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Por otro lado, es importante entender que la definición, adquisición, intercambio y defensa de los derechos de propiedad que articulan e impulsan el proceso social, no requieren de una agencia monopolista de la violencia. Y no sólo no la requieren sino que, por el contrario, el Estado actúa pisoteando múltiples títulos legítimos de propiedad, defendiéndolos de forma muy deficiente y corrompiendo el comportamiento individual de respeto a los derechos de propiedad privada ajena. El sistema jurídico es la plasmación evolutiva que integra los principios generales del derecho (especialmente de propiedad) inseparables de la naturaleza del ser humano. Pero lo que hasta los más escépticos han de reconocer es que "lo que hoy ya se sabe" es que el mercado, impulsado por la empresarialidad creativa, funciona y precisamente lo hace en la medida en que el Estado no interviene coactivamente en su proceso social. Y es que, es imposible que el Estado cumpla sus objetivos coordinadores en cualquier parcela del proceso de cooperación social en que pretenda intervenir, por los siguientes cuatro motivos que estudia la Escuela Austriaca de Economía: Primero, por el enorme volumen de información que necesita para ello y que sólo se encuentra de forma dispersa o diseminada en los ocho mil millones de personas que cada día participan en el proceso social. Tercero, porque la información que se utiliza a nivel social no está "dada" ni es estática, sino que cambia continuamente como consecuencia de la creatividad humana, siendo obviamente imposible transmitir hoy una información que sólo será creada mañana y que es la que necesita el órgano de intervención estatal para que mañana pueda lograr sus objetivos; y Cuarto, sobre todo porque el carácter coactivo de los mandatos del Estado, bloquea la actividad empresarial de creación de esa información que es precisamente la que necesita como "agua de mayo" la organización estatal de intervención para dar un contenido coordinador a sus propios mandatos. Y no ha dejado de crecer porque la mezcla del Estado, como institución monopolista de la violencia, con la naturaleza humana es literalmente "explosiva". La estatolatría es, sin duda alguna, la más grave y peligrosa enfermedad social de nuestro tiempo. Esta "infantilización" de las masas se fomenta de forma deliberada por la casta política pues así justifican su existencia y aseguran su popularidad, situación de predominio y capacidad de control. Y ni siquiera la Iglesia y las denominaciones religiosas más respetables han sido capaces de diagnosticar que la estatolatría es hoy en día la principal amenaza al ser humano libre, moral y responsable; que el Estado es un ídolo falso de inmenso poder al que todos adoran y que no consiente que la humanidad se libere de su control ni tenga lealtades morales o religiosas ajenas a las que él mismo pueda controlar.
En primer lugar, deseo manifestar mi emocionado y humilde agradecimiento por esta inmerecida y extraordinaria "Orden de Mayo al Mérito" que hoy me concede la Nación Argentina representada por su Presidente Javier Milei.
Y quiero aprovechar esta oportunidad única para enviar un mensaje de ánimo, apoyo y esperanza a todo el Pueblo Argentino, y también, cómo no, a España y al resto del mundo que hoy siguen con expectación y el máximo interés lo que está sucediendo en este gran país. Y es que, desde que Javier Milei fue elegido por abrumadora mayoría como Presidente, Argentina se ha convertido en un modelo a seguir por un Mundo que, atenazado por el estatismo, se encuentra en la encrucijada histórica de poder optar, como se ha hecho en Argentina, por la libertad, como única alternativa frente a los continuos conflictos políticos, guerras y conmociones sociales y económicas de todo tipo que son la consecuencia inexorable del estatismo y que hoy asolan a la Humanidad.
Pero la Ciencia Económica ya ha demostrado que el Estado no sólo es una entelequia innecesaria sino que, además, es científicamente imposible que pueda proporcionar lo que promete a la Humanidad. A nivel popular se piensa que el Estado es necesario porque se confunde la existencia del mismo con el carácter imprescindible de muchos de los servicios y recursos que hoy malamente oferta con carácter exclusivo. Los seres humanos observan que las carreteras, los hospitales, las escuelas, el orden público, etc., son proporcionados por el Estado, y como son muy necesarios, concluyen sin más análisis que el Estado es también imprescindible. No se dan cuenta de que los recursos citados pueden producirse con mucha más calidad y de forma más eficiente, barata, y sobre todo moral, a través del orden espontáneo del mercado, la creatividad empresarial y la propiedad privada. Además, caen en la trampa de creer que el Estado es también necesario para proteger a los vulnerables, indefensos, pobres y desvalidos sin entender que las supuestas medidas de protección sistemáticamente tienen el efecto, como muestra la teoría econó- mica, de perjudicar en cada caso precisamente a aquellos a los que se pretende proteger.
Por otro lado, es importante entender que la definición, adquisición, intercambio y defensa de los derechos de propiedad que articulan e impulsan el proceso social, no requieren de una agencia monopolista de la violencia. Y no sólo no la requieren sino que, por el contrario, el Estado actúa pisoteando múltiples títulos legítimos de propiedad, defendiéndolos de forma muy deficiente y corrompiendo el comportamiento individual de respeto a los derechos de propiedad privada ajena.
El sistema jurídico es la plasmación evolutiva que integra los principios generales del derecho (especialmente de propiedad) inseparables de la naturaleza del ser humano. El Derecho, por tanto, no es lo que el Estado decida (democráticamente o no), sino que ya está ahí, inserto en la naturaleza del ser humano, aunque se descubra y consolide jurisprudencial y, sobre todo, doctrinalmente de forma evolutiva y consuetudinaria.
Y el Estado, no sólo no es preciso para definir el Derecho. Tampoco lo es para hacerlo valer y defenderlo, y esto debe resultar especialmente obvio en los tiempos actuales, en los que el uso -incluso por muchos organismos gubernamentales- de empresas privadas de seguridad, está a la orden del día.
No puede pretenderse que expongamos aquí con detalle cómo funcionaría la provisión privada de los que hoy se consideran como "bienes públicos". Y de hecho, no pueden conocerse hoy todas las soluciones empresariales que un ejército de emprendedores daría a los problemas planteados -si se les dejase hacerlo-. Pero lo que hasta los más escépticos han de reconocer es que "lo que hoy ya se sabe" es que el mercado, impulsado por la empresarialidad creativa, funciona y precisamente lo hace en la medida en que el Estado no interviene coactivamente en su proceso social. Y que las dificultades y conflictos siempre surgen precisamente allí donde no se deja que se desarrolle libremente el orden espontáneo del mercado.
Por eso, y con independencia del esfuerzo que se pueda realizar imaginando cómo funcionaría la red anarcocapitalista de agencias privadas de seguridad y defensa patrocinadoras cada una de ellas de sistemas jurídicos más o menos marginalmente alternativos, nunca debemos olvidar que lo que nos impide conocer con exactitud cómo será el futuro sin Estado (precisamente el carácter creativo de la función empresarial), es, como dice Kirzner, lo que nos da la tranquilidad de saber que cualquier problema tenderá a ser superado al dedicarse a su solución todo el esfuerzo y la creatividad empresarial de los seres humanos implicados (Kirzner 1985, 168).
Ahora bien, gracias a la Ciencia Económica no sólo sabemos que el mercado funciona, también sabemos que el estatismo es teóricamente imposible, en el sentido de que no puede lograr lo que promete.
Y es que, es imposible que el Estado cumpla sus objetivos coordinadores en cualquier parcela del proceso de cooperación social en que pretenda intervenir, por los siguientes cuatro motivos que estudia la Escuela Austriaca de Economía:
Primero, por el enorme volumen de información que necesita para ello y que sólo se encuentra de forma dispersa o diseminada en los ocho mil millones de personas que cada día participan en el proceso social.
Segundo, dado el carácter predominantemente tácito y no articulable (y, por tanto, no transmisible de forma inequívoca) de la información que necesita el órgano de intervención para dar un contenido coordinador a sus mandatos.
Tercero, porque la información que se utiliza a nivel social no está "dada" ni es estática, sino que cambia continuamente como consecuencia de la creatividad humana, siendo obviamente imposible transmitir hoy una información que sólo será creada mañana y que es la que necesita el órgano de intervención estatal para que mañana pueda lograr sus objetivos; y
Cuarto, sobre todo porque el carácter coactivo de los mandatos del Estado, bloquea la actividad empresarial de creación de esa información que es precisamente la que necesita como "agua de mayo" la organización estatal de intervención para dar un contenido coordinador a sus propios mandatos.
Pero es que además, una vez que existe el Estado es casi imposible limitar la expansión de su poder. El análisis histórico es incontrovertible: el Estado no ha dejado de crecer (Hoppe, 2004). Y no ha dejado de crecer porque la mezcla del Estado, como institución monopolista de la violencia, con la naturaleza humana es literalmente "explosiva". El Estado impulsa y atrae como un imán de fuerza irresistible las pasiones, vicios y facetas más perversas de la naturaleza del ser humano que intenta, por un lado, evadirse de sus mandatos y, por otro, aprovecharse del poder monopolista del Estado todo lo que pueda. Además, el efecto combinado de la acción de los grupos privilegiados de interés, los fenómenos de miopía gubernamental y "compra de votos", el carácter megaló- mano de la casta política y la irresponsabilidad y ceguera de las burocracias, generan un cóctel peligrosamente inestable y explosivo, continuamente zarandeado por crisis sociales, económicas y políticas que, paradójicamente, son siempre utilizadas por la casta política para justificar ulteriores dosis de intervención que, en vez de solucionar, agravan aún más los problemas.
El Estado se ha convertido en el "ídolo" al que todos recurren y adoran. La estatolatría es, sin duda alguna, la más grave y peligrosa enfermedad social de nuestro tiempo. Se nos educa para creer que todos los problemas pueden y deben ser detectados a tiempo y solucionados por el Estado. Nuestro destino depende del Estado, y los políticos que lo controlan deben garantizarnos todo lo que exija nuestro bienestar. El ser humano permanece inmaduro y se revela contra su propia naturaleza creativa (que hace ineludiblemente incierto su futuro). Exige una bola de cristal que le asegure no sólo conocer lo que va a pasar sino además que cualesquiera problemas que surjan le serán solucionados. Esta "infantilización" de las masas se fomenta de forma deliberada por la casta política pues así justifican su existencia y aseguran su popularidad, situación de predominio y capacidad de control. Además, una legión de intelectuales, supuestos "expertos" e ingenieros sociales se suman a esta arrogante borrachera del poder. Y ni siquiera la Iglesia y las denominaciones religiosas más respetables han sido capaces de diagnosticar que la estatolatría es hoy en día la principal amenaza al ser humano libre, moral y responsable; que el Estado es un ídolo falso de inmenso poder al que todos adoran y que no consiente que la humanidad se libere de su control ni tenga lealtades morales o religiosas ajenas a las que él mismo pueda controlar. Es más, ha logrado algo que a priori podría parecer imposible: ocultar sinuosa y sistemáticamente a la ciudadanía que él mismo, el Estado, es el verdadero origen de los conflictos y males sociales, creando por doquier "cabezas de turco" (como el "capitalismo", el ánimo de lucro, la propiedad privada) a los que se culpa de los problemas y se dirigen la ira popular y las condenas más serias y rotundas provenientes incluso de los propios líderes morales y religiosos, casi ninguno de los cuales se ha dado cuenta del engaño ni atrevido hasta ahora a denunciar que la estatolatría es la principal amenaza en el presente siglo a la religión, a la moral y, por tanto, a la civilización humana.
Quizás la principal excepción dentro de la Iglesia sea la incluida en la brillante biografía sobre Jesús de Nazaret escrita por Benedicto XVI. Que el Estado y el poder político son la encarnación institucional del Anticristo debe resultar obvio para cualquiera con mínimos conocimientos de historia que lea las consideraciones de Benedicto XVI sobre la más grave tentación que puede hacernos el Maligno (y cito a Ratzinger literalmente): "El tentador no es tan burdo como para proponernos directamente adorar al diablo. Solo nos propone decidirnos por lo racional, preferir un mundo planificado y organizado, en el que Dios puede ocupar un lugar, pero como asunto privado, sin interferir en nuestros propósitos esenciales. Soloviev atribuye un libro al Anticristo, El camino abierto para la paz y el bienestar del mundo, que se convierte, por así decirlo, en la nueva Biblia y que tiene como contenido esencial la adoración del bienestar y la planificación racional" del Estado (Ratzinger 2007, 66-67). Y así, no debe extrañarnos que, por ejemplo, el gran autor de El Señor de los Anillos, John R. Tolkien, cuyo anarquismo católico comparto plenamente, llegara a decir que arrestaría a cualquiera por el simple hecho de atreverse a pronunciar la palabra "Estado". Por tanto, como el Estado es, siempre y en todo lugar, una realidad de violencia y coacción sistemática en contra de la más íntima esencia del ser humano, que es su capacidad para actuar libre, creativa y espontáneamente, es ineludible concluir que el Estado es esencialmente inmoral y que el estatismo constituye la principal amenaza a la Humanidad.
La revolución contra el "Antiguo Régimen" fue protagonizada por nuestros predecesores, los grandes liberales clásicos, entre los que destacaron en esta parte del mundo, por citar solo dos ejemplos, el Libertador José de San Martín, que nos quiso transmitir en sus Máximas a Merceditas el amor a la verdad, el odio a la mentira, el respeto a la propiedad ajena y el amor a la Patria y, sobre todo, a la libertad; o el propio padre del constitucionalismo liberal argentino el gran Juan Bautista Alberdi. Pues bien, si queremos ser leales a estos Próceres y Padres de la Patria Argentina que nos han precedido, es nuestra responsabilidad culminar la labor que iniciaron, y hacerlo reconociendo que esta labor de los viejos liberales hoy tiene su continuidad natural en la revolución anarcocapitalista del siglo XXI.
El anarcocapitalismo es la representación más pura del orden espontáneo del mercado en el que todos los servicios, incluyendo los de definición del derecho, justicia y orden público, son proporcionados a través de un proceso exclusivamente voluntario de cooperación social. En este sistema ninguna parcela se cierra al ímpetu de la creatividad humana y de la coordinación empresarial, potenciándose la eficiencia y la justicia en la solución de los problemas que puedan plantearse, y eliminando de raíz los conflictos, ineficiencias y corrupción que genera todo Estado o agencia monopolista de la violencia.
Y termino. El mensaje del anarcocapitalismo es netamente revolucionario. Revolucionario en cuanto a su objetivo: el desmantelamiento del Estado y su sustitución por un proceso competitivo de mercado constituido por un entramado de agencias, asociaciones y organizaciones privadas. Y revolucionario en cuanto a sus medios, especialmente en los ámbitos académico, económico-social y político:
Primeramente, en el ámbito académico de la ciencia económica que se convierte en la teoría general del orden espontáneo del mercado extendido a todas las áreas sociales y desarrollada por la Escuela Austriaca de Economía. Incorporando, el análisis de los efectos de descoordinación social generados por el estatismo en cualquier parcela en que incida. Y también el estudio de los diferentes caminos de desmantelamiento del Estado, de los necesarios procesos de transición y de la privatización integral de todos los servicios que hoy se consideran "públicos", constituye un campo prioritario de investigación para nuestra disciplina.
En segundo lugar, la revolución económica y social. No podemos siquiera intuir los inmensos logros, avances y descubrimientos humanos que podrán alcanzarse en un entorno empresarial totalmente libre del estatismo. Incluso hoy, y a pesar del continuo acoso gubernamental, ya empieza a desarrollarse en un mundo cada vez más globalizado una civilización desconocida con un grado de complejidad inabarcable e incontrolable por el poder del Estado. Y es que la fuerza de la creatividad humana es tal que termina aflorando incluso por los resquicios más estrechos que dejan los gobiernos. Y en cuanto los seres humanos vayan adquiriendo una mayor conciencia de la naturaleza esencialmente perversa del Estado que les coarta, y de las inmensas posibilidades que cada día se frustran cuando éste bloquea la fuerza impulsora de su creatividad empresarial, dejarán de creer en el Estado y se multiplicará el clamor social en pos de su reforma y desmantelamiento.
Y finalmente, la revolución política. Es cierto que siempre habrán de apoyarse las alternativas menos intervencionistas en clara alianza con el esfuerzo de los liberales clásicos en pos de la limitación democrática del Estado. Pero el anarcocapitalista no se queda en esa labor pues sabe que puede y debe hacer mucho más. Sabe que el objetivo final es el desmantelamiento total del Estado y ello impulsa toda su imaginación y acción política en el día a día. Los avances incrementales en la buena dirección son, sin duda, bienvenidos pero sin caer en un pragmatismo que pueda dificultar el objetivo último de lograr el fin del Estado que, por razones pedagógicas y de influencia popular, siempre ha de perseguirse de forma sistemática y transparente.
Se abre, pues, un futuro apasionante, en el que continuamente se descubrirán múltiples nuevos caminos que nos permitirán avanzar en pos del ideal anarcocapitalista, ayudando a todos a salir de la droga del estatismo para vivir en libertad y responsabilidad; y, en todo caso, recibiendo con los brazos abiertos a los que finalmente vean la verdad científica y moral, provengan de donde provengan. Futuro éste que, aunque hoy nos pueda parecer lejano, en cualquier momento puede ser testigo de pasos de gigante que incluso sorprendan a los más optimistas. ¿Quién fue capaz de predecir tan solo cinco años antes, que en 1989 se desmoronaría el Muro de Berlín y con él todo el comunismo del este de Europa? ¿Quién hubiera podido siquiera imaginar que hace escasamente un año y medio el pueblo argentino optaría por asumir el liderazgo ideológico y político de la Humanidad eligiendo en libertad al primer Presidente liberal-libertario de la Historia? Y es que la historia ha entrado en un proceso acelerado de cambio que nunca se detendrá y que, como deseaba el gran Jorge Luis Borges (otro anarquista conservador o como diría Rothbard "paleolibertario"), abrirá un camino totalmente nuevo y esplendoroso para el género humano cuando, por primera vez en la historia, éste logre desembarazarse definitivamente del Estado y reducirlo tan sólo a un oscuro recuerdo histórico.
Bibliografía
Hoppe, H.H: Monarquía, democracia y orden natural, Madrid, Ediciones Gondo, 2004.
Kirzner, Israel: Discovery and the capitalist process, Chicago y Londres, University of Chicago Press, 1985, p. 168.
Ratzinger, Joseph: Jesús de Nazaret, Madrid, La Esfera de los libros, 2007, p. 66-67.
* Con carácter excepcional, y ante su gran actualidad, incluimos como nota introductoria el discurso del Prof. Jesús Huerta de Soto proclamado en el Salón Blanco de la Casa Rosada el 25 de abril de 2025 en agradecimiento a la distinción de la Orden de Mayo al Mérito otorgada por la Nación Argentina.
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