Headnote
Cada palabra de los textos de Cecilia G. de Guilarte sobre el exilio funge como un anzuelo lanzado hacia la España que le fue arrebatada. Al estallar la Guerra Civil, fue la primera y única mujer corresponsal en el frente norte republicano. Tras la victoria franquista, se exilia con su familia y, luego de un breve período en Francia, se instalará en México (1940-1966), lugar que servirá de escenario a su novela La soledad y sus ríos (1975). A partir de las propuestas teóricas de Ahmed (2015) y Mora (2016), se propone analizar la interacción entre emociones y empatía en el contexto del exilio de la protagonista, Karle. Argumentamos que la novela muestra cómo la relación entre emociones y lenguaje contribuye a la reconstrucción identitaria del exiliado y facilita la creación de nuevas redes sociales basadas en vínculos contingentes derivados de la socialidad del dolor y la empatía. Este análisis se complementa con las estrategias de empatía narrativa de Keen (2006), adaptadas a la forma en que los personajes reaccionan ante las injusticias hacia los indígenas.
PALABRAS CLAVE: Cecilia G. de Guilarte, emoción, empatía, exilio.
Cada paraula dels textos de Cecília G. de Guilarte sobre l'exili esdevé una mena d'ham llançat cap a l'Espanya que li fou arrabassada. En esclatar la Guerra Civil, va ser la primera i única dona corresponsal al Front Nord republicà. Després de la victòria franquista, s'exilia amb la família i, després d'un breu període a França, s'instal la a Mèxic (1940-1966), lloc que servirà d'escenari a la novel la La soledad y sus ríos (1975). A partir de les propostes teòriques d'Ahmed (2015) i de Mora (2016), es proposa analitzar la interacció entre emocions i empatia en el context de l'exili de la protagonista, Karle. Argumentem que la novel la mostra com la relació entre emocions i llenguatge contribueix a la reconstrucció identitària de l'exiliat i facilita la creació de noves xarxes socials basades en vincles contingents derivats de la socialitat del dolor i l'empatia. Aquesta anàlisi es complementa amb les estratègies d'empatia narrativa de Keen (2006), adaptades a la manera com els personatges reaccionen davant les injustícies vers els indígenes.
PARAULES CLAU: Cecilia G. De Guilarte, emoció, empatia, exili.
Every word in Cecilia G. de Guilarte's writing about exile acts as a hook thrown to the Spain that was taken from her. When the Spanish Civil War broke out, she became the first and only female correspondent on the Republican North Front. Franco's regime victory forced her and her family into exile. After a short stay in France, she ended up settling in Mexico (1940-1966), a country that would serve as the setting for her novel, La soledad y sus ríos (1975). Based on the theoretical proposals of Ahmed (2015) and Mora (2016), this study aims to analyze the interaction between emotions and empathy in the context of the exile of the main character, Karle. We argue that the novel demonstrates how the relationship between emotions and language contributes to the exiled individual's identity reconstruction and facilitates the creation of new social networks based on contingent bonds rooted in the sociality of pain and empathy. This analysis is complemented by Keen's (2006) strategies of narrative empathy, adapted to the way the characters react to the injustices faced by Indigenous people.
KEYWORDS: Cecilia G. de Guilarte, emotions, empathy, exile.
En torno a Cecilia G. de Guilarte
En tanto que periodista, profesora, dramaturga, novelista, ensayista y editora, las palabras fueron un elemento vital para Cecilia García de Guilarte (Tolosa, 1915-Tolosa, 1989). Su llegada a México en 1940, tras la negativa de entrada a República Dominicana y su integración al ámbito cultural (colaboraciones en periódicos y revistas y miembro fundador del Ateneo Español), configuró una mirada crítica hacia el desarraigo, tema medular de sus escritos. Tras una década en Ciudad de México, la familia se traslada a Zitácuaro, Michoacán, por petición expresa del presidente Lázaro Cárdenas, quien ofrece a su esposo, Amós Ruiz, perito agrónomo, ocuparse de una plantación experimental. De acuerdo con el testimonio de su hija, Ana María Izaskun Ruiz, "para mi madre, quizás sin darse cuenta, empezaba un nuevo exilio. Se alejaba de su ambiente, abandonaba sus amistades y su trabajo. Dejó en D. F. reconocimientos y muchas posibilidades" (Ruiz en Jato, 2012: 20). Michoacán dejará una profunda huella en Guilarte, a tal punto que será el escenario de la obra de teatro El camino y la cruz y la novela La soledad y sus ríos (1975).
Tras su regreso a España en 1963,1 comienza a colaborar con La Voz de España de San Sebastián, donde aparecen sus artículos para las series "Los años de las verdes manzanas" y "Un barco cargado de...".2 En 1969, Guilarte gana el Premio Águilas de novela de Murcia (De Cuadra, 1989: 590) con Cualquiera que os dé muerte.3 Tanto lo narrado en la novela, así como su calidad de republicana, serán motivo de fuertes críticas, por lo que a partir de ese momento "las autoridades franquistas buscarán en adelante controlar el premio incorporando miembros en el jurado. No volverá de esta manera a obtener ninguna obra de carácter social el premio" ("El Premio...").4 Con Cualquiera que os dé muerte (1969), Guilarte inicia su trilogía del exilio; la segunda novela sería La soledad y sus ríos (1975) y la tercera, Los nudos del quipu, de publicación póstuma en 2015.
Aunque a finales del siglo veinte surgen algunos estudios sobre Guilarte, no sería sino hasta entrado el veintiuno cuando se refuerza el creciente y justificado interés por salvaguardar del silencio y del olvido la obra de la tolosana,5 como lo ilustran los únicos monográficos en torno a su obra:6 Cecilia G. Guilarte. Reportera de la CNT de Guillermo Tabernilla y Julen Lezamiz (2007), en donde se recaban algunas de sus crónicas de guerra publicadas en CNT Norte, Frente Popular y El Liberal;7 Escritos de Cecilia G. de Guilarte. Segunda República y Guerra Civil, de Julen Lezamiz y Ana Urrutia (2015), que ofrece una visión panorámica sobre la obra de la tolosana e incluye una selección de crónicas y reportajes; y Cecilia G. de Guilarte: Un discurso valiente en el exilio español de 1939 en México (2018), de Blanca Gimeno, principalmente orientado al estudio de su narrativa.8
Entre las temáticas de su obra narrativa y dramática sobresalen: la fortaleza y coraje característicos en sus personajes femeninos (Palomino, 1975; Jato, 2012, Aznar Soler, 2016); el contenido autobiográfico, memorialístico y testimonial (Domínguez Prats, 2002 y 2018; Jato, 2012; Gimeno, 2018); y el personaje de la mujer escritora (Jato, 2012, Aznar Soler, 2016; Gimeno, 2018). Muestra del interés de esta última temática son sus personajes femeninos que manifiestan una vocación de escritoras (consagradas y en ciernes), periodistas o antropólogas: Elena en ¿Locos o vencidos? (1934); Anne Sorelle en Nació en España (1944); Edelmira Romano, Victoria del Campo y Esperanza en Contra el dragón (1952); Francisca Amaya en Cualquiera que os dé muerte (1969); Karle Uribe y Sabina en La soledad y sus ríos (1975); Ana María Izaguirre y Miss Achesson en Los nudos del quipu (2015). A estas figuras añadiremos sus ensayos biográficos sobre la poetisa Sor Juana Inés de la Cruz (México, 1648-1695) Sor Juana Inés de la Cruz. Claro en la selva (1954) y Juana de Asbaje, la monja almirante (1970).9
Si bien Guilarte "alertó sobre las trampas del amor que debían evitar las mujeres con vocación de escritoras, es decir, el matrimonio y la maternidad" (Aznar Soler, 2016: 99), es relevante mencionar que, en su narrativa, los personajes arriba mencionados se verán confrontados continuamente ante la duda de considerarse o no a sí mismas como escritoras o bien ante la frustración por no poder serlo; la constante presencia de estas dos temáticas nos permite avanzar que también constituyen uno de los leitmotiv que impregna sus textos. A fin de aportar otra aproximación a su obra, proponemos aquí analizar la emocionalidad y la empatía que se desprende de la impronta narrativa de la tolosana.
Emociones y empatía como clave de lectura
En las últimas cinco décadas, los estudios enfocados al análisis de las emociones y los afectos han experimentado un auge significativo a partir de distintas disciplinas como la psicología, la sociología, la antropología, la neurociencia, la historia y, más recientemente, desde la literatura. Tomando como base las reflexiones iniciales de Norbert Elias (1939) y Lucien Febvre (1941) sobre las emociones como fenómenos históricos y sociales, los historiadores Peter y Carol Stearns acuñaron el término "emotionology" ('emocionología'), que refería al estudio de las normas sociales que regulan emociones, distinguiéndolas de la experiencia individual (1985: 813). Este concepto multidisciplinar englobaba diversas teorías provenientes de la antropología, la sociología o la psicología y puso en evidencia que uno de los mayores obstáculos se encuentra en lo escurridizo del término y en la ausencia de una definición de lo que se entiende por emoción. Tal y como muestra el estudio de Kleinginna y Kleinginna (1981), quienes, a fin de proponer tanto un listado de emociones como una definición consensuada, analizaron más de noventa definiciones, en donde la principal problemática es la discrepancia entre ellas (Chaplin y Krawiec, 1979: 422 en Kleinginna y Kleinginna, 1981: 346). A lo anterior hay que agregar que existen una serie de variables (culturales, sociales, cognitivas, de género, psicológicas, entre otras) que no permiten aprehender este término ni proporcionar una única definición. Por ello, todavía hoy en día los estudios sobre la historia de las emociones subrayan que, tanto la definición del objeto de estudio como la forma en "que las distintas corrientes interpretan las emociones, los afectos o las pasiones del pasado" (Moscoso, 2015: 16) constituyen uno de los principales problemas. No obstante lo escurridizo del término y la heterogeneidad de las disciplinas que lo abordan, uno de los primeros trabajos que vinculan la historia de las emociones con el exilio español es el de Carolina Rodríguez-López y Daniel Ventura Herranz, quienes remarcan que esta perspectiva "dotó a los historiadores por venir de un campo teó- rico sólido" (2014: 114). Su análisis de las epístolas de Pedro Salinas, Américo Castro y Fernando de los Ríos subraya la "comunidad emocional/profesional" que se fue construyendo en el exilio.
A fin de analizar las dinámicas afectivas y empáticas en la novela de Guilarte, donde el exilio se configura como el espacio donde los afectos y la empatía entrelazan destinos individuales y colectivos, se han elegido las propuestas de Sara Ahmed y Suzanne Keen, que ofrecen un marco teórico para el estudio de las emociones en la narrativa.
En La política cultural de las emociones, Ahmed concibe el afecto como una fuerza relacional que media entre cuerpos y objetos, moldeando tanto la percepción del mundo como la subjetividad. Y es que, más allá de ser meros estados internos, los afectos pueden materializarse: "las emociones son sobre los objetos [...] y se ven moldeadas por el contacto con ellos" (Ahmed, 2015: 28), y al adherirse a cuerpos, espacios y objetos, se producen tanto sentimientos compartidos como relaciones de "acercamiento o alejamiento" (30). Por ejemplo, en la narrativa en torno al exilio, el afecto puede manifestarse en los personajes a través de objetos y lugares cargados de emociones, o bien por medio de las respuestas emocionales surgidas por el desarraigo, tales como la nostalgia o la resistencia. Extensiones metafóricas de una identidad fracturada por el desplazamiento que evidencia la discontinuidad emocional del exilio.
Este enfoque se complementa con la noción de empatía, definida por Suzanne Keen como un sentimiento compartido, ya sea espontáneo o vicario, que puede activarse al presenciar, escuchar o incluso leer sobre el estado emocional del otro (2006: 208), y que opera como un mecanismo narrativo y social que trasciende la experiencia individual. Integrar ambos conceptos permitirá demostrar cómo se trasciende la representación literal del exilio para construir una red de resonancias emocionales. Y además de documentar la reconstrucción identitaria de los personajes en contextos de ruptura, propone también una ética de la empatía.
Emociones y empatía en la construcción de la identidad del yo y el otro
La segunda novela de la trilogía del exilio, La soledad y sus ríos, cuyo título original era El indio mi compadre, será publicada por EMESA (Editorial Magisterio Español) en 1975. En la presentación del libro, Ángel Palomino destaca la importancia de Guilarte en tanto que corresponsal de guerra: "Si las guerras no se le hubiesen torcido, Cecilia G. de Guilarte pudo ser una Oriana Fallaci española. Más exactamente, hoy se diría que Oriana Fallaci es la Cecilia G. de Guilarte italiana" (Palomino en Guilarte, 1975: 11).
La novela sigue a Karle Uribe y su familia, republicanos vascos exiliados, que se ven obligados a mentir para abordar el barco hacia la "libertad". Su esposo, el abogado Félix Téllez, se inscribe en los listados como técnico agrí- cola, profesión que le garantiza obtener el puesto de administrador en la hacienda La Soledad de Don Roberto Almada en Michoacán, México. Ahí, Karle comprenderá que las diferencias entre los exiliados y los indígenas son menores y que, al ser ambos víctimas de injusticias, explotación y humillaciones, el vínculo que los une es más fuerte que lo que los separa.
Desde el título, La soledad y sus ríos, se juega con la polisemia de un sustantivo que funge como nombre propio -el rancho La Soledad- y como nombre común de un sentimiento fuertemente evocador: soledad. Mora se- ñala que destacar las características propias de un objeto influye directamente en los efectos producidos por la trama (2016: 289). Nos referimos aquí al complemento del título "...y sus ríos", elemento que, en el fluir del agua, lleva implícita la idea de movimiento constante que favorece también posibles ramificaciones de una soledad que no solo es individual, sino colectiva, como veremos más adelante al referirnos a las variaciones de la carga emocional que se expresa a través de los ríos.
Desde el inicio, se hace patente la desazón de Karle, quien percibe su casa "como una caja de música a la que se le hubiera roto el mecanismo" (Guilarte, 1975: 19). Según indica Mora, al proyectar un objeto sobre otro, se arrogan características que a primera vista no están presentes en ellos (2016: 289). Así, al asociar a la casa con una caja de música que ha perdido su cadencia, se enfatiza la sensación de soledad y desaliento de la protagonista que la acompañará a lo largo del relato: "Karle sentía cómo la casa y ella se disolvían en el centro de un remolino silencioso y se perdían en la nada" (Guilarte, 1975: 19). Lo caótico del estado anímico de Karle se magnifica al reemplazar las palabras que expresan la emoción por otras palabras o por una imagen (Ahmed, 2015: 40) que, en este caso, expresa la implosión moral experimentada por la protagonista: "No le importaba en verdad la aspereza de sus manos, no le importaría nada si no fuera porque una retorcida asociación de ideas la llevaba a sentir innumerables asperezas menos concretas y una profunda lástima de sí misma" (Guilarte, 1975: 20). El estado de angustia de Karle le hace encontrar paralelos que reproducen esta sensación en todo lo que le rodea. Dado que la experiencia del dolor nos vincula con el mundo que habitamos, la experiencia del dolor aquí referida permite que el lector experimente un sentimiento solidario de cosufrimiento (Spelman en Ahmed, 2015: 49) en donde se siente y se sufre con el otro. Y comprendemos que, para paliar el dolor, Karle recurre a la búsqueda de paisajes que le traigan de vuelta -aunque solo sea metafóricamente- aquellos que tanto añora del País Vasco:
Pronto se cumpliría un año de su llegada a la Soledad. Llegaron en plena época de lluvias. Ya acostada, con los brazos bajo la cabeza y los ojos abiertos en la oscuridad, Karle recordaba la llegada al rancho. Fue una mañana de agosto, aún húmeda y limpia, verde y brillante bajo el sol. [...] Desde la entrada, desde aquella especie de plazoleta toscamente empedrada y tan familiar ahora, el paisaje se enderezaba perezosamente, cargado de árboles frutales, hacia la sierra próxima. Y marcando el límite por los flancos, dos ríos humildes y sin nombre, turbios por la crecida, bajaban a unirse justamente allí, como brazos líquidos que estrechaban la casa verde y blanca, engalanada por el reptante estallido purpúreo de una buganvilia en flor.
-¡Bi ibai artean, entre dos ríos! -había exclamado ella entonces, jubilosamente sorprendida por el parecido de aquel paisaje michoacano con los de su tierra vasca. Y su hambriento corazón tomó posesión del lugar, como quien planta la lanza de la voluntad solemne y hondamente. Nada importaba que la propiedad tuviera ya el nombre de La Soledad; para ella sería siempre bi ibai artean, entre dos ríos la casa, como su propia vida estaba entre dos corrientes que alternativamente se fundían y se rechazaban, guerra civil de dos tiempos en la que los muertos ganaban más batallas que los vivos, porque ella se negaba a enterrarlos. (Guilarte, 1975: 22)
A Karle no le basta con identificar las semejanzas entre el País Vasco y la nueva tierra de acogida que representa México. Para que algo exista, es necesario nombrarlo, y para poder expresar el sentimiento que nos produce, nada mejor que hacerlo en el idioma en que se ha aprendido a enunciar no solo lo que duele, sino cómo duele. La enunciación en euskera "Bi ibai artean" se impone como la constatación explícita del nexo entre esos dos "brazos líquidos" que simbólicamente representan ese vivir escindido tan propio del exiliado.
Con la llegada de María, la indígena contratada para hacer el aseo, Karle encuentra una paz olvidada: "María estaba allí, y era tan real su presencia que todo lo demás parecía un sueño. Incluso ella misma podía no ser otra cosa que un sueño soñado por un desconocido" (Guilarte, 1975: 52). Aunque persiste su deseo de "borrarse", ahora se asocia con serenidad, reflejada en una serie de descripciones que solo enfatizan las cualidades positivas en los objetos: "El eco remoto de una alabanza angélica trepaba por las laderas y se esponjaba bajo el limpio azul del cielo. Tanta belleza y tanta paz la herían dulcemente, como si le estuvieran naciendo rosas en las manos y en el costado" (Guilarte, 1975: 53). El hecho de atribuir a un objeto la calidad de benéfico o dañino "implica claramente que leemos de una cierta manera el contacto que tenemos con los objetos" (Ahmed, 2015: 27). La recuperación de la paz interior se refleja en la relación que establece con lo que le rodea, otorgándole inclusive un valor simbólico e incluso mitificado (Mora, 2016: 289), como ejemplifica la atenuación "la herían dulcemente". La imagen de los ríos que fluyen sugiere a Karle considerar que "Ahora que tenía tiempo, podía poner su vida sobre la mesa y estudiarla como se estudia un mapa. Podría seguir con el dedo el curso de los ríos, aun el de aquellos cuyas aguas ya habían pasado..." (Guilarte, 1975: 52). La analogía entre un objeto concreto -el mapa- y la experiencia abstracta -su vida- otorga un valor que representa o simboliza un proceso interior (Mora, 2016: 289), tal y como muestra la reflexión sobre el paso del tiempo en "el curso de los ríos, aun el de aquellos cuyas aguas ya habían pasado", que trae a colación otros tiempos remotos que permanecen en el recuerdo y que transportan a Karle a la España que, por más que se la arrebaten la distancia y el exilio, lleva muy dentro.
Al dejar las labores domésticas a María, Karle se involucra en la administración del rancho. Su genuino interés por los indígenas de la comunidad la mueve a protegerlos, aún cuando esto implique en ocasiones enfrentarse con su marido, quien, a pesar de no estar de acuerdo con los abusos de Don Roberto o de sus subalternos, ha comprendido que la insubordinación solo les acarreará problemas. Domínguez Prats señala que "las experiencias en el México 'profundo' marcaron mucho a Cecilia e inspiraron varias de las novelas de ambiente mexicano" (en Aznar Soler, 2016: 11). No es de extrañar que el personaje de Karle comparta la misma sensibilidad ante las injusticias de las que es testigo. Como se ha mencionado, Karle ve más similitudes que diferencias entre ellos; el "sentimiento solidario" (Solomon en Ahmed, 2015: 63) que se deriva de la empatía de Karle acentúa la "la socialidad del dolor [y] el vínculo contingente de ser con otros" (Ahmed, 2015: 63-64). Dicho vínculo será patente cuando ambos (Karle y los indígenas) se asocien a la imagen del río. Es decir, si inicialmente la imagen del río había sido equiparada a ese "vivir entre" en que se ha convertido su propia vida o bien al curso de los ríos, incluso aquellos "cuyas aguas ya habían pasado", para Karle, en la esencia del río también se reencuentra a los indígenas de La Soledad: "La voz del río era su voz. Voz de indio, río pequeño, oscuro y sin nombre. Arroyo por la mañana, por la tarde torrente" (Guilarte, 1975: 58).
De acuerdo con Ahmed, "una ética de respuesta al dolor involucra estar abierta a verse afectada por aquello que una no puede conocer o sentir" (2015: 63). En Karle, esta es manifiesta, ya que, pese a no compartir las condiciones infrahumanas en que viven los indígenas, su preocupación la orillará a poner en riesgo su vida y la de su familia. En la actitud de Karle se vislumbra el "humanismo cristiano y socialista" de Guilarte destacado por Aznar Soler y Ascunce (Jato, 2012: 25). Y en sus acciones, Karle demuestra que es capaz de transformar el dolor del otro en su tristeza (Ahmed, 2015: 64). Como cuando se da cuenta de que los indígenas están robando la madera de La Soledad para venderla a un mejor precio y obtener algo más del magro beneficio que reciben por parte de Don Roberto.
[...] tenía miedo de que Félix oyera al indio, aunque sabía que no haría nada. Para él todo era fácil: no hacer nada era justamente hacer algo. Y ese algo significaba mucho más que una expresión de buenos deseos gritada a la noche a un indio asustado. Estar dormido o parecerlo bastaba para decidir la suerte del hombre en el camino... Ambos, el indio y Félix, debían saberlo; y eso hacía injustificado y tonto su miedo, sus buenos deseos reprimidos. Pero tal vez había sido así desde que ella era capaz de recordarlo, desde que había tropezado con la injusticia, con la tristeza y el dolor ajenos... (Guilarte, 1975: 23- 24)
Aunque Karle es consciente de que la principal ocupación de Félix, su marido, es impedir que estos robos ocurran, permanece callada, en cómplice actitud, porque sabe que, de denunciarlos, el castigo puede fluctuar desde la cárcel hasta la muerte. Y así, en el silencio de la noche, atisba los ruidos esperando que el indio termine su hurto y que la calma se imponga nuevamente antes de que amanezca y la salida del sol los delate; porque esta es la única forma de ayudarlos, porque, aunque quisiera decirles que los comprende y desearles suerte, sabe que tiene que callar "sus buenos deseos reprimidos" porque los indios desconfiarían, porque no están acostumbrados a que alguien los entienda, porque desde siempre portan el peso de los pueblos subyugados "a los que todavía no se reconoce su dolor" (Ahmed, 2015: 67), porque ha sido así desde siempre.
Con la llegada a La Soledad de su hermana Iciar y de Sabina, se alterará la vida de Karle. Al lado de estas mujeres, Karle irá recuperando la fuerza y el arrojo que se le escapaban de las manos y se mostrará cada vez más agresiva en su defensa de los indios. No obstante, cuando recibe la carta que anuncia la llegada de Iciar, Karle no puede evitar sentir un desasosiego que le es imposible aplacar:
Tiempo atrás, tal vez hacía ya dos años, su hermana Iciar había sugerido la posibilidad de aquel viaje. Sin decírselo a Félix, había puesto un gran empeño en desanimarla. [...] No compartía la idea de otros españoles refugiados en Méjico [sic], sobre la conveniencia de sacar de España cuanta gente fuera posible, seguramente porque ni siquiera estaba segura de lo conveniente que había sido que saliera ella... Y ahora, de pronto, su hermana estaba lista para tomar el barco. [...] Pero si ella venía, ya había algo que se hacía definitivamente imposible. Y tal vez así, poco a poco, muchas otras cosas podían volverse imposibles. Incluso soñar. (Guilarte, 1975: 21)
A pesar del tiempo transcurrido en Michoacán, para Karle la conciencia de saberse refugiada, exiliada, le recuerda que la herida todavía está viva. Y como "el pasado vive en las mismas heridas que siguen abiertas en el presente" (Ahmed, 2015: 68), la llegada de Iciar representa la imposibilidad del regreso añorado. Iciar es el puente que asegura y allana su regreso a España. Es la esperanza de un posible cambio, y su llegada cancela la posibilidad de cualquier atisbo de esperanza. Al enunciar lo contradictorio entre sus ideas y las de los otros refugiados españoles sobre la posibilidad de "sacar de España cuanta gente fuera posible", Guilarte acentúa la multiplicidad de historias que se condensan y entretejen en la enunciación del dolor colectivo. Porque reconocer su dolor y el de otros es una forma de no olvidarlo, que "significaría una repetición de la violencia" (Ahmed, 2015: 67). Subrayar las diferencias entre la posición de Karle y la de los otros españoles refugiados revela distintas formas de enfrentarse a la herida que implican repensar la relación entre el presente y el pasado (67).
Al recibir la visita de Pancho Mijares, el ingeniero mestizo enviado por el dueño del rancho, don Roberto, con el fin de saber si los indios ya han decidido vender sus tierras para ensanchar el camino, se harán patentes las heridas del pasado, de una historia de colonización y conquista que, aunque data de casi cinco siglos, zanjó y decidió desde ese momento que los indios difícilmente volverían a ostentar el poder:
-¿Y qué me dice del camino, señora? Ya he visto que tienen tierra amontonada.
-¿El camino? ¡Ah, sí...!, Pues, la verdad, no sé qué decirle -y la verdad era que sí sabía, que tenía muchas cosas que decirle y que tal vez las diría... O tal vez no-. Santos Cruz sigue negándose a vender por la buena, eso ya lo sabe don Roberto. Y por la mala... preferiría creer que la ley, en esta tierra, no tiene tan desamparado al hombre.
-¡Ah, qué mi señora Téllez! Mire, aquí tenemos la ley del compadre, que puede con todas las otras.
-Ya se ve. El indio no tiene compadres: como que los bautizan de pura caridad.
El mestizo se la quedó mirando con un destello de burla en los ojos negros. Ella lo miró también y, aunque se sentía más tonta a cada instante, añadió:
-A veces llego a comprender que gentes como Enrique Bocker vean el indio como cosa ajena; pero...
-Ya sé lo que está usted pensando: que soy uno de ellos... Dicen que en esta tierra, en este país nuestro, basta cambiar de calzón de manta por el traje de casimir, para cambiar de raza. Pero no es cierto; para nosotros es tan duro trepar como mantenerse arriba. (Guilarte, 1975: 54)
En este diálogo se pone de manifiesto que "el daño tiene una historia" (Ahmed, 2015: 68), y entre líneas se lee la persistencia de las prácticas de rechazo, humillación e injusticia de las que han sido objeto los indígenas. En el sentimiento solidario de Karle se trasluce la empatía, la piedad y la compasión; ese "sentir por o sentir con" (63) provoca que le resulten inconcebibles las tenues y arbitrarias fronteras entre quienes deciden quién tiene el poder y quién es el otro sobre el cual aplicar su "derecho" de ejercer opresión. La idea de ayudar de forma más efectiva a los indígenas hará que Karle, Sabina e Iciar se unan a la campaña de vacunación para erradicar las enfermedades que están mermando a la población en La Soledad y los poblados aledaños. Sin embargo, incluso en estas acciones se dejará entrever el desprecio hacia los indígenas, tal y como lo expresará el médico mestizo al frente de la campaña, quien no dudará en expresar su repudio:
-¡No se puede con esta gente! ¡Es un lastre demasiado pesado para un país que empieza, como el nuestro!
-¿Y para usted no se le ocurre pensar lo duro que será para un pueblo que acaba, como el de ellos? -preguntó Sabina.
-¡Entre los muchos pecados cometidos por ustedes en Méjico [sic]
-se dirigía a Iciar deliberadamente, como si no hubiera oído a Sabina-, el mayor de todos fue este de no haber acabado con los indios! [...]
-¡El indio es la planta parásita adherida al tronco joven de Méjico [sic]! ¡La que lo impide crecer y desarrollarse, la que extrangula [sic] su vitalidad! Lo que dije: es el mayor pecado de los españoles que, por otro lado, cometieron tantos... (Guilarte, 1975: 96-97)
Al hablar de la construcción del odio, Ahmed señala que este "genera su objeto como una defensa contra la lesión" (Ahmed, 2015: 78), tal y como demuestran las palabras del médico, que traen a colación la responsabilidad (y la culpa) de los indígenas, en tanto que "lastre" en el proceso de modernización del país. Resulta aquí interesante cuestionarse sobre la forma en que el discurso del odio construye a los sujetos y "alinea algunos sujetos en contra de otros" (Ahmed, 2015: 77). El reproche del médico mestizo es doble. Mientras que por una parte enfatiza su rechazo a la población indígena, cuya "parásita" presencia es causa del atraso, por otra, atribuye la responsabilidad de este "problema" a los españoles, quienes dejaron su empresa "sin concluir". Las contradicciones ligadas a la problemática identitaria son evidentes: al ser mestizo, el médico es producto de la unión de indígenas y españoles. Sin embargo, al disociar ambos grupos y dirigir sus recriminaciones por separado, se genera una narrativa en la que la presencia de uno y otro se percibe como amenaza, dando como resultado la creación de vínculos negativos con ambos. Estos vínculos son resultado de los afectos producidos por la narrativa que se ha hecho de la historia adjudicando roles entre vencedores y vencidos.
Este racismo imperante hacia los indios del que Karle será testigo funciona también como recordatorio/advertencia de la segregación de la que ella y su familia son objeto. Porque en Karle todo se asocia y sus condiciones de extranjera, refugiada y exiliada le son todas propias. Cuando Sabina pregunta a Karle "-¿Qué te ha hecho más daño: la guerra o el exilio?", la respuesta de Karle será: "-Para mí no son dos cosas, sino una" (Guilarte, 1975: 164). Resulta elocuente el contraste entre la percepción que cada una, Karle y su hermana Iciar, tienen de sí mismas. Mientras que en Karle la conciencia de no pertenecer del todo a México amplifica su deseo por integrarse, en Iciar no existe la necesidad de buscar un lugar de anclaje:
-Es que yo no sé explicarlo... -Iciar parecía un poco cortada, pero aun así se echó a reír-. Perdóneme, pero yo no soy refugiada. Mi hermana lo dice de sí misma como podría decir que es tuerta, y ustedes lo aceptan como una especie de contraseña. Yo no soy refugiada...; acabo de llegar de España, y si he de decirle la verdad, no entiendo nada de lo que pasa aquí. (Guilarte, 1975: 140-1)
Para Iciar el hecho de no ser "etiquetada" como refugiada es garante de que, contrario a su hermana, ella no necesita buscar otro sitio para vivir y lo acentúa tanto a través de la inclusión del pronombre personal "yo" -del que podría prescindirse en español- como con la repetición de la misma frase en dos ocasiones: "Yo no soy refugiada". Y de forma paralela, en el discurso de Iciar se reabren también las heridas del pasado en el recordatorio sobre la condición de refugiada de Karle, así como la aceptación de este como "una especie de contraseña" compartida. No obstante, esta condición representa algo más en Karle porque, al tiempo en que la vincula "con un pasado de pérdida", también la vincula "con un futuro de sobrevivencia" (Ahmed, 2015: 74). Al utilizar su propia vivencia del dolor y el exilio como una forma de conectarse emocionalmente con los sufrimientos de los indígenas, la reacción de Karle obedecería a la "bounded strategic empathy" (Keen 2006: 224), es decir, la empatía que se sitúa en un grupo con experiencias comunes o compartidas. Así, mientras que en el discurso de Karle se entreteje la evocación del dolor propio al tiempo en que se toma en cuenta el dolor ajeno y la posibilidad de crear un sentimiento solidario, a Iciar esto le parece muy difícil de generar. Para esta última, el problema radica en la imposibilidad de identificar al otro dado el énfasis que se da a la palabra (y a la clasificación) del "indio":
-[...] he llegado a pensar que lo entendería mejor si ustedes no emplearan tanto la palabra indio...
-Pues... ¿cómo los llamaría usted?
-No sé..., pero para empezar me parecen pobres. Campesinos pobres, apabullados pobres, pobres con agravantes, infelices pobres... ¡En definitiva, pobres como todos los pobres del mundo, que no ne cesitan ser indios para estar amolados! [...]
-¿Quiere usted decir que le damos un sentido de problema racial al asunto? -preguntó la señora.
-Pues aquí dicen que ese problema no existe, y además ya sé que no todos los indios son pobres, incluso que algunos son muy ricos... Pero para un recién llegado la impresión es ésa. El hecho de que te lo nieguen, ni arregla las cosas ni ayuda a comprender: una se queda con su idea de que hablar del indio es una manera de apartarlo. (Guilarte, 1975: 141)
La dificultad de Iciar para generar empatía hacia los indígenas se debe a que, como señala Keen, aunque la narrativa tiene el poder de movilizar la empatía, esta puede verse reducida por factores como representaciones estereotipadas o barreras culturales (2006: 209). En este sentido, el sentir con ("feeling with") es un proceso que puede verse obstaculizado cuando las representaciones del otro se simplifican o se etiquetan de manera reductiva. La reflexión de Iciar pone en evidencia que el uso de eufemismos y la negación han contribuido a ignorar una de las principales problemáticas sociales. Y aunque Iciar no es capaz de ofrecer una solución, sí deja en claro que es necesario aceptarla para aprender a vivir con la imposibilidad de encontrar una respuesta.
Conclusión
Los postulados de Sara Ahmed (2015), centrados en la materialidad relacional de los afectos y de Suzanne Keen (2006), enfocados en las estrategias narrativas de la empatía, permitieron demostrar que, en La soledad y sus ríos, se trasciende la representación literaria del exilio para articular una ética de la empatía donde la interacción entre emociones y lenguaje no solo documenta el dolor del exilio, sino que lo transforma en vehículo de resistencia y conexión humana.
Cabe destacar que uno de los logros más significativos de La soledad y sus ríos es la dialéctica entre el dolor íntimo de la protagonista, Karle Uribe, y su proyección hacia lo colectivo. Así, la novela teje una red de resonancias emocionales que, basada en la "socialidad del dolor" (Ahmed, 2015: 63), vincula las experiencias compartidas de opresión de los exiliados republicanos y los indígenas de Michoacán.
Al abordar la vida de los exiliados/refugiados republicanos en México, se reconstruyen identidades que se perciben como fracturadas -como la de Karle, quien proyecta su desarraigo en objetos y espacios simbólicos como la casa, como "caja de música rota", o los ríos, como metáfora del duelo- a través de la empatía estratégica (Keen, 2006: 224). Lo que pone en relieve las problemáticas vinculadas a la (re)construcción identitaria y establece nexos de reciprocidad con otros personajes también marginados, como los indígenas. La emocionalidad en la escritura de Guilarte -que, aun y cuando parte de historias individuales y personales, tiende nexos con historias colectivas y compartidas que refuerzan la idea de que las semejanzas son más fuertes que las diferencias- y la empatía se erigen como prácticas de resistencia ante los sistemas de exclusión. Al contexto del exilio español se suma el contexto del México posrevolucionario, donde las promesas de inclusión social no hacen sino acentuar la explotación estructural de los indígenas. Las injusticias que presencia llevan a Karle a adoptar una postura de responsabilidad ética, sintiéndose moralmente obligada a actuar para prevenirlas. Su respuesta refleja un aspecto esencial de la empatía: más allá de verse afectada por el sufrimiento ajeno, se compromete a actuar frente a las injusticias que enfrenta durante su exilio. Si la llegada de su hermana Iciar y de Sabina complementa la lucha de resistencia de Karle, también pone en evidencia las múltiples formas en que se experimenta y se evoca la conciencia del exilio y del otro. A diferencia de Karle, cuya identidad está marcada por el hecho de saberse y sentirse "refugiada", Iciar no logra imponerle ningún sentimiento negativo a su "paso transitorio" por México. Lo que para Karle implica sufrimiento, para Iciar es solo una condición pasajera. Estas divergencias son resultantes de la forma en que se experimenta el dolor (Ahmed, 2015: 59), que está vinculado a las relaciones que se establecen con los objetos y los lugares que se habitan. Ejemplo de ello es también el contraste entre las posturas de Karle, Iciar y Sabina respecto del vocablo "indio", que revela distintas formas de problematizar la construcción de la otredad. Al hacerlo, no solo se documentan las heridas y la colonización perpetuada de los indígenas, sino que invita al lector a reflexionar sobre las formas en que el lenguaje y las categorías sociales perpetúan la exclusión.
En la introducción a La soledad y sus ríos, Palomino expresaba:
Una escritora capaz de novelar de aquella manera, de amasar con tierra real y verdadera, con verdadera sangre y verdadera carne, unos escenarios y unas criaturas tan llenas de vida que el desierto de Sonora se materializa ante los ojos del lector y el lector oye el restallar del látigo y el vendaval mugiente del ganado. (Palomino en Guilarte, 1975: 11)
La maestría de la escritura de Guilarte radica justamente en su espontaneidad y sencillez. Su capacidad de entrelazar lo íntimo-autobiográfico con lo social produce un texto vivo que amplifica el eco de la memoria/testimonio del exilio republicano y la memoria/testimonio de los indígenas silenciados. Y es que la emocionalidad de los textos también se percibe en los efectos que generan (Ahmed, 2015: 39); lo anterior confirma que, luego de leer a Guilarte, ningún lector puede salir inmune; el torbellino de sensaciones, pensamientos y emociones de los personajes lo atrapan y lo reencuentran en lo más humano de su condición. Guilarte tiene el don de otorgar dimensionalidad a las palabras, y al "amasarlas" -como sugiere Palomino-, la tolosana crea y recrea personajes y situaciones que, aunque salpicadas por la imaginación, no dejan de tener una existencia real y creíble que indudablemente permean en el lector.
References
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Ahmed, Sara (2015), La política cultural de las emociones, Cecilia Olivares Mansuy (trad.), México, UNAM.
Aznar Soler, Manuel (2016), "El personaje de la mujer escritora en Contra el dragón de Cecilia G. de Guilarte", Escritoras españolas en el exilio mexicano, Eugenia Houvenaghel y Florien Serlet (eds.), México, Porrúa: 99-117.
De Cuadra y Echaide, Pilar (1989), "Diálogo vivo, con Cecilia García y Guilarte de Ruiz", Boletín de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del país, XLV (3- 4): 589-91.
Domínguez Prats, Pilar (2002), "Un relato autobiográfico del exilio femenino en México", El exilio literario español de 1939, Manuel Aznar Soler (ed.), Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 15/11/2023. <www.cervantesvirtual.com>