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Habían transcurrido poco más de cuatro décadas en las que había empleado la pluma y las armas con similar soltura, hasta que una de éstas decretó el final de su vida de infrecuentes y múltiples perfiles. La pieza fue hallada en archivos de la ciudad de Córdoba por el historiador jesuita Guillermo Furlong Cardiff, infatigable investigador que trajinó con frecuencia los registros de la orden ignaciana en la antigua capital de la Paracuaria. A su vez, la arroba representaba la cuarta parte de un quintal, es decir, unas 25 libras castellanas o unos 11,5 kilogramos en nuestro sistema actual. En consecuencia, "el tercio de yerba", nombre proveniente del saco de cuero de vaca sin curar en el que se almacenaba y transportaba la yerba, equivalía a un peso variable de entre 80 y 90 kilos. (https://elarcondelahistoria.com/tercio-de-yerba/) Como queda dicho, la gabela se aplicaba sobre los cargamentos de yerba mate, producto insignia del comercio en la cuenca del Plata, que bajaba por el río Paraná desde Asunción del Paraguay y desde las misiones jesuíticas del Alto Paraná hasta el puerto de Santa Fe. La medida, aunque nadie lo explicitara, escondía la mano oculta de Lima, la capital virreinal, recelosa de la amenaza que para ella representaba Buenos Aires (que crecía mediante el contrabando y el arribo de barcos de Registro despachados desde Cádiz), la ciudad que a través del estuario del Plata se asomaba al océano Atlántico.
RESUMEN
Antonio Fuentes del Arco murió joven (1690-1731) pero tuvo una vida muy activa. Nació en Santa Fe de la Vera Cruz, estudió Filosofía y Teología en la universidad jesuítica de Córdoba de la Nueva Andalucía (1706-1709) erigida en tierras de la antigua Comechingonia. Tres años después, de regreso en Santa Fe, actuó militarmente en defensa de la ciudad ante la amenaza indígena. Y, en 1713, hizo lo propio en Asunción del Paraguay como maestre de campo y capitán de caballería. En 1716 asumió la función de regidor en el Cabildo santafesino, y al año siguiente el cuerpo capitular le encomendó la redacción de la Loa al rey español Felipe V en agradecimiento por la supresión del impuesto de sisa. En 1722 fue nombrado alcalde ordinario, y dos años más tarde comenzó los preparativos de su viaje a España para su radicación en la Córdoba andaluza, donde tomará posesión de los fundos legados por su tío, Diego de Godoy y Ponce de León. En coincidencia con ese viaje, el Cabildo de Santa Fe lo designó procurador general de la ciudad ante el Consejo de Indias. Mientras cumplía esa función y, a la vez, administraba sus propiedades cordobesas, debió afrontar un litigio por el uso y manejo de aguas públicas en su Huerta del Rey. Ese conflicto, judicializado por un religioso que era prebendado y racionero del cabildo de la Catedral de Córdoba oscurecería sus últimos años y, todo parece indicarlo, provocaría su muerte por disparo de arma de fuego cuando tenía 41 años de edad. Habían transcurrido poco más de cuatro décadas en las que había empleado la pluma y las armas con similar soltura, hasta que una de éstas decretó el final de su vida de infrecuentes y múltiples perfiles. Su condición de pionero de la cultura rioplatense fue reconocida mediante la imposición de su nombre al Liceo Municipal de Santa Fe, creado en 1928.
Palabras clave: Río de la Plata, armas, pluma, Córdoba andaluza.
No fue para alquilar balcones. La almibarada Loa a Felipe V escrita por el cabildante santafesino Antonio Fuentes del Arco, tuvo el mérito de ser la primera obra teatral rioplatense que, de manera comprobada, se escribiera en lo que hoy es la Argentina y que, por añadidura, se representara como novedad en nuestra ciudad. Pero en lo personal, creo que lo más interesante del texto y la puesta en escena ofrecidos a un público mayoritariamente analfabeto en 1717, son sus connotaciones menos visibles. Ya llegaremos a ellas, pero primero hablemos de la obra, cuyo abordaje en estas líneas es consecuencia directa de un artículo publicado por el arquitecto e historiador Luis María Calvo en la Revista América 31 (Calvo, 2022).
La pieza fue hallada en archivos de la ciudad de Córdoba por el historiador jesuita Guillermo Furlong Cardiff, infatigable investigador que trajinó con frecuencia los registros de la orden ignaciana en la antigua capital de la Paracuaria. De modo que no es extraño que encontrara la huella literaria del joven santafesino que entre 1706 y 1709, estudiara Filosofía y Teología en la universidad jesuítica de la Docta, ni que un discípulo suyo en el estudio de la vida colonial, José Luis Trenti Rocamora, la diera a conocer luego, acompañada de un análisis histórico y teatral. Más adelante, también escribió sobre ella el autor santafesino José Rafael López Rosas (López Rosas, 1948:67,68)
Fuentes del Arco, nacido en Santa Fe a fines del siglo XVII, era un criollo de ascendencia espafiola con vinculaciones nobiliarias en la metrépoli. Por su formación, el Cabildo, del que era parte, le encomendó el trabajo laudatorio de Felipe V, primer rey de la dinastía borbónica en la Península. ¿Motivo? La supresión, decretada por el monarca, del impuesto de Sisa que pesaba sobre las espaldas del esmirriado caserío local para financiar obras en la ciudad de Buenos Aires.
¿En qué consistía el impuesto de sisa? Dejemos que lo explique el mismo Fuentes del Arco, en verso, con grafía de la época, incluidas palabras encadenadas y un curioso empleo de las mayúsculas: "Presisado se bio nro Monarca / a imponer Vn tributo enel Comercio / Asiendose Se Pagase En cada Terzio de Yerva, Peso y meDio, / Yque también Pagase Sin remedio/ Doblada cantidad el que quisiera / Sacarla, O consumirla por Fuera. (Fuentes del Arco, 1717)
¿A qué equivalía, en unidad de peso, el tercio de yerba? A 7 u 8 arrobas. A su vez, la arroba representaba la cuarta parte de un quintal, es decir, unas 25 libras castellanas o unos 11,5 kilogramos en nuestro sistema actual. En consecuencia, "el tercio de yerba", nombre proveniente del saco de cuero de vaca sin curar en el que se almacenaba y transportaba la yerba, equivalía a un peso variable de entre 80 y 90 kilos. (https://elarcondelahistoria.com/tercio-de-yerba/)
Como queda dicho, la gabela se aplicaba sobre los cargamentos de yerba mate, producto insignia del comercio en la cuenca del Plata, que bajaba por el río Paraná desde Asunción del Paraguay y desde las misiones jesuíticas del Alto Paraná hasta el puerto de Santa Fe. Ese impuesto afectaba los recursos de la pequeña urbe que, en los hechos, funcionaba como barrera fronteriza ante los reiterados ataques de las tribus guaycurúes del norte y, por lo tanto, como antemural defensivo de la ciudad de Buenos Aires y del germinal caserío de Rosario, aguas abajo.
Tan grave era la situación que, en el primer cuarto del siglo XVIII, varias veces el Cabildo evaluó la alternativa de un nuevo traslado o el abandono liso y llano de la atormentada población. Basta, al respecto, mencionar que el día de la celebración del santo patrono San Jerónimo (30 de septiembre) de 1717, previsto por las autoridades capitulares para la representación de la Loa... , esta no pudo realizarse por la incursión de un malón indígena en las puertas de Santa Fe.
El traslado urbano desde la primigenia Santa Fe a la reticula nueva de la Vera Cruz, mejoraba las rutas terrestres para el transporte comercial, pero no habia logrado superar el periódico asedio de abipones у mocovies. Ese acuciante problema duraría un tiempo más, hasta que Francisco Javier de Echagüe y Andía, teniente de gobernador y justicia mayor desde 1733, lo aplacara mediante acciones militares, pero también, con una innovadora pedagogía de la paz en la relación con las tribus amenazantes, complementada luego por la tarea del misionero jesuita Florian Paucke en la reducción de mocovíes de San Francisco Javier.
Concurrirá a favorecer ese proceso la decisión de la Real Audiencia de Charcas de otorgar, en 1739, una preferencia portuaria a la ciudad de Santa Fe para el tráfico comercial de los productos procedentes del Paraguay, por entonces el principal centro de actividad económica en la cuenca del Plata. Esa resolución, que consagró a nuestra ciudad como "puerto preciso" para las mercaderías de ese origen, y punto de intercambio con las ciudades de la Tucumanía, Cuyo, el Alto Perú y el Perú, sería convalidada por la Corona española en 1743. Con altibajos, frecuentes elusiones de la norma por parte de las embarcaciones paraguayas y el insoslayable impacto de la Pequeña Edad de Hielo en el comportamiento de los ríos, la preferencia en cuestión produjo, sin embargo, un notorio aumento de la población, la radicación de comerciantes y artesanos procedentes de otras regiones, la activación de la producción de embarcaciones y carretas para el transporte de bienes por agua y por tierra. En suma, un inusitado esplendor para una ciudad curtida por las carencias.
La medida, aunque nadie lo explicitara, escondía la mano oculta de Lima, la capital virreinal, recelosa de la amenaza que para ella representaba Buenos Aires (que crecía mediante el contrabando y el arribo de barcos de Registro despachados desde Cádiz), la ciudad que a través del estuario del Plata se asomaba al océano Atlántico. Era el mar que, desplazando al Pacífico, concentraba progresivamente la economía internacional del siglo XVIII. En ese marco histórico, Santa Fe será por un tiempo un puerto tapón para el desarrollo de Buenos Aires.
Pero antes de que esa resolución de los oidores de Charcas fuera emitida, Santa Fe luchaba por su subsistencia, basada en buena medida en la operatividad de su puerto y los consiguientes ingresos tributarios. De ellos dependía la capacidad de defensa de su territorio en términos de obras de protección militar y la provisión de armamento.
De paso, como en estos procesos hay más contradicciones y paradojas que linealidades, de esos recursos también dependía la defensa boreal de Buenos Aires, ejercida por Santa Fe con sacrificio, mientras padecía la erosión económica que la Sisa significaba, para beneficio de la misma Buenos Aires, financiada en parte con una tajada de lo que a Santa Fe le correspondía. Parece un juego de palabras, pero en el fondo había un juego de crudos intereses.
En aquellas críticas circunstancias, cuando la trasladada Santa Fe debatía su permanencia en el nuevo sitio, llegó al Cabildo la alentadora noticia de que una gestión encomendada en España al encumbrado empresario vasco Andrés Martínez de Murguía, con intensa actividad en el puerto de Cádiz, había logrado la supresión del impuesto de Sisa, decretada por Felipe V.
Por ese motivo, Santa Fe quería celebrar una medida que mejoraba sus recursos, y quería hacerlo en el día de la más relevante festividad religiosa y popular: la de su santo patrono San Jerónimo, que anualmente convocaba a sus habitantes en torno a la Plaza Mayor, en la que se realizaban corridas de toros, carreras de sortija y juegos de cañas, trasplantados de España a América como ecos de divertimentos medievales.
Sin embargo, pese a la exultación pública provocada por la buena nueva, la representación debería esperar unos días hasta que se aquietara la amenaza indígena en las inmediaciones de la pequeña urbe. Al cabo, precedida de "misas solemnes y luminarias por la salud y buenos servicios de la monarquía" la espera tuvo su premio, y la Loa fue puesta en escena con evocaciones al rey "Philipo Quinto", el patrono San Jerónimo, a cuya intercesión religiosa atribuía el autor la sabia decisión tomada por el monarca en beneficio de la ciudad, y a don Andrés Martínez de Murguía, el eficaz gestor del decreto de supresión.
En un tramo de la Loa, Del Arco le hace preguntar al Caballero 3° (uno de los actores en la teatralización del poema): "¿Más a quién se atribuye aquella hazaña?" (la supresión del impuesto de sisa). Y el Caballero 1· responde: "A la luciente púrpura de España (el rey) / Y por el mismo modo aquí también a la púrpura docta de Belén (San Jerónimo, patrono de la ciudad). El Caballero 3°, retoma la palabra y expresa: "Los ecos que da el viento/ Dirigirán las voces al intento/ Y advierto que este día/ A Don Andrés Martínez de Murguía/ También se ha de elogiar."
Veamos, uno por uno, los someros antecedentes de los integrantes de la tríada, conjuntada para el feliz propósito.
FELIPE V DE ESPAÑA
Empecemos por Felipe V, nieto de Luis XIV, rey de Francia, y bisnieto de Felipe IV, monarca de España perteneciente a la Casa de Austria o Habsburgo borrosamente retratado en 1656 por el gran Diego Velázquez junto a la reina en el reflejo de un espejo ubicado al fondo de la gran escena pictórica conocida como Las meninas. Era, también, sobrino nieto de Carlos II, el último rey Habsburgo de España, a quien su alta tasa de consanguinidad lo había condenado a deformaciones y enfermedades disimuladas bajo el literario apodo de "El Hechizado". En cambio, su sucesor, el primer borbón, Felipe V, recibirá, pese a sus también manifiestas debilidades físicas y mentales, un sobrenombre más esperanzado: "El Animoso".
Nombrado heredero del trono de España por su tío abuelo Carlos II, producida la muerte de éste, Felipe de Borbón, por entonces duque de Anjou, con 17 años de edad, acepta la Corona el 16 de noviembre de 1700. Fue el mismo día que su abuelo, el rey francés Luis XIV, anunciaba al tribunal español la aceptación de la última voluntad del hijo de Felipe IV de España, quien había sido, a su vez, su tío y suegro.
Para entender la compleja geografía génica y dinástica de estos monarcas, hay que explicitar que Luis XIV era hijo de Luis XIII y Ana María de Austria, y se había casado en segundas nupcias con María Teresa de Austria y Borbón (infanta de España y Portugal, hija de Felipe IV e Isabel de Borbón). Carlos II, entre tanto, era hijo de su segundo matrimonio con Mariana de Austria, lo que en parte explica la acentuación de sus endogámicas patologías. Lo que queda más claro es que la telaraña de vínculos entre las casas reales de Francia, España y Austria (Sacro Imperio Romano Germánico), dificulta la nítida percepción del corte dinástico entre las casas de Habsburgo y Borbón en España.
Como fuere, lo cierto es que la designación de Felipe V, fue resistida por parientes con similares títulos y se tradujo en una ola de alerta entre las monarquías europeas que veían con preocupación la alianza dinástica de Francia y España, dos reinos que, por su enorme peso, podían romper el equilibrio de poderes en el teatro europeo.
Así, el conflicto se convierte rápidamente en lo que los historiadores denominan "la Guerra de Sucesión Española" que, a poco, escala a una conflagración internacional. De un lado quedan Francia y la mayor parte de España; del otro, el imperio de los Habsburgo, que teje una "Gran Alianza" con Inglaterra y los Países Bajos.
Pero en 1711, el archiduque Carlos de Habsburgo, contendor de Felipe por el trono de España (y reconocido como rey por los miembros de la Alianza, más Portugal, Irlanda, Escocia y el Papado, además de sectores internos de España, especialmente en Cataluña), es consagrado, con el nombre de Carlos VI, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Esa nueva realidad habrá de trasladar hacia su persona el temor originario de las otras potencias. Consecuencia: Gran Bretaña retira su apoyo a la Alianza y, en 1713, Felipe obtiene el reconocimiento general, salvo el de Carlos de Habsburgo, tras acuerdos que se expresan en concesiones e intercambios territoriales con beneficios dispares.
El más conocido de los efectos del tratado suscripto en la ciudad neerlandesa de Utrecht es la transferencia a perpetuidad, de España a Gran Bretaña, del Peñón de Gibraltar con su puerto y fortificaciones, salvo que, en algún momento del futuro, el reino del Mar del Norte, enajene o decline sus derechos por cualquier causa o título, conservando España, en tal hipótesis, su derecho de preferencia para recuperarlo.
Al final, Felipe V, loado en Santa Fe, obtiene su pleno reconocimiento real cuatro años antes de suprimir el impuesto de Sisa que pesaba sobre la reducida y asediada ciudad ubicada en la vastedad de la cuenca del Plata, por él prácticamente desconocida.
Hasta entonces, el monarca, sublimado en lienzos de buenos pintores de la época, había sido sólo un mascarón de proa en el ajedrez de las potencias europeas, hábilmente sostenido por su segunda esposa, Isabel Farnesio, mujer culta y adicta al poder, perteneciente a la familia papal y ducal de los Farnese de Parma, Italia. Ella disimuló hasta donde pudo las frecuentes depresiones, estados melancólicos y episodios demenciales de su marido, colaborando, a ese fin, con el reconocido gabinete de ministros del rey que permitió llevar adelante una profunda y efectiva reforma administrativa basada en el mérito y los conocimientos técnicos de los agentes, experiencia impulsada con renovados bríos económicos y fiscales, y una fortalecida legalidad.
Dice el historiador español Guillermo Céspedes del Castillo que durante los siglos XVI y XVII muchas ordenanzas enviadas a América desde la metrópoli eran "acatadas, más no cumplidas" por las autoridades coloniales. Pero que, con el primer borbón en el trono, esa fórmula mañosa que convalidó todo tipo de desvíos, habrá de sustituirse por esta otra: "Obedezco, cumplo e informo de haberlo hecho con rapidez y exactitud". A la vez, para reforzar el poder monárquico, se limitaron las atribuciones de la Iglesia respecto de la designación y funciones de arzobispos y obispos españoles, reduciendo así el influjo del Vaticano en la vida de la sociedad (Céspedes del Castillo, 2021)'.
SAN JERÓNIMO
Echado a suertes entre otros integrantes del santoral católico en la Santa Fe primigenia, Jerónimo de Estridón (Dalmacia), nacido en el 347 d.C., uno de los doctores máximos de la Iglesia, se convirtió en el patrono principal de la ciudad fundada por Juan de Garay en 1573.
Según la tradición, este santo vivió como eremita en unas grutas ubicadas debajo de la basílica de Santa Catalina, en Belén, edificada con posterioridad, donde llevó a término su trabajo de traducción de la Biblia, denominada "Vulgata" (del hebreo y el griego, al latín), y donde al cabo de sus días fue sepultado. De ese período de retiro y desapego de las materialidades del mundo, proviene la iconografía que lo representa casi desnudo, golpeándose el pecho con una piedra en gesto de contrición y penitencia, a menudo custodiado por un león empático con el anciano sabio.
Para su ciclo final de retiro y muerte, Jerónimo eligió un lugar contiguo al de la Gruta de la Natividad, sobre el que se habrá de edificar la basílica homónima en custodia del sitio al que la tradición atribuye el nacimiento de Jesús, hoy, paradójicamente, en jurisdicción de la ciudad palestina de Belén.
Al poblado de aquellos días, Jerónimo llegó acompañado por las patricias romanas Paula y su hija Eustaquia, mujeres de recursos económicos que harán sustanciales aportes para la construcción de dos monasterios, uno masculino; otro, femenino, así como de un hospicio para peregrinos y una escuela monástica, todos ellos desaparecidos.
Las que en cambio se conservaron son las grutas que habitó el santo, en las que intervenciones operadas a través del tiempo erigieron altares dedicados a las santificadas Paula y Eustaquia; y también a los santos Jerónimo y Eusebio de Cremona. Entre tanto, algunos sepulcros ahuecados en las paredes a la manera de los lóculos romanos de las catacumbas, prueban que esos ámbitos subterráneos también se usaron como enterratorios.
En la Loa..., el autor santafesino atribuye "aquella hazaña" (la supresión de la Sisa), en primer lugar, al rey, pero también a quien presuntamente lo había inspirado: el portador de "la púrpura docta de Belén", figura retórica en la que se mezcla el hábito carmesí de Jerónimo como teólogo de consulta en Roma, con la cueva de Belén en la que entre desnudeces y penitencias desarrolló su ascesis al extremo. Ambas versiones iconográficas, claramente contrapuestas, han sido frecuentadas por pintores y escultores del Renacimiento y el Barroco.
Apenas fundada Santa Fe en 1573, su santo patrono fue sacado "a suertes", según consta en los documentos de la época. El primero en salir fue San Gerónimo, doctor máximo de la Iglesia, al que siguieron San Marcelino y San Roque. En el traslado de la ciudad, el nombre de San Marcelino, religioso de los tiempos de Diocleciano (siglo III d. C) y sus persecuciones a los católicos -en una de las cuales fue martirizado y muerto por no renunciar a su fe-, se fue perdiendo, olvido facilitado por su falta de arraigo en la tradición local (Cervera, 1907). El que en cambio se fortaleció cada día más en la devoción popular fue el que salió tercero, San Roque (siglo XIV), requerido de continuo por los pobladores para los más diversos propósitos, aunque principalmente se invocaba su protección contra las enfermedades que eran tan comunes y letales en aquellos comienzos (Vittori, 1997: 89).
Respecto del patrono principal, entre las muchas imágenes de distintos tamaños у calidades que se conservan en Santa Fe, se destaca la existente en la iglesia Matriz, en un altar dedicado que lo muestra en su versión penitente. Se trata de una interesante talla barroca de madera policromada proveniente del mismo siglo XVIII en el que se escenificó la Loa.
ANDRÉS MARTÍNEZ DE MURGUÍA
Escribe Fuentes del Arco en su obra que "también se ha de elogiar a don Andrés Martínez de Murguía". Es el tercer y último personaje merecedor del reconocimiento, aunque en los hechos fue el factor decisivo para que el decreto de supresión de la Sisa se concretara. La razón es simple, era uno de los diversos financistas de la Corona. Y más interesante todavía para la historia comercial de la futura Argentina, es seguir sus pasos en la activación del puerto de Buenos Aires, que llevará a la posterior creación del Virreinato del Río de la Plata. Ocurre que, poco a poco, sin hacer ruido, este empresario vasco jugará un papel determinante en la progresiva transformación logística que habrá de cambiar el eje económico de Lima y el Pacífico por el de Buenos Aires y el Atlántico. Esa acción consecuente es lo que perdurará, en tanto que, liberado de la Sisa, poco después, Santa Fe, padecerá un impuesto peor. Damianovich, estudioso de la génesis del puerto preciso, explica que, a partir de 1729, luego de suprimida la sisa, se crea el tributo de Arbitrios sobre los productos paraguayos, especialmente aplicado a la yerba. El propósito, como antes, era beneficiar aspectos militares de la ciudad bajo constante asedio,
[...] pero los impuestos aceleraron su ruina, ya que el tráfico fluvial se transfirió al puerto de Las Conchas (actual Tigre) en Buenos Aires. Frente a ello, Santa Fe protestó diciendo que la Real Cédula de 1726 que creaba los nuevos derechos, obligaba a los barcos a concurrir a Santa Fe para pagarlos. Lo contrario sostuvieron desde el comercio porteño y desde la Compañía de Jesús en un debate que se prolongó desde 1730 a 1732, con resultado indefinido. (Damianovich, 12.11.2023)
Como ocurriera desde el principio, también protestaban los paraguayos. La historia se repetía como un mantra.
Entre tanto, del otro lado del mar ocurrían cosas que trastrocaban inercias y esbozaban el futuro inmediato.
Escribe la investigadora Ana Crespo Solana: "[...] Consideramos de mucha importancia su relación (la de Murguía) con autoridades y miembros de la Administración ya desde 1708". En ese año, Felipe V le había encargado a él y al almirante D. Andrés de Pez, que extrajeran 300.000 pesos de la plata para Nueva España (cuya enorme extensión geográfica abarcaba territorios del sur del actual EE.UU., México y otros países de Centroamérica, así como de Asia y Oceanía), para destinarlos al Consulado de Sevilla con el propósito de comprar bajeles para la Armada.
Agrega la autora que, en aquellos años, Martínez de Murguía era "lo que se dice un gran comerciante de Indias, con una situación social y económica considerable". Y puntualiza que no eran "precisamente unos tiempos fáciles debido a la situación bélica por la que atravesaba la Corona española" (la guerra de sucesión dinástica convertida en conflagración internacional). En esas circunstancias, Andrés Martínez de Murguía "fue uno de los comerciantes de Cádiz que se dispusieron a otorgar donativos y préstamos a la Administración." (Crespo Solana, 1998)
Queda claro entonces, que no fue la intercesión de San Jerónimo la que influyó en la decisión de Felipe V respecto de la supresión de la Sisa que pesaba sobre Santa Fe, sino la activa gestión de Murguía, uno de sus prestamistas en un momento crítico para su reinado.
Pero la historia nunca es lineal. Mientras realizaba las referidas gestiones a favor de Santa Fe, el comerciante vasco ya era un importante activador del puerto de Buenos Aires a través de los navíos de Registro que despachaba desde Cádiz.
Expresa Crespo Solana:
Los Registro Cádiz-Buenos Aires fueron un capítulo importante dentro de la dinámica de la ciudad gaditana. Había muchos interesados en el despacho de estos navíos sueltos (fuera del sistema de monopolio). En los memoriales enviados por la ciudad a la Corona con motivo de la formación de la Matrícula del Consulado de 1729, los Registros de Buenos Aires figuraban en un plano principal junto a la importancia de las propias Flotas y Galeones que unían los negocios españoles y las ferias americanas (ruta del Atlántico norte). La Corona (los borbones) en esos años de revisiones e innovaciones, se manifestó, al contrario de lo ocurrido en años anteriores (durante el ciclo de los Austria), favorable a conceder estos permisos de navegación a navíos sueltos, alentada por el envío de memoriales a la Corte y el temor generalizado a la penetración directa extranjera en la zona, incrementada sobre todo entre 1699 y 1713. (Crespo Solana, 1998)
Aunque en Santa Fe no se supiera, la geopolítica mundial, impulsada por las potencias navales europeas, daba una vuelta de tuerca global que se haría evidente con el correr de los años. En ese juego, que atendía a las ventajas comparativas y competitivas de orden productivo, mercantil y logístico, pero también a manifiestos intereses políticos y territoriales, Santa Fe perdía significación en favor de Buenos Aires, ubicada en el estuario del río de la Plata, antesala del océano Atlántico. Algo parecido le ocurría a Lima, la gran capital virreinal, habida cuenta de que el océano Pacífico le cedía protagonismo al Atlántico, nuevo escenario marítimo de la puja comercial y militar entre España, Portugal, Inglaterra, Francia y Holanda.
En sucesivos actos de resistencia ante lo inevitable, Santa Fe y Lima quedarán ligadas temporariamente por decisiones políticas tendientes a sostener sus respectivos intereses, conjugados frente a la amenaza de una Buenos Aires en expansión.
Escribe Alejandro Damianovich respecto del privilegio portuario concedido por la Real Audiencia de Charcas a Santa Fe en 1739, que
[...] el apoyo recibido por la pequeña ciudad litoral de parte de los estamentos más encumbrados de la administración indiana, estaría indicando la complementariedad de los intereses de Santa Fe con los de Lima, si consideramos que, en el momento en que fue concedido, desde Perú se intentaba, no solamente impedir la internación de los productos ingresados por los navíos de Registro (autorizaciones que fisuraban el monopolio y de las que Murguía, desde Cádiz, había sido un notorio impulsor), sino cerrar el puerto de Buenos Aires. (Damianovich, 2015: 75)
En correlación con lo sugerido por Damianovich, he escrito antes:
En 1739, cuando la audiencia de Charcas, alentada por Lima, le otorgaba a Santa Fe el privilegio portuario, Portobelo (en Mesoamérica) realizaba su última feria co- mercial, señal de declinación del antiguo sistema diseñado por la administración de la Casa de Austria. En 1776 la última Flota de Navíos y Galeones (convoy de embarcaciones mercantiles custodiado por buques de guerra) zarpaba hacia América (central), mientras la dinastía de los Borbones anunciaba la creación del Virreinato del Río de la Plata con cabecera jurisdiccional en la ciudad de Buenos Aires. En 1780, como consecuencia de la reforma borbónica, España establecía patrones centralizados de administración, pero a la vez abría progresivamente los mercados de las colonias. Y ese mismo año, el virrey Juan José de Vértiz suspendía el privilegio portuario santafesino con desastrosas consecuencias para su población. La historia tomaba otros caminos. Buenos Aires celebraba y Santa Fe sufría." (Vittori, 2015:17)
He aquí la crónica escueta de cambios de vasto alcance que afectarían a Santa Fe hasta la raíz, al punto de que perdería más de un tercio de su población, en particular la constituida por los sectores más dinámicos de su economía. Era, al cabo, el resultado de un proceso en el que Santa Fe había sido beneficiada con la supresión del impuesto de Sisa (1717) y el otorgamiento de una preferencia portuaria (1739/ 1743), beneficios que tres décadas después serán arrasados por la creación del virreinato del Plata (1776) y la suspensión del privilegio portuario (1780). La paradoja es que quien había iniciado con sus gestiones ante la Corona el ciclo positivo de la ciudad-puerto ubicada en el Paraná Medio, con el correr de los años será uno de los principales originadores de su colapso. Ocurre que, en sus años de esplendor comercial, Martínez de Murguía será uno de los primeros que fisure el draconiano régimen de monopolio comercial entre España y América, a través de la obtención de permisos de excepción para la operación de barcos que transportaban mercaderías de ida y vuelta entre Cádiz y Buenos Aires mediante el sistema de "Registro", fiscalizado por la Casa de Contratación.
¿En qué consistía el sistema de barcos de Registro?
Está bien explicado en un trabajo de Maximiliano Camarda, quien cita a su vez una investigación de Fernando Jumar. Expresa este autor que el expediente comenzaba con la presentación de una persona o empresa ante la autoridad recaudadora local para
[...] comunicar su decisión de enviar fuera de la jurisdicción cualquier tipo de bien. La nota original era utilizada por los funcionarios para aforar los bienes y aplicar las tasas correspondientes, transformándolas asi en base de las guías de aduana y de los asientos de los diversos libros de la administración. Luego se generaba una copia (la guía) que debía ser entregada en el destino, lo que daba lugar a nuevos gravámenes y el envío al origen de un documento, la tornaguía, donde se anunciaba la entrada de los bienes, el pago de los gravámenes correspondientes y el fin de la circulación prevista (Camarda, 2015).
Estas autorizaciones, que se irán ampliando en la segunda mitad del siglo, ensancharán la vía comercial antes constreñida por el sistema de monopolio.
Como la gota que horada la piedra, fue el método elegido por el empresario vasco para obtener habilitaciones puntuales que, de a poco, irían perforando el blindaje protector del monopolio comercial en manos de pocos actores.
Dicho así, parece una tarea sencilla. El problema era que, entre los puertos de ambos continentes, estaban el océano, los intereses de los monopolistas, los buques de guerra de las potencias beligerantes, y piratas y corsarios al acecho de un buen botín.
Prueba de ello es lo ocurrido con el primer navío despachado por Andrés Murguía a Buenos Aires, aún en calidad de socio de don Carlos Gallo, que era el titular de la licencia. Las mercaderías fueron cargadas en 1702 con destino al puerto de la Santísima Trinidad (Buenos Aires) en el navío "Nuestra Señora del Rosario y Santo Domingo", construido en el puerto de Tacotalpa, Nueva España. El despacho llegó bien a Buenos Aires, y los beneficios obtenidos fueron remitidos a España en "una urca de guerra". El problema, en cambio, lo tuvieron los navíos enviados por la sociedad, ya que, apenas iniciado el tornaviaje a la Península, en el Río de la Plata, cerca de la Colonia de Sacramento, fueron capturados por barcos portugueses y conducidos a Lisboa.
Después del fallecimiento de Gallo, el licenciatario de los buques de Registro fue Andrés Martínez de Murguía. El envío de los primeros navíos hacia el Río de la Plata se produjo en 1710, cuando la guerra de sucesión entre Felipe V y Carlos III (nombre que, como rey contendiente, habia adoptado el archiduque Carlos de Habsburgo) estaba al rojo vivo. En aquellas tormentosas circunstancias, las naves de Murguía, despachadas en 1711, fueron apresadas por una flotilla holandesa у conducidas al puerto de Amsterdam, apresamiento que dio lugar a una serie de gestiones orientadas a su devolución, tanto ante los Estados Generales, como en el ámbito del Colegio del Almirantazgo de los Países Bajos, alineados en la guerra dinástica con el pretendiente de la Casa de Austria. (Crespo Solana, 1998)
La carga principal de los navíos de Registro era hierro procedente de las regiones vascas (apetecible materia prima en tiempos de guerra) y el principal bien de intercambio, en Buenos Aires, eran cueros destinados al mercado andaluz donde se los transformaba en productos finos mediante trabajos artesanales (cordobanes, guadamecíes) perfeccionados a través de los siglos con los relevantes aportes de los saberes moros.
En cualquier caso, estas menciones sólo pretenden ilustrar los problemas que afrontaba el asientista en sus emprendimientos, contracara de los beneficios que, al cabo, obtendría, y de su creciente influencia en la ciudad-puerto de Cádiz, convertida, en el siglo XVIII, en el principal motor económico del reino de España. También, en los ámbitos de la Corte y los organismos oficiales de Administración, como lo demuestra la devolución de las embarcaciones incautadas por los Países Bajos.
EL REVÉS DE LA TRAMA
El riesgo de enfocar hechos puntuales sin considerar los contextos en los que se producen, es que la información incompleta dificulta la percepción de sus verdaderos alcances e implicancias.
Es lo que ocurre con la recurrente mención del privilegio de puerto preciso obtenido por la gestión del comerciante santafesino Juan José de Lacoizqueta ante la Real Audiencia de Charcas en 1739. Hasta hoy, Santa Fe siente como una pérdida injusta la suspensión de aquella preferencia portuaria que produjo un importante desarrollo de la ciudad, pese al negativo impacto de la Pequeña Edad del Hielo (período de enfriamiento planetario que según la NASA comenzó alrededor de 1550 y tuvo tres picos fríos, especialmente brutales en 1650 y 1770) que afectó nuestra cuenca fluvial (Mulvaney, 2024). De modo que a Santa Fe la golpeó con fuerza en el momento de la determinación del sitio adecuado para su traslado al sur, y, sobre todo, en su nuevo asiento, después de logrado el privilegio portuario (Vittori, 2016), cuando experimentó la dramática experiencia del ciclo de bajantes de los ríos que, por influjo del clima, afectaron severamente su navegación (Iriondo, 2011: 49).
Pero al margen del clima adverso y su ciclo temporal, desde el siglo XVII se venían gestando las condiciones para que el puerto de Buenos Aires desplazara al de Santa Fe en el flujo de mercaderías del sistema Paraguay-Paraná-Río de la Plata.
Desde comienzos del siglo XVIII, expresa Crespo Solana:
[...] una de las innovaciones que caracterizaban los deseos de la Administración era la apertura de nuevas rutas. Pero ello significaba también la vinculación de más espacios entre sí. El comercio que girará en torno de Buenos Aires, una de las nuevas áreas vinculadas, será de gran importancia para el posterior curso de los acontecimientos en el continente americano. La zona se convertiría en "cabecera, depósito y distribuidora de productos hacia el Altiplano, Perú y Chile". Debido a este nuevo protagonista y al asentamiento de un importante grupo mercantil en la zona del Río de la Plata, en la Administración se habló de trasladar la cabecera de la Flota de Galeones desde Portobelo a El Callao о a Buenos Aires, contemplando a este último como una muy prometedora vía de mantenimiento de una ruta oficial con la Península y el puerto gaditano [...] Estos debates no llegaron a más, simplemente porque el tradicional sistema pronto dejaría de existir. (Crespo Solana, 1998)
Con una demora de un siglo y medio, la ruta bioceánica imaginada (y esbozada casi con detalle) por el oidor real Juan de Matienzo en Charcas, empezaba a perfilarse en los hechos. Los puertos de ingreso de mercaderías a la América hispana, así como las rutas internas de distribución, comenzaban a darse vuelta.
Manifiesta la autora a la que seguimos en estas líneas:
Los Registros Cádiz-Buenos Aires fueron un capítulo importante dentro de la dinámica de los negocios de la ciudad gaditana. Había muchos interesados en el despacho de estos navíos sueltos. En los memoriales enviados por la ciudad a la Corona con motivo de la formación de la Matrícula del Consulado (de Cádiz) en 1729, los Registros de Buenos Aires figuraban en un plano principal junto a la importancia de las propias Flotas у Galeones que unían los negocios españoles y las ferias americanas. La Corona, en estos años de revisión e innovaciones, se manifestó, al contrario de lo sucedido en años anteriores (durante el ciclo de los Austria) favorable a conceder estos permisos de navegación a navíos sueltos (como los de Martínez de Murguía), alentada por el envío de memoriales a la Corte y, como ya se expresó, el temor generalizado a la penetración directa extranjera en la zona, incrementado sobre todo entre 1699 y 1713. (Crespo Solana, 1998)
Pero la regla, vigente durante el reinado de los Austria, estaba fundada en la lógica del monopolio, en la que pocos y seleccionados actores, supervisados de manera centralizada, eran más fáciles de controlar y, dicho sea de paso, manipular y corromper.
Respecto de esta relevante cuestión, Antonio García-Baquero González (autor del libro La Carrera de Indias: Suma de la contratación y océano de negocios) citado por Heredia López, ha señalado que
[...] el fraude fue la respuesta del comercio a una desacertada política fiscal que estaba comprometiendo seriamente sus intereses. (También que) la corrupción y el cohecho de los oficiales reales, tanto de las aduanas, como de la Casa de Contratación, fueron los más eficaces cómplices de los defraudadores. (Heredia López, 2022)
El historiador apoya su aserto en los estudios de diversos investigadores
[...] que han analizado la venalidad de los oficios de la Carrera de Indias, subrayando que desde la década de 1630 fueron puestos en almoneda (venta en pública subasta) empleos que iban desde los importantes cargos de la Casa de Contratación, a los no menos relevantes de las armadas y flotas, y, entre estos últimos, los responsables del traslado de la plata desde Indias a Sevilla y, por tanto, de elaborar y controlar los registros del preciado metal, como fueron los maestres de plata.
La consecuencia fue que "la fiscalidad ordinaria basada en registros y gravámenes fue sustituida por estas fórmulas parafiscales (indultos o multas acordadas entre las partes por la introducción de mercaderías sin Registro) que contribuyeron a la legalización del fraude." (Heredia López, 2022)
El problema, recurrente desde antiguo en sistemas basados en privilegios y sostenidos por crecientes regulaciones, es que en algún momento su cristalización es rota por dinámicas indetenibles que pueden provenir de actores internos o externos, a menudo combinados en sus efectos de cambio.
Fue lo que empezó a insinuarse avanzado el siglo XVII, cuando colonias distantes del epicentro limeño, como las del Paraguay, el Tucumán y el Río de la Plata, comenzaban a reclamar mayor participación en el juego económico, sustento, al fin y al cabo, de la viabilidad y permanencia de sus territorios y poblaciones.
Hasta ese momento, la concepción centralista de la casa de Austria se traducía en normas que intentaban preservar la primacía de Lima en el sistema de distribución de los bienes comerciales que afluían a América del Sur a través de los puertos del monopolio, situados en el mar Caribe (Nombre de Dios, Portobelo) y el Pacífico (Panamá, El Callao), con una secuencia de trasbordos y acumulación de costos que se volvía más irracional cuanto más avanzaba la modernidad competitiva al compás del incremento del número de potencias navales y mercantiles que surcaban los mares del planeta y de las innovaciones tecnológicas en materia náutica.
Entre tanto, España emitía cédulas que prohibían expresamente el movimiento de mercaderías -de entrada y salida- (salvo en casos de urgido autoabastecimiento) por el puerto de Buenos Aires, el cual, por su ubicación geográfica y sus menores costos de operación, ya concitaba la atención de las potencias marítimas. El propósito de la Corona era impedir que las mercancías ingresaran por el Río de la Plata para luego abastecer a regiones del interior del subcontinente atendidas desde el siglo XVI por la sede del Virreinato del Perú.
Pero mientras las rigideces del sistema de monopolio comercial, que protegía un circuito cerrado de intereses compartidos entre la Corona y los monopolistas por ella legitimados, esclerosaban su funcionamiento, cosas nuevas ocurrían en el ancho mundo, movimientos que, poco a poco, y a regañadientes, obligaban a romper inercias y flexibilizar prácticas comerciales. Una de ellas, que luego se irá extendiendo, fue la autorización del despacho de buques de Registro al puerto de Buenos Aires.
En sus Memorias, Raymundo de Lantery, citado por Crespo Solana, expresa que, en 1679, un navío que había partido de Cádiz al mando de Miguel de Vergara, llega al puerto de Buenos Aires con autorización de la Casa de Contratación gaditana, y agrega que ese viaje lo hizo rico (De Lantery, 1983: 155). Otro tanto habrá de ocu- rrir con los navíos de Registro al mando del capitán Retana, que, luego de viajar a Buenos Aires, regresan a Cádiz el 11 de mayo de 1687 con grandes beneficios económicos. Son algunos de los emprendedores que, con excepciones al régimen de monopolio, prepararán el camino náutico de los barcos de Martínez de Murguía y la futura creación del Virreinato del Río de la Plata, con la ciudad-puerto de Buenos Aires como eje económico de una enorme cuenca geocomercial, todavía poco poblada.
La geometria de la linea recta comenzaba a abrirse paso entre los meandros de las subjetivas preferencias y los intereses contantes y sonantes de los monarcas, sus asesores y sus protegidos.
Ahora bien, ¿quiénes eran los Martínez de Murguía, y cuál su origen?
Andrés, nacido en la aldea de Manurga (Álava), ubicada en las estribaciones del monte Gorbea (a unas tres leguas de Vitoria, histórico cruce de caminos desde época romana), había sido bautizado el 2 de septiembre de 1654. Y junto a su hermano Pedro, nacido seis años antes, migraron jóvenes a la activa ciudad-puerto de Cádiz, habida cuenta de que el ya mencionado mercader piamontés Raimundo de Lantery los ubica en esa plaza en 1686. Así lo consigna el historiador vasco José Garmendia Arruebarrena, quien escribió sobre ellos luego de rastrear su huella en el Archivo General de Indias, los libros de la cofradía vasca del Cristo de la Humildad y la Paciencia, la correspondencia epistolar y libros impresos (Garmendia Arruebarrena, 1988).
Lantery precisa que en el citado año "entró la flota (procedente de Nueva España) en la que venía embarcado don Francisco Navarro y, con él, Andrés Martínez de Murguía". La referencia es importante porque revela que antes de convertirse en empresario de navíos de Registro que unían Cádiz con Buenos Aires, Murguía había participado de viajes de la flota mercante que, custodiada por galeones de guerra, vinculaba a los puertos de Mesoamérica con Cádiz a través de la isla de Cuba, punto de reunión y concentración de los barcos procedentes del Istmo (tributarios de los bienes provenientes de El Callao, Perú) y de México para reexpedirlos a España con la protección armada de galeones artillados que acompañaban su navegación por el Atlántico norte. No era para menos, porque su carga principal estaba constituida por el oro y la plata de América, materias preciosas que concitaban el voraz deseo de piratas y corsarios que operaban en el Caribe. Esas rutas, convergentes en la isla de Cuba, eran la quintaesencia del sistema de monopolio, creado por Carlos 1 en el amanecer del siglo XVI con puerto preciso en la ciudad de Sevilla, sede de la primera Casa de Contratación, y perfeccionado luego por su hijo, el rey Felipe II.
Como dato adicional, Lantery manifiesta que, en 1691, él, operador marítimo en Cádiz, había embarcado a su hijo mayor en la Flota mercante que zarpaba rumbo a Nueva España (México), у menciona que, junto a su vástago, viajaba Pedro Martínez de Murguía, hermano mayor de Andrés. Resulta evidente, por lo tanto, que los hermanos Murguía, modelados en el sistema de flotas del monopolio en el Atlántico norte, serán quienes más adelante, a través de la obtención de licencias de excepción para despachar barcos de Registro (o sueltos) al puerto de Buenos Aires, contribuyan sustancialmente a la evolución urbana y económica del punto de salida de las mercancías de la cuenca del Plata, y a la quiebra progresiva del sistema monopólico de flotas.
En esos navíos se transportaban metales preciosos procedentes del Alto Perú y cueros sudamericanos rumbo a Cádiz, y, a la inversa, se despachaban bienes diversos, entre ellos, hierros en bruto y labrados, clavazón y herrajes, además de ropa en abundancia, cera y papel hacia el Río de la Plata. Quizás nada exprese mejor en el plano simbólico la evolución naviera de Murguía, que el barco en el que despacha su primer Registro a Buenos Aires, construido por su encargo en un astillero del puerto de Tacotalpa, sur de México, Nueva España. Ese navío metaforiza la unión del Atlántico norte y sur en el expansivo mapa de negocios de don Andrés.
No cabe duda que los Martínez de Murguía encontraron una veta económica en el sistema excepcional de licencias para barcos de Registro, y la explotaron con habilidad para volverse ricos e influyentes.
Prueba de ello es que ya en 1689 "se pusieron el hábito de Santiago en la iglesia de los Capuchinos los dos hermanos Murguía, D. Pedro y D. Andrés con gran lucimiento", según cita documental que recoge Arruebarrena.
El ingreso a la orden militar y religiosa de Santiago, el apóstol patrón de España, organización que remonta sus orígenes a la Edad Media y registra capítulos muy importantes en el largo proceso de la Reconquista, era una distinción dispensada por la Corona, e inapreciable para un súbdito español. Y los Murguía la obtuvieron más pronto que tarde, especialmente Andrés, el hermano menor y empresario de mayor éxito, quien habrá de elegir con sagacidad el bando de Felipe V en la guerra sucesoria por el trono hispano.
Por eso no serán casuales los frutos logrados luego de su confirmación monárquica, las excepciones concedidas por la Casa de Contratación de Cádiz, los indultos comerciales obtenidos a modo de compensación de fraudes, la devolución de caudales retenidos por la aduana interna que operaba en el paso de Jujuy al Alto Perú a causa de la introducción de mercaderías ultramarinas (ingresadas por Buenos Aires) en regiones interiores del Virreinato del Perú. Y tampoco debe sorprender la supresión del pago del impuesto de Sisa sobre la yerba paraguaya en el puerto de Santa Fe, dispuesto por Felipe V ante la gestión realizada por don Andrés en nombre de la ciudad que, en 1717, le dedicaba al rey la Loa escrita por su cabildante más culto.
ANTONIO FUENTES DEL ARCO
Es cierto que la pieza debe juzgarse en su cuadro temporal, signado por las florituras del barroco, pero la demasia laudatoria es tan evidente que probablemente haya afectado la credibilidad del teatral mensaje. Sólo los santafesinos de aquella época podrían decirlo.
Luis Ordaz, en su obra Historia del teatro argentino: desde los orígenes hasta la actualidad, destaca algo que también subraya Trenti Rocamora. Escribe: "El autor criollo, desechando figuraciones mitológicas al uso, prefirió valerse de imágenes que respondían a un ámbito preciso y propio: el Paraná, el Río de la Plata, Buenos Aires." (Ordaz y Freire, 1999). El siguiente fragmento en verso de la Loa..., conservada su versión paleográfica, les da la razón: "Ya encrespado (el Paraná), el correr Se ensorbece, Ya Vmilde vaja, Y ya Soberbio Crese, hasta que todas Sus corrientes ata Conel nombre del Río de la Plata."
La exaltación del espacio geográfico regional, es sin duda una novedad literaria en la producción de textos locales, objetivamente limitada por la altísima tasa de analfabetismo en las sociedades de fines del siglo XVII y principios del XVIII. Sin embargo, las figuraciones mitológicas no se abandonan; allí están las referencias a Febo y Morfeo, para probarlo; pero, sobre todo, la construcción mítico-religiosa de la activación de la conciencia del rey a través del patrono San Jerónimo cuyo "espíritu ardiente y nunca tibio/ Daba golpes al pecho embravecido", al punto que "Escuchó nuestro Rey aquel sonido" y, por consiguiente, "[...] Manda hoy se suspenda lo gravoso".
El exacerbado barroquismo del texto, sus ditirambos, dificultan la lectura contemporánea. Su intento de halago al rey, y de reconocimiento a San Jerónimo por su patronal intercesión, se entretejen con su descripción de la geografía en la que la sisa operaba. Dice del río (en la versión modernizada por Luis María Calvo):
En las riberas de ese claro espejo / Que dilata espacioso con despejo / El cristal que ha robado / De todos los arroyos que ha encontrado, / Y haciéndose señor más imperioso/ Se encuentra con el mar más generoso / que es dividido en trozos / Formando laberintos enredosos (el estuario) / Ya altivo se despeña / Ya lame inculta peña [...].
Lo notable es que el poema se enreda tanto como la vegetación de la selva en galeria que puebla las orillas del sistema fluvial. No es un buen texto, pero es un gran halago al rey, más allá de que alguna vez el monarca se haya enterado o no de su existencia.
En contraste con la maraña de palabras, hay un momento nítido, como un abra en la espesura del monte ribereño, que merece destacarse por su simpleza y precisión. Se trata de una conversación entre los tres caballeros-actores. Pregunta el Caballero 2·: "¿Pero cómo el obsequio (el reconocimiento) se ha de hacer / Si no tenemos nada que ofrecer?". Suma sus dudas el Caballero 3°: "Pues ¿qué hemos de decir, / O cómo las habemos de aplaudir?". De inmediato el Caballero 3° da una respuesta etérea: "Los ecos del viento / Dirigirán las voces al intento / Y advierto que este día / A Don Andrés Martínez de Murguía / También se ha de elogiar". El desinformado Caballero 2· manifiesta: "El motivo no puedo yo alcanzar". Y el Caballero 1°, contesta con una figura moderna: "Fue el arcabuz de las negociaciones". De manera concisa, se llegaba por fin al núcleo de la cuestión, disimulado en el follaje literario. Es decir, al apellido Martínez de Murguía, el operador que con su gestión había resuelto el problema que aquejaba a Santa Fe, quien debió esperar bastante tiempo para lograr cobrarle al Cabildo el trabajo que le encomendara.
DEL AUTOR
Como bien expresa Calvo en su trabajo, Santa Fe carecía de teatro -entre tantas otras cosas-, de modo que las representaciones se hacían en el gran espacio institucional, ceremonial y social de la plaza Mayor o de Armas, sitio en el que el Cabildo, principal edificio público de la ciudad, servía de respaldo. La puesta de la Loa da indicios al respecto. Como sabemos, la obra incluía a tres caballeros, que dialogan entre sí, y a la Música, como cuarto personaje que introduce a los actores, activa los coros y, en síntesis, marca los ritmos que ordenan la escena.
Expresa el libreto, luego de una breve introducción de la Música: "Sale el primer caballero por la puerta de en medio del paño". Y después, concluido su versificado parlamento, reaparece la música para introducir a un nuevo actor: "Sale el segundo caballero por la puerta del lado izquierdo". Y, más adelante: "Sale el caballero 3° por la puerta de mano derecha".
Aunque no se lo nombre de manera explicita, todos estos movimientos remiten a las puertas de la primera casa capitular de la Santa Fe trasplantada, un sencillo edificio hispano-criollo levantado con materiales pobres, precedente del futuro cabildo que se construirá, en el mismo sitio, entre la última década del siglo XVIII y las tres primeras de la centuria siguiente.
Por otra parte, ese edificio horizontal era el ámbito cotidiano de las tareas de Antonio Fuentes del Arco como cabildante, función a la que, por pedido del cuerpo capitular, agregaba esta incursión en la literatura y el teatro.
El autor de la urgida pieza, había nacido en Santa Fe en el hogar formado por Pedro Agustín Fuentes del Arco, natural de Chinchón, Castilla, y Elvira de Godoy y Ponce de León, nacida en Santa Fe en el ámbito de una familia principal con antecedentes nobiliarios en la metrópoli, como bien señala Calvo.
Nuestro escritor también se había desempeñado como hombre de armas en la frontera boreal con el indio, y también río arriba, en Paraguay, "donde fue nombrado maestre de campo y capitán de caballos de una de las compañías de guarnición de Asunción". (Calvo, 2022: 229)
De modo que perteneció a esa estirpe exigua de personas que manejaron por igual la espada y la pluma. Cuando en 1724 decidió marchar a España para recibir en la ciudad andaluza de Córdoba los mayorazgos de Villar Gallegos y Huerta del Rey, legados por su tío Diego de Godoy y Ponce de León, sus condiciones poco comunes llevaron al Cabildo a designarlo procurador general de nuestra ciudad ante el Consejo de Indias. (Calvo, 2022: 230)
Dos años después, en cumplimiento de esas funciones, realizará una gestión importante, aunque fallida, para una Santa Fe que, a la distancia, seguía padeciendo los ataques indígenas a los que nos referimos al comienzo, y que él, en su momento, había experimentado en carne propia. El dato lo aporta Alejandro Damianovich en el siguiente texto:
Un enviado a Madrid, el procurador Antonio Fuentes del Arco y Godoy, reclamó ante el Consejo de Indias una dotación de doscientos hombres permanente del ejército regular, pero la Corona solo autorizó nuevos impuestos por Real Cédula en 1726 para sostener la tropa creada por Zavala (gobernante del Río de la Plata entre 1717 у 1734). La situación se hizo tan insostenible que el gobernador propuso trasladar la ciudad 25 leguas al Sur 3 (Damianovich, 9.7.2024)
En rigor, no era un enviado del Cabildo a Madrid, sino un santafesino que había migrado a Andalucía para tomar posesión de una herencia dejada por un tío y que, de paso cañazo, fue investido procurador de los intereses de Santa Fe ante las autoridades españolas. Como sea, esa gestión infructuosa desde el punto de vista militar, es ilustrativa de la dramática situación que vivía Santa Fe en las primeras décadas del siglo XVIII.
Entre tanto, en el plano personal, al arribar a Córdoba, el excabildante santafesino invirtió el orden de sus apellidos, presentándose como Antonio de Godoy y Fuentes del Arco. El motivo, muy simple y habitual en aquellos tiempos, fue el de anteponer el apellido materno con arraigo en esa urbe andaluza y directamente ligado a los señoríos que hacía suyos. (Busaniche, 1979)
Ambos apellidos maternos, Godoy y Ponce de León, se habían originado en el norte de España -Castilla y León-, y avanzado hacia el sur al compás de los desplazamientos producidos por las seculares guerras de Reconquista que, con avances y retrocesos, fueron corriendo hacia ese punto cardinal los límites territoriales entre cristianos y musulmanes hasta el colapso final del reino nazarí de Granada, con la rendición del sultán Boabdil en 1492.
Los Godoy tenían documentada presencia en Córdoba desde el siglo XIV, aunque algunos genealogistas la remontan al siglo XIII, y, cualquiera sea el caso, era conveniente para un recién llegado pertenecer a una familia con solera en ese ámbito. Allí vivió siete años, hasta que el aciago 28 de mayo de 1731 murió "por disparo de arma de fuego" (Busaniche, 1979) sin que se conozcan a ciencia cierta las circunstancias en que se produjo ese hecho de sangre.
De todas maneras, surgió un indicio importante a través de la colaboración que me ofreciera la periodista e investigadora Sol Lauría, quien hizo consultas con historiadores que conociera durante la etapa española de su carrera, exploración que ha tenido la virtud de agregar nueva información a lo ya conocido.
Se trata de un documento hallado en el Archivo de la Chancilleria de Granada, fechado а poca distancia temporal de trágico acontecimiento. Dice así:
Probanza. Antonio Fernández de Castro, prebendado de la Catedral de Córdoba, contra Antonio de Godoy Fuentes del Arco, vecino de dicha ciudad, sobre el goce y posesión del agua que pretende introducir en sus huertas el dicho Godoy". (ARCHGR, 1731: Caja 10424, f. 003)
El agua, qué duda cabe, es fuente de vida, pero por esa misma sustancial razón puede ser causa de muerte. La historia da cuenta de innúmeros conflictos por el control del agua en sitios donde ésta es escasa o de difícil obtención. La Córdoba andaluza, pese a erigirse a la vera del río Guadalquivir, es parte de una región que padece sequías recurrentes desde hace milenios, algunas con efectos devastadores, como expresa Félix Ruiz Cardador en base a estudios promovidos por los ministerios de Fomento y Agricultura, a través del Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas (Cedex), organismo que elaboró un "Catálogo de sequías históricas" en el que da a conocer información estadística, pero también datos históricos de rogativas (a los santos patrones) o de los Libros del Pan, relacionados con la producción de trigo (Ruiz Cardador, 02.09.2022).
En suma, el agua, en Córdoba, era, y es, un factor, crítico por la recurrencia de las sequías. El agua, además de ser vital en sí misma, lo es para la producción de alimentos. Y esta verdad de Perogrullo nos pone exactamente en el punto de conflicto entre Antonio de Godoy y el prebendado catedralicio, Antonio Fernández de Castro. De golpe, el ex cabildante santafesino se enfrentaba con un cabildante de la Catedral cordobesa, quizá sin calibrar bien al oponente, quizás confiando en que el escudo social de su apellido lo protegería, quizás por inercias propias de su ejercicio del poder en América. Pero en Córdoba, pese a ser un vecino afincado y con enlaces familiares importantes en esa metrópoli, no dejaba de ser un criollo americano en el país de sus mayores.
Antonio Fernández de Castro (1659-1739) fue un religioso y pintor barroco español, prebendado o racionero -era administrador de fincas- de la Catedral de Córdoba, cuyo cabildo integraba. (Raya, RAH-db-e). Formaba parte de un órgano religioso antiguo y "poderoso" al decir de María Paloma Enríquez García. (Enríquez García, 2019). No sólo por su número de integrantes sino por sus históricos vinculos con miembros de la nobleza y la realeza, entre ellos, Felipe V, en esos momentos rey de Espana.
No parece creíble que haya sido el mencionado religioso quien accionara el arma que dio muerte a Fuentes del Arco. Es difícil pensar que este fraile pintor de dulzonas imágenes de santos y ángeles pudiera incurrir en asesinato, pero como administrador de fincas de la corporación dio comienzo a un expediente que trasluce un conflicto de intereses entre nuestro excabildante (y apoderado de Santa Fe en España), y la corporación religiosa a la que el monje pertenecía. Se trataba de una organización integrada por cientos de miembros (frailes y prelados, caballeros de las principales órdenes y nobles), conjunto de una diversidad en la que son imaginables diferentes reacciones frente a un hecho que los afectaba.
La partida de defunción de Antonio Fuentes del Arco, inscripta en los libros de la Parroquia de Omnium Sanctorum (De Todos los Santos) de la ciudad de Córdoba, dice que "murió y se enterró el mismo día 29 de mayo" (hay, aquí, una discrepancia de un día respecto a la posterior comunicación de las autoridades cordobesas a Santa Fe). Al respecto, da la siguiente precisión: "fue llevado a una iglesia cercana, El Salvador y Santo Domingo de Silos, y allí fue enterrado en la capilla de la Inmaculada Concepción. Fue un entierro solemne con asistencia de cinco comunidades". La partida dice que:
era natural de Veracruz, provincia de Buenos Aires y Río de la Plata" y que "era feligrés de la parroquia de Omnium Sanctorum. Su cripta testamentaria se hará luego de que se le hubiese pagado a la parroquia la quinta parte de su caudal para distribuirlo en sufragios por su alma porque ha muerto ab intestato (sin hacer testamento). Es hijo de Agustín Fuentes del Arco y Elvira de Godoy Ponze de León, y marido de Josefa de Arrascaeta (APOSC, 1731).
Sabemos, por consiguiente, que tenía su residencia en el barrio de Omnium Sanctorum, y que el templo en el que al cabo fue enterrado, fue la Real Iglesia del Salvador y Santo Domingo de Silos, originariamente erigida por la Compañía de Jesús en la segunda mitad del siglo XVI.
Por esas indescifrables tramas del destino, el cuerpo del antiguo alumno de la universidad jesuítica de Córdoba de la Nueva Andalucía, levantada ese mismo siglo en el Quisquisacate de los comechingones, era acogido en la capilla de la Inmaculada Concepción de la Córdoba andaluza, la ciudad de múltiples estratos culturales en la que nacieron sabios de la talla del intelectual, político y escritor romano Lucio Anneo Séneca (5. I a. С), el médico y polímata musulmán Averroes (s. XII) y el filósofo judío Maimónides (siglo XII). Del otro lado del mar, el círculo se cerraba en una tumba sellada bajo la protección simbólica del cristograma de la orden ignaciana (IHS - Jesus Hominum Salvator), el mismo que había presidido sus estudios de Filosofía y Teología en la ciudad de Córdoba del Tucumán.
Sin embargo, el descanso no sería del todo tranquilo. El edificio, cuya fábrica había comenzado con ímpetu en 1555, experimentaría luego apagones financieros, vicios de construcción y cambio de arquitectos con las consiguientes esperas, replanteos de diseño y uso de materiales. Por fin, en 1589, el edificio estaba termina- do y era bendecido con las ritualidades del caso, pero pocos meses después, en una tormenta caerá la torre del reloj y las campanas, como ocurriera en el siglo XVIII con la segunda torre de la iglesia jesuítica de Nuestra Señora de los Milagros en Santa Fe, que desde entonces permanece mocha.
Pero lo que genera mayor interés es lo que ocurrió luego de la expulsión de la Compañía de Jesús de los dominios de España por decisión del rey Carlos III, en 1767. Ese mismo año, en virtud de la Pragmática Sanción, el conde de Campomanes, ministro de Hacienda del reino, le solicitó al obispo de Córdoba la remisión de un informe relativo al uso o destino del colegio y templo de Santa Catalina (nombre originario del complejo jesuítico), en el que se formó Luis de Góngora y Argote, uno de los máximos poetas del Siglo de Oro español, establecimiento que, durante la administración jesuítica, apuntaba a convertirse en la primera universidad de Andalucía.
Pasados dos años, ante la falta de actividad conducente, el monarca decidió trasladar al templo de Santa Catalina las cercanas parroquias del Salvador y Santo Domingo de Silos (con raíces en el siglo XIII), someter el conjunto al patronato real e intitularlo "Real Iglesia Parroquial del Salvador y Santo Domingo de Silos" y disponer que se respetaran los enterramientos, capellanías y fundaciones. De modo que en lo concerniente al autor de la Loa..., su descanso en la sepultura quedaba asegurado, cerca, por otra parte, de la casa en la que había vivido, y de la Huerta del Rey, el fundo heredado, y, quizás, causante de su muerte. (Lozano Navarro, 2022)
En lo que respecta al barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos y a la evolución detallada del edificio eclesial, los interesados en este particular pueden leer los escritos de Teodomiro Ramírez de Arellano (Ramírez de Orellano).
La HUERTA DEL REY
Escribe el blogger cordobés Paco Muñoz, con amplio conocimiento del devenir histórico de esa ciudad andaluza: "El origen de La Huerta del Rey se pierde en la noche de los tiempos cordobesa. Eran terrenos a la izquierda de la muralla de la Córdoba Augusta (fundada por Roma en el siglo II a. С), cuyo foso defensivo era el Arroyo del Moro. La representación más visible la tenemos en el plano de los franceses de 1811", al que luego se suman, en 1860, la del arquitecto y grabador francés Alfred Guesdon, quien la presenta físicamente con rico arbolado. Agrega Muñoz: "En el grabado se pueden ver la Puerta de Almodóvar, el Convento de la Victoria, antes de las Huertas y el campo santo de los Mártires." Y, en 1884, el del topógrafo Dionisio Casañal.
Continúa: "Por su nombre hay que estimar que pertenecía a la corona". ¿Pero, qué era lo que no pertenecía a la corona, a cualquier corona y en cualquier tiempo? La Huerta del Rey está situada desde la Puerta de Almodóvar, hasta los Mártires, y luego siguiendo la muralla hasta la antigua Huerta de San Basilio, cerca del exconvento del mismo nombre, y la Puerta de Sevilla.
"El recorrido era el primitivo del Arroyo del Moro que desembocaba pasando por la Puerta de los Sacos" (en el rio Guadalquivir).
La Huerta del Rey era la puerta falsa de las casas de la calle de los Judios, los corrales daban a ella. En un tiempo se llamó Fonsario (Osario) de los Judíos por estar en ella el cementerio de estos [...] La Huerta del Rey, hasta bien avanzado el siglo XX, ha sido un enorme llano, con algunas depresiones del terreno, casi siempre enfangado por el rebosamiento del arroyo, y el agua de la alcubilla de la Puerta de Almodóvar. (https://www.notascordobesas.com/2017/09/la-huerta-del-rey. html)
Por nuestra parte sabemos, a través de un documento atesorado en el Archivo de la Chancilleria de Granada con motivo del pleito sucesorio producido entre varios actores luego de la muerte de Fuentes del Arco, que el vinculo de la familia con el predio en cuestión había sido fundado en 1488 por el comendador de la Orden de Calatrava, Frey Luis de Godoy (ARCHGR, 1735: C. 05257, 005).
También sabemos, por los planos de 1811 y 1860, que Huerta del Rey era un fundo de significativo tamaño, luego devorado por el crecimiento urbano de Córdoba, vecino de otras huertas ubicadas fuera de las murallas antiguas y próximas a la puerta de Almodóvar.
Ahora bien ¿Qué se producía en esos predios rústicos en los siglos XVII y XVIII? Nos lo dice Juan Aranda Doncel en el marco de un trabajo coordinado por José Cosano Moyano. Expresa:
Las huertas se encuentran en las inmediaciones del casco urbano y ofrecen un aprovechamiento mixto a base de cultivos herbáceos, hortalizas y frutales. Entre los primeros cabe señalar la presencia de gramíneas: trigo, cebada y panizo. También aparecen plantas textiles y leguminosas como lino, cáñamo, habas y garbanzos. La horticultura propiamente dicha ofrece una gran variedad de especies: cebollas, nabos, cardos, rábanos, coles, lechugas, berenjenas, pepinos, espinacas. Dentro de la arboricultura abundan los naranjos y están representados los granados, ciruelos, nogales, albaricoques y limeros. También se hallan árboles en estado silvestre como los endrinos (arbustos espinosos que dan un fruto ovoide, pequeño y negruzco, de saber agridulce, muy empleado en licorería y medicina). Resulta obligada en el conjunto de la arboleda una mención especial a las moreras y morales, cuya hoja se explota para la cria del gusano de seda y alcanza una cotizacién alta (Cosano Moyano, 2019: 222-223).
A su turno, Córdoba de la Llave manifiesta que el lugar de emplazamiento de las huertas, es
[...] uno de los aspectos donde el entronque de los cultivos de regadío practicados en la Andalucía bajomedieval y moderna con los desarrollados en el mundo andalusí es más destacable [...] Debemos tener presente que, si bien los espacios agrícolas irrigados ocuparon extensiones de terreno muy reducidas en comparación al clima seco de los cultivos mediterráneos clásicos (cereal, olivo, vid), dichos espacios fueron altamente apreciados y coinciden en líneas generales con los testimoniados en época islámica y con los que todavía registran los grandes estudios sobre regadíos del siglo XIX.
Este hecho es resultado, qué duda cabe, del enorme determinismo geográfico que el regadío tradicional ha tenido, al depender de la disponibilidad suficiente de agua y fertilidad del suelo, pero también de la permanencia de prácticas y costumbres ancestrales, ancladas durante siglos en las formas de vida campesina, que permiten afirmar la existencia de dichos cultivos "desde tiempo inmemorial", una expresión continuamente utilizada en los pleitos y testimonios de época bajomedieval y moderna. Por ello no cabe sorprenderse de que las huertas hayan permanecido durante siglos en los mismos lugares, pudiendo ser así desde la época íbero-romana hasta el propio siglo XX (Córdoba de la Llave).
En la Andalucía de los siglos XV y XVI se documentaron dos ámbitos principales de la concentración de los espacios irrigados, en ambos casos directamente vinculados con la tradición andalusí -quien sabe si incluso anterior- según evidencian los testimonios documentales y materiales. El primero de ellos es el vinculado con las terrazas fluviales de ríos y cursos de agua, algunas con áreas de gran extensión y desarrollo, que emplearon para el riego precisamente las aguas superficiales proporcionadas por dichas corrientes fluviales (Ayala Martínez de, RAH-dbe).
Huerta del rey es un ejemplo de cuanto se afirma, por su extensión, su forma aterrazada y la cercanía de la fuente de agua del Arroyo del Moro. Además, por su permanencia, ya que estaba en manos de la familia Godoy desde fines del siglo XV. Respecto de esta estirpe procedente del norte, hay que decir que el primero en radicarse en Córdoba fue Pedro Muñiz de Godoy, maestre de las órdenes de Alcántara, Calatrava y Santiago, quien luchó al servicio de los reyes castellanos Enrique II y Juan I, aspirante, este último, al trono lusitano.
Esa ambición llevaría a las huestes de Castilla hasta las puertas de Lisboa, donde primero serían derrotadas por la peste y luego, en términos militares, por los portugueses, en la histórica batalla de Aljubarrota escenificada en el centro de Portugal en 1385. Allí, los ejércitos de Juan de Avis, primero de esa casa real, con el aporte de arqueros ingleses destruyó a las fuerzas numéricamente superiores de Juan de Castilla, que contaba con el apoyo de buena parte de los nobles portugueses (adherentes a su pretensión monárquica en el conflicto sucesorio) y 2.000 caballeros franceses. Poco después de su épica victoria, los portugueses ingresarán a la Extremadura castellana y completarán la tarea de demolición de las tropas de Juan de Castilla en la batalla de Valverde.
El comandante de los castellanos era Pedro Muñiz de Godoy, quien fue muerto en duelo breve y singular por el jefe de las tropas lusitanas, Nuno Álvares Pereira, considerado el más brillante estratega militar de la historia portuguesa. Luego de esas orgías de sangre y muerte, Nuno se retiró a la vida religiosa, y siglos después (1918) será canonizado por el Papa Benedicto XV, con el nombre de Nuno o Nuño de Santa María.
Entre tanto, a fines del siglo XIV, el frente interno castellano había quedado estragado por la muerte en batalla de numerosos nobles e integrantes de órdenes militares, entre ellos, Juan Pérez Godoy (en Aljubarrota), hijo del maestre de campo santiaguista, quien, como ya se dijo, pronto seguiría la suerte de su vástago (Ayala Martínez de, RAH-dbe).
Estos acontecimientos, que nos conducen hasta la Córdoba del siglo XIV, explican la razón por la que Fuentes del Arco invirtió sus apellidos privilegiando el de Godoy, tan arraigado en la ciudad de la fabulosa mezquita-catedral, en cuya Capilla de la Conversión de San Pablo -también llamada de los Muñices- descansan los restos de su ancestro, muerto en Valverde de Mérida. Hasta esa Córdoba de sus mayores llegó el excabildante santafesino, al encuentro de un sueño que trocó en pesadilla irreversible.
Respecto de los fundos por él heredados, sabemos que Huerta del Rey, excedía con amplitud el tamaño medio de las huertas ubicadas en las inmediaciones, en general, propiedades de nobles y órdenes religiosas. Pero al margen de las estimaciones de algunos historiadores sobre el valor de esos predios a mediados del siglo XVIII, un dato revelador proviene de los comportamientos de la misma familia Godoy. Ocurre que, entre 1731, año de la muerte de Antonio, y 1737, un largo pleito enfrentará a notorios integrantes de ese linaje por los bienes que dejaba el autor de la Loa. Y resulta obvio que nadie litiga durante tanto tiempo por bienes sin valor.
Como ya se dijo, un expediente conservado en la Real Chancillería de Granada, despliega el pleito entre
Luis de Castañeda Ponce de León y Godoy, alguacil mayor de la Real Audiencia de Oviedo (Asturias, norte de España), de un lado, y, del otro, Francisco José de los Ríos Cabrera y Cárdenas, vecino de Córdoba y marqués de las Escalonias, y Pedro Zabala, como marido de Josefa de Godoy Fuentes del Arco, y consortes, como hermanos de Antonio de Godoy Fuentes del Arco, fallecido en Córdoba en 1731, sobre la propiedad de Huerta del Rey, vacante tras la muerte de Antonio de Godoy y Fuentes del Arco, vecino de Santa Fe de la Vera Cruz. (ARCHGR, 1735: Caja 10424-f. 13)
En el Archivo de la Real Chancilleria de Granada (ARCHGR), se conserva el expediente sustanciado por el conflicto entre Antonio Fernández de Castro y Antonio de Godoy y Fuentes del Arco a causa de la captura y distribución de agua del Arroyo del Moro entre los propietarios de huertas próximas a la alcubilla (cámara de agua grande) cercana a la antigua Puerta de Almodóvar en la muralla defensiva del recinto urbano de Córdoba.
Ese documento, que nos fuera remitido por el referido organismo oficial a través de una gestión realizada por la periodista Sol Lauría, ha sido generosamente transcripto a nuestro pedido -en una versión modernizada-, por el Arg. Luis María Calvo, versado lector de caligrafías antiguas en castellano.
El encabezamiento dice así: "Probanza y autos originales del Consejo, Justicia y Regimiento de la ciudad de Córdoba para el pleito que en la Real Chancillería de Granada siguen D. Antonio Fernández de Castro y D. Antonio de Godoy Fuentes del Arco, a que ha salido dicho Consejo".
La transcripción de algunas de sus partes relevantes nos permite una perspectiva más amplia del conflicto que precedió al asesinato de Fuentes del Arco.
Luego de un folio con deterioros, puede leerse:
Hay un pleito pendiente en la Chancillería ante el Presidente y Oidores de la Audiencia que reside en la ciudad de Granada, entre don Antonio Fernández de Castro, prebendado de la Santa Iglesia Catedral de la ciudad de Córdoba y su procurador, de una parte, y don Antonio de Godoy Fuentes de Arcos (sic), vecino de dicha ciudad por la otra, al cual ha salido el Consejo Justicia y Regimiento de dicha ciudad de Córdoba y su procurador en su nombre sobre pretender (la pretensión de) dicho don Antonio de Godoy como dueño y poseedor de la Huerta que llaman del Rey, que la Huerta Grande propia del don Antonio de Castro debía (debe) servidumbre y paso del agua que baja desde lo alto de la sierra por una atarjea (cañería) que pasa por dicha Huerta Grande y que no se le impida el curso a dichas aguas y las dejen pasar a la referida Huerta que llaman del Rey, sin detenerla ni dividirla en una noria que hay en dicha huerta y sobre lo demás en dicho pleito contenido el cual por los dichos nuestro Presidente y Oidores fue recibido a prueba en forma y con término de los ochenta dias de la Ley (ARCHGR, 1731 - 1737: C.05257, 005 y отб).
Como consecuencia de la apertura del caso a prueba, en la ciudad de Granada, el 27 de febrero de 1731, el receptor citó para la realización del trámite judicial a Julián Laín de Velasco y Andrés Zerdán, procuradores "en esta corte".
En 16 de marzo de 1731 ante el Receptor del Reino compareció Juan de Thena, procurador de número de la ciudad y entregó esta real provisión que lo habilitaba para ejercer su función: "Pedro Muñoz Toboso, escribano del Rey certifica que el 22 de mayo de 1722 otorgó poder general a don Juan de Thena, procurador de número y del Real Fisco de la Inquisición para todos sus pleitos."
Cumplidas las formalidades, se redacta el interrogatorio de la probanza (absolución de posiciones en el léxico procesal de nuestros días) "sobre el goce y posesión de agua" que los litigantes "pretenden introducir en sus huertas". Se trata de un cuestionario que aporta elementos para el análisis del problema de fondo al incluir el factor vecinal. Además, en las preguntas subyacen afirmaciones del instructor de la probanza respecto de acontecimientos que ponen en mala situación las pretensiones de Fuentes del Arco, habida cuenta de que la memoria histérica y arraigados usos у costumbres insinúan conductas reprochables del excabildante santafesino. Por momentos, la requisitoria adquiere una insoslayable carga acusatoria. Pareciera que el instructor disponía de amplia información sobre el entuerto y tenía configurado el caso antes de escuchar a todas las partes involucradas. Las preguntas para los testigos hablan por sí mismas.
Se les inquiere si conocen a las partes enfrentadas y el pleito entablado entre ellas. Y, tras cartón, si tienen noticia de "una atarjea (ataxeda, en el original) muy antigua que conduce el agua a una cubilla pública que está en el grueso de la muralla que es cerco de dicha ciudad". La descripción precisa del sistema de agua, su antigüedad y su carácter público, prefigura el conocimiento del tema por parte del instructor, y su posición al respecto.
Se les pregunta, asimismo, si saben que de esa "alcubilla los vecinos sacan para su uso, con cántaros y otras vasijas, toda el agua que necesitan sin que nadie se lo embarace, habiéndose siempre tenido por pública y del común aprovechamiento de los vecinos". Y se agrega, según la fórmula de estos procedimientos:
¿Sábenlo los testigos por haberlo visto, ser y pasar así en su tiempo y haberlo oído a otros sus mayores que decían haberlo visto, ser y pasar así en el suyo, y ser público y notorio, pública voz y fama y común opinión sin cosa en contrario, y por las demás razones que declaren porque lo saben?
La tercera requisitoria se interna en la huerta del conflicto. Les pide a los testigos que digan "si saben que la referida agua después del uso público que tiene en dicha alcubilla, ha derramado y se ha conducido a un lavadero público y del común que está en sitio también común que tiene contiguo." La cuarta demanda incorpora a la escena la figura causante del proceso que se sustancia. Pregunta el instructor:
[...] si saben que con motivo de ser el referido don Antonio Godoy poseedor de una huerta inmediata al sitio de dicho lavadero y al conducto de dicha atarjea, el susodicho y (texto no legible por estar cosido en el margen) sus autores se han introducido al uso y usurpación de la dicha agua, conduciéndola por caños secretos a la dicha su huerta.
En la quinta intervención inquiere:
Si saben que pocos años a esta parte se han incorporado dentro de la referida huerta, el sitio y tierra donde estaba dicho lavadero y se ha cercado por el dueño de ella apropiándose y queriendo hacer contribuir a los que van al lavadero y apropiándose también el adarve (pasillo de servicio en la parte superior de la muralla) que precisamente es realengo (perteneciente a la Corona) y de uso público común, ¿sábenlo los testigos por haberlo visto, ser y pasar así y noticia que de ello tienen y por las demás razones que declaren porque lo saben, digan [...]
La sexta demanda, en un texto deteriorado por el paso del tiempo, abunda en aspectos ya planteados en preguntas anteriores:
Si saben que la referida huerta del dicho don Antonio de Godoy está en sitio inferior al lavadero y alcubillas y el (renglón borrado) alguna el que se aprovechase (sigue borrado) los testigos por haberlo visto, ser y pasar así y conocimiento que tienen de todo lo referido y por las demás razones que declaren porque lo saben, digan [...]
El cuestionario se cierra con la frase ritual "Y de público y notorio, pública voz y fama, digna" y la firma de D. Sebastián Joseph de Ballesteros.
GESTACIÓN DEL CONFLICTO
Pese al cierre formal del interrogatorio, de seguido el documento registra preguntas añadidas que avanzan en la caracterización de una conducta reprochable de Godoy Fuentes del Arco. La principal expresa que luego de que los testigos hayan respondido a la tercera pregunta del cuestionario principal, contesten "si saben que el motivo y pretexto de que se valieron los arrendadores o administradores de dicha Huerta del Rey para introducir de algunos años a esta parte el cobro a las personas que iban a lavar de una corta porción de mrs (maravedís)" por la provisión de canastas "en que hacer la colada de la ropa" (lavado y enjuague), así como leña y caldera (para el secado), de modo que los usuarios pudieran volver a sus casas "con su ropa colada y enjuta".
Por aquellos servicios, el arrendador (de los servicios, arrendatario del predio) cobraba un cuarto (moneda de cobre de bajo valor, equivalente a cuatro maravedís) a cada lavandera, en tanto que los tintoreros y lineros (que llevaban prendas de seda e hilo) pagaban dos cuartos (ocho maravedis). Los siguientes arrendadores mantuvieron el cobro, pero ya sin ofrecer servicio alguno, sino como simple derecho de acceso a la fuente de agua.
Luego de la construcción de la pared divisoria, el lavadero, que, de acuerdo con los testimonios de los vecinos siempre había estado en un lugar realengo, público y, por añadidura, gratuito, se había convertido en un surtidor adicional de ingresos para los propietarios de la huerta o sus arrendatarios. Los usuarios, entre tanto, pagaban la tasa de acceso, pero no dejaban de objetarla, acusando a los propietarios de usurpadores.
Las principales perjudicadas eran las lavanderas, mujeres pobres a las que les costaba ganarse una moneda, situación explicitada en diversas declaraciones.
La constante invocación de lo inmemorial puebla los testimonios. Un testigo dice que del agua de la alcubilla se servían sin restricciones los aguadores "que conducen agua a las casas con carretones y caballerías, y lo mismo han ejecutado y ejecutan los forasteros que necesitan o han necesitado de dicha agua |...) desde tantos y tan antiguos tiempos, que la memoria de hombres no se hallarán en contrario."
Otros coinciden en haberles oído decir "a los ancianos difuntos, unos y otros naturales vecinos de entera fe y crédito que fueron de esta ciudad, que ellos (a su vez) habían oído lo propio a sus mayores y más ancianos, que decían habérselo oído contar a los suyos."
Todos recuerdan que el agua de la Sierra Morena "llegaba a la alcubilla (0 cámara) de la muralla encañada en una atarjea hecha de piedra de cantería". Otros agregan que la cubilla o alcubilla, a la que se descendía por una escalera, tenía una dimensión importante. De esa agua se alimentaba el conflictivo lavadero, y también la noria construida en la Huerta del Rey para irrigar, a través de derivaciones, las hortalizas y arboledas. Algunos apuntan que esa agua, que corría contigua a la muralla a través del arroyo del Moro, seguía la pendiente hacia el Guadalquivir, y en la Puerta de Sevilla, que se alzaba un poco más abajo, movía el dispositivo de dos piedras en un molino harinero allí ubicado.
La reconstrucción de aquel espacio físico es importante, porque el litigio sobre el uso del agua va más allá del caso puntual de Huerta del Rey. La información que surge de la probanza expone usos y costumbres arraigados en aquella comunidad, asi como impactos sociales más extensos que los acotados intereses de los litigantes, aspecto que amplía notoriamente el número de afectados por las acciones de Godoy Fuentes del Arco y, por consiguiente, potenciales autores del hecho de sangre.
Las declaraciones ante las autoridades judiciales expresan que "aunque cesaron dichos arrendadores (los que instauraron la tasa de servicios)" se propasaron los que los siguieron al continuar con la cobranza mediante el argumento de que "las mujeres que iban a lavar con el jabón con que estregaban la ropa" y que, de ese modo,
se viciaría el agua y perjudicaría a la hortaliza y demás (plantas) de la huerta por donde pasaba. Y que así, por ser mujeres, y que no se les detuviese el lavado de la ropa y ser una cosa tan corta (reducida) lo que les pedían, por su ignorancia lo pagaban, se pregunta: ¿Saben los testigos por haberlo visto ser y pasar así y haberlo oído a sus mayores y más ancianos que asimismo lo vieron y ser y pasar así y demás razones que supieren? Digan [...].
Como elemento de contexto, para mejor entender lo que ocurría en Huerta del Rey, hay que decir que el maravedí, desde 1716 (comienzo de las reformas económicas borbónicas que incluyeron la unificación monetaria) y hasta mediados del siglo XIX "fue el dinero de los pequeños gastos de la vida cotidiana y de las gentes con escaso poder adquisitivo". Por eso fue denominada "la moneda de los pobres" (Museo Arqueológico Nacional-España).
El cuestionario prosigue con la siguiente requisitoria:
Si saben que inmediato a la Puerta que en dicha ciudad llaman de (renglones rrados) público de la que actualmente se aprovecha dicha Huerta del Rey y la otra Piedra molía con el agua del arroyo que pasa por un sitio común y realengo que está arrimado a la barbacana de la muralla que sirve de cerco a dicha ciudad, cuyo sitio también se ha incluido indebidamente en dicha Huerta aprovechándose los arrendadores de su suelo. Saben los testigos por haberlo visto ser y pasar así, o por noticia individual que de ello tienen y haberlo oído a otras personas ancianas que igualmente lo vieron, ser y pasar así y demás razones que declaren, digan [...]
En la pregunta anterior, valga la digresión, al mencionarse la barbacana, se hace referencia a la estructura fortificada que sobresalía de la muralla con fines defensivos en la puerta de Almodóvar -una de las tres más antiguas que conserva el recinto amurallado-, cuya última reforma se efectuó en el siglo XIV, y aún se conserva.
Volviendo al cuestionario, se agrega información sobre la "otra piedra que molía" mencionada en la pregunta anterior. En la nueva interrogación queda claro que se refería a un desaparecido Molino de Pan, cuya piedra molar, activada por la fuerza hidráulica de la atarjea, convertía el trigo en harina, y luego de mover el dispositivo de molienda, el agua era conducida hacia la Huerta del Rey para regar la tierra y las arboledas. Para ese fin, se empleaba una noria que había en la huerta y era traccionada por "bestias o reses". Se les pregunta a los testigos si podían dar fe de la existencia y funcionamiento de esos dispositivos hidráulicos "por haberlos visto o haberlo oído de personas antiguas".
La cuarta pregunta añadida refiere al funcionamiento de molinos movidos por el agua pública junto a la muralla. Y la quinta y última inquiere:
Si saben que el dicho lavadero público estaba separado de la dicha Huerta del Rey con una pared de cerca que mediaba entre él y la Huerta y lo dividía de ella, que aún duran y se ven sus cimientos o vestigios y que dicha pared de división se mantuvo muchos años y que hasta el año pasado de mil setecientos y quince no se incluyó dicho lavadero en la referida Huerta y que entonces se incluyó indebidamente en ella sin permiso ni licencia al tiempo que se levantó y labró una pared que descarga sobre la muralla real en que se puso el escudo de armas de dicho don Antonio Godoy. Saben los testigos por haberlo visto ser y pasar así y de más que supieren, digan [...]
Esta ampliación del interrogatorio se cierra de modo ritual, como el anterior, aunque cambia la firma del interviniente, que en este caso es el Licenciado D. Pedro Francisco de Carrasquilla y Areco.
Respecto de la última pregunta, orientada, como las anteriores, a documentar el avance de los intereses privados de los Godoy sobre lugares públicos y realengos en la zona de la Huerta del Rey, se desliza un error, ya que, en 1715, año en el que se construye la pared divisoria, el titular de la huerta era el tío de Antonio, don Diego de Godoy y Ponce de León, su testador.
Según los testimonios colectados en la probanza, quienes dieron la orden de construir la pared, que fue levantada de tapia y verdugada con hileras horizontales de ladrillos cocidos para darle mayor firmeza, fueron don Pedro Jurado, administrador de la huerta, y su sobrino Fernando Muñoz de los Reyes, presbítero y arrendatario del predio (y locador, a su vez, de los servicios que prestaba a terceros). Esa es la obra que habrá de apoyarse en la antigua muralla defensiva de la ciudad, colapsada en ese sector, al punto que los Godoy también tomarán -lo que es denunciado- una porción del adarve real (como ya se dijo, pasillo de servicio en lo alto de la muralla). En ese momento, también se colocará el escudo de armas esculpido en piedra negra con letras grandes que ponían de resalto el apellido Godoi (Godoy), acción que el instructor atribuye a Antonio de Godoy, lo que es un error, porque en ese año éste era cabildante en Santa Fe y todavía no había escrito la Loa a Felipe V.
Pese a los deterioros de algunos folios, sabemos que al menos cinco testigos respondieron a las preguntas formuladas por el instructor de la causa: Antonio Ruiz de Pan y Agua, Francisco Fernández, Gonzalo Maldonado Serrano, Antonio Poveda y otro, cuyo nombre es ilegible. Sus testimonios, sin contradicciones de fondo, incluidos junto a las preguntas en los textos que anteceden, fueron tomados entre el 20 y el 22 de marzo de 1731. Días antes, fue citado el demandado. En el expediente consta que el 16 de marzo "el Receptor buscó a don Antonio de Godoy y Fuentes del Arco para citarle para la probanza del Consejo y no lo encontró", en tanto que al día siguiente reiteró la citación "en su persona, estando en las casas de su morada."
El 23 de marzo, Juan de Thena o Tena se presentó ante el Receptor y le comunicó que su tarea estaba cumplida. No sabemos a ciencia cierta si llegó a plasmarse una sentencia en ese litigio. Pero dos meses después, Antonio Godoy moría por un disparo de arma de fuego, sin que se sepa el nombre del homicida.
Apenas enterrado su cuerpo en la Capilla de la Inmaculada Concepción, otro pleito, esta vez entre integrantes de la misma familia, pondrá en disputa la propiedad de Huerta del Rey. Por otra parte, al otro lado del Atlántico, el deceso del apoderado de Santa Fe en España era oficialmente comunicado al Cabildo local el año siguiente.
El 10-12-1732, la casa capitular le enviaba una carta al Procurador Juan de Asola, comunicándole que, a raíz del fallecimiento de Antonio de Godoy Fuentes de Arco, se designaba en su reemplazo, para continuar las gestiones ante el Consejo de Indias, al capitán Alonso de la Vega, nuevo Procurador General. A la vez, solicitaba que se le entregaran al flamante funcionario los dineros que se habían enviado para realizar dichas gestiones (AGPSF AC, tomo X, fs. 126v/ 127).
Andando el tiempo, su olvidada figura recobrará vida en 1928, durante la intendencia de Ignacio Costa, cuando una iniciativa orientada al desarrollo de las artes se traduzca en la creación del Liceo Municipal con sus dos primeros talleres, dedicados a la música y el teatro infantil (ordenanza 2584/ 1928). El nombre del instituto caería por su propio peso: Antonio Fuentes del Arco, autor santafesino de la primera pieza teatral en el Rio de la Plata. (https://www.ellitoral.com/index. php/diarios/2008/08/29/culturadiario/CULT-o1.html)
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1. Cabe recordar aquí que el Papado, en la figura de Clemente XI, había apoyado a su rival, Carlos de Habsburgo, en la guerra sucesoria por la Corona.
2. Embarcación de origen holandés, ancha en su parte media, con buena capacidad de carga y adaptable a los requerimientos bélicos.
3. Aproximadamente a la altura de la actual localidad de Oliveros.
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