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Palabras clave Ejército romano; Marina de guerra; soldados romanos; religión romana; Imperio romano Abstract The aim of this study is to analyze the death of Roman soldiers at sea. Specifically, it examines the various ways in which military personnel serving the Vrbs could perish in a maritime context and the perception of such events. [...]we explore the different attitudes adopted to prevent and confront these deaths, both on the part of the Roman state, within the framework of official religion, and by the milites from a more intimate and individual perspective. The analysis is based on literary and epigraphic sources, primarily from the Imperial period.
Resumen
El objetivo del presente estudio es analizar la muerte del soldado romano en el mar. Es decir, las diversas formas en las que los militares al servicio de la Vrbs podían fenecer en el contexto marino y la consideración que tenían al respecto. Finalmente, examinamos las diversas actitudes adoptadas para evitarla y afrontarla. Tanto por parte del Estado romano, en el marco de la religión oficial, como por parte de los milites, desde una perspectiva más íntima e individual. El análisis se realiza a partir de fuentes literarias y epigráficas, principalmente de época imperial.
Palabras clave
Ejército romano; Marina de guerra; soldados romanos; religión romana; Imperio romano
Abstract
The aim of this study is to analyze the death of Roman soldiers at sea. Specifically, it examines the various ways in which military personnel serving the Vrbs could perish in a maritime context and the perception of such events. Finally, we explore the different attitudes adopted to prevent and confront these deaths, both on the part of the Roman state, within the framework of official religion, and by the milites from a more intimate and individual perspective. The analysis is based on literary and epigraphic sources, primarily from the Imperial period.
Keywords
Roman Army; Roman Navy; Roman soldiers; Roman Religion; Roman Empire
1. INTRODUCCIÓN
El mar para los romanos, como para todos los pueblos del mediterráneo, fue un lugar peligroso e incontrolable. Un espacio de intensas supersticiones y de normas y costumbres particulares2. Es más, son los azares inherentes a la navegación, traducidos en temporales imprevistos, ataques piratas, naufragios, etc., los que explican ese pavor y escrupulosidad que siempre suscitó cualquier actividad desempeñada en el medio náutico3. Una ocupación donde, merece la pena enfatizarlo, el hombre se mostraba muy vulnerable e indefenso ante los avatares de la fortuna y la naturaleza4. Ciertamente, esta faceta del mundo antiguo es fácilmente rastreable a través de las fuentes, por ejemplo, en este poema de la Antología Palatina5:
«Rehúye la brega marina y empuña la esteva si quieres ver el fin de una longeva vida; en tierra los años son largos, en cambio, no es fácil hallar canas cabezas entre los marineros».
En efecto, el riesgo de fallecer en una travesía marítima era alto6. Y el miedo que suscitaba el mar, reconocible, entre otros casos, en la negativa a cruzar el Canal de la Mancha por el Ejército en época de Claudio7, explican el desarrollo de una religión muy sentida o de la amplia ritualización de muchas de las prácticas asociadas a la navegación8. Pues se trata, insisto, de un espacio interpretado como indómito y fatalista. Incluso poco recomendable, si atendemos a las sugerencias que deslizaron Catón el Censor9, Cicerón10 o el poeta Lucrecio11. En este sentido, la vinculación del mar con la muerte fue, naturalmente, constante. De hecho, es un tema ampliamente reiterado en nuestras fuentes, como se desprende en este pasaje de Plutarco12 referente a la vida Pompeyo:
«Cuando estaba a punto de zarpar, se levantó sobre el mar un fuerte viento, y los pilotos vacilaron; él subió el primero a la nave, ordenó levar el ancla y gritó: 'Navegar es necesario; vivir, no'».
Ahora bien, a pesar de ser, como vemos, todo un topos literario, la muerte en el mar rara vez ha sido objeto de análisis académico, salvo unos pocos estudios que evalúan las características de la epigrafia funeraria, examinan la muerte en el mundo antiguo o estudian la religión o la navegación de una forma general13. Por tanto, trabajos que se acercan a este tema, pero desde un enfoque global y de forma sucinta. En este contexto, todavía son menos los estudios que analizan esta casuística en el marco castrense romano14, a pesar de que numerosos documentos invitan a ejercer una reflexión profunda sobre la cuestión15, como el citado fragmento del biógrafo de Queronea, o, todavía más elocuente aun, este fragmento de Vegecio16 donde se plantea lo siguiente: «¿Qué hay más inhumano que un combate naval, donde los hombres son muertos tanto por las aguas como por las llamas?».
Por consiguiente, adoptar esta línea de investigación permite profundizar en una temática interesante y poco estudiada hasta ahora. Al tiempo que facilita la compresión de un fenómeno complejo como es la muerte del soldado romano y, de una forma más particular, la manera en que las tropas que sirven bajo los signa militaria de la Vrbs se enfrentan al problema de fallecer en el contexto marino. Un espacio, como hemos comentado, siempre sospechoso, delicado y comprometido para la mentalidad grecolatina. En este sentido, trataremos de responder a varias cuestiones de interés para este fin, empezando por analizar las formas en que el militar romano podía dar con sus huesos en el azul, que se traduce, básicamente, en batallas navales y naufragios; contextos más comunes y evidentes de perecer en el mar. Ahora bien, ¿guardan alguna diferencia con el hecho de sucumbir en tierra? Lo que se argumenta en las siguientes páginas es que sí. Exhalar su último aliento en el medio marino era execrable y diferente para el miles que fallecer en tierra firme, tanto por motivos religiosos, como por la propia experiencia de la batalla naval o del naufragio. En consecuencia, de esta cuestión se derivan otras nada desdeñables que merece la pena examinar, por ejemplo, averiguar si el Ejército se preparaba litúrgicamente ante la posibilidad de experimentar o sortear las contingencias de la muerte en alta mar. Ahora bien, al margen de las precauciones que el Estado romano pudiese tomar, tanto los classiarii como sus familiares, por sí mismos, podían, y de hecho lo hacían, responder de otras formas no vinculadas al culto público oficial, desde experiencias litúrgicas personales, hasta el desarrollo de rituales asociados a las prácticas funerarias que correspondían al ámbito privado del soldado. En consecuencia, también proponemos reducir el foco de análisis, desde la colectividad castrense hasta la experiencia íntima del miles y sus familiares, para comprender qué actitudes se adoptaron ante una muerte en el mar.
2. LA IDEA DE LA MUERTE Y EL MÁS ALLÁ EN ROMA
Para los romanos, la supervivencia del alma después de la muerte era una creencia intensamente arraigada17. De hecho, tanto la literatura como la epigrafía nos proporcionan suficiente información18 como para garantizar que, efectivamente, en el pueblo latino persistió una convicción profunda en la existencia del alma de los difuntos19. Es más, consideraban que vivos y muertos interactuaban o convivían. Pues los muertos eran respetados como una colectividad sagrada digna de veneración. De suerte que, si eran debidamente aplacados, podían ayudar a sus familiares20, pero si se les negaban los ritos y cultos funerarios pertinentes, podían mostrarse dañinos bajo la forma de Lemures y Larvae21.
Por otro lado, las hipótesis sobre la ubicación del inframundo eran variadas entre los latinos. Hasta donde sabemos, el esquema mitológico griego con su división tripartita, es decir, el Limbo, como región para las personas que fallecían prematuramente; el Tártaro, donde los condenados sufrían tormentos y los Campos Elíseos, espacio en el cual hombres y mujeres virtuosos pasaban la eternidad en una existencia dichosa, fue interpretado más como una representación poética que como una realidad. Según Jocelyn Toynbee22, los romanos fueron más proclives a especular con otras concepciones en torno a la morada de los difuntos. Por ejemplo, ubicarlos en las alturas celestiales o bajo tierra, en la misma tumba o cerca del lugar en el que habían recibido la sepultura, que fue lo más común. Pero independientemente de la idea que abrazara cada persona en relación a la ubicación del otro mundo, dos cosas parecen claras a la luz de las fuentes; primero, que el alma de los individuos permanecía tras el sepelio; segundo, y concomitante con la anterior, que algún tipo de existencia podía esperarse en el más allá. En otras palabras, para la mayoría de los romanos, los muertos seguían viviendo23.
Ahora bien, para garantizar esta supervivencia se imponían una serie de preceptos, es decir, de ritos religiosos y de normas o costumbres funerarias que era necesario cumplir de manera escrupulosa, tanto por parte del Estado como por parte de los familiares. El primero, lo hacía través del calendario24, que registraba una serie de festividades que, a pesar de su diversidad y origen, tenían como finalidad garantizar la paz entre vivos y muertos. Nos referimos, en síntesis, a los dies parentales, las Feralia, las Caristia, las Lemuria y las Larentalia. La segunda, por su parte, correspondían al ámbito privado y familiar. Se trata de la celebración de las exequias, compuestas por un ritual muy heterogéneo, pero que, pese a incorporar innovaciones y cambios, respetó un esquema básico a través de los siglos que puede resumirse del siguiente modo25: un grito de llamada (conclamatio) daba la seguridad de que el muerto no respondería más. Seguidamente, se procedía a las lamentaciones, al lavado y al vestido del fallecido. Inmediatamente después, se realizaba la exposición del cuerpo y el cortejo fúnebre, que podía estar acompañado de plañideras, mimos y figurantes que portaban las tan conocidas imagines maiorum. Más adelante, hubiese o no elogio fúnebre, el cuerpo era incinerado junto a muchos objetos que habían pertenecido al difunto en vida; una vez apagada la hoguera y arrojado sobre ella el montículo de tierra que simbolizaba el enterramiento, los familiares recogían los huesos calcinados, enterraban un dedo cortado al cadáver (os resectum) y ejecutaban el sacrificio de liberación de la muerte. Posteriormente, se efectuaba un banquete y, tras varios días, los restos se colocaban en una urna y eran llevados al monumento, nueva morada del difunto. Finalmente, al noveno día de la sepultura, un último sacrificio clausuraba el periodo funerario.
Los ritos, ya se optase por la incineración o por la inhumación, no variaban mucho. De modo que, como señala Jean Bayet26, la alternancia inhumacióncremación es secundaria a la hora de valorar la concepción de la muerte en Roma en función del ceremonial desplegado. Pues los romanos pasaron de un rito al otro con el devenir de los siglos. Y aunque a partir de la segunda centuria de nuestra era fue ganando terreno el gusto por la inhumación27, lo importante es que sus ideas respecto al futuro del fallecido no cambiaron. En este contexto, lo verdaderamente transcendental en todo el proceso litúrgico, incluso en aquellos casos en los que el óbito no permitía desarrollar las exequias con la exactitud descrita, como ocurría, por ejemplo, con los militares que fallecían en el campo de batalla y eran cremados o enterrados de forma colectiva28, fue el de garantizar para el cadáver un lugar de reposo. Es decir, colocar los restos sobre la superficie del suelo o bajo tierra (sit tibi terra levis). Pues sepultar los restos físicos, o enterrarlos en urnas, era introducir a los muertos en el dominio de los dioses ctónicos, mientras que ponerlos en capillas o sarcófagos era pensar en una ultratumba mezclada con la vida. Es precisamente a la luz de estas creencias sobre el carácter del alma humana después de la muerte; sobre la necesidad de cumplir con los rituales que marcan las exequias; y sobre la importancia de enterrar o depositar el cuerpo sobre la superficie del suelo, donde debemos afrontar el problema de la muerte del soldado romano en el mar.
3. FORMAS DE MORIR EN EL MAR: BATALLAS NAVALES Y NAUFRAGIOS
La guerra en el mar, por la propia naturaleza de sus tácticas, instrumentos y medios, tenía unas exigencias propias y muy alejadas del combate en tierra29. En realidad, las contiendas navales, como el resto de batallas del mundo antiguo, no eran muy prolongadas, pero si muy costosas en vidas. En tierra los enfrentamientos cuerpo a cuerpo podían acabar con masacres colectivas, sobre todo durante la huida30, pero en el contexto náutico se experimentaban unas circunstancias diferentes que, ciertamente, aumentaban la mortalidad y la crueldad del combate. Entre las tácticas más empleadas en la guerra naval, la primera consistía en usar el navío como medio de embestida y acabar con el enemigo provocando el hundimiento de sus naves. Es decir, empleando los golpes de espolón, más o menos violentos, en función de los nudos alcanzados por las embarcaciones antes de la colisión31. El choque, naturalmente, podía provocar el hundimiento de un barco o su invalidación, al tiempo que causar muertes, lesiones y heridas por el propio impacto del rostrum. Además, el fallecimiento por ahogamiento de las tripulaciones, que no pueden huir al quedar atrapadas en el interior del casco o del pescante, era agónico. Y lo mismo sucedía cuando eran obligados a dejar la embarcación si el navío era inutilizado. Esta casuística es fácilmente comprensible, por ejemplo, en un pasaje de Apiano32 a propósito de un combate naval librado entre las flotas de Marco Antonio y Cesar Octaviano contra las de Bruto y Casio33:
«El día en el que tuvo lugar la batalla de Filipos se produjo otro gran desastre en el Adriático. Domicio Calvino conducía sobre barcos de transporte a dos legiones de infantería para Octavio (...) Le daban escolta unas pocas trirremes. Murco y Ahenobarbo le salieron al encuentro con ciento treinta navíos de línea. Las naves (...), al echarse de repente el viento, quedaron a la deriva por el mar (...) y así fueron entregadas a los enemigos por obra de alguna divinidad, pues éstos embestían sin temor a cada una y le abrían una vía de agua. Ni siquiera pudieron prestarles auxilio las trirremes de escolta, pues, a causa de su escaso número, fueron rodeadas. Las tropas que estaban en peligro llevaron a cabo muchas y diversas proezas, a veces unían sus barcos con rapidez por medio de maromas y los afianzaban entre sí con pértigas para que los enemigos no pudieran irrumpir a través de su línea. Pero, cuando lo lograban, Murco les lanzaba flechas incendiarias, y tenían que soltar con presteza las ataduras y separarse unas de otras por causa del fuego, quedando expuestas, de nuevo, a ser rodeadas y embestidas por las trirremes. Cundió la irritación entre los hombres (....). Algunos se suicidaron antes del incendio, otros se lanzaron hacia las trirremes de los enemigos y vendieron caras sus vidas. Naves a medio quemar navegaron en círculo durante mucho tiempo, con hombres moribundos por causa del fuego, del hambre o de la sed. Otros, asidos de las velas o de los maderos de cubierta, fueron arrojados por la borda sobre acantilados y promontorios desiertos».
Este fragmento nos ofrece una primera perspectiva de lo catastrófica y agonizante que resulta la muerte en un combate naval. No obstante, el ataque con los rostra no era la única táctica empleada en este tipo de contiendas. En efecto, otro de los elementos más aniquiladores era el uso de la artillería34. Como sabemos, las naves longae romanas iban equipadas tanto con torretas de madera, similares a las empleadas en un asedio, como con máquinas de artillería35. La idea, naturalmente, era la de desarbolar el velamen y romper los mástiles de los buques, aunque esta función sería secundaria, pues la principal fuerza en un combate marítimo la proporcionaban los remos y los buques de guerra prescindían de las velas antes de iniciar el choque. En cualquier caso, el impacto de un solo proyectil podía dañar irremediablemente un barco. También, en último término, piezas más pequeñas podían funcionar como armas antipersonales para abatir a los marineros de cubierta, lo que afectaría a la capacidad de maniobra de la embarcación. En definitiva, de lo que no hay duda es que la lluvia de armas arrojadizas y el uso de artillería (piedras, flechas, arpones, venablos, garfios...) era, en efecto, una de las tácticas más comunes y agresivas en la práctica de la lucha naval, según apostilla, entre otros, Vegecio36:
«Una batalla naval no solo demanda numerosas categorías de armamento, sino también máquinas y catapultas, igual que si se combatiera sobre murallas y torres ¿pues que hay más inhumano que un combate naval, donde los hombres son muertos tanto por las aguas como por las llamas?».
Como podemos observar, el tratadista latino asimila la lucha en el mar con las dinámicas del asedio, poniendo énfasis en que la contienda marítima, la «más inhumana», era una forma de lucha altamente funesta como consecuencia de las tácticas, los medios y el contexto tan particular que ofrece el mar. En este sentido, si había un elemento destructor en los enfrentamientos marítimos, ese era el uso de las armas incendiarias37. Es más, desde muy antiguo podemos constatar el uso de proyectiles de este tipo arrojados por las piezas de artillería de cubierta, así como de recipientes de cerámica rellenos de materiales incandescentes o saetas ígneas lanzadas por los milites. Pues el fuego resultaba letal en los enfrentamientos navales. De ahí que las catapultas estuvieran preparadas para disparar proyectiles incendiarios que, al impactar, obligaban a desatender sus puestos a los soldados enemigos y sembraban el pánico entre la tripulación. A colación, merece la pena citar este otro pasaje de Vegecio38:
«Se despiden con las ballestas flechas encendidas, envueltas con aceite incendiario, azufre y betún, con las que fácilmente se pega fuego a las tablas de las embarcaciones enemigas, que se encienden al instante por causa de la cera, la pez y la resina con que están carenadas. Entonces es lo más cruel de la acción, porque mueren unos al filo de la espada y al golpe de la piedra, y otros son abrasados en medio de las aguas».
Precisamente, el uso de estos proyectiles, como señalan Vegecio o Apiano, provocaba una muerte pavorosa en el contexto náutico. Esto se debe, en un primer lugar, a las altas temperaturas y las consecuentes quemaduras provocadas por la abrasión. Pero también por la asfixia y pérdida de consciencia de los combatientes a causa de la falta de oxígeno, ya que las llamas consumen este elemento del ambiente, dejando a los classiarii sin aire para inspirar, especialmente en el reducido espacio que existía en las naves catafractas de la Antigüedad39. Evidentemente, inhalar el humo tóxico generado por los gases del fuego (monóxido de carbono y cianuro de hidrógeno), tanto en las tablas de cubierta como en el interior del casco del navío, provocaba desorientación y confusión por la densidad del humo. Además, como hemos indicado, podía ocasionar la inutilidad del buque o su choque contra algún obstáculo de la línea de costa. Pues, cabe recordar, las batallas no se desarrollaban lejos del litoral, tanto por la escasa capacidad de avituallamiento de las embarcaciones como para facilitar la huida y orientación de la nave. En esta dirección, Dion Casio40 nos ofrece un testimonio muy elocuente para percibir la experiencia de una muerte por uso del fuego en alta mar:
«Puesto que el fuego se extendía alrededor de los costados de los buques y descendía ya hasta las sentinas, los soldados de Antonio tuvieron que afrontar el más cruel de los destinos. Algunos de ellos, especialmente los marineros, murieron a consecuencia del humo antes de que les alcanzaran las llamas; otros, en cambio, se asaron en medio del incendio como en un horno. También otros perecieron abrasados por sus propias corazas, que alcanzaron temperaturas muy altas. Antes de sufrir una muerte semejante y aun medio abrasados, algunos se desembarazaron de su coraza, pero entonces fueron alcanzados por los dardos que les disparaban desde la distancia. Otros se arrojaron al mar y se ahogaron; o se hundieron después de haber sido golpeados por sus enemigos, o fueron devorados por las bestias marinas».
Finalmente, las características del combate cuerpo a cuerpo sobre las tablas de un barco, al margen de las lógicas infecciones posteriores a las heridas por arma blanca o por el impacto con algún aparejo de la embarcación (timón, remos, torre, artimón, cipos...), presentan peculiaridades propias del contexto. Por ejemplo, que, durante la confusión del combate o cuando no hay más remedio, los milites caigan por la borda, enfrentándose al riesgo de morir ahogados, especialmente si están heridos o agotados, tal y como deslizan los autores citados. Pues a diferencia del campo de batalla en tierra firme, que ofrece la posibilidad de huir y asistir a los heridos, en alta mar, los caídos divagan entre las olas, sin posibilidad de rescate, hasta morir ahogados, suicidarse o, si la fortuna es grata con ellos, dar con sus huesos en alguna playa. Esto supone un matiz diferencial para ese «rostro de la batalla» que plantea el mar y que, por añadidura, hace que el trance de pelear y fallecer en dicho contexto signifique una experiencia más peligrosa y traumática para los soldados que combatir en tierra, tanto por el alto número de bajas que ocasiona el hundimiento de un buque, como por las formas descritas del óbito.
Con todo, para los militares romanos, como para la mayoría de las personas de la Antigüedad, la forma más común de encontrar la muerte en el mar no fue en una batalla, por mortífera que pudiera ser esta, sino el naufragio, sobre todo aquellos provocados por condiciones meteorológicas adversas e imprevistas41 (tormentas, vientos y mareas). Aquí no pasaremos revista a las muchas catástrofes atmosféricas que diezmaron a la Armada romana durante la República, de sobra conocidas. Baste con señalar que, durante la Primera Guerra Púnica, por ejemplo, entre 600 barcos de guerra y 1.000 de transporte se hundieron en gran medida como consecuencia de las inclemencias atmosféricas42. De manera que, aunque pueda parecer un cliché literario que se repite en todas las narraciones de viajes desde la Odisea, debemos admitir que, a luz de las fuentes, en época imperial la marina militar también fue víctima de los infortunios climatológicos. Entre ellos, el más sobrecogedor es, sin duda, el que diezmó a la recién creada classis Germanica en tiempos de Tiberio43, cuando la flota de Germánico, tras vencer al ejército de Arminio en Idistaviso, fue sorprendida por una poderosa tormenta que dispersó a muchos de sus buques, «por mar abierto, o los lanzó contra islas peligrosas por sus abruptos acantilados o sus ocultos bajíos». Un desastre que, según Tácito44, «sobresalió en novedad y magnitud».
Como este, en efecto, se pueden registrar otros casos, como por ejemplo los cuatro naufragios sufridos por la flota de Augusto, dos junto al Cabo Palinuro (sur de Italia) durante la campaña contra Sexto Pompeyo45. Los otros, tras vencer en Accio; el primero entre los promontorios del Peloponeso y Etolia, y el segundo cerca de los montes Ceraunios46. También destaca el siniestro sufrido por una escuadra de la classis Misenessis en las costas de Cumas durante el gobierno de Nerón47; o el de una vexillatio de la misma flota en el litoral de Terracina48 durante la guerra entre Vitelio y Vespasiano. Además, sabemos que el emperador Claudio casi pierde la vida en dos ocasiones a causa de los temporales, la primera en el litoral de Liguria y la segunda junto a las islas Estécades 49. Y lo mismo le sucedió al grupo de soldados y al centurión que custodiaron a Pablo de Tarso durante la travesía de Jerusalén a Roma50. O a Plinio el Joven en su viaje a Bitinia, tal y como relata en las misivas que dirigió al emperador Trajano51. Por consiguiente, no sorprende que Vegecio52 recomendara en su tratado militar que:
«Aquel que transporta a su ejército mediante una flota de guerra debe conocer de antemano las señales de las tormentas, pues a menudo las liburnas se han perdido más por causa de los temporales y el oleaje que por ataques enemigos».
Y es que las tormentas, los vientos o las corrientes y mareas, pueden acabar hundiendo y embarrancando una nave, o causando problemas en las maniobras de amarre y atraque. No obstante, estas dificultades pueden producirse sin la medición meteorológica. Es decir, la colisión contra arrecifes, bancos de arena y rocas53; los golpes contra otras embarcaciones en puertos congestionados o en estrechos costeros; el encallamiento de una nave por falta de visibilidad durante el cabotaje, etc., son circunstancias que, vinculadas a la pericia de los marineros, también provocaron la muerte del soldado romano en el mar. En este sentido, Tácito54 recoge el ejemplo de una nave militar de carga que transportaba trigo para el ejército de Germania y que encalló en un bajío por errores humanos. Lo mismo traslada Flavio Josefo55 en relación a las condiciones que ofrecía el fondeadero de Jope, donde se produjo un gran naufragio que, aunque en este caso afectó a los enemigos de Roma, facilitó la toma de la plaza por parte del ejército de la Vrbs y se llevó la vida de más de cuatro mil hombres. Por consiguiente, el éxito de una navegación dependía, no solo de unas buenas condiciones climáticas y de la asistencia de las divinidades, sino también de la experiencia y habilidad de los marineros. De modo que una decisión incorrecta al interpretar distancias, profundidades o cualquiera de las condiciones costeras que aparecían en el litoral, podía acabar en catástrofe, tal y como recuerda, por ejemplo, un carmen encontrado en la actual Voyvodino, en la provincia de Moesia Inferior y datado para el siglo IV d.C. donde se describe el naufragio de una escuadra en el puerto de Odesa56:
] / [ipse ag]ilem [po]stquam rate[m agens per litora nota] / [ve]nerat ad portum vitata pericula crede[ns] / [a]missam classem saepe in statione defl[evit] / [i]ncusansque deos talia est fortasse [locutus] / [q] uid pelagi trucis profuit evasis[se furorem] / [s]i mihi in portu pelagus naufragia [fecit] / [tu]nc cladem inspiciens factis nomen [superavit] / [cond]oluit miseris obiectaque scrup[ea dempsit] / [rettu]lit in melius hanc Eusebi cura r[uinam] / [sarsit li]men amissum et reddidit usu[i navium] / [munera pos] teritas ne haec oblivisc[atur stet] / [hic lapis aeternu]m mansurus i[n aevum inscriptus] / [
Naturalmente, el riesgo de perecer en cualquiera de las eventualidades descritas era muy alto. Y, tal y como hemos señalado, contamos con abundante información al respecto57. Pero en lo que a la experiencia intima del soldado se refiere, al margen de las fuentes citadas, podemos mencionar varios documentos de interés. Empezando por el que nos reporta un optio que servía en Britania58. Su nombre es desconocido, pero pertenecía a la centuria de Lucilius Ingenuus, presumiblemente una de las unidades que la classis Britannica tenía acantonada en Deva y que señala la muerte de un miles desconocido a causa de un naufragio (naufragio perit). También debemos aludir al caso de Marcio Basso Romano, soldado de la classis Missenensis59 a quien su madre decidió elevar un cenotafio en su memoria, tras fallecer, tal vez, durante una travesía marítima en el transcurso de una campaña (defuncto in expaeditione). Lo mismo pudo ocurrir en el caso del veterano Lucius Silicius Optatus, fallecido durante un viaje (interceptus in itinere)60. Finalmente, merece la pena reproducir otro testimonio de Apiano61 a propósito de uno de los naufragios sufridos por la flota de Augusto, que, desde mi punto de vista, capta perfectamente lo que significaba para un classiarius enfrentarse al trance de fallecer en el mar:
«Como el viento se encrespó todavía más, todo quedó revuelto y las naves, rotas las anclas, se destrozaron entre sí al ser arrojadas unas contra otras o contra la playa. Se produjo un griterío entremezclado de los que estaban aterrados, junto con aquellos otros que se lamentaban y quienes se exhortaban mutuamente como a sordos, pues no había posibilidad de percibir las palabras, y no existía diferencia entre el piloto y el marinero ni por razón de conocimiento ni por las órdenes dadas. Sino que se producía la misma mortandad entre los que estaban en las propias naves y aquellos otros que, arrojados por la borda, eran destrozados por los vientos, las olas y los trozos de madera flotantes. Pues el mar estaba lleno de velámenes, de pecios, de hombres vivos y muertos; y todo el que, huyendo de estos peligros, trataba de escapar a nado hacia la costa, era estrellado contra las rocas por la fuerza de las olas. La convulsión, tan pronto como se apoderó del mar, lo que es habitual en este Estrecho, aterró a los hombres que no estaban acostumbrados a este fenómeno, y a las naves las hizo chocar entre sí arrastrándolas unas contra otras. El viento arreció más con la llegada de la noche, hasta el punto de que ya no morían siquiera a la luz del día, sino en la oscuridad. Toda la noche se oyeron los gritos de dolor (...) también de aquellos otros que, medio sumergidos en el mar, imploraban el auxilio de los que se encontraban en tierra. Sin embargo, nada se podía hacer ni en uno ni en otro caso. Pues no sólo el mar resultaba inexorable para los que penetraban en él y para aquellos que seguían a bordo de los barcos, sino que la tierra no lo era mejor que el mar, por el miedo a que el oleaje los estrellara contra las rocas (...) Pues la estrechez del lugar, la dificultad natural de su salida, el embate de las olas, el viento que soplaba en ráfagas huracanadas a consecuencia de los montes circundantes y la convulsión del fondo del mar que succionaba todo, no permitían permanecer ni escapar. Y todo lo agravaban las tinieblas de una noche especialmente oscura. Por esta razón morían sin verse mutuamente, algunos profiriendo gritos confusos, otros abandonándose en calma y aceptando su desgracia e, incluso en algún caso, cooperando a ello por creerse totalmente perdidos. Pues el desastre superó sus expectativas hasta el punto de quitarles toda esperanza de salvación».
4. PERCEPCIONES SOBRE LA MUERTE DEL SOLDADO ROMANO EN EL MAR
Como se deduce de los testimonios citados, morir en el mar suponía un trance violento, traumático y desmoralizador para el soldado romano, el cual, podía perecer a consecuencia de muchas circunstancias, en algunas ocasiones compartidas por los otros compañeros de profesión, como las quemaduras por proyectiles incendiarios; abatidos por el efecto de la artillería, los venablos, garfios, etc., o bajo el golpe de la espada. Sin embargo, el combate y la actividad naval conllevaban, como se ha indicado, unas peculiaridades propias difícilmente extensibles a otros contextos bélicos: la asfixia por la acción de los gases tóxicos o quemaduras por la combustión de partes del buque; las heridas por el impacto del espolón, los aparejos de la nave o el derribo de las torretas del barco, etc. Pero, sobre todo, el peligro de morir ahogados y abandonados en medio del agua, o de ser devorados por las bestias marinas al caer durante el combate o al sufrir los horrores de una tempestad en alta mar, que podía provocar la colisión contra otras embarcaciones o contra los elementos de la costa (bajíos, rocas, etc.). Un aspecto distinto y diferencial que formó parte de la identidad colectiva del classiarius, tal y como se desprende en este pasaje de Tácito62:
«Con frecuencia se hallaban en los mismos campamentos el infante y el jinete junto con el soldado de marina, compartiendo sus víveres y su alegría, exagerando sus respectivas acciones y aventuras y comparando, con la típica jactancia de los soldados, las profundidades de las selvas y de los montes unos, los peligros de las tempestades y el oleaje otros».
Y es que, al margen de lo violenta que pueda resultar la forma de morir en el mar, fallecer en el piélago implicaba otro problema, y no menor, para la mentalidad grecolatina: el religioso. Efectivamente, tal y como hemos explicado más arriba, la idea de la inmortalidad del alma y de la vida de ultratumba que dominó la cultura clásica, e indisolublemente asociada a los rituales fúnebres, explica el gran pavor o preocupación que causó la posibilidad de expirar sin recibir las exequias pertinentes. Es más, el hecho de que la mayoría de los militares pensaran que valía la pena pagar los altos costes que suponían una lápida y su inscripción, o el de pertenecer a collegia que garantizaran un cuidado correcto de su cadáver, traduce la importancia que los soldados atribuyeron al hecho de dar a sus restos una despedida y conservación adecuada63. Por consiguiente, la posibilidad de no disponer de dichos rituales fue percibido con especial temor; incluso como un castigo peor que la misma muerte si nos fijamos en el trato dispensado a algunos emperadores, como Heliogábalo64, que resulta un ejemplo concluyente al respecto:
«Los soldados sumaron una afrenta más a su cadáver (...), lo arrojaron al Tíber por el puente Emilio, después de atarle un peso para que no flotara, con el fin de que jamás pudieran darle sepultura (...). Ello se debió a que se ganó el odio universal, odio que los emperadores deben evitar particularmente, puesto que quienes no merecen el amor del senado ni del pueblo ni de los soldados tampoco merecen recibir sepultura».
En un sentido parecido se expresa el anticuarista Valerio Máximo65 cuando recoge que, entre las sanciones disciplinarias del Ejército66, a los castigados con la decapitación «nadie les diera sepultura y que nadie llorara su muerte». Por tanto, la necesidad de la liturgia funeral y de garantizar para el cadáver un lugar de reposo, colocando los restos sobre la superficie del suelo o bajo tierra, era, como se ha indicado, primordial. Enterrar a los muertos se consideraba, además, un acto de misericordia que debía llevarse a cabo independientemente del grado de familiaridad que se pudiera guardar con el finado, tal y como se describe, por ejemplo, en un pasaje de Plinio el Joven67. De modo que la privación de sepultura se consideraba una de las ofensas y maldiciones más graves, por lo que no se permitía dejar un cadáver sin enterrar. Tanto era así que, en el año 15 d.C., cuando Germánico condujo a sus tropas a Teotoburgo (escenario del desastre de Varo), uno de sus objetivos fue recoger los restos de los soldados romanos caídos y erigir un montículo sobre ellos68. Esto se debía a la creencia de que los cuerpos no purificados mediante inhumación o cremación no podían ser acogidos por los Manes, condenando así sus almas a vagar eternamente. Precisamente, este era el destino que le esperaba a todos aquellos que fallecían en el mar, ya que, al hundirse sus cuerpos en el fondo del azul o al ser depositados en algún lugar lejano, no podían ser honrados con las exequias fúnebres. En este sentido se expresa Virgilio69 en referencia a varios marineros:
«Todos esos que tienes a la vista son turba desvalida a la que se ha negado sepultura. El barquero es Caronte, los que va llevando por las ondas han sido sepultados. No le es dado pasarlos de esta ribera horrenda ni atravesar las olas de su ronca corriente sin que encuentren primero sus huesos el descanso del sepulcro (...) Allí distingue entristecidos, privados de las honras rituales en la muerte, a Leucaspis y a Orontes, capitán de la flota de los licios, a los que navegando desde Troya con él por mares borrascosos arrumbó el Austro y arrolló nave y tripulación entre las olas».
Asimismo, en los epigramas de la Antología Palatina los cenotafios de muchos náufragos recogen un profundo lamento al no contener los restos de los difuntos, perdidos en la inmensidad del piélago. Es más, en ellos, como en los versos del poeta latino, las familias señalan la esperanza de que, al menos, un buen samaritano arroje un puñado de arena sobre los huesos de sus seres queridos, que imaginan consumidos por los peces o esparcidos por alguna playa ignota. Una situación análoga a la que plantean Petronio70 en el naufragio de la nave de Licas, y, otra vez, el lírico brindisino71, en relación a las lamentaciones de Eneas al perder a su gubernator en una tormenta: «demasiado crédulo en el cielo sereno y en la calma del mar, yacerás, Palinuro, sin tierra que te cubra, sobre ignorada playa».
Pero licencias poéticas y clichés literarios al margen, la realidad es que las fuentes epigráficas también se muestran muy pomposas a la hora de lamentar la desaparición de un ser querido en el mar. El objetivo, para Dondin-Payre72, era expresar la angustia ante una desaparición en circunstancias trágicas y particularmente dolorosas, tanto por el carácter como por la violencia implícita de la defunción en dicho contexto.
Entre ellos, podemos citar el cenotafio elevado por Marcus Allius Firminus73 para honrar a su hijo (infelicissimo puero), fallecido en un naufragio (naufragio obito) y que lamenta no poder recuperar sus restos, que serán consumidos por el mar (cuius membra consumsit maris). En la misma dirección se expresa otra inscripción74 que recuerda la muerte de dos jóvenes (Lupi et Apri) en el mar (naufraga mors) y un carmen75 dedicado por Iulia Severa, quien llora la desaparición de su esposo Iulius Mercurio en circunstancias análogas.
Esta casuística, en definitiva, es la que da coherencia y explicación a las reiteradas ocasiones en las que las fuentes se lamentan de la implacable suerte que les espera a los soldados caídos en el mar, para autores como Dion Casio76, «el más terrible de los destinos».
Precisamente, el mismo autor, y para el contexto de la batalla naval de Accio77, señala el hecho de que «sólo tuvieron un destino tolerable» quienes, antes de verse en el trance de fallecer en el mar, «se dieron muerte entre ellos o se suicidaron », ya que, según el historiador niceano, «no sufrieron tormento alguno, pues sus cadáveres ardieron con sus naves, como en una pira funeraria». E igual de contundente se muestra Vegecio78 al mencionar que, durante la batalla naval, lo más dramático no es caer bajo la espada, el fuego o los venablos, como podría esperarse, sino que, por el contrario, «lo más cruel es que los cuerpos quedan insepultos y son devorados por los peces».
No cabe duda, por tanto, que fallecer en el piélago tiene su peculiaridad para el pensamiento romano. Supone, por consiguiente, una nota diferencial entre los muchos tipos de muerte que podían esperar aquellas personas que ponían sus brazos al servicio militar de la Vrbs. En este sentido, y para que se comprenda plenamente lo que significaba el óbito marítimo, merece la pena reproducir la reflexión que Sinesio de Cierene79, siendo víctima de una tempestad cuando viajaba por mar junto a un escuadrón de caballería80, recogió al respecto:
«A mí, en ese trance (te lo juro por la divinidad a la que venera la filosofía), me inquietaba el que pudiera ser verdad aquello de Homero: que la muerte bajo el agua acarrea la aniquilación también de la propia alma. Pues hay un verso de sus poemas en el que dice: 'Y quedó, Áyax aniquilado al tragar el agua salobre' suponiendo así que la muerte en el mar es el aniquilamiento más absoluto. Y de ningún otro afirma que fuera aniquilado, sino que todo aquél que muere 'marchó al Hades'. Por eso, en las dos Evocaciones de los muertos tampoco se ha introducido a Áyax el menor en ningún momento de la acción, por el hecho de no estar su alma en el Hades. Incluso Aquiles, el más animoso de los hombres y el más amigo del peligro, se acobarda ante la muerte en el agua y llega a llamarla 'calamitosa'...».
5. ACTITUDES PARA EVITAR Y AFRONTAR LA MUERTE EN EL MAR
Las posibilidades de morir desempeñando el oficio de las armas eran muchas y variadas, pero entre ellas, el óbito marítimo fue, como se ha indicado, peculiar y distinto. Un riesgo que no dependía exclusivamente de la entrada en combate, sino que, como también se ha explicado, los naufragios y los accidentes costeros a menudo cercenaron más vidas que la propia experiencia del combate naval. En este sentido, las autoridades de Roma, conscientes de estas circunstancias, no dudaron en proteger al Ejército ante la posibilidad de experimentar las contingencias que planteaba el azul, buscando el favor de los dioses. Es más, cualquier divinidad podía ser útil para evitar el riesgo de un naufragio. Al menos, así lo desliza Cicerón81 cuando afirma que «Nuestros caudillos tenían la costumbre de inmolar una víctima a las olas, cuando se hacían a la mar». Si bien, el Estado, a través de sus representes, confió de forma general en las divinidades más estrechamente vinculadas a la actividad naval, empezando, naturalmente, por Neptuno. Que, tal y como demostró Arnaldi82, asumió el papel principal de protector de las flotas romanas. De hecho, así es venerado por César Augusto antes de zarpar para combatir contra Sexto Pompeyo83:
«Octavio (partió), desde Dicearquía, después de haber realizado sacrificios y verter libaciones en el mar desde la nave capitana a los Vientos propicios, a Neptuno procurador de seguridad, y al Mar sin olas para que fueran sus aliados contra los enemigos paternos».
Por consiguiente, el Estado rendía culto a los dioses cuando la marina militar emprendía alguna travesía escoltando al princeps o a los funcionarios de la res publica en sus viajes oficiales, o partiendo para la guerra. Se trata, según indicó Perea Yébenes84, de liturgias latréuticas (agradecimiento) o de lustración (purificación) donde se pretendía, de algún modo, «involucrar» a las divinidades en la protección de los classiari y en la seguridad material de las flotas, a las que en ese momento se consultaba y pedía un placet para tal travesía o batalla. Otro ejemplo de culto público es la rogativa que aparece en una inscripción85 realizada por los Fratres Arvales el 25 de marzo del año 101 d.C., consistente en la formulación de unos vota extraordinaria a causa de la partida del emperador Trajano, que se aprestaba a poner proa hacia el limes danubiano para ponerse al frente de las tropas que combatían contra los dacios. Los sacerdotes invocan, pro salute et reditu et victoria, a un buen número de divinidades (Iuppiter Optimus Mximus, Iuno Regina, Minerva, Iovis Victor, Salus rei publicae, Mars Pater, Mars Victor, Victoria, Fortuna Redux, Vesta Mater, Neptunus Pater y Hercules Victor) prometiendo, en el caso de concluir la travesía con éxito, inmolar un toro o una vaca a cada una de ellas. Ahora bien, la protección divina no era únicamente solicitada antes del viaje, con la esperanza de asegurar unas condiciones favorables, sino también después. De ello tenemos constancia a través de numerosos testimonios entre los que se encuentran los relieves de la Columna de Trajano86 o las acuñaciones de moneda que celebran la salvación de los emperadores ante los peligros del mar o registran la celebración de ceremonias al tocar tierra firme87. Es más, sabemos que la fama del culto a Fortuna Redux arranca, precisamente, del momento en el que fue oficializado por Augusto88 a su regreso de Siria en el año 19 a.C. De manera que, tanto la llegada a puerto como la partida eran objeto de liturgia oficial. Y lo mismo ocurre con las propias embarcaciones, que podían estar bajo la protección de una divinidad tutelar89; o con diversas festividades del calendario romano estrechamente vinculadas a la actividad naval, como los Neptunalia90 o el Navigium Isidis91. Hasta ese punto era interpretado el peligro al que se exponía el soldado romano al emprender una travesía por mar y el horror de fallecer en el piélago sin posibilidad de recibir los ritos funerarios pertinentes.
Ahora bien, al margen de las precauciones tomadas por las autoridades de la Vrbs, el miles también respondía a dichas eventualidades con manifestaciones religiosas privadas, por lo general mucho más variadas que el culto público oficial. Ciertamente, las evidencias litúrgicas asociados a viajes forman parte del catálogo de documentos que nos permite valorar cómo era vivida y exteriorizada la experiencia del desplazamiento por mar de los soldados92. De ello se deduce que en el fondo de tales manifestaciones devocionales subyacía la necesidad de contrarrestar, al igual que hacían las autoridades públicas, el temor al contexto náutico, es decir, a los muchos obstáculos materiales, religiosos y atmosféricos que, como hemos visto, rodeaban a una travesía o a una batalla en el azul. Un testimonio elocuente al respecto lo proporciona la misiva que el soldado Apion, enrolado en la classis Misenensis, envío a su familia93, donde deja constancia de su agradecimiento al dios Serapis porque, según expresa, «cuando corrí peligro en el mar vino rápidamente en mi ayuda». Y es que los vota de los marineros en tales trances eran, evidentemente, las respuestas o actitudes más comunes para afrontar el riesgo de la muerte en el piélago, como recuerda Epicteto94 en una de sus disertaciones: «acuérdate de la divinidad, invócala como auxilio y sostén, como invocan en la tempestad a los Dióscuros los navegantes» o como apostilló Cicerón95:
«Tú, que piensas que los dioses no se cuidan de las cosas humanas, ¿no adviertes, pese a la existencia de tantas pinturas, cuantísimas personas han rehuido la fuerza de la tempestad gracias a sus votos, llegando a puerto sanas y salvas?»
Por todo lo indicado, no sorprende que adentrarse en el azul, junto a la experiencia de encontrarse transitando en un espacio tremendamente azaroso, fuera uno de los principales motivos para rogar a los dioses. Con todo, la piedad desarrollada por todas aquellas personas que se exponían a los peligros del mar no se limitó a la formulación de vota en contextos comprometidos, sino que, por el contrario, se extendió a múltiples facetas relacionadas con la navegación. En consecuencia, a las manifestaciones religiosas de carácter formal, se sumaron tabúes y creencias supersticiosas, sin olvidar prácticas de magia y, en especial, el uso de amuletos; todo ello en un intento por controlar las consecuencias impredecibles y potencialmente implacables de los desplazamientos marítimos96. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, la prohibición de cortarse el pelo o las uñas durante la travesía97; portar piedras protectoras en caso de accidente o tempestad98; consagrar las anclas de la embarcación99, realizar libaciones cuando se avistaba algún santuario costero100, etc. Ahora bien, estos recursos se desplegaban antes de iniciar la travesía, al concluirla, o durante la misma, cuando el riesgo de fenecer requería de soluciones extremas. Pero recordemos, por último, que el óbito marítimo conllevaba, para la mayoría de los finados, no ser enterrados en el lugar de sus antepasados y conforme a los ritos funerarios de carácter familiar descritos anteriormente, lo que, en la mentalidad grecolatina, huelga decir, revestía una enorme importancia.
Es en este contexto, de hecho, en donde aparece el gran problema para el soldado que muere en el mar, que no es otro que la imposibilidad de realizar correctamente los rituales fúnebres al no disponer del cuerpo. Este dilema, sin embargo, se resolvió a través de dos medidas: primero, trasladando los restos mortales de los soldados fallecidos cuando era posible, en cuyo caso, los cargos económicos corrían a cuenta de las familias101; pues las exequias en el mundo romano eran un asunto privado y no público. Y la sepultura, por añadidura, tenía un significado íntimo y familiar que se conciliaba mal con el valor de la conmemoración colectiva102. Segundo, construyendo un cenotafio. Es decir, un sepulcro vacío o monumento erigido en honor del soldado caído. Este camino fue, naturalmente, el más empleado en los casos de fallecimiento en el piélago. En este sentido, el cenotafio, que con frecuencia era considerado como un simple monumento con el fin de honrar la memoria del finado y desprovisto de la naturaleza de locus religiosus, tal y como indica un pasaje del Digesto103, también pudo asumir tal condición104 en momentos especiales, como ocurre con los desaparecidos en el mar. En ellos, según Cecelia Ricci105, se procedería a practicar el culto a los difuntos, siendo la única manera que los familiares tenían para honrar y evocar la memoria funeraria de los parientes y amigos cuyos cuerpos no pudieron ser recuperados.
Un ejemplo de ello es el cenotafio mencionado anteriormente y que pertenece a un optio106 que falleció en un naufragio. La estela fue hallada en Chester (Britania), en cuyo epitafio se dejó un hueco para, presumiblemente, añadir el hic a la fórmula tradicional de situs est; lo que indicaría la falta de restos mortales. A colación, cabe recordar que la epigrafía militar latina suele hacer énfasis, precisamente, en el sentido de «memoria del difunto», que, en la práctica, significaba asumir que no había cadáver107. De hecho, centenares de tituli sepulcrales vinculados a la marina de guerra siguen este patrón. Baste como ejemplo esta otra inscripción108, encontrada en Eleusis, que recuerda a Tito Ranio Frontón, un saldado de la classis Ravennatis que sirvió apenas siete años y murió a la edad de veintiséis. Y a cuya memoria sus herederos Mercasio y Justo erigieron un monumento:
D(is) M(anibus) / T(iti) Ranii Fron/tonis mil(itis) cl(assis) / praet(oriae) Raven(natis) / vix(it) an(nos) XXVI / mil(itavit) an(nos) VIII / Mercasius e(t) Iustus / h(eredes) p(onendum) c(uraverunt)
Esta casuística, en definitiva, es un reflejo de la naturaleza privada de los ritos funerarios. Pues, al no haber conmemoración pública, el recuerdo de un servicio honroso en el Ejército que concluye con una muerte prematura, se abordaba, como en este cenotafio del classiarius Titi Ranii, mediante un epitafio grabado sobre la piedra de un sepulcro o un monumento, que fue la forma más habitual de dignificar al familiar o compañero caído en cualquiera de las circunstancias en las que podía hacerlo el miles romano. Pero también es un intento de aplacar las almas de la «turba desvalida» a la que, en palabras de Virgilio109, se les ha negado la sepultura por fallecer lejos de casa, en una guerra, o bajo las aguas de alguno de los muchos mares por donde transitaron las naves romanas a lo largo de su dilatada historia.
6. CONCLUSIÓN
La historia del mundo militar romano, de sus instituciones, su organización, su dotación humana, etc., resulta inexplicable sin tener en cuenta su faceta naval. Y aunque algunos aspectos han sido objeto de una considerable atención por parte de los historiadores, como la capacidad técnica y material de la armada (con los estudios de Pitassi110 como referencia obligada), o la naturaleza de las flotas provinciales, campo en el que Denis Saddington111 abrió líneas de investigación muy fecundas. También ha sido ampliamente estudiada su integración plena en el ejército y su función estrictamente militar, generando una vasta bibliografía que se remonta a Mommsen112 y llega hasta Michel Reddé113. Sin embargo, otros temas siguen siendo poco explorados o tratados de manera insuficiente, especialmente aquellos que abordan la dimensión social y cultural del ejército, o que adoptan la perspectiva individual del soldado.
En este sentido, abordar la religiosidad de los milites, sus lazos familiares o su vínculo con la muerte requieren un análisis desde el contexto marino, pues dicha mirada ofrece, como pone de relieve este trabajo, sugerentes perspectivas de análisis para enriquecer nuestro conocimiento sobre el mundo militar de la Vrbs.
Por ello, el presente trabajo ha pretendido, precisamente, establecer unas primeras líneas de interpretación sobre alguna de las materias apuntadas a través de una cuestión compleja e interesante, como lo es la forma en que los soldados y las autoridades públicas de Roma afrontaron el trance de morir en el mar. De manera que, atendiendo al carácter, las formas y el significado del fallecimiento en dicho contexto, se han podido extraer algunas conclusiones significativas.
Primero, que el óbito en el mar era ligeramente distinto al desarrollado en otros contextos, tanto para el mundo civil como para el militar. Segundo, y vinculado con esta peculiaridad, que aventurarse a desarrollar cualquier tipo de actividad naval traía, en consecuencia, una serie de comportamientos sociales particulares, a veces, como hemos visto, de dimensión pública y carácter político; otras, en cambio, como inquietudes personales de quienes se arriesgaban a emprender una travesía o una batalla en el mar, es decir, a exponerse a un espacio lleno de peligros e infortunios que, con frecuencia, podía acarrear una muerte fatal y sin posibilidad de un sepelio según establecía la costumbre o la religión. Finalmente, y en contra de las líneas interpretativas que trazara Andreina Magioncalda114 en relación a la religión de la Armada en época imperial, se puede argumentar que la marina de guerra, en función de los rasgos apuntados y de la documentación estudiada, sí que proyecta cierta exclusividad o diferenciación vinculada al ambiente marinero. Por consiguiente, consideramos que el análisis de características como esta añadirá, sin duda, nuevo material a la reflexión general sobre las instituciones militares de Roma.
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2. Rougé, Jean: La navigazione antica, Roma, Emme Edizione, 1996, p. 207. Romero Recio, Mirella: Cultos marítimos y religiosidad de los navegantes en el mundo griego antiguo, Oxford, BAR Publishing, 2000, p. 151; Dondin-Payre, Monique: «Arrivé à bon port! Le quotidien des voyageurs sur l'eau dans le monde romain, reflété par l'épigraphie», Dialogues d'histoire ancienne, 25, 1 (2022), pp. 151-163.
3. Casson, Lionel: Travel in the Ancient World, Tornto, Hakkert, 1974, p. 72; Meijer, Fik: A History of Seafaring in the Classical World, New York, Routledge, 1986, p. 141; Reddé, Michel y Golvin, Jean-Claude: I romani e il Mediterraneo, Roma, Instituto Poligrafico e Zecca delllo Stato, 2008, pp. 38-39.
4. Plin. HN., XXXII, 1.
5. AP. 7. 650. El libro VII de la Antología Palatina recoge muchos epigramas y poemas de naufragios.
6. CIL, III, 1562; CIL, VI, 20132; CIL, IX, 5920; CIL, XI, 188; CIL, XIII, 2718; Casson, Lionel, op. cit. pp. 149-150; Rougé, Jean: op. cit. pp. 20-25; Romero Recio, Mirella: op. cit. p. 151.
7. Cass. Dio. 60.19. Otro ejemplo elocuente lo encontramos en Tito Livio (30. 39, 1-2-): «Una terrible tempestad que estalló entre el puerto de Cosa y el de Loreto atemorizó enormemente al cónsul Claudio, que por fin había partido de la ciudad».
8. Casson, Lionel: op. cit. p. 155; Romero Recio, Mirella: op. cit. p. 151; Dondin-Payre, Monique: op. cit. p. 154. Sobre la protección divina ante los peligros de los viajes ver: Kolb, Anne: «Reisen unter göttlichem Schutz», en Beutler, Franziska y Wolfgang , Hameter (eds.): Eine ganz normale Inschrift... und Ähnliches zum Geburtstag von Ekkehard Weber, Viena, Österreichischen GesellschaftFür Archäologie, 2005, pp. 293-298.
9. Cat. Agr. Prefacio. 3-4.
10. Cic. Resp. 2. 4.
11. Lucr. 2. 1-2.
12. Plu. Pomp. 50. 1-2.
13. Di Stefano Manzella, Ivan: «Avidum mare nautis. Antiche epigrafisul naufragio», en Gianfrotta, Piero (ed.): Archeologia subacquea. Studi, ricerche e documenti. Volumen 2, Roma, Instituto Poligrafico e Zecca delllo Stato, 1997, pp. 215-230; «Avidum mare nautis. Un naufragio nel porto di Odessus e altre iscrizioni», Mélanges de l'École française de Rome. Antiquité, 111, 1 (1999), pp. 79-106; Shepherd, Elizabeth: «Populonia, un mosaico e l'iconografia del naufragio», Mélanges de l'École française de Rome Antiquité, 111, 1 (1999), pp. 119-144; Ricci, Cecilia: Qui non riposa. Cenotafiantichi e moderni fra memoria e rappresentazione. Roma, Quasar, 2006, pp. 57-60; Sintès, Claude.: Sur la mer violette. Naviguer dans l' Antiquité, Paris, Société d'édition Les Belles Lettres, 2009, pp. 227-239.
14. Maureen, Carroll: «Dead soldirers on the move. Transporting bodies and commemorating men at home and abroad», Limes XX: Estudios sobre la frontera romana (Roman frontier studies) León, 2006, Morillo Cerdán, Ángel, Hanel, Norbert y Martín, Esperanza (eds.), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2009, pp. 823-832; Ruiz Gutiérrez, Alicia: «Peregre defvncti: observaciones sobre la repatriación de restos mortales y la dedicación de cenotafios en la Hispania romana (Siglos I-III)», Veleia, 30 (2013), pp. 95-118; Palao Vicente, Juan José: «La muerte del soldado romano en la epigrafia del occidente del imperio (siglos I-III d.C.)», en Perea Yébenes, Sabino (coord.) El soldado romano y la muerte, Madrid, UNED, 2022, pp. 79-133.
15. Tal y como se aprecia en: App. BC 4.116, 5.120; D.C. 50.35.2-4.
16. Veg. Mil. 44. 2.
17. Bayet, Jean: La religión romana. Historia política y psicológica, Madrid, Cristiandad, 1984, p. 81; Toynbee, Jocelyn: Death and burial in the Roman World, Londres, Johns Hopkins Paperbacks edition, 1996, p. 34; Marco Simón, Francisco: Cultus deorum: la religión en la antigua Roma, Madrid, Síntesis, 2021, p. 182. Para más información sobre la relación entre ejército y religión: Le Bonniec, Henri: «Aspects religieux de la guerre», en J.P. Brisson (ed.), Problèmes de la guerre à Rome, Paris; La Haye: Mouton, pp. 101-115, 1969; Helgeland, John: «Roman Army Religion», ANRW II, 16, 2 (1978), pp. 1470-1505; Speidel, Michael & Dimitrova-Milceva, Anna: «The Cult of the Genii in the Roman Army and a New Military Deity», ANRW II, 16, 2 (1978), pp. 1542-1555; Birley, Eric: The Roman Army: Papers 1929-1986, Amsterdam: J.C. Gieben, 1988; Rüpke, Jörg: Domi Militiae: Die religiöse Konstruktion des Krieges in Rom, Stuttgart, F. Steiner, 1990; Irby-Massie, Georgia: Military Religion in Roman Britain, Mnemosyne, Bibliotheca Classica Batava. Supplementum 199, Leiden: Brill, 1999; Herz, Peter: «Sacrifice and Sacrificial Ceremonies of the Roman Imperial Army», en Baumgarten, Albert (ed.), Sacrifice in Religious Experience, Boston, MA, London, Brill, pp. 81-100, 2002; Berchman, Robert & College, Dowling: «Religion, Ritual and War in the Late Roman Republic», en Jacob Neusner, Bruce D. Chilton y R. E. Tully (eds.), Just War in Religion and Politics, Lanham: University Press of America, pp. 51-68, 2013; Schmidt Heidenreich, Christophe: La glaive et l'autel. Camps et piété militaires sous le Haut Empire romain, Rennes: Presses universitaires de Rennes, 2013; Subirats, Chantal: El ceremonial militar romano. Liturgias, rituales y protocolos en los actos solemnes relativos a la vida y la muerte en el ejército romano del alto imperio (Tesis Doctoral), Universitat Autònoma de Barcelona, 2013; Mateo Donet, Amparo: «Comportamientos impíos y catástrofes en el mundo romano: creencias, religiosidad y política», Polis: Revista de ideas y formas políticas de la Antigüedad Clásica, 26 (2014), pp. 81-106; Pérez Frutos, Pedro: «Guerra y religión en la República romana: el ciclo militar de octubre», Revista Universitaria de Historia Militar (RUHM), 5, 10 (2016), pp. 179-199; Ulanowski, Krzysztof (ed.): The Religious Aspects of War in the Ancient Near East, Greece and Rome, Leiden; Boston: Brill, 2016; Perea Yébenes, Sabino (Coord.): La devoción del soldado romano. Cultos públicos y cultos privados, Madrid: UNED, 2020.
18. La evidencia literaria la encontramos en Cicerón (Pis. 7, 16), Tito Livio (3. 58), Virgilio (Aen. 6. 743) o Tácito (Agr. 46), quienes emplean el término Manes para referirse a las almas de individuos fallecidos. La epigrafia muestra que a partir del siglo i d.C., las inscripciones funerarias combinan la fórmula tradicional de colectividad, D(is) M(anibus) o D(is) M(anibus) S(acrum), con el nombre personal del difunto. Ver: Toynbee, Jocelyn, op. cit. p. 35.
19. Rüpke, Jörg: Panteón. Una nueva historia de la religión romana, Madrid, Akal, 2021, pp. 276-286.
20. Sobre el culto de las sepulturas como un asunto familiar ver: Shaw, Brent: «Latin Funerary Epigraphy and Family Life in the Late Rome Empire», Historia. ZeitschriftFür Alte Geschichte, 33, 4 (1984), pp. 457-497; Carroll, Mauren: Sprits of the Dead. Roman Funerary Conmemoration in Western Europe, Oxford, Oxford Studies in Ancient Documents, 2006.
21. Cic. De leg. 2. 9, 2; Plaut. Capt. 598; Cas. 592; Amph. 777.
22. Toynbee, Jocelyn, op. cit. pp. 37-38.
23. Bayet, Jean, op. cit. p. 83; En este marco, debemos señalar que tanto epicúreos como estoicos negaron la vida de ultratumba. Ver: Toynbee, Jocelyn, op. cit. pp. 34-35; Abascal Palazón, José Manuel: «La muerte en Roma: fuentes, legislación y evidencia arqueológica», Arqueología de la muerte: metodología y perspectivas actuales, Fuenteobejuna 1990, Vaquerizo, Desiderio. (coord.), Córdoba, Diputación de Córdoba, 1991, pp. 205-245. pp. 212-220.
24. El calendario era el armazón sobre el que descansaba la religión pública en Roma. Ver: Mommsen, Theodor: Die römische chronologie bis auf Caesar, Berlin, Weidmannsche Buchhandlung, 1859; Fowlwe, Willian: The Roman Festivals on the Period of the Republic, London, Macmillan, 1899; Wissowa, Georg: Religion und Kultus der Römer, München, C.H. Beck, 1912; Manccini, Gioacchino: Civilitá romana: Il calendario, Roma, Carlo Colombo, 1941; Kirsopp Michels, Agnes: The Calendar of the Roman Republic, Princeton, Princeton University Press, 1967; Bayet, Jean: op. cit. pp. 99- 108; Invernizzi, Anna: Vita e costumi dei Romani antichi: Il calendario, Roma, Quasar, 1994; Scheid, John: An Introduction to Roman Religion, Bloomington, Indiana University Press, 2003, pp. 41-59; Marco Simón, Francisco, op. cit. pp. 17-31; Rüpke, Jörge, op. cit. pp. 236-238.
25. Cic. De leg. 2, 55-57; Ov. Pont. 2, 2, 45; Verg. Aen. 6, 219; Mart. Sp. 9, 57, 8; Iuu, Sat. 3, 267.
26. Bayet, Jean, op. cit. p. 85.
27. Toynbee, Jocelyn, op. cit. pp. 39-42; Abascal Palazón, José Manuel: op. cit. pp. 237-240; Carroll, Mauren: Dead..., pp. 827-828.
28. Liv. 23. 46, 5; 27. 2, 9-10; D.H. 5. 47, 1; Tac., Ann. 1, 60, 3-62; Suet. Cal. 3, 2; D.C. 57, 18, 1; Toynbee, Jocelyn, op. cit. p. 55; Carroll, Mauren: Dead..., p. 827.
29. Casson, Lionel: Los antiguos marinos. Navegantes y guerreros del mar en el Mediterráneo de la Antigüedad, Buenos Aires, Paidós, 1969, pp. 93-108; Rougé, Jan: op. cit. pp. 106-109; Garlan, Yvon: La guerra en la Antigüedad, Madrid, Alderabán, 2003, pp. 124-138; Pitassi, Micahel, Hellenistic Naval Warfare and Warships 336-30 B.C. War at Sea from Alexander to Actium, Yorkshir, Pen & Sword Military, 2023, pp. 12-42.
30. Sobre las dinámicas de la batalla en el mundo antiguo ver: Lendon, John: Soldados y fantasmas: Mito y tradición en la antigüedad clásica, Barcelona, Ariel, 2006; Keegan, John: El rostro de la batalla, Madrid, Turner, 2013; Pérez Rubio, Alberto: «Dulce et decorum est pro patria mori. El rostro de la batalla», Desperta Ferro Especial VI. La legión romana (I): la República Media (2014), pp. 74-81; Kagan, Donald y Viggiano, Gregory (ed.): Hombres de bronce. Hoplitas en la antigua Grecia, Madrid, Desperta Ferro, 2017. Sobre las batallas en el mundo romano ver: Sabin, Philip: «The Face of Roman Battle», The Journal of Roman Studies, 90 (2000), pp. 1-17; Goldsworthy, Adrian: The Complete Roman Army, Londres, Thames & Hudson, 2007, pp. 174-185; Le Bohec, Yann: El ejército romano, Barcelona, Ariel, 2008, pp. 184-201; Sierra Esteronés, David: «El combate en la Roma republicana: una aproximación a las características generales de la batalla antigua», El futuro del pasado, 2 (2011), pp. 131-146. Sobre la utilización de la caballería en el mundo romano: McCall, Jeremiah: The Cavalry of the Roman Republic. Cavalry Combat and Elite Reputations in the Middle and Late Republic, London, Routledge, 2002; Dixon, Karen & Southern, Pat: The Roman Cavalry, Oxfordshire, Routledge, 2016.
31. Plin. HN. 32. 1.
32. App. BC. 5. 89-91.
33. Ver: Traina, Guisto: La guerra mundial de los romanos, Barcelona, Crítica, 2024.
34. Sobre la artillería y la poliorcética en el mundo antiguo ver: Cordente Vaquero, Félix: Poliorcética romana 218 a. C.-73 d. C., (Tesis Doctoral), Universidad Complutense de Madrid, 1991; Sáez Abad, Rubén: «Artillería y poliorcética en el mundo grecorromano», Anejos de Gladius,1, Madrid, Ediciones Polifemo, 2005, pp. 167-178.
35. Para las naves romanas, su equipamiento y empleo ver: Torr, Cecil: Ancient Ships, Cambridge, Cambridge University Press, 1894; Starr, Chester: The Roman Imperial Navy 31 B.C. - A.D. 324, Cambridge, W. Heffer & Sons LTD, 1960, pp. 51-65; Reddé, Michel: Mare Nostrum. Les infraestructures, le dispositif et l'historie de la marina militare sous l'Impire romain, Roma, École française de Rome, 1986, pp. 11-141; Morrison, John Sinclair & Coates, John Francis: Greek and Roman oared warships, Oxford, Oxbow Books, 1996; Viereck, Hans: Die Römische flotte. Classis romana, Nikol, Hamburgo, 1996, pp. 19-120; Potter, David: «The Roman Army and Navy», en Harriet, Flower (ed.), The Cambridge Companion to the Roman Republic, Cambridge: Cambridge University Press, 2004, pp. 66-88; Steimby, Christa: The Roman Republican Navy. From the sixth century to 167 B.C., Helsinki, Societas Scientiarum Fennica, 2007, pp. 22-26; Pitassi, Michael: Roman Warships, Woodbridge, The Boydell Press, 2011; D'Amato, Raffaele: Imperial Roman Warships (27 BC-193 AD), Oxford, Osprey Publishing, 2016; Imperial Roman Warships (193-565 AD), Oxford, Osprey Publishing, 2017.
36. Veg. Mil. 4. 44. 1-3.
37. Pol. 21. 7, 1; Caes. Civ., 3, 101; Liv. 37, 11; App. Syr., 1. 24
38. Veg. Mil. 4, 44. 7.
39. Tipo de embarcación de guerra en la que los remeros estaban protegidos por el casco y una cubierta corrida. Esta estructura proporcionaba una defensa adicional contra proyectiles enemigos y condiciones climáticas adversas, permitiendo a la tripulación operar con mayor seguridad durante las batallas navales. Ver: Starr, Chester op. cit., pp. 51-65; Reddé, Michel: op. cit., pp. 11-141; Morrison, John Sinclair & Coates, John Francis: op. cit; Viereck, Hans: op. cit., pp. 19-120; Potter, David: op. cit., pp. 66-88; Steimby, Christa: op. cit., pp. 22-26; Pitassi, Michael: Roman... pp. 55-58; pp. 73-173; D'Amato, Raffaele: Imperial...pp 24-31; Imperial...pp. 16-35.
40. D.C. 50, 34-35.
41. Para un catálogo de como el clima afectó las operaciones militares en el mar durante la República ver: Curchin, Leonard: «In adversa tempestate: the impact of weather on Roman military and naval operations», Aqvila Legionis, 17-18 (2014-2015), pp. 19-21.
42. Oros. Hist. 4. 9, 8-9; Starr, Chester: The influence of the sea power on Anciente History, New York, Oxford, 1989, p. 57.
43. Sobre el origen de la classis Germanica ver: Konen, Heinrich: Classis Germanica. Die römische Rheinflotte im 1-3. Jahrhundert n. Chr, Scripta Mercaturae Verlag, Katharien, 2005, pp. 154-188; Rummel, Christopher: The Fleets on the Northern Frontier of the Roman Empire from the 1st to 3rd Century, (Tesis Doctoral) University of Nottingham, 2008, pp. 223-287; Pérez Frutos, Pedro: «Las flotas provinciales del Alto Imperio romano. Evolución y perspectivas de un área historiográfica consolidada», Avquila Legionis, 22-23 (2019-2020), pp. 103-146; Wintjes, Jorit: Die Römische Armee auf dem Oceanus. Zur römischen Seekriegsgeschichte in Nordwesteuropa, Leiden, Brill, 2020, pp. 58-81.
44. Tac. Ann. 2. 23-24.
45. App. BC. 5. 89-91; Suet. Aug. 16, 1-2; Oros. Hist. 6. 18, 22-26.
46. Suet. Aug. 17, 3.
47. Tac. Ann. 15. 46, 2.
48. Tac. Hist. 3. 77.
49. Suet. Clau. 17. 2.
50. Act. 27, 1-44.
51. Plin. Ep. 10. 15; 17a. Otra carta menciona la muerte en un naufragio de Julio Avito (V. 21, 3).
52. Veg. Mil. 4. 38. 1-3.
53. Como por ejemplo en: Caes. Civ. 3.27.2; App. BC 5.88-90; D.C. 48.48.3-4.
54. Tac. Hist. IV. 27.
55. I. BI. 3. 419-428.
56. Los puertos de la Antigüedad nunca separaron la naturaleza militar y civil. En este sentido, el término statio, de amplio recorrido militar, tiene una gran pluralidad de significados en el ámbito naval, referidos tanto al ámbito castrense como al civil. Y tanto en uno como en otro caso, se podía tratar de un refugio natural más o menos acondicionado; otras, de una escala donde los barcos pueden invernar; también de un auténtico puerto cerrado y equipado. Esta casuística deja abierta la posibilidad de dar una interpretación militar a la inscripción. Ver: Lécrivain, Charles: «Statio», en Daremberg, Victor & Saglio, Edmond (eds.): Dictionnaire des Antiquités Grecques et Romaines, IV, 2, Paris, Libraire Hachette, p. 1469; Uggeri, Giovanni: «La terminologia portuale romana e la documnetacizine dell'itenerarium antonini», Studi italiani di Filologia Classica, 40 (1968), pp. 251-252; Reddé, Michel: op. cit. pp. 147-153; Rougé, Jean: op. cit. p. 131. Para otra interpretación de la misma ver: Di Stefano Manzenella, Ivan: op. cit. p. 95.
57. Sintès, Claude: op. cit. pp. 227-239. Monique: op. cit. pp. 158-161.
58. RIB-01, 544.
59. CIL, X, 1780.
60. CIL, VIII, 14608; Palao Vicente, Juan Jose: op. cit. pp. 112-113.
61. App. BC. 5. 89-91.
62. Tac. Agri. 25, 1-2.
63. El colegio entregaba una cantidad predeterminada en los estatutos al heredero del difunto o a su procurator. Además, cuando un asociado moría en la guerra o en acto de servicio, su collegium daba fe de la muerte y, como colectivo, levantan el epitafio para el difunto. No obstante, no podemos limitar el papel de los colegios militares a la finalidad funeraria. Ver: Perea Yébenes, Sabino: Collegia militaria. Asociaciones militares en el Imperio romano, Madrid, Signifer, 2013, p. 104; p. 193.
64. Hist. Aug. 17. 17, 2-7. Un destino similar sufrió el emperador Maximino: Hist. Aug. 19. 26-3.
65. V. Max. 2. 7.
66. Otras referencias sobre la prohibición de recibir sepultura en un ambiente castrense e indisciplinado: Liv. 29.9.9-10; 29.18.14; V. Max. 2.7.15; Fron. Str. 4.1.38.
67. Plin. Ep. 26. 1-12. En el mismo sentido Cic. Phil. 14. 34.
68. Tac. Ann. 1. 61-62; Suet. Cal. 3. 1-3; Suet. Clau. 1. 3; D.C. 57. 18; D.C. 55. 2-3.
69. Verg. Aen. 6. 320-370.
70. Petron. Sat. 114, 11-12.
71. Verg. Aen. 5. 870.
72. Dondin-Payre, Monique: op. cit. p. 158.
73. CIL., III, 1899.
74. CIL., XI, 188.
75. CIL., VI, 20132.
76. D.C. 50. 20, 1-3.
77. D.C. 50. 35, 1-5.
78. Veg. Mil. 4. 44, 8.
79. Synes. Ep. 5. 105-120.
80. Podría tratarse de los Equites sagittarii indigenae Arabanenses mencionados en la Notitia dignitatum. N.D. Or. 69.6.
81. Cic. ND. 3. 20.
82. Arnaldi, Adelina: Ricerche sotorico-epigrafiche sul culto di «Neptunus» nell'Italia romana, Roma, Instituto Italiano Per la Sotria Antica, 1997, p. 23.
83. App. BC. 5. 99.
84. Perea Yébenes, Sabino: «Un aspecto militar de la religión romana: los 'ritos de purificación' de la marina de guerra», Revista de historia naval, 58 (1997), pp. 39-54.
85. CIL. 6, 2074. Para un comentario de la misma ver: Adelina, Arnaldi: op. cit. pp. 102-104.
86. Escenas LXXIX, LXXX, LXXXII, LXXXIII y LXXXVI; Perea Yébenes, Sabino: Un aspecto..., pp. 46-50.
87. Burzio, Humberto: La marina en la moneda romana, Buenos Aires, secretaria de Estado de Marina, 1961, pp. 161-171.
88. D.C. 54. 10.
89. Ov. Tr. 1. 10, 1; Petron. Sat. 105-108.
90. Tramonti, Stefano: «Neptunalia e Consualia: a proposito di Ausonio, Ecl., 23, 19», RSAnt, 19 (1898), p. 121; Invernizzi, Anna: op. cit. 82; Scheid, John: op. cit. p. 49; Arnaldi, Adelina: op. cit. p. 41; Marco Simón, Francisco: op. cit. p. 127.
91. Canales Santamaría, Israel: Isis, la diosa del mar. La vertiente marítima del culto isíaco en el mundo Mediterráneo de épocas helenística y romana, Cádiz, Kaizen Editores, 2021.
92. Mangioncalda, Andreina: «Aspetti di vita religiosa delle flotte italiche urante il pincipato: le dediche a divinitá », en L'Armée romaine et la religión sous le Haut-Empire romain. Actes du quatrième congrès de Lyon organisé les 26-28 octobre 2006 par l'Université Lyon 3, Catherine Wolff(ed.), Lyon, Diffusion Libreairie De Boccard, 2009, pp. 211-223; Ruiz Gutiérrez, Alicia: «Viajes y prácticas cultuales en las provincias romanas de Hispania y la Galia», en Iglesias Gil, José Manuel y Ruiz Gutiérrez, Alicia (Coord.) Viajes y cambios de residencia en el mundo romano, Santander, Editorial Universidad de Cantabria, 2011, pp. 201-224.
93. BGU, 423.
94. Arr. Epict. 3. 18. 20-30.
95. Cic. ND. 3. 37.
96. Ruiz Gutiérrez, Alicia: Viajes y prácticas..., p. 204.
97. Rougé, Jean: op. cit. p. 208; Beltrame, Carlo: Vita di bordo in età romana, Roma, Libreria Dello Stato, 2002, pp. 69-78.
98. Perea Yébenes, Sabino: Officium magicum. Estudios de magia, teúrgia, necromancia, supersticiones, milagros y demonología en el mundo greco-romano, Madrid, Signifer, 2014, pp. 129-160.
99. Perea Yébenes, Sabino: «Zeus Kásios Sózon y Afrodita Sózousa, divinidades protectoras de la navegación. A propósito de dos cepos de anclas romanas procedentes del Cabo de Palos», Mastia, 3 (2004), pp. 95-111.
100. Stat. Silu. 3. 21-24.
101. Carroll, Mauren: Dead..., p. 823-832.
102. Perea Yébenes, Sabino: «In bello desideratis. Estética y percepción de la muerte del soldado romano caído en combate», En: Marco Simón, Francisco, Pina Polo, Francisco, y Remesal Rodriguez, José (coord.), Formae mortis: el tránsito de la vida a la muerte en las sociedades antiguas, Barcelona, Universidad de Barcelona, 2009, pp. 39-88.
103. Dig. 11. 7, 44.
104. Ulp. Dig. 1, 8, 6, 5; 8, 7. La condición religiosa de los cenotafios ha sido objeto de un amplio debate. Para un resumen del mismo ver: Ricci, Cecilia: op. cit. pp. 19-27.
105. Ricci, Cecilia: op. cit. pp. 39-40. La autora denomina este tipo de cenotafios como de «necesidad», diferenciándolos de los cenotafios de «memoria», que serían aquellos otros que se construyen para honrar a una persona que si dispone de otro sepulcro (el real) con sus restos mortales.
106. RIB.1, 544; ILS. 2441.
107. Perea Yébenes, Sabino: In bello..., pp. 49-50.
108. AE. 1968, 472.
109. Verg. Aen. 6. 320.
110. Pitassi, Michael: op. cit. pp. 69-173
111. Saddington, Denis: «The Origin and Character of the Provintial fleet of the Early Roman Empire», en Roman Frontier Studies 1989: Proceding of the XVth International Congress of Roman Frontier Studies, Maxifield, Valerie & Dobson, Michael (eds.), Exteter, University of Exeter Press, 1991, pp. 397-399.
112. Mommsen, Theodor: «Schweizer Nachstudien», Hermes, 16 (1881), pp. 463-467.
113. Reddé, Michel: op. cit. pp. 323-456.
114. Magioncalda, Andreina: op. cit. p. 223.
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