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Resumen: La actual diversidad de áreas de investigación sobre la nobleza tiene un referente en la educación de los hijos de las familias nobles, que en su adultez estuvieron llamados a desempeñar unas funciones de primer orden en la administración de sus señoríos, al servicio del rey y de las instituciones de gobierno. Este artículo ofrece una selección de fuentes documentales para profundizar en diversos aspectos sobre la educación de los jóvenes, así como en las labores llevadas a cabo por los miembros de la nobleza como ayos en la formación de los infantes. El estudio, sustentado en una amplia gama de testimonios conservados en los archivos familiares, pone de relieve facetas como las materias incluidas en los programas formativos, la selección de maestros y ayos, las estrategias didácticas, la corrección, las lecturas recomendadas, las destrezas en los juegos, los conocimientos musicales y artísticos, y las experiencias de estudios en el extranjero, ilustradas gracias a relaciones epistolares entre padres e hijos.
Abstract: The diversity of research subjects about nobility has a reference in the education of noble families' children, who were called in adulthood to perform relevant functions in the administration of their lordships and at the service of the king and governmental institutions. This article offers a selection of documentary sources to deepen into some aspects about the education of youths and the tasks carried out by members of the nobility as tutors in the training of princes. The study, based on a wide range of testimonies preserved in family archives, highlights facets such as the subjects included in educative programs, the selection of tutors, teaching strategies, correction, the most recommended books, gaming skills, musical and artistic knowledge, and studying abroad experiences, which are illustrated thanks to epistolary relationships between parents and children.
Palabras clave: Archivos, Nobleza, Educación, Príncipes, Princesas.
Keywords: Archives, Nobility, Education, Princes, Princesses.
«Porque, ¿qué cosa hay de más importancia que el formar el entendimiento, el juicio y el corazón, y arreglar toda la conducta de un joven?»
Tratado de Educación para la Nobleza (1728), ff. 225v -226r .
INTRODUCCIÓN
La educación fue uno de los factores que permitió modelar a la clase privilegiada en la sociedad estamental, a través de una visión de la cultura y del mundo que respondía plenamente a los intereses de la nobleza y reforzaba sus estrategias para conservar su propia idiosincrasia. Desde los tiempos medievales, la formación del caballero estaba fundamentada en las destrezas para el manejo de las armas y del caballo, además de otros conocimientos y habilidades que permitían a los nobles afianzarse tanto en las funciones propiamente bélicas como en las actividades más refinadas de la corte. A lo largo del Antiguo Régimen, la nobleza no solo integró en sus prácticas educativas la herencia cultural de la Edad Media, en la que se basaba una buena parte de su universo, sino que también supo adaptarse a los cambios que trajo la Modernidad por medio de maestros y otros especialistas encargados de instruir a los jóvenes en todos los aspectos necesarios para asegurarles el mejor porvenir.
Surgida del ámbito de la historia de las mentalidades, la investigación acerca de la instrucción de los nobles goza desde hace tiempo de una creciente dedicación entre los especialistas en todas las épocas1. Además de la evolución de las estructuras culturales y de la adaptación que la nobleza hizo de las mismas, los estudios analizan los entornos donde se desarrollaba la acción formativa, la gran variedad de personas encargadas de instruir a los hijos de los nobles, y las materias y conocimientos que debían transmitirse a las jóvenes generaciones. A este propósito obedece la aportación del presente estudio, que pretende ofrecer una muestra de fuentes documentales de varios archivos nobiliarios para analizar las características y la evolución de la educación en este estamento social.
I. ENSEÑAR A FINALES DE LA EDAD MEDIA
Un notable conjunto de narraciones castellanas de finales de la época medieval, como la Crónica de Don Álvaro de Luna, constituyen los textos históricos más tempranos que permiten testimoniar una práctica educativa para los hijos de los nobles y los reyes2, en la que la lectura y la escritura ocupaban un lugar fundamental, al igual que otras habilidades del mundo caballeresco para la preparación del futuro guerrero, entre las que sobresalían la equitación, la cetrería, la montería, la música, la danza3, y algunos juegos como el ajedrez y las justas, además de las dotes para saber conversar, razonar y gobernar. Estas destrezas se convirtieron en características inherentes a ciertas personas de la aristocracia en obras humanísticas del siglo XV como Generaciones y semblanzas, de Hernán Pérez de Guzmán, donde se recogen biografías de las personalidades más notables de su tiempo.
La importancia de las letras y de la historia se hacía más evidente en combinación con el ejercicio de las armas, tal como recogen a comienzos del XVI célebres obras como El Cortesano (1528), de Baldassare Castiglione, donde se traza la figura del caballero perfecto, amante de la pluma y de la espada, y a la vez sensible a la música, el arte y la poesía. En este sentido, las denominadas Instrucciones o Espejos de príncipes eran obras de vital importancia para la formación de infantes. Se trataba de un subgénero literario de origen medieval y larga tradición en la literatura clásica, que daba cabida a manuales de instrucciones, enseñanzas políticas e históricas, ficciones con contenidos doctrinales y morales, y consejos para el comportamiento público de reyes, príncipes y nobles. La enseñanza a través de estas obras se efectuaba a través de guías y consejos en temas como la guerra, la política y la religión, de modo que el educando asumiera sus deberes como futuro buen rey o señor, y cultivara las virtudes que de él se esperaba, a imitación de modelos épicos de conducta caballeresca como Alejandro Magno, y de figuras bíblicas como los reyes David y Salomón, tomando también como referentes los escritos de algunos Padres de la Iglesia como San Isidoro de Sevilla.
El interés por la cultura escrita alentó la preocupación de la nobleza por la educación de sus hijos a comienzos de la época moderna y constituyó uno de los factores que impulsaron la configuración de las primeras bibliotecas nobiliarias, formadas entre finales del siglo XIV y mediados del XVI, gracias al incremento de las traducciones del latín y copias al castellano de obras de la antigüedad clásica y del saber islámico, crónicas, libros de temática hagiográfica, filosófica y didáctica, así como otros de escritores del primer humanismo italiano4. Las colecciones también incluyeron obras jurídicas e historiográficas propiamente alfonsíes como Las Partidas, la General Estoria y otras de autores de grandes linajes castellanos, desde don Juan Manuel al canciller Pedro López de Ayala y el marqués de Santillana. A ellas se sumaban libros de sermones, de viajes, tratados políticos de buen gobierno, de ciencias aplicadas, literatura genealógica y nobiliarios, poemas épicos y novelas de caballería, recopilaciones de sentencias y exempla sobre formas de vida noble, breviarios y libros de horas para el rezo. Estas bibliotecas no solo eran testigos de los gustos literarios de cada época, sino también de los métodos de enseñanza empleados por medio de manuales y obras didácticas. El acceso a los libros en ocasiones no era fácil debido al alto precio y a la laboriosidad de las copias manuscritas, por lo que las librerías documentadas en esta época temprana pertenecían a un reducido círculo de nobles, como los condes de Benavente, los de Haro y los de Medellín, entre otras familias.
Los encargados de la formación de infantes, infantas y nobles eran ayos y ayas procedentes de las familias de la nobleza y de círculos selectos, quienes eran designados para las labores educativas en ocasiones con meros efectos honoríficos. De igual modo, maestros procedentes fundamentalmente del ámbito religioso, como clé- rigos y frailes, que por su condición de letrados resultaban idóneos para impartir los conocimientos de gramática, lectura y escritura, apoyándose en tratados de época medieval y moderna como el Libro de la buena educación y enseñanza de los nobles (1595), de Pedro López de Montoya, que pretendía que los jóvenes aprendieran a desempeñar el papel social que les correspondía. Con el paso del tiempo, se fueron introduciendo disciplinas liberales y el aprendizaje de lenguas extranjeras, sin olvidar las obligaciones religiosas.
Las figuras del ayo y del maestro se mantuvieron durante el Antiguo Régimen. El peso de la labor intelectual se depositaba en el segundo, y el primero solía asumir una función de tutor del educando, a quien debía guiar a través de métodos didácticos basados en ejemplos, parábolas y castigos. Los ayos eran escogidos por los reyes en el ámbito de la educación de los infantes5, y por los padres del joven cuando se trataba de familias de la nobleza, siendo en cualquiera de estos casos una persona especializada en la formación y crianza de los jóvenes, poseedor de virtudes morales y a menudo residente en la misma casa familiar.
Tras recibir una primera formación desde los siete años, basada en consejos y corrección del comportamiento, que generalmente era confiada a la propia madre y sus criadas, el educando permanecía bajo la tutela del ayo entre los diez y los catorce años, momento en que los varones debían integrarse en la vida adulta. A veces, la educación de algunos jóvenes huérfanos con menores posibilidades, o bien residentes en lugares alejados de la corte, quedaba a cargo del patrocinio de familiares que los acogían durante su etapa de formación, dando lugar a una interesante serie de correspondencia que permite conocer las razones que impulsaban a enviar a los educandos allí donde pudieran hallar mejores oportunidades, gracias a importantes dotaciones para la educación y la asignación de alimentos. A menudo, los jóvenes acogidos compartían lecciones con los propios hijos de la familia si eran enviados a una residencia señorial. En otras ocasiones, los parientes que acogían a los estudiantes eran eclesiásticos y los lugares de formación eran seminarios, conventos u otros centros de enseñanza patrocinados por las autoridades religiosas. En el entorno de la educación propiamente femenina, las amas y las ayas cobraban un mayor protagonismo, encargadas de instruir a las niñas de alto rango en las primeras letras, historia, danza, canto, música, hilado, costura y bordado, entre otras destrezas propias de las doncellas, orientadas sobre todo al refinamiento, a la mesura en las costumbres y a la preparación para lograr un buen matrimonio según los intereses de la familia6.
Las academias y los colegios para la formación de nobles y doncellas comenzaron a proliferar a partir de la época renacentista y recogieron la tradición medieval de las escuelas palatinas. Algunas de estas fundaciones, así como la dotación de maestros especializados en gramática y en artes liberales, constituían el fruto del patronato ejercido por algunos nobles en sus señoríos, interesados en la formación de futuros letrados que pudieran ponerse al servicio de sus Casas. A los centros masculinos acudían jóvenes con sus ayos para escuchar las lecciones que impartían destacados humanistas como Pedro Mártir de Anglería, cuya casa fue fundada a finales del siglo XV con el apoyo de la reina Isabel I. Además, algunos concejos promovieron la creación de escuelas municipales para la enseñanza de la lectura y la escritura, a las que solían acudir los hijos de la nobleza territorial y la oligarquía local, formada por hidalgos, para recibir una primera formación antes de cursar estudios universitarios. Los centros femeninos, por el contrario, estaban encaminados a dotar a las jóvenes de estrategias para desarrollar su función en el ámbito privado del hogar7.
La enseñanza durante la adolescencia contaba con estudios de latín, filosofía, retórica, matemáticas, historia y geografía, y abría las puertas de los colegios mayores de las universidades. Sin embargo, los mejores centros de enseñanza eran muy costosos y no estaban al alcance de todos los nobles. Los jóvenes de la pequeña nobleza en ocasiones lograban entrar en algún colegio o academia militar, al contrario que los descendientes de la alta aristocracia, quienes tras estar al cuidado de un preceptor, solían concluir sus estudios en las aulas y universidades con mayor renombre.
II. LOS CAMBIOS DE LA MODERNIDAD
A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, la formación de la nobleza se convirtió en uno de los pilares que sustentaba el nuevo orden de poderes del Antiguo Régimen, tanto en el ámbito del gobierno y de la administración, como en la defensa del territorio, para lo que se necesitaban burócratas destinados al despacho de los asuntos del reino, y también un ejército disciplinado y jerarquizado, cuyos cuadros de mando debían ser conocedores de una táctica militar que se hallaba inmersa en un proceso de cambio. Así, intelectuales como Jerónimo de Carranza, autor de la obra De la filosofía de las armas y de su destreza (1582), promovieron la formación en aspectos y prácticas militares.
Las directrices implantadas tras el Concilio de Trento promovieron a finales del siglo XVI y comienzos del XVII la fundación de multitud de seminarios y de colegios, muchos de ellos dependientes de órdenes religiosas como los jesuitas y los escolapios, con un nuevo espíritu reformador que facilitaba una cierta promoción social. La pedagogía de la Compañía de Jesús dominó la época moderna y se extendió por todo el mundo aplicando su Ratio studiorum (1599), que tuvo un gran impacto en la educación humanista y en los centros destinados a la formación de nobles, como el Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid, que intentó configurar una élite cultural preparada para el desempeño de las responsabilidades públicas8. Las inquietudes y necesidades propias de la nobleza, junto con la evolución de los tiempos, hicieron que la formación de los jóvenes no pudiera limitarse a un sencillo adoctrinamiento en lectura, escritura y artes liberales. La educación, en efecto, debía ir más allá, convirtiéndose en auténtica rectora de la vida pública y privada. Así, aspectos como la gentileza y la distinción fueron incorporados en los manuales educativos, constituyéndose en una parte esencial de sus contenidos y contribuyendo a fomentar unos altos niveles de cortesía y valores para afianzar la posición de las élites, cuyo deseo era que sus hijos alcanzaran oficios cortesanos en Madrid, sobre todo a partir de los siglos XVII y XVIII. Así, los letrados procedentes de las capas de la nobleza se convirtieron en los grandes beneficiados de numerosos puestos y cargos de la administración y de la defensa de la Monarquía Hispánica, gracias a la formación recibida en materias como la diplomacia, la economía, el comercio y las lenguas extranjeras, lo que acentuaba su rango social. En esta época, los arbitristas, los novatores y otros pensadores revolucionaron el panorama intelectual en las escuelas y universidades hispanas, al objeto de dar respuestas científicas a los problemas del país y acometer reformas de calado.
A finales del siglo XVII y sobre todo en el XVIII comenzó a abrirse paso el debate sobre la necesidad que tenía la sociedad de dar una buena formación a la mujer, destacando las posiciones más racionalistas de autores como François Fénelon con su obra Tratado de la educación de las hijas (1687) y Josefa Amar y Borbón, con su Discurso en defensa del talento de las mujeres (1786) y Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1790), que contribuyeron a contrarrestar los pensamientos más conservadores de la época9. Los colegios de doncellas nobles, surgidos con las corrientes humanistas, habían conocido un proceso de expansión por varias ciudades de España como espacios reservados para mujeres, al margen de los monasterios, donde podían recibir una formación concreta10. Al igual que ocurría con todas las instituciones del Antiguo Régimen, el acceso a las plazas de estos colegios estaba reservado a aquellas mujeres con mayores o menores recursos económicos, que presentaran pruebas de limpieza de sangre. La formación que se impartía en ellos fue evolucionando, pasando de enseñar solamente doctrina cristiana e instruir en virtudes femeninas como la discreción y la obediencia, a incluir también lectura, escritura, cálculo e incluso nociones de retórica.
A partir del siglo XVII, la alta nobleza comenzó a patrocinar academias cercanas al modelo intelectual e ilustrado francés, instituciones que propugnaban diversas reformas necesarias para la modernización de la nación, como las propuestas por fray Benito Jeró- nimo Feijoo y las Sociedades Económicas de Amigos del País, a las cuales pertenecían muchos nobles titulados del reino. Las nuevas Reales Academias fomentaron el estudio de la ciencia y la erudición, dando lugar a una eclosión de instituciones como la Real Academia Española (1713), la Real Academia de la Historia (1736), la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1744) y el Real Gabinete de Historia Natural (1771). En paralelo, las enseñanzas superiores continuaban su desarrollo en la España moderna. Tras un primer período que comprendió el siglo XVI y finalizó con el reinado de Felipe III, caracterizado por la expansión de nuevas universidades, el tradicionalismo institucional dominó la política educativa hasta los tiempos de Carlos III. Durante las décadas finales del siglo XVIII, el reformismo comenzó a abrirse camino, desembocando a mediados del XIX en la implantación del modelo de universidad liberal. A lo largo del Antiguo Régimen, conforme la nobleza fue dando mayor importancia a los estudios universitarios como auténticas escuelas de gobierno y medios de prestigio y de promoción social, las becas que ofertaban los colegios mayores fueron ocupadas mayoritariamente por sus miembros.
A las puertas del siglo XIX, el mecenazgo de la nobleza se había extendido a literatos y otros artistas como pintores, músicos y compositores, que se pusieron bajo la protección de muchos aristócratas interesados no solo en la promoción de la cultura y de la fama de sus propias Casas, sino también en la formación de sus hijos en diversas áreas del saber y en disciplinas concretas para el fomento de su sensibilidad cultural y estética, para lo que hicieron llamar a los instructores y profesores de pintura, dibujo y música más reputados. Uno de los casos más conocidos es el de María Josefa Pimentel Téllez-Girón, XII condesa-duquesa de Benavente, representante de la nobleza ilustrada del siglo XVIII y entusiasta protectora de la cultura a través de numerosas tertulias y reuniones en las que se cultivaban el arte, la música, la literatura y la curiosidad científica. En colaboración con otras mujeres nobles, la aristócrata dedicó parte de sus esfuerzos a promocionar la Junta de Damas de Honor y Mérito, una asociación femenina de carácter filantrópico vinculada a la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, que fue creada formalmente en 1787 bajo el impulso de Carlos III y de la que fue su primera presidenta11. Entre sus objetivos principales, la Junta tuvo la misión de ordenar la salida al espacio público de las mujeres en el período ilustrado para proyectar sus méritos y capacidades al resto de la sociedad, gracias a la educación de las niñas en varios colegios como la Escuela de Enseñanza Mutua, creada en 1819, y a su formación en oficios femeninos como el bordado. Gracias a la participación de la duquesa de Osuna en el impulso de las artes y las ciencias, nuevos aires renovadores tomaron la batuta en el panorama cultural español.
III. LAS FUENTES DOCUMENTALES
El repertorio de recursos que custodia el Archivo Histórico de la Nobleza para el estudio de la educación de nobles e infantes desde finales de la época medieval hasta comienzos del siglo XX es variado y rico en series documentales. Se trata de un conjunto de materiales cuya presencia en los archivos nobiliarios no suele ser mayoritaria, pero que, en cambio, ofrecen datos e informaciones imprescindibles para conocer mejor las estructuras institucionales y socioeconómicas que posibilitaban la formación de los niños y jóvenes, así como el desarrollo de las relaciones humanas entre los miembros de las familias, encuadradas en el marco de la educación.
Un primer grupo de fuentes documentales muestra el patronato ejercido por distintos miembros de la nobleza a partir del siglo XVIII sobre instituciones con fines educativos, como la Real Escuela de Flores de la Reina y el Colegio de Educación de la Sociedad, situados en Madrid, de los que era fundadora y protectora María Francisca Dávila Carrillo de Albornoz, I condesa de Truillas, a quien se dirigieron varias misivas sobre su administración en 179012. Otro ámbito para subrayar fue el apoyo a diversos maestros y artistas que ofrecían sus servicios a la aristocracia y que eran contratados y recomendados. Las cartas del archivo ducal de Osuna ofrecen numerosas referencias acerca de la labor de mecenazgo llevada a cabo por los propios duques de Osuna, de Benavente y del Infantado a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX. Aparte de dos memoriales de 1671 del maestro de baile de Carlos II Alonso Ruipérez, dirigidos a la reina para optar a la concesión de un oficio en la corte, de lo que se hizo partícipe al duque del Infantado13, contamos con tres libramientos de 1681 y 1682 por lecciones de danza de los hijos del aristócrata, impartidas por el maestro de baile Agustín Caballero, por las que cobraba tres doblones mensuales14. Además, la familia también tenía a su disposición a sus propios maestros de caballeriza e instructores de escuela15.
Acerca de la extraordinaria labor de mecenazgo de la mencionada María Josefa Pimentel Téllez-Girón, se conservan algunas misivas datadas en 1796 y remitidas por el capitán José García de Segovia, en las que le pide el patrocinio de su obra Arte de poner y bailar contradanzas, con el objetivo de contribuir a la educación de los jóvenes y al aprendizaje de los pasos y compases, en una época en la que el baile era considerado no solo como una habilidad, sino también una señal de buena crianza. El vínculo entre la aristócrata y el autor se remontaba a los tiempos de su niñez, cuando ambos eran discípulos y pareja de baile durante las lecciones de Esteban Rosell, y en los espectáculos de máscaras del Coliseo del Príncipe16. Otra muestra de su inquietud cultural es una carta de la duquesa de Osuna dirigida en 1806 a su conocido Evaristo Pérez de Castro, en la que recomendó a Armand Vestris, hijo del también bailarín Auguste Vestris, profesor de baile y coreógrafo en París, cuyo espectá- culo se ofrecía en el Teatro de San Carlo de Nápoles17. Habida cuenta de su sensibilidad por el fomento de la educación, fueron numerosas las solicitudes de intercesión para obtener formación en diversas áreas de conocimiento. Especialmente llamativa es una carta de 1790 del marqués de la Cañada respondiendo a la duquesa sobre la recomendación de un cadete apellidado Amezana para pasar a Barcelona a estudiar matemáticas, que ella misma le había pedido18.
La tradición de educar a los hijos en el arte de danzar y la costumbre de que los adultos también tomaran lecciones de baile estaban sólidamente arraigadas en las Casas de Osuna y Benavente. Uno de los maestros con los que contaron los duques entre 1729 y 1731 fue Sebastián Christiani de Scío, cuyo hermano estuvo al servicio de Carlos III. A este respecto, se conservan diversos libramientos de 120 reales de vellón mensuales ordenados a favor del maestro de danza (fig. I)19. De la misma época son dos recibos fechados en 1742 y 1743 y firmados por el profesor de baile Miguel Godro por lecciones para la condesa de Luna, a razón de tres doblones al mes20. De igual modo, diversos bailarines eran contratados para amenizar las fiestas de Carnaval de la Casa, en las que se ofrecían bailes para los hijos de los nobles, como se refiere en un testimonio de 173821.
La educación de los cuatro hijos mayores de María Josefa Pimentel y Pedro de Alcántara Téllez-Girón, IX duques de Osuna, estuvo basada no solo en las materias más propiamente intelectuales, sino también en el cultivo de otras destrezas como el dibujo, la pintura y el baile, que ocuparon las jornadas de lección de los jó- venes. Para ello, la condesa de Benavente contó entre los años 1799, durante una estancia en París, y 1807 con maestros franceses como el coreógrafo y bailarín Pierre Gabriel Gardel, el compositor Honoré de Langlé, instructor de música22, Jean Joly, a quien se libraron 3.000 reales de vellón por sus clases23, y el parisino Louis Moreau (fig. II)24. En 1821 era profesor de danza del joven Pedro de Alcántara Téllez-Girón Pimentel, IX marqués de Javalquinto, el maestro Francisco Loli, a quien se abonó mediante otro libramiento 320 reales de vellón por orden de la duquesa viuda de Osuna25. Al año siguiente ya trabajaba para la Casa el maestro Andrés Belluzzi impartiendo lecciones de baile al duque de Osuna, según figura en un recibo por 220 reales de vellón mensuales26. Diversas mujeres de la familia también recibieron clases de danza de mano de una institutriz de baile, como prueba otra orden de pago a María Volet en 183227.
El arte de la esgrima fue otra disciplina que aprendieron varias generaciones de duques de Osuna y Benavente, para lo cual contaron con sus propios maestros de armas como José Aguado entre los años 1729 y 1730, de cuyas clases también se conservan los libramientos (fig. III)28. Estos profesores solían pedir la recomendación de la familia para optar a otros empleos al servicio de la Corona, como se testimonia en algunas cartas de 1762 del maestro de esgrima Juan de Perinat al duque de Béjar, a fin de lograr un puesto como instructor de don Carlos, príncipe de Asturias29, y en otra misiva de 1795 enviada por Josephine Rouffio Saint Hilaire a la condesa-duquesa de Benavente pidiendo una recomendación para obtener una colocación como aya30.
De igual modo, la enseñanza de la música y del canto era habitual en la Casa de Osuna. Se conserva abundante documentación referida a la contratación y al pago de lecciones, cuyo objetivo era instruir y entretener a los jóvenes de la familia. Además del curioso pago a un maestro en 1759 por haber dado clases de canto a un pájaro31, se dispone de diversos recibos dados en 1821 por Mariano Rodríguez de Ledesma por sus honorarios como profesor de música32, dos más de 1824 de Pietro Terziani33, y otros tantos de Ángel Inzenga por sus clases como maestro de piano en 182634. Para el cultivo de otras facetas como el dibujo y la pintura, los hijos de los duques de Osuna recibieron instrucción gracias a varios artistas como Agustín Esteve, discípulo de Goya, entre 1800 y 1803, y Juan de Gamboa, como recogen algunos libramientos y recibos del pago de sus salarios (fig. IV)35. Años más tarde, en 1827 y 1828 ejercía estas funciones Gregorio Sánchez Madrid con un sueldo de 120 reales como maestro de dibujo de Mariano Téllez-Girón36.
Además de los profesores especializados en materias científicas y artísticas, los ayos e institutrices también eran una pieza clave en la formación de los jóvenes, y las familias de la nobleza contaban con ellos para ejercer las tareas de supervisión educativa de sus hijos. Los archivos nobiliarios custodian testimonios que ayudan a identificar a las personas que acompañaron a muchos educandos en sus años de estudio, como Magdalena de Sandoval, aya de Catalina Enríquez Ribera, III duquesa de Osuna, con ocasión de un pleito por embargo con los acreedores de dicho estado en 160837, y la mención en un inventario de 1630 al aya María de Salceda, depositaria de los bienes de la marquesa de Aguilar de Campoo38. Otro testimonio del mayordomo del conde-duque de Benavente cita a Isabel Pareja a propósito de la cuenta presentada en 1755 por el maestro de violín Vicente Juan y aprobada por ella39. También se dispone de dos cartas datadas en 1788 de Diego Clemencín y dirigidas a la condesa de Benavente, en las que acepta el cargo de ayo de sus hijos (fig. V)40. Ya en el siglo XIX, existen algunas referencias de 1810 y 1811 a Joaquín Díaz, ayo de Vicente María de Aponte Ovando, VI marqués de Torre Orgaz41.
En este marco de la investigación sobre la educación de la nobleza, uno de los principales ámbitos de interés es la financiación de los estudios y los gastos que llevaban aparejados, aspecto que no solo obligaba a las familias a reservar una parte de sus patrimonios en vida o a través de mandas testamentarias, sino que también daba lugar a una serie específica de registros y cuentas de administración. De 1555 data una carta de pago otorgada por el clérigo Antonio Manrique, hijo de Blanca Pimentel de Velasco, en la que reconoce haber recibido de Ana de Aragón, marquesa de Aguilar de Campoo, más de 440.000 maravedíes de la legítima de su madre para sus estudios en Salamanca42. Al margen de este testimonio, el período en que se dispone de mayor cantidad de fuentes es el siglo XVII. En ocasiones se reservaban las rentas jurisdiccionales como medio para financiar estudios universitarios, como reflejan varias donaciones, una de ellas efectuada en 1634 por Antonio Maldonado de Tejeda de las recaudaciones de Santa Olalla de Yeltes y otros señoríos a favor de su hijo para sus estudios en Salamanca43, otras de Gabriel López de Salas para el mismo fin44 y de Andrés de Nájera, estudiante en Alcalá de Henares45, y una relación de gastos de los estudios llevados a cabo en 1685 por José de Toledo Portugal, hijo de los condes de Alcaudete, en el colegio de los jesuitas de Ocaña46. Más adelante, en 1806 encontramos diversos recibos por las clases de Joaquín Arteaga en el Real Seminario de Nobles de Madrid (fig. VI)47, y de José María Ruiz de Arana Saavedra, VIII conde de Sevilla la Nueva, en el Real Colegio de Humanidades en 183248.
No eran pocas las ocasiones en las que los estudiantes solicitaban ayudas oficiales para terminar sus estudios, como testimonian varias noticias sobre la concesión de una beca a Antonio Remón Zarco del Valle en el Colegio de Santa Cruz de Valladolid en 183349. Estas pensiones eran a veces objeto de pleitos, como el suscitado en 1764 entre Luis Fernández de Córdoba con su hermano Cristóbal Rafael, IV marqués de Algarinejo, por el pago de una pensión situada en bienes de mayorazgo y destinada a los estudios de sus sobrinos50. La limpieza de sangre había sido un requisito imprescindible para la entrada de colegiales en las instituciones formativas, como el Real Colegio de Doncellas Nobles de Toledo, ejemplo del que se tiene constancia a través de unas probanzas de Juan Francisco Dávalos Santamaría, elaboradas para el ingreso de sus hijas Manuela Antonia y Ana María Dávalos en 169451. Del mismo modo, se dispone de la genealogía de Josefa María y María Andrea de la Palma, aspirantes a ser admitidas en el mismo colegio toledano52, y del nombramiento en 1763 como colegiala de Manuela Jacoba Dávalos53.
Las encomiendas de la educación de los jóvenes a familiares eran comunes, como ilustran varios testimonios de mediados del siglo XVII, entre ellos el de Felipa Venegas de Córdoba, a cargo de la educación de su sobrino Rodrigo Matías Venegas de Córdoba, futuro II conde de Luque54. Las series de correspondencia del mismo fondo relatan un caso similar acontecido en 1829, del que se tiene noticia a través de una carta remitida a Cristóbal Fernández de Córdoba Barradas, VII conde de Luque, por su hermano José María, en la que le agradece el dinero enviado para la instrucción de su sobrino55. La educación de las niñas no era descuidada, como prueba una carta de poder de María Serafina Galeote Hurtado a favor de Alonso Diego Álvarez Bohórquez, IV conde de Torrepalma, para la formación y la administración de los bienes de María Fernanda Mejía Ponce de León56. En ciertas ocasiones, las fuentes también indican las instituciones donde las niñas recibían sus lecciones, como una misiva de 1773 remitida a Francisco de Paula Fernández de Córdoba Venegas, VI conde de Luque, por el arzobispo granadino Pedro Antonio Barroeta, felicitándole por el ingreso de su hija María Dolores en un colegio de niñas para recibir educación religiosa57.
Las relaciones epistolares son amplias y abarcan numerosos temas y ámbitos de la vida estudiantil de la nobleza. Los padres de los estudiantes eran informados por los preceptores de sus hijos y protegidos, o bien por las personas que estaban a su cargo, acerca de sus progresos, gustos y problemas de comportamiento y disciplina. Una de las muestras más tempranas se remonta a 1665, cuando Juan González de Andía comunica a Duarte Fernando Álvarez de Toledo, conde de Oropesa, el inicio de sus estudios en la Universidad de Salamanca58. De 1692 es una carta de Garpar de la Cerda Sandoval, conde de Galve, a su hermana la duquesa del Cenete, en la que habla de la educación de su sobrino59. Otro ejemplo es una misiva de 1700 enviada por Gabriel del Castillo a Juan de Dios de Silva Mendoza, X duque del Infantado, informando sobre la educación de un muchacho llamado Manuel en lenguas, esgrima y música, así como de su afición al juego de la pelota (fig. VII)60. La educación de los jóvenes en ocasiones era reclamada por algunos familiares, como en el caso de Baltasar de Zúñiga, que pidió al duque de Béjar la tutela, crianza y educación de sus sobrinos en 171461. A finales de siglo, Antonio Ruiz, criado de Francisco de Paula Fernández de Córdoba, VI conde de Luque, le escribía en 1789 para informarle acerca de los estudios de su hijo José María62. Por lo que respecta al siglo XIX, se dispone de varios testimonios: por un lado, las cartas de Tomás Romero, en las que envía noticias a José María de Ezpeleta Aguirre-Zuazo, III conde de Ezpeleta de Veire, sobre la formación de su hijo Ortuño en 185963, y por otro, las remitidas en 1891 a los marqueses de San Miguel de Aguayo acerca de los progresos de sus descendientes Ramón, Rafael y Pablo (fig. VIII)64. Con todo, en ocasiones la correspondencia no era tan alentadora, como muestra un escrito del ayo del marqués de Torre Orgaz a sus tutores en 1811, quejándose de la mala educación de su pupilo65.
La correspondencia entre los estudiantes y sus familias permite obtener una idea del ambiente en el que vivían los educandos, a veces alejados de sus residencias habituales. En este sentido, el archivo de los marqueses de Perales del Río ofrece una amplia colección de cartas datadas entre 1766 y 1772, cruzadas entre Miguel Antonio Fernández Durán y su padre, el II marqués de Tolosa, desde el Colegio Clementino de Roma, donde desarrollaba sus estudios en artes y otras disciplinas liberales, así como desde otras ciudades italianas y francesas (figs. IX-X)66.
Los expedientes y las certificaciones de estudios configuran otro área temática de fuentes documentales. A menudo se hallan anejados entre la correspondencia, como en el caso de las cartas del conde de Luque, Cristóbal Fernández de Córdoba Barradas, fechadas desde finales del siglo XVIII, que incluyen varios certificados académicos67. En otras ocasiones, figuran agrupaciones de documentos acerca de los estudios de varias personas, entre los que aparecen certificaciones. A medida que las instituciones de estudios superiores fueron haciéndose más presentes en el sistema educativo español, la cantidad de documentación es mayor. Así, a lo largo del siglo XIX encontramos ejemplos como varios certificados de estudios de Antonio Remón Zarco del Valle en 1830 (fig. XI)68 y del citado conde de Sevilla la Nueva, José María Ruiz de Arana, en el Colegio de Humanidades de Madrid en 183869. De igual modo, figuran las certificaciones de exámenes universitarios de Antonio Fernández Durán, VI marqués de Perales del Río, entre 1850 y 185370, varias acreditaciones de estudios de Francisco de Borja Queipo de Llano, VIII conde de Toreno, de 1853 a 186071, y otras de Manuel González Quintanilla, hermano de la marquesa consorte de Torrelaguna, María González, de 189372. Especialmente rico en este tipo de documentos es el archivo de los duques de Fernán Núñez, que posee los expedientes de estudios de varios familiares como Manuel Falcó Osorio, de 187573, y Tristán Falcó Álvarez de Toledo, fechado entre 1923 y 1934 (fig. XII)74.
En algunos archivos familiares es frecuente encontrar programas de estudios y trabajos académicos entre los papeles personales. Se trata de unas fuentes muy valiosas no solo para el análisis de la trayectoria estudiantil, sino también para conocer las materias que se impartían en las instituciones donde acudían los jóvenes de la nobleza. A este respecto, sirven de muestra algunos ejercicios literarios y materiales de varios certámenes públicos de sintaxis, latín, filosofía, matemáticas, lengua griega, francesa e inglesa, geografía e historia, celebrados en el Real Seminario de Nobles de Madrid en 1780 y 178175. También se conservan algunos impresos de la misma época sobre poética, retórica, metafísica, lógica y filosofía moral, pertenecientes a esta institución76.
El siglo XIX es especialmente generoso en cuanto a la cantidad y tipología de estos documentos. De los primeros años datan unos ensayos y ejercicios de lingüística española, hebrea y griega conservados en el archivo ducal de Fernán Núñez, junto con un conjunto de correspondencia sobre estos temas mantenida con el filólogo y lingüista Antonio Puigblanch77. De igual modo, disponemos de algunos planes de las asignaturas de lengua griega y psicología, cursadas por Álvaro Queipo de Llano Fernández de Córdoba, IX conde de Toreno, en 187978. Con idénticas fechas figuran algunos materiales escolares de los hijos de los marqueses de Mendigorría, que incluyen varios ejercicios caligráficos de Mariano Remón Zarco del Valle fechados hacia 184079, trabajos de la infancia de Antonio Fernández de Córdoba, comprendidos entre 1869 y 1870, certificados escolares, bocetos a carboncillo y breves cartas a su padre (figs. XIII-XIV)80. A todo ello se suman unos cuadernos con notas personales de Ramón Fernández de Córdoba datadas entre 1870 y 189681, y apuntes posteriores de Rafael Fernández de Córdoba Esteban sobre la lengua inglesa82. En el cambio de siglo destacan algunas tareas de composición musical de Manuel Felipe Falcó Osorio, IV duque de Fernán Núñez83, y diversas notas escolares de 1894 de Juan Pablo Ruiz de Gámiz, hijo de María de la Encarnación Díez de Ulzurrun, XVI marquesa de Montes Claros84.
De igual modo que las familias nobles contaban con ayos para la educación de sus jóvenes, similares funciones ejercieron tanto los hombres como las damas de la nobleza en la corte con los infantes e infantas, cuya instrucción y tutela era confiada a algunos nobles, que a su vez contaban con maestros y letrados. La documentación con referencias a esta función es abundante y comprende una gran variedad de aspectos que enriquecen la investigación sobre la formación de los hijos de los monarcas. Uno de los testimonios más antiguos es un requerimiento hecho en 1407 a la reina Catalina de Lancáster por Mencía de Zúñiga, mujer de Diego Pérez Sarmiento, sobre el cumplimiento del testamento de Enrique III, respecto a la crianza y educación de la infanta María, que ella tenía encomendada85. Por otro lado, en la escritura de agregación de la villa de Gor al mayorazgo familiar en 1515 se menciona el cargo de Sancho de Castilla como ayo del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos86. Al archivo de los duques de Frías pertenece una misiva de Carlos V remitida en 1553 a Antonio Velasco de Rojas, consejero de Estado y Guerra, donde se da por enterado de su nombramiento como ayo de su nieto, el príncipe don Carlos87. En el mismo fondo figuran tres cartas de 1590 dirigidas al conde de Benavente con menciones sobre las costumbres, educación y viajes del príncipe Felipe88. De 1622 datan varias provisiones reales con el nombramiento de Francisco de Ribera, II marqués de Malpica, como ayo del cardenal-infante Fernando de Austria89. Otra referencia sobre la identificación de ayos aparece en un informe de 1640 acerca del mayorazgo de Juan de Isasi Idiáquez, maestro del príncipe don Baltasar Carlos, labor que había merecido la concesión del título de conde de Pie de Concha dos años antes90. Por último, hallamos una mención a Mariana Engracia de Toledo Portugal, marquesa de los Vélez, como aya de Carlos II en su testamento otorgado en 168591.
Los testimonios del siglo XVIII son más numerosos y aparecen recogidos por lo general en la correspondencia. Así, en una carta de 1715 de Juan de Barco al marqués de Torre Orgaz se menciona el nombramiento como ayo del príncipe don Luis del cardenal napolitano Francesco del Giudice, arzobispo de Monreale92. Por una real cédula de Felipe V de 1723, el rey concedió una renta vitalicia a María de las Nieves Angulo Arbizu, aya de la infanta Mariana Victoria, recompensada también con la creación del marquesado de las Nieves en 172593. Años más tarde, en 1759, Francisco Juan Dusmet Bureaux aparece mencionado como teniente de ayo del príncipe don Carlos en varias cartas dirigidas por su hijo a Joaquín Diego López de Zúñiga, XII duque de Bé- jar94. Además, en el archivo ducal de Baena se conservan algunos oficios de 1774 enviados a María Francisca Dávila Carrillo de Albornoz, condesa de Torrepalma, en calidad de aya de las infantas95. Un poco después, en 1844, está fechado un reglamento de la Casa del infante Francisco de Paula Antonio, hijo menor de Carlos IV, que fue remitido a Candelaria Saavedra Ruiz de Arana, VII condesa de Sevilla la Nueva, en virtud de su cargo de aya y dama de sus hijas96, así como la aprobación de los gastos de las mismas97.
En tiempos de Isabel II, la reina encargó las funciones de aya de sus hijos a varias mujeres de la nobleza, entre quienes destacaron María de la Encarnación Bohórquez Chacón, VI duquesa de Arión, en 185998 y María del Carmen Álvarez de las Asturias Bohórquez, marquesa consorte de Novaliches, a quien concedió el título de condesa de Santa Isabel por sus méritos como aya de la infanta Isabel entre 1855 y 1863. El estrecho vínculo existente entre la reina y esta dama quedó recogido en un conjunto documental actualmente conservado en el archivo de los condes de Toreno y compuesto por reales órdenes, invitaciones a diversos actos solemnes y cartas en las que se le comunican algunos nacimientos reales, como el de la infanta María Eulalia en 186499. Las funciones fueron asumidas poco después por la marquesa viuda de Peñaflorida como tenienta de aya, según varios informes de cuentas rendidas en 1866 sobre el pago de limosnas100.
Un último aspecto a tener en cuenta en el estudio de la formación de los nobles es la riqueza de las bibliotecas, que se fueron formando con el paso del tiempo gracias a las inquietudes de las familias para dotarlas de aquellas obras que resultaban más atractivas y necesarias. En el Archivo Histórico de la Nobleza se conservan algunos inventarios de estas librerías desde el siglo XV, elaborados unas veces como parte de las testamentarías y otras simplemente ante la necesidad de poner orden en las propias bibliotecas. Tal vez el más antiguo de ellos es el listado de libros que poseía en 1454 Guiomar de Meneses, esposa de Alonso Tenorio de Silva, adelantado de Cazorla (fig. XV)101, así como el de la biblioteca que los condes de Benavente tenían a finales del siglo XV en su fortaleza de Cigales102. También se conserva un listado de las obras que componían la librería de los duques de Frías al acabar el siglo XVI103.
El mayor número de testimonios acerca del contenido de las bibliotecas nobiliarias se halla concentrado en el siglo XVIII, con una buena muestra de las más destacadas. Una de ellas se encontraba en el palacio de los duques de Béjar en Madrid104, otra aparece registrada a mediados de la centuria y pertenecía a los duques de Uceda (fig. XVI)105, y finalmente cabe mencionar la librería de los duques de Osuna, quienes fueron incrementando notablemente su colección de obras clásicas y de historia natural desde finales de la época moderna106. Durante el siglo XIX, la biblioteca de los marqueses de Perales del Río fue recogida en varios listados de testamentaría y tasada en 1802 y 1808107. Por último, hacia 1870 fue elaborado el inventario en fichas de la biblioteca formada por los condes de Villagonzalo108.
En las librerías de las familias nobles, ocupaban un lugar privilegiado los tratados específicos sobre la formación de los jóvenes, ya que servían de auténticos manuales para abordar estas tareas. Entre las obras de este tipo conservadas en los fondos del Archivo Histórico de la Nobleza, merece la pena llamar la atención sobre diversos volúmenes acerca de la educación pública escritos bajo el patrocinio de los condes de Fernán Núñez en 1786109, otro sobre la formación durante la infancia según el método propuesto por el influyente educador suizo Johann Heinrich Pestalozzi, que aplicó los ideales ilustrados a la pedagogía (fig. XVII)110 y algunos más de temas similares que pertenecían a la librería del duque de Béjar111.
Al margen de las obras anteriores, el archivo de los marqueses de Perales del Río conserva el borrador en castellano del Tratado de educación para la nobleza, escrito por un eclesiástico miembro de la Real Academia de las Ciencias de París en 1728, que fue traducido del francés alrededor de 1795 por María de la Concepción de Pinedo González de Quijano, III marquesa de Tolosa, y dedicado al primer ministro Manuel Godoy (fig. XVIII)112. La obra, cuya esencia es similar a la de otros tratados españoles sobre la educación de la aristocracia, se divide en 94 capítulos dedicados a una gran variedad de temas, y parte del uso de una buena metodología en la educación, que debía ser recibida por los jóvenes en función de los cometidos a desempeñar en la etapa adulta, ya que «de la buena educación pende la felicidad del Estado»113, una premisa señalada por la propia marquesa en la advertencia previa a la traducción. Así, no solo era necesario formar en disciplinas como la historia, las lenguas clásicas y las artes con el objetivo de adquirir conocimientos, sino también con el ánimo de formar a personas cívicas y dotarles de estrategias para vivir en sociedad. Para ello, se apuesta por el modelo del preceptor, cuya misión debía ser desarrollada por medio de lecciones académicas y otras actividades vinculadas al ocio y la diversión, como los juegos, las visitas didácticas y los viajes a paí- ses extranjeros.
CONCLUSIONES
A lo largo del Antiguo Régimen, la sociedad se esmeró en promover la educación de la nobleza, que fue considerada no solo como élite social, sino también como impulsora de la evolución cultural que se había desarrollado desde finales de la época medieval. Durante aquel período, los nobles entraron de lleno en un proceso de renovación en el que su tradicional vocación guerrera debió apoyarse sobre un nuevo resorte: la formación académica. Ello permitió establecer un sólido vínculo entre las élites y el control de los puestos administrativos y de gobierno de la Monarquía Hispánica, una relación que fue en aumento desde finales del siglo XVI y que resultó evidente durante el XVIII, cuando la nobleza ya se había convertido en una fuente prácticamente inagotable de funcionarios altamente cualificados. Las estrategias de promoción, además, trascendieron más allá de las fronteras españolas, estableciéndose auténticos sistemas de redes clientelares y sociales a nivel internacional gracias a los viajes y a la formación en colegios y universidades extranjeras. Con el establecimiento del Estado constitucional en la España liberal, muchas señas de identidad de la nobleza profundamente enraizadas en la Edad Media y el Antiguo Régimen tendieron a desaparecer, pero el interés por la educación no solo se mantuvo, sino que además fue impulsado y diversificado, lo que permitió a sus miembros conservar un papel destacado en la sociedad española contemporánea.
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