Headnote
Recibido: 16/07/2025
Aceptado: 20/08/2025
Resumen
El "imperio informal" ha vuelto con fuerza a la historiografía, aunque nunca se había ido del todo. Esta actualidad del concepto ha suscitado un renovado interés por sus orígenes y la acalorada discusión que provocó. Como entonces, América Latina es la geografía que más se invoca al respecto. Este artículo explica la propuesta de Robinson y Gallagher y las reticencias que concitó, en especial por parte de D. C. M. Platt. Las biografías de los protagonistas de la controversia y sus contextos políticos e historiográficos permiten explicar su naturaleza y evolución. Se destacan el carácter indefinido de la categoría moderna de imperio, el problema de sus límites y el papel histórico de la modernidad extraeuropea. En realidad, fueron dos debates sucesivos. Robinson y Gallagher respondían al fin del imperio británico y al auge de la hegemonía estadounidense; Platt a la América Latina revolucionaria y al discurso "dependentista": capítulos y escenarios de la Guerra Fría.
Palabras-clave: imperio informal, descolonización, Controversia Robinson-Gallagher, D. C. M. Platt, dependencia en América Latina.
Abstract
"Informal empire" has returned to historiography with new strength, although it had never completely disappeared. The current relevance of the concept has sparked renewed interest in its origins and the heated debate it provoked. As then, Latin America is the geography most frequently associated with this idea. This article explains Robinson and Gallagher's proposal and the objections it aroused, particularly on the part of D. C. M. Platt. The biographies of the main authors of this controversy and its political and historiographical contexts help to explain the concept's nature and evolution. From analysis emerge the undefined character of the modern category of empire, the problem of its limits, and the historical role of non-European modernity. Actually, there were two successive debates. Robinson and Gallagher responded to the end of the British Empire and the rise of US hegemony; Platt to revolutionary Latin America and the "dependency" discourse: phases and theatres of the Cold War.
Keywords: Informal empire, Decolonisation, Robinson and Gallagher Controversy, D. C. M. Platt, Dependency in Latin America.
Introducción
ChristopherPlattfueunodelosprincipaleshistoriadoreslatinoamericanistas británicos de la segunda mitad del siglo XX2. Según su amigo Guido di Tella (1990: 235-236), solía repetir: "en un mundo como el nuestro, para que valga la pena regar un jardín (debiéramos saber), si está o no plantado con flores de papel". Para Platt, una de estas "flores de papel" era el concepto de "imperio informal", en cuya crítica frente a Ronald Robinson y John Gallagher alcanzó cierta fama.
Este artículo pretende mostrar que las reticencias de Platt eran acertadas y, al mismo tiempo, que el problema que denunciaban sus oponentes, Robinson y Gallagher, era también real. El problema se puede resumir así: en el mundo moderno la categoría de "imperio" adolece de un carácter indefinido. Dada esta ausencia de significado concreto, Robinson y Gallagher planteaban que era relativamente indiferente si el fenómeno imperial se manifestaba de forma explícita o implícita, oficial u oficiosa.
Se analiza aquí la famosa controversia de Platt con Robinson y Gallagher en sus dimensiones contemporáneas, es decir, en su contexto histórico marcado por la descolonización y por el surgimiento de un sistema internacional conformado por una creciente pluralidad de voces. Las biografías de estos tres autores, en relación tanto con la desintegración del imperio británico como con la Guerra Fría, en sus distintas etapas, resultaron decisivas en su crítica de los esquemas previos de la historiografía sobre la expansión europea. Adoptando este enfoque, que combinará lo historiográfico y lo biográfico, emerge un aspecto poco considerado que comparten los tres autores: la voluntad de destacar el papel de los protagonistas no europeos del proceso de integración del mundo. Los conceptos de "nacionalismo colonial" y "autonomía económica", aunque hoy parezcan superados, nos hablan del largo y arduo camino para construir una historia global de la modernidad. Se trata de incidir en los fundamentos y matices de un concepto, él de "imperio informal", que recién tiene nueva pujanza en la historiografía3.
Con relación a América Latina, la idea de un "imperio informal" ha sido a menudo puesta a prueba de los hechos, por ejemplo, en trabajos ya clásicos como los de Eugenio Vargas (2006) y Alan Knight (Brown 2008: 23-48), sin que se haya llegado a un consenso. Su origen y evolución ha sido reconstruida en varios ensayos historiográficos (Besseghini 2019, Attard 2023, etc.). En cambio, aquí se propone reflexionar sobre la utilidad heurística del concepto de "imperio informal", o de otros similares (sistema-mundo, etc.), al analizar su auge como una respuesta al desafío de reconstruir la relación histórica entre supuestos "agentes" y "víctimas" de la expansión europea. Es decir, se trata de hacerse cargo de que el concepto apareció y se debatió en la cultura surgida bajo el estímulo de la ola global de las luchas "anti-imperialistas", en especial en la década de 1960.
En plena descolonización, Robinson y Gallagher trataron de mostrar que las dinámicas entre factores europeos y no-europeos, que reconocían como el cimiento del imperialismo victoriano, habían incidido también en Occidente (sobre todo en América), no solo en África y Asia. La respuesta de Platt consistió en señalar que era innecesario y perjudicial llamar "imperial" a toda relación en apariencia asimétrica, incluso las post-imperiales. Mientras desarrollaban la idea de un "imperio informal", Robinson y Gallagher estaban cuestionando tanto la fuerza y la coherencia del "imperio" británico como la unidad inherente entre imperialismo y capitalismo, que estaba en el corazón de la teoría marxista. Sin rechazar del todo esta interpretación, Platt se esforzó en alertar sobre el uso demasiado creativo de la palabra "imperio". Si es de papel, no tiene sentido regar una flor.
Una "revolución" en Cambridge
En 1953, Robinson y Gallagher publicaron el artículo que reavivó el debate sobre los imperios modernos tras la Segunda Guerra Mundial: The Imperialism of Free Trade. Desde Cambridge, esta "empresa familiar" (Robinson y Seal 1981: 119) se concentró en dos cuestiones: la relación entre Gran Bretaña y los territorios sometidos a su fuerte influencia -el "imperio informal"- y la percepción y las estrategias de los hombres en el poder, the official mind. Su trabajo desencadenó una "revolución historiográfica" (Stokes 1963; 1969: 286), y estableció el enfoque "periférico" o "exocéntrico" para el estudio del imperio (Fieldhouse 1967, Robinson 1972) que entiende que el motor de la expansión europea también residía en "crisis locales" y manifestaciones extraeuropeas de la modernidad.
El artículo no tuvo un eco inmediato: la primera ola del debate comenzó nueve años después4 y terminó a finales del siglo XX (Louis 1976). Este interés tardío se despertó con la publicación del libro de Robinson y Gallagher, Africa and the Victorians (1961). África mostraba el carácter indefinido y casual del imperio "formal", reforzando así la idea de la continuidad dinámica entre control oficioso y oficial.
En el artículo de 1953, Robinson y Gallagher atacaron el consenso historiográfico que vinculaba la crisis del libre comercio con la intensificación de las conquistas británicas. Impulsados por los ejemplos contemporáneos del Plan Marshall y del nacionalismo anticolonial (Robinson 1972, 1982), formularon la hipótesis de la "continuidad central y discontinuidad regional" en la evolución imperial británica. No defendían que el libre comercio fuera la causa del imperialismo5. Su principal objetivo era disolver la clásica periodización británica que dividía el siglo XIX entre una primera época del libre cambio y una segunda época "del imperialismo" que se habría desarrollado entre 1870 y 1914. La provocadora expresión "imperialismo del libre comercio" implicaba que las prácticas imperialistas existían ya en la época dorada del libre comercio.
En el artículo se referían de manera explícita a las muchas conquistas territoriales británicas en plena supuesta época del pacifismo librecambista: de Nueva Zelanda a Punjab, de Natal a Hong-Kong; también a las nuevas colonizaciones en Queensland o la Columbia Británica. Estos hechos incontrovertibles o se ignoraban como simples "despistes", o presentaban la paradoja de haber ocurrido cuando las autoridades imperiales tenían la supuesta determinación de evitar la extensión de su responsabilidad de gobierno (Robinson y Gallagher 1953: 2-3).
En claro contraste con la interpretación clásica, para Robinson y Gallagher las primeras décadas del siglo XIX representarían el "momento decisivo" de la expansión del poder británico. Un momento que acostumbraba a pasar desapercibido porque no era tan visible en los mapas. Con una expresión que hizo fortuna, explicaban que la expansión británica era informal "si era posible" y formal "si era necesario". No era posible calificar estas estrategias de "imperialistas" o "anti-imperialistas", en ambos casos se trataba de asegurar "los intereses británicos" (Robinson y Gallagher 1953: 11-12).
Según Eric Stokes (1969: 287), Robinson y Gallagher libraron a la interpretación de la expansión europea de creencias y "eslóganes" (como los había definido Schumpeter) surgidos durante la crisis que precedió a la Primera Guerra Mundial. Su "revolución" se oponía a la "vieja historiografía", que según Robinson se dividía en dos paradigmas: uno "ortodoxo", que seguía los argumentos de la Imperial Federation League para el Fair Trade y la Greater Britain (Seeley 1883)6 para luego evolucionar hasta la Commonwealth multirracial de la "escuela de Oxford" (Madden y Fieldhouse 1982); el otro "económico", liberal-radical (Hobson 1902, Woolf 1920, etc.) y marxista (Hilferding 1910, Lenin [1917], etc.). A pesar de partir de juicios morales opuestos, los "ortodoxos" y los "economicistas" proponían una reconstrucción histórica casi idéntica, centrada en el turning-point de 1870. El análisis de Robinson y Gallagher también era fruto de este amplio paisaje intelectual que iba de Seeley hasta la Cambridge left7 (Porter y Holland 1988: 3). Incluso autores próximos a la "escuela de Oxford" influyeron en su "demolición" de las "unidades" tradicionales del imperio (Robinson 1982: 40-45)8.
Sin embargo, las inquietudes historiográficas de Robinson y Gallagher eran sobre todo resultado del cambio geopolítico experimentado después de 1945, que abrió una larga transición, todavía en curso, en la interpretación de la proyección internacional de Gran Bretaña (Hill 2023). En esos años, como explicó Robinson (1982: 43), "el fin de los imperios coloniales europeos estaba a la vista" mientras que "la expansión norteamericana y rusa estaba haciéndose con el resto del mundo por otros medios". El Plan Marshall probaba como "Europa occidental y lo que aún dependía de ella había caído, al menos potencialmente, en la dependencia de los Estados Unidos". Este cambio histórico propiciaba un cambio historiográfico: los "historiadores del imperio británico" podían experimentar el fenómeno de la expansión desde el punto de vista del "receptor". Repensaron así la historia del imperio "formal" a la luz del nuevo significado que el imperio informal había adquirido para ellos. Forjada en Cambridge, la nueva imagen de la Pax Britannica estaba inspirada, como admitieron sus propios artífices, en el auge transatlántico de la nueva superpotencia. Robinson (1986: 285-287) después argumentó que Estados Unidos no fundó un nuevo impero durante la Guerra Fría, a pesar de su intervencionismo. Sin embargo, su idea de un "imperio informal" remitía a la cara oculta del "mundo libre", problematizando la relación entre "imperio" y "alianza" desde la perspectiva británica de posguerra (Hathaway 1981, Hopkins 2018).
Robinson y Gallagher señalaron el protagonismo de los pueblos no europeos en las alianzas y conflictos que caracterizaron la expansión europea. Al mismo tiempo, cuestionaron la conexión entre imperialismo y "fases del capitalismo", rechazando así la interpretación marxista. Con todo, su visión se considera a veces próxima a la de Lenin, ya que también para ellos la razón profunda de las crisis en la periferia era la expansión económica del "centro" (Stokes 1969: 292-294, 301; Schlez 2022: 8). Por el contrario, Victor Kiernan (1974: 72) juzgaba su interpretación ideológicamente antimarxista. En su única crítica directa a las teorías económicas y marxistas9, Robinson y Gallagher (1961: 15n) argumentaron que los intereses empresariales no podían haber determinado la mayoría de las anexiones, dada la pobreza de la sociedad africana: una generalización que revelaba cierta dificultad en superar el enfoque eurocéntrico. Kiernan respondió con ironía. Dado que en el Sahara "el capitalismo no codiciaba la arena de su vecino", se podía llegar a concluir lo mismo respecto a "su petróleo, su carbón o su caucho": como si el hecho de que "Enrique VIII no decapitase a su última mujer" implicara que no pudo hacerlo con las demás. Kiernan también criticaba la rigidez de Robinson y Gallagher al interpretar las fuentes. Parecía que para "hallar culpable al capitalismo" necesitaban "una confesión firmada en su bolsillo respaldada por tres ministros de la Corona". Se habían ido al "extremo opuesto de Lenin" (Kiernan 1974: 79- 82).
Sin embargo, desde la perspectiva de Robinson y Gallagher, la historiografía "ortodoxa" había descuidado el "imperio informal" precisamente por su excesivo apego al empire of rule. Esta idea derivaba de los discursos finiseculares que habían instado a los británicos a "imaginar el imperio" (Seeley 1883: 8), es decir, a suponer una coherencia en las múltiples alianzas, más o menos negociadas, más o menos formalizadas y entendidas de maneras diversas que existían a lo largo y ancho del mundo. Es el mismo momento en el que se inventó una corona imperial para la reina Victoria. Este concepto racial e institucional de "imperio" prevaleció sobre visiones más complejas y matizadas. También legó al proyecto de nación imperial la "carga" del "imperio tropical", según la metáfora de Kipling, asumida con creciente resignación (Robinson y Gallagher 1961: 11-12). Vínculos que no se tenían por "imperiales" empezaron a percibirse como tales, en una etapa en que las contrapartes extraeuropeas tomaron la iniciativa en la persecución de sus propios objetivos. Una etapa que también se caracterizó por hondas enemistades entre los poderes europeos.
Gracias a este "sentido de la proporción" respecto a la importancia de los pueblos no europeos, según Stokes (1969: 286, 1963), Robinson y Gallagher apartaron el "fantasma del imperialismo". Es decir, desvelaron la inconsistencia del concepto. Quizá el imperio había existido donde no se había considerado, o no había existido en áreas que los mapas europeos mostraban con los colores de las potencias. Su tesis de que no había diferencia significativa entre las formas de control hegemónico dentro y fuera del "imperio" tenía implicaciones radicales y opuestas. ¿Existía un imperio oficioso, o el imperio era evanescente incluso cuando aparecía en los mapas?
Aunque rechazaban que el interés económico fuera la causa inmediata de los imperios modernos, Robinson y Gallagher veían en la revolución industrial el motor de la expansión. Su propósito era explorar cómo la acción política había favorecido la supremacía comercial de Gran Bretaña y cómo ésta, a su vez, había fortalecido su influencia política. El crecimiento industrial multiplicó los estímulos para vincular al comercio británico áreas "poco desarrolladas". En especial después de la victoria británica en Trafalgar (1805), este crecimiento industrial también empujaba a usar las armas de la política para forzar y proteger la expansión comercial. En concreto en la América española "los gobiernos británicos trataron de explotar las revoluciones coloniales" para ganar "supremacía informal" en vistas a la penetración comercial (Robinson y Gallagher 1953: 8). Los esfuerzos británicos se dirigirían a extender su influencia más allá de los puertos, hacia los territorios del interior, para transformarlos en "economías satélite complementarias". Una vez forzada la entrada en los mercados de Latinoamérica, China y el Levante, apoyarían a los gobiernos "estables", instando a los demás a actitudes más colaborativas. Así la dependencia de la expansión comercial del "brazo político" asentó la tendencia de que el comercio británico seguía "la bandera invisible del imperio informal" (Robinson y Gallagher 1953: 12). Este fenómeno explicaría por qué la máxima "el comercio sigue a la bandera" encuentra poco respaldo en la historia. Las mejores armas para promover el comercio no eran la violencia y la conquista. De hecho, el método habitual era el tratado comercial. Ahora bien: ¿eso es un imperio o sólo se trata de diplomacia comercial?
Las críticas más interesantes al planteamiento de Robinson y Gallagher fueron las de Christopher Platt, que también tenía sus razones políticas y no las ocultó (Besseghini 2019: 67-69, Platt 1985: 30). En el contexto de la Guerra Fría, la idea del imperialismo informal en América Latina proporcionaba un terreno fértil para la influencia castrista. Sin olvidar esta motivación, su énfasis en los límites como herramientas historiográficas de conceptos políticos como "imperialismo"; "capitalismo" y "dependencia" es muy válida. Antes de detenerme en su propuesta, creo que es ilustrativo ofrecer una mínima semblanza de estos tres autores para comprender mejor sus posiciones.
Biografías imperiales
El nombre de Robinson siempre precede al de Gallagher por una razón. La aclara William Roger Louis, editor de Imperialism: the Robinson and Gallagher controversy (1976). Según él, Robinson era "el científico social" interesado en hallar "un principio general", una causa universalmente cierta. Mientras que Gallagher "era un artista": en Africa and the Victorians, las "brillantes semblanzas" de los principales estadistas británicos y la descripción de la época victoriana como "un rico tapiz" son obra suya (Louis 2001).
Nacido en 1919, Gallagher era el hijo único de un irlandés que tras regresar de Canadá encontró trabajo en Liverpool. Estudió en el Trinity College de Cambridge y durante la guerra sirvió en el Royal Tank Regiment en el norte de África, Italia y Grecia. En 1948 fue elegido fellow del Trinity, que al parecer percibía como su única casa (Seal 1982: XVII). En 1963, obtuvo la cátedra Beit en Oxford10, pero quiso regresar a Cambridge lo antes posible, y lo logró en 1971, siendo elegido poco después vicerrector del Trinity.
Gallagher rechazaba los enfoques ideológicos. Frente a las grandes esquematizaciones, prefería las ideas generales deducibles del estudio de los detalles y utilizaba los conceptos "in equations of higher relativity" (Robinson y Seal 1981: 122-124), como su posible definición de un sistema-mundo británico, contemporánea del monumental esquema de Immanuel Wallerstein (Attard 2023: 1248). Cuando falleció en 1980, Robinson lo recordó cómo "un padre confesor, en un sentido secular". Al trabajar con él cada uno "vivía en el bolsillo del otro en un estilo familiar propio de un patio de vecinos o de un refugio subterráneo" (Robinson y Seal 1981: 119). Su estilo consistía en "low living, high thinking". Aunque fantaseaba con ser un político poderoso, bajo su "mirada sardónica" había una "nostálgica amabilidad irlandesa, quizá católica" que no despreciaba ni condenaba las contradicciones humanas, se limitaba a disfrutarlas "con melancolía e ingenio" (Seal 1982: XVIII-XIX).
Sus obras más influyentes son las que escribió con Robinson, pero Gallagher también es conocido por su investigación sobre el nacionalismo indio y sobre los intereses económicos "legítimos" en el éxito de los movimientos antiesclavistas en África (1950). Veía la expansión imperial como producto de factores fortuitos, de improvisaciones ante acontecimientos imprevistos en regiones desconocidas. El imperio era un dosel que descansaba sobre los esbeltos pilares de las alianzas. Afirmó que el nacionalismo indio había sido una conceptualización a posteriori del descontento con el reformismo central (Seal 1982: XI). También planteó la hipótesis de que el nacionalismo colonial nunca había existido, como quizá tampoco el imperialismo: ambas eran categorías que resumían vínculos basados en los más diversos intereses. Sobre estos mismos vínculos, su amigo Robinson (1972) propuso la idea de "colaboración".
La elección del término "colaboradores" fue desafortunada, no solo por la connotación negativa que tenía en la posguerra, sino también porque alimentó la idea que Robinson pretendía atacar: que la máquina imperial se movía por empujes centrales. Del carácter de Ronald Robinson, se dijo que era "algo adusto" y "el más ascético de los dos" (Louis 2001). Nació en 1920, en Clapham (Londres) y, gracias a una beca, estudió en el St. John's College de Cambridge. Acérrimo antinazi, durante la Segunda Guerra Mundial fue instruido como piloto de bombardero en lo que entonces era Rodesia del Sur. Por su actuación en la guerra, fue condecorado. Fellow del St. John's College, en 1949 comenzó a colaborar con Gallagher para superar las interpretaciones "apologéticas" y "críticas" del imperialismo verificando la influencia de la moral misionera y el interés económico ("philantropy and five per cent"). Así nació Africa and the Victorians, al que Gallagher se refería como "Frankenstein". Publicado en 1961, fue retocado durante seis años por sus autores que "insomnes y sin afeitar" llevaron el manuscrito "triunfalmente" a Cambridge UP donde fue rechazado, como lo fue en Oxford (Robinson y Seal 1981: 122).
Por utilizar una de sus célebres categorías, Robinson formó parte del official mind de la descolonización: no solo su interpretación fue influída por el proceso de disolución del imperio, sino que él contribuyó a gobernarlo. Entre 1947 y 1949 trabajó en el Colonial Office como investigador de la African Studies Breanch. La experiencia impulsó su teoría "exocéntrica" (Robinson 1979: 102) pero también su ataque a la idea del indirect rule de la "escuela de Oxford" en favor del local goverment "de Cambridge". Promovió este último, mientras escribía sobre la partición de África, tanto en el Bridges Committee on Training in Pubblic Administration como en las Cambridge Conferences on Development Problems and Local Government in Africa, donde en la década de 1960 también animó la discusión sobre los problemas del desarrollo post-imperial, que se reflejó en la polémica con Platt (Madden y Fieldhouse 1982: 45-46, 136; Porter y Holland 1988: 173-197). En 1970, fue nombrado Commander of the Order of the British Empire. Poco después dejó Cambridge para sustituir a Gallagher en Oxford. Se ocupó del Commonwealth History Seminar y en la década de 1980 abordó el problema del imperialismo "after empire" (1986). Organizó, junto con Wolfgang Mommsen, entonces director del German Institute de Londres, el centenario de la Conferencia de África Occidental en Berlín.
En un libro en su honor (Porter y Holland 1988), se contaron anécdotas significativas del taciturno Robinson: como cuando entrevistó al futuro presidente de Malawi, o cuando cantó Nkosi sikelel' i Afrika (el himno de liberación panafricano) durante un congreso académico en Salisbury (actual Harare) en 1960. Allí en 1981 sería observador de las primeras elecciones del Zimbabue independiente. Las ideas de Robinson influyeron en el enfoque de la Oxford History of British Empire (Porter 1988: 13), editada por Louis. Se debatió la pertinencia de incluir la historia de Oriente Medio, China, Latinoamérica e Irlanda. La cuestión que quedó sin resolver fue la definición de "imperio informal".
Quince años más joven, la biografía de Platt presenta significativos contrastes. No participó en la Segunda Guerra Mundial, ni en el proceso de descolonización, y no conocía África. No era, ni en el sentido más figurado, un funcionario "imperial". Pertenecía a una familia involucrada en la economía mundial. Nació en Cantón en 1934 y creció en Buenos Aires, debido al trabajo de su padre (nacido en Nueva Zelanda) para la compañía petrolífera multinacional Shell. Se mudó a Inglaterra en la década de 1940. Tras graduarse en Oxford, en 1961, completó su tesis doctoral, al parecer en dieciocho meses. En su dissertation desarrolló la idea de Harry Ferns (1960) de la no-intervención como principio rector de las relaciones entre Gran Bretaña y Latinoamérica en el siglo XIX. Tras una experiencia en Edimburgo, profundizó en el tema en relación con África y China en la Universidad de Exeter. A partir de esta investigación, escribió Finance, Trade and Politics in British Foreign Policy (1968a) y los artículos que desafiaron la tesis de la continuidad de Robinson y Gallagher (1968b, c).
Platt entró así en el debate sobre el imperialismo y la polémica con Robinson se acaloró. Rory Miller, entonces estudiante de Platt, recuerda una intensa discusión entre Platt y Robinson11, que dejó rastro en el libro sobre la teoría del imperialismo de Roger Owen y Bob Sutcliffe (1972), basado en los materiales del seminario de Oxford de 1969. Platt emprendió entonces la investigación sobre los empresarios extranjeros y la autonomía económica latinoamericana (1972a, 1973a). Del estudio del archivo Baring adquirió nuevos conocimientos sobre las inversiones británicas. También publicó una guía de los archivos comerciales sobre Latinoamérica (1973c, 1984, 1986). Implicado en política, estuvo en el ala moderada del Partido Laborista en las décadas de 1960 y 1970, para pasar después al Partido Socialdemócrata12. A pesar de una grave enfermedad, intensificó su producción en los años 1980, su última década de vida. Se divorció y volvió a casarse. Colin Lewis, discípulo de Platt, recordaba que no rehuía la polémica, sino que la aprovechaba para desplegar un sentido del humor "discreto" y "mordaz"13, que se aprecia en algunos de sus títulos, como Mickey Mouse Numbers in World History: the Short View (1989).
Mientras que Robinson y Gallagher conocían el imperio "blanco" y el "tropical", Platt era hijo de lo que ellos llamaban el "imperio informal". Ajeno a la experiencia directa de la descolonización en los albores de la Guerra Fría, Platt, en cierto sentido, combatía otra fase de esta, en comparación con Robinson y Gallagher, que estaban vinculados a la reconfiguración política de África. Platt miraba a la América Latina transformada por la influencia simbólica y efectiva de la Cuba revolucionaria. La disonancia en el diálogo con Robinson residía en una geografía imaginada muy diferente. La idea del imperio informal en América quizás ayudaba a Robinson y Gallagher a entender el equilibrio post-imperial en Asia y África. Mirándola desde la perspectiva de Platt, la misma idea complicaba aún mas el escenario de un espacio occidental entonces en disputa.
Imperialismo y modernidad
Según Robinson y Gallagher, los estadistas victorianos consideraban que debían conservar la primacía británica, pero al menor coste posible. Esta tesis choca con el rápido reparto de África, que promovieron estos mismos estadistas. Para Robinson y Gallagher (1961: 10-12), el modelo hegemónico basado en alianzas y el uso esporádico de la fuerza hizo crisis en la rebelión india de 1857. Sin embargo, "la neurosis" por la conservación del imperio se alcanzó de forma gradual. India era "la excepción a todas reglas": un "satélite de la economía industrial" retenido con métodos "mercantilistas" en la era del free trade. Las razones por las que Gran Bretaña sacrificó importantes recursos para su conquista y defensa no eran, sin embargo, económicas, sino estratégicas. Robinson y Gallagher (1961: 12) definieron la India como "un cuartel inglés" en los mares orientales. Su dominio permitía controlar las rutas y puertos más importantes de Oriente, vitales para mantener la supremacía británica. La India proporcionaba la mitad del poder militar británico en número de soldados y representaba la posibilidad de una rápida intervención en Asia, África y Australia - incluso en América Latina (Baeza 2019: 32). La conquista de áreas limítrofes como Birmania no fue suficiente para su defensa: el África británica fue una "gigantesca nota al pie" del imperio indio (Robinson y Gallagher 1962: 616).
La percepción de peligro para la India surgió del nacionalismo egipcio y bóer. El colapso del régimen virreinal en Egipto y el auge del Transvaal fueron las "crisis locales" que conducirían, como una reacción en cadena, a la partición de África (Robinson y Gallagher 1961, 1962). En Egipto, la violenta reacción del movimiento nacionalista de ?Orābī a la administración extraordinaria tras la crisis de la deuda (1876-79) cambió la estrategia británica en el Mediterráneo. La ruta a la India se empezó a vigilar desde El Cairo y el valle del Nilo, amenazado al Oeste por los franceses, que querían recuperar su influencia sobre el Canal de Suez. En Sudáfrica, en la ruta desde El Cabo, se temía que, gracias también a la riqueza mineral, los bóeres galvanizados pudieran promover una federación republicana, incorporando la colonia británica: los Estados Unidos del Sur, con mando afrikáner. La intervención en Sudáfrica generó "efectos colaterales", como la creación de las Rhodesias, e impulsó el análisis sobre el imperialismo de John A. Hobson (1902), que a su vez influyó a Lenin y toda la teoría económica del imperialismo14.
Sin embargo, según Robinson y Gallagher (1961: 20-21) los políticos victorianos creían que era su deber mantenerse por encima de los intereses privados. Las intervenciones se percibían como soluciones forzadas. Tras ganar las elecciones abanderando un discurso antiimperialista, Gladstone se encontró en el papel de invasor de Egipto. Esta "tragicomedia", como la llamaron Robinson y Gallagher, tenía varias causas: la principal fue el pogromo antieuropeo en Alejandría que sembró el pánico por la seguridad de la India. La ocupación de Egipto conduciría al reparto "sobre el papel" en Berlín15, comprometiendo a los estados a la pacificación de las zonas asignadas, hasta que no quedó "ni un rincón del África tropical por dividir" (Robinson y Gallagher 1962: 629).
Esta teoría indo-céntrica generó numerosas críticas. En particular, se les acusaba de una excesiva adhesión al punto de vista de los estadistas16, que pasaba por alto los efectos de la especulación financiera y de otros factores económicos (Louis 1976). El más sarcástico fue Kiernan (1974: 82-83): encontrar en la India la explicación de todo ocultaba que "el grito de ¡India en peligro!" era tan conveniente para los financieros, como para los historiadores. En su epílogo a la segunda edición de Africa and the Victorians (1981: 484), Robinson admitió haber tomado de los archivos ideas clave como "imperio informal", "crisis local", "sub-imperialismo", o "colaboración y resistencia". En realidad, había problematizado, pero no abandonado, la relación eurocéntrica entre "capitalismo" e "imperialismo". El nacionalismo y el imperialismo representaban dos aspectos del proceso de integración económica en la era industrial. Esa constatación propició que David Fieldhouse (1967: 193-194) sugiriera volver a examinar los factores europeos, combinándolos con los no europeos.
Esto impulsó a Robinson a aclarar la tesis "exocéntrica". Las "viejas" teorías tenían el defecto de ver el imperialismo como el resultado de "componentes activos" (causas) exclusivamente europeos, como empujes a integrar económicamente territorios o imperativos estratégicos. Los factores "europeos" no explicaban por qué áreas afectadas por inversiones o involucradas en diseños estratégicos no siempre eran objeto del imperialismo. La "nueva" teoría proporcionaba la "clave" que faltaba de la colaboración o resistencia. El poder imperial influía en un contexto en el que diferentes grupos sociales operaban, integrándolos para realizar sus objetivos. La descolonización vio convergencias similares. "En cada etapa sucesiva", los mecanismos de dominación quedaban determinados por la colaboración o no entre componentes locales y europeos. La estrategia industrial europea era "un círculo eurocéntrico" que tenía intersecciones con círculos centrados en las "implacables continuidades" de la historia africana y asiática. Las crisis locales en Asia y en África eran a menudo fruto de cambios autónomos, más que producto de fuerzas europeas. El imperialismo no era una función de uno u otro "círculo", sino que era "exocéntrico" a ambos (Robinson 1972: 139).
Robinson no quiso decir que la "colaboración" prevenía la intervención externa. En las antiguas colonias "blancas", una población de "ideales colaboradores prefabricados" había abrazado la economía industrial en expansión. Algunas repúblicas latinoamericanas no lograron normalizar bien el cambio y gestionar las presiones de intereses económicos en pugna, de ahí el relativo control imperial. La intersección del "círculo eurocéntrico de la estrategia industrial" y de la "historia local" (independencia, etc.) produciría un imperio "informal", más sutil que la "política de las cañoneras". Pero si los europeos intervinieron en América Latina para salvaguardar sus intereses económicos, ¿fue el "capitalismo" la causa del relativo control "imperial"? ¿O el interés estratégico empujó a intervenciones vinculadas a intereses económicos, que adquirían una dimensión política (Fieldhouse 1973)? Quizás Robinson subestimaba la autonomía de la modernidad latinoamericana.
La crítica de Platt
A partir de la década de 1960, la llamada "escuela dependentista" fue muy influyente en América Latina. Las teorías de la dependencia tienen principalmente sus raíces en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de las Naciones Unidas, y en el movimiento neo-marxista. El máximo dirigente de la CEPAL hasta 1963, Raúl Prebisch, criticó la teoría de la ventaja comparativa de Ricardo al observar los efectos de la crisis de 1929 y propuso soluciones reformistas para impulsar el desarrollo industrial (sustitución de importaciones). La corriente neo-marxista (que generó influyentes debates sobre modos de producción, orígenes del capitalismo, etc.) tuvo sus principales exponentes en los estadounidenses Paul Baran y Paul Sweezy (1966), quienes, a partir de la refutación de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, formularon la ley del aumento del excedente económico, que generaría un estancamiento crónico central. El gasto público en la guerra sería capaz de mitigarlo y de allí el imperialismo. Por lo tanto, André Gunder Frank (1967) consideraba el subdesarrollo como una consecuencia de la evolución histórica del capitalismo: la expropiación del excedente - definido de forma similar a Baran (el mundo no europeo empobrecido desde la era mercantilista)-; la polarización "centro-satélites"; y la persistencia de las contradicciones. El subdesarrollo latinoamericano sería incorregible en el contexto capitalista.
En esa misma década, se desarrolló en el ámbito académico británico cierto interés por el estudio de América Latina. Este interés, estimulado también por las tensiones políticas, se concretó en la fundación de Institutos de Estudios Latinoamericanos (Miller 2018). Se consultaron sistemáticamente archivos para reconstruir la historia de los negocios británicos en la región (Platt 1977).
Platt fue pionero en este campo de estudio. En su obra, criticó tanto las tesis del imperio informal17 y de la colaboración, como las teorías de la dependencia. Inventó un "hombre de paja" que las unía (1972a: 312): la "textbook version" de las relaciones británico-latinoamericanas, que era una caricatura compuesta de generalizaciones comunes, como las que atribuía a Robinson - que, sin embargo, solo reaccionó a las críticas más puntuales de Platt. Que Platt y otros (Thompson 1992: 427, 435) encontraran similitudes entre teorías tan diferentes (Hopkins 1994: 474) tenía su origen en la interpretación del desarrollo latinoamericano como condicionado por necesidades de la economía "central", que Robinson no negó, ni tras las reiteradas críticas de Platt. Al desarrollar una economía complementaria a la británica, América Latina había avanzado hacia su modernización, ya que "salvo en Utopía" (Robinson 1986: 276) los países no se industrializan al mismo tiempo. Por eso, la política latinoamericana habría a menudo respondido a las necesidades estratégicas de Gran Bretaña.
Platt cuestionó esta interpretación. En sus primeros escritos (1967, 1968a, 1968b, 1968c, 1971), destacó la distancia cultural y social entre el mundo de los negocios y la política, y la reticencia de los gobiernos a intervenir en apoyo de los privados. Después minimizó la importancia del comercio entre Gran Bretaña y América Latina antes de 1860 (1972a, 1973a, 1973b, 1983) y consideró la posibilidad, que descartó, de que el imperialismo económico pudiera haber sido canalizado por los empresarios (1972b).
Aunque no la rechazase por completo como hacían Robinson y Gallagher, uno de los blancos de Platt era la teoría económica del imperialismo. Según él, se equivocaba al postular un vínculo directo entre decisiones políticas e intereses privados, pero la economía formaba parte de las responsabilidades de los estadistas y era necesario cerrar la brecha entre la historia de la economía y la historia de la diplomacia. Enfatizó que los empresarios del siglo XIX tenían poca influencia en las decisiones gubernamentales, mientras que la clase política, en general, estaba compuesta por hombres que, si bien podían estar interesados en promover negocios específicos, no tenían la capacidad real de hacerlo. Más allá de la red de relaciones de los funcionarios que podía cruzarse con la de los financieros, lo importante eran "las tradiciones y precedentes" que los guiaban (1968a: 74). Parafraseando a Temperley, estos principios eran: "el equilibrio del poder, la santidad de los tratados, el peligro de extender garantías, el valor de la no-intervención" (Platt 1968a: 354). Otro elemento de continuidad era el "sincero interés" en mantener el equilibrio alcanzado en 1815. En esencia, la regla era que ningún político podía permitirse parecer parcial. ¿En qué medida y bajo qué circunstancias los estadistas británicos se sentían autorizados a intervenir para proteger o promover un interés económico?
En lo que respecta al mercado financiero, según Platt, a mediados del siglo la regla era no intervenir o asumir la plena responsabilidad. Aunque los financieros solicitaban asesoramiento informal al Foreign Office, el principal instrumento del gobierno en el ámbito financiero eran los préstamos garantizados, que revelaban un posicionamiento político. Era importante la distinción entre ayuda informal e intervenciones diplomáticas, acreedores "ordinarios" y aquellos protegidos por acuerdos internacionales. Aunque Palmerston declaró que la oportunidad política era el criterio soberano, las decisiones sobre si intervenir se tomaban principalmente considerando el derecho internacional. El Foreign Office consideraba su deber intervenir frente al trato discriminatorio, pero no contra actos legítimos como la depreciación de la moneda18. Por razones políticas, podía insertar cláusulas "diplomáticas" en acuerdos entre tenedores de bonos y gobiernos, aceptando así responsabilidades. Los representantes británicos podían actuar oficialmente como intermediarios entre prestamistas, inversores y gobiernos, por ejemplo, remitiendo memoriales. También podían ayudar extraoficialmente e incluso trabajar para grupos de tenedores de bonos con la autorización del Foreign Office, que, sin embargo, no se consideraba responsable. De hecho, fueron destituidos varios representantes especialmente generosos en la protección de los intereses británicos (Platt 1968a: 10-11, 41- 45, 52, 398-99)19. Solo a finales de siglo, debido a la presión de la diplomacia económica rival, el gobierno británico aceptó promover actividades económicas mediante la presión política, pero justificaba el uso de la fuerza solo respecto a algunos sectores estratégicos (ferrocarriles, puertos, telégrafos) de ciertos países, como Persia y China. Esta distinción, según Platt, era importante para los victorianos, pero no estaba clara en los países sometidos a presión, como no lo estaba para los teóricos del imperialismo económico, quienes confundirían los métodos de las intervenciones "políticas" con los demás (Platt 1968a: 60- 65).
Otra importante distinción era entre protección y promoción de las actividades económicas. Una vez abierto el comercio en un territorio mediante tratados, la diplomacia solo intervenía en caso de incumplimiento (Platt 1968a: 108-126, 140). En política comercial, la actitud característica era la reticencia en asumir responsabilidades que excedieran la defensa de la "normal" interacción entre oferta y demanda (Platt 1968b: 297). Según Platt (1973a: 78), Robinson y Gallagher habían malinterpretado el funcionamiento del "brazo político" en la promoción del comercio, sobre la base de declaraciones ocasionales de estadistas. Platt (1973b) cuestionó así la tesis de la "continuidad central" de Robinson. Sugirió, en cambio, analizar la expansión británica a la luz de las fases económicas del "centro", como hacían los marxistas.
Hasta la década de 1840, la política británica siguió siendo proteccionista, porque sobrevivían las preferencias coloniales. Por lo tanto, las presiones económicas para la expansión eran mínimas y el comercio con América Latina, China y el Levante (el "imperio informal" de Robinson y Gallagher) no era particularmente intenso (Platt 1973b: 5-8). La idea de que existía un "imperio informal" del comercio en aquel entonces se vincularía a una visión excesivamente "generosa" de la fuerza de la industria británica (Platt 1973a: 81). Existía un imperio informal en algunos territorios asiáticos y africanos, por razones políticas, no económicas. Por razones políticas, no económicas, Londres se dedicó también a reducir las barreras comerciales a partir de la década de 1820.
Las críticas de Platt (1968b: 303) a las tesis de Robinson y Gallagher se basaban en "una cuestión de grado". Platt era consciente de que compartía con ellos interpretaciones y objetivos. Apreciaba su énfasis en los límites de la intervención oficial a favor de los empresarios, pero no compartía la idea de que el gobierno británico hubiera alcanzado la "supremacía" comercial mediante "un control informal, si posible, formal, si necesario". Solo se había garantizado la "puerta abierta" mediante tratados comerciales, cuyo propósito, a juicio de Platt, no era integrar a la otra parte en un "imperio informal".
Los tratados comerciales de la era mercantilista, acuerdos arancelarios entre dos potencias a veces diseñados para penalizar a una tercera, dieron paso a tratados que potencialmente distribuían beneficios a todos (Platt 1968a: 86). Dichos tratados sirvieron para contrarrestar los efectos negativos de los acuerdos bilaterales, aunque Platt admitió que Gran Bretaña había impuesto algunas limitaciones a la soberanía por este medio. Los tratados que limitaban la libertad de una parte en beneficio de la otra eran relativamente raros, pero incluso un tratado que solo contuviera la cláusula de nación más favorecida podía resultar desventajoso. Según Platt, el gobierno británico utilizó este medio con las repúblicas latinoamericanas para asegurarse de que no pudieran seguir una política comercial hostil. Para Londres, era una garantía de libre acceso. En cualquier caso, los tratados se negociaron "en compensación por el impagable beneficio del reconocimiento británico y la protección de la Royal Navy"; la seguridad permitió más tarde inversiones de cientos de millones de libras: es decir, ambas partes ganaron (Platt 1968a: 92).
A medida que los inversores internacionales financiaron el desarrollo de industrias y transporte, el comercio internacional creció. Creció también la presión de la economía sobre la política imperial que llevó al gobierno británico a ejercer un "imperialismo económico" en algunos casos (Platt 1973b: 11). En opinión de Platt (1968b), un elemento de "continuidad" fue la fe en el libre comercio. Después de 1880, la intervención en apoyo de intereses económicos pretendía mantener equal field and no favour: el mismo objetivo de cincuenta años antes, perseguido con nuevos medios en un contexto de competencia considerada "desleal" (Platt 1968a: 83-84). Platt planteó la hipótesis de que el libre comercio "unilateral" contribuyó a la expansión británica a finales del siglo: al no tomar represalias mediante una política arancelaria, Londres tenía pocas alternativas a la intervención en áreas estratégicas (1968c: 126).
Por lo tanto, las presiones económicas podrían haber influido en las relaciones internacionales de Gran Bretaña tras 1880, cuando se creía que para defender a los intereses británicos era necesario promoverlos.
Egipto, el Imperio Otomano, Persia, África, China y Latinoamérica eran campos de pruebas para su tesis de la continuidad de la "no-intervención" en favor de privados. En el Golfo Pérsico, el "brazo político" promovió inversiones por intereses estratégicos, como la construcción de ferrocarriles para conectar las ciudades del interior con la costa y transportar tropas indias. En respuesta a la creciente influencia rusa y alemana, la diplomacia británica se esforzó por obtener concesiones en Persia hasta que la derrota de Rusia contra Japón permitió la división en esferas de influencia, con una ganancia estratégica pero una pérdida de oportunidades económicas. En China, la diplomacia británica permaneció bastante inactiva tras las Guerras del Opio, hasta que solicitó el reconocimiento del interés particular en la cuenca del Yangtsé y promovió la partición de áreas de interés en respuesta a la iniciativa francesa y rusa. Si bien compartía el análisis de Robinson y Gallagher sobre África, Platt sugirió interpretar la obsesión por la seguridad a la luz de los cambios en la fuerza económica relativa (1968a: 170-292).
En opinión de Platt (1968b: 120), la tendencia de moda entre los historiadores británicos de la década de 1960, ejemplificada por Robinson y Gallagher, era minimizar la importancia de los factores económicos en la construcción del imperialismo tardovictoriano. Sin embargo, la idea tradicional de que la expansión había desarrollado características diferentes al final del siglo no era errónea. "El reparto del mundo entre grandes potencias" del que hablaba Lenin había estado determinado también por la capacidad para dominar los mercados de nuevas naciones industriales (Platt 1968a: 137). De hecho, las potencias emergentes podrían haber creado protectorados y colonias, cerrados a la iniciativa británica, algo que Londres temía, con o sin razón (Platt 1968c: 123-129). Demostrar la irrelevancia de la exportación de capital a las colonias o la inexistencia de capital financiero en Inglaterra conduciría a una cheap victory contra la teoría marxista (Platt 1968a: 24). En opinión de Platt, era necesario preguntarse si desde 1880 había desaparecido la tradicional cautela en la interacción entre entidades financieras, gobierno y empresas. Concluía que no. A pesar de la indudable influencia de los intereses económicos, el principio de no intervención a favor de los intereses privados, dentro y fuera del imperio, se mantuvo estable. No se debía aislar una causa económica (comercio, exportación de capital, etc.) sin mostrar cómo las aspiraciones de inversores y comerciantes podían convertirse en política imperial. Por lo tanto, Platt argumentó que Gran Bretaña se expandió (formal e informalmente) para defender el imperio existente en el Sudeste Asiático, Egipto, Sudán, el norte de Birmania, el Tíbet, Persia y Asia Central. Pero fue el miedo a perder terreno económico lo que generó las esferas de influencia y protectorados en África Occidental, China, el Levante y el Pacífico. A finales de siglo habría existido un "imperio informal" en las esferas de "mayor interés" e "influencia" del Levante y el Lejano Oriente, en parte porque ninguna potencia podía anexionarse territorios en estas regiones sin provocar la intervención de otras. Es decir, para Platt, el "imperio informal" existió donde la comunidad internacional lo reconocía, y Latinoamérica no podía definirse como un dominio británico informal, ni siquiera después de 1870.
Imperios y Autonomía
Según Platt, Robinson y Gallagher interpretaron, sin darse cuenta, la relación de Gran Bretaña con América Latina según el concepto de semicolonia de Lenin. Aunque el artículo de 1953 no fue traducido al español hasta 1980, Platt creía que contribuía indirectamente al discurso "dependentista" en Latinoamérica. En su opinión, Robinson y Gallagher eligieron América Latina como ejemplo de imperio informal por su debilidad política y por la arraigada creencia de que desde la independencia era un mercado importante para los británicos (1968b: 298). También se consideraba la "tendencia natural" a ver un impacto económico en cambios políticos radicales. Las "dramáticas" consecuencias económicas de la lucha de los pueblos por la libertad serían la invasión de los productos británicos y el estrangulamiento de la industria naciente (Platt 1972a: 4). Pero ¿qué industrias fueron destruidas? ¿cuál era la fuente de una demanda tan vasta?
Latinoamérica era la región donde se había aplicado el principio de no intervención sin excepciones significativas. Haciendo eco de Ferns (1960: 16), Platt argumentó que Gran Bretaña había renunciado a cualquier intención de control imperial o político tras el desastroso intento de conquista de Buenos Aires en 180620. En 1815, Castlereagh había rechazado una oferta española de privilegios mercantiles y, en cambio, apoyó la lucha por la independencia para mantener la puerta abierta y limitar la influencia de Estados Unidos (Platt 1968b: 299). En un momento de entusiasmo, Canning hablo de la América Latina libre e "inglesa"21. No obstante, se pronunció en contra de garantizar préstamos a las repúblicas, reforzando el principio de no intervención, que se reafirmó continuamente, con algunas excepciones como la intervención en el Río de la Plata de 1843. Después de la década de 1820, Sudamérica dejó de ser importante para el equilibrio de poder europeo. Solo hasta 1850, Centroamérica retuvo un valor estratégico. Por lo tanto, cuando la competencia de otras potencias económicas se hizo evidente en Latinoamérica, no se dieron casos significativos de promoción "política" de los intereses económicos británicos. La protección de los británicos de abusos provocó intervenciones, pero con objetivos limitados. En contextos de anarquía y guerra civil, estas podrían haber favorecido inadvertidamente a uno u otro bando (Platt 1968a y b).
Platt insistió en la naturaleza apolítica de las relaciones británicolatinoamericanas tras la independencia y argumentó que América Latina había sido el mercado políticamente más neutral del mundo (Saul 1960: 8, Platt 1972a: 99), campo de pruebas ideal para diversas teorías económicas. Sin embargo, la naturaleza apolítica de las relaciones británico-latinoamericanas podría interpretarse como un corolario de la teoría de la colaboración de Robinson (Platt 1972b: 311; Stein y Stein, 1980): la interferencia política había sido escasa por la escasa resistencia a la penetración económica.
Platt (1972b) abrió así un nuevo campo de estudio, aún vital (p.ej., Cohen 2019), sobre la influencia de los individuos como vectores de "imperialismo", en el caso de los empresarios británicos. Argumentó que, dado que el imperialismo implica "control deliberado" (no automático), el imperialismo económico vehiculado por los empresarios también debe manifestarse como tal. Platt señaló que, al lamentar el control de los exportadores sobre los productores, se pasaba por alto la influencia del mercado interno. Que los productores controlaran a los exportadores, o viceversa, dependía del tamaño y de la naturaleza de las empresas, no de su nacionalidad (Platt 1977, 1985: 37). Como emergió en el debate con Robinson en la mencionada conferencia de 1969 en Oxford, según Platt la teoría sobre las élites colaboradoras, en el caso de América Latina, necesitaba ser reescrita especularmente: extranjeros y nacionales trabajaban sin antagonismos irreductibles para crear nuevas oportunidades; pero los empresarios extranjeros necesitaban colaborar con los nacionales más que al revés (Platt 1972b: 311).
Platt se preguntaba si el desarrollo económico de América Latina podía considerarse "dependiente" de la acción impersonal del mercado internacional, incluso a la luz de las limitaciones señaladas. Era otro aspecto de la crítica a la afirmación de Robinson y Gallagher (1953: 9) de que un objetivo de la política británica era la creación de "economías satélite complementarias".
Platt abrió un debate con Stanley y Barbara Stein22, los autores del libro The Colonial Heritage of Latin America (1970), traducido al castellano en 1974. Los Stein citaron expresamente a Robinson y Gallagher (Stein y Stein 1970: 155, 188, etc.) y plantearon que "la principal causa de la destrucción del imperialismo ibérico" fueron "los ingleses" y "sobre sus ruinas erigieron el imperio informal del libre comercio". Además, siguiendo los autores clásicos del panorama "dependentista", abordaron los orígenes históricos del desarrollo extrovertido distorsionado que, pese al "asalto frontal" (Miller 1993: 441) de Platt y otros, se sigue situando en la raíz de problemas latinoamericanos. Platt (1985: 30) se preocupaba por las soluciones que las interpretaciones ideológicas de esta hipotética traslatio imperii sugerían en el ámbito económico. Quería refutar las reconstrucciones teóricas e históricas que fomentaban la idea, en su opinión muy perjudicial para los latinoamericanos, de que era una opción abandonar un "capitalismo" distorsionado, y quizás no reformable.
Platt optó por refutar la idea de dependencia económica cuestionando no tanto el vínculo entre dependencia e integración al mercado mundial, sino la existencia, para muchos territorios americanos, de una integración significativa en dicho mercado mundial. El argumento es más inmediato que un análisis de los nexos entre interdependencia y dependencia, pero reforzó la cuestionable idea de la arraigada marginalidad económica de América Latina. En esta línea, Platt argumentó que la hipótesis de una "herencia colonial", en las décadas posteriores a la independencia, no podía justificarse porque el comercio exterior se encontraba estancado en casi todas las regiones, incluso en México y Argentina. En aquel entonces, Brasil (del cual Stanley Stein era especialista) era la excepción a la regla del aislamiento económico sudamericano: gran importador, contaba con enclaves centrados en la producción para la exportación. Pero al exportar a varios mercados, no dependía del comercio británico. En general, América Latina, al no poder aumentar la producción para el mercado internacional y, por ende, su propio comercio exterior, permaneció independiente y "autónoma" de este, incluso contra su voluntad (1980a: 117-128).
Los Stein (1980: 136) -quienes habían considerado las limitaciones del mercado post-independiente (1970: 152-153)- señalaron que, si bien Platt era consciente del problema, en su análisis no consideró los intermediarios: Jamaica, el propio Brasil, Estados Unidos, Francia, España, Portugal. Aun considerando deficiencias en las fuentes, también era inexplicable que no considerara las exportaciones de lingotes y monedas como un posible factor capaz de sustentar la demanda americana. Tomaron como ejemplo a México. En su respuesta, Platt (1980b: 148) aclaró que las exportaciones de México de monedas y lingotes se dirigían a todos los países "desarrollados" y estimó que las que iban hacia Gran Bretaña eran insuficientes para financiar "a healthy foreign trade", o la "dependencia" económica. Para Platt (1980a: 115), la plata y el oro solo eran un elemento entre otros, también la economía colonial, que se había sustentado en gran medida en la producción y demanda interna. Es decir, Platt matizó y cuestionó la idea de la "dependencia económica" durante la época colonial.
Platt creía que la apertura del mercado latinoamericano a los británicos no podía atribuirse a una política consciente de "imperialismo del libre comercio" antes del momento en que la propia Gran Bretaña se convirtió en librecambista (1973b: 8, 1980b: 148). La caída de los precios de producción tras 1815 habría contribuido a la difusión de algunos productos británicos, pero los nuevos estados independientes contaban con los medios para defenderse de cualquier "invasión" de mercancías, y volvieron a elevar los aranceles (Platt 1972a: 74-78).
Como argumenta Manuel Llorca Jaña (2012: 287), Platt claramente exageró al minimizar la importancia del comercio entre Sudamérica y Gran Bretaña hasta 1850. Quería demostrar que antes de la independencia muchas regiones iberoamericanas habían permanecido relativamente separadas del mercado mundial, que áreas importantes mantuvieron bastante autonomía después y que, por lo tanto, en la historia económica de América Latina la "autonomía" fue un factor. Sin embargo, usar el concepto de "autonomía" como una exageración polémica contra la "dependencia" podría paradójicamente interpretarse como una receta implícita para el aislamiento del mercado mundial, en línea por ejemplo con la déconnexion de Samir Amin (1985).
En definitiva, Platt proponía una cronología alternativa: la "perspectiva dependentista" se equivocaba al fundamentarse en una profunda integración con el mercado mundial que "sucedido mucho más tarde" (1980: 119). Esta cronología le permitía abordar mejor el problema de dicha integración, ya que entre 1860 y 1914 sus efectos se podían considerar positivos. Se abrieron entonces nuevos campos de inversión en diversas zonas del mundo, especialmente en trasportes e infraestructuras de ciudades en crecimiento, como Río de Janeiro y Buenos Aires. El estímulo desencadenó un círculo virtuoso que conduciría, especialmente en Argentina donde la capacidad productiva ya había aumentado, a un notable desarrollo del comercio exterior (Platt 1972a: 69, 117, 1980a: 127). En 1910, el crédito argentino era elevado y el gobierno podría haber recaudado el capital para comprar el sistema ferroviario construido por los británicos, o cualquier cosa (Platt 1980a: 126, 1985: 36). Pero según Platt, la gran mayoría de las poblaciones de otros países, como Venezuela, Bolivia, Guatemala y México, permanecieron "separadas" del mercado internacional (1972a: 118). Platt seguía así vinculando los problemas de desarrollo con la autonomía.
Al dar importancia, como parece correcto, a la cuestión de la voluntad deliberada de dominación, Platt terminó exacerbando la tesis del desinterés británico en Latinoamérica debido a su supuesta "pobreza". Así alimentaba inadvertidamente la idea, quizás fruto de un juicio retrospectivo, de una herencia de marginalidad, si bien dictada por la "autonomía", no por la "dependencia" ¿Era necesario que Platt siguiera a los "dependentistas" en su propio terreno? Por ejemplo, al argumentar (1985: 37, 1986) que se habían sobreestimado las inversiones de capital británicas en el extranjero, Platt añadió polémicamente que entonces habían sido menos influyentes de lo que se suponía como causa de "dependencia" y "subdesarrollo". Al final de la Guerra Fría, era urgente sugerir que el problema no había sido la integración al mercado mundial, sino el aislamiento.
La flor caída
Robinson, Gallagher y Platt se centraron en fases distintas, aunque solapadas en parte, del proceso de reconfiguración política que caracterizó el declive de la hegemonía europea. Los primeros reflexionaron sobre la fragmentación y transformación del imperio británico y desafiaron las rígidas esquematizaciones del pasado (de Cambridge, de Oxford, marxistas, etc.) en favor de un concepto flexible y abierto de las relaciones imperiales y postimperiales. Como hemos visto, Platt trascendió estas preocupaciones. Por lo tanto, consideró la propuesta de Robinson excesivamente esquemática: no sólo forzaba a entrar dentro del marco imperial a una amplia gama de relaciones, sino que también alimentaba, aún sin quererlo, los conflictos ideológicos en América Latina.
En un contexto geopolítico marcado por fuertes reivindicaciones de autonomía e independencia, los tres autores buscaron demostrar la agency de sujetos considerados víctimas del capitalismo o del imperialismo, si bien con límites que tampoco la historiografía reciente ha superado por completo. Según Robinson y Gallagher, los pueblos que sufren el imperialismo nunca están completamente indefensos ni aceptan pasivamente el nuevo orden impuesto, sino que son protagonistas de la trasformación moderna. Por otro lado, Platt, destacó el poder de los latinoamericanos para actuar positivamente en su propio contexto. En general, los autores reaccionaron al problema del eurocentrismo implícito, que caracteriza incluso a las teorías radicalmente críticas con las relaciones de poder generadas por la expansión occidental.
Platt también subrayó que existían beneficios mutuos en la relación económica entre Gran Bretaña y Latinoamérica, pero esto no refuta la idea del "imperio informal". No hay imperio sin consenso. El problema reside en la definición de "imperio". Platt argumentó que no se puede reconocer un "imperio", fuera del marco de acuerdos que implican una transferencia significativa y explícita de soberanía; y que el "imperialismo" presupone un deseo deliberado de control. Son afirmaciones importantes. Si toda relación asimétrica pudiera calificarse de "imperialismo", se postularía que solo el aislamiento protege una economía o un estado contra la erosión forzada del poder de gobernarse a sí mismo.
Parecería justo decir que la idea de una persistencia "imperial" en América Latina es una "flor de papel", aunque solo sea porque durante más de setenta años ha terminado cayéndose cada vez que hemos tratado de regarla. Sin embargo, persiste la dificultad de definir una influencia tan poderosa que no sólo induce a otros a cooperar (que es el fin de la diplomacia, no del imperio) sino que llega a estructurar, aunque permanezca implícito, un sistema de normas similar al conjunto de pactos explícitos y reconocidos que fundan una comunidad supranacional, o un imperio. La propuesta de usar el concepto de "sistema-mundo", recién reiterada por Attard (2023), no parece superar el problema. La metáfora astronómica del "sistema" transmite una idea de estabilidad en sus leyes intrínsecas que suena quizás inapropiada para un vínculo no explícitamente reconocido. Por lo tanto: ¿cómo se define un poder de interferencia en el ámbito internacional, que, por limitado o autolimitado que sea (como en los casos descritos por Platt), se utiliza con bastante frecuencia y se tolera, sin que se reconozca como legítimo?
Referido a los siglos XIX y XX, el concepto de "imperio", incluso de imperio "informal", estructura la relación y la expone a las reacciones de sus apologetas y críticos. En definitiva, "imperio" es, en el mundo moderno, una idea móvil con gran potencial creativo que al definir la realidad, la transforma.
References
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