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Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del arte; pero ninguno ha dicho con distinctión ni claridad qué naturaleza es la que hace al hombre hábil para una sciencia, y para otra incapaz; ni cuántas diferencias de ingenio se hallan en la especie humana, ni qué artes y sciencias responden a cada uno en particular, ni con qué señales se había de conoscer, que era lo que más importaba. La primera es que, de muchas diferencias de ingenio que hay en la especie humana, sola una te puede, con eminencia, caber; si no es que Naturaleza, como muy poderosa, al tiempo que te formó echó todo el resto de sus fuerzas en juntar solas dos o tres; o, por no poder más, te dejó estulto y privado de todas. La segunda, que a cada diferencia de ingenio le responde, en eminencia, sola una sciencia y no más; de tal condición que, si no aciertas a elegir la que responde a tu habilidad natural, ternás de las otras gran remisión, aunque trabajes días y noches. En España, el Index librorum prohibitorum de 1583 lo incluyó entre los libros prohibidos «no se enmendando y corrigiendo». Finalmente, el Index librorum expurgatorum de 1584 detalló los muchos pasajes del libro que debían ser expurgados antes de llevarlo de nuevo a la imprenta. Por cuanto por parte de vós, Luis Huarte de San Juan, hijo legítimo del Doctor Juan Huarte de San Juan... (ya difuncto), nos ha sido fecha relación que el dicho Doctor... había compuesto y ordenado un libro intitulado Examen de ingenios, el cual había sido impreso una vez y visto por el Sancto Oficio, y con algunas enmiendas que había fecho había mandado que anduviese, y al presente no se hallaba ninguno y era pedido de mucha gente, ...nos suplicastes... licencia para le poder imprimir...; y que las enmiendas que estaban fechas eran conforme al mandato... que los del Consejo de la Inquisición habían publicado; y porque no teníades otra cosa ni bienes que os oviesen quedado del dicho vuestro padre, os diésemos... privilegio de prorrogación..., o como la nuestra merced fuese... Esto me paresce, salvo el mejor juicio.1 Fray Lorencio de Villavicencio2 EL REY Por cuanto por parte de vós el doctor Juan Huarte de Sant Juan, vecino de la ciudad de Baeza, nos fue fecha relación diciendo que vós habíades compuesto un libro intitulado Examen de ingenios para las sciencias, donde se muestra la diferencia de habilidades que hay en los hombres y el género de letras que a cada uno responden en particular, suplicándonos lo mandásemos ver y examinar, y daros licencia para lo poder imprimir y previlegio3 por veinte años o como la nuestra merced fuese.
«¿Quál philosopho exçedió ni igualó el Examen de injenios nuestro?»
(Francisco de Quevedo: España defendida i los tiempos de aora. De las calumnias de los noveleros i sediziosos; fol. 97v)
ADVERTENCIA
Juan Huarte vivió entre 1529 y 1588 (fechas aproximadas). Su familia era originaria de la localidad navarra San Juan de Pie de Puerto (se refiere al alto de Roncesvalles, o de Ibañeta). Cuando Carlos V desguarneció aquel enclave ultramontano, la familia Huarte se decidió a cruzar los Pirineos y acabó estableciéndose en Castilla. Juan estudió Medicina en la universidad de Alcalá de Henares (1553-1559) y ejerció en Baeza ( Jaén) hasta su fallecimiento. Fue enterrado en la iglesia de Santa María la Mayor, en Linares. Dejó escrito el Examen de ingenios para las sciencias, libro que hoy se considera precursor de la llamada psicología diferencial (la que analiza la variabilidad que se observa entre distintas personas en cuanto a aptitudes y conductas), indicando qué instrucción conviene al ingenio de cada individuo para sentirse bien consigo mismo y ser útil a la sociedad.
En el primer proemio, al Rey, El Autor avanza lo que persigue en su obra:
Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del arte; pero ninguno ha dicho con distinctión ni claridad qué naturaleza es la que hace al hombre hábil para una sciencia, y para otra incapaz; ni cuántas diferencias de ingenio se hallan en la especie humana, ni qué artes y sciencias responden a cada uno en particular, ni con qué señales se había de conoscer, que era lo que más importaba. Estas cuatro cosas... contienen la materia sobre que se ha de tractar ..., con intento que los padres curiosos tengan arte y manera para descubrir el ingenio a sus hijos y sepan aplicar a cada uno la sciencia en que más ha de aprovechar.
Y en el segundo proemio, esta vez al Lector, el Autor le avanza tres conclusiones:
La primera es que, de muchas diferencias de ingenio que hay en la especie humana, sola una te puede, con eminencia, caber; si no es que Naturaleza, como muy poderosa, al tiempo que te formó echó todo el resto de sus fuerzas en juntar solas dos o tres; o, por no poder más, te dejó estulto y privado de todas. La segunda, que a cada diferencia de ingenio le responde, en eminencia, sola una sciencia y no más; de tal condición que, si no aciertas a elegir la que responde a tu habilidad natural, ternás de las otras gran remisión, aunque trabajes días y noches. La tercera, que después de haber entendido cuál es la sciencia que a tu ingenio más le responde, te queda otra dificultad mayor por averiguar, y es si tu habilidad es más acomodada a la prática que a la teórica; porque estas dos partes... son tan opuestas entre sí y piden tan diferentes ingenios, que la una a la otra se remiten como si fuesen verdaderos contrarios.
Teniendo en consideración que el Examen de ingenios no era una novela, resulta llamativo el éxito editorial que tuvo la obra en España (con ediciones en Pamplona, Bilbao, Valencia, Huesca, todas ellas en vida del doctor Juan Huarte) y en Europa, traducida al francés e italiano asimismo en vida del Autor.
El Examen de ingenios también despertó el interés de la Santa Inquisición. En 1581 apareció en el Catalogo dos livros que se prohibem nestes Regnos e Senhorios de Portugal. En España, el Index librorum prohibitorum de 1583 lo incluyó entre los libros prohibidos «no se enmendando y corrigiendo». Finalmente, el Index librorum expurgatorum de 1584 detalló los muchos pasajes del libro que debían ser expurgados antes de llevarlo de nuevo a la imprenta. Justo ese año caducó el Privilegio Real concedido al texto de 1575 y que protegía los derechos del Autor en Castilla y Aragón, territorios en que residía el 80 % o más de los potenciales lectores.
Así las cosas, los lectores que no dispusiesen de un ejemplar de 1575 podían recurrir a ejemplares importados de Países Bajos, especialmente las ediciones de Leiden-1591 y Amberes- 1593, muy cuidadas tipográficamente y que no recogieron el expurgo ordenado por la Inquisición española. Pero en 1594, ya fallecido el Autor, su hijo Luis se encargaría de llevar el texto reformado a la misma imprenta baezana. El nuevo Privilegio (esta vez sólo para Castilla y con seis años de vigencia) se extendió en Valladolid en el verano de 1592, y en su primer párrafo leemos los antecedentes:
Por cuanto por parte de vós, Luis Huarte de San Juan, hijo legítimo del Doctor Juan Huarte de San Juan... (ya difuncto), nos ha sido fecha relación que el dicho Doctor... había compuesto y ordenado un libro intitulado Examen de ingenios, el cual había sido impreso una vez y visto por el Sancto Oficio, y con algunas enmiendas que había fecho había mandado que anduviese, y al presente no se hallaba ninguno y era pedido de mucha gente, ...nos suplicastes... licencia para le poder imprimir...; y que las enmiendas que estaban fechas eran conforme al mandato... que los del Consejo de la Inquisición habían publicado; y porque no teníades otra cosa ni bienes que os oviesen quedado del dicho vuestro padre, os diésemos... privilegio de prorrogación..., o como la nuestra merced fuese...
La composición del libro quedó rematada en los primeros días de 1594. En la portada se lee «Agora nuevamente enmendado por el mismo Autor y añadidas muchas cosas curiosas y provechosas». De entonces acá, bien puede hablarse de dos ediciones príncipe: la primitiva de 1575 y la expurgada de 1594, que continuó el éxito editorial de su predecesora. En español y otras lenguas cultas europeas, el Examen de ingenios superó las 40 ediciones entre los siglos xvi y xvii, por lo que merece el calificativo de Clásico Castellano en toda regla.
Aparte de los numerosos párrafos del texto que fueron censurados por la Santa Inquisición, la edición de Baeza-1594 suprimió el capítulo VII y añadió tres de nueva redacción (I, II y V). Además, el extenso capítulo XV de la primera edición se desglosó en seis, resultando, en total, siete más que en la edición anterior, como muestra la siguiente Tabla.
La presente edición digital sigue escrupulosamente el texto de la editio princeps (Baeza- 1575). He partido del ejemplar R/10774 de la BNE, que perteneció al bibliófilo Pascual de Gayangos y está accesible en la Biblioteca Digital Hispánica. Como muchos ejemplares de la princeps que fueron más tarde acondicionados para recoger el expurgo ordenado por la Santa Inquisición, también el R/10774 abunda en párrafos tachados (incluso planas enteras), pero en él pueden leerse sin dificultad. En la reproducción faltan las planas 1r, 88v y 89r, que conseguí localizar en el ejemplar R-9-1-6 de la Fundación Lázaro Galdiano. Están mal numerados los folios: 83 ('85'), 86 ('89'), 97 ('96'), 190 ('189'), 196 ('192'), 222 ('221'), 226 ('220'), 245 ('243') y 246 ('236'). Dejo nota al pie de la más mínima intervención que he aplicado en el texto, con indicación del folio y plana.
Enrique Suárez Figaredo
Barcelona, julio 2025
APROBACIÓN
He visto este libro, y su doctrina toda es católica y sana, sin cosa que sea contraria a la fee de nuestra madre la Sancta Iglesia de Roma. Sin esto, es doctrina de grande y nuevo ingenio, fundada y sacada de la mejor filosofía que puede enseñarse. Toca algunos lugares de Scriptura muy grave y eruditamente declarados. Su principal argumento es tan necesario de considerar de todos los padres de familias, que, si siguiesen lo que este libro advierte, la Iglesia, la república y las familias ternían singulares ministros y subjetos importantísimos. Esto me paresce, salvo el mejor juicio.1
Fray Lorencio de Villavicencio2
EL REY
Por cuanto por parte de vós el doctor Juan Huarte de Sant Juan, vecino de la ciudad de Baeza, nos fue fecha relación diciendo que vós habíades compuesto un libro intitulado Examen de ingenios para las sciencias, donde se muestra la diferencia de habilidades que hay en los hombres y el género de letras que a cada uno responden en particular, suplicándonos lo mandásemos ver y examinar, y daros licencia para lo poder imprimir y previlegio3 por veinte años o como la nuestra merced fuese. Lo cual visto por los del nuestro Consejo,4 y como por su mandado se hicieron las diligencias que la premática5 por Nós nuevamente fecha sobre la impresión de los libros dispone,6 y por haceros bien y merced, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón, y Nós tuvímoslo por bien. Y por la presente os damos licencia y facultad para que por tiempo de diez años que corran y se cuenten desde el día de la fecha desta nuestra cédula, vós o la persona que vuestro poder oviere podáis imprimir y vender el dicho libro que de suso se hace mención.7 Y por la presente damos licencia y facultad a cualquier impresor destos nuestros Reinos que vós nombráredes, para que por esta vez lo puedan imprimir, con que después de impreso, antes que se venda, lo traigáis al nuestro Consejo juntamente con el original que en él se vio, que va rubricado y firmado al cabo de Pedro del Mármol, nuestro secretario de Cámara, de los que en el nuestro Consejo residen, para que se corrija con él8 y se tase el precio que por cada volumen oviéredes de haber.9 Y mandamos que, durante el dicho tiempo, persona alguna sin vuestra licencia no lo pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere o vendiere haya perdido y pierda todos y cualesquier libros y moldes que dél tuviere o vendiere en estos nuestros Reinos; y mandamos a los del nuestro Consejo, Presidente y Oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de las nuestra casa, Corte y Chancillería, y a todos los corregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier de todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros Reinos y señoríos, así a los que agora son como a los que serán de aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced que ansí vos hacemos, contra el tenor y forma della, ni de lo en ella contenido, vos no vayan ni pasen, ni consientan ir ni pasar por alguna manera, so pena de la nuestra merced y de diez mil maravedís10 para la nuestra Cámara. Fecha en Madrid, a veinte y cinco días del mes de abril de mil y quinientos y setenta y cuatro años
YO EL REY
Por mandado de Su Majestad
Antonio de Eraso
APROBACIÓN DEL CONSEJO DE ARAGÓN
Por orden y mandado de los señores del Consejo Real de la Sacra Corona de Aragón, he visto y examinado el libro intitulado Examen de ingenios para las sciencias, compuesto por el doctor Juan Huarte, navarro, natural de Sant Juan del Pie del Puerto.11 Parésceme obra católica, en que el Autor muestra singular ingenio inventivo y ejercitado en subtil filosofía natural; su argumento es exquisito entre todos los que yo he visto y oído en su género, y, si se probase,12 sería sin dubda de importante utilidad a la república. Tengo por provechoso el haberlo reducido a tales términos que los ingenios puedan ejercitarse y descubrir algunos secretos naturales de los que el Autor ofresce. Parésceme que se le debe dar licencia para imprimirlo, etc. Esto me paresce, debajo de otro mejor juicio a que me remito. En Madrid, agosto once de 1574 años.
El doctor Heredia
PRIVILEGIO PARA LA CORONA DE ARAGÓN13
Nós don Filipe, por la gracia de Dios Rey de Castilla, de Aragón, de las dos Sicilias, de Hierusalem, de Hungría, de Dalmacia, de Croacia, de León, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de las Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Islas Indias y Tierra Firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, Conde de Barcelona, de Flandes y de Tirol, señor de Vizcaya y Molina, Duque de Atenas y de Neopatria, Conde de Rosellón y Cerdania,14 Marqués de Oristán y Gocéano.15 Por cuanto por parte de vós el doctor Juan Huarte de Sant Juan, del lugar de Sant Juan del Pie del Puerto de dicho nuestro Reino de Navarra, nos ha sido fecha relación diciendo que vós habíades compuesto un libro intitulado Examen de ingenios para las sciencias, el cual es de mucho provecho, y que lo deseáis imprimir y llevar a vender los impresos a los Reinos y señoríos de nuestra Corona de Aragón, suplicándonos muy humilmente os mandásemos dar licencia para ello por tiempo de diez años, con prohibición que ningún otro lo pueda hacer sino vós o la persona que vuestro poder oviere. E Nós teniendo respecto al fructo y provecho que del dicho libro se puede sacar y a los gastos y costas que habéis sostenido y se os ofrecen en hacer la dicha impresión, y que ha sido visto y reconoscido y aprobado por nuestro mandado, habemos tenido por bien condecender a vuestra suplicación por la manera infraescripta. Por ende, con tenor de las presentes, de nuestra cierta sciencia y Real auctoridad, damos licencia, premiso y facultad a vós el dicho doctor Juan Huarte, y a la persona o personas que vuestro poder ovieren, que podáis imprimir, o hacer imprimir al impresor o impresores que quisiéredes, el dicho libro arriba intitulado, en cualesquier ciudades, villas y lugares de los dichos nuestros Reinos y señoríos de la Corona de Aragón, y vender en ellos ansí los impresos fuera como los que haréis en ellos, prohibiendo, según que con las presentes prohibimos y vedamos, que ninguna otra persona lo pueda imprimir ni hacer imprimir, ni vender ni llevar los impresos de otras partes a vender en los dichos Reinos y señoríos sino vós o quien vuestro poder oviere, por tiempo de los dichos diez años, que empiecen a correr desde el día de la data de las presentes en adelante, so pena de docientos florines de oro de Aragón y perdimiento de moldes y libros, divididera en tres partes iguales: una a nuestros reales cofres, otra para vós el dicho doctor Huarte, y otra al acusador. Con esto, empero, que los libros que hiciéredes imprimir del día presente en adelante no los podáis vender hasta que hayáis traído a este nuestro sacro, supremo Real Consejo que cabe Nós reside, el libro que nos habéis presentado y está rubricado y a la fin dél firmado de mano de Pedro Franquesa, scribano de mandamiento infraescripto, juntamente con otro de la nueva impresión, para que se vea y compruebe si la dicha nueva impresión estará conforme al dicho libro que se nos ha presentado y está rubricado por el dicho Pedro Franquesa, como arriba se dice. Mandando con el mismo tenor de las presentes, de la dicha nuestra cierta sciencia y real autoridad, a cualesquier lugartenientes, capitanes generales, canceller, vicecanceller, regentes la cancellería, regentes el oficio y portantes veces de general, gobernador, alguaciles, porteros, vergueros y otros cualesquier oficiales y ministros nuestros, mayores y menores, en los dichos nuestros Reinos y señoríos de la Corona de Aragón, constituidos y constituideros, y a sus lugartenientes y regentes los dichos oficios, so incorrimiento de nuestra ira e indignación y pena de mil florines de oro de Aragón de los bienes del que lo contrario hiciere exigideros y a nuestros reales cofres aplicaderos, que la presente nuestra licencia y prohibición, todo lo en ella contenido, os tengan, guarden16 y observen tener, guardar y observar, hagan sin contradición ni dar lugar ni permitir que sea hecho lo contrario en manera alguna si nuestra gracia les es cara y, demás de nuestra ira e indignación, en la pena susodicha desean no incurrir. En testimonio de lo cual mandamos despachar las presentes, con nuestro sello real común en el dorso, selladas. Data en la nuestra Villa de Madrid a quince días del mes de agosto, año del nascimiento de Nuestro Señor mil quinientos setenta y cuatro.
YO EL REY
A LA MAJESTAD DEL REY DON FILIPE NUESTRO SEÑOR
PROEMIO
Para que las obras de los artífices tuviesen la perfectión que convenía al uso de la república, me paresció, Católica Real Majestad, que se había de establescer una ley: que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio de el labrador, ni el tejedor de el arquitecto, ni el jusrisperito curase ni el médico abogase, sino que cada uno ejercitase sola aquel arte para la cual tenía talento natural y dejase las demás. Porque, considerando cuán corto y limitado es el ingenio de el hombre para una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfectión sin que en la una faltase. Y por que no errase en elegir la que a su natural estaba mejor, había de haber diputados en la república, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio, haciéndole estudiar por fuerza la sciencia que le convenía, y no dejarlo a su electión. De lo cual resultaría en vuestros estados y señoríos haber los mayores artífices del mundo y las obras de mayor perfectión, no más de por juntar el arte con naturaleza.
Esto mesmo quisiera yo que hicieran las Academias de vuestros Reinos; que, pues no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando en la lengua latina perito, que tuvieran también examinadores para saber si el que quiere estudiar dialéctica, filosofía, medicina, teología o leyes tiene el ingenio que cada una de estas sciencias ha menester. Porque si no, fuera de el daño que este tal hará después en la república usando su arte mal sabida, es lástima ver a un hombre trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que es imposible salir con ella. Por no hacer hoy día esta diligencia, han destruido la cristiana religión los que no tenían ingenio para teología, y echan a perder la salud de los hombres los que son inhábiles para medicina, y la jurispericia no tiene la perfectión que pudiera por no saber a qué potencia racional pertenesce el uso y buena interpretación de las leyes.
Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del arte; pero ninguno ha dicho con distinctión ni claridad qué naturaleza es la que hace al hombre hábil para una sciencia, y para otra incapaz; ni cuántas diferencias de ingenio se hallan en la especie humana, ni qué artes y sciencias responden a cada uno en particular, ni con qué señales se había de conoscer, que era lo que más importaba. Estas cuatro cosas, aunque parescen imposibles, contienen la materia sobre que se ha de tractar, fuera de otras muchas que se tocan al propósito desta doctrina, con intento que los padres curiosos tengan arte y manera para descubrir el ingenio a sus hijos y sepan aplicar a cada uno la sciencia en que más ha de aprovechar; que es un aviso que Galeno cuenta haberle dado un demonio a su padre, al cual le aconsejó, estando durmiendo, que hiciese estudiar a su hijo medicina, porque para esta sciencia tenía ingenio único y singular.17
De lo cual entenderá Vuestra Majestad cuánto importa a la república que haya en ella esta electión y examen de ingenios para las ciencias; pues de estudiar Galeno medicina resultó tanta salud a los enfermos de su tiempo, y para los venideros dejó tantos remedios escritos. Y si como Baldo18 (aquel ilustre varón en derecho) estudió medicina y la usó, pasara adelante con ella, fuera un médico vulgar (como ya realmente lo era, por faltarle la diferencia de ingenio que esta sciencia ha menester) y las leyes perdieran una de las mayores habilidades de hombre que para su declaración se podía hallar.
Queriendo, pues, reducir a arte esta nueva manera de filosofar y probarla en algunos ingenios, luego me ocurrió el de Vuestra Majestad por ser más notorio, de quien todo el mundo se admira viendo un príncipe de tanto saber y prudencia. Del cual aquí no se puede tractar sin hacer fealdad en la obra; el penúltimo capítulo es su conveniente lugar, donde Vuestra Majestad verá la manera de su ingenio y el arte y letras con que había de aprovechar la república si, como es rey y señor nuestro por naturaleza, fuera un hombre particular. Vale.19
AL LECTOR SEGUNDO PROEMIO
Cuando Platón quería enseñar alguna doctrina grave, subtil y apartada de la vulgar opinión, escogía de sus discípulos los que a él le parescían de más delicado ingenio y a sólo éstos decía su parecer, sabiendo por experiencia que enseñar cosas delicadas a hombres de bajo entendimiento era gastar el tiempo en vano, quebrarse la cabeza y echar a perder la doctrina. Lo segundo que hacía, después de la electión, era prevenirlos con algunos presupuestos claros y verdaderos y que no estuviesen lejos de la conclusión, porque los dichos y sentencias que de improviso se publican contra lo que el vulgo tiene persuadido no sirven de más, al principio no haciéndose tal prevención, que alborotar el auditorio y enojarle de manera que viene a perder la pía afectión y aborrescer la doctrina.
Esta manera de proceder quisiera yo poder guardar contigo, curioso Lector, si hubiera forma para poderte primero tractar y descubrir a mis solas el talento de tu ingenio; porque, si fuera tal cual convenía a esta doctrina, apartándote de los ingenios comunes, en secreto te dijera sentencias tan nuevas y particulares cual jamás pensaste que podían caer en la imaginación de los hombres.
Pero, como no se puede hacer, habiendo de salir en público para todos esta obra, no es posible dejar de alborotarte; porque si tu ingenio es de los comunes y vulgares, bien sé que estás persuadido que el número de las sciencias y su perfectión ha muchos días que por los antiguos está ya cumplido, movido con una vana razón: que, pues ellos no hallaron más que decir, argumento es que no hay otra novedad en las cosas. Y si por ventura tienes tal opinión, no pases de aquí ni leas más adelante, porque te dará pena ver probado cuán miserable diferencia de ingenio te cupo. Pero si eres discreto, bien compuesto y sufrido, decirte he tres conclusiones muy verdaderas, aunque por su novedad son dignas de grande admiración.
La primera es que, de muchas diferencias de ingenio que hay en la especie humana, sola una te puede, con eminencia, caber; si no es que Naturaleza, como muy poderosa, al tiempo que te formó echó todo el resto de sus fuerzas en juntar solas dos o tres; o, por no poder más, te dejó estulto y privado de todas.
La segunda, que a cada diferencia de ingenio le responde, en eminencia, sola una sciencia y no más; de tal condición que, si no aciertas a elegir la que responde a tu habilidad natural, ternás de las otras gran remisión, aunque trabajes días y noches.
La tercera, que después de haber entendido cuál es la sciencia que a tu ingenio más le responde, te queda otra dificultad mayor por averiguar, y es si tu habilidad es más acomodada a la prática que a la teórica; porque estas dos partes, en cualquier género de letras que sea, son tan opuestas entre sí y piden tan diferentes ingenios, que la una a la otra se remiten como si fuesen verdaderos contrarios.
Duras sentencias son, yo lo confieso. Pero otra cosa tienen de más dificultad y aspereza: que de ellas no hay a quien apelar ni poder decir de agravios; porque siendo Dios el autor de Naturaleza y viendo que ésta no da a cada hombre más que una diferencia de ingenio, como atrás dije, por la oposición o dificultad que de juntarlas hay, se acomoda con ella; y, de las sciencias que gratuitamente reparte entre los hombres, por maravilla da más que una en grado eminente.
Divisiones vero gratiarum sunt, idem autem spiritus; et divisiones ministrationum sunt, idem autem Dominus, et divisiones operationum sunt, idem vero Deus qui operatur omnia in omnibus. Unicuique autem datur ministratio spiritus ad utilitatem: alii quidem datur per spiritum sermo sapientiae, alii autem sermo scientiae secundum eumdem spiritum; alteri fides in eodem spiritu, alii gratia sanitatum in uno spiritu, alii operatio virtutum, alii prophetia, alii discretio spirituum, alii genera linguarum, alii interpretatio sermonum. Haec autem omnia operatur unus atque idem spiritus dividens singulis prout vult.20
Este repartimiento de sciencias yo no dubdo sino que le hace Dios teniendo cuenta con el ingenio y natural disposición de cada uno; porque los talentos que repartió por S. Mateo, dice el mesmo Evangelista que los dio unicuique secundum propiam virtutem.21 Y pensar que estas sciencias sobrenaturales no piden ciertas disposiciones en el subjecto antes que se infundan, es error muy grande; porque cuando Dios formó a Adán y a Eva es cierto que, primero que los llenase de sabiduría, les organizó el celebro de tal manera que la pudiesen rescibir con suavidad y fuese cómodo instrumento para con ella poder discurrir y raciocinar. Y así lo dice la divina Escriptura: ...et cor dedit illis excogitandi, et disciplina intellectus replevit illos.22
Y que según la diferencia de ingenio que cada uno tiene se infunda una sciencia y no otra, o más o menos de cada cual de ellas, es cosa que se deja entender en el mesmo ejemplo de nuestros primeros padres; porque, llenándolos Dios a ambos de sabiduría, es conclusión averiguada que le cupo menos a Eva, por la cual razón dicen los teólogos que se atrevió el demonio a engañarla y no osó tentar al varón temiendo su mucha sabiduría. La razón desto es, como adelante probaremos, que la compostura natural que la mujer tiene en el celebro no es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría.
En las sustancias angélicas hallaremos también la mesma cuenta y razón; porque, para dar Dios a un ángel más grados de gloria y más subidos dones, le da primero más delicada naturaleza, y preguntado a los teólogos de qué sirva esta naturaleza tan delicada, dicen que el ángel que tiene más subido entendimiento y mejor natural se convierte con más facilidad a Dios y usa del don con más eficacia; y que lo mesmo acontece en los hombres.
De aquí se infiere claramente que, pues hay electión de ingenios para las sciencias sobrenaturales, y que no cualquiera diferencia de habilidad es cómodo instrumento para ellas, que las letras humanas con más razón la pedirán, pues las han de aprender los hombres con las fuerzas de su ingenio.
Saber, pues, distinguir y conoscer estas diferencias naturales del ingenio humano, y aplicar con arte a cada una la sciencia en que más ha de aprovechar es el intento de esta mi obra. Si saliere con él como lo tengo propuesto, daremos a Dios la gloria dello, pues de su mano viene lo bueno y acertado; y si no, bien sabes, discreto Lector, que es imposible inventar un arte y poderla perficionar; porque son tan largas y espaciosas las sciencias humanas, que no basta la vida de un hombre a hallarlas y darles la perfectión que han de tener. Harto hace el primer inventor en apuntar algunos principios notables para que los que después sucedieren, con esta simiente, tengan ocasión de ensanchar el arte y ponerla en la cuenta y razón que es necesaria.
Aludiendo a esto Aristóteles, dice que los errores de los que primero comenzaron a filosofar se han de tener en gran veneración; porque, como sea tan dificultoso el inventar cosas nuevas y tan fácil añadir a lo que ya está dicho y tractado, las faltas del primero no merescen, por esta razón, ser muy reprehendidas, ni al que añade se le debe dar mucha alabanza.
Yo bien confieso que esta mi obra no se puede escapar de algunos errores, por ser la materia tan delicada y donde no había camino abierto para poderla tractar; pero si fueren en materia donde el entendimiento tiene lugar de opinar, en tal caso te ruego, ingenioso Lector, antes que des tu decreto, leas primero toda la obra y averigües cuál es la manera de tu ingenio; y si en ella hallares alguna cosa que a tu parescer no esté bien dicha, mira con cuidado las razones que contra ella más fuerza te hacen, y si no las supieres soltar, torna a leer el undécimo capítulo, que en él hallarás la respuesta que pueden tener. Vale.
CAPÍTULO PRIMERO
Donde se prueba por un ejemplo, que si el muchacho no tiene el ingenio y habilidad que pide la sciencia que quiere estudiar, por demás es oírla de buenos maestros, tener muchos libros ni trabajar en ellos toda la vida
Bien pensaba Cicerón que para que su hijo Marco saliese, en aquel género de letras que había escogido, tal cual él deseaba, que bastaba enviarle a un Estudio tan famoso y celebrado por el mundo como el de Atenas, y que tuviese por maestro a Cratipo,23 el mayor filósofo de aquellos tiempo, y tenerle en una cibdad tan populosa, donde, por el gran concurso de gentes que allí acudían, necesariamente habría muchos ejemplos y casos estraños que le enseñasen por experiencia cosas tocantes a las letras que aprendía. Pero con todas estas diligencias y otras muchas más que como buen padre haría (comprándole libros y escribiéndole otros de su propia invención), cuentan los historiadores que salió un gran necio, con poca elocuencia y menos filosofía. Cosa muy usada entre los hombres, pagar el hijo la mucha sabiduría del padre.
Realmente debió de imaginar Cicerón que, aunque su hijo no hubiera sacado de las manos de Naturaleza el ingenio y habilidad que la elocuencia y filosofía pedían, que con la buena industria de tal maestro y los muchos libros y ejemplos de Atenas, y el continuo trabajo del mozo y esperar en el tiempo, se emendarían las faltas de su entendimiento. Pero, en fin, vemos que se engañó; de lo cual no me maravillo, porque tuvo muchos ejemplos a este propósito que le animaron a pensar que lo mesmo podría acontescer en su hijo. Y así, cuenta el mesmo Cicerón que Jenócrates era de ingenio muy rudo para el estudio de la filosofía natural y moral (de quien dijo Platón que tenía un dicípulo que había menester espuelas), y con la buena industria de tal maestro y con el continuo trabajo de Jenócrates salió muy gran filósofo. Lo mesmo escribe de Cleante,24 que era tan estulto y mal razonado, que ningún maestro lo quería recebir en su escuela; de lo cual corrido y afrentado el mozo, trabajó tanto en las letras, que le vinieron a llamar después el segundo Hércules en sabiduría. No menos disparato pareció el ingenio de Demóstenes para la elocuencia, pues de muchacho ya grandecillo dicen que no sabía hablar; y trabajando con cuidado en el arte y oyendo de buenos maestros, salió el mayor orador de el mundo. En especial cuenta Cicerón que no podía pronunciar la R, porque era algo balbuciente, y con maña la vino después tan bien a articular como si jamás hubiera tenido tal vicio. De donde tuvo origen el refrán que dice ser el ingenio del hombre para las sciencias como quien juega a los dados, que si en la pinta25 es desdichado, mostrándose con arte a hincarlos en el tablero viene a enmendar su mala fortuna.
Pero ningún ejemplo de estos que trae Cicerón deja de tener muy conviniente respuesta en mi doctrina; porque, como adelante probaremos, hay rudeza en los muchachos que arguye mayor ingenio en otra edad que tener de niños habilidad; antes es indicio de venir a ser hombres necios comenzar luego a raciocinar y ser avisados. Porque si Cicerón alcanzara las verdaderas señales con que se descubren los ingenios en la primera edad, tuviera por buen indicio ser Demóstenes rudo y tardo en el hablar, y tener Jenócrates necesidad de espuelas cuando estudiaba. Yo no quito al buen maestro, al arte y trabajo, su virtud y fuerzas de cultivar los ingenios, así rudos como hábiles; pero lo que quiero decir es que, si el muchacho no tiene de suyo el entendimiento preñado de los precetos y reglas determinadamente de aquel arte que quiere aprender, y no de otra ninguna, que son vanas diligencias las que hizo Cicerón con su hijo y las que hiciere cualquiera otro padre con el suyo.
Esta doctrina entenderán fácilmente ser verdadera los que hubieren leído en Platón que Sócrates era hijo de una partera (como él mesmo lo cuenta de sí), y como su madre (aunque era gran maestra de partería) no podía hacer parir a la mujer que antes que viniese a sus manos no estaba preñada, así él, usando el mesmo oficio de su madre, no podía hacer parir sciencia a sus discípulos no tiniendo ellos de suyo el entendimiento preñado. Tenía entendido que las sciencias eran como naturales a solos los hombres que tenían ingenios acomodados para ellas, y que en éstos acontecía lo que vemos por experiencia en los que se han olvidado de lo que antes sabían: que con sólo apuntarles una palabra, por ella sacan todo lo demás.
No tienen otro oficio los maestros con sus discípulos (a lo que yo tengo entendido) más que apuntarles la doctrina; porque si tienen fecundo ingenio, con solo esto les hacen parir admirables conceptos, y si no, atormentan a sí y a los que los enseñan, y jamás salen con lo que pretenden. Yo a lo menos, si fuera maestro, antes que recibiera en mi escuela ningún discípulo había de hacer con él muchas pruebas y experiencias para descubrirle el ingenio; y si le hallara de buen natural para la sciencia que yo profesaba, recibiérale de buena gana, porque es gran contento para el que enseña instruir a un hombre de buena habilidad; y si no, aconsejárale que estudiase la sciencia que a su ingenio más le convenía. Pero, entendido que para ningún género de letras tenía disposición ni capacidad, dijérale con amor y blandas palabras: «Hermano mío, vós no tenéis remedio de ser hombre por el camino que habéis escogido: por vida vuestra que no perdáis el tiempo ni el trabajo y que busquéis otra manera de vivir que no requiera tanta habilidad como las letras».
Viene la experiencia con esto tan clara, que vemos entrar en un curso de cualquier sciencia gran número de discípulos (siendo el maestro o muy bueno o muy ruin) y en fin de la jornada unos salen de grande erudición, otros de mediana, otros no han hecho más, en todo el curso, de perder el tiempo, gastar su hacienda y quebrarse la cabeza sin provecho ninguno. Yo no sé de dónde pueda nascer este efecto oyendo todos de un mesmo maestro y con igual diligencia y cuidado, y por ventura los rudos trabajando más que los hábiles. Y cresce más la dificultad viendo que los que son rudos en una sciencia tienen en otra mucha habilidad, y los muy ingeniosos en un género de letras, pasados a otras no las pueden comprehender.
Yo a lo menos soy buen testigo en esta verdad; porque entramos tres compañeros a estudiar juntos latín, y el uno lo aprendió con gran facilidad y los demás jamás pudieron componer una oración elegante; pero, pasados todos tres a dialéctica, el uno de los que no pudieron aprender gramática salió en las artes una águila caudal,26 y los otros dos no hablaron palabra en todo el curso. Y venidos todos tres a oír astrología, fue cosa digna de considerar que el que no pudo aprender latín ni dialéctica, en pocos días supo más que el proprio maestro que nos enseñaba, y a los demás jamás nos pudo entrar. De donde espantado, comencé luego sobre ello a discurrir y filosofar, y hallé por mi cuenta que cada sciencia pedía su ingenio determinado y particular, y que sacado de allí no valía nada para las demás letras. Y si esto es verdad, como lo es, y dello adelante haremos demostración, ¡oh, quien entrara hoy día en las Escuelas de nuestros tiempos haciendo cala y cata de los ingenios, a cuántos trocara las sciencias y cuántos echara al campo por estólidos e imposibilitados para saber, y cuántos restituyera de los que por tener corta fortuna están en viles artes arrinconados, cuyos ingenios crio Naturaleza sólo para letras! Mas, pues no se puede hacer ni remediar, no hay sino pasar con ello.
Esto que tengo dicho, a lo menos no se puede negar, sino que hay ingenios determinados para una sciencia, los cuales para otra son disparatos. Y, por tanto, conviene, antes que el muchacho se ponga a estudiar, descubrirle la manera de su ingenio y ver cuál de las sciencias viene bien con su habilidad, y hacerle que la aprenda; pero también se ha de considerar que no basta lo dicho para que salga muy consumado letrado, sino que ha de guardar otras condiciones no menos necesarias que tener habilidad. Y así, dice Hipócrates que el ingenio del hombre tiene la mesma proporción con la sciencia que la tierra con la semilla; la cual, aunque sea de suyo fecunda y paniega,27 pero es menester cultivarla y mirar para qué género de simiente tiene más disposición natural. Porque no cualquiera tierra puede panificar con cualquiera simiente sin distinctión: unas llevan mejor trigo que cebada, y otras mejor cebada que trigo, y de el trigo tierras hay que multiplican mucho candial28 y el trujillo29 no lo pueden sufrir. Y no sólo con hacer esta distinción se contenta el buen labrador; pero, después de haber arado la tierra con buena sazón, aguarda tiempo conviniente para sembrar, porque no en cualquier parte del año se puede hacer; y después de nacido el pan, lo limpia y escarda para que pueda crescer y dar adelante el fructo que de la simiente se espera. Así, conviene que después de sabida la sciencia que al hombre está mejor, que la comience a estudiar en la primera edad, porque ésta (dice Aristóteles) es la más aparejada de todas para aprender. Aliende que la vida del hombre es muy corta, y las artes largas y espaciosas; por donde es menester que haya tiempo bastante para saberlas, y tiempo para poderlas ejercitar y con ellas aprovechar la república.
La memoria de los muchachos dice Aristóteles que está vacía, sin pintura ninguna, porque ha poco que nacieron, y así, cualquier cosa reciben con facilidad; no como la memoria de los hombres mayores, que, llena de tantas cosas como han visto en el largo discurso de su vida, no les cabe más. Y por esto dijo Platón que delante de los niños contemos siempre fábulas y enarraciones honestas que inciten a obras de virtud, porque lo que en esta edad aprenden jamás se les olvida. No como dijo Galeno: «Que entonces se han de aprender las artes cuando nuestra naturaleza tiene todas las fuerzas que puede alcanzar». Pero no tiene razón si no se distingue: el que ha de aprender latín o cualquiera otra lengua halo de hacer en la niñez, porque si aguarda a que el cuerpo se endurezca y tome la perfectión que ha de tener, jamás saldrá con ella.
En la segunda edad, que es la adolescencia, se ha de trabajar en el arte de raciocinar, porque ya se comienza a descubrir el entendimiento, el cual tiene con la dialéctica la mesma proporción que las trabas que echamos en los pies y manos de una mula cerril, que, andando algunos días con ellas, toma después cierta gracia en el andar; así nuestro entendimiento, trabado con las reglas y preceptos de la dialéctica, toma después en las sciencias y disputas un modo de discurrir y raciocinar muy gracioso.
Venida la juventud se pueden aprender todas las demás sciencias que pertenecen al entendimiento, porque ya está bien descubierto. Verdad es que Aristóteles saca la filosofía natural, diciendo que el mozo no está dispuesto para este género de letras, en lo cual paresce que tiene razón, por ser sciencia de más alta consideración y prudencia que otra ninguna.
Sabida ya la edad en que se han de aprender las sciencias, conviene luego buscar un lugar aparejado para ellas, donde no se trate otra cosa sino letras, como son las universidades. Pero ha de salir el muchacho de casa de su padre, porque el regalo de la madre, de los hermanos, parientes y amigos que no son de su profesión es grande estorbo para aprender. Esto se vee claramente en los estudiantes naturales de las villas y lugares donde hay universidades; ninguno de los cuales, si no es por gran maravilla, jamás sale letrado. Y puédese remediar fácilmente trocando las universidades: los naturales de la ciudad de Salamanca estudiar en la villa de Alcalá de Henares, y los de Alcalá en Salamanca.
Esto de salir el hombre de su natural para ser valeroso y sabio es de tanta importancia, que ningún maestro hay en el mundo que tanto le pueda enseñar, especialmente viéndose muchas veces desamparado de el favor y regalo de su patria. «Sal de tu tierra (dijo Dios a Abraham) y de entre tus parientes y de casa de tu padre, y ven al lugar que yo te enseñaré, en el cual engrandeceré tu nombre y te daré mi bendición».30 Esto mesmo dice Dios a todos los hombres que desean tener valor y sabiduría; porque, aunque los puede bendecir en su natural, pero quiere que los hombres se dispongan con aquel medio que Él ordenó, y que no les venga la prudencia de gracia. Todo esto se entiende supuesto que el hombre tenga buen ingenio y habilidad, porque si no, quien bestia va a Roma, bestia torna: poco aprovecha que el rudo vaya a estudiar a Salamanca, donde no hay cátreda de entendimiento ni de prudencia, ni hombre que la enseñe.
La tercera diligencia es buscar maestro que tenga claridad y método en el enseñar y que su doctrina sea buena y segura, no sofística ni de vanas consideraciones; porque todo lo que hace el discípulo, en tanto que aprende, es creer todo lo que le propone el maestro, por no tener discreción ni entero juicio para discernir ni apartar lo falso de lo verdadero. Aunque esto es caso fortuito y no puesto en electión de los que aprenden, venir en tiempo a estudiar que las universidades tienen buenos maestros o ruines. Como les acontesció a ciertos médicos de quien cuenta Galeno que, teniéndoles ya convencidos con muchas experiencias y razones que la prática que usaban era errada y en perjuicio de la salud de los hombres, se les saltaron las lágrimas de los ojos, y en presencia de el mismo Galeno comenzaron a maldecir su hado y la mala dicha que tuvieron en topar con ruines maestros al tiempo que aprendieron.
Verdad es que hay ingenios de discípulos tan felices, que entienden luego las condiciones de el maestro y la doctrina que trae; y si es mala, se la saben confutar, y aprobar lo que dicen bien. Estos tales mucho más enseñan al maestro en cabo del año, que el maestro a ellos; porque, dubdando y preguntando agudamente, le hacen saber y responder cosas tan delicadas que jamás las supo ni supiera si el discípulo, con la felicidad de su ingenio, no se las apuntara. Pero los que esto pueden hacer son uno o dos cuando mucho, y los rudos son infinitos; y así, es bien (ya que no se ha de hacer esta electión y examen de ingenios para las sciencias) que las universidades se provean siempre de buenos maestros, que tengan sana doctrina y claro ingenio para que a los ignorantes no enseñen errores ni falsas proposiciones.
La cuarta diligencia que se ha de hacer es estudiar la sciencia con orden, comenzando por sus principios y subir por los medios hasta el fin, sin oír materia que presuponga otra primero. Por donde siempre tuve por error oír muchas liciones de varias materias y pasallas todas juntas en casa: hácese por esta vía una maraña de cosas en el entendimiento, que después, en la práctica, no sabe el hombre aprovecharse de los preceptos de su arte ni asentarlos en su conviniente lugar. Muy mejor es trabajar cada materia por sí y con el orden natural que tiene en su composición; porque de la manera que se aprende, de aquella mesma forma se asienta en la memoria. Hacer esto conviene más en particular a los que de su propia naturaleza tienen el ingenio confuso; y puédese remediar fácilmente oyendo sola una materia y, acabada aquélla, entrar en la que se sigue hasta cumplir con toda el arte. Entendiendo Galeno cuánto importaba estudiar con orden y concierto las materias, escribió un libro para enseñar la manera que se había de tener en leer sus obras,31 con fin que el médico no se hiciese confuso. Otros añaden que el estudiante, en tanto que aprende, no tenga más que un libro que contenga llanamente la doctrina, y en éste estudie y no en muchos, por que no se desbarate ni confunda; y tienen muy gran razón.
Lo último que hace al hombre muy gran letrado es gastar mucho tiempo en las letras y esperar que la sciencia se cueza y eche profundas raíces; porque de la manera que el cuerpo no se mantiene de lo mucho que en un día comemos y bebemos, sino de lo que el estómago cuece y altera, así nuestro entendimiento no engorda con lo mucho que en poco tiempo leemos, sino de lo que poco a poco va entendiendo y rumiando. Cada día se va dispuniendo mejor nuestro ingenio, y viene, andando el tiempo, a caer en cosas que atrás no pudo alcanzar ni saber. El entendimiento tiene su principio, augmento, estado y declinación, como el hombre y los demás animales y plantas. Él comienza en el adolecencia, tiene su augmento en la juventud, el estado en la edad de consistencia, y comienza a declinar en la vejez. Por tanto, el que quiere saber cuándo32 su entendimiento tiene todas las fuerzas que puede alcanzar, sepa que es dende treinta y tres años hasta cincuenta, pocos más o menos. En el cual tiempo se han de creer los graves auctores si en el discurso de su vida tuvieron contrarias sentencias. Y el que quiere escrebir libros halo de hacer en esta edad, y no antes ni después, si no se quiere retractar ni mudar la sentencia.
Pero las edades de los hombres no en todos tienen la mesma cuenta y razón, porque a unos se les acaba la puericia a doce años, a otros a catorce, a otros a diez y seis y a otros a diez y ocho. Éstos tienen las edades muy largas, porque llega su juventud a poco menos de cuarenta años; la consistencia, a sesenta, y tienen de vejez otros veinte años, con los cuales se hacen ochenta de vida, que es el término de los muy potentados. Los primeros, a quienes se les acaba la puericia a doce años, son de muy corta vida; comienzan luego a raciocinar y nacerles la barba, y dúrales muy poco el ingenio y a treinta y cinco años comienzan a caducar, y a cuarenta y ocho se les acaba la vida.
De todas las condiciones que he dicho, ninguna deja de ser muy necesaria, útil y provechosa para que el muchacho venga a saber; pero tener buena y correspondiente naturaleza a la sciencia que quiere estudiar es lo que más hace al caso, porque, con ella, vemos que muchos hombres comenzaron a estudiar pasada la juventud y oyeron de ruines maestros, con mal orden y en sus tierras, y en poco tiempo salieron muy grandes letrados; y si falta el ingenio, dice Hipócrates que todo lo33 demás son diligencias perdidas.
Pero quien mejor lo encaresció fue el buen Marco Cicerón, el cual con dolor de ver a su hijo tan necio y que ninguna cosa aprovecharon los medios que para hacerle sabio buscó, dijo desta manera: Nam quid est aliud gigantum more bellare cum diis, nisi naturae repugnare? Como si dijera: «¿Qué cosa hay más parescida a la batalla que los gigantes traían con los dioses que ponerse el hombre a estudiar faltándole el ingenio?». Porque de la manera que los gigantes nunca vencían a los dioses, antes eran siempre dellos vencidos, así cualquiera estudiante que procurare vencer a su mala naturaleza quedará de ella vencido. Y, por tanto, nos aconseja el mesmo Cicerón que no forcejemos contra naturaleza ni procuremos ser oradores si ella no lo consiente, porque trabajaremos en vano.
CAPÍTULO SEGUNDO
Donde se declara que Naturaleza es la que hace al muchacho hábil para aprender
Sentencia es muy común y usada de los filósofos antiguos diciendo: «Naturaleza es la que hace al hombre hábil para aprender, y el arte con sus preceptos y reglas le facilita, y el uso y experiencia que tiene de las cosas particulares le hace poderoso para obrar»; pero ninguno ha dicho en particular qué cosa sea esta Naturaleza ni en que género de causas se ha de poner; sólo afirmaron que, faltando ella en el que aprende, vana cosa es el arte, la experiencia, los maestros, los libros y el trabajo.
La gente vulgar, en viendo a un hombre de grande ingenio y habilidad, luego señala a Dios por auctor y no cura de otra causa ninguna, antes tiene por vana imaginación todo lo que discrepa de aquí; pero los filósofos naturales burlan de esta manera de hablar; porque, puesto caso que es piadosa y contiene en sí religión y verdad, nace de ignorar el orden y concierto que Dios puso en las cosas naturales el día que las crio, y por amparar su ignorancia con seguridad y que nadie les pueda reprehender ni contradecir, afirman que todo es lo que Dios quiere, y que ninguna cosa subcede que no nazca de su divina voluntad. Y por ser ésta tan gran verdad son dignos de reprehensión; porque, así como no cualquiera pregunta dice Aristóteles que se ha de hacer, de la mesma manera ni cualquiera respuesta, aunque verdadera, se ha de dar.
Estando un filósofo natural razonando con un gramático, llegó a ellos un hortelano curioso y les preguntó qué podía ser la causa que haciendo él tantos regalos a la tierra en cavarla, ararla, estercolarla y regarla, con todo eso nunca llevaba de buena gana la hortaliza que en ella sembraba, y las yerbas que ella producía de suyo las hacía crescer con tanta facilidad. Respondió el gramático que aquel efecto nascía de la divina Providencia y que así estaba ordenado para la buena gobernación de el mundo. De la cual respuesta se rio el filósofo natural, viendo que se acogía a Dios por no saber el discurso de las causas naturales ni de qué manera producían sus efectos. El gramático, viéndole reír, le preguntó si burlaba de él, o de qué se reía. El filósofo le dijo que no se reía dél, sino del maestro que le había enseñado tan mal; porque las cosas que nascen de la Providencia divina, como son las obras sobrenaturales, pertenesce su conoscimiento y solución a los metafísicos (que ahora llamamos teólogos); pero la cuestión del hortelano es natural y pertenesce a la jurisdictión de los filósofos naturales, porque hay causas ordenadas y manifiestas de donde tal efecto puede nascer. Y así, respondió el filósofo natural diciendo que la tierra tiene la condición de la madrastra, que mantiene muy bien a los hijos que ella parió y quita el alimento a los del marido; y así vemos que los suyos andan gordos y lucidos, y los alnados,34 flacos y descoloridos. Las yerbas que la tierra produce de suyo son nascidas de sus proprias entrañas, y las que el hortelano le hace llevar por fuerza son hijas de otra madre ajena, y así, les quita la virtud y alimento con que habían de crescer por darlo a las yerbas que ella engendró.
También cuenta Hipócrates que, yendo a visitar aquel gran filósofo Demócrito, le dijo las locuras que el vulgo decía de la Medicina; y eran que, viéndose libres de la enfermedad, dicen que Dios los sanó, y que, si Él no quisiera, poco aprovechara la buena industria de el médico. Ella es tan antigua manera de hablar y hanla reñido tantas veces los filósofos naturales, que es por demás tractar de quitarla; ni menos conviene, porque el vulgo, que ignora las causas particulares de cualquier efecto, mejor responde y con más verdad por la causa universal (que es Dios), que decir algún disparate.
Pero yo muchas veces me he puesto a considerar la razón y causa de donde pueda nascer que la gente vulgar sea tan amiga de atribuir todas las cosas a Dios y quitarlas a Naturaleza y aborrescer los medios naturales. Y no sé si la he podido atinar. A lo menos, bien se deja entender que por no saber el vulgo qué efectos se han de atribuir inmediatamente a Dios y cuáles a Naturaleza, los hace hablar de aquella manera. Fuera de que los hombres, por la mayor parte, son impacientes y amigos que se cumpla presto lo que ellos desean; y como los medios naturales son tan espaciosos y obran por discurso de tiempo, no tienen paciencia para aguardarlos; y como saben que Dios es omnipotente y que en un momento hace todo lo que quiere y de ello tienen muchos ejemplos, querrían que Él les diese salud como al paralítico,35 y sabiduría como a Salomón, y riquezas como a Job, y que los librase de sus enemigos como a David.
La segunda causa es que los hombres somos arrogantes y de vana estimación, muchos de los cuales desean allá dentro de su pecho que Dios les haga a ellos alguna merced particular, y que no sea por la vía común (como es hacer salir el sol sobre los justos y malos, y llover para todos en general), porque las mercedes en tanto son más estimadas en cuanto se hacen con menos. Y por esta razón hemos visto muchos hombres fingir milagros en las casas y lugares de devoción; porque luego acuden las gentes a ellos y los tienen en gran veneración, como personas con quien Dios ha tenido cuenta particular; y si son pobres, los favorescen con mucha limosna, y así algunos pican en el interés.
La tercera razón es ser los hombres amigos de holgar y estar dispuestas las causas naturales por tal orden y concierto, que para alcanzar sus efectos es menester trabajar; y, por tanto, querrían que Dios usase con ellos su omnipotencia y que sin sudar se cumpliesen sus deseos. Dejo aparte la malicia de aquellos que pedían a Dios milagros para tentar su omnipotencia y probar si los podía hacer; y otros que, por vengar su corazón, piden fuego del cielo y otros castigos de gran crueldad.
La última causa es ser mucha de la gente vulgar religiosa y amiga que Dios sea honrado y engrandecido, lo cual se consigue mucho más con los milagros que con los efectos naturales; pero el vulgo de los hombres no sabe que las obras sobrenaturales y prodigiosas las hace Dios para mostrar a los que no lo saben que es omnipotente, y que usa de ellas por argumento para comprobar su doctrina, y que, faltando esta necesidad, nunca jamás las hace. Esto bien se deja entender considerando cómo ya no obra Dios aquellos hechos estraños de el Testamento nuevo y viejo; y es la razón haber hecho ya de su parte todas las diligencias que convenía para que los hombres no pretendiesen ignorancia. Y pensar que ha de volver otra vez a hacer los mesmos argumentos y tornar con nuevos milagros a comprobar de nuevo su doctrina resucitando muertos, dando vista a los ciegos, sanando los cojos y paralíticos, es error muy grande; porque de una vez enseña Dios lo que conviene a los hombres y lo prueba con milagros, y no lo torna a repetir: Semel loquitur Deus, et secundo id ipsum non repetit.36
El indicio de que yo más me aprovecho para descubrir si un hombre no tiene el ingenio que es apropiado para la filosofía natural es verle amigo de echar todas las cosas a milagro, sin ninguna distinctión; y, por lo contrario, los que no se contentan hasta saber la causa particular de el efecto, no hay que dubdar de su buen ingenio. Éstos bien saben que hay efectos que inmediatamente se han de reducir a Dios, como son los milagros, y otros a Naturaleza, que son aquellos que tienen causas ordenadas de donde suelen nacer; pero hablando de la una manera y de la otra, siempre ponemos a Dios por auctor. Porque, cuando dijo Aristóteles Deus et natura nichil faciunt frustra,37 no entendió que Naturaleza fuese alguna causa universal con jurisdictión apartada de Dios, sino que es nombre de el orden y concierto que Dios tiene puesto en la compostura de el mundo para que subcedan los efectos que son necesarios para su conservación. Porque de la mesma manera se suele decir que el rey y el Derecho civil no hacen agravio a nadie; en la cual manera de hablar ninguno entiende que este nombre Derecho significa algún príncipe que tenga jurisdictión apartada de la de el rey, sino que es un término que abraza con su significación todas las leyes y ordenamiento real que el rey tiene hecho para conservar en paz su república.
Y así como el rey tiene casos reservados para sí, los cuales no pueden ser determinados por el Derecho por ser estraños y graves, de la mesma manera dejó Dios reservados para sí los efectos milagrosos, para la productión de los cuales no dio orden ni poder a las cau- sas naturales. Pero aquí es de notar que el que los ha de conocer por tales y diferenciarlos de las obras naturales ha de ser gran filósofo natural y saber de cada efecto qué causas ordenadas puede tener; y, con todo, no basta si la Iglesia Católica no los declara por tales.
Y de la manera que los letrados trabajan y estudian en leer el Derecho civil y guardarlo en la memoria para saber y entender cuál fue la voluntad de el rey en la determinación de tal caso, así nosotros, los filósofos naturales, como letrados de esta facultad, ponemos nuestro estudio en saber el discurso y orden que Dios hizo el día que crio el mundo, para contemplar y saber de qué manera quiso que sucediesen las cosas y por qué razón. Y así como sería cosa de reír si un letrado alegase en sus escriptos de bien probado que el rey manda determinar tal caso sin mostrar la ley y razón por donde lo discide, así los filósofos naturales se ríen de los que dicen «esta obra es de Dios» sin señalar el orden y discurso de causas particulares de donde pudo nacer.
Y de la manera que el rey no quiere escuchar cuando le piden que quebrante alguna ley justa, o que haga determinar el caso fuera del orden judicial que él tiene mandado guardar, así Dios no quiere escuchar cuando alguno le pide milagros y hechos fuera del orden natural sin necesidad. Porque aun el rey cada día quita y pone leyes y muda el orden judicial, así por la variedad de los tiempos como por ser el consejo de el hombre caduco y no poder atinar de una vez a la rectitud y justicia; pero el orden natural de todo el universo, que llamamos Naturaleza, dende que Dios crio el mundo no habido38 que añadir ni quitar una jota; porque lo hizo con tanta providencia y saber, que pedir que no se guarde aquel orden es poner falta en sus obras.
Volviendo, pues, a aquella sentencia tan usada de los filósofos antiguos, Natura facit habilem, es de entender que hay ingenios y habilidades que Dios reparte entre los hombres fuera del orden natural, como fue la sabiduría de los Apóstoles, los cuales, siendo rudos y torpes, fueron alumbrados milagrosamente y llenos de sciencia y saber. De este género de habilidad y sabiduría no se puede verificar Natura facit habilem; porque esta es obra que inmediatamente se ha de reducir a Dios y no a Naturaleza. Lo mesmo se entiende de la sabiduría de los profetas y de todos aquellos a quien Dios infundió alguna gracia.
Otro género de habilidad hay en los hombres, que les nace de haberse engendrado con aquel orden y concierto de causas que Dios ordenó para este fin; y de esta suerte con verdad se dice Natura facit habilem. Porque, como probaremos en el capítulo postrero de esta obra, hay orden y concierto en las causas naturales, que, si los padres al tiempo del engendrar tienen cuidado de guardarle, saldrán todos sus hijos sabios sin que falte ninguno. Pero, en el entretanto, esta significación de naturaleza es muy universal y confusa, y el entendimiento no huelga ni descansa hasta saber el discurso particular y la última causa, y así, es menester buscar otra significación de este nombre, naturaleza, que tenga a nuestro39 propósito más convenencia.
Aristótiles y los demás filósofos naturales decienden más en particular, y llaman naturaleza a cualquiera forma sustancial que da ser a la cosa y es principio de todas sus obras. En la cual significación, nuestra ánima racional con razón se llamará naturaleza, porque de ella recebimos el ser formal que tenemos de hombres, y ella mesma es principio de cuanto hacemos y obramos. Pero como todas las ánimas racionales sean de igual perfectión, así la de el sabio como la de el necio, no se puede afirmar que naturaleza, en esta significación, es la que hace al hombre hábil; porque, si esto fuese verdad, todos los hombres ternían igual ingenio y saber. Y así, el mesmo Aristóteles buscó otra significación de naturaleza, la cual es razón y causa de ser el hombre hábil o inhábil, diciendo que el temperamento de las cuatro calidades primeras (calor, frialdad, humidad y sequedad) se ha de llamar naturaleza, porque de ésta nacen todas las habilidades de el hombre, todas las virtudes y vicios, y esta gran variedad que vemos de ingenios.
Y pruébase claramente considerando las edades de un hombre sapientísimo; el cual en la puericia no es más que un bruto animal, ni usa de otras potencias más que de la irascible y concupiscible;40 pero, venida la adolescencia, comienza a descubrir un ingenio admirable, y vemos que le dura hasta cierto tiempo y no más, porque, viniendo la vejez, cada día va perdiendo el ingenio, hasta que viene a caducar. Esta variedad de ingenios, cierto es que no41 nasce de el ánima racional, porque en todas las edades es la mesma, sin haber recebido en sus fuerzas y substancia ninguna alteración, sino que en cada edad tiene el hombre vario temperamento y contraria disposición, por razón de la cual hace el ánima unas obras en la puericia y otras en la juventud y otras en la vejez. De donde tomamos argumento evidente que, pues una mesma ánima hace contrarias obras en un mesmo cuerpo por tener en cada edad contrario temperamento, que cuando dos muchachos el uno es hábil y el otro necio, que nace de tener cada uno temperamento diferente de el otro, al cual, por ser principio de todas las obras de el ánima racional, llamaron los médicos y filósofos naturaleza, de la cual significación se verifica propriamente aquella sentencia Natura facit habilem.
En confirmación de esta doctrina escribió Galeno un libro probando que las costumbres de el ánima siguen el temperamento de el cuerpo donde está, y que, por razón de el calor, frialdad, humidad y sequedad de la región que habitan los hombres, y de los manjares que comen, y de las aguas que beben y del aire que respiran, unos son necios y otros sabios, unos valientes y otros cobardes, unos crueles y otros misericordiosos, unos cerrados de pecho y otros abiertos, unos mentirosos y otros verdaderos, unos traidores y otros leales, unos inquietos y otros sosegados, unos doblados y otros sencillos, unos escasos y otros liberales, unos vergonzosos y otros desvergonzados, unos incrédulos y otros fáciles de persuadir. Y para probar esto trae muchos lugares de Hipócrates, Platón y Aristóteles, los cuales afirmaron que la diferencia de las naciones, así en la compostura de el cuerpo como en las condiciones de el ánima, nasce de la variedad de este temperamento. Y véese claramente por experiencia cuánto disten los griegos de los scitas,42 y los franceses de los españoles, y los indios de los alemanes, y los de Etiopía de los ingleses. Y no solamente se echa de ver en regiones tan apartadas; pero si consideramos las provincias que rodean a toda España, podremos repartir las virtudes y vicios que hemos contado entre los moradores de ellas, dando a cada cual su vicio y virtud. Y si no, consideremos el ingenio y costumbres de los catalanes, valencianos, murcianos, granadinos, andaluces, estremeños, portugueses, gallegos, asturianos,43 montañeses, vizcaínos, navarros, aragoneses y los del riñón de Castilla. ¿Quién no vee y conoce lo que éstos difieren entre sí, no sólo en la figura de el rostro y compostura de el cuerpo, pero también en las virtudes y vicios del ánima? Y todo nace de tener cada provincia de éstas su particular y diferente temperamento. Y no solamente se conosce esta variedad de costumbres en regiones tan apartadas, pero aun en lugares que no distan más que una pequeña legua no se puede creer la diferencia que hay de ingenios entre los moradores.
Finalmente, todo lo que escribe Galeno en su libro es el fundamento desta mi obra, aunque él no atinó en particular a las diferencias de habilidad que tienen los hombres ni a las sciencias que cada una demanda en particular. Aunque bien entendió que era necesario repartir las sciencias a los muchachos y dar a cada uno la que pedía su habilidad natural, pues dijo que las repúblicas bien ordenadas habían de tener hombres de gran prudencia y saber que, en la tierna edad, descubriesen a cada uno su ingenio y solercia44 natural, para hacerle aprender el arte que le convenía y no dejarlo a su electión.
CAPÍTULO TERCERO
Donde se declara qué parte del cuerpo ha de estar bien templada para que el muchacho tenga habilidad
Tiene el cuerpo humano tanta variedad de partes y potencias (aplicadas cada una para su fin), que no será fuera de propósito, antes cosa necesaria, saber primero qué miembro ordenó Naturaleza por instrumento principal para que el hombre fuese sabio y prudente; porque cierto es que no raciocinamos con el pie ni andamos con la cabeza, ni vemos con las narices ni oímos con los ojos; sino que cada una de estas partes tiene su uso y particular compostura para la obra que ha de hacer.
Antes que naciese Hipócrates y Platón estaba muy rescebido entre los filósofos naturales que el corazón era la parte principal donde residía la facultad racional y el instrumento con que nuestra ánima hacía las obras de prudencia, solercia, memoria y entendimiento; y así, la divina Escriptura, acomodándose a la común manera de hablar de aquel tiempo, llama en muchas partes corazón a la parte superior de el hombre. Pero venidos al mundo estos dos graves filósofos, dieron a entender que era falsa aquella opinión y probaron con muchas razones y experiencias que el celebro era el asiento principal de el ánima racional; y así lo recibieron todos si no fue Aristóteles, el cual, con ánimo de contradecir en todo a Platón, tornó a refrescar la opinión primera y con argumentos tópicos hacerla probable.
Cuál sea la más verdadera sentencia ya no es tiempo de ponerlo en cuestión, porque ningún filósofo dubda en esta era que el celebro es el instrumento que Naturaleza ordenó para que el hombre fuese sabio y prudente; sólo conviene explicar qué condiciones ha de tener esta parte para que se pueda decir estar bien organizada y que el muchacho, por esta razón, tenga buen ingenio y habilidad.
Cuatro condiciones ha de tener el celebro para que el ánima racional pueda con él hacer cómodamente las obras que son de entendimiento y prudencia. La primera es buena compostura; la segunda, que sus partes estén bien unidas; la tercera, que el calor no exceda a la frialdad, ni la humidad a la sequedad; la cuarta, que la sustancia esté compuesta de partes subtiles y muy delicadas.
En la buena composición se encierran otras cuatro cosas. La primera es buena figura; la segunda, cantidad suficiente; la tercera, que en el celebro haya cuatro ventrículos distinctos y apartados,45 cada uno puesto en su asiento y lugar: la cuarta, que la capacidad de éstos no sea mayor ni menor de lo que conviene a sus obras.
La buena figura del celebro arguye Galeno considerando por de fuera la forma y compostura de la cabeza, la cual dice que sería tal cual conviene tomando una bola de cera perfectamente redonda, y apretándola livianamente por los lados. Quedaría de esta manera la frente y el colodrillo46 con un poco de giba, de donde se sigue que tener el hombre la frente muy llana y el colodrillo remachado, que no tiene su celebro la figura que pide el ingenio y habilidad.
La cantidad de celebro que ha menester el ánima para discurrir y raciocinar es cosa que espanta, porque entre los brutos animales ninguno hay que tenga tantos sesos como el hombre, de tal manera que, si juntásemos los que se hallan en dos bueyes muy grandes, no igualarían con los de solo un hombre, por pequeño que fuese. Y lo que es más de notar: que entre los brutos animales, aquellos que se van llegando más a la prudencia y discreción humana (como es la mona, la zorra y el perro), éstos tienen mayor cantidad de celebro que los otros, aunque en corpulencia sean mayores. Por donde dijo Galeno que la cabeza pequeña era siempre viciosa en el hombre, por tener falta de sesos; aunque también afirmó que si la grande nacía de haber mucha materia, y mal sazonada al tiempo que Naturaleza la formó, que es mal indicio, porque toda es huesos y carne, y muy pocos sesos; como acontece en las naranjas muy grandes, que abiertas tienen poca médula y la cáxcara muy canteruda.
Ninguna cosa ofende tanto el ánima racional como estar en un cuerpo cargado de huesos, de pringue y de carne; y así, dijo Platón que las cabezas de los hombres sabios ordinariamente eran flacas y se ofendían fácilmente con cualquiera ocasión; y es la causa que Naturaleza las hizo a tejavana47 con intento de no ofender al ingenio cargándola de mucha materia. Y es tan verdadera esta doctrina de Platón, que, con estar el estómago tan desviado del celebro, le viene a ofender si está lleno de pringue y carne; en confirmación de lo cual trae Galeno un refrán que dice: El vientre grueso engendra grueso entendimiento. Y en esto no hay más misterio de que el celebro y el estómago están asidos y trabados con ciertos nervios por los cuales el uno al otro se comunican sus daños. Y, por lo contrario, siendo el estómago enjuto y descarnado ayuda grandemente al ingenio, como lo vemos en los famélicos y necesitados; en la cual doctrina se pudo fundar Persio48 cuando dijo que el vientre era el que daba el ingenio al hombre.
Pero lo que más se ha de notar en este propósito es que si las demás partes de el cuerpo son gruesas y carnosas, por donde el hombre viene a tener gran corpulencia, dice Aristóteles que le echa a perder el ingenio. Por donde estoy persuadido que si el hombre tiene gran cabeza (aunque haya sido la causa estar Naturaleza muy fuerte y por haber tenido cantidad de materia bien sazonada), que no terná tan buen ingenio como siendo moderada. Aristóteles es de contraria opinión, preguntando qué es la causa que el hombre es el más prudente de todos los animales; a la cual dubda responde que ningún animal hay que tenga tan pequeña cabeza como el hombre respecto de su cuerpo; y entre los hombres, aquellos (dice) son más prudentes que tienen menor cabeza. Pero no tiene razón; porque si él abriera la cabeza de un hombre y viera la cantidad de sesos que tiene, hallara que dos caballos juntos no tienen tantos sesos como él. Lo que yo he hallado por experiencia es que en los hombres pequeños de cuerpo es mejor declinar la cabeza a grande, y en los que son de mayor corpulencia, a pequeña; y es la razón que de esta manera se halla la cantidad moderada, con la cual obra bien el ánima racional.
Fuera de esto, son menester cuatro ventrículos en el celebro para que el ánima racional pueda discurrir y filosofar. El uno ha de estar colocado en el lado derecho de el celebro, y el segundo en el izquierdo, y el tercero en el medio de estos dos, y el cuarto en la postrera parte de el celebro, como paresce en esta figura.49 De qué sirvan estos ventrículos y las capacidades anchas o angostas al ánima racional, adelante lo diremos tractando de las diferencias de ingenio que hay en el hombre. Pero también no basta que el celebro tenga buena figura, cantidad suficiente y el número de ventrículos que hemos dicho con su capacidad poca o mucha, sino que sus partes guarden cierto género de continuidad y que no estén divisas. Por la cual razón hemos visto, en las heridas de la cabeza, unos hombres perder la memoria, otros el entendimiento y otros la imaginación; y, puesto caso que después de sanos volvió el celebro a juntarse, pero no a la unión natural que él tenía de antes.
La tercera condición de las cuatro principales era estar el celebro bien templado, con moderado calor y sin exceso de las demás calidades; la cual disposición dijimos atrás que se llamaba buena naturaleza, porque es la que principalmente hace al hombre hábil, y la contraria, inhábil.
Pero la cuarta, que es tener el celebro la sustancia o compostura de partes subtiles y muy delicadas, dice Galeno que es la más importante de todas; porque, quiriendo dar indicio de la buena compostura de el celebro, dice que el ingenio subtil es señal que el celebro está hecho de partes subtiles y muy delicadas, y si el entendimiento es tardo, arguye gruesa sustancia; y no hace mención de el temperamento.
Estas condiciones ha de tener el celebro para que el ánima racional pueda hacer con él sus razones y silogismos. Pero hay de por medio una dificultad muy grande, y es que si abrimos la cabeza de cualquier bruto animal, hallaremos que su celebro está compuesto de la misma forma y manera que el del hombre, sin faltarle ninguna condición de las dichas. Por donde se entiende que los brutos animales usan también de prudencia y razón mediante la compostura de su celebro, o que nuestra ánima racional no se aprovecha de este miembro por instrumento para sus obras, lo cual no se puede afirmar.
A esta dubda responde Galeno diciendo: In animantium genere quod irrationale appellatur, nulla omnino data ratio sit, sane dubium est. Nam et si caret ea quae in voce versatur, quam sermonem nominant, quae tamem animo concipitur, quam ratiocinium dicunt, eius fortase particeps omne genus animalium est, quamque aliis partius aliis liberalius tributa sit. Sed profecto quam caeteris animantibus homo sit hac ipsa ratione praestantior, nemo est qui dubitet. Por estas palabras da a entender Galeno (aunque con algún miedo) que los brutos animales participan de razón, unos más y otros menos, y dentro de su ánimo usan de algunos silogismos y discursos, puesto caso que no lo puedan explicar por palabras, y que la diferencia que les hace el hombre consiste en ser más racional y usar de prudencia con más perfectión. También el mesmo Galeno prueba con muchas experiencias y razones que los asnos, siendo entre los brutos animales los más necios, alcanzan con su ingenio las cosas más sutiles y delicadas que Platón y Aristóteles hallaron, y así colige diciendo: Ergo tantum abest ut veteres philosophos laudem tamquam amplum aliquid magnaeque subtilitatis invenerint, quod idem ac diversum, unum ac non unum non solum numero, sed etiam specie sit in audiendum, ut etiam ipsis asinis, qui tamen omnium brutorum stupidissimi videntur, hoc inesse natura dicam.
Esto mesmo quiso sentir Aristóteles cuando preguntó qué es la causa que el hombre es el más prudente de todos los animales; y en otra parte torna a preguntar qué es la razón que el hombre es el más injusto de todos los animales. Por donde da a entender lo mesmo que dijo Galeno: que la diferencia que hay de el hombre al bruto animal es la mesma que se halla entre el hombre necio y el sabio, no más de por intensión. Ello cierto no hay que dubdar sino que los brutos animales tienen memoria, imaginativa y otra potencia que paresce al entendimiento, como la mona retrae al hombre; y que su ánima se aproveche de la compostura de el celebro es cosa muy cierta; la cual siendo buena y tal cual conviene, hace sus obras muy bien y con mucha prudencia, y si el celebro está mal organizado, las yerra. Y así vemos que hay asnos que lo son propriamente en el saber, y otros se hallan tan agudos y maliciosos, que pasan de su especie. Y entre los caballos se hallan muchas ruindades y virtudes, y unos más disciplinables que otros; todo lo cual acontesce por tener bien o mal organizado el celebro. La razón y solución de esta duda daremos luego en el capítulo que se sigue, porque allí se torna a tocar esta materia.
Otras partes hay en el cuerpo de cuyo temperamento depende tanto el ingenio como de el celebro, de las cuales diremos en el postrer capítulo de esta obra. Pero, fuera dellas50 y de el celebro, hay otra sustancia en el cuerpo de quien se aprovecha el ánima racional en sus obras, y así, pide las tres postreras calidades como el celebro, que son cantidad suficiente, delicada sustancia y buen temperamento. Éstos son los spíritus vitales y sangre arterial, los cuales andan vagando por todo el cuerpo y están siempre asidos de la imaginación y siguen su contemplación. El oficio de esta sustancia spiritual es despertar las potencias de el hombre y darles fuerza y vigor para que puedan obrar.
Conócese claramente ser éste su uso considerando los movimientos de la imaginativa y lo que subcede después en la obra. Porque si el hombre se pone a imaginar en alguna afrenta que le han hecho, luego acude la sangre arterial al corazón y despierta la irascible y le da calor y fuerzas para vengarse. Si el hombre está contemplando en alguna mujer hermosa, o está dando y tomando con la imaginación en el acto venéreo, luego acuden estos spíritus vitales a los miembros genitales y los levantan para la obra. Lo mesmo acontece cuando se nos acuerda de algún manjar delicado y sabroso: luego desamparan todo el cuerpo y acuden el estómago y hinchen la boca de agua. Y es tan veloz su movimiento, que si alguna mujer preñada tiene antojo de cualquier manjar y está siempre imaginando en él, vemos por experiencia que viene a mover si de presto no se lo dan; y es la razón natural que estos spíritus vitales, antes de el antojo, estaban en el vientre, ayudándole a tener la criatura, y con la nueva imaginación de el manjar, viénense al estómago a levantar el apetito; en el ínterin, si el útero no tiene fuerte retentriz, no la puede sustentar, y así, la viene a mover.
Entendiendo Galeno la condición de estos spíritus vitales, aconseja a los médicos que no den de comer a los enfermos estando los humores crudos y por cocer; porque, en sintiendo que hay manjar en el estómago, luego dejan lo que están haciendo y se vienen a él para le ayudar.
Este mesmo beneficio y ayuda recibe el celebro de estos spíritus vitales cuando el ánima racional quiere contemplar, entender, imaginar y hacer actos de memoria, sin los cuales no puede obrar. Y de la manera que la sustancia gruesa de el celebro y su mal temperamento echan a perder el ingenio, así los spíritus vitales y sangre arterial, no siendo delicados y de buen temperamento, impiden al hombre su discurso y raciocinio. Por esto dijo Platón que la blandura y buen temperamento de el corazón hace el ingenio agudo y perspicaz (habiendo probado atrás que el celebro y no el corazón era el asiento principal de el ánima racional); y es la razón que estos spíritus vitales se engendran en el corazón, y tal substancia y temperamento toman cual le tenía el que los formó. Desta sangre arterial se entiende lo que dijo Aristóteles: estar bien compuestos los hombres que tienen la sangre caliente, delicada y pura, porque juntamente son de buenas fuerzas corporales51 y de ingenio muy acendrado.
A estos espíritus vitales llaman los médicos naturaleza, porque son el instrumento principal con que el ánima racional hace sus obras. Y de éstos también se puede verificar aquella sentencia: Natura facit habilem.
CAPÍTULO CUARTO
Donde se muestra que el ánima vegetativa, sensitiva y racional son sabias sin ser enseñadas de nadie, tiniendo el temperamento conveniente que piden sus obras
Tiene tanta fuerza el temperamento de las cuatro calidades primeras (a quien atrás llamamos naturaleza) para que las plantas, los brutos animales y el hombre acierten a hacer cada cual las obras que son proprias de su especie, que si llega a estar en el punto perfecto que puede tener, repentinamente y sin que nadie les enseñe saben las plantas formar raíces en la tierra y por ellas traer el alimento, retenerle, cocerle y expeler los excrementos, y los brutos conocen luego en naciendo lo que es conveniente a su naturaleza y huyen de lo que es malo y nocivo. Y lo que más viene a espantar a los que no saben filosofía natural es que el hombre, tiniendo el celebro bien templado y con la disposición que alguna sciencia ha menester, repentinamente y sin jamás haberla aprendido de nadie, dice y habla en ella cosas tan delicadas que no se pueden creer.
Los filósofos vulgares, viendo las obras maravillosas que hacen los brutos animales, dicen que no hay que espantar, porque lo hacen con instinto de naturaleza, la cual muestra y enseña a cada uno en su especie lo que ha de hacer. Y en esto dicen muy bien, porque ya hemos dicho y probado que naturaleza no es otra cosa más que el temperamento de las cuatro calidades primeras, y que éste es el maestro que enseña a las ánimas cómo han de obrar. Pero ellos llaman instinto de naturaleza a cierta maraña de cosas que suben de las tejas arriba, y jamás lo han podido esplicar ni dar a entender.
Los graves filósofos, como son Hipócrates, Platón y Aristóteles, reducen todas estas obras maravillosas al calor, frialdad, humidad y sequedad; y esto toman por primer principio, y no pasan de aquí. Y preguntando quién enseñó a los brutos animales hacer las obras que nos espantan, y a los hombres raciocinar, responde Hipócrates: Naturae omnium sine doctore; como si dijera: «Las facultades, o el temperamento en que consisten, todas son sabias sin haberlo aprendido de nadie». Lo cual paresce muy claro considerando las obras de el ánima vegetativa (y de todas las demás que gobiernan al hombre): que si tiene un pedazo de simiente humana, con buena temperatura, bien cocida y sazonada, hace un cuerpo tan bien organizado y hermoso, que todos los entalladores de el mundo no lo sabrían contrahacer. En tanto,52 que, admirado Galeno de ver una fábrica tan maravillosa el número que tiene de partes, el asiento y figura, el uso y oficio de cada una por sí, vino a decir que no era posible que el ánima vegetativa ni el temperamento supiesen hacer una obra tan estraña, sino que el autor della era Dios o alguna inteligencia muy sabia.
Pero esta manera de hablar ya la dejamos reprobada atrás, porque a los filósofos naturales no les está bien reducir los efectos inmediatamente a Dios dejando por contar las causas intermedias; mayormente en este caso, donde vemos por experiencia que si la simiente humana es de mala sustancia y no tiene el temperamento que conviene, hace el ánima vegetativa mil disparates. Porque, si es fría y húmida más de lo que es menester, dice Hipócrates que salen los hombres eunucos o hermafroditas; y si es muy caliente y seca, dice Aristóteles que los hace hocicudos, patituertos y las narices remachadas, como son los de Etiopía; y si es húmida, dice el mesmo Galeno que salen largos y desvaídos; y siendo seca, nacen pequeños de cuerpo. Todo lo cual es gran fealdad en la especie humana, y de tales obras no hay que loar a Naturaleza ni tenerla por sabia; y si Dios fuera el autor, ninguna de estas calidades le podía estorbar. Solos los primeros hombres que hubo en el mundo dice Platón que los hizo Dios; pero los demás nacieron por el discurso de las causas segundas, las cuales si están bien ordenadas, hace el ánima vegetativa muy bien sus obras, y si no concurren como conviene, produce53 mil disparates.
Cuál sea el buen orden de naturaleza para este efecto es tener el ánima vegetativa buen temperamento. Y si no, responda Galeno y todos los filósofos del mundo: ¿qué es la razón que el ánima vegetativa tiene tanto saber y poder en la primera edad de el hombre (en formar el cuerpo, aumentarle y nutrirle), y venida la vejez no puede hacer? Porque si al viejo se le cae una muela, no hay remedio de tornarle a nacer; y si al muchacho le faltan todas, vemos que Naturaleza las torna a hacer. Pues ¿es posible que una ánima que no ha hecho otra cosa en todo el discurso de la vida sino traer el manjar, retenerle, cocerle y expeler los excrementos y reengendrar las partes que faltan, que al cabo de la vida se le haya olvidado y que no lo pueda hacer? Cierto es que responderá Galeno que ser sabia y poderosa el ánima vegetativa en la niñez, que nasce de tener mucho calor y humidad natural, y en la vejez no lo puede hacer, ni sabe, por la mucha frialdad y sequedad que tiene el cuerpo en esta edad.
También la sabiduría de el ánima sensitiva depende de el temperamento de el celebro; porque si es tal cual sus obras le piden y han menester, las acierta muy bien a hacer, y si no, también las yerra como el ánima vegetativa. El medio que tuvo Galeno para contemplar y conoscer por vista de ojos la sabiduría del ánima sensitiva fue tomar un cabrito luego en naciendo;54 el cual puesto en el suelo, comenzó a andar como si le hubieran enseñado y dicho que las piernas se habían hecho para tal uso; y tras esto se sacudió de la humidad superflua que sacó de la madre, y alzando el pie, se rascó tras la oreja, y puniéndole muchas escudillas delante con vino, agua, vinagre, aceite y leche, después de haberlas olido todas, de sola la leche comió. Lo cual visto por muchos filósofos que a la sazón se hallaron presentes, a voces dijeron: «¡Gran razón tuvo Hipócrates en decir que las ánimas eran sabias sin haber tenido maestro!». Y no sólo se contentó Galeno con esto; pero pasados dos meses lo sacó al campo muerto de hambre; y oliendo muchas yerbas, de solas aquellas comió que las cabras suelen pacer.
Pero, si como Galeno se puso a contemplar las obras de este cabrito, lo hiciera entre tres o cuatro juntos, viera que unos andaban mejor que otros, se sacudían mejor, se rascaban mejor y hacían más bien hechas las obras que hemos contado. Y si Galeno criara dos potros, hijos de unos mesmos padres, viera que el uno se hollaba con más gracia y donaire, corría y paraba mejor y tenía más fidelidad. Y si tomara un nido de halcones y los criara, hallara que el primero era gran volador; el segundo, gran cazador, y el tercero goloso y de malas costumbres. Lo mesmo hallara en los podencos y galgos; que, siendo hijos de unos mesmos padres, al uno no le falta más que hablar en la caza y al otro no le imprime55 más que si fuera mastín de ganado.
Todo esto no se puede reducir aquellos vanos instintos de Naturaleza que fingen los filósofos. Porque, preguntado por qué razón el un perro tiene más instinto que el otro, siendo ambos de una mesma especie y hijos de un mesmo padre, yo no sé qué podrían responder, si no es acudir luego a su bordón,56 diciendo que Dios le enseñó al uno más que al otro y le dio más instinto natural. Y tornándoles a repreguntar qué es la causa que este buen perro, siendo mozo es un gran cazador y venida la vejez no tiene tanta habilidad, y, por lo contrario, de mozo no saber cazar y de viejo ser astuto y mañoso, no sé qué puedan responder. Yo, a lo menos, diría que ser el perro más hábil para la caza que el otro nasce de tener mejor temperamento en el celebro; y otras veces cazar bien de mozo y no poderlo hacer de viejo, que proviene que en la una edad tiene el temperamento que requieren las habilidades de la caza, y en la otra no. De donde se infiere que, pues la temperatura de las cuatro calidades primeras es la razón y causa por donde un bruto animal hace mejor las obras de su especie que otro, que el temperamento es el maestro que enseña al ánima sensitiva lo que ha de hacer.
Y si Galeno considerara las sendas y caminos de la hormiga y contemplara su prudencia, su misericordia, su justicia y gobernación, se le acabara el juicio viendo un animal tan pequeño con tanta sabiduría sin tener preceptor ni maestro que le enseñase. Pero,57 sabida la temperatura que la hormiga tiene en su celebro y viendo cuán apropriada es para la sabiduría (como adelante se mostrará), cesará el admiración y entenderemos que los brutos animales, con el temperamento de su celebro y con las fantasmas que les entran por los cinco sentidos, hacen los discursos y habilidades que les notamos. Y entre los animales de una mesma especie, el que fuere más disciplinable e ingenioso nasce de tener el celebro más bien templado; y si por alguna ocasión o enfermedad se le alterase el buen temperamento de el celebro, perdería luego la prudencia y habilidad, como lo hace el hombre.
De el ánima racional es ahora la dificultad cómo ella también tiene este instinto natural para las obras de su especie, que son sabiduría y prudencia, y cómo de repente, por razón de el buen temperamento, puede saber el hombre las sciencias sin haberlas oído de nadie, pues nos muestra la experiencia que, si no se aprenden, ninguno nasce con ellas.
Entre Platón y Aristóteles hay una cuestión58 muy reñida sobre averiguar la razón y causa de donde puede nascer la sabiduría de el hombre. El uno dice que nuestra ánima racional es más antigua que el cuerpo; porque, antes que Naturaleza le organizase, estaba ya ella en el cielo en compañía de Dios, de donde salió llena de sciencia y sabiduría; pero, entrando a informar la materia, por el mal temperamento que en ella halló, las perdió todas, hasta que andando el tiempo se vino a enmendar la mala temperatura y sucedió otra en su lugar, con la cual (por ser acomodada a las sciencias que perdió) poco a poco vino a acordarse de lo que ya tenía olvidado. Esta opinión es falsa, y espántome yo de Platón, siendo tan gran filósofo, que no supiese dar razón de la sabiduría humana viendo que los brutos animales tienen sus prudencias y habilidades naturales sin que su alma salga del cuerpo ni vaya al cielo a aprenderlas. Por donde no caresce de culpa, mayormente habiendo leído en el Génesis (a quien él tanto crédito daba) que Dios organizó primero el cuerpo de Adán antes que criase el ánima. Eso mesmo acontesce ahora, salvo que Naturaleza engendra el cuerpo, y en la última disposición cría Dios el ánima en el mesmo cuerpo, sin estar fuera dél tiempo ni momento.
Aristóteles echó por otro camino, diciendo: Omnis doctrina omnisque disciplina ex praexistenti fit cognitione; como si dijera: «Todo cuanto saben y aprenden los hombres nace de haberlo oído, visto, olido, gustado y palpado, porque ninguna noticia puede haber en el entendimiento que no haya pasado primero por alguno de los cinco sentidos». Y así, dijo que estas potencias salen de las manos de Naturaleza «como una tabla rasa donde no hay pintura ninguna». La cual opinión también es falsa como la de Platón; y para que mejor lo podamos dar a entender y probar, es menester convenir primero con los filósofos vulgares que en el cuerpo humano no hay más que un ánima y ésta es la racional, la cual es principio de todo cuanto hacemos y obramos; puesto caso que en esto hay opiniones y no falta en contrario quien defienda que en compañía de el ánima racional hay otras dos o tres.
Siendo, pues, así, en las obras que hace el ánima racional como vegetativa, ya hemos probado que sabe formar al hombre y darle la figura que ha de tener; y sabe traer el alimento, retenerle, cocerle y expeler los excrementos; y si alguna parte falta en el cuerpo, la sabe rehacer de nuevo y darle la compostura que ha de tener conforme al uso. Y en las obras de sensitiva y motiva, sabe luego el niño, en naciendo, mamar y menear los labios para sacar la leche, y con tal maña, que ningún hombre, por sabio que sea, lo acertara a hacer; y con esto atina a las calidades que convienen a la conservación de su naturaleza y huye de lo que es nocivo y dañoso, sabe llorar y reír sin haberlo aprendido de nadie. Y si no, digan los filósofos vulgares quién enseñó a los niños hacer estas obras, o por qué sentido les vino. Bien sé que responderán que Dios les dio aquel instinto natural, como a los brutos animales; en lo cual no dicen mal, si el instinto natural es lo mesmo que el temperamento.
Las obras proprias del ánima racional, que son entender, imaginar y hacer actos de memoria, no las puede el hombre hacer luego en naciendo; porque el temperamento de la niñez es muy disconveniente para ellas y muy apropriado para la vegetativa y sensitiva; como el de la vejez, que es apropriado para el ánima racional y malo para la vegetativa y sensitiva. Y si, como el temperamento que sirve a la prudencia se adquiere poco a poco en el celebro, se pudiera juntar todo de repente, de improviso supiera el hombre discurrir y filosofar mejor que si en las escuelas lo hubiera aprendido; pero, como Naturaleza no lo puede hacer sino por discurso de tiempo, así va el hombre adquiriendo poco a poco la sabiduría. Y que sea ésta la razón y causa pruébase claramente considerando que, después de ser un hombre muy sabio, viene poco a poco a hacerse necio, por ir cada día (hacia la edad decrépita) adquiriendo otro temperamento contrario. Yo para mí tengo entendido que si como Naturaleza hace al hombre de simiente caliente y húmida (que es el temperamento que enseña a la vegetativa y sensitiva lo que ha de hacer), le formara de simiente fría y seca, que en naciendo supiera luego discurrir y raciocinar, y no atinara a mamar, por ser esta temperatura disconveniente a tales obras.
Pero, para que se entienda por experiencia que si el celebro tiene el temperamento que piden las ciencias naturales no es menester maestro que nos enseñe, es necesario advertir en una cosa que acontece cada día. Y es que si el hombre cae en alguna enfermedad por la cual el celebro de repente mude su temperatura (como es la manía, melancolía y frenesía) en un momento acontesce perder, si es prudente, cuanto sabe, y dice mil disparates; y si es necio, adquiere más ingenio y habilidad que antes tenía.
De un rústico59 labrador sabré yo decir que, estando frenético, hizo delante de mí un razonamiento encomendando a los circunstantes su salud y que mirasen por sus hijos y mujer si de aquella enfermedad fuese Dios servido llevarle, con tantos lugares retóricos, con tanta elegancia y policía de vocablos como Cicerón lo podía hacer delante el Senado. De lo cual admirados los circunstantes, me preguntaron de dónde podía venir tanta elocuencia y sabiduría a un hombre que estando en sanidad no sabía hablar; y acuérdome que respondí que la oratoria es una sciencia que nasce de cierto punto de calor, y que este rústico labrador le tenía ya por razón de la enfermedad.
De otro frenético podré también afirmar que en más de ocho días jamás habló palabra que no le buscase luego su consonante, y las más veces hacía una copla redondilla muy bien formada. Y espantados los circunstantes de oír hablar en verso a un hombre que en sanidad jamás lo supo hacer, dije que raras veces acontescía ser poeta en la frenesía el que lo era en sanidad; porque el temperamento que el celebro tiene estando el hombre sano, con el cual es poeta, ordinariamente se ha de desbaratar en la enfermedad y hacer obras contrarias. Acuérdome que su mujer de este frenético, y una hermana suya que se llamaba Marigarcía, le reprehendían porque decía mal de los sanctos. De lo cual enojado el paciente, dijo a su mujer desta manera: «¡Pues reniego de Dios por amor de vós, y de Sancta María por amor de Marigarcía, y de Sant Pedro por amor de Juan de Olmedo!», y así fue discurriendo por muchos sanctos que hacían consonancia con los demás circunstantes que allí estaban.
Pero esto es cifra y caso de poco momento respecto de las delicadezas que dijo un paje de un Grande de estos reinos estando maníaco. El cual era tenido en sanidad por mozo de poco ingenio; pero caído en la enfermedad, eran tantas las gracias que decía, los apodos, las respuestas que daba a lo que le preguntaban, las trazas que fingía para gobernar un reino de el cual se tenía por señor, que por maravilla le venían gentes a ver y oír, y el proprio señor jamás se quitaba de la cabecera rogando a Dios que no sanase. Lo cual se paresció después muy claro; porque, librado el paje de esta enfermedad, se fue el médico que le curaba a despedir de el señor con ánimo de rescebir algún galardón o buenas palabras; pero él le dijo desta manera: «Yo os doy mi palabra, señor doctor, que de ningún mal suceso he rescebido jamás tanta pena como de ver a este paje sano; porque tan avisada locura no era razón trocarla por un juicio tan torpe como a éste le queda en sanidad. Paréceme que de cuerdo y avisado lo habéis tornado necio, que es la mayor miseria que a un hombre puede acontecer». El pobre médico, viendo cuán mal agradecida era su cura, se fue a despedir del paje, y en la última conclusión de muchas cosas que habían tractado, dijo el paje: «Señor doctor, yo os beso las manos por tan gran merced, como me habéis hecho en haberme vuelto mi juicio; pero yo os doy mi palabra, a fe de quien soy, que en alguna manera me pesa de haber sanado, porque estando en mi locura vivía en las más altas consideraciones del mundo, y me fingía tan gran señor, que no había rey en la tierra que no fuese mi feudatario. Y que fuese burla y mentira, ¿qué importaba, pues gustaba tanto de ello como si fuera verdad? ¡Harto peor es ahora, que me hallo de veras que soy un pobre paje y que mañana tengo que comenzar a servir a quien, estando en mi enfermedad, no le recibiera por mi lacayo!».60
Todo esto no es mucho que lo resciban los filósofos y crean que pudo ser así. Pero, ¿si yo les afirmase ahora, por historias muy verdaderas, que algunos hombres ignorantes, padesciendo esta enfermedad, hablaron en latín sin haberlo en sanidad aprendido? ¿Y de una mujer frenética que decía a cada persona de los que la entraban a visitar sus virtudes y vicios, y algunas veces acertaba con la certidumbre que suelen los que hablan por conjeturas y por indicios, y por esto ninguno la osaba ya entrar a ver, temiendo las verdades que decía? Y lo que más causó admiración fue que, estándola el barbero sangrando, le dijo: «Mirá, Hulano, lo que hacéis, porque tenéis muy pocos días de vida y vuestra mujer se ha de casar con Fulano». Y, aunque acaso, fue tan verdadero su pronóstico, que antes de medio año se cumplió.
Ya me paresce que oigo decir a los que huyen de la filosofía natural que todo esto es gran burla y mentira, y si por ventura fue verdad, que el demonio, como es sabio y subtil, permitiéndolo Dios se entró en el cuerpo de esta mujer y de los demás frenéticos que hemos dicho y les hizo decir aquellas cosas espantosas. Y aun confesar esto se les hace cuesta arriba, porque el demonio no puede saber lo que está por venir, no tiniendo spíritu profético. Ellos tienen por fuerte argumento decir: «Esto es falso, porque yo no entiendo cómo puede ser», como si las cosas dificultosas y muy delicadas estuviesen subjetas a los rateros entendimientos y de ellos se dejasen entender.
Yo no pretendo aquí convencer a los que tienen falta de ingenio, porque esto es trabajar en vano, sino hacerle confesar a Aristóteles que los hombres, tiniendo el temperamento que sus obras61 han menester, pueden saber muchas cosas sin haber tenido de ellas particular sentido ni haberlas aprendido de nadie: Multi etiam propterea quod ille calor sedimentis, in vicino est, morbis vesaniae implicantur aut instinctu lymphatico infervescunt, ex quo Sibillae efficiuntur, et Bacchae, et omnes qui divino spiraculo instigari creduntur, cum scilicet id, non morbo, sed naturali intemperie accidit. Marcus civis Syracusanus, poeta etiam praestantior erat dum mente alienaretur. Et quibus minus ille calor remissus ad mediocritatem fit, ii prorsus melancholici quidem, sed longe prudentiores. Por estas palabras confiesa claramente Aristóteles que por calentarse demasiadamente el celebro vienen muchos hombres a conoscer lo que está por venir, como son las sibilas; lo cual dice Aristóteles que no nasce por razón de la enfermedad, sino por la desigualdad del calor natural. Y que sea ésta la razón y causa pruébalo claramente por un ejemplo, diciendo que Marco siracusano era más delicado poeta cuando estaba, por el calor demasiado de el celebro, fuera de sí, y volviéndose a templar, perdía el metrificar, pero quedaba más prudente y sabio. De manera que no solamente admite Aristóteles por causa principal de estas cosas estrañas el temperamento del celebro, pero aun reprehende a los que dicen ser esto revelación divina y no cosa natural.
El primero que llamó divinidades a estas cosas maravillosas fue Hipócrates: Et si quid divinum in morbis habetur, illius quoque edicere providentiam, por la cual sentencia manda a los médicos que si los enfermos dijeren divinidades, que sepan conoscer lo que son y pronosticar en lo que han de parar. Pero lo que más me admira en este punto es que, preguntándole a Platón de dónde pueda nascer que de dos hijos de un mesmo padre el uno sepa hacer versos sin haberle nadie enseñado, y el otro, trabajando en el arte de poesía, no los pueda hacer, y responda que el que nasció poeta está endemoniado y el otro no... Y así, tuvo razón Aristótiles de reprehenderle, pudiéndolo reducir al temperamento como otras veces lo hizo.
Hablar el frenético en latín sin haberlo en sanidad aprendido muestra la consonancia que hace la lengua latina al ánima racional. Y, como adelante probaremos, hay ingenio particular y acomodado para inventar lenguas; y son los vocablos latinos y las maneras que esta lengua tiene de hablar tan racionales y hacen tan buena consonancia en los oídos, que, alcanzando el ánima racional el temperamento que es necesario para inventar una lengua muy elegante, luego encuentra con ella. Y que dos inventores de lenguas puedan fingir unos mesmos vocablos (tiniendo el mismo ingenio y habilidad) es cosa que se deja entender considerando que, como Dios crio a Adán y le puso todas las cosas delante para que a cada una le pusiera el nombre con que se había de llamar, formara luego otro hombre con la mesma perfectión y gracia sobrenatural, pregunto yo ahora: si a éste le trujera Dios las mesmas cosas para darles el nombre que habían de tener, ¿qué tales fueran? Yo no dudo sino que acertara con los mesmos de Adam; y es la razón muy clara: porque ambos habían de mirar a la naturaleza de la cosa, la cual no era más que una. Desta manera pudo el frenético encontrar con la lengua latina y hablar en ella sin haberla en sanidad aprendido; porque, desbaratándose por la enfermedad el temperamento natural de su celebro, pudo hacerse por un rato como que el mesmo que tenía el que inventó la lengua latina, y fingir como que los mismos vocablos (no con tanto concierto y elegancia continuada, porque esto ya paresce señal de que el demonio mueve la lengua, como la Iglesia enseña a sus exorcistas).
Esto mesmo dice Aristóteles que ha acontescido en algunos niños, que en nasciendo hablaron palabras expresas y que después tornaron a callar; y reprehende a los filósofos vulgares de su tiempo, que por ignorar la causa natural de este efecto lo atribuían al demonio. La razón y causa de hablar los niños luego en naciendo, y tornar luego a callar, jamás la pudo hallar Aristóteles, aunque dijo muchas cosas sobre ello; pero nunca le cupo en el entendimiento que fuese invención del demonio ni efecto sobrenatural, como piensan los filósofos vulgares. Los cuales viéndose cercados de las cosas subtiles y delicadas de la filosofía natural, hacen entender a los que poco saben que Dios o el demonio son auctores de los efectos raros y prodigiosos, cuyas causas naturales ellos no saben ni entienden.
Los niños que se engendran de simiente fría y seca, como son los hijos habidos en la vejez, a muy pocos días y meses después de nacidos comienzan a discurrir y filosofar; porque el temperamento frío y seco, como adelante probaremos, es muy apropriado para las obras del ánima racional, y lo que había de hacer el tiempo, los muchos días y meses, suplió la repentina templanza del celebro, la cual se anticipó por muchas causas que hay para ello. Otros niños, dice Aristóteles que luego en naciendo comenzaron a hablar y después callaron todo el tiempo que no tuvieron la edad ordinaria y conveniente para hablar; el cual efecto tiene la mesma cuenta y razón que lo que hemos dicho de el paje y de los demás maniáticos y frenéticos y de aquel que habló de repente en latín sin haberlo en sanidad aprendido. Y que los niños, estando en el vientre de su madre, y luego en naciendo, puedan padescer estas mesmas enfermedades es cosa que no se puede negar.
El adivinar de la mujer frenética cómo pudo ser, mejor lo diera yo a entender a Cicerón que a estos filósofos naturales, porque cifrando la naturaleza del hombre, dijo desta manera: Animal providum, sagax, multiplex, acutum, memor, plenum rationis et consiIii, quem vocamus hominem. Y, en particular, dice que hay naturaleza de hombres que en conoscer lo que está por venir hacen ventaja a otros: Est enim vis et natura quaedam quae futura praenuntiat; quorum vim atque naturam ratio nunquam explicuit. El error de los filósofos naturales está en no considerar (como lo hizo Platón) que el hombre fue hecho a la semejanza de Dios y que participa de su divina providencia y que tiene potencias para conoscer todas tres diferencias de tiempo: memoria para lo pasado, sentidos para lo presente, imaginación y entendimiento para lo que está por venir. Y así como hay hombres que hacen ventaja a otros en acordarse de las cosas pasadas, y otros en conoscer lo presente, así hay muchos que tienen más habilidad natural en imaginar lo que está por venir. Uno de los mayores argumentos que forzaron a Cicerón para creer que el ánima racional era incorruptible fue ver la certidumbre con que los enfermos decían lo por venir, especialmente estando cercanos a la muerte. Pero la diferencia que hay entre el espíritu profético a este ingenio natural es que lo que dice Dios por boca de los profetas es infalible, porque es palabra expresa suya, y lo que el hombre pronostica con las fuerzas de su imaginativa no tiene aquella certidumbre.
Los que dijeron que las virtudes y vicios que descubría la frenética a las personas que la entraban a ver era artificio del demonio, sepan que Dios da a los hombres cierta gracia sobrenatural para alcanzar y conocer qué obras son de Dios y cuáles del demonio, la cual cuenta Sant Pablo entre los dones divinos y la llama discretio spirituum; con la cual se conosce si es demonio o algún ángel bueno el que nos viene a tocar; porque muchas veces viene el demonio a engañarnos con aparencia de buen ángel y es menester esta gracia y este don sobrenatural para conoscerle y diferenciarlo del bueno. De este don estarán más lejos los que no tienen ingenio para la filosofía natural (porque esta sciencia y la sobrenatural que Dios infunde caen sobre una mesma potencia, que es el entendimiento), si es verdad que (por la mayor parte) Dios se acomoda en repartir las gracias al buen natural de cada uno, como arriba dije. Estando Jacob en el artículo de la muerte, que es el tiempo donde el ánima racional está más libre para ver lo que está por venir, entraron todos sus doce hijos a verle, y a cada uno en particular le dijo sus virtudes y vicios y profetizó lo que sobre ellos y sus descendientes había de acontescer.62 Esto cierto es que lo hizo en espíritu de Dios; pero si la Escriptura divina y nuestra fee no nos lo certificara, ¿en qué conoscieran estos filósofos naturales que ésta era obra de Dios, y que las virtudes y vicios que la frenética decía a los que la entraban a ver, lo hacía en virtud del demonio, paresciendo este caso en parte al de Jacob?
Éstos piensan que la naturaleza del ánima racional es muy ajena de la que tiene el demonio y que sus potencias (entendimiento, imaginativa y memoria) son de otro género muy diferente. Y están engañados; porque si el ánima racional informa un cuerpo bien organizado, como era el de Adán, sabe muy poco menos que el más avisado diablo, y fuera del cuerpo, tiene tan delicadas potencias como él. Y si los demonios alcanzan lo que está por venir conjeturando y discurriendo por algunas señales, eso mesmo puede hacer el ánima racional cuando se va librando del cuerpo o tiniendo aquella diferencia de temperamento que hace al hombre con providencia. Y así, tan dificultoso es para el entendimiento alcanzar cómo el demonio puede saber estas delicadeces, como atribuírselas al ánima racional. A éstos no les cabe en el entendimiento que puede haber señales en las cosas naturales para conoscer por ellas lo que está por venir, y yo digo que hay indicios para alcanzar lo pasado, lo presente, y conjeturar lo que está por venir, y aun para conjeturar algunos secretos del Cielo: Invisibilia enim ipsus, a creatura mundi, per ea quae facta sunt, intellecta, conspitiuntur. El que tuviere potencia para ello lo alcanzará, y el otro será tal cual dijo Homero: «Lo pasado entiende el necio, y no lo que está por venir». Pero el avisado y discreto es la mona de Dios, que le imita en muchas cosas, y aunque no las puede hacer con tanta perfectión, pero todavía tiene con Él alguna semejanza en rastrearle.
CAPÍTULO QUINTO
Donde se prueba que de solas tres calidades, calor, humidad y sequedad, salen todas las diferencias de ingenios que hay en el hombre
Estando el ánima racional en el cuerpo, es imposible poder hacer obras contrarias y diferentes si para cada una no63 tiene su instrumento particular. Véese esto claramente en la facultad animal, la cual hace varias obras en los sentidos exteriores por tener cada uno su particular compostura: una tienen los ojos; otra, los oídos; otra, el gusto, otra el olfacto y otra el tacto. Y si no fuera así, no hubiera más que un género de obras, o todo fuera ver, o gustar o palpar, porque el instrumento determina y modifica la potencia para una actión y no más.
De esto manifiesto y claro que pasa en los sentidos exteriores podremos colegir lo que hay allá dentro en los interiores. Con esta mesma virtud animal entendemos, imaginamos y nos acordamos; pero si es verdad que cada obra requiere particular instrumento, necesariamente allá dentro en el celebro ha de haber órgano para el entendimiento, y órgano para la imaginativa y otro diferente para la memoria. Porque si todo el celebro estuviera organizado de una mesma manera, o todo fuera memoria o todo entendimiento o todo imaginación, y vemos que hay obras muy diferentes, luego forzosamente ha de haber variedad de instrumentos. Pero abierta la cabeza y hecha anatomía de el celebro, todo está compuesto de un mesmo modo de substancia homogénea y similar, sin variedad de partes heterogéneas. Sólo aparescen cuatro senos pequeños, los cuales, bien mirados, todos tienen una mesma composición y figura, sin haber cosa de por medio en que puedan diferir.
Cuál sea el uso y aprovechamiento dellos y de qué sirven en la cabeza, no es fácil determinarlo; porque Galeno y los anatomistas, así modernos como antiguos, lo han procurado averiguar y ninguno ha dicho determinadamente ni en particular de qué sirve el ventrículo derecho ni el izquierdo, ni el que está colocado en medio destos dos ni el cuarto, cuyo asiento es en el cerebelo (parte postrera de la cabeza). Sólo afirmaron, aunque con miedo, que estas cuatro cavidades eran las oficinas donde se cocían los espíritus vitales y se convierten en animales para dar sentido y movimiento a todas las partes de el cuerpo; en la cual obra una vez dijo Galeno que el ventrículo de en medio tenía la primacía, y en otra parte le64 tornó a parescer que el postrero era de mayor eficacia y valor. Pero esta doctrina no es verdadera ni está fundada en buena filosofía natural, porque no hay dos obras en el cuerpo humano tan contrarias ni que tanto se impidan como es el raciocinar y el cocer los alimentos; y es la razón que el contemplar pide quietud, sosiego y claridad en los espíritus animales, y el cocimiento se hace con grande estruendo y alboroto, y se levantan de esta obra muchos vapores que enturbian y escurescen los espíritus animales, por donde el ánima racional no puede ver las figuras. Y no era tan imprudente Naturaleza, que había de juntar en un mesmo lugar dos obras que se hacen con tanta repugnancia; antes loa grandemente Platón la prudencia y saber del que nos formó en haber apartado el hígado de el celebro en tanta distancia por que con el ruido que se hace mezclando los alimentos y con la oscuridad y tinieblas que causan los vapores en los espíritus animales no estorbasen al ánima racional sus discursos y raciocinios. Pero sin que notara esta filosofía Platón, lo vemos cada hora por experiencia, que con estar el hígado y el estómago tan desviados del celebro, en acabando de comer y buen rato después no hay hombre que pueda estudiar.
La verdad que paresce en este punto es que el ventrículo cuarto tiene por oficio cocer y alterar los spíritus vitales y convertirlos en animales para el fin que tenemos dicho, y por esto lo apartó Naturaleza en tanta distancia de los otros tres y le hizo cerebelo aparte, dividido y tan remoto como paresce, por que con su obra no estorbase la contemplación de los demás. Los tres ventrículos delanteros yo no dubdo sino que los hizo Naturaleza para discurrir y filosofar, lo cual se prueba claramente porque en los grandes estudios y contemplaciones siempre duele aquella parte de la cabeza que responde a estas tres cavidades. La fuerza de este argumento se conoce considerando que, cansadas las demás potencias de hacer sus obras, siempre duelen los instrumentos con que se han ejercitado; como en el demasiado ver duelen los ojos, y del mucho andar las plantas de los pies.
La dificultad está ahora en saber en cuál destos ventrículos está el entendimiento, y en cuál la memoria y en cuál la imaginativa, porque están tan juntos y vecinos, que por el argumento pasado ni por otro ningún indicio no se puede distinguir ni conoscer. Aunque, considerando que el entendimiento no puede obrar sin que la memoria esté presente (representándole las figuras y fantasmas conforme aquello: Oportet intelligentem phantasmata speculari), ni la memoria sin que asista con ella la imaginativa (de la manera que atrás lo dejamos declarado), entenderemos fácilmente que todas tres potencias están juntas en cada ventrículo, y que no está solo el entendimiento en el uno, ni sola la memoria en el otro, ni la imaginativa en el tercero, como los filósofos vulgares han pensado. Esta junta de potencias se suele hacer en el cuerpo humano cuando una no puede obrar sin que otra le ayude, como parece en las cuatro virtudes naturales: concoctrix, retentrix, tractrix, expultrix; y por haberse menester las unas a las otras, las juntó Naturaleza en un mesmo lugar y no las dividió ni apartó.
Pero, si esto es verdad, ¿a qué propósito hizo Naturaleza tres ventrículos y en cada uno dellos juntó todas tres potencias racionales, pues sólo uno bastaba para entender y hacer actos de memoria? A esto se puede responder que la mesma dificultad tiene saber por qué Naturaleza hizo dos ojos y dos oídos, pues en cada uno dellos está toda la potencia visiva y auditiva, y con sólo un ojo se puede ver. A lo cual se dice que las potencias que se ordenan para perficionar al animal, cuanto mayor número hay dellas, tanto más segura está su perfectión, porque puede faltar una o dos por alguna ocasión, y es bien que queden otras de el mesmo género con que obrar. En una enfermedad que los médicos llaman resolución o perlesía de medio lado, ordinariamente se pierde la obra de aquel ventrículo que está a la parte resuelta; y si no quedaran salvos y sin lesión los otros dos, quedara el hombre estulto y privado de razón; y aun con todo eso, por faltarle el un ventrículo sólo, se le conosce tener gran remisión en las obras, así del entendimiento como de la imaginativa y memoria; como sentiría menoscabo en la vista el que solía mirar con dos ojos si le quebrasen el uno dellos. De donde se entiende claramente que en cada ventrículo están todas tres potencias, pues de sola la lesión de uno se debilitan todas tres.
Atento, pues, que todos tres ventrículos tienen la mesma composición y que no hay en ellos variedad ninguna de partes, no podemos dejar de tomar por instrumento las primeras calidades y hacer tantas diferencias genéricas de ingenio cuanto fuere el número de ellas; porque pensar que el ánima racional (estando en el cuerpo) puede obrar sin tener órgano corporal que le ayude, es contra toda la filosofía natural. Pero de cuatro calidades que hay (calor, frialdad, humidad y sequedad) todos los médicos echan fuera la frialdad por inútil para todas las obras del ánima racional; y así paresce por experiencia en las demás facultades; que, en subiendo sobre el calor, todas las potencias de el hombre hacen torpemente sus obras: ni el estómago puede cocer el manjar, ni los testículos hacer simiente fecunda, ni los músculos menear el cuerpo, ni el celebro raciocinar. Y así, dijo Galeno: Frigiditas enim officiis omnibus animae aperte incommodat; como si dijera: «la frialdad echa a perder todas las obras de el ánima», sólo sirve en el cuerpo de templar el calor natural y hacerle que no queme tanto. Pero Aristóteles es de contrario parescer, diciendo: Est certe roboris efficatior sanguis qui crasior et calidior est; vim autem sentiendi intelligendique obtinet pleniorem qui tenuior atque frigidior est; como si dijera: «La sangre gruesa y caliente hace muchas fuerzas corporales, pero la delgada y fría es causa de tener el hombre grande entendimiento »; donde paresce claramente que de la frialdad nasce la mayor diferencia de ingenio que hay en el hombre, que es el entendimiento.
También Aristóteles pregunta por qué los hombres que habitan tierras muy calientes, como es Egipto, son más ingeniosos y sabios que los que moran en lugares fríos. A la cual pregunta responde que el calor demasiado de la región gasta y consume el calor natural de el celebro y le deja frío, por donde vienen a ser los hombres muy racionales; y, por lo contrario, la mucha frialdad de el aire fortifica el calor natural del celebro y no le da lugar que se resuelva. Y así, los muy calientes de celebro dice que no pueden discurrir ni filosofar, antes son inquietos y no perseverantes en una opinión. A la cual sentencia paresce que alude Galeno diciendo que la causa de ser el hombre mudable y tener cada momento su opinión es ser caliente de celebro; y, por lo contrario, estar firme y estable en una sentencia lo hace la frialdad del celebro.
Pero la verdad es que desta calidad no nasce ninguna diferencia de ingenio; ni Aristóteles quiso decir que la sangre fría a predominio hace mejor entendimiento, sino la menos caliente. Ser el hombre mudable, verdad es que nasce de tener mucho calor, el cual levanta las figuras que están en el celebro y las hace bullir, por la cual obra se le representan al ánima muchas imágines de cosas que la convidan a su contemplación, y por gozar de todas deja unas y toma otras. Al revés acontesce en la frialdad, que, por comprimir las figuras y no dejarlas65 levantar, hace al hombre firme en una opinión; y es porque no se le representa otra que lo llame. Esto tiene la frialdad: que impide los movimientos, no solamente de las cosas corporales, pero aun las figuras y especies, que dicen los filósofos ser espirituales, las hace inmóviles en el celebro; y esta firmeza antes paresce torpeza que diferencia de habilidad. Verdad es que hay otra diferencia de firmeza que nace de estar el entendimiento muy concluido, y no por tener frío el celebro.
Quedan, pues, la sequedad, humidad y calor por instrumento de la facultad racional. Pero ningún filósofo sabe determinadamente dar a cada diferencia de ingenio la suya. He- ráclito dijo: Splendor siccus, animus sapientissimus, por la cual sentencia nos da a entender que la sequedad es causa de ser el hombre muy sabio; pero no declaró en qué género de saber. Lo mesmo entendió Platón cuando dijo que nuestra ánima vino al cuerpo sapientísima, y por la mucha humidad que halló en él se hizo torpe y necia; pero, gastándose con el discurso de la edad y adquiriendo sequedad, descubre el saber que antes tenía.
Entre los brutos animales (dice Aristóteles), aquellos son más prudentes, que en su temperamento tienen más frialdad y sequedad, como son las hormigas y abejas, las cuales, en prudencia, compiten con los hombres muy racionales. Fuera desto, ningún animal bruto hay tan húmido como es el puerco, ni de menos ingenio; y así, un poeta que se llama Píndaro,66 para motejar a la gente de Beocia de necia, dijo desta manera: Dicta sues fuit gens Baeotia vecors.67 También la sangre, por la mucha humidad, dice Galeno que hace los hombres simples; y de tales cuenta el mesmo Galeno que motejaban los cómicos a los hijos de Hipócrates, diciéndoles que tenían mucho calor natural, que es una substancia húmida y muy vaporosa. Este trabajo han de tener los hijos de los hombres sabios: adelante diré la razón y causa en que consiste. También, en los cuatro humores que tenemos, ninguno hay tan frío y seco como la melancolía; y todos cuantos hombres señalados en letras habido en el mundo dice Aristóteles que fueron melancólicos.
Finalmente, todos convienen en que la sequedad hace al hombre muy sabio; pero no declaran a cuál de las potencias racionales ayuda más. Sólo el profeta Esaías le puso nombre cuando dijo: ...vexatio dat intellectum,68 porque la tristeza y la aflictión gasta y consume, no solamente la humidad de el celebro, pero los huesos deseca, con la cual calidad se hace el entendimiento más agudo y perspicaz. De lo cual se puede hacer evidente demostración considerando muchos hombres que, puestos en pobreza y aflictión, vinieron a decir y escribir sentencias dignas de admiración, y venidos después a próspera fortuna, a buen comer y beber, no acertaron a hablar; porque la vida regalada, el contento, el buen suceso y hacerse todas las cosas a su voluntad, relaja y humedece el celebro. Que es lo que dijo Hipócrates: Gaudium relaxat cor; como si dijera: «El contento y alegría ensancha el corazón y le da calor y gordura». Y es cosa fácil de probar otra vez, porque, si la tristeza y aflictión deseca y consume las carnes, y por esta razón adquiere el hombre mayor entendimiento, cierto es que su contrario, que es el alegría, ha de humedecer el celebro y abajar el entendimiento. Los que van alcanzando esta manera de ingenio luego se inclinan a pasatiempos, a convites, a músicas, a conversaciones jocosas, y huyen de lo contrario que en otro tiempo les solía dar gusto y contento. De aquí sabrá ya la gente vulgar la razón y causa de donde nace: que, subiendo el hombre sabio y virtuoso a alguna gran dignidad (siendo antes pobre y humilde) muda luego las costumbres y la manera de razonar. Y es por haber adquirido nuevo temperamento, húmido y vaporoso, con el cual se le borran las figuras que de antes tenía en la memoria, y le entorpece el entendimiento.
De la humidad es dificultoso saber69 qué diferencia de ingenio pueda nascer, pues tanto contradice a la facultad racional. A lo menos, en la opinión de Galeno, todos los humo- res de nuestro cuerpo que tienen demasiada humidad hacen al hombre estulto y necio. Y así, dijo: Animi dexteritas et prudentia a bilioso humore proficiscitur; integritatis et constantiae erit auctor humor melancholicus; sanguis, simplicitatis et stupiditatis; pituitae natura ad morum cultum nichil facit; como si dijera: «La prudencia y buena maña del ánima racional nasce de la cólera; ser entero el hombre y constante proviene70 de el humor melancólico; ser bobo y simple, de la sangre; de la flema, para ninguna cosa se aprovecha el ánima racional más que para dormir».
De manera que la sangre (por ser húmida) y la flema echan a perder la facultad racional. Pero esto se entiende de las facultades o ingenios racionales discursivos y activos, y no de los pasivos como es la memoria, la cual así depende de la humidad como el entendimiento de la sequedad. Y llamamos a la memoria «potencia racional» porque sin ella no vale nada el entendimiento ni la imaginativa. A todas da materia y figuras sobre que silogizar, conforme aquel dicho de Aristóteles: Oportet intelligentem phantasmata speculari. Y el oficio de la memoria es guardar estos fantasmas para cuando el entendimiento los quisiere contemplar; y si ésta se pierde, es imposible poder las demás potencias obrar. Y que el oficio de la memoria no sea otro más que guardar las figuras de las cosas, sin tener ella propria invención, dícelo Galeno desta manera: Ac memoriam quidem recondere ac servare in se ea quae sensu et mente cognita fuerint, quasi cellan quamdam et receptaculum eorum, non inventricem. Y siendo éste su uso, claramente se entiende que depende de la humidad, porque ésta hace el celebro blando y la figura se imprime por vía de compresión.
Para prueba desto es argumento evidente la puericia, en la cual edad aprende el hombre más de memoria que en todas las demás, y el celebro le tiene humidísimo. Y así, pregunta Aristóteles: Cur seniores amplius valeamus, iuniores otius discamus?; como si preguntara: «¿Qué es la causa que siendo viejos tenemos mucho entendimiento y cuando mozos aprendemos con más facilidad?». A lo cual responde que la memoria de los viejos está llena de tantas figuras de cosas como han visto y oído en el largo discurso de su vida, y así, quiriendo echarle más, no lo puede rescebir, porque no hay lugar vacío donde quepa; pero la de los muchachos, como ha poco que nacieron, está muy desembarazada, y por esto resciben presto cuanto les dicen y enseñan. Y dalo a entender comparando la memoria de la mañana con la de la tarde, diciendo que por la mañana aprendemos mejor porque en aquella hora amanece la memoria vacía, y a la tarde mal por estar llena de todo lo que aquel día ha pasado por nosotros. A este problema no sabe responder Aristóteles, y está la razón muy clara: porque si las especies y figuras que están en la memoria tuvieran cuerpo y cantidad para ocupar lugar, paresce que era buena respuesta; pero siendo insensibles71 y espirituales, no pueden henchir ni vaciar el lugar donde están, antes vemos por experiencia que cuanto más se ejercita la memoria rescibiendo cada día nuevas figuras, tanto se hace más capaz.
La respuesta del problema está muy clara en mi doctrina, y es que los viejos tienen mucho entendimiento porque tienen mucha sequedad, y son faltos de memoria porque tienen poca humidad; por la cual razón se endurece la sustancia del celebro, y así no puede rescebir la compresión de las figuras, como la cera dura admite con dificultad la figura de el sello y la blanda con facilidad. Al revés acontesce en los muchachos, que por la mucha humidad que tienen en el celebro son faltos de entendimiento y muy memoriosos, por la gran blandura del celebro, en el cual, por razón de la humidad, hacen las especies y figuras que vienen de fuera gran compresión, fácil, profunda y bien figurada.
Estar la memoria más fácil a la mañana que a la tarde no se puede negar; pero no acontesce por la razón que trae Aristóteles, sino que el sueño de la noche pasada ha humedecido y fortificado el celebro, y la vigilia de todo el día lo ha desecado y endurescido. Y, así, dice Hipócrates: Qui noctu bibere appetunt, iis admodum sitientibus, si supra dormierint, bonum; como si dijera: «Los que de noche tienen gran sequía, durmiendo se les quita». Porque el sueño humedesce las carnes y fortifica todas las facultades que gobiernan al hombre, y que haga este efecto el sueño, el mesmo Aristóteles lo confiesa.
Desta doctrina se infiere claramente que el entendimiento y la memoria son potencias opuestas y contrarias; de tal manera, que el hombre que tiene gran memoria ha de ser falto de entendimiento, y el que tuviere mucho entendimiento no puede tener buena memoria, porque el celebro es imposible ser juntamente seco y húmido a predominio. En esta máxima se fundó Aristóteles para probar que la memoria es diferente potencia de la reminiscencia, y forma el argumento desta manera: «Los que tienen mucha reminiscencia son hombres de grande entendimiento, y los que alcanzan mucha memoria son faltos de entendimiento; luego la memoria y reminisciencia son potencias contrarias». La mayor, en mi doctrina, es falsa, porque los que tienen mucha reminisiciencia son faltos de entendimiento y tienen gran imaginativa, como luego probaré; pero la menor es muy verdadera, aunque Aristóteles no alcanzó la razón en que está fundada la enemistad que el entendimiento tiene con la memoria.
Del calor, que es la tercera calidad, nasce la imaginativa, porque ya ni hay otra potencia racional en el celebro ni otra calidad que le dar. Aliende que las sciencias que pertenecen a la imaginativa son las que dicen los delirantes en la enfermedad, y no de las que pertenescen al entendimiento ni memoria; y siendo la frenesía, manía y melancolía pasiones calientes del celebro, es grande argumento para probar que la imaginativa consiste en calor.
Sola una cosa me hace dificultad, y es que la imaginativa es contraria del entendimiento, y también de la memoria; y la razón no viene con la experiencia, porque mucho calor y sequedad bien se pueden juntar en el celebro, y también calor y humidad en grado intenso, y por esta causa podía tener el hombre grande entendimiento y grande imaginativa, y mucha memoria con mucha imaginativa, y, realmente, por maravilla se halla hombre de grande imaginativa que tenga buen entendimiento ni memoria. Y debe ser la causa que el entendimiento ha menester que el celebro esté compuesto de partes subtiles y muy delicadas (como atrás lo probamos de Galeno), y el mucho calor gasta y consume lo más delicado y deja lo grueso y terrestre. Por la mesma razón, la buena imaginativa no se puede juntar con mucha memoria, porque el calor excesivo resuelve la humidad de el celebro y le deja duro y seco, por donde no puede rescebir fácilmente las figuras.
De manera que no hay en el hombre más que tres diferencias genéricas de ingenio, porque no hay más de tres calidades de donde pueden nascer. Pero debajo destas tres diferencias universales se contienen otras muchas particulares por razón de los grados de intensión que puede tener el calor, la humidad y sequedad. Aunque no de cualquiera grado destas tres calidades resulta una diferencia de ingenio, porque a tanta intensión puede llegar la sequedad, el calor y la humidad, que desbarate totalmente la facultad animal, conforme aquella sentencia de Galeno: Omnis immodica intemperies vires exsolvit. Y así es cierto; porque, aunque el entendimiento se aprovecha de la sequedad, pero tanta puede ser que le consuma sus obras; lo cual no admite Galeno ni los filósofos antiguos, antes afirman que si el celebro de los viejos no se enfriase, jamás vernían a caducar aunque se hiciesen en cuarto grado secos. Pero no tienen razón por lo que probaremos en la imaginativa; que, aunque sus obras se hacen con calor, en pasando de el tercer grado luego comienza a desbaratar. Y lo mismo hace la memoria con la mucha humidad.
Cuántas diferencias nazcan de ingenio por razón de la intensión de cada una de estas tres calidades no se puede decir ahora en particular hasta que adelante contemos todas las obras y actiones de el entendimiento, de la imaginativa y de la memoria; pero en el entretanto es de saber que hay tres obras principales de el entendimiento: la primera es inferir; la segunda, distinguir, y la tercera eligir, de donde se constituyen tres diferencias de entendimiento. En otras tres se parte la memoria; porque hay memoria que rescibe con facilidad y luego se le olvida; otra se tarda en percebir y lo retiene mucho tiempo; la tercera rescibe con facilidad y tarda mucho en olvidar.
La imaginativa contiene muchas más diferencias, porque tiene las tres, como el entendimiento y memoria, y de cada grado resultan otras tres. De éstas diremos adelante con más distinctión, cuando diéremos a cada una la sciencia que le responde en particular.
Pero el que quisiere considerar otras tres diferencias de ingenio hallará que hay grados de habilidad en los que estudian. Unos72 que para las contemplaciones claras y fáciles de el arte que aprenden tienen disposición natural, pero, metidos en las escuras y muy delicadas, es por demás tractar el maestro de hacerles la figura con buenos ejemplos, ni que ellos hagan otra tal con su imaginación, porque no tienen capacidad. En este grado están todos los ruines letrados de cualquiera facultad; los cuales consultados en las cosas fáciles de su arte, dicen todo lo que se puede entender, pero venidos a lo muy delicado, dicen mil disparates.
Otros ingenios suben un grado más porque son blandos y fáciles de imprimir en ellos todas las reglas y consideraciones del arte, claras, oscuras, fáciles y dificultosas; pero la doctrina, el argumento, la respuesta,73 la dubda y distinctión, todo se lo han de dar hecho y levantado. Éstos han menester oír la sciencia de buenos maestros que sepan mucho, y tener copia de libros y estudiar en ellos sin parar; porque tanto sabrán menos cuanto dejaren de leer y trabajar. De éstos se pude verificar aquella sentencia de Aristóteles tan celebrada: Intellectus noster est tamquam tabula rasa in qua nichil est depictum, porque todo cuanto han de saber y aprender lo han de oír a otro primero, y sobre ello no tienen ninguna invención.
En el tercer grado, hace Naturaleza unos ingenios tan perfectos que no han menester maestros que los enseñen ni les digan cómo han de filosofar; porque de una consideración que les apunta el doctor sacan ellos ciento, y sin decirles nada se les hinche la boca de sciencia y saber. Estos ingenios engañaron a Platón y le hicieron decir que nuestro saber es un cierto género de reminiscencia, oyéndolos hablar y decir lo que jamás vino en consideración de los hombres. A estos tales está permitido que escriban libros, y a otros no; porque el orden y concierto que se ha de tener para que las sciencias resciban cada día aumento y mayor perfectión es juntar la nueva invención de los que ahora vivimos con lo que los antiguos dejaron escripto en sus libros; porque, haciéndolo de esta manera, cada uno en su tiempo, vernían a crecer las artes, y los hombres que están por nascer gozarían de la invención y trabajo de los que primero vivieron. A los demás que carecen de invención no había de consentir la república que escribiesen libros, ni dejárselos imprimir; porque no hacen más de dar círculos en los dichos y sentencias de los autores graves y tornarlos a repetir, y hurtando uno de aquí y tomando otro de allí, ya no hay quien no componga una obra.
A los ingenios inventivos llaman en lengua toscana caprichosos, por la semejanza que tienen con la cabra en el andar y pascer. Ésta jamás huelga por lo llano; siempre es amiga de andar a sus solas por los riscos y alturas y asomarse a grandes profundidades, por donde no sigue vereda ninguna ni quiere caminar con compaña. Tal propriedad como ésta se halla en el ánima racional cuando tiene74 un celebro bien organizado y templado: jamás huelga en ninguna contemplación, todo es andar inquieta buscando cosas nuevas que saber y entender. De esta manera de ánima se verifica aquel dicho de Hipócrates: Animae deambulatio, cogitatio hominibus, porque hay otros hombres que jamás salen de una contemplación ni piensan que hay más en el mundo que descubrir. Éstos tienen la propriedad de la oveja, la cual nunca sale de las pisadas del manso ni se atreve a caminar por lugares desiertos y sin carril, sino por veredas muy holladas y que alguno vaya delante.
Ambas diferencias de ingenio son muy ordinarias entre los hombres de letras. Unos hay que son remontados y fuera de la común opinión; juzgan y tractan las cosas por diferente manera, son libres en dar su parescer y no siguen a nadie. Otros hay recogidos, humildes y muy sosegados, desconfiados de sí y rendidos al parescer de un autor grave a quien siguen, cuyos dichos y sentencias tienen por sciencia y demostración, y lo que discrepa de aquí juzgan por vanidad y mentira. Juntas estas dos diferencias de ingenio, son de mucho provecho; porque, así como a una gran manada de ovejas suelen los pastores echar una docena de cabras que las levanten y lleven con paso apresurado a gozar de nuevos pastos y que no estén hollados, de la mesma manera conviene que haya en las letras humanas algunos ingenios caprichosos que descubran a los entendimientos oviles nuevos secretos de naturaleza y les den contemplaciones, nunca oídas en que ejercitarse, porque desta manera van cresciendo las artes y los hombres saben más cada día.
CAPÍTULO SEXTO
Donde se ponen algunas dubdas y argumentos contra la doctrina del capítulo pasado, y la respuesta dellos
Una de las razones por donde la sabiduría de Sócrates ha sido hasta el día de hoy tan celebrada fue que después de haber sido juzgado en el Oráculo de Apolo por el hombre más sabio de el mundo75 dijo de esta manera: Hoc unum scio, me nichil scire;76 la cual sentencia han pasado todos los que la han leído y entendido que fue dicha por ser Sócrates hombre humildísimo, menospreciador de las cosas humanas, y que, respecto de las divinas, todo le parescía de ningún ser y valor. Pero realmente están engañados, porque esta virtud de la humildad ningún filósofo antiguo la alcanzó ni supo qué cosa era hasta que Dios vino al mundo y la enseñó. Lo que Sócrates quiso sentir y dar a entender fue la poca certidumbre que tienen las sciencias humanas y cuán inquieto y temeroso está el entendimiento de el filósofo en cuanto sabe, viendo por experiencia que todo está lleno de dubdas y argumentos, y que sin temor de la parte contraria no se puede asentir con nada, por lo cual fue dicho: Cogitationes mortalium timidae, e incertae providentiae nostrae. Y el que ha de tener verdadera sciencia de las cosas ha de estar firme y quieto sin temor ni recelo de que se podría engañar; y el filósofo que no está desta manera, con mucha verdad podrá decir y afirmar que no sabe nada.
Esta mesma consideración tuvo Galeno cuando dijo: Scientia est conveniens, firma et nunquam a ratione declinans cognitio: eam nanque apud philosophos, praesertim dum rerum naturas perscrutantur, invenies, multo sane minus in re medica, immo, ut verbo expediam, ne ad homines quidem venit. Según esto, el verdadero conoscimiento de las cosas se debió de quedar por allá, y solamente vino al hombre un género de opinión que le trae incierto y con miedo si es así o no lo que afirma. Pero lo que en esto nota Galeno más en particular es que la filosofía y medicina son las sciencias más inciertas de cuantas usan los hombres.77 Y si esto es verdad, ¿qué diremos de la filosofía que vamos tractando, donde se hace con el entendimiento anatomía de cosa tan oscura y dificultosa como son las potencias y habilidades de el ánima racional, en la cual materia se ofrescen tantas dudas y argumentos, que no queda doctrina llana sobre que restribar?
Una de las cuales y más principal es que hemos hecho al entendimiento potencia orgánica, como a la imaginativa y memoria, y le hemos dado al celebro con sequedad por instrumento con que obre, cosa tan ajena de la doctrina de Aristóteles y de todos sus secuaces; los cuales puniendo al entendimiento apartado de órgano corporal, probaban fácilmente que el ánima racional era inmortal y que, salida de el cuerpo, duraba para siempre jamás. Y siendo disputable la contraria opinión, queda la puerta cerrada para no poderse demostrar. Fuera desto, las razones en que se fundó Aristóteles para probar que el entendimiento no era potencia orgánica son de tanta eficacia, que no se puede concluir otra cosa; porque a esta potencia le pertenesce conoscer y entender la naturaleza y ser de todas cuantas cosas materiales hay en el mundo, y si ella estuviese conjunta con alguna cosa corporal, aquella mesma estorbaría el conoscimiento de las demás, como lo vemos en los sentidos exteriores; que si el gusto está amargo, todo cuanto toca la lengua tiene el mesmo sabor, y si el humor cristalino está verde o amarillo, todo cuanto vee el ojo juzga que tiene el mesmo color. Y es la causa que Intus existens prohibet extraneum.78 También dice Aristóteles que si el entendimiento estuviese mezclado con algún órgano corporal, que sería qualis;79 porque quien se junta con calientes o fríos, forzosamente se le ha de pegar el calor, y decir que el entendimiento es caliente, frío, húmido o seco es predicación abominable a los oídos de los filósofos naturales.
La segunda dubda principal es que Aristóteles y todos los peripatéticos ponen otras dos potencias fuera de el entendimiento, imaginativa y memoria, que son reminiscencia y sentido común, atenidos aquella regia: Potentiae cognoscuntur per actiones. Ellos hallan que fuera de las obras del entendimiento, imaginativa y memoria, hay otras dos muy diferentes; luego de cinco potencias nasce el ingenio del hombre, y no de solas tres como hasta aquí hemos probado. También dijimos en el capítulo pasado, de opinión de Galeno, que la memoria no hace otra obra en el celebro más que guardar las especies y figuras de las cosas, de la manera que el arca guarda y tiene en custodia la ropa y lo demás que en ella echan. Y si por tal comparación hemos de entender el oficio desta potencia, es menester poner otra facultad racional que saque las figuras de la memoria y las represente al entendimiento, como es necesario que haya quien abra el arca y saque lo que está metido en ella.
Fuera desto, dijimos que el entendimiento y la memoria eran potencias contrarias y que la una a la otra se remitían, porque la una pedía mucha sequedad y la otra mucha humidad y blandura en el celebro. Y si esto es verdad, ¿por qué dijo Aristóteles, y Platón, que los hombres que tienen las carnes blandas tienen mucho entendimiento, siendo la blandura efecto de la humidad?
También dijimos que, para ser la memoria buena, era necesario que el celebro tuviese blandura, porque las figuras se han de sellar en él por vía de compresión, y estando duro no podrían fácilmente señalar. Bien es verdad que para rescebir la figura con presteza, que es necesario tener el celebro blandura; mas, para conservar las especies mucho tiempo, todos dicen que es necesaria la dureza y sequedad, como paresce en las cosas de fuera; que la figura que está impresa en cosa blanda se borra con facilidad, pero en lo seco y duro jamás se pierde. Y así vemos muchos hombres que toman de memoria con gran facilidad, pero luego se les olvida; de lo cual dando Galeno la razón, dice que los tales, con la mucha humidad, tienen la sustancia del celebro fluida y no consistente, por donde se les borra presto la figura, como quien sella en el agua. Otros, al revés, hacen memoria con dificultad, pero lo que una vez aprenden jamás se les olvida. Y así, paresce cosa imposible haber aquella diferencia de memoria que dijimos: que aprehenda con facilidad y que lo conserve mucho tiempo.
También se hace dificultoso de entender cómo sea posible que, sellándose tantas figuras juntas en el celebro, no se borren las unas a las otras. Porque si en un pedazo de cera blanda se imprimiesen muchos sellos de varias figuras, cierto es que los unos a los otros se borrarían, mezclándose las figuras. Y lo que no hace menos dificultad es saber de dónde nasce que ejercitándose la memoria se haga más fácil para rescebir las figuras, siendo cierto que el ejercicio no solamente corporal deseca y enjuga las carnes, pero mucho más el espiritual.
También es dificultoso de entender cómo la imaginativa sea contraria del entendimiento (si no hay otra causa más urgente que resolver el mucho calor las partes subtiles del celebro y quedar las terrestres y gruesas), pues la melancolía es uno de los más gruesos y terrestres humores de nuestro cuerpo, y dice Aristóteles que de ninguno otro se aprovecha tanto el entendimiento como de él. Y hácese mayor la dificultad considerando que la melancolía es un humor grueso, frío y seco, y la cólera delicada en sustancia y de temperamento caliente y seca; y con todo eso, es la melancolía más apropriada para el entendimiento que la cólera. Lo cual parece contra razón; porque este humor ayuda con dos cualidades al entendimiento y contradice con sola una, que es el calor; y la melancolía ayuda con la sequedad y no más, y contradice con la frialdad y grosura de sustancia, que es lo que más abomina al entendimiento. Y así, Galeno dio más ingenio y prudencia a la cólera que a la melancolía: Animi dexteritas et prudentia a bilioso humore profisciscitur, integritatis et constantiae erit autor humor melancholicus.
Últimamente se pregunta la causa de donde pueda nascer que el trabajo y continua contemplación en el estudio hace a muchos sabios a los cuales al principio les faltaba la buena naturaleza de estas calidades que decimos, y dando y tomando con la imaginación vienen a alcanzar muchas verdades que antes ignoraban. Y no tenían el temperamento que para ellas se requería, porque si lo tuvieran no fuera menester trabajarlo.
Todas estas dificultades y otras muchas más se hallan contra la doctrina del capítulo pasado; porque la filosofía natural no tiene tan ciertos principios como las sciencias matemáticas, en las cuales puede el médico y filósofo (siendo juntamente matemático) hacer siempre demostración; pero venido a curar conforme al arte de medicina,80 hará en ella muchos errores, y no todas las veces por culpa suya (pues acertaba siempre en las matemáticas), sino por la poca certidumbre de su arte. Y, por tanto, dijo Aristóteles: Non ideo malus medicus si non semper sanet, dum nichil omiserit eorum quae sunt ex arte; como si dijera: «El médico que hace todas las diligencias de su arte, aunque no siempre sane, no por eso ha de ser tenido por mal artífice». Pero si este mismo hiciese en matemáticas algún error, ninguna disculpa tenía, porque, haciendo en esta sciencia todas las diligencias que ella manda, es imposible dejar de acertar. De manera que, aunque no hagamos demostración desta doctrina, no se ha de echar toda la culpa a nuestro ingenio ni pensar que es falso lo que decimos.
A la primera dubda principal, se responde que si el entendimiento estuviese apartado del cuerpo y no tuviese que ver con el calor, frialdad, humidad y sequedad ni con las demás calidades corporales, seguirse hía que todos los hombres ternían igual entendimiento y que todos raciocinarían con igualdad, y vemos por experiencia que un hombre entiende mejor que otro y discurre mejor; luego ser el entendimiento potencia orgánica y estar en uno más bien dispuesta que en otro lo causa, y no por otra razón ninguna. Porque todas las ánimas racionales y sus entendimientos, apartadas del cuerpo, son de igual perfectión y saber.
Los que siguen la doctrina de Aristótiles, viendo por experiencia que unos hombres raciocinan mejor que otros, inventaron una huida aparente diciendo que discurrir uno mejor que otro no lo causa ser el entendimiento potencia orgánica y estar en unos hombres más bien dispuesto el celebro que en otros, sino que el entendimiento humano, en tanto que el ánima racional estuviere en el cuerpo, ha menester las figuras y fantasmas que están en la imaginativa y memoria, por cuya falta viene el entendimiento a discurrir mal, y no por culpa suya ni por estar conjunto con materia mal organizada. Pero esta respuesta es contra la doctrina del mesmo Aristóteles, el cual prueba que cuanto la memoria fuere más ruin, tanto es mejor el entendimiento, y cuanto la memoria fuere más subida de punto, tanto es más flaco el entendimiento (y lo mesmo hemos probado atrás de la imaginativa). En confirmación de lo cual pregunta Aristóteles qué es la causa que siendo viejos tenemos tan mala memoria y tan grande entendimiento, y cuando mozos acontesce al revés, que somos de gran memoria y tenemos ruin entendimiento. Desto muestra la experiencia una cosa, y así lo nota Galeno: que cuando en la enfermedad se desbarata el temperamento y buena compostura del celebro, muchas veces se pierden las obras del entendimiento y quedan salvas las de la memoria y las de la imaginativa, lo cual no pudiera acontescer si el entendimiento no tuviera por sí instrumento particular, fuera del que tienen las otras potencias. A esto yo no sé qué se pueda responder, si no es por alguna relación metafísica compuesta de acto y potencia, que ni ellos saben qué es lo que quieren decir ni hay hombre que los entienda. Ninguna cosa hace mayor daño a la sabiduría del hombre que mezclar las sciencias, y lo que es de la filosofía natural81 tractarlo en la metafísica y lo que es de la metafísica en la filosofía natural.
Las razones en que se funda Aristóteles son de muy poco momento, porque no se sigue que, porque el entendimiento ha de conoscer las cosas materiales, no ha de tener órgano corporal. Porque las calidades corporales que sirven a la compostura de el órgano no alteran la potencia, ni dellas salen fantasmas: hanse como sensibile positum supra sensum, quod non causat sensationem. Esto se vee claramente en el tacto, que, con estar compuesto de cuatro calidades materiales y tener en sí cantidad y blandura o dureza, con todo eso conosce la mano si una cosa está caliente o fría, dura o blanda, o si es grande o pequeña; y preguntado cómo el calor natural que está en la mano no impide al tacto que no conozca el calor que está en la piedra, respondemos que las calidades que sirven para la compostura de el órgano no alteran al proprio órgano, ni dellas salen especies para conoscerlas. También pertenesce al ojo conoscer todas las figuras y cantidades de las cosas, y vemos que el proprio ojo tiene su propria figura y cantidad; y de los humores y túnicas que le componen, unas tienen colores y otras son diáfanas y transparentes. Todo lo cual no estorba que por la vista no conozcamos las figuras y cantidades de todas las cosas que se nos ponen delante, y es la causa que los humores y túnicas, la figura y cantidad, sirven a la compostura del ojo; y estas cosas no pueden alterar la potencia visiva, y así, no estorban ni impiden el conocimiento de las figuras de fuera.
Lo mesmo decimos del entendimiento: que su proprio instrumento, aunque es material y está conjunto con él, no lo puede entender, porque dél no salen especies inteligibles que le puedan alterar; y es la causa que Intelligibile positum supra intellectum non causat intellectionem, y así queda libre para entender todas las cosas materiales de fuera sin haber quien se lo impida.
La segunda razón en que se fundó Aristóteles es más liviana que la pasada, porque ni el entendimiento ni otro accidente ninguno puede ser qualis, atento que no pueden ser, por sí, subjeto de ninguna calidad; y así, poco importa que el entendimiento tenga por órgano al celebro con el temperamento de las cuatro calidades primeras para que por ello se llame qualis, pues el celebro es subjeto del calor, frialdad, humidad y sequedad, y no el entendimiento. A la tercera dificultad que ponen los peripatéticos, diciendo que por hacer potencia orgánica al entendimiento se quita un principio que había para probar la inmortalidad del ánima racional, decimos que otros argumentos hay más firmes con que hacerlo, de los cuales tractaremos en el capítulo que se sigue.
Al segundo argumento se responde que no cualquiera diferencia de obras arguye diversidad de potencias, porque, como adelante probaremos, hace la imaginativa tan estraños hechos, que si fuera esta máxima tan verdadera como los filósofos vulgares piensan, o tuviera la interpretación que ellos le dan, habría en el celebro diez o doce potencias más. Pero, porque todas estas obras convienen en una razón genérica, no arguyen más que una imaginativa, la cual se parte después en muchas diferencias particulares por razón de las varias actiones que hace. El componer las especies en presencia de los objectos, o en su ausencia, no solamente no arguye variedad de potencias genéricas, como son el sentido común y la imaginativa, pero ni aun particulares.
Al tercer argumento, se responde que la memoria no es más que una blandura del celebro dispuesta (con cierto género de humidad) para rescebir y guardar lo que la imaginativa percibe, en la mesma proporción que tiene el papel blanco y liso con el que ha de escrebir; porque, así como el escribano escribe en el papel las cosas que quiere que no se olviden y después de escriptas las torna a leer, de la mesma manera se ha de entender que la imaginativa escribe en la memoria las figuras de las cosas que conoscieron los cinco sentidos y el entendimiento y otras que ella mesma fabrica. Y cuando quiere acordarse dellas, dice Aristóteles que las torna a mirar y contemplar. De esta manera de comparación usó Platón cuando dijo que, temiendo la poca memoria de la vejez, se daba priesa a hacer otra de papel (que son los libros) para que no se le perdiese su trabajo y hubiese después quien se lo representase cuando lo quisiese leer. Esto mesmo hace la imaginativa: escrebir en la memoria y tornarlo a leer cuando se quiere acordar. El primero que atinó a esta sentencia fue Aristóteles, y el segundo Galeno, el cual dijo de esta manera: Pars enim animae quae imaginatur, quaecumque ea sit, haec eadem recordari videtur.
Así paresce claramente; porque las cosas que imaginamos con mucho cuidado se fijan bien en la memoria, y lo que con liviana consideración tractamos, luego se nos olvida. Y de la manera que el escribano cuando hace buena letra la acierta a leer, así acontesce a la imaginativa: que si sella con fuerza, queda la figura en el celebro bien señalada, y si no, apenas se puede conoscer. Esto mesmo acontesce también en las escrituras antiguas, que por quedar unas partes enteras y otras gastadas con el tiempo, no se pueden bien leer si no es sacando muchas partes y razones por discreción. Lo proprio hace la imaginativa cuando en la memoria se han perdido algunas figuras y quedan otras. De lo cual nació el error de Aristóteles, pensando que la reminiscencia, por esta razón, era potencia diferente de la memoria; aliende que dijo que los que tienen gran reminiscencia son de mucho entendimiento y también es falso, porque la imaginativa (que es la que hace la reminiscencia) es contraria del entendimiento. De manera que hacer memoria de las cosas y acordarse dellas después de sabidas es obra imaginativa, como el escribir y tornarlo a leer es obra del escribano, y no de el papel. Y así, la memoria queda por potencia pasiva y no activa, como lo liso y blanco del papel no es más que comodidad para que otro pueda escrebir.
A la cuarta dubda se responde que no hace al caso para el ingenio tener las carnes duras ni blandas si el celebro no tiene también la mesma calidad, el cual vemos muchas veces tener distincto temperamento de todas las demás partes del cuerpo. Pero cuando concurriesen en la mesma blandura es mal indicio para el entendimiento, y no menos para la imaginación; y si no, consideremos las carnes de las mujeres y de los niños, y hallaremos que exceden en blandura a la de los hombres; y con todo eso, los hombres en común tienen mejor82 ingenio que las mujeres. Y es la razón natural que los humores que hacen las carnes blandas son flema y sangre, por ser ambos húmidos (como ya lo dejamos notado), y de éstos ha dicho Galeno que hacen los hombres simples y bobos; y, por lo contrario, los humores que endurescen las carnes son cólera y melancolía, y déstos nasce la prudencia y sabiduría que tienen los hombres.
De manera que antes es mal indicio tener las carnes blandas que secas y duras. Y así, en los hombres que tienen igual temperamento por todo el cuerpo es cosa muy fácil colegir la manera de su ingenio por la blandura o dureza de carnes; porque si son duras y ásperas, señalan o buen entendimiento o buena imaginativa, y si blandas lo contrario, que es buena memoria y poco entendimiento y menos imaginativa. Y para entender si corresponde el celebro es menester considerar los cabellos; los cuales siendo gruesos, negros, ásperos y espesos es indicio de buena imaginativa o de buen entendimiento, y si delicados y blandos, es argumento de mucha memoria y no más. Pero el que quisiere distinguir y conoscer si es entendimiento o imaginativa cuando los cabellos son de aquella manera, ha de considerar de qué forma sea el muchacho acerca de la risa; porque esta pasión descubre mucho qué tal es la imaginativa.
Cuál sea la razón y causa de la risa han procurado muchos filósofos saber, y ninguno ha dicho cosa que se pueda entender; pero todos convienen en que la sangre es un humor que provoca al hombre a reír; aunque nadie declara qué calidades tiene este humor más que los otros por donde hace al hombre risueño. Desipientiae quae cum risu fiunt, securiores; quae vero cum solicitudine periculosiores; como si dijera Hipócrates: «Cuando los enfermos desatinan y delirando se ríen, tienen más seguridad que si están solícitos y congojosos», porque lo primero se hace de sangre, que es un humor benignísimo, y lo segundo de melancolía.
Pero restribando en la doctrina que vamos tractando, fácilmente se viene a entender todo lo que en este caso se desea saber. La causa de la risa no es otra, a mi parescer, más que una aprobación que hace la imaginativa viendo y oyendo algún hecho o dicho que cuadra muy bien; y como esta potencia reside en el celebro, en contentándole alguna cosa déstas luego lo menea, y tras él los músculos de todo el cuerpo. Y así, muchas veces aprobamos los dichos agudos inclinando la cabeza, pues cuando la imaginativa es muy buena, no se contenta de cualquier dicho, si no es de aquellos que cuadran muy bien; y si tienen poca correspondencia, y no más, antes rescibe pena que alegría. De aquí nasce que los hombres de grande imaginativa por maravilla los vemos reír; y lo que más es digno de notar es que los muy graciosos, decidores y apodadores jamás se ríen de las gracias y donaires que ellos proprios dicen, ni de los que oyen a otros, porque tienen tan delicada imaginativa, que aun sus proprios donaires no les hacen la correspondencia que ellos querrían.
A esto se añade que la gracia, fuera de tener buena proporción y propósito, ha de ser nueva y nunca oída ni vista. Y esto no es propriedad de sola la imaginativa, sino también de las otras potencias que gobiernan al hombre; y así vemos que el estómago, a dos veces que usa de un mesmo alimento, luego le aborresce; la vista, una mesma figura y color; el oído, una mesma consonancia por buena que sea, y el entendimiento una mesma contemplación. De aquí nasce también que el donoso no se ría de la gracia que dice, porque antes que la eche por la boca sabe ya lo que ha de decir.
De donde concluyo que los muy risueños todos son faltos de imaginativa, y así, cualquier gracia y donaire, por fría que sea, les corresponde muy bien. Y por tener la sangre mucha humidad (de la cual dijimos que echaba a perder la imaginativa), por tanto los muy sanguinos son muy risueños. Esto tiene la humidad: que por ser blanda y suave quita las fuerzas al calor y le hace que no queme tanto, y así, se halla mejor con la sequedad, porque le aguza sus obras; aliende que donde hay mucha humidad es indicio que el calor es remiso, pues no la puede resolver ni gastar, y con calor tan flojo no puede obrar la imaginativa. De aquí se infiere también que los hombres de grande entendimiento son muy risueños por ser faltos de imaginativa, como se lee de aquel gran filósofo Demócrito y de otros muchos que yo he visto83 y notado. Luego por la risa conosceremos si es entendimiento o imaginativa la que tienen los hombres o muchachos de carnes duras y ásperas, y de cabellos negros y espesos, duros y ásperos. De manera que Aristóteles no anduvo bien en esta doctrina.
Al quinto argumento, se responde que hay dos géneros de humidad en el celebro: una que nasce del aire (cuando este elemento predominó en la mistión) y otra del agua con que se masaron los demás elementos. Si el celebro estuviere blando con la primera humidad, será la memoria muy buena: fácil para rescebir y poderosa para retener las figuras mucho tiempo, porque la humidad del aire es muy aceitosa y llena de pringue, en la cual se traban las especies con gran tenacidad, como se vee en las pinturas que están dibujadas al olio, que puestas al sol y al agua ningún daño resciben; y si derramamos aceite sobre alguna escriptura, jamás se borra, antes la gastada y que no se puede leer, con el aceite se hace legible, dándole resplandor y transparencia. Pero si la blandura del celebro nasce de la segunda humidad, corre el argumento muy bien; porque si rescibe con facilidad, con la mesma presteza se torna a borrar la figura por no tener pringor la humidad de el agua en que se traben las especies. Conóscense estas dos humidades en los cabellos: la que proviene del aire los pone mugrosos, llenos de aceite y manteca; y el agua, húmidos y muy llanos.
Al sexto argumento, se responde que las figuras de las cosas no se imprimen en el celebro como la figura del sello en la cera, sino haciendo penetración para quedar asidas, o de la manera que se traban los pájaros en la liga y las moxcas en la miel, porque estas figuras son incorpóreas y no se pueden mezclar ni corromper las unas a las otras.
A la séptima dificultad, se responde que las figuras masan y ablandan84 la sustancia del celebro como se enternesce la cera trayéndola entre los dedos. Aliende que los espíritus vitales tienen virtud de ablandar y humedescer los miembros duros y secos, como lo hace el calor de fuera con el hierro; y que los espíritus vitales suban al celebro cuando se toma de memoria, ya lo dejamos probado atrás. Y no todo ejercicio corporal ni espiritual deseca, antes dicen los médicos que el moderado engorda.
Al octavo argumento, se responde que hay dos géneros de melancolía. Una natural, que es la hez de la sangre, cuyo temperamento es frialdad y sequedad con muy gruesa sustancia, ésta85 no vale nada para el ingenio, antes hace los hombres necios, torpes y risueños porque carescen de imaginativa; y la86 que se llama atrabilis o cólera adusta, de la cual dijo Aristóteles que hace los hombres sapientísimos, cuyo temperamento es vario como el del vinagre: unas veces hace efectos de calor, fermentando la tierra, y otras enfría; pero siempre es seco y de sustancia muy delicada. Cicerón confiesa que era tardo de ingenio porque no era melancólico adusto; y dice la verdad, porque si lo fuera no tuviera tanta elocuencia, porque los melancólicos adustos carescen de memoria, a la cual pertenesce el hablar con mucho aparato. Tiene otra calidad que ayuda mucho al entendimiento, que es ser espléndida como azabache, con el cual resplandor da luz allá dentro en el celebro para que se vean bien las figuras; y esto es lo que sintió Heráclito cuando dijo: Splendor siccus animus sapientissimus. El cual resplandor no tiene la melancolía natural, antes su negro es mortecino. Y que el ánima racional haya menester, dentro en el celebro, luz para ver las figuras y especies adelante lo probaremos.
Al noveno argumento, se responde que la prudencia y destreza de ánimo que dice Galeno, pertenesce a la imaginativa, con la cual se conosce lo que está por venir. Y así, dijo Cicerón: Memoria praeteritorum, futurorum prudentia, como si dijera «La memoria es de lo pasado, y la prudencia, de lo que está por venir».
La destreza de ánimo es lo que llamamos en castellano agudeza, in agilibus, y por otro nombre solercia, astucia, cavilos y engaños; y así, dijo Cicerón: Prudentia est calliditas quae ratione quadam potest delectum habere bonorum et malorum. Deste género de prudencia y maña carescen87 los hombres de grande entendimiento por ser faltos de imaginativa; y así lo vemos por experiencia en los grandes letrados de aquellas letras que pertenescen al entendimiento, que, sacados de allí, no valen nada para dar y tomar en las trapazas del mundo.
Este género de prudencia muy bien dijo Galeno que nacía de la cólera. Porque, contando Hipócrates a Damageto, su amigo, la manera como halló a Demócrito cuando le fue a visitar y curar, escribe que estaba en el campo, debajo de un plátano, en piernas y sin zapatos, recostado sobre una piedra, con un libro en la mano y rodeado de brutos animales muertos y despedazados. De lo cual admirado Hipócrates, le preguntó de qué servían aquellos animales así, a lo cual le respondió que andaba a buscar qué humor hacía al hombre desatinado, astuto, mañoso, doblado y caviloso, y había hallado (haciendo anatomía de aquellas bestias fieras) que la cólera era la causa de una propriedad tan mala; y que para vengarse de los hombres astutos quisiera hacer en ellos lo que había hecho en la zorra, en la serpiente y en la mona. Esta manera de prudencia no solamente es odiosa a los hombres, pero della dice Sant Pablo: Prudentia carnis inimica est Deo. Y da la razón Platón diciendo: Scientia quae est remota a iustitia calliditas potius quam sapientia est appellanda; como si dijera: «No es razón que una sciencia que está apartada de la justicia se llame sabiduría, sino astucia o malicia». De la cual usa siempre el demonio para hacer mal a los hombres: Ista sapientia non est de sursum decendens, sed terrena, animalis et diabolica; como si dijera Santiago: «Esta sabiduría no desciende de lo alto, antes es terrena, inhumana y diabólica».
Otro género hay de sabiduría con rectitud y simplicidad, con la cual conoscen los hombres lo bueno y reprueban lo malo. El cual, dice Galeno, que pertenesce al entendimiento, porque en esta potencia no cabe malicia, doblez ni astucia, ni sabe cómo se puede hacer mal: todo es rectitud, justicia, llaneza y claridad. El hombre que alcanza esta manera de ingenio se llama recto y simple, y así, quiriendo Demóstenes captar la benevolencia a los jueces en una oración que hizo contra Esquino, los llamó rectos y simples, atento a la simplicidad de su oficio, del cual dice Cicerón: Simplex est officium atque una bonorum omnium causa. Para este género de sabiduría es acomodado instrumento la frialdad y sequedad de la melancolía; pero ha de estar compuesta de partes subtiles y muy delicadas.
A la última dubda, se responde que cuando el hombre se pone a contemplar alguna verdad que quiere saber y luego no la alcanza, es porque le falta al celebro el temperamento conviniente para ello; pero estando un rato en la contemplación, luego acude a la cabeza el calor natural (que son los espíritus vitales y sangre arterial) y sube el temperamento del celebro hasta llegar al punto que es menester. Verdad es que la mucha especulación a unos hace daño y a otros provecho; porque si al celebro le falta poco para llegar al punto del calor conveniente, es menester estar poco contemplando; y si pasa de allí, luego se desbarata el entendimiento con la mucha presencia de los espíritus vitales, y así no atina a la verdad, por donde vemos muchos hombres que de repente dicen muy bien, y de pensado no valen nada. Otros tienen tan bajo el entendimiento (o por mucha frialdad, o sequedad) que es menester que esté mucho tiempo el calor en la cabeza para subir el temperamento a los grados que le faltan; y así, de pensado dicen mejor que de repente.
CAPÍTULO SÉPTIMO
Donde se muestra que, aunque el ánima racional ha menester el temperamento de las cuatro calidades primeras, así para estar en el cuerpo como para discurrir y raciocinar, que no por eso se infiere que es corruptible y mortal
Por cosa averiguada tuvo Platón que el ánima racional era sustancia incorpórea, espiritual, no subjeta a corrupción ni a mortalidad como la de los brutos animales; la cual salida del cuerpo, tiene otra vida mejor y más descansada; pero entiéndese (dice Platón) habiendo vivido el hombre conforme a razón, porque si no, más le valiera al ánima quedarse para siempre en el cuerpo, que padescer los tormentos con que Dios castiga los malos.
Esta conclusión es tan ilustre y católica, que si él la alcanzó con la felicidad de su ingenio, con justo título tiene por renombre el divino Platón. Pero aunque es tal cual paresce, jamás le cupo a Galeno en su entendimiento, antes la tuvo siempre por sospechosa, viendo delirar al hombre cuerdo por calentársele el celebro, y volver en su juicio aplicándole medicinas frías. Y así, dijo que se holgara que fuera vivo Platón para preguntarle cómo era posible ser el ánima racional inmortal alterándose tan fácilmente con el calor, frialdad, humidad y sequedad; mayormente viendo que se va del cuerpo por una gran calentura, o sangrando al hombre copiosamente, o bebiendo cicuta y por otras alteraciones corporales que suelen quitar la vida; y si ella fuera incorpórea y espiritual, como dice Platón, no le hiciera el calor (siendo calidad material) perder sus potencias ni le desbaratara sus obras.
Estas razones confundieron a Galeno y le hicieron desear que algún platónico se las absolviese; y creo que en su vida no le halló, pero después de muerto la expiriencia le mostró lo que su entendimiento no pudo alcanzar. Y así es cierto; que la certidumbre infalible de ser nuestra ánima inmortal no se toma de las razones humanas, ni menos hay argumentos que prueben ser corruptible, porque a los unos y a los otros se puede responder con facilidad: sola nuestra fee divina nos hace ciertos y firmes que dura para siempre jamás. Pero no tuvo razón Galeno de embarazarse con tan livianos argumentos, porque las obras que se han de hacer mediante algún instrumento no se colige bien en filosofía natural haber falta en el agente principal por no salir acertadas. El pintor que dibuja bien tiniendo el pincel cual conviene a su arte, no tiene culpa cuando, con el malo, hace las figuras borradas y de mala deligneación; ni es buen argumento pensar que el escribano tenía alguna lesión en la mano, cuando por falta de pluma bien cortada le fue forzoso escrebir con un palo.
Considerando Galeno las obras maravillosas que hay en el universo y la sabiduría y providencia con que están hechas y ordenadas, coligió que había Dios en el mundo, aunque no le víamos con los ojos corporales; de el cual dijo estas palabras: Deus nec factus est aliquando, cum pereniter ingenitus sit ac sempiternus. Y en otra parte dice que la fábrica y compostura del cuerpo humano no la hacía el ánima racional ni el calor natural, sino Dios o alguna inteligencia muy sabia. De donde se puede formar un argumento contra Galeno y deshacer su mala consecuencia, y es desta manera: «Tú sospechas ser el ánima racional corruptible porque si el celebro está bien templado acierta muy bien a discurrir y filosofar, y si se calienta o enfría más de lo que conviene, delira y dice mil disparates. Eso mesmo se infiere considerando las obras que tú dices ser de Dios; porque si hace un hombre en lugares templados, donde el calor no excede a la frialdad, ni la humidad a la sequedad, le saca muy ingenioso y discreto, y si es la región destemplada, todos los saca estultos y necios » (y así dice el mesmo Galeno: que en Scitia por maravilla acierta a salir un hombre sabio, y en Atenas todos nascen filósofos). Pues sospechar que Dios es corruptible porque con unas calidades hace bien estas obras y con las contrarias salen erradas, no lo puede confesar Galeno, pues ha dicho que Dios es sempiterno.
Platón va por otro camino más acertado, diciendo que, aunque Dios es eterno, omnipotente y de infinita sabiduría, que se ha como agente natural en sus obras y que se subjeta a la disposición de las cuatro calidades primeras, de tal manera que para engendrar un hombre sapientísimo y semejante a él, tuvo necisidad de buscar un lugar, el más templado que había en todo el mundo, donde el calor de el aire no excediese a la frialdad, ni la humidad a la sequedad. Y así, dijo: Deus vero, quasi belli ac sapientiae studiosus, locum qui viros ipsi, simillimos producturus esset, electum in primis incolendum praebuit.88 Y si Dios quisiera hacer un hombre sapientísimo en Scitia o en otra región destemplada y no usara de su omnipotencia, saliera por fuerza necio por la contrariedad de las calidades primeras; pero no infiriera Platón (como hizo Galeno) que Dios era alterable y corruptible porque el calor y la frialdad le impiden sus obras. Eso mesmo se ha de coligir cuando el ánima racional, por estar en un celebro inflamado, no puede usar de discreción y prudencia; y no pensar que por eso es mortal y corruptible. El salir del cuerpo y no poder sufrir la gran calentura ni las demás alteraciones que suelen matar los hombres, sólo arguye que es acto y forma sustancial del cuerpo humano, y que para estar en él requiere ciertas disposiciones materiales acomodadas al ser que tiene de ánima y que los instrumentos con que ha de obrar estén bien compuestos, bien unidos y con el temperamento que sus obras han menester; todo lo cual faltando, por fuerza las ha de errar y ausentarse del cuerpo.
El error de Galeno está en querer averiguar por principios de filosofía natural89 sí el ánima racional, faltando del cuerpo, muere luego o no, siendo cuestión que pertenesce a otra ciencia superior y de más ciertos principios, en la cual probaremos que no es buen argumen- to el suyo, ni que se infiere bien ser el ánima del hombre corruptible por estar en el cuerpo quieta con unas calidades y ausentarse dél por las contrarias. Lo cual no es dificultoso probarse, porque otras sustancias espirituales de mayor perfectión que el ánima racional eligen lugares alterados con calidades materiales en los cuales parece que habitan a su contento, y si subceden otras disposiciones contrarias, luego se van por no poderlas sufrir.90 Y así es cierto; que hay disposiciones en el cuerpo humano las cuales apetesce el demonio con tanta agonía, que por gozar dellas se entra en el hombre donde están, y así queda endemoniado; pero corrompidas y alteradas con medicinas contrarias y hecha evacuación de los humores negros, podridos y hediondos, naturalmente se torna a salir. Véese esto claramente por experiencia: que en siendo una casa grande, oscura, sucia, hedionda, triste y sin moradores que la habiten, luego acuden duendes a ella; y si la limpian y abren ventanas para que le entre el sol y claridad, luego se van, especialmente si la habitan muchas gentes y hay en ella regocijos y pasatiempos y tocan muchos instrumentos de música.
Cuánto ofenda al demonio el armonía y buena proporción muéstrase claramente por lo que dice el Testo divino: que tomando David su arpa y tocándola, luego huía el demonio y salía del cuerpo de Saúl. Y aunque esto tiene su espíritu, yo tengo entendido que naturalmente molestaba la música al demonio y que no la podía sufrir. El pueblo de Israel sabía ya por experiencia que el demonio era enemigo de música, y por tenerlo así entendido dijeron los criados de Saúl desta manera: Ecce spiritus Dei malus exagitat te: iubeat Dominus noster rex, et91 servi tui, qui coram te sunt, querant hominem scientem psalere cithara, ut quando arripuerit te92 spiritus Domini malus, psalat manu sua et levius feras.93 De la manera que hay palabras y comparaciones que hacen temblar al demonio y por no oírlas deja el lugar que tenía eligido para su habitación. Y así, cuenta Josefo94 que Salomón dejó escriptos ciertos modos de conjurar, con los cuales no solamente echaban de presente al demonio, pero jamás osaba volver al cuerpo de donde una vez fue lanzado. También el mesmo Salomón mostró una raíz de tan abominable olor para el demonio, que, aplicándola a las narices de el demonio, lo echaba luego fuera. Es tan sucio el demonio, tan triste y enemigo de cosas limpias, alegres y claras, que entrando Jesucristo en la región de los Geraseos, cuenta san Mateo que le ocurrieron ciertos demonios metidos en dos cuerpos muertos que habían sacado de los sepulcros, dando voces y diciendo: «Jesús,95 hijo de David, ¿qué tema tienes con nosotros en haber venido antes de tiempo atormentarnos? Rogámoste que si nos has de echar deste lugar donde estamos, que nos dejes entrar en aquella manada de puercos que allí está»,96 por la cual razón los llama la divina Escriptura sucios spiritus. Por donde se entiende claramente que no sólo el ánima racional pide disposiciones en el cuerpo para poderlo informar y ser principio de todas sus obras, pero aun para estar en él como en lugar acomodado a su naturaleza las ha menester, pues los demonios, siendo de sustancia más perfecta, aborrescen unas calidades corporales y con las contrarias se huelgan y reciben contento. De manera que no es buen argumento el de Galeno: «Vase el ánima racional del cuerpo por una gran calentura, luego es corruptible»; pues lo hace el demonio (de la manera que hemos dicho) y no es mortal.
Pero lo que en este propósito más se ha de notar es que el demonio no solamente apetece lugares alterados con calidades corporales para estar en ellos a su contento, pero aun cuando quiere obrar alguna cosa que le importa mucho, se aprovecha de las calidades corporales que ayudan para aquel fin. Porque si yo preguntase ahora en qué se pudo fundar el demonio cuando, quiriendo engañar a Eva, se metió antes en la serpiente ponzoñosa que en el caballo, en el oso, en el lobo y en otros muchos animales que no eran de tan espantable figura, yo no sé qué se me podría responder. Bien sé que Galeno no admite los dichos y sentencias de Moisén ni de Cristo Nuestro Redemptor, porque ambos, dice que hablan sin demostración, pero de algún católico he deseado siempre saber la solución desta dubda, y ninguno me la ha dado.
Ello es cierto (como ya lo dejamos probado) que la cólera quemada y retostada es un humor que enseña al ánima racional de qué manera se han de hacer los embustes y engaños. Y entre los brutos animales, ninguno hay que tanto participe de este humor como la serpiente; y así, más que todos dice la divina Escriptura que es astuto y mañoso. El ánima racional, puesto caso que es la más ínfima de todas las inteligencias, pero tiene la mesma naturaleza que el demonio y los ángeles. y de la manera que ella se aprovecha desta cólera ponzoñosa para ser el hombre astuto y mañoso, así el demonio, metido en el cuerpo de aquella bestia fiera, se hizo más ingenioso y doblado. Esta manera de filosofar no espantará mucho a los filósofos naturales, porque tiene alguna aparencia de poder ser así; pero lo que más les ha de acabar el juicio es que quiriendo Dios desengañar al mundo y enseñarle llanamente la verdad (que es la contraria obra que hizo el demonio) vino en figura de paloma, y no de águila ni de pavón97 ni de otras aves que tienen más hermosa figura. Y sabida la causa, es que la paloma participa mucho del humor que inclina a rectitud, a llaneza, a verdad y simplicidad, y carece de cólera, que es el instrumento de la astucia y malicia.
Ninguna cosa destas admite Galeno ni los filósofos naturales, porque no pueden entender cómo el ánima racional y el demonio, siendo sustancias espirituales, se puedan alterar de calidades materiales como es el calor, frialdad, humidad y sequedad; porque si el fuego introduce calor en el leño, es por tener ambos cuerpo y cantidad en que sujetarse, lo cual falta en las sustancias espirituales. Y admitido por cosa imposible que las calidades corporales pudiesen alterar la sustancia espiritual, ¿qué ojos tiene el demonio, ni el ánima racional, para ver los colores y figuras de las cosas, ni qué olfacto para percibir los olores, ni qué oído para la música ni qué tacto para ofenderse de el mucho calor, para todo lo cual son menester órganos corporales? Y si, apartada el ánima racional del cuerpo, se ofende y tiene dolor y tristeza, no es posible dejar de alterarse su naturaleza y venirse a corromper.
Estas dificultades y argumentos embarazaron a Galeno y a los filósofos de nuestros tiempos, pero a mí no me concluyen. Porque, cuando Aristóteles dijo que la mayor propriedad que la sustancia tenía era ser subjeto de los acidentes, no la coartó a la corporal ni espiritual, porque la propriedad de el género igualmente la participan las especies; y así, dijo que los accidentes del cuerpo pasan a la sustancia de el ánima racional, y los de el ánima al cuerpo, en el cual principio se fundó para escrebir todo lo que dijo de fisionomía. Mayormente,98 que los accidentes con que se alteran las potencias todos son espirituales, sin cuerpo, sin cantidad ni materia, y así, se multiplican en un momento por el medio y pasan por una vedriera sin romperla, y dos accidentes contrarios pueden estar en un mesmo subjeto con toda la intensión que pueden tener; por las cuales propriedades los llamó el mesmo Galeno indivisibles, y los filósofos vulgares, intensionales.99 Y siendo de esta manera, bien se pueden proporcionar con la sustancia espiritual.
Yo no puedo dejar de entender que el ánima racional apartada del cuerpo, y también el demonio, tengan potencia visiva, olfactiva, auditiva y tactiva; lo cual me paresce que es fácil de probar; porque si es verdad que las potencias se conoscen por las actiones, cierto es que el demonio tenía potencia olfactiva, pues olía aquella raíz que Salomón mandaba aplicar a las narices de los endemoniados; y que tenía potencia auditiva, pues oía la música que David daba a Saúl. Pues decir que estas calidades las percibía el demonio con el entendimiento no se puede afirmar en la doctrina de los filósofos vulgares, porque esta potencia es espiritual y los objetos de los cinco sentidos son materiales, y así, es menester buscar otras potencias, en el ánima racional y en el demonio, con quien se puedan proporcionar.
Y si no, pongamos por caso que el ánima del rico avariento alcanzara de Abraham que el ánima de Lázaro viniera al mundo a predicar a sus hermanos y persuadirles que fuesen buenos, para que no viniesen a aquel lugar de tormentos donde él estaba. Pregunto yo ahora: ¿cómo el ánima de Lázaro acertara a venir a la ciudad y a la casa de éstos, y si los encontrara en la calle en compañía de otros, si los conosciera por sus rostros y los supiera diferenciar de los que venían con ellos, y si estos hermanos de el rico avariento le preguntaran quién era y quién le100 enviaba, si tuviera alguna potencia para oír sus palabras? Lo mesmo se puede inquirir de el demonio cuando andaba tras Cristo Nuestro Redemptor oyéndole predicar y viendo los milagros que hacía. Y en aquella disputa que ambos tuvieron en el desierto ¿con qué oídos percebía el demonio las palabras y respuestas que Cristo le daba?
Ello es cierto falta de entendimiento pensar que el demonio, o el ánima racional, apartada del cuerpo, no podrá conoscer los objetos de los cinco sentidos aunque carezca de instrumentos corporales; porque por la misma razón les probaré que el ánima racional apartada de el cuerpo no puede entender, imaginar, ni hacer actos de memoria. Porque si, estando en el cuerpo, no puede ver quebrados los ojos, también no puede raciocinar ni acordarse si el celebro está inflamado. Pues decir que el ánima racional apartada del cuerpo no puede raciocinar por no tener celebro es desatino muy grande. El cual se prueba en la misma historia de Abraham: Fili,101 recordare quia recepisti bona in vita tua, et Lazarus similiter mala; nunc autem hic consolatur, tu vero cruciaris; et in iis omnibus inter nos et vos chaos magnus firmatus est, ut hic qui volunt hinc transire ad vos non possint, nec inde huc transire. Et ait: rogo ergo te, Pater, ut mittias eum in domum patris mei habeo enim quinque fratres, ut testetur illis, ne et ipsi veniant in hunc locum tormentorum.102 De donde concluyo que, así como estas dos ánimas razonaron entre sí, y se acordó el rico avariento que tenía cinco hermanos en casa de su padre, y Abraham le trujo a la memoria la buena vida que en el mundo había tenido y los trabajos de Lázaro, sin ser menester el celebro, de la mesma manera pueden las ánimas ver sin ojos corporales y oír sin oídos, gustar sin lengua, oler sin narices y tocar sin nervios ni carne, y muy mejor sin comparación, lo mesmo se entiende del demonio, por tener la mesma naturaleza que el ánima racional.
Todas estas dubdas soltara bien el ánima del rico avariento, de quien cuenta Sant Lucas que estando en el infierno alzó los ojos y vio a Lázaro que estaba en el seno de Abraham, y dando voces dijo así: Pater Abraham, miserere mei: mitte Lazarum ut intingat extremum digiti sui in aquam ut refrigeret linguam meam, quia crucior in hac flama; como si dijera: «Padre Abraham, tené misericordia de mí y enviame a Lázaro para que moje la extremidad de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en esta llama».103 De la doctrina pasada y de lo que dice esta letra se colige que el fuego que abrasa las ánimas en el infierno es material, como el que acá tenemos, y que ofendía al rico avariento y a las otras ánimas (por divina disposición) con el calor, y que si Lázaro le llevara un jarro de agua fría, que sintiera gran recreación metiéndose en ella. Y está la razón muy clara: porque si no pudo sufrir estar en el cuerpo por el mucho calor de la calentura, y cuando bebía agua fría sentía el ánima gran recreación, ¿por qué no entenderemos lo mesmo estando unida con las llamas del fuego infernal? El alzar los ojos el rico avariento, y la lengua sedienta, y el dedo de Lázaro, todos son nombres de las potencias del ánima para poderse la Escriptura explicar: los que no van por este camino ni se fundan en filosofía natural dicen mil disparates.
Pero tampoco se infiere que, si el ánima racional tiene dolor y tristeza, por alterarse su naturaleza con calidades contrarias, que es corruptible ni mortal; porque las cenizas, con estar compuestas de cuatro elementos y de acto y potencia, no hay agente natural en el mundo que las pueda corromper ni quitarles las calidades que convienen a su naturaleza. El temperamento natural de las cenizas, todos sabemos que es frío y seco; pero, aunque las echemos en el fuego, jamás perderán la frialdad que tienen radical, y aunque estén cien mil años en el agua, es imposible, sacadas della, quedar con humidad propria y natural. Y con esto, no se puede dejar de confesar que con el fuego resciben calor y con el agua humidad; pero estas dos calidades son, en las cenizas, superficiales y duran poco en el subjecto, porque apartadas del fuego se tornan luego frías, y quitadas del agua no les dura una hora la humidad.
Pero una dubda se ofrece en aquel coloquio y disputa que tuvo el rico avariento con Abraham; y es cómo supo más delicadas razones el ánima de Abraham que la del rico avariento, habiendo dicho atrás que todas las ánimas racionales (salidas del cuerpo) son de igual perfectión y saber. A la cual se puede responder de una de dos maneras.
La primera es que la sciencia y saber que el ánima alcanzó estando en el cuerpo no la pierde cuando el hombre se muere, antes la perfictiona después, desengañándose de algunos errores. El ánima de Abraham partió desta vida sapientísima y llena de muchas revelaciones y secretos que Dios le comunicó por ser su amigo; pero la del rico avariento por fuerza había de salir insipiente, lo uno por el pecado, que cría ignorancia en el hombre, y lo otro porque las riquezas hacen el contrario efecto de la pobreza: ésta da ingenio al hombre (como adelante probaremos) y la prosperidad se lo quita.
Otra respuesta hay siguiendo nuestra doctrina, y es que la materia en que estas dos ánimas disputaban era teulugía escolástica, porque saber si estando en el infierno había lugar de misericordia, y si Lázaro podía pasar dende el limbo al infierno, y si convenía enviar al mundo algún muerto que diese noticia a los vivos de los tormentos que en él pasaban los condenados, todos son puntos escolásticos, cuya decisión pertenece al entendimiento, como adelante probaré. Y entre las calidades primeras ninguna hay que tanto desbarate a esta potencia como el calor demasiado, del cual estaba bien atormentado el rico avariento; pero el ánima de Abraham moraba en un lugar templadísimo, donde tenía gran consuelo y recreación, y así, no era mucho que raciocinase mejor. Por donde concluyo que el ánima racional y el demonio se aprovechan para sus obras de las calidades materiales, y que con unas se ofenden y con las contrarias reciben contento, y que por esta razón apetecen estar en unos lugares y huyen de otros, sin ser corruptibles.
CAPÍTULO OCTAVO
Donde se da a cada diferencia de ingenio la sciencia que le responde en particular y se le quita la que le es repugnante y contraria
Todas las artes, dice Cicerón, están constituidas debajo de ciertos principios universales, los cuales aprendidos con estudio y trabajo, en fin se vienen a alcanzar; pero el arte de poesía es en esto tan particular, que si Dios o Naturaleza no hacen al hombre poeta, poco aprovecha enseñarle con preceptos y reglas cómo ha de metrificar. Y así, dice: Ceterarum rerum studia, et doctrina et preceptis et arte constant; poeta natura ipsa valet et mentis viribus excitatur, et quasi divino quodam spiritu aflatur. Pero en esto no tiene razón Cicerón; porque realmente no hay sciencia ni arte inventada en la república que, si el hombre se pone a estudiarla faltándole el ingenio, salga con ella aunque trabaje en sus preceptos y reglas toda la vida; y si acierta con la que pedía su habilidad natural, en dos días vemos que se halla enseñado. Lo mesmo pasa en la poesía sin diferencia ninguna: que, si el que tiene naturaleza acomodada para ella se da a componer versos, los hace con gran perfectión, y si no, para siempre es mal poeta.
Siendo esto así, ya me paresce que es tiempo saber, por arte, qué diferencia de sciencia a qué diferencia de ingenio le responde en particular, para que cada uno entienda con distinctión (sabida ya su naturaleza) para qué arte tiene disposición natural.
Las artes y sciencias que se alcanzan con la memoria son las siguientes: gramática, latín y cualquier otra lengua; la teórica de la jusrispericia, teuligía positiva, cosmografía y aritmética. Las que pertenescen al entendimiento son: teulugía escolástica, la teórica de la medicina. la dialéctica, la filosofía natural y moral, la práctica de la jusrispericia, que llaman abogacía.
De la buena imaginativa nascen todas las artes y sciencias que consisten en figura, correspondencia, armonía y proporción. Estas son: poesía, elocuencia, música, saber predicar, la práctica de la medicina, matemáticas, astrología, gobernar una república, el arte militar; pintar, trazar, escrebir, leer, ser un hombre gracioso, apodador, polido, agudo in agilibus, y todos los ingenios y maquinamientos que fingen los artífices; y también una gracia de la cual se admira el vulgo, que es dictar a cuatro escribientes juntos materias diversas y salir todas muy bien ordenadas.
De todo esto no podemos hacer evidente demostración ni probar cada cosa por sí, porque sería nunca acabar; pero echando la cuenta en tres o cuatro sciencias, en las demás correrá la mesma razón.
En el catálogo de las sciencias que dijimos pertenescer a la memoria pusimos la lengua latina y las demás que hablan todas las naciones de el mundo. Lo cual ningún hombre sabio puede negar; porque las lenguas fue una invención que los hombres buscaron para poder entre sí comunicarse y explicar los unos a los otros sus conceptos, sin haber en ello más misterio ni principios naturales de haberse juntado los primeros inventores y a buen pláceme (como dice Aristóteles) fingir los vocablos y dar a cada uno su significación. Resultó de allí tanto número de ellos y tantas maneras de hablar tan sin cuenta ni razón, que, si no es tiniendo el hombre buena memoria, con ninguna otra potencia es imposible poderse comprehender.
Cuán impertinente sea la imaginativa, y el entendimiento, para aprender lenguas y maneras de hablar pruébalo claramente la niñez, que, con ser la edad en la cual el hombre está más falto de estas dos potencias, con todo eso dice Aristóteles que los niños aprenden mejor cualquiera lengua que los hombres mayores, aunque son más racionales. Y sin que lo diga nadie, nos lo muestra claramente la experiencia, pues vemos que si a Castilla viene a vivir un vizcaíno de treinta o cuarenta años, jamás aprende el romance, y si es muchacho, en dos o tres años paresce nacido en Toledo. Lo mesmo acontesce en la lengua latina y en todas las demás de el mundo, porque todos los lenguajes tienen la mesma razón. Luego, si en la edad que más reina la memoria y menos hay de entendimiento y de imaginación, se aprenden mejor las lenguas que cuando hay falta de memoria y sobra de entendimiento, cierto es que con la memoria se adquieren, y no con otra potencia ninguna.
Las lenguas, dice Aristóteles que no se pueden104 sacar por razón, ni consisten en discurso ni raciocinio; y así, es necesario oír a otro el vocablo y la significación que tiene, y guardarlo en la memoria. Y con esto prueba que si el hombre nace sordo, necesariamente ha de ser mudo, por no poder oír a otro el articulación de los nombres ni la significación que los inventores les dieron.
De ser las lenguas un plácito105 y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las sciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y así, ninguno de los graves autores fue a buscar lengua estranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego; los romanos, en latín; los hebreos, en hebraico, y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber mejor esta lengua que otra ninguna.106 Los romanos, como señores del mundo, viendo que era necesario haber una lengua común con que todas las naciones se pudiesen comunicar, y ellos oír y entender a los que venían a pedir justicia y cosas tocantes a su gobernación, mandaron que hubiese escuela, en todos los lugares de su imperio, en la cual se enseñase la lengua latina; y así ha durado hasta el día de hoy.
La teulugía escolástica es cierto que pertenesce al entendimiento, supuesto que las obras de esta potencia son distinguir, inferir, raciocinar, juzgar107 y eligir; porque ninguna cosa se hace en esta facultad que no sea dubdar por inconvenientes, responder con distinctión, y contra la respuesta inferir lo que en buena consecuencia se colige, y tornar a responder hasta que se sosiegue el entendimiento.
Pero la mayor probación que en este punto se puede hacer es dar a entender con cuánta dificultad se junta la lengua latina con la teulugía escolástica y cómo, de ordinario, no acontece ser uno juntamente gran latino y profundo escolástico. Del cual efecto admirados algunos curiosos que han dado ya en ello, procuraron buscar la razón y causa de donde podía nacer; y hallaron por su cuenta que como la teulugía escolástica está escripta en lengua llana y común y los grandes latinos tienen hecho el oído al sabroso y elegante estilo de Cicerón, no se pueden acomodar a ella. Bien les estuviera a los latinos ser ésta la causa; porque forzando el oído con el uso tuviera remedio su enfermedad; pero hablando de veras, antes es dolor de cabeza que mal de oído.
Los que son grandes latinos tienen forzosamente gran memoria, porque de otra manera no se pudieran señalar tanto en una lengua que no era suya. Y porque grande y feliz memoria es como contraria del grande y subido entendimiento en un subjecto, remítele y bájale de punto; y de aquí nasce que el que no tiene tan cabal y subido entendimiento (que es la potencia a quien pertenesce el distinguir, inferir, raciocinar, juzgar y elegir) no alcanza subido caudal de teulugía escolástica. El que no se concluyere con esta razón lea a Sancto Tomás, Escoto,108 Durando y Cayetano, que son la prima de esta facultad, y hallará grandes delicadezas en sus obras, dichas y escriptas en muy llano y común latín. Y no fue otra la causa sino que estos graves autores tuvieron dende niños muy flaca memoria para aventajarse en la lengua latina; pero venidos a la dialéctica, metafísica y teulugía escolástica, alcanzaron todo lo que vemos por tener grande entendimiento.
De un teólogo escolástico sabré yo decir (y otros muchos que le conocieron y tractaron) que, con ser la prima en esta facultad, no solamente no decía elegancias ni cláusulas rodadas al tono de Cicerón, pero leyendo en la cátedra le notaban sus discípulos de muy poco y común latín. Y así, le aconsejaron (como hombres que ignoraban esta doctrina) que secretamente hurtase algunos ratos al estudio de la teulugía escolástica y los emplease en leer a Cicerón. El cual conociendo que era consejo de buenos amigos, no solamente lo procuró remediar en escondido, pero públicamente, en acabando de leer la materia De Trinitate109 o cómo el Verbo divino pudo encarnar, entraba a oír una lectión de latín. Y fue cosa digna de notar que, en mucho tiempo que lo hizo así, no solamente no aprendió nada de nuevo, pero el latín común que antes sabía casi lo vino a perder, por donde le fue forzado leer en romance.
Preguntando Pío Cuarto qué teólogos se habían señalado más en el Concilio Tridentino,110 le dijeron que un singular teólogo español, cuya resolución, argumentos, respuestas y distinctiones eran dignas de admiración. Y deseando el Papa ver y conoscer un hombre tan señalado, le envió a mandar que se viniese por Roma y le diese cuenta de lo que en el Concilio había pasado. Al cual, puesto en Roma, le hizo muchos favores; entre los cuales le mandó cubrir, y tomándolo por la mano, lo llevó paseando hasta el castillo de Sant Ángelo y con muy elegante latín le dio cuenta de ciertas obras que en él hacía para fortificarle más, pidiéndole en algunas trazas su parescer. Y respondiole tan embarazadamente por no saber latín, que el Embajador de España (que a la sazón era don Luis de Requesens, Comendador Mayor de Castilla) salió a favorecerle con su latín y distraer al Papa a otra materia diferente. En fin, dijo el Papa a los de su Cámara que no era posible saber tanta teulugía, como decían, un hombre que entendía tan poco latín. Y si como le probó en esta lengua, que es obra de la memoria, y en trazar y edificar, que pertenesce a la buena imaginativa, le tentara en cosas tocantes al entendimiento, le dijera divinas consideraciones.
En el catálogo de las sciencias que pertenescen a la imaginativa pusimos al principio la poesía, y no acaso ni con falta de consideración, sino para dar a entender cuán lejos están del entendimiento los que tienen mucha vena para metrificar. Y así hallaremos que la mesma dificultad que la lengua latina tiene en juntarse con la teulugía escolástica, ésa se halla (y mucho mayor sin comparación) entre esta facultad y el arte de metrificar; y es tan contraria del entendimiento, que por la mesma razón que alguno se señalare notablemente en ella, se puede despedir de todas las sciencias que pertenescen a esta potencia; y también de la lengua latina por la contrariedad que la buena imaginativa tiene con la mucha memoria.
La razón de lo primero no la alcanzó Aristóteles, pero confirma mi sentencia con una experiencia, diciendo: Marcus, civis Siracusanus, poaeta erat praestantior dum mente alienaretur; como si dijera: «Marco siracusano era mejor poeta cuando salía fuera de juicio». Y es la causa que la diferencia de imaginativa, a quien pertenece la poesía, es la que pide tres grados de calor, y esta calidad, tan intensa, hemos dicho atrás que echa a perder totalmente el entendimiento. Y así lo notó el mesmo Aristóteles; porque, templándose el Marco siracusano, dice que tenía mejor entendimiento, pero que no acertaba a componer tan bien, por la falta del calor con que obra esta diferencia de imaginativa. De la cual carecía Cicerón cuando, quiriendo escrebir en verso los hechos heroicos de su consulado y el dichoso nascimiento que Roma había tenido en haber sido por él gobernada, dijo así: O fortunatam natam me consule Romam! Y por no entender Juvenal que a un hombre de tal ingenio como Cicerón era sciencia repugnante la poesía, satíricamente le picó diciendo: «Si al tono de este verso tan malo dijeras las Filípicas111 contra Marco Antonio, no te costara la vida».
Peor atinó Platón cuando dijo que la poesía no era sciencia humana, sino revelaciones divinas, porque, no estando los poetas fuera de sí, o llenos de Dios, no podían componer ni decir cosa que tuviese primor. Y pruébalo con una razón, diciendo que, estando el hombre en su libre juicio, no puede metrificar. Pero Aristóteles lo reprehende en decir que el arte de poesía no es habilidad humana, sino revelaciones divinas, y admite que el hombre cuerdo y que está en su libre juicio no puede ser poeta; y es la razón que donde hay mucho entendimiento, forzosamente ha de haber falta de imaginativa, a quien pertenesce el arte de componer. De lo cual se puede hacer mayor demostración sabiendo que después de haber Sócrates aprendido el arte poética con todos sus preceptos y reglas, no pudo hacer un verso. Y por lo menos fue juzgado en el oráculo de Apolo por el hombre más sabio del mundo.
Y así, tengo por cosa llana que el muchacho que saliere con notable vena para metrificar y que con liviana consideración se le ofrecieren muchos consonantes, que ordinariamente corre peligro en saber con eminencia la lengua latina, la dialéctica, filosofía, medicina y teulugía escolástica y las demás artes y sciencias que pertenecen112 al entendimiento y memoria. Y así lo vemos por experiencia: que si a un muchacho déstos le damos que aprenda un nominativo de memoria, no lo tomará en dos ni tres días; y si es un pliego de papel escripto en metro para representar alguna comedia, a dos vueltas que le dé se le fija en la cabeza. Éstos se pierden por leer en libros de caballerías, en Orlando,113 en Boscán,114 en Diana de Montemayor115 y otros así; porque todas éstas son obras de la imaginativa. Pues ¿qué diremos de el canto de órgano y de los maestros de capilla, cuyo ingenio es ineptísimo para el latín y para todas las demás sciencias que pertenescen al entendimiento y memoria? La mesma cuenta lleva el tañer y todo género de música.
Por estos tres ejemplos que hemos traído, del latín, de la teulugía escolástica y de la poesía, entenderemos que es verdadera esta doctrina y que hemos hecho bien el repartimiento, aunque de las demás artes no hagamos particular demostración.
El escrebir descubre también la imaginativa. Y así, pocos hombres de grande entendimiento vemos que hacen buena letra, de lo cual tengo yo notados muchos ejemplos a este propósito. Especialmente conocí un teólogo escolástico doctísimo que, corrido de ver cuán mala letra hacía, no osaba escrebir cartas a nadie ni responder a las que le enviaban, hasta que determinó traer secretamente a su casa un maestro que le enseñase alguna forma razonable con que pudiese pasar. Y trabajando muchos días en ello, fue tiempo tan perdido, que ninguna cosa aprovechó, y así, de aborrescido lo dejó, espantado el maestro que le enseñaba de ver un hombre tan docto en su facultad y tan inhábil para escrebir. Pero yo, que sé muy cierto que el escribir muy bien es obra de la imaginativa, lo tuve por efecto natural. Y si alguno lo quisiere ver y notar, considere los estudiantes que ganan de comer en las universidades a trasladar papeles de buena letra, y hallarán116 que saben poca gramática, poca dialéctica y poca filosofía, y si estudian medicina o teulugía no ahondan nada. Y así, el muchacho que con la pluma supiere dibujar un caballo muy bien sacado, y un hombre con buena figura, y hiciere unos buenos lazos y rasgos, no hay que ponerle en ningún género de letras, sino con un buen pintor que le facilite su naturaleza con el arte.
El leer bien y con facilidad descubre también una especie de imaginativa. Y si es cosa muy notable, no hay que gastar el tiempo en letras, sino hacerle que gane su vida a leer procesos.
En esto hay una cosa digna de notar, y es que la diferencia de imaginativa que hace a los hombres graciosos, decidores y apodadores es contraria de la que ha menester el hombre para leer con facilidad. Y así, ninguno que sea muy donoso puede aprender a leer si no es tropezando y mintiendo.
El saber jugar a la primera, y hacer envites falsos y verdaderos, y el querer y no querer a su tiempo, y por conjeturas conoscer el punto de su contrario y saberse descartar es obra que pertenesce a la imaginativa. Lo mesmo es el juego de los cientos y el trunfo, aunque no tanto como la primera de Alemania. Y no solamente hace prueba y demostración de esta diferencia de ingenio, pero aun descubre todas las virtudes y vicios de el hombre, porque cada momento se ofrecen en este juego ocasiones en las cuales da el hombre muestra de lo que también haría en otras cosas mayores viéndose en ellas.
El juego de el ajedrez es una de las cosas que más descubren la imaginativa, por donde el que alcanzare delicadas tretas y diez o doce117 lances juntos en el tablero corre peligro en las sciencias que pertenescen al entendimiento y memoria (si no es que hace junta de dos o tres potencias, como ya lo habemos notado). La cual doctrina si alcanzara un teólogo escolástico doctísimo que yo conoscí, cayera en la cuenta de una cosa que dubdaba. Éste jugaba con un criado suyo muchas veces; y, perdiendo, le decía de corrido: «¿Qué es esto, Fulano, que ni sabéis latín ni dialéctica ni teulugía, aunque lo habéis estudiado, y me ganáis vos a mí, estando lleno de Escoto y de Sancto Tomás? ¿Es posible que vos tenéis mejor ingenio que yo? No puedo creer verdaderamente sino que el diablo os revela a vos estas tretas». Y era el misterio que el amo tenía grande entendimiento, con el cual alcanzaba las delicadeces de Escoto y de Sancto Tomás, y era falto de aquella diferencia de imaginativa con que se juega al ajedrez; y el mozo tenía ruin entendimiento y memoria, y muy delicada imaginativa.
Los estudiantes que tienen los libros compuestos, el aposento bien aderezado y barrido, cada cosa en su lugar y en su clavo colgada, tienen cierta diferencia de imaginativa muy contraria del entendimiento y memoria. El mesmo ingenio alcanzan los hombres polidos, bien aseados y que118 andan a buscar los pelillos de la ropa y se ofenden con las rugas del vestido. Esto cierto es que nasce de la imaginativa; porque si un hombre no sabía metrificar y era desaliñado, si por ventura se enamora, dice Platón que luego se hace poeta y muy aseado y limpio; porque el amor calienta y deseca el celebro, que son las calidades que avivan la imaginativa. Lo mesmo nota Juvenal que hace la indignación, que es pasión también que calienta el celebro: Si natura negat, facit indinatio versum.
Los graciosos, decidores, apodadores y que saben dar una matraca, tienen cierta diferencia de imaginativa muy contraria del entendimiento y memoria. Y así, jamás salen con la gramática, dialéctica, teulugía escolástica, medicina ni leyes. Pues ¿que sí son agudos in agilibus, mañosos para cualquiera cosa que toman a hacer, prestos en hablar y responder a propósito? Éstos son proprios para servir en Palacio, para solicitadores, procuradores de causas, para mercaderes y tractantes, para comprar y vender, pero no para letras. Con éstos se engaña mucho la gente vulgar viéndolos tan mañosos para todas las cosas, y así, les paresce que si se dieran a letras salieran grandes hombres; y realmente no hay ingenio para ellas más repugnante.
Los muchachos que se tardaren mucho en hablar tienen humidad demasiada en la lengua y también en el celebro; la cual gastada con el discurso de el tiempo, vienen después elocuentísimos y muy habladores por la grande memoria que se les hace moderándose la humidad. Lo cual sabemos de atrás que le aconteció a aquel famoso orador Demóstenes, de quien dijimos que se había espantado Cicerón por la rudeza que de muchacho tenía en hablar, y de grande ser tan elocuente.
También los muchachos que tienen buena voz y gorjearen mucho de garganta son ineptísimos para todas las sciencias; y es la razón que son fríos y húmidos, las cuales dos calidades, estando juntas, dijimos atrás que echan a perder la parte racional. Los estudiantes que sacaren la lición puntualmente como la dice el maestro y así la refirieren, es indicio de buena memoria, pero el entendimiento lo ha de pagar.
Algunos problemas y dubdas se ofrecen en esta doctrina, la respuesta de las cuales por ventura dará más luz para entender que es verdad lo que decimos.
El primero es: ¿de dónde nace que los grandes latinos son más arrogantes y presuntuosos en saber que los hombres muy doctos en aquel género de letras que pertenecen al entendimiento? En tanto que, para dar a entender el refrán qué cosa es gramático, dice desta manera: Grammaticus ipsa arrogantia est; como si dijera: «El gramático no es otra cosa sino la mesma arrogancia».
El segundo es: ¿en qué va ser la lengua latina tan repugnante al ingenio de los españoles y tan natural a los franceses, italianos, alemanes, ingleses y a los demás que habitan el Septentrión? Como paresce por sus obras: que por el buen latín conoscemos ya que es estranjero el autor, y por el bárbaro y mal rodado sacamos que es español.
El tercero es: ¿cómo las cosas que dicen y escriben en lengua latina suenan mejor, abultan más y tienen mayor elegancia que en otra cualquier lengua por buena que sea, habiendo dicho atrás que todas las lenguas no es más que un antojo y plácito de aquellos que las inventaron, sin tener fundamento en naturaleza?
La cuarta dubda es: ¿de qué manera se compadesce que, estando escriptas en latín todas las sciencias que pertenescen al entendimiento y que las puedan estudiar y leer en los libros aquellos que son faltos de memoria, siéndoles por esta razón repugnante la lengua latina?
Al primer problema se responde que para conoscer si un hombre es falto de entendimiento no hay más cierta señal que verle altivo, hinchado, presuntuoso, amigo de honra, puntoso y lleno de cirimonias. Y es la razón que todas éstas son obras de una diferencia de imaginativa que no pide más que un grado de calor, con el cual bien se compadesce la mucha humidad que pide la memoria, por no tener fuerza para la resolver. Por lo contrario, es indicio infalible que, siendo un hombre naturalmente humilde, menospreciado de sí y de sus cosas, y que no solamente no se jacta ni alaba, pero se ofende con los loores que otros le dan y se afrenta con los lugares y cirimonias honrosas, bien lo pueden señalar por hombre de grande entendimiento y poca imaginativa y memoria. (Dije «naturalmente humilde», porque, si lo es con artificio, no es cierta señal). De aquí es que, como los gramáticos son hombres de gran memoria y hacen junta con aquella diferencia de imaginativa, forzosamente son faltos de entendimiento y tales cuales dice el refrán.
Al segundo problema se responde que, buscando Galeno el ingenio de los hombres por el temperamento de la región que habitan, dice que los que moran debajo el Septentrión todos son faltos de entendimiento, y los que están sitiados entre el Septentrión y la Tórrida zona son prudentísimos. La cual postura responde puntualmente a nuestra región y es cierto así; porque España, ni es tan fría como los lugares del Norte ni tan caliente como la Tórrida zona. La mesma sentencia trae Aristóteles preguntando por qué los que habitan tierras muy frías son de menos entendimiento que los que nascen en las más calientes; y en la respuesta tracta muy mal a los flamencos, alemanes, ingleses y franceses, diciendo que su ingenio es como los de los borrachos, por la cual razón no pueden inquirir ni saber la naturaleza de las cosas. Y la causa de esto es la mucha humidad que tienen en el celebro y en las demás partes del cuerpo; y así lo muestran la blancura de el rostro y el color dorado del cabello, y que por maravilla se halla un alemán que sea calvo; y con esto, todos son crescidos y de larga estatura por la mucha humidad, que hace dilatables las carnes. Todo lo cual se halla al revés en los españoles: son un poco morenos, el cabello negro, medianos de cuerpo, y los más vemos calvos; la cual dispusición dice Galeno que nasce de estar caliente y seco el celebro. Y si esto es verdad, forzosamente han de tener ruin memoria y grande entendimiento; y los alemanes, grande memoria y poco entendimiento. Y así, los unos no pueden saber latín y los otros lo aprenden con facilidad.
La razón que trae Aristóteles para probar el poco entendimiento de los que habitan debajo el Septentrión es que la mucha frialdad de la región revoca el calor natural adentro por antiparístasis,119 y no le deja disipar, y así, tiene mucha humidad y calor, por donde juntan gran memoria para las lenguas y buena imaginativa, con la cual hacen relojes, suben el agua a Toledo,120 fingen maquinamentos y obras de mucho ingenio, las cuales no pueden fabricar los españoles por ser faltos de imaginativa; pero metidos en dialéctica, filosofía, teulugía escolástica, medicina y leyes, más delicadezas dice un ingenio español en sus términos bárbaros, que un estranjero sin comparación, porque sacados éstos de la elegancia y policía con que lo escriben, no dicen cosa que tenga invención ni primor. En comprobación desta doctrina, dice Galeno: In Scithiis, unus vir factus est philosophus: Athenis autem multi tales; como si dijera: «En Scitia (que es una provincia que está debajo el Septentrión) por maravilla sale un hombre filósofo, y en Atenas todos nascen prudentes y sabios». Pero, aunque a estos septentrionales les repugna la filosofía y las demás sciencias que hemos dicho, viéneles muy bien las matemáticas y astrología, por tener buena imaginativa.
La respuesta del tercer problema depende de una cuestión que hay entre Platón y Aristóteles muy celebrada. El uno dice que hay nombres proprios que naturalmente significan las cosas y que es menester mucho ingenio para hallarlos; la cual opinión favoresce la divina Escriptura diciendo que Adam ponía a cada cosa de las que Dios le puso delante el proprio nombre que le convenía. Pero Aristóteles no quiere conceder que haya, en ninguna lengua, nombre ni manera de hablar que signifique naturalmente la cosa, porque todos los nombres son fingidos y hechos al antojo y voluntad de los hombres. Y así paresce por experiencia; que el vino tiene más de sesenta nombres y el pan otros tantos, en cada lengua el suyo, y de ninguno se puede afirmar que es el natural y conviniente, porque dél usarían todos los hombres del mundo. Pero con todo eso, la sentencia de Platón es más verdadera; porque, puesto caso que los primeros inventores fingieron los vocablos a su plácito y voluntad, pero fue un antojo racional, comunicado con el oído, con la naturaleza de la cosa, con la gracia y donaire en el pronunciar, no haciendo los vocablos cortos ni largos, ni fuese menester mostrar fealdad en la boca al tiempo del pronunciar, asentando el acento en su conveniente lugar y guardando otras condiciones que ha de tener la lengua para ser elegante y no bárbara.
Desta opinión de Platón fue un caballero español cuyo entretenimiento era escrebir libros de caballerías, porque tenía cierta diferencia de imaginativa que convida al hombre a fictiones y mentiras. Déste se cuenta que, introduciendo en sus obras un gigante furioso, anduvo muchos días imaginando un hombre que respondiese enteramente a su bravosidad; y jamás lo pudo encontrar hasta que, jugando un día a los naipes en casa de un amigo suyo, oyó decir al señor de la posada: «Hola, muchacho, tra qui tantos a esta mesa». El caballero, como oyó este nombre traquitantos, luego le hizo buena consonancia en los oídos, y sin más aguardar se levantó diciendo: «Señores, yo no juego más, porque ha muchos días que ando buscando un nombre que cuadrase con un gigante furioso que introduzgo en esos borrones que compongo, y no lo he podido hallar hasta que vine a esta casa, donde siempre rescibo toda merced».121 La curiosidad de este caballero en llamar al gigante Traquitantos tuvieron los primeros inventores de la lengua latina, y así hallaron un lenguaje de tan buena consonancia a los oídos. Por donde no hay que espantar que las cosas que se dicen y escriben en latín suenen tan bien, y en las demás lenguas tan mal, por haber sido bárbaros sus primeros inventores.
La postrera me fue forzado ponerla por satisfacer a muchos que han dado en ella, siendo muy fácil la solución. Porque los que tienen grande entendimiento no están totalmente privados de memoria; que, a no la tener, era imposible discurrir el entendimiento ni raciocinar, porque esta potencia es la que tiene la materia y los fantasmas sobre que se ha de especular. Pero por ser remisa, de tres grados de perfectión que se pueden alcanzar en la lengua latina (que son entenderla, escrebirla y hablarla bien), no puede pasar de el primero si no es mal y tropezando.
CAPÍTULO NONO
Donde se prueba que la elocuencia y policía en hablar no puede estar en los hombres de grande entendimiento
Una de las gracias por donde más se persuade el vulgo a pensar que un hombre es muy sabio y prudente es oírle hablar con grande elocuencia: tener ornamento en el decir, copia de vocablos dulces y sabrosos, traer muchos ejemplos acomodados al propósito que son menester. Y, realmente, nasce de una junta que hace la memoria con la imaginativa en grado y medio de calor, el cual no puede resolver la humidad de el celebro y sirve de levantar las figuras y hacerlas bullir, por donde se descubren muchos conceptos y cosas que decir.
En esta junta es imposible hallarse el entendimiento, porque ya hemos dicho y probado atrás que esta potencia abomina grandemente el calor, y la humidad no la puede sufrir. La cual doctrina si alcanzaran los atenienses, no se espantaran tanto de ver un hombre tan sabio como Sócrates y que no supiese hablar; del cual decían los que entendían lo mucho que sabía, que sus palabras y sentencias eran como unas cajas de madera tosca y sin cepillar por defuera, pero, abiertas, había dentro en ellas dibujos y pinturas dignas de admiración. En la mesma ignorancia han estado los que, quiriendo dar razón y causa de la oscuridad y mal estilo de Aristóteles, dijeron que de industria, y por querer que sus obras tuviesen autoridad, escribió en jirigonza y con tal mal ornamento de palabras y maneras de hablar. Y si consideramos también el proceder tan duro de Platón y la brevedad con que escribe, la oscuridad de sus razones, la mala colocación de las partes de la oración, hallaremos que no es otra la causa.
Pues ¿qué si leemos las obras de Hipócrates, los hurtos que hace de nombres y verbos, el mal asiento de sus dichos y sentencias, la mala trabazón de sus razones, lo poco que se le ofrece que decir para llenar los vacíos de su doctrina? ¿Qué más sino que, quiriendo dar muy larga cuenta a Damageto, su amigo, de cómo Artajerjes, rey de los persas, lo envió a llamar prometiéndole todo el oro y la plata que él quisiese y que le contaría entre los grandes de su reino (habiendo sobre esto muchas demandas y respuestas), dijo así: Persarum rex nos accersivit, ignarus quod apud me maior est sapientiae ratio quam auri. Vale; como si dijera: «El rey de los persas me envió a llamar, no sabiendo que yo estimo más la sabiduría que el oro». La cual materia si tomara entre manos Erasmo, o cualquier otro hombre de buena imaginativa y memoria como él, era poco para dilatarla una mano de papel.122
Pero ¿quién se atreviera a ejemplificar esta doctrina en el ingenio natural de S. Pablo y afirmar que era hombre de grande entendimiento y poca memoria, y que no podía (con sus fuerzas) saber lenguas ni hablar en ellas con ornamento y policía, si él no dijera así: Nihil me minus fecisse a magnis apostolis existimo, nam et si imperitus sum sermone, sed non scientia; como si dijera: «Yo bien confieso que no sé hablar, pero en sciencia y saber ningún Apóstol de los grandes me hace ventaja»? La cual diferencia de ingenio era tan apropriada para la publicación del Evangelio, que ninguna otra se podía elegir mejor; porque ser el publicador elocuente y tener mucho ornamento de palabras no convenía, atento que la fuerza de los oradores de aquel tiempo se descubría en que hacían entender al auditorio las cosas falsas por verdaderas; y lo que el vulgo tenía rescebido por bueno y provechoso, usando ellos de los preceptos de su arte, persuadían lo contrario, y defendían que era mejor ser pobre que rico, y estar enfermo que sano, y ser necio que sabio y otras cosas que manifiestamente eran contra la vulgar opinión. Por la cual razón los llamaban los hebreos gevañin, que quiere decir engañadores. Lo mesmo le paresció a Catón el Mayor, y tuvo por peligrosa la estada déstos en Roma, viendo que las fuerzas del imperio romano estaban fundadas en las armas, y éstos comenzaban ya a persuadir que era bien que la juventud romana las dejase y se diese a este género de sabiduría; y así, con brevedad los mandó luego desterrar de Roma y que no estuviesen123 más en ella.
Pues si Dios buscara un predicador elocuente y con ornamento en el decir, y entrara en Atenas o en Roma afirmando que en Hierusalem habían crucificado los judíos a un hombre que era Dios verdadero, y que había muerto de su propria y agradable voluntad por redimir los pecadores, y que resucitó al tercero día y que subió a los cielos, donde ahora está, ¿qué había de pensar el auditorio sino que este tema era alguna estulticia y vanidad de aquellas que los oradores suelen persuadir con la fuerza de su arte? Por tanto, dijo S. Pablo: Non enim misit me Chtistus baptizare, sed evangelizare; non in sapientia verbi, ut non evacuetur crux Christi; como si dijera: «No me envió Cristo a baptizar, sino a predicar, y no con oratoria, por que no pensase el auditorio que la cruz de Cristo era alguna vanidad de las que suelen persuadir los oradores». El ingenio de S. Pablo era apropriado para este ministerio, porque tenía grande entendimiento para defender y probar, en las sinagogas y en la gentilidad, que Jesucristo era el Mexías prometido en la Ley y que no había que esperar otro ninguno. Y, con esto, era de poca memoria, por donde no pudo saber hablar con ornamento de palabras dulces y sabrosas. Y esto era lo que la publicación del Evangelio había menester.
Por esto no quiero decir que S. Pablo no tuviese don de lenguas, sino que en todas hablaba de la manera que en la suya. Ni tampoco tengo entendido que para defender el nombre de Cristo bastaban las fuerzas de su grande entendimiento, si no estuviera de por medio la gracia y auxilio particular que Dios para ello le dio. Sólo quiero sentir que los dones sobrenaturales obran mejor cayendo sobre buena naturaleza que si el hombre fuese de suyo torpe y necio. A esto alude aquella doctrina de S. Hierónimo que trae en el proemio que hace sobre Isaías y Jeremías, preguntando qué es la causa que, siendo el mesmo Spíritu Sancto el que hablaba por la boca de Jeremías e Isaías, el uno proponga las cosas que escribe con tanta elegancia, y Jeremías apenas sabe hablar. A la cual dubda responde que el Espíritu Sancto se acomoda a la manera natural que tiene de proceder cada profeta, sin variarles la gracia su naturaleza ni enseñarles el lenguaje con que han de publicar la profecía. Y así, es de saber que Isaías era un caballero ilustre, criado en corte y en la ciudad de Hierusalem, por la cual razón tenía ornamento y policía en el hablar; pero Hieremías era nascido y criado en una aldea de Hierusalem que se llamaba Anathotites, basto y rudo en el proceder, como aldeano; y deste mesmo estilo se aprovechó el Spíritu Sancto en la profecía que le comunicó. Lo mesmo se ha de decir de las epístolas de Sant Pablo: que el Spíritu Sancto presidía en él cuando las escribió, para que no pudiese errar; pero el lenguaje y manera de hablar era el natural de Sant Pablo, acomodado y proprio a la doctrina que escrebía, porque la verdad y la teulugía escolástica aborrescen la muchedumbre de palabras.
Con la teulugía positiva muy bien se junta pericia de lenguas y el ornamento y policía en hablar, porque esta facultad pertenece a la memoria y no es más que un montón de dichos y sentencias católicas tomadas de los Doctores sagrados y de la divina Escriptura y guardadas en esta potencia; como lo hace un gramático con las flores de los poetas Virgilio, Horacio, Terencio y de los demás autores latinos que lee, el cual conosciendo la ocasión de recitarlos, sale luego con un pedazo de Cicerón o de Quintiliano con que muestra al auditorio su erudición.
Los que alcanzan esta junta de imaginativa con memoria, y trabajan en recoger el grano de todo lo que ya está dicho y escripto en su facultad y lo traen en conveniente ocasión con grande ornamento de palabras y graciosas maneras de hablar, es tanto lo inventado en todas las sciencias, que paresce a los que ignoran esta doctrina que es grande su profundidad. Y realmente son muy someros, porque llegándolos a tentar en los fundamentos de aquello que dicen y afirman, descubren la falta que tienen. Y es la causa que con tanta copia de decir y con tanto ornamento de palabras no se puede juntar el entendimiento, a quien pertenesce saber de raíz la verdad. Déstos dijo la divina Escriptura: Ubi verba sunt plurima, ibi frequenter egestas; como si dijera: «El hombre que tiene muchas palabras, ordinariamente es falto de entendimiento y prudencia».124
Los que alcanzan esta junta de imaginativa y memoria entran con grande ánimo a interpretar la divina Escriptura, paresciéndoles que por saber mucho hebreo, mucho griego y latín, tienen el camino andado para sacar el espíritu verdadero de la letra. Y realmente van perdidos: lo uno, porque los vocablos del Testo divino y sus maneras de hablar tienen otras muchas significaciones fuera de las que supo Cicerón en latín; lo otro, que a los tales les falta el entendimiento, que es la potencia que averigua si un espíritu es católico o depravado. Ésta es la que puede elegir (con la gracia sobrenatural), de dos o tres sentidos que salen de una letra, el que es más verdadero y católico.
Los engaños, dice Platón que nunca acontescen en las cosas disímiles y muy diferentes, sino cuando ocurren muchas que tienen gran similitud. Porque si a una vista perspicaz le pusiésemos delante un poco de sal, azúcar, harina y cal, todo molido y cernido y cada cosa por sí ¿qué haría un hombre que caresciese de gusto si con los ojos hubiese de conoscer cada polvo de éstos sin errar, diciendo «esto es sal»; «esto, azúcar»; «esto, harina» y «esto, cal»? Yo no dubdo sino que se engañaría, por la gran similitud que entre sí tienen estas cosas. Pero si el un montón fuese de trigo; otro, de cebada; otro, de paja; otro, de tierra y otro de piedra, cierto es que no se engañaría en poner nombre a cada montón aunque tuviese poca vista, por ser cada uno de tan varia figura. Lo mesmo vemos que acontesce cada día en los sentidos y espíritus que dan los teólogos a la divina Escriptura: que mirados dos o tres, a la primera muestra todos tienen aparencia de católicos125 y que consuenan bien con la letra, y realmente no lo son ni quiso el Espíritu Sancto decir aquello.
Para elegir destos sentidos el mejor y reprobar el malo, es cierto que no se aprovecha el teólogo de la memoria ni de la imaginativa, sino del entendimiento. Y así, digo que el teólogo positivo ha de consultar al escolástico y pedirle que, de aquellos sentidos, le elija el que le paresciere mejor, si no quiere amanescer en la Inquisición. Por esta causa los herejes aborrescen tanto la teulugía escolástica y procuran desterrarla del mundo, porque distinguiendo, infiriendo, raciocinando y juzgando se viene a saber la verdad y descubrir la mentira.
CAPÍTULO DÉCIMO
Donde se prueba que la teórica de la teulugía pertenesce al entendimiento, y el predicar,126 que es su práctica, a la imaginativa
Problema es muy preguntado (no solamente de la gente docta y sabia, pero aun los hombres vulgares han caído ya en la cuenta y lo ponen cada día en cuestión) qué sea la razón y causa que en siendo un teólogo grande hombre de Escuelas; en disputar, agudo; en responder, fácil; en escrebir y leer, de admirable doctrina, y subido en un púlpito no sabe predicar; y, por lo contrario, en saliendo galano predicador, elocuente, gracioso y que se lleva la gente tras sí, por maravilla sabe mucha teulugía escolástica. Por donde no admiten por buena consecuencia: «Fulano es gran teólogo escolástico, luego será gran predicador »; ni quieren conceder al revés: «Es gran predicador, luego sabe mucha teulugía escolástica »; porque para defacer la una consecuencia y la otra se le ofrecerán a cualquiera más instancias que cabellos tenga en la cabeza.
Ninguno hasta ahora ha podido responder a esta pregunta más de lo ordinario, que es atribuirlo todo a Dios y a la distribución de sus gracias. Y parésceme muy bien, ya que no saben la causa más en particular. La respuesta desta dubda, en alguna manera, la dejamos dada en el capítulo pasado, pero no tan en particular como conviene; y fue que la teulugía escolástica pertenece al entendimiento. Ahora decimos y queremos probar que el predicar (que es su práctica) es obra de la imaginativa; y así como es dificultoso juntar en un mesmo celebro grande entendimiento y mucha imaginativa, de la mesma manera no se puede compadescer que uno sea gran teólogo escolástico y famoso predicador. Y que la teulugía escolástica sea obra del entendimiento ya lo dejamos demostrado atrás probando la repugnancia que tenía con la lengua latina, por donde no será necesario volver a ello otra vez. Sólo quiero127 dar a entender que la gracia y donaire que tienen los buenos predicadores, con la cual atraen a sí el auditorio y lo tienen contento y suspenso, todo es obra de la imaginativa, y parte dello de la buena memoria.
Y para que mejor me pueda explicar y hacerlo tocar con la mano, es menester suponer primero que el hombre es animal racional, sociable y político; y por que su naturaleza se habilitase más con el arte, inventaron los filósofos antiguos la dialéctica, para enseñarle cómo había de raciocinar, con qué preceptos y reglas, cómo había de difinir las naturalezas de las cosas, distinguir, dividir, inferir, raciocinar, juzgar y eligir, sin las cuales obras es imposible ningún artífice poderse pasar. Y para poder ser sociable y político tenía necesidad de hablar y dar a entender a los demás hombres las cosas que concebía en su ánimo; y por que no las explicase sin concierto ni orden, inventaron otra arte que llaman retórica, la cual con sus preceptos y reglas le hermosea su habla con polidos vocablos, con elegantes maneras de decir, con afectos y colores graciosos.
Pero así como la dialéctica no enseña al hombre a128 discurrir y a raciocinar en sola una sciencia, sino en todas sin distinción, de la mesma manera la retórica muestra hablar en la teulugía, en la medicina, en la jurispericia, en el arte militar y en todas las demás sciencias y conversaciones que tractan los hombres. De suerte que, si queremos fingir un perfecto dialéctico o consumado orador, no se podría considerar sin que supiese todas las sciencias, porque todas son de su jurisdición y en cualquiera dellas sin distinción podría ejercitar sus preceptos; no como la medicina, que tiene limitada la materia sobre que ha de tractar; y la filosofía natural, moral, metafísica, astrología y las demás. Y, por tanto, dijo Cicerón: Oratorem, ubicumque constiterit, constitere in suo; y en otra parte dice: In oratore perfecto inest omnis philosophorum scientia. Y por esta causa dijo el mesmo Cicerón que no había artífice más dificultoso de hallar que un perfecto orador; y con más razón lo dijera si supiera la repugnancia que había en juntar todas las sciencias en un particular.
Antiguamente se habían alzado con el nombre y oficio de orador los jurisperitos, porque la perfectión de la abogacía pedía el conocimiento y pericia de todas las artes del mundo, a causa de que las leyes juzgan a todos y, para saber la defensión que cada arte tiene por sí, era necesario tener particular noticia de todas; y así, dijo Cicerón: Nemo est in oratorum numero habendus qui non sit omnibus artibus perpolitus. Pero viendo que era imposible aprender todas las sciencias, lo uno por la brevedad de la vida y lo otro por ser el ingenio del hombre tan limitado, lo dejaron caer, contentándose en la necesidad con dar crédito a los peritos de aquel arte que defienden, y no más.
Tras esta manera de defender las causas, sucedió luego. la doctrina evangélica, la cual se podía persuadir con el arte de oratoria mejor que cuantas sciencias hay en el mundo, por ser la más cierta y verdadera. Pero Cristo Nuestro Redemptor mandó a S. Pablo que no la predicase in sapientia verbi, por que no pensasen las gentes que era alguna mentira bien ordenada como aquellas que los oradores solían persuadir con la fuerza de su arte. Pero ya recebida la fee y de tantos años atrás, bien se permite predicar con lugares retóricos y aprovecharse del bien decir y hablar, por no haber ahora el inconveniente que cuando predicaba S. Pablo; antes vemos que hace más provecho el predicador que tiene las condiciones de perfecto orador, y le sigue más gente, que el que no usa dellas. Y es la razón muy clara: porque si los antiguos oradores hacían entender al pueblo las cosas falsas por verdaderas aprovechándose de sus preceptos y reglas, mejor se convencerá el auditorio cristiano persuadiéndole con artificio aquello mesmo que él tiene ya entendido y creído. Aliende que la divina Escriptura es en cierta manera todas las cosas, y para su verdadera interpretación son menester todas las sciencias, conforme aquel dicho tan celebrado: Missit ancillas suas vocare ad arcem.
Esto no es menester encargarlo a los predicadores de nuestro tiempo, ni avisarlos que lo pueden ya hacer, porque su estudio particular (fuera del provecho que pretenden hacer con su doctrina) es buscar un buen tema a quien puedan aplicar a propósito muchas sentencias galanas traídas de la divina Escriptura, de los sagrados Doctores, de poetas, historiadores, médicos y legistas, sin perdonar sciencia ninguna, hablando copiosamente, con elegancia y dulces palabras; con todo lo cual dilatan y ensanchan el tema una hora, y dos si es menester. Esto propio dice Cicerón que profesaba el perfecto orador en su tiempo: Vis oratoris professioque ipsa bene dicendi hoc suscipere ac policeri videtur, ut omni dere quacumque sit proposita, ab eo ornate copioseque dicatur.
Luego, si probáremos que las gracias y condiciones que ha de tener el perfecto orador, todas pertenecen a la imaginativa y memoria, ternemos entendido que el teólogo que las alcanzare será muy gran predicador; pero, metido en la doctrina de Sancto Tomás y Escoto, sabrá muy poco della, por ser sciencia que pertenesce al entendimiento, de la cual potencia ha de tener por fuerza gran remisión.
Qué cosas sean aquellas que pertenecen a la imaginativa y con qué señales se han de conocer ya lo hemos dicho atrás, y ahora lo tornaremos a referir para refrescar la memoria. Todo aquello que dijere buena figura, buen propósito y encaje, todas son gracias de la imaginativa, como son los donaires, apodos, motes y comparaciones.
Lo primero que ha de hacer el perfecto orador, tiniendo ya el tema en las manos, es buscar argumentos y sentencias acomodadas con que dilatarle y probarle; y no con cualesquiera palabras, sino con aquellas que hagan buena consonancia en los oídos. Y así, dijo Cicerón: Oratorem eum esse puto qui, et verbis ad audiendum iocundis, et sentenciis accommodatis ad probandum, uti possit. Esto cierto es que pertenesce a la imaginativa, pues hay en ello consonancia de palabras graciosas y buen propósito en las sentencias.
La segunda gracia que no le ha de faltar al perfecto orador es tener mucha invención o mucha lectión; porque si está obligado a dilatar y probar cualquier tema que se le ofreciere con muchos dichos y sentencias traídas a propósito, ha menester tener muy subida imaginativa, que sea como perro ventor que le busque y traiga la caza a la mano; y cuando faltare qué decir, lo finja como si realmente fuera así. Por eso dijimos atrás que el calor era el instrumento con que obraba la imaginativa, porque esta calidad levanta las figuras y las hace bullir, por donde se descubre todo lo que hay que ver en ellas. Y si no hay más que considerar, tiene fuerza la imaginativa, no solamente de componer una figura posible con otra, pero aun las que son imposibles según orden de Naturaleza, las junta y dellas viene a hacer montes de oro y bueyes volando.
En lugar de la invención propria, se pueden aprovechar los oradores de la mucha lectión, ya que les falte la imaginativa; pero, en fin, lo que enseñan los libros es caudal finito y limitado, y la propria invención es como la buena fuente, que siempre da agua fresca y de nuevo. Para retener lo leído es necesario tener mucha memoria, y para recitarlo delante el auditorio con facilidad no se puede hacer sin la mesma potencia; y así, dijo Cicerón: Is orator erit (mea quidem sententia), hoc tan gravi dignus nomine, qui quaecumque res inciderit quae sit dictione explicanda, prudenter, copiose, ornate129 et memoriter dicat; como si dijera: «Este orador será digno de tan grave nombre que pudiere130 orar sobre cualquier tema que se le ofreciere, con prudencia (que es acomodarse bien al auditorio, al lugar, al tiempo y ocasión), copiosamente, con ornato de palabras dulces y sabrosas y recitadas de memoria».
La prudencia ya hemos dicho y probado atrás que pertenesce a la imaginativa; la copia de vocablos y sentencias, a la memoria; el ornamento y atavío, a la imaginativa, y recitar tantas cosas sin tropezar ni repararse, cierto es que se hace con la buena memoria.
A propósito de lo que dijo Cicerón, que el buen orador ha de hablar de memoria y no por escripto, es de saber que el maestro Antonio de Librija había venido ya a tanta falta de memoria, por la vejez, que leía por un papel la lectión de retórica a sus discípulos, y como era tan eminente en su facultad y tenía su intención bien probada, no miraba nadie en ello. Pero lo que no se pudo sufrir fue que, muriendo éste repentinamente de apoplejía, encomendó la Universidad de Alcalá el sermón de sus obsequias a un famoso predicador, el cual inventó y dispuso lo que había de decir como mejor pudo; pero fue el tiempo tan breve, que no hubo lugar de tomarlo de memoria; y así, se fue al púlpito con el papel en la mano y entró diciendo así: «Lo que este ilustre varón acostumbraba hacer leyendo a sus discípulos, eso mesmo traigo yo determinado de hacer a su imitación, porque fue su muerte tan repentina y el mandarme que yo predicase en sus obsequias tan acelerado, que no habido lugar ni tiempo de estudiar lo que convenía decir ni para recogerlo en la memoria. Lo que yo he podido trabajar esta noche traigo escripto en este papel: suplico a vuestras mercedes lo oigan con paciencia y me perdonen la poca memoria». Pareció tan mal al auditorio esta manera de predicar, por escripto y con el papel en la mano, que todo fue sonreír y murmurar. Y así, dijo muy bien Cicerón que se había de orar de memoria y no por escripto. Este predicador, realmente, no tenía propria invención: todo lo había de sacar de los libros y para esto es menester mucho estudio y memoria; pero los que toman de su cabeza la invención, ni han menester estudiar, ni tiempo ni memoria, porque todo se lo hallan dicho y levantado. Éstos predicarán a un auditorio toda la vida sin encontrarse con lo que dijeron veinte años atrás; y los que carescen de invención, en dos cuaresmas desfloran todos los libros de molde y acaban con los cartapacios y papeles que tienen, y a la tercera es menester pasarse a nuevo auditorio, so pena que les dirán: «Éste ya predica como antaño».
La tercera propriedad que ha de tener el buen orador es saber disponer lo inventado, asentando cada dicho y sentencia en su lugar, de manera que todo se responda en proporción y lo uno a lo otro se llame. Y, así, dijo Cicerón: Dispositio est ordo et distributio rerum quae demonstrat quid quibus in locis collocandum sit; como si dijera: «La disposición no es otra cosa más que el orden y concierto que se ha de tener en distribuir los dichos y sentencias que se han de decir al auditorio, mostrando qué cosa en qué lugar se ha de asentar para que, concertado con lo demás, resulte buena figura». La cual gracia, cuando no es natural, suele dar mucho trabajo a los predicadores, porque después de haber hallado en los libros muchas cosas que decir, no fácilmente atinan todos al encaje conveniente de cada cosa. Esta propiedad de ordenar y distribuir, cierto es que es obra de la imaginativa, pues dice figura y correspondencia.
La cuarta propriedad que han de tener los buenos oradores (y la más importante de todas) es la actión, con la cual dan ser y ánima a las cosas que dicen, y con la mesma mueven al auditorio y lo enternecen a creer que es verdad lo que les quieren persuadir. Y así, dijo Cicerón: Actio, quae motu corporis, quae gestu, quae vultu, quae vocis confirmatione ac varietate moderanda est; como si dijera: «La actión se ha de moderar haciendo los meneos y gestos que el dicho requiere; alzando la voz y bajándola; enojándose y tornarse luego apaciguar; unas veces hablar apriesa, otras a espacio; reñir y halagar; menear el cuerpo a una parte y a otra; coger los brazos y desplegarlos; reír y llorar; y dar una palmada en buena ocasión». Esta gracia es tan importante en los predicadores, que con sola ella, sin tener invención ni disposición, de cosas de poco momento y vulgares hacen un sermón que espantan al auditorio por tener actión, que en otro nombre se llama espíritu o pronunciación.
En esto hay una cosa de notable, en la cual se descubre cuánto puede esta gracia. Y es que los sermones que parescen bien por la mucha actión y espíritu, puestos en el papel no valen nada ni se pueden leer; y es la causa que con la pluma no es posible pintarse los meneos y gestos con los cuales parecieron bien en el púlpito. Otros sermones parecen muy bien en el cartapacio, y, predicados, no se pueden oír por no darles el actión que requieren sus pasos. Por donde dijo Platón que el estilo de el hablar es muy diferente del que pide el buen escrebir; y así vemos muchos hombres que hablan muy bien y notan mal una carta, y otros, al revés, escriben muy bien y razonan muy mal. Todo lo cual se ha de reducir a la actión; y la actión es cierto que es obra de la imaginativa, porque todo cuanto hemos dicho della hace figura, correspondencia y buena consonancia.
La quinta gracia es saber apodar y traer buenos ejemplos y comparaciones; de la cual gusta mucho más el auditorio que de otra ninguna, porque con un buen ejemplo entienden fácilmente la doctrina, y sin él todo se le pasa por alto; y así, pregunta Aristóteles: Cur homines, in orando, exemplis et fabulis potius gaudent quam commentis? Como si preguntara: «¿Por qué los que oyen a los oradores se huelgan más con los ejemplos y fábulas que traen para probar lo que quieren persuadir, que con los argumentos y razones que hacen?». A lo cual responde que con los ejemplos y fábulas aprenden los hombres mejor, por ser probación que pertenece al sentido, y no tan bien con los argumentos y razones, por ser obra que quiere mucho entendimiento. Y por eso Cristo Nuestro Redempor en sus sermones usaba de tantas parábolas y comparaciones, porque con ellas daba a entender muchos secretos divinos. Esto131 de fingir fábulas y comparaciones cierto es que se hace con la imaginativa, porque es figura y dice buena correspondencia y similitud.
La sexta propriedad del buen orador es tener buen lenguaje, propio y no afectado, polidos vocablos y muchas graciosas maneras de hablar, y no torpes; de las cuales gracias hemos hablado muchas veces atrás, probando que parte de ello pertenesce a la imaginativa y parte a la buena memoria.
Lo séptimo que ha de tener el buen orador es lo que dice Cicerón: Instructus voce; actione et lepore. La voz, abultada y sonora, apacible al auditorio; no áspera, ronca ni delgada. Y aunque es verdad que esto nace del temperamento del pecho y garganta, y no de la imaginativa, pero es cierto que de el mesmo temperamento que nasce la buena imaginativa, que es el calor, de este mesmo sale la buena voz. Y para el intento que llevamos conviene mucho saber esto, porque los teólogos escolásticos, por ser de frío y seco temperamento, no pueden tener buen órgano de voz, lo cual es gran falta para el púlpito. Y así lo prueba Aristóteles, ejemplificando en los viejos por la frialdad y sequedad. Para la voz sonora y abultada requiere mucho calor que dilate los caminos, y humidad moderada que los enternezca y ablande. Y así, pregunta Aristóteles: Cur omnes qui natura sunt calidi magnam vocem emittere solent? Como si preguntara: «¿Qué es la razón que los calientes todos tienen gran bulto de voz?». Y así lo vemos, por lo contrario, en las mujeres y eunucos, los cuales, por la mucha frialdad de su temperamento, dice Galeno que tienen la garganta y la voz muy delicada. De manera que cuando oyéremos alguna buena voz sabremos ya decir que nasce del mucho calor y humidad del pecho; las cuales dos calidades, si allegan hasta el celebro, echan a perder el entendimiento y hacen buena memoria y buena imaginativa, que son las dos potencias de quien se aprovechan los buenos predicadores para contentar el auditorio.
La octava propriedad del buen orador dice Cicerón que es tener la lengua suelta, céler y bien ejercitada; la cual gracia no puede caer en los hombres de grande entendimiento, porque para ser presta es menester que tenga mucho calor y moderada sequedad, y esto no puede acontescer en los melancólicos, así naturales como por adustión.132 Pruébalo Aristóteles preguntando: Quam ob causam qui lingua hesitant melancholico habitu tenentur? Como si dijera: «¿Qué es la causa que los que se detienen en el hablar, todos son de complexión melancólicos?». Al cual problema responde muy mal diciendo que los melancólicos tienen fuerte imaginativa, y la lengua no puede ir hablando tan apriesa como ella le va dictando, y así le hace tropezar y caer. Y no es la causa sino que los melancólicos abundan siempre de mucha agua y saliva en la boca, por la cual disposición tienen la lengua húmida y muy relajada; cosa que se echa de ver claramente considerando lo mucho que escupen. Esta mesma razón dio Aristóteles preguntando: Quae causa est ut lingua hesitantes aliqui sint? Como si dijera: «¿De dónde proviene que algunos se detengan en el hablar?». Y responde que éstos tienen la lengua muy fría y húmida, las cuales dos calidades la entorpecen y ponen paralítica, y así no puede seguir a la imaginativa. Para cuyo remedio dice que es provechoso beber un poco de vino, o antes que vayan a razonar delante el auditorio dar buenas voces; para que se caliente y deseque la lengua. Pero también dice Aristóteles que el no acertar a hablar puede nacer de tener la lengua mucho calor y sequedad; y pone ejemplo en los coléricos, los cuales, enojados, no aciertan a hablar, y estando sin pasión y enojo son muy elocuentes; al revés de los hombres flemáticos, que estando en paz no aciertan a hablar, y enojados dicen sentencias con mucha elocuencia.
La razón desto está muy clara; porque, aunque es verdad que el calor ayuda a la imaginativa, y también a la lengua, pero tanto puede ser que las133 eche a perder: a la una para no acudirle dichos y sentencias agudas, ni la lengua poder articular por la demasiada sequedad. Y así vemos que, bebiendo un poco de agua, habla el hombre mejor. Los coléricos, estando en paz, aciertan muy bien a hablar por tener entonces el punto de calor que ha menester la lengua y la buena imaginativa; pero, enojados, sube el calor más de lo que conviene y desbarata la imaginativa. Los flemáticos, estando sin enojo, tienen muy frío y húmido el celebro, por donde no se les ofresce qué decir, y la lengua está relajada por la mucha humidad; pero enojados y puestos en cólera, sube de punto el calor y levanta la imaginativa, por donde se le ofrece mucho que decir y no le estorba la lengua por haberse ya calentado. Éstos no tienen mucha vena para metrificar por ser fríos de celebro; los cuales, enojados, hacen mejores versos y con más facilidad contra aquellos que los han irritado; y a este propósito dijo Juvenal: Si natura negat, facit indignatio versum.
Por esta falta de lengua, no pueden los hombres de grande entendimiento ser buenos oradores ni predicadores; y en especial que la actión pide algunas veces hablar alto y otras bajo, y los que son trabados de lengua no pueden orar sino a voces y gritos, y es una de las cosas que más cansa el auditorio. Y así, pregunta Aristóteles: Cur homines lingua hesitantes loqui nequeant voce sumissa? Como si dijera: «¿Por qué los hombres que se detienen en el hablar dan siempre grandes voces y no pueden hablar quedo?». Al cual problema responde muy bien diciendo que la lengua que está trabada en los paladares por la mucha humidad mejor se despega con ímpetu que puniendo pocas fuerzas. Es como el que quiere levantar una lanza muy verde tomada por la punta, que mejor la alza de un golpe y con ímpetu, que llevándola poco a poco.
Bastantemente me paresce haber probado que las buenas propriedades naturales que ha de tener el perfecto orador nascen, las más, de la buena imaginativa, y algunas de la memoria. Y si es verdad que los buenos predicadores de nuestros tiempos contentan al auditorio por tener las mesmas gracias, muy bien se sigue que el que fuere gran predicador sabrá poca teulugía escolástica, y el grande escolástico no sabrá predicar, por la contrariedad que el entendimiento tiene con la imaginativa y memoria.
Bien veía Aristóteles por experiencia que aunque el orador aprendía filosofía natural y moral, medicina, metafísica, jurispericia, matemáticas, astrología y todas las demás artes y sciencias, que de todas no sabía más que las flores y sentencias averiguadas, sin entender de raíz la razón y causa de ninguna. Pero él pensaba que no saber la teórica ni el propter quid134 de las cosas nacía de no haberse dado a ello, y así, pregunta: Cur hominem philosophum differre ab oratore putamus? Como si dijera: «¿En qué pensamos que difiere el filósofo de el orador, pues ambos estudian filosofía?». Al cual problema responde que el filósofo pone todo su estudio en saber la razón y causa de cualquiera efecto, y el orador en conoscer el efecto y no más. Y realmente no es otra la causa sino que la filosofía natural pertenesce al entendimiento, de la cual potencia carescen los oradores, y así no podían saber de la filosofía más que la superficie de las cosas.
Esta mesma diferencia hay entre el teólogo escolástico y el positivo: que el uno sabe la razón de lo que toca a su facultad; y el otro las proposiciones averiguadas y no más. Y siendo esto así, es cosa muy peligrosa que tenga el predicador oficio y auturidad de enseñar al pueblo cristiano la verdad, y el auditorio obligación de creerlo, y que le falte la potencia con que se saben de raíz las verdades. Podremos decirles, sin mentir, aquello de Cristo Nuestro Redemptor: Sinite illos: caeci sunt et duces caecorum; caecus autem, si caeco ducatum prestet, ambo in foveam cadunt.135 Es cosa intolerable ver con cuánta osadía se ponen a predicar los que no saben palabra de teulugía escolástica ni tienen habilidad natural para poderla aprender. De éstos se queja S. Pablo grandemente diciendo: Finis autem praecepti est charitas de corde puro et conscientia bona et fide non ficta, a quibus quidem aberrantes, conversi sunt in vaniloquium volentes esse legis doctores, non intelligentes nec quae locuntur nec de quibus affirment; como si dijera: «El fin de la Ley de Dios es la caridad, de puro y limpio corazón, de buena consciencia y de fee no fingida; de las cuales tres cosas apartándose, todos se convierten en una vana manera de hablar, quiriendo ser doctores de la Ley sin entender qué es lo que hablan ni afirman».
La vanilocuencia y parlería de los teólogos alemanes, ingleses, flamencos, franceses y de los demás que habitan el Septentrión echó a perder el auditorio cristiano con tanta pericia de lenguas, con tanto ornamento y gracia en el predicar, por no tener entendimiento para alcanzar la verdad; y que éstos sean faltos de entendimiento ya lo dejamos probado atrás de opinión de Aristóteles, aliende de otras muchas razones y experiencias que trujimos para ello. Pero si el auditorio inglés y alemán estuviera advertido en lo que S. Pablo escribió a los romanos (estando también ellos apretados de otros falsos predicadores) por ventura no se engañaran tan presto: Rogo autem vos, fratres, ut observetis eos qui disensiones et offendicula preter doctrinam quam vos didicistis faciunt, et declinate ab illis; huiusmodi enim Christo domino nostro non serviunt, sed suo ventri; et per dulces sermones et benedictiones seducunt corda innocentium. Como si dijera: «Hermanos míos, por amor de Dios os ruego que tengáis cuenta particular con esos que os enseñan otra doctrina fuera de la que habéis aprendido, y apartaos dellos, porque no sirven a Nuestro Señor Jesucristo, sino a sus vicios y sensualidad; y son tan bien hablados y elocuentes, que con la dulzura de sus palabras y razones engañan a los que poco saben».
Aliende de esto, tenemos probado atrás que los que tienen mucha imaginativa son coléricos, astutos, malinos y cavilosos, los cuales están siempre inclinados a mal y sábenlo hacer con mucha maña y prudencia. De los oradores de su tiempo pregunta Aristóteles: Cur oratorem... callidum appellare solemus; tibicinem, hystrionem, hoc appellare nomine non solemus? Como si dijera: «¿Por qué razón llamamos al orador astuto, y no al músico ni al representante?». Y más creciera la dificultad si Aristóteles supiera que la música y representación son obras de la imaginativa. Al cual problema responde que los músicos y representantes no tienen otro fin más de dar contento a los que los oyen; pero el orador tracta de adquirir algo para sí, por donde ha menester usar de astucias y mañas para que el auditorio no entienda su fin y propósito.
Tales propriedades como éstas tenían aquellos falsos predicadores de quien dice el Apóstol escribiendo a los de Corintio. Timeo autem ne sicut serpens Evam seduxit astutia sua, ita corrumpantur sensus vestri... Nam eiusmodi pseudoapostoli sunt operarii subdoli, transfigurantes se in apostolos Christi; et non mirum: ipse enim Satanas transfigurat se in angelum lucis, non est ergo magnum si ministri eius trasfigurentur velut ministri iustitiae, quorum finis erit opera ipsorum; como si dijera: «Mucho me temo, hermanos míos, que así como la serpiente engañó a Eva con su astucia y maña, no os trastornen vuestro juicio y sentido... Porque estos falsos apóstoles son como caldo de zorra, predicadores que hablan debajo de engaño; representan muy bien una sanctidad, parescen apóstoles de Jesucristo y son discípulos del diablo; el cual sabe tan bien representar un ángel de luz, que es menester don sobrenatural para descubrirle quién es; y pues lo sabe tan bien hacer el maestro, no es mucho que lo hagan los que aprendieron su doctrina; el fin déstos no será otro más que sus obras». Todas estas propriedades bien se entiende que son obras de la imaginativa, y que dijo muy bien Aristóteles que los oradores son astutos y mañosos porque siempre tractan de adquirir algo para sí.
Los que tienen fuerte imaginativa ya hemos dicho atrás que son de temperamento muy caliente; y desta calidad nascen tres principales vicios del hombre: soberbia, gula y lujuria. Y por esto dijo el Apóstol: Eiusmodi enim Christo domino nostro non serviunt, sed suo ventri. Y así, trabajan de interpretar la Escriptura divina de manera que venga bien con su inclinación natural, dando a entender a los que poco saben, que los sacerdotes se pueden casar, y que no es menester que haya cuaresma ni ayunos, ni conviene manifestar al confesor136 los delictos que contra Dios cometemos. Y usando desta maña, con Escriptura mal traída hacen parecer virtudes a sus malas obras y vicios, y que las gentes los tengan por sanctos.
Y que del calor nazcan estas tres malas inclinaciones y de la frialdad las virtudes contrarias, pruébalo Aristóteles diciendo: Et quoniam vim eamden morun obtinet137 instituendorum; mores enim calidum condit et frigidum, omnium maxime quae in corpore nostro habentur; idcirco nos morum qualitate afficit et informat; como si dijera: «Del calor y de la frialdad nascen todas las costumbres del hombre, porque estas dos calidades alteran más nuestra naturaleza que otra ninguna». De donde nasce que los hombres de grande imaginativa, ordinariamente son malos y viciosos, por se dejar ir tras su inclinación natural y tener ingenio y habilidad para hacer mal. Y así, pregunta Aristóteles: Cur homo, qui adeo eruditione praeditus est, animantium omnium iniustissimum sit? Como si preguntara: «¿Qué es la razón que, siendo el hombre de tan grande erudición, es el más injusto de todos los animales?». Al cual problema responde que el hombre tiene mucho ingenio y grande imaginativa, por donde alcanza muchas invenciones de hacer mal; y como apetesce, de su mesma naturaleza, deleites y ser a todos aventajado y de mayor felicidad, forzosamente ha de ofender, porque estas cosas no se pueden conseguir sin hacer injuria a muchos.
Pero ni el problema supo poner Aristóteles, ni respondió a él como convenía. Mejor preguntara por qué los malos ordinariamente son de gran ingenio, y, entre éstos, aquellos que tienen mayor habilidad hacen mayores bellaquerías, siendo razón que el buen ingenio y habilidad inclinase al hombre antes a virtud y bondad, que a vicios y pecados. La respuesta de lo cual es que los que tienen mucho calor son hombres de grande imaginativa, y la mesma calidad que los hace ingeniosos, esa mesma les convida a ser malos y viciosos. Pero cuando predomina el entendimiento, ordinariamente se inclina el hombre a virtud, porque esta potencia restriba en frialdad y sequedad, de las cuales dos calidades nacen muchas virtudes, como son continencia, humildad y temperancia; y de el calor, las contrarias.
La cual filosofía si alcanzara Aristóteles, supiera responder aquel problema que dice: Cur genus id hominum quod dionisiacos technitas, id est, artifices bacchanales,138 aut histriones appellamus, improbis esse moribus magna ex parte consueverunt? Como si preguntara: «¿Qué es la razón que los que los ganan su vida a representar comedias, los bodegoneros, carniceros y aquellos que se hallan en todos los convites y banquetes para ordenar la comida, ordinariamente son malos y viciosos?». Al cual problema responde diciendo que, por estar ocupados en estos oficios bacanales, no tuvieron lugar de estudiar, y así, pasaron la vida con incontinencia, ayudando también a esto la pobreza, que suele acarrear muchos males. Pero realmente no es esta la razón, sino que el representar y dar orden a las fiestas de Baco nace de una diferencia de imaginativa que convida al hombre aquella manera de vivir; y como esta diferencia de imaginativa consiste en calor, todos tienen muy buenos estómagos y con grande apetito de comer y beber. Éstos, aunque se dieran a letras, ninguna cosa aprovecharan en ellas; y puesto caso que fueran ricos, también se aficionaran aquellos oficios aunque fueran más viles, porque el ingenio y habilidad trae a cada uno al arte que le responde en proporción. Y así, pregunta Aristóteles: Cur in iis studiis quae aliqui sibi delegerint, quamquam interdum pravis, libentius tamen quam in honestioribus versantur? Verbi gratia praestigiatorem aut mimum aut tibicinem se potius esse quam astronomum aut oratorem velit qui haec sibi delegerit? Como si dijera: «¿Qué es la causa que hay hombres que se pierden por ser representantes y trompeteros, y no gustan de ser oradores ni astrólogos?». Al cual problema responde muy bien, diciendo que el hombre luego siente para qué arte tiene disposición natural, porque dentro de sí tiene quien se lo enseñe; y puede tanto Naturaleza con sus irritaciones, que, aunque el arte y oficio sea indecente a la dignidad del que lo aprende, se da a ello y no a otros ejercicios honrosos.
Pero ya que hemos reprobado esta manera de ingenio para el oficio de la predicación y estamos obligados a dar y repartir a cada diferencia de habilidad las letras que le responden en particular, conviene señalar qué suerte de ingenio ha de tener aquel a quien se le ha de confiar el oficio de la predicación, que es lo que más importa a la república cristiana. Y así, es de saber que, aunque atrás dejamos probado que es repugnancia natural juntarse grande entendimiento con mucha imaginativa y memoria, pero no hay regla tan universal en todas las artes que no tenga su excepción y falencia. En el capítulo penúltimo desta obra probaremos muy por estenso que, estando Naturaleza con fuerzas y no habiendo alguna causa que la impida, hace una diferencia de ingenio tan perfecto, que junta en un mesmo supuesto grande entendimiento con mucha imaginativa y memoria, como si no fueran contrarias ni tuvieran oposición natural. Esta era propria habilidad y conveniente para el oficio de la predicación si hubiera muchos supuestos que la alcanzaran; pero, como diremos en el lugar alegado, son tan pocos, que no he hallado más que uno, de cien mil ingenios que he considerado. Y así, será menester buscar otra diferencia de ingenio más familiar, aunque no de tanta perfectión como la pasada.
Y así, es de saber que entre los médicos y filósofos hay gran disensión sobre averiguar el temperamento y calidades del vinagre, de la cólera adusta y de las cenizas; viendo que estas cosas unas veces hacen efecto de calor y otras de frialdad; y así, se partieron en diferentes opiniones. Pero la verdad es que todas aquellas cosas que padescen ustión y el fuego las ha consumido y gastado, son de vario temperamento: la mayor parte del subjeto es frío y seco, pero hay otras partes entremetidas tan subtiles y delicadas y de tanto hervor y calor, que, puesto caso que son en pequeña cantidad, pero son más eficaces en obrar que todo lo restante de el subjeto. Y así vemos que el vinagre y la melancolía por adustión abren y fermentan la tierra, por razón del calor, y no la cierran, aunque la mayor parte destos humores es fría.
De aquí se infiere que los melancólicos por adustión juntan grande entendimiento con mucha imaginativa; pero todos son faltos de memoria por la mucha sequedad y dureza que hizo en el celebro la adustión. Éstos son buenos para predicadores, a lo menos los mejores que se pueden hallar fuera de aquellos perfectos que decimos. Porque, aunque les falta la memoria, es tanta la invención propria que tienen, que la mesma imaginativa les sirve de memoria y reminiscencia, y les da figuras y sentencias que decir sin haber menester a nadie. Lo cual no pueden hacer los que traen aprendido el sermón palabra por palabra, que faltando de allí, quedan luego perdidos, sin tener quien les provea de materia para pasar adelante. Y que la melancolía por adustión tenga esta variedad de temperamento, frialdad y sequedad para el entendimiento, y calor para la imaginativa, dícelo Aristóteles desta manera: Homines melancholici varii inequalesque sunt, quia vis atraebilis varia et inequalis139 est, quippeque vehementer tum frigidatum calida reddi eadem possit; como si dijera: «Los hombres melancólicos por adustión son varios y desiguales en la complexión, porque la cólera adusta es muy desigual: unas veces se pone calidísima, y otras fría sobremanera».
Las señales con que se conoscen los hombres que son de este temperamento son muy manifiestas. Tienen el color de el rostro verdinegro o cenizoso; los ojos, muy encendidos (por los cuales se dijo: «Es hombre que tiene sangre en el ojo»); el cabello, negro y calvos; las carnes, pocas, ásperas y llenas de vello; las venas, muy anchas. Son de muy buena conversación y afables, pero lujuriosos, soberbios, altivos, renegadores, astutos, doblados, injuriosos, y amigos de hacer mal y vengativos. Esto se entiende cuando la melancolía se enciende; pero si se enfría, luego nacen en ellos las virtudes contrarias: castidad, humildad, temor y reverencia de Dios, caridad, misericordia y gran reconocimiento140 de sus pecados con suspiros y lágrimas. Por la cual razón viven en una perpetua lucha y contienda, sin tener quietud ni sosiego: unas veces vence en ellos el vicio y otras la virtud. Pero, con todas estas faltas, son los más ingeniosos y hábiles para el ministerio de la predicación y para cuantas cosas de prudencia hay en el mundo, porque tienen entendimiento para alcanzar la verdad y grande imaginativa para saberla persuadir.
Y si no, veamos lo que hizo Dios cuando quiso fabricar un hombre en el vientre de su madre a fin que fuese hábil para descubrir al mundo la venida de su Hijo y tuviese talento para probar y persuadir que Cristo era el Mexías prometido en la Ley, y hallaremos que, haciéndole de grande entendimiento y mucha imaginativa, forzosamente (guardando el orden natural) le sacó colérico adusto. Y que esto sea verdad déjase entender fácilmente considerando el fuego y furor con que perseguía la Iglesia, y la pena que recibieron las sinagogas cuando lo vieron convertido, como que hubiesen perdido un hombre de grande importancia y le hubiese ganado la parte contraria. Entiéndese también por las repuntas de cólera racional con que hablaba y respondía a los procónsules y jueces que le prendían, defendiendo su persona y el nombre de Cristo con tanta maña y destreza, que a todos los concluía. Era también falto de lengua y no muy expedito en el hablar, la cual propriedad dijo Aristóteles que tenían los melancólicos por adustión.
Los vicios que él confiesa tener (antes de su conversión) muestran también esta temperatura. Era blasfemo, contumelioso141 y perseguidor; todo lo cual nace del mucho calor. Pero la señal más evidente que muestra haber sido colérico adusto se toma de aquella batalla continua que él mesmo confiesa tener dentro de sí entre la porción superior e inferior, diciendo: Video aliam legem in membris meis repugnantem legi mentis meae et ducentem me in captivitatem peccati, y esta mesma contienda hemos probado, de opinión de Aristóteles, que tienen los melancólicos por adustión. Verdad es que algunos explican, y muy bien, que esta batalla nacía de la desorden que hizo el pecado original entre el espíritu y la carne; aunque tanta y tan grande, yo creo también que era de la desigualdad de la atrabilis que tenía en su compostura natural, porque el real profeta David participaba igualmente del pecado original y no se quejaba tanto como S. Pablo, antes dice que hallaba la porción inferior concertada con la razón cuando se quería holgar con Dios: Cor meum et caro mea exaltaverunt in Deum vivum. Y como diremos en el capítulo penúltimo, David tenía la mejor temperatura de las que Naturaleza puede hacer; y désta probaremos, de opinión de todos los filósofos, que ordinariamente inclina al hombre a ser virtuoso sin mucha contradictión de la carne.
Luego los ingenios que se han de eligir para predicadores son, primeramente, los que juntan grande entendimiento con mucha imaginativa y memoria, cuyas señales traeremos en el capítulo penúltimo. Faltando éstos, subceden en su lugar los melancólicos por adustión. Éstos juntan grande entendimiento con mucha imaginativa; pero son faltos de memoria, y así, no pueden tener copia de palabras ni predicar con mucho torrente delante el auditorio. En el tercer lugar subceden los hombres de grande entendimiento pero faltos de imaginativa y memoria; éstos predicarán con mucha desgracia, pero enseñarán la verdad. Los últimos (a quien yo no encomendaría el oficio de la predicación) son aquellos que juntan mucha memoria con mucha imaginativa y son faltos de entendimiento. Éstos se llevan todo el auditorio tras sí y lo tienen suspenso y contento; pero cuando más descuidados estamos amanecen en la Inquisición, porque per dulces sermones et benedictiones seducunt corda inoscentium.
CAPÍTULO ONCE
Donde se prueba que la teórica de las leyes pertenesce a la memoria; y el abogar y juzgar, que es su práctica, al entendimiento; y el gobernar una república, a la imaginativa
En lengua española no debe carescer de misterio que, siendo este nombre, letrado, término común para todos los hombres de letras, así teólogos como142 legistas, médicos, dialécticos, filósofos, oradores, matemáticos y astrólogos; con todo eso, en diciendo «Fulano es letrado», todos entendemos de común consentimiento que su profesión es pericia de leyes, como si este fuese su apellido proprio y particular, y no de los otros.
La respuesta desta dubda, aunque es fácil, pero para darla tal cual conviene es menester saber primero qué cosa sea ley y qué obligación tengan los que se ponen a estudiar esta facultad para usar después della siendo jueces o abogados.
La ley, bien mirado, no es otra cosa más que una voluntad racional del legislador, por la cual explica de qué manera quiere que se determinen los casos que ordinariamente acontescen en su república, para conservar los súbditos en paz y enseñarles cómo han de vivir y de qué se han de guardar. Dije «voluntad racional» porque no basta que el rey o el emperador, que son la causa eficiente de la ley, explique su voluntad de cualquiera manera para que sea ley, porque si no es justa y con razón, no se puede llamar ley ni lo es, como no sería hombre el que caresciese de ánima racional. Y así, está acordado que los reyes hagan sus leyes con acuerdo de hombres muy sabios y entendidos, para que lleven rectitud, equidad y bondad, y los súbditos las resciban de buena gana y estén más obligados a las guardar y cumplir.
La causa material de la ley es que se haga de aquellos casos que ordinariamente acontecen en la república según orden de Naturaleza, y no sobre cosas imposibles o que raramente subceden. La causa final es ordenar la vida del hombre y enseñarle qué es lo que ha de hacer y de qué se ha de guardar para que, puesto en razón, se conserve en paz la república. Por esta causa se mandan escrebir las leyes con palabras claras, no equívocas, oscuras, de varios sentidos; sin cifras ni abreviaturas, y tan patentes y manifiestas, que cualquiera que las leyere las pueda fácilmente entender y retenerlas en la memoria. Y por que ninguno pretenda ignorancia, las mandan pregonar públicamente, por que el que las quebrantare pueda ser castigado.
Atento, pues, al cuidado y diligencia que ponen los buenos legisladores en que sus leyes sean justas y claras, tienen mandado a los jueces y abogados que Nemo in actionibus vel iudiciis suo sensu utatur, sed legum autoritate ducatur; como si dijera: «Mandamos que ningún juez ni abogado use de su entendimiento ni se entremeta en averiguar si la ley es justa o injusta, ni le dé otro sentido más del que declara la compostura de la letra». De donde se sigue que los jurisperitos han de construir el texto de la ley y tomar el sentido que resulta de la constructión, y no otro.
La cual doctrina supuesta, es cosa muy clara saber ya por qué razón el legista se llama letrado, y no los demás hombres de letras. Y es por ser a letra dado, que quiere decir hombre que no tiene libertad de opinar conforme a su entendimiento, sino que por fuerza ha de seguir la composición de la letra. Y por tenerlo así entendido, los muy peritos desta profesión no osan negar ni afirmar cosa ninguna tocante a la determinación de cualquier caso si no tienen delante la ley que en proprios términos lo dicida. Y si alguna vez hablan de su cabeza, interpuniendo su decreto y razón sin arrimarse al Derecho, lo hacen con temor y vergüenza; y así, tienen por refrán muy usado: Erubescimus dum sine lege loquimur, como si dijeran: «Entonces tenemos vergüenza de juzgar y aconsejar cuando no tenemos ley delante que lo determine».
Los teólogos no se pueden llamar letrados (en esta significación), porque en la divina Escriptura littere occidit, spiritus autem vivificat. Es muy misteriosa, llena de figuras y cifras, obscura y no patente para todos. Tienen sus vocablos y maneras de hablar muy diferente significación de la que saben los vulgares trilingües. Por donde el que construyere la letra y tomare el sentido que resulta de la constructión gramatical caerá en muchos errores.
También los médicos no tienen letra a que subjetarse. Porque si Hipócrates y Galeno y los demás auctores graves desta facultad dicen y afirman una cosa, y la experiencia y razón muestran lo contrario, no tienen obligación de seguirlos. Y es que en la medicina tiene más fuerza la experiencia que la razón, y la razón más que la auctoridad; pero en las leyes acontesce al revés: que su auctoridad y lo que ellas decretan es de más fuerza y vigor que todas las razones que se pueden hacer en contrario.
Lo cual siendo así, tenemos ya el camino abierto para señalar el ingenio que piden las leyes; porque si el jurisperito ha de tener atado al entendimiento y la imaginación a seguir lo que dice la ley sin quitar ni poner, es cierto que esta facultad pertenesce a la memoria, y que en lo que se ha de trabajar es saber el número de leyes y reglas que tiene el Derecho, y acordarse de cada una por sí y referir de cabeza su sentencia y determinación, para que, en ofreciéndose el caso, sepan que hay ley que lo determina y de qué forma y manera. Por donde me parece que es mejor diferencia de ingenio para el legista tener mucha memoria y poco entendimiento, que mucho entendimiento y poca memoria; porque si no ha de usar de su ingenio y habilidad, y ha de tener cuenta con tan gran número de leyes como hay, y tan desasidas unas de otras, con tantas falencias, limitaciones y ampliaciones, más vale saber de memoria qué es lo que está determinado en el Derecho para cada cosa que se ofresciere, que discurrir con el entendimiento de qué manera se podría determinar; porque lo uno es necesario, y lo otro impertinente, pues no ha de valer otro parescer más que la determinación de la ley. Y así, es cierto que la teórica de la jurispericia pertenesce a la memoria, y no al entendimiento ni imaginativa; por la cual razón, y por ser las leyes tan positivas, y tener los legistas tan atado el entendimiento a la voluntad del legislador y no poder ellos interponer su decreto sin saber con certidumbre la determinación de la ley, cuando algún pleitante los consulta tienen licencia del vulgo para decir: «Y miraré sobre este caso mis libros»; lo cual si dijese el médico cuando le piden remedio para alguna enfermedad, o el teólogo en los casos de conciencia, los ternían por hombres que saben poco en su facultad. Y es la razón que estas dos sciencias tienen principios universales y difiniciones, debajo de los cuales se contienen los casos particulares; pero en la jurispericia cada ley contiene sólo un caso, sin tener que ver con la que se sigue aunque estén ambas debajo un mesmo título. Por donde es necesario saber todas las leyes y estudiar cada una en particular y guardarlas distinctamente en la memoria.
Pero en contra desto nota Platón una cosa digna de gran consideración, y es que en su tiempo tenía por sospechoso al letrado que sabía muchas leyes de memoria, viendo por experiencia que los tales no eran tan buenos jueces y abogados como prometía su ostentación. Del cual efecto no debió atinar la causa, pues en un lugar tan conveniente no la dijo; sólo vio por experiencia que los legistas muy memoriosos, llegados a defender una causa o sentenciarla, no aplicaban el Derecho tan bien como convenía. La razón y causa deste efeto no es dificultoso darla en mi doctrina, supuesto que la memoria es contraria del entendimiento, y que la verdadera interpretación de las leyes, el ampliarlas, restringirlas y componerlas con sus opuestos y contrarios, se hace distinguiendo, infiriendo, raciocinando, juzgando y eligiendo; las cuales obras hemos dicho muchas veces atrás que son del entendimiento, y el letrado que tuviere mucha memoria es imposible poderlas hacer. La memoria, ya dejamos notado atrás que no tiene otro oficio en la cabeza más de guardar con fidelidad las figuras y fantasmas de las cosas; pero el entendimiento y la imaginativa son los que obran con ellas. Y si el letrado tiene toda el arte en la memoria, y le falta el entendimiento y la imaginativa, no tiene más habilidad para juzgar y abogar, que el mesmo Código o el Digesto;143 los cuales abrazando en sí todas las leyes y reglas del Derecho, con todo eso no pueden hacer un escripto.
Fuera desto, aunque es verdad que la ley había de ser tal cual dijo su difinición, pero por maravilla se hallan las cosas con todas las perfectiones que el entendimiento las finge. Ser la ley justa y racional, y que provea enteramente para todo lo que pueda acontescer y que se escriba con términos claros y que no tengan dubios ni opuestos, y que no reciba varios sentidos, no todas veces se puede alcanzar, porque, en fin, se establesció con humano consejo, y éste no tiene fuerza para dar orden a todo lo que está por venir. Lo cual se vee cada día por experiencia: que, después de haber hecho una ley con mucho acuerdo y consejo, la tornan (en breve tiempo) a deshacer, porque, publicada y usando della, se descubrieron mil inconvenientes, los cuales en la consulta ninguno los alcanzó.
Por tanto, avisa el Derecho a los reyes y emperadores que no tengan vergüenza de enmendar y corregir sus leyes, porque en fin son hombres y no es de maravillar que yerren. Mayormente que ninguna ley puede comprehender con palabras ni sentencias todas las circunstancias del caso que determina, porque la prudencia de los malos es más delicada para inventar hechos, que la de los buenos para proveer cómo se han de juzga; y así, está dicho: Neque leges nec senatus consulta ita scribi possunt ut omnes casus, qui quandoque inciderint, comprehendantur; sed sufficit ea quae plerumque accidunt contineri; como si dijera: «No es posible escrebir las leyes de tal manera que comprehendan todos los casos que pueden acontescer; basta determinar aquellos que ordinariamente suelen subceder», y si otros acaescieren que no tengan ley que en proprios términos los dicida, no es el Derecho tan falto de reglas y principios que, si el juez o el abogado tiene buen entendimiento para saber inferir, no halle la verdadera determinación y defensión, y de dónde sacarla. De suerte que si hay más negocios que leyes, es menester que en el juez o en el abogado haya mucho entendimiento para hacerlas de nuevo, y no de cualquiera manera, sino que, por su buena consonancia, las resciba sin contradición el Derecho. Esto no lo pueden hacer los letrados de mucha memoria, porque si no son los casos que el arte les pone en la boca cortados y maxcados, no tienen habilidad para más.
Suelen apodar al letrado que sabe muchas leyes de memoria al ropavejero que tiene muchos sayos cortados a tiento en su tienda; el cual, para dar uno a la medida del que se lo pide, se los prueba todos, y si ninguno le asienta, despide al merchante. Pero el letrado de buen entendimiento es como el buen sastre, que tiene las tiseras en la mano y la pieza de paño en casa; el cual tomando la medida, corta un sayo al talle del que se lo pide. Las tiseras del buen abogado es el entendimiento agudo, con el cual toma la medida al caso y le viste la ley que lo determina, y si no la halla entera y que en proprios términos lo dicida, de remiendos y pedazos del Derecho le hace una vestidura con que defenderlo.
Los legistas que alcanzan tal ingenio y habilidad no se deben llamar letrados, porque no construyen la letra ni están atenidos a las palabras formales de la ley; antes parescen legisladores o jurisconsultos. a los cuales las mesmas leyes están pidiendo y preguntando qué es lo que han de determinar. Porque si ellos tienen poder y auctoridad de interpretarlas, coarctarlas, ampliarlas y sacar dellas excepciones y falencias, y las pueden corregir y enmendar, bien dicho está que parescen legisladores.
De tal saber como éste se dijo: Scire leges non hoc est verba earum tenere, sed vim ac potestatem habere; como si dijera: «No piense nadie que saber las leyes es tener de memoria las palabras formales con que están escriptas, sino entender hasta dónde se estienden sus fuerzas y qué es lo que pueden determinar». Porque su razón está subjecta a muchas variedades por causa de las circunstancias, así del tiempo como de la persona, lugar, modo, materia, causa y cosa, todo lo cual hace alterar la determinación de la ley. Y si el juez o abogado no tiene entendimiento para sacar de la ley, o para quitar o poner lo que ella no puede decir con palabras, hará muchos errores siguiendo la letra. Por tanto se dijo: Verba legis non sunt capienda iudaice; como si dijera: «Las palabras de la ley no se han de interpretar al modo judaico», que es construir la letra y tomar el sentido literal.
Por lo dicho concluimos que el abogacía es obra del entendimiento, y que si el letrado tuviere mucha memoria no vale nada para juzgar ni abogar, por la repugnancia destas dos potencias. Y esta es la causa por donde los letrados muy memoriosos que nota Platón no defendían bien los pleitos ni aplicaban el Derecho como convenía.
Pero una dificultad se ofrece en esta doctrina, y al parescer no es liviana; porque si el entendimiento es el que asienta el caso en la propria ley que lo determina, distinguiéndolo, limitando, ampliando, infiriendo y respondiendo a los argumentos de la parte contraria ¿cómo es posible hacer esto el entendimiento si la memoria no le pone delante todo el Derecho? Porque, como arriba dijimos, está mandado que Nemo in actionibus vel iudiciis suo sensu utatur, sed legum auctoritate ducatur. Conforme a esto, es menester saber primero todas las leyes y reglas del Derecho antes que pueda echar mano de la que hace al propósito del caso; porque, aunque hemos dicho que el abogado de buen entendimiento es muy señor de las leyes, pero todas sus razones y argumentos han de ir arrimados a los principios desta facultad, sin los cuales son de ningún efecto y valor; y para poder hacer esto es menester tener mucha memoria que guarde y retenga tan gran número de leyes como están escriptas en los libros.
Este argumento prueba que es necesario que, para que el abogado tenga perfectión, se junten en él grande entendimiento y mucha memoria, lo cual yo confieso; pero lo que quiero decir es que, ya que no se puede hallar grande entendimiento con mucha memoria, por la repugnancia que hay, que es mejor que el abogado tenga mucho entendimiento y poca memoria, que mucha memoria y poco entendimiento; porque para la falta de la memoria hay muchos remedios, como son los libros, las tablas, abecedarios y otras invenciones que han hallado los hombres; pero si falta el entendimiento, con ninguna cosa se puede remediar.
Fuera desto, dice Aristóteles que los hombres de grande entendimiento, aunque son faltos de memoria, tienen mucha reminiscencia, con la cual, de lo que una vez han visto, oído o leído, tienen cierta noticia confusa, sobre la cual discurriendo, la vuelven a la memoria. Y puesto caso que no hubiera tantos remedios para representar todo el Derecho al entendimiento, están las leyes fundadas en tanta razón, que los antiguos, dice Platón que llamaban a la ley prudencia y razón, por donde el juez o el abogado de grande entendimiento, juzgando o aconsejando, aunque no tuviese la ley delante,144 erraría pocas veces, por tener consigo el instrumento con que los emperadores hicieron las leyes. Y así acontesce muchas veces dar un juez (de buen ingenio) una sentencia sin saber la decisión de la ley, y hallarla después escripta en los libros. Y lo mesmo vemos que acontesce a los abogados cuando alguna vez dan su parescer a tiento.
Las leyes y reglas del Derecho, bien mirado, son la fuente y origen de donde los abogados sacan los argumentos y razones para probar lo que quieren. Y esta obra es cierto que se hace con el entendimiento; de la cual potencia si caresce el abogado, o la tiene remisa, jamás sabrá formar un argumento, aunque sepa todo el Derecho de memoria. Esto vemos claramente que acontesce en los que estudian oratoria faltándoles el habilidad para ella: que aunque aprendan de memoria los Tópicos de Cicerón (que son las fuentes de donde manan los argumentos que hay para probar cada problema por la parte afirmativa y negativa), jamás saben formar una razón; y vienen otros de grande ingenio y habilidad, sin ver libro ni estudiar los Tópicos, a hacer mil argumentos acomodados al propósito que son menester. Esto mesmo pasa en los legistas de mucha memoria: que recitarán todo el Derecho con gran fidelidad y no sabrán sacar, de tanto número de leyes como hay, un argumento para fundar su intención. Por el contrario, hay otros que, con haber estudiado mal en Salamanca, y sin tener libros ni haber pasado,145 hacen maravillas en el abogacía.
De donde se entiende cuánto importe a la república146 que haya esta electión y examen de ingenios para las sciencias; pues unos, sin arte, saben y entienden lo que han de hacer, y otros, cargados de preceptos y reglas, por no tener el habilidad que requiere la práctica, hacen mil disparates. Luego, si el juzgar y abogar se hace distinguiendo, infiriendo, raciocinando y eligiendo, razón será que el que se pusiere a estudiar leyes tenga buen entendimiento, pues tales obras pertenescen a esta potencia y no a la memoria ni imaginativa. De qué manera se puede entender si el muchacho alcanza esta diferencia de ingenio o no, será bien saberlo; pero antes conviene averiguar qué calidades tiene el entendimiento y cuántas diferencias abraza en sí, para que con distinctión sepamos a cuál dellas pertenescen las leyes.
Cuanto a lo primero, es de saber que, aunque el entendimiento es la potencia más noble del hombre y de mayor dignidad, pero ninguna hay que con tanta facilidad se engañe acerca de la verdad como él. Esto comenzó Aristóteles a probar diciendo que el sentido siempre es verdadero, pero el entendimiento, por la mayor parte, raciocina mal. Lo cual se vee claramente por experiencia; porque si no fuese así ¿había de haber entre los graves filósofos, médicos, teólogos y legistas, tantas disensiones, tan varias sentencias, tantos juicios y paresceres sobre cada cosa, no siendo más de una la verdad?
De dónde les nazca a los sentidos tener tanta certidumbre de sus objectos, y el entendimiento ser tan fácil de engañar con el suyo, bien se deja entender considerando que los objectos de los cinco sentidos y las especies con que se conoscen tienen ser real, firme y estable por naturaleza antes que los conozcan; pero la verdad que el entendimiento ha de contemplar, si él mesmo no la hace y no la compone, ningún ser formal tiene de suyo: toda está desbaratada y suelta en sus materiales, como casa convertida en piedras, tierra, madera y teja, de los cuales se podrían hacer tantos errores en el edificio cuantos hombres llegasen a edificar con mala imaginativa. Lo mesmo pasa en el edificio que el entendimiento hace compuniendo la verdad: que si no es el que tiene buen ingenio, todos los demás harán mil disparates con unos mesmos principios. De aquí proviene haber entre los hombres tantas opiniones acerca de una mesma cosa, porque cada uno hace tal composición y figura como tiene el entendimiento. Destos errores y opiniones están reservados los cinco sentidos, porque ni los ojos hacen el color, ni el gusto los sabores, ni el tacto las calidades tangibles: todo está hecho y compuesto por Naturaleza antes que cada uno conozca su objecto.
Por no estar advertidos los hombres en esta triste condición del entendimiento, se atreven a dar confiadamente su parescer, sin saber con certidumbre cuál es la manera de su ingenio y si compone bien o mal la verdad. Y si no, preguntemos a algunos hombres de letras que, después de haber escripto y confirmado su opinión con muchos argumentos y razones, han mudado en otro tiempo la sentencia y parescer, cuándo o cómo podrán entender que atinaron a hacer la compostura verdadera. La primera vez ellos mesmos confiesan haberla errado, pues se retractan de lo que antes dijeron. La segunda, yo digo que han de tener menos confianza de su entendimiento, porque la potencia que una vez compuso mal la verdad y su dueño estuvo tan confiado en los argumentos y razones, ya hay sospecha que lo podrá hacer otra, habiendo la mesma razón; mayormente, que se ha visto por experiencia tener al principio la verdadera opinión y después contentarle otra peor y menos probable.
Ellos tienen por bastante indicio de que su entendimiento compone bien la verdad en verle aficionado a aquella figura y que hay argumentos y razones que le mueven y concluyen a componer de tal manera. Y realmente están engañados, porque la mesma proporción tiene el entendimiento con sus falsas opiniones, que las otras potencias inferiores cada una con las diferencias de su objeto. Porque si preguntásemos a los médicos qué manjar es el mejor y más sabroso de cuantos usan los hombres, yo creo que dirían que ninguno hay (para los hombres destemplados y de mal estómago) que absolutamente sea bueno ni malo, sino tal cual fuere el estómago donde cayere; porque hay estómagos, dice Galeno, que se hallan mejor con carne de vaca que con gallinas y truchas, y otros que aborrescen los huevos y leche, y otros se pierden por ellos; y en la manera de aderezar la comida, unos quieren la carne asada y otros cocida, y en lo asado unos se huelgan comer la carne corriendo sangre y otros tostada y hecha carbón. Y lo que más es de notar, que el manjar que hoy se come con gran gusto y sabor, mañana lo aborrescen y apetecen otro peor. Todo esto se entiende estando el estómago bueno y sano; pero si cae en una enfermedad que llaman los médicos pica o malacia, allí acontescen apetitos de cosas que aborresce la naturaleza humana; pues le hace mejor gusto yeso, tierra y carbones, que gallinas y truchas.
Si pasamos a la facultad generativa, hallaremos en ella otros tantos apetitos y variedades; porque hay hombres que apetecen una mujer fea y aborrescen la hermosa; a otros da más contento la necia que la sabia; la gorda les pone hastío y aman la flaca; las sedas y atavíos los ofende, y se pierden por una mujer llena de andrajos. Esto se entiende estando los miembros genitales en su sanidad; pero si caen en la enfermedad del estómago que llamamos malacia, apetescen bestialidades nefandas.
Lo mesmo pasa en la facultad sensitiva. Porque de las calidades tangibles, duro, blando, áspero, liso, caliente, frío, húmido y seco, ninguna contenta a todos los tactos; porque en la cama dura hay hombres que duermen mejor que en la blanda, y otros en la blanda mejor que en la dura.
Toda esta variedad de gustos y apetitos estraños se hallan en las composturas que el entendimiento hace; porque si juntamos cien hombres de letras y les proponemos alguna cuestión, cada uno hace juicio particular y razona de diferente manera: un mesmo argumento, a uno paresce razón sofística, a otro probable, y a otro le concluye como si fuese demostración. Y no sólo tiene verdad en diversos entendimientos, pero aun vemos por experiencia que una mesma razón concluye a un mesmo entendimiento en un tiempo, y en otro no; y así vemos cada día mudar los hombres el parecer: unos, cobrando con el tiempo más delicado entendimiento, conoscen la falta de la razón que antes los movía; y otros, perdiendo el buen temperamento del celebro, aborrescen la verdad y aprueban la mentira. Pero si el celebro cae en la enfermedad que llamamos malacia, allí veremos juicios y composturas estrañas: los falsos argumentos y flacos hacen más fuerza que los fuertes y muy verdaderos; al buen argumento le hallan respuesta y el malo los hace rendir; de las premisas que sale la conclusión verdadera sacan la falsa; con argumentos estraños y disparatas razones prueban sus malas imaginaciones.
En lo cual advirtiendo los hombres graves y doctos, procuran dar su parescer callando las razones en que se fundaron; porque están los hombres persuadidos que tanto vale la autoridad humana cuanto tiene de fuerza la razón en que se funda; y como los argumentos son tan indiferentes para concluir, por la variedad de los entendimientos, cada uno juzga de la razón conforme al ingenio que alcanza, y así, se tiene por mayor gravedad decir «éste es mi parescer por ciertas razones que a ello me mueven», que explicar los argumentos en que restribaron. Pero ya que los fuerzan a que den razón de su sentencia, ningún argumento dejan, por liviano que sea; porque el que no piensan concluye y hace más efecto que el muy bueno. En lo cual se muestra la gran miseria de nuestro entendimiento, que compone y divide, argumenta y razona, y, después que ha concluido, no tiene prueba ni luz para conoscer si su opinión es verdadera.
Esta incertidumbre tienen los teólogos en las materias que no son de fee; porque, después de haber razonado muy bien, no hay prueba infalible ni subceso evidente que descubra cuáles razones son las mejores; y así, cada teólogo opina como mejor lo puede fundar, y con responder con aparencia a los argumentos de la parte contraria, escapa con honra y no hay más que aguardar. Pero, ¡cuitado del médico y del capitán general! Que, después de haber razonado muy bien y deshecho los fundamentos de la parte contraria, se ha de aguardar el subceso; el cual, si es bueno, queda por sabio, y si malo, todos entienden que se fundó en malas razones.
En las cosas de fee que la Iglesia propone ningún error puede haber; porque, entendiendo Dios cuán inciertas son las razones humanas y con cuánta facilidad se engañan los hombres, no consintió que cosas tan altas y de tanta importancia quedasen a sola su determinación; sino que, en juntándose dos o tres en su nombre (con la solemnidad de la Iglesia), luego se pone en medio por presidente del acto, donde lo que dicen bien aprueba, los errores aparta y lo que no se puede alcanzar con fuerzas humanas revela. Y así, la prueba que tienen las razones que se hacen en las materias de fee es mirar si prueban o infieren lo mesmo que dice y declara la Iglesia católica; porque, si se colige algo en contrario, ellas son malas sin falta ninguna. Pero en las demás cuestiones, donde el entendimiento tiene libertad de opinar, no hay manera inventada para saber cuáles razones concluyen ni cuándo el entendimiento compone bien la verdad; sólo se restriba en la buena consonancia que hacen, y este es un argumento que puede engañar, porque muchas cosas falsas suelen tener más aparencia de verdad y mejor probación que las muy verdaderas.
Los médicos y los que gobiernan el arte militar tienen por prueba de sus razones el subceso y la experiencia; porque si diez capitanes prueban con muchas razones que conviene dar la batalla, y otros tantos defienden que no, lo que subcediere confirmará la una opinión y reprobará la contraria; y si dos médicos litigan sobre si el enfermo morirá o vivirá, sanando o muriendo se descubrirá cuál traía mejores razones. Pero, con todo eso, aun no es bastante prueba el subceso; porque tiniendo un efecto muchas causas, bien puede subceder bien por la una y las razones ir fundadas en otra causa contraria.
También dice Aristóteles que para saber qué razones concluyen es bien seguir la común opinión, porque decir y afirmar una mesma cosa muchos sabios varones y concluirse todos con unas mesmas razones, argumento es (aunque tópico) que son concluyentes y que componen bien la verdad. Pero, bien mirado, también es prueba engañosa; porque en las fuerzas del entendimiento más vale la intensión que el número; que no es como en las fuerzas corporales, que, juntándose muchos para levantar un peso, pueden mucho, y siendo pocos, pueden poco. Pero, para alcanzar una verdad muy ascondida, más vale un delicado entendimiento que cien mil no tales; y es la causa que los entendimientos no se ayudan, ni de muchos se hace uno, como en la virtud corporal. Y por tanto dijo el Sabio: Multi pacifici sint tibi, et consiliarius unus de mille;147 como si dijera: «Ten muchos amigos que te defiendan si fuere menester venir a las manos; pero, para tomar consejo, elige uno entre mil». La cual sentencia apuntó también Heráclito diciendo: Unus mihi instar est mille.148
En los pleitos y causas cada letrado opina como mejor lo puede fundar en Derecho; pero, después de haber razonado muy bien, no tiene arte para conoscer con certidumbre si su entendimiento ha hecho la composición que la verdadera justicia ha menester. Porque si un abogado prueba con el Derecho que este que demanda tiene justicia, y otro defiende, con el mesmo Derecho, que no, ¿qué remedio hay para saber cuál destos dos abogados forma mejores razones? La sentencia del juez no hace demostración de la verdadera justicia ni se puede llamar subceso, porque su sentencia es también opinión, y no hace más que arrimarse al uno de los dos abogados; y crecer el número de los letrados en un mesmo parescer no es argumento para pensar que lo que aquéllos votan es la verdad, porque ya hemos dicho y probado que muchos entendimientos ruines, aunque se junten para descubrir alguna verdad muy ascondida, jamás llegarán a la virtud y fuerzas de uno sólo si es muy subido de punto.
Y que no haga prueba ni demostración la sentencia del juez, véese claramente, porque en otro tribunal superior la revocan y juzgan de otra manera. Y lo que peor es, que puede acontescer tener el juez inferior mejor entendimiento que el superior, y ser su parescer más conforme a razón. Y que la sentencia del juez superior no sea también prueba de la justicia es cosa más manifiesta, porque de los mesmos auctos, sin quitar ni poner, y de los mesmos jueces, vemos cada día que salen sentencias contrarias; y el que una vez se engañó, estando tan confiado en sus razones, ya hay sospecha que lo hará otra, y así, menos confianza se ha de tener de su sentencia, porque Qui semel est malus..., etc.149
Los abogados, viendo la gran variedad de entendimientos que tienen los jueces, y que cada uno está aficionado a la razón que cuadra con su ingenio, y que en un tiempo se concluyen con un argumento y otro día con el contrario, se atreven a defender cada pleito por la parte afirmativa y negativa; mayormente viendo por experiencia que de ambas maneras alcanzan la sentencia en su favor. Y así, se verifica muy bien lo que dijo la Sabiduría: Cogitationes mortalium timidae, et incertae providentiae nostrae.150
El remedio, pues, que hay para esto, ya que las razones de la jurispericia carescen151 de prueba y experiencia, es eligir hombres de grande entendimiento para ser jueces y abogados, porque las razones y argumentos de los tales dice Aristóteles que son tan ciertos y firmes como la mesma experiencia, y haciendo esta electión, paresce que la república quedaría segura de que sus oficiales administran justicia. Y si los consienten entrar todos de tropel y sin hacer prueba de su ingenio (como ahora se usa) acontescerán siempre las fealdades que hemos notado.
Con qué señales se podrá conoscer si el que quiere estudiar leyes tiene la diferencia de entendimiento que esta facultad ha menester, ya lo hemos dicho atrás en alguna manera; pero para refrescar la memoria y probarlo más por estenso, es de saber que el muchacho que, puesto a leer, conosciere presto las letras y dijere con facilidad cada una cómo se llama, salteadas en el ABC, que es indicio de tener mucha memoria, porque tal obra como ésta es cierto que no la hace el entendimiento ni la imaginativa, antes es oficio de la memoria guardar las figuras de las cosas y referir el nombre de cada una cuando es menester. Y si tiene mucha memoria, ya hemos probado atrás que se sigue la falta del entendimiento.
También el escrebir con facilidad y hacer buenos rasgos y letras dijimos que descubría la imaginativa. Y así, el muchacho que en pocos días asentare la mano, y hiciere los renglones derechos y la letra pareja y con buena forma y figura, ya es mal indicio para el entendimiento, porque esta obra se hace con la imaginativa, y estas dos potencias tienen la contrariedad que hemos dicho y notado.
Y si, puesto en la gramática, la aprendiere con poco trabajo y en breve tiempo hiciere buenos latines y escribiere cartas con elegancia y se le pegaren las cláusulas rodadas de Cicerón, jamás será buen juez ni abogado, porque es indicio que tiene mucha memoria y, si no es por gran maravilla, ha de ser falto de entendimiento. Pero si éste porfiare a estudiar leyes y permanesciere en las Escuelas muchos días, será famoso lector y le seguirán muchos oyentes, porque la lengua latina es muy graciosa en la cátreda, y para leer con grande aparencia son menester muchas alegaciones y amontonar en cada ley todo lo que está escripto sobre ella, para lo cual es más necesaria la memoria que el entendimiento. Y aunque es verdad que en la cátreda se ha de distinguir, inferir, raciocinar, juzgar y eligir para sacar el sentido verdadero de la ley, pero, en fin, pone el caso como mejor le paresce, y trae los dubios y opuestos a su gusto y da la sentencia como quiere y sin que nadie le contradiga; para lo cual basta un mediano entendimiento. Pero cuando un abogado ayuda al actor y otro defiende al reo y otro letrado ha de ser el juez, es pleito vivo, y no se parla tan bien como esgrimiendo sin contrario.
Y si el muchacho no aprobare bien en la gramática, ya hay sospecha que puede tener buen entendimiento. Y digo que «hay sospecha» porque no se infiere necesariamente tener buen entendimiento el que no pudo aprender latín, habiendo probado atrás que los muchachos de fuerte imaginativa jamás salen con la lengua latina.
Pero quien esto lo puede descubrir es la dialéctica, porque esta sciencia tiene la mesma proporción con el entendimiento que la piedra del toque con el oro. Y así, es cierto que si en un mes o dos no comienza el que oye artes a discurrir ni dificultar, ni se le ofrescen argumentos y respuestas en la materia que se tracta, que no tiene entendimiento ninguno. Pero si en esta sciencia aprobare bien, es argumento infalible de tener el entendimiento que requieren las leyes, y así, se puede partir luego a estudiarlas sin más aguardar. Aunque yo ternía por mejor oír todo el curso de Artes152 primero; porque no es más la dialéctica, para el entendimiento, que las trabas que echamos en los pies y manos de una mula cerril: que andando algunos días con ellas, toma un paso asentado y gracioso. Ese mesmo andar toma el entendimiento en sus disputas trabándolo primero con las reglas y preceptos de la dialéctica.
Pero si este muchacho que vamos examinando no salió bien con el latín ni aprobó en la dialéctica como convenía, es menester averiguar si tiene buena imaginativa antes que lo echemos fuera de las leyes, porque en esto hay un secreto muy grande, y es bien que la república lo sepa. Y es que hay letrados que puestos en la cátreda hacen maravillas en la interpretación del Derecho, y otros en el abogacía, y puniéndoles una vara en la mano, no tienen más habilidad para gobernar que si las leyes no se hubieran hecho aquel propósito. 153 Y, por lo contrario, hay otros que con tres leyes mal sabidas que aprendieron en Salamanca, puestos en una gobernación, no hay más que desear en el mundo. Del cual efecto están admirados algunos curiosos, por no atinar la causa de donde pueda nascer; y es la razón que el gobernar pertenesce a la imaginativa, y no al entendimiento ni memoria.
Y que sea así es cosa muy clara de probar considerando que la república ha de estar compuesta con orden y concierto, cada cosa en su lugar, de manera que todo junto haga figura y correspondencia; y esto hemos probado muchas veces atrás que es obra de la imaginativa, y no sería más poner a un gran letrado por gobernador, que hacer a un sordo juez de la música.
Pero esto se ha de entender comúnmente, y no que sea regla universal; porque ya hemos probado que hay manera para que Naturaleza pueda juntar grande entendimiento con mucha imaginativa, y así no repugnará ser grande abogado y famoso gobernador. Y adelante descubriremos que, estando Naturaleza con todas las fuerzas que puede alcanzar y con materia bien sazonada, hará un hombre de grande memoria, de grande entendimiento y de mucha imaginativa; el cual, estudiando leyes, será famoso lector, grande abogado y no menos gobernador. Pero hace Naturaleza tan pocos déstos, que puede pasar la regla por universal.
CAPÍTULO DOCE
Donde se prueba que la teórica de la medicina, parte della pertenesce a la memoria y parte al entendimiento, y la práctica, a la imaginativa
En el tiempo que la medicina de los árabes floresció, hubo en ella un médico grandemente afamado, así en leer como en escrebir, argumentar, distinguir, responder y concluir, del cual se tenía entendido (atento a su grande habilidad) que había de resucitar los muertos y sanar cualquiera enfermedad; y acontecíale tan al revés, que no tomaba enfermo en las manos que no lo echase a perder; de lo cual corrido y afrentado, se vino a meter fraile, quejándose de su mala fortuna y no entendiendo la razón y causa de donde podía nascer. Y porque los ejemplos más frescos hacen mayor probación y convencen más el sentido, es opinión de muchos médicos graves que Juan Argenterio,154 médico moderno de nuestro tiempo, hizo gran ventaja a Galeno en reducir a mejor método el arte de curar; y con todo eso se cuenta dél que era tan desgraciado en la práctica, que ningún enfermo de su comarca se osaba curar con él, temiendo sus malos subcesos.
De lo cual paresce que tiene el vulgo licencia de admirarse, viendo por experiencia (no solamente en estos que hemos referido, pero aun en otros muchos que traemos entre los ojos) que, en siendo el médico muy gran letrado, por la mesma razón es inhábil para curar. Del cual efecto procuró Aristóteles dar la razón y causa, y no la pudo atinar. Él pensaba que no acertar los médicos racionales de su tiempo a curar nascía de tener conoscimiento de el hombre en común e ignorar la naturaleza del particular; al revés de los empíricos,155 cuyo estudio y diligencia era saber las propriedades individuales de los hombres y no darse nada por el universal. Pero no tuvo razón, porque los unos y los otros se ejercitan en curar los singulares y trabajan cuanto pueden en averiguar esta naturaleza particular. Y así, la dificultad no está sino en saber por qué razón los médicos muy letrados, aunque se ejerciten toda la vida en curar, jamás salen con la práctica; y otros, idiotas, con tres o cuatro reglas de medicina que aprendieron en las Escuelas, en muy menos tiempo saben mejor curar. La respuesta verdadera desta dubda no tiene poca dificultad, pues Aristóteles no la alcanzó, aunque en alguna manera dijo parte della. Pero restribando a los principios de nuestra doctrina, la daremos enteramente.
Y así, es de saber que en dos cosas consiste la perfectión del médico, tan necesarias para conseguir el fin de su arte cuanto son dos piernas para andar sin coxquear. La primera es en saber por método los preceptos y reglas de curar al hombre en común, sin descender en particular; la segunda es haberse ejercitado mucho tiempo en curar y conoscer por vista de ojos gran número de enfermos; porque los hombres, ni son tan diferentes entre sí que no convengan en muchas cosas, ni tan unos que no haya entre ellos particularidades de tal condición, que ni se pueden decir ni escrebir, ni enseñar, ni recogerlas de tal manera que se puedan reducir a arte, sino que conoscerlas, a solos aquellos les es dado que muchas veces las vieron y tractaron.
Lo cual se deja entender fácilmente considerando que, siendo el rostro del hombre compuesto de tan poco número de partes como son dos ojos, una nariz, dos mejillas, una boca y frente, hace Naturaleza tantas composturas y combinaciones, que, si cien mil hombres se juntan, cada uno tiene su rostro tan singular y proprio, que por maravilla hallarán dos que totalmente se parezcan. Lo mesmo pasa en cuatro elementos y cuatro calidades primeras, calor, frialdad, humidad y sequedad, del armonía de las cuales se compone la salud y vida del hombre; y de tan poco número de partes como éstas hace Naturaleza tantas proporciones, que si cien mil hombres se engendran, cada uno sale con su sanidad tan singular y propia para sí, que si Dios milagrosamente de improviso les trocase la proporción destas calidades primeras, todos quedarían enfermos, si no fuesen dos o tres que por grande acierto tuviesen la mesma consonancia y proporción. De lo cual se infieren necesariamente dos conclusiones. La primera es que cada hombre que enfermare se ha de curar conforme a su particular proporción, de tal manera que si el médico no le vuelve a la consonancia de los humores y calidades que él antes tenía, no queda sano. La segunda es que, para hacer esto como conviene, es necesario que el médico haya visto y tractado al enfermo muchas veces en sanidad, tomándole el pulso y viendo qué urina es la suya, y qué color de rostro y qué templanza, para que, cuando enfermare, pueda juzgar cuánto dista de su sanidad, y, curándole, sepa hasta dónde lo ha de restituir.
Para lo primero (que es saber y entender la teórica y compostura del arte) dice Galeno que es necesario tener grande entendimiento y mucha memoria, porque parte de la medicina consiste en razón, y parte en experiencia e historia; para lo primero es menester el entendimiento, y para lo otro la memoria. Y como sea tan dificultoso juntar estas dos potencias en grado intenso, por fuerza ha de quedar el médico falto en la teórica; y así vemos muchos médicos grandes latinos y griegos, grandes anatomistas y herbolarios (que son obras de la memoria), y metidos en argumentos y disputas y en averiguar la razón y causa de cualquiera efecto (lo cual pertenesce al entendimiento), no saben nada.
Al revés acontesce en otros, que en la dialéctica y filosofía del arte muestran grande ingenio y habilidad, y metidos en latín y griego, en yerbas y anatomía, jamás salen con ello por ser faltos de memoria. Por esta razón dijo Galeno: Mirum non est, in tanta hominum multitudine qui in medica et philosophica exercitatione studioque versantur, inveniri tan paucos qui recte in illis profecerint; como si dijera: «No me maravillo que en tanta muchedumbre de hombres como se dan a la medicina, tan pocos salgan con ella». Y dando la razón, dice que apenas se halla el ingenio que esta sciencia ha menester, ni maestro que la enseñe con perfectión ni quien la estudie con diligencia y cuidado. Pero con todas estas razones y causas anda Galeno a tiento, por no saber puntualmente en qué consiste no salir ningún hombre con la medicina. Pero en decir que apenas se halla en los hombres el ingenio que esta sciencia ha menester, dijo la verdad, aunque no tan específicadamente como ahora lo diremos: que por ser tan dificultoso de juntar grande entendimiento con mucha memoria, ninguno sale perfectamente con la teórica de la medicina; y por haber repugnancia entre el entendimiento y la imaginativa (a quien ahora probaremos que pertenesce la práctica y el saber curar con certidumbre), por maravilla se halla médico que sea gran teórico y práctico, ni, al revés, gran práctico y que sepa mucha teórica.
Y que la imaginativa sea la potencia de que el médico se aprovecha en el conoscimiento y cura de los particulares, y no del entendimiento, es cosa muy fácil de probar supuesta la doctrina de Aristóteles. El cual dice que el entendimiento no puede conoscer los singulares ni diferenciar uno de otro, ni conoscer el tiempo y lugar ni otras particularidades que hacen diferir los hombres entre sí y curarse cada uno de diferente manera. Y es la razón (según dicen los filósofos vulgares) ser el entendimiento potencia espiritual y no poderse alterar de los singulares por estar llenos de materia; y por eso dijo Aristóteles que el sentido es de los singulares, y el entendimiento de los universales. Luego, si las curas se han de hacer en los singulares y no en los universales (que son ingenerables e incorruptibles), impertinente potencia es el entendimiento para curar.
La dificultad es ahora: ¿por qué los hombres de grande entendimiento no pueden tener buenos sentidos exteriores para los singulares, siendo potencias tan disparatas? Y está la razón muy clara; y es que los sentidos exteriores no pueden obrar bien si no asiste con ellos la buena imaginativa. Y esto hemos de probar de opinión de Aristóteles; el cual quiriendo declarar qué cosa es la imaginativa, dice que es un movimiento causado de el sentido exterior, de la manera que el color (que se multiplica de la cosa colorada) altera el ojo, y así es que este mesmo color, que está en el humor cristalino, pasa más adentro a la imaginativa y hace en ella la mesma figura que estaba en el ojo. Y preguntado con cuál destas dos especies se hace el conoscimiento del singular, todos los filósofos dicen (y muy bien) que la segunda figura es la que altera la imaginativa, y de ambas a dos se causa la noticia, conforme aquel dicho tan común: Ab objecto et potentia paritur notitia; pero de la primera, que está en el humor cristalino, y de la potencia visiva, ningún conoscimiento se hace si no advierte la imaginativa. Lo cual prueban claramente los médicos diciendo que si a un enfermo le cortan la carne o le queman, y con todo esto no le causa dolor, que es señal de estar la imaginativa distraída en alguna profunda contemplación. Y así lo vemos también por experiencia en los sanos: que si están distraídos en alguna imaginación ni veen las cosas que tienen delante, ni oyen aunque los llamen, ni gustan del manjar sabroso o desabrido aunque lo comen.
Por donde es cierto que la imaginativa es la que hace el juicio y conoscimiento de las cosas particulares, y no el entendimiento ni los sentidos exteriores; de donde se sigue muy bien que el médico que supiere mucha teórica, o por tener grande entendimiento o grande memoria, que será por fuerza ruin práctico por la falta que ha de tener de imaginativa; y por lo contrario, el que saliere gran práctico forzosamente ha de ser ruin teórico, porque la mucha imaginativa no se puede juntar con mucho entendimiento y memoria. Y esta es la causa por donde ninguno puede salir muy consumado en la medicina ni dejar de errar en las curas; porque, para no coxquear en la obra, ha menester saber el arte y tener buena imaginativa para poderla ejecutar; y estas dos cosas hemos probado que son incompatibles.
Ninguna vez llega el médico a conoscer y curar cualquiera enfermedad, que tácitamente, dentro de sí, no haga un silogismo en Darii156 aunque sea empírico; y la primera de las premisas pertenesce su probación al entendimiento, y la segunda a la imaginativa. Y así, los grandes teóricos yerran ordinariamente en la menor y los grandes prácticos en la mayor. Como si dijésemos desta manera: «Toda calentura que depende de humores fríos y húmidos se ha de curar con medicinas calientes y secas» (tomando la indicación de la causa); «esta calentura que padece este hombre depende de humores fríos y húmidos, luego hase de curar con medicinas calientes y secas». La verdad de la mayor bien la probará el entendimiento (por ser universal), diciendo que la frialdad y humidad piden para su templanza calor y sequedad, porque cada calidad se remite con su contrario. Pero venidos a probar la menor, ya no vale nada el entendimiento, por ser particular y de ajena jurisdición, cuyo conoscimiento pertenesce a la imaginativa, tomando de los cinco sentidos exteriores las señales proprias y particulares de la enfermedad. Y si la indicación se ha de tomar de la calentura o de su causa, no lo puede saber el entendimiento; sólo enseña que se ha de tomar la indicación de aquello que promete más peligro. Pero cuál de las indicaciones es la mayor, sola la imaginativa lo alcanza, cotejando los daños que hace la calentura con los del símptoma y la causa, y la poca fuerza o mucha de la virtud.
Para alcanzar este conoscimiento tiene la imaginativa ciertas propriedades inefables con las cuales atina a cosas que ni se pueden decir ni entender, ni hay arte para ellas. Y así vemos entrar un médico a visitar el enfermo, y por la vista, oído, olfacto y tacto alcanza lo que paresce cosa imposible. De tal manera, que si al mesmo médico le preguntásemos cómo pudo atinar a conoscimiento tan delicado no sabría dar la razón, porque es gracia que nasce de una fecundidad de la imaginativa que por otro nombre se llama solercia, la cual con señales comunes, inciertas, conjecturales y de poca firmeza, en cerrar y abrir el ojo alcanzan mil diferencias de cosas en las cuales consiste la fuerza del curar y pronosticar con certidumbre.
Deste género de solercia carescen los hombres de grande entendimiento, por ser parte de imaginativa; y así, tiniendo las señales delante los ojos, que los están avisando de lo que hay en la enfermedad, no les hace en sus sentidos ninguna alteración por ser faltos de imaginativa. Preguntome un médico muy en secreto qué podía ser la causa que habiendo él estudiado con gran curiosidad todas las reglas y consideraciones del arte de prognosticar, y estando en ellas muy bien, jamás acertaba en ningún prognóstico que echaba. Al cual me acuerdo haber respondido que con una potencia se aprendía el arte de medicina y con otra se ponía en ejecución. Éste tenía un buen entendimiento y era falto de imaginativa. Pero hay en esta doctrina una dificultad muy grande. Y es: ¿cómo pueden los médicos de grande imaginativa aprender el arte de medicina siendo faltos de entendimiento? Y si es verdad que curan mejor que los que la saben muy bien, ¿de qué sirve irla aprender en las Escuelas?
A esto se responde que es cosa muy importante saber primero el arte de medicina, porque en dos o tres años aprende el hombre todo lo que alcanzaron los antiguos en dos mil; y si el hombre lo hubiera de adquirir por experiencia, había menester vivir tres mil años, y experimentando las medicinas matara primero (antes que supiera sus calidades) infinitos hombres; todo lo cual se escusará leyendo los libros de los médicos racionales y experimentados, los cuales avisan por escripto de lo que ellos hallaron en el discurso de su vida, para que de unas cosas usen los médicos nuevos con seguridad, y de otras se guarden por ser venenosas.
Fuera desto, es de saber que las cosas comunes y vulgares de todas las artes son muy claras y fáciles de aprender, y las más importantes en la obra; y, por lo contrario, las muy curiosas y delicadas son las más obscuras y menos necesarias para curar. Y los hombres de grande imaginativa no están totalmente privados de entendimiento ni memoria; y así, con la remisión que tienen de estas dos potencias pueden aprender lo más necesario de la medicina por ser lo más claro, y, con la buena imaginativa que tienen, conoscer mejor la enfermedad y su causa que los muy racionales. Aliende que la imaginativa es la que alcanza la ocasión del remedio que se ha de aplicar, en la cual gracia consiste la mayor parte de la práctica; y así, dijo Galeno que el proprio nombre del médico es inventor occasionis; y saber conoscer el tiempo, el lugar y la ocasión cierto es ser obra de la imaginativa, pues dice figura y correspondencia.
La dificultad es ahora saber, de tantas diferencias como hay de imaginativa, a cuál dellas pertenesce la práctica de la medicina, porque cierto es que no todas convienen en una mesma razón particular. La cual contemplación me ha dado más trabajo y fatiga de espíritu que todas las demás; y con todo eso aún no le he podido dar el nombre que ha de tener, salvo que nasce de un grado menos de calor que tiene aquella diferencia de imaginativa con que se hacen versos y coplas.
Y aun en esto no me afirmo del todo; porque la razón en que me fundo es que los que yo he considerado buenos prácticos, todos pican un poco en el arte de metrificar, y no suben mucho la contemplación ni espantan sus versos. Lo cual puede acontescer también por pasar el calor del punto que pide la poesía; y si es por esta razón, ha de ser tanto el calor, que tueste un poco la sustancia del celebro y no resuelva mucho el calor natural. Aunque si pasa adelante, no hace mala diferencia de ingenio para la medicina (porque junta el entendimiento con la imaginativa por el adustión), pero no es tan buena la imaginativa para curar como la que yo ando buscando, la cual convida al hombre a ser hechicero, supresticioso, mago, embaidor, quiromántico, judiciario157 y adivinador, porque las enfermedades de los hombres son tan ocultas y hacen sus movimientos con tanto secreto, que es menester andar siempre adivinando lo que es.
Esta diferencia de imaginativa es mala de hallar en España, porque los moradores desta región hemos probado atrás que carescen de memoria y de imaginativa, y tienen buen entendimiento. También158 la imaginativa de los que habitan debajo el Septentrión no vale nada para la medicina, porque es muy tarda y remisa; sólo es buena para hacer relojes, pinturas, alfileres y otras bujerías impertinentes al servicio de el hombre. Sólo Egipto es la región159 que engendra en sus moradores esta diferencia de imaginativa; y así, los historiadores nunca acaban de contar cuán hechiceros son los gitanos y cuán prestos en atinar a las cosas y hallar los remedios para sus necesidades. Para encarescer Josefo la gran sabiduría de Salomón dice de esta manera: Tanta fuit sapientia et prudentia quam Salomon divinitus acceperat, ut omnes priscos superaret, atque etiam aegiptios, qui omnium sapientissimi habentur.160 Los egipcios, dice también Platón que exceden a todos los hombres del mundo en saber ganar de comer, la cual habilidad pertenesce a la imaginativa. Y que sea esto verdad paresce claramente, porque todas las sciencias que pertenescen a la imaginativa, todas se inventaron en Egipto, como son matemáticas, astrología, arismética, prespectiva, judiciaria y otras así.
Pero el argumento que a mí más me convence en este propósito es que, estando Francisco de Valois, rey de Francia,161 molestado de una prolija enfermedad y viendo que los médicos de su casa y Corte no le daban remedio, decía todas las veces que le crescía la calentura que no era posible que los médicos cristianos supiesen curar,162 ni dellos esperaba jamás remedio. Y así, una vez, con despecho de verse todavía con calentura, mandó despachar un correo a España pidiendo al Emperador nuestro señor le enviase un médico judío, el mejor que hubiese en su corte, del cual tenía entendido que le daría remedio a su enfermedad si en el arte lo había. La cual demanda fue harto reída en España y todos concluyeron que era antojo de hombre que estaba con calentura; pero con todo eso mandó el Emperador nuestro señor que le buscasen un médico tal, si le había, aunque fuesen por él fuera del Reino; y no lo hallando, envió un médico cristiano nuevo, pareciéndole que con esto cumpliría con el antojo del rey. Pero puesto el médico en Francia y delante el rey, pasó un coloquio entre ambos muy gracioso, en el cual se descubrió que el médico era cristiano, y, por tanto, no se quiso curar con él. El rey (con la opinión que tenía del médico que era judío) le preguntó, por vía de entretenimiento, si estaba ya cansado de esperar el Mexías prometido en la Ley.
MÉDICO: Señor, yo no espero al Mexías prometido en la Ley judaica.
REY: Muy cuerdo sois en eso, porque las señales que estaban notadas en la Escriptura divina para conoscer su venida son ya cumplidas muchos días ha.
MÉDICO: Ese número de días tenemos los cristianos bien contados, porque hace hoy mil y quinientos cuarenta y dos años que vino, y estuvo en el mundo treinta y tres, y en fin dellos murió crucificado, y al tercero día resuscitó y después subió a los cielos, donde ahora está.
REY: Luego, ¿vós cristiano sois?
MÉDICO: Señor, sí, por la gracia de Dios.
REY: Pues volveos en hora buena a vuestra tierra, porque médicos cristianos sobrados tengo en mi casa y Corte. ¡Por judío os había yo,163 los cuales en mi opinión son los que tienen habilidad natural para curar!
Y así, lo despidió, sin quererle dar el pulso ni que viese la urina ni le hablase palabra tocante a su enfermedad. Y luego envió a Costantinopla por un judío, y con sola leche de borricas le curó.
Esta imaginación del rey Francisco, a lo que yo pienso, es muy verdadera; y tengo entendido que es así, porque en las grandes destemplanzas calientes del celebro he probado atrás que alcanza la imaginativa lo que, estando el hombre en sanidad, no puede hacer. Y por que no parezca haberlo dicho por vía de gracia y sin tener fundamento natural para ello, es de saber que la variedad de los hombres, así en la compostura del cuerpo como en el ingenio y condiciones del ánima, nasce de habitar regiones de diferente temperatura, y de beber aguas contrarias y de no usar todos de unos mesmos alimentos; y así, dijo Platón: Alii ob varios ventos et aestus, et moribus et specie diversi inter se sunt; alii ob aquas; quidem propter alimentum ex terra prodiens; quod non solum in corporibus melius ac deterius, sed in animis quoque id genus omnia patere non minus potest; como si dijera: «Unos hombres difieren de otros, o por ventilarse con aires contrarios, o por beber diferentes aguas o por no usar todos de unos mesmos alimentos; y esta diferencia, no solamente se halla en el rostro y compostura del cuerpo, pero también en el ingenio del ánima».
Luego si yo probare ahora que el pueblo de Israel estuvo de asiento muchos años en Egipto y que, saliendo dél, comió y bebió las aguas y manjares que son apropriados para hacer esta diferencia de imaginativa, habremos hecho demostración de la opinión del rey de Francia, y sabremos de camino qué ingenios de hombres se han de escoger en España para la medicina.
Cuanto a lo primero, es de saber que, pidiendo Abraham señales para entender que él o sus descendientes habían de poseer la tierra que se le había prometido, dice el Texto que, estando durmiendo, le respondió Dios diciendo: Scito praenosces quod peregrinum futurum sit semen tuum in terra non sua; et subiicient eos servituti et affligent quadringentis annis; veruntamen genti cui servituri sunt ego iudicabo; et post haec egredientur cum magna substantia; como si le dijera: «Sábete, Abraham, que tus decendientes han de peregrinar por tierras ajenas y los han de afligir con servidumbres cuatrocientos años; pero ten por cierto que yo castigaré la gente que los oprimiere, y los libraré de aquella servidumbre y les daré muchas riquezas». 164
La cual profecía se cumplió, aunque Dios, por ciertos respectos, añadió treinta años más; y así, dice el Texto divino: Habitatio autem filiorum Israel, qua manserunt in Aegipto, fuit quadrigentorum triginta annorum, quibus expletis eadem die egresus est omnis exercitus Domini de terra aegipti; como si dijera: «El tiempo que estuvo el pueblo de Israel en Egipto fueron cuatrocientos y treinta años,165 los cuales cumplidos, luego en aquel día salió de captiverio todo el ejército del Señor». Pero aunque esta letra dice manifiestamente que estuvo el pueblo de Israel en Egipto cuatrocientos y treinta años, declara una glosa que se entiende haber sido estos años todo el tiempo que Israel anduvo peregrinando hasta tener tierra propria, pero que en Egipto no estuvo sino docientos y diez. La cual declaración no viene bien con lo que dijo S. Esteban protomártir en aquel razonamiento que tuvo con los judíos; conviene a saber: que el pueblo de Israel es tuvo cuatrocientos y treinta años en la servidumbre de Egipto. Y aunque la habitación de docientos y diez años bastaba para que al pueblo de Israel se le pegasen las calidades de Egipto, pero lo que estuvo fuera dél no fue tiempo perdido para lo que toca al ingenio. Porque los que viven en servidumbre, en tristeza, en aflictión y tierras ajenas, engendran mucha cólera requemada por no tener libertad de hablar ni vengarse de sus injurias; y este humor, estando tostado, es el instrumento de la astucia, solercia y malicia. Y así se vee por experiencia: que no hay peores costumbres ni condiciones que las del esclavo, cuya imaginación está siempre ocupada en cómo hará daño a su señor y se librará de la servidumbre.
Aliende desto, la tierra por donde anduvo el pueblo de Israel no era muy estraña ni apartada de las calidades de Egipto; porque, atento a su miseria y esterilidad, prometió Dios a Abraham que le daría otra muy abundosa y fértil. Y esto es cosa muy averiguada, así en buena filosofía natural como en experiencia, que las regiones estériles y flacas, no paniegas ni abundosas en fructificar, crían hombres de ingenio muy agudo; y, por lo contrario, las tierras gruesas y fértiles engendran hombres membrudos, animosos y de muchas fuerzas corporales, pero muy torpes de ingenio. De Grecia nunca acaban de contar los historiadores cuán apropriada región es para criar hombres de grande habilidad; y en particular, dice Galeno que en Atenas por maravilla salía un hombre nescio; y nota que era la tierra más mísera y estéril de toda Grecia.
Y así, se colige que por las calidades de Egipto y de las otras provincias donde anduvo el pueblo de Israel se hizo de ingenio muy agudo. Pero es menester saber por qué razón la temperatura de Egipto cría esta diferencia de imaginativa; y es cosa muy clara sabiendo que en esta región quema mucho el sol, y por esta causa los que la habitan tienen el celebro tostado y la cólera requemada, que es el instrumento de la astucia y solercia. Por donde pregunta Aristóteles: Cur blesis pedibus sunt ethiopes et egiptii? Como si dijera: «¿Qué es la causa que los negros de Etiopía y los naturales de Egipto son patituertos, hocicudos y las narices remachadas?». Al cual problema responde que el mucho calor de la región tuesta la substancia de estos miembros y los hace retorcer, como se encoge la correa junto al fuego; y por la mesma razón se les encogen los cabellos, y así también son crespos y motosos. Y que los que habitan tierras calientes sean más sabios que los que nascen en tierras frías ya lo dejamos probado de opinión de Aristóteles, el cual pregunta: Cur locis calidis homines sapientiores sunt quam frigidis?; como si dijera: «¿De dónde nace ser más sabios los hombres en las tierras calientes que en las frías?». Pero ni sabe responder al problema ni hace distinctión de la sabiduría, porque ya dejamos probado atrás que hay dos géneros de prudencia en los hombres. Una, de la cual dijo Platón: Scientia quae est remota a iusticia, calliditas potius quam sapientia est appellanda; como si dijera: «La sciencia que está apartada de la justicia, antes se ha de llamar astucia que sabiduría». Otra hay con rectitud y simplicidad, sin dobleces ni engaños; y ésta propriamente se dice sabiduría, por andar siempre asida de la justicia y rectitud. Los que habitan en tierras muy calientes son sabios en el primer género de sabiduría, y tales son los de Egipto.
Veamos ahora, salido el pueblo de Israel de Egipto y puesto en el desierto, qué manjares comió, y qué aguas bebió y qué templanza tenía el aire por donde anduvo, para que entendamos si por esta razón mudaron el ingenio que sacaron del captiverio o el mesmo se les confirmó. Cuarenta años dice el Texto que mantuvo Dios a este pueblo con manná: manjar tan delicado y sabroso cual jamás comieron los hombres en el mundo, en tanto, que, viendo Moisén su delicadeza y bondad, mandó a su hermano Arón que hinchiese un vaso dello y lo pusiese en el Arca Federis166 para que los decendientes deste pueblo, estando en tierra de promisión, viesen el pan con que mantuvo a sus padres andando por el desierto y cuán mal pago le dieron a trueque de tanto regalo. Y para que conozcamos los que no vimos este alimento qué tal debía de ser, es bien que pintemos el manná que hace Naturaleza, y añadiendo sobre él más delicadeza, podremos imaginar enteramente su bondad.
La causa material de que se engendra el manná es un vapor muy delicado que el sol levanta de la tierra con la fuerza de su calor; el cual puesto en lo alto de la región, se cuece y perfictiona, y sobreviniendo el frío de la noche se cuaja y con el peso torna a a caer sobre los árboles y piedras, de donde lo cogen y guardan en ollas para comer. Llámanle mel roscidum et aereum por la semejanza que tiene con el rocío y por haberse hecho de aire. Su color es blanco y de sabor dulce como la miel; la figura, a manera de culantro.167 Las cuales señales pone también la divina Escritpura del manná que comió el pueblo de Israel, por donde sospecho que ambos tenían la mesma naturaleza. Y si el que Dios criaba tenía más delicada substancia, tanto mejor confirmaremos nuestra opinión; pero yo siempre tengo entendido168 que Dios se acomoda a los medios naturales cuando con ellos puede hacer lo que quiere, y lo que falta a Naturaleza lo suple con su omnipotencia. Dígolo porque darles a comer manná en el desierto (fuera de lo que con ello quería significar) paresce que estaba también fundado en la disposición de la tierra, la cual hoy día engendra el mejor manná que hay en el mundo. Y así, dice Galeno que en el monte Líbano (que no está lejos de allí) se cría en gran cantidad y muy escogido; en tanto, que los labradores suelen cantar en sus pasatiempos que Júpiter llueve miel en aquella tierra. Y aunque es verdad que Dios criaba aquel manná milagrosamente, en tanta cantidad a tal hora y en días determinados, pero pudo ser que tuviese la mesma naturaleza del nuestro; como la tuvo el agua que sacó Moisén de las piedras y el fuego que hizo bajar del cielo Elías con su palabra, que fueron naturales, aunque milagrosamente sacadas.
El manná que pinta la divina Escriptura dice que era como rocío: quasi semen coriandri, album, gustusque simile cum melle; como si dijera: «El manná que Dios llovió en el desierto tenía la figura como simiente de culantro, era blanco, y el sabor como miel». Las cuales condiciones tiene también el manná que produce Naturaleza.
El temperamento de este alimento dicen los médicos que es caliente y de partes subtiles y muy delicadas. La cual compostura debía tener también el manná que comieron los hebreos; y así, quejándose de su delicadeza,169 dijeron de esta manera: Anima nostra iam nauseat super cibo isto levissimo; como si dijera: «Ya no puede sufrir nuestro estómago este alimento tan liviano». Y la filosofía desto era que ellos tenían fuertes estómagos, hechos de ajos, cebollas y puerros; y viniendo a comer un alimento de tan poca resistencia, todo se les convertía en cólera. Y por esto manda Galeno que los hombres que tuvieren mucho calor natural que no coman miel ni otros alimentos livianos, porque se les corromperán y en lugar de cocerse se tostarán como hollín. Esto mesmo les aconteció a los hebreos con el manná, que todo se les convertía en cólera retostada; y así, andaban todos secos y enjutos, por no tener este alimento corpulencia para los engordar: Anima nostra arida est: nihil aliud respiciunt oculi nostri nisi manna; como si dijera: «Nuestra ánima está ya seca y consumida, y no veen nuestros ojos otra cosa sino manná».170
El agua que bebían tras este manjar era tal cual ellos la pedían; y si no la hallaban tal, mostraba Dios a Moisén un madero de tan divina virtud, que, echándolo en las aguas gruesas y salobres, las volvía delicadas y de buen sabor; y no habiendo ninguna, tomaba Moisén la vara con que abrió el Mar Bermejo en doce carreras, y dando con ella en las piedras, salían fuentes de agua tan delicadas y sabrosas como su gusto las podía apetescer; en tanto, que dijo san Pablo: Petra consequente eos; como si dijera: «La agua de la piedra se andaba tras su antojo», saliendo, delicada, dulce y sabrosa, y ellos tenían hecho el estómago a beber aguas gruesas y salobres, porque en Egipto cuenta Galeno que las cocían para poderlas beber, por ser malas y corrompidas, y bebiendo aguas tan delicadas, no podían dejar de convertírseles en cólera, por tener poca resistencia. Las mesmas calidades dice Galeno que ha de tener el agua, para cocerse bien en el estómago y no corromperse, que el alimento sólido que comemos. Si el estomago es recio, hanle de dar alimentos recios que le respondan en proporción; si es flaco y delicado, los alimentos han de ser tales. Eso mesmo se ha de mirar en el agua; y así lo vemos por experiencia: que si un hombre está hecho a beber aguas gruesas, nunca mata la sed con las delicadas ni las siente en el estómago, antes le dan más sequía, porque el calor demasiado del estómago las quema y resuelve luego en entrando, por no tener resistencia.
De el aire que gozaban en el desierto, podremos decir que era también subtil y delicado, porque andando por sierras y lugares sin población, cada momento les ocurría fresco, limpio y sin ninguna corrupción, por no hacer asiento en ningún lugar. Y teníanle siempre templado, porque de día se ponía delante el sol una nube que no le dejaba calentar demasiadamente, y a la noche una coluna de fuego que lo templaba. Y gozar de un aire desta manera, dice Aristóteles que hace avivar mucho el ingenio.
Consideremos, pues, ahora, qué simiente tan delicada y tostada harían171 los varones deste pueblo comiendo un alimento como el manná y bebiendo las aguas que hemos dicho y respirando172 un aire tan apurado y limpio, y qué sangre menstrua tan subtil y delicada harían los hebreos. Y acordémonos de lo que dijo Aristóteles, que, siendo la sangre menstrua sutil y delicada, el muchacho que della se engendrare será después hombre de muy agudo ingenio. Cuánto importe comer los padres manjares delicados para engendrar hijos de mucha habilidad, probarlo hemos muy por estenso en el capítulo postrero desta obra. Y porque todos los hebreos comieron un mesmo manjar tan espiritual y delicado y bebieron una mesma agua, todos sus hijos y descendientes salieron agudos y de grande ingenio para las cosas deste siglo.
Puesto ya el pueblo de Israel en tierra de promisión con tan agudo ingenio como hemos dicho, viniéronles después tantos trabajos, hambres, cercos de enemigos, subjeciones, servidumbres y malos tractamientos, que, aunque no hubieran sacado de Egipto y del desierto aquel temperamento caliente y seco y retostado que hemos dicho, lo hicieran en esta mala vida, porque la continua tristeza y vejación hace juntar los espíritus vitales y sangre arterial en el celebro, en el hígado y corazón; y estando allí unos sobre otros, se vienen a tostar y requemar. Y así, muchas veces levantan calentura; y lo ordinario es hacer melancolía por adustión (de la cual casi todos participan hasta el día de hoy), atento a lo que dice Hipócrates: Metus et maestitia diu durans, melancholiam significat.
Esta cólera retostada dijimos atrás que era el instrumento de la solercia, astucia, versucia y malicia, y ésta es acomodada a las conjeturas de la medicina y con ella se atina a la enfermedad, a la causa y al remedio que tiene. Por donde apuntó maravillosamente el rey Francisco, y no fue delirio ni menos invención del demonio lo que dijo, sino que con la mucha calentura y de tantos días, y con la tristeza de verse enfermo y sin remedio, se le tostó el celebro y levantó de punto la imaginativa; de la cual hemos probado atrás que si tiene el temperamento que ha de menester, repentinamente dice el hombre lo que jamás aprendió.
Pero contra todo lo que hemos dicho se ofresce una dificultad muy grande. Y es que, si los hijos o nietos de los que estuvieron en Egipto y gozaron del manná y de las aguas y aires delicados del desierto, se eligieran para médicos, paresce que la opinión del rey Francisco tenía alguna probabilidad por las razones que hemos dicho. Pero que sus decendientes hayan conservado hasta el día de hoy aquellas disposiciones del manná, del agua, de los aires, de las aflictiones y trabajos que sus antepasados padescieron en el captiverio de Babilonia, es cosa que no se puede entender. Porque si en cuatrocientos y treinta años que estuvo el pueblo de Israel en Egipto, y cuarenta en el desierto, pudo su simiente adquirir aquellas disposiciones de habilidad, mejor se pudieron perder, y con mayor facilidad, en dos mil años que ha173 la salida del desierto; mayormente venidos a España, región tan contraria de Egipto y donde han comido manjares diferentes y bebido aguas de no tan buen temperamento y substancia como allí. Esto tiene la naturaleza del hombre y de cualquier animal y planta: que luego toma las costumbres de la tierra donde vive y pierde las que traía de otra; y en cualquiera cosa que la pongan, en pocos días la hace sin contradictión.
De un linaje de hombres cuenta Hipócrates que, para diferenciarse de la gente plebeya, escogieron por insignia de su nobleza tener la cabeza ahusada; y para hacer con arte esta figura, en naciendo el niño tenían las comadres cuidado de apretarle la cabeza con vendas y fajas hasta imprimirle tal señal. Y pudo tanto este artificio, que se convirtió en naturaleza, porque andando el tiempo todos los niños nobles que nacían sacaban ya la cabeza ahusada, por donde vino a cesar el arte y diligencia de las comadres. Pero, como dejaron a Naturaleza libre y suelta, sin oprimirla ya con arte, poco a poco se fue volviendo a la figura que ella solía hacer de antes.
Desta mesma manera pudo acontescer al pueblo de Israel: que, puesto caso que la región de Egipto, el manná, las aguas delicadas y la tristeza hicieron aquellas disposiciones de ingenio en su simiente, pero cesando estas razones y causas, y sobreviniendo otras contrarias, cierto es que se habían de ir perdiendo poco a poco las calidades del manná y adquiriendo otras diferentes, conforme a la región donde habitasen y los manjares que comiesen y las aguas que bebiesen y los aires que respirasen.
Esta dubda, en filosofía natural, tiene poca dificultad. Porque hay accidentes que se introducen en un momento y duran toda la vida en el subjeto sin poderse corromper. Otros hay que gastan tanto tiempo en defacerse cuanto fue menester para engendrarse; y algunas veces más y otras menos, conforme a la actividad del agente y la disposición del que padesce. Por ejemplo de lo primero, es de saber que de un grande espanto que hicieron a un hombre, quedó tan disfigurado y perdido el color, que parescía difunto; y no solamente le duró a él toda su vida, pero los hijos que engendraba sacaban el mesmo color, sin hallar remedio para quitarlo. Conforme a esta cuenta, bien pudo ser que en cuatrocientos y treinta años que estuvo el pueblo de Israel en Egipto, y cuarenta en el desierto y sesenta en el captiverio de Babilonia, que fuesen menester más de tres mil años para que la simiente de Abraham acabase de perder las disposiciones de ingenio que hizo el manná; pues para corromper el mal color que en un momento hizo el espanto fueron menester más de cien años.
Pero para que de raíz se entienda la verdad desta doctrina es menester responder a dos dubdas que hacen a este propósito y nunca se acaban de soltar. La primera es: ¿de dónde nasce que cuanto los manjares son más delicados y sabrosos (como son las gallinas y perdices), tanto más presto los viene el estómago aborrescer y tener hastío dellos, y, por lo contrario, vemos comer un hombre carne de vaca todo el año sin darle molestia ninguna; y comiendo tres o cuatro días arreo gallinas, al quinto no las puede oler sin revolvérsele el estómago? La segunda dubda es: ¿qué es la razón que siendo el pan de trigo, y la carne del carnero no de tan buena substancia ni sabrosa como la gallina o perdiz,174 jamás el estómago los viene a aborrescer aunque usamos dellos toda la vida? Antes faltando el pan, no podemos comer los demás alimentos ni nos saben bien. El que supiere responder a estas dos dubdas entenderá fácilmente la causa por donde los decendientes del pueblo de Israel aún no han perdido las disposiciones y accidentes que el manná introdujo en la simiente, ni se les acabará tan presto el agudeza de ingenio y solercia que les vino por esta razón.
Dos principios hay en filosofía natural ciertos y muy verdaderos, de los cuales depende la respuesta y solución destas dubdas. El primero es que todas cuantas potencias gobiernan al hombre están desnudas y privadas de las condiciones y calidades que tiene su objecto para que puedan conoscer y juzgar de todas sus diferencias. Esto tienen los ojos, que, habiendo de rescebir en sí todas las figuras y colores, fue menester privarlos totalmente dellas; porque si fueran amarillos (como en los que padescen itericia) todas las cosas que miraran les parescieran tener el mesmo color. También la lengua, que es el instrumento del gusto, ha de estar privada de todos los sabores; y si está dulce o amarga, ya sabemos por experiencia que todo cuanto comemos y bebemos tiene el mesmo sabor. Lo mesmo pasa en el oído, olfacto y tacto. El segundo principio es que todas cuantas cosas están criadas apetescen naturalmente su conservación y procuran durar para siempre jamás y que no se acabe el ser que Dios y Naturaleza les dio, aunque después hayan de tener otra mejor naturaleza. Por este principio, todas las cosas naturales que tienen conoscimiento y sentido aborrescen aquello que altera y corrompe su composición natural, y huyen dello.
El estómago está desnudo y privado de la substancia y calidades de todos los manjares del mundo, como lo está el ojo de los colores y figuras; y cuando alguno dellos comemos, puesto caso que el estómago lo vence, pero el mesmo alimento rehace contra el estómago (por ser al principio contrario) y le altera y corrompe su temperamento y substancia; porque ningún agente hay tan fuerte que, haciendo, no repadezca. Los alimentos muy delicados y sabrosos alteran grandemente al estómago; lo uno, porque los cuece y abraza con mucho apetito y sabor; lo otro, por ser tan subtiles y sin excrementos embébense en la substancia del estómago, de donde no pueden salir. Sintiendo, pues, el estómago que este175 alimento le altera su naturaleza y le quita la proporción que tiene con los demás alimentos, lo viene aborrescer, y si lo ha de venir a comer, es menester hacerle muchas salsas y apetitos para engañarlo.
Todo esto tuvo el manná desde el principio: que, aunque era manjar tan delicado y sabroso, al final fastidió al pueblo de Israel; y así, dijeron: Anima nostra iam nauseat super cibo isto levissimo: queja indigna de pueblo tan favorescido de Dios, que les había proveído del remedio, que fue hacer que el manná tuviese los sabores y apetitos que a ellos se les antojase, para que lo pudiesen pasar: Panem de caelo prestitisti eis, omne delectamentum in se habentem.176 Por donde lo vinieron a comer muchos dellos con muy buen gusto, porque tenían los huesos, nervios y carne tan empapados en manná y de sus calidades, que por la semejanza no apetescían ya otra cosa. Lo mesmo acontesce en el pan de trigo que ahora comemos y en la carne del carnero. Los manjares gruesos y no de buena substancia (como es la vaca) son muy excrementosos, y no los rescibe el estómago con tanta cobdicia como los delicados y sabrosos, y así, tarda más en alterarse dellos.
De donde se sigue que para corromper el alteración que el manná hacía en un día era menester comer un mes entero otros manjares contrarios; y según esta cuenta, para defacer las calidades que el manná introdujo en la simiente en cuarenta años son menester cuatro mil y más. Y si no, finjamos que como Dios sacó de Egipto los doce tribus de Israel, sacara doce negros y doce negras de Etiopía y los trujera a nuestra región. ¿En cuántos años fuera bueno que estos negros y sus decendientes vinieran a perder el color, no mezclándose con los blancos? A mí me paresce que eran menester muchos años, porque con haber más de docientos que vinieron de Egipto a España los primeros gitanos, no han podido perder sus decendientes la delicadeza de ingenio y solercia que sacaron sus padres de Egipto, ni el color tostado: tanta es la fuerza de la simiente humana cuando rescibe en sí alguna calidad bien arraigada. Y de la manera177 que los negros comunican en España el color a sus decendientes por la simiente, sin estar en Etiopía, así el pueblo de Israel, viniendo también a ella, puede comunicar a sus decendientes el agudeza de ingenio sin estar en Egipto ni comer del manná; porque ser necio o sabio también es accidente del hombre como ser blanco o negro.
Ello verdad es que no son ahora tan agudos y solertes como mil años atrás, porque dende que dejaron de comer del manná lo han venido perdiendo sus decendientes poco a poco hasta ahora, por usar de contrarios manjares y estar en región diferente de Egipto y no beber aguas tan delicadas como en el desierto, y por haberse mezclado con los que descienden de la gentilidad, los cuales carescen de esta diligencia de ingenio. Pero lo que no se les puede negar es que aún no lo han acabado de perder.
CAPÍTULO TRECE
Donde se declara a qué diferencia de habilidad pertenesce el arte militar y con qué señales se ha de conoscer el hombre que alcanzare esta manera de ingenio
¿Qué es la causa (pregunta Aristóteles) que, no siendo la valentía la mayor virtud de todas178 (antes la justicia y prudencia son las179 mayores), con todo eso, la república y casi todos los hombres, de común consentimiento, estiman en más a un valiente y le hacen más honra, dentro en su pecho, que a los justos y prudentes, aunque estén constituidos en grandes dignidades y oficios? A este problema responde Aristóteles diciendo que no hay rey en el mundo que no haga guerra a otro o la resciba; y como los valientes le dan gloria, imperio, lo vengan de sus enemigos y le conservan su estado, hacen más honra, no a la virtud suprema,180 que es la justicia, sino aquella de quien reciben más provecho y utilidad. Porque, si no tratasen así los valientes ¿cómo era posible hallar los reyes capitanes y soldados que de buena gana arriscasen su vida por defenderles su hacienda y estado?
De los asianos se cuenta que era una gente que se preciaba de muy animosa; y preguntándoles la causa por que no querían tener rey ni leyes, respondieron que las leyes los hacían cobardes, y que también les parescía necedad ponerse en los peligros de la guerra por ensanchar a otro su estado; que más querían pelear por sí y llevarse ellos el provecho de la victoria. Pero ésta es respuesta de hombres bárbaros y no de gente racional, la cual tiene entendido que sin rey ni república ni leyes es imposible conservarse los hombres en paz. Lo que dijo Aristóteles está muy bien apuntado, aunque hay otra respuesta mejor; y es que cuando Roma honraba sus capitanes con aquellos triunfos y pasatiempos, no premiaba solamente la valentía del que triunfaba, sino también la justicia con que sustentó el ejército en paz y concordia, y la prudencia con que hizo los hechos, y la temperancia de que usó quitándose el vino, las mujeres y el mucho comer, lo cual hace perturbar el juicio y errar los consejos. Antes la prudencia se ha de buscar más en el capitán general, y premiarla, que el ánimo y valentía; porque, como dijo Vegecio, pocos capitanes muy valientes aciertan a hacer buenos hechos; y es la causa que la prudencia es más necesaria en la guerra, que la osadía en acometer. Pero qué prudencia sea ésta nunca Vegecio la pudo atinar, ni supo señalar qué diferencia de ingenio había de tener el que ha de gobernar la milicia.
Y no me espanto por no haberse hallado esta manera de filosofar de la cual dependía. Verdad es que averiguar esto no responde al intento que llevamos, que es eligir los ingenios que piden las letras; pero es la guerra tan peligrosa y de tan alto consejo, y tan necesario al Rey saber a quién ha de confiar su potencia y estado, que no haremos menos servicio a la república en señalar esta diferencia de ingenio y sus señales, que en las demás que hemos pintado.
Y así, es de saber que la malicia y la milicia casi convienen en el mesmo nombre y tienen también la mesma difinición, porque trocando la a por i, de malicia se hace milicia, y de milicia malicia, con facilidad. Cuáles sean las propriedades y naturaleza de la malicia tráelas Cicerón diciendo: Malitia est versutia181 et fallax nocendi ratio; como si dijera: «La malicia no es otra cosa más que una razón doblada, astuta y mañosa de hacer mal». Y así, en la guerra no se tracta de otra cosa más de cómo ofenderán al enemigo y se ampararán de sus asechanzas. Por donde la mejor propriedad que puede tener un capitán general es ser malicioso con el enemigo y no echar ningún movimiento suyo a buen fin, sino al peor que pudiere, y proveerse para ello. Non credas inimico tuo in aeternum. In labis suis indulcat, et in corde suo insidiatur ut subvertat te in foveam; in oculis suis lacrimatur, et si invenerit tempus non saciabitur sanguine; como si dijera: «Jamás creas a tu enemigo, porque te dirá palabras dulces y sabrosas, y en su corazón está puniendo asechanzas para matarte; llora con los ojos, y si halla ocasión conveniente para aprovecharse de ti, no se hartará de tu sangre».
Desto tenemos manifiesto ejemplo en la divina Escriptura; porque, estando el pueblo de Israel cercado en Betulia y fatigado de sed y de hambre, salió aquella famosa mujer Judit con ánimo de matar a Holofernes; y caminando para el ejército de los asirios, fue presa de las centinelas y guardas, y preguntándole dónde iba, respondió con ánimo doblado: «Yo soy hija de los hebreos que vosotros tenéis cercados, y vengo huyendo por tener entendido que han de venir a vuestras manos y que los habéis de maltractar por no se haber querido dar a vuestra misericordia; por tanto, determiné de irme a Holofernes y descubrirle los secretos desta gente obstinada y mostrarle por dónde les pueda entrar sin que le cueste un soldado».182 Puesta ya Judit delante de Holofernes, se prostró por el suelo y, juntas las manos, le comenzó a adorar y decir las palabras más engañosas que a hombre se han dicho en el mundo, en tanto, que creyó Holofernes y todos los de su Consejo que les decía la verdad. Y no olvidada ella de lo que traía en el corazón, buscó una conveniente ocasión y cortole la cabeza.
La contraria condición tiene el amigo, y, por tanto, ha de ser siempre creído. Y así, le estuviera mejor a Holofernes dar crédito a Achior, pues era su amigo, y con celo de que no saliera deshonrado de aquel cerco le dijo: «Señor, sabé primero si este pueblo ha pecado contra su Dios, porque si es así, él mesmo os lo entregará sin que lo conquistéis; pero si está en su gracia, tené entendido que él los defenderá y no podremos vencerlos».
Del cual aviso se enojó Holofernes, como hombre confiado, dado a mujeres y que bebía vino, las cuales tres cosas desbaratan el consejo que es necesario en el arte militar. Y así, dijo Platón que le había contentado aquella ley que tenían los cartaginenses, por la cual mandaban que el capitán general, estando en el ejército, no bebiese vino; porque este licor, como dice Aristóteles, hace a los hombres de ingenio turbulento y les da ánimo demasiado, como se mostró Holofernes en aquellas palabras tan furiosas que dijo a Achior.
El ingenio, pues, que es menester para los embustes y engaños, así para hacerlos como para entenderlos y hallar el remedio que tienen, apuntolo Cicerón trayendo la decendencia deste nombre versutia, el cual dice que viene deste verbo, versor-ris; porque los que son mañosos, astutos, doblados y cavilosos, en un momento atinan al engaño, y menean la mente con facilidad. Y así lo ejemplificó el mesmo Cicerón diciendo: Chrisippus, homo sine dubio versutus et callidus: versutos appello quorum celeriter mens versatur.183 Esta propriedad de atinar presto al medio es solercia y pertenesce a la imaginativa, porque las potencias que consisten en calor hacen de presto la obra; y por eso los hombres de grande entendimiento no valen nada para la guerra, porque esta potencia es muy tarda en su obra, y amiga de rectitud, de llaneza, de simplicidad y misericordia, todo lo cual suele hacer mucho daño en la guerra. Y fuera desto, no saben astucias ni ardides, ni entienden cómo se pueden hacer, y así, les hacen muchos engaños porque de todos se fían. Éstos son buenos para tractar con amigos, entre los cuales no es menester la prudencia de la imaginativa, sino la rectitud y simplicidad del entendimiento, el cual no admite dobleces ni hacer mal a nadie; pero para con el enemigo no valen nada, porque éste tracta siempre de ofender con engaños y es menester tener el mesmo ingenio para poderse amparar. Y así, avisó Cristo Nuestro Redemptor a sus discípulos diciendo: Ecce mitto vos sicut oves in medio lu- porum: estote ergo prudentes sicut serpentes, et simplices sicut columbae;184 como si les dijera: «Mirá que os envío como ovejas en medio de los lobos: sed prudentes como las serpientes y simples como palomas». De la prudencia se ha de usar con el enemigo, y de la llaneza y simplicidad con el amigo.
Luego si el capitán no ha de creer a su enemigo y ha de pensar siempre que le quiere engañar, es necesario que tenga una diferencia de imaginativa adivinadora, solerte y que sepa conoscer los engaños que vienen debajo de alguna cubierta; porque la mesma potencia que los halla, ésa sola puede inventar los remedios que tienen.
Otra diferencia de imaginativa parsece que es la que finge los ingenios y maquinamentos con que se ganan las fuerzas inexpugnables, la que ordena el campo y pone cada escuadrón en su lugar, y la que conosce la ocasión de acometer y retirarse, la que hace los tractos, conciertos y capitulaciones con el enemigo. Para todo lo cual es tan impertinente el entendimiento como los oídos para ver. Y así, yo no dubdo sino que el arte militar pertenesce a la imaginativa, porque todo lo que el buen capitán ha de hacer dice consonancia, figura y correspondencia.
La dificultad está ahora en señalar con qué diferencia de imaginativa en particular se ha de ejercitar la guerra. Y en esto no me sabría determinar con certidumbre, por ser conoscimiento tan delicado; pero yo sospecho que pide un grado más de calor que la práctica de la medicina, y que allega la cólera a quemarse del todo. Véese esto claramente porque los capitanes muy mañosos y astutos no son muy animosos ni amigos de romper ni dar la batalla, antes con embustes y engaños hacen a su salvo los hechos. La cual propriedad contentó más a Vegecio que otra ninguna: Boni enim duces, non aperto prelio in quo est comune periculum, sed ex oculto semper atentant ut, integris suis, quantum possunt hostes interimant, certe aut terreant; como si dijera: «Los buenos capitanes no son aquellos que pelean a cureña rasa y ordenan una batalla campal y rompen a su enemigo, sino los que con ardides y mañas le destruyen sin que les cueste un soldado».
El provecho desta manera de ingenio tenía bien entendido el Senado romano; porque, puesto caso que algunos famosos capitanes que tuvo vencían muchas batallas, pero, venidos a Roma a rescebir el triunfo y gloria de sus hazañas, eran tantos los llantos que hacían los padres por sus hijos, y los hijos por los padres, y las mujeres por los maridos, y los hermanos por sus hermanos, que no se gozaba de los juegos y pasatiempos con la lástima de los que en la batalla quedaban muertos. Por donde determinó el Senado de no buscar capitanes tan valientes ni que fuesen amigos de romper, sino hombres algo temerosos y muy mañosos, como Quinto Fabio, del cual, se escribe que por maravilla arriscaba el ejército romano en ninguna batalla campal, mayormente estando desviado de Roma, donde en el mal subceso no podía ser de presto socorrido: todo era dar largas al enemigo y buscar ardides y mañas con los cuales hacía grandes hechos y conseguía muchas victorias sin pérdida de un soldado. Éste era rescebido en Roma con grande alegría de todos, porque si cien mil soldados sacaba, esos mesmos volvía, salvo aquellos que de enfermedad se morían. La grita que las gentes le daban era lo que dijo Ennio:185 Unus homo nobis cunctando restituit rem; como si dijeran: «Uno, dando largas al enemigo, nos hace señores del mundo y nos vuelve nuestros soldados». Al cual después han procurado imitar algunos capitanes, y por no tener su ingenio y maña dejaron muchas veces pasar la ocasión del pelear, de donde nacieron mayores daños e inconvenientes que si de presto rompieran.
También podremos traer por ejemplo aquel famoso capitán de los cartaginenses, de quien escribe Plutarco estas palabras: «Aníbal, cuando hubo conseguido aquesta tan grande victoria, mandó que liberalmente, sin rescate, se dejasen muchos presos del nombre itálico por que la fama de su humanidad y perdón se divulgase por los pueblos, aunque su ingenio era muy ajeno destas virtudes. La de su natural fue fiero e inhumano; e de tal manera fue disciplinado desde su primera puericia, que él no había aprendido leyes ni ceviles costumbres, mas guerras, muertes y enemigables traiciones. Así que vino a ser muy cruel capitán, e muy malicioso en engañar a los hombres y siempre puesto en cuidado de cómo podría engañar a su enemigo. E cuando ya no pudiese por manifiesta pelea vencer, buscaba engaños, según de ligero paresció en la presente batalla y de lo que antes acometió contra Sempronio cerca del río Trebia».
Las señales con que se ha de conoscer el hombre que tuviere esta diferencia de ingenio son muy estrañas y dignas de contemplar; y así, dice Platón que el hombre que fuere muy sabio, en este género de habilidad que vamos tractando no puede ser valiente ni bien acondicionado; porque la prudencia dice Aristóteles que consiste en frialdad, y el ánimo y valentía en calor; y así como estas dos calidades son repugnantes y contrarias, de la mesma manera es imposible ser un hombre muy animoso y prudente, por donde es necesario que se queme la cólera y se haga atrabilis para ser el hombre prudente. Pero donde hay este género de melancolía (por ser fría) luego nasce temor y cobardía. De manera que la astucia y maña pide calor, por ser obra de la imaginativa; pero no en tanto grado como la valentía, y así, se contradicen en la intensión.
Pero en esto hay una cosa digna de notar: que de las cuatro virtudes morales (justicia, prudencia, fortaleza y temperancia), las dos primeras han menester ingenio y buen temperamento para poderlas ejercitar; porque si un juez no tiene entendimiento para alcanzar el punto de la justicia, poco aprovecha la voluntad de dar la hacienda a cuya es: con buena intención puede errar y quitarla a su dueño.
Lo mesmo se entiende de la prudencia; porque si la voluntad bastase para hacer las cosas bien ordenadas, ninguna obra buena ni mala errarían los hombres. Ningún ladrón hay que no tracte de hurtar de manera que no sea visto, ni hay capitán que no desea tener prudencia para vencer a su enemigo; pero el ladrón que no tiene ingenio para hurtar con maña, luego es descubierto, y el capitán que caresce de imaginativa presto es vencido.
La fortaleza y temperancia son dos virtudes que el hombre tiene en la mano aunque le falte la disposición natural; porque si quiere estimar en poco su vida y ser valiente, bien lo puede hacer; pero si es valiente por disposición natural, muy bien dicen Aristóteles y Platón que es imposible ser prudente aunque quiera. De manera que, según esto, no es repugnancia juntarse la prudencia con el ánimo y valentía; porque el prudente y sabio tiene entendido que por el ánima ha de poner la honra, y por la honra la vida, y por la vida la hacienda; y así lo secuta. De aquí nasce que los nobles, por ser tan honrados, son tan valientes, y no hay quien más trabajos padezca en la guerra (con estar criados en muchos regalos) a trueque que no les digan cobardes. Por esto se dijo: «Dios os libre de hidalgo de día y fraile de noche»; que el uno por ser visto y el otro por que no le conozcan, pelean con ánimo doblado.
En esta mesma razón está fundada la religión de Malta: que sabiendo cuánto importa la nobleza para ser un hombre valiente, manda por constitución que los de su hábito todos sean hijosdalgos de padre y de madre, pareciéndole que por esta causa pelearía cada uno por dos abolorios. Pero si a un hidalgo le dijesen que asentase un campo y que le diese el orden con que se había de romper al enemigo, si no tenía ingenio para ello, haría y diría mil disparates, porque la prudencia no está en mano de los hombres; pero si le mandasen que guardase un portillo, bien se podían descuidar con él aunque naturalmente fuese cobarde. La sentencia de Platón se ha de entender cuando el hombre prudente sigue su inclinación natural y no la rige con la razón. Y así es verdad: que el hombre muy sabio no puede ser valiente por disposición natural, porque la cólera adusta que le hace prudente, ésa dice Hipócrates que le hace temeroso y cobarde.
La segunda propriedad que no puede tener el hombre que alcanzare esta diferencia de ingenio es ser blando y de buena condición, Porque alcanza muchas tretas con la imaginativa, y sabe que por cualquier error y descuido se viene a perder un ejército, hace el caso dello que es menester. Pero la gente de poco saber llama desasosiego al cuidado; al castigo, crueldad; a la remisión, misericordia, y al sufrir y disimular las cosas mal hechas, buena condición. Y esto realmente nasce de ser los hombres necios, que no alcanzan el valor de las cosas ni por dónde se han de guiar; pero los prudentes y sabios no tienen paciencia ni pueden sufrir las cosas que van mal guiadas, aunque no sean suyas, por donde viven muy poco y con muchos dolores de sspíritu. Y así, decía Salomón: Dedi quoque cor meum ut scirem prudentiam atque doctrinam, erroresque et stultitiam, et agnovi quod in his quoque esset labor et aflictio spiritus, eo quod tu multa sapientia multa sit indignatio, et qui addit ad scientiam addit et dolorem;186 como si dijera: «Yo fui nescio y sabio, y hallé que en todo hay trabajo; pero el que a su entendimiento le da mucha sabiduría luego adquiere mala condición y dolores». En las cuales palabras paresce dar a entender Salomón que vivía más a su contento siendo necio que cuando le dieron sabiduría.
Y así es ello realmente: que los necios viven más descansados porque ninguna cosa les da pena ni enojo, ni piensan que en saber nadie les hace ventaja; a los cuales llama el vulgo ángeles del cielo viendo que ninguna cosa les ofende, ni se enojan ni riñen las cosas mal hechas y pasan por todo. Y si considerasen la sabiduría y condición de los ángeles, verían que es palabra malsonante y aun caso de Inquisición; porque dende que tenemos uso de razón hasta que morimos no hacen otra cosa sino reñirnos las cosas mal hechas y avisarnos de lo que nos conviene hacer. Y si como nos hablan en su lenguaje espiritual (moviendo la imaginativa) nos dijesen con palabras materiales su parescer, los terníamos por importunos y mal acondicionados; y si no, miremos qué tal paresció aquel ángel,187 que refiere Sant Mateo, a Herodes y a la mujer de su hermano Filipo,188 pues por no oírle su reprehensión le cortaron la cabeza.189
Más acertado sería a estos hombres que el vulgo neciamente llama ángeles del cielo, decir que son asnos de la tierra, porque, entre los brutos animales, dice Galeno que no hay otro más tonto ni de menos ingenio que el asno, aunque en memoria los vence a todos: ninguna carga rehúye, por donde lo llevan va sin ninguna contradictión, no tira coces ni muerde, no es fugitivo ni malicioso, si le dan de palos no se enoja: todo es hecho al contento y gusto del que lo ha menester. Estas mesmas propriedades tienen los hombres a quien el vulgo llama ángeles del cielo; la cual blandura les nasce de ser necios y faltos de imaginativa y tener remisa la facultad irascible, y esta es muy gran falta en el hombre y arguye estar mal compuesto.
Ningún ángel ni hombre ha habido en el mundo de mejor condición que Cristo Nuestro Redemptor; y entrando un día en el templo dio muy buenos azotes a los que halló vendiendo mercadurías. Y es la causa que la irascible es el verdugo y espada de la razón, y el hombre que no riñe las cosas mal hechas, o lo hace de necio o por ser falto de irascible. De manera que el hombre sabio por maravilla es blando ni de la condición que querrían los malos. Y así, los que escriben la historia de Julio César están espantados de ver cómo los soldados podían sufrir un hombre tan áspero y desabrido; y nacíale de tener el ingenio que pide la guerra.
La tercera propriedad que tienen los que alcanzan esta diferencia de ingenio es ser descuidados del ornamento de su persona. Son casi todos desaliñados, sucios, las calzas caídas, llenas de rugas, la capa mal puesta, amigos del sayo viejo y de nunca mudar el vestido.
Esta propriedad cuenta Lucio Floro que tenía aquel famoso capitán Viriato, de nación portugués, del cual dice y afirma (encaresciendo su grande humildad) que menospreciaba tanto los aderezos de su persona, que no había soldado particular en todo su ejército que anduviese peor vestido. Y realmente no era virtud ni lo hacía con arte, sino que es efecto natural de los que tienen esta diferencia de imaginativa que vamos buscando.
El desaliño de Julio César engañó grandemente a Cicerón; porque preguntándole, después de la batalla, la razón que le había movido a seguir las partes de Pompeyo, cuenta Macrobio que respondió: Praecinctura me fefelit; como si dijera: «Engañome ver que Julio César era un hombre desaliñado y que nunca traía pretina», a quien los soldados, por baldón, le llamaban Ropa suelta. Y esto le había de mover para entender que tenía el ingenio que pedía el consejo de la guerra; como lo atinó Sila (cuenta Tranquilo), que viendo el desaliño que tenía Julio César siendo niño, avisó a los romanos diciendo: Cavete puerum male praecinctum; como si les dijera: «Guardaos, romanos, de aquel muchacho mal ceñido».
De Aníbal nunca acaban de contar los historiadores el discuido que tenía en el vestir y calzar y cuán poco se daba por andar pulido y aseado. El ofenderse notablemente con los pelillos de la capa, y tener mucho cuidado de que anden tiradas las calzas y que el sayo asiente bien sin que haga rugas, pertenesce a una diferencia de imaginativa de muy bajos quilates, y que contradice al entendimiento y a esta diferencia de imaginativa que pide la guerra.
La cuarta señal es tener la cabeza calva. Y está la razón muy clara; porque esta diferencia de imaginativa reside en la parte delantera de la cabeza, como todas las demás, y el demasiado calor quema el cuero de la cabeza y cierra los caminos por donde han de pasar los cabellos; aliende que la materia de que se engendraron, dicen los médicos que son los excrementos que hace el celebro al tiempo de su nutrición, y con el gran fuego que allí hay todos se gastan y consumen, y así, falta materia de que poderse engendrar. La cual filosofía si alcanzara Julio César, no se corriera tanto de tener la cabeza calva; el cual, por cubrirla, hacía volver con maña a la frente parte de los cabellos que habían de caer al colodrillo. Y de ninguna cosa dice Tranquilo que gustara tanto como si el Senado mandara que trujera siempre la corona de laurel en la cabeza, no más de por cubrir la calva. Otro género de calva nasce de ser el celebro duro y terrestre y de gruesa composición, pero es señal de ser el hombre falto de entendimiento, de imaginativa y memoria.
La quinta señal en que se conoscen los que alcanzan esta diferencia de imaginativa es que los tales tienen pocas palabras y muchas sentencias. Y es la razón que, siendo el celebro duro y seco, por fuerza han de ser faltos de memoria, a quien pertenesce la copia de los vocablos. El hallar mucho que decir nasce de una junta que hace la memoria con la imaginativa en el primer grado de calor. Los que alcanzan esta junta de ambas potencias son ordinariamente muy mentirosos, y jamás les falta qué decir y contar aunque los estén escuchando190 toda la vida.
La sexta propriedad que tienen los que alcanzan esta diferencia de imaginativa es ser honestos y ofenderse notablemente con las palabras sucias y torpes. Y así, dice Cicerón que los hombres muy racionales imitan la honestidad de Naturaleza, la cual puso en oculto las partes feas y vergonzosas que hizo para proveer las necesidades del hombre y no para hermosearle, y en éstas ni consiente poner los ojos ni que los oídos sufran sus nombres. Esto bien se puede atribuir a la imaginativa y decir que se ofende con la mala figura de aquellas partes; pero en el capítulo postrero damos razón de este efecto y lo reducimos al entendimiento y juzgamos por faltos de esta potencia a los que no les ofende la deshonestidad. Y porque con la diferencia de imaginativa que191 pide el arte militar casi se junta el entendimiento, por eso los buenos capitanes son honestísimos. Y así, en la historia de Julio César se hallará un acto de honestidad el mayor que ha hecho hombre en el mundo; y es que, estándole matando a puñaladas en el Senado, viendo que no podía huir la muerte, se dejó caer en el suelo y con la vestidura imperial se compuso de tal manera que después de muerto le hallaron tendido con grande honestidad, cubiertas las piernas y las demás partes que podían ofender la vista.
La séptima propriedad, y más importante192 de todas, es que el capitán general sea bien afortunado y dichoso; en la cual señal entenderemos claramente que tiene el ingenio y habilidad que el arte militar ha menester. Porque, en realidad de verdad, ninguna cosa hay que ordinariamente haga a los hombres desastrados y no subcederles193 siempre las cosas como desean, es ser faltos de prudencia y no poner los medios convenientes que los hechos requieren. Por tener Julio César tanta prudencia en lo que ordenaba era el más bien afortunado de cuantos capitanes ha habido en el mundo; en tanto, que en los grandes peligros animaba a sus soldados diciendo: «No temáis, que con vosotros va la buena fortuna de César».
Los filósofos estoicos tuvieron entendido que, así como había una causa primera eterna, omnipotente y de infinita sabiduría, conoscida por el orden y concierto de sus obras admirables, así hay otra imprudente y desatinada cuyas obras son sin orden ni razón y faltas de sabiduría, porque con una irracional afición da y quita a los hombres las riquezas, dignidades y honra. Llamáronla194 con este nombre: Fortuna, viendo que era amiga de los hombres que hacían sus cosas forte, que quiere decir acaso, sin pensar, sin prudencia ni guiarse por cuenta y razón. Pintábanla, para dar a entender sus costumbres y mañas, en forma de mujer, con un cetro real en la mano, vendados los ojos, puesta de pies sobre una bola redonda, acompañada de hombres necios, todos sin arte y manera de vivir. Por la forma de mujer notaban su gran liviandad y poco saber; por el cetro real la confesaban por señora de las riquezas y honra; el tener vendados los ojos daba a entender el mal tiento que tiene en repartir estos dones; estar de pies sobre la bola redonda significa la poca firmeza que tiene en los favores que hace: con la mesma facilidad que los da los torna a quitar, sin tener en nada estabilidad.
Pero lo peor que en ella hallaron es que favoresce a los malos y persigue a los buenos; ama a los necios y aborresce los sabios; los nobles abaja y a los viles ensalza, lo feo le agrada y lo hermoso le espanta. En la cual propriedad confiados muchos hombres que conoscen su buena fortuna, se atreven a hacer hechos locos y temerarios y les subceden muy bien, y otros hombres muy cuerdos y sabios, aun las cosas que van guiadas con mucha prudencia, no se atreven a ponerlas por obra, sabiendo ya por experiencia que estas tales tienen peores subcesos.
Cuán amiga sea la fortuna de gente ruin, pruébalo Aristóteles preguntando: Cur devitiae, magna ex parte, ab hominibus pravis potius quam bonis habeantur?; como si dijera: «Qué es la razón que, por la mayor parte, las riquezas están en poder de los malos y la pobreza en los buenos?». Al cual problema responde: an quia fortuna caeca est; discernere sibi atque seligere quod melius non potest; como si respondiera: «que la fortuna es ciega y no tiene discreción para eligir lo mejor». Pero ésta es respuesta indigna de tan gran filósofo; porque ni hay Fortuna que dé las riquezas a los hombres; y, puesto caso que la hubiera, no da la razón por que favoresce siempre a los malos y desecha los buenos. La verdadera solución desta pregunta es que los malos son muy ingeniosos y tienen fuerte imaginativa para engañar comprando y vendiendo, y saben granjear la hacienda y por dónde se ha de adquirir; y los buenos carescen de imaginativa, muchos de los cuales han querido imitar a los malos y, tractando con el dinero, en pocos días perdieron el caudal.
Esto notó Cristo Nuestro Redemptor viendo el habilidad de aquel mayordomo a quien su señor tomó cuenta, que, quedándose con buena parte de su hacienda, le dio finiquito de la administración.195 La cual prudencia (aunque fue para mal) alabó Dios y dijo: Quia filii huius seculi prudentiores filiis lucis in generatione sua sunt; como si dijera: «Más prudentes son los hijos de este siglo en sus invenciones y mañas, que los que son del bando de Dios». Porque éstos ordinariamente son de buen entendimiento, con la cual potencia se aficionan a su Ley, y carescen de imaginativa, a la cual potencia pertenesce el saber vivir en el mundo; y así, muchos son buenos moralmente porque no tienen habilidad para ser malos. Esta manera de responder es más llana y palpable. Por no atinar los filósofos naturales a ella, fingieron una causa tan estulta y desatinada como es la Fortuna, a quien atribuyesen los malos y buenos subcesos, y no a la imprudencia o mucho saber de los hombres.
Cuatro diferencias de gentes se hallan en cada república (si alguno las quisiere buscar): unos hombres hay que son sabios y no lo parescen; otros lo parescen y no lo son, otros ni lo son ni lo parescen. Hay unos hombres callados, tardos en hablar, pesados en responder, no polidos ni con ornamento de palabras, y dentro de sí tienen ocultada una potencia natural tocante a la imaginativa con la cual conoscen el tiempo, la ocasión de lo que han de hacer, el camino por donde lo han de guiar, sin comunicarlo con nadie ni darlo a entender. A éstos llama el vulgo dichosos y bien afortunados, paresciéndole que con poco saber y prudencia se les viene todo a la mano. En contrario, hay otros hombres de grande elocuencia en hablar y decir, grandes trazadores,196 hombres que tractan de gobernar todo el mundo y que fingen cómo con poco dinero se podría ganar de comer, que al parescer de la gente vulgar no hay más que saber, y, venidos a la obra, todo se les deshace en las manos. Éstos se quejan de la Fortuna y la llaman ciega, loca y bruta, porque las cosas que hacen y ordenan con mucha prudencia hace que no tengan buen fin. Y si hubiera Fortuna que pudiera responder por sí, les dijera: «Vosotros sois los necios, locos y desatinados; que, siendo imprudentes, os tenéis por sabios y, puniendo malos medios, queréis buenos subcesos ». Este linaje de hombres tiene una diferencia de imaginativa que pone ornamento y afeite en las palabras y razones, y les hace parescer lo que no son.
Por donde concluyo que el capitán general que tuviere el ingenio que pide el arte militar y mirare primero muy bien lo que quiere hacer, será bien afortunado y dichoso; y si no, por demás es pensar que saldrá con ninguna victoria si no es que Dios pelea por él, como lo hacía con los ejércitos de Israel; y, con todo eso, se eligían los más sabios y prudentes capitanes que había, porque ni conviene dejarlo todo a Dios ni fiarse el hombre de su ingenio y habilidad: mejor es juntarlo todo, porque no hay otra fortuna sino Dios y la buena diligencia de el hombre.
El que inventó el juego del ajedrez hizo un modelo del arte militar, representando en él todos los pasos y contemplaciones de la guerra, sin faltar ninguno. Y de la manera que en este juego no hay fortuna, ni se puede llamar dichoso el jugador que vence a su contrario, ni el vencido desdichado, así el capitán que venciere se ha de llamar sabio y el vencido ignorante, y no dichoso ni mal afortunado.
Lo primero que ordenó en este juego fue que, en dando mate al rey, quedase el contrario victorioso, para dar a entender que todas las fuerzas de un ejército están puestas en la buena cabeza del que lo rige y gobierna. Y para hacer dello demostración, dio tantas piezas a uno como a otro, por que cualquiera que perdiese tuviese entendido que le faltó el saber y no la fortuna. De lo cual se hace mayor evidencia considerando que un gran jugador a otro de menos cabeza le da la mitad de las piezas y con todo eso le gana el juego. Y así lo notó Vegecio diciendo: Pauciores numero et inferioribus viribus, superventus et insidias facientes sub bonis ducibus, reportarunt sepe victoriam; como si dijera: «Muchas veces acontesce que pocos soldados197 y flacos vencen a los muchos y fuertes, si son gobernados por un capitán que sabe hacer muchos embustes y engaños».
Puso también que los peones no pudiesen volver atrás para avisar al capitán general que cuente bien las tretas antes que envíe los soldados al hecho; porque, si salen erradas, antes conviene que mueran en el puesto que volver las espaldas. Porque no ha de saber el soldado que hay tiempo de huir ni acometer en la guerra si no es por orden del que los gobierna; y así, en tanto que le durare la vida ha de guardar su portillo so pena de infame. Junto con esto puso otra ley: que el peón que corriere siete casas sin que le prendan resciba nuevo ser de dama y pueda andar por donde quisiere y asentarse junto al rey, co- mo pieza libertada y noble. En lo cual se da a entender que importa mucho en la guerra, para hacer los soldados valientes, pregonar intereses, campos francos y honras a los que hicieren hechos señalados. Especialmente si la honra y provecho ha de pasar a sus descendientes, entonces lo hacen con mayor ánimo y valentía. Y así, dice Aristóteles que en más estima el hombre el ser universal de su linaje, que su vida en particular.
Esto entendió bien Saúl cuando echó un bando en su ejército que decía: Virum qui percuserit eum, ditabit rex divitiis magnis, et filiam suam dabit ei, et domum patris eius faciet absque tributo in Israel;198 como si dijera: «Cualquier soldado que matare a Golías le dará el Rey muchas riquezas y le casará con su hija, y la casa de su padre quedará libre de pechos y servicios». Conforme a este bando, había un fuero en España que disponía que cualquier soldado que por sus buenos hechos meresciese devengar quinientos sueldos de paga (que era la más subida ventaja que se daba en la guerra) quedase, él y todos sus descendientes, para siempre jamás, libres de pechos y servicios.
Los moros, como son grandes jugadores de ajedrez, tienen ordenados siete escalones en la paga, a imitación de las siete casas que ha de andar el peón para que sea dama; y así, los van subiendo de una paga a dos, y de dos a tres, hasta llegar a siete conforme a los hechos que hiciere el soldado; y si es tan valeroso que meresciere tirar tan subida ventaja como siete, se la dan, y por esta causa los llaman septenarios o matasiete, los cuales tienen grandes libertades y esenciones, como en España los hidalgos.
La razón desto es muy clara en filosofía natural; porque ninguna facultad hay, de cuantas gobiernan al hombre, que quiera obrar de buena gana si no hay interés delante que la mueva. Lo cual prueba Aristóteles de la potencia generativa, y en las demás corre la mesma razón. El objeto de la facultad irascible ya hemos dicho atrás que es la honra y provecho; y si esto falta, luego cesa el ánimo y valentía.
De todo esto se entenderá la gran significación que tiene el hacerse dama el peón que (sin prenderle) corre siete casas. Porque todas cuantas buenas noblezas habido en el mundo y habrá, han nascido y nascerán de peones y hombres particulares, los cuales con el valor de su persona hicieron tales hazañas que merescieron para sí y para sus decendientes título de hijosdalgo, caballeros, nobles, condes, marqueses, duques y reyes. Verdad es que hay algunos tan ignorantes y faltos de consideración, que no admiten que su nobleza tuvo principio, sino que es eterna y convertida en sangre, no por merced del rey particular, sino por creación sobrenatural y divina.
A propósito deste punto (aunque se va algo apartando199 de la materia) no puedo dejar de referir aquí un coloquio muy avisado que pasó entre el Príncipe don Carlos, nuestro señor, y el doctor Suárez de Toledo, siendo su Alcalde de Corte en Alcalá de Henares:
PRÍNCIPE: Doctor, ¿qué os paresce deste pueblo? DOCTOR: Señor, muy bien, porque tiene el mejor cielo y suelo que lugar tiene en España.
PRÍN.: Por tal lo han escogido los médicos para mi salud.200 ¿Habéis visto la universidad?
DOCT.: No, señor.
PRÍN.: Velda, que es cosa muy principal y donde me dicen se leen muy bien las sciencias.
DOCTOR: Por cierto que para ser un Colesio y Estudio particular, que tiene mucha fama, y así debe ser en la obra, como Vuestra Alteza dice.
PRÍNCI.: ¿Dónde estudiastes vós?
D.: Señor, en Salamanca.
PRÍN.: Y ¿sois doctor por Salamanca?
DOC.: No, señor.
PRÍN.: Eso me paresce muy mal, estudiar en una universidad y graduarse en otra.
DOC.: Sepa Vuestra Alteza que el gasto de Salamanca en los grados es excesivo, y por eso los pobres huimos dél y nos vamos a lo barato, entendiendo que el habilidad y las letras no las rescibimos del grado, sino del estudio y trabajo. Aunque no eran mis padres tan pobres que, si quisieran, no me graduaran por Salamanca; pero ya sabe Vuestra Alteza que los doctores desta Universidad tienen las mesmas franquezas que los hijosdalgo de España, y a los que lo somos por naturaleza nos hace daño esta esención, a lo menos a nuestros decendientes.
PRÍN.: ¿Qué rey de mis antepasados hizo a vuestro linaje hidalgo?
DOC.: Ninguno. Porque sepa Vuestra Alteza que hay dos géneros de hijosdalgo en España: unos son de sangre y otros de previlegio. Los que son de sangre, como yo, no recibieron su nobleza de mano del rey, y los de previlegio, sí.
PRÍN.: Eso es para mí muy dificultoso de entender, y holgaría que me lo pusiésedes en términos claros; porque si mi sangre real (contando dende mí, y luego a mi padre y tras él a mi abuelo, y así los demás por su orden) se viene a acabar en Pelayo, a quien por muerte del rey don Rodrigo lo eligieron por rey no lo siendo, si así contásemos vuestro linaje, ¿no verníamos a parar en uno que no fuese hidalgo?
DOC.: Ese discurso no se puede negar, porque todas las cosas tuvieron principio.
PRÍNCIPE: Pues pregunto yo ahora: ¿de dónde hubo la hidalguía aquel primero que dio principio a vuestra nobleza? Él no pudo libertarse a sí ni eximirse de los pechos y servicios que hasta allí habían pagado al rey sus antepasados, porque esto era hurto y alzarse por fuerza con el patrimonio real, y no es razón que los hidalgos de sangre tengan tan ruin principio como éste. Luego claro está que el rey le libertó y le hizo merced de aquella hidalguía. O dadme vós de dónde la hubo.
DOCTOR: Muy bien concluye Vuestra Alteza; y así es verdad: que no hay hidalguía verdadera que no sea hechura del rey. Pero llamamos hidalgos de sangre aquellos que no hay memoria de su principio ni se sabe por escriptura en qué tiempo comenzó ni qué rey hizo la merced; la cual obscuridad tiene la república rescebida por más honrosa que saber distinctamente lo contrario. (Etc.).
La república hace también hidalgos; porque, en saliendo un hombre valeroso, de grande virtud y rico, no le osa empadronar, paresciéndole que es desacato y que meresce por su persona vivir en libertad y no igualarle con la gente plebeya. Esta estimación pasando a los hijos y nietos, se va haciendo nobleza y van adquiriendo derecho contra el rey. Éstos no son hidalgos de devengar quinientos sueldos; pero como no se puede probar, pasan por tales.
El español que inventó este nombre, hijodalgo, dio bien a entender la doctrina que hemos traído; porque, según su opinión, tienen los hombres dos géneros de nascimiento: el uno es natural, en el cual todos son iguales, y el otro, spiritual. Cuando el hombre hace algún hecho heroico o alguna estraña virtud y hazaña, entonces nace de nuevo, y cobra otros mejores padres y pierde el ser que antes tenía: ayer se llamaba hijo de Pedro y nieto de Sancho; ahora se llama hijo de sus obras (de donde tuvo origen el refrán castellano que dice «Cada uno es hijo de sus obras». Y porque las buenas y virtuosas llama la divina Escriptura algo, y a los vicios y pecados nada, compuso este nombre, hijodalgo; que querrá decir ahora: «Decendiente del que hizo alguna estraña virtud por donde meresció ser premiado del rey o de la república él y todos sus descendientes para siempre jamás».
La ley de la Partida dice que hijodalgo quiere decir hijo de bienes; y si entiende de bienes temporales no tiene razón, porque hay infinitos hijosdalgo pobres, e infinitos ricos que no son hidalgos; pero si quiere decir hijo de bienes que llamamos virtudes, tiene la mesma significación que dijimos. Del segundo nascimiento que han de tener los hombres fuera del natural201 hay manifiesto ejemplo en la divina Escriptura, donde Cristo Nuestro Redemptor reprehende a Nicodemus porque, siendo doctor de la Ley, no sabía que era necesario tornar el hombre a nascer de nuevo para tener otro mejor ser y otros padres más honrados que los naturales.202 Y así, todo el tiempo que el hombre no hace algún hecho heroico se llama, en esta significación, hijo de nada, aunque por sus antepasados tenga nombre de hijodalgo.
A propósito desta doctrina quiero contar aquí un coloquio que pasó entre un capitán muy honrado y un caballero que se preciaba mucho de su linaje; en el cual se verá en qué consiste la honra y cómo ya todos saben deste nascimiento segundo. Estando, pues, este capitán en un corrillo de caballeros tractando de la anchura y libertad que tienen los soldados en Italia, en cierta pregunta que uno dellos le hizo le llamó vós, atento que era natural de aquella tierra y hijo de unos padres de baja fortuna y nascido en una aldea de pocos vecinos. El capitán, sentido de la palabra, respondió diciendo: «Señor, sepa vuestra señoría que los soldados que han gozado de la libertad de Italia no se pueden hallar bien en España por las muchas leyes que hay contra los que echan mano a la espada». Los otros caballeros, viendo que le llamaba señoría, no pudieron sufrir la risa; de lo cual corrido el caballero, les dijo desta manera: «Sepan vuestras mercedes que la señoría de Italia es en España merced, y como el señor capitán viene hecho al uso y costumbre de aquella tierra, llama señoría a quien ha de decir merced». A esto respondió el capitán diciendo: «No me tenga vuestra señoría por hombre tan necio que no me sabré acomodar al lenguaje de Italia estando en Italia, y al de España estando en España; pero quien a mí me ha de llamar vós en España, por lo menos ha de ser señoría de España, y se me hará muy de mal». El caballero, medio atajado, le replicó diciendo: «Pues ¿cómo, señor capitán? ¿No sois natural de tal parte y hijo de Fulano? Y con esto, ¿no sabéis quién soy yo e mis antepasados?». «Señor, (dijo el capitán), bien sé que vuestra señoría es muy buen caballero y que sus padres lo fueron también; pero yo y mi brazo derecho, a quien ahora reconozco por padre, somos mejores que vós y todo vuestro linaje». Este capitán aludió al segundo nacimiento que tienen los hombres, en cuanto dijo «yo y mi brazo derecho, a quien ahora reconozco por padre». Y tales obras podía haber hecho con su buena cabeza y espada, que igualase el valor de su persona con la nobleza del caballero.
Por la mayor parte (dice Platón) son contrarias la ley y Naturaleza; porque sale un hombre de sus manos con un ánimo prudentísimo, ilustre, generoso, libre y con ingenio para mandar a todo el mundo, y por nacer en casa de Amicla (que era un villano muy bajo) quedó por la ley privado del honor y libertad en que Naturaleza le puso; por lo contrario, vemos otros cuyo ingenio y costumbres fueron ordenadas para ser esclavos y siervos, y por nascer en casas ilustres quedan por ley hechos señores. Pero una cosa no se ha notado mil siglos atrás y es digna de considerar: que por maravilla salen hombres muy hazañosos, o de grande ingenio para las sciencias y armas, que no nazcan en aldeas o lugares pajizos, y no en ciudades muy grandes. Y es el vulgo tan ignorante, que toma por argumento en contrario nascer203 en lugares pequeños; de lo cual tenemos manifiesto ejemplo en la divina Escriptura: que espantado el pueblo de Israel de las grandezas de Cristo Nuestro Redemptor, dijo: A Nazareth potest quidquam boni exire? Como si dijera: ¿Es posible que de Nazaret pudo salir cosa buena?».
Pero, volviendo al ingenio deste capitán que hemos dicho, él debía de juntar mucho entendimiento con la diferencia de imaginativa que pide el arte militar; y así apuntó en este coloquio mucha doctrina, de la cual podremos coligir en qué consiste el valor de los hombres para ser estimados en la república.
Seis cosas me paresce que ha de tener el hombre para que enteramente se pueda llamar honrado; y cualquiera dellas que le falte, quedará su ser menoscabado. Pero no están todas constituidas en un mesmo grado ni tienen el mesmo valor ni quilates.
La primera y más principal es el valor de la propria persona, en prudencia, en justicia, en ánimo y valentía. Éste hace las riquezas y mayorazgos, déste nascen los apellidos ilustres; deste principio tienen origen todas las noblezas del mundo. Y si no, vamos a las casas grandes de España y hallaremos que casi todas tuvieron origen de hombres particulares, los cuales, con el valor de sus personas, ganaron lo que ahora tienen sus descendientes.
La segunda cosa que honra al hombre, después del valor de la persona, es la hacienda, sin la cual ninguno vemos ser estimado en la república.
La tercera es la nobleza y antigüedad de sus antepasados. Ser bien nascido y de claro linaje es una joya muy estimada, pero tiene una falta muy grande: que sola por sí es de muy poco provecho, así para el noble como para los demás que tienen necesidad. Porque ni es buena para comer ni beber, ni vestir ni calzar, ni para dar ni fiar; antes hace vivir al hombre muriendo, privándole de los remedios que hay para cumplir sus necesidades. Pero, junta con la riqueza, no hay punta de honra que se le iguale. Algunos suelen comparar204 la nobleza al cero de la cuenta guarisma, el cual solo por sí no vale nada; pero, junto con otro número, le hace subir.
Lo cuarto que hace al hombre ser estimado es tener alguna dignidad o oficio honroso; y, por lo contrario, ninguna cosa abaja tanto al hombre como ganar de comer en oficio mecánico.
La quinta cosa que honra al hombre es tener buen apellido y gracioso nombre que haga buena consonancia en los oídos de todos, y no llamarse Majagranzas o Majadero como yo los conozco. Léese en la General Historia de España que, viniendo dos embajadores de Francia a pedir al rey don Alonso el Nono una de sus hijas para casarla con el rey Filipo su señor, que la una dellas era muy hermosa y se llamaba Urraca, y la otra no era tan graciosa, pero tenía por nombre Blanca. Puestas ambas delante los embajadores, todos tuvieron entendido que echaran mano de la doña Urraca por ser la mayor y más hermosa y estar más bien aderezada; pero, preguntando los embajadores por el nombre de cada una, les ofendió el apellido de Urraca, y escogieron a la doña Blanca diciendo que este nombre sería mejor rescebido en Francia que el otro.
Lo sexto que honra al hombre es buen atavío de su persona, andar bien vestido y acompañado de muchos criados.
La buena descendencia de los hijosdalgo de España es de aquellos que, por el valor de su persona y las muchas hazañas que emprendieron, devengaban en la guerra quinientos sueldos de paga; el cual origen no han podido averiguar los escriptores modernos, porque si no son las cosas que hallan escriptas y dichas por otros, ninguno tiene propria invención. La diferencia que pone Aristóteles entre la memoria y reminiscencia es que, si la memoria ha perdido algo de lo que antes sabía, no tiene poder para tornarse acordar si no lo aprende de nuevo; pero la reminiscencia tiene una gracia particular: que si algo se le ha olvidado, con muy poco que le quede, discurriendo sobre ello, torna a hallar lo que tenía perdido. Cuál sea el fuero que habla en favor de los buenos soldados está ya perdido, así en los libros como en la memoria de los hombres; pero han quedado estas palabras: «Hijodalgo de devengar quinientos sueldos según fuero de España y de solar conoscido», sobre las cuales discurriendo y raciocinando, fácilmente se hallarán las compañeras.
Dando Antonio de Librija la significación deste verbo, vendico,as, dice que significa «devengar para sí»; como si dijera: «tirar para sí aquello que se le debe por paga o derecho»; como ahora decimos, en nueva manera de hablar, «tirar gajes del rey, o ventajas». Y es tan usado en Castilla la Vieja el decir «Fulano bien ha devengado su trabajo» cuando está bien pagado, que no hay entre la gente muy polida otra manera de hablar más a la mano. Desta significación tuvo origen el llamar «vengar» cuando alguno se paga de la injuria que otro le ha hecho; porque la injuria, metafóricamente, se llama deuda. Según esto, querrá decir ahora «Hulano es hijodalgo de devengar quinientos sueldos» que es decendiente de un soldado tan valeroso que, por sus hazañas, meresció tirar una paga tan subida como son quinientos sueldos; el cual por fuero de España era libertado él y todas sus descendientes de no pagar pechos ni servicios al rey. El solar conoscido no tiene más misterio de que cuando entraba un soldado en el número de los que devengaban quinientos sueldos asentaban en los libros del rey el nombre del soldado, el lugar de donde era vecino y natural, quién eran sus padres y parientes, para la certidumbre de aquel a quien se le hacía tanta merced; como paresce hoy día en el libro del Becerro que está en Simancas, donde se hallarán escriptos los principios de casi toda la nobleza de España. La mesma diligencia hizo Saúl cuando David mató a Golías: que luego mandó a su capitán Abner que supiese de qua stirpe descendit hic adolescens; como si le dijera: Sábeme, Abner, de qué padres y parientes desciende este mancebo, o de qué casa en Israel». Antiguamente llamaban solar a la casa, así del villano como del hidalgo.
Pero ya que hemos hecho esta digresión, es menester volver al intento que llevamos y saber de dónde proviene que en el juego del ajedrez (pues decimos que es el retracto de la milicia) se corre más el hombre de perder que a otro ninguno, sin que vaya interés ni se juegue de precio; y de dónde pueda nascer que los que están mirando veen más tretas que los que juegan, aunque sepan menos. Y lo que hace mayor dificultad es que hay jugadores que en ayunas alcanzan más tretas que habiendo comido, y otros después de comer juegan mejor.
La primera dubda tiene poca dificultad, porque ya hemos dicho que en la guerra ni en el juego del ajedrez no hay fortuna, ni se permite decir «¡Quién tal pensara!»: todo es ignorancia y descuido del que pierde y prudencia y cuidado del que gana. Y ser el hombre vencido en cosas de ingenio y habilidad, sin poder dar otra escusa ni achaque más que su ignorancia, no puede dejar de correrse, porque es racional y amigo de honra, y no puede sufrir que en las obras desta potencia otro le haga ventaja.
Y así, pregunta Aristóteles qué es la causa que los antiguos no consintieron que hubiese premios señalados para los que venciesen a otros en las sciencias, y los pusieron para el mayor saltador, corredor, tirador de barra y luchador. A esto responde que en las luchas y contiendas corporales súfrese poner jueces para juzgar el exceso que el uno hace al otro; porque podrán dar con justicia el premio al que venciere, porque es muy fácil conoscer por la vista cuál salta más tierra y corre con mayor velocidad. Pero en la sciencia es muy dificultoso el tantear con el entendimiento cuál excede a cuál, por ser cosa tan espiritual y delicada; y si el juez quiere dar el premio con malicia, no todos lo podrán entender, por ser un juicio tan oculto al sentido de los que lo miran.
Fuera desta respuesta, da Aristóteles otra mejor, diciendo que los hombres no se dan mucho que otros les hagan ventaja en tirar, luchar, correr y saltar, por ser gracias en que nos sobrepujan los brutos animales; pero lo que no pueden sufrir con pasciencia es que otro sea juzgado por más prudente y sabio;205 y así, toman odio con los jueces y se procuran dellos vengar, pensando que de malicia los quisieron afrentar. Y para evitar estos daños no consintieron que en las obras tocantes a la parte racional hubiese jueces ni premios. De donde se infiere que hacen mal las universidades que señalan jueces y premios de primero,206 segundo y tercero, en licencias, a los que mejor examen hicieren; porque, aliende que acontescen cada día los inconvenientes que ha dicho Aristóteles, es contra la doctrina evangélica poner a los hombres en competencia de quién ha de ser el primero. Y que esto sea verdad paresce claramente; porque, viniendo un día de camino los discípulos de Cristo Nuestro Redemptor, tractaron entre sí cuál dellos había de ser el mayor; y estando ya en la posada, les preguntó su Maestro sobre qué habían hablado en el camino; pero ellos, aunque rudos, bien entendieron que no era lícita la cuestión, y así, dice el Testo que no lo osaron decir. Pero como a Dios no se le esconde nada, les dijo desta manera: Si quis vult primus esse, erit omnium novissimus et omnium minister;207 como si les dijera: «El que quisiere ser el primero ha de ser el postrero y siervo de todos». Los fariseos eran aborrescidos de Cristo Nuestro Redemptor porque amant autem primos accubitus in scaenis et primas cathedras in sinagogis.208
La razón principal en que se fundan los que reparten los grados desta manera es que, entendiendo los estudiantes que a cada uno han de premiar conforme a la muestra que diere, no dormirán ni comerán por no dejar el estudio, lo cual cesaría no habiendo premio para el que trabajare ni castigo para el que holgare y se echare a dormir. Pero es muy liviana y aparente, y presupone un falso muy grande, y es que la sciencia se adquiere por trabajar siempre en los libros y oírla de buenos maestros y nunca perder lectión; y no advierten que si el estudiante no tiene el ingenio y habilidad que piden las letras que estudia, es por demás quebrarse de noche y de día la cabeza en los libros. Y es el error desta manera: que entran en competencia dos diferencias de ingenio tan estrañas como esto: que el uno, por ser muy delicado, sin estudiar ni ver libro adquiere la sciencia en un momento; y el otro, por ser rudo y torpe, trabajando toda la vida jamás sabe nada. Y vienen los jueces (como hombres) a dar primero a quien Naturaleza hizo hábil y no trabajó, y postrero al que nació sin ingenio y nunca dejó el estudio, como si el uno hubiera ganado las letras hojeando los libros y el otro perdídolas por echarse a dormir. Es como si pusiesen premio a dos corredores, y el uno tuviese buenos pies y ligeros, y al otro le faltase una pierna. Si las universidades no admitiesen a las sciencias sino aquellos que tienen ingenio para ellas, y todos fuesen iguales, muy bien era que hubiese premio y castigo, porque el que supiese más era claro que había trabajado más, y el que menos se había dado a holgar.
A la segunda dubda se responde que, de la manera que los ojos han menester luz y claridad para ver las figuras y colores, así la imaginativa tiene necesidad de luz allá dentro en el celebro para ver los fantasmas que están en la memoria. Esta claridad no la da el sol ni el candil ni la vela, sino los espíritus vitales que nascen en el corazón y se destribuyen por todo el cuerpo. Con esto, es menester saber que el miedo recoge todos los espíritus vitales209 al corazón y deja a escuras el celebro y frías todas las demás partes del cuerpo; y así, pregunta Aristóteles: Cur voce et manibus et labio inferiori tremant qui metuant? Como si dijera: «¿Qué es la causa que los que tienen miedo les tiembla la voz, las manos y el labio inferior?». A lo cual responde que con el miedo se recoge el calor natural al corazón y deja frías todas las partes del cuerpo, y de la frialdad hemos dicho atrás (de opinión de Galeno) que entorpece todas las facultades y potencias del ánima y no las deja obrar. Con esto está ya clara la respuesta de la segunda dubda; y es que los que están jugando al ajedrez tienen miedo de perder, por ser juego de pundonor y afrenta y no haber en él fortuna, como hemos dicho; y recogiéndose los espíritus vitales al corazón, queda la imaginativa torpe por la frialdad, y los fantasmas a escuras, por las cuales dos razones no puede obrar bien el que juega. Pero los que están mirando, como no les va nada ni tienen miedo de perder, con menos saber alcanzan más tretas, por tener su imaginativa calor y estar alumbradas las figuras con la luz de los espíritus vitales.
Verdad es que la mucha luz deslumbra también la imaginativa, y acontesce cuando el que juega está corrido y afrentado de ver que le ganan, entonces con el enojo cresce el calor natural y alumbra más de lo que es menester, de todo lo cual está reservado el que mira. De aquí nasce un efecto harto usado en el mundo: que el día que el hombre quiere hacer mayor muestra de sí y dar a entender sus letras y habilidad, aquel día lo hace peor.
Otros hombres hay al revés; que, puestos en aprieto, hacen grande ostentación, y salidos de allí no saben nada. De todo lo cual está la razón muy clara; porque el que tiene mucho calor natural en la cabeza, señalándole en veinte y cuatro horas una lición de oposición, húyele al corazón parte del calor natural que tiene demasiado, y así queda el celebro templado; y en esta disposición probaremos en el capítulo que se sigue que se le ofresce al hombre mucho que decir. Pero el que es muy sabio y tiene grande entendimiento, puesto en aprieto, no le queda calor natural en la cabeza con el miedo, y así, por falta de luz no halla en su memoria qué decir. Si esto considerasen los que ponen lengua en los capitanes generales condenando sus tretas y el orden que dan en el campo, verían cuánta diferencia hay de estar mirando la guerra dende su casa o jugar lances en ella con miedo de perder un ejército que el rey le ha puesto en sus manos.
No menos daño hace el miedo al médico para curar; porque su práctica hemos probado atrás pertenesce a la imaginativa, la cual se ofende más con la frialdad que otra potencia ninguna, porque su obra consiste en calor. Y así se vee por experiencia: que los médicos curan mejor a la gente vulgar que a los príncipes y grandes señores.
Un letrado me preguntó un día (sabiendo que yo trataba desta invención) qué era la causa que en el negocio que le pagaban bien se le ofrescían muchas leyes y apuntamientos en el Derecho, y en los que no tenían cuenta con su trabajo paresce que le huía todo cuanto sabía. A lo cual le respondí que el interés pertenesce a la facultad irascible, la cual reside en el corazón, y si no está contenta, no da de buena gana los espíritus vitales con la luz de los cuales se han de ver las figuras que hay en la memoria; pero, estando satisfecha, da con alegría el calor natural, y así tiene el ánima racional claridad bastante para ver todo lo que está escripto en la cabeza.
Esta falta tienen los hombres de grande entendimiento: ser escasos y muy interesales. Y en éstos se echa más de ver la propriedad de aquel letrado; pero, bien mirado, ello paresce acto de justicia querer ser pagado el que trabaja en la viña ajena.
La mesma razón corre por los médicos; a los cuales, estando bien pagados, se les ofrescen muchos remedios, y si no, también les huye el arte como al letrado. Pero una cosa se ha de notar aquí muy importante; y es que la buena imaginativa del médico210 en un momento atina a lo que conviene hacer, y si se pone despacio a mirarlo, luego le acuden mil inconvenientes que le dejan suspenso, y entretanto se pasa la ocasión del remedio. Y así, nunca conviene al buen médico encomendarle que mire bien lo que ha de hacer, sino que ejecute aquello que primero le paresció; porque atrás hemos probado que la mucha especulación sube de punto el calor natural, y tanto puede crescer, que desbarata la imaginativa. Pero al médico que la tiene remisa no le hará daño estar mucho contemplando, porque, subiendo el calor al celebro, verná a alcanzar el punto que esta potencia ha menester.
La tercera dubda tiene, por lo dicho, la respuesta muy clara; porque la diferencia de imaginativa con que se juega al ajedrez pide cierto punto de calor para alcanzar las tretas, y el que juega bien en ayunas tiene entonces la intensión211 de calor que ha menester; pero con el calor de la comida sube del punto que es necesario, y así, juega menos. Al revés acontesce a los que juegan bien después de comer; que, subiendo el calor con los alimentos y el vino, alcanza el punto que le faltaba en ayunas.
Y así, conviene enmendar un lugar de Platón que dice haber desviado Naturaleza con prudencia el hígado del celebro212 por que los alimentos, con sus vapores, no perturbasen la contemplación del ánima racional. Y si entiende en las obras que pertenescen al entendimiento dice muy bien; pero no ha lugar en algunas diferencias de imaginativa. Lo cual se vee por experiencia claramente en los convites y banquetes; que, yendo la comida de medio abajo, comienzan los convidados a decir gracias, donaires y apodos; y al principio ninguno hallaba qué decir, pero ya al fin de la comida apenas aciertan a hablar, por haber subido de punto el calor que pide la imaginativa. Los que han menester comer y beber un poco para que se les levante la imaginativa son los melancólicos por adustión, porque éstos tienen el celebro como cal viva, la cual tomada en la mano, está fría y seca al toque, pero si la rocían con algún licor, no se puede sufrir el calor que levanta.
También se ha de corregir aquella ley que trae Platón de los cartaginenses, por la cual prohibían que los capitanes no bebiesen vino estando en la guerra, ni los gobernadores durante el año de su magistrado. Y aunque Platón la tiene por muy justa y nunca la acaba de loar, es menester hacer distinctión. La obra del juzgar, ya hemos dicho atrás, pertenesce al entendimiento y que esta potencia aborresce el calor, y para esto hace muy gran daño el vino. Pero gobernar una república, que es distincta cosa de tomar un proceso y sentenciarle, pertenesce a la imaginativa, y ésta pide calor; y no llegando al punto que es necesario, bien puede el gobernador beber un poco de vino para hacerle llegar. Lo mesmo se entiende del capitán general, cuyo consejo se ha de hacer también con la imaginativa; y si con alguna cosa caliente se ha de subir el calor natural, ninguna lo hace tan bien como el vino; pero ha de ser moderadamente bebido, porque no hay alimento que tanto ingenio dé al hombre, o se lo quite, como este licor. Y así, conviene que el capitán general tenga conoscida la manera de su imaginativa: si es de las que han menester comer y beber para suplir el calor que le falta, o estar en ayunas, porque en solo esto está alcanzar una treta o perderla.
CAPÍTULO CATORCE
Donde se declara a qué diferencia de habilidad pertenesce el oficio de rey y qué señales ha de tener el que tuviere esta manera de ingenio
Cuando Salomón fue eligido por rey y caudillo de un pueblo tan grande y numeroso como Israel, dice el Texto que, para poderlo regir y gobernar, pidió sabiduría del Cielo, y no más. La cual demanda fue tan a gusto de Dios, que en pago de haber acertado tan bien le hizo el más sabio rey del mundo, y no contento con esto, le dio muchas riquezas y gloria encaresciendo siempre su gran petición. De donde se infiere claramente que la mayor prudencia y sabiduría que puede haber en el hombre, ésa es el fundamento en que restriba el oficio de rey; la cual conclusión es tan cierta y verdadera que no es menester gastar tiempo en probarla; sólo conviene mostrar a qué diferencia de ingenio pertenesce el arte de ser rey y tal cual la república lo ha menester, y traer las señales con que se ha de conoscer el hombre que tuviere tal ingenio y habilidad. Yasí es cierto; que, como el oficio de rey excede a todas las artes del mundo, de la mesma manera pide la mayor diferencia de ingenio que Naturaleza pueda hacer.
Cuál sea ésta, aún no lo hemos dicho hasta aquí, ocupados en repartir a las demás artes sus diferencias y modos; pero, ya que la tenemos en las manos, es de saber que de nueve temperamentos que hay en la especie humana, sólo uno dice Galeno que hace al hombre prudentísimo, todo lo que naturalmente puede alcanzar; en el cual las primeras calidades están en tal peso y medida, que el calor no excede a la frialdad, ni la humidad a la sequedad, antes se hallan en tanta igualdad y conformes como si realmente no fueran contrarias ni tuvieran oposición natural. De lo cual resulta un instrumento tan acomodado a las obras del ánima racional, que viene el hombre a tener perfecta memoria para las cosas pasadas y grande imaginativa para ver lo que está por venir y grande entendimiento para distinguir, inferir, raciocinar, juzgar y eligir.
Las demás diferencias de ingenio que hemos contado, ninguna dellas tiene entera perfectión; porque si el hombre tiene grande entendimiento (por la mucha sequedad), no puede aprender las sciencias que pertenescen a la imaginativa y memoria; y si grande imaginativa (por el mucho calor), queda inhabilitado213 para las sciencias del entendimiento y memoria; y si grande memoria (por la mucha humidad), ya hemos dicho atrás cuán inhábiles son los memoriosos para todas las sciencias. Sola esta diferencia de ingenio que vamos buscando es la que responde a todas las artes en proporción.
Cuánto daño haga a una sciencia no poderle juntar las demás, notolo Platón diciendo que la perfectión de cada una en particular depende de la noticia y conoscimiento de todas. Ningún género de letras hay tan disparato para otro, que saberlo muy bien no ayude a su perfectión. Pero ¿qué será que, con haber buscado esta diferencia de ingenio con mucho cuidado, sola una he podido hallar en España? Por donde entiendo que dijo muy bien Galeno que fuera de Grecia ni por sueños hace Naturaleza un hombre templado ni con el ingenio que requieren todas las sciencias. La razón desto tráela el mesmo Galeno diciendo que Grecia es la región más templada que hay en el mundo, donde el calor del aire no excede a la frialdad, ni la humidad a la sequedad. La cual templanza hace a los hombres prudentísimos y hábiles para todas las sciencias, como paresce considerando el gran número de varones ilustres que de ella han salido: Sócrates, Platón, Aristóteles, Hipócrates, Galeno, Teofrastro, Demóstenes, Homero, Tales milesio, Diógenes cínico, Solón y otros infinitos sabios de quien las historias hacen mención, cuyas obras hallaremos llenas de todas las sciencias; no como los escriptores de otras provincias, que, si escriben medicina o cualquiera otra sciencia, por maravilla llaman las demás letras que les den ayuda y favor: todos son pobres y sin caudal por no tener ingenio para todas las artes.
Pero lo que más espanta de Grecia es que, siendo el ingenio de las mujeres tan repugnante a las letras (como adelante probaremos), hubo tantas griegas y tan señaladas214 en sciencias, que vinieron a competir con los hombres muy racionales; como se lee de Leoncia,215 mujer sapientísima, que, siendo Teofrastro el mayor filósofo que hubo en su tiempo, escribió contra él notándole muchos errores en filosofía.
Y si miramos las otras regiones del mundo, apenas ha salido dellas un ingenio que sea notable; y es la causa habitar en lugares destemplados, por donde se hacen los hombres feos, torpes de ingenio y de malas costumbres. Y, así, pregunta Aristóteles: Cur efferis, et moribus et aspectibus, sunt qui in nimio vel aestu vel frigore colunt? Como si preguntara: «¿por qué los hombres que habitan en lugares muy calientes, o muy fríos, los más son feos de rostro y de malas costumbres?». Al cual problema responde muy bien diciendo: «que la buena temperatura no solamente hace buena gracia en el cuerpo, pero aprovecha también al ingenio y habilidad». Y de la manera que los excesos del calor y de la frialdad impiden a Naturaleza que no saque al hombre bien figurado, por la mesma razón se desbarata el armonía del ánima y le hace torpe de ingenio.
Esto tenían bien entendido los griegos, pues llamaban a todas las naciones del mundo bárbaras, viendo su inhabilidad y poco saber. Y así vemos que cuantos nascen y estudian fuera de Grecia, si son filósofos, ninguno llega a Platón y Aristóteles; si médicos, a Hipócrates y Galeno; si oradores, a Demóstenes; si poetas, a Homero; y así en las demás sciencias y artes, siempre los griegos han tenido la primacía, sin ninguna contradictión. A lo menos, el problema de Aristóteles se verifica bien en los griegos; porque realmente son los más hermosos hombres del mundo y de más alto ingenio; sino que han sido desgraciados, oprimidos con armas, subjetos y maltractados por la venida del Turco. Éste hizo desterrar las letras y pasar la universidad de Atenas a París de Francia, donde ahora está; y así, por no cultivarlos, se pierden ahora tan delicados ingenios como los que arriba contamos. En las demás regiones fuera de Grecia, aunque hay Escuelas y ejercicio de letras, ningún hombre ha salido en ellas muy eminente. Harto piensa el médico que ha hecho si alcanzó con su ingenio a lo que dijo Hipócrates y Galeno; y el filósofo natural no cabe de sciencia por que le paresce que entiende a Aristóteles.
Pero con todo eso, no es regla universal que todos los que nascen en Grecia han de ser por fuerza templados y sabios, y los demás destemplados y necios; porque de Anacarsis, natural de Citia, cuenta el mesmo Galeno que fue de admirable ingenio entre los griegos, aunque bárbaro: con el cual riñiendo un filósofo natural de Atenas, le dijo: «¡Anda, para bárbaro!». El Anacarsis le respondió diciendo: Patria, mihi dedecori est; tu vero patriae; como si le dijera: «Mi patria es afrenta para mí, y tú eres afrenta de tu patria, porque siendo Scitia una región tan destemplada y donde tantos necios se crían, salí yo sabio, y nasciendo tú en Atenas, que es el lugar del ingenio y sabiduría, eres un asno».
De manera que no hay que desesperar desta temperatura, ni pensar que es caso imposible hallarla fuera de Grecia; mayormente en España, región no muy destemplada. Porque por la mesma razón que yo he hallado una, habrá otras muchas que no han venido a mi nosticia ni las he podido examinar. Por donde será bien traer las señales con que se conosce el hombre templado, para que donde le hubiere no se pueda encubrir. Muchas señales ponen los médicos para descubrir esta diferencia de ingenio; pero las más principales y que mejor la dan a entender son las que se siguen.
La primera, dice Galeno que es tener el cabello subrufo, que es un color de blanco y rubio mezclado y, pasando de edad en edad, dorándose más. Y está la razón muy clara; porque la causa material de que se hace el cabello dicen los médicos que es un vapor grueso que se levanta del cocimiento que hace el celebro al tiempo de su nutrición; y cual color tiene este miembro, tal le toman sus escrementos. Si el celebro tiene mucha flema en su composición, sale el cabello blanco; si mucha cólera, azafranado; pero, estando estos dos humores igualmente mezclados, queda el celebro templado en calor, frialdad, humidad y sequedad; y el cabello rubio, participante de ambos estremos. Verdad es que dice Hipócrates que este color, en los hombres que viven debajo el Septentrión (como son ingleses, flamencos y alemanes), nace de estar la blancura quemada por la mucha frialdad, y no por la razón que decimos. Y así, es menester advertir en esta señal, porque es muy engañosa.
La segunda señal que ha de tener el hombre que alcanzare esta diferencia de ingenio, dice Galeno que es ser bien sacado y airoso, de buena gracia y donaire, de manera que la vista se recree en mirarlo como figura de gran perfectión. Y está la razón muy clara; porque si Naturaleza tiene muchas fuerzas y simiente bien sazonada, siempre hace, de las cosas posibles, la mejor y más perfecta en su género; pero viéndose alcanzada de fuerzas, muchas veces pone su estudio en la formación de el celebro, por ser el principal asiento del ánima racional, y procura que la falta quede en las demás partes del cuerpo. Y así vemos muchos hombres bastos y feos, pero muy delicados de ingenio.
La cantidad de cuerpo que ha de tener el hombre templado, dice Galeno que no está determinada por Naturaleza; porque puede ser grande, pequeño y de mediana estatura (conforme a la cantidad de simiente templada que hubo al tiempo que se formó); pero para lo que toca al ingenio, mejor es la moderada estatura, en los hombres templados, que la grande ni pequeña; y si al uno de los dos estremos ha de inclinar, mejor es a pequeño que a grande, porque los muchos huesos y carne probamos atrás, de opinión de Platón y Aristóteles, que hace mucho daño al ingenio. Conforme a esto, suelen los filósofos naturales preguntar Cur homines qui brevi sunt corpore, prudentiores magna ex parte sunt quam qui longo? Como si dijera: «¿Qué es la causa que, por la mayor parte, los hombres pequeños son más prudentes que los largos?». Para comprobación de lo cual citan a Homero, que dice ser Ulises prudentísimo y pequeño de cuerpo; y, por lo contrario Ayas, estultísimo y de larga estatura. A esta pregunta responden muy mal diciendo que «recogida el ánima racional en breve espacio, tiene más fuerza para obrar», conforme aquel dicho muy celebrado: Virtus unita fortior est se ipsa dispersa;216 y por lo contrario, estando en un cuerpo largo y espacioso no tiene virtud bastante para poderlo mover y animar. Pero no es ésta la razón, sino que los hombres largos tienen mucha humidad en su composición, la cual hace las carnes muy dilatables y obedientes a la aumentación que procura hacer siempre el calor natural. Al revés acontesce en los pequeños de cuerpo: que por la mucha sequedad no pueden hacer correa sus carnes, ni el calor natural las puede dilatar ni ensanchar, por donde quedan de breve estatura. Y entre las calidades217 primeras, tenemos probado atrás que ninguna echa tanto a perder las obras del ánima racional como la mucha humidad, ni quien avive tanto al entendimiento como la sequedad.
La tercera señal con que se conosce el hombre templado, dice Galeno que es ser virtuoso y de buenas costumbres. Porque ser malo y vicioso, dice Platón que nasce de tener el hombre alguna calidad destemplada que le irrita a pecar; y si ha de obrar conforme a virtud, ha menester primero negar su inclinación natural. Pero el que fuere puntualmente templado, en tanto que estuviere así, no tiene que hacer esta diligencia, porque las potencias inferiores no le pedirán nada contra razón; y, por tanto, dice Galeno que al hombre que tuviere esta temperatura no le pongamos tasa en lo que ha de comer y beber, porque nunca sale de la cantidad y medida que el arte de la medicina le podría señalar. Y no se contenta Galeno con llamarlos temperatísimos, pero aun las demás pasiones del ánima dice que no es menester moderárselas; porque su enojo, su tristeza, su placer y alegría están siempre medidas con la razón, de donde nasce estar siempre sanos y nunca enfermos, que es la cuarta señal. Pero en esto no tiene razón Galeno, porque es imposible componerse un hombre que sea en todas sus potencias perfecto (como es el cuerpo templado) y que la irascible y concupiscible no salga superior a la razón y la irrite a pecar. Y así, no conviene dejar a ningún hombre, por templado que sea, que siempre siga su inclinación natural sin irle a la mano y corregirle con la razón.
Esto se deja entender fácilmente considerando el temperamento que ha de tener el celebro para que sea conveniente instrumento de la facultad racional; y el que ha de tener el corazón para que la irascible apetezca gloria, imperio, victoria y ser a todos superior; y el que ha de tener el hígado para cocer los manjares, y el que han de tener los testículos para conservar la especie humana y hacerla que pase adelante. Del celebro hemos dicho muchas veces atrás que ha de tener humidad para la memoria, y sequedad para el entendimiento y calor para la imaginativa; pero con todo eso, su natural temperamento es frialdad y humidad, y por razón de la intensión y remisión destas dos calidades, unas veces lo llamamos caliente; otras, frío; otras húmido y otras seco; pero jamás sale de frío y húmido a predominio.
El hígado (donde reside la facultad concupiscible) tiene por natural temperamento el calor y humidad a predominio, del cual jamás sale en tanto que vive el hombre; y si alguna vez decimos estar frío, es porque no tiene todos los grados de calor que requieren sus obras.
Del corazón (que es el instrumento de la facultad irascible) dice Galeno que es tan caliente de su propria naturaleza, que si, vivo el animal, metiésemos el dedo dentro de sus cavidades, era imposible poderlo sufrir un momento sin abrasarse. Y aunque algunas veces lo llamamos frío, nunca se ha de entender a predominio, porque éste es caso imposible, sino que no tiene tanta intensión de calor como han menester sus obras.
En los testículos (donde reside la otra parte de la facultad concupiscible) corre la mesma razón, porque su natural temperamento es calor y sequedad a predominio, y si algunas veces decimos que el hombre tiene los testículos fríos, no ha de entenderse absolutamente ni a predominio, sino que caresce de la intensión de calor que ha menester la facultad generativa.
De aquí se infiere claramente que si el hombre está bien compuesto y organizado ha de tener por fuerza calor excesivo en el corazón, so pena que la facultad irascible quedara muy remisa; y si el hígado no es caliente en exceso, no podrá cocer los alimentos ni hacer sangre para la nutrición; y si los testículos no fuesen más calientes que fríos, quedaba el hombre impotente y sin fuerzas para engendrar. Por donde, siendo estos miembros tan fuertes como decimos, necesariamente se ha de alterar el celebro con el mucho calor, que es una de las calidades que más perturba la razón; y lo que peor es, que la voluntad, siendo libre, se irrita e inclina a condescender con los apetitos de la porción inferior. A esta cuenta, paresce que Naturaleza no puede hacer un hombre que sea perfecto en todas sus potencias, y sacalle inclinado a virtud.
Cuán repugnante sea a la naturaleza del hombre salir inclinado a virtud pruébase claramente considerando la compostura del primer hombre, que, con ser la más perfecta que ha habido en toda la especie humana (después de la de Cristo Nuestro Redemptor) y hecha por las manos de tan grande artífice, con todo eso, si Dios no le infundiera una calidad sobrenatural que le reprimiera la porción inferior, era imposible, quedando a los principios de su naturaleza, dejar de ser inclinado a mal. Y que Dios hiciese a Adam de perfecta irascible y concupiscible bien se deja entender; porque cuando les dijo y mandó Crecite et multiplicamini, et replete terram,218 cierto es que les dio fuerte potencia para engendrar y que no les hizo fríos, pues les mandó que hinchesen la tierra de hombres, la cual obra no se puede hacer sin mucho calor. No menos calor dio a la facultad nutriva, con la cual había de reparar la substancia perdida y rehacer otra en su lugar, pues les219 dijo: Ecce dedi vobis omnem herbam afferentem semen super terram, et universa ligna quae habent in semetipsis sementem generis sui, ut sint vobis in escam.220 Porque si Dios les diera el hígado y estómago frío y con poco calor, cierto es que no pudieran cocer el manjar ni conservarse novecientos y treinta años en el mundo.
También le fortificó el corazón y le dio una facultad irascible acomodada para ser rey y señor y mandar todo el mundo; y le dijo: Subiicite terram et dominamini piscibus maris et volatilibus caeli et universis animantibus quae moventur super terram. Y si no le diera mucho calor, no tuviera brío ni auturidad para tener imperio, mando, gloria, majestad y honor. Cuánto daño haga al príncipe tener la irascible remisa no se puede encarescer; porque por sola esta causa viene a no ser temido, obedescido ni reverenciado de los suyos.
Después de fortificada la irascible y concupiscible dando a los miembros que hemos dicho tanto calor, pasó a la facultad racional y le hizo un celebro en tal punto frío y húmido y con tan delicada substancia que el ánima pudiese con él discurrir y filosofar y aprovecharse de la sciencia infusa. Porque ya hemos dicho y probado atrás que para dar Dios alguna sciencia sobrenatural a los hombres les dispone primero el ingenio y los hace capaces con disposiciones naturales (dadas de su mano) para poderla rescebir; y así, dice el Testo divino: Et cor dedit illis excogitandi, et disciplina intellectus replevit illos.221
Siendo, pues, la facultad irascible y concupiscible tan poderosa, por el mucho calor, y la racional tan flaca y remisa para resistir, proveyó Dios de una calidad sobrenatural que llaman los teólogos justicia original, con la cual se reprimían los ímpetus de la porción inferior, y la parte racional quedó superior y el hombre inclinado a virtud. Pero en pecando nuestros primeros padres, perdieron esta calidad y quedó la irascible y concupiscible en su naturaleza, y superior a la razón por la fortaleza de los tres miembros que dijimos, y el hombre pronus ab adolescentia sua ad malum.222 Adam fue criado en la edad de adolescencia, la cual, según los médicos, es la más templada de todas; y dende aquella edad fue inclinado a mal, si no fue aquel poco de tiempo que estuvo en gracia y con justicia original.
De esta doctrina se infiere, en buena filosofía natural, que si el hombre ha de hacer algún acto de virtud en contradictión de la carne, es imposible poderlo obrar sin auxilio exterior de gracia, por ser las calidades con que obra la potencia inferior de mayor eficacia. Dije «con contradición de la carne», porque hay muchas virtudes en el hombre que nascen de ser flaca la irascible y concupiscible (como es la castidad en el hombre frío); pero esto antes es impotencia para obrar que virtud. Por donde, sin que la Iglesia católica nos enseñara que sin auxilio223 particular de Dios no podemos vencer nuestra naturaleza, nos lo dice la filosofía natural; y es que la gracia conforta nuestra voluntad. Lo que quiso decir, pues, Galeno fue que el hombre templado excede en virtud a los demás que carescen desta buena temperatura, porque es menos irritada de la porción inferior.
La quinta propriedad que tienen los desta temperatura es ser de muy larga vida, porque son muy poderosos para resistir a las causas y achaques con que enferman los hombres. Y esto es lo que quiso decir el real profeta David: Dies annorum nostrorum in ipsis septuaginta anni; si autem in potentatibus, octoginta anni, et amplius eorum labor et dolor;224 como si dijera: «El número de años que ordinariamente viven los hombres allega hasta setenta; y si los potentados viven ochenta, pasando de allí mueren viviendo». Llama potentados a los que son desta temperatura, porque resisten más que todos a las causas que abrevian la vida.
La última señal pone Galeno diciendo que son prudentísimos, de grande memoria para las cosas pasadas, de grande imaginativa para alcanzar lo que está por venir y de grande entendimiento para saber la verdad en todas las cosas. No son malignos, astutos ni cavilosos, porque esto nasce de ser vicioso el temperamento.
Tal ingenio como éste, cierto es que no le hizo Naturaleza para estudiar latín, dialéctica, filosofía, medicina, teología ni leyes; porque, puesto caso que todas estas sciencias las podía fácilmente aprender, pero ninguna dellas hinche toda su capacidad. Sólo el oficio de rey le responde en proporción, y en sólo regir y gobernar se ha de emplear. Esto se entenderá fácilmente discurriendo por todas las propriedades y señales que de los hombres templados hemos contado, considerando de cada una cuánto convenga al cetro real y cuán impertinente sea a las demás sciencias y artes.
Ser el rey hermoso y agraciado es una de las cosas que más convida a los súbditos a quererle y amarle; porque el objeto del amor dice Platón que es la hermosura y buena proporción, y si el rey es feo y mal tallado, es imposible que los suyos le tengan afición, antes se afrentan de que un hombre imperfecto y falto de los bienes de Naturaleza los venga a regir y mandar.
Ser virtuoso y de buenas costumbres bien se deja entender lo que importa; porque quien ha de ordenar la vida a los súbditos y darles reglas y leyes para vivir conforme a razón, conviene que él haga otro tanto; porque cual es el rey, tales son los grandes, medianos y pequeños. Aliende que por esta vía autorizará más sus mandamientos y podrá con mejor título castigar a los que no los guardaren.
Tener perfectión en todas las potencias que gobiernan al hombre (generativa, nutritiva, irascible y racional) conviene más al rey que a otro artífice ninguno; porque, como dice Platón, en la república bien ordenada había de haber casamenteros que con arte supiesen conoscer las calidades de las personas que se habían de casar, para dar a cada hombre la mujer que le responde en proporción, y a cada mujer su hombre determinado; con la cual diligencia nunca se frustraría el fin principal del matrimonio; porque vemos por experiencia que una mujer con el primer marido no pudo concebir y casándose con otro luego tuvo generación; y muchos hombres no tener hijos en la primera mujer y casándose con otra, haberlos luego sin dilación. Mayormente dice Platón que convenía esta arte en los casamientos de los reyes; porque, como importe tanto a la paz y sosiego del reino que su príncipe tenga hijos ligítimos en quien subceda el estado, podría acontescer que, casándose el rey a tiento, topase con una mujer estéril con quien estuviese impidido toda la vida sin esperanza de generación; y muerto sin herederos, luego nacen guerras civiles sobre quién ha de mandar.
Pero esta arte dice Hipócrates que es necesaria a los hombres destemplados, y no para los que tienen el temperamento perfecto que hemos pintado. Éstos no han menester hacer electión de mujeres ni buscar cuál les responde en proporción, porque con cualquiera que se casaren dice Galeno que tendrán luego generación. Pero entiéndese estando la mujer sana y siendo de la edad en que, según orden de Naturaleza, las mujeres suelen empreñarse y parir. De manera que la fecundidad está mejor en el rey que en otro artífice ninguno, por las razones que hemos dicho.
La potencia nutritiva, si es golosa, comedora y bebedora, dice Galeno que nasce de no tener el hígado y el estómago la temperatura que conviene a sus obras, por donde se hacen los hombres lujuriosos, enfermos y de muy corta vida. Pero si estos miembros están templados y con la compostura que han de tener, dice el mesmo Galeno que no apetescen más cantidad de comida ni bebida de la que es necesaria para sustentar la vida. La cual propriedad es tan importante al rey, que tiene Dios por bienaventurada la tierra que alcanza tal príncipe: Beata terra cuius rex nobilis est et cuius principes vescuntur in tempore suo ad reficiendum et non ad luxuriam.225
De la facultad irascible, si es intensa y remisa, dice Galeno que es indicio de estar el corazón mal compuesto y de no tener la temperatura que la perfectión de sus obras ha menester. De los cuales dos estremos ha de carescer el rey más que otro artífice ninguno; porque juntar la iracundia con el mucho poder no es cosa que conviene a los súbditos; ni menos está bien al rey tener la irascible remisa, porque pasando livianamente por las cosas mal hechas y atrevidas en su reino, viene a no ser temido ni reverenciado de los suyos, de lo cual suelen nascer muchos daños en la república, y malos de remediar. Pero siendo el hombre templado, enójase con mucha razón y es pacífico cuando conviene, la cual propriedad es tan necesaria en el rey como todas las que hemos dicho.
La facultad racional (imaginativa, memoria y entendimiento) cuánto importe ser perfecta en el rey más que en otro ninguno, pruébase claramente; porque las demás sciencias y artes paresce que se pueden226 alcanzar y poner en práctica con las fuerzas del ingenio humano; pero gobernar un reino, tenerlo en paz y concordia, no solamente es menester que el rey tenga prudencia natural para ello, pero es necesario que Dios asista particularmente con su entendimiento y le ayude a gobernar. Y así lo nota la divina Escriptura diciendo: cor regis in manu Domini.227
También vivir muchos años y estar siempre sano es propriedad más conveniente al buen rey que a otro artífice ninguno; porque su industria y trabajo es bien universal para todos, y si no tiene salud para poderlo llevar, queda perdida la república.
Toda esta doctrina que hemos traído se confirmaría claramente si hallásemos, por historia verdadera, que en algún tiempo se hubiese eligido algún hombre famoso por rey y que no le faltase ninguna destas señales ni condiciones que hemos dicho. Y esto tiene la verdad: que jamás le faltan argumentos con que probarse.
Cuenta la divina Escriptura que, estando Dios enojado con Saúl por haber perdonado la vida a Malec, que mandó a Samuel que fuese a Belén y ungiese por rey de Israel a un hijo de Isaí, de ocho que tenía. Y pensando el sancto varón que Dios se pagaría de Eliab por ser de larga estatura, le preguntó diciendo así: Num coram Domino est Christus eius? A la cual pregunta le fue respondido de esta manera: Ne respicias vultum eius, nec altitudinem staturae eius, quoniam abieci eum. Nec iuxta intuitum hominis ego iudico: homo enim videt ea quae parent, Dominus autem intuetur cor;228 como si Dios le dijera: «No mires, Samuel, a la grande estatura de Eliab ni aquel bulto que tiene de hombrazo, porque estoy escarmentado en Saúl: vosotros los hombres juzgáis por las señales de fuera, pero yo miro al juicio y prudencia con que se ha de gobernar mi pueblo». Samuel, ya amedrentando de que no sabía eligir, pasó adelante en lo que le era mandado, preguntando siempre a Dios, de uno en uno, cuál quería que ungiese por rey. Y como ninguno le contentase, dijo a Isaí: «¿Tú tienes por ventura más hijos que estos que tenemos delante?». El cual respondió diciendo que le restaba otro en el ganado, pero que era pequeño de cuerpo, paresciéndole que aquello era falta para el cetro real. Pero Samuel, como ya estaba advertido que la grande estatura no era buena señal, hizo que enviase por él. Y es cosa digna de notar que, antes que cuente la divina Escriptura cómo lo ungieron por rey, dice desta manera: Erat autem rufus, et pulcher aspectu decoraque facie. Surge, et unge eum, ipse est enim; como si dijera: «era rubio y hermoso para mirar. Levántate, Samuel, y úngele por rey, que ése es el que quiero». De manera que tenía David las dos primeras señales de las que hemos contado: rubio y muy bien sacado y mediano de cuerpo.
Ser virtuoso y de buenas costumbres, que es la tercera señal, bien se deja entender, pues dijo Dios dél: Inveni virum iusta cor meum.229 Que, puesto caso que pecó muchas veces, no por eso perdía el nombre ni hábito de virtuoso. Ni el que es malo por hábito, aunque haga algunas buenas obras morales, no por eso pierde el nombre de malo y vicioso.
Haber vivido sano en todo el discurso de su vida paresce que se puede probar; porque, en su historia, de sola una enfermedad se hace mención, y ésta era disposición natural de los que viven muchos años: que, por habérsele resuelto el calor natural, no podía calentar en la cama, para cuyo remedio acostaban con él una doncella hermosa que le diera calor. Y con esto vivió tantos años, que dice el Texto; et mortuus est in senectute bona, plenus dierum et divitiis et gloria; como si dijera: «murió David en su buena vejez, lleno de días, de riquezas y de gloria», con haber padescido tantos trabajos en la guerra y hecho tanta penitencia de sus pecados. Y era la razón ser templado y bien compuesto: por donde resistía a las causas que suelen hacer enfermar y abreviar la vida del hombre.
Su gran prudencia y saber notó aquel criado de Saúl cuando dijo: «Señor, yo conozco un gran músico, hijo de Isaí, natural de Belem, animoso para pelear, prudente en sus razones y hermoso para mirar». Por las cuales señales ya dichas, es cierto que David era hombre templado, y que a los tales se les debe el cetro real, porque su ingenio es el mejor que Naturaleza puede hacer.
Pero contra esta doctrina se ofresce una dificultad muy grande. Y es: ¿por qué razón, conosciendo Dios todos los ingenios y habilidades de Israel y sabiendo que hombres templados tienen la prudencia y saber que el oficio de rey ha menester, por qué razón en la primera electión que hizo no buscó un hombre tal? Antes dice el Testo que era Saúl tan largo, que de los hombros arriba excedía a todo el pueblo de Israel; y esta señal no solamente en filosofía natural es mal indicio para el ingenio, pero aun el mesmo Dios, como hemos probado, reprehendió a Samuel porque, movido con la larga estatura de Eliab, le quería ungir por rey.
Pero esta dubda declara ser verdad lo que dijo Galeno: que fuera de Grecia ni por sueños se halla un hombre templado, pues en un pueblo tan grande como Israel no halló Dios uno para eligirlo por rey, sino que fue menester esperar que David cresciese y se hiciese mayor, y entretanto escogió a Saúl; porque dice el Texto que era el mejor de todo Israel. pero realmente él debía tener más bondad que sabiduría, y ésta sola no basta para regir y gobernar. Bonitatem et disciplinam et scientiam doce me, decía el real profeta David viendo que no aprovecha ser el rey bueno y virtuoso si juntamente no tiene prudencia y sabiduría.
Con este ejemplo del rey David paresce que habíamos confirmado bastantemente nuestra opinión; pero también nasció otro rey en Israel de quien se dijo: Ubi est qui natus est rex iudeorum?;230 y si probásemos que fue rubio, gentil hombre, mediano de cuerpo, virtuoso, sano, y de gran prudencia y saber, no haría daño a nuestra doctrina. Los evangelistas no se ocuparon en referir la compostura de Cristo Nuestro Redemptor, por no hacer al propósito de lo que tractaban; pero es cosa muy fácil entenderla, supuesto que ser el hombre puntualmente templado es toda la perfectión que naturalmente puede tener; y pues el Espíritu Sancto le compuso y organizó, cierto es que la causa material de que le formó, ni la destemplanza de Nazaret, no pudieron resistirle ni hacerle errar la obra (como a los otros agentes naturales), antes hizo lo que quiso, porque no le faltó poder, saber y voluntad de fabricar un hombre perfectísimo y sin falta ninguna. Mayormente que su venida, como Él mesmo lo dijo, fue a padescer trabajos por el hombre y para enseñarle la verdad; y esta temperatura hemos probado atrás que es el mejor instrumento natural para estas dos cosas.
Y así, tengo por verdadera aquella relación que Publio Léntulo, procónsul, escribió al Senado romano dende Hierusalem, la cual dice desta manera:
Aparesció en nuestros tiempos un hombre, que ahora vive, de gran virtud, llamado Jesucristo, al cual las gentes nombran profeta de verdad y sus discípulos dicen que es hijo de Dios. Resucita muertos y sana enfermedades; es hombre de mediana estatura y derecha, y muy para ser visto; tiene tanta reverencia en su rostro, que los que le miran se inclinan a amarle y temerle. Tiene los cabellos de color de avellana bien madura; hasta las orejas son llanos; dende las orejas hasta los hombros son de color de cera, pero relucen más. Tiene en medio de la frente y en la cabeza una crenche231 a manera de los nazareos. Tiene la frente llana, pero muy serena; el rostro, sin ninguna ruga ni mancha, acompañado232 de un color moderado; las narices y boca no las puede nadie reprehender con razón; la barba tiene espesa y a semejanza de los cabellos, no larga, pero hendida por medio; el mirar tiene muy sencillo y grave; los ojos tiene garzos y claros. Cuando reprehende espanta, y cuando amonesta aplace. Hácese amar; es alegre con gravedad; nunca le han visto reír; llorar, sí. Tiene las manos y brazos muy vistosos. En las conversaciones contenta mucho, pero hállase pocas veces en ellas, y cuando se halla es muy modesto. En la vista y parescer, es el más hermoso hombre que se puede imaginar».
En esta relación se contienen tres o cuatro señales de hombre templado. La primera es que tenía el cabello y barba de color de avellana bien madura, que bien mirado es un rubio tostado; el cual color mandaba Dios que tuviese la becerra que se había de sacrificar en figura de Cristo.233 Y cuando entró en el Cielo con aquel triunfo y majestad que se debía a tal Príncipe, dijeron algunos ángeles que no sabían de su encarnación: Quis est iste qui venit de Edom, tinctis vestibus de bosra? Como si preguntaran: «¿Quién es este que viene de la tierra rubia, teñidas las vestiduras de lo mesmo?», atento al cabello y barba rubia que tenía y a la sangre con que iba señalado.
También refiere la carta que era el más hermoso hombre que se había visto, que es la segunda señal que han de tener los hombres templados. Y así estaba prognosticado en la Escritura divina por señal para conoscerle: speciosus forma prae filiis hominum,234 y en otra parte dice: pulcriores sunt oculi eius vino et dentes eius lacte candidiores.235 La cual hermosura y buena compostura de cuerpo importaba mucho para que todos se le aficionasen y no tuviese cosa aborrescible; y así, dice la carta que todos se inclinaban a amarle. También refiere que era mediano de cuerpo; y no porque al Espíritu Sancto le faltó materia de qué hacerle mayor si quisiera; sino que, cargando al ánima racional de muchos huesos y carne, hemos probado atrás (de opinión de Platón y Aristóteles) que hace grande daño al ingenio.
La tercera señal (que es ser virtuoso y de buenas costumbres) también lo afirma la carta; y los judíos, aun con testigos falsos, no le pudieron probar lo contrario, ni responderle cuando les preguntó: Quis vestrum arguet me de peccato?236 Y Josefo, por la fidelidad que debía a su historia, afirma dél que parescía tener otra naturaleza más que de hombre, atento a su bondad y sabiduría.
Sólo el vivir mucho tiempo no se puede verificar de Cristo Nuestro Redemptor, por haberle muerto tan mozo; que si le dejaran a su discurso natural, viviera más de ochenta años. Porque quien pudo estar en un desierto cuarenta días con sus noches sin comer ni beber, y no se murió ni enfermó, mejor se defendiera de otras causas más livianas que le podían alterar y ofender. Aunque este hecho está reputado por milagro y cosa que naturalmente no puede acontescer.
Estos dos ejemplos de reyes que hemos traído bastaban para dar a entender que el cetro real se debe a los hombres templados, y que éstos tienen el ingenio y prudencia que este oficio ha menester. Pero hay otro hombre hecho por las proprias manos de Dios con fin que fuese rey y señor de todas237 las cosas criadas, y le sacó también rubio, gentil hombre, virtuoso, sano, de muy larga vida y prudentísimo. Y probar esto no hará daño a nuestra opinión.
Platón tiene por cosa imposible que Dios ni Naturaleza puedan hacer un hombre templado en región de mala temperatura; y así, dice que para hacer Dios al primer hombre muy sabio y templado, que buscó un lugar donde el calor del aire no excediese a la frialdad, ni la humidad a la sequedad. Y la divina Escriptura (donde él halló esta sentencia) no dice que Dios crió a Adam dentro en el Paraíso Terrenal (que era el lugar templadísimo que dice), sino que después de formado le puso aquí: tulit ergo dominus Deus hominem et posuit eum in paradisum voluptatis ut operaretur et custodiret illum.238 Porque siendo el poder de Dios infinito y su saber sin medida, y con voluntad de darle toda la perfectión natural que en la especie humana podía tener, de creer es que el pedazo de tierra de que le formó, ni la destemplanza del campo damaceno adonde fue criado no le pudieron resistir para que no le sacase templado. La opinión de Platón, Aristóteles y Galeno ha lugar en las obras de Naturaleza, y aun ésta en regiones destempladas acierta algunas veces a engendrar un hombre templado; pero que Adam tuviese el cabello y barba rubia (que es la primera señal de hombre templado) es cosa muy clara; porque, atento a esta insignia tan notable, le pusieron este nombre Adam, el cual quiere decir, como lo interpreta S. Hierónimo, homo rufus.
Ser gentil hombre y muy bien sacado (que es la segunda señal) también no se puede negar, porque, en acabando Dios de criarle, dice el Texto: Vidit Deus cunctaquae fecerat, et erant valde bona. Luego cierto es que no salió de las manos de Dios feo y mal tallado; porque Dei perfecta sunt opera. Mayormente, que de los árboles dice el Texto que eran hermosos para mirar: ¡qué haría Adam, habiéndole Dios hecho por fin principal y para que fuese señor y presidente del mundo!
Ser virtuoso, sabio y de buenas costumbres (que es la tercera y sexta señal) se colige de aquellas palabras: Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram. Porque, según los filósofos antiguos, el fundamento en que restriba la semejanza que el hombre tiene con Dios es la virtud y sabiduría; y, por tanto, dice Platón que uno de los mayores contentos que Dios rescibe en el cielo es oír loar y engrandescer en la tierra al hombre sabio y virtuoso, porque este tal es vivo retrato suyo. Por lo contrario, se enoja si los necios y viciosos son estimados y honrados, y es por la desemejanza que entre Dios y ellos se halla.
Haber vivido sano y muy largos días (que es la cuarta y quinta señal) no es dificultoso probarlo; pues tuvo de vida novecientos y treinta años cumplidos.
Y así, puedo ya concluir que el hombre que fuere rubio, gentil hombre, mediano de cuerpo, virtuoso, sano y de vida muy larga, que éste necesariamente es prudentísimo y que tiene el ingenio que pide el cetro real.
También hemos descubierto, de camino, la forma como se puede juntar grande entendimiento con mucha imaginativa y memoria. Aunque hay otro, sin ser el hombre templado; pero hace Naturaleza en esta manera tan pocos, que no he hallado más que dos en cuantos ingenios he examinado. Cómo pueda ser juntarse grande entendimiento con mucha imaginativa y memoria no siendo el hombre templado, es fácil de entender supuesta la opinión de algunos médicos que afirman estar la imaginativa en la parte delantera del celebro y la memoria en la postrera y el entendimiento en la de en medio. Y lo mesmo se puede decir en nuestra imaginación; pero es obra de grande acierto que, siendo el celebro tamaño como un grano de pimienta al tiempo que Naturaleza le forma, y que haga el un ventrículo de simiente y caliente y el otro de muy húmida y el de en medio de muy seca. Pero, en fin, no es caso imposible.
CAPÍTULO QUINCE
Donde se trae la manera como los padres han de engendrar los hijos sabios, y del ingenio que requieren las letras. Es capítulo notable
Cosa es digna de grande admiración que, siendo Naturaleza tal cual todos sabemos, prudente, mañosa, de grande artificio, saber y poder, y el hombre una obra en quien ella tanto se exmera, y para uno que hace sabio y prudente cría infinitos faltos de ingenio. Del cual efecto buscando su razón y causas naturales, he hallado por mi cuenta que los padres no se llegan al acto de la generación con el orden y concierto que Naturaleza establesció, ni saben las condiciones que se han de guardar para que sus hijos salgan prudentes y sabios. Porque por la mesma razón que en cualquiera región, templada o destemplada, nasciere un hombre muy ingenioso, saldrán otros cien mil, guardando siempre aquel mesmo orden de causas. Si esto pudiésemos remediar con arte, habríamos hecho a la república el mayor beneficio que se le podría hacer.
Pero la dificultad que tiene esta materia es no poderse tractar con términos tan galanos y honestos como pide la vergüenza natural que tienen los hombres; y por la mesma razón que dejáremos de decir y notar alguna diligencia o contemplación necesaria, es cierto que va todo perdido. En tanto, que es opinión de muchos filósofos graves que los hombres sabios engendran ordinariamente hijos muy necios porque en el acto carnal se abstienen,239 por la honestidad, de algunas diligencias que son importantes para que el hijo saque la sabiduría del padre.
Desta vergüenza natural que tienen los ojos cuando se les ponen delante los instrumentos de la generación, y ofenderse los oídos cuando suenan sus nombres, han procurado algunos filósofos antiguos buscar su240 razón natural, espantados de ver que hubiese Naturaleza hecho aquellas partes con tanta diligencia y cuidado y para un fin tan importante como es hacer inmortal el linaje humano, y que cuanto un hombre es más sabio y prudente, tanto más se desgracia cuando las mira o las oye nombrar.
La vergüenza y honestidad dice Aristóteles que es propria pasión del entendimiento, y cualquiera que no se ofendiere con los nombres y actos de la generación es cierto que caresce desta potencia, como diríamos que no tiene tacto el que, puesta la mano en el fuego, no se quema. Con este indicio descubrió Catón el Mayor que Manilio, varón ilustre, era falto de entendimiento, porque le informaron que besaba a su mujer en presencia de una hija suya que tenía; por la cual razón le removió del lugar senatorio y no se pudo acabar con el que lo admitiese en el número de los senadores.
Desta contemplación hizo Aristóteles un problema preguntando: Cur homines rem agere veneream cupientes, confiteri se cupere maxime pudet; bibendi aut edendi aut aliquid eiusmodi faciendi desiderio cum teneantur, confiteri non pudet? Como si dijera: «¿Qué es la razón que si un hombre tiene deseo del acto carnal, ha vergüenza de manifestarlo, y si le da gana de comer o beber, o de cualquier cosa deste género, no tiene empacho de manifestarlo?». Al cual problema responde muy mal diciendo: an quod rerum plurimarum cupiditates necessariae sunt, et nonullae, nisi expleantur, interimunt; rei autem venereae libido superfluit, et abundantiae index est; como si dijera: «que hay apetito de muchas cosas que son necesarias a la vida del hombre, y algunas tan importantes que, si no se pusiesen241 por obra, le matarían; pero el apetito del acto venéreo antes es indicio de abundancia que de falta». Pero, realmente, el problema es falso, y la respuesta, también; porque no solamente ha el hombre vergüenza de manifestar el deseo que tiene de allegarse a mujer, pero también de comer y beber y dormir; y si le da gana de expeler algún excremento, no lo osa decir ni hacer sino con empacho y vergüenza, y con esto se va al lugar más secreto donde nadie lo vea. Y vemos hombres tan vergonzosos que, tiniendo grande apetito de orinar, no lo pueden hacer si alguno los está mirando, y dejándolos solos, luego la vejiga da la urina. Y éstos son apetitos de expeler lo que está demasiado en el cuerpo; y si no se pusiese por obra, vernía el hombre a morir, y muy más presto que por no comer ni beber; y si alguno lo dice o hace en presencia de otro, dice Hipócrates que no está en su libre juicio.
La mesma proporción dice Galeno que tiene la simiente con los vasos seminarios que la urina con la vejiga; porque de la manera que la mucha urina irrita la vejiga para que la echen de allí, así la mucha simiente molesta los vasos seminarios. Y pensar Aristóteles que el hombre y la mujer no vienen a enfermar y morir por retención de simiente es contra la opinión de todos los médicos, mayormente de Galeno, el cual dice y afirma que muchas mujeres, quedando mozas y viudas, vinieron a perder el sentido y movimiento, el pulso y la respiración, y tras ello la vida. Y el mesmo Aristóteles cuenta muchas enfermedades que padescen los hombres continentes por la mesma razón.
La verdadera respuesta del problema no se puede dar en filosofía natural, porque no es de su jurisdición. Y así, es menester pasar a otra sciencia superior, que llaman metafísica; en la cual, dice Aristóteles que el ánima racional es la más ínfima de todas las inteligencias; y por ser de la mesma naturaleza genérica que tienen los ángeles, está corrida de verse metida en un cuerpo que tiene comunidad con los brutos animales. Y así, nota la divina Escriptura (como cosa que contenía misterio) que, estando el primer hombre desnudo, no tenía vergüenza; pero viéndose a sí, luego se cubrió. En el cual tiempo conosció que por su culpa había perdido la inmortalidad y que su cuerpo era alterable y corruptible, y que aquellos instrumentos y partes se le habían dado porque necesariamente había de morir y dejar otro en su lugar, y que para conservar aquel poco de tiempo que tenía de vida había menester comer y beber y echar de sí tan malos y hediondos excrementos. Y cresciole más la vergüenza viendo que los ángeles, con quien él frisaba, eran inmortales y que no habían menester comer ni beber ni dormir para conservar la vida, ni tenían instrumentos para engendrarse los unos a los otros, antes fueron criados todos juntos, de ninguna materia y sin miedo de corromperse. De todo lo cual salen naturalmente instruidos los ojos y oídos; y así le pesa al ánima racional y se avergüenza que le traigan a la memoria las cosas que dieron al hombre por ser mortal y corruptible.
Y que ésta sea la conveniente respuesta paresce claramente; porque, para contentar Dios al ánima después del Juicio Universal y darle entera gloria, ha de hacer que su cuerpo tenga propriedades de ángel, dándole subtilidad, agilidad, inmortalidad y resplandor, por la cual razón no terná necesidad de comer ni de beber como los brutos animales. Y estando en el Cielo desta manera, no ternán vergüenza de verse en carnes, como ahora no la tienen Cristo Nuestro Redemptor ni su Madre, antes gloria accidental en ver que ha cesado ya el uso de aquellas partes que solían ofender el oído y la vista.
Tomando, pues, en cuenta esta honestidad natural del oído, procuré salvar los términos duros y ásperos desta materia y rodear por algunas maneras blandas de hablar; y donde no se pudiere escusar, habrame de perdonar el honesto Lector. Porque reducir a arte perfecta la manera que se ha de tener para que los hombres salgan de ingenio muy delicado es una de las cosas que la república más ha menester. Aliende que por la mesma razón nacerán virtuosos, gentiles hombres, sanos y de muy larga vida.
En cuatro partes principales me paresció repartir la materia deste capítulo, para dar claridad a lo que se ha de decir y que el lector no se confunda. La primera es mostrar las calidades y temperamento natural que el hombre y la mujer han de tener para poder engendrar. La segunda, qué diligencias han de hacer los padres para que sus hijos nazcan varones y no hembras. La tercera, cómo saldrán sabios y no necios. La cuarta, cómo se han de criar, después de nacidos, para conservarles el ingenio.
Veniendo, pues, al primer punto, ya hemos dicho (de Platón) que en la república bien ordenada había de haber casamenteros que con arte supiesen conoscer las calidades de las personas que se habían de casar, y dar a cada hombre la mujer que le responde en proporción, y a cada mujer su hombre determinado. En la cual materia comenzaron Hipócrates y Galeno a trabajar y dieron algunos preceptos y reglas para conoscer qué mujer es fecunda y cuál no puede parir, y qué hombre es inhábil para engendrar y cuál potente y prolífico. Pero de todo dijeron muy poco y no con tanta distinctión como convenía, a lo menos al propósito que yo lo he menester, por donde será necesario comenzar el arte dende sus principios y darle brevemente el orden y concierto que ha menester para sacar en limpio de qué junta de padres salen los hijos sabios y de cuál necios y torpes.
Para lo cual es menester saber primero cierta filosofía particular que, aunque es a los peritos del arte muy patente y verdadera, pero el vulgo está en ella muy descuidado, y depende de su conoscimiento todo lo que acerca del primer punto se ha de decir. Y es que el hombre, aunque nos paresce de la compostura que vemos, no difiere de la mujer (según dice Galeno) más que en tener los miembros genitales fuera del cuerpo; porque si hacemos anatomía de una doncella hallaremos que tiene dentro de sí dos testículos, dos vasos seminarios y el útero, con la mesma compostura que el miembro viril, sin faltarle ninguna deligneación.
Y de tal manera es esto verdad, que, si acabando Naturaleza de fabricar un hombre perfecto, le quisiese convertir en mujer, no tenía otro trabajo más que tornarle adentro los instrumentos de la generación; y si, hecha mujer, quisiese volverla en varón, con arrojarle el útero y los testículos fuera, no había más que hacer. Esto muchas veces le ha acontescido a Naturaleza, así estando la criatura en el cuerpo como fuera; de lo cual están llenas las historias, sino que algunos han pensado que era fabuloso viendo que los poetas lo traían entre las manos. Pero realmente pasa así: que muchas veces ha hecho Naturaleza una hembra y lo ha sido uno y dos meses en el vientre de su madre, y sobreviniéndoles a los miembros genitales copia de calor por alguna ocasión, salir afuera y quedar hecho varón. A quien esta transmutación le acontesciere en el vientre de su madre, se conosce después claramente en ciertos movimientos que tiene, indecentes al sexo viril: mujeriles, mariosos; la voz, blanda y melosa, Son los tales inclinados a hacer obras de mujeres, y caen ordinariamente en el pecado nefando. Por lo contrario, muchas veces tiene Naturaleza hecho un varón, con sus miembros genitales afuera, y sobreviniendo frialdad, se los vuelve adentro y queda hecha hembra. Conóscese después de nascida en que tiene el aire de varón, así en la habla como en todos sus movimientos y obras. Esto paresce que es dificultoso probarlo; pero, considerando lo que muchos historiadores auténticos afirman, es muy fácil de creer. Y que se hayan vuelto mujeres en hombres después de nascidas ya no se espanta el vulgo de oírlo; porque, fuera de lo que cuentan por verdad muchos antiguos, es cosa que ha acontescido en España muy pocos años ha, y lo que muestra la experiencia no admite disputas ni argumentos.
Pues qué sea la razón y causa de engendrarse los miembros genitales dentro o fuera, o salir hembra y no varón, es cosa muy clara sabiendo que el calor dilata242 y ensancha todas las cosas, y el frío las detiene y encoge. Y así, es conclusión de todos los filósofos y médicos que si la simiente es fría y húmida, que se hace hembra y no varón, y siendo caliente y seca, se engendrará varón y no hembra. De donde se infiere claramente que no hay hombre que se pueda llamar frío respecto de la mujer, ni mujer caliente respecto del hombre.
La mujer,243 para ser fecunda, dice Aristóteles que ha de ser fría y húmida; porque, si no lo fuese, era imposible venirle la regla ni tener leche para substentar nueve meses la criatura en el vientre y dos años después de nascida: toda se le gastara y consumiera. La mesma proporción dicen todos los filósofos y médicos que tiene el útero con la simiente viril, que tiene la tierra con el trigo o cualquiera otra semilla; y vemos que si la tierra no está fría y húmida, los labradores no osan sembrar, ni se traba la simiente; y entre las tierras, aquellas son más fecundas y abundosas en fructificar que tienen más frialdad y humidad, como paresce por experiencia considerando los lugares del Norte (Ingalaterra, Flandes y Alemania), cuya abundancia en todos los frutos espanta a los que no saben la razón y causa. Y en tales tierras como éstas, ninguna mujer, casándose, jamás dejó de parir, ni saben allá qué cosa es ser estéril: todas son fecundas y prolíficas por la mucha frialdad y humidad. Pero, aunque sea verdad que ha de ser fría y húmida la mujer para poder concebir, pero tanto podría ser que ahogase la simiente, como vemos que se pierden los panes244 con el mucho llover y no pueden medrar haciendo mucho frío. Por donde se entiende que estas dos calidades han de tener cierta moderación, de la cual subiendo o bajando, se pierde la fecundidad.
Hipócrates tiene por fecunda la mujer cuyo vientre es templado de tal manera que el calor no exceda a la frialdad, ni la humidad a la sequedad; y así, dice que las mujeres que tienen los vientres fríos no conciben, ni las que los tienen muy húmidos, ni muy calientes y secos. Y por la mesma razón que la mujer y sus miembros genitales fuesen templados, era imposible poder concibir, ni menos ser mujer; porque si la simiente de que se formó al principio fuera templada, salieran los miembros afuera y quedara hecha varón; y con esto le creciera la barba y no le viniera la regla, antes fuera el más perfecto varón que Naturaleza puede hacer. Tampoco puede ser el útero, ni la mujer, caliente a predominio; porque, si la simiente de que se engendró tuviera esta temperatura, saliera varón y no hembra. Ello es cierto, sin falta ninguna, que las dos calidades que hacen fecunda la mujer son frialdad y humidad, porque la naturaleza del hombre ha menester mucho nutrimento para poderse engendrar y conservar. Y así vemos que a ninguna hembra de cuantas hay entre los brutos animales le viene su costumbre como a la mujer. Por donde fue necesario hacerla toda ella fría y húmida, y en tal punto, que criase mucha sangre flemática y no la pudiese gastar ni consumir. Dije «sangre flemática» porque ésta es acomodada a la generación de la leche; de la cual dice Galeno, e Hipócrates, que se mantiene la criatura todo el tiempo que está en el vientre. Y si fuera templada, criara mucha sangre inepta a la generación de la leche y toda la resolviera, como lo hace el hombre templado, y así no sobrara nada para mantener la criatura. Por donde tengo por cierto, y es imposible, ninguna mujer ser templada ni caliente: todas son frías y húmidas. Y si no, denme los médicos la razón por que a ninguna mujer le nasce la barba y a todas les viene la regla, estando sanas; o por qué causa, siendo la simiente de que se hizo templada o caliente, salió hembra y no varón.
Pero, aunque es verdad que todas son frías y húmidas, pero no todas están en un mesmo grado de frialdad y humidad: unas están en el primero, otras en el segundo y otras en el tercero, y en cualquiera dellos se puede empreñar si el hombre le responde en la proporción de calor que adelante diremos. Con qué señales se hayan de conoscer estos tres grados de frialdad y humidad en la mujer y saber cuál está en el primero, y cuál en el segundo y cuál en el tercero, ningún filósofo ni médico lo ha dicho hasta aquí; pero considerando los efectos que hacen estas calidades en las mujeres podremos partirlos por razón de la intensión, y así será fácil entenderlo. Lo primero, por el ingenio y habilidad de la mujer; lo segundo, por las costumbres y condición; lo tercero, por la voz gruesa o delgada; lo cuarto, por las carnes muchas o pocas; lo quinto, por el color; lo sexto, por el vello; lo séptimo, por la hermosura o fealdad.
Cuanto a lo primero, es de saber que, aunque es verdad (y así lo dejamos probado atrás) que el ingenio y habilidad de la mujer sigue el temperamento del celebro y no de otro miembro ninguno, pero es de tanta fuerza y vigor el útero y sus testículos para alterar todo el cuerpo, que si estos son calientes y secos, o fríos y húmidos, o de otra cualquier temperatura, las demás partes dice Galeno que llevan el mismo tenor. Pero el miembro que más asido está de las alteraciones del útero, dicen todos los médicos que es el celebro, aunque no hallan razón en que fundar tanta correspondencia. Verdad es que, por experiencia, prueba Galeno que, castrando una puerca, luego se amansa y engorda y hace la carne tierna y sabrosa, y con los testículos, es de comer como carne de perro. Por donde se entiende que el útero y sus testículos son de grande eficacia para comunicar a todas las demás partes del cuerpo su temperamento; mayormente al celebro, por ser frío y húmido como ellos, entre los cuales (por la semejanza) es fácil el tránsito.
Y si nos acordamos que la frialdad y humidad son las calidades que echan a perder la parte racional, y sus contrarios, calor y sequedad, la perfectionan y aumentan, hallaremos que la mujer que mostrare mucho ingenio y habilidad terná frialdad y humidad en el primer grado; y si fuere muy boba, es indicio d'estar en el tercero; de los cuales dos estremos participando, arguye el segundo grado. Porque pensar que la mujer puede ser caliente y seca, ni tener el ingenio y habilidad que sigue a estas dos calidades, es muy grande error; porque si la simiente de que se formó fuera caliente y seca a predominio, saliera varón y no hembra, y por ser fría y húmida nasció hembra y no varón.
La verdad desta doctrina paresce claramente considerando el ingenio de la primera mujer que hubo en el mundo: que con haberla hecho Dios con sus proprias manos, y tan acertada y perfecta en su sexo, es conclusión averiguada que sabía mucho menos que Adam. Lo cual entendido por el demonio, la fue a tentar; y no osó ponerse a razones con el varón temiendo su mucho ingenio y sabiduría. Pues decir que por su culpa le quitaron a Eva todo aquel saber que le faltaba para igualar con Adam, ninguno lo puede afirmar, porque aún no había pecado. Luego la razón de tener la primera mujer no tanto ingenio le nasció de haberla hecho Dios fría y húmida, que es el temperamento necesario para ser fecunda y paridera, y el que contradice al saber; y si la sacara templada como Adam, fuera sapientísima, pero no pudiera parir ni venirle la regla si no fuera por vía sobrenatural.
En esta naturaleza se fundó Sant Pablo cuando dijo: Mulier in silentio discat cum omni subiectione; docere autem mulieri non permitto neque dominari in virum, sed esse in silentio;245 como si dijera: «No quiero que la mujer enseñe, sino que calle y aprenda y esté subjeta a su marido». Pero esto se entiende no tiniendo la mujer espíritu ni otra gracia más que su disposición natural; pero, si alcanza algún don gratuito, bien puede enseñar y hablar, pues sabemos que, estando el pueblo de Israel oprimido y cercado por los asirios, envió a llamar Judit, mujer sapientísima, a los sacerdotes de Cabrey y Carmi, y los riñó diciendo: «¿Dónde se sufre que diga Ocías que si dentro de cinco días no le viene socorro, que ha de entregar el pueblo de Israel a los asirios? ¿Vosotros no veis que estas palabras provocan a Dios a ira y no a misericordia? ¿Qué cosa es que pongan los hombres término limitado a la misericordia de Dios y que señalen a su antojo el día en que les puede socorrer y librar?».246 Y en acabándolos de reñir, les mostró de qué manera habían de aplacar a Dios y alcanzar d'Él lo que pedían. También Délbora,247 mujer no menos sabia, enseñaba al pueblo de Israel la manera como habían de dar gracias a Dios por la grande victoria que contra sus enemigos habían alcanzado.248 Pero, quedando la mujer en su disposición natural, todo género de letras y sabiduría es repugnante a su ingenio. Por donde la Iglesia católica, con gran razón, tiene prohibido que ninguna mujer pueda predicar ni confesar ni enseñar; porque su sexo no admite prudencia ni disciplina.
También por las costumbres de la mujer y por su condición se descubre en qué grado de frialdad y humidad está su temperamento; porque si con el ingenio agudo es arisca, áspera y desabrida, está en el primer grado de frialdad y humidad. Siendo verdad (lo que atrás dejamos probado) que la mala condición anda siempre asida de la buena imaginativa, ninguna cosa pasa por alto la que tiene este punto de frialdad y humidad; todo lo nota y riñe, y así, no se puede sufrir. Suelen ser las tales de buena conversación, y no se espantan249 de ver hombres ni tienen por malcriado al que les dice un requiebro. Por lo contrario, ser la mujer de buena condición, el no darle pena ninguna cosa, el reírse de cualquier ocasión, el pasar por todo y dormir muy bien, descubre el tercer grado de frialdad y humidad, porque la mucha blandura en el ánimo anda ordinariamente acompañada del poco saber. La que participare destos dos estremos estará en el segundo grado.
La voz abultada, gruesa y áspera, dice Galeno que es indicio de mucho calor y sequedad, y también lo probamos atrás de opinión de Aristóteles. Por donde entenderemos que si la mujer tuviere la voz como hombre, que es fría y húmida en el primer grado; y si muy delicada, está en el tercero; y participando de ambos estremos, terná una voz natural de mujer y estará en el segundo grado. Cuánto dependa la habla del temperamento de los testículos lo probaremos luego, tractando de las señales del hombre.
También las muchas carnes en la mujer es argumento de mucha frialdad y humidad, porque la pringue y grosura dicen los médicos que se engendra en los animales por esta razón. Y, por lo contrario, ser enjuta y seca es indicio de poca frialdad y humidad. Y tener moderadas carnes, ni pocas ni muchas, es evidente señal que la mujer está en el segundo grado de frialdad y humidad. También la blandura y aspereza dellas muestra250 los grados destas dos calidades: la mucha humidad pone las carnes blandas; y la poca, ásperas y duras; y la moderada las hace de buena manera.
El color del rostro y de las demás partes del cuerpo descubren también la intensión y remisión destas dos calidades. Ser la mujer muy blanca, dice Galeno, que es indicio de mucha frialdad y humidad; y, por lo contrario, la que es morena y verdinegra está en el primer grado de frialdad y humidad; de los cuales dos estremos se hace el segundo grado, y conóscese en que juntamente es blanda y colorada.
Tener mucho vello y un poco de barba es evidente señal para conoscer el primer grado de frialdad y humidad; porque, sabida la generación de los pelos y barba, todos los médicos dicen que es de calor y sequedad; y si son negros arguye mucho calor y sequedad. La contraria temperatura se colige siendo la mujer muy lampiña, sin bozo ni vello. La que está en el segundo grado de frialdad y humidad tiene un poco de vello, pero rubio y dorado.
La fealdad y hermosura ayudan también a conoscer los grados que la mujer tiene de frialdad y humidad. En el primer grado, por maravilla sale la mujer hermosa; porque, estando seca la simiente de que se formó, fue impedimento para que no saliese bien figurada. El barro ha de tener humidad conviniente para que el ollero lo pueda formar y hacer dél lo que quisiere, y estando duro y seco, saca los vasos feos y mal tallados. También por la mucha frialdad y humidad dice Aristóteles que hace Naturaleza las mujeres feas, porque si la simiente es fría y muy aguanosa no se puede bien figurar por no tener consistencia, como del barro muy blando vemos que se hacen los vasos mal figurados.
En el segundo grado de frialdad y humidad sale la mujer muy hermosa, por haberse hecho de materia bien sazonada y obediente a Naturaleza. La cual señal, sólo por sí, es evidente argumento de ser la mujer fecunda; porque es cierto que Naturaleza la acertó a hacer, y de creer es que le daría el temperamento y compostura que era necesaria para parir. Y así, a casi todos los hombres responde en proporción y todos la apetescen.
Ninguna potencia hay en el hombre que no tenga indicios y señales para descubrir la bondad o malicia de su objeto. El estómago conosce los alimentos por el gusto, por el olfato y por la vista; y así, dice la divina Escriptura que Eva puso los ojos en el árbol vedado y le paresció que era suave para comer. La facultad generativa tiene por indicio de fecundidad la hermosura de la mujer, y, en siendo fea, la aborresce, entendiendo por este indicio que Naturaleza la erró y que no le daría el temperamento que era conveniente para parir.
Con qué señales se conosce en qué grado de calor y sequedad está cada hombre
El hombre no tiene tan limitado su temperamento como la mujer; porque puede ser caliente y seco (y esta temperatura piensa Aristóteles, y Galeno, que es la que más conviene a este sexo), y caliente y húmido, y templado; pero frío y húmido, y frío y seco, no se puede admitir (estando el hombre sano y sin ninguna lesión); porque por la mesma razón que no hay mujer caliente y seca, ni caliente y húmida, ni templada, así no hay hombres fríos y húmidos, ni fríos y secos en comparación de las mujeres, si no es de la manera que luego diré.
El hombre caliente y seco, y caliente y húmido, y templado, tiene los mesmos tres grados en su temperamento que la mujer en la frialdad y humidad, y así, es menester tener indicios para conoscer qué hombre en qué grado está, para darle la mujer que le responde en proporción. Y, por tanto, es de saber que de los mesmos principios que coligimos el temperamento251 de la mujer y el grado que tenía de frialdad y humidad, de esos proprios nos habemos de aprovechar para entender qué hombre es caliente y seco, y en qué grado.
Y porque dijimos que del ingenio y costumbres del hombre se colige el temperamento de los testículos, es menester advertir en una cosa notable que dice Galeno; y es que, para dar a entender la gran virtud que tienen los testículos del hombre en dar firmeza y temperamento a todas las partes del cuerpo, afirma que son más principales que el corazón. Y da la razón diciendo que este miembro es principio de vivir y no más; pero los testículos son principio de vivir bien y sin achaques.
Cuánto daño haga al hombre privarle destas partes, aunque pequeñas, no serán menester muchas razones para probarlo, pues vemos por experiencia que luego se le cae el vello y la barba, y la voz gruesa y abultada se le vuelve delgada y con esto pierde las fuerzas y el calor natural y queda de peor condición y más mísera que si fuera mujer. Pero lo que más conviene notar es que, si antes que capasen al hombre, tenía mucho ingenio y habilidad, después de cortados los testículos lo viene a perder como si en el mesmo celebro hubiera recebido alguna notable lesión. Lo cual es evidente argumento que los testículos dan y quitan el temperamento a todas las partes del cuerpo. Y si no, consideremos, como yo muchas veces lo he hecho, que de mil capones que se dan a letras ninguno sale con ellas; y en la música, que es su profesión ordinaria, se echa más claro de ver cuán rudos son; y es la causa que la música es obra de la imaginativa, y esta potencia pide mucho calor, y ellos son fríos y húmidos. Luego cierto está que por el ingenio y habilidad sacaremos el temperamento de los testículos; y, por tanto, el hombre que se mostrare agudo en las obras de la imaginativa terná calor y sequedad en el tercer grado; y si el hombre no supiere mucho, es señal que con el calor se ha juntado humidad, la cual echa siempre a perder la parte racional; y confirmarse ha más si tiene mucha memoria.
Las costumbres ordinarias de los hombres calientes y secos en el tercer grado son ánimo, soberbia, liberalidad, desvergüenza y hollarse252 con muy buena gracia y donaire; y en caso de mujeres, no tienen rienda ni moderación. Los calientes y húmidos son alegres, risueños, amigos de pasatiempos; son sencillos de condición y muy afables; son vergonzosos y no mucho dados a mujeres.
La voz y habla descubre mucho el temperamento de los testículos: la que fuere abultada y un poco áspera es indicio de ser el hombre caliente y seco en el tercer grado, y si es blanda y amorosa y muy delicada es señal de poco calor y mucha humidad, como paresce en los hombres capados. El hombre que con el calor juntare humidad la terná abultada, pero blanda y sonora.
El hombre que es caliente y seco en el tercer grado tiene muy pocas carnes, duras y ásperas, hechas de nervios y murecillos,253 y las venas muy anchas; y, por lo contrario, tener muchas carnes, lisas y blandas, es indicio de haber humidad, por razón de la cual el calor natural todo lo dilata y ensancha.
También el color del cuero, si es moreno, tostado, verdinegro y cenizoso, es indicio de estar el hombre en el tercer grado de calor y sequedad; y si tiene las carnes blancas y coloradas, arguye poco calor y más humidad.
El vello y la barba es la señal en que más se ha de mirar, porque estas dos cosas andan muy asidas del temperamento de los testículos. Y si el vello es mucho, negro y grueso, especialmente desde los muslos hasta el ombligo, es indicio infalible de tener los testículos mucho calor y sequedad; y si tiene algunas cerdas en los hombros, se confirma mucho más. Pero cuando el cabello y la barba y el vello es castaño, blando, delicado y no mucho, no arguye tanto calor ni sequedad en los testículos.
Los hombres muy calientes y secos por maravilla aciertan a salir muy hermosos, antes feos y mal tallados; porque el calor y la sequedad (como dice Aristóteles de los de Etiopía) hace torcer las faciones del rostro, y así, salen de mala figura. Por lo contrario, ser bien sacado y gracioso arguye moderado calor y humidad, por la cual razón está la materia obediente a lo que Naturaleza quiere hacer; y así es cierto: que la mucha hermosura en el hombre no arguye mucho calor.254
De las señales del hombre templado hemos tractado bien por estenso en el capítulo pasado, por donde no será necesario tornarlas a referir; sólo conviene notar que, así como los médicos ponen en cada grado de calor tres escalones de intensión, de la mesma manera en el hombre templado se ha de poner latitud y anchura de otros tres; y el que estuviere en el tercero, hacia frialdad y humidad, se reputará ya por frío y húmido, porque cuando un grado demedia, a otro semeja. Y que esto sea verdad, paresce claramente; porque las señales que trae Galeno para conoscer el hombre frío y húmido son las mesmas del hombre templado un poco más remisas; y así, es sabio, de buena manera, virtuoso; tiene clara habla, melosa; es blanco, de buenas carnes y blandas y sin vello, y si alguno tiene, es poco y dorado. Son los tales muy rubios y hermosos de rostro; pero su simiente dice Galeno que es aguanosa e inhábil para engendrar. Éstos no son muy amigos de las mujeres, ni las mujeres de ellos.
Qué mujer con qué hombre se ha de casar para que pueda concebir
En la mujer que no pare estando casada, manda hacer Hipócrates dos diligencias para conoscer si es por falta suya o porque la simiente de su marido es inhábil para engendrar. La primera es sahumarse con encienso o estoraque,255 ciñiéndose bien la ropa y que las sayas arrastren por el suelo, de manera que ningún vapor ni humo pueda salir; y si dende a un rato sintiere el sabor del encienso en la boca, es cierta señal que no es por falta suya el no parir, pues el humo halló los caminos del útero abiertos, por donde penetró hasta las narices y la boca. La otra es tomar una cabeza de ajos mondada hasta lo vivo y ponerla dentro del útero al tiempo que la mujer se quiere dormir; y si otro día sintiere en la boca el sabor de los ajos, ella es fecunda sin falta ninguna.
Pero estas dos pruebas, puesto caso que hiciesen el efecto que dice Hipócrates (que es penetrar el vapor por la parte de dentro hasta la boca), no arguye esterilidad absoluta del marido ni fecundidad entera de la mujer, sino mala correspondencia de ambos a dos, y así, tan estéril es ella para él como él para ella; lo cual vemos cada día por experiencia, que, casándose él con otra, viene a tener hijos. Y lo que más espanta a los que no saben esta filosofía natural es que, apartándose dos con título de impotencia y casándose él con otra y ella con otro, han venido ambos a tener generación. Y es la causa que hay hombres cuya facultad generativa es inhábil y no alterable para una mujer, y para otra es potente y prolífica; como lo vemos por experiencia en el estómago, que para un alimento tiene el hombre grande apetito, y para otro, aunque sea mejor, está como muerto.
Cuál sea la correspondencia que han de tener el hombre y la mujer para que haya generación, dícelo Hipócrates desta manera: Nisi calidum frigido et siccum humido, modo et aquabilitate respondeat nihil generabitur; como si dijera: «Si no se juntaren dos simientes en el útero de la mujer, la una caliente y la otra fría, o la una húmida y la otra seca, en igual grado de intensión, ninguna cosa se engendrará». Porque una obra tan maravillosa como es la formación del hombre, ha menester una templanza donde el calor no exceda a la frialdad ni la humidad a la sequedad; por donde, siendo la simiente del varón caliente y también la de la mujer, no se hará generación.
Supuesta esta doctrina, concertemos ahora, por vía de ejemplo, a la mujer fría y húmida en el primer grado, cuyas señales dijimos que eran ser avisada, de mala condición, con voz abultada, de pocas carnes, verdinegra, vellosa y fea. Ésta se empreñará fácilmente de un hombre nescio, bien acondicionado, que tuviere la voz blanda y melosa, muchas carnes, blancas y blandas, con poco vello y fuere rubio y hermoso de rostro. Ésta también se puede casar con un hombre templado, cuya simiente dijimos, de opinión de Galeno, que es fecundísima y correspondiente a cualquiera mujer; entiéndese estando sana y de edad conviniente; pero, con todo eso, es muy mala de empreñar, y si concibe, dice Hipócrates que dentro de dos meses viene a mover, por no tener sangre con que mantenerse a ella y a la criatura nueve meses. Aunque esto se puede remediar fácilmente bañándose la mujer muchas veces antes que se allegue al acto de la generación, y ha de ser el baño de agua dulce256 y caliente, del cual dice Hipócrates que hace la verdadera temperatura de la mujer relajándole las carnes y humedesciéndolas (que es la templanza que ha de tener la tierra para que el grano de trigo eche raíces y se trabe); y hace otro efecto mayor, que es augmentar la gana del comer, y prohíbe la resolución y hace que el calor natural sea en mayor cantidad; por donde se adquiere gran copia de sangre flemática con que pueda mantener nueve meses la criatura.
De la mujer que es fría y húmida en el tercer grado son sus señales ser boba, bien acondicionada; tiene la voz muy delicada; muchas carnes, blandas y blancas; no tiene vello ni bozo, ni es muy hermosa. Ésta se ha de casar con un hombre caliente y seco en el tercer grado, porque su simiente es de tanta furia y hervor, que ha menester caer en un lugar de mucha frialdad y humidad para que prenda y eche raíces. Ésta tiene la calidad de los berros, que si no es dentro en el agua no pueden nascer, y si tuviese menos calor y sequedad, no sería más caer en este útero tan frío y húmido que sembrar trigo en una laguna. Tal mujer como ésta, aconseja Hipócrates que la adelgacen y gasten las carnes y pringue antes que se case. Pero entonces no conviene juntarla con hombre tan caliente y seco, porque no hará buena templanza ni se empreñará.
La mujer que fuere fría y húmida en el segundo grado tiene moderación en lasseñales que hemos dicho, salvo en la hermosura, que es por estremo, y así, es evidente indicio de ser fecunda y paridera salir de buena gracia y donaire. Ésta responde en proporción a casi todos los hombres: primeramente, al caliente y seco en el segundo grado, y después al templado, y tras él al caliente y húmido.
De todas estas combinaciones y juntas de hombres y mujeres que hemos dicho pueden salir los hijos sabios, pero de la primera son más ordinarios; porque, puesto caso que la simiente del varón inclina a frialdad y humidad, pero la continua sequedad de la madre y darle tan poco alimento corrige y enmienda la falta del padre.
Por no haber salido a luz esta manera de filosofar, no han podido todos los filósofos naturales responder a este problema que dice: Cur plerique stulti liberos prudentissimos procrearunt? Como si dijera: «¿Qué es la causa que los más de los hombres necios engendran hijos sapientísimos?». A lo cual responden que los hombres necios se aplican muy de veras en el acto carnal y no se distraen a otra ninguna contemplación; lo contrario de lo cual hacen los hombres muy sabios, que aun en el acto carnal se ponen a imaginar cosas ajenas de lo que están haciendo, por donde debilitan la simiente y hacen los hijos faltos, así en las potencias racionales como en las naturales. Pero esta respuesta es de hombres que saben poca filosofía natural. En las demás juntas es menester aguardar que la mujer se enjugue y deseque con la perfecta edad, y no casarla muchacha, porque en esto está salir los hijos necios y de poco saber: la simiente de los padres muy mozos es humidísima por haber poco que nascieron; y haciéndose el hombre de materia que tiene humidad excesiva, por fuerza ha de salir torpe de ingenio.
Qué diligencias se han de hacer para que salgan varones y no hembras
Los padres que quisieren gozar de hijos sabios y que tengan habilidad para letras han de procurar que nazcan varones; porque las hembras, por razón de la frialdad y humidad de su sexo, no pueden alcanzar ingenio profundo. Sólo vemos que hablan con alguna aparencia de habilidad en materias livianas y fáciles, con términos comunes y muy estudiados; pero, metidas en letras, no pueden aprender más que un poco latín, y esto por ser obra de la memoria. De la cual rudeza no tienen ellas la culpa; sino que la frialdad y humidad que las hizo hembras, esas mesmas calidades hemos probado atrás que contradicen al ingenio y habilidad.
Considerando Salomón la gran falta que hay de hombres prudentes, y cómo ninguna mujer nasce con ingenio y saber, dijo desta manera: Virum unum de mille reperi, mulierem ex omnibus non inveni;257 como si dijera: «Entre mil varones hallé uno que fuese prudente, pero de todas las mujeres ninguna me ocurrió con sabiduría». Por tanto, se debe huir deste sexo y procurar que el hijo nazca varón, pues en él solo se halla el ingenio que requieren las letras. Para lo cual es menester considerar primero qué instrumentos258 ordenó Naturaleza en el cuerpo humano a este propósito y qué orden de causas se han de guardar para que se pueda conseguir el fin que llevamos.
Y así, es de saber que entre muchos excrementos y humores que hay en el cuerpo humano, de sólo uno dice Galeno que se aprovecha Naturaleza para hacer que el linaje de los hombres no se acabe. Este es cierto excremento que se llama suero o sangre serosa, cuya generación se hace en el hígado y venas al tiempo que los cuatro humores (sangre, flema, cólera y melancolía) alcanzan la forma y substancia que han de tener. De tal licor como éste usa Naturaleza para desleír el alimento y hacerle que pase por las venas y caminos angostos para llevar el substento a todas las partes del cuerpo. Cuya obra acabada, proveyó la mesma Naturaleza de dos riñones cuyo oficio no fuese otro más que traer a sí este suero y echarlo por sus caminos a la vejiga y de allí fuera del cuerpo, y esto para librar al hombre de la ofensa que tal excremento le podía causar. Pero, viendo que tenía ciertas calidades convenientes a la generación, proveyó de dos venas que llevasen parte dél a los testículos y vasos seminarios, con algún poco de sangre, de la cual se hiciese la simiente tal cual convenía a la especie humana; y así, plantó una vena en el riñón derecho la cual va a parar al testículo derecho y della mesma se hace el vaso seminario derecho. La otra vena sale del riñón izquierdo y se remata en el testículo izquierdo, y desta mesma se hace el vaso seminario izquierdo.
Qué calidades tenga este excremento por las cuales sea materia conviniente a la generación de la simiente, dice el mesmo Galeno que son cierta acrimonia y mordacidad que nasce de ser salado, con las cuales irrita los vasos seminarios y mueve al animal para que procure la generación y no se descuide; por donde los hombres muy lujuriosos se llaman en lengua latina salaces, que quiere decir «hombres que tienen mucha sal en la simiente».
Con esto hizo Naturaleza otra cosa digna de gran consideración; y es que al riñón derecho y al testículo derecho les dio mucho calor y sequedad, y al riñón izquierdo y al testículo izquierdo mucha frialdad y humidad. Por donde la simiente que se labra en el testículo derecho sale caliente y seca, y la del testículo izquierdo fría y húmida.
Qué pretenda Naturaleza con esta variedad de temperamento, así en los riñones como en los testículos y vasos seminarios, es cosa muy clara sabiendo por historias muy verdaderas que al principio del mundo y muchos años después parían siempre las mujeres dos hijos de un vientre, y el uno nascía varón y el otro hembra; cuyo fin era que para cada hombre hubiese su mujer y para cada mujer su varón, para aumentar presto la especie humana. Por tanto, proveyó que el riñón derecho diese materia caliente y seca al testículo derecho, y que éste, con su gran calor y sequedad, hiciese la simiente caliente y seca para la generación del varón. Lo contrario desto ordenó para la formación de la hembra: que el riñón izquierdo enviase el suero frío y húmido al testículo izquierdo, y que éste, con su frialdad y humidad, hiciese la simiente fría y húmida, de la cual forzosamente se ha de engendrar hembra y no varón.
Pero, después que la tierra se ha llenado de hombres, paresce que se ha desbaratado este orden y concierto de Naturaleza y desdoblado la generación; y lo que peor es, que para un varón que se engendra nascen ordinariamente seis o siete mujeres. Por donde se entiende, o que Naturaleza está ya cansada o que hay algún error de por medio que le estorba el obrar como querría. Cuál sea éste, un poco adelante lo diremos, trayendo las condiciones que se han de guardar para que sin errar el hijo nazca varón.
Y así, digo que se han de hacer seis diligencias con mucho cuidado si los padres quieren conseguir este fin. Una de las cuales es comer alimentos calientes y secos; la segunda, procurar que se cuezgan bien en el estómago; la tercera, hacer mucho ejercicio; la cuarta, no llegarse al acto de la generación hasta que la simiente esté cocida y bien sazonada; la quinta, tener cuenta con su mujer cuatro o cinco días antes que le venga la regla; la sexta, procurar que la simiente caiga en el lado derecho del útero. Las cuales guardadas como diremos, es imposible engendrarse mujer.
Cuanto a la primera condición, es de saber que, puesto caso que el buen estómago cuece y altera el manjar y le desnuda de las cualidades que antes tenía, pero jamás le priva totalmente dellas. Porque si comemos lechugas, cuyas calidades son frialdad y humidad, la sangre que dellas se engendrare será fría y húmida, y el suero frío y húmido, y la simiente fría y húmida; y si es miel, cuyas calidades son calor y sequedad, la sangre que della se hiciere será caliente y seca, y el suero caliente y seco, y la simiente caliente y seca, porque es imposible, dice Galeno, dejar de saber los humores al modo de substancia y calidades que el manjar tenía antes que se comiese. Luego, si es verdad que el sexo viril consiste en que la simiente sea caliente y seca al tiempo de la formación, cierto es que conviene usar los padres de manjares calientes y secos para hacer el hijo varón.
Verdad es que hay un peligro muy grande en esta manera de generación; y es que, siendo la simiente muy caliente y seca, hemos dicho muchas veces atrás que por fuerza se ha de engendrar un varón malino, astuto, caviloso y con inclinación a muchos vicios y males, y tales hombres como éstos, si no se van a la mano, son peligrosos en la república; y, por tanto, sería mejor que no se formasen. Pero, con todo eso, no faltarán padres que digan «Nazca mi hijo varón y sea ladrón»; porque Melior est iniquitas viri quam mulier bene faciens.259 Aunque esto se puede remediar fácilmente usando de alimentos templados y que declinen un poco a calor y sequedad, o por la preparación o añadiéndoles algunas especies. Éstos dice Galeno que son gallinas, perdices, tórtolas, francolines, palomas, zorzales, mérulas260 y cabrito; los cuales dice Hipócrates que se han de comer asados para calentar y desecar la simiente. El pan con que se comieren ha de ser candial,261 hecho de la flor de la harina, masado con sal y anís; porque el rubial es frío y húmido, como adelante probaremos, y para el ingenio muy perjudicial. La bebida ha de ser vino blanco, aguado en la proporción que el estómago lo aprobare; y el agua con que se ha de templar, conviene que sea dulce y muy delicada.
La segunda diligencia que dijimos era comer estos manjares en tan moderada cantidad que el estómago los pudiese vencer; porque, aunque los alimentos sean calientes y secos de su propria naturaleza, se hacen fríos y húmidos si el calor natural no los puede cocer; por donde, aunque los padres coman miel y beban vino blanco, harán la simiente fría destos manjares, y della se engendrará hembra y no varón.
Por esta razón, la mayor parte de la gente noble y rica padesce este trabajo de tener muchas más hijas que los hombres necesitados; porque comen y beben lo que su estómago no puede gastar, y aunque los manjares sean calientes y secos, cargados de especias, azúcar y miel, por ser en mucha cuantidad los encrudescen y no los pueden vencer. Pero la crudeza que más daño hace a la generación es la del vino, porque este licuor, por ser tan vaporable y subtil, hace que él y los demás alimentos vayan crudos a los vasos seminarios y que la simiente irrite falsamente al hombre sin estar cocida y sazonada. Y, por tanto, loa Platón una ley que halló en la república de los cartaginenses por la cual prohibían que el hombre casado, ni su mujer, no bebiesen vino el día que se pensaban llegar al acto de la generación, entendiendo que este licor hacía mucho daño a la salud corporal del niño y que era bastante causa para que saliese vicioso y de malas costumbres. Pero si se bebe con moderación, de ningún manjar se hace tan buena simiente (para el fin que llevamos) como del vino blanco, especialmente para dar ingenio y habilidad, que es lo que más pretendemos.
La tercera diligencia que dijimos era hacer ejercicio más que moderado; porque éste gasta y consume la demasiada humidad de la simiente, y la calienta y deseca. Por esta razón se hace el hombre fecundísimo y potente para engendrar; y, por lo contrario, el holgar y no ejercitar las carnes es una de las cosas que más enfría y humedesce la simiente. Por donde la gente rica y holgada cargan de más hijas que los pobres trabajadores.
Y así, cuenta Hipócrates que los hombres principales de Scitia eran muy muy afeminados, mujeriles, mariosos, inclinados a hacer obras de mujeres, como son barrer, fregar y amasar, y con esto eran impotentes para engendrar; y si algún hijo varón les nascía, o salía eunuco o hermafrodita. De lo cual corridos y afrentados, determinaron hacer a Dios grandes sacrificios y ofrecerle262 muchos dones suplicándole que no los tractase así o que les remediase aquella falta, pues podía. Pero Hipócrates se burlaba dellos, diciendo que ningún efecto acontesce que no sea maravilloso y divino si por aquella vía se ha de considerar; porque, reduciendo cualquiera dellos en sus causas naturales, últimamente venimos a parar en Dios, en cuya virtud obran todos los agentes del mundo; pero hay efectos que inmediatamente se han de reducir a Dios (que son aquellos que van fuera de la orden natural) y otros mediatamente, contando primero las causas intermedias que están ordenadas para aquel fin. La región que los Scitas habitan dice Hipócrates que está debajo del Septentrión, fría y húmida sobremanera, donde, por las muchas nieblas, por maravilla se descubre el sol. Andan los hombres ricos siempre a caballo, no hacen ejercicio ninguno, comen y beben más de lo que su calor natural puede gastar; todo lo cual hace la simiente fría y húmida, y por esta razón engendraban muchas hembras, y si algún varón les nascía, salía de la condición que habemos dicho. «El remedio (les dijo Hipócrates) sabed que no es hacer a Dios sacrificios y no más, sino juntamente con esto andar a pie, comer poco y beber menos, y no estar siempre holgando. Y para que lo entendáis claramente, tened cuenta con la gente pobre desta región y con vuestros proprios esclavos, los cuales, no solamente no hacen a Dios sacrificios ni le ofrecen dones, por no tener de qué, pero blasfeman su nombre bendicto y le dicen infinitas injurias porque les dio tan baja fortuna; y con ser tan malos y blasfemos, son potentísimos para engendrar; y de sus hijos, los más salen varones y robustos, no mariosos, eunucos ni hermafroditas como los vuestros. Y es la causa que comen poco, y hacen mucho ejercicio y no andan a caballo como vosotros, por las cuales razones hacen la simiente caliente y seca, y desta tal se engendrará varón y no hembra».
Esta filosofía no entendió Faraón ni los de su Consejo, pues dijo desta manera: Venite, sapienter opprimamus eum ne forte multiplicetur, et si ingruerit contra nos bellum, addatur inimicis nostris.263 Y el remedio que tomó para prohibir que el pueblo de Israel no cresciese tanto, o a lo menos que no nasciesen muchos varones (que era lo que él más se temía), fue oprimirle con muchos trabajos corporales y darles a comer puerros, ajos y cebollas; con el cual remedio le iba tan mal, que dice el Texto divino: Quantoque opprimebant eos tanto magis multiplicabantur et crescebant. Y tornándole a parescer que este era el mejor remedio que se podía hallar, les vino a doblar el trabajo corporal; y aprovechábale tan poco, como si para matar un gran fuego echara en él mucho aceite o manteca. Pero si él supiera filosofía natural, o alguno de los de su Consejo, les había de dar a comer pan de cebada, lechugas, melones, calabazas y pepinos, y tenerlos en grande ociosidad, bien comidos y bebidos, y no dejarlos trabajar; porque desta manera hicieran la simiente fría y húmida, y della se engendraran más hembras que varones, y en poco tiempo les abreviara la vida si quisiera. Pero dándoles a comer mucha carne cocida con muchos ajos, puerros y cebollas, y haciéndoles trabajar de aquella manera, hacían la simiente caliente y seca, con las cuales dos calidades se irritaban más a la generación y siempre engendraban varones.
En confirmación desta verdad hace Aristóteles un problema preguntando: Cur genitura in somnis iis profluere solet qui aut labore lassescunt aut tabe consummuntur? Como si dijera: «¿Qué es la causa que los trabajadores y los hécticos264 padecen durmiendo muchas poluciones?». Al cual problema, cierto, no sabe responder, porque dice muchas cosas y ninguna dellas da en el blanco. La razón es que el trabajo corporal y la calentura héctica calientan y desecan la simiente, y estas dos calidades la hacen acre y mordaz; y como en el sueño se fortifican todas las obras naturales, acontesce lo que dice el problema. Cuán fecunda y mordaz sea la simiente caliente y seca, nótalo Galeno diciendo: et fecundissima est, ac celeriter ab initio protinus ad coitum excitat animal: petulca est et ad libidinem prona.265
La cuarta condición266 era no llegar al acto de la generación hasta que la simiente esté reposada, cocida y bien sazonada. Porque, aunque hayan precedido las tres diligencias pasadas, aún no sabemos si ha venido a la perfectión que ha de tener; mayormente, que conviene usar primero, siete267 u ocho días arreo, de los manjares que dijimos, para que haya lugar que los testículos gasten en su nutrición la simiente que hasta allí se había hecho de otros alimentos, y subceda la que vamos calificando.
Las mesmas diligencias se han de hacer con la simiente humana, para que sea fecunda y prolífica, que hacen los hortolanos con las semillas que quieren guardar: que esperan que se maduren y se enjuguen y desequen, porque si las quitan del árbol antes que tengan la sazón y punto que conviene, echándolas otro año en la tierra no pueden frutificar. Por esta razón tengo notado que en los lugares donde se usa mucho el acto carnal hay menos generación que donde hay más continencia; y las mujeres públicas, por no aguardar que su simiente se cueza y madure, jamás se hacen preñadas. Luego, conviene aguardar algunos días que la simiente se repose, se cueza y madure y tenga buena razón, porque antes gana por esta vía calor y sequedad y buena substancia, que la pierde. Pero ¿cómo sabremos que la simiente está tal cual conviene, pues es cosa que tanto importa? Esto se deja entender fácilmente: habiendo días que el hombre no tuvo cuenta con su mujer, y por la continua irritación y gran deseo que tiene del acto carnal, todo lo cual nasce de estar ya la simiente fecunda y prolífica.
La quinta condición fue llegarse el hombre al acto carnal seis o siete días antes que a la mujer le venga la regla, porque el varón ha menester luego mucho alimento para nutrirse. Y es la razón que el calor y sequedad de su temperamento gasta y consume, no solamente la buena sangre de la madre, pero también los escrementos; y así, dice Hipócrates «que la mujer que ha concebido varón está de buen color y hermosa»; y es que el niño con su mucho calor le come todos aquellos escrementos que suelen afear el rostro y llenarlo de paño, y por ser tan voraz, es bien que haya aquella represa de sangre con que se pueda nutrir. Lo cual muestra claramente la experiencia: que por maravilla se engendra varón que no sea a los postreros días del mes.
Al revés acontesce268 siendo el preñado de hembra: que, por la mucha frialdad y humidad de su sexo, come muy poco y hace muchos escrementos. Y así, la mujer que ha concebido hembra está fea y pañosa269 y se le antojan mil suciedades, y en el parto ha de gastar doblados días en mundificarse270 que si pariera varón. En la cual naturaleza se fundó Dios cuando mandó a Moisén que la mujer que pariese varón fuese sanguinolenta una semana y no entrase en el templo hasta pasados treinta y tres días, y pariendo hembra fuese inmunda dos semanas y no entrase en el templo hasta que se cumpliesen sesenta y seis días;271 de manera que dobló el tiempo de la purgación siendo el parto de hembra. Y es la causa que, en nueve meses que estuvo en el vientre, por la mucha frialdad y humidad de su temperamento, hizo doblados escrementos que el varón y de muy maligna substancia y calidades; y así, nota Hipócrates por cosa muy peligrosa detenerse la purgación a la mujer que ha parido hembra.
Todo esto he dicho a propósito de que conviene mucho aguardar a los postreros días del mes para que la simiente halle mucho alimento que comer; porque, si el acto de la generación se hace luego acabando la purgación, por falta de sangre no asirá. Pero han de estar advertidos los padres que, si no se juntan ambas simientes (la del varón y la de la hembra) en un mesmo tiempo, ninguna generación (dice Galeno) se hará, aunque la del marido sea muy prolífica. La razón de esto daremos después a otro propósito. Y así es cierto: que todas las diligencias que hemos contado las ha de hacer también la mujer, so pena que su simiente, mal labrada, desbaratará la generación. Por donde conviene que el uno al otro se vayan aguardando para que en un mesmo acto se junten ambas simientes, y esto importa mucho la primera vez, porque el testículo derecho y su vaso seminario, dice Galeno que se irrita primero y da la simiente antes que el izquierdo; y si de la primera vez no se hace la generación, en la segunda está ya el peligro en la mano de engendrarse hembra y no varón. Conóscense estas dos simientes, lo uno, en el calor y frialdad, y lo otro en la cantidad, de ser mucha o poca, y lo tercero en salir presto o tarde. La simiente del testículo derecho sale hirviendo, y tan caliente, que abrasa el útero de la mujer; no es mucha en cantidad y deciende presto. Por lo contrario, la simiente del izquierdo sale más templada, mucha en cantidad, y por ser fría y gruesa tarda mucho en salir.
La última condición fue procurar que ambas simientes, la del marido y la de la mujer, caigan en el lado derecho de el útero, porque en aquel lugar dice Hipócrates que se hacen los varones, y en el izquierdo las hembras. La razón trae Galeno diciendo que el lado derecho del útero es muy caliente por la vecindad que tiene con el hígado y con el riñón derecho y con el vaso seminario derecho, de los cuales miembros hemos dicho y probado que son calidísimos. Y pues toda la razón de salir el hijo varón consiste en que haya mucho calor al tiempo de la formación, cierto es que importa mucho poner la simiente en este lugar. Lo cual hará la mujer fácilmente recostándose sobre el lado derecho después de pasado el acto de la generación, la cabeza baja y los pies puestos en alto. Pero ha de estar un día o dos en la cama, porque el útero no luego abraza la simiente, hasta pasadas algunas horas.
Las señales con que se conoscerá si la mujer queda preñada o no, son a todos muy manifiestas y claras; porque si, puesta en pie, cayere luego la simiente, es cierto (dice Galeno) que no ha concebido. Aunque en esto hay una cosa que considerar: que no toda la simiente es fecunda y prolífica, porque hay una parte della que es muy aguanosa, cuyo oficio es adelgazar la simiente principal para que pueda pasar por los caminos angostos; y ésta expele Naturaleza y se queda con la parte prolífica cuando ha concebido. Conóscese en que es como agua y poca en cantidad. El ponerse luego en pie la mujer, pasado el acto de la generación, es muy peligroso; y así, aconseja Aristóteles que haga primero evacuación de los escrementos y urina, por que no haya ocasión de levantarse.
La segunda señal en que se conosce es que luego a otro día siente la mujer el vientre vacío, especialmente en derredor del ombligo. Y es la razón que el útero, cuando desea concibir, está muy ancho y dilatado, porque realmente padesce la mesma hinchazón y tumicencia que el miembro viril, y estando desta manera ocupa mucho lugar; pero en el punto que concibe dice Hipócrates que luego se encoge y se hace un ovillo para recoger la simiente y no dejarla salir, y así deja muchos lugares vacíos. Lo cual explican las mujeres diciendo «que no les han quedado tripas», según se han puesto cenceñas.272
Juntamente con esto, aborrescen luego el acto carnal y las blanduras del marido, por tener ya el útero lo que quería. Pero la señal más cierta dice Hipócrates que es no acudirle la regla y crecerle los pechos y tener hastío de los manjares.
Qué diligencias se han de hacer para que los hijos salgan ingeniosos y sabios
Si no se sabe primero la razón y causa de donde proviene engendrarse un hombre de grande ingenio y habilidad, es imposible poderse hacer arte para ello, porque de juntar y ordenar sus principios y causas se viene a conseguir este fin, y no de otra manera.
Los astrólogos tienen entendido que por nascer el muchacho debajo de tal influencia de estrellas viene a ser discreto, ingenioso, de buenas o malas costumbres, dichoso y con otras condiciones y propriedades que vemos y consideramos cada día en los hombres. Lo cual si fuera verdad, no era posible constituirse arte ninguna, porque esto fuera caso fortuito y no puesto en electión de los hombres.
Los filósofos naturales, como son Hipócrates, Platón, Aristóteles y Galeno, tienen entendido que al tiempo de la formación rescibe el hombre las costumbres del ánima, y no al punto que viene a nascer; porque entonces alteran las estrellas superficialmente al niño, dándole calor, frialdad, humidad y sequedad, pero no substancia en que restriben toda la vida, como lo hacen los cuatro elementos, fuego, tierra, aire y agua; los cuales no solamente dan al compuesto calor, frialdad, humidad y sequedad, pero también substancia que le guarde y conserve estas mesmas calidades todo el discurso de la vida. Y así, lo que más importa en la generación de los niños es procurar que los elementos de que se componen tengan las calidades que se requieren para el ingenio; porque éstos, en el peso y medida que entraren en la composición, en esa mesma han de durar para siempre en el mixto, y no las alteraciones del cielo.
Qué elementos sean éstos y de qué manera entren en el útero de la mujer a formar la criatura, dice Galeno que son los mesmos que componen las demás cosas naturales; pero que la tierra viene disimulada en los manjares sólidos que comemos (como son el pan, la carne, los pescados y frutas); el agua, en los licores que bebemos; el aire y fuego, dice que andan mezclados por orden de Naturaleza y que entran en el cuerpo por el pulso y la respiración. De estos cuatro elementos, mezclados y cocidos con nuestro calor natural, se hacen los dos principios necesarios de la generación del niño, que son simiente y sangre menstrua. Pero de los que más caudal se ha de hacer para el fin que llevamos, es de los manjares sólidos que comemos, porque éstos encierran en sí todos los cuatro elementos y déstos toma la simiente más corpulencia y calidades que del agua que bebemos y del fuego y aire que respiramos.
Y así, dijo Galeno que los padres que quieren engendrar hijos sabios, que leyesen tres libros que escribió De alimentorum facultatibus, que allí hallarían manjares con que lo pudiesen hacer; y no hizo mención de las aguas ni de los demás elementos, como materiales de poco momento. Pero no tuvo razón, porque el agua altera mucho más el cuerpo que el aire, y muy poco menos que los manjares sólidos que comemos; y para lo que toca a la generación de la simiente es tan importante como todos juntos los demás elementos. La razón es (como lo dice el mesmo Galeno) que los testículos traen de las venas para su nutrición la parte serosa de la sangre, y la mayor parte del suero la resciben las venas del agua que bebemos.
Y que el agua haga mayor alteración en el cuerpo que el aire, pruébalo Aristóteles preguntando «¿Qué es la causa que mudar las aguas hace en la salud tanta alteración, y si respiramos aires contrarios no lo sentimos tanto?». A lo cual responde que el agua da alimento al cuerpo, y el aire no. Pero no tuvo razón en responder desta manera; porque el aire, en opinión de Hipócrates, también da alimento y substancia como el agua. Y así, buscó Aristóteles otra respuesta mejor diciendo que ningún lugar ni región tiene aire proprio; porque el que está hoy en Flandes, corriendo Cierzo, en dos o tres días pasa en África; y el que está en África, corriendo Mediodía, lo vuelve al Setemptrión; y el que está hoy en Hierusalén, corriendo Levante, lo echa en las Indias de Puniente. Lo cual no puede acontescer en las aguas por no salir de un mesmo territorio, y así cada pueblo tiene su agua particular conforme al minero de tierra de donde nasce y por donde pasa. Y estando el hombre acostumbrado a una manera de agua, bebiendo otra se altera más que con nuevos manjares ni aires. De suerte que los padres que quisieren engendrar hijos muy sabios han de beber aguas delicadas, dulces y de buen temperamento, so pena que errarán la generación.
Del Ábrego273 dice Aristóteles que nos guardemos al tiempo de la generación, porque es grueso y humedesce mucho la simiente y hace que se engendre hembra y no varón. Pero el Puniente nunca acaba de loarle y ponerle nombres y epítetos honrosos; llámale «templado», «empreñador de la tierra» y «que viene de los Campos Elíseos». Pero, aunque es verdad que importa mucho respirar aires muy delicados, de buen temperamento, y beber aguas tales, pero mucho más hace al caso usar de manjares subtiles y de la temperatura que requiere el ingenio; porque déstos se engendra la sangre, y de la sangre la simiente, y de la simiente la criatura. Y si los alimentos son delicados y de buen temperamento, tal se hace la sangre, y de tal sangre, tal simiente, y de tal simiente, tal celebro. Y siendo este miembro templado y compuesto de substancia subtil y delicada, el ingenio dice Galeno que será tal; porque nuestra ánima racional, aunque es incorruptible, anda siempre asida de las disposiciones del celebro, las cuales si no son tales cuales son menester para discurrir y filosofar, dice y hace mil disparates.
Los manjares, pues, que los padres han de comer para engendrar hijos de grande entendimiento (qu'es el ingenio más ordinario en España) son, lo primero, el pan candial, hecho de la flor de la harina y masado con sal: éste es frío y seco, y de partes subtiles y muy delicadas. Otro se hace (dice Galeno) de trigo rubial o trujillo, el cual, aunque mantiene mucho y hace a los hombres membrudos y de muchas fuerzas corporales, pero por ser húmido y de partes muy gruesas echa a perder el entendimiento. Dije «masado con sal», porque ningún alimento de cuantos usan los hombres hace tan buen entendimiento como este mineral. Él es frío y con la mayor sequedad que hay en las cosas; y si nos acordamos de la sentencia de Heráclito, dijo desta manera: Splendor siccus, animus sapientissimus; por la cual nos quiso dar a entender que la sequedad del cuerpo hace al ánima sapientísima. Y pues la sal tiene tanta sequedad y es tan apropriada para el ingenio, con razón la divina Escriptura la llama con este nombre de «prudencia» y «sabiduría».274
Las perdices y francolines tienen las mesma substancia y temperamento que el pan candial y el cabrito y el vino moscatel, de los cuales manjares usando los padres (de la manera que atrás dejamos notado), harán los hijos de grande entendimiento.
Y si quisieren tener algún hijo de grande memoria, coman, ocho o nueve días antes de que se lleguen al acto de la generación, truchas, salmones, lampreas, besugos y anguilas, de los cuales manjares harán la simiente húmida y muy glutinosa. Estas dos calidades dijimos atrás que hacían la memoria fácil para rescebir y275 muy tenaz para conservar la figura mucho tiempo.
De palomas, cabrito, ajos, cebollas, puerros, rábanos, pimienta, vinagre, vino blanco, miel y de todo género de especias se hace la simiente caliente y seca y de partes muy delicadas. El hijo que destos alimentos se engendrare será de grande imaginativa, pero falto de entendimiento, por el mucho calor, y falto de memoria, por la mucha sequedad. Éstos suelen ser muy perjudiciales a la república, porque el calor los inclina a muchos vicios y males y les da ingenio y ánimo para poderlo ejecutar; aunque, si se van a la mano, más servicios rescibe la república de la imaginativa déstos que del entendimiento y memoria.
Las gallinas, capones, ternera, carnero castrado de España, son de moderada substancia; porque ni son manjares delicados ni gruesos. Dije «carnero castrado de España», porque Galeno, sin hacer distinctión, dice qu'es de mala y gruesa substancia y no tiene razón, porque, puesto caso que en Italia, donde él escribió, es la más ruin carne de todas, pero en esta nuestra región, por la bondad de los pastos, se ha de contar entre los manjares de moderada sustancia. Los hijos que destos alimentos se engendraren tendrán razonable entendimiento, razonable memoria y razonable imaginativa, por donde no ahondarán mucho en las sciencias ni inventarán cosa de nuevo. De éstos dijimos atrás que eran blandos y fáciles de imprimir en ellos todas las reglas y consideraciones del arte, claras, obscuras, fáciles y dificultosas; pero la doctrina, el argumento, la respuesta, la dubda y distinctión, todo se lo han de dar hecho y levantado.
De vaca, macho,276 tocino, migas, pan trujillo, queso, aceitunas, vino tinto y agua salobre se hará una simiente gruesa y de mal temperamento. El hijo que désta se engendrare terná tantas fuerzas como un toro, pero será furioso y de ingenio bestial. De aquí proviene que entre los hombres del campo por maravilla salen hijos agudos ni con habilidad para las letras: todos nascen rudos y torpes por haberse hecho de alimentos de gruesa y mala substancia. Lo cual acontesce al revés entre los cibdadanos, cuyos hijos vemos que tienen más ingenio y habilidad.
Pero si los padres quisieren277 de veras engendrar un hijo gentil hombre, sabio y de buenas costumbres, han278 de comer, seis o siete días antes de la generación, mucha leche de cabras; porque este alimento, en opinión de todos los médicos, es el mejor y más279 delicado de cuantos usan los hombres (entiéndese estando sanos y que les responda en proporción); pero dice Galeno que se ha de comer cocida con miel, sin la cual es peligrosa y fácil de corromper. La razón dello es que la leche no tiene más que tres elementos en su composición: queso, suero y manteca. El queso responde a la tierra; el suero, al agua, y la manteca al aire. El fuego que mezclaba los demás elementos y los conservaba en la mixtión, en saliendo de las tetas se exhaló, por ser muy delicado; pero añadiéndole un poco de miel, que es caliente y seca como el fuego, queda la leche con cuatro elementos, los cuales mezclados y cocidos con la obra de nuestro calor natural, se hace una simiente muy delicada y de buen temperamento. El hijo que della se engendrare será, por lo menos, de grande entendimiento, y no falto de memoria ni de imaginativa.
Por no estar Aristóteles en esta doctrina, no respondió a un problema que hace preguntando: «¿Qué es la causa que los hijos de los brutos animales (por la mayor parte) sacan las propriedades y condiciones de sus padres, y los hijos del hombre no?». Lo cual vemos por experiencia ser así; porque de padres sabios salen hijos muy nescios, y de padres nescios, hijos muy avisados; y de padres virtuosos, hijos malos y viciosos; y de padres viciosos, hijos virtuosos; y de padres feos, hijos hermosos; y de padres hermosos, hijos feos; y de padres blancos, hijos morenos; y de padres morenos, hijos blancos y colorados; y entre los hijos de un mesmo padre y de una mesma madre, uno sale necio y otro avisado, uno feo y otro hermoso, uno de buena condición y otro de mala, uno virtuoso y otro vicioso. Y si a una buena yegua de casta le echan un caballo tal, el potro que nasce paresce a sus padres, así en la figura y color como en las costumbres del ánimo.
A este problema respondió Aristóteles muy mal, diciendo que el hombre tiene varias imaginaciones en el acto carnal y que de aquí proviene salir sus hijos tan desbaratados; pero los brutos animales, como no se distraen al tiempo de engendrar ni tienen tan fuerte imaginativa como el hombre, sacan siempre los hijos de una mesma manera y semejantes a sí. Esta respuesta ha contentado siempre a los filósofos vulgares, y en su confirmación traen la historia de Jacob; la cual refiere que, puniendo ciertas varas pintadas en los abrevaderos de los ganados, salieron los corderos manchados.280 Pero poco les aprovecha acogerse a sagrado, porque esta historia cuenta un hecho milagroso que Dios hizo para encerrar en él algún sacramento, y la respuesta de Aristóteles es un gran disparate; y si no, prueben los pastores ahora a hacer este ensayo y verán que no es cosa natural.
También se cuenta por ahí que una señora parió un hijo más moreno de lo que convenía por estar imaginando en un rostro negro que estaba en un guadamecil,281 lo cual tengo por gran burla; y si por ventura fue verdad que lo parió, yo digo que el padre que lo engendró tenía el mesmo color que la figura del guadamecil.
Y para que conste más de veras cuán mala filosofía es la que trae Aristóteles y los que lo siguen es menester saber por cosa notoria que la obra del engendrar pertenesce al ánima vegetativa, y no a la sensitiva ni racional; porque el caballo engendra sin la racional, y la planta sin la sensitiva. Y si miramos un árbol cargado de fruta, hallaremos en él mayor variedad que en los hijos de los hombres: una manzana verde y otra colorada, una pequeña y otra grande, una redonda y otra mal figurada, una sana y otra podrida, una dulce y otra amarga; y si cotejamos la fruta deste año con la del pasado, es la una de la otra muy diferente y contraria. Lo cual no se puede atribuir a la variedad de la imaginativa, pues las plantas carescen desta potencia.
El error de Aristóteles es muy notorio en su propria doctrina; porque él dice que la simiente del varón es la que hace la generación, y no la de la mujer; y en el acto carnal no hay otra obra de varón más que derramar la simiente sin forma ni figura, como el labrador echa el trigo en la tierra. Y así como el grano de trigo no luego echa raíces ni forma las hojas y caña hasta pasados algunos días, de la mesma manera dice Galeno que no luego en cayendo la simiente veril en el útero está ya formada la criatura, antes dice que son menester treinta y cuarenta días para acabarse. Lo cual siendo así, ¿qué hace al caso estar el padre imaginando varias cosas en el acto carnal, si no se comienza la formación hasta pasados algunos días? Mayormente que quien hace la formación no es el ánima del padre ni de la madre, sino otra tercera que está en la mesma282 simiente; y ésta, por ser vegetativa y no más, no es capaz de imaginativa; sólo sigue los movimientos naturales del temperamento y no hace otra cosa. Para mí, no es más que los hijos del hombre nascan de tantas figuras por la varia imaginación de los padres, que decir que los trigos unos nascen grandes y otros pequeños porque el labrador, cuando los sembraba, estaba divertido en varias imaginaciones.
Desta mala opinión de Aristóteles infieren algunos curiosos que los hijos del adúltero parescen al marido de la mujer adúltera, no siendo suyos. Y es su razón manifiesta; porque en el acto carnal están los adúlteros imaginando en el marido, con temor no venga y los halle en el hurto. Por el mesmo argumento infieren que los hijos del marido sacan el rostro del adúltero aunque no sean suyos; porque la mujer adúltera, estando en el acto carnal con su marido, siempre está contemplando en la figura de su amigo. Y los que confiesan que la otra mujer parió un hijo negro por estar imaginando en la figura negra del guadamecil, también han de admitir lo que estos curiosos han dicho y probado, porque todo tiene la mesma cuenta y razón. Ello para mí es gran burla y mentira, pero muy bien se infiere de la mala opinión de Aristóteles.
Mejor respondió Hipócrates al problema diciendo que los scitas todos tienen unas mesmas costumbres y figura de rostro; y dando la razón desta similitud, dice que todos comen unos mesmos manjares y beben unas mesmas aguas, y andan de una mesma manera vestidos y guardan un mesmo orden de vivir. Los brutos animales, por esta mesma razón, engendran los hijos a su semejanza y a su figura particular, porque siempre usan de un mesmo pasto y hacen la simiente uniforme. Por lo contrario, el hombre, por comer diversos manjares cada día, hace diferente simiente, así en substancia como en temperamento. Lo cual aprueban los filósofos naturales respondiendo a un problema que dice: «¿Qué es la causa que los excrementos de los brutos animales no tienen tan mal olor como los del hombre?». Y dicen que los brutos animales usan siempre de unos mesmos alimentos y hacen mucho ejercicio; y el hombre come tantos manjares y de tan varia substancia, que no los puede vencer, por donde se vienen a corromper. La simiente humana y brutal tienen la mesma cuenta y razón, por ser ambas excrementos de la tercera concoctión.
La variedad de manjares de que usa el hombre no se puede negar, ni tampoco dejar de confesar que de cada alimento se haga simiente diferente y particular. Y así es cierto: que el día que come el hombre vaca o morcillas hace la simiente gruesa y de mal temperamento, por donde el hijo que della se engendrare saldrá feo, necio, negro y de mala condición; y si comiere una pechuga de capón o gallina, hará la simiente blanca, delicada y de buen temperamento, por donde el hijo que della se engendrare será gentil hombre, sabio y de condición muy afable. De donde colijo que ningún hijo nasce que no saque las calidades y temperamento del manjar que sus padres comieron un día antes que lo engendrasen. Y si cada uno quisiere saber de qué manjar se formó, no tiene más que hacer de considerar con qué alimento tiene su estómago más familiaridad y aquél es, sin falta ninguna.
También preguntan los filósofos naturales: «¿Qué es la razón que los hijos de los hombres sabios ordinariamente salen necios y faltos de ingenio?». Al cual problema responden muy mal diciendo que los hombres sabios son muy honestos y vergonzosos, por la cual razón se abstienen en el acto carnal de algunas diligencias que son necesarias para que el hijo salga con la perfectión que ha de tener. Y pruébanlo con los padres torpes y necios, que, por poner todas sus fuerzas y conato al tiempo de engendrar, salen todos sus hijos ingeniosos y sabios. Pero ésta es respuesta de hombres que saben poca filosofía natural.
Verdad es que para responder como conviene es menester presuponer y probar algunas cosas primero; una de las cuales es que la facultad racional es contraria de la irascible y concupiscible, de tal manera que si un hombre es muy sabio no puede ser animoso, de grandes fuerzas corporales, gran comedor ni potente para engendrar; porque las disposiciones naturales que son necesarias para que la facultad racional pueda obrar son totalmente contrarias de las que pide la irascible y concupiscible.
El ánimo y valentía natural dice Aristóteles, y así es verdad, que consiste en calor; y la prudencia y sabiduría, en frialdad y sequedad. Y así lo vemos claramente por experiencia: que los muy animosos son faltos de razones, tienen pocas palabras, no sufren burlas y se corren muy presto, para cuyo remedio ponen luego mano a la espada por no tener otra respuesta que dar; pero los que alcanzan ingenio tienen muchas razones y agudas respuestas y motes con los cuales se entretienen por no venir a las manos. Desta manera de ingenio notó Salustio a Cicerón, diciéndole que tenía mucha lengua y los pies muy ligeros; en lo cual tuvo razón, porque tanta sabiduría no podía parar sino en cobardía para las armas. De donde tuvo origen una manera de motejar que dice «Es valiente como un Cicerón y sabio como un Héctor»,283 para notar a un hombre de necio y cobarde.
No menos contradice la facultad animal al entendimiento; porque, en siendo un hombre de muchas fuerzas corporales, no puede tener delicado ingenio; y es la razón que la fuerza de los brazos y piernas nasce de ser el celebro duro y terrestre. Y aunque es verdad que por la frialdad y sequedad de la tierra podía tener buen entendimiento, pero por ser de gruesa substancia lo echa a perder. Y hace otro daño de camino: que por la frialdad se pierde el ánimo y valentía, y así, algunos hombres de grandes fuerzas los hemos visto ser muy cobardes.
La contrariedad que tiene el ánima vegetativa con la racional es más notoria que todas; porque sus obras, que son nutrir y engendrar, se hacen mejor con calor y humidad que con calidades contrarias; lo cual muestra claramente la experiencia considerando cuán fuerte es en la edad de los niños y cuán floja y remisa en la vejez; y en la puericia no puede obrar el ánima racional, y en la postrera edad, donde no hay calor ni humidad, hace maravillosamente sus obras. De manera que cuanto un hombre fuere más poderoso para engendrar y cocer mucho manjar, tanto pierde de la facultad racional.
A esto alude lo que dice Platón: que no hay humor en el hombre que tanto desbarate la facultad racional como la simiente fecunda; sólo dice que ayuda al arte de metrificar. Lo cual vemos por experiencia cada día: que en comenzando un hombre a tratar amores, luego se torna poeta; y si antes era sucio y desaliñado, luego se ofende con las rugas de las calzas y con los pelillos de la capa. Y es la razón que estas obras pertenescen a la imaginativa, la cual cresce y sube de punto con el mucho calor que ha causado la pasión del amor. Y que el amor sea alteración caliente véese claramente por el ánimo y valentía que causa en el enamorado, y porque le quita la gana de comer y no le deja dormir. Si en estas señales advirtiese284 la república, desterraría de las universidades los estudiantes valientes y amigos de armas, a los enamorados, a los poetas y a los muy polidos y aseados, porque para ningún género de letras tienen ingenio ni habilidad. Desta regla saca Aristóteles los melancólicos por adustión, cuya simiente, aunque es fecunda,285 no quita el ingenio.
Finalmente, todas las facultades que gobiernan al hombre, si son muy fuertes, desbaratan la facultad racional, y de aquí nasce que, en siendo un hombre muy sabio, luego es cobarde, de pocas fuerzas corporales, ruin comedor y no potente para engendrar. Y es la causa que las calidades que le hacen sabio, que son frialdad y sequedad, esas mesmas debilitan las otras potencias, como paresce en los hombres viejos, que, si no es para consejo y prudencia, no tienen fuerza ni valor para más.
Supuesta esta doctrina, es opinión de Galeno que para que haya efecto la generación de cualquier animal perfecto son necesarias dos simientes: una que sea el agente y formador, y la otra que sirva de alimento; porque una cosa tan delicada como es la genitura no luego puede vencer un manjar tan grueso como es la sangre hasta que el efeto sea mayor; y que la simiente sea el verdadero alimento de los miembros seminales es cosa muy recebida de Hipócrates, Platón y Galeno; porque, según su opinión, si la sangre no se convierte en simiente es imposible que los nervios, las venas y arterias se puedan mantener. Y así, dice Galeno que la diferencia que va de las venas a los testículos es que los testículos hacen de presto mucha simiente, y las venas poca y a espacio. De manera que proveyó Naturaleza de alimento tan semejante, que con liviana alteración y sin hacer excrementos pudiese mantener a la otra simiente; lo cual no pudiera acontescer si su nutrición se hubiera de hacer de sangre.
La mesma provisión dice Galeno que hizo Naturaleza en la generación del hombre que para formar el pollo y las demás aves que salen de los huevos; en los cuales vemos que hay dos substancias, clara y yema, la una de que se haga el pollo y la otra de que se mantenga todo el tiempo que durare la formación. Por la mesma razón son necesarias dos simientes en la generación del hombre: la una de que se haga la criatura y la otra de que mantenga todo el tiempo que durare su formación. Pero dice Hipócrates una cosa digna de gran consideración; y es que no está determinado por Naturaleza cuál de las dos simientes ha de ser el agente y formador, ni cuál ha de servir de alimento. Porque muchas veces la simiente de la mujer es de mayor eficacia que la del varón; y cuando acontesce así, hace ella la generación y la del marido sirve de alimento. Otras veces la del varón es más potente y prolífica, y la de la mujer no hace más que nutrir.
Esta doctrina no alcanzó Aristóteles, ni pudo entender de qué servía la simiente de la mujer; y así, dijo della mil disparates: «que era como un poco de agua, sin virtud ni fuerzas para engendrar». Lo cual si fuera así, era imposible que la mujer consintiera la conversación del varón ni jamás le apetesciera, antes huyera del acto carnal por ser ella tan honesta y la obra tan sucia y torpe; por donde en pocos días se acabara la especie humana y el mundo quedara privado del más hermoso animal de cuantos Naturaleza crio.
Y así, pregunta Aristóteles qué es la razón que el acto carnal es la cosa más sabrosa de cuantas ordenó Naturaleza para recreación de los animales. Al cual problema responde que, como Naturaleza procurase tanto la perpetuidad de los hombres, puso tanta delectación en aquellas obras por que, movidos con tal interés, se llegasen de buena gana al acto de la generación; y si faltaran tales estímulos no hubiera hombre ni mujer que se quisiera casar, no interesando más la mujer de traer nueve meses el hijo en el vientre con tanta pesadumbre y dolores, y al tiempo del parirlo ponerse en riesgo de perder la vida; por donde fuera necesario que la república forzara a las mujeres a que se casasen, con miedo no se acabase la generación humana.
Pero como Naturaleza hace las cosas con suavidad, dio a la mujer todos los instrumentos que eran necesarios para hacer simiente irritadora y prolífica, con la cual apetesciese al varón y se holgase con su conversación. Y siendo de las calidades que dice Aristóteles, antes le aborresciera y huyera dél, que le amara. Esto prueba Galeno ejemplificando con los brutos animales; y así, dice que si una puerca está castrada jamás apetesce el verraco ni le consiente cuando se le llega. Lo mesmo pasa claramente en una mujer cuyo temperamento es más frío de lo que conviene: que si le pedimos que se case, no hay cosa más aborrescible a sus oídos. Y al varón frío acontesce otro tanto, todo por carescer de simiente fecunda.
También si la simiente de la mujer fuera de la manera que dice Aristóteles, no podía ser proprio alimento, porque para alcanzar las calidades últimas de nutrimento actual se requiere total semejanza con el que se ha de nutrir. Y si ella no viniera ya labrada y asimilada, después no se podía adquirir, porque la simiente del varón caresce de instrumentos y oficinas (como son el estómago, el hígado y los testículos) donde la pudiese cocer y asimilar. Por donde proveyó Naturaleza que hubiese dos simientes en la generación del animal; las cuales mezcladas, la que fuese más potente hiciese la formación y la otra sirviese de mantenimiento. Y que esto sea verdad paresce claramente ser así; porque si un negro empreña una mujer blanca, y un hombre blanco a una mujer negra, de ambas maneras sale la criatura mulata.
Desta doctrina se colige ser verdad lo que muchas historias auténticas afirman: que un perro, tiniendo cuenta con una mujer, la empreñó; y lo mesmo hizo un oso con una doncella que halló sola en el campo; y de un jimio que tuvo dos hijos en otra mujer; y de otra que. andándose paseando por la ribera del mar, salió un pescado del agua y la empreñó. Lo que se le hace dificultoso al vulgo es cómo pudo acontescer parir estas mujeres hombres perfectos y con uso de razón, siendo los padres que los engendraron brutos animales. A esto se responde que la simiente de cualquiera mujer de aquéllas era el agente y formador de la criatura, por ser más potente, y así, la figuraba con los accidentes de la especie humana; y la simiente del bruto animal, por no tener tanta fuerza, servía de alimento y no más. Y que la simiente destas bestias irracionales pudiese dar alimento a la simiente humana es cosa que se deja entender; porque si cualquiera mujer de aquéllas comiera un pedazo de oso o de perro, cocido o asado, se sustentara con él, aunque no tan bien como si comiera carnero o perdices. Lo mesmo acontesce a la simiente humana, que su verdadero nutrimento en la formación de la criatura es otra simiente humana; pero, faltando ésta, bien puede suplir sus veces la simiente brutal. Pero lo que notan aquellas historias es que los niños que nascieron286 de estos tales ayuntamientos daban muestra, en sus costumbres y condiciones, no haber sido natural su generación.
De todo lo dicho (aunque nos hemos algo tardado) podremos ya sacar respuesta para el problema principal. Y es que los hijos de los hombres sabios casi siempre se hacen de la simiente de sus madres, porque la de los padres, por las razones que hemos dicho, es infecunda para engendrar y no sirve en la generación más que de alimento, y el hombre que se hace de simiente de mujer no puede ser ingenioso ni tener habilidad por la mucha frialdad y humidad deste sexo. Por donde es cierto que, en saliendo el hijo discreto y avisado, es indicio infalible de haberse hecho de la simiente de su padre; y si es torpe y necio se colige haberse formado de la simiente de su madre. A lo cual aludió el Sabio diciendo: Filius sapiens letificat patrem, filius vero stultus mestitia est matries suae.
También puede acontescer (por alguna ocasión) que la simiente del hombre sabio sea el agente y formador, y la de su mujer sirva de alimento. Pero el hijo que della se engendrare saldrá de poco saber; porque, puesto caso que la frialdad y sequedad son dos calidades que ha menester el entendimiento, pero han de tener cierta medida y cantidad; de la cual pasando, antes hace daño que provecho, como paresce en los hombres muy viejos: que por la mucha frialdad y sequedad los vemos caducar y decir mil disparates. Pues pongamos caso que al hombre sabio le restaban de vivir diez años de conviniente frialdad y sequedad para raciocinar, de tal manera que, pasando de allí, había de caducar. Si de la simiente déste se engendrase un hijo, sería hasta los diez años de grande habilidad por gozar de la frialdad y sequedad conviniente de su padre, pero a los once comenzaría luego a caducar por haber pasado del punto que estas dos calidades han de tener. Lo cual vemos cada día por experiencia en los hijos habidos en la vejez: que, siendo niños, son muy avisados, y después son hombres muy necios y de muy corta vida; y es la razón que se hicieron de simiente fría y seca, la cual había pasado ya la mitad del curso de la vida.
También si el padre es sabio en las obras de la imaginativa, y sea casado por su mucho calor y sequedad con mujer fría y húmida en el tercer grado, el hijo que desta junta se engendrare será necísimo, si se forma de la simiente de su padre, por haber estado en un vientre tan frío y húmido y haberse mantenido de sangre tan destemplada.
Al revés acontesce siendo el padre nescio, cuya simiente ordinariamente tiene calor y humidad demasiada: el hijo que della se engendrare será bobillo hasta quince años, por alcanzar parte de la humidad superflua del padre; pero gastada con el discurso de la edad de consistencia donde la simiente del hombre necio está más templada y con menos humidad, ayúdale también al ingenio haber andado nueve meses en un vientre de tan poca frialdad y humidad como es el de la mujer fría y húmida en el primer grado, donde padesció tanta hambre y penuria de alimento.
Todo esto acontesce ordinariamente por las razones que hemos dicho. Pero hay cierto linaje de hombres cuyos miembros genitales son de tanta fuerza y vigor, que desnudan totalmente a los alimentos de sus buenas calidades y los convierten en su mala y gruesa substancia; por donde todos los hijos que engendran, aunque hayan comido manjares delicados, salen rudos y torpes. Otros hay, por lo contrario, que usando de alimentos gruesos y de mal temperamento, son tan poderosos en vencerlos, que, comiendo macho y tocino, hacen hijos de ingenio muy delicado. Y así es cierto: que hay linaje de hombres necios y casta de hombres sabios, y otros que ordinariamente nascen locos y faltos de juicio.
Algunas dubdas se ofrescen a los que tratan de entender muy de raíz esta materia, la respuesta de las cuales es muy fácil en la doctrina pasada. La primera es: ¿de dónde nasce que los hijos bastardos parescen ordinariamente a sus padres, y de cien ligítimos los noventa sacan la figura y costumbres de las madres? La segunda: ¿por qué los hijos bastardos salen ordinariamente gentiles hombres, animosos y muy avisados? La tercera: ¿qué es la causa que si una mala mujer se empreña, aunque tome bebidas ponzoñosas para mover y se sangre muchas veces, jamás echa la criatura, y si la mujer casada está preñada de su marido, con livianas causas viene a mover?
A la primera dubda responde Platón diciendo que ninguno es malo de su propia y agradable voluntad sin ser irritado primero del vicio de su temperamento; y pone ejemplo en los hombres lujuriosos, los cuales, por tener mucha simiente fecunda,287 padescen grandes ilusiones y muchos dolores, por donde, molestados de aquella pasión, buscan mujeres para echarla de sí. Destos tales dice Galeno que tienen los instrumentos de la generación muy calientes y secos, por la cual razón hacen la simiente mordacísima y poderosa para engendrar. Luego, el hombre que va a buscar la mujer que no es suya, ya va lleno de aquella simiente fecunda, cocida y bien sazonada; de la cual forzosamente se ha de hacer la generación, porque, en paridad, siempre la simiente del varón es de mayor eficacia; y si el hijo se hace de la simiente del padre, forzosamente le ha de parescer.
Al revés acontesce en los hijos ligítimos, que, por tener los hombres casados la mujer siempre al lado, nunca aguardan a madurar la simiente ni que se haga prolífica, antes con liviana irritación la echan de sí haciendo gran violencia y comoción; y como las mujeres están quietas en el acto carnal, nunca sus vasos seminarios dan la simiente sino cuando está cocida y bien sazonada y hay mucha en cantidad, por donde las mujeres casadas hacen siempre la generación y la simiente de sus maridos sirve de alimento. Pero algunas veces vienen ambas simientes a tener igual perfectión y pelean de tal manera que ni la una ni la otra salen con la formación, antes se figura el hijo que ni paresce al padre ni a la madre. Otras veces paresce que se conciertan y parten la similitud: la simiente del padre hace las narices y ojos, y la de la madre la boca y la frente; y lo que más es de admirar, que acontescido muchas veces sacar el hijo la una oreja del padre y la otra de la madre, y partir los ojos también. Pero si la simiente del padre vence del todo, saca el hijo su figura y costumbres; y cuando la simiente de la madre es más poderosa, corre la mesma razón. Por donde el padre que quisiere que su hijo se haga de su propria simiente, se ha de ausentar algunos días de su mujer y aguardar que se cueza y madure, y entonces es cierto que él hará la generación y la simiente de su mujer servirá de alimento.
La segunda dubda tiene, por lo dicho, poca dificultad; porque los hijos bastardos ordinariamente se hacen de simiente caliente y seca, y desta temperatura hemos probado muchas veces atrás que nasce el ánimo y valentía y la buena imaginativa, a la cual pertenesce la prudencia deste siglo. Y por estar la simiente cocida y bien sazonada, hace Naturaleza della todo lo que quiere y los pinta con un pincel.
A la tercera dubda se responde que el preñado de las malas mujeres casi siempre se hace de la simiente del varón, y como es enjuta y muy prolífica, trábase en el útero con fuertes raíces. Pero el preñado de las casadas, como se hace de su propia simiente, deslízase la criatura con gran facilidad, por ser húmida y aguanosa, o (como dice Hipócrates) plena mucoris.
Qué diligencias se han de hacer para conservar el ingenio a los niños después de estar formados y nascidos
Es tan alterable la materia de que el hombre está compuesto y tan subjecta a corrupción, que, en el punto que se comienza a formar, en ese mesmo se viene a deshacer y alterar sin poderlo resistir; por donde se dijo: Nos nati continuo desinimus esse.288 Y así, proveyó Naturaleza que hubiese en el cuerpo humano cuatro facultades naturales, tractriz, retentriz, concotriz y expultriz; las cuales cociendo y alterando los alimentos que comemos, vuelven a reparar la substancia perdida, subcediendo otra en su lugar. De donde se entiende que aprovechara poco haberse hecho el hijo de simiente delicada si no se tuviera cuenta con los manjares que le habían de subceder, porque, acabada la formación, no le ha quedado a la criatura ninguna parte de la substancia seminal de que al principio se compuso. Verdad es que la simiente primera, si fue bien cocida y sazonada, es de tanta fuerza y vigor, que cociendo y alterando los manjares los hace venir, aunque sean malos y gruesos, a su buen temperamento y substancia; pero tanto se podría usar de alimentos contrarios, que viniese a perder la criatura las buenas calidades que rescibió de la simiente de que se hizo.
Y así, dijo Platón que una de las cosas que más echaba a perder el ingenio del hombre y sus buenas costumbres era la mala educación289 en el comer y beber. Por tanto, aconseja que a los niños les demos alimentos y bebidas delicadas y de buen temperamento, para que, cuando mayores, sepan reprobar lo malo y eligir lo bueno. La razón desto está muy clara; porque si el celebro se hizo al principio de simiente delicada, y este miembro se va cada día gastando y consumiendo y se ha de reparar con los manjares que comemos, cierto es que si éstos son gruesos y de mala templanza, que, usando mucho días dellos, se ha de hacer el celebro de su mesma naturaleza; y así, no basta que el niño se haya hecho de buena simiente, sino que los alimentos que comiere después de formado y nacido tengan las mesmas calidades.
Cuáles sean éstas no será dificultoso averiguarlo, supuesto que los griegos fueron los hombres más discretos que ha habido en el mundo, y que, buscando alimentos y comidas para hacer a sus hijos ingeniosos y sabios, cierto es que toparían con los mejores y más apropiados; porque si el ingenio subtil y delicado consiste que el celebro esté compuesto de partes subtiles y de buena templanza, el alimento que tuviere sobre los demás estas dos calidades será del que conviene usar para conseguir el fin que llevamos.
De la leche de cabras cocida con miel dijo Galeno que en opinión de todos los médicos griegos era el mejor alimento de cuantos comen los hombres; porque, fuera de tener la substancia muy moderada, el calor en ella no excede a la frialdad, ni la humidad a la sequedad. Por donde dijimos pocos renglones atrás que los padres que de veras quisiesen engendrar un hijo sabio, gentil hombre y de buenas costumbres, que comiesen, seis o siete días antes de la generación, mucha leche de cabras cocida con miel. Pero, puesto caso que este alimento es tan bueno como dice Galeno, mucho más hace al ingenio ser de partes subtiles el manjar que de moderada substancia; porque cuanto más se adelgaza la materia en la nutrición del celebro, tanto se hace el ingenio más perspicaz. Por donde los griegos sacaban el queso y suero a la leche (que son los dos elementos gruesos de su composición) y dejaban la parte butirosa,290 que es de naturaleza de aire. Esta daban a comer a los niños mezclada con miel, con intento de hacerlos ingeniosos y sabios. Y que esto sea verdad paresce claramente por lo que cuenta Homero. Fuera deste alimento, comerán los niños sopas hechas de pan candial, de agua muy delicada, con miel y un poco de sal; pero en lugar de aceite (por ser muy malo y nocivo al entendimiento) echarán manteca de leche de cabras, cuyo temperamento y substancia es apropriado para el ingenio.
Pero en este regimiento hay un inconviniente muy grande, y es que, usando los niños de manjares tan delicados, no ternán mucha fuerza para resistir a las injurias del aire ni se podrán defender de los demás achaques que los suelen hacer enfermar; y así, por sacarlos sabios, se criarán con poca salud y no vivirán muchos años.
Esta dificultad nos pide cómo se podrán criar los niños ingeniosos y sabios y que esta arte no contradiga a su salud, lo cual será fácil concertar si los padres se atrevieren a poner en prática algunas reglas y preceptos que aquí diré. Y porque la gente regalada está engañada en criar sus hijos, y ella es la que tracta siempre desta materia, quiéroles primero dar la razón y causa por que a sus hijos, aunque tengan ayos y maestros y trabajen con mucho cuidado en las letras, se les pegan tan mal las sciencias, y cómo se podrá remediar sin que por ello abrevien la vida ni menoscaben su salud.
Ocho cosas dice Hipócrates que humedescen las carnes del hombres y las engordan. La primera es el holgar y vivir en grande ociosidad; la segunda, dormir mucho; la tercera, acostarse en cama blanda; la cuarta, el buen comer y beber; la quinta, estar muy abrigados y bien vestidos; la sexta, andar siempre a caballo; la séptima, hacer su voluntad; la octava, ocuparse en juegos y pasatiempos y cosas que les dé contento y placer. Todo lo cual es tan manifiesta verdad, que, aunque no lo hubiera dicho Hipócrates, ninguno lo pudiera negar.
Sólo se podría dubdar si la gente regalada guarda siempre esta manera de vivir; pero si es verdad que lo hace, bien podemos inferir que su simiente es humidísima y que los hijos que della se engendraren han de salir por fuerza con humidad superflua y demasiada; la cual es menester gastar y consumir, lo uno porque esta calidad echa a perder las obras del ánima racional, y lo otro (dicen los médicos) que hace vivir al hombre pocos días y con falta de salud. Según esto, el buen ingenio y la firme sanidad corporal ambas piden un mesma calidad, que es la sequedad; por donde los preceptos y reglas que trujimos para hacer los niños sabios, esos mesmos servirán para darles mucha salud y que vivan largo tiempo.
Conviene, pues, luego en nasciendo el hijo de padres holgados (atento que sus carnes tienen más frialdad y humidad de la que conviene a la puericia), lavarlo con agua salada caliente; la cual, en opinión de todos los médicos, deseca y enjuga las carnes, y pone firmes los nervios y hace al niño robusto y varonil, y por gastarle la humidad superflua del celebro se hace ingenioso, y le libra de muchas enfermedades capitales. Por lo contrario, siendo el baño de agua dulce y caliente, por cuanto humedesce las carnes, dice Hipócrates que hace cinco daños: Carnis effaeminationem, nervorum imbecillitatem, mentis torperem, profluvia sanguinis, animi deffectionem; como dijera: «El agua dulce y caliente hace al hombre mujeril, con flaqueza de nervios, nescio, aparejado para flujo de sangre y desmayos». Pero si el niño sale con demasiada sequedad del vientre de su madre, conviene mucho lavarle con agua caliente dulce; y así, dice Hipócrates: Infantes diu sunt calida lavandi, quo minus tentent convulsiones, ipsique crescant et melioris coloris fiant; por la cual sentencia manda lavar con agua caliente muchas veces a los niños por que no se vengan a espasmar y crezcan con más facilidad y se hagan de buen color. Esto cierto es que se entiende de los niños que salen secos de el vientre de su madre, a los cuales conviene enmendarles su mala temperatura aplicándoles las calidades contrarias.
Los alemanes, dice Galeno, tenían por costumbre lavar sus niños en el río luego en nasciendo, pareciéndoles que, así como el hierro que sale ardiendo de la fragua se hace más fuerte metiéndolo en el agua fría, de la mesma manera, sacando al niño ardiendo de el vientre de su madre, se hacía de mayor fuerza y vigor lavándolo con agua tan fría. Esto condena Galeno por gran bestialidad, y tiene mucha razón; porque, puesto caso que por esta vía se haría el cuero duro y cerrado y no fácil de alterar de las injurias del aire, pero ofenderse hía de los excrementos que se engendran dentro de el cuerpo, por no estar patente y abierto por donde poder exhalar y salir. Mejor remedio y más seguro es lavar a los niños que tienen humidad superflua con agua caliente y salada; porque, gastándoles la humidad demasiada, quedan muy propincuos a la salud, y cerrándoles las vías del cuero no se ofenden con cualquiera ocasión, ni los excrementos de dentro quedan tan cerrados que no les resten caminos abiertos por donde salir. Y Naturaleza es tan poderosa, que si le han quitado291 una vía pública busca otra acomodada, y si todos le faltan, sabe hacer caminos de nuevo por donde expeler lo que le daña; y así, de dos estremos, más conviene a la salud tener duro y algo cerrado el cuero que blando y abierto.
Lo segundo que conviene es que en naciendo el niño le hagamos amigo con los vientos y con las alteraciones del aire y no le tengamos siempre en abrigo, porque se hará flojo, mujeril, nescio, de pocas fuerzas, y en tres días se morirá. Ninguna cosa dice Hipócrates que tanto dibilita las carnes como estar siempre en lugares tépidos, guardados del frío y calor, ni hay mayor remedio para la salud que hacer el cuerpo a todos los vientos, calientes, fríos, húmidos y secos; y así, pregunta Aristóteles: ¿Qu'és la causa que los que viven en las galeras están más sanos y tienen mejor color que los que viven en tierra paludosa». Y crece más la dificultad considerando la mala vida que pasan, durmiendo en el suelo vestidos, al sereno, al sol, al frío y al agua, comiendo y bebiendo tan mal. Los mesmo se podrá preguntar de los pastores, cuya sanidad es la más firme que tienen los hombres; y es la causa que han hecho ya amistad con todas las calidades del aire, y no se espanta Naturaleza de nada. Por lo contrario, vemos claramente que, tractando un hombre de regalarse y procurar que no le dé el sol, el frío, el sereno ni el viento, en tres días es acabado, por el cual se podría decir: Qui diligit animam suam in hoc mundo perdet eam.292 Porque de las alteraciones del aire ninguno se puede guardar, y así, es mejor acostumbrarse a todo, para que el hombre se pueda descuidar y no viva siempre con recato. El error de la gente vulgar está en pensar que el niño nasce tan tierno y delicado que no sufrirá pasar del vientre de su madre (donde hay tanto calor) a la región del aire frío sin que le haga mucho daño. Y realmente están engañados, porque, con ser Alemania tan fría, metían los niños hirviendo en el río; y con ser un hecho tan bestial, no se les hacía de mal ni se morían.
Lo tercero que conviene es buscar un ama moza, de temperamento caliente y seca, o (según nuestra doctrina) fría y húmida en el primer grado, criada a mala ventura, acostumbrada a dormir en el suelo, a poco comer y mal vestida, hecha a andar al sereno, al frío y calor. esta tal hará la leche muy firme y usada a las alteraciones del aire, de la cual mantiniéndose293 muchos días, los miembros del niño vernán a tener mucha firmeza. Y si es discreta y avisada le hará mucho provecho al ingenio, porque la leche désta es muy enjuta, caliente y seca, con las cuales dos calidades se corrigirá la mucha frialdad y humidad que el niño sacó del vientre de su madre. Cuánto importe a las fuerzas de la criatura mamar leche ejercitada pruébase claramente en los caballos; que, siendo hijos de yeguas trabajadas en arar y trillar, salen muy grandes corredores y duran mucho en el trabajo; y si las madres están siempre holgando y paciendo en el prado, a la primera carrera no se pueden tener.
El orden, pues, que se ha de tener con el ama es traerla a casa cuatro o cinco meses antes del parto y darle a comer los mesmos manjares de que usa la preñada, para que tenga lugar de gastar la sangre y los demás humores que ella tenía hechos de los malos alimentos que antes había comido y para que el niño, luego en nasciendo, mame la mesma leche de que se mantuvo en el vientre de su madre, a lo menos hecha de los mesmos manjares.
Lo cuarto es no acostumbrar el niño a dormir en cama blanda, ni traerlo muy arropado ni darle mucho a comer, porque todas estas tres cosas dice Hipócrates que enjugan y desecan las carnes, y las contrarias las engordan y ensanchan; y haciendo esto, se criará el niño de grande ingenio, muy sano y vivirá muchos días por razón de la sequedad. Y de lo contrario, verná a ponerse hermoso, gordo, lleno de sangre, y bobo; el cual hábito llama Hipócrates atlético y lo tiene por muy peligroso.294
Con esta mesma recepta y orden de vivir se crió el hombre más sabio que habido en el mundo, que fue Cristo Nuestro Redemptor, en cuanto hombre; salvo que por nacer fuera de Nazaret, por ventura no tuvo su madre a mano agua salada con que lavarlo. Pero ello era costumbre judaica y de toda el Asia, introducida por algunos médicos sabios para dar salud a los niños; y así, dice el Profeta: Et quando nata es in die ortus tui, non est praecisus umbilicus tuus, et aqua non est lota in salutem, nec sale salita, nec involuta panis.295 Pero, en lo demás, luego en nasciendo comenzó a hacer amistad con el frío y con las otras alteraciones del aire, y su primera cama fue en el suelo y mal vestido, como si quisiera guardar la recepta de Hipócrates. A pocos días caminaron con él a Ægipto, lugar de mucho calor, donde estuvo todo el tiempo que Herodes vivió. Andando su madre desta manera, cierto es que le daría la leche bien ejercitada y hecha a las alteraciones del aire.
Lo que le daban a comer fue el manjar que los griegos hallaron para dar ingenio y sabiduría a sus hijos. Éste dijimos atrás que era la parte butirosa de la leche cocida296 con miel; y así, dijo Isaías: Butirum et mel comedet, ut sciat reprobare malum et eligere bonum.297 Por las cuales palabras paresce que quiso el Profeta dar a entender que, aunque era Dios verdadero, había de ser juntamente hombre perfecto, y que para adquirir sabiduría natural había de hacer las mesmas diligencias que los298 otros hijos de los hombres. Aunque esto parece dificultoso de entender, y aun es disparate pensar que, porque Cristo Nuestro Redemptor comiese manteca y miel siendo niño, había de saber reprobar lo malo y eligir lo bueno cuando mayor, siendo Dios, como era, de infinita sabiduría y habiéndole dado en cuanto hombre toda la sciencia infusa que podía rescibir según su capacidad natural. Por donde es cierto que sabía tanto en el vientre de su madre como cuando había treinta y tres años, sin comer manteca ni miel ni aprovecharse de otros medios naturales que requiere la sabiduría humana.
Pero, con todo eso, hace gran fuerza que el Profeta haya señalado el mesmo manjar que los troyanos y griegos acostumbraban dar a sus hijos para hacerlos ingeniosos y sabios; y que diga ut sciat reprobare malum et eligere299 bonum para entender que por razón de aquellos alimentos adquiriese Cristo Nuestro Redemptor (en cuanto hombre) más sabiduría adquisita de la que alcanzara si usara de otros manjares contrarios, no300 es menester explicar aquella partícula ut para saber qué es lo que quiso decir hablando por tales términos.
Y así, hemos de suponer que en Cristo Nuestro Redemptor había dos naturalezas, como es verdad y así nos lo muestra la fee: la una divina, en cuanto era Dios verdadero; y la otra humana, compuesta de ánima racional y cuerpo elementado, dispuesto y organizado como lo tienen los otros hijos de los hombres.
Cuanto a la primera naturaleza, no hay que tractar de la sabiduría de Cristo Nuestro Redemptor, porque era infinita, sin augmento ni diminución, ni depender de otra cosa ninguna más de que, por ser Dios, era tan sabio en el vientre de su madre como lo era siendo de treinta y tres años y lo era abeterno. Pero, en lo que toca a la segunda naturaleza, es de saber que el ánima de Cristo, dende el punto que Dios la crio, fue bienaventurada y gloriosa, como lo está el día de hoy; y pues gozaba de Dios y de su sabiduría, cierto es que no ternía ignorancia de nada, sino que tuvo tanta sciencia infusa cuanta cabía en su capacidad natural. Pero, con esto, es cierto que, así como la gloria no se comunicaba a los instrumentos del cuerpo (por la razón de la redempción del género humano), tampoco la sabiduría infusa, por no estar el celebro dispuesto ni organizado con la calidades y substancia que son necesarias para que el ánima con tal instrumento pudiese discurrir y filosofar; porque si nos acordamos de lo que en el principio desta obra dijimos, las gracias gratis datas que Dios reparte entre los hombres piden ordinariamente que el instrumento con que se han de ejercitar y el subjeto en que se han de rescebir tengan las calidades naturales que cada don ha menester. Y es la causa ser el ánima racional acto del cuerpo y no obrar sin aprovecharse de sus instrumentos corporales.
El celebro de Cristo Nuestro Redemptor siendo niño y recién nascido, tenía mucha humidad, porque en tal edad es así conveniente y cosa natural; pero, por ser tanta en cantidad, no podía su ánima racional discurrir naturalmente ni filosofar con tal instrumento; y así, la sciencia infusa no pasaba a la memoria corporal ni a la imaginativa ni al entendimiento por ser estas tres potencias orgánicas (como ya lo dejamos probado) y no estar con la perfectión que habían de tener. Pero, yéndose el celebro desecando con el tiempo y con la mayor edad, iba el ánima racional manifestando cada día más la sabiduría infusa que tenía y comunicándola a sus potencias corporales.
Y, fuera desta sciencia sobrenatural, tenía otra que se toma de las cosas que oyen los niños, de lo que veen, de lo que huelen, gustan y palpan; y ésta es cierto la adquiría Cristo Nuestro Redemptor como los otros hijos de los hombres; y así como para ver bien las cosas tenía necesidad de buenos ojos y para oír los sonidos de buenos oídos, por la mesma razón tenía necesidad de buen celebro para juzgar entre lo bueno y lo malo. Y así es cierto: que por comer aquellos manjares tan delicados se iba organizando cada día mejor su cabeza y adquiriendo más sabiduría; de tal manera, que si Dios le quitara la sciencia infusa tres veces en el discurso de su vida para ver lo que había adquirido, halláramos que de diez años sabía más que de cinco, y de veinte más que de diez, y de treinta y tres más que de veinte.
Y que esta doctrina sea verdadera y católica pruébalo el Testo evangélico a la letra, diciendo: Et Jesus proficiebat sapientia et aetate et gratia apud Deum et homines.301 De muchos sentidos católicos que la Escriptura divina puede rescebir, yo siempre tengo por mejor el que mete la letra que el que quita a los términos y vocablos su natural significación.
Qué calidades sean las que ha de tener el celebro y qué substancia, ya dijimos, de opinión de Heráclito, que la sequedad hacía al ánima sapientísima; y de sentencia de Galeno probamos que, estando el celebro compuesto de sustancia muy delicada, hace el ingenio subtil. La sequedad iba adquiriendo Cristo Nuestro Redemptor con la edad, porque dende que nascemos hasta que morimos nos vamos desecando y enjugando las carnes, y sabiendo más. Las partes subtiles y delicadas del celebro se le iban rehaciendo comiendo aquellos manjares que dijo el profeta Isaías; porque si cada momento se había menester nutrir y reparar la sustancia que se exhalaba, y esto se había de hacer con manjares y no con otra materia ninguna, cierto es que si comiera siempre vaca o tocino, que en pocos días hiciera un celebro grueso y de mal temperamento, con el cual no pudiera su ánima racional reprobar lo malo y eligir lo bueno si no fuera por vía de milagro y usando de su divinidad. Pero, llevándolo Dios por los medios naturales, mandó que usase de aquellos manjares tan delicados, de los cuales mantiniéndose el celebro, se haría un instrumento tan bien organizado que, aun sin usar de la sciencia divina ni infusa, pudiera naturalmente reprobar lo malo y eligir lo bueno como los otros hijos de los hombres.
LAUDETUR CHRISTUS IN AETERNUM
A loor y gloria de Nuestro Señor Jesucristo y de su bendicta Madre la Virgen Sancta María, Señora y abogada nuestra, hace fin el presente libro, intitulado Examen de ingenios para las sciencias.
Acabose a veinte y tres días del mes de febrero, año del nascimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil e quinientos y setenta y cinco años. Fue impreso en la muy noble e muy leal y antigua ciudad de Baeza, en casa de Juan Baptista de Montoya, impresor de libros.302
1.- Aunque el documento no lo explicite, el Aprobador considera que puede concederse licencia de impresión al libro examinado.
2.- Teólogo de la Orden de San Agustín. También fue consejero del rey Felipe II.
3.- Equivalente al actual Copyright.
4.- El Consejo Real de Castilla. Los hubo para los otros Reinos (Aragón, Navarra, Portugal, Italia...). Portugal se incorporaría a la Corona en el periodo 1580-1640.
5.- Pragmática: edicto específico para corregir cualquier exceso o abuso.
6.- Es decir, contando con la Aprobación previa.
7.- Arriba mencionado.
8.- El texto impreso no podía diferir del aprobado por el examinador.
9.- No he visto estampada la Tasa en los ejemplares de 1575 que he consultado. La ed. de 1594 se tasó a tres maravedís por pliego.
10.- Sanción equivalente a 300 reales de plata (aprox.).
11.- Hoy Saint-Jean-Pied-de-Port, a 8 km de la frontera con España.
12.- Aprobase, autorizase su difusión.
13.- Falta el epígrafe en el Orig.
14.- El condado de Rosellón y la parte norte del de Cerdaña pertenecieron a España hasta el Tratado de los Pirineos (1659) entre Felipe IV y Luis XIV de Francia. El tratado incluyó la boda del rey francés con María Teresa de Austria, hija del rey español y abuela del futuro Felipe V.
15.- Oristano y Gociano. Ambos en la isla de Cerdeña.
16.- Orig.: 'guarde'.
17.- El párrafo 'que es un aviso que... único y singular' es el primero que aparece tachado en el ejemplar R/10774 de la BNE.
18.- Baldo degli Ubaldi.
19.- Voz latina con que se desea salud.
20.- 1 Corintios 12:4-11. Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho; porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.
21.- Mateo 25:15. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad.
22.- Eclesiástico 17:5-7. Dotó a los hombres de corazón para pensar y los llenó de entendimiento.
23.- Cratipo de Pérgamo fue discípulo de Aristóteles.
24.- Cleantes de Aso fue discípulo de Zenón.
25.- Cierto juego de naipes.
26.- Águila real.
27.- Productora de cereal.
28.- El que produce la harina más blanca.
29.- De granos morenos.
30.- Génesis 12.
31.- De ordine librorum suorum, en la IV Parte de sus obras (ed. de Venecia-1525).
32.- Orig.: 'qnando' (19v).
33.- Orig.: 'todos los' (20v).
34.- Hijastros.
35.- Mateo 9:2-8.
36.- Job 33:14.
37.- Dios y la Naturaleza jamás hacen nada en vano.
38.- Se espera 'ha habido', pero así se evita la cacofonía. Ocurre en otros pasajes.
39.- Orig.: 'nuastro' (29r).
40.- Que gusta del placer.
41.- Suplo 'no' (29v).
42.- En la antigüedad, se llamaba Escitia la llanura esteparia entre los ríos Danubio y Don.
43.- Orig.: 'asturinaos' (31v).
44.- Habilidad, predisposición.
45.- Occipital, parietal, frontal y temporal.
46.- Nuca, cogote.
47.- Sin otro techo debajo.
48.- Poeta satírico latino.
49.- No aparece en ninguna de las eds. antiguas consultadas.
50.- Orig.: 'della' (39v).
51.- Orig.: 'corporles' (41v).
52.- En tal medida, tanto.
53.- Orig.: 'pruduze' (44v).
54.- Orig.: 'naciando' (45v).
55.- Anima, motiva.
56.- Frase tópica.
57.- Orig.: 'pere' (47v).
58.- Orig.: 'puestion' (48r).
59.- Orig.: 'rustrico' (51r).
60.- El lector atento apreciará la similitud entre esta historieta y el reproche que Sansón Carrasco (alias El caballero de la Blanca Luna) recibe de boca de Antonio Moreno: '¡Oh, señor, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No véis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos?' (dQ2-65). Y también con El licenciado Vidriera, especialmente cuando, ya curado, se presenta en la Corte con ánimo de ejercer la abogacía y es acosado por los muchachos: 'Aquí he venido a este gran mar de la Corte para abogar y ganar la vida; pero, si no me dejáis, habré venido a bogar y granjear la muerte. Por amor de Dios que no hagáis que el seguirme sea perseguirme, y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo'.
61.- Orig.: 'obas' (54v).
62.- Génesis 49.
63.- Suplo 'no' (61v).
64.- Orig.: 'el' (62v).
65.- Orig.: 'dexorlaa' (67v).
66.- Poeta griego.
67.- Se llamó cerdos a una tribu sslvaje de Beocia.
68.- Os estremeceréis al oírlo (Isaías 28:19).
69.- Orig.: 'sader' (70r).
70.- Orig.: 'proueine' (70v).
71.- Orig.: 'indiensibles' (72r).
72.- Orig.: 'vnas' (76r).
73.- Orig.: 'respusta' (76v).
74.- Orig.: 'tine' (78r).
75.- Entiéndase: el Oraculo de Delfos lo calificó así.
76.- Sólo sé que no sé nada.
77.- Orig.: 'hambres' (80v).
78.- Lo interior impide lo exterior.
79.- Tal, tal cual. Como en la expresión latina Qualis pater, talis filius,
80.- Orig.: 'medicida' (84v).
81.- Orig.: 'natual' (86v).
82.- Orig.: 'mojor' (91r).
83.- Orig.: 'vesto' (93v).
84.- Orig.: 'abladan' (95r),
85.- Orig.: 'este' (95r).
86.- Orig.: 'ymaginatiua ya' (95v).
87.- Orig.: 'carascen' (95v).
88.- Dios, como interesado en la guerra y la sabiduría, escogió primero un lugar donde vivir, uno que produciría hombres más parecidos a Él.
89.- Orig.: 'naturar' (102r).
90.- Orig.: 'sufirir' (102v)
91.- Orig.: 'vt' (103v).
92.- Suplo 'te' (103v).
93.- Samuel 16:15-16.
94.- Flavio Josefo, historiador romano de origen judío.
95.- Orig.: 'Iesu' (104r).
96.- Mateo 8;28-34.
97.- Pavo real.
98.- Orig.: 'moyormente' (107r).
99.- Orig.: 'intencionales' (107r).
100.- Orig.: 'la' (108r),
101.- Orig.: 'Filii' (108v).
102.- Lucas 16:25-28.
103.- Lucas 16:19-24.
104.- Orig.: 'puede'(114v).
105.- Convención.
106.- Orig.: 'ningena' (115r).
107.- Orig.: 'juzar' (115v).
108.- El teólogo escocés Ioannes Duns Scotus.
109.- Obra de San Agustín.
110.- El Concilio de Trento.
111.- Invectivas contra Marco Antonio, que pretendía acabar con la república y proclamarse rey. Este tipo de discursos tomó su nombre de los escritos de Demóstenes contra Filipo II de Macedonia.
112.- Orig.: 'partenecen' (120r).
113.- Poema épico de Mateo Boyardo y continuado por Ludovico Ariosto.
114.- El poeta Joan Boscán Almogáver.
115.- Jorge de Montemayor, autor de Los siete libros de la Diana.
116.- Podría ser errata por 'hallará', pero no es segura.
117.- Orig.: 'deze' (122v).
118.- Suplo 'que' (123v). Pudo extraviarse en el salto de plana.
119.- Por 'antiperístasis': reacción entre cualidades contrarias.
120.- Alude al famoso artificio de 'Juanelo Turriano', que era italiano.
121.- El pasaje recuerda aquel otro del Quijote, cuando el protagonista (ávido lector de libros de caballerías) se devana los sesos buscando nombre para su caballejo: 'pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre y le cobrase famoso y de estruendo...; y ansí, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo'.
122.- 25 folios.
123.- Orig.: 'estuuie' (133r).
124.- Proverbios 14.
125.- Orig.: 'cathilicos' (137r).
126.- Orig.: 'pridicar' (137v).
127.- Orig.: 'quiere' (138v).
128.- Suplo 'a' (139v).
129.- Orig.: 'oranate' (143v).
130.- Orig.: 'puediere' (143v).
131.- Orig. 'Eesto' (147v).
132.- Pérdida de humedad.
133.- Orig.: 'la' (150r).
134.- El porqué.
135.- Mateo 15:14. 'Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo'.
136.- Orig.: 'canfessor' (155v).
137.- Orig.: 'optinet' (155v)
138.- Orig.: 'baccabanales' (157r).
139.- Orig.: 'nequalis' (160r).
140.- Orig.: 'recocimiento' (160v).
141.- Ofensivo, agresivo.
142.- Orig..: 'com' (163v).
143.- Publicados en tiempos de empérador Justiniano, compendiaban toda la jurisprudencia romana.
144.- Orig.: 'delente' (173r).
145.- Ni habiendo sido pasante de abogado para instruirse en la práctica del oficio.
146.- Orig.: 'repoblica' (174r).
147.- Eclesiástico 6:6. El libro se atribuía a Salomón.
148.- Uno para mí es como mil
149.- Qui semel est malus semper praesumitur malus.
150.- Titubeantes son los pensamientos de los mortales, e inseguras nuestras reflexiones.
151.- Orig.: 'caresce' (183r).
152.- Lógica, Física y Metafísica.
153.- Entiéndase: 'a aquel propósito', 'para ello'.
154.- El piamontés Giovanni Argentero de Castelnuovo.
155.- Orig: 'impericos' (188r).
156.- Deducción lógica.
157.- El que predice el futuro en función de la posición de los astros.
158.- Orig.: 'Tambien en' (197v).
159.- Orig.: 'regios' (197v).
160.- Tal fue la sabiduría y prudencia que Salomón recibió de Dios, que superó a todos los antiguos, y aun a los egipcios, que son considerados los más sabios de todos
161.- Francisco I reinó de 1515 a 1547.
162.- Orig.: 'curan' (198v).
163.- Orig.: 'por judíos lo auia yo' (199v).
164.- Génesis 15:12-15.
165.- Éxodo 12:40.
166.- Arca de la Alianza.
167.- Éxodo 16: 31.
168.- Orig.: 'entendino' (205r).
169.- Orig.: 'delicadaza' (206r).
170.- Orig.: 'mana' (207r), por única vez en el texto.
171.- Orig.: 'hari-' (208r).
172.- Orig.: 'respirado' (208t).
173.- Que hace, que fue.
174.- Orig.: 'Perder' (212r).
175.- Orig.: 'oste' (214r).
176.- Les prestaste pan del cielo, que contiene en él todos los manjares.
177.- Orig.: 'menera' (215r).
178.- Orig.: 'toda)' (216r).
179.- Orig.: 'los' (216r).
180.- Orig.: 'supruma' (216r).
181.- Orig.: 'Malicia est versuia' (217v).
182.- Judit 10:11-13.
183.- Crisipo, hombre sin duda erudito e inteligente, llamó eruditos a los hombres cuyas mentes se vuelven rápidamente.
184.- Mateo 10:16.
185.- Orig: 'Ebio' (222v).
186.- Eclesiastés 1:16.
187.- San Juan Bautista.
188.- Herodías, madre de Salomé, estuvo casada con Herodes Filipo y después con Herodes Antipas, hermano del anterior.
189.- Mateo 14.
190.- Orig.: 'ascuchando' (230r).
191.- Orig.: 'qui' (230v).
192.- Orig.: 'importe' (231r).
193.- Orig.: 'snbcederles' (231v).
194.- Orig.: 'Llmaronla' (232r).
195.- Lucas 16.
196.- Orig.: 'tracadores' (234v).
197.- Orig.: 'saldados' (236r).
198.- Samuel 17:25
199.- Orig.: 'oportando' (238v).
200.- Los médicos recomendaron a Carlos de Austria (1545-1568) dejar Madrid y trasladarse a Alcalá.
201.- Orig.: 'natuarl' (241v).
202.- Juan 3.
203.- Orig.: 'nescer' (243v).
204.- Orig.: 'comporar' (245r).
205.- Orig.: 'prudentes y sabios' (249r).
206.- Orig.: 'pirmero' (249r).
207.- Marcos 9:35.
208.- Mateo 23:6. Buscan los primeros asientos en el escenario y en las sinagogas.
209.- Orig.: 'vatales' (251r).
210.- Orig.: 'midico' (253v).
211.- Orig.: 'intesion' (254r). 212.- Orig.: 'celebo' (254).
213.- Orig.: 'inhabilitada' (257v).
214.- Orig.: 'señalodas' (258v).
215.- Orig.: 'Leoncio' (258v).
216.- Una fuerza concentrada es más poderosa que esa misma fuerza dispersa.
217.- Orig.: 'cilidades' (263r).
218.- Génesis 1:28.
219.- Orig.: 'le (266v).
220.- Génesis 1:29. Yo os doy toda planta sementífera que hay sobre la superficie de la tierra y todo árbol que da fruto conteniendo simiente en sí. Ello será vuestra comida.
221.- Eclesiástico 17:5.
222.- Inclinado al mal desde su juventud.
223.- Orig.: 'augilio' (268r).
224.- Salmos 90:10.
225.- Eclesiastés 10:17.
226.- Orig: 'puden' (272r).
227.- Proverbios 21:1. Como un río que sigue su curso trazado es el corazón del rey en manos del Señor.
228.- I Sanuel 16.
229.- I Samuel 13:14. En realidad, el Texto lee cor suum: 'El Señor se ha buscado un hombre según su corazón'.
230.- ¿Dónde está quien ha nacido Rey de los Judíos? (Mateo 2)
231.- Crencha, raya que divide el cabello en dos.
232.- Orig.: 'acompañada' (277r).
233.- Números 19:2.
234.- El más hermoso hijo de los hombres (Salmos 45:2).
235.- Génesis 49:12.
236.- Juan 8:46.
237.- Orig: 'de to todas' (279r).
238.- Génesis 2:15.
239.- Orig.: 'obstienen' (282v).
240.- Orifg: 'a su' (282v).
241.- Orig.: 'pusiessan' (283v).
242.- Orig.: 'dilita' (289r).
243.- Orig.: 'muguer' (289v).
244.- Cereales.
245.- I Timoteo 2:11.
246.- Judit 8:9-17. Cabris y Carmis eran los ancianos de Betulia, la ciudad asediada.
247.- Orig.: 'de Elbora' (294r).
248.- Jueces 5.
249.- Orig.: 'espanta' (295r).
250.- Orig.: 'mustra' (295v).
251.- Orig.: 'tamperamento' (298r).
252.- Desenvolverse.
253.- Músculos.
254.- Estos tres párrafos recuerdan otros que se leen en el Quijote: 'No es eso -respondió don Quijote-, sino que el sabio a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas le habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros pasados...Y así, digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante' (dQ1-19). '-Así es la verdad -dijo Dorotea-. Dijo más: que había de ser alto de cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro izquierdo o por allí junto, había de tener un lunar pardo con ciertos cabellos a manera de cerdas' (dQ1-30). '-Tomad, señora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los malhechores del mundo... No os la doy para que la beséis, sino para que miréis la contestura de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas; de donde sacaréis qué tal debe de ser la fuerza del brazo que tal mano tiene' (dQ1-43).
255.- Bálsamo obtenido del árbol del mismo nombre.
256.- Orig.: 'duce' (303v).
257.- Eclesiastés 7:29.
258.- Orig.: 'instrumantos' (306v).
259.- Eclesiastés 42:14. Más vale un hombre difícil que una mujer fácil.
260.- Mirlos.
261.- Aquel de que obtiene la harina más blanca.
262.- Orig.: 'offrecerles' (312r).
263.- Éxodo 1:10.
264.- Febriles, débiles.
265.- y es muy fértil, y rápidamente excita al animal a la cópula: es caprichoso y propenso a lujuria.
266.- Orig.: 'condician' (314v).
267.- Orig.: 'site' (315r).
268.- Orig.: 'acontence' (316v),
269.- Desmejorada, sin lozanía.
270.- Purificarse.
271.- Levítico 12.
272.- Enjutas.
273.- Viento del SO.
274.- Levítico 2:13. Sazonarás con sal toda ofrenda de grano que ofrezcas, y no permitirás que falte jamás de tu ofrenda de grano.
275.- Suplo 'y' (324v).
276.- Macho cabrío.
277.- Orig.: 'quisi en' (325v).
278.- Orig.: 'a' (326r).
279.- Orig.: 'mos' (326r).
280.- Génesis 30.
281.- Elemento decorativo hecho de cuero labrado y pintado.
282.- Orig.: 'mesme' (329r).
283.- El famoso héroe troyano.
284.- Orig.: 'aduiertiesse' (333v).
285.- Orig.: 'facunda' (333v
286.- Orig.: 'nascieren' (338r).
287.- Orig.: 'facunda' (341r).
288.- Sabiduría 5:13.
289.- Orig.: 'aducacion' (344r).
290.- Mantecosa.
291.- Orig.: 'quitada' (348v).
292.- Juan 12:25. El que ama su alma la perderá en este mundo.
293.- Orig.: 'mantiniednosse' (350r).
294.- De aquí al final se trata de la doble naturaleza (divina y humana) de Jesucristo. Se suprimió en la ed. de 1594.
295.- Ezequiel 16:4. Cuanto a tu nacimiento, el día que naciste no fue cortado tu cordón umbilical, ni fuiste lavada con aguas para limpiarte ni frotada con sal, ni fuiste envuelta en pañales.
296.- Orig.: 'comida' (352r).
297.- Isaías 7:15. Comerá cuajada y miel hasta que sepa rehusar lo malo y elegir lo bueno.
298.- Orig.: 'loa' (352r).
299.- Orig.: 'ligere' (352v).
295.- Ezequiel 16:4. Cuanto a tu nacimiento, el día que naciste no fue cortado tu cordón umbilical, ni fuiste lavada con aguas para limpiarte ni frotada con sal, ni fuiste envuelta en pañales.
296.- Orig.: 'comida' (352r).
297.- Isaías 7:15. Comerá cuajada y miel hasta que sepa rehusar lo malo y elegir lo bueno.
298.- Orig.: 'loa' (352r).
299.- Orig.: 'ligere' (352v).
300.- Orig.: 'o' (352v).
301.- Lucas 2:52. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.
302.- En la marca del impresor se lee: NOS AVTEM GLORIARI OPORTET IN CRVCE DOMINI NOSTRI IESV CHRISTI (Gloriémonos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo); O CRVX AVE SPES VNICA (¡Salve, oh Cruz, única esperanza!
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