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Durante la segunda mitad del siglo XVII, la capilla de la embajada española en La Haya alcanzó una extraordinaria popularidad entre la comunidad católica local. Reputada por parroquia y tolerada por las autoridades neerlandesas, su erección como núcleo referencial para el catolicismo de las Provincias Unidas hizo de este espacio de culto un auténtico centro de poder. Esta relevancia, que continuaría en la transición al Setecientos, demostró la vigencia de una política confesional hispana. Gravitando sobre la corte provincial de Bruselas como eje cardinal para el gobierno de los negociados diplomáticos del norte de Europa y la acción proselitista, también significó la emergencia de controversias latentes en las que se contraponían los intereses de los representantes reales, los internuncios de los Países Bajos y los vicarios apostólicos de Holanda.