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Chile, Historia 1920-1933 - Antiimperialismo - Chile y Estados Unidos - Política Exterior - Enclaves mineros - Conflicto de Tacna-Arica - Pan-Americanismo - Racismo - Caricatura - Prensa Abstract From 1900 onwards, Chileans increasingly experienced first-hand encounters with the business culture and products from the U.S. The fascination with modernity, reflected in these products, was widespread. Throughout the 1920s, the circle of those who condemned U.S. foreign policy widened, and the negative judgment of the U.S. as usurper became central to the popular conception of the 'Yankee.' [...]criticism regarding the actions of the Americans in the mining enclaves converged with frustrating experiences in the context of bilateral relations and growing concern about Washington's superiority, a feeling experienced in Latin America and the rest of the world. Keywords: Chile, History 1920-1933 - Anti-imperialism - Chile and the United States - Foreign Policy - Mining enclaves - Tacna-Arica Conflict - Pan-Americanism - Racism - Caricature - Press Fecha de recepción: 09-05-2024 Fecha de aceptación: 27-12-2024 1.
Resumen
A partir de 1900, los chilenos experimentaron en grado creciente encuentros de primera mano tanto con la cultura empresarial como con los productos de los EE.UU. La fascinación por la modernidad, reflejada en estos productos, estaba muy extendida. Pero al mismo tiempo subsistía una fuerte contracorriente que criticaba el estilo de vida estadounidense, pues veían en él una modalidad encubierta de intervencionismo. En el presente artículo analizo cómo este reproche fue complementado con el estereotipo tradicional del imperialismo, extensamente difundido entre las elites chilenas a partir de la guerra sostenida entre España y Estados Unidos en 1898. A lo largo de la década de 1920, el círculo de quienes condenaban la política exterior estadounidense se amplió y el Juicio negativo sobre EE.UU. como usurpador se convirtió en el elemento central de la concepción popular del yanqui". De esta manera, las críticas sobre el proceder de los estadounidenses en los enclaves mineros convergieron con experiencias frustrantes en el marco de las relaciones bilaterales y con la preocupación por la superioridad de Washington que se hacía sentir tanto en América Latina como en el resto del mundo.
Palabras claves: Chile, Historia 1920-1933 - Antiimperialismo - Chile y Estados Unidos - Política Exterior - Enclaves mineros - Conflicto de Tacna-Arica - Pan-Americanismo - Racismo - Caricatura - Prensa
Abstract
From 1900 onwards, Chileans increasingly experienced first-hand encounters with the business culture and products from the U.S. The fascination with modernity, reflected in these products, was widespread. However, at the same time, there remained a strong countercurrent that criticized the American way of life as a covert form of interventionism. In this article, I analyze how this reproach was complemented by the traditional stereotype of imperialism, widely spread among Chilean elites since the Spanish-American war of 1898. Throughout the 1920s, the circle of those who condemned U.S. foreign policy widened, and the negative judgment of the U.S. as usurper became central to the popular conception of the 'Yankee.' Consequently, criticism regarding the actions of the Americans in the mining enclaves converged with frustrating experiences in the context of bilateral relations and growing concern about Washington's superiority, a feeling experienced in Latin America and the rest of the world.
Keywords: Chile, History 1920-1933 - Anti-imperialism - Chile and the United States - Foreign Policy - Mining enclaves - Tacna-Arica Conflict - Pan-Americanism - Racism - Caricature - Press
Fecha de recepción: 09-05-2024 Fecha de aceptación: 27-12-2024
1.
A partir de 1900, los chilenos experimentaron en grado creciente encuentros de primera mano tanto con la cultura empresarial como con los productos de los EE.UU. La fascinación por la modernidad, reflejada en estos productos, estaba muy extendida. Para algunos chilenos, dicho deslumbramiento era expresión del "norteamericanismo", es decir, del intento por imitar lo mejor posible el American way of life. Pero al mismo tiempo, subsistfa una fuerte contracorriente que criticaba el estilo de vida estadounidense, pues veían en él una modalidad encubierta de intervencionismo.
Esta ambivalencia se expresa muy claramente en el sigulente poema de un Rubén Wico (verde) Dario con el titulo "A Sam (el tío ése...)"
¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría de llegar hasta tí, abusador!
¡Primitivo y moderno, sencillo y complicado
con un algo de ganster y cuatro de algo peor!
Eres los Estados Unidos, eres el actual invasor
de América ingenua que tiene muchas minas
que aun reza a Jesuscristo ? aün se compra un Ford.
(Topaze 29 de marzo de 1932:s.p.).
Obviamente es eso una parodia autocritica a la oda "A Roosevelt" de Rubén Darío de 1903. En la década de 1930, todo chileno ilustrado conocía la oda, una obra clave de la temprana corriente antiimperialista latinoamericana.
En el presente artículo voy a analizar cómo este reproche fue complementado con el estereotipo tradicional del imperialismo, ampliamente difundido entre las elites chilenas, a partir de la guerra sostenida entre España y Estados Unidos en 1898. Para ello, interpretaré fuentes de diversa índole, desde periódicos y caricaturas, hasta archivos de Chile y Estados Unidos.
Los años veinte fueron una época de gran crisis en Chile. Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, el sector económico más importante, la minería del salitre, entró en recesión. Nuevos grupos sociales presionaron para encontrar una solución a la cuestión social. En el plano interno, el estancamiento impedía las esperadas reformas. En 1924, los militares de Carlos Ibánez del Campo tomaron el poder mediante un golpe de estado. Las tensiones de política exterior con Perú y Bolivia se intensificaron. Al mismo tiempo, aumentó la influencia de Estados Unidos a través de inversiones directas, préstamos gubernamentales y negociaciones diplomáticas (Rinke 2007:77-88).
A lo largo de la década de 1920, el círculo de quienes condenaban la política exterior estadounidense se amplió y el juicio negativo sobre él como usurpador, se convirtió en el elemento central de la concepción popular del yanqui. De esta manera, las críticas sobre el proceder de los estadounidenses en los enclaves mineros convergieron con experiencias frustrantes en el marco de las relaciones bilaterales y con la preocupación por la superioridad de Washington, que se hacía sentir tanto en América Latina como en el resto del mundo.
2. La penetración económica
La crítica hacia la política estadounidense se basó desde fines de siglo XIX crecientemente, en la experiencia y percepción de una pénétration pacifique de los yanquis por medio del capital. Diversos observadores constataron que el plano económico de esta confrontación con el así llamado "imperialismo del dólar", estaba estrechamente unido a la preeminencia política de Estados Unidos. La penetración del dólar complementaba al imperialismo político al profundizar, a través del mismo, múltiples dependencias. En opinión de numerosos chilenos, la expansión de la zona de dominio del dólar no significaba más que una conquista paulatina de todos los recursos que el mundo podía ofrecer (Santelices 1930:150-151). La "conquista estadounidense del dólar" parecía haber desarrollado una dinámica propia e imparable. Muchos críticos coincidían en que justamente en ella residía la quintaesencia de la norteamericanización (El Diario llustrado 26 de mayo de 1929:10).
El imperialismo económico de Estados Unidos provocaba la atemorizante percepción de estar siendo absorbidos simplemente por los estadounidenses, lo que parecía tomar cuerpo en su política comercial. Ya en 1909, Tancredo Pinochet, había advertido en La conquista de Chile que el proteccionismo representaba una clave para el éxito estadounidense. Esta tesis fue formulada un poco más tarde en términos más negativos. El bienestar de Estados Unidos, así se decía con frecuencia, finalmente se basaba en la explotación de otros Estados por medio de la imposición de estándares, prácticas comerciales discutibles y un proteccionismo brutal. El alza gradual de los derechos de internación provocó indignación en Chile. A muchos chilenos les parecía como si los estadounidenses quisiesen proteger sus riquezas sobre la base de la creación de una muralla china (La Nación 13 de julio de 1929:s.p.). Las caricaturas expresaban esta idea en imágenes. En julio de 1929, el embajador de Estados Unidos comentó una de esas viñetas con las siguientes palabras:
İt is not to be taken as evidence of an aggressive attitude, but such front-page criticism impresses thousands of people - people who would never have read an article on tariffs. (Culbertson a Henry Stimson, Santiago, 23 de julio de 1929, Culbertson Papers, Library of Congress, Washington D.C., Estados Unidos).
En verdad, el amplio interés público que suscitó este tema no estaba vinculado a la cuestión de los impuestos en sí mismos, sino a la percepción de que Estados Unidos cometía, a través de ellos, una injusticia, lo que implicaba una amenaza. Esta percepción se instrumentalizó fácilmente. En efecto, el año 1926, un grupo de conocidos políticos intentó impedir la adjudicación de nuevos préstamos a bancos estadounidenses. Para ello alertaron contra el expansionismo de los yanquis apelando al sentimiento nacional. Algunos integrantes de este grupo, tales como Agustín Edwards Ross y Conrado Ríos Gallardo, agregaron a sus exigencias la necesidad de adjudicar los préstamos internacionales nuevamente a Inglaterra, lo que era comprensible en vista de sus intereses personales y relaciones comerciales preestablecidas. Sin embargo, a la mayoría de los chilenos Europa ya no les parecía equivalente a Estados Unidos (La Nación 9 de septiembre de 1926:3; La Unión 17 de septiembre de 1926:3; Valdivia 1929:249).
Según el punto de vista de muchos comentaristas, los enclaves mineros eran la expresión material más nítida del imperialismo estadounidense en Chile. Ya antes de la guerra, autores tan conocidos como Tancredo Pinochet y el novelista Baldomero Lillo, deploraron enfáticamente la explotación llevada a cabo por los extranjeros, tanto de las materias primas como de los trabajadores chilenos (Pinochet 1909:120-121; Lillo 1968:403). Durante la Primera Guerra Mundial las críticas se dirigieron en contra de Estados Unidos. La pregunta candente que se hacía era si acaso Chile se convertiría a largo plazo en el ámbito de alguna de las pequeñas repúblicas centroamericanas que debían lidiar con el intervencionismo directo de este país. El punto culminante se alcanzó con la adjudicación de la concesión para explotar el mineral de Chuquicamata, por lo que el gobierno fue pública y duramente criticado en mayo de 1915.
A raiz de ello, la revista ilustrada Zig-Zag insertö en la primera página de su recuento realizado para el año 1916, una imagen cuya fuerza sugestiva resultó ser emblemática durante varias décadas: los yanquis viajando satisfechos de vuelta a casa, tras haber concluido el trabajo anual y haber inaugurado un gran número de nuevas empresas, llevándose tanta cantidad de materias primas desde el norte chileno como les era posible de transportar. En el recuento, el año 1916, se estipuló como el momento del inicio de la expansión estadounidense en Chile.
Después de la Primera Guerra Mundial hubo cada vez más adherentes que percibían la expansión de los enclaves, como una amenaza para la soberanía nacional. El Departamento de Estado reconoció en un importante memorándum de 1930, las implicancias problemáticas que representaban las actividades de los consorcios en países como Chile:
Irrespective of the policy at Washington and the personality of statesmen, the operations of such enterprises ...create independent political interests in the territories subject to their economic operations which supplement and often determine official policy both at Washington and in the various Latin American capitals (Memorandum, Washington, 12 de enero de 1930, en 710.11/1518, Record Group 59, National Archives, Washington D.C.).
Desde el punto de vista chileno estos "intereses políticos independientes" constituían una fuerte amenaza, lo que tampoco fue subvalorado por las elites de Santiago, tradicionalmente cooperadoras con los capitales extranjeros. El Ministerio de Relaciones Exteriores chileno comprendió, dos años antes que el Departamento de Estado, el riesgo que implicaba el intervencionismo extranjero en los enclaves:
Otra forma de intervención más moderna es la que resulta de la explotación de materias primas y recursos naturales. Las grandes potencias industriales miran a la América Latina como "países de reserva" bajo aquellos dos aspectos; y de ello se deriva una lucha de intereses que convierte a ciertos países en objeto de una peligrosa política de rivalidades (Ministerio de Relaciones Exteriores a la Embajada de Chile en Washington, "Instrucciones", Santiago, 30 de enero de 1928, en Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, 1137).
El informe de la cancillería reflejaba opiniones ampliamente conocidas y aceptadas. De hecho, autores como Augusto Santelices, Ricardo A. Latcham, Eulogio Gutiérrez y Marcial Figueroa, no sólo eran exitosos porque describían las malas condiciones de vida de los trabajadores, sino porque atacaban el imperialismo yanqui en los enclaves. Este concepto ingresó también a la literatura a través de la novela Camalavaca de Andrés Garafulic. Este libro fue elogiado como "la gran novela del norte" porque atacaba la supuesta traición de las elites chilenas, que habían vendido las riquezas nacionales a los yanquis (Latcham 1932:195-197). La imagen del yanqui codicioso, no sólo encontró difusión en todo Chile a través de la literatura sino, también, en coplas coloquiales y en versos de cantores itinerantes (Vial 1986:179-182).
Esta opinión se validó aún más cuando los estadounidenses pusieron supuestamente bajo su control a regiones completas y las desnacionalizaron. Durante una estadía en Iquique, Enrique Molina comprobó que toda la vida comercial de la ciudad estaba en manos de extranjeros. Este tipo de percepciones se convirtieron en la base de teorías de conspiración, según las cuales los yanquis deseaban dominar estratégicamente, en largo plazo, la produccién de todas las materias primas del país. Los simpatizantes de esta teoría confirmaron sus sospechas después de que los estadounidenses acaparasen no sólo la economía del cobre, sino que, también, la del salitre. Esto significaba, tal como apuntaban los críticos, la liquidación del futuro de Chile en manos de "extranjeros, que ni siquiera nos conocen" (Viviani 1926:98). Que estos extranjeros construyesen un Estado dentro del Estado, cual modernos conquistadores, y que instalasen allí sus propias reglas por encima de las leyes chilenas, no podían aprobarlo ni siquiera los chilenos que simpatizaban con los estadounidenses (Molina 1920:10; Justicia 8 de mayo de 1925:1; Durán 1919:11-18; Viviani 1926:99).
Los críticos más recalcitrantes del imperialismo formaban parte de los conservadores tradicionales, los nacionalistas de derecha o los radicales de izquierda. Autores y caricaturistas de estas corrientes de pensamiento que publicaban sus colaboraciones en periódicos y revistas como El Sur, La Unión, El Diario Ilustrado, Justicia o El Despertar de los Trabajadores, utilizaban frecuentemente un lenguaje repleto de metáforas y símbolos, cargando así de emoción las acusaciones contra los yanquis. Desde el punto de vista de estos críticos radicales, los estadounidenses eran bandidos despreciados en Chile y por los chilenos. Norteamericanización significaba, para ellos, tan sólo el sometimiento del país bajo el yugo de los yanquis, quienes se servían para ello de todos los medios posibles, ya fueran formales o informales. El obispo Gilberto Fuenzalida calificó a los misioneros protestantes como la vanguardia de la penetración capitalista en Chile, por parte de los Estados Unidos (Embajada de Estados Unidos a Secretary of State, Santiago, 27 de enero de 1931, anexo: Gilberto Fuenzalida, "The Protestant Invasion in Latin America and especially in Chile", en 825.404/8, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU.)"
Los comunistas llegaron a conclusiones similares; sin embargo, en contraposición a la derecha, las utilizaban para exigir un cambio revolucionario del orden social. En su "Manifiesto al proletariado sudamericano" de 1922, La Federación Obrera, periódico del movimiento obrero comunista, enfatizó el ascenso de Estados Unidos al "centro del mundo del imperialismo capitalista". El manifiesto llamaba a los trabajadores de América Latina, tanto de las ciudades como del campo, a la solidaridad hemisférica en contra del imperialismo (La Federación Obrera 6 de enero de 1922:4). Se lamentaba de la falta de patriotismo de parte de las elites, que habían vendido Chile a los intereses extranjeros y que luego se quejaban de problemas que habían sido creados por ellos mismos (Federación Obrera 14 de julio de 1922:1; El Despertador de los Trabajadores 31 de marzo de 1926:2; Justicia 17 de agosto de 1926:1).
Los nacionalistas, por su parte, podían adherirse sin problema a estas críticas, pero posicionados desde una trinchera ideológica completamente diferente. Desde su perspectiva, también había sido la oligarquía tradicional la culpable de los problemas existentes, ya que ellos habían vendido al país. Según ellos, ciertos integrantes de esa oligarquía -supuestamente personajes corruptos como Agustín Edwards McClure (Gutiérrez 1926:87)- habían invertido su dinero en el extranjero y estaban estrechamente vinculados con los yanquis. Responsabilizaban a toda una red compuesta de jueces, abogados, políticos, policías y periodistas venales de la penetración extranjera en Chile (Latcham 1926:18 y 40-46; Montenegro 1934:36-37). Así como en el irónico poema citado al inicio de este apartado -que se apoyaba directamente sobre la conocidísima "Oda a Roosevelt", de Rubén Darfo-, en aquellos análisis también se expresaba una autocrítica. El autor anónimo de la revista de sátira política Topaze hacía responsables, conjuntamente, a los ingenuos chilenos y latinoamericanos de haber permitido la invasión imperialista. El escritor nacionalista Joaquín Edwards Bello resumió esta posición: "La invasión norteamericana en nuestra América es facilitada por nuestros vicios, por nuestra cobardía y nuestra inmensa venalidad" (La Nación 27 de septiembre de 1923:3; Edwards 1925:39-40).
Los "tentáculos del imperialismo estadounidense" eran frecuentemente atacados por quienes tenían interés en criticar el sistema político y la distribución del poder. La acusación de colaboración con el capital yanqui se convirtió en un poderoso argumento político en la lucha diaria. Los partidos extremistas y los movimientos, tanto de izquierda como de derecha, pero también nacionalistas, conservadores y liberales de izquierda moderados, podían utilizarla para criticar al gobierno y a las capas dirigentes de la economía, y también para desacreditar a opositores políticos. En este sentido, el concepto de la "penetración" económica de los yanquis, no sólo era temido sino que, también, apreciado. Así, la dramatización del "peligro yanqui" de ninguna manera se mantuvo restringida al aspecto económico.
3. Percepciones de tutelaje político
En uno de los artículos de la colección de ensayos El nacionalismo continental publicada por Joaquín Edwards Bello, éste afirmó lacónicamente: "El dólar precede a la política. Así avanza el Norte..." (1925:43). Cuando los chilenos analizaban sus relaciones políticas con el gran vecino del norte, esta tesis parecía confirmarse. Acá interesan las percepciones que habían en torno a la relación entre Chile y Estados Unidos, ya que eran base y parte integrante de los reproches al imperialismo.
A partir de 1898 las relaciones con Washington causaron reiterados disgustos en el público chileno interesado en la política. La cooperación entre ambos países en sus sucesivas fases, respondía a consideraciones esencialmente oportunistas. Ésta fue ensombrecida por el intervencionismo, por las pretensiones de primacía de Estados Unidos en los países del centro y sur de América y por la oferta de mediación en las negociaciones de Chile con sus vecinos, que fueron percibidas como una intromisión. La desconfianza y el temor frente al "peligro yanqui" crecieron también en el ámbito político. Destacados diplomáticos y políticos hablaban del "descarado y abierto imperialismo" de los yanquis (Embajada de Chile al MRE, 19 de enero de 1914, en AMRE, tomo 480). Durante la Primera Guerra Mundial se originaron adicionales conflictos potenciales y siguieron aumentando las posiciones políticas en contra de Estados Unidos. Esto, a pesar de que El Mercurio -cuyo propietario, Agustín Edwards, mantenía estrechas relaciones con Inglaterra-, realizaba una campaña a favor de la causa de los aliados. En opinión de críticos conservadores, la posición neutral de Chile era una respuesta consecuente frente a las pretensiones de Estados Unidos (Gallardo 1917:х!; Embajada de Chile al MRE, Washington, 5 de octubre de 1917, en Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, tomo 613).
Luego del fin de la guerra muchos críticos, como el recién elegido presidente Arturo Alessandri Palma, cambiaron rápidamente de opinión. Así se llegó, por parte del gobierno chileno, a la ya descrita campaña de buena voluntad, atribuible al interés por conseguir préstamos en dólares y por lograr una mediación positiva en el conflicto de Tacna y Arica (Pike 1963:158-159). Otra causa que explica este cambio de disposición fue la difundida opinión de que Estados Unidos se había convertido para siempre en potencia hegemónica (El Diario Ilustrado 26 de noviembre de 1919:3; El Mercurio 7 de noviembre de 1920:3; La Unión Valparaíso 11 de noviembre de 1927:1; Varas 1923:255). La imagen de un país juvenil y fuerte, que dictaba el destino del mundo, cobró relevancia política en Chile, pues contribuyó a difundir la convicción de que la cooperación con el vecino del norte era inevitable. Ernesto Montenegro resumió este estado de ánimo: "...la palabra del Presidente americano resuena por el mundo con la vibración de una voz cósmica... Y el mundo le oye ansioso, inquieto o jubilante..." (Montenegro 1934:241)
Los chilenos querían ser parte de aquéllos que tenían motivos para estar jubilosos.
Tras la guerra hubo varios intentos por mejorar las relaciones entre Chile y Estados Unidos. Una escuadra de buques de guerra estadounidenses visitó en 1921 los puertos chilenos y fue recibida efusivamente. Esta visita se interpretó como la demostración de una nueva calidad en las relaciones entre ambos países (El Diario Ilustrado 1 de febrero de 1921:3; Zig-Zag 12 de febrero de 1921:s.p.; Embajada de Estados Unidos a Secretary of State, Santiago, 2 de febrero de 1921, en 825.00/188, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU). En el plano oficial, tanto Arturo Alessandri Palma, como Carlos Ibáñez se esforzaron por mantener una buena relación con Washington. Debido a esto, Arturo Alessandri Palma gozó de la fama de ser un verdadero amigo de Estados Unidos (Embajador de Estados Unidos a Secretary of State, Santiago, 24 de septiembre de 1924, en 825.00/310, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU), por lo que más tarde -ya bajo el gobierno de Carlos Ibáñez-, los funcionarios del State Department calificaron las relaciones con Chile como ejemplares. Alcanzaron su punto culminante cuando el embajador Carlos Dávila, pronunció en Estados Unidos un discurso, publicado luego con el título North-American Imperialism, que llamó la atención por su contenido pro-estadounidense (Agregado militar norteamericano al War Departament, Santiago, 14 de julio de 1930, en 711.25/65, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU; Sucesos 7 de agosto de 1930:X; Departament of State, circular, Washington, 4 de noviembre de 1930, en 711.25/66A, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU).
Detrás de esta fachada se ocultaba un fuerte potencial de conflictos. Los actores de la política exterior chilena, una y otra vez, se sentían heridos en su orgullo por las actitudes de Estados Unidos (Zig-Zag 27 de marzo de 1920:s.p.). La más pequeña irritación podía gatillar la acusación de imperialismo. Esto sucedió también cuando las relaciones entre Washington y Santiago, se resintieron considerablemente durante el conflicto territorial por Tacna y Arica, sostenido entre Chile y Perú/ Bolivia. Desde un comienzo los medios chilenos siguieron con gran atención las disputas. Inicialmente se esperaba que, tal como había ocurrido hasta la fecha, Estados Unidos compartiese la postura de rechazo de los chilenos a la mediación forzosa en caso de ocurrir conflictos internacionales. En este sentido, la no suscripción del tratado de paz de Versalles por parte de Estados Unidos, fue evaluada como un signo positivo. Por eso, cuando las presiones peruanas hicieron imposible obviar la mediación, los chilenos propusieron a Estados Unidos como árbitro (El Diario Ilustrado 23 de noviembre de 1919:7; El Mercurio 3 de diciembre de 1919:3; Eliodoro Yáñez, "Informe", en Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, tomo 743. Sobre la propaganda peruana, véase Embajada de Chile al MRE, 1 de febrero de 1919, en Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, tomo 743).
La mediación de este país estuvo marcada desde un comienzo por una mala estrella. Para las elites y para otras capas de la sociedad chilena el problema era un asunto de prestigio, pues no se podía renunciar sin luchar a las conquistas de la Guerra del Pacífico. Voces habitualmente moderadas se mostraron sensibles en la cuestión de Tacna y Arica. No fue sorprendente que los sentimientos antiestadounidenses aflorasen reiteradamente en la primera fase del proceso de mediación, entre 1919 y 1925. Esto se hizo visible ya en marzo de 1920, con motivo de una gestión realizada por Washington, que conminaba a los tres adversarios -Chile, Perú y Bolivia-, a abstenerse de recriminaciones mutuas. Lo que escandalizó fue no tanto el tono imperativo proveniente de Washington, sino la percepción de que se considerase a Chile a una misma altura que a sus vecinos, a quienes los chilenos juzgaban como incivilizados y "racialmente" inferiores (El Sur 31 de marzo de 1920:1). Pese a todo, a la mayor parte de los comentaristas les parecía indispensable contar con la cooperación de los yanquis, especialmente si se tenía en cuenta la conferencia de 1922 en Washington (El Sur 6 de septiembre de 1922:3).
Por esta razón, hubo posteriormente preocupación por poner buena cara al mal tiempo. Así, por ejemplo, el presidente de la comisión mediadora, el general John J.P. Pershing, fue recibido cordialmente (La Nación 7 de enero de 1925:3). El cálculo pareció haber dado resultados cuando el presidente Calvin Coolidge, fijó en marzo de 1925 un plebiscito, lo que coincidía con las aspiraciones del Ministerio de Relaciones Exteriores chileno. En vista de ello, El Mercurio elogió efusivamente la mediación de los yanquis como verdaderamente imparcial y provista de una visión de largo plazo. Como acto simbólico de agradecimiento, el día nacional de Estados Unidos, el 4 de julio, fue declarado también festivo en Chile, con lo cual las celebraciones oficiales se prolongaron por dos días (El Mercurio 10 de marzo de 1925:3). Sin embargo, el entusiasmo resultó de nuevo prematuro y se convirtió en odio al surgir problemas durante la preparación del plebiscito. A los yanquis se les echó en cara tener preferencia unilateral por la parte peruana y menosprecio por los legítimos intereses chilenas. El otrora diplomático Conrado Ríos Gallardo solicitó abortar las negociaciones para resguardar la dignidad nacional (La Nación 12 de junio de 1926:3; El Mercurio 3 de diciembre de 1925:3; Las Últimas Noticias 4 de julio de 1926:29).
Durante esta fase, la prensa evocó el recuerdo de antiguas tensiones habidas con Estados Unidos. Así, el papel de ese país en el término de la Guerra del Pacífico se presentó como ejemplo palpable de su menosprecio hacia Chile. John J.P. Pershing y su sucesor William L. Lassiter, eran descritos como portadores de esta tradición. Agustín Ross, comentarista del influyente diario La Unión, alertaba, una y otra vez a sus lectores, sobre la falta de formalidad de parte de los estadounidenses (Zig-Zag 31 de julio de 1926:s.p.; El Mercurio 13 de junio de 1926:9). Cuando William Lassiter hizo interrumpir los preparativos para el plebiscito y responsabilizó de ello a los chilenos, se desató una tormenta de indignación (El Mercurio 17 de junio de 1926:3; El Diario Ilustrado 18 de junio de 1926:3; Embajada de Estados Unidos a Secretary of State, Santiago, 31 de marzo de 1927, en 710.11/997, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU.). Fue común echarle en cara a los mediadores estadounidenses que eran unos incompetentes. El presidente Arturo Alessandri Palma llegó a declarar que Estados Unidos era una nación de gigantes gobernada por pigmeos (Pike 1963:398).
Los sentimientos antiestadounidenses en ningún caso se restringieron a las opiniones de las capas políticas dirigentes, afirmaciones que eran reproducidas en la prensa. Numerosos chilenos, provenientes de todas las clases sociales, firmaron peticiones en las que se ofrecían para defender el territorio nacional con su propia sangre y en las que rechazaban, vehementemente, la cesión de la más mínima parte de la zona en disputa (Pike 1963:219). William Lassiter y sus hombres fueron amenazados e insultados en la zona del plebiscito. En la prensa local del norte, la agitación era especialmente fomentada. Recurriendo a viejos estereotipos se mostró nuevamente a Estados Unidos como un país inmoral, en el que el materialismo, los divorcios y los delitos estaban a la orden del día (La Aurora 15 de junio de 1926:1; La Aurora 16 de junio de 1926:1). El rumor de que Estados Unidos quería anexarse, él mismo, esas provincias se difundió rápidamente (El Mercurio 18 de junio de 1926:1; El Industrial 19 de agosto de 1927:1; Teniente Griswold a coronel Parker, Tacna, 6 de marzo de 1926, en 305A, Information Reports, Tacna-Arica-Arbitration, Record Group 76, National Archives, Washington D.C., EE.UU).
Las actitudes críticas contemporáneas en contra de ese país quedaron reflejadas en innumerables caricaturas, que se podían ver en las portadas de revistas tan populares como Corre Vuela, Sucesos o Zig-Zag. Con un buen olfato para detectar el estado emocional de los chilenos, los dibujantes mostraban, una y otra vez, a un tío Sam que, o bien robaba él mismo las provincias, o se dejaba enganchar por el astuto peruano, pasando a llevar a los pobres y honestos chilenos (Las Últimas Noticias 28 de junio de 1926:1; Corre Vuela 3 de noviembre de 1925:s.p.; Sucesos 24 de junio de 1926:s.p.). El denominador común de estas caricaturas era, junto con una rotunda desvalorización racista de Perú y Bolivia, la representación del tío Sam como una figura imperialista, codiciosa y fea. Imágenes como estas no solo impregnaron al público lector, sino también, a los chilenos de las más diversas clases sociales. Así, las emociones negativas hacia los yanquis, evocadas durante la campaña en torno a la cuestión de Tacna y Arica, no pudieron simplemente volver a archivarse. Ello tampoco fue posible cuando la parte chilena decidió transigir y sentarse nuevamente a la mesa de negociaciones. Cuando finalmente se encontró una solución diplomática, el dictador Carlos Ibáñez cosechó los elogios, mientras que para la opinión pública chilena los estadounidenses continuaron siendo los chivos expiatorios (Embajada de Estados Unidos a Secretary of State, Santiago, 9 de junio de 1927, en 825.00/515, Record Group 76, National Archives, Washington D.C., EE.UU.; Embajada de Chile al MRE, 1 de agosto de 1927, en Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, tomo 1092; Embajada de Estados Unidos a Secretary of State, Santiago, 4 de septiembre de 1929, en 825.00/472, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU.).
La coyuntura en la que se producían los lemas antiestadounidenses dependía esencialmente de la situación política interna de Chile. Como esta tuvo fases muy inestables entre 1900 y 1930, la posición de Estados Unidos y su tarea de mediación no fueron algo envidiable. Estados Unidos había escogido esa función, pues quería demostrar su fuerza de liderazgo dentro del hemisferio occidental. Ya desde el decenio 1920 se vio, sin embargo, que la inestabilidad política en Chile podría traer consecuencias negativas. El temor frente al yanqui imperialista podía ser movilizado con facilidad para distraer la atención de la problemática situación de la política interna chilena y para alcanzar logros en la política exterior. Los sentimientos de la propia impotencia e inferioridad, representaron ciertamente en el Chile de esa época, un papel importante en la creación de posiciones antiestadounidenses. Debido a la ampliación de la base de participación política y a la utilización de representaciones gráficas, estas emociones se convirtieron en un fenómeno muy extendido.
4. La crítica al intervencionismo en América Latina
La mediación de Estados Unidos en la cuestión de Tacna y Arica se fundaba sobre su propia pretensión de liderazgo dentro del hemisferio occidental, aspiración legitimada por la doctrina Monroe y sus diversos agregados posteriores. Desde la perspectiva de los chilenos críticos a Estados Unidos, éste deseaba atraer hacia su causa a toda América Latina bajo el lema del nuevo panamericanismo, que prometía la cooperación entre las Américas (Rinke 2014:82-88), pero que beneficiaba unilateralmente sus propios intereses económicos. Ya se mostró la importancia que tuvo la política estadounidense respecto de América Latina para las relaciones entre Washington y Santiago (desde 1900 hasta 1930). Ya antes de la Primera Guerra Mundial esta política suscitó fuertes críticas, las que aumentaron de manera continua hasta el estallido de la crisis financiera mundial.
Cuando el ex presidente Theodore Roosevelt visitó Chile en 1913, las discusiones en torno al panamericanismo y a la doctrina Monroe, ya tenían una tradición en Chile. Tancredo Pinochet calificaba la doctrina como esencialmente defensiva y pensaba que, por ello, calzaba con los intereses de Chile. Los críticos coincidían, en cambio, mayoritariamente en que se trataba de una declaración unilateral. Desde la guerra entre España y Estados Unidos cada vez más chilenos habían llegado a la conclusión de que la doctrina, al igual que la retórica idealista del panamericanismo, eran un instrumento de la expansión económica estadounidense (Pinochet 1909:55; Pérez Canto 1919:295). Los agregados que se le hicieron durante el siglo XX produjeron especial rechazo, ya que los chilenos se percibían a sí mismos como habitantes de un país con una cultura igual, o incluso superior, a la de los yanquis. No fue otra cosa la que expresó abiertamente el escritor y diplomático Marcial Martínez en su discurso de bienvenida a Theodore Roosevelt en la Universidad de Chile, irritando con sus palabras al invitado (Martínez 1919:288; La Unión 23 de enero de 1928:3; Álvarez 1924:12).
Poco tiempo después pareció que la retórica de Woodrow Wilson prometía imprimirle un nuevo espíritu a las relaciones interamericanas. Sin embargo, ya durante la guerra, la política que mantuvo Estados Unidos hacia México mostró, según el punto de vista de los observadores chilenos, que esa esperanza era ilusoria. Con disgusto se dieron por enterados de que la interpretación unilateral de la doctrina, al arbitrio de Washington, no se había modificado en absoluto después de la guerra, cuando los Estados latinoamericanos se habían convertido en miembros de la Liga de las Naciones (Zig-Zag 23 de diciembre de 1916:s.p.; La Nación 9 de marzo de 1920: 3; La Unión 27 de noviembre de 1920:1). Así, un comentarista de La Nación constató con frustración, en 1929, que la doctrina Monroe podía ser simultáneamente una declaración pacifista, un pretexto para la intervención militar y una promesa de protección frente a agresiones extranjeras (La Nación 3 de noviembre de 1920:3).
Mientras el año 1923 sesionaba en Santiago la V Conferencia Interamericana, existía una esperanza de que se produciría un cambio en vista de la debilidad de Europa. En el año del centenario de la doctrina Monroe en América Latina se deseaba una señal generosa de parte de la política exterior estadounidense. Los discursos del Secretario de Estado, Charles E. Hughes en Santiago, en realidad despertaron desilusión y una abierta crítica, pues no sólo significaban una negativa a las reformas, sino un paso atrás hacia la era de la diplomacia del big-stick. Los comentaristas chilenos atacaron con más claridad que nunca antes, el carácter unilateral de la doctrina, así como el derecho autoasignado de "proteger" a las repúblicas latinoamericanas (La Nación 1 de septiembre de 1923:3; Hughes 1924:109-134; El Mercurio 2 de diciembre de 1923:3; La Nación 2 de diciembre de 1923:3)%
Un análisis de los comentarios chilenos sobre la doctrina Monroe, durante la década siguiente a la guerra, muestra que reflejaban esencialmente dos corrientes. En el campo de los moderados, quienes reconocían la doctrina Monroe en virtud del destino común de América, había expertos como Alejandro Álvarez, que eran de la opinión de que sólo por consideraciones comerciales era imposible un completo aislamiento respecto de Estados Unidos (Pike 1963:220-224). No obstante, era necesario reducir la doctrina а su sentido defensivo original y encontrar una nueva base de cooperación (La Nación 4 de abril de 1920:9; Molina 1925:168-172; Edwards 1923:6-7 y 32; El Diario llustrado 29 de abril de 1930:3). El sector de los radicales, entre quienes figuraba, por ejemplo, Tancredo Pinochet, rechazaba por principio la validez de la doctrina Monroe en vista del fin del peligro europeo. Sin esta amenaza, la doctrina era un riesgo para la soberanía de América Latina. Augusto Santelices dudaba de que ella, alguna vez, hubiese tenido alguna dimensión no imperialista. Según su parecer desde un comienzo había sido sólo un pretexto para las agresiones contra los países del sur (Santelices 1930:142-150; Escobar 1920:283-294; Claridad 16 de octubre de 1920:10; Pinochet 1909:14-15; Pinochet 1918:14; Valdivia 1929:211). Los críticos coincidían en opinar que desde la independencia la consigna "América para los americanos" había adquirido un nuevo significado y que reflejaba la transformación semántica del concepto "América", el cual ya sólo se utilizaba para la porción norte del continente doble. Así, el go West se había convertido en go South (Valdivia 1929:14).
Cuantas más veces interviniese Estados Unidos en forma desconsiderada, mayor difusión alcanzarían las voces críticas. Las numerosas agresiones habían mostrado que las ideas de Woodrow Wilson sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos eran pura retórica. Durante la década de 1920 pareció que el cinismo de los yanquis crecía aún más, pues mientras llamaban en el marco panamericano a la hermandad, en la práctica ocupaban con sus tropas gran parte de Centroamérica. Por ello, a muchos observadores les pareció que el panamericanismo era un lema vacío, que despertaba falsas esperanzas (Valdivia 1929:249).
Los comunistas chilenos dieron un paso más allá y fustigaron el panamericanismo como parte de la estrategia para corromper a las capas altas latinoamericanas. Los nacionalistas adhirieron a este punto de vista y criticaron a las capas gobernantes, las que tradicionalmente habían aceptado la penetración de Estados Unidos en América Latina y la doctrina Monroe. Esto fue interpretado como signo de la debilidad y corruptibilidad de las clases altas latinoamericanas (El Despertador de los Trabajadores 14 de julio de 1926:1; Cruz Ocampo 1924:433-435). Únicamente un frente común latinoamericano en contra de los usurpadores podría poner remedio a esa situación. Los nacionalistas insistían por lo mismo, que era recomendable alejarse del bello y espiritual esteticismo de un José Enrique Rodó o un Rubén Darío, para dedicarse en todo caso a las cuestiones de la política real, en el marco de las relaciones interamericanas. Hacía falta construir los "Estados Unidos de Sudamérica" de acuerdo con el exitoso modelo del norte (Seoane 1930:294).
Los críticos nacionalistas formaban parte de una nueva elite intelectual, cuyos integrantes eran comparativamente más jévenes y la mayoría provenía de la nueva clase media urbana. Esta agrupación no se reducía a Chile, sino que constituía una república transnacional de sabios, cuyo denominador común era un antiimperialismo más o menos pronunciado. Joaquín Edwards Bello calificó este movimiento de "nacionalismo continental", e invocó la herencia común española y profetizó -de acuerdo con las ideas de Oswald Spengler- un futuro positivo para América Latina (Edwards 1925:39; Picón 1931:27; Rinke 2002:119-137). La poetisa Gabriela Mistral -quien conocía Estados Unidos personalmente- constituía una voz moderada dentro de este coro. Llamó al gobierno estadounidense a modificar su actitud fundamentalmente imperialista, antes de que fuese demasiado tarde y se difundiese un antinorteamericanismo en América Latina de forma global (Mistral 1927:14). Llamados similares realizados por sus colegas literarios fueron seguidos atentamente por los medios chilenos. Las prominentes revistas culturales Revista Chilena y Atenea, reseñaron numerosas obras de reconocidos autores latinoamericanos y españoles que criticaron a los estadounidenses. El 4 de julio de 1927, la Universidad de Chile, junto con otras universidades, inauguró un ciclo de conferencias cuyo foco temático fue el imperialismo en América Latina, a través del cual quería llamar a la juventud latinoamericana a solidarizar contra el gigante del norte (Ugarte 1923: Las Ultimas Noticias 3 de junio de 1927:10; Araquistain 1921:180-187; Ghiraldo 1929).
Esas medidas extraordinarias tomadas por parte de los intelectuales, se debían al renovado estado de gravedad alcanzado por los acontecimientos en Centroamérica. Si la oligarquía chilena mostraba en principio comprensión hacia Estados Unidos, porque procuraba el establecimiento del orden en las inestables y "racialmente inferiores" repúblicas centroamericanas, los nacionalistas y otros críticos discrepaban de esta posición. En opinión de estos últimos, en Centroamérica y en el Caribe, aquella nación mostraba su verdadera cara y ambicionaba el dominio colonial (Molina 1920:49; El Diario Ilustrado 24 de agosto de 1919:1; El Diario Ilustrado 4 de septiembre de 1931:3). La intervención en Nicaragua de 1927 y 1928, pareció corroborar esas voces. Cuando en enero de 1928 los estadounidenses intervinieron a gran escala militar en la región, hubo consenso en Chile de rechazar el acto. El diario La Nación, que había sido recientemente comprado por el gobierno, se sumó a los comentarios antiimperialistas. Desde el punto de vista chileno, Estados Unidos violaba con estos actos el derecho internacional y despreciaba la soberanía de Nicaragua. Parecía confirmarse la tesis según la cual se afirmaba que el panamericanismo había sido siempre, más bien, un velo deshilachado expuesto al intervencionismo. Nicaragua, y en esto existía acuerdo, podía representar un presagio del destino que, tarde o temprano, caería sobre el resto de los países de Sudamérica (El Mercurio 6 de enero de 1928:3; La Nación 12 de enero de 1928:3; El Mercurio 20 de enero de 1928:3).
La izquierda y la derecha nacionalista comenzaron rápidamente a glorificar a Sandino como héroe romántico y "orgullo de la raza latina" (Las Ultimas Noticias 11 de enero de 1928: 3). La opinión pública demandaba tanto la solidaridad de Chile con Nicaragua, como una protesta oficial. Los comunistas chilenos ingresaron ala Liga Antiimperialista de las Américas, con sede en México y financiada por el Komintern. Personajes nacionalistas, como Gabriela Mistral, pedían formar una legión hispanoamericana pro Nicaragua (La Unión 9 de enero de 1928:3; Justicia 17 de enero de 1927:1). Fueron nuevamente las caricaturas de la época, las que representaron más claramente el disgusto con el País del Norte. El tío Sam volvió a aparecer frecuentemente como una figura provista de un "gran garrote". También encontró amplia difusión el concepto de la violación de la joven Nicaragua por parte del astuto tío Sam (Corre Vuela 25 de enero de 1927:s.p.; Sucesos 19 de enero de 1928:s.p.; Zig-Zag 3 de marzo de 1928:s.p.).
Los críticos chilenos, sin embargo, consideraban que Nicaragua sólo representaba la punta del iceberg del imperialismo. Establecían comparaciones entre el antiguo imperialismo romano y el nuevo imperialismo yanqui. Parecía como si Estados Unidos quisiese erigir un imperio (Atenea 1/1924:415-418). Cuando se reunió la VI Conferencia Interamericana en La Habana, unos meses después de la invasión a Nicaragua, la crítica internacional alcanzó su punto culminante. En ese momento, la retórica de la solidaridad panamericana le pareció hueca a la mayoría de los chilenos que se interesaban en política. Ambas cámaras del Congreso Nacional atacaron fuertemente el imperialismo у redactaron declaraciones de solidaridad para las repúblicas hermanas latinoamericanas amenazadas por Estados Unidos. La idea de un frente antiimperialista latinoamericano tomó forma en ese momento (Cámara de Senadores de Chile 1928:683688; Cámara de Diputados de Chile 1928:1472-1486).
La viabilidad de esta idea era, sin embargo, más que dudosa, pues la delegación estadounidense en La Habana trabajó hábilmente en el bloqueo de un frente antiestadounidense. Sacaba provecho de que algunas delegaciones latinoamericanas, ante la posibilidad de un abierto enfrentamiento retrocederían por consideraciones diplomáticas. Para el caso chileno, la aún inconclusa cuestión de Tacna y Arica, constituía un freno. En La Habana se produjeron, pese a todo y por primera vez, debates intensos y controvertidos respecto de asuntos tales como el derecho de intervención, la mediación forzosa en caso de ocurrir conflictos internacionales y en relación con el conflicto en Nicaragua. El secretario de Estado Charles Evans Hughes logró impedir un escándalo en el último momento. Así, el comentarista de La Unión estaba en lo cierto cuando al comienzo de la conferencia profetizó que los diplomáticos nuevamente no llegarían a resolución alguna y que "en el país de Sandino" seguirían explotando las "bombas de los aviones" (La Unión 28 de enero de 1928:3; La Unión 17 de enero de 1928:3; El Mercurio 24 de enero de 1928:3). Mientras que la capa dirigente chilena, incluyendo al dictador Carlos Ibáñez, estaba satisfecha con el resultado de la conferencia, la excitada opinión pública estaba extremadamente decepcionada y criticaba la posición ambivalente de las elites latinoamericanas.
La Habana se convirtió en un punto de inflexión de la política estadounidense hacia América Latina. En Estados Unidos, diplomáticos y grupos económicos de poder reconocieron que la crítica antiimperialista había alcanzado niveles peligrosos en la región. A esto se agregaba la crítica antiimperialista interna, que tuvo relevancia gracias a intelectuales como Samuel Guy Inman о Leo Rowe, alcanzando gran repercusión también en Chile (Cruz 1924:124-135; El Diario Ilustrado 29 de de 1920:3). Los críticos encontraron tribuna en revistas en español editadas en Nueva York, como La Nueva Democracia e InterAmerica. Esto acarreó grandes disgustos en el terreno de la diplomacia estadounidense, pues como consecuencia, se palpó un aumento del antiimperialismo. Hacia fines de la década de 1920 la crítica se hizo tan vehemente, que pareció ineludible la realización de un cambio en la política hacia América Latina (Embajada de Estados Unidos a Secretary of State, Santiago, 22 de agosto de 1930, en 710.11/1472, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU.; Sharbach 1993:47-80; Park 1995:100-131).
La visita a Chile del presidente Herbert Hoover a fines de 1928, fue interpretada como un primer paso en esa dirección. En términos oficiales, la relevancia de la presencia de Herbert Hoover fue destacada mediante el ceremonial. Por otra parte, la prensa se abstuvo temporalmente de realizar comentarios antiestadounidenses. Herbert Hoover fue considerado, desde el fin de la guerra, como el prototipo del ejecutivo yanqui, que gozaba en Chile de gran prestigio, siendo recibido como un digno representante de su país. El régimen de Carlos Ibáñez aprovechó la ocasión para referirse a sus propios logros económicos, los que en último término se debían a su estrecha colaboración con Estados Unidos. La llegada del Presidente fue signo de esperanza para el público interesado en política, en cuanto a que se abriría una nueva fase en el ámbito de las relaciones interamericanas (El Mercurio 10 de diciembre de 1928:3; La Nación 10 de diciembre de 1928:3; Zig-Zag 8 de diciembre de 1928:s.p.; El Diario Ilustrado 10 de diciembre de 1928:15; La Nación 13 de diciembre de 1928:5; El Diario Ilustrado 26 de diciembre de 1928:3). A pesar de toda la simpatía que se le tenía a Herbert Hoover, en Chile seguía existiendo un fuerte escepticismo.
La profunda transformación en la política estadounidense que se dejaba ver en el memorándum de Joshua Reuben Clark de 1930, en relación con la doctrina Monroe, pasó en gran parte inadvertida en Chile, justamente a raíz de ese recelo (Embajada de Estados Unidos a Secretary of State, Santiago, 11 de marzo de 1930, en 710.11/1412, Record Group 59, National Archives, Washington D.C., EE.UU.). Cuando un año más tarde el nuevo secretario de Estado, Henry Stimson, anunció una interpretación renovada de la doctrina, esta tampoco llamó la atención de la prensa chilena. Recién al vislumbrar el alcance que implicaban los cambios, fue aplaudida la así llamada doctrina Stimson. Según El Mercurio, el memorándum de Henry Stimson era la mejor medida que se había tomado hasta entonces, para sacar a las relaciones interamericanas de la crisis en que se encontraban atascadas y para recomponer el prestigio de Estados Unidos en América Latina (El Mercurio 10 de febrero de 1931:3; El Mercurio 21 de abril de 1931:3; El Mercurio 8 de enero de 1931:3; El Mercurio 3 de mayo de 1931:9). En opinión del comentarista, sólo faltaba la renuncia total y explícita al derecho de intervención y establecer un nuevo enfoque de la política que pusiera un mayor peso en proyectos de desarrollo. Cuando se celebró el día 14 de abril de 1931 por primera vez en Chile, el Día Panamericano, los optimistas opinaban sobre la posibilidad de iniciarse una nueva era de relaciones amistosas entre el norte y el sur de América (El Mercurio 5 de abril de 1931:3). Era una esperanza ilusoria, pues tanto las quejas por el imperialismo como la crisis financiera mundial y sus consecuencias negativas, habían perjudicado demasiado la relación existente entre ambas naciones.
En vista del dominio incuestionable de ese país, en el así llamado "hemisferio occidental", no era sorprendente que los chilenos tuviesen una reacción especialmente sensible frente a las medidas de la política exterior estadounidense. Los yanquis hirieron, en más de una ocasión, el orgullo del pueblo chileno cuando, tal como parecía, acaparaban crecientemente la economía chilena, tutelaban el gobierno y aparecían sin consideraciones en la escena latinoamericana. Frente a la nueva ola de intervencionismo en América Latina existían, ciertamente, motivos para preocuparse. Hasta 1930 las declaraciones en relación con la doctrina Monroe recordaban a los tiempos de la diplomacia del big-stick. Esta mezcla de señales contribuyó a que se fijase la imagen del codicioso tío Sam, que tenía como meta anexar América Latina completamente y someterla a la esclavitud. Esta imagen alcanzó gran popularidad sobre todo por medio de caricaturas y diversas representaciones visuales. Sin embargo, hasta entonces aún no había alcanzado un impacto concreto en la política interna controlada por Carlos Ibáñez. Esta situación cambió durante la década de 1930, cuando se manifestó claramente el potencial explosivo de las imágenes antiestadounidenses en el contexto de una crisis política y económica.
Agradecimientos
Agradezco el apoyo de la Deutsche Forschungsgemeinschaft [DFG] y los comentarios de mi profesor y amigo Hans-Joachim Kónig. Además, doy las gracias a José Julián Soto y Alfonso Díaz, por su hospitalidad durante mi primera estadía en Tarapacá y su apoyo en la preparación de este artículo.
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1932. Reseña de Camalavaca. Atenea 1:195-197.
<lillo,>
1 Sobre las voces de la derecha, véase Santelices (1930:156); Latcham (1932:8 y 11) y El Sur 22 de abril de 1920:3. Sobre la izquierda comunista: Justicia 22 de agosto de 1925:1; Justicia 31 de mayo de 1926:1; El Despertador de los Trabajadores 12 de marzo de 1925:3.
2 Paracaricaturas en este contexto, véase El pan como una flor, en Kakaraka 28 de marzo de 1923:1; Kakaraka 18 de abril de 1923:19.
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