicos-, se impone un rito homogéneo que se celebra de manera uniforme en cada Estado católico. En este contexto, la asimilación de gestos rituales -aspersiones, incensaciones, bendiciones solemnes u otros gestos simbolicos-, junto al desarrollo de composiciones musicales, contribuyen a enriquecer el lenguaje litúrgico con matices sensoriales, inmersivos y teatralizantes.
Aunque no es el único responsable del desarrollo de estos cuatro factores, el legado de Borromeo en cuanto al notable incremento del culto eucarístico es innegable al ejercer de sinérgico resorte para despertar las conciencias de la jerarquía católica. El estudio integral desde una perspectiva holística de las fuentes documentales analizadas demuestra que los programas puestos en marcha en torno a dicho sacramento -plurales y diversos- constituyen una proyección de su imagen y, por ende, de los rasgos esenciales de su notoria espiritualidad como prelado. De igual manera aluden a la firmeza pedagógica arguida en su ministerio pastoral así como de la activa promoción del arte como vehículo que refuerza la militancia eclesial en la obra redentora de Cristo. Estaría de esta manera asumiendo las palabras del obispo veronés Luigi Lippomano (1553, p. 180r), cuando, aún sin acabar el concilio de Trento, defendía la necesidad de externalizar las acciones litúrgicas llevadas a cabo en templos suntuosamente construidos y bien ornamentados come da un pedagogo: sacudiendo el espíritu de sus discentes mediante la creación de una ambientación única que facilite la comprensión significativa de toda cuestión sensible.
6. DECLARACIÓN DE AUSENCIA DE CONFLICTO DE INTERESES
El autor declara que no existe ningún conflicto de intereses financiero, personal, académico o institucional que haya podido influir en el desarrollo, resultados o interpretación de los contenidos expuestos en el artículo titulado «Carlos Borromeo y el culto eucarístico: espiritualidad, pedagogía y activismo bajo una óptica holística de las fuentes documentales». Asimismo, manifiesta que el artículo es resultado de una investigación objetiva y autónoma, desarrollada sin condicionantes externos que comprometan su imparcialidad académica.
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