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Cuando se abordan, en el seno de un trabajo académico, y fuera de la academia también, los desafios que suponen para la dignidad humana y los derechos fundamentales las nuevas tecnologías de datos masivos y la inteligencia artificial, resulta inevitable imaginarse ciertos escenarios distópicos, muchos de los cuales se han plasmado en el cine y la literatura, planteando situaciones catastrofistas que nos incitan a reflexionar sobre el peligro del uso desmedido de las nuevas tecnologías. No han sido pocos los que han recurrido, entre otras, a la aclamada obra de George Orwell para realizar una comparativa de nuestro presente y futuro digital con el Estado del Hermano Mayor en 1984.
Resulta casi inevitable realizar la comparativa de los nuevos y escalofriantes avances de la tecnología con este clásico de la literatura porque, en el escenario de 1984, se representa la clave del éxito del Estado totalitario que consigue hacerse con el control de la vida de las personas a partir de una vigilancia constante y absoluta, lo cual es posible gracias al uso de una nueva tecnología puesta en manos de un Estado perverso. La obra se dedica a explicar cómo el Estado se hace con este poder, logrando algo mucho más difícil que ostentarlo; mantenerlo en el tiempo. Para conseguirlo, no solo hace uso de las formas tradicionales de opresión propias de cualquier régimen autoritario como la persecución política, la restricción de todas las libertades y la coacción y la violencia física para amedrentar a la población, sino que es también imprescindible conseguir un nivel de sometimiento mental y emocional que haga que la persona perciba una aparente sensación de autonomía y libertad. Es decir, conseguir que la persona haga lo que el Estado desee, pensando que es él mismo quien decide hacerlo.
Para afianzar su poder, el Estado del Hermano Mayor acude a la recurrente figura del enemigo visible y poderoso que amenaza el statu quo, para que la sociedad tenga la percepción de vivir en un constante estado de guerra. Se trata de un enemigo que en realidad no existe, y se contrapone a un héroe, que representa la moral del Estado y la salvación, el Hermano Mayor, también inexistente. Otra de las claves para evitar la revolución y para asegurar que el poder del Estado se mantiene estable en el tiempo, es asegurar que el bienestar social se mantiene bajo mínimos, y con ello, también el nivel educativo, el cual está totalmente controlado por el Estado. Y, en efecto, el medio para alcanzar sus fines represivos es el uso de la tecnología y las técnicas de vigilancia. Sin embargo, lo que quizás me parece más interesante a resaltar en cuanto a las formas de asegurar la durabilidad del poder del Estado del Hermano Mayor, en lo que abarca su control absoluto sobre la sociedad, es su control, en particular, sobre el movimiento de la resistencia. En esta obra, el protagonista, Winston, se bate constantemente en una lucha interna al ser consciente y apenarse de la opresión que sufre por parte del Estado, a la vez que se resigna a la inquebrantabilidad del Hermano Mayor. Es consciente de que una oposición, ya sea pasiva, solo de pensamiento, lo pone en peligro de muerte, y, en consecuencia, en muchas ocasiones intenta sumirse en el discurso moralmente aceptado del Estado, se esfuerza por confundir sus pensamientos y ser uno más entre todos. No obstante, se da cuenta de que no puede hacerlo, y aunque no en sus actos, sí en su pensamiento, es un opositor al régimen, es consciente del sometimiento, de la ausencia de libertad, odia al Hermano Mayor y sabe que todo lo que le rodea es una mentira. En un principio, Winston piensa que está solo, que es el único disidente, porque sabe que el destino de todos los que se han atrevido a hacer algo sospechoso en contra del guion escrito por el Estado ha sido la muerte, o peor aún, el olvido, o las dos cosas a la vez.