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Este artículo analiza dos respuestas opuestas a la crisis de la modernidad en el pensamiento político hispánico: la propuesta reformista de Gaspar Melchor de Jovellanos, expuesta en su Defensa de la Junta Central (1811), y el recurso a la restauración formulado por Juan Donoso Cortés en su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851) y el Discurso sobre la dictadura (1849). Frente a las interpretaciones de Peñalver Simó y Rodríguez Casado, que vinculan a Jovellanos con la el pensamiento tradicional, este estudio sigue la tesis de Artola y Fernández Sarasola, que lo sitúan en el campo reformista. Donoso Cortés, por su parte, aparece -especialmente en sus últimos textos- como un representante consciente del pensamiento tradicional. Sus aproximaciones divergentes a la revolución, la libertad y la autoridad ofrecen claves relevantes para repensar el pensamiento liberal en contextos de incertidumbre institucional e ideológica.
This article analyzes two opposing responses to the crisis of modernity within Hispanic political thought: Gaspar Melchor de Jovellanos's reformist proposal, presented in his Defense of the Central Board (1811), and Juan Donoso Cortés's appeal to restoration, developed in his Essays on Catholicism, - Liberalism, and Socialism (1851) and Speech on Dictatorship (1849). Against interpretations by Peñalver Simó and Rodríguez Casado, which link Jovellanos to the genealogy of traditional thought culminating in Donoso and Vázquez de Mella, this study follows Artola and Fernández Sarasola in framing Jovellanos as a reformist thinker. Donoso Cortés, by contrast, emerges-particularly in his final political writings-as a self-conscious representative of traditional thought. Their contrasting approaches to revolution, liberty, and authority offer valuable perspectives for reassessing liberal thought in times of institutional and ideological uncertainty.
INTRODUCCION
La herida de la modernidad
¿Es posible retornar al Antiguo Régimen una vez que la Revolución Francesa ha tenido lugar? Los acontecimientos posteriores a 1789, tanto en Francia como en otras naciones del continente europeo -como España o Ttalia- arrojan luz sobre esta pregunta. Desde aquel hito fundacional hasta nuestros días, las democracias occidentales se han visto escindidas entre progresistas y conservadores, una polaridad que hunde sus raíces precisamente en la Revolución Francesa. Esta escisión bien podría denominarse "la herida de la modernidad": una fractura en el cuerpo político de Occidente que, hasta ahora, parece imposible de suturar.
Antes de avanzar en la argumentación, conviene precisar el sentido en que utilizo el término modernidad: no aludo a una época cultural amplia, sino específicamente a la era política que se inaugura tras la Revolución Francesa. Más aún, me interesa ante todo el concepto de revolución - entendido como categoría intelectual -, más que el acontecimiento histórico concreto. Desde esta perspectiva, adopto una lectura inspirada en Eric Voegelin, para quien la revolución implica "la destrucción de la civilización cristiana occidental y la tentativa creación de una sociedad no cristiana" (Voegelin, 176). La crisis de esta civilización cristiana está, por tanto, en el corazón mismo de la modernidad.
Estudiar las respuestas que ya se han formulado ante esta crisis resulta indispensable para comprender a fondo el fenómeno revolucionario. Sigo, ademas, la conceptualización voegeliana de restanración, definida como "el movimiento que restaura el orden político que ha sido perturbado por los acontecimientos revolucionarios" (Voegelin, 175). Restauración y reacción se presentan así como respuestas complementarias -y en este texto, las consideraré sinónimos- frente a la disolución del orden tradicional provocada por la modernidad revolucionaria.
Finalmente, Voegelin señala con agudeza que, en el caso francés, revolución y reacción "están entrelazadas hasta el punto de ser indistinguibles, porque ambos movimientos penetran en el núcleo espiritual de la crisis" (Voegelin, 177). Esta afirmación es aplicable no solo a Francia, sino también a aquellos regímenes políticos influenciados por el pensamiento revolucionario francés, como España, Italia, Alemania o Estados Unidos.
Reforma o restauración
Este trabajo tiene como propósito comparar dos respuestas divergentes a la modernidad: la de Gaspar Melchor de Jovellanos, quien abogó por una reforma ilustrada de la monarquía hispánica; y la de Juan Donoso Cortés, defensor de una restauración del orden tradicional. Ambos fueron católicos convencidos y compartieron una valoración positiva de la monarquía hispánica. No obstante, como veremos, sus caminos ante la modernidad fueron claramente distintos.
Frente a las interpretaciones de autores como Peñalver Simó y Rodríguez Casado, que presentan a Jovellanos como precursor del pensamiento tradicionalista y antecesor intelectual de Donoso Cortés y Vázquez de Mella, sigo la tesis de Artola y Fernández Sarasola, quienes consideran a Jovellanos como un reformista. A esta lectura añado mi argumento: Donoso Cortés es, sobretodo en sus últimos textos políticos, un tradicionalista antoproclamado.
Estas dos posturas -la reforma de Jovellanos y la restauración de Donoso- han permanecido en tensión a lo largo de la historia del pensamiento político hispánico. Aún hoy, en el debate sobre la organización territorial e identidad nacional de España, sus ideas suscitan interpretaciones contrapuestas. La influencia de ambos autores trasciende sus contextos mmediatos y sigue presente en la reflexión política hispánica contemporánea. Este artículo, por tanto, propone un diálogo entre sus obras y visiones.
Analizaré, por parte de Jovellanos, su Memoria en defensa de la Junta Central (1811), su obra política más significativa. En el caso de Donoso Cortés, me centraré en Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851), así como en su Disewrso sobre la dictadura (1849). El objetivo será destacar similitudes y diferencias, con particular atención a sus actitudes hacia la modernidad: reforma y reacción.
Mediante esta comparación, busco arrojar luz sobre las respuestas hispánicas a la modernidad y ofrecer claves interpretativas para la crisis de nuestro tiempo. En efecto, en esta segunda década del siglo XXI, los regímenes liberales parecen menos sólidos que antaño (Bermeo). El resurgir de antiguos extremismos, tanto de izquierda como de derecha, evidencia la fragilidad del régimen liberal (Manent). Sin embargo, estudiar la génesis del pensamiento liberal - у sus alternativas- puede abrir nuevos horizontes para el futuro.
La estructura del trabajo es la siguiente: en la primera sección, presento una breve reseña biográfica de ambos autores para contextualizar sus 1deas. En la segunda, reviso la bibliografia fundamental sobre Jovellanos у Donoso, así como los principales ejes de investigación. La tercera sección estará dedicada al análisis comparativo de sus respuestas a la modernidad, centradas en las nociones de revolución, libertad y autoridad. Finalmente, la conclusión planteará la vigencia del pensamiento político hispánico como una tradición viva y compleja, capaz de ofrecer respuestas frente a las encructjadas del presente.
ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Jovellanos, 1789, la Revolución Francesa y el Imperio Hispánico
Gaspar Melchor de Jovellanos es una de las figuras más representativas de la Ilustración hispánica, junto con Benito Jerónimo Feijoo y Pedro Rodríguez Campomanes (Demerson). Nacido en Gijön en 1744, en el seno de una familia noble (Caso González), cursó estudios jurídicos en Oviedo, Ávila y Alcalá, antes de ser nombrado juez en Sevilla en 1767. Por entonces, el reinado de Carlos III avanzaba en la senda de las reformas borbónicas, orientadas a modernizar el Imperio Hispánico bajo los principios ilustrados.
Su obra más influyente es el Informe sobre la ley agraria (1795), donde propone eliminar la concentración improductiva de tierras -tanto comunales como eclesiásticas y nobiliarias- con el objetivo de mejorar el acceso a la propiedad. Lejos de buscar una confrontación con la Iglesia o la aristocracia, Jovellanos, como católico y noble, pretendía una reforma razonada que favoreciera el bien común. Este equilibrio entre tradición y reforma es característico del pensamiento de los primeros liberales hispanos (Comellas García-Llera).
Años más tarde, víctima de la persecución política impulsada por Godoy, fue encarcelado en Mallorca. Durante ese confinamiento, redactó un tratado sobre educación pública (1809). La invasión napoleónica de 1808 comcidió con su liberación. El ilustrado asturiano se negó a colaborar con el gobierno de José Bonaparte y asumió un rol destacado en la Junta Central, órgano de resistencia nacional contra la ocupación francesa. Esta experiencia política dio origen a su Memoria en defensa de la Junta Central (1811), texto capital de su pensamiento político. En 1812 se promulgó la Constitución de Cádiz, primera constitución liberal del mundo hispano, fuertemente influida por sus ideas. Jovino murió en 1811 en Puerto de Vega, Asturias, huyendo del avance de las tropas francesas.
Donoso Cortés, la Revolución de 1848 y la Regencia de María Cristina
Juan Donoso Cortés nació en 1809 en el seno de una familia terrateniente en Extremadura. Su vida abarcó un periodo de profundas transformaciones políticas: desde el absolutismo de Fernando VII hasta la monarquía constitucional de Isabel II, pasando por la regencia de María Cristina (Graham, 3). Se formó en Derecho en Salamanca y Sevilla, y contrajo matrimonio en 1830. En sus años iniciales, fue influido por pensadores como Royer-Collard y otras figuras del pensamiento liberal moderado francés.
En 1833 comenzó su carrera política como Secretario de Estado durante la regencia de María Cristina. En esta etapa, Donoso adoptó posiciones liberales y también se mostró abierto a las ideas francesas que irradiaban desde la Restauración hacia la política española (Garrido Muro 2016, 119). No obstante, su orientación ideológica cambió radicalmente tras la muerte de su hermano Pedro en 1847 y los acontecimientos revolucionarios de 1848. Esta experiencia lo condujo a una conversión religiosa y a una toma de postura decididamente reaccionaria (Wilson, 47).
Durante su misión diplomática en París (1851-1853), fue influido por el pensamiento contrarrevolucionario francés, de omnentación teológica, especialmente por De Maistre. En 1851 publicó su obra capital, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, donde expone su sistema políticoteológico. Falleció en París en 1853, mientras ejercía como embajador de España ante la Corte de Napoleón III.
REVISIÓN DE LA LITERATURA
Jovellanos, el reformista
El pensamiento de Gaspar Melchor de Jovellanos ha sido abordado desde múltiples disciplinas, siendo especialmente destacadas las perspectivas económica (Llombart Rosa), pedagógica (Ро; Redondo), histórica (Fernández Alvarez; Caso González; Polt), jurídica (Fernández Sarasola, 151) y artística (Alba Degayón). En el ámbito de la teoría política, el investigador más prolífico sobre su figura es el profesor español Ignacio Fernández Sarasola, cuya labor ha contribuido significativamente a la comprensión del papel de Jovellanos en la génesis del constitucionalismo liberal español.
Fernández Sarasola ha centrado buena parte de su producción en la influencia de Jovellanos en la Constitución de Cádiz de 1812, destacando además su papel como estadista y su aportación a la configuración del poder ejecutivo (Fernández Sarasola). Sin embargo, a pesar de la amplitud de estudios, aún persiste una laguna en torno a una reconstrucción sistemática de la teoría política reformista de Jovellanos en el contexto de lo que algunos denominan la tercera España (Botti, 2020).
Algunos académicos lo describen como un pensador político moderado (Hilt), subrayando su prudencia y rechazo del fanatismo ideológico (Lara Ródenas). Todo ello sugiere que aún queda espacio para una investigación más profunda sobre el diseño político que Jovellanos tenía en mente al plantear sus reformas dentro del marco de la monarquía hispánica (Cerezales, 487). En este sentido, se han realizado estudios que exploran las influencias intelectuales que inspiraron su Informe sobre la Ley Agraria (1795) (Corredera, 2015), texto emblemático de su pensamiento reformista.
La impronta de Jovellanos no se limita al ámbito español, sino que se extiende a todo el mundo hispánico. La influencia de la Constitución de Cádiz de 1812 sobre la Constitución portuguesa de 1822 (González Hernández), así como sobre los textos constitucionales de las nacientes repúblicas iberoamericanas (Sala Sánchez), testimonia la difusión de un pensamiento político compartido. Esta tradición se manifiesta también en el primer constitucionalismo colombiano (Ruiz Simón), así como en el desarrollo del pensamiento económico en Hispanoamérica (Cruz Vergara).
Donoso, el restaurador
Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas, es reconocido como una de las figuras más significativas del pensamiento político conservador hispánico del siglo XIX (Moreiras, 123). Su obra ha sido caracterizada por un tono profético, anticipando fenómenos como la revolución socialista en Europa y, de forma particular, el ascenso del bolchevismo (Herrera). No obstante, diversos autores han señalado que su legado ha caído en el olvido o ha sido injustamente relegado (Moreno Romo; Rodríguez Garza, 7; Schmitt, 80).
Más allá del ámbito hispánico, Donoso Cortés ocupa un lugar relevante en el conservadurismo europeo decimonónico (Schmitt, 100), situándose junto a figuras como Joseph de Maistre y otros pensadores contrarrevolucionarios (Oses Gorraiz, 75). Su trayectoria intelectual y política transitó desde una primera adhesión al pensamiento liberal hacia una afirmación de las ideas contrarrevolucionarias, desembocando en una formulación madura de pensamiento político tradicional (Marín Mena, 7; Rodríguez Garza, 74; Herrera; Spektorowski).
Hoy en día, la obra de Donoso Cortés se vincula estrechamente con la del jurista alemán Carl Schmitt, considerado también teólogo político (Pérez-Crespo, 21; Wilson; Fox; Bueno; Ulmen, 69). Como se desarrollará más adelante, la teoría de la dictadura formulada por Schmitt guarda claras resonancias con las reflexiones de Donoso. Ambos autores han sido clasificados como teóricos del autoritarismo (Pérez-Crespo, 21; Bueno; Mehring), aunque esta relación va más allá del análisis institucional, adentrándose en el campo de la teología política y la noción de intervención divina en el orden político (Steilen, 24; Herrero).
Libertad vs. Autoridad
El estudio comparado de dos pensadores políticos que vivieron en épocas distintas permite comprender con mayor profundidad la persistencia de ciertas preguntas fundamentales en el pensamiento político. El paso del tiempo no clausura necesariamente los grandes debates; por el contrario, en ocasiones los prolonga y transforma. La distancia cronológica entre Gaspar Melchor de Jovellanos y Juan Donoso Cortés hace posible un verdadero diálogo intergeneracional, en el que ambos autores hispanos se enfrentan a un problema común: la crisis de la modernidad.
Tanto Jovellanos como Donoso Cortés comparten la preocupación por responder a los desafíos de su tiempo. Cada uno, desde su contexto histórico y con sus propios recursos intelectuales, propone una solución particular a una crisis que perciben como profunda. Como desarrollaré más adelante, sus divergencias son especialmente notables en relación con la noción de revolución y las vías para enfrentarla.
En esta sección analizaré cómo ambos autores articulan sus ideas en torno a tres conceptos clave que permiten estructurar su pensamiento político: la revolución y las respuestas que proponen ante ella; la libertad como ideal filosófico, político y moral; y la autoridad, entendida como principio de orden y, eventualmente, como legitimación del autoritarismo.
Este análisis permitirá no solo esclarecer las diferencias entre reforma y restauración como alternativas a la revolución, sino también arrojar luz sobre la tensión fundamental entre el pensamiento liberal y tradicional en la historia intelectual hispánica.
REVOLUCIÓN
El amor de Jovellanos por la libertad y la moderación
Gaspar Melchor de Jovellanos observa con simpatía el avance de la libertad en Francia, pues cree firmemente en los ideales de la Tlustración. Sin embargo, expresa una profunda inquietud ante la falta de moderación y las consecuencias prácticas que derivan de la revolución. En su Memoria en defensa de la Junta Central, recoge con aprobación el juicio del conde de Floridablanca, quien advertía:
Los males y horrores de la revolución francesa, los atribuía al choque y desenfreno de las opiniones políticas, que no solo fueron permitidas, sino provocadas por aquel deslumbrado gobierno. Temía, por tanto, que la exaltación misma del espíritu de nuestros pueblos pudiese exponerlos a que fuesen conducidos desde el amor a la libertad al extremo de la licencia. (Parte Segunda, Art. 2, п. 113)
Jovellanos no refuta este diagnóstico, y sus propuestas de reforma constitucional, así como su defensa de la limitación del poder real, revelan su desacuerdo con los métodos revolucionarios y su preferencia por vias de transformación paulatina y ordenada. Plantea, por ejemplo, la necesidad de una reforma política que, "(...) sin destruir su esencia, y conciliable con la prerrogativa real, я se moderase, con los privilegios de la jerarquía constitucional, si se restringiesen, y con los derechos de la nación, si se restituyese a su representación el poder legislativo en toda su plenitud (..." (Parte Segunda, Art. 2, n. 113). Este pasaje constituye un verdadero programa de reforma dentro del orden existente, en contraste con la lógica revolucionaria que conlleva la ruptura con el pasado.
Su llamado a la reflexión, el estudio riguroso y la prudencia en cualquier proceso de cambio político refleja su profundo compromiso con la moderación como virtud política (Jovellanos, Parte Primera, Art. 1, n. 51). El propio autor llega a definir la política como el ejercicio de la prudencia y la moderación (Jovellanos, Parte Primera, Art. 1, n. 70). Estas actitudes contrastan claramente con el espíritu de la revolución, caracterizado por el vértigo, la urgencia y, en muchos casos, la violencia. Así, Jovellanos se manifiesta a favor de la libertad, pero no de la revolución, pues esta última representa una amenaza al equilibrio y a la reflexión racional. Su respuesta a la crisis del Antiguo Régimen es la reforma política, un esfuerzo por articular un diálogo entre la tradición y la innovación, entre lo antiguo y lo nuevo.
La condena de Donoso Cortés a la revolución
Para Donoso Cortés, la revolución es, ante todo, una rebelión espiritual. La entiende como la manifestación del "espíritu de rebeldía" (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 108), una consecuencia directa del orgullo humano, incapaz de someterse a la soberanía divina. En sus palabras: "el hombre, desde que se rebeló contra su Dios, no consiente otra soberanía sino la suya propia" (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 131). La revolución aparece entonces como una expresión de la autosuficiencia del hombre moderno y de su rechazo al orden trascendente. Este rechazo se expresa en afirmaciones como: "que Dios no existe, o que el hombre es Dios; que el mundo ha sido esclavo hasta ahora de vergonzosas supersticiones" (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo,132).
En consecuencia, Donoso sitúa la revolución dentro de una teologia de la historia, donde el progreso no es emancipación sino caída, y el curso histórico revela una decadencia de la verdad. En este sentido, su concepción se alinea con la de Voegelin: ambos interpretan la revolución como una ruptura radical con los fundamentos trascendentes del orden, es decir, como una tentativa de abolición de Dios en la vida política.
Donoso no duda en denunciar los tintes religiosos del muevo credo secular instaurado por la Revolución Francesa. Con crudeza, escribe:
El sanculotismo de la primera revolución de Francia buscaba en la desnudez la humilde desnudez del manso Cordero su antecedente histórico y sus títulos de nobleza; ni faltó quien reconociese al Mesías en Marat, y quien llamara a Robespierre 512 apóstol. (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 279)
Para él, la revolución no solo destruye el orden existente, sino que pretende erigir un nuevo orden teológico, donde el hombre ocupa el lugar de Dios. Esta crítica no solo anticipa ciertos aspectos de la crítica marxista al poder, sino que se presenta también como una advertencia profética sobre las consecuencias del secularismo radical. En su análisis de las causas de las revoluciones, Donoso formula un juicio irónico y provocador
Las revoluciones son enfermedades de los pueblos ricos, las revoluciones son enfermedades de los pueblos libres. El mundo antiguo era un mando en que los esclavos componían la mayor parte del género humano; citadme cuál revolución fue hecha por esos esclavos. (Donoso Cortés, Discursos parlamentarios)
En estas palabras resuena una nostalgia por la libertad de los antiguos, entendida no como emancipación individual, sino como armonía en un orden jerárquico natural, cercano al ideal de libertad cívica descrito por Benjamin Constant.
Las alternativas a la revolución
Tanto Jovellanos como Donoso Cortés comparten una crítica fundamental a la revolución como respuesta legítima a la crisis del orden político. Para ambos, la revolución representa un remedio peor que la enfermedad, una solución precipitada que socava los fundamentos mismos de la comunidad política. Sin embargo, difieren profundamente en su diagnóstico y en las soluciones propuestas.
Jovellanos aborda la revolución desde una perspectiva política e institucional. La considera una forma errónea y peligrosa de resolver una crisis real, pero evitable. Su alternativa es la reforma prudente del régimen existente: preservar las estructuras fundamentales de la monarquía, pero introducir mecanismos de representación y limitación del poder mediante una cámara legislativa. Por el contrario, Donoso interpreta la revolución como una crisis de naturaleza espiritual y metafisica; la ve como la consecuencia de la negación de Dios y del rechazo del orden natural. Su propuesta es una restauración del orden tradicional, sustentado en la autoridad divina y en la obediencia como virtud política.
Así, ambos autores coinciden en su rechazo a la revolución, pero divergen en las causas atribuidas y en los remedios prescritos. Jovellanos opta por reformar el presente sin romper con el pasado; Donoso, por restaurar el pasado como única salvación del presente. En el cruce de estas dos miradas se juega gran parte del debate político del siglo XIX y, quizá, del nuestro.
LIBERTAD
El concepto ilustrado de libertad en Jovellanos
Como se ha mostrado en las secciones anteriores, Gaspar Melchor de Jovellanos redactó la Memoria en Defensa de la Junta Central (1811) en plena guerra contra la ocupación napoleónica. En este contexto, su noción de libertad está íntimamente vinculada con la liberación de la nación hispánica Jovellanos, Introducción, n. 1). En los primeros párrafos de la obra, el autor afirma que su motivación para integrarse a la Junta Central -el órgano de gobierno que asumió la dirección del Imperio tras la abdicación de Fernando VII- no respondía a ambiciones personales, sino al firme deseo de garantizar la «libertad política y civil» (Jovellanos, Introducción, n. 3). Así, la libertad se configura como el eje vertebrador de su pensamiento politico: condición indispensable para la paz, fundamento del orden, y derecho inalienable de los ciudadanos.
Para Jovellanos, una nación oprimida equivale a un pueblo esclavizado Jovellanos, Introducción, n. 1). Más adelante, reafirma esta concepción cívica de la libertad cuando señala: «Deberíamos ser libres, y se nos ha puesto bajo la autoridad y vigilancia de los jefes militares de las provincias en que estamos esparcidos» Jovellanos, Introducción, n. 6). La libertad, según el autor asturiano, no es una concesión del poder sino un derecho natural inherente a la persona Jovellanos, Parte Segunda, Art. 2, n. 89), existente incluso a la irrupción de la crisis política napoleónica Jovellanos, Parte Primera, Art. 1, n. 17). Esta afirmación revela un matizado aprecio por ciertas instituciones del Antiguo Régimen, aunque tal valoración parece radicar más en su lealtad a la Corona que en una defensa del absolutismo Jovellanos, Introducción, n. 1).
En su reflexión sobre el futuro político del país, Jovellanos sostiene que el gobierno debe ser "libremente elegido" por el pueblo Jovellanos, Parte Primera, Art. 2, n. 7), lo cual delata su preferencia por mecanismos democráticos, si bien también expresa simpatía por una cámara aristocrática al estilo británico y no es concluyente con respecto a esta cuestión. Para Jovellanos, la libertad es el objetivo último de la guerra contra Napoleón. Cuando describe el ambiente que se vivía en Madrid tras la retirada de las tropas francesas, habla "del primer alborozo de su libertad" (Jovellanos, Parte Segunda, Art. 2, n. 103), una expresión que revela la centralidad emocional y política que otorga a esta idea.
Su posición frente a la libertad de prensa es igualmente reveladora. Jovellanos la considera una extensión natural de la libertad ciudadana, aunque reconoce que puede requerir restricciones temporales durante una situación bélica (Jovellanos, Parte Segunda, Art. 2, n. 110). Incluso en tales contextos, sin embargo, esta limitación se justifica no como negación del derecho, sino como una medida excepcional en favor de la libertad nacional Jovellanos, Parte Segunda, Art. 2, n. 112). En suma, su concepción de la libertad articula una síntesis entre el pensamiento ilustrado y una tradición política moderada, en la que la libertad del pueblo hispánico frente a la opresión extranjera se convierte en el núcleo de su proyecto reformista.
La idea trascendental de libertad en Donoso Cortés
En la última etapa de su vida, Juan Donoso Cortés adopta una perspectiva abiertamente teológica en su aproximación al pensamiento político (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 9). Su concepción de la libertad se enraiza en una visión profundamente cristiana de la condición humana (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 47). En el Libro II de su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, Donoso afirma:
El libre albedrío del hombre es la obra maestra de la creación y el más portentoso, si fuera lícito hablar así, de los portentos divinos. A él se ordenan todas las cosas invariablemente, de tal manera que la creación seria inexplicable sin el hombre, y el hombre sería inexplicable no siendo libre. (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 155)
Desde esta perspectiva, la libertad es consustancial al ser humano; sin ella, la humanidad misma carecería de sentido. Cortés desarrolla un concepto de libertad positivo y metafísico, al establecer una relación esencial entre entendimiento, voluntad y libertad: "Todo ser dotado de entendimiento y voluntad es libre" (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 157). Sin embargo, su reflexión pronto deriva hacia una visión más trágica y teológica: la libertad no es sólo don, sino también riesgo y misterio. Llega a afirmar que "siendo el hombre libre y debiendo ser perfecto, no puede conservar su libertad sino renunciando a su perfección, ni puede ser perfecto sin renunciar a ser libre" (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 156). Más aún, que la libertad "más bien parece por parte de Dios una abdicación que una gracia" Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 171). En uno de los pasajes más intensos de su obra, sentencia: "éste (el libre albedrío) será siempre uno de nuestros más grande y pavorosos misterios" (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 171).
Esa dimensión terrible se revela en la posibilidad del mal, ya que la criatura humana, al ser libre, puede elegir la desunión por encima de la unión: "consistió sólo en unirse al bien о en apartarse del bien, en afirmarle con su unión o en negarle con su apartamiento" (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 181). En consecuencia, Cortés establece un vínculo inseparable entre libertad y responsabilidad: "negada la libertad, queda negada la responsabilidad del hombre" (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 292). Esta relación entre libertad y responsabilidad también emerge en su Discurso sobre la dictadura, donde afirma: "cuando la represión interior era completa, la libertad era absoluta" (Donoso Cortés, Discursos parlamentarios). Aquí, la autoridad aparece no como negación de la libertad, sino como su condición trascendente, una 1dea que contrasta con los planteamientos liberales.
Jovellanos y Cortés: una contradicción esencial sobre la libertad
Tanto Jovellanos como Donoso Cortés conciben la libertad como un derecho natural mherente al ser humano, y reconocen su valor constitutivo. Para el primero, la libertad es condición indispensable para la vida en comunidad y principio rector del orden político; para el segundo, es el fundamento metafísico que hace inteligible la creación. Sin embargo, sus enfoques divergen radicalmente.
Mientras que Jovellanos defiende una libertad ciudadana que puede ser limitada solo en contextos extremos como la guerra, Donoso vincula la libertad a la responsabilidad moral del individuo, incluso en contextos de dictadura. La afirmación de Cortés según la cual la represión interior puede ser la condición para una libertad auténtica sería dificilmente aceptable para Jovellanos, quien ve en la libertad política el último recurso contra la tiranía, especialmente frente a una ocupación extranjera.
Este contraste entre ambos pensadores se explica no solo por los distintos momentos históricos que vivieron, sino, más profundamente, por sus concepciones sobre la naturaleza humana. En Jovellanos predomina una confianza ilustrada en la capacidad racional del ser humano; en Donoso, una visión teológica en la que la libertad es inseparable del pecado y de la necesidad de redención. Así, la contradicción entre ambos sobre el concepto de libertad refleja también la distancia entre reforma y restauración, entre el pensamiento liberal moderado y el tradicional. Esta diferencia será clave para comprender sus respectivas concepciones de la autoridad, y sugiere las raíces filosóficas del desacuerdo entre las dos principales respuestas a la modemidad en el pensamiento hispánico del siglo XIX
AUTORIDAD
La necesidad de la autoridad en Jovellanos
Jovellanos comprende la necesidad de una autoridad legítima como condición indispensable para la existencia de un régimen político estable. En su Memoria en Defensa de la Junta Central, no solo apela a la autoridad como principio rector de la organización política, sino que explícitamente invoca su apoyo en defensa de su postura (Jovellanos, Introducción, n. 5). Reconoce la idea de una "autoridad soberana" (Jovellanos, Parte Primera, Art. 1, n. 9), encarnada en la figura del rey, junto con las cortes, y le otorga un papel central dentro del marco institucional. Sin embargo, su concepción de la autoridad no es absolutista. Al contrario, Jovellanos distingue cuidadosamente entre una autoridad legitima, que nace de la sociedad y se plasma en las instituciones, y una potestad impuesta, carente de respaldo social y, por tanto, ilegítima.
Esta distinción es clave para entender su pensamiento. Jovino valora profundamente las expresiones de autoridad que emergen de forma espontánea y natural del cuerpo social. Así lo demuestra su admiración por la creación de órganos regionales de autogobiemo tras el vacío de poder provocado por la salida de Fernando VII hacia Bayona, en 1808 (Jovellanos, Parte Primera, Art. 1, n. 21). Para él, esas formas de autogobierno no son actos de rebeldía, sino manifestaciones de una autoridad legítima, arraigada en la voluntad colectiva. Por contraste, la administración francesa representa una potestad impuesta, mera fuerza al servicio de un poder usurpador, incapaz de generar obediencia auténtica (Domingo, 1997).
Este principio la distinción entre autoridad legitima y potestad impuesta se conecta con su aprecio por los modelos británico y estadounidense, donde autoridad y libertad coexisten armónicamente Jovellanos, Parte Segunda, Art. 2, n. 84). Pero esta autoridad natural, aunque clara en teoría, plantea un desafío práctico: ¿cómo puede el pueblo discernir entre la autoridad legítima y la potestad impuesta? Jovellanos parece responder que la autoridad debe ser entendida como un depósito, algo que el pueblo otorga de manera temporal y que debe estar siempre sujeto a revisión (Jovellanos, Parte Segunda, Art. 2, n. 103). De ahí que el rey y las cortes -y no el gobierno como tal- sean la fuente originaria de legitimidad.
El autor asturiano no concibe, por tanto, la autoridad como autojustificativa, sino como un instrumento orientado al bien común. Durante el sitio de la isla de Léon, Cádiz, en plena guerra contra Napoleón, afirma con claridad: «deliberábamos con sosiego sobre los medios para establecer el orden, destruir la anarquía, asegurar el mando supremo y promover la defensa de la patria y la suya (la del pueblo)» (Jovellanos, Parte Segunda, Art. 2, n. 125). Es decir, la autoridad es indispensable para evitar el caos, pero debe estar ordenada a la libertad nacional y sustentada en la voluntad del pueblo.
En definitiva, la concepción jovellanista de la autoridad busca un equilibrio entre orden y libertad. No se trata de priorizar uno sobre otro, sino de integrarlos mediante una autoridad natural, legítima, y nunca impuesta. Su rechazo a la revolución y a la restauración absolutista se traduce, una vez más, en una apuesta por la reforma política: la autoridad no como fin en sí mismo, sino como medio para preservar el orden en libertad.
La autoridad como bien trascendental en Donoso Cortés
La teoría política de Donoso Cortés se mscribe en una cosmovisión profundamente teológica, donde la autoridad ocupa un lugar central como reflejo del orden divino. En su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, afirma sin ambages:
El catolicismo, divinizando la autoridad, santificô la obediencia; y santificando la una y divinizando la otra, condenó el orgullo en sus manifestaciones más tremendas, en el espíritu de dominación y en el espíritu de rebeldía. (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 108)
Donoso parte de la premisa de que la autoridad procede directamente de Dios, y que su aceptación constituye un deber moral ineludible para el ciudadano. El despotismo y la revolución -las dos formas de corrupción del poder político- son fruto de la soberbia humana: en el primer caso, del gobernante; en el segundo, del pueblo.
Para ilustrar su ideal de autoridad, Donoso recurre al modelo familiar, que considera paradigmático por su base natural y su cohesión duradera (Donoso Cortés, El catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 34). Esta autoridad orgánica se ajusta a su principio de que «las leyes se han hecho para las sociedades y no las sociedades para las leyes» (Donoso Cortés, Discursos parlamentarios). En esta afirmación se revela el núcleo de su teoría: una visión providencial de la historia donde el pueblo de Dios es guiado por una autoridad sagrada, reminiscente del pueblo de Israel en la tradición biblica (Donoso Cortés, Discursos parlamentarios).
Desde esta óptica, la autoridad se convierte en una herramienta esencial para cumplir el plan divino en la historia. Por ello, cuando la libertad pone en riesgo el orden querido por Dios, Donoso no duda en proclamar la necesidad de una dictadura: "la dictadura del sable", en la que prevalece la autoridad como dique frente al caos (Donoso Cortés, Discursos parlamentarios). Esta dictadura, que él contrapone a la "dictadura del puñal" propia de las revoluciones, no es una exaltación del poder arbitrario, sino una defensa del orden como principio trascendente. La autoridad, en última instancia, es la intérprete visible de la Providencia.
En consecuencia, para Donoso Cortés, la libertad no es eliminada, sino subordinada al orden divino. La autoridad no se justifica en sí misma, sino como expresión de un mandato superior que guía el devenir histórico. Esta concepción teológico-política le ha valido el título de teórico de la dictadura, en tanto que formula una doctrina en la que la excepcionalidad del poder se justifica por razones escatológicas.
La autoridad como medio o como fuente
Las ideas de Jovellanos y Donoso Cortés sobre la autoridad presentan diferencias esenciales. Para Jovellanos, la autoridad es un medio necesario para preservar la libertad nacional. Su experiencia de la invasión napoleónica lo hizo profundamente escéptico ante cualquier forma de autoridad impuesta: identificó en Napoleón el ejemplo de una potestad sin antoridad, de un poder sin legitimidad. Por eso defendió una autoridad que emana del pueblo, una autoridad natural que se legitima por su origen social y su ejercicio limitado.
Donoso Cortés, en cambio, concibe la autoridad como una frente. Para él, el poder político no se legitima en la sociedad civil, sino en el orden divino. La autoridad es la intérprete de la voluntad de Dios, y su obediencia es necesaria no por razones pragmáticas, sino por motivos trascendentales. En este marco, Cortés acepta incluso la dictadura, siempre que esta sirva para preservar el orden providencial. Su visión recuerda a la de Joseph de Maistre y a una lectura escatológica de la historia política.
Esta divergencia refleja no solo una diferencia de época, sino también de antropología. Jovellanos, más cercano a una visión ilustrada y liberal, deposita su confianza en la razón, la moderación y el equilibrio entre tradición y progreso. Donoso, por el contrario, parte de una visión pesimista de la condición humana, necesitada de redención, donde el orden sólo puede mantenerse mediante la autoridad sagrada. En este contraste se expresa la tensión clásica entre antoridad y libertad, pero también la oposición entre reforma y restauración, entre las ideas liberales y las contrarrevolucionarias.
Por ello, si bien ambos pensadores comparten una crítica a la revolución como solución política, sus diagnósticos y respuestas son distintos. Jovellanos no podría aceptar una dictadura del sable, pues ello supondría traicionar la libertad nacional que tanto valoraba. Donoso, por su parte, no duda en sacrificar la libertad cuando el orden divino lo exige. Esta diferencia los sitúa en tradiciones intelectuales distintas: Jovellanos, cercano a Tocqueville; Donoso, heredero de De Maistre. Comprender esta tensión es esencial para interpretar la evolución del pensamiento político hispánico en el tránsito del siglo XVIII al XIX.
Reforma o restauración, pero no revolución
La revolución suele concebirse como la única respuesta posible ante un régimen en crisis. Cada vez que el sistema político muestra fisuras, la revolución aparece como la solución natural y defimtiva. Sin embargo, como he tratado de mostrar en este trabajo, existen alternativas políticas profundamente arraigadas en la tradición hispánica que ofrecen respuestas distintas y, en muchos casos, más reflexivas. Si bien autores y corrientes pueden definir de manera diversa los conceptos de reforma y restanración, aquí he propuesto una aproximación comparativa a estas ideas, tomando como punto de partida las obras de Gaspar Melchor de Jovellanos y Juan Donoso Cortés.
Tal como señalé en la introducción, este ensayo no busca ofrecer un inventario exhaustivo de los conceptos políticos implicados, sino abrir un diálogo en torno a tres grandes ejes -revolución, libertad y antoridad- y, a partir de ellos, comparar las respuestas ofrecidas por Jovellanos y Cortés. Ambos pensadores contribuyen de manera decisiva a nuestra comprensión del fenómeno revolucionario, pero más relevante aún es que formulan alternativas que iluminan nuestro propio momento histórico, marcado por una profunda crisis del pensamiento liberal. El estudio de sus ideas revela que el paisaje polarizado de la política contemporánea no es nuevo: ya en el tránsito del siglo XVIII al XIX, pensadores hispánicos reflexionaron sobre cómo superar las heridas abiertas por la modernidad.
A lo largo de este análisis, se ha evidenciado que, aunque Jovellanos y Donoso Cortés comparten una crítica a la revolución, difieren radicalmente en su diagnóstico y en la solución que proponen. Para Donoso, la revolución es una ruptura teológica: una rebelión del hombre contra Dios. Para Jovellanos, en cambio, es una desviación política que puede y debe corregirse mediante el estudio y la prudencia. En cuanto a la libertad, el primero la considera una gracia divina, con implicaciones morales y trágicas; el segundo, un derecho natural y ciudadano, esencial para la dignidad de la nación. Respecto a la autoridad, Jovellanos la concibe como un instrumento al servicio del bien común, siempre y cuando emane de la sociedad y no sea impuesta por la fuerza. Cortés, por su parte, la entiende como un principio divino, fundamento absoluto del orden político, incluso cuando se manifiesta en formas excepcionales como la dictadura.
Estas divergencias no los sitúan, como han sostenido Peñalver Simó o Rodríguez Casado, dentro de una misma genealogía ideológica, sino que, como sostienen Artola o Fernández Sarasola, los ubican en familias políticas diferentes. Jovellanos es, en este sentido, un pensador reformista, mientras que Donoso Cortés representa la corriente tradicionalista.
La reforma política de Jovellanos
La respuesta de Jovellanos a la revolución no es la ruptura con el orden anterior, sino su corrección racional: una reforma politica. Así lo expresa cuando aboga por una constitución que "(...) sin destruir su esencia, y conciliable con la prerrogativa real, si se moderase, con los privilegios de la jerarquía constitucional, si se restringiesen, y con los derechos de la nación, si se restituyese a su representación el poder legislativo en toda su plenitud (...)" (Jovellanos, Parte Segunda, Art. 2, n. 113). Para él, la reforma es compatible con la continuidad de la tradición, pero también exige innovación: el bicameralismo, el control legislativo del rey, la elección de representantes o la libertad de prensa.
Jovellanos recibió las ideas de la Ilustración dentro del marco de la tradición hispánica. Su catolicismo no obstaculiza su voluntad reformista; al contrario, es su fe lo que lo impulsa a distinguir entre clericalismo y religión. Esta flexibilidad es característica de su pensamiento político y permite concebirlo como un modelo alternativo a la revolución o a la restauración. En tiempos en que muchos regímenes liberales atraviesan crisis estructurales, su enfoque resulta particularmente sugerente: una vía media que no reniega del pasado ni idealiza el futuro, sino que busca reformar el presente con prudencia.
En este sentido, Jovellanos representa una tercera vía entre revolución y restauración que hoy podría ser de enorme utilidad. Su noción de reforma política ofrece una clave para repensar el pensamiento liberal sin caer en sus extremos ni rechazar sus logros.
La restauración de Donoso Cortés
Donoso Cortés, por su parte, responde a la revolución con una restauración del orden tradicional. Su énfasis en la autoridad, que lo convierte en uno de los primeros teóricos modernos de la dictadura, debe situarse en su contexto histórico. Algunos han intentado vincular su pensamiento con Carl Schmitt o con el fascismo, pero ello ignora el hecho de que Donoso falleció en 1853, mucho antes del ascenso de esos movimientos. Más aún, la dictadura que Donoso defiende es una excepción dentro del orden, una respuesta transitoria ante una crisis de autoridad, no una forma permanente de gobierno.
Lo que Donoso Cortés propone no es una dictadura contra el orden, sino en defensa del orden. Frente a la anarquía revolucionaria -la "dictadura del puñal, propone una "dictadura del sable", expresión de un poder legítimo y necesario. Esta visión se articula con su ideal de una sociedad jerárquica, fundada en la familia, la propiedad y la religión. En ese sentido, más que un autor simplemente autoritario, Donoso debe entenderse como un pensador posliberal avant la lettre: su pensamiento redefine el mapa político más allá de la categoría de individuo, y se orienta hacia una comunidad espiritual, moral y orgánica.
Donoso Cortés encarna, pues, la restauración, entendida como un retorno a los fundamentos trascendentes de la vida social. Frente al pensamiento liberal moderno, que exalta la autonomía individual, él propone una obediencia consciente a un orden superior, sostenido por la Providencia. Su rechazo de la revolución no es pragmático, sino metafísico.
Pero no revolución
La revolución no es la única ni la mejor respuesta a las preguntas planteadas por la modernidad. Tampoco lo es su rechazo ciego. Como muestran las trayectorias de Jovellanos y Donoso Cortés, existen respuestas alternativas -la reforma y la restauración- que, sin renunciar al sentido de la historia ni a la dignidad del ser humano, buscan sanar las heridas abiertas por el conflicto entre tradición y modernidad.
En un tiempo como el nuestro, marcado por la fatiga del pensamiento liberal y el retorno de viejos conceptos bajo nuevos disfraces, recuperar el pensamiento político hispánico de autores como Jovellanos y Donoso Cortés puede ofrecer claves insospechadas para comprender -y tal vez transformar- el presente. Ambos, desde perspectivas diferentes, nos enseñan que no todo cambio exige destrucción, y que ni la nostalgia ni la utopía deben sustituir al juicio prudente.
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