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Botánica Ashle Ozuljevic Subaique 1 Carica Papaya Hoy ha muerto el papayo de mi casa por el exceso de agua caída en su esquina, se ha podrido confirmo cuando salgo a jugar con el perro que nos adoptó trepo a la pared vecina para rescatar los últimos frutos maduros que más tarde mi hermana usará como perfume de auto y que ahora penden del ápice del tronco allí en su cima las hojas aglomeradas y alternas parecen no enterarse de su expiración mientras desde la base la podredumbre emerge e inunda el espacio se propaga por los alrededores calcinando la vida que en torno lucha se lo cuento por teléfono: se ha podrido el papayo por exceso de agua y agua se le hace la boca por decirme que no todos los seres necesitan tanto líquido tantos cuidados tanta atención anoto mentalmente que no todos los árboles, por decir algo, soportan la hidratación excesiva mis celos de madre primeriza y solitaria. Insiste en que aprenda esta lección de botánica: tanta vigilancia y esmero ha terminado por aniquilar al papayo de casa yo callo y pienso con la boca también aguada que no era al papayo al que yo regaba sino al jazmín vecino delicado y cómplice a cuyo costado me siento para aserruchar el tronco del árbol extinto y embolsarlo como basura sus rubias raíces podridas cuelgan pesadas ofreciéndose a Wulf, quien mastica las hebras, aumentando la fetidez de sualiento animal. De cuidados de un jardín Dejarle la flor a la planta permitir que se transforme en fruto sabiendo que eso detendrá su crecimiento hacia dimensiones magníficas ramificándose hasta invadir todo jardín y continente transformar el ardor en plena avalancha, hacer que el amor inhiba su crecimiento para que mute desde la euforia del deseo a la energía latente y contenida del botón dejar que a su ritmo se vaya abriendo pétalo a pétalo el germen de quizás qué sin viento ni sonido ni movimiento siquiera verlo venir entre la marea de yerbas que pinta el monte distinguir su gozo cobijado en la certeza de calma sonríe atravesado por la luz de la costa sus ojos vegetales contactados conmigo entre la espesura de algas y muscínea reafirmo: dejarle la fruta al tallo y a su geotropismo negativo confiar observar que el pecho encuentra sosiego bajo la luz oceánica suave inmersión en la dicha húmeda de la selva oleaje o mujer así lo designan los meristemas apicales preferimos frutales siempre a eudicotiledóneas arbóreas permitir que lo voluptuoso que el mareo libidinal caiga cual hoja seca para abonar los brotes tímidos que a su ritmo van tanteando el solcito que baña el puerto la calma al salir de la rompiente para yacer en la arena albor ultramarino hey el tiempo cesa y enmudece bajo la ola hundidos suspendíamos la superficie por cuarenta y ocho horas acostumbrados a crecer en el diluvio los pterocarpus officinalis la humedad que le dejaba sobre el pecho en esa habitación de cara al Pacífico el torrente de mi semilla cuando desde dentro sentía aproximar la suya mientras me pedía que lo riegue que lo empape que lo inunde. Fue una madre joven y tardía, la primera para mis hermanos, la segunda para mí. Azalea Alguien me habló de los ires y venires de las macetas en el patio de una casa legendaria de voces ancestrales, de espacio tejido, de ovillo y aromas.
Poemas del amor arbóreo
Maricela Guerrero desde la azotea, amor, los árboles:
distinguirlos como el rostro del amado entre las multitudes.
docenas de pinos, fresnos, truenos, pirules, palmeras sobresaliendo:
no un bosque algo menos proliferante, amor,
eran la forma de las hojas y los sueños:
viento puro llevándose el veneno:
montañas y volcanes a lo lejos.
eso, amor, era el amor y nuestra orilla.
mi amor tenía raíces,
tronco,
ramas,
hojas,
frutos y savia nutricia recorriéndome en una apretada semi la expandiendo una búsqueda incesante:
aire hasta que se plantó en la tierra virgen que un día fue mi corazón desconocido:
laderas húmedas para ser exploradas,
bosques emergentes y haces de luces en las noches tristes de la infancia:
a veces miedo, mucho miedo de las formas,
del viento y su veneno:
aguijón y pena mi amor, amor, se plantó y resiste,
se transforma entre el miedo y el coraje en corazón,
en aras de un lenguaje que lo nombre,
amor.
mi árbol,
amor,
era un amor reverberante tornasol en hojas verdes que viraban de esa extrema luminosidad hasta el amarillo ocre del contundente cambio de temporada:
tronco y ramas, amor,
abriendo los brazos en señal de duelo y despedida.
como esa noche agria, amor,
como ese rencor que tomó forma en roca y sedimento como esas palabras, amor,
que nos estrellaron en la playa de un lago salado y seco en la catástrofe de un universo que se encoge.
mi árbol,
amor,
un día solo fue una astilla y dolor en la garganta.
mi amor, árbol,
reverdeció sedoso: un brote, amor,
breve y propicio y quise llamarlo bosque con la esperanza de amarnos intensamente, amor,
en un mundo sin orillas.
Botánica
Ashle Ozuljevic Subaique 1
Carica Papaya
Hoy ha muerto el papayo de mi casa por el exceso de agua caída en su esquina, se ha podrido confirmo cuando salgo a jugar con el perro que nos adoptó
trepo a la pared vecina para rescatar los últimos frutos maduros que más tarde mi hermana usará como perfume de auto y que ahora penden del ápice del tronco allí
en su cima las hojas aglomeradas y alternas parecen no enterarse de su expiración mientras desde la base la podredumbre emerge e inunda el espacio se propaga por los alrededores calcinando la vida que en torno lucha se lo cuento por teléfono:
se ha podrido el papayo por exceso de agua y agua se le hace la boca por decirme que no todos los seres necesitan tanto líquido tantos cuidados tanta atención anoto mentalmente que no todos los árboles,
por decir algo,
soportan la hidratación excesiva mis celos de madre primeriza y solitaria.
Insiste en que aprenda esta lección de botánica:
tanta vigilancia y esmero ha terminado por aniquilar al papayo de casa yo callo y pienso con la boca también aguada que no era al papayo al que yo regaba sino al jazmín vecino delicado y cómplice a cuyo costado me siento para aserruchar el tronco del árbol extinto y embolsarlo como basura sus rubias raíces podridas cuelgan pesadas ofreciéndose a Wulf,
quien mastica las hebras, aumentando la fetidez de sualiento animal. Mientras,
glorificando la vida,
en el espacio que carica papaya ha dejado yacen semillas y restos vegetales de casa compost o carnaval medieval en el fondo del jardín:
alguien debe morir para que otro nazca totalidad que precisaba desocuparse para volverse a llenar sepulto al papayo entre filosofías baratas y riego con mensajes el hueco que ha dejado:
palabras movidas por el aire rancio de su descomposición hechizo flotante nacerán campos enteros gracias al espacio vacío del papayo y de quien escuchaba al otro lado de la línea, solo la tierra basta y la vastedad de las palabras.
De cuidados de un jardín
Dejarle la flor a la planta permitir que se transforme en fruto sabiendo que eso detendrá su crecimiento hacia dimensiones magníficas ramificándose hasta invadir todo jardín y continente transformar el ardor en plena avalancha, hacer que el amor inhiba su crecimiento para que mute desde la euforia del deseo a la energía latente y contenida del botón dejar que a su ritmo se vaya abriendo pétalo a pétalo el germen de quizás qué
sin viento ni sonido ni movimiento siquiera verlo venir entre la marea de yerbas que pinta el monte distinguir su gozo cobijado en la certeza de calma sonríe atravesado por la luz de la costa sus ojos vegetales contactados conmigo entre la espesura de algas y muscínea reafirmo:
dejarle la fruta al tallo y a su geotropismo negativo confiar observar que el pecho encuentra sosiego bajo la luz oceánica suave inmersión en la dicha húmeda de la selva oleaje o mujer así lo designan los meristemas apicales preferimos frutales siempre a
eudicotiledóneas arbóreas permitir que lo voluptuoso que el mareo libidinal caiga cual hoja seca para abonar los brotes tímidos que a su ritmo van tanteando el solcito que baña el puerto la calma al salir de la rompiente para yacer en la arena albor ultramarino hey el tiempo cesa y enmudece bajo la ola hundidos suspendíamos la superficie por cuarenta y ocho horas acostumbrados a crecer en el diluvio los pterocarpus officinalis la humedad que le dejaba sobre el pecho en esa habitación de cara al Pacífico el torrente de mi semilla cuando desde dentro sentía aproximar la suya mientras me pedía que lo riegue que lo empape que lo inunde.
Las plantas son mi médium
Mi madre murió en febrero, vivió casi cien años. Fue una madre joven y tardía, la primera para mis hermanos, la segunda para mí. De ella aprendí, sin notarlo, una forma de arraigo que nunca tomé en cuenta hasta su ausencia. Nunca pensé que las plantas serían la forma de prolongar una conversación, lo descubrí de a poco, cuando desde un lugar muy hacia abajo en la estratigrafía de la memoria se activaron estas remembranzas.
Ellas son, pues, las que me llevan de la mano hasta el lenguaje. Aquí me encuentro cobijada en la tierra y la humedad, recibiendo historias, alargando el cuerpo hacia la luz y los nutrientes. Todo lo que soy es por las plantas.
Azalea
Alguien me habló de los ires y venires de las macetas en el patio de una casa legendaria de voces ancestrales, de espacio tejido, de ovillo y aromas.
Alguien más dijo que el barro y la raíz ocultaban en realidad a dos vigías.
¿Puede una planta ser ese brote de memoria?
¿Es su movimiento lento parte de la historia de un linaje que dice enredo de sangre y savia?
Alguien más pensó en ellas como el espíritu de las abuelas alguien más les atribuyó cualidades de vigilia alguien más habló de una transformación de una voz propia de las plantas en una sonoridad más sutil.
Hundo mi dedo en su tierra en un gesto irreflexivo logro verlas, reconozco los muebles
Hablo con ellas pero no logro que me miren.
¿Cómo sacar hijos de las azaleas?
Acantos Sabemos que la palabra transparencia tiene sus tensiones en los lares del lenguaje. Pero, en mi propia historia, abre una ventana en la ventana. A una forma de tener contacto sin tenerlo, como es ahora.
La escena es casi una imagen fílmica. La memoria se parece tanto a los materiales que tocamos: un acetato de película, colores deslavados, una irrupción de luz y sombras.
¿Cómo afirmar que algo pasó si no hay un testigo? Una breve constancia del paso en una superficie.
De manera que estamos tú y yo, separadas por un vidrio transparente (otra vez el término, te dices). Para evocar es necesario pensar todo el tiempo en las lecciones, vocabularios, evocar al fantasma de mi madre deslizándose en el tiempo como si fuera una película.
Estamos separadas por un vidrio.
Tú, regando los acantos, esas hojas inmensas que me ocultan de tan niña, esas hojas que me arropan -aún lo hacensi las encuentro en un jardín botánico. Pienso en ti y en la oscuridad de las cosas que se alejan, en la distancia cada vez más larga para acudir a eso que fue semilla.
De un lado esa niña espera nuestro juego: la sonrisa, el gesto de la mano que eleva la manguera a la altura de los ojos, la sintonía. En esa suspensión de la incredulidad ¿logrará el agua traspasar el límite del vidrio?, respiro y espero. El chorro de agua se esparce, pequeñas gotas refractan nuestra imagen, entre plantas milenarias somos una vez más, felices en lo simple.
Así es ahora hablar contigo, ser niña otra vez a la espera del chorro del agua, espero. Los acantos, sus ores, tú no has llegado, así será volver a verte un día.
Semillas de papaya
Mucho se dice de ser vieja, pero todas las palabras suelen ser duras y mordaces.
Una vieja me dijo que la vejez es ser semilla, ya no la flor, ya no el fruto,
la semilla que deja palabras para otras manos, la semilla que sorprende en esa pequeña forma de la multiplicidad.
Mientras pensaba en estas cosas, aquel día de sol me contaste con risa y con sorpresa cómo, por pura ociosidad, lanzaste las semillas a la tierra. Esa sonrisa en tu rostro con un pequeño árbol cargado de frutos,
como un pequeño ciclorama tridimensional.
Y los desayunos de los días siguientes fueron ese atarse otra vez de una manera instintiva a la tierra y su prodigio. Qué cadena se rompe en la cadena, me dijiste.
Qué forma de volverte pura vida, siempre.
Rosal
La mano de Angelina con las plantas no era cosa de leyenda, era algo cotidiano, una cuestión "natural". Algo que compartía con las suyas: sus hermanas y su madre. La presencia de las plantas en patios o jardines de las casas que habitaron no era una cuestión caprichosa. Mi vida siempre estuvo puntuada por presencias verdes que apenas percibía de su tanto estar ahí, siempre, continuas. Es curioso cómo la vida en la infancia es algo que forma parte de una vista panorámica. Sí, ahí están, junto a las mesas, la sala, cerca de la ventana, dialogando con la luz (y con el aire).
Era verano. Llegué al jardín. Nada nuevo en los alrededores. La hermana de mi madre, Lucera, para todas suyas. Su voz amplifica mi atención notando una presencia en el fondo del paisaje conocido. las
Ese rosal lo plantó Tita (la abuela) cuando naciste. El jardinero lo ha querido quitar muchas veces, pero no lo dejo. Naciste una tarde, al día siguiente Tita ya había hecho las labores de enraizarlo en la tierra.
Mi gemelo, mi compañero, mi guardián vegetal.
Me nació el amor, a lo similar pero disímil. Entendí, sin saber, algo que muchos años después -incluso más que la vida del rosal, pues en algún momento del declive de la vida de Lucera, el jardinero cumplió con palabra: quitó el rosalleería en Michael Marder, una idea que dice más o menos: las plantas del lugar donde nacimos o crecimos quedan como archivos, nosotros migramos, ellas se quedan, algo nos resguardan en su fijeza.
Esa es o fue mi historia vegetal.
Reencarno en el rosal que fue arrancado, en el arranque de la rosa, en la suave y sutil acción de tocar una y vez la misma música: la brevedad de la vida, la rosa palideciendo, el marchitar. otra
El único agregado para mí es pensar que todo es vida y muerte, ese binomio que negamos con el vano afán de prolongar, sujetar las vidas a un aferrado continuar. Una idea necia pero humana, seguir a pesar del dolor, no querer desarraigar.
Las plantas son, sabemos, pura raíz, esa es su clave.
Asirse al suelo y en su inmovilidad, extenderse buscando el sol. Fabricar su propio alimento y esa forma sutil de bailar la danza de la colaboración con sus polinizadores.
Ser esa semilla que sobrevive en el estómago, reproducirse por el viento o el fuego, guardarse hasta saber cuándo brotar.
Mi vida y mi cuerpo no serán esa prolongación, por más que sepa que descendencia es continuar, o que escribir es legar. No sé.
Queda mi voz aquí atrapada en estas letras que forman parte de un archivo, quién sabe si mañana los servidores fundan sus circuitos o si serán desconectados. Mis archivos no son lo que soy, mis papeles impresos tampoco, son parte de transitar por aquí como una ligera brizna que busca llegar a una tierrita.
Si germino, será bajo otra forma, como dicen los yoeme. Podré ser una pelusa que va y viene, un pájaro que también morirá, un hueso que se va absorbiendo por el suelo. Vaya, ser suelo es la forma más sencilla de permanecer. El eterno retorno a ser tierra, descomponer los átomos de calcio y dejar que el resto se haga solo, como la escritura del viento y el agua, oxidación, erosión, palabras que me cobijan, polvo y arena. Esa es mi voz, al final, que imita el tiempo de la tierra, los ciclos y las nubes en su continuo ser lluvia, agua que se filtra y evapora. Regar otros rosales, ser otras madres, iniciar los ritos de la alimentación, perseverar para volver a morir.
PRUEBAS PARA EL INFINITO
Tania Ganitsky
'Hay que ponerle pruebas al infinito a ver si resiste'
- Roberto Juarroz
I.
La mano erosionada escribe una nueva memoria de las formas.
Dice que lo que amenaza no es el olvido sino la pérdida,
que el olvido es un camino posible que toma la pérdida,
y el recuerdo, otro.
La desaparición es el desastre común.
En el olvido la desaparición es rotunda, el germen de comienzos inconexos - una separación ontológica,
lo que nace del olvido nace distinto a....
en lugar de nacer-con.
En la memoria la desaparición son residuos,
fósiles que desenterramos para cuestionar el orden de la huella:
Hay huellas que no coinciden con su pie. Hay huellas que se anticipan a su pie.
Hay huellas que fabrican su pie.
Hay huellas que son más pie que el pie 2 .
Cuestionar el orden de la huella con el desorden de la huella es el único camino para llegar a pie a fósil a caracol a amonites a hueso a una nueva memoria de las formas.
A nacer-con.
II.
La mano erosionada escarba la arena con los dedos untados del tinte azul que escurrieron las medusas muertas en masa a orillas de un cráter que era imposible y ahora es eterno.
Mientras escarba buscando los sedimentos perdidos recita:
Se llegó al límite del amor.
Se llega al límite del amor.
Al límite del amor se llega.
III.
Existe también lo que desaparece sin perderse.
La mano erosionada escarba el futuro.
Hace un hoyo y siembra una totuma con agua.
La cubre con puñados de tierra,
después la golpea con un palo para despertar el baile reproductivo del agua enterrada y recita una antigua oración.
Cuando termina el ritual,
nos mira a los ojos y dice:
En unas semanas aparecerá una manita,
un nacimiento cerca de donde sembré el agua,
esperar nomás.
IV.
La mano se desgasta en el trabajo editando unos videos de campesinos reelaborando recuerdos de frailejones, lagunas,
lunas, incendios,
ovejas, curas,
encantamientos indígenas,
retiros espirituales,
sus problemas de salud causados por subir todos los días de la vida el monte para trabajar en tierras de otros los cultivos ilegales en las reservas forestales de un complejo de páramos.
Léxico: papa, cebolla, cadera, laguna brava, laguna negra, rodilla, sisbén, embrujada, nieto, hijo, barro, silencio, menguante, llena, duro.
Recibe señales y deja de emitirlas.
Le ordenan reposo absoluto,
si no fuera por la erosión,
la lesión habría sido más leve.
V.
Con telepatía continúa escribiendo una nueva memoria de las formas
(estas palabras no están donde te da seguridad encontrarlas) .
En el fondo desea poder escribir con telequinesis,
moviendo cosas con la mente tectónica,
en lugar de nombrarlas.
Como la hija de Stalker,
nacida con la magia de lo informe,
por la contaminación de la Zona,
esa instalación extraterrestre que nos recuerda que el paisaje es una percepción,
se define como una percepción y el espacio es otra cosa - insondable -
que se chupa el tiempo cuando el tiempo no se lo chupa a él,
aunque quieran mantenerlos separados nacidos del olvido - inconexos.
VI.
Súplica de la mano incapacitada:
Mover cosas con la mente hasta ponerlas donde digan lo que nace-con,
hasta que las cosas se vuelvan la huella que fabrica el pie.
Notas de autor aAutora de correspondencia. Correo electrónico: [email protected]
Notas
* Sección de poesía
1 Estos poemas hacen parte del libro Botánica, publicado por las editoriales independientes Liliputienses, en España (2000), y Oxímoron, en Chile (2023).
2 Versos de Roberto Juarroz.
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