Headnote
PALABRAS CLAVE:
Guerra y paz
Literatura universal
Libertad
Dios
Historia
KEYWORDS:
War and Peace
Universal literatura
Liberty
God
History
RESUMEN:
Guerra y paz ha asegurado su posición en la literatura universal no por pocos motivos. Las experiencias de algunas familias nobles de la Rusia de principios del siglo XIX, sobre la que se cierne la amenaza napoleónica, tienen mucho que decirnos sobre nosotros mismos. Es por ello que sería impreciso calificar a Guerra y paz de novela histórica, pues ahí no residen ni su mérito ni su esencia: el mismo Tolstói no tenía claro siquiera que fuera una novela. Guerra y paz es un tratado de Filosofía e Historia, un esfuerzo de poner en su sitio a los hombres grandes, y es, sobre todo, una de las narraciones más magistrales que haya hecho nadie de la experiencia humana, con todo lo que ella conlleva: sus esperanzas, decepciones, contradicciones, cambios; su amor, su esfuerzo por llegar a una verdad, o por lo menos a un consuelo; su resistencia a la tragedia, y su florecimiento en ella. Es verdaderamente complicado acabar de leer Guerra y paz y no ser una persona mejor de lo que se era antes de conocer las historias de los Rostov, Bolkonsy y Bezujov.
ABSTRACT:
War and Peace has assured its position in the universal literature canon not for few reasons. The experiences of some noble families of the early nineteenth century Russia, challenged by the Napoleonic menace, have many things to say to us about ourselves. That's why it would be imprecise to define War and Peace as a historical novel, as we won't find its merit nor essence there: not even Tolstoy itself was sure that it was a novel. War and Peace is a treaty about Philosophy and History, an effort to put the great men in their place, and it is, above all, one of the most masterful narrations that anyone has ever done of the human experience, and everything that it entails: its hopes, disappointments, contradictions, changes; its love, its effort to come to a truth, or at least to achieve consolation; its resistance to tragedy, and how it blossoms in it. It is quite difficult to finish reading War and Peace without becoming a better human than one was before knowing the stories of the Rostov, Bolkonsky and Bezukhov families.
War and Peace
Guerra y paz ha asegurado su posición en la literatura universal no por pocos motivos. Las experiencias de algunas familias nobles de la Rusia de principios del siglo XIX, sobre la que se cierne la amenaza napoleónica, tienen mucho que decirnos sobre nosotros mismos. Es por ello que sería impreciso calificar a Guerra y paz de novela histórica, pues ahí no residen ni su mérito ni su esencia: ni el mismo Tolstói tenía claro siquiera que fuera una novela.! Guerra y paz es un tratado de Filosofía e Historia, un esfuerzo de poner en su sitio a los hombres grandes, y es, sobre todo, una de las narraciones más magistrales que haya hecho nadie de la experiencia humana, y todo lo que ella conlleva: sus esperanzas, decepciones, contradicciones, cambios; su amor, su esfuerzo por llegar a una verdad, o por lo menos a un consuelo; su resistencia a la tragedia, y su florecimiento en ella. Es verdaderamente complicado acabar de leer Guerra y paz y no ser una persona mejor de lo que se era antes de conocer las historias de los Rostov, Bolkonsy y Bezujov.
Guerra y paz, como todo gran libro, tiene la capacidad de cambiar sustancialmente la vida de aquel que decide leerlo. A lo largo de sus más de mil páginas, las historias de los personajes de Lev Tolstói nos darán algunas lecciones sobre la fe, la bondad, el poder y su vanidad, Napoleón y los grandes hombres, o el valor de la humildad y la abnegación. Profundas reflexiones sobre la libertad y la ciencia histórica completan el inolvidable marco tanto sentimental como intelectual que siempre formará parte de aquellos que hayan accedido a él.
1. LITERATURA UNIVERSAL Y FILOSOFÍA. Son escasos los ejemplos de aquellos esfuerzos de la expresión humana que han logrado escapar de la jaula de su tiempo y espacio. Para ello, han debido de ser creados, necesariamente, por alguien que ha conseguido captar, ya sea por intuición, razón o pureza, el hilo que une a toda la experiencia humana. El lector encuentra esto a cada paso en Guerra y paz. Todos vislumbramos alguna parte de nosotros en algunos de los personajes más formidables que se han escrito jamás: la angustia existencial de Pierre, que no logra satisfacer durante mucho tiempo; las extraordinarias e incontrolables emociones de Natasha, que en ocasiones tienen terribles consecuencias; la tragedia del príncipe Andrey, un hombre que parece destinado a que siempre le falte algo que entender; el martirio de Sonia, que hace resignada y hasta gustosamente el papel que podemos admirar, pero que todos cumplimos también en alguna medida, de aquella persona que ha renunciado a sus sueños. No es solo que estos personajes tengan ya muchas cosas nuestras: también nos recuerdan constantemente al mundo que tenemos en nuestro rededor. Si no podemos identificarnos con alguna de sus emociones o uno de sus pensamientos, probablemente estos nos evoquen a situaciones y personas cercanas. Queda así justificado que discutir las acciones y meditaciones de estos personajes, supuestamente ficticios, no es tarea ociosa ni estéril fuera del drama de la obra. Si bien nunca existió un Pierre Bezujov, ni un Andrey Bolkonsky, ni una Natasha Rostova, lo que a ellos les pasa no es ajeno a nosotros, y es muy real: la tragedia de la muerte, la alegría de vivir y del amor, el mayor o menor grado de resignación y melancolía que siempre acompaña a una vida humana.
Una de las mayores virtudes de la literatura universal es que encuentra cómo expresar aquello que es complicado de entender con palabras. Un solo párrafo puede servir, como si antes tuviéramos un velo que nos impedía ver aquello que es simple e importante, para entender algo sobre lo que no lográbamos encontrar los términos precisos: un sentimiento, tan verdadero como pueda ser, aumenta su grado de veracidad en la medida en que puede ser expresado y, de esta manera, compartido: "autores que digan lo que yo no sé decir sin ellos". Un lector primerizo, que quizá se haya acercado a esta obra atraído por un interés histórico, posiblemente motivado por la extendida y mal guiada admiración hacia Bonaparte, verá cómo el velo que tenía ante sí desaparece de un plumazo cuando admire, junto a Bolkonsky, la preciosa mañana de Austerlitz, opacada por la locura de los hombres; alguien que vea la persecución del dinero o del poder como un objetivo propio de una vida buena y sana será dulcemente corregido cuando conozca a Platón Karataiev; alguien que se vea así mismo como completamente ajeno a la condición de aquellos separados de nosotros por centurias, cegado por prejuicios y simplezas históricas, verá a la legua el error que comete. Es muy probable, en suma, que la experiencia de esta lectura pueda enderezar alguna flaqueza de nuestra alma, idealmente más discreta que los ejemplos antes mencionados.
Es indudable que, por las características intrínsecas de las obras que han merecido su lugar en la literatura universal, todas ellas incluyen Filosofía. Esto se debe a dos motivos principales: que tratan asuntos pertinentes a la condición humana, esto es, a todas las épocas; además, necesitan conceptualizar estos asuntos (pues deben ser escritos), tarea fundamental de la Filosofía.
Cuando se une esta característica habilidad con un deseo de despertar lo mejor que hay en nuestra alma, la expresión de la experiencia humana amplía sus horizontes, y no se limita ya a manifestar mediante precisas y bellas palabras lo que nos ocurre, sino que es capaz también de marcarnos un camino a seguir, cumpliendo así con un tercer objetivo filosófico fundamental, esto es: descubrir qué significa vivir bien. Y el camino que Tolstói parece marcar es decididamente cristiano.
2. CRISTIANISMO Y Dios. Andrey Bolkonsky está en su lecho de muerte. Desde el comienzo de la obra, vemos que a este apuesto pero desgraciado príncipe le falta algo: su aburrimiento de la artificial sociedad peterburguesa nos resulta entendible; su irritación con su esposa Lisa, encinta, no tanto. Ansioso por ir a la guerra impulsado por un error, llega a exclamar delante de su amigo Pierre que aquella vida no es para él, y las reflexiones en las que se sume en la víspera de Austerlitz llegan a la conclusión de que el príncipe estaría dispuesto a sacrificar a su familia por un poco de gloria. El cielo de Austerlitz y la muerte de Lisa parecen calibrarle en cierta manera: decide no volver a la guerra, pero su fuerte reacción contra la gloria, los hombres grandes y el espanto por el horror de la guerra le empuja tanto que parece cometer un error parecido pero desde el lado contrario: si antes estuviera dispuesto a renunciar a su familia, ahora cierra filas en torno a ella, se despreocupa de los demás y se decide a vivir una vida completamente egoísta, pues su particular ego está compuesto por él mismo, su padre y su hermana. Un Pierre entusiasmado por la logia masónica y el enamoramiento de Natasha, que derrocha vida, corrigen de nuevo a Andrey, que parece encaminado a encontrar la felicidad y a hallar la verdad. Sin embargo, la traición de la joven Rostova le sumerge en una profunda depresión, de la que sale de una manera extraordinaria. El príncipe vuelve al ejército en 1812, y es herido gravemente en Borodino, mientras su regimiento espera en la reserva, sufriendo el intenso cañoneo de los franceses. En el hospital de campaña ve a Anatol Kuraguin, su enemigo mortal, el causante de que esté ahí: la persona que ha arruinado su felicidad se encuentra postrado en una camilla, llorando horrorizado mientras le amputan una pierna. En ese momento, Andrey solloza de piedad. Por fin lo ha entendido.
La misericordia, el amor por el prójimo, por los que nos aman, por los que nos odian, por nuestros enemigos, ese amor que Dios ha predicado en la tierra, que la princesa María me enseñaba y que yo no podía comprender, es el motivo de que lamentara abandonar la vida; eso es lo que me quedaría aún si viviera. Pero es demasiado tarde. Lo sé.3
En sus últimos días, el principe Andrey tendría siempre los Evangelios a su lado, como muestra de su esclarecimiento de las cosas.
El personaje que más vinculado está con el cristianismo es la hermana de Andrey, la princesa María. Su adhesión al ideal cristiano de abnegación llega hasta puntos extremos en muchas ocasiones, pero la misma fuerza de la vida le corrige en sus excesos. Su amor incondicional por su viejo padre es uno de los aspectos más emocionantes de toda la obra. El viejo Bolkonsky, un anciano infeliz y excesivamente severo, tortura a todo el que tiene el infortunio de vivir cerca de él, pero se ensaña especialmente con la pequeña princesa. Ni los insultos constantes, el pánico que siente María en su presencia, o todos los intentos del viejo príncipe por arruinar cualquier prospecto de futuro para su hija, pueden extinguir el amor incombustible e incondicional que arde dentro de ella por su padre. Este exceso de bondad (si es que la bondad puede ser excesiva) nos resulta conmovedor, y muchas veces admiramos su resistencia, pero esta aspiración a la perfección moral es corregida convenientemente por los impulsos vitales. Cuando su padre se encuentra a las puertas de la muerte, María, aunque avergonzada, sueña con su futuro; por primera vez, se figura a ella misma libre de la influencia de su padre. Y es entonces cuando Nikolai Rostov aparece en su finca y se abre una nueva vida para los dos.
Tolstói no nos insta a que seamos monjes; de hecho, nos insta directamente a pocas cosas, aunque subraya la capacidad de amar al prójimo como una de las virtudes más valiosas, y nos muestra a la humanidad como una extensa hermandad, sepultada bajo los prejuicios de la política y las naciones pero que, sin embargo, da señales puntuales de su existencia, incluso en los hombres más despiadados.4 Con todas las historias de Guerra y paz puestas sobre la mesa, podemos discernir por nuestra cuenta algunas conclusiones que nos sean útiles. De su devoción cristiana devienen la principal virtud y el principal error de la princesa María: su robusta moral le permite mantener su alma pura ante situaciones que hubieran destrozado o enloquecido de odio a cualquiera; esta misma moral, sin embargo, oprime los impulsos vitales completamente humanos y justificados de la princesa, convirtiéndola así en una moral contranatura.
Como en toda situación dramática, Dios parece algo esquivo e indefinido en Guerra y paz. Aquel "sin cuya voluntad no se mueve un cabello del hombre"5 parece ausente en las matanzas de Austerlitz y Borodino, en los fusilamientos de Moscú, o cuando los terribles tambores de guerra transforman a los hombres en otra cosa. ¿Cómo es posible pensar en un Dios bondadoso, omnipotente y omnisciente? ¿Cómo pensar que aquel Dios que controla hasta el movimiento de nuestros cabellos ha descuidado tantas tragedias? ¿Es por su aquiescencia al libre albedrío? ¿Y qué tenemos que demostrar ante Él? Dios, al ser omnipotente, nos ha creado a todos hasta el mínimo detalle; al ser omnisciente, conoce ya nuestro futuro. Visto de esta manera, un Dios todopoderoso sería poco más que un niño que disfruta chocando sus juguetes entre ellos. Si Dios es bueno (y necesariamente debe serlo), no puede ser todopoderoso. Con esta reflexión podemos discernir una de las máximas más claras que nos deja la experiencia de Guerra y paz: el bien y la virtud a las que puede aspirar un ser humano son inversamente proporcionales a la cantidad de poder que este posee.
3. PODER. Si hubiéramos de considerar quién es el antagonista de la obra, este sería probablemente el concepto de poder en sus manifestaciones más brutales. Aún así, leyendo Guerra y Paz con una perspectiva universal, que es la propia para calibrar el contenido de los libros que cumplen con esta característica, las estructuras pasivas de poder también son impedimentos para que nuestros personajes lleven a cabo una vida completamente buena. El problema es que estos personajes pertenecen a la nobleza.
Al ser para ellos un estado natural de las cosas, la realidad de los siervos no constituye una prioridad para muchos personajes. Los Rostov están demasiado ocupados preocupándose (es decir, que gastan su ocupación en hacer muy poco o nada) de sus asuntos, cada vez más deteriorados; Natasha es absorbida por sus intensos sentimientos, Nikolai está permanentemente unido al ejército, la benevolencia e incapacidad de acción del conde le incapacitan para tomar medidas drásticas y hacer lo que es necesario; Andrey Bolkonsky solo se preocupa por sus siervos tras su conversación con Bezujov, refiriéndose a ellos durante esta con unos términos incompatibles con la verdad;° Pierre, a su vez, adquiere un nuevo interés por aquellas personas que son explotadas y viven en la miseria para que él pueda acudir al club inglés o a lujosas veladas, al entrar en la logia masónica. De todos los personajes, el príncipe Andrey, que es el que con más dureza se dirige a la figura del siervo, es el que lleva a cabo los esfuerzos más efectivos para mejorar su condiciones: Pierre tiene intención de ello, pero su ineptitud y su pereza hacen que sus buenos deseos sean completamente estériles.
Constituyendo Guerra y paz una persecución del bien y de la felicidad, podemos lamentar que ninguno de los protagonistas de la obra haya podido escapar de esa estructura de poder que, además de aplastar a la gran mayoría de la población física y espiritualmente, impide a los pocos privilegiados de la servidumbre conocer lo que es un estado vital justo. El único que logra conocerlo por algún tiempo es Pierre, durante su cautiverio por el ejército francés, y es la experiencia más valiosa de su vida.
Con todo esto en cuenta, si pensamos en el hecho de que exista un sistema que impone la voluntad y los intereses de unas pocas personas sobre muchas, de manera involuntaria y forzosa, como uno de los mayores impedimentos para lograr una buena situación en la vida, no podríamos pensar en ninguno de los protagonistas de la historia como el héroe de esta, pues todos están, a pesar de sus aspiraciones y creencias, malditos por unas condiciones materiales injustas. El héroe, pues, aquel que guarda dentro de sí todas las virtudes cristianas que marcan el camino del bien, y aquel que ha salido de un sistema que impide una vida decente, es Platón Karataiev.
4. NAPOLEÓN BONAPARTE Y PLATÓN KARATAIEV. Si antes decíamos que el poder en sus maneras más brutales constituye una de las mayores amenazas para que los personajes logren alcanzar los proyectos de sus almas, este se personifica en la funesta figura de Napoleón Bonaparte.
Es imposible para la experiencia individual humana comprender siquiera una centésima parte de la tragedia desencadenada a raíz de las guerras napoleónicas. Para lograrlo, habríamos de comprender el hecho cuantitativa y cualitativamente de manera completa, y al mismo tiempo. Sin embargo, solo podemos hacernos cargo de una de las dos vertientes a la vez, y de manera inexacta. De manera cuantitativa, podemos saber que tantas decenas o centenares de miles de personas murieron, quedaron cercenadas, o perdieron sus hogares. Sin embargo, no somos capaces de imaginar un campo como el de Borodino, tan horripilante que compungió al mismísimo Napoleón. La única manera de aproximarse de manera más humana al horror es a través de la anécdota individual. Podemos saber, pero jamás comprender, que veinticinco mil seres humanos se inmolen mutuamente en Borodino; en cambio, la historia de un solo hombre, el príncipe Andrey, todos los hechos que le han llevado allí, y todas las consecuencias de su herida mortal, nos provocarán seguramente un mayor impacto moral, y solo nos confirmará que el entendimiento pleno de los horrores del exceso de poder está fuera de nuestro alcance.
Borodino es uno de los crímenes más notables de Napoleón Bonaparte. Aquellos historiadores, todavía prolíficos hoy en día, que alaban como enorme virtud que de las sesenta batallas que luchó ganara cincuenta y tantas, quedan relegados de cualquier conversación seria para un lector de Guerra y paz. Tolstói se esmera en mostrar un hecho muy simple y sencillo, pero que es totalmente obviado por aquellas historias escritas con tanto cuidado por fuentes oficiales que han desatendido al sentido común: que es totalmente imposible que las órdenes de Napoleón en el campo de batalla tuvieran algún efecto decisivo. Más allá de las disposiciones iniciales, que podrán cumplirse o no, el sentido común nos ilustra un campo de batalla extendido por kilómetros, en el que la visibilidad está muy reducida por el humo de los mosquetes y los cañones, en el que los regimientos y las compañías se confunden en el fragor de la batalla, y cualquier tipo de orden y organización se esfuma al primer contacto con el enemigo. Los ejércitos, en suma, hacen lo que es posible y necesario, sin ayuda de unas órdenes que, cuando lleguen a ellos, si llegan, serán ya obsoletas e inútiles. Napoleón vencía porque el francés era el ejército más poderoso de Europa, y era mucho más valiosa su presencia que sus órdenes, pues la moral, después de la logística, es la vertiente más importante que condiciona el desempeño de un ejército.
Aún podríamos adornar algunas de las tragedias que llevan la firma de Napoleón en Italia como proezas militares, cuando los ejércitos que parecían estar a sus órdenes contaban con pocas decenas de miles de efectivos, siendo así más flexibles y más probable que alguna orden de Bonaparte pudiera materializarse. No podríamos hacer lo propio con el expolio que su ejército realizaba por donde pisaba, con la masacre de Binasco, o con la ejecución de miles de prisioneros en Jaffa...
No, esos individuos no están hechos de esta pasta; el verdadero dominador, al que todo le está permitido, bombardea Tolón, asuela París, olvida a su ejército en Egipto, derrocha medio millón de soldados en la retirada de Moscú y sale del paso con un retruécano en Vilna; y todavía, después de muerto, le levantan estatuas... Según parece, todo le estaba permitido. ¡No; esos seres, por lo visto, no son de carne y hueso, sino de bronce!7
¿Quién podría cometer el error de decir que las cincuenta victorias de Napoleón son más grandes o gloriosas que el sentimiento que Platón Karataiev instaló en Pierre? ¿Quién puede pensar, tras breve reflexión, que merece más halago y fama aquel que quiebra muchas vidas y lo hace con eficiencia (lo que muchos llaman grandeza o genio), y no aquel que mejora unas pocas?
La persecución del inventado bien común se vuelve más cruel de manera directamente proporcional al volumen del pueblo para el que se quiere conseguir ese bien común. Al ser imposible gestionar debidamente naciones de decenas de millones de personas, algunas verán sus condiciones mermadas a favor de otras, porque así lo dicta la ilusión del bien común, eufemismo que cubre los hechos más reprochables de una capa de justicia y necesidad. Amparado por el bien común, Bonaparte comienza fusilando a un centenar de civiles en Binasco, y justifica ante sí la matanza, asegurando que es necesaria para evitar más sangre y consolidar las conexiones del ejército, y culmina su funesta obra haciendo que millones de personas sufran las mayores penalidades con su invasión de Rusia, para la que fabricó tantas justificaciones e invectivas en Santa Helena.
Infinitamente más pequeño, pero infinitamente más bello, es el papel de alguien como Platón Karataiev en la historia. La sencillez, la alegría y la inocencia, formando todas ellas en conjunto la bondad, penetran profundamente en una persona sensible como Bezujov, que arrastra esas enseñanzas esotéricas para muchos, a pesar de su simpleza, a lo largo de su vida. Algo de esto es lo que comprende el príncipe Bolkonsky cuando, en el hospital francés de Austerlitz, mirara con tanta indiferencia a aquel hombre que admiraba tanto no hace mucho.® Andrey comprendió, efectivamente, que el ser humano no puede ser feliz dedicando su vida a la nación, sino a la comunidad: esto es, al ámbito vital real de un ser humano. Por ello pasa a considerarse uno solo junto con su familia y, tras escuchar las razones humanas, empujadas por algo de la mal guiada ilusión por la masonería de Pierre, mejora con efectividad las condiciones de vida de sus campesinos.
¿Por qué, pues, se tiene en tanta estima a hombres como Napoleón? No es algo que únicamente desde el punto de vista sencillo, honesto, y suspicaz con respecto al poder llame la atención. También en aquellos que sienten admiración por la perspicacia política o militar, y para quienes significan algo palabras como gloria y honor resulta extraño. Existen muchos otros capitanes que poseen considerablemente mayor talento militar que el corso, y con expedientes más victoriosos; existen, también, infinidad de estadistas más exitosos. En 1812, Bonaparte contaba con el mayor ejército que Europa viera jamás, y entre sus aliados (aunque reticentes) se contaban Prusia y Austria; tan solo tres años después, zarpaba en el Atlántico rumbo a Santa Helena. El mayor proyecto político de su carrera, el bloqueo continental a Inglaterra, fue un manifiesto fracaso, y el sistema imperial que estableció mostraba profundas grietas estructurales que lo hacían insostenible.
La respuesta (necesariamente indefinida) nos la da André Masséna, uno de los militares más destacados de la época, que conoció a Napoleón antes de que su leyenda hubiera comenzado a forjarse a base de sangre y mentiras. Cuando observó al joven y menudo general hacerse cargo del ejército de Italia, dijo: "Hay algo sobre este corso...". Ese algo es, quizá, una de las fuerzas más misteriosas de la Historia: el carisma.
Muchos generales son capaces de hacer que sus soldados entren en la refriega. Algunos menos, que lo hagan con gran entusiasmo. Todavía menor es la cantidad de aquellos que inspiran un sentimiento tal en sus hombres que estos están dispuestos a morir personalmente por él.
En Guerra y paz tenemos instancias de estos fenómenos. El más destacado es el de Nikolai Rostov y su obnubilación por el zar Alejandro en la Guerra de la Tercera Coalición. Su entusiasmo es tal que en ocasiones desea morir delante del emperador para demostrar su inquebrantable lealtad y su amor incondicional. Toda esta ilusión culmina en Tilsit, aciaga ocasión en la que Nikolai vio a su adorado Alejandro conversar cortésmente con aquel "enemigo de la humanidad". Esta imagen, casi de pesadilla, logró todavía más efecto al producirse muy poco después a la visita que el húsar hiciera al espantoso hospital en el que su mejor amigo, Denisov, convalecía junto a centenares de soldados heridos y muertos. El contraste de tanta miseria, tantos hombres cercenados, muertos o a las puertas de estarlo, en un lugar pútrido y hacinado, que estaban allí porque se les había obligado a que entregaran sus vidas con el objetivo común de derrotar al malvado francés, para posteriormente ver a ese mismo francés charlar fraternalmente con aquel que consideraba como Dios en la tierra, y el ver que aquel contra el que habían pasado tantas penalidades y aquel por el que las pasaban eran iguales, trastornó a Nikolai. Su reacción ante tal desengaño, exclamar que no corresponde a los hombres ordinarios juzgar las acciones del zar, para posteriormente ahogar sus penas emborrachándose, bien nos puede decir mucho sobre las realidades del zarato ruso de nuestra época.9
Los jinetes que se ahogaron cruzando el Niemen por el entusiasmo que sentían al atravesarlo bajo la mirada del emperador Napoleón también sufrieron la influencia de esa fuerza misteriosa, y ponderaron que una mirada desdeñosa de aquel hombre era más valiosa que sus vidas, pues aquel hombre poseía un magnetismo completamente hipnotizador. El poder torpe tiene autoridad gracias al miedo al castigo de aquellos a los que se impone; el poder hábil es aquel por el que sus subordinados tienen un sentimiento de deuda; el poder carismático es el que hace que los subordinados paguen su inventada deuda con placer y entusiasmo.
5. LIBERTAD. En los grandes personajes históricos un hecho universal se muestra con especial fuerza. En contra del pensamiento supersticioso, absurdo y simplista de que, en la cúspide de su poder, Europa entera dependía de la discreción de l'empereur, Tolstói nos recuerda que los personajes que más poder obtienen no son más libres por ello: más bien al contrario. Pensar que el ejército conjunto de Europa invadió Rusia por la única voluntad de Napoleón es un error que no tiene en cuenta las complejidades de la Historia y la política. Tolstói nos recuerda el ejemplo de una creencia que todavía hoy en día está más o menos extendida: pensar que la batalla de Borodino no fue una victoria decisiva para los franceses por un catarro de Napoleón. Entender la Historia como una novela, en la que unos pocos personajes poderosos manejan a su antojo la vida de millones de súbditos, es algo que ya se ha superado en el mundo académico de la Historia, pero que todavía subsiste en algunos rincones, ciertamente populares, que sin embargo no aguantan una lectura sensata y seria de Guerra y paz:
Por lo tanto, Napoleón no fue una especie de monstruo derrotado por su némesis, ni un ejemplo moderno de un clásico drama griego, ni ninguna de las decenas de construcciones históricas que se han elaborado sobre él. Por el contrario, su vida y su carrera contradicen los análisis deterministas de la historia, que explican los acontecimientos basándose en imparables fuerzas impersonales, minimizando el papel que juegan los individuos. Esta idea es una inspiración, porque, como el guardiamarinas del HMS Bellerophon [navío británico al que se rindió Bonaparte], George Home, expuso en sus memorias, "nos enseñó lo que puede alcanzar una pequeña criatura humana como nosotros en tan poco tiempo". ¿Napoleón el Grande? Por supuesto.19
La conclusión de la detallada narración de la trayectoria delictiva de Napoleón Bonaparte que realiza el historiador Andrew Roberts culmina con el párrafo precedente. Tras relatar algunas de las atrocidades anteriormente mencionadas de este personaje, y aún muchas otras, Roberts concluye que Napoleón es otro de aquellos grandes de la Historia y, todavía más, una inspiración. Existen libros propios de su tiempo, cuyo interés decae con el pasar de los años, y o sucumben ante el olvido o se convierten en anticuariedades; existen libros que superan esa barrera, y se mantienen relevantes al pasar los siglos: ahí reside la literatura universal; pero existe un tercer género de obra, insospechado, que ya nace completamente superado y obsoleto. Este último es, por supuesto, el género menos provechoso, pues no puede siquiera aportar nada de valor a su ahora. Guerra y paz fue publicada en 1869; la biografía de Roberts, en 2014. Si intercambiáramos las fechas de ambas obras, ninguna desentonaría en su nuevo contexto: Guerra y paz porque, al ser universal, es pertinente en todos los tiempos; el trabajo de Roberts, en cambio, podría resultar algo más interesante en el contexto de una ciencia histórica mucho menos desarrollada.
El hecho es que la tesis de Andrew Roberts ve más sensato suponer que existe una voluntad a la que obedecen millones de personas, que parecieran ser marionetas, a pensar, sin embargo, que la voluntad de aquel gran hombre no sería nada si no fuera respaldada anteriormente, con una convicción mayor o menor, de esos millones de seres humanos. Esto lo demuestra muy bien el propio historiador inglés cuando, tras la derrota de Waterloo, los deseos delirantes de Napoleón de levantar una nueva leva fracasan,!! con lo que el petit caporal queda por fin expuesto en su pequeñez, rindiéndose no porque así lo haya querido su voluntad, sino porque así lo han decidido las de aquellas "fuerzas impersonales", igual que anteriormente esas fuerzas impersonales decidieron seguirle a Italia, Egipto, Austria, Prusia, Rusia...
La falta de libertad en los personajes históricos es especialmente llamativa por la magnitud de las fuerzas condicionantes, pues estas abarcan las determinaciones de millones de seres humanos, consideraciones políticas, militares, económicas, un contexto histórico propicio para hacerse cargo del poder, etcétera. La llegada al poder de Bonaparte puede parecer, en un primer momento, un acontecimiento más libre que el mecanismo de las antiguas monarquías hereditarias de Europa, pero revisando un poco más de cerca su biografía vemos que las causas de su ascenso al poder quedan fuera del alcance de su persona. Así, siguiendo un hilo conductor, comprobamos con facilidad que, sin la decisión de Luis XV de comprar Córcega, Napoleón nunca habría podido cumplir su destino.
El reconocimiento de una cierta capacidad de libertad en los personajes poderosos no es más, creo, que el reconocimiento de la ignorancia. En los términos más simples, la libertad es un imposible. Si definimos a esta como la capacidad de elegir entre varias posibilidades sin ningún tipo de coacción externa, y basando la decisión únicamente en los deseos de nuestra alma (es difícil imaginar una libertad más ideal), no podemos aceptar la existencia de esta si no es con unas limitaciones decisivas.
La libertad se basa en la capacidad de elección, pero esta se produce sobre unas bases que nosotros no hemos elegido. De este modo, la existencia de la libertad, en términos teóricos, es una paradoja; en términos prácticos, ignorancia. Es paradójica porque, para comenzar a ser, la libertad necesita la no-libertad, una serie de hechos determinantes que no tenemos oportunidad de elegir, como nuestro lugar de nacimiento, familia, carácter, o experiencias vitalicias. Y esto, por supuesto, no podría ser de otra manera: aún sin tener en cuenta las obvias imposibilidades materiales, sería imposible tener libertad sobre todo aquello, pues no podríamos elegir nuestras bases sin unas bases previas, y así ad infinitum.
¿Por qué el reconocimiento de la libertad es el reconocimiento de la ignorancia? No pretendo con esto sugerir que términos como libertad o decisión no tengan razón de ser: si no la tuvieran, no existirían. Es evidente, sin embargo, que cada acción o pensamiento de un ser humano tiene detrás una serie de factores que, cuanto más anónima sea la persona, más difícil es conocerlos al detalle. Es por esto que no se puede admitir la existencia de la libertad en la Historia: hacerlo imposibilitaría la existencia de leyes en esta, lo que no le permitiría ser una ciencia. Con la ventaja de la retrospectiva, la Historia se deshace de la libertad e indaga directamente en las máximas que provocan los movimientos más significativos de la humanidad, o encuentra, mirando con lupa a los personajes sobre los que más sabemos, que su hado estuvo marcado desde el principio por una consecución de lo que, desde el punto de vista de la libertad, se llaman azares; desde el punto de vista de la ciencia, causas.
Si tiro un dado y sale cierto número, diré que ese número me lo ha dado el azar; sin embargo, si el movimiento del dado ha quedado registrado, tras calcular todos los factores que han influido en el lanzamiento, encontraré que el resultado ha sido la causa natural de la manera en la que he colocado la mano, la altura desde la que ha caído, el peso del dado, etcétera.
Cuanto menos conocemos la naturaleza de un hecho, más libre pensamos que es. De esta manera, como hemos expuesto anteriormente, la libertad debe quedar fuera de toda discusión cuando se trata de hacer una Historia seria; es en la vida cotidiana y anónima donde la libertad encuentra su lugar, usada para explicar hechos que no entendemos en su plenitud. Cuanto más se conoce uno a sí mismo, más cuenta se da de su falta de libertad.
6. HISTORIA. En la ciencia histórica guarda Tolstói la esperanza de que muchas de las incógnitas de las dinámicas de la humanidad se resuelvan. Estas leyes históricas, que no pueden encontrarse observando, como a través de un catalejo, a los personajes de renombre, deben descifrar las máximas arcanas que guían a las grandes fuerzas de los acontecimientos humanos, provocadora de las cuales es la masa impersonal de individuos que actúan de una manera o de otra.
Se han hecho avances en estos aspectos, y la profundización cada vez más precisa en aspectos como la economía, la sociedad, la cultura, o incluso los sentimientos, nos dan pistas sobre algunas de las fuerzas silenciosas que mueven los hilos de la Historia. Si la ciencia histórica, cuando haya logrado un conocimiento profundo en todas las áreas que conciernen a estos asuntos, algunos de las cuales son recientes objetos de estudio, apuesta por que las diferentes compartimentaciones arbitrarias de las distintas épocas colaboren para construir una verdadera Historia Universal, en la que el entendimiento de las particularidades temporales dé lugar al descubrimiento de aquellas reglas generales que moldean el comportamiento humano independientemente de la época, podríamos comenzar a descubrir las leyes de la Historia.
Proyectos históricos anteriores han tratado de llevar a cabo este ambicioso proyecto de la Historia Total. Su fracaso, aunque ha alejado a la disciplina de este objetivo en los últimos tiempos, no debe hacernos olvidar el valor de aquello que Tolstói pide a la Historia y que, de poder ser conseguido, tendría un valor incalculable.!2
Resulta lastimoso, empero, que en muchas ocasiones el estudio académico de la Historia parece basarse en bloques bien definidos entre los que hay limites poco porosos, dentro de los que el mayor esfuerzo se dedica a menudencias, curiosidades, o debates con no demasiado recorrido. Es evidente que cuanto más se desarrolla un campo de estudio, más precisos serán los trabajos de investigación, pero si todos estos estudios marginados entre sí encuentran una base común, entonces podríamos comenzar a sonar con comprender las reglas fundamentales de la Historia humana.
Afortunadamente, la investigación histórica ya entiende mucho mejor que el historiador no debe ser autor de lo que estudia, sino actor. Las biografías y las torres de marfil de reyes y ministros han quedado descartadas como maneras serias de hacer Historia, y no tomar una perspectiva relativa al periodo estudiado, tratando de moldear este a nuestro tiempo, se considera ahora un método especialmente pobre. El vocabulario debe ser escrupulosamente cuidado, y adaptarse en la medida de lo posible a los términos que en la época eran entendidos y utilizados. Tratar de entender la Edad Media a través de términos científicos creados en los tiempos recientes resulta manifiestamente impreciso: cada época habla por sí sola, y es la mayor responsabilidad de la Historia entenderla en sus propios términos. De la misma manera que es deshonesto tratar de entender, por ejemplo, a Platón con complejas acepciones creadas a partir de sus ideas miles de años después, no se puede cometer el error de pasar el pretérito por el prisma de la jerga de la academia.
La Historia ha superado hace mucho aquella obsesión que critica Tolstói por los grandes personajes, o por unos pocos escritores, que parecieran modificar como demiurgos el mundo con sus párrafos. De hecho, se ha acercado en cierta medida a las premisas del escritor ruso, pues cada vez entiende más que lo que de verdad es preciso investigar son aquellas fuerzas realmente magnas, tan masivas y lentas que sus movimientos solo pueden detectarse con una buena lupa. Los problemas a la hora de tratar de estudiar estos fenómenos se hacen evidentes: su propia magnitud y sus muchos agujeros. Se han ideado algunos métodos para abarcar el problema, ya sea la Escuela de los Annales, que contrapuso a la Historia político-militar un modelo socioeconómico más preocupado en las estructuras sociales que en los grandes hombres, adoptando un punto de vista cuantitativo, ya sea la microhistoria de Ginzburg, que toma una perspectiva cualitativa, y explora detalladamente historias anónimas de personas cotidianas.
En resumen, la Historia ha adoptado parte del camino al que apuntaba Tolstói. Ha abandonado en los círculos más serios la Historia de héroes y reyes (que siempre encontrará su hueco en las biografías amenas y populares entre el público), lo que no es más que la superficie del pasado, para adentrarse decisivamente en las profundidades de esta, y tratar de mapear así, poco a poco, la infinidad de corrientes que determinan el movimiento del océano que es el conjunto de la Historia.
7. CONCLUSIÓN. Decíamos que Guerra y paz es un tratado de Filosofía, que se preocupa por algunas de las cuestiones más importantes de la condición humana, y ofrece soluciones que, aunque resultan simples para el lector que finaliza la obra, pueden quedar todavía ocultas o incluso ininteligibles para aquel que no se haya dejado contagiar del carácter humano, piadoso y fraternal que rezuma entre las páginas de una de las mejores narraciones que se pueda leer, en la que, además de ciertas conclusiones, también sentimos la inevitable melancolía de la vida, que tan presente está cuando profundamente se echa la vista atrás, y cuando se llega al culmen de una gran obra. No otra cosa sentirá el lector que, tras haber vivido una experiencia enriquecedora y purificadora, mire, junto a la madre Natasha y al sabio Pierre, aquellos lejanos tiempos en que una era una tierna y vivaz niña de trece años, y el otro un joven patoso que desconcertaba a la nobleza en las veladas petersburguesas con sus opiniones excéntricas.
Es también un tratado de Historia, tan maduro y exacto que siglo y medio después de su publicación, la ciencia apunta hacia los derroteros sugeridos por Tolstói. En su tratamiento de la Historia se encuentra a la base un respeto escrupuloso por el valor personal, por la infinidad de mundos interiores que se ven envueltos y son protagonistas de los hechos históricos más decisivos, pero que en retrospectiva no parecen ser más que números o herramientas dispuestas por la sucesión de los acontecimientos para llegar a una conclusión deseada. Quien olvide en algún momento que, para cualquiera de estos actores, su mundo interior y anónimo, olvidado y perdido para nosotros, era para ellos mucho más importante y verdadero que todos los acontecimientos que bien conocemos, está en serio riesgo de caer en el error de otorgar sin más ni más la voluntad de millones de seres humanos a la de uno solo, y así, atreverse a decir que la de él solo dictaba las acciones de todos, y de nadie sino de la suya dependía el funcionamiento de la Historia.
El lector de Guerra y paz aprenderá todas estas consideraciones, rechazará el clásico relato histórico novelesco (ya hemos visto que Guerra y paz no es una novela), y reconocerá que la fuerza de todo gran acontecimiento se encuentra donde antes no se ha logrado mirar. Quedará profundamente marcado por Andrey Bolksonky, y será partícipe junto a él de su proceso de aprendizaje, con la ventaja de que el saber que al príncipe le costó la vida conseguir está a la disposición del que las páginas lea, y podrá vivir, en lugar de Bolkonsky, con "misericordia y amor al prójimo"; de Pierre aprenderá lo fútil de anteponer la adhesión a una institución política a otras consideraciones mucho más importantes, o cómo mirar la vida desde un punto de vista agradable, justo y verdadero; de Platón Karataiev aprenderá cómo se ejemplifica la máxima de la bondad; del viejo Bolkonsky aprenderá cómo morir bien, y las dos palabras más importantes en cualquier vocabulario; en la princesa María encontrará la fuerza moral; en Sonia, la mayor abnegación, la existencia que no pide nada a cambio de sus servicios; en Natasha verá las vicisitudes de un alma con extraordinarias emociones, a rebosar de vida, y un largo etcétera.
Sidebar
Footnote