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Resumen
El pensamiento liberal de John Stuart Mill es considerado habitualmente como un claro ejemplo de liberalismo progresista y optimista y en gran medida se trata de una interpretación acertada, aunque el propio Mill expresara también sus dudas sobre el futuro del liberalismo y de la democracia, debido fundamentalmente al inexorable advenimiento de las masas al poder.
Pues bien, en esas sociedades de masas en las que vivimos actualmente y en un mundo en el que la democracia liberal se haya en una profunda crisis y en el que la pasión dominante a escala global es el miedo, la confianza del pensador inglés en el progreso de la humanidad plantea la cuestión de si es posible aun albergar esperanzas sobre el futuro del orden político liberal o si los remedios en los que él creía -ensayados ya en su mayoríahan quedado obsoletos en un mundo cambiante e inestable en el que el progreso empieza a ser considerado un mito y "una reliquia de la Ilustración".
En definitiva, se trata también de analizar hasta qué punto el liberalismo está (o debe estar) radicalmente vinculado a una visión esperanzada y optimista del progreso humano.
Palabras-clave: individuo, libertad, progreso, educación, democracia, esperanza.
Abstract
John Stuart Mill's liberal thought is often considered a clear example of progressive and optimistic liberalism, and to a large extent this is an accurate interpretation, although Mill himself also expressed doubts about the future of liberalism and democracy, mainly due to the inexorable rise of the masses to power.
Well, in the mass society in which we currently live, and in a world in which liberal democracy is in a deep crisis and where the dominant passion on a global scale is fear, the English thinker's confidence in the progress of humanity raises the question of whether it is still possible to harbor hope for the future of the liberal political order or whether the remedies in which he believed -most of which have already been tried- have become obsolete in a changing and unstable world in which progress is beginning to be considered a myth and "a relic of the Enlightenment".
Ultimately, it is also about analyzing to what extent liberalism is (or should be) radically linked to a hopeful and optimistic vision of human progress.
Keywords: individual, liberty, progress, education, democracy, hope.
1. El liberalismo ilustrado de John Stuart Mill
Como explica John Gray uno de los más profundos conocedores de la obra de John Stuart Mill, una de las interpretaciones más extendidas de su pensamiento es la que lo considera un autor de transición que, por eso mismo, no consiguió elaborar ni una doctrina ni un sistema de pensamiento coherente. Su método habría sido ecléctico seguramente por sus concesiones a ciertas corrientes y movimientos de la época3. Sin embargo, aunque en gran medida esta interpretación sea cierta puesto que es indudable que la amplia obra del pensador inglés es compleja y no está exenta de problemas y contradicciones, creemos que hay una idea, más bien una creencia en terminología orteguiana, que subyace a todo su pensamiento y que no abandonó jamás a pesar de algunas dudas. Nos referimos a su confianza optimista en el progreso de la humanidad. En ese sentido nunca perdió la esperanza.
Sin embargo, a pesar del carácter optimista y progresista de su liberalismo, basado en una visión más bien positiva de la psicología moral y de la naturaleza humana, es cierto que también existen intérpretes de su obra que lo que destacan es precisamente su pesimismo4. Y aunque sea cierto que con el paso de los años se mostrara Mill más preocupado y más escéptico por los efectos de ciertas transformaciones económicas y políticas de su tiempo, creemos que nunca dejó de confiar en el progreso de la razón y del conocimiento, fundamento del progreso moral de los seres humanos, y que esa esperanza tenía mucho que ver con la influencia que la lectura de autores de la Ilustración (francesa y anglosajona, sobre todo) ejerció sobre él5.
Pero destacaremos sobre todo la Ilustración francesa, fundamentalmente por la relevancia que los filósofos franceses del siglo XVIII (aunque también el escocés Adam Smith) concedieron a la idea de progreso que permea toda la obra de J.S. Mill con muy pocas diferencias respecto a ellos. De hecho, él mismo describe en su Autobiografía el impacto que la lectura de algunas de sus obras tuvo sobre su pensamiento:
El mismo efecto inspirador que tantos benefactores de la Humanidad han reconocido que tuvo en ellos la lectura de las Vidas de Plutarco tuvieron en mí las descripciones de Sócrates debidas a Platón, y algunas biografías modernas, sobre todo la Vida de Turgot, de Condorcet, libro cabalmente diseñado para encender el mejor entusiasmo, y que contiene la narración de una de las vidas más sabias y nobles que han existido, contada por uno de los hombres más sabios y nobles. La virtud heroica de estos gloriosos representantes de las ideas con que yo simpatizaba me afectó profundamente (...) y me curó de mis locuras sectarias6.
Asimismo, a esa creencia profunda en el progreso y en sus leyes generales en la que coincidía con Turgot y su amigo Condorcet, habría que añadirle la influencia del sansimonismo en general y de Auguste Comte en particular. Como escribe Dalmacio Negro, Comte sería el último maestro particular y decisivo que tuvo Stuart Mill a pesar de su posterior alejamiento7.
En definitiva, nuestro "apóstol del progreso", basaba todo su pensamiento político y moral en una teoría, incluso podríamos decir, en toda una filosofía de la historia que confía en el progresivo perfeccionamiento de la especie humana y que subyace no sólo a su pensamiento sino a gran parte del liberalismo occidental para bien o para mal.
Pero a su vez, esa teoría ha de asumir una concepción determinada de la naturaleza humana que, de acuerdo con el propio Mill, sería el resultado de la observación y la experiencia (fundamento ambas de su teoría del conocimiento) y Mill -también en esto como los filósofos ilustrados- consideraba que aquella naturaleza es uniforme y que precisamente por ello podemos comprender las acciones humanas. Aunque esa uniformidad no quiere decir que la naturaleza humana sea constante y que no esté sujeta al cambio; al contrario, de alguna manera tiene una dimensión evolutiva. De hecho, las esperanzas de un liberal optimista como Mill es que ese cambio será para mejor porque existe en los seres humanos, a pesar de su falibilidad, la capacidad de perfeccionarse, de aprender de sus errores, gracias sobre todo a que son seres racionales, y a su amor por el conocimiento, la libertad y su autorrealización. "La naturaleza humana no es una máquina que quepa construir según un modelo y ajustar para que haga exactamente el trabajo para ella prescrito, sino un árbol que exige crecer de acuerdo con la tendencia de las fuerzas interiores que lo hacen ser una cosa viva"8.
En realidad, es el progreso del conocimiento, de la razón, de la ciencia y de la educación el que da lugar a todos los demás (progreso económico, social y político) y esa visión de la naturaleza humana predispone a un tipo de perfeccionamiento que es también de índole moral. Es decir, el progreso de la humanidad basado fundamentalmente en el progreso de la razón, el conocimiento y la ciencia, acabará mejorando los sentimientos, ideales y valores morales de los individuos, algo también típicamente ilustrado. Cuando los hombres cambien su manera de pensar, cambiará su manera de actuar porque lo que ellos piensan determina cómo actúan: es decir, cuando los hombres sean sabios, serán también buenos porque la maldad humana desaparecerá con el avance del conocimiento.
En este sentido, Mill se muestra como un moralista (con la intención fallida, además, de hacer una especie de ciencia de la moral) que asume que debemos aspirar a la excelencia moral, ya que habrá una nueva sociedad cuando se produzca una "verdadera revolución moral". Pero en su tiempo todavía no se habían producido tales avances. Mill creía vivir en una época de transición, en parte porque la autoridad, que da forma a los sentimientos y opiniones de las gentes que no piensan por sí mismas, o no existe o no está donde debería, que es en los intelectos más cultivados: "Hemos llegado, creo, al periodo en el cual el progreso, aun el político, está deteniéndose por razón del bajo estado moral e intelectual de todas las clases, y de los ricos tanto como de los más pobres"9.
Y es que, como aquellos filósofos ilustrados que creían en el desenvolvimiento necesario del progreso de la humanidad, este progreso no es lineal ni interrumpido. Hay obstáculos; fases de estancamiento o de retroceso y, sobre todo, hay diferentes estadios por los que pasan las sociedades humanas. Y Mill, de nuevo como algunos de sus admirados filósofos ilustrados o el propio Comte, cree que el estadio final de la humanidad será la culminación de la civilización, pero un tipo de civilización que es básicamente la del Occidente liberal, ya que estaba convencido de que los principios liberales e ilustrados eran de validez universal10. En este sentido Mill sería un claro exponente de los orígenes ilustrados del liberalismo.
Pero mientras tanto, los hombres estarían en un estadio muy temprano de su desarrollo y sociedades enteras de la humanidad vivirían todavía en un estado de barbarie. No su Inglaterra natal que a pesar de todo se encontraría en uno de esos estadios superiores, sino pueblos bárbaros que precisamente por ello no estaban preparados para la libertad. Es decir, no todos los pueblos pueden tener gobiernos civilizados. Existen diferentes grados de civilización y el gobierno debe ajustarse a cada uno de ellos. Por eso Mill justificaba un despotismo benevolente, "un buen déspota" vigoroso que elevase a esos pueblos a un estadio superior11. El objetivo de los gobiernos debe ser el progreso.
Y a estas consideraciones muy ilustradas todas ellas, hay que añadir el lugar central que Mill otorga a la felicidad individual (también fruto de su filosofía utilitarista) como regla de conducta o norma moral. Es ella el fin último de la existencia humana, aunque la entiende de un modo más amplio de lo que lo que hacía su mentor Bentham porque también es otra su visión de la naturaleza humana:
El hombre no es jamás entendido por Bentham como un ser capaz de perseguir, como fin último, la perfección espiritual; como un ser capaz de desear, por su propio bien, la conformidad de su carácter con sus propios criterios de excelencia, sin esperar recompensa (...). Este gran hecho de la naturaleza humana se le escapa12.
Pero este fin sólo se alcanza si se vive en una sociedad que cultiva y promociona la libertad en todas sus manifestaciones, aunque deba para ello enfrentarse a tradiciones y costumbres heredadas que oprimen a los individuos: "el despotismo de la costumbre constituye en todas partes el obstáculo permanente al avance humano"13. La libertad es el principio supremo.
2. Una confianza optimista en la libertad
Una vez que ha quedado establecido que el progreso consiste en la promoción de la libertad humana y que el arte de vivir bien consiste en todo aquello que conduce a la felicidad, conviene dejar claro que para nuestro autor no se puede ser feliz si no se es libre porque en su caso la idea de felicidad de un modo casi kantiano está ligada a la autonomía y a la posibilidad de autorrealización (Humboldt) y al desarrollo y perfección de nuestra propia naturaleza (Aristóteles).
Mill da por hecho que la libertad y la felicidad no son nunca valores en conflicto; al contrario, son complementarias. La felicidad de los seres humanos no puede realizarse en contra de los ideales liberales e incluso afirma que aquellos que no consideran la libertad un ingrediente necesario de su felicidad, salen beneficiados por la libertad de otros. "Es un gran beneficio para los seres humanos que se les libere de sus cadenas, aunque no deseen andar"14. Y:
Se necesita algo más para demostrar que estos seres humanos desarrollados son de alguna utilidad para los subdesarrollados: para indicar a quienes no desean la libertad ni sacan partido de ella, que podrían ser recompensados de alguna forma inteligible por permitir a otras personas hacer uso de ella sin impedimentos15.
En realidad, la libertad de la que habla Mill es sobre todo la libertad intelectual; la libertad de pensamiento y de expresión porque si el conocimiento es la fuente del progreso, no podemos conocer si no tenemos libertad. Como ya vimos, la teoría del conocimiento de Stuart Mill asume que los seres humanos somos falibles y, a pesar de basar el conocimiento en la experiencia, la inducción y la observación, nuestras conclusiones son a menudo contingentes y provisionales. De ahí la necesidad de la tolerancia y de la libertad de expresión para, entre otras cosas, poder acercarnos a la verdad como elocuentemente se defiende en Sobre la libertad. Pero ni el pensamiento libre, ni el avance del conocimiento o el acercamiento a la verdad son las únicas ventajas de la libertad. La libertad mejora también nuestro carácter.
Mill concede una gran importancia al carácter de los individuos; en última instancia la sociedad será en gran parte como serán ellos, y cree que la libertad favorece un tipo de carácter frente a otros. Exactamente favorece el que a él personalmente le gusta: enérgico y original que es el que produce el bienestar y la felicidad. Precisamente, la excelencia reside en la belleza y en la nobleza de ese carácter.
Mill despreciaba los caracteres abyectos, apáticos y temerosos, pues la libertad entendida como autonomía puede verse dificultada por la debilidad o la falta de imaginación y -adelantándose al liberalismo de Judith Shklar- admitía que, si había en los seres humanos algún sentimiento universal y poderoso que amenazara la libertad, este era el miedo y también como haría ella, consideraba que la propensión a la crueldad era un vicio moral odioso16.
En definitiva, a Mill no le gustaban los individuos pasivos y timoratos porque él admiraba el valor y el coraje que son los que promueven la felicidad entendida como algo que se consigue como resultado de la experimentación y la actividad humana en pos de las cosas buenas de la vida, que son las que implican su auténtica individualidad.
Dícese que tiene carácter una persona cuyos deseos e impulsos sean suyos, expresión de su propia naturaleza, tal y como ésta ha sido desarrollada y modificada por su propia cultura. El que carece de deseos e impulsos propios no tiene más carácter que el que pueda tener una máquina de vapor17.
Además, los efectos saludables de esa libertad se hacen también notar en que producirá individuos geniales que son los necesarios para el avance de la sociedad; promoverá que una minoría original y creativa ensaye nuevas maneras de vivir que a su vez aumentarán y mejoraran el conocimiento humano, que es de lo que se trata. La esperanza para la humanidad reside en no cerrar la puerta al cambio hacia lo mejor, abrir los ojos y fomentar la originalidad: "todas las cosas buenas que existen son fruto de la originalidad"18.
Por otro lado, Mill no parece contemplar que haya otro tipo de carácter humano más valioso o más afín a las capacidades y sentimientos humanos que el que él defiende por considerar que es el más favorable a la felicidad y al progreso. Y es por eso que la educación debe fomentarlo. Es conocida, también al estilo de los ilustrados, la confianza casi ilimitada que Mill manifiesta hacia los poderes de la educación que puede transformar a los individuos puesto que, en última instancia, la naturaleza del ser humano es racional, aunque conviene advertir que la educación debe ser también de los sentimientos. La educación sentimental (de la que él estuvo privado durante su juventud por el escaso aprecio de su padre por los sentimientos) es importante para conocer bien a los hombres y a las mujeres19, como también lo es conocer las pasiones de los grupos sociales. Inculcar determinados sentimientos es parte de la educación moral, pues como ya vimos, el progreso implica que la humanidad avance también en ideales, virtudes, sentimientos y emociones (como la simpatía que eleva a los hombres por encima de sus objetivos egoístas), sobre todo en las de las clases bajas más necesitadas del sentido del deber moral:
Todo el desarrollo armonioso de la sociedad proporciona a cada individuo un interés personal más fuerte en consultar prácticamente el bienestar de los demás que también le llevan a identificar sus sentimientos cada vez más con el bien ajeno, o al menos con un constante aumento gradual de su consideración de aquél (...). El hombre llega, como por instinto, a ser consciente de sí mismo como un ser que, por supuesto, presta atención a los demás. Llega a resultarle el bien de los demás algo a lo que natural y necesariamente ha de atender, en igual medida que a las necesidades físicas de la existencia. Cree en el contagio del sentimiento de la empatía (...). Conforme la civilización avanza, este modo de concebirnos a nosotros mismos y a la vida humana se considera cada vez más natural. Todos los pasos llevados a cabo en el progreso político lo hacen más posible20.
De hecho, el elitismo de Mill que considera que los individuos instruidos, los más educados y cultivados, los "espíritus superiores", son mejores personas (ya que existe una clara relación entre el conocimiento y la moral21), le hace asumir que a ese sentido moral que necesitan más que otros los individuos que pertenecen a las clases bajas contribuye en no poca medida, la religión.
Aunque él fue educado en el agnosticismo y fue muy crítico con la Iglesia de su tiempo por su dogmatismo e intolerancia, con el paso de los años fue admitiendo que la religión tiene efectos en la cultura política de un país y en la formación del carácter de sus ciudadanos. La religión cumple una función emocional y otorga el consuelo que ni la razón ni la ciencia pueden ofrecer. Es por eso que el propio Mill acabaría concibiendo una religión de la humanidad que sin metafísica ni dios pueda ofrecer una guía moral para la vida22.
Pero no sólo la educación y la religión pueden ser necesarias para la formación del carácter de los individuos, sino que también la libertad extiende sus múltiples beneficios a través del gobierno y de las instituciones que la promueven, porque son las sociedades liberales las que favorecen el desarrollo y el refinamiento de esas capacidades y talentos humanos que hacen felices a los hombres, aunque también dichas instituciones educan en las virtudes políticas del compromiso y de la responsabilidad, sobre todo a través del gobierno de la ley y de la participación política, porque el principio de libertad lo es también de cooperación social.
Mill admite que un gobierno liberal puede y debe educar la mente y los sentimientos de sus ciudadanos; que debe no solo proteger la libertad sino estimularla porque el cultivo de la individualidad es bueno para toda la sociedad. Asimismo, debe educar a la opinión para favorecer la lealtad a los principios e instituciones liberales y el sentimiento de comunidad entre los ciudadanos, que de este modo estarán dispuestos a luchar por ellas en caso de que estas se encuentren en peligro. No hay sociedad libre sin hombres libres, capaces de pensar y actuar autónomamente. Es decir, el que tiene el poder debe tener en cuenta las opiniones y los sentimientos de su entorno, las esperanzas y temores de la gente y hacer prevalecer la razón y la inteligencia política, cultivar el espíritu público, "el amor entusiasta por el bien común" y "elevar y despertar los sentimientos políticos":
Adoptaremos, por lo tanto, como criterio para apreciar lo que vale un Gobierno la medida en que tienda a aumentar la dosis de buenas cualidades de los gobernados colectiva e individualmente, porque, sin hablar del bienestar de los últimos, que es el objeto principal de aquél, las buenas cualidades de los ciudadanos proporcionan la fuerza motriz que impulsa la máquina23.
Se podría concluir que Mill da a la democracia una dimensión moral. En última instancia se trata de una suerte de educación cívica que cultiva el espíritu público que había leído en los clásicos. La democracia es una escuela de participación política que hace comprender a los individuos la necesidad de dialogar y debatir racionalmente para llegar a acuerdos que satisfagan a todos. De este modo, se conseguirá que aquellos que se han acostumbrado a ser libres, a disfrutar de sus ventajas, no querrán renunciar a la libertad. Es decir, Mill no cree posible que los hombres renuncien voluntariamente a la libertad. Cree que todos tienen interés en ser individuos autónomos y que la libertad es irreversible.
Vemos que de alguna manera hay una relación entre el tipo de gobierno de una sociedad y el carácter de sus ciudadanos -como advierte también la pensadora liberal, J. Shklar citada anteriormente24-, por lo que "no puede conseguirse nada realmente grande con hombres pequeños", pues el Estado es los individuos que lo forman. "La consideración de un Estado equivale, a la larga, a la consideración que merecen los individuos que lo componen"25. "Si pasamos ahora a la influencia de la forma de gobierno sobre el carácter hallaremos demostrada la superioridad del Gobierno libre más fácil e incontestablemente si es posible". En cambio, un mal gobierno rebaja la moralidad y la inteligencia del pueblo, aunque también ocurre que los defectos que dominan en un pueblo se encontrarán en todos sus representantes26.
En este sentido se puede considerar que la exigencia liberal de la neutralidad del Estado se ve comprometida en el caso de Mill por su convencimiento de que existe un ideal de vida buena, un arte de vivir (the Art of Life), un tipo de felicidad que, a pesar de su reconocimiento de la diversidad de caracteres humanos, parece consistir para todos ellos en el perfeccionamiento y realización del carácter original de cada uno y en el disfrute de los más altos placeres, casi todos de índole intelectual.
Sin embargo, también es cierto que, sobre todo en Sobre la libertad, Mill defiende unos límites estrictos a la actuación del Estado que deberá respetar al máximo la libertad de sus ciudadanos, que únicamente podrá restringir o limitar cuando se dañe la libertad de otros; cuando haya daños a terceros, directa o indirectamente, a sus intereses y/o a su libertad de perseguir lo que considera que es su propio bien, aunque a pesar de ello, el concepto de daño (Harm) en Mill muy ambiguo y ha suscitado ríos de tinta.
3. Los obstáculos al progreso y sus remedios
Al igual que muchos de los pensadores ilustrados a los que leía, y a pesar de la fe del reformador que anida en él, Mill era consciente de que el progreso no era siempre inexorable ni lineal ni ininterrumpido, sino que existían obstáculos, y no sólo de orden práctico (como la pobreza o el mal gobierno), sino también de otro tipo como la inercia, resultado de los malos caracteres con su falta de aspiraciones y deseos27.
Respecto a las condiciones materiales de existencia y su relación con el progreso y la libertad, y como ya advirtieran muchos de los filósofos ilustrados que Mill conocía, el progreso necesita de unas ciertas condiciones económicas, y a cada estadio le corresponde una infraestructura material y unas determinadas instituciones. Prácticamente todos los adalides del progreso consideran fundamental que se cumplan ciertas condiciones económicas que aseguren la satisfacción de las necesidades básicas y, en el caso de Mill, que aseguren también el establecimiento y la estabilidad de las instituciones políticas liberales, porque esa estabilidad es necesaria para la seguridad y esta lo es para la libertad.
La seguridad de las personas y de las propiedades es de interés vital y supone, entre otras cosas, que no se defraudarán nuestras legítimas expectativas, algo que sí ocurre en los gobiernos arbitrarios. Además, el orden, la seguridad y la propiedad privada que proporciona la civilización, aparte de su utilidad práctica, favorecen el espíritu de benevolencia, el interés por el bienestar general e incluso la felicidad: "Generalmente el hombre que ama a sus semejantes, a su país o a la humanidad es más feliz que el que carece de estos amores"28.
Y estas realidades económicas son fruto de la transformación del mundo que lleva a cabo el ser humano mediante el uso de su razón, y es bueno que así sea porque de lo que se trata es de controlar y alterar la naturaleza para mejorarla, pues la naturaleza es imperfecta, a menudo hostil, y hay que corregirá y enmendarla. Es más, Mill confía en el avance de la ciencia y la técnica y no cree en absoluto en la naturaleza como norma de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto29 y es precisamente a la actividad industrial y comercial a la que se debe en gran medida el avance de la civilización30, aunque también es cierto que era sensible a la belleza de la naturaleza, al placer estético que se deriva de su contemplación y que impulsa, además, nuestro desarrollo moral siendo, pues, contrario a su explotación desaforada.
Sin embargo, educado por su padre y Bentham en el liberalismo económico de Adam Smith y también como resultado de la influencia del economista David Ricardo, Mill confía en que la solución a la pobreza reside en la economía de mercado porque es ella la que crea riqueza, aunque no descarta tajantemente la intervención del gobierno que -escribe- debe aconsejar, proporcionar información y actuar en paralelo a la sociedad civil. Es decir, Mill admite en Sobre la libertad (y también en los Principios de Economía Política) cierta intervención no autoritaria del gobierno si se trata de proveer de educación, información, higiene, seguridad, legislación laboral o justicia. Pero es que, además, el progreso moral requiere de ciertas condiciones materiales de existencia, de una adecuada política económica que en el caso de nuestro autor se puede calificar de humanitaria por su interés por el alivio de la pobreza. Como escribe en Sobre la naturaleza, la pobreza es la madre de los males mentales y morales, pues no olvidemos que los defectos intelectuales producen defectos morales. Y Mill se muestra menos optimista en relación a la situación de la clase obrera debido a la cantidad de los males físicos y morales que la afligen y se muestra extremadamente preocupado por las consecuencias del aumento de la población y por la expansión de ciertas ideas socialistas, aunque su fe inquebrantable en el progreso, le hace creer en sus Capítulos sobre el socialismo que es este el destino de la humanidad, pues no en vano el socialismo atrae por su "esquema de vastas esperanzas"31. Pero en última instancia, el filósofo inglés espera que en el futuro los niveles generales de vida, el desarrollo material y tecnológico, serán mucho mejores que los de su época.
Por todo esto, aunque admite que la libertad económica es la que favorece el crecimiento económico y la satisfacción de las necesidades humanas, asume que en determinadas circunstancias puede ser mejor un estado estacionario que una continua expansión que traiga aparejado un gran crecimiento de la población que no solo sería negativo por sus consecuencias prácticas, sino por sus efectos sobre el individuo, que perdería o vería reducida la posibilidad de estar solo, que es una condición necesaria para el cultivo y desarrollo del carácter, necesario no solo para sí mismo sino para la sociedad32.
Por otro lado, además de esas condiciones materiales de existencia, el buen o mal gobierno puede ser otra de las causas que aceleren, retarden o impidan el progreso y por eso, en el caso de las malas leyes y de las malas instituciones, son necesarias reformas estructurales y constitucionales que favorezcan el gobierno representativo como mejor alternativa, aunque este tipo de gobierno se enfrenta también a nuevos problemas y desafíos como es el advenimiento de las masas a la política, aunque en este sentido se muestra más optimista que Alexis de Tocqueville que -escribe Dalmacio Negro- le había prevenido contra "algunas ingenuidades" y contra "el alegre progresismo democrático"33.
Mill es más optimista porque -como ya dijimos- confiaba en los efectos pedagógicos de la libertad y de la democracia y en la educación de las masas que haría que los ciudadanos supieran elegir a los más educados y preparados entre ellos de modo que los mejores estarían en el gobierno y en la Administración. Sea como fuere, Mill pensaba que los obstáculos al progreso tarde o temprano serían superados:
La mayoría de los grandes males positivos de la vida son en sí mismos superables y, si la suerte de los humanos continúa mejorando, serán reducidos, en último término, dentro de estrechos límites. La pobreza, que implique en cualquier sentido sufrimiento, puede ser eliminada por completo mediante las buenas artes de la sociedad, en combinación con el buen sentido y la buena previsión por parte de los individuos. Incluso el más tenaz enemigo de todos, la enfermedad, puede ser en gran medida reducido en sus dimensiones mediante una buena educación física y moral y el control adecuado de las influencias nocivas, al tiempo que el progreso de la ciencia significa la promesa para el futuro de conquistas todavía más directas34.
4. Las esperanzas liberales de Mill en la actualidad.
En definitiva, aunque algunos intérpretes del pensamiento político de John Stuart Mill consideran que en contra de la opinión más extendida nuestro autor era en realidad mucho más pesimista de lo que pudiera esperarse -porque era muy consciente de los límites metodológicos de la nueva ciencia de la sociología, de los defectos de la monarquía parlamentaria inglesa, de los peligros que para la libertad suponía el advenimiento de la nueva democracia de masas o el posible triunfo de cierto tipo de socialismo35-, creemos que nunca perdió la esperanza en el progreso y sus bendiciones.
Como escribiera Dalmacio Negro, la versión optimista de la Ilustración que compartió Mill sobre todo en sus años juveniles, "tiende a convertirse en una doctrina científica". Y algo de eso hay en un autor que confiaba en desarrollar toda una ciencia de la moral basada en su convencimiento de que, a medida que crece el progreso científico, en sociología y en psicología, las reglas de la moral se revisan porque, entre otras cosas, la humanidad aprende y seguirá aprendiendo de las experiencias de la vida. Se trata de una confianza que, a pesar de las dudas, tensiones e incertidumbres que experimentara a lo largo de los años, se basaba en "una invencible fe emotiva en el progreso humano". La fe de un creyente36. Y es por eso que su liberalismo radical y progresista adquiere en ocasiones un carácter utópico.
Es decir, a pesar de que en ciertos momentos de su vida se mostrase desilusionado y menos confiado en el futuro, creemos que -como afirman muchos de los teólogos que se han dedicado al estudio de la esperanza (no en vano, una de las virtudes teologales)- no hay auténtica fe sin dudas, y Mill, a pesar de todo, nunca dejó de creer en el progreso de la razón, el conocimiento y la ciencia, clave de todos los demás progresos. Incluso como reconoce P. Corcoran -que como dijimos defiende que Mill cayó en más de una ocasión en el pesimismo o incluso el fatalismonuestro autor siguió teniendo esperanzas en que el análisis empírico y las mentes ilustradas pudieran ir discerniendo gradualmente con el espíritu de una investigación científica las leyes del desarrollo social y civilizatorio e ir reduciendo o incluso eliminando el sufrimiento, el daño que, entre otras cosas, provoca la pérdida de libertad37.
Tampoco parece haber dudado nunca del interés vital, del aprecio que los seres humanos sentirían hacia la libertad y el deseo de vivir una vida auténtica. De experimentar y aprender, valorando más la libertad que cualquier otra cosa, priorizando la autonomía sobre todo lo demás. Tenía la esperanza de que fuera el principio de libertad el que guiara a los seres humanos.
Y, además, si fuera cierto que Mill era en realidad un pesimista convencido, eso no impidió que toda su vida estuviera comprometido muy activamente con causas políticas, económicas y sociales que en su época parecían radicales, como la defensa del control de la natalidad, del sufragio femenino, del abolicionismo, de la reforma de la ley criminal o del sindicalismo obrero entre muchos otras. Desde luego, ese posible pesimismo de nuestro autor no le hacía quedarse quieto.
Precisamente, Mill creía que "el carácter pasivo que cede ante los obstáculos en vez de intentar vencerlos no será a la verdad muy útil, ni a sí mismo ni a los demás" y, aunque nuestro autor explica que se ha colocado siempre la resignación en el número de las virtudes morales, "el hombre que se agita lleno de esperanzas de mejorar su situación se siente impulsado hacia la benevolencia para los que tienden al mismo fin o ya lo han alcanzado"38. No olvidemos que para el pensador inglés la felicidad se consigue más fácilmente en la actividad, luchando por ciertos ideales valiosos en sí mismos, aunque no tengamos la certeza ni la esperanza de tener éxito. La pasividad y la inercia son un mal porque es en las épocas de fuertes creencias en las que se habrían realizado grandes cosas.
No obstante, hoy en día, ante la crisis global de la democracia liberal, es difícil que el liberalismo pueda continuar identificándose con una visión optimista e ingenua de la realidad, pues es cuanto menos dudoso que el progreso -que ciertamente se ha producido en muchos ámbitossea ininterrumpido, y que haya de cumplirse en algún momento ese gran proyecto ético de excelencia moral en el que creía Mill que, evidentemente, no pudo imaginar, ni mucho menos predecir, las guerras y las tiranías del futuro, seguramente por su concepción de la naturaleza humana que le hacía creer que los obstáculos al progreso no radicaban precisamente en la constitución esencial de aquella naturaleza. En ese sentido, afirma J. Gray que "Mill was over-optimistic", y también otros autores, como T. Tim Mulgan, consideran que "Mill s optimism can seem out of place even in our affluent worldlet alone in a broken world. His specific optimistic predictions are easy to mock"39.
De hecho, ni siquiera la fe del inglés en la racionalidad e inteligencia de los seres humanos, así como en los poderes de la educación, parece desde hace tiempo estar justificada. Regímenes políticos profundamente antiliberales pueden surgir, como de hecho ocurre y ha ocurrido, en países donde la población goza de un buen nivel general de educación. Tampoco parece justificada su confianza en el papel que el gobierno, el servicio público, la participación política, las leyes e instituciones locales juegan en la educación y mejora del carácter del pueblo y de los individuos. Ni su confianza en que la libertad de expresión favorecerá el debate racional y reforzará y/o descubrirá tarde o temprano la verdad, en un mundo en el que la aparición de las nuevas tecnologías ha transformado el discurso y el espacio público haciéndolo más emocional que racional, por no hablar de su fe en que la libertad, el desarrollo económico y la transformación y control sobre la naturaleza, traerían aparejados el bienestar de todas las clases sociales, especialmente de las más humildes y la difusión de los valores liberales, pues no siempre el moderno desarrollo industrial y tecnológico favorece por definición la asunción de valores occidentales, señaladamente el cultivo de la individualidad tan querida para él y que, además, como consecuencia de las nuevas tecnologías puede acabar provocando tanto aislamiento social como un narcisismo exacerbado.
Tampoco en la crisis actual de la democracia liberal parece que las instituciones populares inculquen en el pueblo el deseo de libertad y fomenten que ese mismo pueblo elija de entre ellos a los mejores. Ni siquiera parece vigente el ideal ilustrado del racionalismo secular en un mundo en el que la religión sigue jugando un papel fundamental en tantas y tantas sociedades, y de ahí la reivindicación de la Ilustración por parte de algunos académicos que contemplan con preocupación esta deriva antiilustrada y por tanto antiliberal, y que consideran que la recuperación de los valores ilustrados debe ser en la actualidad una especie de combate que es posible que no termine nunca40 y que sólo tenga sentido en un tipo de cultura política o hasta de civilización. En este sentido, citando de nuevo a J. Gray, este considera que:
The deeper reasons for the failure of Mill's project in On Liberty, however, relate to the features Mill's liberalism has in common with liberalism in all its forms, of which the most important in this context is a Eurocentric conception of human history and progress. Since the liberal claim to universal authority depends on this conception, the failure of Mill's project in On Liberty is the failure of the liberal Project itself 41.
5. Conclusión
Como afirma Charles Sanders Peirce, citado por Terry Eagleton: "El proceso de adquirir conocimiento implica esperanza en el progreso de la actividad intelectual y en este sentido la esperanza es uno de los requisitos fundamentales de la lógica"42. Es decir, en el fondo, la confianza en que la libertad producirá el progreso intelectual de la humanidad, a pesar de los obstáculos y ritmos diferentes, no deja de estar en el trasfondo del pensamiento de Mill (incluido su Sistema de lógica) como también en el de otros tantos liberales y neoliberales que defienden toda una teoría del conocimiento vinculada a su pensamiento político43. Es como si la libertad siempre trajera más cosas buenas que malas y si no, en el peor de los casos, los seres humanos aprenden y seguirán aprendiendo de sus experiencias fallidas.
Pero en la actualidad esa confianza liberal es considerada por la mayoría de los estudiosos del tema profundamente ingenua, por lo que los liberales se ven llamados a asumir el reto de desafiar a los que asumen que el progreso es más bien un mito que una realidad; una forma de consuelo heredado de la Modernidad. Porque la falta de confianza en el futuro tiene consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida, también en el político. Una ciudadanía desconfiada, pesimista, fatalista y timorata necesita por encima de todo seguridad, y la buscará en aquella autoridad que parezca devolverle esa sensación de control sobre su vida que se ha perdido en gran medida en el mundo actual.
Por todo ello, es lógico que ante la crisis actual de los principios, valores e ideales que constituyen el fundamento de la Modernidad y de la democracia liberal; ante el miedo, el desánimo y la resignación que cunden entre muchos ciudadanos, se intenten buscar remedios como el que consiste en recuperar la esperanza como impulso para la acción, pues confiar en que las cosas pueden cambiar ayuda a querer hacerlas realidad44. No sabemos si hubiésemos conseguido las cotas de libertad de la que gozan miles de personas en el mundo si no nos hubiéramos aferrado a esas esperanzas liberales.
En ese sentido, esa esperanza milliana secularizada ha sido y puede seguir siendo útil y necesaria para la renovación y puesta al día de la doctrina liberal, aunque solo sea para imaginar posibles soluciones para los nuevos retos que las contradicciones de la propia sociedad liberal han generado y que Mill no pudo prever. La esperanza estimula la imaginación y trabaja aun sabiéndose en tiempos de oscuridad. En palabras de Martha Nussbaum, si renunciamos a la esperanza no podremos ni imaginar ni aplicar "estrategias valientes que tal vez podrían terminar resultando exitosas", aunque consistan no tanto en hacer el bien como en evitar el mal45. En todo caso y como escribe Stuart Mill:
Ya que la utilidad incluye no sólo la búsqueda de la felicidad, sino la prevención y mitigación de la infelicidad, y si el primer objetivo resultase quimérico, mayor importancia adquiriría el segundo, existiendo una necesidad más imperiosa del mismo en tanto en cuanto la humanidad considerase adecuado el seguir viviendo y no refugiarse en la acción alternativa del suicido46.
Quizás por eso, obligarnos a la confianza milliana en el progreso, aunque sea como un postulado práctico, como una kantiana «conquista de la voluntad», pueda ser eficaz, aunque deba tratarse -como escribe T. Eagletonde una esperanza bien cimentada porque de otro modo se corre el peligro de hundirnos en la desafección47. Asimismo, podría interpretarse esa esperanza liberal como una suerte de virtud u obligación cívica que quizás fuese más del gusto de Mill que el de otro tipo de liberalismo más triste y melancólico48. Pero incluso hasta en el peor de los casos, cabe aun la posibilidad de defender una esperanza trágica que nos mueva a actuar, aunque no tengamos fe en que consigamos los resultados apetecidos. Pero es que, como escribe I. Berlin en su citado ensayo sobre Mill: "razón, educación, responsabilidad y, sobre todo, conocimiento de uno mismo ¿Qué otra esperanza hay -o ha habido alguna vez- para los hombres?49.
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References
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