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Este artículo propone una reflexión filosófica sobre la educación entendida como el encuentro y la experiencia de una transmisión entre generaciones en la filiación del tiempo. Desde el punto de vista pedagógico, dicho encuentro supone tanto un acto de presencia entre adultos y jóvenes como de transmisión de algo de un lugar a otro de la escala generacional. La tesis de este trabajo es que presencia y transmisión están hoy en una crisis que afecta a la misma noción de la educación, a lo que significa educar y formarse. En un mundo como el nuestro, con una creciente sensibilidad hacia lo que se llama inclusión o inclusividad, la gran excluida, desde el punto de vista de cierta reflexión filosófica y teórica —algo que se propone hacer en estas páginas—, es precisamente esa relación de presencia entre adultos y jóvenes. Pues la tarea educativa consiste en transmitir la responsabilidad como un elemento central de la condición adulta, una que entraña asumir determinados límites. Esa transmisión es una interiorización del legado de las generaciones anteriores, y se hace posible cuando existe la posibilidad de un encuentro, una conversación y una especie de transacción moral entre las mismas. Los adultos transmiten a niños y adolescentes —tal es su responsabilidad— la experiencia acumulada en el tiempo y de la que ellos son, como adultos y educadores, depositarios y testigos, aunque no sus dueños, y en ese acto ponen en contacto a los recién llegados con sus predecesores muertos o desaparecidos. A esto lo llamaremos pacto testimonial.