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La presente tesis doctoral sitúa sus planteamientos a la luz de una práctica literaria en cierto modo característica de la modernidad: aquella que tiende a convertir el lenguaje poético en heredero de los antiguos lenguajes sagrados. En este sentido, su marco cronológico le lleva a acotar una definición del género poético a la luz del paradigma que ha marcado, y sigue marcando decisivamente nuestra comprensión del fenómeno poético, a saber la llamada “revolución romántica”1 . A raíz de dicha “revolución romántica”, cuyos límites habrán de verse establecidos y justificados en virtud del propio desarrollo de los análisis, esta investidura del ámbito de lo sagrado produce en varias prácticas poéticas un significativo acercamiento a la tradición de la experiencia mística. La proximidad entre escritura poética y experiencia mística enmarca y sitúa una línea o corriente lírica2 que ha constituido el corpus o punto de partida de mi estudio.
Semejante proximidad no está, por supuesto, exenta de problemas. La propia definición del término comienza por distinguir una tradición ascética de una tradición propiamente mística; aquellos textos que preparan o allanan el camino para un encuentro con la divinidad se diferencian de aquellos otros que atestiguan y transmiten la realización efectiva de tal encuentro, calificado de unio mystica por los primeros teólogos de la cristiandad3 . Cabría distinguir igualmente, frente a los textos donde se relata o evoca semejante unio, otro corpus cuya finalidad es principalmente laudatoria, basado en el canto o alabanza a la divinidad y a su creación. Entre la ascesis y la celebración, la literatura mística trata de “la unión –cualquiera que sea la forma en que se viva- del fondo del sujeto con el todo, el universo, el absoluto, lo divino, Dios o el espíritu” 4 . En otras palabras, lo que caracteriza el fenómeno místico es la presencia de esa unión del sujeto con un principio que le trasciende, y a través del cual alcanza por vía sensitiva una radical plenitud de sentido.
Si la presencia de este elemento acota con relativa facilidad el sentido de lo místico, las formas que adopta esta experiencia, los lenguajes en los que se expresa y los ámbitos en los que se estudia y desarrolla, convierten el fenómeno en un campo de estudio inabarcable que implicaría difuminar el paralelismo inicial, incluso delimitado cronológica y culturalmente, para adentrarse en una relectura interminable sostenida por la mera constatación de su vigencia en las claves de la lírica contemporánea. Por ello, la necesidad de hacer funcionar esta proximidad de forma coherente y eficaz exigía acotar una serie de principios que le otorgaran relevancia y funcionalidad.
El primer principio partía de una obviedad: no todas las experiencias místicas producen escritura. O más exactamente: si el principio de la unio mystica se fundamenta en la autoridad intransferible de un conocimiento vivido de la divinidad, la decisión de transcribir esta experiencia aboca al texto a una insuficiencia de partida. No hay palabras para significar lo indecible de semejante unión, lo que sitúa el texto a caballo entre el silencio y el enunciado, definiendo así los peculiares rasgos estilísticos que caracterizan esta tradición literaria. En este sentido, semejante insuficiencia explicaría el recurso al género poético como la forma literaria susceptible de paliar las carencias del lenguaje ordinario, para ser capaz de transmitir un sentido o imagen lo más fiel posible de un encuentro que, por definición, excede las posibilidades del lenguaje. Pero entonces, esta cuestión, que de algún modo nos llevaría caracterizar las propiedades de lo poético en función de su capacidad para dar fe de lo inexpresable, debía reconducirse en el marco de la reactualización de lo místico que opera la poesía contemporánea.
Por una parte, aun siendo susceptible de transmitir fielmente la experiencia, el poema místico transcribe una vivencia que en ningún momento se realiza o lleva a cabo entre sus líneas. La experiencia permanece como un punto de fuga al que nos remite la oscuridad cifrada del poema: ni la contiene, ni la sustituye. No obstante, si este divorcio entre escritura y experiencia parece señalar una obviedad, a saber las propiedades del signo que produce la presencia de una cosa a la que remite in absentia, la naturaleza intransferible de la experiencia mística sigue manteniéndose en la autoridad de una creencia y de una soberanía frente a la que el texto actúa en cuanto epifenómeno, revelador de una serie de misterios que lo exceden. Así, la poesía mística se sostiene en función de una coherencia de sentido que ella misma reconoce, mas que no llega a producir. Tales son los parámetros que sufren una modificación decisiva en el proceso de reactualización de lo místico.