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Mi proceso plástico actual nace de mi madre. Fue ella quien, con su amor y sabiduría, nos introdujo al Kambo cuando mi hermano y ella enfrentaban el diagnóstico de lupus. Desde entonces, esta medicina ha marcado mi vida, transformándose en un vínculo profundo entre el cuerpo, el espíritu y la naturaleza.
Pero esta historia no solo está ligada a mi madre, sino también a mi abuela materna. En San Francisco, Bogotá, ella me acompañó en la búsqueda de la corteza del árbol de sangre de Drago, el hogar natural de la rana Phyllomedusa bicolor, portadora del Kambo. Gracias a ella y a los artesanos de la zona, encontré este material esencial para mi proceso, reforzando la conexión entre mi práctica y mis dos figuras maternas.
En este cruce de caminos entre lo ancestral y lo personal, siento que la Pachamama también se manifiesta. La corteza, el Kambo y las manos que han hecho posible este encuentro convierten mi trabajo en un testimonio de sanación, herencia y memoria. Mi propuesta artística se construye desde esta experiencia, conectando mi autobiografía con lo que vivo y siento en carne propia al atravesar el ritual del Kambo.
Desde esta vivencia personal, he decidido explorar el ritual no solo desde su poder espiritual, sino también desde su impacto físico y sensorial en el cuerpo. El cuerpo se convierte en un territorio de inscripción y transformación, un espacio donde las marcas del Kambo dialogan con la memoria, la materia y la energía que fluye entre lo humano y lo sagrado.